Uno¿Cómo empezar esta exposición? Tengo que hacerlo de forma rápida y arbitraria. En vísperas de mi partida hacia Europa del Este, Robert me propuso matrimonio. Nos casaremos a principios de verano del año que viene, en la iglesia de San Ignacio de Loyola, y el convite se realizará en Wave Hill. Tan pronto como llegue a casa tenemos que iniciar una larga campaña para asegurarnos de que el evento se lleva a cabo de forma civilizada. Ninguna de las familias debe acabar sintiéndose desplazada, decepcionada o enojada. Tenemos un problema de número: al haber un máximo de ciento cincuenta plazas para el convite, ya he empezado a mantener hostiles negociaciones acerca de la lista de invitados, siguiendo el principio heredado de mi madre según el cual aquellos que no están casados no deben llevar acompañantes a las bodas. No hay anillo, no hay acompañante, como ella dice. La música, la comida y el tipo de ceremonia son temas de discusión. Robert quiere clásicos de jazz, yo prefiero a un grupo de honky-tonk de Austin. Este es uno de los momentos en los que el hecho de haberme criado en Texas parece ser una gran molestia, incluso una vergüenza, para él. La mayoría de las veces adopta el punto de vista opuesto y utiliza mi relativamente exótica herencia como hija del petróleo para conseguir un gran efecto en las cenas con los amigos. Por supuesto, la comida será fuente de debate. En calidad de alabado pastelero de una de las mejores cocinas de la ciudad, Robert mantiene minuciosas trifulcas sobre aspectos específicos del pastel de boda y ejerce el despotismo culinario cada vez que intento sacar el tema. Ha descartado la carne ahumada de todo tipo, a pesar de mi deseo de hacernos mandar pechugas y costillas desde mi templo favorito de la barbacoa, el Texas BBQ, para la cena de la víspera de la boda. Incluso en estos momentos, y a 6.400 kilómetros de la ciudad de Nueva York, la cabeza me da vueltas cuando pienso en la cantidad de disputas que tendremos que mantener desde ahora hasta el próximo junio. Su familia, los judíos más laicos que jamás he conocido, se han mostrado repentinamente ofendidos por la perspectiva de una boda por la iglesia, mientras que mi familia, que carece totalmente de fe, se plantea en susurros la conversión. Pero a la luz de mis actuales circunstancias, me quedo con lo bueno. Todo esto es muy bueno; maravilloso, en verdad. Robert me pilló desprevenida. Habíamos ido al Sammy's Roumanian, el lugar donde nos citamos por primera vez, y le pidió al teclista que tocara San Antonio Rose, dedicado a su novia tejana. El teclista realizó una ardiente interpretación. Nos comimos un grasiento plato de hígado y tomamos esas costillas fritas, de hueso grande y protuberante, que tienen forma de hacha. En general, fue una comida agradable, aunque sí hubo un momento de tensión relacionado con una caja de regalos que me había traído de Ámsterdam hacía poco tiempo. Digamos simplemente que se trataba de un montón de ropa interior de una clase que yo nunca había visto y que nunca hubiera elegido, y que incluía un artilugio fabricado con un material asociado típicamente con la hípica. Expresé una ligera, aunque juguetona, sorpresa por ese giro de la situación, ante lo cual Robert se mostró repentinamente huraño y dijo que devolvería a Ámsterdam el conjunto completo de artículos y que olvidase que me lo había regalado: había sido un error tremendo. Me sentí mal. Dejamos el tema. Mientras nos tomábamos unos batidos, me preguntó si estaba ansiosa por lo de Rumania. Le dije que había tenido una inquietante pesadilla que tenía que ver con el Informe Price Waterhouse sobre Transilvania. En mi sueño leía una línea tras otra, y cada una de ellas decía lo mismo: «Se informa de desapariciones en las principales ciudades». Él sugirió que quizá yo estaba dando demasiado crédito a los estereotipos nacionales, y yo repuse que no tenía ni idea de qué estereotipo correspondía a Rumania. Como si fuera una respuesta, él sacó una cajita azul. Yo ya lo sabía, pero ¿podía ser verdad? La abrí, intrigada. El anillo brilló, un diamante cortado y engastado en oro blanco de veinticuatro quilates. Yo le di mi respuesta. Sammy susurró al micrófono: «Un goy, una Eva, un amor». Todo el mundo aplaudió. Robert tenía un coche esperando y volvimos a mi apartamento, donde yo empaqueté unas cuantas cosas, incluido el montón de artículos de Ámsterdam, y luego fuimos al hotel Maritime. Me conoce. No hay nada que me guste más que envolverme, recién bañada, en un albornoz, sacar una botella de vodka Gray Goose del mini bar, abrirla e instalarme a ver una película de Hollywood por el canal de pago. Después de tres años viviendo del escaso salario que me da ser productora asociada de La hora, ésa es mi idea del dulce pecado. El lunes siguiente, al cabo de setenta y dos horas, volé hasta Rumania. No dormí en el avión por culpa de las turbulencias. Tuve una inusual cantidad de problemas de inventario. De un paquete de cinco blocs, la mitad desapareció por el camino. Pero ¿quién querría robar unos blocs del equipaje? Excepto uno, todos mis bolígrafos se habían secado. Los agité y rasgué toda superficie plana que tenía a mano, y no conseguí nada excepto unas marcas sin tinta. La conexión a Internet del hotel de Budapest funcionaba, pero el modem del portátil de la empresa no arrancó. No me llevé suficientes tampones, y me hubiera venido bien llevar mi propio papel higiénico. Mi anillo es un consuelo, pero debería haberlo dejado en Estados Unidos. Unos tipos fantasmagóricos merodeaban por el vestíbulo del hotel y por el aeropuerto. Antes de pasar por la aduana, le di la vuelta al anillo de tal forma que la piedra no quedara a la vista, pero el agente de aduanas observó mi dedo como si yo hubiera intentado engañarle. Después de eso, guardé el anillo en el bolsillo delantero del pantalón. Robert me había suplicado que lo dejara en casa, pero no le hice caso. No me gusta admitirlo, pero no soportaba separarme de mi anillo. No puedo evitarlo. Robert se sorprendería de oírme hablar así. El cree que, dado que crecí en un entorno adinerado, el anillo no me impresiona, pero no puede estar más equivocado. Esta joya significa que ahora pertenezco a algo que va más allá de mí misma, a una comunidad de dos, y cuando pienso en eso, todo lo demás pasa a un segundo plano y veo, a través de las generaciones, a las gentes lejanas que llevaron mi sangre, a los venecianos y dublineses de la parte de mi madre y, en especial, a los miembros de la complicada herencia por parte de mi padre. Dos ramas de su familia se pelearon entre sí durante la última revolución de los nativos americanos por la tierra de Estados Unidos. Unos indios creek relacionados con su abuela combatieron contra un grupo de oficiales de Estados Unidos, uno de ellos pariente de su abuelo. Y a pesar de ello, décadas después, aquí están todos reunidos en una familia, en una persona, y veo esa reconciliación en mi anillo, y me pregunto qué viejos y sangrientos secretos de familia, ya resueltos, va a aportar Robert a la mía, y pienso en los niños que vendrán, y en que sus hijos quizás algún día miren hacia atrás, hacia nuestras vidas sencillas. Robert se preocuparía por mí si conociera estos pensamientos íntimos, así que no se los he comunicado. Tal como dice mi padre, lo sabio es guardar silencio acerca de los asuntos importantes de la vida. Dos¿Cómo describir mis primeras impresiones de Rumania? Ése es mi trabajo, de hecho: obtener primeras impresiones. En calidad de productora asociada del programa de actualidad de mayor éxito de la historia de la televisión de Estados Unidos, busco historias que sean adecuadas para ser emitidas y las examino para valorar su sustancia y su posible interés. Uno de mis colegas me llama el azote de las noticias «de sociedad». Utilizo mi juicio como un cuchillo para separar un contenido esencial de una moda pasajera. Es posible que una historia sea cierta, pero si no se puede contar de forma adecuada ante la cámara, me importa poco. En esta ocasión se me pidió que me encontrara con un caballero llamado Ion Torgu, un rumano que parece ser una de las figuras más importantes del crimen organizado de Europa del Este. Se trataba de una misión con tres facetas: confirmar su identidad, evaluar sus afirmaciones y juzgar su interés. Era de gran importancia si hablaba o no hablaba inglés. Al igual que los estadounidenses, mi programa aborrece los subtítulos. Tenía que ser previsora. Si la historia tuviera gancho, volveríamos muy pronto con el equipo. Tendría que buscar localizaciones: habría que elegir tomas de Rumania, imágenes que se pudieran utilizar para ilustrar ciertos puntos sobre cultura, economía, política y pasado histórico. Mientras se me iba pasando el malestar del desagradable vuelo, fui mirando por la ventanilla del coche. A primera vista, la carretera hubiera podido ser la de cualquier lugar del este de Europa: marcas típicas del comercio internacional, Coca-Cola, Cadbury, Samsung; titulares de publicidad capitalista esparcidos por extensiones de tierra ex soviéticas en proceso de transformación y arraigados sobre terrenos en construcción recientemente despejados y excavados. Un caballo que arrastraba un carro se detuvo delante de un anuncio de Coca-Cola y la visión fue la de una chica sonriente en bikini que levantaba una botella por encima de un hombre barbudo con unas riendas entre las manos que miraba el tráfico con clara inquietud. «Una toma clave —pensé—, el contraste entre la vieja y la nueva Rumania.» Lo taquigrafié en mi bloc de notas. Eran aproximadamente las diez de la mañana, y los gases de los tubos de escape se arremolinaban en el aire de septiembre. El conductor bajó la ventanilla y encendió un cigarrillo. La carretera del aeropuerto se desvió hacia un bulevar que corría entre densos macizos de limeros y tilos, entre los cuales vislumbré muros amarillos que rodeaban viejas casas. Vi una cúpula con las ventanas rotas y una hilera de gordos pájaros negros apostados encima de su tejado. Un graffiti con una esvástica de largos brazos se extendía por una pared. Una mujer sacudía una alfombra en una curva y casi la golpeamos con el guardabarros. Insultó al conductor; él le devolvió el insulto. El bulevar entró en una rotonda que giraba bajo una versión del Arco de Triunfo de París; era tres veces más grande que el original, como un champiñón mutante que hubiera crecido en medio del calor. Una manada de perros famélicos erraba a la sombra de la piedra. Taquigrafié otra nota: los animales como imagen del deterioro social. Cada idea requería su imagen. Decir vaca, ver vaca. A través de los árboles que se alzaban delante brilló un metal dorado, las pulidas curvas de las cúpulas de las iglesias ortodoxas, y penetramos en un barrio más agradable de ventanas con macetas y tejados abuhardillados. Rumania había sido considerada tiempo atrás como el París del Este, y en aquella zona se veían tiendas caras y mujeres guapas entrando en ellas. Mi equipo de camarógrafos, compuesto exclusivamente por hombres, apreciaría esa oportunidad y yo recibiría un exceso de documentación gráfica sobre piernas largas y pechos turgentes. Poco después, esas imágenes de la belleza se disolvieron entre el polvo de las construcciones que dejamos atrás. Atravesamos las orillas de cemento de un río y giramos hacia un laberinto de edificios de estética fascista. Cruzamos un sector, recorrimos una curva alrededor de un círculo de cemento desnudo y, de pronto, me quedé impresionada. Me incorporé en mi asiento, creyendo que el cambio horario me hacía tener visiones. La cosa parecía un espejismo, o uno de esos objetos que se ven distorsionados en el espejo retrovisor. Se trataba del viejo palacio del dictador, inacabado a la hora de su muerte; un rectángulo de mármol gigantesco, asentado en un pegote de tierra. Parecía demasiado monumental para poder ser habitado, era imposible adivinar cuántas habitaciones tendría. Anoté una instrucción para mi equipo: no sería posible captar el tamaño del palacio desde abajo, habría que subir muy arriba, alquilar un maldito helicóptero. En esos momentos era la sede del gobierno rumano democráticamente elegido, pero la misma estructura, de cuatro caras, cada una de ellas igual de ancha y larga que la anterior, eclipsaba cualquier idea de parlamentos, partidos y primeros ministros. Al final de la carretera y delante del palacio, el coche giró por una rotonda hacia un edificio que, si bien mucho más pequeño, aún era enorme. Yo iba a hospedarme al otro lado de la calle, enfrente del palacio. —Su alojamiento —me explicó mi silencioso chófer al ver cierta expresión de alarma en mis ojos—. Antes era el Ministerio de Defensa. Unos porteros con uniforme carmesí y galones dorados se encargaron de mis maletas y me guiaron hasta un vestíbulo de mármol que hubiera podido ser el interior del mausoleo más grande del mundo. El techo se abovedaba sobre cuatro pisos, apoyado en unas columnas grandes como casas. Debajo de las columnas había dos escaleras de mármol en espiral que, como cascadas de agua, comunicaban con el segundo y tercer piso, desde donde sonaba la melodía de un piano y el susurro de los huéspedes. Un pequeño ejército de criados, presas del pánico, recorría el vestíbulo tirando y empujando a las personas y los objetos. Otros, vestidos con trajes negros, se mostraban más vigilantes mientras hablaban por unos walkie-talkies al tiempo que recibían respuesta por los auriculares de los oídos. Antes de que pudiera llegar al mostrador de recepción, una mujer joven que llevaba un ajustado vestido rojo con una abertura se me acercó con una bandeja de copas de cortesía que contenían zumo de naranja o champán. Todavía no era mediodía, pero cogí una de champán y la levanté en un gesto de brindis. Era joven, quizás una adolescente. Los hombres que había en el vestíbulo la seguían con los ojos; me observaban a mí también. Soy una mujer alta, de curvas razonables. Una vez un amigo intentó halagarme diciéndome que tenía un cuerpo como el de la madre Tierra, pero me molestó esa idea, que hacía referencia a las jóvenes hippie's que van sin sujetador debajo de esos vestidos de algodón desteñido. No soy ninguna madre Tierra, pero mi cuerpo hace su función, por decirlo así. Tengo el pelo oscuro y rizado, y me lo estiro cada mañana, así que la mayoría de la gente ni siquiera sabe que es rizado. Poseo unos ojos marrones y oscuros que mi madre siempre comparaba con el chocolate, unas pestañas más bien largas y un gran labio superior que antes me molestaba. Todo el mundo me dice que debería intentar conseguir un puesto como corresponsal en directo, que doy muy bien en cámara. Pero yo no me fío de las cámaras. No me gusta la mirada fija de ninguna cosa, ni de hombre ni de máquina. La chica del vestido me miró con ojos de pena. Le devolví el vaso. Gracias a Dios, pensé, no iba a estar mucho tiempo en ese lugar.
Dormí durante todo el día y por la tarde llamé a mi superior, el productor William Lockyear, para confirmar mi llegada. Le confesé a Lockyear que estaba tensa. Recibió mis palabras con un silencio un tanto divertido y luego dijo: —Pasa un mes en Irak y luego ya hablaremos. Debería decir algo sobre este hombre, William Lockyear, mi jefe. Se comporta como si fuera un miembro derrocado de la realeza y yo fuera el único súbdito que le quedara, la criada que nunca consigue reunir el temple necesario para enfrentarse a él. Me considera una niñita rica y sin objetivos que se dedica a matar el tiempo previo a la boda y a los niños. Me rebelé de una manera tonta. —¿Quieres que te encuentre una historia en Irak, Bill? ¿Nos encontramos en Bagdad? —¿Continuarás teniendo un trabajo cuando vuelvas a Nueva York? Son preguntas difíciles. Dirigí el reproche en otra dirección. —Stim me tiene paranoica. Me refería a mi amigo y productor asociado Stimson Beevers, que se había puesto celoso de mi viaje. Stim me riñó antes de partir. Me dijo que yo tenía la piel fina, y que mis sentimientos negativos hacia Lockyear delataban que estaba quemada, y tenía parte de razón: un agotamiento profesional mezclado con la euforia relacionada con mi compromiso matrimonial. Yo había luchado para que me apartaran de esta misión. La mañana de mi partida, el lunes posterior a la declaración de Robert, le conté mis planes de casarme a Lockyear. Le expliqué que ahora tenía que realizar los preparativos de la boda, que eran numerosos, y le sugerí de forma muy sutil que quizás él podía ir a Rumania en mi lugar. Después de felicitarme, me dijo que mis planes de boda no tenían absolutamente nada que ver con nuestra relación profesional, que no era inteligente por mi parte pedirle que realizara mi trabajo, y que en la oficina había mucha gente joven y sin responsabilidades que estarían más que felices de volar a Rumania de su parte. Estuve a punto de renunciar. Mis dos confidentes, Stim y mi querido amigo Ian, me aconsejaron con sentido común. Ian me recordó que así era el viejo Lockyear y que no debía tomármelo de forma tan personal. Stim me dijo que una historia ubicada en Rumania podría ser la oportunidad de empaparme de la centenaria tradición de los vampiros de las películas. Eso me hizo reír. Stim se alimenta de películas. Piensa que la moral consiste en adorar a Sam Peckinpah y en comer eda-mame salado. Es incapaz de comprender la muerte más allá del celuloide. Cree que no existe ninguna diferencia entre el país real de Rumania y las películas de vampiros ambientadas en Rumania. Yo a veces le llamo Súper Stimulado. —Espera un minuto. Lockyear tapó el teléfono con la mano. Obviamente, alguien acababa de entrar en la habitación. Oí un alboroto apagado. Lockyear volvió a ponerse al teléfono. —Otro de tus pequeños amigos, el chico maravilla, Ian. Se lo he contado todo, y tiene sus reservas acerca de Stimson Beevers. Te lo paso. Me alegré de oír la voz de Ian. —Eh, Line. —Ayúdame, Ian. —Stim es un completo capullo. No le hagas caso, te irá bien. —¿De verdad? —De verdad. Otra cosa: estás en Rumania. Son cachondos y saben divertirse. Piensa en positivo. Deja que ésta sea tu última aventura salvaje antes de acabar con el cocinerito. Tengo que dejarte. Lockyear volvió a ponerse al teléfono. —Encuentra al criminal, querida. No pude dormir. Me levanté mucho antes de que saliera el sol, dispuse una silla y me quedé mirando por la ventana hacia el otro lado de la calle, al palacio. No había luces, que yo viera, pero las paredes brillaban como si estuvieran hechas de fósforo. Llegó el amanecer y mil ventanas me miraron como ojos rosados. No pude soportar seguir en aquella habitación. Me puse los pantalones de color azul marino, la blusa blanca limpia, mis zapatos de tacón bajo y me fui a la agencia de alquiler de coches, que pertenecía al hotel. Esa tarde tenía una cita en el pueblo transilvano de Brasov con un nombre llamado Olestru, mi contacto con el señor del crimen. Quería disponer de mucho tiempo para el viaje. La oficina de alquiler de coches, sumida en las sombras debajo de las escaleras en espiral, no abría hasta las diez. Subí un piso en ascensor hasta el centro de negocios, desde donde mandé un correo electrónico a Lockyear asegurándole mis aptitudes. En Nueva York no habría nadie despierto hasta al cabo de ocho horas, así que no tenía ningún sentido llamar. Sentí la tentación de hablar con Robert, pero una llamada de ese tipo daría una impresión de fragilidad y de necesidad. Cuanto antes me fuera de Bucarest y me metiera en el trabajo de verdad, mejor. Fui a desayunar a una zona del segundo piso que estaba desagradablemente atestada por una multitud de representantes del mundillo de los negocios internacionales. Alemanes con trajes naranjas y malvas que se reían demasiado fuerte; japoneses que hablaban en susurros ante las hojas de cálculo, en una reunión completamente masculina excepto por una solitaria mujer que llevaba una cola de caballo y a quien vi inmediatamente: sólo podía ser norteamericana. Llevaba una camisa rosa de tela oxford y unas sandalias. Le vi las uñas de los pies sin manicura desde la barra del comedor. Parecía tener mi edad, unos treinta años. Hubiera podido ir a la universidad con esa mujer. Ella me vio también; o mejor, vio mi anillo. Miró el diamante como si éste le hubiera susurrado algo al oído. «Mi nueva mejor amiga», me dije. TresClementine Spence era de Muskogee, Oklahoma, a unas dos horas al norte de la frontera con Texas. Respondía al nombre de Clemmie. Cuando tenía tres años, la familia se trasladó a la cuenca de Perm, donde su padre trabajó en una empresa de grúas y plataformas. Cuando tenía quince años, él cambió de profesión, pasó de las grúas y plataformas a los seguros de coches, y trasladó a la familia a Sweetwater, Texas, donde ella creció. Tenía el acento del oeste de Texas, su ropa era propia de Dallas o Houston. Esas faldas de tela oxford abotonadas eran como una marca de producto local en los estantes desde el norte de la autopista Woodall Rogers hasta el sur del lago LBJ. Su rostro, cuando se volvió hacia mí, resplandecía como recién lavado. Parecía que se había planchado los pantalones caquis. Cuando me acerqué a ella, me miró con sus ojos azulados un tanto enrojecidos, como si se los hubiera frotado. No parecía ser una mujer de negocios, no tenía ese aire de organización, ni llevaba una chaqueta a juego con los pantalones. Tampoco se amoldaba a la imagen de una turista, a pesar de que el mapa y el libro que tenía encima de la mesa indicaban lo contrario. La mujer actuó como un sedante, suavizó la ansiedad que sentía al encontrarme sola en Rumania. El mismo sentimiento de profunda soledad me había atenazado ya una vez anteriormente, durante una expedición en busca de una historia acerca de las favelas de Sao Paulo, un caso que destrozaba los nervios. Pero Lockyear tenía razón. No podía haber excusa para ese absurdo temor, no cuando los periodistas eran raptados en el desierto de Arabia. Era pura inexperiencia. Y a pesar de ello, no podía disipar mis recelos. Ese sueño sobre el Informe Price Waterhouse acerca de las personas desaparecidas todavía me intranquilizaba; una pesadilla realzada por ese ambiente como de otro mundo. Además, tenía mis reservas acerca de mi contacto en Rumania. Había esperado recibir una cálida bienvenida que confirmara nuestra cita en el vestíbulo del hotel Aro, en Brasov, a las siete de la tarde del viernes 13 de septiembre. Eso hubiera sido suficiente. Pero no hubo ninguna bienvenida, ningún contacto humano en absoluto. Yo no sabía si Olestru era un hombre o una mujer. Dado el turbio entorno, supuse que se trataba de un hombre, pero no estaba segura. Clemmie Spence dispersó esas sombras como un rayo de sol tejano. Me sentí cómoda al instante. Le dije mi nombre, el de mi ciudad y a qué se dedicaba mi padre, y ella me descifró inmediatamente. —Eres una chica Azalea. Azalea es un barrio rico de Dallas, y mucha gente de Texas tiene una pobre opinión de él. Quizás ella pensara igual, pero no lo dijo. No volvió a mencionar mi procedencia, y eso me gustó. Ella me gustó, en general. Ian hubiera meneado la cabeza. «Dios, cómo os gusta juntaros a las chicas del sur», decía, aunque técnicamente está equivocado en eso. Yo no me relaciono con las mujeres del sur, en general. Texas no es el sur, excepto por un escuálido trozo del este. Ni siquiera me gusta que me asocien con los sureños, con su fachada de efusiva amabilidad, su refresco de vino con zumo de melocotón, su pollo frito, sus salchichas con pescado, sus genealogías que se remontan a las primeras quinientas familias de algún estado que no tiene ni doscientos años de antigüedad. Texas es un estado limítrofe, y la gente de los estados limítrofes rechaza ese tipo de sentimentalidad. Clemmie y yo charlamos de fútbol y de universidades. Resultó que las dos habíamos sido animadoras en el mismo estadio en 1990, cuando su universidad y Azalea jugaron las semifinales estatales. Su equipo ganó, pero ninguna de las dos recordaba el resultado ni ningún detalle del juego. —Recuerdo que los miembros de vuestra orquesta vestían con faldas escocesas —dijo, riendo—. ¿Y no bailó alguien encima un tambor? —¿De eso sí tenías que acordarte? Éramos los Azalea Highlanders. El tambor pertenecía a alguien del clan. No sabía por qué mi equipo se llamaba los Highlanders. Me pareció que había pasado muchísimo tiempo. A las diez fuimos a buscar el coche de alquiler, un BMW de cristales tintados. Le dije que iba a cargo de la empresa, y ella se rio y contestó que tenía una opinión nueva de la América corporativa. Ella también se dirigía a la ciudad de Brasov, adonde iba a visitar a unos amigos, así que podía dejarla de camino. Como había alquilado yo, me senté primera al volante, pero acordamos que Clemmie conduciría una parte del trayecto. Tenía un pelo muy brillante, que relucía bajo la luz que se reflejaba en las ventanas de los mugrientos edificios de apartamentos. Cada vez que reía, se le agitaba la cola de caballo en que se había recogido el pelo con una brillante goma elástica de margaritas. Tenía una nariz pequeña y bonita, y una barbilla redondeada. Seguro que les gustaba a los chicos en la universidad. Resultaba un descanso y una extrañeza al mismo tiempo estar sentada en el coche con esa mujer, tan lejos de los lugares donde crecimos, hablando de cosas que las dos habíamos vivido. Yo no había hablado con nadie de barbacoas, fútbol, la música de Austin y la playa de South Padre desde hacía siglos. Dejamos atrás el extremo norte de Bucarest y comenzó a aparecer el campo, unas extensiones verdes y planas que se ensanchaban a lo lejos, hacia el norte, salpicadas de más lugares en construcción, de vallas de anuncios nuevas, de parasoles rojos y soleados delante de docenas de cafés también rojos y soleados. El tráfico mostraba unos fabulosos coches nuevos alemanes, suizos y japoneses, y las gasolineras, construidas para ellos aparentemente ayer, ostentaban unas banderas púrpuras que ondeaban al viento y exhibían unos escaparates nuevos de cristal, detrás de los cuales se amontonaban enormes pilas de bolsas de patatas y bombones de la Europa occidental en unos altos estantes de metal. Qué imagen ofrece un país que se comporta como si fuera completamente nuevo; todo está desorganizado, esparcido en el paisaje, como si fueran cajas y papeles de envolver. O así me pareció a mí: como una tienda de ropa nueva recién abierta en el Village, con la instalación eléctrica todavía por terminar, los golpes de los martillos y el zumbido de los taladros mientras un equipo de ventas exhausto y excitado intenta apartar los artículos de los estantes con demasiado fervor. Quince años antes Rumania había perdido a su dictador y desde entonces había intentado ser una democracia capitalista. Clemmie y yo estuvimos de acuerdo en que parecía que empezaba a serlo. Le conté que hacía diez años que vivía en Nueva York y la conversación adquirió un tono más serio. Ella me preguntó si estaba allí ese día, y comprendí qué quería decir. Antes o después, cuando me encuentro con desconocidos y les digo dónde vivo, el tema aparece. La mayoría de las veces sólo me encojo de hombros. Pero en ese momento, bajo el sol, en la carretera, me sentí cómoda. —Mi edificio estaba justo allí. Al lado de las torres. —Pobrecita. —Hubo gente que... que tuvo un día mucho peor. Odiaba hablar de ello incluso en las mejores circunstancias. —¿Qué...? Esto... ¿Qué viste? Si te lo puedo preguntar. Las viejas emociones emergieron. —Todo. No podía decir mucho más para responder esa pregunta. Ella cambió de tema. —Vives justo en la ciudad. —Brooklyn. —Lo sabía. —¿Qué es lo que me ha delatado? Por favor, no me digas que tengo acento de Brooklyn. —Algo en tu aspecto —contestó—. Un tanto oscuro. Comparada con ella, supongo, pero no sabía exactamente cómo tomármelo. No lo dijo con mala intención, estoy segura, pero sonó vagamente ofensivo. El aspecto. Por otro lado, a Robert le habría gustado. Antes de estar conmigo, él salía con chicas problemáticas, y siempre ha querido que yo tenga un poco más de garra. De ahí el paquete de Ámsterdam. —¿Tengo un aspecto oscuro? —Intenso, quiero decir. Eres como yo me imagino que es una mujer de Brooklyn. Una mujer blanca, por cierto, no una texana. ¿Te gusta vivir allí? —Me encanta. —¿De verdad? Siempre he pensado que debe de ser muy duro vivir en Nueva York. —Es posible. —Con mi salario, un puro infierno, pero ¿para qué contarle eso?—. ¿Dónde vives ahora? —Uf. —Pareció tener problemas con la respuesta—. Por ahí. —¿Por dónde? Ella sonrió, pero me di cuenta de que dudaba de decírmelo. Eso me intrigó más. —¿Y bien? —Pekín. Cachemira. Lago Malawi. —Venga ya. —De verdad. Pekín atraía a cualquiera que tuviera un pasaporte, pero Cachemira y el lago Malawi se hubieran encontrado al final de la lista de mis preferencias. Ni siquiera hubieran estado entre las primeras mil. —¿En serio? —Completamente. —Uau. ¿Cómo es vivir en esos lugares? Clemmie Spence no tenía el más mínimo aspecto de ser una mujer que viviera fuera de la zona de comodidad del llamado mundo desarrollado. Casi siempre es posible ver la influencia de la geografía en una persona, un rasgo de crudeza en los ojos, un amaneramiento, una afectación, como esas mujeres que vuelven, después de haber pasado un año en Francia, con un fular al cuello y fumando Gitanes. También hay otros signos, cierto cansancio, o una especie de confianza en uno mismo, o de cinismo. Pero ella no mostraba ninguno de ellos. En ella no había ninguna crudeza, ningún signo de que fuera una vagabunda. Por un momento dudé de que me estuviera diciendo la verdad. Pero ¿por qué tendría que mentir? En casi todos sus detalles, su aspecto era el de una mujer que había pasado toda la vida en medio del lujo del norte de Dallas. Miró por la ventana, en silencio. —Me encantó Cachemira —dijo—. Eso te lo puedo asegurar. El lugar más bonito donde he estado nunca, hasta que lo destrozaron. Entramos en una autopista de cuatro carriles y la conducción se hizo fácil. A ambos lados, unos campos cultivados se extendían hasta la lejanía. Al bajar las ventanillas, el aire de septiembre, denso y dulce, nos llenó los pulmones. Unos coloridos puestos de verdura exponían melones, melocotones, pimientos y tomates. Las abejas zumbaban a su alrededor. Nos paramos para comprar un saco de melocotones y cambiamos de asiento. Clemmie condujo con apresurada concentración, cambiando de carril continuamente y pitando a los lentos para que se apartaran. Nos encontramos atrapadas en medio de una caravana de camiones que transportaban petróleo, una docena por lo menos, y nos llevaron hacia delante como si estuviéramos a bordo de un avión. Cuando llegamos a la primera ciudad importante, un lugar llamado Ploesti, los camiones se desviaron por una salida y los conductores nos saludaron con las manos y haciendo sonar las bocinas. La brisa en Ploesti empezó a oler a petróleo. La alegría de la pequeña ciudad de provincias dejó paso al acero, a la suciedad y al barro apisonado. Unas refinerías se levantaban como inmensas chatarras de coches contra el horizonte. Unas nubes de un blanco puro salían por las chimeneas. Al lado de la autopista, los tablones de anuncios continuaban mostrando su publicidad de vivos colores: mujeres con ajustados vestidos rojos tomaban cócteles de color azul brillante, pero realizaban su trabajo en medio de una fealdad cada vez mayor. Las indicaciones nos condujeron hasta un callejón sin salida, y el mapa no resultó de ninguna ayuda. Estábamos perdidas y esos suburbios no ofrecían nada, no mostraban ningún punto de referencia ni señalaban ninguna salida. Pero tampoco eran infinitos. Acabamos en el centro de las instalaciones petroleras, tapándonos la nariz, a la sombra de los ennegrecidos oleoductos, y tuvimos que dar marcha atrás por entre los oxidados vehículos de transporte con las fauces abiertas que bloqueaban el camino. Fuera, mientras el sol se movía hacia el oeste, las sombras se proyectaban desde los travesaños de esa especie de juego de química gigantesco y chamuscado. Unos hombres picaban al final de unos raíles de acero. Unas llamas salían por unos agujeros, unos fuegos anaranjados y azulados, una colonia de genios. Giramos por una esquina y nos encontramos con un clan familiar —gitanos por lo que parecía: tres mujeres, un hombre y un montón de niños— que se habían cobijado en un edificio cerrado de una sola planta, quizás un antiguo restaurante. Los niños corrían con los pies desnudos sobre charcos de aguas fétidas, las mujeres se afanaban entre la basura. Vestido con un abrigo y una corbata, el hombre estaba sentado en una silla y lo observaba todo con unos ojos blanquecinos como la leche. Las mujeres se acercaron a nosotras y nos pidieron limosna. Les di dinero y deseé que mi equipo de cámaras hubiera estado allí. Cuando esas cosas suceden, hay que estar ahí para pillarlas. Suena cruel, pero no es posible poner en escena esta clase de miseria. Tiene que aparecer delante de tus ojos, sin ninguna coreografía, y entonces es posible filmarla. Al cabo de poco tiempo encontramos el camino. Ploesti se desvaneció detrás de nosotras; la tierra se desplegaba hacia delante como una ola amplia y resplandeciente. Se veían menos tablones de anuncios. Entramos en una meseta y vimos unos ríos plateados en la lejanía, y unas montañas increíblemente azuladas más allá de unas extensiones de bosque. La carretera entró en un valle y se tornó de dos carriles. Al poco tiempo, viajando a gran velocidad, nos pusimos de nuevo detrás de los camiones de petróleo y tuvimos que aminorar. Era justo después de mediodía. —Ploesti —dijo Clemmie—. Deprimente. —Debes de haber visto sitios peores en África. —Es verdad, pero a pesar de todo... Algunos lugares poseen ese aire. ¿Sabes qué quiero decir? —¿Como qué? —Como si se hubieran convertido en la letrina de nuestra especie. Como si toda nuestra mierda hubiera acabado encima de la vida de otros. Era una exageración, y no le di demasiada importancia. Mi mierda no había acabado en Ploesti. Se hizo un largo silencio en el coche e intenté romperlo. —No acabo de creer que sea culpa nuestra. Una década de violento fascismo, cincuenta años de comunismo, un dictador megalómano, y ahora un capitalismo salvaje. Que Dios los ayude. —Sí, que Dios los ayude. Tenemos que tener fe. Eso es lo que intento no olvidar. Clemmie no me había entendido bien. Vi la cadena de plata que llevaba en el cuello y, por primera vez, me pregunté si de ella colgaba una cruz. —No quería decir eso —le dije—. No soy religiosa. —Yo tampoco —contestó ella—. Odio la religión. —Se calló un momento—. Pero amo a Dios. —Continuamos un rato en silencio—. ¿Te importa si cambiamos otra vez? Me están picando los pies. Nos detuvimos en un restaurante al lado de la carretera y compramos una bolsa de patatas y una Coca-Cola. Sacamos el saco de melocotones y comimos a la sombra de un voluminoso rosal que había al lado de un estanque fragante. Clemmie pagó. Después de comer, paseamos alrededor del estanque, molestando a las ranas, unos oscuros bultos verdes que saltaban para esconderse en la oscuridad. De nuevo en la carretera, yo me senté ante el volante y ella se subió las mangas y se dispuso a masajearse las plantas de los pies. —¿Dijiste que eras periodista? —me preguntó. Se lo había dicho. —Sí, señora. Se sacó un zapato. —¿Dónde escribes? Siempre sucedía eso. La gente daba automáticamente por sentado que si eres periodista, trabajas en prensa escrita. —Trabajo en televisión. Soy productora. —Guay. A menudo, ése era un momento incómodo. Nunca me ha gustado parecer que me doy importancia. —De un programa que se llama La hora. Ella sonrió. —Un programa que se llama La hora. He oído hablar de un programa que se llama La hora. Todo el mundo ha oído hablar de un programa que se llama La hora. —Clemmie levantó una ceja—. Será mejor que vigile lo que digo. —No parece que tengas ningún problema en vigilar lo que dices. Serio. —¿Puedes decirme en qué estás trabajando aquí? Nunca hablo de mis historias con desconocidos. Esa es la primera regla de producción de Lockyear, y la ha sacado de nuestro corresponsal, Austen Trotta, así que la cumplo. Ella soltó el pie izquierdo y volvió a ponerse la sandalia. Colocó el pie derecho encima de la pierna izquierda y se sacó la sandalia. —Apuesto a que lo sé. Su tono sonó inofensivo, pero sentí un ligero estremecimiento de inquietud. Los productores de La hora deben ser paranoicos, ésa es la naturaleza del trabajo. Reflexioné sobre el hecho de que yo me había acercado a Clemmie en la sala de los desayunos; de que había sido idea mía llevarla en coche. Pero qué coincidencia que ella fuera de Texas, que resultara que hacía el mismo trayecto que yo. Y además recordé que dijo que yo era de Nueva York. De alguna manera, lo había adivinado. Ella dijo que mi intensidad me había delatado. Jugué con suavidad. —¿Quieres adivinarlo? Ella continuó mientras terminaba de masajearse el pie derecho. —¿Puede tener algo que ver con un parque de atracciones? Lockyear me hubiera dicho que no contestara esa pregunta. Me puse nerviosa, pero controlé mis emociones. Nuestro señor del crimen había sido