Asistente de fotógrafo
“Tú no eres irlandés, no se te olvide. No… tú qué vas a saber. Oh, Eire, Eire…! Hahaha”.
El maldito viejo no cesaba de repetir lo mismo cuando estaba ebrio. El resto del tiempo me ignoraba, pero cuando una buena pinta de cerveza Guiness se le cruzaba en el camino yo era su único contacto con el mundo durante días.
Trevor McDonald me aceptó como ayudante luego de leer la carta que mi padre, tan anciano como él pero más pobre, le envió conmigo como mensajero. En algún punto de la década pasada mi padre le había salvado la vida, metiéndose al río para sacarlo luego de otra de sus conocidas borracheras. Claro que mi padre tuvo que pagar un precio: algún metiche creyó que estaba intentando ahogar al señor McDonald y pasó algunas semanas preso, en lo que se aclaraba el asunto.
Hasta eso, el irlandés era hombre de honor, y ayudó a mi papá en varias ocasiones. Lo último que haría, y eso me lo advirtió, era calarme como asistente en su estudio de fotografía, “a ver si no resultaba muy bruto”. Mi padre murió a los pocos meses y yo no resulté una decepción, no porque fuera listo sino porque resulté buen sirviente.
Nunca entendí cómo se las arreglaba el vejete antes de que yo llegara: su casa era un basurero, su estudio era un desastre, debía dinero por todas partes, pero la gente seguía haciendo fila para que le hiciera un retrato. Era famoso por sus retratos en blanco y negro.
Apenas llegué yo, me mandó al cuartillo que tenía al fondo de la vieja casona. Era su laboratorio, un chiquero diría yo. Vi miles de pruebas fotográficas, buenas, malas, excelentes, basura. Había rollos, negativos, papeles, revistas viejas y cacharros. Debía preguntarle de cada cosa antes de poder tirarla. Por más que le insistí, no me dejó que tocara siquiera la pared donde colgaban sus cámaras viejas. Algunas no las usó más de tres veces. Era porque no lograba conseguir el equipo necesario: un tipo de papel especial, un químico de revelado, una pieza que no volvería a fabricarse.
Pasaron los años. Entendí que yo no iba a ser jamás un fotógrafo destacado. McDonald siempre lo tuvo claro, por eso nunca me enseñó nada, sólo me aceptó porque necesitaba un mozo. Mozo al que le pagaba una miseria, no le permitía intimar con las clientas y humillaba en cada oportunidad.
De lunes a sábado era el mismo ritual: se levantaba al mediodía, comía un plato de sopa fría de coliflor acompañado de un café que le traían de su país, después se sentaba en el zaguán a leer el periódico. A las tres entraba, revisaba por horas las fotos del día anterior, las cámaras, mezclas para el revelado, mientras yo lo veía de reojo, esperando una orden suya para recoger del suelo lo que fuera tirando. A las seis de la tarde volvía a la casa a comer estofado de carne y cerveza, luego salía a caminar y yo tenía que ir detrás de él, cargando el equipo por si encontraba “algo interesante” para fotografiar, lo mismo bellos atardeceres que perros pulguientos. Regresaba por la noche, encendía la radio bajito, y se ponía a leer durante horas. A veces algunos viejos de la comunidad irlandesa venían a jugar ese extraño pasatiempo, cuyo nombre nunca me aprendí y entonces no había paseo, pues se embriagaba con ellos. Yo tenía que llevarlo casi en vilo hacia su cama, arrojarlo en ella y estar atento cuando le vinieran las bascas.
Los domingos, milagrosamente, se levantaba sin el menor rastro de resaca. Era el día de ir a la iglesia y además tenía cuidado de vestir apropiadamente, pues era el día de la clientela. Se ponía uno de sus dos únicos trajes, se calzaba zapatos recién lustrados –por mí- y orgulloso lucía su sombrero, “
este lo usó Hemingway… no tengo modo de probarlo, pero le aseguro que así es”. Y la gente sonreía admirada mientras pensaba que McDonald era una persona versada, que había viajado por toda Europa, y España y había llegado a México hasta este rinconcito tan alejado de la ciencia, de lo refinado, de lo francés o de lo inglés. Mucho más de lo irlandés. Porque McDonald atrajo a sus paisanos.
