Y no será la última (Cuento)
Ya habían pasado veinte años, pensaba Graciela mientras veía al hombre salir lentamente de la habitación a atender a quien tocaba el timbre de la puerta del diminuto departamento, que se lograba ver sin obstáculo desde el lugar en que ella se encontraba. Veinte años que no habían sido fáciles, aunque tampoco tan difíciles, al menos no como pensaban la mayoría de los amigos y conocidos, no como se rumoraba en el pueblo, - ¡pobre Chelita!, mira nada más, haberse quedado fuera de la iglesia esperando a un tipo que no sólo no llegó, sino que pasó frente al templo del brazo de otra -, de Lucía, la que siempre se había autoproclamado su mejor amiga y que todos sabían que vivía con un fulano, un viejo que le triplicaba en edad, por mucho, pero no en experiencia. Los primeros días fueron de llanto y amargura, y no por desamor o por despecho, sino del coraje y la vergüenza de que le hubieran hecho eso, a ella, que se había enamorado de Antonio de tal forma que aunque estaba acostumbrada a una vida de lujos y comodidades, pensaba dejar todo para entregarle su vida entera, con la única condición de que no le pidiera acostarse con él antes de la boda. A Antonio, por supuesto, no le había caído en gracia que Graciela le negara la prueba de amor que le exigía y pensó mil veces la forma de vengarse, de hacerle pagar por sus desplantes de niña mimada, de bajarla de la nube y humillarla, no importaba que fuera la hija del más importante textilero del estado y uno de los hombres más ricos de toda la región. El caso de Lucía era diferente, a ella la había adoptado, o algo parecido, como su hermana mayor, su única hermana, ya que las dos eran hijas únicas y aunque Lucía era un par de años mayor eso no cambiaba el cariño que Graciela sentía por ella, y la pena desde que un par de años atrás sus padres habían muerto en un accidente automovilístico; así que la había llenado de regalos sin saber que aquella estaba celosa y le odiaba porque pensaba que todo lo que hacía por ella era para hacerle menos en frente de la gente; celos que la llevaron primero a no hacerle caso cuando le decía que no estaba bien que se acostara con cualquiera que le pasara por delante; luego a no querer hablar más con Graciela, a escondérsele con cualquier pretexto; para después irse a vivir con el viejo don Alfonso, el abarrotero del pueblo; y finalmente, a acostarse con su novio con el afán de destrozarle la vida, oportunidad que, en cuanto se presentó, aceptó gustosa. Sus padres, buenas personas a pesar de todo, nunca pensaron en cobrar venganza de Antonio, y mucho menos de Lucía, al menos no mientras se dedicaran en cuerpo y alma a lograr que su nena estuviera más tranquila y pasara del duro golpe que seguramente significaría para ella toda esta situación, y no hicieron otra cosa que llenarla de regalos, cumplirle sus más mínimos caprichos y darle todo el cariño que creían conveniente. Pasaron unos meses en los que se fue recuperando y convenciendo de que por algo pasan las cosas, al final, seguramente, todo habría de ser mejor lejos de la gente en la que confió ciegamente y tanto la había lastimado. Después de todo se vino a dar cuenta de que ella no había perdido las ganas, al menos las de vivir, ver, viajar, vencer, y encontraba en la situación el pretexto perfecto para tomar ventaja y salirse con la suya, ahora sí no habría poder humano que la retuviera en el pueblo, se iría a estudiar a la capital y ya después Dios diría. Sólo había algo que arreglar consigo misma, convencerse de que nunca nadie volvería a engañarla ni burlarse de ella, que nadie tendría su virginidad a menos que fuera para vengarse de Antonio y de Lucía, o porque encontrara a la persona adecuada para regalar el que ahora se convertía en su más preciado tesoro. Convenció a sus padres de dejarla irse, con el pretexto de que si se quedaba ahí corría el riesgo de que todos la señalaran y se burlaran de ella por haber sido humillada y puesta en evidencia frente a todo el pueblo. Así las cosas una mañana de verano, atípicamente fría para la época del año, partió a estudiar a la capital del estado sin que nadie en el pueblo se enterara, aunque seguramente todos lo hubieran sospechado. ¡Ah!, pero no se fue sin antes hacer a sus padres prometerle que no habría represalias en contra del ex novio y la hasta hace algunos meses mejor amiga, que en todo caso a ella le habría de corresponder vengarse si así era preciso. No faltaron los que intentaron acercarse a ella, pero a todos rechazaba con la idea fija de cumplirse la promesa que se había hecho a sí misma; siempre virgen, al paso de los años fue a vivir a Europa, la que recorrió un par de veces hasta que se le ocurrió avecindar en Madrid, desde donde se dedicó a la importación de las prendas de ropa que se fabricaban en la empresa familiar, haciéndola crecer hasta alcanzar proporciones que nadie hubiera imaginado. Veinte años tardó en regresar Graciela convertida en toda una mujer, hermosa, para hacerse cargo de los negocios familiares, ¿qué más podría hacer ella ahora que su padre estaba seriamente enfermo?, sin hermanos y con una madre que a falta de experiencia en amamantar chamacos y cambiarles los pañales, no sabía de otra cosa que no fuera hacer de comer, tejer ganchillo, jugar a las damas chinas y dar órdenes a la servidumbre, mientras rezaba una y otra vez la misma fórmula, un rosario con letanía, seguidos del viacrucis y una larga cadena de jaculatorias, - para que Dios