mencionado aquí y allá como el principal inversor en un proyecto de parque temático relacionado con un personaje famoso del cine. Ella debía de haberlo leído en los periódicos. —No —le dije—. ¿Qué haces para ganarte la vida? En lugar de responder, abrió su bolso, sacó un frasco de plástico y le quitó el tapón. Se puso unas gotas de loción en la palma de la mano derecha y se embadurnó los dedos del pie izquierdo. El bolso quedó abierto, así que pude ver que dentro había un pequeño libro con las cubiertas negras y las páginas de papel cebolla. —Perdona. Sé que es desagradable, pero caminé muchísimo por Bucarest ayer —explicó. —¿Eso es una Biblia? —le pregunté. Asintió con la cabeza. Yo abandoné el tema por un momento. Atrapadas en el convoy de camiones de petróleo ya no nos podíamos mover tan deprisa, y empecé a empaparme del cambio de paisaje. Se veían unos riscos a cada lado, repletos de matorrales y de tojos; las construcciones nuevas dejaron paso a los viejos asentamientos, unas casas de madera agrupadas en una confusión destartalada, una cúpula de iglesia coronada por una cruz. Un cementerio apareció encima de una colina: sus líneas de cruces dispuestas como en formación militar, del color de la leche, desaparecían en la noche más allá de los cedros. —¿Tu trabajo tiene algún tipo de dimensión religiosa? Clemmie asintió con ambigüedad. Tuve un presentimiento. —¿Estás casada? Se soltó los dedos del pie izquierdo y volvió a colocarse el zapato. —Lo estuve. —¿Hijos? —No. Se quitó la sandalia del pie derecho y empezó el mismo procedimiento. El sonido de la loción deslizándose por la piel me molestó. Me pareció que ese sonido adoptaba el carácter sutil de una evasión. —¿Y tú? —preguntó. —Prometida. —Felicidades. Se soltó el pie y dejé de oír el sonido de la loción. Clemmie volvió a ponerse el zapato y miró hacia la carretera, por encima del salpicadero. Yo concentré la atención en la carretera. En un lapso de tiempo de veinte minutos, el campo había cambiado otra vez, al igual que lo había hecho el ambiente en el coche. Una frialdad nueva lo envolvía todo. Ahora nos encontrábamos a una gran altura y unos valles se abrían hacia abajo, a derecha y a izquierda, mientras la carretera trepaba por las montañas. Los pueblos colgaban en las laderas por encima de nosotras y se apilaban en los recodos, por debajo. Una pequeña manada de caballos se desplazaba a través de una amplia pradera. En los dos carriles de carretera, los camiones avanzaban a toda velocidad adelantándose los unos a los otros con ciego desdén hacia el tráfico del carril anexo. Cada diez minutos, un monstruo de dieciocho ruedas se precipitaba contra mí tocando el claxon y yo tenía que apartarme del camino. Los nudillos de las manos se me pusieron rojos. El viento revolvía el brillante pelo de Clem. Sobre la carretera, el sol brillaba. Llegarnos arriba del todo de los valles y tuvimos una momentánea visión de un lejano campo verde antes de descender de nuevo. Los camiones levantaban ráfagas de viento contra las ramas de los pinos. Llevábamos un buen ritmo. Pensé que estaríamos en Brasov sobre las cinco de la tarde. —Tengo la sensación de que he dicho algo malo —dijo Clemmie. Yo mantuve la mirada fija en la carretera. —¿Estás segura de que no he sido yo? —Al contrario. Doy gracias a Dios de que nos hayamos encontrado. De verdad. Le doy las gracias. —Venga ya. —Las coincidencias no existen, Evangeline. El corazón empezó a latirme más deprisa. Ella podía ser un espectro de mi pasado, una hija de Jesús en la cafetería de la Universidad de Azalea de ojos felices e iluminados, encendidos con el fuego de la verdad absoluta. «Si supieras lo que yo sé —parecían decir esos ojos—, tus ojos también estarían iluminados.» Yo nunca había creído en esa verdad definitiva, aunque seguí el juego durante mi último año, cuando era animadora, porque mi novio de esa época formaba parte de la Hermandad de Atletas Cristianos y me dijo que solamente tendría relaciones sexuales conmigo si los dos estábamos con Cristo. Así que me uní al equipo y animé el partido, nada de lo cual me hizo sentir orgullosa. Clementine Spence se dio la vuelta y me miró con toda su atención. —Me doy cuenta de que estás disgustada. —Mi silencio sólo sirvió para animarla—. Pero creo que te has disgustado por nada. Negué con la cabeza. —No estoy disgustada en absoluto. —Dímelo. ¿Qué es lo que te ha ofendido? Consideré las opciones que tenía. Nos quedaban dos horas más de coche, por lo menos. Podíamos tener un enfrentamiento y esas dos horas serían horrorosas o yo podía retirarme y esperar a que se marchara. Si no mordía el anzuelo, lo más probable era que ella estuviera tranquila. —A veces soy una bruja horrible —le dije—. Y me has hecho sospechar de tus intenciones. Lo siento. —Decidí poner a prueba su discreción—. ¿Él era un misionero, también? —¿Quién? —Tu marido. Clemmie se pasó una mano por los ojos. —Odiábamos esa palabra. —¿De verdad? —Nos llamábamos a nosotros mismos los agentes del cambio. —Clemmie rebuscó en su mochila y sacó un pañuelo de papel que se llevó a la cara. Se sonó en el arrugado y gastado tejido—. La verdad es que era mi marido quien nos llamaba los agentes del cambio. Está sacado de la teoría empresarial. Sus lágrimas parecían verdaderas. El aire olía a lluvia. Unos precipicios de roca se elevaban a cada lado, y unos bancos de nubes se desplazaban por sus cumbres. Habíamos llegado al borde de Transilvania. CuatroEl tráfico se detuvo. Clemmie señaló que hacía varios minutos que los camiones de petróleo no se movían. Bajamos las ventanillas y oímos el canto de los pájaros en medio de un tenso silencio. Los conductores de los camiones habían apagado los motores. Un poco más adelante, uno o dos hombres habían salido de las cabinas. El sol se hundía en el horizonte, al oeste, y las sombras del día se hacían más oscuras al lado de los establos. Las espigas secas de maíz se mecían en los alerones de las casas pintadas de blanco. Clemmie se quitó los zapatos otra vez y puso los pies desnudos encima del salpicadero. El olor dulce de la loción llenó el coche. El paso de la montaña se encontraba solamente a un kilómetro por encima de nosotras, pero el avance se había detenido. No se podía hacer nada más que esperar y especular. —Dime una cosa —dijo Clemmie—. ¿Crees en esas cosas que se dicen del lugar a donde nos dirigimos? Yo ya estaba tensa y la pregunta añadió más irritación. —¿Se puede saber de qué estás hablando? —Entiendo eso como un no. Parecía saber algo acerca de mi trabajo. Sabía que tenía que ver con un parque de atracciones, y sabía que ese parque de atracciones tenía que ver con los estereotipos propios de Transilvania. Pero todavía había que dar un paso más allá, y ella todavía no lo había dado. Y mientras ella no lo hiciera, yo tampoco lo haría. —Un amigo mío llama Tierra de Vampiros a nuestro lugar de trabajo —dije. —Uf. —Exacto. La gente no es agradable en Tierra de Vampiros, por decirlo suavemente. Están locos, son ambiciosos, gritan, critican y reprenden. En el mejor de los casos tienen una decencia mínima. Pero, por lo que yo sé, de momento ninguno de ellos es un verdadero bebedor de sangre. —¿Estás segura de eso? —No estoy segura. Pero no creo en ese tipo de cosas. —Esa era mi pregunta. —¿Me estás diciendo que tú crees en esas cosas? ¿En... en vampiros? Pareció considerar que mi pregunta era un juicio, lo cual era cierto. —Mi problema —dijo— es que no puedo descartar su existencia. Me pasó por la cabeza que quizá la habían enviado los miembros de un sindicato criminal que se oponía a la construcción del parque de atracciones. Pero eso era demasiado parecido a una escena de Stimson Beevers y creí que yo me encontraba por encima de esa mentalidad conspiradora. El sol continuaba hundiéndose. —Agente del cambio —dije—. Es una expresión interesante. ¿Qué significa, exactamente? Ella suspiró. —¿Exactamente? No lo sé. Alguien o alguien que penetra en una realidad y hace que sea distinta, básicamente. Esta expresión siempre me ha desagradado un poquito. Pero Jeff creía en ella, de corazón. Un agente del cambio. Para él sonaba heroico, como James Bond. —Supongo que un vampiro puede ser una especie de agente del cambio, ¿verdad? Ella me sonrió. —Del equipo contrario, sí. —Dime otra vez qué tiene de malo la palabra «misionero». —Una mala imagen. Vallas blancas en las junglas y Más cerca de ti, Señor por la mañana, por la tarde y por la noche. A nadie le gusta eso, y mucho menos a nosotros, que hemos empeñado nuestras vidas en ese esfuerzo. Queremos que Jesús llegue a la gente a través de su propia cultura, con sus propias condiciones, no con las nuestras. Era una respuesta convincente, pero me di cuenta de que, por encima de todo, empezaba a sentirme cansada. Ella también debía de estarlo. Se calló. Unas nubes pasaron por encima de nuestras cabezas. Unas gotas de agua cayeron sobre el parabrisas. —¿Te molesta si fumo? —preguntó Clemmie. ¿No era él cuerpo el templo del Señor? Le dije que no me molestaba. Sacó un cigarrillo de su bolso y lo encendió. Me pilló mirándola de reojo. —La Biblia no dice nada sobre esto, te lo aseguro. ¿Quieres uno? Le dirigí la típica sonrisa de culpa. Hacía años que no fumaba. Robert pensaba que era un hábito poco adecuado para una dama. Pero no iba a besarle hasta al cabo de una semana y, por lo menos para entonces, el olor del tabaco ya habría desaparecido del aliento. Clemmie encendió un cigarrillo con el suyo y me lo dio. —Levantábamos iglesias. —¿Levantabais qué? —En Srinagar, el extremo norte del Himalaya, en Cachemira. Intentábamos atraer a los musulmanes a la comprensión de la fe en Cristo. Musulmanes seguidores de Cristo; no funcionó muy bien. Se puso una mano encima de los ojos de nuevo. El cigarrillo tenía un sabor delicioso. —Mi marido. —Dio una calada—. La perdió... —Debí demostrar una expresión de perplejidad—. La fe, quiero decir. Estaba desengañado, así me lo dijo, y me abandonó. Al principio, concentrada en el cigarrillo, no registré ese último comentario. Pero pasaron unos cuantos segundos y comprendí el significado de esas palabras. —Oh, dios. ¿Tu esposo te abandonó? ¿En Cachemira? Qué horrible. ¿Cuándo? —Hace un año. No. Dos años ahora. Volví a recordar la compasión que había demostrado por los ataques del 11 de septiembre y me sentí una impostora por pensar que a mí me había pasado algo malo alguna vez. —Lo siento mucho, Clemmie. Ella miraba hacia delante. No parecía tener gran cosa que añadir al tema. —¿Es eso lo que estás haciendo aquí, en Rumania? ¿Levantar iglesias? Ella sorbió por la nariz y levantó la mirada, dirigiendo sus suaves ojos azules hacia mí. —No, ése no es mi fuerte. Soy mucho mejor de tú a tú. No pregunté nada más, por miedo al adoctrinamiento. A un lado del valle caía la lluvia. Al otro, un sol rojo y oscuro llenaba la hendidura entre dos montañas. El disco se había vuelto de un dorado brillante. Las gotas de lluvia brillaban y relampagueaban. Clemmie sacó la cabeza por el lado del copiloto. —Eh —dijo—. Algo pasa. Salimos del coche y fue un alivio. Lloviznaba, pero no me importaba mojarme. Un conductor de camión vio nuestros cigarrillos y nos gorroneó uno. Ella buscó en su bolso y sacó otro para ella. —¿Qué sucede? —pregunté. Ella le repitió la pregunta al camionero en francés. Él se encogió de hombros. No parecía que hablara francés. Esperamos. Estábamos sobre una ligera elevación, unas altas montañas se levantaban a cada lado, y bajo sus afilados picos había unas oscuras manchas verdes de coníferas. —Esas montañas fueron un día una fortaleza —dijo ella—. Eran una protección contra el islam. Bajó el cigarrillo y miró hacia la carretera con una intensidad súbita. —Escucha —dijo. Llegó un ruido de movimiento, de una multitud que caminaba. Ella se dirigió al centro de la carretera para tener una vista mejor. Más adelante, unos cientos de personas subían la cuesta, una procesión que avanzaba a pie. Clemmie, a mi lado, se puso tensa. Tiró el cigarrillo, bajó la cabeza y juntó las manos. Al frente de la procesión avanzaba un sacerdote vestido con una túnica marrón claro. También tenía la cabeza inclinada, y hablaba en un idioma que yo no comprendía. Se oyó otro ruido, el de los cascos de unos caballos, unos golpes secos contra el asfalto resquebrajado de la carretera. La procesión avanzaba hacia nosotras y Clemmie continuaba rezando sin mover los labios y sin pronunciar palabra alguna. Qué fuera de lugar parecíamos ambas, vestidas con trajes de trabajo azul oscuro y camisas blancas e impolutas; fuera de lugar y fuera de tiempo. Pero por lo menos ella tenía algo que la conectaba con esa escena. Su fe la unía con esa gente que se persignaba al paso de los caballos. Yo debería haber hecho lo mismo. Debería haber bajado la cabeza, exactamente como ella. Pero rompí mi rígida regla de mis viajes al extranjero: en caso de duda, haz lo que hacen los locales. El sacerdote había llegado hasta unos pasos de distancia de nosotras, y comprendí el motivo de todo eso. Detrás de él caminaban dos caballos grises de crines blancas. Detrás de los caballos, tiradas por ellos, giraban las ruedas de un carro, un vehículo bajo de tablones de madera veteada a cada lado. Encima del carro, en un lecho de aromático heno, había un féretro de un color casi igual al de la falda de Clemmie y de la mitad del tamaño de un adulto. Era una procesión por el funeral de un niño. El carro se detuvo justo a nuestro lado. —No mires —susurró mi compañera. CincoA la luz de los faros apareció una señal: Brasov, 35 km. Yo había perdido toda noción de la relación entre kilómetros y millas; treinta y cinco kilómetros deberían ser unas veinte millas, pero parecían el doble en mi cabeza. Setenta millas a Brasov, pensé. No podía quitarme de encima la sensación de que había un desorden salvaje e inminente en todo y de que eso se había desatado al ver el ataúd en el carro. —¿Qué crees que le pasó a ese niño? —pregunté, sabiendo que era una pregunta ridícula. ¿Cómo podía ella saberlo? Clemmie no parecía inquieta. Estaba sentada detrás de una nube de humo del cigarrillo y ante nosotras se elevaba un trozo más de Transilvania, otra montaña coronada por un pico. —Sabe Dios —respondió. La hora de mi cita con el señor Olestru ya había pasado, y me temía que, con ella, había perdido mi oportunidad de conseguir enterarme de esa historia. Acostumbro a ser puntual en mis citas sociales, pero en cuanto al trabajo, soy fanática al respecto. En La hora tratamos constantemente con desconocidos que sospechan malas intenciones por nuestra parte. Luchamos contra esos prejuicios por norma y, en esa batalla, las primeras impresiones son importantísimas. Para mí, la victoria empieza con una llamada de teléfono educada y profesional, seguida por correos electrónicos y faxes y apoyada por cualquier minúsculo detalle que prepare el terreno para un encuentro inicial. Este sólo puede darse por garantizado si aparezco entre cinco y diez minutos antes de la hora, vestida de forma impecable y mostrando la misma actitud de impoluta educación con que inicié el contacto. Si hago menos que eso, mis posibilidades de éxito se reducen a la mitad. Dudaba mucho de que el señor Olestru pudiera tener una buena opinión de mí. Tendría suerte si confiaba lo suficiente como para que continuáramos un diálogo serio acerca de una historia relacionada con su patrón. Yo esperaba recibir algunas disculpas comunes —que me había esperado durante una hora y que no podría volver a verme hasta al cabo de unos meses—, una vaga promesa de que lo haría y, luego, el silencio. Estaba furiosa conmigo misma. Lockyear quería que le llamara después de la cita, pero yo no podía ni siquiera pensar en ello. Tendría que mentirle. No podía decirle la verdad: que había encontrado un atasco de tráfico y no había llegado a tiempo a la cita. Le llamaría por la mañana y le diría que no se había presentado nadie. Él me amonestaría; hablaría rápido y en un tono bajo y mezquino y me recordaría que no podía permitirse otro desastre, que esa payasada había puesto en solfa su puesto de trabajo. Quizá no le llamara, o lo haría sólo cuando llegara al hotel para decirle que no había aparecido nadie y pedirle consejo. Podía llamar a Stim, pero ya era por la tarde y Stim debía de estar haciendo novillos o bien en el Anthology o en el Film Forum, fingiendo buscar filmaciones de archivo cuando estaba pillando una película. Clemmie tosió y el ruido me sobresaltó. Por unos segundos me había olvidado de su existencia. El asiento del copiloto hubiera podido estar vacío. La cola de caballo había desaparecido, la goma elástica también, y el pelo le caía, lacio. Delante de mí apareció otro camión, un viejo trasto que resollaba y crujía y que iba cargado de madera húmeda. Vi el extremo posterior de los troncos colgando por encima del capó del coche. Apreté los frenos y noté qué el motor de ese coche de alquiler temblaba. Temí que el motor pudiera pararse y no fuera capaz de encenderlo de nuevo. Clemmie se enderezó en el asiento. —Estás demasiado cerca del camión. —Estoy intentando adelantarlo. Los dos carriles de la carretera eran estrechos, y no había arcén. Si me dirigía hacia la derecha, chocaría contra un pino. Si intentaba adelantarlo por la izquierda, no tendría espacio para esquivar a un coche que viniera de cara. Le di repetidamente a la bocina para que el camión aumentara la velocidad. La cuesta se hizo más pronunciada, dirigiéndose hacia una cima invisible. Redujimos la velocidad casi hasta detenernos. Dos perros salieron de la nada. Al principio fueron dos manchas blancas, pero se convirtieron en mamíferos con colmillos. Uno de ellos chocó contra la ventanilla de Clemmie con un ruido seco y la lengua llena de saliva estalló contra el cristal. El otro saltó encima del capó del coche. Cambié y puse marcha atrás apretando el acelerador, lo cual nos impulsó e hizo que el perro cayera desde el capó al pavimento. Ganábamos velocidad al ir cuesta abajo y empecé a perder el control. Cambié de marcha. El otro perro estaba con nosotras, corriendo al lado de la ventanilla. Clemmie metió la mano en su bolso y sacó un spray de defensa personal. Bajó la ventanilla un poco y roció al perro, que se alejó de la carretera aullando y tambaleándose. Me puse en marcha y subí la cuesta con un ruido infernal. Llegamos hasta el camión otra vez, detrás de los pesados troncos, y me metí en el carril contrario para intentar un adelantamiento. Pero vi una luz y no me gustó, así que volví a mi carril justo en el momento en que otro camión pasó por nuestro lado desde una curva. Al volver al carril, las ruedas tropezaron con algo que sonó desagradablemente como si fuera un perro. Miré a Clemmie, que estaba iluminada por las luces del salpicadero. —Amén, hermana —dijo. El otro perro desapareció en la oscuridad del espejo retrovisor. El camión giró por un camino de tierra y desapareció. La soledad de la noche nos envolvió, a pesar de que los latidos de mi corazón sonaban lo bastante fuerte para romper el silencio del bosque. No pareció que Clemmie se diera cuenta. Llegamos a un claro sin árboles y a lo lejos, al oeste, vimos la luna en lo alto. —¿Quieres oír una historia que no he contado a ningún alma viviente? —preguntó Clemmie. Encendió el cuarto o quinto cigarrillo de la noche. Le pedí uno también. Clemmie se encendió el nuevo cigarrillo con la punta encendida de otro. —¿Recuerdas que te he contado que fui trabajadora social en Malawi, en el África subsahariana? —Sí. —Dirigía un programa de vacunación en la selva. ¿Conoces alguna cosa de Malawi? —preguntó. Negué con la cabeza. —Es uno de los países más pobres del mundo, con altos índices de mortalidad infantil y un montón de supersticiones. Una de esas letrinas que te mencioné. Yo no me podía creer que me encontrara conduciendo de noche en las montañas de Transilvania con una misionera texana supersticiosa. Ni siquiera los hastiados habitantes de La hora lo hubieran creído. —Había una serie de pueblos a orillas del lago Malawi, la mayoría de pescadores; allí vivían unas mil personas en un radio de ochenta kilómetros. Mi trabajo consistía en vacunar a los niños menores de cinco años contra el sarampión y la polio. Jeff, mi ex, era el jefe del equipo, y una de las partes de su función de cobertura... —Me he perdido. —¿Con lo de función de cobertura? —Yo asentí con la cabeza—. Es tu tapadera. Ya sabes, como los espías que tienen una tapadera cuando se infiltran en un país donde no son bien recibidos. Nosotros lo hacemos también; intentamos convencer a las autoridades locales de que no estamos allí para atraer a las almas hacia Jesús. —Pero estáis allí para eso, ¿no? Ella se encogió de hombros. —Algunos de nosotros sólo queremos ayudar, lo creas o no. Lo llamamos función de cobertura. Mi trabajo consistía en poner inyecciones en los lugares donde el plan de vacunación del gobierno se encontraba con pocos recursos, lo cual pasaba en todas partes. Pero Jeff tenía trabajo en toda la zona y me dejaba a cargo de todo con un médico local y una enfermera. Hablaba exponiendo los hechos. —Era un trabajo fácil. Los habitantes de los pueblos creían en el programa y no recelaron de nosotros hasta el final, cuando todo se estropeó. No soy capaz de recordar con exactitud cuándo fue... —Se interrumpió—. Fue un miércoles, lo sé, porque el bote con el correo vino desde Lilongwe. Por un momento se quedó con los ojos cerrados y yo pensé que se había dormido. —Clemmie —dije. Ella abrió los ojos—. Lilongwe. —Sí, sí, lo sé. Sólo estaba ordenando las ideas. Es agotador pensar en eso, de verdad. Tienes que tener en cuenta cuál era nuestra situación. Había unos doce pueblos a lo largo de esa zona de la orilla, unas cien personas por pueblo, niños, viejos, familias. Una vez cada dos semanas, yo visitaba cada una de las aldeas y pasaba allí una o dos noches antes de continuar la ruta. La gente estaba sana y le otorgaba los méritos a Dios, lo cual era fantástico. Siempre que yo aparecía, los niños venían chillando hacia mí para darme la bienvenida; para una mujer que no tiene hijos pero desea tenerlos, imagínate qué emoción, era como heredar a un montón de ellos a la vez. Las manos le temblaban cuando aplastó el cigarrillo contra el lateral de la botella de loción. —Antes de que desapareciera, el médico local me había dicho que el único asunto malo por allí eran las víctimas del SIDA, pero que eso no era problema nuestro, porque los hospitales de Lilongwe las acogían. La mayoría de nuestros pacientes no estaban enfermos realmente, ninguno tenía fiebre. Así que cuando empezaron a desaparecer, no tuvo mucho sentido. Los niños habían recibido las vacunas, y también los adultos. —La voz le tembló un poco—. Pero yo ya sabía eso. Yo fui quien llevó la medicina. Vi a la enfermera vacunar a esos niños. Yo miraba la carretera, que estaba bañada por la luz de la luna. La voz de Clemmie se apagó. Iba a casarme en junio. Ya habíamos alquilado un pabellón en Wave Hill, pero aún había muchas cosas por hacer, y tendría que realizar unas llamadas desde Rumania. Tendría que arreglar unas citas con el sacerdote de San Ignacio de Loyola. Llamaría a Robert y me disculparía por haberle hecho sentir mal con el paquete de Ámsterdam. Al darme esa caja rosa, me dijo: «Por si alguna vez tienes ganas de hacer un striptease». Yo me quedé con esa frase en la cabeza mientras abría el regalo, y de alguna manera me había provocado. Pero ahora que lo veía con distancia me daba cuenta de lo tonta que había sido. Llamaría a Robert desde el hotel de Brasov y le prometería ese striptease. —Pareció que todo sucedía a la vez. Salí un lunes para hacer mi ruta y todo se desató. Un pueblo detrás de otro. Iba a ver a los ancianos y la historia siempre era la misma: todos los chicos se habían ido. Cuando llegué al último pueblo, estaba fuera de mí. —Le tembló la voz—. Aterrorizada, como si tuviera ocho años y estuviera en mi cama mirando hacia la puerta oscura del baño, ¿comprendes? —Se volvió y me miró. Yo no comprendía, no quería comprender, pero asentí. Si no lo hacía, pensé, todavía se pondría peor—. Los dos últimos habitantes de un lugar, un hombre y una mujer, me dijeron que sus hijos se habían ido a la jungla. Por la noche, un grupo de hombres blancos había aparecido en la orilla y habían atravesado el pueblo llevándose a los niños tras ellos, a todos. Eso me sonó sospechoso. —¿Describieron a esos hombres blancos? Clem bajó la voz. —«Fantasmas», fue la palabra que utilizaron. Yo los llamo hombres blancos. Su respuesta no me tranquilizó. ¿Quién dijo que los fantasmas tenían que ser blancos? Pero estaba intrigada. —¿Qué pasó luego? —Detrás de los chicos se fueron los abuelos, los viejos, y juntos recorrieron los viejos caminos en la noche, hasta la jungla, y desaparecieron. Esas dos personas me dijeron que los fantasmas vendrían a por mí, también. Lo oí una y otra vez. Los pocos supervivientes que quedaban en cada uno de los pueblos me pellizcaban la piel blanca y meneaban la cabeza como diciendo «esto no va a protegerte». Clemmie podía ser la responsable, me dije. Esa era una posibilidad real. —Desde entonces, muchas veces he pensado que esos fantasmas debían de ser una especie de vampiros —dijo—. La gente de allí cree en los vampiros. Pareció que todo el aire hubiera salido del coche, —No. —Nunca vinieron a por mí, pero en mi última visita, al final de mi última ronda por las orillas, no quedaba nadie. En esos pueblos ya no había gente, ni un alma. Nadie vino a las instalaciones para potabilizar el agua, en el pozo. No había ningún niño jugando. Así que hice la mochila y me introduje en la jungla para buscarles. Jeff me encontró en un hotel de Lilongwe, pero nunca fui capaz de decirle cómo llegué allí. No le dije nunca nada y, hasta el día en que se fue, creyó que nuestros pueblos habían sido atacados por la guerrilla. Para decir la verdad, él me culpaba de no haber tenido... más aplomo, creo que dijo. Me esforcé por pensar lo mejor acerca de esa situación. Quizás habían sido las guerrillas. O quizás ella había matado a esa gente por accidente y no podía enfrentarse a ello. Quizá su programa de vacunación mató a los niños, o alguna enfermedad se los llevó, y ella se culpaba a sí misma. Me pareció que eso debía de ser, y que ella contaba la historia de su fracaso en un intento por expiarlo. Clemmie se abrazó el torso con los brazos. Estaba temblando. Yo sentí una intimidad terrible y no deseada. —Necesitamos descansar un poco —dije. El coche pasó por encima de un bache en la carretera y Clemmie levantó la cabeza repentinamente. Su pelo brillaba como la plata bajo la luz de la luna. No volvimos a hablar durante el resto del trayecto. SeisLlegamos al hotel cerca de las diez. Decidí no intentar entrar en contacto con nadie esa noche. Casi delirante después de conducir tanto, sólo sería capaz de empeorar las cosas. Después de una buena noche de sueño, esperaría a recibir noticias del señor Olestru e intentaría presentar mis excusas. Clemmie y yo nos demoramos un poco en el vestíbulo intentando despedirnos. La invité a tomar una rápida cena, pero declinó la invitación. Parecía que observaba el hotel con ansiedad y arrugaba la nariz como si oliera algo rancio. Yo tenía sentimientos contradictorios hacia Clemmie. Quería que se fuera, me agotaba, me ponía nerviosa, y estaría feliz de no volver a verla más. Pero, por otro lado, le había tomado cariño a esa mujer. Se había formado un vínculo en contra de mi voluntad. Yo estaba prometida, ella había sido abandonada por su esposo, lo que me hacía sentir pena. Parecía un alma perdida. Volví a proponerle cenar, pero ella me dijo que tenía a unos «socios» en el pueblo. La palabra sonó absurda. «Socios.» No puede evitar realizar un comentario de listilla. —¿Una convención de agentes del cambio? Ella sonrió con languidez. —Nada tan importante. Al llegar, ella hizo una llamada telefónica. Después me dijo que se habían hecho planes para rescatarla. No me dijo adónde se dirigía, y no insistí. Que se guardara sus extraños secretos para ella. Se había puesto un jersey azul pálido con cuello de pico encima de la falda rosa, se había cepillado el pelo hacia atrás otra vez y se lo había recogido en una cola de caballo atada con la goma elástica de margaritas. Se había lavado la cara con agua fría. —¿Seguro que no quieres tomar algo, al menos? —le pregunté—. Mi cita se ha cancelado. Podríamos probar el vino de la zona. Sé que te gusta beber. —Sí. —Dudó. —Invito yo —insistí. Miró hacia las puertas del hotel, como si hubiera visto una cara familiar en la oscuridad. —Eso sería abusar —respondió—, y, además, sólo estás siendo amable. Ya sé cómo sois las chicas Azalea: tenéis el sistema nervioso central cargado de educación, no podéis evitarlo. —Eso es malvado. —Entonces lo retiro. El recepcionista levantó la vista hacia nosotras. Un joven y lívido botones apareció y se llevó mis maletas. Ninguna de las dos se movió. Por fuera, el hotel mostraba una fachada de cemento gris y de vidrio, un auténtico edificio comunista de la década de 1970. Pero dentro se había hecho un esfuerzo para que el lugar tuviera el aire de un pabellón de caza con unas grandes vigas de madera en el techo, unas cabezas de ciervo colgadas en las paredes y una gruesa alfombra roja y dorada que cubría el suelo. Una tenue luz emulaba un fuego en una chimenea de piedra. Las luces se encendían y se apagaban, una bombilla aquí y otra bombilla allí parpadeaban detrás de unas mamparas de colores naranjas y amarillos. Unos cuantos clientes se movían desde el mostrador y las puertas hacia el oscuro bar señalizado con la palabra soma. —Mira —dijo Clemmie—. Tengo que ser honesta contigo. Dejó en el suelo la bolsa y el abrigo y me rodeó con los brazos por los hombros para darme un abrazo. Ese movimiento me sobresaltó. Yo di un respingo, pero ella mantuvo el abrazo. —Estás a punto, Evangeline, de empezar tu verdadera vida. Y si no es demasiado tarde, rezaré para que abras los ojos. Eso hizo que todo terminara para mí. Estaba harta de la condescendencia y de los juegos. La aparté. —¿Quién eres? ¿Qué pretendes? —Ya lo sabes. —¡No tengo ni puta idea! ¿Para quién trabajas? ¿Cuál es tu nombre de verdad? Ella intentó alejarse, pero entonces fui yo quien la sujetó. La agarré por los brazos. —Dime para quién trabajas. ¿Estás en otra cadena? Algunas personas se fijaron en nosotras. Miré hacia el mostrador de recepción y vi que el recepcionista hablaba con dos chicas que habían aparecido por la parte trasera. Vi a otra persona cerca de la entrada del vestíbulo; al principio estaba tan quieta que pensé que era un objeto. Sus ojos se dirigían hacia la noche. Pero había oído el alboroto y se había dado la vuelta. —Déjalo —dijo Clemmie. Yo me negué. Por el rabillo del ojo observé el avance de ese hombre que me había devuelto la mirada. Venía hacia nosotras. Clemmie no podía verle, pero pareció sentir que se aproximaba. —Evangeline. —Clemmie me sujetó los brazos con fuerza y acercó los labios a mi oído—. ¿En qué te has metido? —Esperó a que las palabras penetraran en mí antes de continuar—. Eso no va a salir nunca por televisión. El desconocido, demostrando no tener ningún sentido de la discreción, se dirigió a nosotras en ese inoportuno momento. —¿Madame Harker? Había pronunciado mi nombre, pero mostró un interés especial por Clemmie, o eso me pareció. Clemmie se dio cuenta, también. Miró al hombre, que a primera vista resultaba exquisitamente horroroso. Nos separamos. Tuve la clara sensación de que esa persona tenía una relación directa con las palabras que ella acababa de decirme al oído. Estaba segura de que Clemmie lo conocía. —¿Señor Olestru?