Aunque después se piense que fui un malagradecido, la verdad es que el que se portó como un maldito fue él. En su última borrachera fue hasta el laboratorio, tomó las cámaras y estuvo “haciéndoles” fotos a sus compañeros de parranda. No supe bien cómo pero rompió una de ellas y luego me culpó. El día de paga me dijo que yo estaba ahí para cuidar un equipo y me lo cobró. Lo iba a descontar de mi ya raquítico sueldo. A mí me dio mucho coraje y lo enfrenté. Le dije que yo no tenía por qué pagar sus arranques, que ya no estaba conforme con el trato y con la paga, que me tenía harto y que en ese momento me largaba.
El vejete se asustó. Claro, pues dónde más se iba a encontrar un criado como yo. Fui a mi habitación, que también servía como otra bodega de cachivaches suyos, junté mis pocas pertenencias y salí de ahí. McDonald no me dijo nada, pero yo sabía que estaba que se moría del coraje. Me fui directo al puerto. Platiqué con algunos marinos y conseguí que me aceptaran como mozo de limpieza en el buque que salía al día siguiente. Ayudó el verme mucho mayor de lo que en realidad soy. También que con el paso del tiempo había yo aprendido a parecer duro e indiferente, tal como el irlandés.
Luego me acordé que el viejo tenía dinero escondido. No iba a robarle, sólo a tomar la parte que me correspondía… unos cuantos pesos.
Ya estaba oscuro cuando regresé a la finca. Junto al viejo, tumbado en la sala, había otros dos, tan perdidos como él mismo. Había varias pintas vacías sobre la mesa, y la radio aún sonaba. Yo sabía que entre los rollos de película guardaba una pequeña fortuna.
No soy ladrón, pensé,
vengo por lo que es mío. En lo que vacilaba entre los billetes o el honor, oí que me llamaba. Me quedé petrificado… agudicé el oído… McDonald reía y medio lloraba: “
Eire, oh, Eire!”, con su cantaleta de siempre. No sé bien porqué pero eso me llenó de rabia. “
De aquí no me voy sin desquitarme”…
No sentí piedad cuando encendí la cerilla. Para mí, dejarla caer en el montón de fotografías fue como esas otras veces en que me deshice de la basura. “
Eso ya no sirve, remember, hay que hacer diez tomas pero sólo dos, quizá una, sirvan” decía… a los otros, no a mí, al criado. Pero el montón de fotografías que estaban chamuscándose iba a entregarlas mañana en las oficinas del señor gobernador, luego de la boda de la hija. Yo a esa hora iría embarcado hacia Cuba.
Volví a la casa. El viejo seguía tumbado en su charco de orines, murmurando entre dientes. Sin mis zarandeos y ruegos de que se levantase, seguro le iba a dar la mañana y quizá hasta la tarde. Me dieron ganas de darle una patada al bulto al que una vez le lustré los zapatos, pero me arrepentí. Caminé de puntitas hasta la puerta.
Antes de salir, me fijé en el perchero junto a la entrada. El sombrero resplandecía como una reliquia. Lo tomé y al calzármelo, noté que me apretaba. “Aún así me lo llevo”, era el justo pago por mis servicios. No se ocurrió mejor forma de joder al viejo, si es que conseguía salir vivo luego de la visita con el gobernador.
Yo, que no conocía al tal Hemingway mas que por la foto que atesoraba el vejete en sus archivos, iba a tener el honor de poseer una de sus pertenencias. Lo malo era que no había forma de cambiarlo por plata, no iba a convencer a nadie de que había sido de una persona famosa. Le creían al viejo, pero no a mí. Total, ya vería que se me ocurría, mientras lo apretaba bajo mi axila.
Lo único que lamenté fue no estar ahí para ver la cara de McDonald al descubrir qué le faltaba. No, no soy tan honorable como mi padre, ni soy irlandés. Pero estoy de acuerdo contigo,
¡Viva Eire, cabrón!.