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Números‎ > ‎2009/01 - Primera vez‎ > ‎

El espejo

Un negro porvenir (Relato)

“Terence Scott manejó durante nueve horas sin parar desde Tennessee para llegar a Chicago. Los hubiera hecho caminando con tal de estar aquí para escuchar al primer presidente negro en la historia de Estados Unidos. ´Sólo porque es Obama. Es un gran hombre`, dice desde sus 20 años.

Está emocionado, como cada una de las miles de personas que vinieron al inmenso Grant Park para festejar la victoria del demócrata. Obama citó a sus votantes en este parque al borde del lago Michigan para dar su primer discurso como presidente electo ante 65.000 afortunados que lograron obtener un boleto para el acto, y ante tantos otros miles que llegaron sin entrada, obligando a la policía a organizar un sitio alternativo para albergar a tanta gente.”

Leo en voz alta, a sabiendas que disparo a quemarropa a los muchachos del barcito, ese que está debajo de la autopista, en la infaltable cita de los sábados por la tarde. Cuando termino, doblo cuidadosamente el diario, lo dejo a un lado y los miro expectante.

-Yo no sentí emoción alguna. No se me mueve un pelo. Me gustó eso que dijo Noam Chomsky, ese extraño peñasco rojo en medio de un inmenso y embravecido mar capitalista. Algo así como “Obama es un blanco que tomó dos horas de sol”. Otro que no cree en el gran acontecimiento, en el nacimiento de un nuevo destino manifiesto, en la refundación de una nación, que los entusiasmados seguidores de Barak no dejan de prometer a los cuatro vientos.

Lanza su réplica el Tano luego de pensar un momento y, seguramente, buscar en su arcón lingüístico esos adjetivos y metáforas tan floridos que guarda para la ocasión.

Imagen publicada por cubaprensa en Flickr

-Quizás se pueda esperar una relación más equitativa con nuestros países: no olvidemos que el hombre es demócrata, el partido de Kennedy, de Carter; en fin, siempre será mejor que el que está ahora. La negritud le puede dar otro punto de vista, supongo, por aquello de la esclavitud y la cabaña del tío Tom y Malcom X y Luther King.

Tercia Richard con ánimo de encontrar alguna baraja buena en esa mano de naipes perdedores que siempre nos toca a los latinoamericanos cada vez que los grandotes del norte reparten las cartas, fijan la apuesta y, por supuesto, deciden a qué se juega.

-Estás completamente equivocado, es un negro integrado a la burguesía norteamericana: el color, en esto, es lo de menos. Y para ellos, sean blancos, negros o amarillos, el mundo se divide en dos: América y el resto del mundo. Y América, sépanlo señores, es la tierra elegida por el Señor y el resto es territorio de Darwin y sus monos.

Ironiza Leo, provocando risas y aplausos con la última frase. Ingenioso y brillante siempre, Leo.

-Otros cuatro, por favor.

Pido al mozo que está recostado en la barra, acompañando mis palabras con el gesto universal que simboliza el pocillo de café. Una nueva ronda a la que todos adhieren bulliciosamente, un pasaporte para alargar la charla, perdernos en ensortijadas cavilaciones, lanzar teorías y aventurar opiniones que harían palidecer de envidia al analista más pintado. Sí, podemos arreglar el país, enderezar el mundo y, si cabe, ajustar el recorrido cósmico de la Vía láctea. Pero nuestras vidas, las propias miserias, los errores de los que nunca aprendemos, ¿seremos capaces de lidiar con ellos?, ¿tendremos alguna receta a mano?

-¿Y quién gana el campeonato?

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