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Diario de un estafador

¡Ya van a ver la historia que les tengo!

El tío Luis, hermano de mi bisabuela, era un viejo tranquilo, de voz potente, que tenía la cara tapizada de arrugas, empalmadas sobre arrugas más antiguas, y las manos más resecas que las cortezas de los árboles de la mezquitera que anunciaba la llegada a El Molino, el rancho árido y polvoriento que tenía la familia del abuelo allá entre Jerez y Susticacán.

Vestía pantalón de mezclilla con pechera, de los que usaban únicamente los rancheros y los albañiles, de los que no nos dejaban utilizar porque no eran bien vistos entre la gente “finolis” de la ciudad y además eran “pa’ la labor”, y un sombrero de soyate, de ala tan ancha que bien podría haber sido usado años después como plato de antena parabólica para ver los canales de televisión de otros países. Tenía el pantalón dos bolsillos en el peto, uno grande, casi del tamaño del pecho, y otro un poco más pequeño sobre aquel, con ojal y botón; usaba pues el tío la bolsa de mayor tamaño para guardar un viejo paliacate desteñido que alguna vez quizás fue color rojo con el que se limpiaba la nariz estruendosamente y la de menor tamaño para otro paliacate, este sí de un rojo intenso, bien cuidado, con el que sólo se limpiaba el sudor de la cara y las manos de vez en cuando, cuando el calor era muy intenso.

Ester y Chole, las tías, hermanas de mi abuelo, nos llevaban a Jerez casi todos los domingos por la mañana; luego de asistir a la misa de niños y tomar un buen desayuno para tener energías para aguantar el trajín del día por venir, nos trepaban al viejo carro de sitio de un fulano igual de viejo que había sido empleado de mi abuelo y al paso de los años se había convertido en su chofer, amigo, confidente, ocasional compañero de parranda y hasta compadre, y ahí íbamos arrejolados las dos buenas mujeres y una horda de chamacos traviesos en el destartalado taxi, casi dos horas de incomodidades en un trayecto que ahora, treinta y tantos años después, se recorre en cuarenta y cinco minutos a buen paso.

El viejo taxista nos dejaba, invariablemente, en el jardín principal del pueblo, en donde se pasaba el día haraganeando, al cabo mis tías le pagaban día completo más desayuno, comida y otros peso con cincuenta centavos para que se comprara su Coca-cola y una nieve de garrafa de “El gallo” , con la consigna de estar disponible -no sea que algo se ofrezca-, a cualquier hora desde el mediodía hasta que regresáramos, casi siempre ya cayendo la noche, y mientras ellas le daban instrucciones, nosotros pegábamos la carrera a ver quien llegaba primero a la vieja casona en donde muchos años antes se había fundado el primer Instituto de Ciencias de Zacatecas, que al paso del tiempo se mudara a la capital del estado para luego convertirse en la actual Universidad Autónoma de Zacatecas, máxima casa de estudios de nuestra entidad.

Corríamos como desaforados, y pasábamos por el hermoso Edificio de la Torre, al que ni volteábamos a ver, yo creo que realmente nunca nos dimos cuenta de su belleza sino hasta muchos años después, cuando el paso era tranquilo y ya no había prisas por llegar, luego dábamos vuelta en la Parroquia sin persignarnos al pasar frente a la puerta del templo, y de ahí a la calle Luis Moya, a la carrera final para llegar a la casa, dos cuadras más adelante, que siempre tenía las puertas abiertas, y entrar por el zaguán entre gritos y empujones que alborotaban a los veinte mil canarios, al viejo cenzontle y a las torcazas, produciendo un ruidero impresionante; pero decía que entrabamos sin saludar a nadie, ni al tío Luis, que nos veía desde el pozo a la mitad del patio, ni a sus hermanas, cuando estaban en Jerez y no en El Molino, las tías Celsa y Cuala, Pascuala era su nombre en realidad, que hacían lo propio desde detrás de la falsa puerta de mosquitero de la cocina, al fondo del patio, mientras nos aventábamos clavados a las montañas de elotes, olotes y granos de maíz que había en el último cuarto a mano izquierda, acondicionado como bodega.

El tío Luis se levantaba entonces de su vieja mecedora, se secaba el sudor de la frente con su colorado pañuelo que parecía nuevecito, se calaba el sombrero de ala ancha y con paso cansino, jugando con el viejo bastón de madera que debería de utilizar para caminar y no como juguete, llegaba hasta la bodega a reprender a los “escuincles” por desperdigar los granos de maíz y los olotes con los que alimentaban a las cinco gallinas, los dos o tres cerdos, las tres chivas y los tres caballos y un burro que tenían en el corral.

