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No hay quinta mala (Crónica personal)
Es imposible no haberlo encontrado antes. En las adaptaciones minúsculas y desangeladas para anunciar que tenemos una llamada entrando al celular, en los juegos de consolas con sus controles pensados para ser operados por pulpos, en la entrada y salida de ese programa hoy caricaturizado llamado ‘El chavo del ocho’. Gary Oldman lo personificó insuperablemente, y sólo una película antes, en ‘The professional’, dejó dicho lo que todo mundo sabe: ‘o te gusta Mozart… o te gusta Beethoven’. Contrariamente a lo que se cree, Beethoven perdió completamente el oído ya entrado en plena madurez, su juventud la pasó con una capacidad acústica que despedazaba a cuanto pianista se atrevía a poner las manos en sus sonatas. Virtuoso él mismo, pedía y exigía a los pianistas el poseer un alto grado de conocimiento de su instrumento. Innovador también, compuso una sonata que permanecería como el Everest de las sonatas para piano por más de 30 años: La Hammerklavier Sonate. Dicha sonata pretendía exprimir hasta el límite las innovaciones del recién perfeccionado piano de ‘martillos’, el antecesor inmediato de los pianos de mazas actuales. Y aunque la música de Beethoven se ha popularizado tanto, sigue sin ser música popular. Extremos encontrados, sus obras están impregnadas de ‘temas femeninos’, es decir, cadencias y melodías que comienzan en tiempos débiles del compás permitiendo un carácter muy cantable, que culmina en arranques de furia con arpegios extendidos y acordes quebrados en armonías bien definidas. Y su música sinfónica no se queda atrás: en la Novena Sinfonía, ya completamente sordo, dejó plasmados pasajes que son acústicamente hablando ‘perfectos’, y de una hermosura y bravura imposibles de no advertir, pero estos mismos pasajes llevan a los coros a obrar verdaderos prodigios y hazañas haciéndoles topar con el límite de lo que puede ser alcanzado y cantado por la voz humana. Las indicaciones para la matización de los temas fluctúan entre los pianisísimos y los fortisísimos [ppp-fff] esto es, matices acústicamente apenas perceptibles o resonantes con un sonido robusto, ‘alla bravura’. Es imposible no haberse encontrado con los temas de su novena y quinta sinfonías, con el tema del adagio que abre la sonata Claro de luna, con la Marcha Turca. En el mes de noviembre de 1987 ignoraba todo esto. Entonces un compañero de secundaria me prestó un disco ‘LP’ con la Quinta Sinfonía, una edición alemana. Mucho tiempo pasé creyendo que dicha versión la había soñado, y sólo en fechas recientes me encontré con una reedición digital de aquel disco impreso a mediados de los 70. Recuerdo el aroma de los guamúchiles, de la tierra mojada, la lluvia cayendo y cubriendo poco a poco la ladera del cerro coronado por el Santuario a Nuestro Señor de Jalpa. La emoción de colocar el disco, mover el brazo del aparato con su aguja milagrosa, y ese clap-clap-clap que era más una prolongación de la respiración propia que un sonido ajeno o molesto. Comenzó. Ya conocía el inicio de la sinfonía –creí que lo conocía-: la fuerza, el temple; apenas enunciado el tema contundente y enérgico apareció otro tema sutil, enmarcado por los bronces y alientos, un tema dulce. Por alguna razón que sigo sin comprender escuchar a Beethoven exige que el volumen de los altavoces se abra al máximo. Infinidad de minúsculos detalles encerrados en aquellos compases que se extienden uno tras otro, indagando, gritando, cuestionando. Nada más lejos de las sinfonías de Mozart, de Haydn, de las grandes obras de Bach o Vivaldi. ![]() Imagen por Esther Seijmonsbergen tomada de stock.xchng Antes de Beethoven no había lugar para la vorágine, los instrumentos podían permitirse expresarlo casi todo, alegría, tristeza, melancolía, tranquilidad –incluso con Vivaldi llegaron a alcanzar el ‘Estro’-, pero hasta Beethoven nadie había logrado que tomaran conciencia de su propia voz, y que pudieran gritar de una vez para siempre qué es lo que subyace bajo cada nota. Conforme avanzó ese primer movimiento la música me llevó a ser partícipe de una lucha descarnada, grupos de instrumento definidos con intenciones propias, algo que brotaba conforme las notas iban quedando y siendo borradas de la memoria. Pensé que allí terminaba todo, y esta fue una de las poquísimas veces que mi error no ha sido lamentable. Escuchaba por vez primera una sinfonía completa, y dicha sinfonía era la Quinta Sinfonía de Beethoven, y lo que terminaba era sólo el primer movimiento. Aún quedaban otros tres por escuchar. El segundo movimiento fue un respiro. Algo se mantuvo constante, era ‘aquello mismo’ que había sido enunciado en el primer movimiento, pero de manera distinta. Como una reflexión tardía de algo que se hizo y obliga a hacer un alto en el camino, para constatar lo que hay antes y lo que hay después. Era como decir: ‘hay que seguir andando’. Ambos movimientos estaban en una cara del disco. Al volverlo para escuchar el segundo lado ya la música no era como antes. La orquesta había dejado de ser algo abstracto, frío y sombrío para ser desde entonces una manifestación de algo que ciertos hombres a quienes llamamos ‘compositores’ llevan dentro: una visión del mundo, una comprensión de lo que sucede dentro de cada uno de los demás hombres. Faltaban dos movimientos. No podía saber que serían los dieciocho minutos más deliciosamente agotadores de mi vida: ambos con indicaciones de ‘Allegro’ exprimen las intenciones y las armonías de los dos movimientos anteriores, son la transformación milagrosa de notas en repercusiones acústicas de esas mismas notas. El tercer movimiento semejaba una marcha: majestuoso, casi militar, poco después ese aire marcial cedía a un aire de danza, las premuras ocasionadas por algo que escapa de nuestras manos sin nosotros quererlo, y la reflexión de aquello mismo que hemos conseguido. Pero el verdadero encontronazo se dio en el cuarto movimiento. Beethoven inicia con una declaración triunfal, semejante a aquella que da inicio a la sinfonía, y sobresale de los acordes lúgubres y melancólicos para alcanzar un furor envuelto de gloria y triunfo apasionado. Resaltan las cuerdas, que se sostienen sobre el resto de la orquesta y remontan hasta notas que se antojan larguísimas, mientras en el subsuelo la orquesta obra prodigios para que la armonía y los temas no se desmoronen. Sólo entonces me percaté que estaba de pie, dando traspiés embriagado de sonido, la sensación de la sangre hirviendo y fluyendo en una carrera indescriptible era tan clara que sin culminar en un mareo fue un momento de furor extático. Hoy después de veintiún años, puedo ver claramente que aquel disco LP nunca terminó del todo. Que sigue su danza infinita sobre ese eje hueco, que continúa expandiéndose por el espacio abstracto y omnipresente de la memoria, que sigue permitiendo que Beethoven y sus acordes, que Beethoven y sus armonías no sean un grito lanzado al vacío, muerto y encerrado con tinta y papel. Su música nos alcanza, y sigue exigiendo una atención absoluta. Después de la música de Beethoven sólo hay algo más: la música de Beethoven. |