—pregunté. El no hizo ningún ademán de responder a ese nombre. Élemmie se apartó de mí un paso sin dejar de mirar al hombre. Se dirigió hacia la noche transilvana a través de las puertas de cristal. El brillante coletero elástico de margaritas brilló y se perdió de vista. El hombre, que resultó ser bastante bajo, me alargó una enorme mano; yo la miré durante un momento. La última mirada en los ojos de Clemmie, esa extraña sensación de saber, volvió a mí. Alguien parecido a ese hombre fue quien se llevó a los niños al lago Malawi: eso era lo que a ella se le pasó por la mente. Esa idea casi me hizo marearme. Él se aclaró la garganta y levantó la mano en dirección al bar. —¿Vamos? SieteEra pequeño pero no daba esa sensación. Si acaso, irradiaba una especie de plenitud, gracias sobre todo a su cabeza. Su cuerpo culminaba en un cráneo grande y pálido que estaba coronado, en su ápice, por una maraña de pelo blanco amarillento. Tenía unas cejas gruesas y contundentes que hacían juego con los suaves y llenos labios, los cuales desplegaban una sonrisa voluptuosa para mostrar la peor dentadura que yo nunca había visto. Por supuesto, yo tenía la cabeza plagada de monstruos gracias a Clemmie, y quizá fue por eso por lo que presté tanta atención. Pero esos dientes no estaban afilados en absoluto. Tenían forma redondeada, como fichas, y eran de un azul oscuro, como si se hubieran podrido en esas encías grises, podrido pero negado a abdicar. Sus ojos eran de un marrón tirando a negro, sus pupilas no tenían unos contornos definidos, y me miraban con una quietud calculadora. Se le veían enrojecidos por el agotamiento, y tuve la sensación de que era un hombre que bebía mucho café y que tenía demasiadas cosas en la cabeza para conseguir un descanso nocturno decente, a pesar de que sus gestos no eran exactamente somnolientos. Podría haberle descrito como teatral, excepto porque no había nada de teatral en sus gestos. Sonrió mientras me daba un apretón de manos. Lo intenté otra vez. —¿El señor N. Olestru? Él negó con la cabeza y su rostro adquirió una expresión irritada e incómoda. Rio con una sequedad que no indicaba ninguna diversión. —Mi querido Olestru se encuentra perdido en las montañas con un fotógrafo noruego. Es una pena. —Comprendo. —Inmediatamente, mi preocupación por perderme la historia dejó paso a una combativa necesidad de defender mis derechos. Nadie me había dicho nada de un noruego. Teníamos entendido que solamente se le concedería a La hora el acceso a Ion Torgu. La posibilidad de otras partes interesadas nunca había formado parte de las conversaciones. Nos dirigimos con lentitud hacia la entrada del bar. —Supongo que existen destinos peores. Emitió otra risa seca. Pareció percibir algo desagradable en la expresión de mi cara. —Es nicotina, querida. —¿Perdón? —Mis dientes. Son manchas de nicotina. —Oh no... lo siento. Ni siquiera me he dado cuenta. —Por supuesto que se ha dado cuenta. Es usted periodista, ¿no? Estaba mirándome, ¿verdad? Señorita Evangeline Harker. El hombre se detuvo y me saludó con una ligera inclinación de cabeza. Yo le pedí a Dios no haber, en esos pocos minutos, añadido un insulto al desaire, no haberle humillado al mirarle los dientes después de haber llegado tan tarde. A primera vista, aparte de la extrañeza general de su cabeza y de sus facciones, parecía bastante normal, pero cuando se incorporó después de la reverencia, percibí otros detalles que me inquietaron. Llevaba un traje blanco con una camisa de color azul oscuro y abierta a la altura del cuello, una vestimenta más apropiada para un paseo por el Caribe que para una tarde de otoño en las montañas. Hubiera dicho que llevaba una talla demasiado pequeña. El borde de los pantalones dejaba al descubierto un centímetro de los calcetines azules. Los puños azules de la camisa sobresalían de las mangas de la chaqueta, y sus enormes manos rosadas como jamones se unían a unas muñecas que sobresalían de los puños. Hacía tiempo que no se había limpiado los zapatos. La superficie de los mismos tenía cierto aspecto de pobreza, como si hubiera vivido mucho tiempo sin tener la posibilidad de mejorar su guardarropa, pero al mismo tiempo percibí en él una fuerte seguridad, la clase de seguridad que proporciona el hecho de tener una buena situación económica. Su observadora mirada no sugería vulnerabilidad. Se llevó las manos a ambos costados del cuerpo. Parecía esperar alguna señal. —Estoy a su disposición —dije. —Maravilloso. —Sus labios dibujaron una sonrisa. La sinuosidad de los mismos resultaba inquietante. Caminamos hasta el bar—. Quiero tener una larga conversación con usted. Quiero que compartamos una conversación. ¿Es correcto, en inglés, «compartir una conversación»? —Casi. ¿Puedo hacerle una pregunta? —¿Cuál? —¿Cómo se llama? —Torgu. —Creo que abrí mucho la boca, y él se dio cuenta de mi sorpresa. Hizo una ligera mueca, como si su propia fama fuera una mortificación para él. Pero no pude ocultar mi sorpresa. Torgu, Ion Torgu, era una figura mítica. Algunos altos cargos del FBI me habían dicho que era posible que él no existiera, que quizá no era otra cosa que el nombre clave de un consorcio de organizaciones criminales rumanas. En el primer intercambio de correos electrónicos, N. Olestru había expresado sus dudas acerca de la posibilidad de conocer al hombre en persona, a Torgu. Describió a su chief (jefe) como una criatura que se escondía del ojo público igual que un animal salvaje se esconde de la civilización. Y a pesar de ello, ahí estaba, el mismísimo Torgu en persona. O eso era lo que afirmaba ese hombre bajito y extraño. Me examinó con los ojos achicados. —¿Está usted desconcertada? —Si le digo la verdad, me siento complacida y honrada. Ese comentario le provocó un placer evidente. Por un momento sentí escrúpulos de decirle algo así a un señor del crimen, pero me recordé a mí misma que tenía un trabajo que hacer y determinadas herramientas para hacerlo, entre las cuales se contaba el halago. Me condujo a la entrada del bar del hotel, vacío excepto por el barman y una camarera. Ambos observaron a Torgu, pero él les ignoró. Acercó un asiento para mí hasta la mesa más alejada del bar. —¿Qué quiere beber? —preguntó, apoyando los diez dedos de la mano encima de la mesa, delante de mí. Sus uñas tenían el mismo tono oscuro que sus dientes. —Un agua mineral estará bien. —Tome alcohol. Tuve que reír. —Si insiste... —¿El vino húngaro le parece bien? Hice un gesto indicando que sí. Mi bloc de notas y mis bolígrafos estaban arriba, con el resto del equipaje. Él se dirigió al bar y pidió una botella de tinto. —Su viaje requirió más tiempo del esperado —dijo, al volver. Se sentó enfrente de mí. Yo abrí la boca para disculparme, pero él rechazó mi impulso con un gesto con la mano—. No es culpa suya. Me entristece decir que Rumania todavía no tiene una red nacional de carreteras. Hacía demasiado calor en el bar. Sentí que la languidez se me instalaba en las piernas. Tuve ganas de tumbarme. Las raras veces que me pongo así, me da por hablar, aunque no quería hacerlo. El alcohol casi nunca ayuda. —Una procesión por un funeral nos retrasó —le dije, sin ningún motivo. —¿Nos? —A mi compañera de viaje y a mí. Volvió a achicar los ojos y frunció los labios. —Esa mujer, quiere decir. —Inclinó la cabeza en dirección al vestíbulo—. ¿Puedo preguntarle quién es? —Sus ojos buscaron los míos. —Si yo puedo preguntarle acerca de ese inesperado noruego. El fruncimiento de labios se hizo más pronunciado y creí que iba a emitir un gruñido canino. Esa expresión me atemorizó un poco al provenir de un hombre que tenía una legendaria reputación de crueldad. —Honestamente, señor Torgu, tuve la impresión de que la conocía. —Ella no es nadie a quien yo conozca —dijo—. Pero lo averiguaré. Eso sonó como una desagradable promesa, así que decidí contarle lo que sabía. —Viajó conmigo y, al principio, pensé que ése era su único interés. Pero más tarde tuve la sensación de que se encontraba allí por un motivo en particular. Parecía saber algo acerca de mi historia. ¿Se ha puesto alguien en contacto con usted para tener una entrevista? ¿Algún programa de otra cadena de televisión? Le agradecería que fuera sincero. Estaba claro que la idea de que otros programas de la televisión estadounidense compitieran por obtener su atención no se le había ocurrido con anterioridad, y era evidente que le encantó. Juntó los dedos de ambas manos y estuvo a punto de sonreír. Mostró un pequeño cuadrado negro entre los labios que parecía ser nicotina. —Ya veremos —dijo, al tiempo que soltaba otra risa seca—. Todo se sabrá. La botella de vino húngaro llegó y fue descorchada con un entusiasmo que tenía sus motivos. Los vasos se llenaron de vino. —Ahora, cuénteme sus razones para esta aventura en mi parte del mundo, por favor. Siento mucha curiosidad. Yo me alegraba del cambio de tema de la conversación, aunque mi discurso no había sido preparado para ese hombre. Había sido pensado para el desaparecido Olestru, quien me había comunicado las preocupaciones de Torgu. —Para empezar, mis fuentes de información en Justicia no me creerán cuando les diga que le he conocido de verdad. Esa es una de las razones por las que estoy aquí. Para demostrar que usted existe. —Si existo. Sí. Muy bien. —Ah, sí —dije yo, un tanto desarmada—. Asumamos, para continuar con la conversación, que usted existe. Él olió el vino. ¿Tenía alguna idea de lo célebre que era en el mundo policial? Aunque nunca grabáramos ni un segundo, yo tendría que contar mi encuentro a los chicos del FBI, solamente para ponerles celosos. Cuando la fuente de Lockyear en las oficinas me dio la dirección de esa confusa página web en rumano que no había sido actualizada en tres años, me dijo que ése era el único lugar conocido donde se mostraba información sobre Torgu públicamente. Me dijo que un tal N. Olestru era quien supuestamente mantenía la página, donde había una dirección de correo electrónico que parecía pasada. Los mensajes electrónicos del FBI eran devueltos sin haber sido leídos. La policía de Rumania no mostró ninguna curiosidad por el asunto. De alguna manera, mi correo electrónico había llegado a destino. Al cabo de seis meses, mucho tiempo después de que yo hubiera desistido, recibí una invitación digital de N. Olestru para que fuera a Brasov. Era muy extraño, a la luz de todo aquello, que él no hubiera acudido a la cita. El rostro de Torgu brillaba de placer. El color volvió a sus mejillas pálidas. —Dígame. ¿Qué es lo que dice exactamente la comunidad policial? —Veamos. Dicen que usted fue un prisionero político durante el viejo régimen. El entrecejo se le arrugó, y en la ancha frente se formó una línea de sombras. —Muy cierto. —Que es usted un nacionalista rumano. Él negó con el dedo índice. —Eso no es exacto. Ni siquiera soy rumano. Pero ya hablaremos de ello. ¿Qué más? —Que usted dirige las redes de contrabando de personas y de drogas al oeste de Moscú y al este de Múnich. Que también trafica con armas. Que quien quiera comprar plutonio enriquecido en esta parte del mundo tiene que tratar con usted. Que resulta que también es usted uno de los hombres de negocios con mayor éxito en Rumania, con un activo total que se cuenta en cientos de millones. Parecía un tanto divertido estar diciéndole esas cosas a él, como si le leyera su propia biografía, pero sus ojos exigían la verdad. Si yo hubiera quitado énfasis al tema del plutonio, él habría notado el disimulo. Yo quería decírselo todo. Por supuesto, y eso es en todos los aspectos demasiado común, yo quería gustarle y que confiara en mí, a pesar de que yo ya sabía que no me gustaba ni confiaba en él. —¿Y ésa es la historia que desea usted contar? ¿Simplemente que tengo éxito en lo que hago? —Más o menos. ¿Es todo eso cierto? Él levantó ambas manos en un gesto defensivo. —Válgame dios. Esa es la pregunta más importante. Quizá debamos descartarla. No niego nada. No confirmo nada. ¿No es ésa la forma de hablar correcta de los criminales estadounidenses? Me encogí de hombros, respiré y tomé otro trago de vino. Ahora me alegraba de tomarlo. El alcohol en la sangre me hacía sentir cómoda, me daba confianza. Era un buen tinto. De repente, podía imaginarme realizando un striptease para Robert, quizá para nuestra luna de miel. —Representa usted a una clase de gente muy misteriosa, señor Torgu. Conocemos a los oligarcas rusos, por ejemplo. Les hemos visto en entrevistas y hemos leído libros que hablan de ellos. Conocemos a figuras del crimen organizado de Estados Unidos, a los John Gotti y demás, hasta la náusea. Pero ¿qué sabemos de verdad acerca del crimen organizado de Europa del Este? No mucho. Y en esta época posterior al 11 de septiembre, corren rumores de que grupos terroristas islámicos están utilizando a figuras del crimen como usted para comprar armas y hacer dinero... Torgu dio un puñetazo en la mesa y enseñó los oscuros dientes. —¡Mentirosa! —rugió. Me mantuve serena. Dejé el vaso de vino en la mesa. Uno espera ciertas emociones en estos encuentros, aunque siempre intento no tomármelo de forma personal. La gente que habla ante nuestras cámaras a menudo tiene fuertes razones para actuar así. Algunos se enfrentan a acusaciones, otros ya se encuentran entre rejas. Algunos de ellos han sido acusados por vecinos y amigos de los más horribles actos de mutilación y asesinato, y si acceden a aparecer en nuestro programa, lo hacen con intención de defenderse. Torgu no sería distinto. El FBI me había informado de que se había intentado extraditarlo a Estados Unidos varias veces, sin éxito. Así que no me sorprendió que Torgu reaccionara mal ante la lista de crímenes, y no aflojé. No pestañeé. Forma parte de la negociación: sonsacamos, engatusamos, seducimos e incluso coaccionamos a la gente para llegar a un acuerdo. Yo he utilizado todas las tácticas imaginables, excepto vender mi cuerpo. No es poca cosa el aparecer en cámara delante de millones de personas. Para nuestros sujetos es un riesgo permitir que las luces les iluminen, exponer sus rostros y sus cuerpos a los objetivos. No les culpo porque se peleen con nosotros; si bien algunos se muestran más interesados, por supuesto, y acuden a La hora como las abejas al azúcar. Pero yo he presenciado todo tipo de reacciones. He estado con gente que me ha dicho que se pegaría un tiro antes de aparecer en La hora. He recibido amenazas de muerte. Me han llamado puta y ruin. Me han dicho que estoy salvando el país, y que Dios me bendecirá. Ese hombre había empezado nuestra relación con una gran mentira. Todavía no habíamos empezado a hablar de una aparición en pantalla y me había llamado mentirosa, pero yo no había mentido. Quería que se explicara. —Sé cual es el ángel verdadero de su programa, madame —dijo, un poco más atemperado. Vi, con disgusto, que su chicle de nicotina había caído dentro de su vaso de vino. —Ángulo, quiere decir. —No, no quiero decir ángulo. —Levantó una uña como una garra—. Quiero decir, querida mía, el Ángel de la Destrucción. Succionó ambos labios en un gesto de satisfacción. Negó con la cabeza y se apartó de la mesa como si tuviera intención de levantarse. —Podría deciros el nombre de cierto demonio —dijo mientras le temblaba la cabeza, como si un escalofrío le hubiera recorrido el cuerpo—. Cierto caballero muy conocido y financieramente acomodado que lleva una capa negra. —¿Se está refiriendo al parque de atracciones? —¡Ja! Una extraña sensación de hilaridad me recorrió el cuerpo. En cualquier momento podía empezar a reírme, y si lo hacía, no podría detenerme. Sería como una cadena de hipidos. Se me puso la piel de gallina. Él dio una palmada y se rio a causa de algún chiste privado; volvió a acercar la silla a la mesa y dio un sorbo al vaso de vino. Empecé a sospechar que ése no era Ian Torgu en absoluto, que ese hombre era, en verdad, un oportunista mentalmente trastornado que me había atraído hasta Transilvania en un intento de extorsionarme. Quizá tenía la errónea idea de que nosotros pagábamos por tener una entrevista con un importante criminal. —Debo decirle que este tipo de arranques no me dan mucha confianza. ¿Cómo sé que es usted Ion Torgu? ¿Tiene una identificación? Me dirigió una sonrisa babeante de dientes azulados. Parpadeó y bebió. —No tengo ninguna identificación desde que me soltaron de los campos en las montañas. Ése era otro problema que Lockyear no había previsto, pensé. ¿Cómo íbamos a verificar que ese hombre era quien afirmaba ser? Sin tener ninguna prueba de su identidad no era posible que avanzáramos. Por lo único que sabíamos, íbamos a grabar una entrevista con un civil retirado, o con un lunático, o ambas cosas. Tampoco podíamos verificar su nacionalidad. Por su aspecto, ese hombre podía ser húngaro, ruso, alemán o serbio; no había forma de saberlo. —Ahora que ha sacado usted el tema, hablemos de ese parque de atracciones. Algunos periódicos han especulado con la posibilidad de que usted sea el principal inversor en ese proyecto, y si es así, eso nos interesa. Vlad el Empalador es un héroe nacional y no tiene nada que ver con Drácula... Sus labios se retorcieron y dibujaron otra mueca. —Le ruego que no repita ese nombre. Saqué dinero rumano de mi monedero; no debía permitir que él pagara el vino. Tendría que llamar a Lockyear y ponerle al corriente de la situación: esa entrevista no estaba clara. Incluso si esa persona que tenía delante de mí resultaba ser Torgu, el entrevistado no sería otra cosa que una enorme incomodidad para nosotros. Hasta ahí estaba claro. —Estoy cansada —le dije—. Quiero pagar el vino, ir a mi habitación y hablar con mi gente en Nueva York. Podemos vernos por la mañana. Pareció que Torgu se daba cuenta de que había sobrepasado los límites de mi tolerancia. Cambió el tono. —Pero yo quiero llevarla a Poiana Brasov en este mismo instante. Me maravillé ante la audacia de ese hombre. —Eso está fuera de discusión. —Si deja usted escapar esta oportunidad, no le puedo prometer que haya otra. Yo tenía las manos en los bolsillos y el anillo se deslizó hasta uno de mis dedos, como si buscara el calor humano. «Si fuera un anillo mágico —pensé—, trataría de esfumarme. O lo frotaría y haría que Robert se materializara aquí e hiciera desaparecer a este trasgo en la oscuridad. Robert haría bromas maliciosas sobre el aspecto cutre del hotel y me prometería una estancia en el Four Seasons cuando volviéramos. Nos tomaríamos un vaso de su whisky favorito juntos y jugaríamos a las cartas.» Pero eso era una fantasía, y yo tenía que enfrentarme a la realidad allí mismo y en esos momentos. Sabía que sería un grave error perder esa entrevista sin consultarlo previamente con Lockyear. Pero también sabía lo que mi jefe diría de ese hombre. Le odiaría. Lockyear atribuía cualidades morales a las características físicas, y no perdonaría a un tipo con los dientes podridos y manchados de nicotina. Imaginaba el futuro de esa historia. Nuestro corresponsal, Austen Trotta, se sentiría disgustado por la mera presencia de una persona así, pero probablemente intentaría algunos trucos para sacar una buena historia de él. El primer visionado para el productor ejecutivo, el fantasioso Bob Rogers, sería un desastre, y Torgu sería rechazado como personaje. Ya me imaginaba las críticas: «No podemos enseñar a ese tipo en la televisión de Estados Unidos. Mira esos jodidos dientes. Mira ese pelo. Es un freak. No traería a ese tipo a La hora aunque me pusieras una pistola en la cabeza. ¿En qué demonios estabas pensando?». Lockyear me culparía a mí. Me culparía por esos dientes, me culparía por haberle arrastrado hasta Rumania y me culparía por el mal visionado. Tomé una firme decisión: no iría a Poiana Brasov. Me levantaría de la silla, llamaría a Lockyear y le diría que nos retirábamos. —A ver si lo entiendo —dijo Torgu—. ¿Usted tiene el poder de activar o detener este proceso de televisión? —No le sigo. —Quiero decir —hizo una pausa, como si ordenara las ideas—, quiero preguntar si su puesto de trabajo le da el poder absoluto de darme esta oportunidad ante su tan grande audiencia en su tan grande programa. ¿Posee usted tanto poder, señorita Harker? Yo nunca lo había oído expuesto de tal forma. Pero tenía razón. En este asunto, yo tenía ese poder. Lo tenía completamente. Ese poder quizá no generaba unas ganancias reales, pero me confería cierta influencia con los sujetos susceptibles de ser entrevistados. Si yo bajaba el pulgar ante Lockyear, éste no iría a Rumania y no conocería a Torgu ni en un millón de años. Nunca se arriesgaría a colocar a Austen Trotta en una entrevista con un sujeto a quien yo no había dado mi bendición. Ese hombre era listo. Apelaba a mi vanidad. Lo vi enseguida, pero sucumbí de todas formas. —¿Tiene que ser esta noche? Me dirigió una larga mirada. —Estoy deseoso de cooperar, pero tiene que ser con mis condiciones. Ya lo ve, querida mía, soy un hombre acorralado. Dijo esas palabras en un tono lastimoso. —Yo también pongo una condición —le dije. —Diga. —Antes de que vaya, usted me dirá exactamente lo que quiero saber. Nada de tonterías. Él aceptó con un asentimiento de cabeza. —Nada de tonterías. —En primer lugar, si es usted quien dice ser, debe demostrarlo. Él asintió. —Hay algunos títulos de tierras en mi domicilio. ¿Serán suficientes? —Ya lo veremos. Además, ha dicho que no es exactamente un nacionalista rumano. ¿Qué significa eso? —Significa, querida mía, que ni siquiera soy rumano, así que difícilmente se me puede tildar de nacionalista rumano. —¿De dónde es usted, entonces? ¿Cuál es su nacionalidad? Volvió a reírse de esa forma que parecía que secaba la tierra. —Oh, vaya, esa respuesta sería muy larga. —Algo, por favor. Necesito algo. Se aclaró la garganta. —En cuanto a la raza, no soy de ninguna en particular. Si quiere saberlo, llevo la sangre de la gente que emigró de Asia Central a través del Cáucaso hasta Europa. Soy escita y kazaco, oseto y georgiano, moldavo y mongol. Le confesé que tenía dudas sobre ese pedigrí tan confuso. —¿Qué puedo hacer? Los doscientos idiomas del Cáucaso resuenan dentro de mí cada noche. Los bizantinos todavía combaten contra los pechenegos. Los búlgaros están en guerra perpetua contra Novgorod. Mi persona es un camino por el cual toda esa gente ha viajado. Esa es la triste realidad. Ojalá pudiera ser un nacionalista rumano, sería muy fácil. Vestir de verde, matar a algunos húngaros, quizás a un judío. Dio una palmada. —Esa es mi respuesta. —Pero su nombre es rumano —insistí. —¿Mi nombre? —Levantó las manos en un gesto desesperanzado—. Quizá deberíamos abandonar este proyecto, después de todo. Vi que tenía que creerle. O mejor, que quería hacerlo. Quizás estuviera loco, y desde luego era un hombre difícil, pero también era posible que fuera quien afirmaba ser. En todo caso, yo me enorgullecía de ser tan tenaz como mi padre: si ahí había una historia, sería mía. Llegamos a un acuerdo. Hacía falta una hora para ir en coche a Poiana Brasov, y Torgu dijo que debíamos partir inmediatamente. Dijo que yo debía llamar a Nueva York y decirle a mi gente que se estaban llevando a cabo las negociaciones. Que no había ninguna promesa, pero sí espacio como para llegar a un acuerdo. Las conversaciones requerirían una cierta cantidad de tiempo y tenían que llevarse a cabo en secreto, en un lugar no revelado de los Alpes transilvanos. No sería posible que se comunicaran conmigo hasta que esas negociaciones hubieran finalizado. Torgu era el propietario del hotel en Poiana Brasov, y me explicó que me ofrecería una habitación lo bastante lujosa para compensarme por lo avanzado de la hora. También me estaría esperando una deliciosa comida caliente, dijo, la mejor comida que se podía saborear en toda Rumania. Se excusó para ir al lavabo, y yo fui a mi habitación para recoger mis cosas y hacer la llamada. Dejé un mensaje de voz en el contestador de Lockyear y me dispuse a abandonar la habitación. Mientras giraba la llave me di cuenta de que el teléfono estaba sonando; cuando llegué a él, ya habían colgado. Yo había tomado demasiado vino, y tenía una sensación de mareo y de ofuscación a causa del ambiente cargado del lugar. No debería haber aceptado sus condiciones. Pensé en Clemmie y en sus demonios africanos. Di unas vueltas en la oscuridad de la habitación durante unos momentos, porque no podía encontrar el interruptor de la luz. Puse las manos en la fría superficie de un espejo y me sobresalté. El teléfono empezó a sonar otra vez, pero lo ignoré. Llamaría a Lockyear tan pronto tuviera algo que decirle. Descubrí que mis cosas no estaban en mi habitación. En un momento de pánico, rasgué las sábanas de la cama. Todo había salido mal. Llamé al recepcionista del vestíbulo y éste me informó de que mis pertenencias ya habían sido trasladadas desde mi habitación hasta el coche que esperaba fuera. Abajo, al pasar por delante de su oficina, el recepcionista me llamó. —Amigo ha dejado cosa para usted. —¿El señor Torgu? —Señora. Puso un sobre en mi mano. Era de Clemmie. Lo abrí y encontré una diminuta cruz de metal con una cadena. Era su cruz. Tenía valor: había estado intentando captarme todo el tiempo. Era una de esas personas que juzgan, que creen en la pureza del alma. Pero el anillo de diamantes triunfa sobre la cruz, como yo digo. El amor humano vence al amor divino. El amor humano significa piel, y yo soy piel. Yo soy de este mundo, mi reino está aquí. El alcohol me hacía hablar así, me dije, pero qué caramba; ella me sacaba de quicio. El conserje me miraba expectante, con los ojos llenos de preocupación y buscando una propina. Saqué el collar del sobre y me lo colgué del cuello. Dejé cinco dólares americanos para el conserje. Robert me hubiera dicho que eso era de una generosidad excesiva. Pero yo soy una mujer excesivamente generosa, y espero que este hecho sea recordado. OchoLa carretera serpenteaba a través de un campo oscuro y ondulante. Torgu no habló. Miré su rostro varias veces, iluminado por la luz verde del salpicadero, y me pareció frágil y lastimoso. El coche era un viejo Porsche con el interior de piel, bastante silencioso. No me parecía normal que él condujera por estos caminos tan difíciles y oscuros, debería tener un chófer. ¿Por qué no lo tenía? ¿Sería eso un signo que me advertía de que ese hombre no era un importante criminal? De momento, no tenía nada que perder si le creía, y consideré las opciones. Sabía que sería un hombre difícil de entrevistar. Tendríamos que regatear con todo, y ese tipo de negociaciones requieren tiempo. Supongamos que aceptara; tendríamos que hablar de su rostro. ¿Podríamos mostrar su cara o insistiría en un retrato robot? ¿Habría que hacer borrosa su imagen hasta que no fuera visible? ¿O se mostraría como una sombra oscura, un perfil negro contra el resplandor de una luz blanca? El anonimato podría ser una razón para romper el acuerdo para Lockyear. ¿Seguiría el público un programa entero acerca de un hombre a quien no podían ver con sus propios ojos? En cambio, si conseguíamos que se sentara y mostrara el rostro durante una larga y comprensible entrevista, podríamos desentrañar toda la historia oculta de esta parte del mundo. Es decir, si hablaba de verdad. Era posible que se cerrara y no dijera nada, o que utilizara la entrevista para negar cualquier relación con el crimen, o intentara dar una imagen de mártir político y nada más. Pero valía la pena jugársela. Esa era mi opinión profesional. Al final llegamos a un pueblo, una especie de estación de esquí, donde unas luces brillaban en algunos establecimientos. Me pareció ver unas cuantas casas grandes desperdigadas a lo largo de un camino entre unos hoteles de estilo alpino. No era temporada de esquí, y la actividad en esos hoteles no iba más allá de los primeros pisos. Sólo podía haber unos pocos clientes. A pesar de ello, deseé que entráramos en una de las calles. —Poiana Brasov —murmuró él, percibiendo mi interés—. Ese es el nombre de este lugar. —Lo recuerdo. Su hotel está aquí. —Un poco más arriba. Esto era la estación del dictador. Me gusta atravesarla en coche y pensar en la violencia de su derrocamiento. —Si hay un teléfono —dije—, me gustaría llamar a mi prometido. —Por supuesto que hay teléfonos —repuso él—, pero vamos con retraso, y nuestra cena ya ha sido preparada. Mientras nos dirigíamos hacia las afueras del pueblo, no lejos de la entrada del último hotel de la calle principal, aminoró la velocidad y se detuvo. Recuperé mis esperanzas y tomé el bolso. Él sacó la cabeza por la ventanilla y escupió sonoramente a la calle, luego volvió a subirla y arrancó. Yo recordé que el teléfono había estado sonando en la habitación del hotel mientras cerraba la puerta y yo había decidido no contestar. Como diría mi madre, cada uno hace sus elecciones. —Seguramente se habrá dado cuenta de que no soy un educado y viejo caballero. La culpa la tiene ese monstruo. Convirtió mi vida en un infierno, y yo me tomo mi propia justicia al detenerme siempre en su pueblo. ¿Cómo podía nadie discutir con un superviviente de un campo de concentración? La calle estaba pavimentada sólo hasta la mitad, por lo que llegados a cierto punto nos hundimos en la tierra. Él conducía demasiado deprisa en ese vehículo tan poco apropiado, de modo que piedras y terrones de tierra salían volando a nuestro paso. Bajamos una cuesta y aumentó la velocidad. Los pinos se cernían sobre nosotros. Qué ridículos habían sido mis temores en el coche con Clemmie. Habíamos visto un ataúd, ¿y qué? Eso no era nada. Al cabo de un rato la carretera mejoró y vimos unos mojones a la luz de la luna. Atravesamos un ondulante prado de hierba, donde vi un pequeño cementerio y un bosquecillo de cruces blancas. Más adelante dejamos atrás una pequeña iglesia de piedra y lo que parecían ser unas cuantas granjas. Pero no había luces. Me pareció ver las siluetas negras de las vacas. Torgu me miró mientras atravesábamos esa isla de civilización. Finalmente, Torgu empezó a aminorar la velocidad. Se detuvo en un espacio oscuro que debió de haber sido un aparcamiento, aunque no pude ver ningún edificio. Las luces del coche se apagaron antes de que pudiera echar un vistazo a mi alrededor. Él abrió la puerta del coche y salió con una agilidad sorprendente. Yo me quedé sola un instante. La puerta del copiloto se abrió y cogió mi maleta. —Por favor. —No me gusta esta situación. Unos perros u otros animales empezaron a ladrar y a aullar en la distancia. —Yo me adelantaré y alumbraré el camino —dijo. Sacó la maleta—. Se sentirá más tranquila. En cualquier caso, el hotel le parecerá preferible a los lobos de este bosque. Salí del coche y, dejando la puerta abierta, caminé enérgicamente detrás de él. La luz del interior del coche proporcionaba una iluminación muy débil. Yo caminaba hacia un agujero en la noche, entre los pinos. Olía los árboles. Los había olido desde que llegamos a Brasov, al pie de la montaña, pero allí se percibía una agradable y distante fragancia, como el aroma de la sal en el aire cuando uno está todavía a kilómetros de la playa. Aquí arriba, abandonados a sí mismos, los árboles eran una masa sofocante. La savia rezumaba de las grietas en la corteza y se deslizaba hasta el suelo. Las agujas habían caído formando grandes montones, y un líquido supurante se esparcía debajo de ellos. Esta cercanía de la vegetación en filas inmóviles, como animales, como si los pinos fueran unos altos y desnudos seres humanos atentos a nosotros, me atacaba los nervios. Pero había algo más que los árboles, en verdad. Tengo que ser sincera. La gente, cuando está sola en un bosque oscuro, se asusta. Le puede suceder a cualquiera. Había una diferencia en este sitio: justo en medio de los árboles, también invisible al principio, se levantaba un objeto hecho por manos humanas, una gran estructura que emanaba su propio olor, un aroma que otorgaba al olor de los pinos un toque fúnebre. Esa es la única manera en que puedo describirlo. Ese olor provenía de la mezcla del edificio y de los árboles. Eran una misma cosa. Por unos segundos no fui capaz de ver ni mis manos ni mis piernas. Me noté la piel y casi salté del susto, como si hubiera salido de mi propio cuerpo. La rama de un árbol me rasguñó el brazo y experimenté un dolor insoportable que me hizo gritar. Torgu no iluminó el camino. Se había adelantado deprisa y había desaparecido. «Podrían asesinarme aquí», pensé. Así es como se sienten esas personas a quienes conducen hasta un lugar y esperan llegar a un acuerdo u obtener cierta compasión, y. entonces oyen el crujido de una ramita detrás de ellos, y nosotros vemos la expresión horrorizada de sus ojos antes de que el arma estalle y la pantalla se oscurezca. ¿Es esto a lo que se refiere la gente cuando habla de enfrentarse a la propia mortalidad? En otras circunstancias, hubiera corrido hasta un árbol y hubiera intentado trepar. Pero no lo hice. No confiaba más en los árboles de lo que confiaba en Torgu. Me detuve, me agaché y me rodeé con los brazos. Uno hace eso cuando no hay otra opción, y las cosas se aclaran. Es una sensación bonita, en cierto sentido. Todas esas decisiones con que se enfrenta uno en otros momentos se disuelven y sólo se hace lo que la existencia le ofrece. Me había sentido de esa manera la noche en que Robert me propuso matrimonio. Ese fue otro instante de absoluta claridad, aunque muy distinto; entonces quise llorar cuando él me dio el anillo, y lo hice. Quería llorar en el bosque también, pero no me lo permití. Si se me caían las lágrimas de los ojos, pensé, entonces nunca abandonaría ese lugar. Esa fue la prueba que me impuse, y la pasé. Conseguí que las lágrimas se me quedaran en los ojos. Las luces se encendieron. Estallaron en un color amarillo, como si se hubieran encendido unas antorchas, y vi que me encontraba en la linde de un camino cubierto, un pórtico que apestaba a moho, a troncos cortados y a gasolina. Los troncos habían sido amontonados detrás de las columnas, un muro de leña. El olor a gasolina provenía de lo que parecía ser un generador que se encontraba dentro de una casucha de cemento, justo a mi izquierda. El pórtico se desviaba a la derecha y llegaba hasta una entrada envuelta en las sombras. Unas lámparas colgaban de los aleros del pórtico, justo en el punto donde las columnas llegaban al techo, y continuaban hasta las puertas, que eran de cristal biselado y ofrecían un reflejo borroso. Me volví y miré hacia el bosque y el coche. El Porsche no era visible. —Uno de los últimos rincones de Urwald, el antiguo bosque europeo. ¿Le gusta? —De alguna forma, Torgu había acabado detrás de mí. Fui honesta. —No. —Estamos de acuerdo, entonces. —No se parece a ningún otro bosque donde yo haya estado. ¿Vive usted aquí? Él sonrió. —Habito aquí. Parecía haberse vuelto más frágil, incluso menos saludable. Como si hubiera encogido. —Si hubiera usted visto cómo paso los días, comprendería por qué prefiero la compañía humana a la compañía vegetal. Las personas tienen una existencia sensacional y una vida impresionante después de la muerte. Sus muertes son incluso más interesantes que sus vidas. Pero un árbol... —Hizo una pausa y levantó la mirada con expresión de desdén—. Hace así, así y así hasta que cae y las pequeñas criaturas del bosque se cagan encima de él. ¿Tiene hambre? Me di cuenta de que estaba hambrienta. De repente me sentí segura y, al mismo tiempo, tonta por haber tenido ese ataque. Así lo denominé, en ese momento. Había tenido un ataque, como una crisis. Haría una llamada al terapeuta tan pronto volviera a Nueva York. Seguiría un nuevo régimen físico: yoga, comida sustanciosa y carreras por el parque. Ahora, por supuesto, no puedo explicar ni intentar justificar esta ignorancia. Para alguien como Stim, quizá, ya habría habido evidentes signos de advertencia. Él conoce las películas. Ha leído el libro una docena de veces, hasta puede citar algunas frases. Pero yo nunca he sido una fan, nunca he tenido ningún interés en este tipo de cosas y, por supuesto, nunca pensé que me encontraría un argumento similar en mi propia vida. Es más, incluso cuando supe que iba a ir a Transilvania, aun teniendo el conocimiento preciso para pillar la alusión, incluso cuando Stim me dijo que leyera el libro y que viera unas cuantas películas, casi no presté atención. Miré las tapas del libro y lo descarté, por la misma razón que descartaba esos rollos sobre elfos y trasgos. Nunca fui una chica Narnia, ni una muchacha hobbit. Soy realista. Creo en las cosas que puedo palpar. Siempre he preferido a los hombres macizos, la ropa diseñada por un genio y la comida elaborada por profesionales; aquellas cosas que el dinero puede comprar. Quizá sea una frívola, pero ésa es la verdad, y nunca he sentido la necesidad de disculparme por ello. Creo que la mayoría de las personas son como yo. La mayoría de nosotros, aunque seamos pobres, o religiosos, o suscribamos los más extraños credos, queremos lo mejor de la vida. Queremos sentir la suavidad de la cama, no el filo de la cuchilla. Y cuando tenemos hijos, como espero tener muy pronto, queremos que descansen rodeados del confort que nosotros mismos hemos disfrutado. No importaba lo extraño, lo criminal que fuera: Torgu debía de sentir lo mismo. Al entrar por las puertas de cristal hice una prueba basada en mis escasos conocimientos de arcanos idiotas: busqué un espejo y lo encontré inmediatamente, cubriendo una de las paredes del vestíbulo. Me quedé helada de horror. Torgu era claramente visible en él. Por desgracia, yo también. Nada en ese hotel hubiera podido resultar tan impactante como ver mi propio rostro; me entraron ganas de llorar. No me había bañado y no me había cepillado el pelo, que había empezado a rizarse y a ponerse grasiento; mi maquillaje había desaparecido; tenía agujas de pino en la ropa y llevaba mal puesta la blusa. Torgu, por otro lado, mostraba una elegancia excéntrica en ese reflejo. Me puse furiosa conmigo misma por esa negligencia, y con Stim por sugestionarme con esas tonterías. Decidí volver a ser profesional. Saqué el anillo de compromiso del bolsillo y me lo puse en el dedo. Las decisiones brotaron. Torgu me garantizaría esa entrevista y nuestro programa conseguiría un Emmy, de modo que Lockyear se vería forzado a alabarme durante la cena de entrega de los premios. NueveMe lavé a conciencia y me cambié rápidamente de ropa en el lavabo del vestíbulo, frotándome bien el rostro para poder volver a maquillarme. No se podía hacer nada con el pelo excepto recogerlo detrás. La cena fue sorprendentemente apetitosa: pollo asado con mamaliga, una especie de polenta, y ensalada de tomate, pepino y cebolla con queso de cabra. Torgu abrió una botella de vino de su propia bodega, en este caso un caldo francés, muy viejo y sin duda excelente: un Chateau Margaux de 1963. Mi confianza creció. Ese hombre había empezado, por fin, a comportarse como un poderoso y exitoso jefe de un sindicato del crimen organizado. Me di cuenta de la ausencia de servicio, pero me imaginé que la tardanza de nuestra hora de llegada, así como la necesidad de Torgu de disponer de intimidad absoluta para nuestra conversación, habían hecho inútil su aparición. Los miembros del servicio habían cocinado la comida y se habían ido a la cama. En una muestra de seducción de bienvenida, elogió el crucifijo que me había regalado Clemmie. Era una antigualla, pensé yo, pero él pareció complacido con él, así que le permití que lo mirara de cerca. Se puso un poco emotivo. —Tamaña historia de sufrimiento humano provocada por este emblema. ¿Se da cuenta? —¿Como la Inquisición española o las cruzadas, quiere decir? Él suspiró. —Quiero decir la suma total de horrible dolor y truculenta atrocidad que azotó a creyentes y a no creyentes por igual a la luz de este simple pictograma. Yo no sabía en absoluto adónde quería ir a parar. —Quiere decir que las religiones tienen detrás historias crueles. Él hizo una breve pausa, al parecer tan perplejo por mis palabras como yo por las suyas. —¿De verdad no lo ve? Las persecuciones del emperador romano Nerón, solamente, sus agresiones contra los primeros cristianos, podrían haber llenado el estuario del Danubio de sangre. Quince siglos más tarde, la guerra de los Treinta Años podría haber llenado un mar. Es conmovedor más allá de las palabras. Uno de los típicos comentarios estrambóticos de ese hombre, pensé, pero que valdría la pena recordar para una posible pregunta de la entrevista. ¿Esos pensamientos indicaban un sentimiento de culpa por sus propios asesinatos? ¿O me estaba poniendo demasiado melodramática? Después del primer plato de ensalada, me preguntó si querría ver su colección de arte y yo aproveché rápidamente la oportunidad. Tanto Trotta como Lockyear habían mencionado expresamente la importancia que tenía para nuestro programa conseguir signos claros de riqueza, y Austen incluso había destacado la posibilidad de que existiera una colección de piezas únicas conseguidas por medios dudosos. —Coja su degustación —me dijo. Señaló mi copa de vino. No corregí su inglés. Le seguí fuera del comedor vacío, atravesamos el vestíbulo y bajamos por un pasillo hasta una puerta que quedaba a la izquierda. Él entró primero. Tan pronto como yo atravesé la entrada olí a algo pasado, como el hedor de la basura abandonada demasiado tiempo al sol. Él prendió una serie de velas que había en las paredes. A medida que éstas se encendieron una a una, tuve el inquietante sentimiento de encontrarme en un cementerio que se había convertido en un basurero. El hedor se intensificó y pareció provenir de los objetos. El museo se extendía más allá de lo que yo esperaba. Desde donde nos encontrábamos hasta las paredes, se levantaban un par de tarimas de piedra rectangulares, elevadas unos cuantos metros del suelo por unas columnas de granito, bajas y gruesas. Encima de las tarimas se amontonaba una colección de basura. —Aquí se encuentra la fuerza de mi vejez —dijo—, los únicos objetos en todo el mundo que de verdad aprecio. No voy a ninguna parte sin llevarme unos cuantos de ellos conmigo. —Una curiosa colección —repuse yo, sin saber qué más decir. —Sí. Puede usted quemar el resto de mis posesiones. Puede quemar la tierra y envenenar las aguas, a mí me da igual. Su referencia a un incendio era, ciertamente, adecuada. Muchos de los objetos, me pareció, habían sido quemados, o habían sobrevivido a un incendio en cualquier caso. Había trozos de losas de cemento negras que podían haber sido pilares de algún edificio; segmentos de cruces y de iconos también quemados; tablas inscritas en diversos alfabetos: árabe, chino, hebreo, latín, cirílico, jeroglíficos egipcios, anglosajón y ugrofinés, fragmentos de alemán y de francés, lo que debió de haber