Verdades encubiertas
Si el ‘Hombre de Vitrubio’ y la Mona Lisa dibujados por Da Vinci permanecen como sendos íconos de la obra maravillosa de Leonardo, existen otros proyectos menores casi omitidos por la historia que de vez en vez nos dan sorpresas, como aquella que en 1998 dejó boquiabiertos a los estudiosos más ortodoxos.
Roger D. Masters al exponer en su libro ‘Fortune is a river’ la impecable teoría –corroborada ampliamente con numerosas evidencias- del carácter eminentemente práctico de multitud de ideas, planos e invenciones de Leonardo, replanteaba la cuestión del carácter ‘visionario’ de aquel genio renacentista. Sus estudios de hidráulica, de arquitectura en lo tocante a desagües, pasos a desnivel, avanzadísimos sistemas pluviales y bocetos de máquinas de dragado tendrían no un fin eminentemente abstracto -meras proyecciones a futuro-, sino que estarían plenamente insertos en un proyecto por demás ambicioso, y mantenido en el más absoluto secreto: hacer que Florencia tuviese una salida al mar Mediterráneo, con la construcción de un canal artificial de 30 kilómetros, que permitiese la navegación incluso de enormes navíos mercantes, y no sólo pequeñas barcazas. El escándalo no se debió tanto a imaginar a Leonardo haciendo mediciones entre el fango de ríos y arroyos, sino a la desmitificación de gran parte de su obra al otorgarle una dimensión pragmática, ante un problema conciso y determinado. Escándalo pensar siquiera que los inventos detallados en sus dibujos fueran producto del interés mercantil, económico y político de la sociedad florentina, más que la iniciativa propia de un hombre que buscaba un bien ‘desinteresado’ para la humanidad. Y entre los inventos ‘capaces’ de cambiar el curso de la historia, cuatrocientos años después de Leonardo encontramos una patente de cierto tipo de sombrero que portaría ni más ni menos que una pistola a cuestas. La patente de dicho sombrero está fechada en 1916 a nombre de Albert Bacon Pratt of Lyndon, y el análisis científico determinó que la fuerza resultante del disparo arrancaría la cabeza de aquel que se atreviese a dispararlo. Algunos otros observan un posible daño en las vértebras cervicales: como proyecto sobre el papel un sombrero con pistola incluida resulta prometedor y llamativo, mas en la realidad es mortal no sólo para quien recibe los proyectiles del mismo, sino también para quien decide utilizarlo. Las similitudes entre los proyectos leonardescos y el proyecto de Albert Bacon tienen más en común con nuestra historia contemporánea de lo que quisiéramos. En México los otrora relucientes sombreros del Porfiriato han quedado atrás como después serían desplazados los sombreros revolucionarios, y más tarde los sombreros charros y norteños al estilo de Pedro Infante y Jorge Negrete. La ideología ha cambiado también: ganando un lugar a pulso que era imposible sostener hace medio siglo, la prensa hace y deshace, oculta y muestra, compra y vende; la información ya no está en las manos de unos cuantos, radio y televisión, y el recién popularizado Internet conquistaron sendos bastiones y entre ellos se disputan ‘la veracidad en las noticias’. Bienestar social y seguridad aparecen una y otra vez como puntos prioritarios de las agendas de gobierno, ocasionando que los proyectos con que se pretende atenderlos sean detallados y minuciosos, aunque topen con la realidad cuando pretende aplicárseles a la letra: cuando aparecen los fallos, los medios de información entran en acción y jamás perdonan. El trasfondo de las ambiciones de Leonardo debió esperar casi quinientos años para ser esclarecido por completo. Y no tuvo que pasar tanto tiempo para determinar que la idea de un sombrero-pistola era amén de ridícula, peligrosa e ‘inviable’. La aceleración de la economía, la expansión de la ‘aldea global’, el surgimiento de nuevas problemáticas y soluciones, el encubrimiento de errores fatales e intenciones ruines, todo será aclarado y mostrado en el futuro próximo. Quizá algunos no alcancemos a verlo, mas la certeza de saber que tarde o temprano todo acaba por saberse debería bastar para que los políticos dejen de intentar cubrir el sol con un dedo, mientras saludan al pueblo ‘con sombrero ajeno’ pretendiendo que hacen un buen trabajo ‘al depositar en los programas gubernamentales todo su esfuerzo’. Atacar y esgrimir una ideología es cargar no ya con una pistola dentro del sombrero, sino con un cañón repleto de munición: asusta a quienes se dejan asustar y somete a quienes pretende someter. Mas el portador no debiera olvidar que al usar cierto tipo de armas, embustes y chantajes, también se arriesga a perder la cabeza propia: ni siquiera Leonardo quedó a salvo de que sus intereses más ‘mundanos’ quedaran expuestos. Qué pueden esperar quienes tienen menos seso que aquel genio renacentista, y a quienes el sombrero sólo sirve para saludar: imposible encontrar ideas claras y pensamientos concisos debajo de él, una vez que deciden llevarlo sobre la cabeza. Helmet gun tomada de Weird Universe
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