Sombreros de primavera
En la gran habitación rosa, la luz del sol de media tarde entraba a raudales por el gran ventanal huérfano de cortinas. La madre pidió a Virginia que aguardara un momento antes de comenzar el rutinario paseo dominical. Sola en la habitación, no pudo evitar mirarse sesgadamente en el espejo, milagrosamente ileso de los últimos saqueos, el vestido blanco que llevaba puesto. Observó su falda sin volumen excesivo pero con caída alargada por detrás, sencilla y sin adornos; las puntillas y el lazo de seda en el cuerpo del vestido era el único toque de ostentación. La madre apareció al poco tiempo radiante con una caja de cartón grande y redonda en sus brazos que, a falta de mobiliario, dejó en el suelo de mármol gris arañado e instó a Virginia a que la abriera. Al retirar la tapa, Virginia encontró una gran pamela de color salmón con lazo rosa. Observó el sombrero con sorpresa durante unos segundos y pensó que no combinaba demasiado con el vestido, pero esto no era una cosa que preocupara demasiado a Virginia. Tras observar la cara de satisfacción de su madre se dejó recoger el pelo, no demasiado largo y rubio, que quedó oculto bajo la prenda y cogido a la misma mediante orquillas estratégicamente colocadas.
Mientras bajaban la escalinata y salían de la Casa Grande en dirección a la calle principal, Virginia no pudo dejar de pensar que, por lo visto, no era suficiente el suplicio de tenerse que poner todos las domingos aquel estúpido vestido y aquellos malditos zapatos blancos sino que además ahora debía de llevar puesto también aquel ridículo sombrero.
Ofuscada con estos pensamientos, llegaron a la calle principal del pequeño pueblo. La tarde de la recién estrenada primavera era espléndida y Virginia pensó que invitaba a hacer cualquier cosa excepto pasear tontamente al lado de su madre.
Aunque habían llegado pronto, la calle principal estaba ya muy concurrida de gente que aparentemente paseaba de forma descuidada y placentera tomando el sol; la guerra había terminado hacía meses y el pequeño pueblo sureño intentaba recobrar a duras penas su rutilante vida anterior, ahora todavía destrozada. La madre saludaba aquí y allá con estudiados e hipócritas gestos a otras damas; Virginia sabía sobradamente que eran antiguas amigas de su madre y cuyo denominador común era que ésta las odiaba a muerte a todas ellas. Igualmente, y de forma disimuladamente interesada, la madre buscaba con la vista a los caballeros elegidos y daba un pequeño golpe con el codo a Virginia, para que al unísono saludaran con un pequeño ademán de cabeza y sonrisa forzada cuando por fin atisbaba a alguno de ellos. Los caballeros levantaban gentilmente los sombreros alados blancos con banda negra modelo Panamá que a cuenta gotas empezaban a llegar de importación y algunos miraban de arriba a abajo y de abajo a arriba a Virginia de un modo que la incomodaba sobremanera hasta llegar a la náusea; a sus dieciséis años, a Virginia no le pasaba desapercibido que el habitual paseo del domingo, no era sino una pasarela en donde las damas que perdieron a sus maridos en la guerra y que quedaron en la más absoluta ruina, exhibían carne fresca a los caballeros que habían acertado apoyando a los estados de la Unión para intentar recuperar sus fastuosas vidas perdidas. Su madre era una de ellas.
Sin embargo aquella tarde, a Virginia le llamó poderosamente la atención el hecho de que apenas saludaran a caballero alguno.
De forma aparentemente casual, se pararon frente a un hombre ya entrado en años, con sombrero beis y ala corta, de bigote breve y gesto fruncido. La madre indicó a Virginia que se adelantara unos pasos mientras paseaban. La conversación, que empezó de forma banal, llegaba perfectamente a oídos de Virginia y aunque codificada, comprendió al poco tiempo que el acuerdo estaba prácticamente cerrado.
Virginia echó a correr atropelladamente. Oía a su madre llamarla a su espalda, pero continuó corriendo sin parar. Pronto alcanzó los límites del pequeño pueblo y se adentró en los algodonales todavía arrasados y desvastados atravesándolos en dirección a un pequeño riachuelo, fin de muchas de sus escapadas. Sin resuello, no tanto por el correr a lo que estaba acostumbrada sino por la incomodad de los zapatos, el agobio del vestido y lo que acababa de escuchar, se detuvo en el río a refrescarse. El ruido del río que tanto gustaba de escuchar, le pareció aquella tarde cansado, triste y hastiado. Vagó el resto de la tarde, tratando de digerir la noticia, por los rincones campestres por donde siempre había corrido y disfrutado desde que tenía uso de razón.
Llegó la noche y con ella un relente intenso de primavera recién estrenada que la incomodaba. Se dirigió hacia los algodonales de sus padres igual de arrasados que la mayoría de los campos y en dirección a una hoguera que resplandecía en la noche. La esclavitud había sido abolida hacia ya meses, pero los antiguos esclavos, sobre todo los de edad avanzada, continuaban en los barracones y campos donde habían estado toda su vida porque, simplemente, no sabían a donde ir. Como todas las noches, las canciones que había oído desde niña resonaban a su alrededor. Había refrescado mucho y apetecía el calor del fuego así que se acurrucó cerca de la hoguera.
Observó pensativa los zapatos blancos ahora arañados y manchados y se tocó el vestido ajironado. Levantó la cabeza y busco al negro Samuel que como siempre estaba apoyado en el mismo árbol y como era habitual, incluso de noche, tocado con su sombrero de paja echado hacia atrás. Acompañaba las canciones que escuchaba palmeando las manos y riendo abiertamente. Virginia había crecido prácticamente con él, su mujer y sus hijos en sus continuas escapadas. Los hijos de Samuel habían huido hacia el norte durante la guerra y su mujer había muerto el verano pasado, sin embargo Samuel seguía conservando la misma sonrisa de siempre; solo si le mirabas a los ojos, los que le conocían, descubrían en ellos un profundo tinte de amargura. Reparó en Virginia y saludó alegremente exagerando, sombrero en mano, una burlona reverencia que hizo que el ala de su sombrero rozará el terreno. Samuel se rió a carcajadas y Virginia supuso que era por su vestido blanco manchado y roto y de su aspecto desaliñado. Samuel se llevo un dedo a la cabeza varias veces y entonces cayó en la cuenta de que continuaba con la pamela puesta en la cabeza. Se la quitó con desdén y la observó durante unos instantes. Miró a Samuel y éste, sin parar de sonreír, le hizo un gesto de complicidad con la cabeza señalando a la hoguera. Virginia vaciló unos segundos y finalmente cogió el ala de la pamela y la lanzó al fuego. El sombrero voló menos grácilmente de lo que Virginia esperaba pero lo suficiente como para llegar hasta las llamas. Observó como en segundos se consumía mientras, al fondo, continuaban sonando profundas melodías que conocía perfectamente y que escuchó durante mucho tiempo intentando olvidarlo todo.
Pausadamente y con resignación se levantó, atusó sin éxito el vestido blanco e hizo un gesto de despedida desganado con la mano a Samuel. Éste devolvió el saludo con la misma desgana y con una media sonrisa; era lo más parecido a un gesto grave que sabía esbozar. Lentamente, Virginia se encaminó hacia la Casa Grande donde, sin duda, esperaba su enfurecida madre.