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El espejo

Mañana de abril

En el dormitorio

Se prueba la gorra frente al espejo. Es una de esas típicas, con las siglas de los Yankees. No olvida colocarse sus anteojos negros. Viste una campera verde, brillante, que cubre algo más que su torso. Revisa, por última vez, el bolso que ha preparado a la noche con prolijidad. Tantea un bolsillo del pantalón: la llave de la cupé es todo lo que necesita ahora.

En el auto

El sujeto maneja despacio, mientras observa las casas a uno y otro lado de la calle. Paredes de madera o ladrillo, la galería precediendo la entrada, los techos con pendiente. Se ven sólidas. Y todas con sus cercos recortados, muy verdes los jardines. Este hombre de ojos rasgados y cara redonda, el conductor, adora el suburbio. Siempre ha despreciado las chozas de bambú que destruyen los tifones malayos o esas frágiles viviendas japonesas de papel, que ha visto por televisión.

Es más, está orgulloso de haber transformado la docilidad oriental en la furia aún contenida de un ciudadano americano que acaba de perder su empleo y más temprano que tarde será arrojado a la calle por no poder pagar la hipoteca de su casa. Esa furia que Michael Douglas descargaba durante todo un día, en la película de los noventa.

En el Centro de Inmigrantes

Cuando estaciona el vehículo en la parte trasera del edificio, obstaculizando la única puerta de salida, se siente tranquilo, con esa serenidad que concede la condición de estar más lejos de la vida que de la muerte.

Camina hasta la entrada principal, abre la puerta, avanza unos pocos pasos. Coloca la visera de su gorra hacia atrás, extrae una pistola del bolso y dispara sobre las dos recepcionistas. Aún le queda el cinto con balas intacto y un fusil por estrenar.
 
Imagen de Rebecca Catlett para Press & Sun-Bulletin, via Associated Press


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