sido romano y húngaro, baratijas procedentes de todas las ruinas y cementerios del mundo, me pareció. Había cascos de objetos de loza, apéndices de estatuas, platos rotos, cuberterías retorcidas, losas de tumbas y lo que debían de ser restos de momias, fardos de andrajos y de palos blancos. No todo era viejo. Vi un motor fundido y un trozo de pared surcado de circuitos eléctricos que tenía inscritas unas palabras en eslavo. Había una colección de muñecas de plástico sin rostro, y también otros objetos más recientes, pero no tuve estómago para investigar. La verdad, sentía repulsión y me sentía decepcionada. Esa no era exactamente la clase de colección de arte que Austen Trotta tenía en mente, y me pregunté si eso podría dar bien a cámara. ¿Vería la gente algo distinto a un montón de basura vieja y horrorosa? Empecé a sentir náuseas a causa del cada vez más intenso hedor, un hedor que recordaba un escape de gas. Tuve que salir. Él vio mi turbación y empezó a apagar las velas de un soplido. Los ojos le refulgían. —Lo llamo mi avenida de la paz eterna, los restos de todos los lugares arrasados que he visitado. Volvimos a la mesa de la cena. Di un trago de vino. Él me observaba con cierta curiosidad. —Es una... una visión fascinante —dije—. Perturbadora, de hecho. —¿Ah, sí? —Se pasó una mano por los ojos—. Yo lo encuentro insoportablemente conmovedor. Lo encuentro más devastador que la poesía sublime de los persas, más desgarrador que las palabras de Shakespeare. Ésta es la verdadera sustancia de nuestro mundo, ¿no es verdad? Esta fractura. —Yo prefiero el tipo de belleza más directa —dije—. Me temo que no soy tan sofisticada como usted. —Entonces hice un comentario desafortunado—: Usted parece ansiar algún tipo de horror en su entorno. Él parpadeó, sorprendido. —Lo cierto es que lo desprecio. ¿Dónde ve usted el horror? La pregunta me dejó sin palabras. A él no se le había ocurrido pensar, quizá, que sus gustos rozaban lo morboso. Pero tampoco esa palabra debía de tener ningún sentido para un hombre cuya vida entera parecía haber estado dedicada a apreciar, a apreciar de una forma casi incomprensible, el lado más espantoso de nuestra especie. Se ablandó rápidamente. Se dio cuenta de mi honrado intento de atrapar el significado de sus amados objetos de arte, y eso le halagó. La verdad es que yo me estaba haciendo un poco la ingenua. Había visto otras muestras de lo grotesco en las galerías de arte del Soho. Lo feo era una de las caras modas estéticas que estaban en boga en el centro, tan aceptadas como los retratos. Pero el zoo de Torgu parecía un poco distinto. No indicaba una preocupación por el arte, para empezar, sino algo mucho más comprometido que eso. —El horror —dijo él— está en la mirada de quien lo siente, por supuesto. Pero lo comprendo, de verdad. A pesar de todo, estamos en desacuerdo sólo en la superficie. El horror es la verdad, para mí, y la verdad es belleza. Así que tenemos un mismo impulso, que se manifiesta de forma distinta. Yo no estaba de acuerdo, pero cambié de tema. —Parece estar usted muy solo con su colección aquí arriba. ¿No se cansa nunca de la soledad? —Oh, este lugar no siempre ha estado tan apartado como parece estarlo ahora. No me refiero al hotel, que es bastante reciente, sino al lugar en sí. Esta tierra fue una vez un cruce de caminos. Se encontraba a caballo de las grandes líneas de comunicación entre los mundos del este y del oeste. Recuerde, dos guerras mundiales se han luchado aquí. He visto más cuerpos tirados en cuevas de lo que pueda usted imaginar. ¿Era esto ya una confesión? ¿O era él simplemente un tipo viejo y burdo? Yo hubiera podido tirar de ese comentario, pero no quería que sospechara de mis intenciones. Para empezar, podía tratarse de una prueba. Quizá quería calcular mi interés por sus crímenes más sangrientos. Pero por otra parte, pensé, si él estaba dispuesto a ofrecer esos bocados sin que se lo pidiera en un estadio tan temprano, entonces no sería difícil de sacárselos con mayor detalle más tarde. —Hábleme de su familia —dije. —No tengo hijos. —¿Padres? Él soltó un leve gruñido, como si ese recuerdo fuera una carga. —Ellos procedían de la estepa. Mi padre era lo que más tarde se llamaría un kulak, un granjero adinerado, aunque a pesar de toda su riqueza tuvo un entierro vergonzoso. —¿Le importa si tomo notas? El primer brillo de hostilidad volvió a sus ojos. —¿Sobre mis padres? Es probable que esta entrevista sea mucho más interesante de lo que imagina. Aplacé las notas. Corté el pollo. —¿Podría decirme, de todas formas, qué quiere decir con que su padre tuvo un entierro vergonzoso? Él señaló con la punta de su cuchillo la parte más curvada de la pechuga de pollo que yo tenía en el plato. —Este es el mejor bocado, para mi gusto. —Cortó un trozo de su propio plato—. No había dinero. Como tantos de los muertos de esta parte del mundo, mi padre fue deshonrado y se vengó. Todavía se está vengando, a decir verdad. De la misma forma que soy capaz de plantear una pregunta sin pronunciar una palabra, a través de una mirada expresiva o de la más etérea de las exhalaciones, también puedo mostrar la conmoción, la sorpresa o la incredulidad con mi silencio. «Para con la mímica», me dice Robert cuando le dirijo una mirada severa. Ésa es una de sus ocurrencias favoritas. Yo no había tenido intención de resultar desdeñosa, pero Torgu se había ofendido. No había parado la mímica a tiempo. —Es muy grosero, señorita Harker, despreciar las creencias de los demás. —Pero... yo no... —Por no decir peligroso. Tomó un sorbo de vino. Cortó otra porción de su pechuga de pollo y sus dientes oscuros mordieron la carne. —Yo mismo realicé los preparativos del funeral, bajo el peso de unas deudas que no habíamos previsto. Mi madre lo había gastado todo, imagínese. Así que enterré a mi padre sin tener los recursos adecuados. Él se había ido, razonaba ella, y querría lo mejor para sus herederos. Lo enterramos sin su caballo, ni siquiera me permitió eso. La mamá parecía sensata. No podía imaginarme que nadie hubiera enterrado un cuerpo con un caballo desde hacía mil años. —Pero, para que yo lo comprenda, ¿ha dicho usted que él se vengó? ¿Después de su muerte? El vino se le derramó por la barbilla. Tembló. —Sin ninguna duda. Pensé en Clemmie Spence. Ella no hubiera tenido ningún problema con esa conversación. —¿Cómo supo usted que su padre deseaba vengarse? Si estaba muerto... Torgu dejó el tenedor y el cuchillo. Se limpió sus viejas manos con la servilleta. —Por mí mismo, querida. —¿Qué quiere decir? Dejó la servilleta. —Míreme. Verdaderamente, soy el testamento de la furia interminable de ese hombre. Noté que su dolor llenaba la habitación, como una ola, palpable como el calor. Había muy pocas probabilidades de que él repitiera lo que acababa de decirme delante de una cámara, pero me preocupaba que pudiera hacerlo. ¿Qué haríamos entonces? ¿No estaríamos obligados a mostrárselo a nuestra audiencia? En teoría, una historia acerca del poco apropiado entierro de su padre convertiría una historia normal sobre un señor del crimen en algo mucho más misterioso. Pero si esto tenía que ser un reportaje sobre el crimen organizado, esos cuentos tan macabros estarían fuera de lugar. La gente perdería el interés a causa de la confusión. No era bueno, en televisión, que ocurrieran demasiadas cosas a la vez. Pero quizá Torgu quería que yo conociera su procedencia por motivos personales. —Pero ¿eso no fue culpa de su madre? —Por supuesto. Ella es la fuente de toda infelicidad. Antes de que yo pudiera seguir con el tema, averiguar más cosas acerca de esa mujer, él cambió de tema. —¿Cuándo va usted a casarse? Yo me mostré orgullosa y le enseñé el anillo. —El próximo verano. —Felicidades. ¿Ese hombre es de su edad? —Es un poco mayor. —¿Es enérgico? No puede resistir una carcajada. —Puede decirse así. Él sonrió de verdad por primera vez. —¿Rico? —Recibirá una buena herencia. Torgu asintió con la cabeza con expresión de aprobación. —Entonces ha conquistado usted al primer dragón de esta vida. Me pregunté cuáles serían el segundo y el tercer dragón. —¿Está usted casado, señor Torgu? Él negó con la cabeza. —¿No lo ha estado nunca? Él volvió a prestar atención a la comida, mascó un rato en silencio, bebió un poco más de vino. Mi pregunta provocó otra respuesta extraña, como la de la familia. Ésta fue peor, de hecho. A medida que pasaban los segundos, pareció que sentía un pánico de vergüenza; es la única manera en que puedo expresarlo. Levantó la vista y me miró con las mejillas sonrosadas. No había nadie del servicio del hotel. Estábamos solos en un comedor que daba a unos árboles iluminados con focos y que se alejaban del pórtico. Nada se movía en el bosque. Dijo: —Hace mucho tiempo se me informó de que ciertos estados serían perjudiciales para mi salud. Las palabras fueron pronunciadas con dificultad, como si hubiera luchado por no decir una mentira. Una vez fueron dichas, permanecieron en el aire, y pareció que lamentaba haberlas pronunciado. Me miraba con una especie de silencio a la defensiva. Yo no comprendí ese comentario, pero su vergüenza pareció crecer. Un tono de disculpa parecía resonar en el aire, horriblemente fuera de contexto. Si alguna vez habéis estado en la cama con un hombre incapaz de funcionar, tendréis alguna idea de lo que digo. Yo no podía apartar la mirada de él, ni él la suya de mí, y si soy sincera, diré que una extraña carga erótica pendía en medio de ese silencio. Él deseaba contarme un profundo secreto, y eso me aterrorizaba. Al final, lancé una pregunta: —¿Una enfermedad? Él volvió a beber y se aclaró la garganta. Negó con la cabeza y clavó la vista en el espacio que había entre ambos, sobre la mesa. —Ninguna, excepto la vida misma. —Ah. Su respuesta había tenido un tono concluyente. No iba a llevar el tema más allá. Todas las alarmas deberían haberse apagado, y algunas lo hicieron, pero fueron las alarmas equivocadas. Torgu no debía decir algo así en la entrevista con Austen, pensé. Si mencionara su enfermedad, fuera la que fuese, eso lo volvería ridículo al instante, y si él resultaba ridículo, no tendría ninguna credibilidad. No resultaría creíble al afirmar que él era el jefe del crimen organizado en Europa del Este, ni al hablar de su experiencia en los campos de concentración. Yo todavía no podía soportar la idea de que debía ser yo quien hiciera ese juicio, mucho antes de que Austen lo hiciera; la idea de que esa entrevista estaba muerta mucho antes de que una cámara se pusiera en funcionamiento. Mis jefes se sentirían gravemente decepcionados. Pensé en el comentario de Torgu. Probablemente sufría una disfunción sexual común, una impotencia, quizá, magnificada por su orgullo y su soledad hasta convertirse en una condición mucho más severa. Y a pesar de todo era una cosa tan extraña de admitir, una revelación tan inútil, un detalle tan completamente incómodo, que imaginé que debía de ser sincero. Quería confirmar mis sospechas. —Eso es muy desafortunado —conseguí decir finalmente—. Cuando dice usted «ciertos estados», quiere decir... Él me dirigió una mirada que me desafiaba con una energía nueva, pero también había un rasgo de algo más en ella: un brillo dolorido, me pareció. —No deseo hablar de eso ni ahora ni nunca más. Le pido que olvide el asunto. No sé por qué he contestado. A veces es usted desagradablemente convincente. ¿Qué más podía decir yo? Él me miró con firmeza y esperó la siguiente pregunta. Abatida, transigí. —¿Tiene usted alguna ayuda aquí arriba? Alguien debe de haber preparado esta excelente cena. Él me agradeció el cumplido y me dirigió una segunda sonrisa amable. Me sentí aliviada. —Los hermanos Vourkulaki llevan este hotel. —¿Es un hotel en funcionamiento? Torgu se encogió de hombros, como si no pillara el tema de la pregunta. —Parece un nombre griego, Vourkulaki. Eso le hizo sonreír. —Muy bien. Por supuesto que es griego. Son unos griegos de cuna humilde, debo decir. Se mezclaron con los turcos hace mucho tiempo y no son del tipo de alta alcurnia. En este país, los griegos de alta alcurnia dirigieron el gobierno durante un siglo. Fanariotas, los llama la gente aquí. Eran unos aristócratas ricos del Imperio Otomano. Pero los hermanos Vourkulaki son unos insignificantes y sucios isleños que vienen de Santorini. ¿Le suena? —Oh, dios mío, sí me suena, sí. Allí es a donde Robert quiere ir de luna de miel. ¿Es bonita? También estamos pensando en Vietnam. Pero yo soy un poco griega, por parte de mi madre, así que probablemente iremos al Egeo. Torgu pareció contrariado. Hizo una pausa y los labios le temblaron de una manera curiosa. —A juzgar por los hermanos Vourkulaki, no es un lugar romántico. —Se limpió la boca con la servilleta. La amplia frente se le arrugó—. Esto es lo que le voy a decir de los hermanos Vourkulaki: si ve a un hombre guapo y joven de pelo oscuro que se dirige hacia usted por algún pasillo de este edificio, debe alejarse de él. Evite su compañía... Los hermanos están enfermos... están enfermos de algo de lo que toda la civilización griega, y perdóneme, está enferma. Sufren incapacidad de apartarse de ciertas cosas que los demás evitarían a toda costa. Intenté fingir que estábamos hablando de lo mismo. —Los hombres griegos tienen fama de ser demasiado directos... —Sí. Eso es exactamente. Los hermanos Vourkulaki son muy directos. Pero no se les permite estar en las tres plantas de arriba, y ellos lo saben, así que mientras permanezca usted allí, no tiene nada que temer. Se puso en pie. —Discúlpeme —dijo—. Es tarde, estoy agotado. Si ha terminado, la acompañaré a su planta. —Mi propia planta. Por dios. No hubo café, ni postre. Nos pusimos en pie. Le di las gracias otra vez por la comida y él hizo una reverencia como si yo fuera una princesa. DiezÉl cogió mi maleta y me condujo más allá de la habitación que contenía su colección de artefactos rotos. Tropecé, estuve a punto de caer por un desnivel de tres escalones y recuperé el equilibrio justo delante de un artilugio que parecía ser un ascensor en movimiento. Nunca había visto algo así antes. En lugar de una única cabina que se abría al apretar un botón, este ascensor no tenía puertas y estaba compuesto por dos cabinas, que se movían constantemente. A la izquierda las cabinas subían. A la derecha, bajaban. Llevaban un ritmo constante, silencioso, y había que saltar a una de ellas en cuanto ésta quedaba al mismo nivel del piso o la oportunidad había pasado. Era un tanto irritante, y dudé. Él me empujó y subimos. Él llamaba a esa cosa un paternoster y, con orgullo, me contó que el hotel había sido diseñado y construido por ingenieros de la Alemania del Este antes de que las normas globales de seguridad pudieran interferir. —Los tullidos no pueden usarlo —dijo Torgu con satisfacción—. Carecen de la mínima agilidad. Nuestra cabina subió con rapidez y, dado que no tenía puertas, entreví algo de los pisos prohibidos, los pisos por donde era evidente que los hermanos Vourkulaki deambulaban. La luz del paternoster iluminaba los pasillos durante un instante; parecían los de cualquier otro hotel barato pero eran más sombríos. En uno o dos de los pisos había unas puertas abiertas, como si el servicio de limpieza hubiera estado trabajando, a pesar de que no había carritos, ni cubos ni fregonas, nada que sugiriera que se hacía ese tipo de trabajo. Un olor a podredumbre había inundado esos espacios. El moho se había instalado en la estructura, y también otro hedor, el de podredumbre, por la presencia de insectos muertos dentro de las paredes, se había infiltrado. No le pregunté si los tres pisos superiores tenían calefacción o luz. La comida había sido exquisita, y él se había mostrado de lo más agradable. Necesitaba algo de mí, eso estaba claro; necesitaba una cámara. Hasta que la obtuviera, me trataría bien. —Casi hemos llegado —dijo en tono casi inaudible—. Estos son los peores pisos, los últimos antes del ático. Una desgracia. Vi a qué se refería. Al llegar al nivel de uno de los pisos, percibí un ligero olor a plástico y a madera chamuscados. Debía de haberse producido un incendio. La luz del paternoster mostró unas paredes ennegrecidas. El artilugio pareció aminorar la velocidad y sentí que se me alteraban los nervios. Me pareció ver que algo se movía, como una espiral de humo, o como la cola de un animal grande, o una mano que saludara justo en el umbral de lo que mi vista abarcaba. Pareció proceder del interior de una habitación que no tenía puerta. Debía de estar a unos veinte metros, pero la luz del paternoster no era lo suficientemente fuerte para destacarlo de entre las sombras. —¿Ha visto eso? Torgu chasqueó la lengua, como para hacerme callar. El último piso incendiado quedó atrás. —Por favor, salga. —Me empujó ligeramente fuera del paternoster—. Disfrutaremos de las escaleras a partir de aquí. El suelo bajo mis pies parecía sólido. El hedor a moho y a fuego había desaparecido. Consideré la posibilidad de que ese añadido se hubiera construido después de la conflagración, encima de ella, como una ciudad nueva construida encima de una vieja. Torgu subió aprisa los escalones delante de mí y me sorprendió su repentina agilidad. Colocó una mano en el pomo de una puerta y miró hacia atrás. —Voy a inspeccionar —me dijo—. El servicio puede ser esporádico. Abrió la puerta y metió la cabeza dentro. Una cálida luz amarilla se derramó por las escaleras. —Perfecto —dijo, y me hizo entrar rápidamente con la maleta. Yo esperaba encontrarme en un pasillo, pero el suelo se extendía en una única y amplia superficie, como la de una sala, dividida por piezas de pesado mobiliario, aparadores, un gran piano, sofás, divanes, unas cuantas camas. Una serie de alfombras de pelo largo y de brocado oriental cubrían el suelo. Eran de seda tejida a mano, se veía a primera vista. Velas encendidas titilaban aquí y allá. Unas lámparas unidas a unos gruesos alargadores se extendían por encima de las alfombras hasta unas cavidades en las paredes. Vi una barra llena de coloridas botellas de whisky, vodka y otros licores, varios armarios y un tocador con un amplio espejo redondo y dibujos art nouveau. Esas piezas podían haber pertenecido a Torgu, pero no parecían reflejar ningún gusto en particular, excepto el de rebuscar en las tiendas de antigüedades. Oí el zumbido de unos calefactores, unidos también a unos alargadores, y vi su brillo anaranjado, como unos pequeños fuegos. Me pregunté si habría la potencia eléctrica suficiente para encender mi secador y supe cuál era la respuesta. No la había. Mi pelo volvería a estar endiabladamente encrespado. Por todas partes, en todas las paredes, brillaban los reflejos de las velas y las lámparas, y los muebles, de superficies brillantes, eran casi como agua. —Es precioso, señor Torgu. Él asintió. —Existen normas en este lugar, señorita Harker. Ya conoce una de ellas. —Mantenerse lejos de los griegos. —Le hice un saludo militar con la mirada baja. —Sí. Y eso significa que usted no tiene nada que hacer en los pisos que se encuentran entre éste y la planta baja. ¿Sí? —De acuerdo. —Soy un hombre de negocios que tiene asuntos por toda la provincia y no volveré hasta mañana, un poco tarde. Cenaremos otra vez y, si lo desea, puede traer su cámara. Le corregí. —No tan deprisa. No es así como trabajamos. Las cámaras vendrán en la próxima visita. Sus labios dibujaron una mueca de consternación. —Pero ¿no haremos una prueba de cámara? —No estamos haciendo una película de Hollywood, señor Torgu. Se dio la vuelta. Su vanidad pareció haber sido herida. —No importa. Vendré a buscarla mañana por la noche para cenar otra vez. Quise dejarme caer en la cama. Había sido un día horroroso. Pero me quedé de pie allí, bostezando, esperando a que se fuera. Él miró hacia atrás, y yo tuve la impresión, muy breve, de que había un interés sexual. Recordé su enfermedad sin nombre y me pregunté si no habría sido un equivocado intento de seducción, la caprichosa noción de un viejo de lo que podía atraer a una mujer norteamericana. Me pareció una especulación absurda y la impresión no duró. Por el contrario, la última mirada que me dirigió pareció echarle de la habitación. Pero cuando llegó a la puerta, Torgu se detuvo, colocó una mano en el marco de la puerta y miró hacia atrás otra vez. —Una última cosa. Yo crucé los brazos, enderecé la postura y presté atención a su última advertencia con esfuerzo. —La puerta está cerrada por una razón. Cuando esté dispuesto a verla, vendré a buscarla. Yo tengo la única llave. Esa fue la última estrambótica revelación. Yo estaba demasiado cansada para objetar nada. En cuanto desapareció, marqué el número de Robert en mi teléfono. El aparato buscó línea, intentó conectar una o dos veces, pero no fue posible. Apreté los botones una docena de veces o incluso más, sin suerte. Giré el pomo de la puerta y llamé a Torgu, pero nadie contestó, ni ese hombre ni sus, en teoría, malignos griegos. Volví a la cama, marqué unas cuantas veces más y me quedé dormida con el teléfono en la mano. OnceCuando me desperté a la mañana siguiente, el café humeaba en la mesa al lado de una cesta con panes y un tarro de miel. El sol me deslumbraba y me di cuenta de que las paredes no eran otra cosa que unos grandes ventanales, vidrio tras vidrio, por todos los lados de la habitación. Caminé por el perímetro de la misma mientras mordisqueaba el pan con miel, observando en todas direcciones una grandiosa vista de montañas cubiertas de pinos al sur, al este y al oeste, hasta donde alcanzaba la vista. La plana llanura de Transilvania se extendía en dirección norte. A ese lado de las vistas, a diferencia del flanco sur, que se elevaba a medida que se alejaba de las llanuras, las montañas se levantaban directamente desde el suelo del valle y alcanzaban miles de metros de altura. Me hicieron pensar en unas olas congeladas que se hubieran retirado de la playa y se hubieran detenido al dibujar la cresta. Yo pendía de una de esas crestas, como un halcón en la cima de una montaña, y miraba hacia lo lejos. Los valles también debían de ser altos, la misma tierra de Transilvania debía de ser una enorme montaña de corazón plano. Después de explorar un poco, volví a probar con el teléfono. Golpeé la puerta. Dormí. Mi segunda cena con Torgu empezó en silencio. Yo estaba furiosa. Una cámara, que no era como la que utilizaba nuestro equipo, sino más vieja y más voluminosa, se encontraba al lado de la mesa como si fuera un sirviente. En una mesa adyacente vi una primitiva mesa de sonido. «Arrogancia de gánster», pensé. La comida no ayudó; costillas de cerdo encima de una papilla de harina de maíz, una visión desagradable, como un peñasco de cartílago encima de arena húmeda. Mi agitación profesional aumentó mientras cenábamos, a medida que el silencio se hacía más denso. No me gustaba sentirme presionada. No era cosa suya proporcionar el equipo técnico, como no hubiera sido cosa mía haberle aconsejado dónde abrir el próximo casino. Además, opuse reparos a ser encerrada en una habitación, por importante que fuera su necesidad de seguridad. Pensé que él dudaba de mis credenciales y que temía que yo tuviera intención de dañarle de alguna forma, en cuyo caso para él era sensato, de una sensatez retorcida, encerrarme. Pero eso no me reconciliaba con la situación. Más que nada, yo quería tener línea de teléfono móvil. Si podía hablar con Robert, o con alguien, me sentiría bien. Tuve que decirlo. —¿Mañana me llevará a algún lugar donde pueda tener una cobertura decente para el móvil, por favor? Necesito llamar a casa. —Le dije una rápida mentira—. Mi padre está en el hospital esperando una operación. Estaba. Él gruñó con gesto de dudosa compasión. —Pero llegamos al acuerdo de que sería una negociación en secreto hasta que ambas partes estuvieran satisfechas. —Estoy hablando de una llamada personal, señor Torgu. Sus ojos ardieron con cierto resentimiento. Se limpió los labios con una servilleta. —Pero sus seres queridos podrían contactar con sus colegas profesionales y ofrecer alguna información que pudiera ser perjudicial para mi bienestar, ¿no? —Lo dudo. ¿Puede, por favor, ser razonable? Él cambió de táctica. —No sé nada de esas nuevas tecnologías. Yo miré hacia el milagro tecnológico que era la cámara y le miré a él, que diseccionaba su trozo de carne. Masticó. Yo señalé la cámara. —¿Por casualidad eso le pertenece? Él dejó sus herramientas encima de la mesa con un golpe seco. Suspiró, dirigió la mirada hacia mí con alguna intención, como si hubiera llegado a algún tipo de conclusión. —Eso es cosa del señor Olestru. Él me ha informado de que funciona. Creí que la podría ayudar en su trabajo. Olestru, el mismo que había desaparecido con algún periodista noruego, el mismo que me había atraído a este lío para empezar y que, probablemente, no existía. Dejé la servilleta encima de la mesa, al lado de mi plato. —Me gustaría tener una charla con él. Torgu me miró con una frialdad que iba en aumento. —No está disponible. —¡Por supuesto que no está disponible! —estallé—. ¡No es real! Inmediatamente lamenté ese arrebato de ira, no por él, sino por mí misma. Me daba cuenta que empezaba a caer en la desesperación. —Por supuesto que es real. Me dio lo que quería en cuanto se lo pedí. —Dio una palmada y yo di un respingo en la silla. Empecé a sentir el pulso latiéndome en las orejas—. Esta cámara. —Está obsoleta —tartamudeé. —Las espadas son obsoletas —repuso él—. Y funcionan. ¿Era eso una amenaza? No lo pregunté. Apreté las manos sobre el regazo y le miré directamente a los ojos. —Creo que debo ser sincera, señor Torgu. Usted no es un personaje adecuado para mi programa. Él me dirigió una sonrisa horriblemente antipática. —¿Puedo preguntarle el motivo? Sentí que las mejillas se me encendían. Se me tensaron los músculos de los brazos y del pecho. Despacio, pero sin tregua, el pelo me había ido cayendo sobre el rostro. Me aparté unos rizos de los ojos. Tomé un sorbo de vino para tapar la creciente agitación que sentía. A partir de ahí había varias opciones, algunas de ellas extremadamente femeninas. Conozco a algunas colegas que hubieran llorado, como último recurso, para conseguir lo que querían. Sé de una mujer, una periodista de prensa escrita, que preparó un plato de galletas para todo un grupo de mujeres, unas profesoras de guardería de la Alemania del Este, y luego se deshizo en lágrimas adrede al darse cuenta de que las galletas no habían funcionado. Consiguió tener acceso a sus archivos. Otras utilizan el escote, o la seducción directa, o el chantaje emocional. Yo tengo tendencia a mostrarme desagradable. —Nuestro programa ha funcionado durante tres décadas, señor Torgu. Tenemos un sexto sentido para nuestras historias... qué funcionará y qué no funcionará. Él se burló de mí. —Tres décadas. Vaya, vaya. Cuánto tiempo. Volvió a centrarse en su comida. Sus manos enormes agarraban unos cubiertos de plata que debían de haber sido fabricados a medida: un tenedor de tres púas y un gran cuchillo con sierra adaptados a sus necesidades. Cubiertos de plata es una mala definición: el metal tenía un tono oscuro, de alguna forma, oxidado. El cuchillo, en especial, parecía antiguo. Nunca había visto un utensilio de mesa como ése, nunca había visto a ningún ser humano utilizar una cosa así para comer. Incapaz de apartar la mirada, seguí el proceso de ingesta, desde el cuchillo al tenedor y a los dedos, que se enroscaban alrededor de los cubiertos como una vid. Torgu tragó, y yo pensé, mirándole, que parecía ligeramente más joven que antes, la frente se le veía menos arrugada, el pelo plateado tenía unas mechas negras. Pero los dientes, que no me habían parecido tan negros hacia el final de la noche anterior, ahora brillaban como si hubieran sido pintados con una capa nueva de negrura. Me obligué a acallar mi alarma. Me comportaría como una arpía. Se lo sacaría todo. —Usted se define como un hombre de negocios. ¿Qué negocios, exactamente, ha emprendido hoy? Él no respondió. —¿Dónde nació? Él continuó en silencio, comiendo y comiendo. —¿Cuánto tiempo estuvo usted encarcelado por el gobierno? —Cuarenta años. Eso me pareció una mentira; en el mejor de los casos, una exageración. Parecía demasiado joven y, además, si había estado tanto tiempo en prisión, ¿cómo había tenido tiempo de convertirse en el jefe de una expansiva empresa criminal? A no ser, por supuesto, que ésa fuera una mentira aún más grande. —Descríbame su trabajo. ¿Vende usted armamento? ¿Roba petroleros? ¿Blanquea dinero para los terroristas? ¿Trabaja, en realidad, para algún gobierno? Detrás de él, una luz ocre inundaba el bosque. Me pareció ver el parachoques frontal de su Porsche, un trozo de metal brillante entre las columnas de dos pinos. ¿Cuánto tiempo necesitaría para llegar hasta allí? ¿Estaba cerrado? ¿Y dónde estaban las llaves? Me dirigió una mirada que me hizo comprender el error que había cometido al haber ido allí. Ese hombre nunca me daría una respuesta que yo pudiera utilizar en televisión. —Antes de que me vaya —dije de repente—, ¿admitirá usted, por lo menos, que lleva a cabo una actividad criminal? —Si quebranto la ley. ¿Sí? —Yo meneé la cabeza. Quería echar sal sobre mis heridas. Se repitió—: Por favor, señorita Harker. Un criminal es alguien que quebranta la ley. ¿Podemos estar de acuerdo en ese punto? Yo me negué a seguirle el juego, y su ánimo cambió al extremo opuesto. Sus palabras adoptaron un tono de agravio personal. —Sí, he quebrantado la ley. Pero ¿cómo llama usted a una persona que rompe una promesa? Mi bolso estaba en el suelo, al lado de una de las patas de mi silla. Alargué la mano para coger la tira sin bajar el cuerpo, pero no pude tocarlo con los dedos. Le contesté. —Un mentiroso. —¿Y a quien rompe un cuello? —Si es el suyo propio, un imbécil. —Fingí un estornudo, me doblegué hacia delante, agarré el bolso y me lo coloqué en el regazo—. Si es el de otra persona, un asesino. —Un imbécil. —Le gustó eso. Me dirigió una de sus más desagradables sonrisas de dientes brillantes—. ¿Y cómo llamaría a alguien que falsea el tiempo? Miré hacia la izquierda, tomando nota del lugar exacto de la entrada del vestíbulo. Coloqué la servilleta encima del cuchillo con la idea de meterlo en el bolso. —No le sigo. De su garganta surgió un sonido rasposo que podría haber sido causado por la risa. Dejó caer la mano izquierda encima de su cuchillo. —¿Un productor de televisión no falsea el tiempo? ¿No lo divide en trocitos muy pequeños? ¿No es usted una criminal también? ¿De una clase distinta? —No es usted gracioso en absoluto —le dije. Él persistió en ese tonto intento humorístico. —Pero ¿no estaría de acuerdo en que falsear el tiempo es un crimen mucho mayor que quebrantar la ley? Después de todo, las leyes cambian de cultura en cultura. Pero el tiempo es el mismo en todas partes. —Está usted haciéndome perder el mío. —Gracias, querida mía. Sí, exactamente. Y yo confiaré en una criminal devota como usted para que dirija esta entrevista mucho más de lo que confiaría en un ciudadano honrado. ¿Más vino? Nuestra conversación había vuelto a adoptar una falsa civilidad. Él se ocupó de descorchar otra botella. —Me ha convencido usted, señorita Harker. He decidido hacer la entrevista. ¿Qué le parece? Fue como si la conversación anterior nunca hubiera tenido lugar, como si yo no le hubiera dicho que habíamos terminado. Volvió a llenar las copas. —Hablemos primero sobre la localización. ¿Dónde realizaremos la entrevista? Yo propongo la ciudad de Nueva York. Chez vous. Yo estaba demasiado sorprendida ante la absurdidad de la idea de seguir el juego. —Debe de estar bromeando. No lo estaba. Incluso en circunstancias normales, yo hubiera rechazado la idea pero hubiera sido más diplomática. Hubiera explicado que resultaba casi imposible conseguir el visado estadounidense para alguien como él, un criminal buscado. Hubiera aducido la falta de una seguridad adecuada. Hubiera subrayado la importancia temática que tenía para nuestro programa el mantener al jefe del crimen organizado de Europa del Este en sus propios dominios. Finalmente, hubiera cedido y hubiera dicho que ya hablaríamos de esa posibilidad. Pero no servía de nada. Él no me dio la oportunidad de enumerar las objeciones. No le importaban. —Yo me ocuparé de la mayoría de preparativos —continuó—, pero debe usted hacer dos cosas por mí. Deberá firmar con su nombre mi solicitud de visado. —Ni hablar. De la silla, a su derecha, sacó un gran sobre cuadrado repleto de papeles. Rebuscó entre ellos, buscando algo en especial. Vi el sello estadounidense en un documento del consulado. —Debemos acordar las fechas, y estoy impaciente por llegar a América antes de que acabe el año. Incapaz de hablar, le observé y comprendí. Quería que le ayudara a salir de Rumania y llegar a Estados Unidos. Me había embaucado. Una vez yo hubiera firmado los papeles, él ya no me necesitaría, y entonces, ¿qué? La garganta se me secó. Él depositó los papeles encima de la mesa: billetes de avión, itinerarios, un pasaporte. —Exijo que se me lleve de vuelta a Brasov inmediatamente —dije. —Por supuesto, necesito que se quede aquí conmigo hasta que me marche, en calidad de consejera. —Sacó una postal del sobre, una fotografía banal y mala de una montaña verde—. Necesitaré sus direcciones de correo electrónico, contraseña y número de cuenta, naturalmente, para que podamos establecer una correspondencia entre mi lugar de trabajo y su actividad. Y por favor, por fin, mande esta postal a su lugar de trabajo, y ésta... —sacó otra postal del sobre que mostraba unas profundidades interminables— a su amado. Tenía intención de hacerme daño. —No haré nada de eso. Bájeme en coche de estas montañas, señor. —Quizás uno de los hermanos Vourkulaki pueda hacerlo —dijo él. Dirigí la mirada hacia el paternoster y él lo vio—. Creo que tienen permiso de conducir. Todo cambió en ese instante. Una realidad se convirtió en otra. En la vida, así es como sucede. Un cambio terrible y hermoso nos alcanza al final de su largo viaje desde una distancia inimaginable. En un instante nos damos cuenta de que un nuevo estado de la situación se ha ido formando a nuestro alrededor, se ha ido levantando como una casa nueva por encima de nuestra cabeza... y de repente, las paredes contactan con el techo y ahí está: el cielo ha desaparecido. Me incliné hacia delante y coloqué las dos manos encima de la mesa; sentí náuseas. —Voy a encender los aparatos de grabación ahora —dijo. Vino a mi lado de la mesa y colocó las postales al lado de la cubertería—. Usted me da su información ahora. Miré mis dedos encima de la mesa. Fijé la vista en el diamante que se encontraba en mi dedo anular izquierdo y una verdadera dureza, de una naturaleza terrible, de diamante, me golpeó en ese momento. Había emergido del fuego desde la blanda tierra; se había congelado formando mi destino. Y mi destino se encontraba allí. Torgu se cernió por encima de mí. Olía a vino, a cerdo y a cosas más lejanas: un hedor agrio de ropa sucia, del fuego apagado hacía tiempo en los pisos superiores y de algo incluso más lejano, más definitivo, un hedor a podredumbre que me imaginé que procedía de la destrucción de otros seres humanos. No iba a firmar los papeles ni a escribir las postales, pero le di la información del correo electrónico. No sabía de qué forma iba a utilizarla, pero en ese momento me pareció una preocupación secundaria. Con un lápiz y un trozo de papel que se sacó del abrigo, Torgu garabateó los detalles. Dirigió la atención a la cámara. Se entretuvo con el equipo, sacando el tapón de la lente, volviéndolo a colocar, deslizando las manos arriba y abajo de las patas del trípode, jugando con la máquina, como si sus patas tuvieran alguna clave. Me pareció que no tenía ni la más mínima idea de lo que hacía. Me había atraído hasta Transilvania en parte a causa de este conocimiento y, probablemente, en esos momentos estaba pensando cómo conseguir que le echara una mano. Pero sabía muy poco. —Déjeme que le ayude —dije. Él consideró mi oferta, sin dejar de mirarme, y yo noté una mezcla de interés y de preocupación. Los ojos le brillaban con fuerza entre los párpados entrecerrados. Él debía de saber que yo haría cualquier cosa para ganar tiempo además de su favor. —Si me permite —le dije. Al igual que la mayoría de productores asociados, yo no tenía ni idea de cámaras. Siempre dejamos eso a los miembros del equipo técnico. Pero sabía más que él. —¿Por qué no me dice exactamente qué es lo que quiere conseguir? —Simplemente desearía colocar la cámara —respondió él. Entonces dudó, y en su rostro apareció, visible, el engaño. —¿Y? Me explicó que quería mirar directamente a cámara y hablar durante, aproximadamente, una hora. Le gustaría sentarse en una silla que había elegido. La silla se colocaría contra la pared. Una vez yo hubiera instalado el equipo y encendido la cámara, quería que yo me sentara a su lado. —¿Desea que aparezca en la grabación? —No. Asentí a todo. Me miró con expresión calculadora, pero pareció aliviado de aceptar mi juicio profesional. —Siéntese —le dije— y comprobaré la iluminación y el sonido. Él volvió a la mesa y cogió el cuchillo. Se me quedó