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El río (Relato)
Me acuerdo de que el día del entierro de Rubén, Álvaro y yo corríamos por entre los bancos de la iglesia. Le había preguntado que dónde estaba Rubén y él, en un susurro, me dijo: “Sígueme, yo sé dónde está.” Y entonces comenzó a correr por entre la gente. Como en una carrera de obstáculos, íbamos esquivando las piernas de los mayores, que estaban pendientes de lo que decía el cura. El camino era tortuoso: había un hombre con pantalones de pana gruesa; otro con unas botas embarradas por la lluvia de afuera; una mujer que tenía las piernas cruzadas y que movía arriba y abajo la punta de su zapato (me resultó difícil de sortear: me agaché y gateé por debajo de ambas piernas. Álvaro me cogió algo de ventaja porque había gateado más rápido que yo); y un señor mayor con su bastón, que me quiso poner la zancadilla, aunque yo fui más hábil. Recuerdo que nos reíamos y que mi madre, tres filas más atrás, nos chistaba para que guardáramos silencio. Sorteamos el último par de piernas del banco y llegamos al pasillo central. Echamos a correr hacia la puerta principal, compitiendo por ver quién llegaba antes. Él llegó primero afuera. Aunque apenas lloviznaba fuimos pasando de morera en morera hasta al río, que pasaba por detrás de la iglesia. “¿Ves? Mi padre dijo que Rubén se fue río arriba”, Álvaro señalaba la curva en la que el río se dejaba de ver. “¿Y a dónde se llega por ahí?”, dije. El río discurría dentro de un muro hecho de ladrillos ya viejos. Había agujeros en la pared, parecía sencillo avanzar junto con el río. Justo eso hizo Álvaro, tras saltar la pequeña barandilla. “Comprobémoslo nosotros mismos”, dijo desde abajo. El otoño acababa de comenzar y el río tenía aún poca agua, por lo que el muro medía unos cuantos metros, no recuerdo cuántos. Antes de seguir a Álvaro, que ya había dado cinco o seis pasos en el muro, grité: “¿Volverá Rubén?”. No respondió. Afiancé bien los pies en sendos agujeros, y me agarré bien las manos en la barandilla antes de seguir adelante. A pesar de que la lluvia me hiciera resbalar, me parecía que caminar por aquel muro ya era casi una cuestión de honor, una especie de obligación hacia Álvaro y Rubén. Di un paso más, aunque no sirvió para acortar la ventaja de mi amigo. Grité para que me esperara, pero fue en vano. Intenté que el ruido del río me tranquilizara, pero yo sólo pensaba en que mis manos no eran lo suficientemente fuertes para sujetarme. Miré hacia delante y no vi a Álvaro: había llagado a la curva. Su falta en el paisaje me hizo sentir más nervioso y, sin darme cuenta, aceleré mis pasos. Fue entonces cuando oí el golpe. Como yendo detrás de una certeza, mis manos se volvieron más ágiles; a pesar del miedo, quería llegar a la curva. Para salvar el nerviosismo volví a concentrarme en el sonido del río a mis espaldas, sólo me sirvió para olvidar unos segundos el dolor de las manos, que apretaban con fuerza la barandilla. Lo que no pude evitar de ningún modo fue encontrar tras la curva lo que no quería encontrar. En el río, la nariz y la boca abierta de Álvaro asomaban fuera del agua, la sangre se diluía alrededor de su cabeza y se iba, como si nada, río abajo. Creo que fue en ese momento cuando, por vez primera, comprendí que Rubén no volvería. ![]() |

