El mejor
No tenía rival. El realismo de sus esculturas era tal que su fama había trascendido largamente las fronteras del reino. Una joven hermosa, un anciano derruido, un caballero apolíneo; nada se le negaba. Su último encargo —para que precediera su «Sala de las Maravillas»—, era del rey: Las Gracias. Lo cual lo llevaba, una vez más, a frecuentar los bajos fondos en búsqueda de modelos. Ya había hallado a dos. Y acababa de pagar por los servicios del antiguo oficio que ofrecía la tercera en ciernes al solo efecto de disiparse las dudas sobre sus cualidades. Luego, vendría lo más difícil: dar con la pose; según él, allí residía su verdadero talento. Su trabajo, como siempre incomparable, estaría concluido al mostrarles la cabeza de Medusa.
![]() Les trois graces (2) (edited) de Tristan B. Breijer tomada de Flickr
|





