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Números‎ > ‎2009/03 - Mitologías‎ > ‎

El séptimo duende

Todos los dioses provienen del caos

La noche en que cumplí la eternidad, como todo dios menor recibí los caracoles. Me fueron entregados en el lugar que mis mayores me asignaron junto al dios del fuego. Permanecí a su lado durante todas las horas de la instrucción de la perfección de los misterios vida-muerte-vida y luego uno a uno me fueron entregados los veintisiete caracoles que corresponden a todo dios menor que ha sido iniciado. Estaba contento. Hasta que lo echaron a perder.

Si me hubieras visto los tiempos posteriores al rito de iniciación, encandilaba mi rostro de tan radiante, los caracoles en mi bolsillo donde mi mano divina los jugaba varias veces al día. Les acariciaba cuando al soplar en su interior les grababa en el corazón cada una de las verdades que les correspondían; a unos algún oficio, a otros el arte, a unos más el don de enseñar, a otros el milagro de ser padres. A todos y cada uno les dije en secreto yo soy tu dueño y señor, la verdad está en tu interior. Y ellos al principio daban gracias, pero pasó la brevedad de lo que ellos llaman tiempo –que miden en horas en artefactos mecánicos a los que llaman relojes, y se fueron dispersando. Cuando empezaron los ruegos yo estaba embelesado con lo que me dio por llamar amor divino.

Señor, me dijo una noche de luna llena uno de los caracoles, no puedo más con esto del arte, es inquietante, trae consigo la zozobra, nadie lo entiende, pusiste en mi corazón una semilla y crece pero es un don que me trae muchos problemas. Siento rabia porque no concibo dedicarme a otra cosa, ¿Por qué me diste cruel señor esta verdad, si no he de ser feliz con ella?

Diosito, dijo algún otro con el rostro entristecido, me diste el don de sanar los cuerpos de mis hermanos, uno a uno he calmado sus padecimientos guiado por tu divina mano, pero en mi corazón habita también la envidia. Esa de no poder formar una familia, quisiera ser padre señor y no he podido. Estoy cansado señor, dame respuesta.

Uno a uno se fueron revelando los dolores, ¿Rabia?, ¿Envidia entre mis caracoles? Empecé a pasar la brevedad escuchando sus voces, ruegos de prisa, llantos, sollozos entrecortados que derivaron en eternidad. Supe que algo estaba mal. Los conté y los volví a contar, estaban todos. Empecé a repasar las verdades otorgadas y todas se complementaban, ¿Qué había pasado entonces?, ¿Por qué eran infelices si en todo tendría que estar mi perfecto y divino equilibrio?

No es normal que un dios tenga tantas preguntas. Corrí entonces hacia el dios mayor que me había sido asignado, estaba demasiado ocupado jugando con nosotros en sus bolsillos. Sólo recibí por respuesta un rugido de lenguas de fuego diciéndome ¿Querías ser dios no? Los buenos dioses provienen del caos, ¡Todos los dioses provienen del caos!

Tomé decisiones de dios y puse mis caracoles a prueba. Ya no era divertido ser dios. Estaba desilusionado cuando tomé uno de los caracoles y le mutilé una extremidad, tal vez así aprendería a dar gracias, estaba festivo cuando hice que un caracol le hiciera daño a otro y a otro y así una prueba a cada uno. Que sorpresa cuando vi que dos o más caracoles no se doblegaban. Estallé en cólera cuando observé el caos que yo mismo creaba. Caminé hacia el desierto a través de un parpadeo. Exhausto y hastiado.

Me di cuenta de que estaba perdido, lo estaba desde antes, desde el día en que los caracoles empezaron a moldear un ídolo de barro y empezaron a llamarme mito.

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