Nos dijeron otra cosa
Sería 1981 o 1982. Aún la memoria de la gente rescataba la grandeza del pueblo; tiempo atrás el dinero corría a raudales y para muestras las 4 o 5 cantinas que en menos de cuatro cuadras aún lucían tremendos anuncios de corridas de toros y anuncios pintados en la pared con marcas de cervezas que ya no existen.
Y también nos contaban cómo las parcelas y las milpas tapizaban laderas de cerros, cómo el Camino Real hasta Aguascalientes aún era transitado por los últimos arrieros, allá por 1930 y 1940. Brecha blanquísima y serpenteante, desde lo alto del Santuario de Nuestro Señor de Jalpa el Camino Real era visible, y la majestuosidad de terrenos y sembradíos eran la prueba irrefutable de eso, sí, el pueblo había sido muy rico, y muy importante.
Pero poco a poco, conforme los años pasaban la gente fue olvidando la memoria de los años dorados y comenzó a verter sobre los caminos empedrados las otras historias, cuando llegaron los soldados y pusieron el cuartel en el pueblo, cuando las muchachas buscando salir de una vez por todas del pueblo se iban con los soldados y nunca jamás volvía a saberse de ellas. De pronto las historias hablaban de mariguana y amapola, que entonces crecían en los patios de cualquier casa con las indicaciones claras de las señoras mayores: 'jueguen todo lo que quieran en el jardín, nomás no se acerquen a las amapolas, porque les va a dar sueño'. Los abuelos sacaban botellas de vidrio, antaño llenas de licor que ahora contenían mariguana en alcohol, buenísima para curar las dolencias debidas a las reumas.
Y también comenzaba a hablarse de la cárcel municipal, que no se sabía cómo, o cuándo o porqué, pero creció y creció hasta tener la increíble cantidad de treinta reos, a los que sacaban a la calle a las cuatro o cinco de la mañana, a que barrieran la plaza municipal y los negocios aledaños, para regresarlos a la cárcel justo antes de que los primeros padres de familia con sus hijos pasaran a dejarlos en las escuelas a las siete de la mañana.
De pronto ya no eran presos anónimos, era el amigo de papá, el tío de la vecina, el hijo mariguano que siempre anduvo en malos pasos, y al que hallaron fumando afuera de la casa antes de ponerse el sol. De pronto eso cambió, y los soldados hacían y deshacían a su antojo, los escarmientos en público eran cada vez más comunes, hombres con la espalda desnuda eran paseados por el pueblo atados de manos, mientras el sargento con un haz de varas le daba chicotazo tras chicotazo, 'eso es lo menos que le pasará a quienes sigan plantando esa cochinada' gritaba en cada esquina.
Y después vino el polvo. Cubrió ventanales y puertas, el piso de las cantinas que ya nadie se ocupaba en barrer, los anuncios de corridas de toros fueron cambiándose por el de mujeres semidesnudas en poses casi pornográficas, que enmarcaban los dueños para ponerlos en el lugar más y mejor visible del negocio, con la esperanza de que algunos otros clientes llegaran a tomarse un trago mirando mujeres chulas. Pero ni las fotografías ni las mujeres ni las intenciones fueron suficientes.
Los soldados salieron llevándose una cuerda de 30 prisioneros, que irían a la cárcel de la capital, donde serían procesados y lo más seguro, 'enviados a las Islas Marías' a que pagaran por sus delitos. No volvió a saberse de soldados y presos.
El cuartel lo quitaron y se lo llevaron a un lugar incierto, en plena sierra, la cárcel dejó de ser el centro de atención, sólo seis o siete borrachos y algún ladrón de barrio esperaban salir algún día para seguir haciendo de las suyas.
Nos dijeron que el pueblo había sido rico, que hubo mucho dinero en las calles, y es más, que hasta el nombre de Jalpa aparecía en libros viejísimos de historia.
En esto último los maestros tenían razón: Ángel María Garibay Kintana rescató en sus 3 opúsculos mexicanos el nombre de Xallpan. Un lugar maravilloso, rodeado de huertos, amplios sembradíos, entre dos sierras, donde los mexicas en su peregrinación hicieron una gran escala, no muy lejos de Chicomostoc.
Eso lo decían los libros, y era lo único que era cierto.
Pero de la grandeza de Jalpa apenas quedó el recuerdo de la mariguana que pasaba forzosamente por allí, y el despilfarro de traficantes que beneficiaba al pueblo y que escandalizaba a la gente respetable. Cuando llegaron los soldados tuvieron que cambiar la ruta, dejando a Jalpa sumido en el olvido, a punto de morirse.Y no estoy seguro de que el Xallpan de que habló Garibay Kintana sea el mismo de Zacatecas. La gente inventa historias, y la verdad era otra.