Y luego del “regaño” salíamos a saludar a sus hermanas y a dar de comer a los animales, porque si no tardábamos mucho había la posibilidad de que ensillara los caballos, el “diablo”, el “rayo” y la “mariposa”, y hasta al manso burro, “plutarco”, y nos dejara acompañarle un rato al rancho.

Cuando no íbamos al rancho, nos quedábamos en la casa un rato y luego de aventar piedras al pozo, pasábamos por los nietos de “Luisito”, hijo mayor del tío, que vivían en la casa de al lado, y en desbandada nos íbamos al jardín a comprar nieves de “El gallo” y a escuchar a la banda municipal tocar piezas de Juventino Rosas, Manuel M. Ponce y Candelario Huízar; a espiar a los viejos de bordón que se sentaban en las bancas de hierro forjado del jardín a contar chistes verdes mientras veían pasar las piernas largas de las señoritas que daban la vuelta una y otra vez al jardín del brazo de los muchachos luego de haber ido a misa de seis al Santuario o a la Parroquia; a embarrarnos las manos y los cachetes con algodón de azúcar de colores, azul para los niños y de color rosa para las niñas; o nomás a correr como si estuviéramos locos, agitando los brazos y pegando de gritos con la boca abierta y la lengua de fuera, hasta que luego no pudiéramos hablar por la falta de saliva y el cansancio.

¡Ah, pero si nos dejaba acompañarle! nos trepábamos de a dos, a veces tres, por montura a lomos del “rayo”, la “mariposa” y el “plutarco” a seguir al sombrero que era imposible casi perder de vista, no sólo porque era lo suficientemente grande para cubrir la inmensa humanidad del tío que mediría poco menos de un metro con noventa centímetros de estatura, sino porque además el “diablo” era el caballo de mayor alzada que se había visto por aquellas tierras en años recientes.

Ya en el rancho podríamos montar otro borrico no muy remilgoso que nos dejara treparnos a sus lomos, corretear con los perros, tirar piedras a los nopales, comer tunas blancas frescas, refrescarnos con aguamiel que tomábamos en jarros de barro que chorreaban por todas partes y comer tortillas gordas de masa y manteca, rellenas de frijoles con chile y dos rebanadas de queso fresco de leche de cabra, o cuando era temporada, hacer fogatas para sancochar elotes que dejábamos enfriar un poco y untábamos con crema fresca o nata de leche de vaca, de la “filomena”, que nos miraba desde el corral con la esperanza de que le tocara algo de aquel manjar de dioses, vacunos por supuesto.

Volvíamos a la vieja casa unas cinco horas después, cuando comenzaba a caer la noche, a la que llegábamos justo a tiempo para merendar un vaso de leche bronca, tibia, y un pan ranchero untado de nata y cubierto con una generosa capa de miel de maguey. Y mientras nosotros cenábamos en la cocina, el tío se sentaba en su mecedora, se quitaba el sombrero, se lo ponía en las rodillas y, mientras tamborileaba en él con los pulgares, decía -¡ Ya van a ver la historia que les tengo!-, y nos hablaba de las atrocidades de la revolución de la que sólo fue testigo o de la guerra cristera en la que sí le tocó echar balazos para defender a los curas del pueblo, a la Iglesia, a la virgencita ¿cómo no?, y hasta al mismísimo Cristo Rey de las herejías de los oficiales del ejército de unos tales Elías Calles y Obregón -¡los mismísimos demonios!-. Una vez terminada la merienda, se levantaba de la mecedora, dejaba el sombrero en el asiento, apuraba a las sobrinas y a los escuincles, y mandaba a alguno de los hijos de Luisito, a que llamara al taxista que seguramente estaría dormido en el automóvil, más aburrido que una mojonera de las que hay en el camino entre El Cargadero y la parte alta de la Sierra de los Cardos.

La última vez que fui a Jerez fue cuando ya tendría yo unos dieciocho años cumplidos, a los funerales del tío, a los que acudió un gentío impresionante, parecía como si se hubieran reunido ahí los habitantes, todos, de Jerez, Susticacán, Ermita de Guadalupe, Malpaso, El Tambor, El Cargadero, Lo de Nava y otros más retirados, como Tepetongo o Villanueva.

Cuando terminó el sepelio pasamos por la casa, donde murió plácidamente el viejo apenas dos noches antes, y la encontramos todavía vacía, con la puerta abierta, las luces encendidas, e inundada con un olor familiar a pan con natas, y mientras decíamos adiós a la vieja casa y al pozo que todavía tenía agua fresca y cristalina, a la bodega con sus granos de maíz regados por todos lados, a las macetas con malvas medio secas por la falta de agua de un par de días, escuchamos, desde allá al fondo del patio junto a la cocina el rechinar de la destartalada mecedora, el tamborileo de unos pulgares en un viejo sombrero de soyate y una voz aguardentosa, apenas perceptible como el murmullo del viento, que decía, -¡Ya van a ver la historia que les tengo!-.

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