guarde al viejo y nos lo devuelva bueno y sano, si es que esa es su santa voluntad, porque si no, pues que nos socorra con su infinita misericordia y no lo tenga demasiado tiempo sufriendo ahí nomás postrado en cama, y pues ya que estamos en pedir, nos perdone de una vez por los malos pensamientos -. Al poco tiempo de haber vuelto al pueblo se enteró, sin desearlo en realidad, de boca de la Güerita Loperena de que Antonio y Lucía no lo pasaban de la mejor manera. Se vino a dar cuenta de que a Lucía, don Alfonso le puso una paliza, al enterarse de sus amoríos con Antonio, hasta mandarla al hospital, para encontrarse una vez dada de alta, con que el vejete le había vaciado la casa en que vivía, única herencia que le quedaba de la muerte de sus padres. De Antonio supo que su padrino, don Pepe, dueño del rancho en que aquel trabajaba, le había despedido apenas le había vuelto a ver después de la afrenta a su ahijada consentida, y le era muy difícil encontrar trabajo porque todos en el pueblo le repudiaban por lo que le había hecho. Se enteró que en un afán de reparar las cosas, se casaron y tuvieron un hijo, pensando que en el pueblo, al verles ya como una familia, su suerte sería mejor, cosa que no había sucedido, sino todo lo contrario, el desprecio de la gente había aumentado mientras que era su hijo quien había tenido que trabajar desde pequeño para convertirse en el único sustento de sus desafortunados padres. Así pues, pensando que no tenía caso ya organizar una venganza, porque el tiempo y el destino ya se habían encargado de hacer lo propio, se fue olvidando del tema mientras se dedicaba a la empresa en donde volcaría todas sus pasiones y saciaría todas sus ansias de ahora en adelante. En las primeras semanas, mientras hacía una revisión de la nómina de la empresa, encontró en la plantilla de personal a un joven, Rodrigo Martínez, que estaba encargado de mantener el archivo de la compañía y que había sido contratado personalmente su padre en condiciones un tanto extrañas, ya que su expediente no contenía la más mínima información, y que causaba en todo el personal de la fábrica la misma reacción, silencio total, cuando ella intentaba indagar sobre su origen y la causa de tan extraña contratación, hasta que le preguntó a su padre quien por única respuesta le dijo que él trabajaba bien y eso era lo único que debía importarle, que no se preocupara porque ni era hijo suyo, ni pariente o cosa por el estilo, y que le pedía no volver a tocar el asunto porque entonces sí tendría un problema con él. Convencida, conociendo la testarudez de su padre y la lealtad que todos sus empleados le tenían, de que no obtendría más información por más que lo intentara, una vez confirmada la historia con su madre, decidió llevar con ella a Rodrigo a trabajar como su asistente personal, al fin que si su padre lo protegía con tal vehemencia y todos decían que era honrado y trabajador, pues seguramente no habrían de equivocarse. El trabajo y la convivencia diaria, la soledad y toda una colección de cuentos en común fueron haciendo que ya no sólo se vieran como patrona y subordinado, sino que se lograran una confianza y familiaridad mayor a la que había tenido jamás con otro hombre; hasta que un día, en el pequeño departamento de Rodrigo, mientras trabajaban en la documentación para el embarque de un pedido urgente hacia España, sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo cuando el se acercó demasiado para cotejar los pedidos del cliente contra las órdenes de embarque; fue entonces que, viendo el nerviosismo que a él también se le notaba, supo que ese joven de escasos diecinueve años recién cumplidos que bien pudiera ser su hijo, era el hombre con el que quería compartir una virginidad que si bien nunca le había estorbado, hoy comenzaba a perder fuerza en su interior y a recobrar sentido. Así volteó lentamente hasta que la cercanía de sus labios fue tanta como la lejanía de sus ojos y no había forma ya, ni deseos, de rehuir al encuentro. De lo que habría de seguir no hay mucho que contar, besos, caricias, dos bocas y cuatro manos que desnudas denotaban la misma inexperiencia y las mismas ganas, a pesar de las diferencias de edades y de tiempos, de las diferentes circunstancias que les habían llevado hasta ese punto, que eran sólo el prólogo de lo que habría de ser una obra maestra de ternura, dolores, caricias, gemidos, sollozos, embestidas violentas, humedades, penas y alegrías, que concluirían en la fusión de un abrazo largo y silencioso. Así era como veinte años se le iban borrando de la memoria poco a poco y los recordaba al ver salir a Rodrigo de la habitación, abrochándose la camisa y acomodándose los mechones del cabello para abrir la puerta a la que llamaba una visita inesperada. Cual sería su sorpresa al descubrir en el quicio de la puerta el rostro lleno de curiosidad de Lucía que espiaba para descubrir a la chica que adivinaba estaba ahí, cual cuando vio la cara descompuesta de Lucía al verla desnuda, recostada en la cama de su hijo, al ver como se desvanecía entre los brazos de Rodrigo, al escuchar el sonido hueco de su cabeza rebotar varias veces contra el piso, y darse cuenta de que, a pesar de todo, el tiempo le había otorgado la satisfacción de la venganza al mismo tiempo que hacía el amor por primera vez - y no será la última -, se dijo sonriente mientras daba una fumada lenta al cigarrillo que acababa de encender.
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