Dice la leyenda que Derqui es una zona privilegiada, porque tiene en sus cercanías a un pueblito abandonado, y que es el elegido por los poetas y escritores fallecidos, para vacacionar, si se le puede llamar así, al descanso que se toman después de muertos, por algunos días en este lugar.
Esta es la primera vez que me atrevo a venir.
El sol estaba bajando. Al mediodía estaba blanco, ese blanco que ciega, luego derivó al amarillo y dentro de un rato, se pondrá rojo.
Cuando el horizonte se tiñó de arrebol, empecé a caminar hacia el pueblito abandonado. Tenía puesto un viejo gabán con los bolsillos llenos de libros de diferentes autores.
Si le leyenda era verdad, regresaría a mi casa con muchos de ellos autografiados.
Tomé por el viejo camino vecinal, ahora casi intransitable, donde las piedras y las ramas caídas de los árboles eran un tormento para mis pies. Tendría que haberme puesto las botas.
Salí del camino, hacia la izquierda, donde me dijeron que había un sendero, que acortaba el camino, pasando por medio del bosque, casi impenetrable por su densidad. Centenarios árboles constituían este grandioso bosque, al que ningún habitante de Derqui osaba acercarse.
La caída de la noche, me sorprendió bajo los árboles. Nubes de mosquitos comenzaron a molestarme.
A través de las nubes, la luna proyectaba un hilillo de luz. Ya era de noche, cuando descubrí allá lejos, en el pueblo deshabitado, unas extrañas luces.
Caminé lentamente y con precaución hacia las luces que parpadeaban, como diciéndome que me alejara. Que no me acercara mas a ese lugar prohibido para los mortales.
Deseché mi temor y continué avanzando, esforzando la vista para tratar de ver algo.
Al acercarme a unos cien metros pude ver que lo que antes fue la calle principal, ahora solo era un montón de casas derruidas.
Sentí una congoja terrible, como si una mano espectral, apretara con fuerza mi corazón
Me arme de valor y entré en la calle apenas iluminadas por unas lámparas desnudas..
Había gente en sus veredas. Paseaban los hombres, fumando la mayoría y otros hablando y moviendo los brazos en forma ampulosa. También habían damas que paseaban cogidas del brazo y riendo suavemente. No había niños. Solo gente adulta. Parecía mas bien una calle del lejano oeste, que hemos visto tantas veces en los films. Veredas entablonadas de viejas y crujientes maderas y en la calle propiamente dicha, tierra y pedruscos y algún matorral suelto llevado por la brisa.
En la primera esquina había más luz. Era, por lo que su desteñido letrero anunciaba, el Café Tortoni.
En nada se perecía al café Tortoni de Buenos Aires. Se escuchaban cantos y risas y podía verse en su interior, lo que se ve en todo Pub irlandés. Gente acodada en el inmenso mostrador, bebiendo jarros de espumosa cerveza, otros con copas de licores, todos charlando animadamente. Algunas de las pequeñas mesas estaban ocupadas. Era todo un espectáculo observar a ese bestiario humano en pleno tren de fiesta. Pensé que algo festejaba esa gente.
Detrás del mostrador, había un largo espejo, manchado por la humedad de los siglos, donde había colocado un letrero que decía “Bienvenidos personajes de J.L.B.”
Entré, sin que nadie me mirara más de dos segundo y me senté en una mesa un tanto apartada del centro.
Se acercó un mozo rubicundo y me preguntó qué quería tomar. Le pedí que me trajera una pinta de cerveza negra.
-Usted es argentino -me dijo - me dí cuenta por el acento y porque hoy tenemos mayoría de clientes argentinos. ¿Me podría decir de cuál cuento es?
Se me hizo la luz. Estos clientes argentinos y el cartel de bienvenida en el espejo, se referían sin duda a los personajes de los cuentos de Jorge Luis Borges. Por suerte, soy un fervoroso lector de la obra de Borges y algo me acuerdo de sus temas.
-¡Yo soy Juan Dahlmann! -le contesté muy suelto de cuerpo.
Se hizo un silencio sepulcral en la taberna. Solo se escuchaban las respiraciones agitadas de los parroquianos que me miraban con asombro.
-¡Juan Dahlmann! El que compró un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil y luego se enfermó -dijo uno…
-¡No se enfermó! Se rompió la cabeza con una ventana abierta -aseguró otro.
-Y después fue a su estancia a recuperarse -recordó un hombre alto, de ojos afilados y barba gris a quien reconocí enseguida. Era nada menos que Stephen Albert, del cuento “El jardín de los senderos que se bifurcan”.
-Pero no alcanzó a llegar, porque se metió en el almacén de Ramos Generales a comer -continuó una mujer que no podría ser otra que Beatriz Viterbo (Todavía recuerdo la frase -Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, Borges)
Se me acercaron todos y me saludaron con calor, a pesar que yo sentía el frío de la muerte en sus manos. Decidí seguir con mi papel. Conocía el cuento “El Sur” como la palma de mi mano, pues una vez hice para unos amiguitos, el guión de dicho cuento, para ser representado en el colegio. Demás está decir que fue un éxito.
Todos me hablaban a la vez. Todos recordaban partes del cuento, pero lo que absolutamente todos querían saber, aunque ahora ya lo sospechaban, era el verdadero final del cuento. Borges hizo un final abierto. Un final que cualquiera podría imaginar a su manera, pero que siempre quedaría con la duda, de si ese final elegido era el real. El final que había imaginado Borges.
Ahora tenían ante ellos a Juan Dahlmann y no mostraba ninguna lesión. Para dar más credulidad a esa idea, me quité el gabán que llevaba puesto y lo dejé sobre el respaldo de una silla.
Se fueron tranquilizando y aunque conversaban animadamente me di cuenta que mi respuesta los había dejado satisfechos.
Cuando quedé solo en mi mesa, me dispuse a beber mi pinta de cerveza. Estaba eufórico. Me había hecho pasar por un personaje de Borges y todo había resultado bien. Pagué mi cuenta y salí a la calle. Quería caminar por las pocas calles que quedaban en pie, todavía en este pueblo fantasma.
Al llegar a una esquina se me acercó un hombre tambaleándose. Era un compadrito de cara achinada. Me injurió con mil palabras, a los gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera. Sacó su largo facón y me invitó a pelear, diciéndome que ya me había matado una vez y ahora lo repetiría.
Objeté con trémula voz que estaba desarmado. En ese punto algo imprevisible pasó. Desde la vereda de enfrente, casi arrastrando los pies, se acercó un viejo gaucho que me tiró una daga desnuda que vino a caer a mi lado.
Me incliné a recoger la daga y sentí dos cosas. La primera que ese acto casi instintivo me comprometía a pelear. La segunda, que el arma en mi mano torpe, no serviría para defenderme, sino para justificar que me mataran.
¿Sería este el final ideado por Borges? ¿O acaso ahora desde el universo de los Grandes Escritores había decidido cambiarlo?
Me enrollé el gabán en mi brazo izquierdo y decidí averiguarlo…
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20090106