mirando, pero yo me puse a inspeccionar la mirilla de la cámara como si no me hubiera dado cuenta. Puse las manos alrededor de la base del trípode y le di un rápido tirón hacia arriba, moviéndola un poco hacia la izquierda y colocando el encuadre para obtener una mejor imagen. El equipo no era tan pesado. Torgu arrastró la silla hasta la pared y se sentó. Dejé la cámara y fui hasta la mesa de sonido. En el trayecto agarré el bolso y lo dejé al lado del equipo de audio. Miré debajo de la mesa. La mesa de sonido estaba conectada a un cable de extensión que corría por el suelo hasta un enchufe de pared que había cerca. Activé todas las palancas y una serie de luces verdes se encendieron. —¿Lleva puesto el micro para el sonido? —pregunté. Torgu me miró con perplejidad. Verdaderamente no tenía ni idea de nada de eso. —¿Micrófono? ¿No? Quizás esté en la cámara. Volví hasta la cámara y la levanté otra vez, acercándola un poco más al hombre mientras buscaba el audio. Lo encontré; al menos ponía eso en uno de los botones. —Esto tiene sonido —le dije—, pero si tuviéramos un micro sería más seguro, por si el audio de la cámara se raja. «Jesús —pensé—, hablo como los de verdad.» Volví a la mesa de sonido. Vi unas conexiones para micros. —Hay más aparatos —dijo Torgu—. Allí. Hizo un gesto en dirección a una silla que estaba ante otra mesa. Yo fui a mirar mirándole de reojo. En el asiento había una maleta de metal gris, de las que utilizan los equipos de televisión desde un extremo del planeta a otro. Vi un nombre y una dirección escritos en tinta negra en una esquina de la tapa: Andras algo, de una calle de Oslo. Apreté dos botones y la maleta se abrió. Dentro había micrófonos de distintos tamaños, un trozo de cable, una batería de repuesto, condones, bolsas de cacahuetes y cigarrillos. Mirando hacia atrás, me metí una bolsa de cacahuetes en los pantalones. Tomé el trozo de cable y el micro más pequeño, conecté el micro en la mesa de sonido y lo llevé hasta los pies de la silla de Torgu. Debajo de la silla y ligeramente oculto detrás de sus pies, vi algo que no estaba allí antes: un pequeño cubo como los que se encuentran en los hoteles para las máquinas de hielo, nada extraño si no fuera que no había visto ninguna máquina de hielo en ese hotel. Vi el mango de madera del cuchillo que sobresalía del cubo. Le miré. —Retiraré lo que queda en la mesa más tarde —dijo. Volví a la mesa de sonido, conecté un extremo del cable allí y el otro a la cámara, mientras sentía el pulso latiéndome en las sienes. Le pedí a Torgu que dijera algo. El masculló unas cuantas palabras ininteligibles, algo que tenía muchas vocales. No pude encontrar el monitor de audio, pero no importaba. Siseó unas cuantas palabras más y yo levanté el pulgar. —Perfecto —dije. —¿Podemos empezar, por favor? Levanté las manos. —Deme un par de segundos para colocar la cámara en posición. Quiero que esto funcione bien. Parecía impaciente. Tenía una mano colgando a un lado de la silla y jugueteaba con el mango del cuchillo que se encontraba en el cubo, rascando el borde del mismo con la hoja. Yo respiré profundamente. Levanté el trípode otra vez y lo acerqué un poco a él. Me arrodillé y miré por el visor. Se veía la silla y el cubo, pero no había ninguna señal del hombre. Llegué a la conclusión de que ya debía de haber una cinta en la cámara, y de que estaba viendo una imagen que había sido grabada con anterioridad, una imagen de prueba, quizá. No tenía tiempo de comprobarlo, y no importaba. —Otra cosa más —dije. Torgu entrecerró los ojos. Dejó el cuchillo y cruzó los brazos. —Necesito que aguante en alto algo blanco, como un trozo de tela o un trozo de papel —dije, improvisando un trozo de realización de programa de televisión que había visto pero que nunca había acabado de entender—, para que pueda medir la luz blanca y asegurarme de que la cámara está sincronizada con la iluminación de la habitación. ¿Puede hacerlo? Me pareció que Torgu emitía un gruñido negativo, pero se puso en pie, fue hasta la mesa y tomó una servilleta. —¿Servirá esto? —Bingo. —¿Y ahora qué? —Siéntese y aguántelo en alto. Hizo lo que le dije, pero no era suficiente. —Desdóblelo del todo, señor Torgu, y aguántelo delante de la cara. Suspiró. —¿Puedo preguntarle por qué? —Porque es ahí donde la lente de la cámara va a enfocar, y si la iluminación está mal, nadie le va a ver. Él dudó, me di cuenta. Quiso decir algo, pero lo pensó mejor. Levantó la servilleta por delante de sus ojos y la desplegó completamente. —¿Así? —preguntó —Justo ahí —dije yo. Desconecté el trozo de cable que conectaba la cámara con la mesa de sonido. Junté las tres patas del trípode en una única pata. Sujeté la cámara por los pies del trípode. Conté hacia atrás mentalmente, como si fuera un mantra tranquilizador. Tres, dos, uno. —Ya casi está —dije. Lancé el trípode. Lo lancé como si fuera un garrote y le golpeé en la cabeza. El equipo crujió contra el cráneo, pero no quise mirar. Solté el trípode, tomé mi bolso de la mesa y salí corriendo hacia el vestíbulo del hotel. Tropecé con el cable que había conectado la cámara con la mesa de sonido y caí al suelo, rodando, pero volví a ponerme en pie y me apresuré hacia la salida. No me importaba lo que pudiera haber fuera. Llegué a las puertas de cristal del hotel y agarré los tiradores, sabiendo que debían de estar cerradas. Se abrieron y tropecé hacia atrás por la conmoción. El aire frío de la montaña me golpeó, un delirio de pinos y de noche. Bajé corriendo las escaleras, crucé la entrada y el pórtico del hotel y llegué al laberinto de árboles iluminados de ocre. El generador tosió dentro de la casucha, a mi lado. No tenía ningún plan. No había tiempo. Pensé en el pueblo y en la iglesia en el prado. Había luz debajo de la puerta de la iglesia. La carretera no podía estar a más de noventa metros hacia delante. Algo crujió en los matorrales a mis espaldas. Un tronco cayó del montón de leña. Vi un rostro pálido y aterrorizado, el mío, reflejado en el cristal. El generador volvió a emitir un ruido. Las luces se apagaron y se hizo la oscuridad. Salí corriendo y di de rodillas contra la corteza de un árbol. Trastabillé hacia atrás y caí al suelo. Más adelante, en la noche, unos ojos amarillos parpadearon. Los aullidos de los animales volaban con el viento. Vi las estrellas muy altas y deseé ser una de esas amas de casa de las afueras de New Jersey que no han hecho otra cosa en toda su vida que preparar el hogar para un rico hombre de negocios y para sus protegidos hijos. DoceRobert, mi amor, no hay mucho tiempo. Ésta será mi última comunicación, a no ser que, por algún azar, sobreviva. Si no sobrevivo, rezo para que alguien encuentre estas notas y pueda comprender mi extraordinario viaje. He intentado dejar constancia de todo tal y como ha sucedido, con gran detalle, para que no pueda haber ninguna duda de mi veracidad. Debo apresurarme o el sol va a bajar y tendré que ocuparme de esta amenaza en la oscuridad. Ni siquiera sé por qué estoy aquí todavía. En estos momentos estaría muerta si no hubiera sido por la única debilidad de Torgu. Tiene algún plan en Nueva York, eso está claro. Es una especie de terrorista; pero su terror es extraño. Es como un virus, y yo lo tengo; él me lo ha pasado. Se hace más evidente cuando me quedo quieta y cierro los ojos. Él ha puesto alguna cosa terrible dentro de mí. Pero déjame que intente recomponer todo esto. Al día siguiente de mi intento de huida, me desperté en una cama de una habitación en mi planta del hotel. Alguien, probablemente Torgu, me había dejado el desayuno habitual; yo devoré la mitad del pan y me bebí todo el café. En una peculiar muestra de solicitud hacia una mujer que le había agredido, me había dejado el bolso en la mesilla de noche, al lado de la mesa. Miré dentro. El monedero con el pasaporte y el dinero continuaban allí, y también el inútil teléfono móvil. ¿Por qué? No tenía importancia. Por lo que me pareció, yo no había sido agredida físicamente. Todavía llevaba puesta la ropa de la noche anterior. Encontré la bolsa de cacahuetes de la maleta de las cámaras. Metí los cacahuetes en el bolso para consumirlos más tarde y comprobé mi equipaje. Para mi disgusto, ya me lo había puesto todo, y en algunos casos más de una vez. Incluso en situaciones extremas soy un poco obsesiva con este tema. Detesto llevar la ropa interior sucia, por encima de casi cualquier otra cosa. Me hace sentir dejada, deprimida. La ropa interior sucia es como el primer paso en un proceso que, una vez ha empezado, no pude detenerse. Revolví la ropa buscando el último par de piezas de ropa interior menos usadas, un sujetador negro que me había puesto tres veces y unas bragas de poliéster rosa que tenían unos hilos sueltos en una de las costuras. Un conjunto horrible, pero lo mejor de entre esos restos. Me puse un pantalón de chándal y un suéter caliente, metí unas cuantas cosas en el bolso, entre ellas el mendrugo de pan y el crucifijo de Clemmie, e intenté abrir la puerta. Estaba cerrada, tal y como esperaba, pero por un momento sentí pánico y la golpeé. Grité. Luego volví a golpearla y me di cuenta de que estaba hecha de un material delgado y que podría derribarla con una dosis de la misma adrenalina que me permitió lanzar la cámara contra Torgu. Pero eso no había funcionado muy bien. Llevé a cabo un registro del resto del piso. El bar repleto de alcohol me llamó la atención. Me sentí fuertemente tentada por una botella de Jameson. Si todo lo demás fallaba, podía sentarme sobre una elegante alfombra otomana y acunar mi desesperación con alcohol. Pero no llegué tan lejos. Me dolían las rodillas a causa del golpe con la corteza del árbol. Adiviné que mi vida no valía nada y una sensación de vértigo me llenó el corazón; por primera vez había descubierto la verdadera naturaleza de las cosas. Supe que podía morir muy pronto, y supe que no quería morir y que iba a luchar para sobrevivir. Destapé la botella de Jameson. Debía de hacer bastante tiempo que se encontraba allí, pero olía bien. Posiblemente había pertenecido a otro de los invitados de Torgu, pensé, e hice un brindis mentalmente para esa persona perdida. El sol atravesaba las ventanas del ático con un resplandor de plata. Con la botella en la mano caminé a lo largo del perímetro de la habitación y miré por las ventanas hacia abajo, hacia el bosque de pinos. Me di cuenta del momento en que llegué al extremo norte porque las montañas pobladas de pinos caían a lo lejos y se veían las llanuras de Transilvania, una bruma de un gris verdoso. Solamente una de las esquinas de la habitación no tenía ventanas, y no la había explorado, así que lo hice. Ya había pasado una hora cuando me tropecé con una máquina de hielo completamente nueva que estaba desenchufada. Así que ahí estaba, pensé, recordando el cubo para el hielo de la noche anterior. Pero otro detalle del aparato me llamó la atención. Parecía encontrarse fuera de lugar en medio de ese museo de antigüedades. Esa cosa tenía una pala, como todas sus hermanas, pero yo estaba segura de que en ella nunca había caído ni un solo cubito de hielo. Al olerla te dabas cuenta de que no había rastro de humedad. Era un acero inoxidado e impoluto. En el momento en que intenté enchufarla, encontré la salida de emergencia hacia los pisos de abajo. ¿Cómo podría describir unos aromas que solamente había percibido en las más primitivas letrinas de un campamento de verano? Detrás de la máquina de hielo, una escalera conducía hacia una oscuridad que olía a fuego y a excrementos y a matadero. Por ahí era por donde Torgu se trasladaba arriba y abajo, entre mi habitación y los pisos inferiores, para traer el desayuno sin hacer ningún ruido. Así era como espiaba a sus invitados sin ser descubierto. La máquina de hielo cubría la entrada perfectamente. En cualquier otra circunstancia, hubiera vuelto a empujar la máquina contra la pared y hubiera apilado unos muebles delante de ella para mantener el hedor a raya. Pero vi mi oportunidad. Era una vía de huida. La otra alternativa, intentar tumbar la puerta que estaba cerrada, solamente conseguiría avisar de mis intenciones a los de abajo. Recé una oración atea. Simplemente pedí coraje. Saqué el crucifijo de Clemmie del bolso y me lo colgué del cuello. La máquina de hielo no pesaba mucho, y la empujé a un lado de la puerta. Quería que la luz natural de la habitación iluminara la escalera. Por lo menos, en el primer tramo, podría ver dónde ponía los pies. Me arrodillé en el umbral de la salida y me di un momento para orientarme. Recordé la distribución del hotel tal y como la había visto desde el paternoster y pensé en cuál debía de ser mi posición exacta en el edificio. Me encontraba en el piso superior, en el extremo este del mismo. En el extremo oeste se encontraban la puerta cerrada y el paternoster, que era la vía más rápida hasta la planta baja. Debajo de mí, supuse, habría otro piso como los que había visto, de largos pasillos flanqueados por una serie de habitaciones. Así que, deduje, si podía bajar hasta el piso de abajo y llegar hasta el pasillo central, sería posible caminar hasta el paternoster y bajar en él. Ese plan daba muchas cosas por supuestas: que a través de esa salida de detrás de la máquina de hielo podría llegar hasta el piso de abajo; que, una vez en ese piso, podría llegar hasta el pasillo; y que una vez me encontrara al final del pasillo, el paternoster estaría en funcionamiento. Miré hacia abajo. Los escalones bajaban hasta un rellano. Vi unas paredes de cemento desconchadas y más allá de ellas, las sombras. Me colgué el bolso al hombro. Pensé que no existían unos hermanos griegos: eran un invento de Torgu; de otra forma, los hubiera visto. A pesar de ello, me demoré un poco ante la escalera. Había visto una mano pálida la primera vez que había subido en el paternoster, o me pareció haberla visto. Descendí despacio un par de escalones y miré por encima del pasamanos hacia las profundidades de la escalera. Intenté ver si había alguna señal de movimiento, pero no había ninguna. Se oía un goteo de agua. El viento rugía contra las paredes del hotel, arremolinándose como un río de ruido. Me pareció oír un tintineo de cristales. El sueño de la razón produce monstruos, pero ahora mi razón se había despertado; aunque hubiera dos hermanos griegos en ese lugar, no eran más que unos asalariados que preparaban la comida y hacían algunos trabajos. Me obligué a bajar las escaleras, descendiendo de escalón en escalón. La luz del sol sólo llegaba hasta el primer rellano. Crucé la línea de penumbra e inmediatamente di un paso hacia atrás. A partir de allí todo estaba completamente oscuro. Parecía que la escalera se precipitaba hacia abajo hasta perderse de vista en una caída en picado, como en esas costas en que un descenso gradual del suelo se precipita de repente hacia un océano sin fondo. Alargué la mano hacia la oscuridad y la bajé hasta el pasamanos. ¿Y si ponía mal un pie y caía? ¿Y si la escalera se había quemado y los escalones simplemente se interrumpían ante un precipicio? Muy abajo se encontraba el origen de ese hedor. Lo olía. Procedía de las regiones inferiores, como si allí corrieran unas cloacas o como si unas tumbas se acabaran de abrir. Miré hacia atrás, hacia la luz del primer tramo de escaleras, que perdería intensidad muy pronto. Luché contra mis nervios destrozados. Me agarré al pasamanos con la mano derecha, sujeté la tira del bolso en el hombro y metí la cabeza hacia delante, como si entrara en las fauces de un animal gigantesco. Una vez fuera de la zona de luz, la vista se me empezó a acostumbrar. Esperé, dándole tiempo. Hacia abajo había unos cuantos tramos de escaleras y un rellano tras otro. Solamente bajaría un tramo e intentaría abrir la puerta. Si no se abría, respiraría profundamente, bajaría otro tramo y lo intentaría con otra puerta. No podían estar todas cerradas. No me apresuré. Agarrándome al pasamanos, como un ciego que se mueve por contacto, bajé ese tramo y llegué al siguiente rellano en silencio. Vi la tenue forma de un rectángulo: la puerta del piso. Continuaba oyendo el rumor del viento, pero no percibía más ruido que ése. Me coloqué delante de la puerta y puse una oreja sobre ella para escuchar algún sonido humano. Al otro lado no se movía nada. Di un paso hacia atrás y puse la mano en el tirador, una bola de latón barato. Me quedé con el tirador en la mano. La puerta empezó a inclinarse hacia delante y las bisagras cayeron al suelo hechas pedazos. La puerta golpeó con un fuerte ruido. Me quedé inmóvil, con el cuerpo ligeramente inclinado, y noté una corriente de aire que olía a moho y que procedía del pasillo que se abría a partir del umbral. El eco del ruido de la puerta había resonado en toda la estructura del edificio hasta que se apagó. Esperé. El pulso me latía en las sienes. Crucé el umbral y noté algo blando, que cedía, bajo las suelas de los zapatos. Deseé que fuera una alfombra húmeda. Al moverme, el sonido era como si pisara barro. Los tablones del suelo de madera crujían debajo de esa sustancia, pero el ruido no resonaba. La estructura parecía sólida. Pasé por delante de una puerta cerrada tras otra y me pregunté qué habría dentro. En esos momentos distinguí un sonido, una especie de zumbido mecánico. Me detuve. ¿Eran imaginaciones? No podía calcular la distancia; podrían haber sido cuarenta y cinco metros hacia delante, noventa, incluso más. Volví a avanzar. Una puerta se abrió y casi grité si no hubiera sido porque me llevé una mano a la boca a tiempo. Me oía el corazón, desacompasado, en el pecho. «Me has aterrorizado», quise decirle a la puerta. Volvió a cerrarse con un bandazo; había sido el viento. «Maldito hotel viejo», pensé, y empecé a correr. Las lágrimas me caían por las mejillas. Distinguí el final del pasillo delante de mí. El paternoster emitía el zumbido. A la derecha, las cabinas subían. A la izquierda, bajaban. Me detuve un momento, casi esperando que Torgu emergiera de las profundidades o bajara desde arriba. «Sólo son nervios —me dije—. Estaré en el vestíbulo en cuestión de segundos.» Pero permanecí allí, observando los giros y pensando por qué creía que iba a ser tan fácil. Pasaron más cabinas, hacia arriba y hacia abajo. Seguramente Torgu había tenido en cuenta la posibilidad de que huyera. Seguramente había previsto que yo podría encontrar el paternoster. Por otro lado, era un hombre extremadamente raro e impredecible que había picado con un truco obvio la noche anterior. Quizás estuviera muerto, pensé, con una súbita esperanza. Quizá le había matado. Pero parecía poco probable. Alguien me había llevado arriba, alguien me había preparado el desayuno. Tenía que suponer que estaba vivo. Podía encontrarse en una de sus «salidas de negocios». O quizá no le importara en absoluto que yo escapara del hotel; quizás eso le quitara el peso de tener que matarme por sí mismo. Aun consiguiendo salir del hotel, yo no sabía cómo volver a la civilización. Me perdería en el bosque, sería presa de los lobos o de cualquier otra cosa; los Vourkulaki. Miré hacia atrás, hacia el trecho que había recorrido. La puerta que tenía a mis espaldas se mecía con la brisa, y se oían otros ruidos, unos crujidos y unos susurros. ¿Y qué pasaba con los pisos de abajo? Las cabinas abiertas del paternoster descendían, una a una. Si bajaba por allí, los hermanos griegos me verían; verían mis piernas primero. No habría ningún lugar donde esconderse. El tiempo se terminaba. Salté a la siguiente cabina y noté que la máquina temblaba un poco, como si el paternoster hubiera notado el peso adicional. Me apoyé contra la parte trasera de la cabina y me agaché. Me preparé para un ataque. Recorrí uno, dos, tres pisos quemados. Algo vibró en las profundidades, y me di un golpe en la cabeza contra la pared de la cabina. Bajé las manos para no caerme. Me quedé agachada y en silencio durante un largo rato, esforzándome por oír cualquier sonido de alguna actividad humana, pero sin oír nada más que mi propio pulso en las sienes. Mi cabina se había detenido entre dos pisos. A los pies tenía un espacio de treinta centímetros y se entreveía el piso de abajo. Allí todo estaba extremadamente oscuro y no conseguí ver nada. Hacía arriba me pareció más seguro. Me puse de pie y saqué la cabeza por encima de un trozo de alfombra mohosa cubierta de cascotes y basura. Me inundó una sensación de claustrofobia. La cabeza me pasaba justo por la abertura. Volví a agacharme y miré otra vez el espacio oscuro que se abría a mis pies. Podía tratarse de un fallo mecánico. Cosas como ésa ocurrían en los edificios viejos. Quizá se hubiera fundido un fusible en algún lugar. Me pareció oír vagamente algo entre un quejido humano y un gemido del viento; pero no era nada. Todavía me encontraba sola. No tenía elección. Tendría que descender a través de la abertura que tenía a los pies y saltar, deslizarme hasta el piso de abajo como una serpiente. Asomé la cabeza. Parecía vacío. La abertura dejaba pasar justo mi cuerpo. Primero saqué los pies, luego los tobillos, las rodillas y la cintura. Arqueé la espalda y me deslicé hacia abajo, con las manos en el techo del piso de abajo. Aterricé en la alfombra con un chasquido húmedo y tuve una ridícula sensación de libertad, un fugaz instante de euforia. ¡Iba a vivir! Miré hacia el pasillo, otro pasadizo ciego de puertas cerradas y moho, y sentí un prolongado escalofrío. Miré hacia atrás, al paternoster. A la derecha, una cabina se encontraba detenida en dirección a los pisos de arriba. A la izquierda, a mis pies, otra cabina se había parado hacia abajo. Era una pena que no pudiera convertirme en ondas de satélite, pensé mirando hacia abajo, a la negra grieta que me podría conducir al piso de abajo; era una pena que no pudiera desplazarme de una parte del planeta a otra apretando un botón. La tecnología de mi trabajo no me resultaba de ninguna ayuda en esos momentos. No me fiaba de la parte ascendente del paternoster. Si la máquina volvía a ponerse en marcha, y eso era posible, me llevaría hacia arriba. Me centré en la parte descendente. La abertura entre la parte superior de la cabina que bajaba y la alfombra era estrecha, del mismo tamaño que la abertura en el piso de arriba, pero metí la cabeza y miré. El cuerpo podría pasar por allí. Metí primero los pies y me deslicé hacia abajo; los pantalones del chándal se me arrugaron en los muslos. El bolso se me quedó atrapado en la abertura y, al tirar de él, su contenido se desparramó. Volví a agacharme y, en un ataque de pánico, empecé a recoger mis cosas, mis notas, una bolsa de cacahuetes, un trozo de pan. Me dispuse a seguir adelante. Mis pensamientos se detuvieron, y me inundó una sensación de profundo esfuerzo. Continué bajando por el paternoster, saltando de cabina en cabina como un niño que baja por las cuerdas de una red del parque. Bajé tres pisos en cinco minutos. Estaba orgullosa de mí misma; debía de estar sucia de tanto arrastrarme, y la idea de estar cubierta por las cenizas y el lodo de un hotel ex comunista me hizo reír y me dio valor. Piso a piso, descendí. Primero los pies, luego el cuerpo. Ya no me preocupaba por mirar cada pasillo. No me importaba. Todavía oía esos gemidos. Se habían hecho más fuertes y parecían más humanos, como de alguien que sintiera dolor. Pero era el viento, tenía que serlo. Me asomé a otro piso, aparté un montón de cartón alquitranado y de otra materia calcinada, y me dejé caer. Aterricé y me quedé rígida. El terror me atenazó. Los gemidos procedían del piso de abajo, y correspondían a un idioma, rumano o quizás escandinavo. El viento no habla ningún idioma. Recordé lo del noruego. Me arrodillé en el pasillo y bajé la cabeza, sin saber qué hacer. Podía ser un hombre o una mujer; alguien que se habría enredado en algún trato, o en alguna relación, con Torgu, y no era asunto mío. Yo quería vivir. Probablemente ellos morirían. Pensé en cuál debía ser mi siguiente movimiento. Tenía que ser rápido, tenía que comportarme más como un pez que como una serpiente. Debía esquivar el piso siguiente tanto como fuera posible. Meterme en la rendija, caer al suelo de la cabina del paternoster, dejarme caer fuera, no mirar, no entretenerme, dejarme caer a través de la siguiente rendija y continuar hacia abajo. Saqué la cabeza por la abertura. El hombre estaba desnudo como un bebé, cubierto desde el pecho hasta los genitales por su propia sangre. Alguien había intentado cortarle el cuello. Él me vio, me agarró del brazo y me tiró fuera del paternoster. Cayó encima de mí. TreceNo me soltaba. Cayó de cara contra mis rodillas, como si buscara protección allí. Era una visión horrible, su piel estaba pálida, fría y peluda, parecía azul en la oscuridad, con zonas ennegrecidas por los golpes. Sentí un terror fugaz. ¿Y si era una de esas criaturas de las películas? ¿Vería unos dientes afilados y unos ojos rojos y muertos cuando volviera a levantar la cabeza? ¿Mordería? Pero, por supuesto, lo que significaba la presencia de aquel hombre era mucho, mucho peor que eso, y en un momento me di cuenta. Si no escapaba, acabaría como él. —Suélteme —susurré. —¡Habla inglés, grracias a dios, oh, grracias a dios, grracias a dios! Una y otra vez oí esa frase hasta que le hice callar. —No haga ruido. Entonces él se sentó y se llevó las manos a la entrepierna. Los ojos aparecían blanquecinos y protuberantes. Tenía el pelo revuelto y le estaba saliendo barba. —¿Es usted noruego? —le pregunté. Él asintió con la cabeza. Recordé el nombre y la dirección de la maleta de metal—. ¿Es usted Andras de Oslo? —Sí —dijo casi sin respiración—. De la televisión. ¿Y usted? —Yo también. Norteamericana. —Sí, sí —susurró, extático—. Lo he notado en su acento. Grracias a dios que ha venido. Me han arrastrado hasta aquí y han intentado clavarme un cuchillo, pero luché como un jodido tigre siberiano y se retiraron. Cobardes. Le puse la mano encima de la boca y negué con la cabeza. —Vourkulaki —dije—. ¿Son reales, entonces? Una línea de absoluto terror me conectaba con él, como si respiráramos con los mismos pulmones y miráramos con los mismos ojos. —Oh, sí —dijo—. Muy reales. —Ayúdeme —le dije—. Yo le ayudaré, y saldremos vivos. ¿De acuerdo? Él asentía con la cabeza y miraba hacia atrás, hacia el otro extremo del pasillo. —Entonces acabaremos con estos cabrones para siempre —dijo, otra vez en tono demasiado alto. Le ayudé a levantarse y observé su cuerpo de arriba a abajo con ojo clínico. Tenía que pensar en la logística. Era un hombre grande, debía de pesar más de noventa kilos. Verdaderamente, no veía de qué forma podría pasar por las estrechas aberturas de las cabinas del paternoster. Estaba débil a causa de la pérdida de sangre. Temblaba por algo más que por el frío. Deseé poder ofrecerle algo para que se cubriera, pero no había nada a mano y no teníamos tiempo. Le mostré cómo manejarse con el paternoster, y empezamos el descenso. Yo no soy ninguna santa, así que él iba en segundo lugar, de modo que si se quedaba atrapado en el paternoster, como era muy posible dado que pesaba entre treinta y treinta y seis kilos más que yo, no pensaba sufrir las consecuencias. Yo recordaba cuatro o cinco pisos calcinados, pero mientras recorríamos nuestro camino, conté siete, ocho, nueve, diez. La mayor parte del hotel se había incendiado. Quizás era por eso por lo que Torgu quería ir a América. Su casa había sido destruida, y él quería empezar de nuevo. No podía ser fácil encontrar o construir un hotel nuevo que se adecuara a sus exigencias. Así, al igual que tantos inmigrantes antes que él, iría a Nueva York. Con los millones procedentes del crimen, si es que existían, compraría uno de esos pequeños hoteles que se extendían al sur del distrito de distribuidores cárnicos. Austen Trotta me había dicho una vez: «Recuérdalo, siempre hay una historia inmobiliaria». Andras soltó un gruñido en la cabina de arriba, como si estuviera defecando. Tardaba demasiado. Yo me movería más deprisa sin él, no cabía duda. Hacía mucho que se me había parado el reloj y sólo podía adivinar qué hora era. Debía de haber pasado ya la hora de la comida, debían de ser sobre las tres, lo cual me daba unas cuantas buenas horas más de luz: una hora más para llegar abajo, y dos para llegar a la iglesia del pueblo abandonado. Cuando abandonáramos el hotel, arrancaría a correr y Andras tendría que continuar de la mejor forma que pudiera. Una vez en el vestíbulo, mi obligación habría terminado. Yo me movía cada vez más deprisa, dejándole a él atrás. «Soy como una avanzadilla —me dije a mí misma— explorando el terreno.» A cada momento me detenía e intentaba oír sus gruñidos. Llegué a lo que supuse que debía de ser el sexto piso, y la parte incendiada empezaba a desaparecer. Me detuve y escuché. La respiración de Andras, alta y rápida, como un sonido de fondo de sus gruñidos, se había ido apagando en el profundo silencio del resto del hotel. Esperé. Por despacio que se moviera, casi en ningún momento había quedado fuera de mi vista más que treinta segundos. Me agaché en la cabina, entre lo que parecían ser el sexto y el quinto piso. Él se había detenido por completo. «Tienes que irte», me dije a mí misma. Que cada palo aguante su vela, como diría mi padre. Tomé una decisión. Él estaba acabado. Metí las piernas por la rendija hacia el quinto piso. Mientras lo hacía, las luces del paternoster se encendieron. Esa cosa se puso en marcha con una vibración y empezó a subir. En el último momento, antes de que el techo y la cabina me aplastaran las piernas, me tiré dentro. Sin que hubiera tenido tiempo de pensar nada, el paternoster llegó al sexto piso. Andras se tiró, con un grito ahogado y sangre manándole por la boca, tambaleándose, contra mí. Tenía seis brazos. Eso es lo que vi en primer lugar, unos brazos que se retorcían, como las serpientes de las estatuas antiguas, alrededor de su cuello, de su torso, de sus piernas. Le habían atrapado. Tiraban de él hacia atrás, hacia la oscuridad. Alguien tenía un cuchillo, el filo brilló. Yo salí corriendo de la cabina y le agarré una mano. Nos sujetamos con fuerza un momento y vi en él la entera vida de esfuerzo de un periodista itinerante, vi la belleza y el coraje y la locura que había en ello, una vida atrapada en esos momentos por una conmoción ciega y un ultraje en ese horrible lugar. Los brazos serpenteantes apretaron, Andras rugió, nuestras manos se separaron y él salió volando hacia atrás por el pasillo hasta que se oyó un portazo y el ruido de la lucha cesó. Me quedé inmóvil durante mucho rato, me pareció, con la mano todavía extendida y caliente de su contacto. El paternoster giraba detrás de mí. Las sombras de delante se estremecían. La alfombra apestaba. Mi bolso había desaparecido abajo. Detrás de la puerta, en la oscuridad, oía unos susurros divertidos, y el ritmo de una respiración feroz. Detrás de esas puertas habitaban todo tipo de horrores. Levanté la otra mano, en un gesto de rechazo de lo que pudiera venir. Me precipité corriendo hacia delante en la oscuridad gritando su nombre. —¡Andras! Una puerta se abrió y los vi, justo delante de mí, dos hombres de ojos brillantes, pelo largo y oscuro y sonrisa mordaz, los Vourkulaki. Se movían juntos, con agilidad, como panteras. Uno tenía un cuchillo y el filo brillaba. —Tú —dijeron al unísono, como si me hubieran estado esperando desde que nací. Catorce¿Mi vida me pasó en un instante ante los ojos, pero no como yo habría esperado. De hecho, no fue como en una cámara. Fue como un oleaje. La voz de mi padre diciendo: «Nunca empieces un fin de semana con menos de cien dólares en el bolsillo». Una foto de mi antepasado Crazy Snake, tenue y trémula. Mi tatarabuela me mostraba la tumba de un joven indio enterrado bajo las puertas de su pequeña casa. Yo comía un pastel de cumpleaños. Una chica bronceada con un bañador rojo se tiraba de un trampolín a la piscina del club Dallas Country. Yo bailaba con guantes blancos en un cotillón. Mi madre lloraba en el funeral de su madre. Robert intentaba besarme en nuestra primera cita. Austen Trotta me decía que debía ponerme ante la cámara. Oí una explosión en las alturas. Robert me pidió la mano. Clemmie Spencer susurró «África». Tenía recuerdos. Yo era real. Eso era real. Los hermanos Vourkulaki eran como un charco de alquitrán que había visto en Los Angeles, una superficie negra y humeante bajo la cual las cosas se hundían sin dejar rastro. —¿Dónde está? —pregunté. No creo que hablaran muy bien el inglés, ni que eso importara. Sus brazos me rodearon el cuello y las piernas. Yo me retorcí y arañé, pero me encontraba de lleno en la boca del lobo. Los brazos me llevaron hasta una habitación al otro lado de la sala, enfrente de la habitación donde se encontraba Andras. Los Vourkulaki tenían unos ojos inexpresivos como de tiburón, casi invisibles detrás la masa de pelo. Se movían agachados. Sus lenguas lamían palabras extrañas. Me dejaron caer al suelo, salieron fuera, al otro lado del pasillo, y entraron en la otra habitación, que todavía tenía la puerta abierta. Mi puerta se cerró con un portazo. Esperé oír el sonido de una llave al girar, pero no lo oí. Esa habitación no se había incendiado. Había decaído, como un cuerpo. Oí un grito en la sala. Algo nuevo estaba sucediendo. ¿Podía estar vivo Andras? ¿Podía ser él? Percibí el sonido de un golpe, como de un objeto pesado, y el susurro de unas mantas. Esperaba que mi puerta se abriera de un momento a otro. Me di cuenta del momento en que se puso el sol. Las sombras de la habitación se hicieron negras, y el ruido de la otra puerta se reanudó, pero tenía una calidad distinta. Se oyeron unas voces en comunión, en un tono apagado, casi respetuoso. En ese momento creí que otro había llegado al pasillo. La conversación se apagaba y se reanudaba, y oí el sonido de unos pies calzados con botas que abandonaban la habitación y entraban en el pasillo. Me preparé. Pero los pasos transitaron hacia otro lugar, hubiera jurado que hacia el paternoster, antes de alejarse. Esperé. No fue difícil. No podía moverme. Debía de haber pasado una hora más cuando, finalmente, me aventuré hasta la puerta y la abrí un poco para mirar al pasillo en dirección al paternoster. Al principio, sentí alivio. El viento emitía su habitual gemido. Abrí un poco más la puerta. Las bisagras no rechinaron y me preparé para correr. Abrí la puerta unos centímetros más y escuché. Al otro lado, fuera de la vista, estaba la habitación donde habían llevado a Andras, cuya puerta no tenía ni idea de si estaría todavía abierta. No quería que lo estuviera. Temía verlo. A lo lejos se oía un sonido rítmico y pensé que debía de ser un generador de uno de los pisos de abajo. Volví a mirar pasillo abajo y vi que las bombillas del paternoster brillaban intermitentemente a una corta distancia. Ahí estaba. Esa era la oportunidad. Volví a pensar en Andras, y volví a sentir el contacto de su mano antes de separarse de la mía. Miraría en su habitación. Sería muy rápido. Si él podía caminar mínimamente, intentaría ayudarle. Si no, tendría que abandonarle. El viento gimió con fuerza y abrió y cerró las puertas de ambos lados del pasillo. Justo enfrente de mí, al otro lado del vestíbulo, la puerta de su habitación dio un portazo. Me apretujé contra mi puerta y oí que ese sonido rítmico cobraba mayor fuerza, era como los dientes de una sierra contra la madera. Era un ser humano. Estaba vivo, probablemente no se le podía ayudar. Todavía escondida detrás de la puerta de mi habitación, me agaché. Me concentré. Con la punta de los dedos empujé la puerta un poco hasta que sólo podía ver el vestíbulo de mi habitación, pero no más allá. Vi varias cosas a la vez en la penumbra. Al principio, no estaba segura de que ninguna de ellas fuera real. En el suelo, con las manos metidas en un cubo, se encontraba sentado el hombre que había conocido como Ion Torgu. Al principio pensé que estaba vomitando. Tenía los ojos girados hacia arriba. Le temblaban los labios, y emitía unos susurros enfebrecidos. El cubo del hielo, pensé, el de la cena; allí había estado su cuchillo. Volví a mirarle a la cara. Una sustancia oscura le goteaba de la parte inferior del rostro, desde las fosas nasales hasta la barbilla, y oí unas palabras confusas, como si fueran nombres de lugares, aunque podía haber sido mi imaginación; algo así como: «Nitra, Rumbala, Cajamarca, Gomorra, Balaklava, Nadorna, Planitsa, Ashdod...». Movía las manos por el borde del cubo. Miró hacia arriba y el blanco de los ojos le brilló con fuerza, mucho más que cualquier otra cosa en esa habitación. Tenía las piernas abiertas a ambos lados del cubo. Le vi la suela de una de las botas. La parte inferior de su cuerpo no se movía. De repente, apartó las manos del cubo y las dejó caer en el suelo, los nudillos hacia abajo, las palmas hacia arriba, los dedos retorciéndose. Alguien le había golpeado, pensé. Yo le había golpeado, pero ¿le había dejado así? Su cuerpo parecía tener una cualidad como de plástico, como si fuera un objeto en lugar de un hombre, pero el pecho le subía y le bajaba, y el sonido rítmico, como de sierra, resultó ser el de su respiración. La letanía de esas palabras