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Ágape

La estatua de Atenea

Papá dejaba que anduviese solo por el museo.
Me adentraba en la tenue luz, en el silencioso mar
que empequeñecía mi cuerpo de niño.

Inseguro.
Como si alguien pudiese verme, miraba hacia todos lados.
Sólo entonces dirigía mi vista pudorosa a los pechos pintados de las mujeres.
Me producía un sopor placentero en las tardes de los lunes
observar esa carne hecha de sensuales trazos.
Mis ojos, muy despacio,
se aferraban, milímetro a milímetro, a aquella carne.

Relajados en su día de descanso,
los personajes de los cuadros se miraban asombrados del silencio.
Me gustaba mirar siempre los de Goya:
las familias reales con sus caras de borrachín,
los enanos, los rostros deformes, los colosos peleándose en el aire,
mirar donde quiera que mirase aquel perro temeroso que asomaba su cabeza
por entre los amenazadores rostros del lienzo que sólo yo veía..

Mi padre, al terminar su jornada,
me recogía junto a la estatua de Atenea, delante del salón de Velázquez.
Antes de que llegase, me subía al pedestal de la alba diosa de carne marmórea.
Desde debajo miraba, suspendidos en el aire, sus blancos pechos.
Siempre me gustó después situar mi cabeza bajo los pechos de mis amadas.

No sé si mi padre me descubrió alguna vez
postrado así, ante tan alta divinidad.
Al acercarse siempre carraspeaba suavemente para no asustarme.
Yo bajaba sin prisa,
me acercaba a mirar cómo jugaban los niños del cuadro de enfrente.
Él me tomaba de la mano,
miraba aquel mismo cuadro, como si quisiese entrar a jugar también.
Después miraba hacia abajo, me hacía el mismo gesto para marcharnos.

Un día, poco más allá de la estatua de Atenea,
descubrí a un hombre atormentado, con una gabardina arrugada,
con el pelo revuelto, acercando mucho su rostro a un cuadro de Velázquez.
Absorto, no podía verme. Formaba parte del silencio.
Papá se agachó, puso su mano en mi hombro,
acercó a mi oído sus labios, susurró:
-Es Francis Bacon.
Y me sacó de allí mientras yo volvía curioso la cabeza.

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