Mi primera vez (Cuento)
Escuché el sonido que hacían sus tacones contra la escalera. El resto era silencio. Me agazapé en lo más profundo del portal y esperé. Enseguida salió hacia la calle. Salió con paso firme, como andaba siempre ella. Yo la esperaba allí cada día antes de ir con la pandilla a jugar al fútbol o al escondite. Mis ojos infantiles quedaban fascinados por su belleza. Siempre iba muy arreglada al trabajo. Sólo usaba vaqueros cuando su novio venía a recogerla. Desde mis escondites observaba todos sus movimientos, sus ojos negros, como su pelo, y su cara dulce y morena. Era la hermana mayor de Jorge, y de Castor, el chico del portal al que mató un coche cuando perseguía gorriones por el barrio.Precisamente entre los coches me quedé escondido aquella tarde. Yo llevaba mi escopeta. La había hecho sobre una tabla, con un clavo al extremo, donde se sujetaba la goma que portaba la bala homicida: el muelle de una pinza. El disparador era otra pinza. Esperé a que ella saliera al claro del aparcamiento. Apoyé sobre mis dos piernecitas mi cuerpo menudo y apunté a su pantorrilla. Pude ver toda la trayectoria del proyectil a cámara lenta y escuché con nitidez el silbido de aquel pedazo de acero. Después el impacto seco, acolchado, contra su piel viva. Vi con deleite el muelle perforando su carne, rebotando después en sentido contrario. Mordiéndome los labios y entornando los ojos disfruté del momento. Ella aprovechó mi pasividad para darme un fuerte guantazo. Mi cabeza sufrió entonces un giro repentino, mi pelo dibujó en el aire una suave onda, una gota de sangre salió de la comisura de mis labios. Cuando recuperé la perspectiva me quedé embelesado mirando el contoneo de su caminar. Se paró, se agachó para tocarse la zona impactada y uno de sus dedos entró en contacto con la sangre de la herida. Un fuerte calor subió hasta mi rostro. Me moría de placer sin saber que aquello era el placer. Una gota de mi propia sangre entró en mi boca produciendo un agradable sabor. Mis piernas comenzaron a temblar y me senté en el suelo, reposando la cabeza en la rueda de un coche. Cerré los ojos sonriente. Aquella fue mi primera vez.
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