susurradas llegaba desde el vestíbulo con un efecto extraño. Empecé a oírlas dentro de mi propia cabeza, como si yo las estuviera pensando al mismo tiempo que él las pronunciaba, incluso antes de que salieran de su boca, a medida que se formaban en su mente, «Thessalonika, Treblinka, Golgotha, Solferino, Lepanto, Kalawao, Kukush...». Puse un pie en el pasillo, creyendo que él estaba inconsciente, pero su cuerpo hizo un movimiento repentino. La cabeza le cayó hacia delante, encima del cubo. Levantó las manos de la alfombra, las puso sobre el borde y las metió dentro. Abrió la boca y subió las manos juntas, formando un cuenco. Introdujo la parte inferior del rostro dentro y el fluido negro se le escurrió entre los dedos. Oí el goteo del líquido sobre el líquido. Su respiración era entrecortada, y movía los labios contra las palmas de las manos. Los glóbulos oculares le brillaban como estrellas. Empecé a comprender. Vi más allá de él. Me fallaron las piernas y caí de rodillas. A su espalda, encima de la cama, había un pie desnudo, y lo supe. Torgu bebía la sangre de ese hombre, del cubo. Se bebía a Andras. No podía moverme. Escuché en un rapto de terror a Torgu, que bebía y hablaba, sus labios negros recitando los nombres de lugares en mi cabeza, y mientras yo recitaba con él, empecé a comprender por primera vez que cada uno de los hombres y mujeres que habían sido alguna vez obligados a pararse desnudos ante la fosa común, cada una de las niñas asesinadas ante los ojos de sus padres, cada uno de los pueblos aniquilados, cada uno de los nombres extinguidos por el capricho de un carnicero, cada uno de los insignificantes ciudadanos masacrados en cada uno de los lugares desconocidos desde el principio de los tiempos, cada uno de ellos había existido de verdad. Mis gritos no pudieron ahogar las palabras de esa canción. QuinceMe desperté en la cama del ático, la luz salvaje de las estrellas se apagaba en el cielo. No sabía cuánto tiempo había estado allí, y me vino la idea de que habían pasado días. Al instante, me senté, y me di cuenta de que la habitación estaba diferente. No tenía la sensación de ambiente viciado de antes. Me di cuenta de por qué. A unos metros, la puerta que conducía al piso superior estaba abierta. Me quedé encima del cubrecama, en blanco por un momento, antes de empezar a recordar lo que había visto. Sentí que se me rasgaba el pecho. Nunca en toda mi vida, hasta ese momento, había gemido. Me llevé las manos a la cara y mi cuerpo emitió un sonido. Gemí por mi madre y por mi padre. Gemí por Robert. Gemí por Andras. Salí de la cama y me vi los pies desnudos: alguien me había quitado los zapatos. Fui hasta el espejo del tocador y me vi los rasgos crispados, el pelo negro ferozmente revuelto, lágrimas por todas partes, los ojos conmocionados, húmedos y rojos. Los dos botones de arriba del suéter se habían caído, y vi que tenía restos de sangre seca por todas partes. Me arranqué el suéter, mi favorito, y me quedé allí de pie. Era una visión de mí misma que no podía haber imaginado: yo al borde de la muerte. Al lado del tocador se encontraba el bar. Cogí una botella de Amaro, un licor que había descubierto en un viaje a Italia durante el cual Robert me enamoró. Se bebe con unas gotas de limón. La lancé al otro lado de la habitación, hacia una ventana, pero tenía el brazo débil. La botella dio contra un aparador y rodó por el borde recto de una alfombra persa. Vi la botella de Jameson. Ya me había tomado una parte antes. La cogí, la abrí y me bebí el resto. Caí hacia atrás encima de una sedosa alfombra persa y tragué. Gemí un poco más. El espesor del tejido bajo la espalda me resultaba agradable, y acaricié los hilos con una mano. Luché por no perder la conciencia por completo. Pensé en Clementine Spence y en su cruz, dejé la botella encima de la alfombra, me levanté y rebusqué en el bolso hasta que encontré el crucifijo y me lo colgué del cuello. Me tumbé encima de la alfombra. Vacié lo que quedaba del whisky en mi boca y lancé la botella rodando por encima de la alfombra hasta la puerta abierta. El pie de Torgu la detuvo. Torgu entró y le dio una patada a la botella. «La Cosa está aquí», pensé. La cosa llamada Torgu no se podía filmar. No era natural, ni siquiera sobrenatural. No había forma de verle como a un humano. En el mejor de los casos, era el portador de una plaga desconocida. En el peor, desafiaba cualquier descripción, era una sustancia emanada de una inmensurable y oscura pesadilla, era mi propio fin. Torgu entró en la habitación y sus ojos absorbieron la cruz que me colgaba del cuello. Tenía los labios relucientes de prolongadas libaciones. Los estaba moviendo. La sangre le corría por la barbilla formando hilos, manchándole la camisa, la misma que llevaba la noche de nuestra cita. Su boca recitaba su letanía de nombres, ahora libres de cualquier intención o significado. Me puse las manos sobre los oídos, pero no sirvió de nada. Las palabras se habían metido dentro de mí; me penetraban el corazón como gusanos, y la Cosa lo sabía. Los dientes negros brillaron detrás de una mueca babeante. Al principio las manos no estaban a la vista, pero dio un paso hacia delante y apareció una de ellas, sus dedos eran unos hilos colgantes de pesadilla. No parpadeaba. Los glóbulos oculares sobresalían con una vitalidad amarillenta, las pupilas eran unos apretados puntos. La mandíbula inferior sobresalía, y Torgu caminó hasta los pies de la cama, donde, parecía, se esperaba que estuviera yo. No me moví de mi sitio encima de la alfombra persa. El noruego se encontraba desnudo y sin afeitar antes del sacrificio. Yo estaba en sujetador y pantalón de chándal. Sentía los brazos débiles a ambos lados del cuerpo. Intenté desaparecer de lo que tenía delante de mí. Me imaginé a mí misma como un diseño persa de mujer intrincadamente tejido en la alfombra. Oí una frase de música, unos timbales y unas cuerdas de sonido sinuoso; un fragmento de una absurda película antigua sobre la exótica Arabia. Torgu caminó alrededor de mi cuerpo hasta que llegó a la altura de mi cabeza, de forma que le vi el rostro del revés. Le miré a los ojos. Él no me quitaba la vista de encima. Me sujetó por el pelo con una mano, y con la otra cogió el enrojecido cuchillo de degollar; yo ni siquiera pensé en gritar. Pero Torgu todavía no atacó. Por un instante, pensé, deseé, que fuera a causa de la cruz de Clementine. En esos ojos, justo allí encima de mí, imaginé ver el alba de una comprensión. Una revelación mutua se estableció entre nosotros, aunque, en mi estado de confusión a causa de la bebida, no pude entenderla del todo. —¿Quién eres? —pregunté. La respuesta burbujeó en sangre. —Un hombre viejo. —¿Qué quieres? —¿Qué quiero? —Pareció ganar en estatura. Le brillaron los ojos—. Quiero aparecer en su programa de televisión. Hélas. —¿Qué va a sucederme? —susurré. Torgu levantó el cuchillo. —Eso quedará claro. Esas palabras manaron de sus labios y gotearon encima de mi cuerpo. Bajo su mirada, perdí la voluntad de preguntar. —Pero primero —continuó Torgu—, exijo una invitación. Hemos hablado de Nueva York. Debí de parecer confundida. Torgu me penetró con la mirada, yo le miré. ¿Por qué no me había puesto el cuchillo en el cuello? El alcohol me nublaba la mente. Cerré los ojos durante dos segundos; cuando los volví a abrir, su atención se había desplazado a la parte superior de mi cuerpo. El aire frío procedente de la puerta abierta había provocado que mis pezones estuvieran erectos, y la forma en que me había caído sobre la alfombra me había dejado los pantalones bajados por la cadera izquierda. Sentí que un gemido emergía desde mis tripas, esta vez a causa de la humillación, pero antes de que pudiera ser audible, otro pensamiento tomó forma, una revelación. Él volvió a hablar, como si se adelantara a mí línea de razonamiento. —Necesito que me haga llegar una invitación personal, Evangeline. Era la primera vez que utilizaba mi nombre; el efecto fue casi tierno. Noté de nuevo la agresión a mi voluntad. Sus ojos apretaban los míos como si estuvieran encima de ellos. Aferró mi pelo con más fuerza, insistiendo. Volví a escuchar en mi cabeza las palabras susurradas antes, un eco de ecos más remotos, fuera del tiempo y del espacio. Quise darle permiso. Quise decirle que viniera a mi país, que viniera a mi programa, que viniera a mi cuerpo. Que me aniquilara. Podría llamarlo un tipo de deseo sexual, pero fue, en verdad, el deseo de escapar de mi sufrimiento. No podía soportar ni un momento más mi propio terror. Cerré los ojos otra vez, los mantuve cerrados y me despedí de mí misma. Perdí la capacidad de sentir nada en las piernas. Quería que llegara la muerte. Pero le oía respirar entrecortadamente, como un hombre que hubiera estado soportando un peso durante demasiado tiempo. La cabeza me cayó hacia atrás y cuando abrí los ojos, sorprendida, él parpadeaba, como si un exceso de luz del sol le hubiera golpeado, y se retiraba rodeando el extremo inferior de mi cuerpo. «La cruz —pensé—, por fin ha funcionado de una puñetera vez.» Pero no se marchó. Al llegar a mis pies, se volvió y se quedó ahí, con el cuchillo al lado del cuerpo, sin dejar de parpadear. En esos pocos segundos, mientras observaba su incomprensible retirada, el desconcierto se convirtió en conocimiento. Una revelación incendió mis sentidos. No se trataba en absoluto de la cruz. Recordé su delicada salud, la fragilidad de su cuerpo en relación a cierto «estado» no especificado, y esa idea me atravesó el cuerpo y extinguió la lasitud de la mortalidad. Lo que estoy a punto de contar me resulta muy difícil. Sé lo que significa, o lo que puede significar para mi futuro, en mis relaciones con otras personas, en mi vida con mi esposo. Pero intento ofrecer una estricta narración de lo que vi para que otros puedan disponer de un valioso conocimiento cuando les llegue su momento, tal y como debe ser y será. Algunos dirán que me crié en un hogar sin ninguna creencia religiosa y que eso ha sido decisivo. Otros dirán que yo era una chica posmoderna de comportamiento desenfrenado en una era en la que poco importa, o no importa en absoluto, que una mujer soltera se acueste con hombres y que lleve a cabo, sin ninguna vergüenza, una serie de actos sexuales que las anteriores generaciones de mujeres guardaban como su secreto más profundo. Pero afirmo ahora que siempre he sido un ejemplo más que convencional de la típica mujer de mi época, con cierta experiencia sexual, sí, pero que sólo realiza los actos más comunes, muy discreta y extremadamente modesta, que nunca he tenido tendencia a los vuelos de la fantasía, que he tenido un número mínimo de compañeros, que soy una monógama y una pragmática e, incluso, una mojigata donde las haya. Torgu estaba agitado y contemplaba mi cuerpo como si fuera un lecho de lava. Yo temblaba y casi no podía moverme, pero me quité con esfuerzo el anillo de prometida del dedo y le tiré el delicado aro a la cara. Él se tambaleó hacia atrás, gruñó y amenazó con el cuchillo. Yo no podía soportar verle. Esos labios goteantes, esos ojos de hipnotizador amenazaban mi determinación. Tomé una decisión. Todavía tumbada de espaldas, rodé sobre mí de tal forma que él pudiera tomarme por detrás; era un juego terrible, un juego atroz, pero era la última posibilidad. Él dejó escapar un siseo. Me icé un poco del suelo, introduje los pulgares en la cintura del pantalón y me lo bajé hasta las rodillas. El crucifijo me colgaba del cuello, y sentía el alcohol en el cuerpo. «Escucha la canción que marcan tus caderas —me dije—; por favor, Dios; por favor, Dios», un encantamiento sincopado. Concentré toda mi fuerza en los puños, los cerré con furia y empecé a contonearme. Fue un acto de fe, en algún sentido, de fe no en lo divino de arriba, sino en lo divino de abajo, en mi poder sobre ese mal. Si estaba equivocada, entonces sería violada antes de ser asesinada, pero me consolé a mí misma con la idea de que nadie lo sabría nunca. El demonio ardía, en ese extraño ático, con sus interminables ríos de filigranas de seda, sus insinuaciones de harenes kitsch, a la primera luz de una mañana transilvana. Un gemido me surgió del pecho, me llevé una mano al hombro y me bajé primero una tira negra del sujetador y luego, la otra. Sudaba alcohol. Mantuve los ojos fijos en las figuras entrelazadas de la alfombra, en el azul profundo, el oro y el verde de acanto, para que Torgu no pudiera verme los ojos. Esperaba que dejara caer el cuchillo de un momento a otro y que se me pusiera encima, esperaba que ese animal me penetrara, pero no sucedió nada. «Tengo razón —pensé como una loca, más un deseo que una certidumbre—. Le he descubierto.» Reduje el ritmo hasta quedarme perfectamente quieta excepto por el movimiento de mis pulmones y giré sobre mí misma para mirarle, para ver qué era lo que había conseguido. Era un espectáculo asombroso y, debo admitirlo, esa visión me cambió para siempre. Él había caído de rodillas. El cuchillo se había convertido en la muleta en la que se apoyaba. Tuvo un tremendo escalofrío. Torgu intentó indicarme con un gesto de mano que yo debía abandonar, un gesto patético para despertar mi miedo, pero su autoridad había desaparecido. Me senté, puse los brazos detrás de mí con las manos abiertas sobre el suelo, y me preparé. Me puse de pie. Al hacerlo, el pelo me cayó encima de la cara, ocultándole mis ojos. La cruz de Clementine brillaba al alba del día. «Ahora la muerte», me dije, ignorando mis últimas obligaciones sagradas. El sujetador se había desabrochado y me colgaba del brazo, a la altura del codo. Estaba de pie, casi desnuda y crucificada ante esa criatura, a unos centímetros de su boca entreabierta. Torgu hervía por dentro, pero ya no podía apartar la mirada, y sentí, con una determinación sedienta de sangre, que ahora yo tenía la capacidad de barrerle de la faz de la tierra. Fue un momento de conocimiento puro. Allí estaba, arrodillado con su arma en la mano, y allí estaba yo de pie, con mi piel caliente y humana, y se hizo patente de forma clara y repentina que el cuchillo teme a la piel más que a nada en el mundo, que depende de la piel en todos sus sueños sangrientos, que su único recurso es abrir en dos la pesadilla, cortar la vid del interminable bosque del deseo. Abrí las piernas unos centímetros y deslicé la mano hacia abajo. Las últimas y lentas caricias tuvieron su efecto en él y en mí. Mis dedos encontraron respuesta. Una pesadilla de fuego y desolación arrasó la mente del monstruo. Se estaba consumiendo, incinerando. Los nombres de los lugares arrasados pasaban por sus labios en una retahíla desesperada y crispada, se deshacían en sílabas incoherentes. Mi mente atravesó volando la alfombra persa recordando una vieja y olvidada fórmula para ahuyentar al diablo. Pensé en vidas muy lejanas, en las mujeres de todos los tiempos que tuvieron que abrirse paso sinuosamente para escapar del asesinato y de cosas peores. Era una enorme tradición, y esos sutiles poderes fluían por mis caderas y mis pechos, como si los santos del deseo hubieran cobrado vida en esta habitación. Y con estas revelaciones, se produjo otra, insoportable, la de que quizá yo podía tener el poder que Torgu poseía, de que el beber sangre humana podía ofrecer unos generosos beneficios, de que la violencia de sus labios podía deslizarse por mis pechos y mi vientre y ofrecerme algo mucho mejor. Ese pensamiento se desvaneció tan deprisa como había aparecido. Con una confianza peligrosa pero absoluta, deslicé los pulgares dentro de la cintura de mis baratas bragas de color rosa y me las quité. En un último gesto de desprecio, hice una bola con la pieza de ropa interior y se la introduje en la boca, un verdadero acto hipnótico tan completo que la criatura no pudo concentrar fuerza suficiente en sus manos para quitarse la pieza de ropa de las fauces. La fiebre de esa lucha aumentó. El terror aumentó. La Cosa se tambaleó hacia atrás, y la explosión se produjo despacio. No iba a detenerla. Arqueé la espalda, ofreciéndome igual que el noruego sacrificado. Permití que el puro placer de ese movimiento me invadiera todos los sentidos. El cuchillo cayó de los dedos de la bestia. De su boca emanó una masa de sangre. Al fin, con ferocidad, se arrancó la ropa interior de entre los dientes. El material de poliéster se le quedó pegado en los dedos. Emitió un último rugido de frustración mientras intentaba rasgar la tela. Yo siseé su nombre, como la gran puta de Babilonia, una vez y otra, «Torgu, Torgu, Torgu», irguiéndome en el aire para que él pudiera observarme por completo. Cerré los ojos, pensé que la habitación debía de estar envuelta en llamas. Oí una respiración entrecortada, la mía o la suya, no lo sé, unos pasos apresurados escaleras abajo en una huida que me puso enferma, que me trajo a la mente los rozamientos y los serpenteos de los insectos asustados de repente por la luz. Abrí los ojos otra vez, y se había ido. No tenía tiempo de sentirme disgustada conmigo misma. No me regodeé en nada. No dudé ni un instante. Volví a vestirme casi por completo con la armadura de mi victoria, el sujetador y el pantalón de chándal, por si Torgu volvía a por mí otra vez. Dejé las bragas y el anillo de prometida en el suelo, pero cogí el cuchillo. «Seguiré al monstruo hasta las profundidades del hotel. Escaparé de esta guarida y correré con mis últimas fuerzas hasta la capilla, en el prado del valle desierto, donde alguien, seguro, me ofrecerá refugio. Y si esas puertas me son cerradas, correré agazapada al suelo, mataré a cualquier cosa que intente detenerme, hasta regresar a una morada humana. Lucharé con la piel, los huesos y el sexo para sobrevivir.»
DieciséisE., me dicen que estás metida en alguna especie de negociación súper secreta con ese criminal, pero no me lo creo. Algo va mal. Sus caras lo dicen. Tendrías que haberme puesto al corriente a estas alturas. Tendrías que haber mandado uno o dos despachos sobre su mal aliento y sus torpes insinuaciones sexuales. Pero dado que no has respondido a un solo correo electrónico mío esta semana, siento un escalofrío de desastre. O quizás es nuestro propio desastre lo que despierta mi miedo. Alguien tiene que darte la noticia. Quizá la conmoción te saque de donde estés escondida. ¿Recuerdas el último día antes de que partieras hacia Rumanía, cuando Ian vino a visitarte a tu oficina? Visualiza ese mínimo, encantador y civilizado momento en tu mente, si puedes. Tú y yo estábamos comiendo una ensalada asiática de pollo de dos restaurantes de comida preparada distintos, Munchies y Jamais, y discutiendo acerca de cuál de los dos preparaba la mejor salsa de sésamo y lima. Yo intentaba animarme a decirte algo importante acerca de nuestra amistad cuando Ian entró, dio un portazo y soltó, con una ira inusitada: «Es oficial: odio este jodido lugar». Nosotros intentamos ocultar la diversión que eso nos causó, porque era evidente que él estaba en un estado de auténtica consternación. Tenía buen aspecto, supongo que lo recuerdas. Siempre lo ha tenido. Se le veía la expresión exhausta propia de un hombre joven que está criando a unos niños pequeños, pero también mostraba la rubicundez de quien navega, corre por la playa y nada en el mar, en el punto más álgido de finales de verano. Ian vestía bien, además —tú dabas gran valor a ese tipo de cosas—. Ese día había hecho progresos en su habitual estilo desaliñado y llevaba un traje que había encargado a esa sastrería del Rockefeller Center. En su locura habitual, debía de haber pensado que un atavío hecho por encargo le resultaría de ayuda a la hora de plantear sus argumentos como productor ante su jefe, Skipper Blant; pero Blant, como era de esperar, le echó un vistazo y le llamó «engolletado payaso de la moda», como si el mismo Blant no padeciera los mismos notorios ataques de bufonería. ¿Recuerdas la perorata? Yo la estoy oyendo ahora mismo. «Pues aquí estuve hasta las tres ayer por la noche. —Me quitó el brownie que me habían dado como obsequio y se dejó caer en tu sofá azul—. No importa que tenga un hijo de dos años en casa. No importa que el de tres años llore toda la noche preguntando por papá. No importa que mi mujer tenga miedo por mi salud y que quiera que salga a buscar un trabajo con un horario normal. Ninguno de esos pequeños detalles importa. Yo estaba aquí.» «Claro que estabas aquí», repetiste tú, para ofrecer apoyo moral. «De verdad que aprecio tu llamada y tu respuesta, Evangeline.» Antes de comerse mi brownie, se quitó la chaqueta del traje, de un tejido de lana demasiado grueso para finales de agosto; estoy seguro de que quería lucirlo antes de que empezara la temporada, hacer un pase, recibir unos cuantos cumplidos y afinar el efecto del conjunto. Se estaba quejando acerca de los últimos agravios en su campaña por convertirse en un productor a tiempo completo para Blant, una labor endiablada donde las hubiera. «Así que consigo a ese increíble personaje, un hombre negro educado en Harvard que, además, resulta ser un artista del timo de guante blanco y gana dios sabe cuánto a base de vender una mierda de valores al abuelo americano medio, de hacer que pierda sus ahorros para la jubilación, y el tipo ni siquiera ha hablado con el Times todavía.» En las salas de nuestro programa; cuando alguien esboza la idea de una historia, siempre me ha parecido educado exclamar los oh y los ah propios de quien siente un gran interés, tanto si creo que la historia es buena como si no, y tú, Evangeline, compartes esta convicción, pero ésta sonaba de verdad interesante, así que exclamamos unos oh y unos ah con un entusiasmo genuino, y él se dio cuenta y continuó: «Conseguimos la entrevista. Blant hace un trabajo brillante, aunque odio decirlo. Se jacta de la historia con Bob Rogers, y Rogers se pone cachondo y dice que quiere que sea la historia principal del primer programa de la temporada, así que, por supuesto, le doy caña. Escribo un guión fantástico. Lo bordo. Tal y como he dicho, me voy de esta oficina a las tres de la madrugada, a las tres de esta misma madrugada, amigos, y vuelvo a esta oficina, que ya he empezado a odiar con todo mi ser, a las ocho de la mañana». Espera un momento para que hagamos alguna mueca o soltemos alguna exclamación, cosa que hacemos. «Ya veis adónde voy a parar. Me marcho a las tres, me levanto a las seis con mis hijos, entro a las ocho. Ansiedad, preocupación y miedo por mi salud es lo que veo en el rostro de mi mujer otra vez.» «Lo entendemos, Ian», te apresuraste a decir, con tu comprensión habitual. Tú y la esposa de Ian sois amigas, y yo tuve uno de esos extraños momentos en los que se me hace absolutamente claro que tú tienes una vida fuera de esta oficina, una vida que no me incluye a mí. Él continuó: «Blant no ha aparecido hasta mediodía». «Por supuesto que no, Ian», dijiste tú, porque todos conocemos los hábitos de Blant. «Yo muestro la contención de una puta. Es mediodía, pero me comporto como si fueran las ocho de la mañana, ya sabéis, para no hacerle pasar vergüenza. “¿Qué tal, Skipper?” Él ignora la pregunta. No me llama a su oficina. No me pide el guión. Es la una. La una y media. Él está ahí dentro jugando a un juego de ordenador.» No puedo reprimir una risa de sorpresa al recordarlo. Nunca había visto a Ian con la cara tan roja. Su cresta de pelo perfectamente cepillado y lleno de laca parecía una isla de granito en una tormenta. «Finalmente, me agarro las pelotas. Me armo de valor. Entro. Me pregunta si tengo el guión, como si yo me hubiera dormido y acabara de llegar al trabajo, como él. Le doy el guión. No hay nada que decir. Es perfecto. Es una mezcla entre Flannery O'Conner y Murrow. Se lo lee en cinco segundos, levanta la vista hacia mí y dice: “Fantástico, excepto que es racista”.» «Noooo», dijiste tú, sin mencionar nada de tus propios problemas. «Tú me conoces, Line. Sabes que eso es una asquerosa mentira. Yo estaba conmocionado, le dije que el testigo de mi boda era un compañero de universidad afroamericano, y le pregunté que por qué era racista, que cómo era posible que fuera jodidamente racista, excepto por el hecho de que el personaje principal resultara ser un negro y un criminal, y él me dice, “está todo en la presentación, y si no eres capaz de verlo, eso sólo confirma mis sospechas”.» «Oh, Dios mío», dijimos los dos al unísono. «Pero espera. Eso no es nada. Hace unos cinco minutos me vuelve a llamar a su oficina y me dice que ha intentado reescribir el guión, una mentira directa a la cara, porque le veía a través del cristal jugando con el ordenador y jugando a la bolsa, pero que mi versión está tan imbuida por mi intolerancia que está pensando en apartarme por completo de la historia. Yo me quedo sin palabras. Finalmente declara, antes de volverse hacia el juego de ordenador, claramente visible en el monitor: “Ya te lo he dicho, Ian. Eres bueno en conseguir las entrevistas, pero eso todo el mundo puede hacerlo. Se trata de escribir. No puedes escribir para la televisión, y este programa no se puede permitir tener aficionados”». Ian bajó la cabeza, se puso una mano en la frente y dijo: «Y lo peor de todo es que ahora tengo fiebre y lo más probable es que tenga que irme a casa y meterme en la cama. Eso es todo. Os lo digo: me rindo». Le dije que se podía comer mi brownie, el que ya se había comido hacía unos segundos durante esa perorata, y él sonrió y me dijo: «Os digo algo». Entonces se dio cuenta de que tú tenías el ceño fruncido. «Oh, no —exclamó—. No te he preguntado por tu situación. ¿Qué ha pasado?» «No importa, Ian —dijiste tú—. No es nada comparado con lo tuyo. Me va a hacer ir a Rumania. Eso es todo.» «Qué capullo.» «Decir eso no es de ninguna ayuda.» «Evangeline, a ver si te caes del guindo. ¿Cuándo vas a aprender? Tienes que luchar contra el poder.» Tú tenías demasiadas cosas en la cabeza para seguirle la corriente. Estabas asustada, y furiosa, y también excitada por tu boda. No tuvimos oportunidad de hablar de mí, pero, a pesar de mi decepción personal, recuerdo las últimas palabras que Ian te dijo antes de recoger su chaqueta y salir: «De verdad espero que seas un poco menos complaciente, por tu propio bien. Sólo un poco. Entonces comprenderás por lo que he pasado». Y tú dijiste: «Lo comprendo, Ian. Sólo que no me importa tanto». Él te señaló pero me miró a mí directamente: «¿No es adorable?». Dio la vuelta y caminó otra vez hasta tu escritorio. «¿Recuerdas que una vez me dijiste que era un honor trabajar en La hora? Te importa más que a mí. Pero no tienes nervio, Line. Te conformas con ser el soldado de otro. De esa forma nunca tienes que enfrentarte a la responsabilidad final.» Tus ojos mostraron una expresión herida. Te sonrojaste un poco a causa del enfado. «Pero ¿sabes qué? Probablemente volverás con la historia del año, y tu jefe te adorará. Mientras tanto, yo estoy a punto de producir mis propias historias, y he dirigido el programa, ¿cuántas?, ¿siete veces?, pero mi jefe me tiene básicamente desprecio. Con eso, me voy a la cama.» Alargó la mano por encima del escritorio, te tomó la mano y te la besó, casi con cortesía. «Dulzura, ten mucho cuidado. Lo celebraremos a tu vuelta.» «No, tú no —lloriqueaste—. Pero espero que hagas suplicar a Skipper Blant antes de que esto termine.» Éstas fueron las últimas palabras que le dirigiste, a no ser que esté muy equivocado. Hemos enterrado a Ian esta semana. Ha sido una especie de virus. Sólo le vi una vez más, en la calle, y no parecía estar bien, pero tenía pinta de sufrir el principio de un resfriado suave. Recibimos la noticia por correo electrónico hace tres días, un único párrafo acerca de los detalles médicos. Se fue al hospital el viernes con dolor de cabeza, salió el sábado, volvió otra vez el martes y falleció el jueves. La noticia venía del mismo Skipper Blant, o, como me gusta llamarle, el Coala, quien nunca ha mostrado el más mínimo signo de reconocer mi persona, pero que se ha ganado mi cariño llamándome de tú. Esta mañana, en el vestíbulo, se ha parado y ha dicho: «Tú conocías bien a Ian». Nos hemos dado un abrazo. Parecía consternado, a pesar de que yo tenía la sensación de que nunca le cayó muy bien nuestro amigo. Pero uno nunca sabe la verdad en estos casos, ¿no? Debería ser posible que consultaras el correo electrónico en Transilvania: mi asesoramiento técnico asegura que debería ser así. Si lo es, probablemente recibirás esta noticia por la noche, y será peor para ti de lo que lo ha sido para cualquiera de nosotros, porque tú estás sola, porque tú conocías mejor a Ian, porque él era tu caballero cruzado. Lo siento mucho, E. Siento que esto haya sucedido, y siento que estés sola al enterarte. Pero comprenderás, si recibes esto, que tenía que hacértelo saber. ¿Cómo es posible que haya sucedido? Algo terrible y desconocido le invadió el fluido espinal y no se retiró. El cuerpo puede convertirse en campo de una batalla espiritual, y así es como debo considerar ese desarrollo, como otra batalla perdida en la gran derrota de cualquier cosa decente del espíritu humano aquí, en La hora. Fue una muerte natural, nos dicen. Supongo que debo creerlo. La semana pasada, después de que te marcharas, yo estaba cruzando la calle Noventa y seis y me encontré con Ian. Iba vestido con su elegancia habitual, un traje ligero de Armani o de Hugo Boss. El traje por encargo había sido guardado. El viento no le movía ni un pelo. Mostraba una gran firmeza. No recuerdo lo que nos dijimos; se acercaba el Día de los trabajadores. Quizá me preguntó por mis planes, quizá yo hice lo mismo. Pero puedo decirte lo siguiente: no mencionó nada, no me pidió que le pusiera al día de las llamadas telefónicas, no quería saber si yo había ido a los archivos o si tenía pensado ir. Era un tío decente que me trataba como a un ser humano, eso es lo que recuerdo de ese encuentro. Le echaré de menos. Él te quería. No sé exactamente qué le pasó a Ian, pero ahora sospecho incluso del aire que respiramos. Ya sabes lo que él pensaba de este lugar, y yo estoy de acuerdo. Trabajamos en el corazón del terror. La gente de fuera no tiene ni idea de lo que hablo, pero tú sí. El terror, en la superficie, es cortante y afilado como un cuchillo, pero en su corazón, crece y fluye como un mar. No permanece en unas formas ni en unos símbolos permanentes, ni siquiera en sombras. Es líquido, y nosotros lo ingerimos, y él nos ingiere a nosotros. La amenaza se ha hecho más profunda desde que nos trasladamos de nuevo a este edificio, cosa que nunca deberíamos haber hecho. Algunas oficinas se recolocaron en Nueva Jersey, gracias a dios, pero no la de Bob Rogers. Hablando de vanidad; tenía que trasladarnos aquí sólo para demostrar que teníamos unas pelotas tan grandes como los del Wall Street Journal. Ahora ya no consigo dormir. Creo que Ian no murió de muerte natural. No se pueden nunca argumentar estas cosas, pero a veces tengo estos presentimientos. No puedo evitar sentir que Ian era, simplemente, demasiado bueno en su trabajo, en su vida, en su mundo, así que le hicieron desaparecer. Ascendía demasiado deprisa. Era demasiado querido. ¿Qué tipo de virus puede llevarse a un hombre joven que está al principio de la treintena y oblitera su existencia en cuestión de días? Si te conozco, E., ahora estás mirando la pantalla con esos profundos ojos marrones y rezas una oración a un dios en el que no crees. No estás llorando. Eres demasiado actriz para permitirte derrumbarte en cualquier pequeño y mugriento café internet de Europa del Este. Esperarás a llegar a la habitación de tu hotel y te enroscarás sobre el colchón, y te tirarás de ese pelo negro profundo porque no serás capaz de llegar a aceptar el hecho de esta tragedia. Antes de que lo hagas, de todas formas, voy a pedirte que hagas una sola cosa. Responde este correo electrónico. Lo repito: responde este correo electrónico. La gente empieza a murmurar que también hay algún tipo de problema contigo, que existe algún tipo de maldición sobre nosotros; primero Ian, ahora tú, ¿quién será el siguiente? Ese tipo de cosas. Se suponía que sólo tenías que estar en Transilvania cinco días. Lo sé porque yo hice las reservas del viaje, me encargué de los pequeños detalles, te conseguí la mejora a primera clase, encontré ese excelente hotel cerca del Parlamento e incluso te encontré un alojamiento en Brasov, tal como pediste. Eso no fue fácil. Tú presupuestaste un vuelo de ida y vuelta a Budapest sin el equipo y cinco días, tiempo suficiente para llegar a Rumania, alquilar un coche hasta Transilvania, encontrarte con tu hombre y volver a casa. Te obsesionas en los lugares baratos y no te gustan los lugares sucios, así que no me creo que hayas prolongado tu estancia en la Transilvania poscomunista. Me encuentro en la oscuridad en lo que a ti respecta. Me siento como un secretario medieval en la torre del homenaje de un antiguo castillo cuya vela acabara de apagarse a causa de un viento devastador. E., tengo que decir esto o nunca lo haré, esto es de lo que quería hablar contigo aquel día; tus brillantes ojos marrones; tu pelo oscuro cayéndote sobre el rostro, sobre el fragante cuello de canela; sobre los hombros un último rizo que cae sobre los míos cada vez que te inclinas a mi lado y me pides las últimas noticias sobre alguna insignificancia recibida de Londres; los suéteres y blusas de cuello de pico que usas a pesar del consejo del mejor de los corresponsales, el Príncipe de la Oscuridad, que se precipitan hasta revelar una única peca roja sobre la curva de tu pecho derecho; tu piel pálida en enero, el tono aceitunado de tu piel en agosto... Todas esas cosas me han permitido estar cuerdo en el piso veinte de este edificio. Una vez, un hombre sensato me dijo que tú procedías de un linaje veneciano, por parte de madre, y que las mujeres venecianas descendían de las gloriosas princesas de Bizancio, las bellezas más famosas de la Edad Oscura. Vestida con tu blusa de rayas azules y blancas, te acercas a mí desde las sombras, entre el bar y el vestíbulo, como una de esas mujeres de los mosaicos románicos, me pones las manos en el corazón y me susurras en los oídos como un soplo de este viento que corre por los oscuros pasillos de este lugar corrupto, y entonces sé que fuera lo que fuese lo que atacó a Ian, eso nunca podrá tocarme. Pero ¿y si te ha sucedido algo, E.? Eso no lo podría soportar. Eso me mataría. Tengo tus direcciones de correo electrónico y puedo mandar esta nota ahora, revelándolo todo, que estoy perdido por ti, que lo he estado durante tres años, desde la primera vez que compartimos confidencias, justo una semana antes de que los aviones se estrellaran contra los edificios de al lado, antes de ese momento terrible, bajo los ojos vigilantes de los tótems y sus legiones, quienes te quisieron y nunca te tuvieron, esos dioses oscuros que gobiernan este lugar donde los techos son crucifijos, la sopa es extraña, de las paredes de las salas emergen manos sudorosas y cuyo aire es frío como la piel de los muertos, un campo amurallado de cintas de vídeo, rodeado de alambre con púas, dirigido por unas armas automáticas invisibles, desafiándome a desviarme incluso un segundo, cuando me alivio en el baño, cuando hago reverencias y escarbo algo de los bibliotecarios de los archivos, o voy al bar a por un Snapple de melocotón y un cuenco de horribles guisantes secos. Solamente por el hecho de mandar este correo electrónico me arriesgo a ser anulado. Tanto me importas, E. Por favor, vuelve. Siento mucho lo de Ian, estoy conmocionado. Mi único consuelo es que, estadísticamente hablando, las probabilidades de que podamos perder a una productora asociada y a un productor en la misma semana son escasas. Por favor, quiero que estés bien. Por favor, contesta. Tuyo, Súper Stim. DiecisieteE., perdóname por ese loco correo electrónico. La tristeza, el escaso sueldo y una serie de malas películas veraniegas me han dejado demente. Pero hoy vuelvo a ser yo. Y tengo la última noticia. El señor William Lockyear, tu encantador jefe, acababa de llegar para la matanza. —Stimson —dijo en tono mal educado—. Sabes que tenemos visionado mañana. Asentí con la cabeza, pero no me di la vuelta. —Veo que todavía estás preocupado —dijo Lockyear—. ¿Es por Ian? —Sí. —Y por Evangeline, supongo. Pronuncia mal tu nombre, dice «E-van-ge-lin». Siempre intento decirle que es «lain», pero nunca lo pilla. —Evange-lain está bien. Va a conseguirte la historia. Ahora, mientras escribo, son las diez de la mañana y la luz aumenta sobre el río Hudson, hace el mismo tipo de día que entonces, que aquel día de septiembre, un maravilloso calor acariciado por la más ligera y fresca de las brisas. ¿Por qué no pueden ir bien las cosas? Lockyear parece convencido de que van bien. Es un fenómeno; con su camisa rosa de tela oxford de cuello y puños abotonados, metida dentro de los pantalones caqui y su eterno blazer azul, es como un cóctel de champán, una presencia eufórica y banal en los pasillos. Que mueran y desaparezcan los demás, a él no le sucederá nada. Es un productor veterano en La hora. Es intocable. Arrancó con su fabuloso ritmo latino, dio unos pasos, como si el mundo no pudiera ser un lugar más delicioso. Creo que hasta levantó las manos en el aire y chasqueó los dedos. Ese prodigio del baby-boom no ha envejecido en la última década. Tiene un hornillo en su habitación y se prepara el té él mismo, y toma la misma comida cada día, fruta y yogur natural. Tú dices que se medica, pero yo no veo ninguna señal de ello. Tu desaparición no parece alterar su equilibrio, pero ahora, en cualquier momento, su colega, Austen Trotta, va a llamar, por lo que deberán mantener la inevitable conversación. Trotta no es ningún tonto; ha leído los libros correctos y ha visto las películas adecuadas. Sabe que no estás bien, sabe que no estás llevando a cabo una operación en secreto y sabe, igual que yo, que tienes problemas. Uno intuye ese tipo de cosas. Pero Lockyear se resiste a esta interpretación negativa. En la conversación que mantendrá con Trotta habrá un tono de recriminación, pero Lockyear no lo reconocerá, y mantendrá la ficción de que simplemente estás manteniendo un tête-à-tête con uno de nuestros entrevistados, arrancándole un trato. Me pregunto qué le debe de pasar por la cabeza. ¿Sabe que ha sido vergonzosamente negligente? Te dio demasiado tiempo para que negociaras en Transilvania. En estos momentos, ya deberías haber llamado triunfante y haberle comunicado a Lockyear que tenías un fantástico personaje y que podía proceder con confianza; se debería haber contratado a un equipo y Trotta debería haber recibido el informe habitual. Pero no nos ha llegado ni una palabra, e Ian ha muerto, y Lockyear ha experimentado algo inimaginable: un momento de duda de sí mismo. Te ha dejado una docena de mensajes en tu teléfono, y no has contestado ninguno de ellos. Una vez se puso un hombre al teléfono que farfullaba rumano, o lo que Lockyear imagina que es rumano, da igual. Fue y le explicó a Austen que quizás había un problema, y Austen reaccionó como si fuera el gobernador de un estado azotado por un huracán. Llamó al ejército. El gobierno de Estados Unidos está metido en esto: El teléfono sonó. Lockyear lo cogió de inmediato. —Absolutamente —respondió—. Ya sabe que sí. Todo lo que pueda hacer. Colgó. —Vamos allá —dijo, al venir a mi mesa—. Su padre y su prometido están en la oficina de Austen. Quieren saber algo. —Me lo imagino. Sus ojos se concentraron como un rayo láser en algún punto de mi persona. —Bórrate esa sonrisa de la cara, imbécil. Vienes conmigo. DieciochoE,: Lockyear y yo entramos en el despacho de Austen y, a través de los ventanales, New Jersey parecía estar muy cerca. Desde mi posición, en la esquina de la habitación más cercana a la puerta, el río Hudson casi no se veía, y tampoco el Trade Center debajo. ¿Tienes idea de lo que es ser un humanoide de veintiséis años, pálido, delgado y casi calvo en una habitación con cuatro tipos importantes, cada uno de una generación distinta? Te sientes como un niño perdido en un museo de cera. Ahí estaba, por supuesto, Lockyear, impecablemente ataviado con sus ropas caras. Viste bien, como Ian; estoy seguro de que te has dado cuenta. Sus gestos tenían una calma calibrada, no mostraban ni indiferencia ni pánico. Es esbelto y felino comparado con Austen, quien me recuerda a la vieja y sabia lechuza de los cuentos infantiles, y por eso le llamo el Lechuza. Austen iba vestido con una de sus camisas rosas a rayas y una corbata de seda roja debajo de una chaqueta azul oscuro, muy deportivo. Un pañuelo de seda rojo sobresalía del bolsillo de la chaqueta. Cada una de las arrugas que Austen tiene en el rostro parece producto de una cuidadosa reflexión previa, como si hubiera estado años deliberando la posibilidad de permitir que su piel dibujara un pequeño riachuelo, como si antes hubiera sido necesario que se realizaran visionados, se otorgaran permisos y se comprobaran referencias. Tiene las mejores arrugas de los medios de comunicación, diría yo, mejores que las de Eastwood e incluso Redford, porque estas arrugas existen como confirmación de carácter. Austen es la suma total de sus arrugas, una por Berlín en 1956, tres por Argelia en 1962, cinco por Zimbabue en 1965, y Dios sabe cuántas por Vietnam. Es posible que Transilvania haya añadido una o dos a la obra de arte. Mentiría si dijera que me importa mucho cómo mis señores del negocio se divierten. Desde el momento en que entré en la habitación, me quedé fascinado por los dos extraños: tu padre y tu amante, perdona, tu prometido. Primero, por supuesto, vi tu rostro en el de tu padre, y tuve la asombrosa sensación de que si le hablaba a él, tú me oirías. Si yo decía: «Evangeline, ven a casa», su boca se abriría y de ella saldría tu risa, y tu voz diría: «Pero si ya estoy aquí, Stimson». Después de esa primera visión, la realidad de ese hombre se impuso. Es severo. Tú no me lo habías dicho. Tiene luz en los ojos y una mandíbula que indica que no tolera ninguna resistencia, ni en esta vida ni en la siguiente. Me imagino esa mandíbula en la tumba, echada hacia delante como un yunque, sin desintegrarse nunca. El pelo de las sienes se le ha agrisado, pero parece que el resto del cabello mantiene el color. No hay nada redondo ni suave en tu padre. No transmite piedad ni una fácil amabilidad. No fuma, y pareció tomarse como un insulto personal el hecho de que Austen lo hiciera. No dejó de sacudirse los hombros de su traje Brooks Brothers, como si la ceniza del cigarrillo le hubiera manchado el tejido. Tuvo las piernas cruzadas todo el rato. Cuando hablaba, miraba directamente a Austen. Para él, y perdona que utilice tu expresión mordaz favorita, Lockyear es como un cero a la izquierda. Y además, por supuesto, estaba tu prometido. ¿Qué puedo decir de él? Es bastante guapo. Te gustan los hombres guapos, obviamente. Siendo un exitoso chef de repostería, tenía que llevar el traje más informal y caro de la habitación, claro, un conjunto Armani con camiseta, pero no se comportó tan bien como los otros hombres. La vestimenta tenía un aspecto sucio, como si no se la hubiera quitado de encima desde que te marchaste. Su nombre es Robert, creo. Todos fuimos presentados. Es un hombre asustado, además, es muy fácil darse cuenta. O quizás eran sólo las malas noticias. Una vez me dijiste que él y Ian habían sido buenos amigos, creo incluso que me contaste que Ian os presentó, ¿puede ser? Así que quizá se encuentre bajo los efectos de una doble conmoción: un amigo muerto y su prometida desaparecida. Permaneció allí sentado en un estado de aturdimiento casi catatónico, con las piernas abiertas sobre el sofá, mirando una arruga en concreto del rostro de Austen, me pareció, como si esa arruga fuera el primer camino del trayecto hacia ti. Tenía los ojos enrojecidos por la falta de sueño o por haber llorado. El hombre mayor, tu padre, le intimidaba, creo, y debía de ser una tortura encontrarse tan angustiado en presencia de su futuro suegro. Tu padre habló primero a Austen: —Exijo unas cuantas respuestas. —Por supuesto. —Si obtengo las respuestas correctas, ya no habrá necesidad de que volvamos a comunicarnos. Tengo la decidida intención de llevar este asunto con mis propias manos. Pueden ustedes abandonar sus esfuerzos. De hecho, insisto en ello. —Muy bien. —Austen se llevó una mano a la parte trasera de la cadera y mantuvo el cigarrillo levantado con la otra—. Yo sería la última persona en disuadirle. Tu padre asintió con la cabeza. —Bien. Pareció que tu prometido fuera a levantarse del sofá para decir algo. Pero tu padre terminó. —¿Qué está haciendo exactamente allí? Austen dirigió los ojos hacia Lockyear. Lockyear se cruzó de brazos y dirigió una mirada implorante hacia tu padre, un tipo de mirada que nunca me han dirigido a mí. Tu padre no se la devolvió; mantuvo los ojos fijos en Austen. —Acordó un encuentro con un caballero llamado Ion Torgu. Queríamos realizar una entrevista con él. —¿Por qué? —Se dice que es el líder del crimen organizado de Europa del Este. Tu padre continuó mirando a Austen. —¿Es eso verdad? ¿Enviaron a mi hija sola a encontrarse con ese hombre? Austen volvió a mirar a Lockyear. Lockyear apretó los brazos alrededor de su propio cuerpo, como si un destornillador interno le hubiera dado una vuelta completa a todos los tornillos. —Es lo habitual. El rostro de tu padre se puso rojo mientras dirigía la siguiente pregunta a Austen: —¿Cuánto le pagan a mi hija, si lo puedo preguntar, para que vaya a Europa del Este en busca de un gánster de alto nivel? Austen volvió a mirar a Lockyear, y Lockyear, sin el menor estremecimiento de vergüenza, se volvió hacia mí, como si yo, el miembro peor pagado de todo el personal, firmara los cheques de todo el mundo. Me mostré entusiasmado de complacerle: —Un poco menos de sesenta mil dólares al año. Austen hizo un comentario en el tono de quien se siente moralmente escandalizado. —No puede ser. Lockyear abrió mucho los ojos ante la muestra de incredulidad de Austen. Se apresuró a corregir mi afirmación. —Este hombre es simplemente un productor asociado. No tiene ni idea. Es una suma que se acerca a las seis cifras, creo. Pero tu padre había hecho los deberes. —Son cincuenta y cinco mil al año, señor. —Mantuvo la mirada, como siempre, clavada en Austen—. Por esa mísera cantidad quizá hayan mandado a mi hija a encontrar la muerte en Rumania. Austen se aclaró la garganta y dejó el cigarrillo en un cenicero, encima de su escritorio. —No se precipite. Me gustaría decir algo en nuestra defensa. Todos admiramos y adoramos a su hija. Si lo que usted dice es verdad, se le está pagando lamentablemente por debajo de lo que merece y, por supuesto, lo rectificaremos cuando vuelva, pero de momento tenemos que concentrarnos en el asunto que tenemos entre manos, ¿no? —Austen dirigió una rápida mirada de pura satisfacción hacia Lockyear—. Señor Harker, debería saber usted que asumo como una responsabilidad personal todo lo que ha sucedido. Si es necesario, nosotros mismos iremos a Rumania. De hecho, mi colega aquí presente, el señor Lockyear, parte hacia Bucarest esta noche. ¿No es verdad, Bill? Lockyear asintió con la cabeza, como si acabara de pararse en ese despacho de camino al aeropuerto, como si esa mentira fuera una verdad inexorable. Utilizó su palabra favorita: —Absolutamente. Pero eso no ablandó a tu padre. —¿Cuál es, exactamente, su última localización conocida? Austen tomó mecánicamente el turno a Lockyear, que todavía estaba digiriendo las implicaciones de su nuevo itinerario. Pronunció cada una de las palabras para responderle en un tono casi de indignación moral. —Un hotel de una ciudad llamada Brasov. Hay un mensaje de voz diciendo que dejaba la habitación del hotel, donde se había registrado al llegar y de donde se había despedido muy rápidamente. No estuvo allí más de una hora. El mensaje decía que estaría llevando a cabo las negociaciones durante un tiempo. Se había encontrado con alguien, no lo sabemos con seguridad, quizá fuera nuestro gánster, quizás uno de su gente. Y se fueron juntos. Ésa fue la última vez que supimos algo de ella. Ahora hace dos semanas de eso. —¿La animaron ustedes a tener ese comportamiento imprudente? Me di cuenta de que Lockyear sentía un pánico que iba en aumento. Le estaban culpando de todo. —No tuvimos la oportunidad de hablar, pero le hubiera aconsejado encarecidamente que tuviera cautela... Tu padre le interrumpió, furioso: —Quiero números de teléfono, números de fax y direcciones de correo electrónico de todos los lugares donde ha estado y donde tenía previsto estar. Austen adoptó una expresión indignada, también, como por solidaridad. Lockyear dijo que los conseguiría. —¿Pensaron en pedirle a alguien del hotel que le hicieran llegar un mensaje personal? —gritó de repente el chef de repostería. La habitación quedó en silencio después de ese arrebato. Las lágrimas le manaban de los ojos—. O sea, direcciones de correo electrónico y teléfonos. Por dios, de un ser humano a otro, eso es lo que debe hacerse. ¿Sobornaron? ¿Amenazaron? ¿Amenazaron mínimamente a esos hijos de puta? —Todo —contestó Austen con una convicción amable, aunque yo no estaba seguro de que fuera cierto—. Hemos intentado todo eso y más. —¿Cuánto dinero llevaba ella? —preguntó tu padre. Yo lo sabía. —Unos mil dólares para gastos menores, además de una tarjeta de crédito. Tu prometido soltó: —Y el anillo de prometida. Tu padre miró a tu futuro marido. —Maldita sea. Un rumano puede matar sólo por eso. La habitación quedó completamente en silencio, excepto por el tictac del reloj de cuco, un regalo que le hizo a Austen un alcalde alemán que resultó ser el hijo de un famoso comandante de la segunda guerra mundial. Al otro lado de la pared de cristal, los ayudantes levantaron la vista, como ciervos sorprendidos por disparos. —¿Estás diciendo que he provocado que la mataran? —preguntó el prometido en un tono suplicante y horrorizado. Tu padre negó con la cabeza. —No, señor. Culpo a estos hijos de puta de aquí, y ten por seguro que les infligiré diez veces a ellos lo que ella haya sufrido. —Bueno, bueno. —Austen hizo un gesto en el aire con la mano con que sujetaba el cigarrillo—. No es necesario hablar de esta manera, señor Harker. Ella es una productora asociada de La hora, y una de las mejores. Continúo convencido de que está manteniendo un encuentro en secreto con ese tipo, Ion Torgu, y probablemente ahora esté consiguiendo que se haga el programa. Si conozco bien a su hija, y si se parece en algo a su viejo, no cejará hasta que el trabajo esté terminado. —Hace dos semanas que está desaparecida —replicó el prometido—. ¿Cree que es remotamente posible que todavía esté negociando? Austen asintió con la cabeza, con gesto convencido. —Conocí una vez a un productor que negoció durante tres meses con un señor de la guerra afgano. Tu padre se puso en pie. —Sea como sea, voy a contratar a un equipo de tíos muy duros para que vayan a Rumania, y si la encuentran viva, voy a pedirle que encuentre un empleo remunerado que no sea una mierda como éste. Quiero decir, joder, que si alguien os saca las castañas del fuego, pagadle como es debido. En ese momento una editora, Julia Barnes, apareció a mis espaldas. Me dio unos golpecitos en el hombro y me incliné hacia delante. Me susurró al oído. —Es urgente —dijo. Austen la vio. —¿Qué? —preguntó. Julia dirigió una sonrisa compasiva a todos los presentes. Parecía saber exactamente lo que había entre nosotros. Quizás había estado escuchando detrás de la puerta; es una de las personas que más saben escuchar a escondidas de todo el programa, según mi experiencia. —Es Claude Miggison —dijo—. Acaba de saber que ha llegado una caja de cintas de Rumania. Un sentimiento de terror y un sentimiento de alivio se instalaron en la habitación. Nadie fue capaz de decir nada durante un minuto. Tu amante saltó del sofá. Julia se dio cuenta de cuál era nuestro estado. —Deben de ser de ella, ¿verdad? Nadie más está filmando en Rumania ahora. —Pero eso no tiene ningún sentido —objetó Lockyear, moviéndose inquieto, defendiéndose ante Austen, ante los demás—. Ella no se llevó al equipo de cámaras. —Se volvió rápidamente hacia Julia—: ¿Quién ha rodado? —Sólo consta un nombre en el envío, Olestru, que podría ser el primer cámara del grupo A, aunque nunca antes habíamos tenido a nadie llamado Olestru. Lo he comprobado en el archivo de contrataciones. Lockyear se había puesto mortalmente pálido. —Ése es nuestro contacto en Rumania. Tu padre dio un puñetazo en el escritorio de Austen. —¡Será mejor que os organicéis! —¡Exacto! —Austen se dirigió a Lockyear—. Estás acabado, Bill. Lockyear dirigió la mirada más allá de él, hacia el río, con la boca abierta, como si acabara de atravesar caminando y por accidente el ventanal de cristal y acabara de darse cuenta de su error. De hecho, acababa de salir al aire libre del paro. —Ya no necesitaremos más tus servicios. —Austen bajó la vista al suelo—. Es una pena. La reunión llegó a su fin. DiecinueveE., acabo de vomitar en el lavamanos del lavabo de hombres. Austen lo ha visto, pero no me importa. No tiene ningún sentido continuar esta mascarada. No estás llevando a cabo una negociación en secreto. No puedes responder. El envío desde Rumanía confirma mis peores sospechas. No he podido ver las cintas, pero Julia dice que no hay nada en ellas. Dice que alguien ha grabado diez cintas de una silla en una habitación vacía. Imagínatelo, cinco horas de metraje. El audio captó unos vagos sonidos como de susurros. Miggison cree que podría ser solamente una pelusa en el micrófono, pero no está seguro de que el equipo de cámaras utilizara a un ingeniero de sonido. Podría haber habido un micrófono jirafa en algún sitio. La iluminación no está mal, así que alguien sabía lo que estaba haciendo, pero la luz cae sobre una silla de madera en un espacio que no nos dice nada; podría encontrarse en cualquier parte. Estas noticias me dejan paralizado. Lo siento mucho, E. Si existe el cielo, sé que estás en él con Ian. Stimson, ¿estás ahí? Soy yo, Evangeline. Oh, Dios mío. ¿Dónde diablos estás? ¿Estás bien? Estoy bien. Supongo que recibisteis mi mensaje de voz. Las negociaciones han ido bien. ¿Habéis recibido las cintas que envié? Sí. Las hemos recibido, aunque parece que debió de haber algún problema técnico. Pero no es nada comparado con saber que estás bien. Estábamos completamente aterrorizados. Tu padre estuvo aquí, Lockyear fue despedido. ¿Dónde estás ahora? ¡Dime! ¿Las cintas fueron aceptadas, Stim? Perdona mi lenguaje, E., pero a la mierda las cintas! Necesito tus coordenadas, números de teléfono, todo. Vamos a ir a buscarte. No. Antes de que continuemos, debo saberlo. Eran las grabaciones de la audición, y todo el mundo debe verlas antes de que hagamos esta historia. ¿Fueron aceptadas? Sí, Claude Miggison firmó el recibo y las registró, y por lo que sé, se las dio a Julia Barnes para que las guardara. Eso significa que las aceptó. Pero Julia dice que no contienen nada, ¿comprendes? Nada excepto una silla. Dime algo. Dame una localización. Dime que estás bien. Estoy bien, Stimson. Por favor, perdona que tardara tanto en responder. Han sido unas semanas difíciles; ten en cuenta que ha sido la negociación más difícil que he realizado para el programa, que estamos tratando con un cerebro del crimen que tiene unas exigencias de naturaleza bastante laberíntica y que ha manifestado el deseo de contarnos su historia personal antes de entregarse a las autoridades de Estados Unidos. Su propio gobierno lo quiere muerto, así que nuestra historia sería su seguro de vida contra el asesinato. Tiene información exclusiva sobre terrorismo, el crimen organizado en Rusia y el contrabando de armas nucleares. Por esta razón, es posible que continúe retenida para esta negociación un tiempo más. Ya he comunicado esta información a mis superiores, y te lo digo a ti porque has sido muy dulce al mandarme esa nota en la que me expresas tu afecto, y quería corresponder con un gesto de confianza. No debes decirles a los demás que hemos estado en contacto. ¿Has dicho corresponder? Sí, pero no como tú desearías, quizá. No tengo tiempo para sentimentalismos, pero sí necesito a un amigo y a un aliado en esta enorme tarea que he acometido. Va a ser una historia que no se parecerá a ninguna otra de las que se han contado nunca, y sólo los más fuertes y los mejores podrán enfrentarse a ese desafío. Este trabajo ya me ha cambiado, mi querido amigo, y estoy segura de que te va a cambiar a ti también, si aceptas hacer todo lo que te diga. ¿Me mostrarás verdadera lealtad? Eso es lo que me pregunto, y lo que espero. Tu colega, Evangeline Harker.
VeinteLunes, 5 de octubre La peor parte de este diario terapéutico es el ritual de cerrar las cortinas. Cada vez que quiero escribir, tengo que fingir que voy a echar una siesta y correr las cortinas sobre las ventanas. Me hace parecer jodidamente viejo. Y como me hace parecer viejo, me siento viejo, y me siento culpable, y odio sentirme culpable por algo que me ordenó hacer un médico carísimo de Park Avenue. Mientras tanto, Peach sospecha que realizo alguna actividad nefanda. Cree que estoy abusando del Percocet e intenta racionármelo. Debo dejar claras mis objeciones hacia este diario desde el principio. En primer lugar, y lo más importante, ha sido usted mal informado. No me desplomé durante una entrevista. El verbo desplomarse es una clara exageración del caso. Simplemente dejé de hablar, por razones desconocidas para mí. Me quedé sin habla. El entrevistado se alarmó y cuando vi su intranquilidad y me levanté para tranquilizarle, tropecé con un cable y me caí. Por favor, tome nota de mi aclaración. Desplomarse implica incapacitación, lo cual implica trastorno mental. Estoy perfectamente bien de la cabeza, a pesar de lo que mi empresa cree. Mi jefe, Bob Rogers, sospecha que la cadena está utilizando la idea de mi desplome para erosionar todavía más nuestra autoridad aquí en La hora. La emisora ha filtrado el asunto a la prensa, después de todo. Pero me estoy adelantando. En primer lugar, para que este diario le resulte comprensible, doctor Bunten, y para que pueda evaluar con confianza el impacto que mi lugar de trabajo pueda estar causando en mis facultades mentales, creo que debo corregir unas cuantas percepciones incorrectas que usted tiene acerca de la naturaleza de mi contribución al programa. En concreto, una vez usted me preguntó si yo era el hombre más poderoso de los informativos de la televisión. Esta pregunta demuestra un nivel de ignorancia que puede ser comprensible dado el duradero éxito de La hora. Tal y como señaló usted, hemos guillotinado a unos cuantos infortunados, hemos ayudado por lo menos a un presidente a conseguir el cargo y hemos contribuido al deceso político de otro. Yo he estado personalmente involucrado en revocar una o dos penas de muerte. Pero la visión externa es equívoca en referencia a la parte de responsabilidad que me corresponde por los frutos de esta labor. Es más, tengo miedo de que, sin una adecuada introducción al delicado aunque brutal ecosistema darwinista en el cual he pasado la mayor parte de mi vida profesional, usted tenga tendencia a atribuir mi supuesto declive a algunas ideas vagas y estereotipadas relacionadas con el ataque del 11 de septiembre, un diagnóstico que yo rechazaría completa y categóricamente, en caso de que éste, desgraciadamente, se diera. Por favor, tome nota atentamente, porque no quiero tener que repetirme. Tal y como usted sabe, soy un corresponsal. En un periódico, esta palabra es sinónimo de periodista. En nuestro negocio, el de la televisión, un corresponsal es alguien que aparece en la pantalla del televisor. Yo he sido una de esas personas bajo los focos durante cuatro décadas y media, desde principios de la década de 1960; diez años como corresponsal de noticias para televisión y treinta más como una de las caras familiares de un programa llamado La hora, que, según usted confesó, era uno de sus programas favoritos de televisión. Por una cuestión de absoluta claridad, y en caso de que usted no lo sepa, le diré que La hora es el programa de noticias de más audiencia de la televisión de Estados Unidos, y lo ha sido desde que se erigiera como pionera del formato magazine en ese feroz año de 1968, durante el cual los asesinatos, los levantamientos raciales, la guerra al otro lado del Atlántico y la música popular conspiraron para desbordar los límites de la franja habitual destinada a las noticias. Durante la última década, aproximadamente, ha habido cinco corresponsales habituales en La hora, cinco idiotas conocidos por millones de espectadores: los más famosos son Edward Price, el desgreñado asesino a sueldo de la nación, a quien usted afirma adorar; su humilde servidor, Sam Dambles, el favorito nacional, nuestro hombre tranquilo; Nina Vargtimmen, nuestra única mujer, con minifalda a los sesenta años; y Skipper Bland, la adquisición más reciente. Al contrario de lo que se cree popularmente, los corresponsales de La hora no son unos «masters del universo» que tienen el control absoluto de los destinos, ni tampoco unas simples marionetas movidas por unos hilos, ni pueden ser considerados periodistas que trabajan sobre el terreno. Para obtener las historias, cada corresponsal depende de un equipo de ocho personas, formado por cuatro equipos de dos productores cada uno. Quizás usted no tenga idea de qué significa la palabra «productor» en este contexto. Un productor es una persona que traduce la información en imágenes, una especie de periodista que pasa la mayor parte de su vida consciente preocupado por qué sucesión de imágenes se necesitan. Sin imágenes no puede haber noticias en televisión. Sin imágenes, las palabras perecen como chipirones en la playa, así que a la mayoría de productores de La hora se les paga para que sean buenos con las imágenes, no para que sean periodistas de verdad. Para ese trabajo más riguroso, cada productor tiene un subordinado conocido como productor asociado, un colega más joven y menos experimentado que genera las ideas para las historias, arma esas ideas y luego sale al terreno para investigar la exactitud periodística y el potencial televisivo de las mismas. Por norma, los productores asociados funcionan como los guardianes de nuestro programa. Si huelen algún problema, nadie más tiene que olerlo. (Como un aparte de importancia indeterminada, debo mencionar otra, y poco conocida, pequeña casta de nuestro sistema. Como ayuda para esas misiones, estos equipos de productores se apoyan en la labor de un estrato que llamamos asociados de producción, unos jóvenes profesionales que reúnen metraje documental, que es lo que llamamos cinta vieja, filmada por equipos anteriores y que, a menudo, pertenece a otras emisoras. Esta gente también solicita las licencias y permisos de utilización de estos metrajes. Es un trabajo de esclavo mal pagado, y como consecuencia, los asociados de producción acostumbran a ser pobres, lo cual, con frecuencia, genera amargura y una disposición a filtrar noticias sobre nosotros tanto a los periódicos como a nuestros supervisores. La mayoría de ellos son bastante jóvenes, porque los jóvenes no valoran su tiempo y pueden ser explotados sin compasión por su deseo de formar parte de la marca en que se ha convertido La hora.) Esta información debería servirle para captar la importancia de lo que sigue. Sin ella, nunca comprendería la razón por la cual ciertas circunstancias que se han dado en la planta veinte me han forzado a acudir a usted, doctor Bunten. Mis padecimientos personales han surgido a causa del esfuerzo por ser sincero conmigo mismo y con las historias que hemos estado contando durante los últimos treinta años contra una marea creciente de provincianismo y de insulsez. ¿Cómo confeccionamos nuestras historias? Cuando mis productores y sus equipos de cámaras han filmado el metraje suficiente, nos metemos en el cuarto de edición. La hora tiene su propio equipo de editores, los mejores de nuestro negocio, hombres y mujeres sindicados que han estado cortando fragmentos durante tanto tiempo como yo llevo en este trabajo. Para algunos productores, gracias a las diferencias de salario y, como consecuencia, de estrato social, los editores son considerados como un orden más bajo del ser humano. Apestan a funcionario obrero. Para mí, en relación con los productores, ellos son como los ángeles para los humanos. Y debemos rogar por nuestros ángeles. Como corresponsales, debemos presentarnos con el sombrero en la mano ante un hombre llamado Claude Miggison que supervisa los calendarios, para suplicarle los servicios de nuestros editores favoritos y, si están libres, si otro corresponsal no se ha fugado con ellos, podemos tener una oportunidad. No me importa confesar que yo nunca trabajo con un editor inadecuado: así de importante es asegurarse la alianza con el que resulte más apropiado. A un gran editor hay que manejarlo con amabilidad, besos y loanzas; hay que seducirle con vino y bombones por Navidad. Es una tarea agotadora e infame, pero es la verdad. A los editores hay que cortejarlos como si fueran mujeres volubles carentes de cualquier objetivo. Y cuando han sido cortejados, deben ser dominados, mimados y, ocasionalmente, sometidos. Pero estoy divagando. Usted me preguntó antes cómo conseguimos reducir toda esa cinta, cientos de horas, a unos cuantos minutos. La respuesta es sencilla. El editor realiza un truco, el equivalente tecnológico al viejo número del pañuelo, en el cual el mago muestra un pañuelo rojo, lo sacude y, quién lo iba a decir, ese pañuelo emerge del sombrero anudado a veinte pañuelos más. El editor pone todos los trozos de cinta en una máquina que transforma la imagen analógica en un archivo digital —se digitaliza el material, como decimos nosotros— y cuando eso está hecho, todos los trozos separados de cinta se convierten en una parte de un gran pañuelo. Si se me permite ser más poético, ahora, en nuestro sistema, ese pañuelo embrujado de imágenes se convierte en un río que se vierte, al final, en el gran océano de imágenes disponibles en nuestros ordenadores, un océano que rodea el mundo y en el cual nos bañamos como polinesios felices. Cuando montamos una pieza, en ese momento mágico, nosotros los polinesios ordenamos los mejores momentos en una secuencia de doce minutos. Atamos con fuerza esos momentos con tiras de palabras, lo que llamamos un guión. Pero el guión puede inducir a error, y debo dejar clara una cosa: La hora siempre ha estado dirigido a las entrevistas. No nos hemos especializado en movimientos de cámara extravagantes, interludios musicales, excesos de verborrea ni enormes cantidades de metraje de archivo. Vivimos y morimos según la calidad de las personas a quienes entrevistamos. Cuando mis productores asociados se lanzan al terreno, les recuerdo la necesidad de encontrar excelentes «personajes». Sí, doctor Bunten, personajes, igual que en un buen cuento o en una buena novela. Y así es como veo mi trabajo, como el de un cronista de pequeñas novelas visuales de la vida. Quizás es por eso por lo que me lo tomo de una forma tan personal. Quizás es por eso por lo que me he visto obligado, al final, a buscar ayuda entre los de su profesión. Con la ayuda de los productores y del editor, elaboro mis pequeñas novelas, quitando y poniendo, puliendo y sacando brillo hasta que cada fotograma comunica por sí mismo; recortando las entrevistas hasta dejar solamente los más exquisitos momentos de emoción y locura humana, hasta que estamos preparados para mostrar nuestro trabajo a los verdaderos señores del programa: mi jefe y sus asociados. Y aquí está la respuesta a su absurda pregunta. ¿Soy el hombre más poderoso de los informativos de la televisión? Por supuesto, no; categóricamente no, si por poder usted entiende tener la autonomía necesaria para hacer lo que uno quiera, en el momento que quiera y con la suficiente abundancia económica, la única clase de poder que vale la pena poseer. Este honor pertenece a un hombre llamado Bob Rogers, fundador y productor ejecutivo de este programa durante más de tres décadas. Solamente Bob Rogers aprueba o rechaza nuestras historias, mucho antes de que los equipos de cámaras las filmen. Bob Rogers, con el consejo de sus dotados e intoxicados tenientes, revisa el producto final en la sala de visionado y, con un poco más de vulgaridad que un antiguo emperador romano —bueno, de entre los cinco mejores de ellos— muestra el pulgar hacia arriba o hacia abajo. No me importa confesar cuántas piezas maravillosas han sido salvajemente destruidas por una indigestión suya, pero también debo confesar que una cantidad innumerable de las mismas ha sido mejorada por su capricho. Cuando ha sido necesario, en ese sanctasanctórum que es la sala de visionado, los tenientes de Rogers se han peleado y han ganado, ha habido guerras civiles, se han destruido carreras, pero de todas estas peleas y marabuntas ha surgido parte de nuestro mayor éxito. Rogers es la más detestable de las criaturas, un merecedor depositario de la gracia de la fortuna, y yo sería un patán si no le reconociera mis modestos logros personales. Sin Rogers, ninguno de nosotros estaríamos aquí, doctor. Y, a pesar de ello, su locura y su manipulación van más allá de lo imaginable. Una última palabra antes de tomarme otro Percocet para el dolor de espalda y caer en el sopor. Rogers será poderoso, pero no es omnipotente. Durante treinta años se ha peleado con nuestra cadena para mantener el control de este pequeño programa, que tiene sus despachos en la planta veinte de un edificio de oficinas del centro de la ciudad y que está, así, separado del grueso de las demás operaciones de la cadena, concentradas en una desparramada y triste conejera en la cuenca baja de la calle Hudson. Llamamos a este lugar la sede de la cadena, y es el emplazamiento de un poder maligno que se dirige eternamente contra nosotros. Durante treinta años, la cadena ha intentado bajar a Rogers a su ciénaga primordial para dictar las condiciones, incluso para dar un giro a La hora y darle un tono más juvenil, y durante ese mismo periodo de tiempo, debido a los fenomenales índices de audiencia, Rogers ha sido capaz de ahuyentar a sus enemigos. Pero una gran parte de mi estrés, debe usted saberlo, se debe a mi cada vez mayor sensación de que estamos empezando, por fin, a perder la batalla. Rogers tiene ochenta años y no podrá continuar para siempre. La edad me acosa a mí, a Prince, e incluso a Dambles. Y la cadena ve, la cadena sabe. Cuando llegue el momento, golpeará sin piedad, con una venganza rápida y terrible, y se llevará lo que hemos construido para ofrecerlo a los habitantes de las cavernas, a los tontos, los avariciosos y los depravados. Ahora estoy oficialmente deprimido, doctor, gracias a usted. Se despide, Trotta. Lunes, 5 de octubre, más tarde He aquí lo que me pesa esta mañana: la última conversación con Evangeline Harker antes de que partiera hacia Rumania. ¿Había yo llevado alguna vez un arma en Vietnam? Ella deseaba saberlo de verdad. Dijo que su prometido le había hecho la pregunta, y que ella no sabía la respuesta, pero yo tuve la sensación de que había algo más. Ella tenía alguna preocupación respecto al viaje. Temía complicaciones. Normalmente no hablo mucho sobre esa época, pero es una chica dulce y yo contesté la pregunta. Le dije que solamente había llevado un arma, una vez, en Khe Sanh. Alguien me aconsejó que llevara una pistola como protección, y así lo hice. Esa persona me informó de que ciertos elementos del ejército de Estados Unidos podían intentar fingir un accidente. Nunca descubrí la verdad, pero poseer esa cosa me aterrorizó. No sé por qué, quizá porque sabía que podría utilizarla. Nunca llevé ninguna otra. Ella no me pidió que continuara la historia. Le pregunté si tenía alguna otra preocupación en concreto, y me dijo que no. Un asunto desagradable. Tuve que dejar que Lockyear se marchara; era lo único que se podía hacer, porque el señor Harker quería su libra de carne. Pero todos necesitamos un cambio, incluso el menos preparado de nosotros. Lockyear empezó en la radio y puede volver. Y un poco de sangre fresca no me hará ningún daño. La hora del desayuno. El bar huele a grasa de beicon, y me encanta ese olor, un placer vergonzoso que aumenta con los años. Siempre he sido uno de esos judíos que aman el beicon, aunque haya intentado una y otra vez dejarlo y no me coma cualquier cosa. A pesar del fantástico aroma, no me como el beicon del bar, por ejemplo. En esas bandejas de aluminio, se erige en una fuerte acusación contra sí mismo. Yo me pido unas lonchas en Ottomanelli; pero a mi madre le da igual la calidad: el beicon es beicon. Se pone histérica. Esto es un diario terapéutico de verdad. Ya he mencionado a mi madre y al cerdo. Si soy sincero, el bar es el único lugar de esta planta donde me siento cómodo. Allí no se andan con tonterías. Todo el mundo va detrás de lo mismo: el sustento. Resultó que en el bar me encontré con Rogers. Después de formar parte de su equipo durante treinta años, todavía siento el peso de su autoridad, aunque es más un hábito mental que un sentimiento de miedo. ¿Qué diablos puede hacerme ya? —¿Te has enterado? —¿Si me he enterado de qué? Bob meneó la cabeza ante lo que él define como mi carácter obstinado. —Va a haber una investigación sobre este asunto de Harker dirigida por la cadena. —Tonterías. No es asunto suyo. Bob asintió con la cabeza, mostrando su acuerdo conmigo, pero no había terminado. —Cada vez es más difícil creer nada de lo que dicen, ¿verdad? Pero tú dices que también has oído el rumor y que es una tontería. Yo no había oído el rumor, y eso me aterrorizó. Bob salió sin pagar el plátano y me siguió a la oscuridad del pasillo. La planta veinte siempre ha sido innecesariamente oscura, y siempre me doy cuenta de ello después del Día del Trabajador, cuando las vacaciones doradas han pasado y no hay forma de recuperarse de esa pérdida. Qué felices éramos, Sue y yo, hacía sólo seis semanas, cuando empezó el hiato y el verano se alargaba, nuevo y desconocido, delante de mí, como una puta a quien conocí en 1968 en Praga. Pero esa puta no era una informante de nadie, y el productor asociado en Argelia en 1960 me dijo más tarde que ella se había trasladado a la URSS y que había criado a seis niños con un ingeniero de Alemania del Este. Era guapa. No era realmente una puta, estoy seguro. Todas esas personas están muertas y desaparecidas, y a pesar de ello las recuerdo muy bien. Se llamaba Sixtine, y era una comunista devota. Bob me sacó de mis recuerdos. —Háblame de Rumania, maldita sea. —Mis cereales están fríos. Él se encogió de hombros, y yo hice lo propio. Siempre actúa igual: se encoge de hombros y sonríe; lo ha hecho desde que le conozco, hace casi medio siglo, es su manera de comunicar una amenaza. —Tengo que decírtelo. Cada temporada tengo la misma sensación: que debería haberme ido hace un año. Cosas como ésta me lo recuerdan. Existe la vida después de la cadena. Le dirigí esa mirada con la que le digo, más o menos, que acabamos de cruzar la frontera de la conversación inútil y arbitraria, y que ha llegado el momento de que vuelva a mi oficina, donde tengo cosas más importantes que hacer que insuflar vida a viejas mentiras. Nadie aquí va a marcharse por propia voluntad. Nunca nadie va a renunciar al hiato. El hiato es el trabajo. «Hiato.» Qué palabra, qué sonido. Nadie más en el mundo del periodismo lo tiene. Seis semanas de vacaciones a mitad del verano, seis semanas de dulce melancolía, seis semanas para fingir que eres otra cosa, cualquier cosa excepto un fantasma sentado ante una cámara que sonríe como insinuando una amenaza ante veinte millones de personas cada domingo. Somos como uno de esos pequeños países europeos, varados en un único piso de un único edificio de Manhattan, con una identidad que se basa en un sentido distinto del tiempo. Y estamos condenados. He exagerado al decir veinte millones. Las cifras de la cadena ya no son tan altas; más bien quince millones, o menos, diez millones. Los informativos están muriendo, pero nosotros somos el último estertor y todavía somos capaces de obtener unos índices de audiencia decentes de vez en cuando. Hace cinco semanas estaba sentado debajo de un emparrado verde en un viñedo de la Camarga comiendo rillette d'oie con tostadas. Ahora volvía a encontrarme en los avernos. Llegamos a mi despacho y me senté en mi silla, pero Bob se quedó de pie en la puerta, con una mano en el bolsillo mientras con la otra me señalaba con el plátano, que yo sabía que no se iba a comer. —¿Debería preocuparme? Eso es lo que estoy preguntando. ¿Qué podía decirle? «La suerte siempre ha sido el genio no anunciado de esta cadena, Bob, y por el momento, nos ha fallado.» No lo dije. Él cargó otra vez. —He hablado con los abogados, y Ritzman me ha dicho que la cadena podría ser culpable. ¿Culpable por qué? ¿De qué? ¿Tienes idea de qué diablos quiere decir con eso? Porque yo no tengo ni idea. Tuve que contestar. De otra forma no se iba a marchar nunca. —¿Cómo diablos puedo saberlo, Bob? Esto es un jodido y horrible lío, y no sé exactamente con qué nos encontramos, pero ¿culpables? Los abogados comercian con el miedo, tú lo sabes. De momento, no olvidemos que un ser humano ha desaparecido. Esta llamada a la decencia le indignó. —Tú la enviaste allí, tú, gilipollas. —¿Puedo tomarme el desayuno ahora, por favor? Él se encogió de hombros por última vez y se retiró. El teléfono continuaba sonando. Peach me llamó, quería que yo la atendiera. No la culpo. No quiere estar en la primera línea de defensa de esta situación, pero es a ella a quien se le paga para eso, no a mí. Es mejor esperar. Es mejor crear un estado de calma. Parece que el padre de Evangeline, ese Dub Harker, quiere mi pellejo, pero será mejor que tenga cuidado. No quiero faltar al respeto a la chica, pero vaya farsante afectado, ese padre. Tiene que ir de John Wayne, pero no es John Wayne; yo conocí a Wayne, y no tenía nada que ver con ese fanfarrón pesado. Era un caballero, y un hombre amable, además, excepto cuando entraba en el tema del comunismo, cuando se emborrachaba y afirmaba que Stalin intentó hacerle matar; uno no se ríe de un hombre que cree eso si no quiere que le den una paliza. Nunca más me reí de él, pero bebí con él unas cuantas veces. Quizá Stalin sí intentó hacerle matar. Wayne decía que los polis de Los Angeles frustraron el golpe y que le hubieran permitido acabar con esos rojos, pero que pensó que J. Edgar haría bien su trabajo y lo dejó estar. Ni siquiera presentó cargos. Wayne tenía clase, incluso cuando estaba fuera de sí. Harker quiere ser como Wayne, un magnate del petróleo que ha criado a una hija guapa. ¿Dub? No puede ser su verdadero nombre. Probablemente sea Terence, o Percy, o Sebastian, pero no podía soportarlo, no podía soportar las burlas, y créame, sabemos de qué va eso. Piense en Austen Trotta a la edad de diez años, piense en cómo le sentaría, piense en lo rápido que Trotta se convierte en trotero, se necesitan cinco segundos, así que eligió Dub, o, más probablemente, los trabajadores de los campos de petróleo del centro de Estados Unidos le pusieron el mote y se le quedó. Los texanos creen que pertenecen a todos los lugares del mundo. Nunca he conocido a ningún texano que no se creyera con derecho a caminar por cualquier parte del planeta sin miedo o sin tener que suplicar nada, o a entrar en mi oficina sin haber sido invitado, igual que su hija, en ese sentido. Pero ahora te has encontrado con el maldito judío. Te las estás viendo con el descendiente de la falsa realeza de los Habsburgo, ahora; unos judíos ennoblecidos en los últimos y débiles años del emperador Francisco José: no hay una casta mejor ni más fuerte, salida de la frontera rusa, donde sobrevivieron a los cosacos, a las plagas y a los polacos. Olvídate de John Wayne. Te golpearé, Marker. Te convertiré en el blanco de las burlas del Club del Petróleo de Dallas, te haré aparecer como un frustrado, un simulador, como el farsante que eres. Sí, Dub Marker. Pero criaste a una buena chica. Lo hiciste, y eso no es fácil, así que lo dejaremos en empate tex-mex. Hora del desayuno. —Hay otra cosa que deberías saber. Maldito Bob, otra vez aquí, ni siquiera han pasado cinco minutos. Los cereales empiezan a marearme. El dolor vuelve a aparecer. —No quise mencionarlo en el bar. —¿Qué pasa ahora? —Tengo mis sospechas acerca de esta situación rumana. —Oh, dios. Bob cierra la puerta detrás de él. —¿Y si la cadena ha provocado esto para utilizarlo contra mí? Ya he oído este tipo de gilipolleces otras veces. —Si ha provocado ¿qué? ¿El secuestro y posible asesinato de una de nuestras empleadas? —Hay muchas cosas en juego, Austen. —Estás de broma, claro. —Esta vez no lo sé. Se encogió de hombros. No iba de broma. Un relámpago en la parte baja de mi espalda. Pueblos aplastados a ambos lados de mi columna vertebral. Es el momento de tumbarme. Peach tiene el Percocet. —Quizás esté loco. Diablos, sé que lo estoy. Pero esta coincidencia me parece extraña. Justo cuando nuestras cifras descienden, justo cuando la cadena empieza a hablar del envejecimiento demográfico del programa, justo en este momento, una chica desaparece. Por supuesto, dudo que tenga nada que ver con eso, pero está clarísimo que les resulta conveniente y está clarísimo que lo utilizarán contra mí. Tengo que aterrizar en el sofá, correr las cortinas y sumergirme en el olvido. Peach, por favor, trae el Percocet. Bob dio marcha atrás. —Por el amor de dios, estás peor que yo. —Las lumbares. —Hablaremos más tarde. Es el momento de echar una cabezada de verdad, de justificar la cortina. El dolor me recorre la columna vertebral, Hitler atravesando Francia. Este diario terapéutico no ofrece ningún alivio. Martes, 6 de octubre, 10:15 h Llevo puesta mi gabardina de la suerte. Quizá reciba buenas noticias hoy. He llegado tarde, con una sensación de confusión, y he recibido un mensaje irritante: Julia Barnes quiere hablar. Es urgente. «Encuentra siempre tiempo para un editor», me digo, pero esto suena un poco alocado. ¿Cuándo le he pedido a un editor que concierte una cita? No necesita una cita. Puede, simplemente, entrar, aunque espero que no lo haga. Ella trabajó con Evangeline en la historia del payaso de los rodeos. Quizá sepa algo, tenga una pista. ¿Quiero saberlo? No he dormido esta noche. Es la hora del Percocet. ¡Adelante, gabardina de la suerte! Martes, 6 de octubre, 16:00 h El destino de los Habsburgo me ha alcanzado por fin. Sabio antepasado, dejaste este mundo; sabio, no afortunado, como siempre decías. El cáncer de huesos pudo contigo al final, pero no los nazis. Un cáncer de huesos producido por complicaciones del cáncer de próstata, aun así viviste una larga vida y nos salvaste de la historia, te marchaste del imperio de los Habsburgo en 1912. Dos años más y te hubieran reclutado, y nuestra historia hubiera terminado igual que la del resto de la familia Trotta, con una bala entre los ojos, en lugar de aquí, en este nido de águilas del piso veinte, viajando sobre las ondas sonoras de un país que no se preocupa por nada y que no sabe nada acerca del mundo del que tú escapaste, que fue aniquilado por la peor de las calamidades del siglo xx. Yahora, todo eso explota en la parte baja de mi espalda. Cuanto más viejo se hace, más debe sufrir el viejo judío. Julia Barnes apareció como un espectro ante la puerta de mi despacho justo antes de comer. Se acercó y llamó. —¿Te pillo en mal momento? Le hice un gesto para que se sentara. Cerró la puerta detrás de ella, un pequeño gesto inconsciente de ostentación. Todo el mundo estaría atento ahora. En mi pequeño mundo, una puerta cerrada suena como un cañonazo. La gente se endereza y presta atención. —¿Qué hay, niña? —¿Te he dicho alguna vez que mis padres son húngaros? Como inicio de una conversación urgente, me intrigó, debo admitirlo. —Mi nombre de soltera es Teleki. —¡Nobleza! Giró la cabeza a un lado, el cabello le cayó sobre los labios y se rio. —Y de Utica, nada menos. Yo no tenía ni idea, pero ahora que lo mencionaba, esos ojos traicionaban el pesimismo húngaro que tanta mala fama tenía. —Tu gente proviene de esa parte del mundo también, me parece. —Por supuesto. Judíos polacos de la Galitzia centroeuropea, súbditos de los Habsburgo. —Saqué un cigarrillo y puse los pies encima de la mesa—. No eran Teleki, pero uno de mis parientes tenía un «von» delante de su nombre. ¿Te preocupa la genealogía, hoy? —Por favor, no pienses que estoy loca. —Se aclaró la garganta y bajó la voz, a pesar de que la puerta estaba cerrada—. Remschneider está digitalizando esas cintas que llegaron de Rumania. No parecía asunto mío. ¿Se trataba de una pequeña estratagema para sustituir a Remschneider en el trabajo de edición? ¿Intentaba atraerme a la maquinación? Si era así, no se lo agradecía. —¿Y qué? Apoyó el codo en el escritorio y bajó la cabeza, como si fuera a susurrar a través de la rejilla de un muro de prisión. —No existe ninguna historia rumana. Ni siquiera hay un presupuesto para esa historia rumana. Y si no hay una cifra de presupuesto, no puede haber un editor. Así que, ¿por qué está editando? No conseguía ver cómo esto me afectaba, a pesar de una vaga conexión con otros asuntos con Rumania. Pero sentí un pinchazo de nerviosismo, como si esa información pudiera ser relevante en algún ignoto sentido. —¿Estás segura de que no existe ninguna cifra de presupuesto? Debe de haberla. En ese momento, pareció contenerse. Se recostó en la silla y levantó un poco la voz. Se había ofendido por mi tono, que era lo único que me faltaba. —No soy una idiota, Austen. Estoy muy segura. No existe ninguna cifra de presupuesto. De todas maneras, ésa no es la cuestión. —¿Puedo preguntar por qué te preocupa tanto? Se ruborizó y me supo mal por ella. Había pasado una semana sin dormir a causa de la historia del payaso de rodeo y necesitaba irse a casa y descansar. Según mi experiencia, en este negocio, la falta de sueño es el ignorado gran destructor de una carrera. Pareció ordenar las ideas. Era una editora con talento y una buena persona, pero tenía sus debilidades. Nadie era más rápido en presentar una acusación de sexismo que Julia Barnes. No me considero un sexista, aunque he sido acusado de ello en el pasado, y no quiero facilitar más argumentos de los estrictamente necesarios. Pero su extraño fervor suscitaba la pregunta. Para darle un momento, rebusqué entre los papeles que tenía encima del escritorio hasta que encontré el cenicero. Ella suspiró. —Te voy a decir por qué es importante. Esas cintas llegaron de Rumania, aunque no esperábamos recibirlas. Nuestra productora asociada ha desaparecido allí. Por lo que sabemos, está muerta. Vale. Eso es lo que sabemos. Pero luego, Miggison me da las cintas para que las guarde y lo siguiente que sé es que las han sacado de mi despacho y que ahora se encuentran en manos de otro editor, un editor que no tiene parte en este asunto y que no tiene por qué tocarlas, y que las está digitalizando como si necesitáramos tenerlas en el sistema para montar una historia, a pesar de que, como ambos sabemos, no hay nada en esas cintas que pueda utilizarse para ninguna historia que podamos hacer nunca. Así que te lo pregunto otra vez: ¿por qué diablos las estamos digitalizando? ¿Por qué no las enviamos directamente a la policía? Lo que decía tenía cierto sentido, aunque había dado un gran salto en su razonamiento y había relacionado dos cosas que podían estar completamente desconectadas. Por lo que sabemos, por lo que ella me acababa de contar, esas cintas podrían haber sido filmadas por algún otro equipo de la cadena, el de Noticias noche o La hora del amanecer, y habrían podido llegar a nuestros dominios por equivocación. Yo no sabía por qué otro editor querría digitalizarlas, pero eso resultaba difícil de juzgar como siniestro. —Si lo que estás diciendo es que existe alguna relación entre Evangeline Harker y esas cintas, me gustaría mucho tener alguna prueba. Ella meneó la cabeza con una expresión ligeramente paternalista. Levantó un poco la voz. —¿Y que me dices de ese nombre, Olestru?¿No dijo Lockyear que era el mismo nombre que el de su contacto? ¿Eso no cuenta?¿O es que estoy loca? Empecé a enojarme, lo cual es malo para mi presión arterial. Quité los pies de encima del escritorio y me incorporé en la silla. Ese nombre me preocupaba, pero no constituía una buena prueba. La conversación había terminado, por lo que a mí respectaba. —¿Alguna otra cosa, querida? Empujó los papeles del escritorio a un lado. —No me estás escuchando, Austen. Esas cintas proceden de Transilvania. La miré con una expresión de asombro, sin adornos y sin ningún arrepentimiento. Era una de las editoras más listas de esa planta. Era una de las profesionales en alza, o lo había sido hasta ese momento. Y entonces, al comprender lo que sucedía, solté una carcajada. Me había pillado. —Oh, vaya. —Se me saltaban las lágrimas—. Oh, Jesús. Ella empezó a reírse también, gracias a dios. Nos reímos sin parar; llorábamos de la risa, y ella hasta dio una palmada en el escritorio. Habíamos sido atacados por unos vídeo-vampiros. Llamé a Peach al despacho, y se lo contamos, y ella también soltó una gran risotada. Me sentí mejor de lo que me había sentido en décadas. Reír es la forma de libertad más profunda. A su manera, la gabardina de la suerte no me había fallado. Pero cuando Julia abandonó el despacho, una oscuridad húngara había vuelto a sus ojos, y ya no quise saber por qué.
VeintiunoJulia Barnes pasó de una habitación brillantemente iluminada a otra y de una conversación con un corresponsal a otra, creyendo que su productor habría vuelto a la zona de edición y la estaría esperando, y que no estaría interesado para nada en el estado del asunto Harker, excepto, quizá, como cotilleo, como una de esas informaciones vitales acerca de las desgracias de otro equipo. Eso quizá le reportara cierta ventaja, pero no mucha. No resultaba de ninguna ayuda el hecho de no haber trabajado nunca con ese productor, ni haber oído rumores terribles acerca de su carácter y sus hábitos de trabajo. Pero no podía dejar plantado a un corresponsal. Si el hombre quería hablar, ella también tendría que hacerlo. El que había sido colega de Austen durante décadas, Ed Prince, le guiñó un ojo para que entrara en la habitación. Le indicó con un gesto que cerrara la puerta. Ella lo hizo con cierta reluctancia. Prince meneó la cabeza, como si la conversación ya hubiera comenzado, y ella hizo lo propio, creyendo que la mejor estrategia sería mantener un aire de confabulación sin decir nada que pudiera comprometerla. Empezó a reír, y ella se rio también. Finalmente, Prince paró y le hizo una seña para que se sentara. —Mírate —dijo él. Ella meneó la cabeza e intentó volver a reír, pero eso ya no resultó convincente. —¿Qué es tan gracioso, querida? —Oh, la absurdidad de la situación, supongo. —¿Qué situación? Acentúo el tono malicioso. Ella no pensaba jugar. —Venga, Ed. —No me vengas con «venga, Ed». Nadie aquí me cuenta absolutamente nada. Soy el tonto del pueblo. «Eres más tonto que el del pueblo», pensó ella para sus adentros. —Tengo a un productor en mi sala, Ed. Es un desastre. —Mentirosa. Prince y Trotta eran hombres muy distintos. Un rato antes, ella había intentado que este último se diera cuenta de un peligro que casi no podía nombrar, y él la había tratado con una condescendencia indiferente. A diferencia de la mayoría de personas del programa, Trotta nunca mostraba un aire de necesidad, o si lo hacía, éste siempre quedaba velado detrás de muchas capas de una ambivalencia mordaz. Por otro lado, Prince, a pesar de su fama nacional, nunca había encontrado el terreno adecuado que el sentimiento de superioridad necesita para cultivar una auténtica condescendencia. Era como una de esas viejas estrellas de cine de la Metro Goldwyn Mayer que nunca se escondían de un fotógrafo, que querían que sus asuntos amorosos estuvieran a la vista del público, que ansiaban mostrarse y que no sentían la menor vergüenza por ello. Atrapado por ese deseo, Prince no se sentía apreciado, no se sentía informado, no se sentía alimentado y siempre intentaba compensar, congraciándose incluso con quienes no tenían ninguna importancia bajo ningún punto de vista. A Julia le gustaba eso de él, pero también sentía pena. ¿Cómo podía alguien haber llegado tan lejos y desear, todavía, tanto amor? A diferencia de Trotta, que mostraba una pulcritud desenfadada propia de otros tiempos, que no tenía miedo de llevar un fular en el cuello o un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, Prince se había lanzado al asalto de la fama con los oscuros trajes azules propios de los inversores de Wall Street. No fumaba y no bebía, y comía sin necesidad ninguna de aromas ni inspiración. Realizaba las llamadas telefónicas él mismo y, en esas llamadas, se refería a sí mismo como «Ed Prince, el periodista de La hora». Su bronceado era debido a meses de ir vestido con ropa de tenis en Cape Cod, donde reinaba durante el hiato en una existencia sin entrevistas que casi no podía soportar. Y todo ese esfuerzo parecía diseñado para generar una impresión de solidez, cuando, de hecho, uno siempre notaba las arenas movedizas en Prince. Podía hundirse en cualquier momento, y ¿quién le agarraría de la mano? Ella no. —¿Por qué me lo preguntas, Ed? —Porque sé que me lo dirás. —Evangeline Harker ha desparecido. —¿Qué más? ¿De qué estabas hablando allí dentro con ese deleznable y viejo delirante? Trotta era, por lo menos, una década más joven que Prince. —Eso es algo entre él y yo. —Y una mierda. Ella decidió poner el cuello bajo el hacha. El filo iba a alcanzarla, de todas maneras. Iba a colaborar y terminaría con eso. —Estoy preocupada por el hecho de que unas cintas procedentes de Rumania estén siendo digitalizadas a pesar de que no sabemos nada de ellas. No hay una cifra de presupuesto. No hay ninguna historia. Y aun así, un editor ha asumido la tarea de colocar ese material en un sistema que compartimos todos. Prince dio un paso hacia delante. —Y tú crees que esas cintas tienen algo que ver con la chica Harker. Julia asintió con la cabeza. —Lo creo, pero no tengo ninguna prueba. Prince también asintió. Sonrió como si ella acabara de proponerle una idea verdaderamente tonta para una historia. Cogió el teléfono y la miró con los ojos entrecerrados. —¿Por qué mierda me he preocupado de decírtelo? Salió de la habitación. Esos viejos cabrones se pensaban que eran los dueños de su mundo, pero no lo eran. Ninguno de ellos lo era. Ella tenía su propia vida fuera de la zona de edición. Quizás estuviera atravesando un momento difícil, pero tenía una vida por lo menos. Se detuvo para captar una repentina explosión de belleza. La luz del sol había atravesado una cadena de nubes por encima de la cuenca oriental del Hudson, y esa luz inundaba las oficinas de la planta veinte, atravesaba las paredes de cristal de los impresionantes espacios de los corresponsales, se colaba por entre las hojas de las plantas colgantes, por entre las cortinas venecianas, caía sobre los montones de papeles y de libros y descendía como una bendición sobre las filas de ayudantes, que tan raramente captaban un destello de gloria como ése. La ayudante de Austen, Peach Carnahan, nadaba en un fuego de plata. Cuando Julia era una estudiante católica, creía que esos fuegos artificiales de la naturaleza revelaban la mano de Dios. Ahora conocía la verdadera importancia que tenían. Servían para poner de relieve las verdades desesperadas de la existencia humana. Las personas que tenían despachos con ventanas podían disfrutar de la luz del sol. ¿Y aquellos que no tenían ventanas? Podían besar el culo de los semidioses. En cuanto se fue del pasillo de los corresponsales y salió de la luz para entrar en el estrecho pasaje que conducía al pasillo principal, el vago sentimiento de incomodidad volvió a aparecer. La luz a su alrededor había pasado de un blanco apagado a un oscuro azul. A la izquierda, la luz de la cafetería brillaba y de ella provenía un murmullo; era el lugar más alegre de toda la planta. Se alejó del consuelo que ofrecía, recorrió la oscuridad alejándose del pasillo de los corresponsales y empezó a elaborar un plan. De alguna manera, la cinta de vídeo rumana estaba contaminada. Visualmente, esas imágenes le hacían pensar en los mensajes electrónicos que contienen virus informáticos. Los detectaba a kilómetros de distancia: la falsa oferta de un interés lascivo o financiero en el título y la urgencia que suscitaban en ser abiertos para poder provocar estragos. No se debía permitir que esas cintas entraran en el sistema informático. No debían digitalizarse. Iba a detenerlo, y no lo haría acudiendo a la dirección de la cadena, donde por supuesto tenía amigos. Lo haría al viejo estilo, al estilo clandestino, a través del engaño, el sabotaje y, si hacía falta, a la fuerza. VeintidósAntes de entrar en la zona de edición, Julia miró hacia atrás por encima del hombro hacia los lavabos y los ascensores, hacia la relativa alegría de la mesa de seguridad. Había pasado por delante de Menard Griffiths, el vigilante, y había disfrutado del habitual momento de agradable y animado palique, como si hablara con un ser procedente de un mundo distinto y más amable. Menard era un hombre cálido y decente, y siempre le hacía cumplidos por una sonrisa que cada vez aparecía en su rostro con menos facilidad. Pero ahora estaba lejos, allí detrás, en medio del pasillo, más allá de los lavabos y los ascensores, y ella estaba ahí abajo, en el umbral de la zona de edición, sin ventanas y bien insonorizada. Toda la vida la habían llamado paranoica; no le importaba. Alargó el cuello y husmeó. «Como un animal que huele el aire», pensó. En ese aroma de largos días e interminables noches, de comida, de perfume rancio y de sudor frío, notó algo más. Pensó que la atmósfera allí había cambiado. «Todo ha cambiado, la planta entera. El fantasma de Ian nos acecha —pensó—. O alguien más ha muerto.» Quizá Lockyear, ahora que se había enterado de que le habían echado. Alguien dijo haberle visto atravesar precipitadamente las puertas de cristal del edificio, con las lágrimas cayéndole por las mejillas y los insultos manando de sus labios. Se dirigió hacia su despacho, donde su nuevo productor debía de estar preguntándose dónde diablos se había metido. El pragmatismo de Trotta la había hecho impacientarse consigo misma. Era una madre con hijos adolescentes, tenía un gran apartamento en Manhattan y se enfrentaba con el tráfico cada día en un coche que tendría que estar en el desguace. Había sobrevivido en ese trabajo durante dieciocho años y no tenía intención de perder esa mierda. Que fueran los Lockyear quienes lo hicieran. Ella era más dura, más mezquina, más lista. Julia abrió la puerta de su oficina, a punto de ofrecer una disculpa a su productor. Un hombre pálido vestido con un uniforme azul saltó hacia ella: un soldado unionista pálido como un cadáver, con capa y pistolera, con un cabello largo y rubio que sobresalía en mechones por debajo de la capa inclinada. Era como un reportaje que hubiera cobrado vida. A Julia le pareció oír un sonido espectral de banjo. Dejó escapar un chillido, incapaz de moverse de donde estaba, con el corazón desbocado mientras el espectro flotaba hacia ella hasta quedar a una corta distancia. Unas manos se levantaron hasta su garganta. El chillido funcionó como alarma. La gente salió fuera de las salas de edición adyacentes. Alguien encendió la lámpara de mesa que había al lado de la puerta y Julia vio la realidad. El visitante se había quitado la capa, revelando un cabello largo hasta los hombros de un color castaño y unos mal escogidos pendientes de perlas. Era su nueva productora. VeintitrésUnos cuantos editores se quedaron un momento con la boca abierta ante la puerta de la sala, mirando a Julia mientras ésta se reía para hacerse pasar el susto. Finalmente, la productora los echó. Cerró la puerta, se sentó al lado de Julia y se presentó como Sally Benchborn, miembro del equipo de Sam Dambles. —Eh, hola Sally —tartamudeó Julia—. No dejes que mi comportamiento te engañe. Yo... soy una fan de tu trabajo. —Supongo que debo explicarlo. —Sally parecía sentirse incluso más incómoda de lo que se sentía Julia—. Tengo una especie de afición de fin de semana: representar la guerra de Secesión. Este fin de semana he salido con mi unidad, la Veintisiete de los Irregulares de Massachusetts, hemos tomado Fort McAllister y no he tenido tiempo de cambiarme. ¿De verdad doy tanto miedo? Julia no creía que diera tanto miedo. Su chillido había surgido de un lugar más profundo. El miedo había estado creciendo desde el momento en que esas cintas llegaron de Rumania. Se había convertido en una dolencia física. Esta mujer, simplemente, lo había disparado y Julia se sentía mal por haber montado tanto alboroto por un disfraz, especialmente por haberlo hecho delante de los demás editores, que no tendrían piedad con ella a sus espaldas. Julia intentó sonreír. —Una fantástica primera impresión, ¿eh? Sally dejó caer el sombrero encima de un archivador, al lado de un montón de nueces metidas dentro de una bolsa de plástico de un bocadillo. —He visto algunas reacciones interesantes ante este uniforme, pero éste es el primer ataque de terror. —Bah, ni siquiera se le ha acercado. Un ataque de terror implica caer al suelo, adoptar una posición fetal y recibir asistencia médica, créeme. Lo único que vi fue ese uniforme, ese viejo uniforme, y... —La verdad es que es muy auténtico. —No lo dudo, no. —Hay que pagar por el equipo propio. No me avergüenza decir que pagué a un furriel setecientos dólares por este conjunto. Julia dejó escapar una risa nerviosa. —Conjunto. Me gusta eso. Unos Manolo Blahnik, un pañuelo Hermés, Gettysburg. Un bonito conjunto. Sally no se rio. —Fue en Fort McAllister, Georgia. Muy lejos de Gettysburg. Julia pensó que Sally debía de estar asustada, también. Por lo menos, estaba nerviosa. Quizás había notado la desagradable corriente en el aire, las malas vibraciones. —¿Qué es un furriel? —preguntó Julia, recuperando la compostura. Sally se arregló el pelo, y se desabrochó la capa a la altura del cuello. —Un comerciante de venta por correo especializado en cosas de la guerra de Secesión. —¿Esto lo sabe todo el mundo? —Ahora sí. Julia se levantó del sofá, fue hasta su silla y comprobó si había alguna nota. Giró sobre la silla y cogió la bolsa de nueces. —¿Quieres una? Sally declinó el ofrecimiento. Como adelantándose a una serie de preguntas, le dijo a Julia que siempre se había sentido fascinada por la representación de la guerra de Secesión, y que una vez había valorado la posibilidad de realizar un documental sobre el tema de una unidad en concreto. El documental se cayó por falta de apoyo financiero, pero la práctica se le había metido en la sangre, y ahora lo hacía por diversión. Su unidad reunía a gente, la mayoría hombres de la zona nordeste del país, y todo el mundo tenía una copia del calendario y un arma, una bayoneta Enfield. —¿La tienes aquí? —preguntó Julia. Sally apretó los labios en un gesto de desaprobación un tanto esnob. —En el coche. El combate terminó tarde ayer por la noche, así que tuve que quedarme en un hotel de Atlanta y volar esta mañana. No he visto a mis hijos. —¿Me la podrás enseñar en algún momento? —¿El qué? —La bayoneta. —Claro. ¿Podemos hablar de nuestra noticia, ahora? Charlaron durante un rato de la historia, un retrato de una estrella del cine inglés cuyas películas no gustaban a Julia. —¿Cómo diablos conseguiste que aprobaran esto? Sally levantó las cejas. —Si ésta es tu actitud, me doy cuenta de que lo vamos a pasar muy bien juntas. —No, no, lo que quiero decir es que no es exactamente un tipo conocido. Solamente estoy sorprendida de que Bob te dejara hacerlo. —Probablemente le nominen para un Oscar de la Academia. Es por eso. De todas formas, si tienes alguna reserva, es mejor que la oiga ahora. Julia sintió que empezaba a sentirse más a gusto con la mujer. Sally Benchborn tenía una actitud directa. Parecía decidida, de forma inocente y honesta, a elaborar una obra maestra a partir de esa celebridad de segunda fila, y Julia creía, después de haber conversado con ella, que si alguien podía hacerlo, era Sally. Hablaron de temas de logística. La entrevista principal estaba hecha; estaban a punto de llegar unos fragmentos de película. Iba a hacerse otra entrevista y habría mucho metraje de soporte de la ciudad inglesa de Whitby, donde el actor tenía una segunda residencia. Julia iba a tener una buena cantidad de material a finales de semana, y tendría que hacer horas extras para la digitalización, si era necesario. Luego se hizo un silencio y Sally Benchborn miró a Julia en la penumbra. En una esquina de la habitación, un monitor emitía sin sonido las noticias por cable. —¿Sabes por qué me he levantado del sofá cuando has abierto la puerta? Julia tenía una nuez entre los labios. Se la comió. —Me levanté porque, cuando abriste, parecías mareada. Creí que ibas a desmayarte. Julia se tragó la nuez. Sally entrecerró los ojos y esperó. —Dios mío —dijo Julia. Comprobó el interfono que había al lado de la puerta y se aseguró de que estuviera apagado y que nadie pudiera escuchar. Su productora cruzó las piernas, con expresión divertida. De repente, ser una aficionada a la representación de la guerra de Secesión ya no parecía tan excéntrico. Sally irradiaba una gran confianza en sus elecciones. Transmitía la sensación de que nada podía ser tan natural como su decisión de llevar ese uniforme; de que no existía un placer más básico que el llevar a cabo una afición que combinaba la historia, la moda y la puntería, una ocasional representación de fin de semana de un combate sangriento. A Julia le gustó esa seguridad en sí misma. Le despertaba confianza. Le contó todo a Sally: la desaparición de Evangeline Harker, la llegada de las cintas desde Rumania, Remschneider digitalizándolas, la indiferencia de Trotta. Sally se puso roja mientras la escuchaba. —¿Dónde está Remschneider? —¿Por qué? ---Voy a hablar con él. Es un buen tipo, pero a veces necesita que le digan algo. Julia levantó una mano. Le parecía haber oído un ruido al otro lado de la puerta. Sally no prestó atención. —Trabajé con el Pedigüeño en mi última historia. Es rápido y listo, pero puede ser infantil. La verdad es que creo que el adjetivo adecuado para él es «inmaduro». Pero me escuchará. No hacía mucho, Julia preguntó a Remschneider cómo había sido trabajar con Sally Benchborn, y él contestó «el show de los freaks», aunque eso no significaba nada. Los editores y los productores se manejaban entre el amor y el odio; se daban puñaladas por la espalda con una necesidad casi biológica. Sally le llamaba el Pedigüeño porque, le explicó, pedía cumplidos sin ninguna vergüenza. Él la llamaba la Freak. Eran cosas inherentes a la profesión. Quizás ella pudiera hacer entrar en razón a Remschneider. Sally se abotonó la parte alta de la camisa de muselina, se cubrió con lo que ella llamaba la guerrera del uniforme federal —un abrigo que Julia había confundido con una capa— y se puso la oscura gorra azul yanqui en la cabeza. Siguió a Julia a través de la puerta y pasillo abajo del piso veinte en dirección a Remschneider, quien poseía un despacho ligeramente más grande y mejor entre el segundo y último corredor. La puerta estaba cerrada y no se oía nada dentro. —Quizás hayan salido a comer —sugirió Sally. —La luz está encendida. —Lo está. —La productora llamó tres veces a la puerta—. ¡Pedigüeño! Julia puso la oreja contra la puerta. —Juraría que he oído susurros ahí dentro. Las mejillas de Sally se encendieron con un vivo color rojo. —¡No juegues conmigo, Remschneider! Julia giró el pomo. —No está cerrado, Sally. Pareció que Sally estaba a punto de soltar un comentario agrio pero, en lugar de eso, giró el pomo y entró en la habitación con un gesto teatral; la guerrera del uniforme federal flotó a sus espaldas. Julia la siguió. Durante un largo rato, ninguna de las dos mujeres dijo nada. Tres hombres se encontraban sentados en unas sillas delante de tres pantallas: dos monitores de vídeo y un aparato de televisión de veintitrés pulgadas. Cada uno de los hombres llevaba puestos unos auriculares, y cada uno de los auriculares estaba conectado con un monitor, si bien los tres mostraban la misma imagen: una silla de madera en una habitación vacía. No se oía lo que los hombres escuchaban por los auriculares, pero Julia pensó más tarde que había distinguido una especie de susurros, como unos últimos fragmentos de frases que se filtraran en el seco oxígeno de la habitación. Lo que la con-mocionó fueron las lágrimas. Tres hombres, Remschneider y dos más, todos a finales de la treintena o en mitad de la cuarentena, todos ellos hombres de familia, bromistas, amantes de la música, absolutamente profesionales en el momento de cortar fragmentos, estaban sentados con los ojos enrojecidos; las lágrimas les caían por los rostros y les dibujaban surcos en la piel, como si marcaran las mejillas con algún ácido. Estaban boquiabiertos y agarraban con fuerza los auriculares. «Como si alguien les hubiera clavado un cuchillo en el cerebro», pensó Julia. Veinticuatro¿Los pájaros gritan como marineros en la noche. Me he estado despertando a cada rato y les he oído en su pelea. Me levanto de la cama, enciendo la vela e intento escribir estas notas, tal y como la hermana Agathe me dijo que hiciera. Dijo que ésa es mi tarea. Mientras estoy despierta, estoy asustada, y el jaleo de los pájaros me hace soportar mejor el miedo. Me da un poco de paz, no sé por qué. Nunca me han interesado mucho los pájaros ni la gente que los tiene. Son unas criaturas ridículas y charlatanas. Pero estoy segura de que éstos me están haciendo bien. La verdad es que nunca he visto a esos animales. De vez en cuando, por supuesto, sospecho que oigo algo. La carga que llevo dentro se ha disfrazado con unas alas y chilla. Es extraño. No he estado en este valle nunca, en toda mi vida, pero parece que tengo cierto conocimiento sobre toda la zona. Si las hermanas de este claustro hablaran mi idioma, se sentirían alarmadas y asombradas por la información que poseo. Sé, por ejemplo, que hay tres fosas comunes en el valle que se encuentra al otro lado de la cadena de montañas, y que hay una más grande, aquí, justo al otro lado de los muros del monasterio. Nunca he visto el otro valle, pero sé que una de las fosas se encuentra detrás de un cuartel abandonado pintado de un desvaído color amarillo ocre y que contiene los cuerpos de veintitrés personas, doce hombres, ocho mujeres y tres niños, todos ellos judíos procedentes de un lugar llamado Suceava. Quizás ése es el nombre de este lugar, donde me encuentro. Otra fosa se encuentra en lo más profundo del bosque, donde nadie se adentra excepto los cazadores, y dentro de ella, enredados unos con otros como zarzamoras, están los cuerpos de tres mujeres gitanas, todas ellas violadas, mutiladas y asesinadas de un tiro en la nuca; una anciana, su hija y la sobrina de la hija, cuyas muertes son bastante recientes, ocurridas en las últimas décadas. Y, además, está la última de las tres fosas, en el valle adyacente, la más vieja, en la cual se encuentran profundamente enterrados los huesos de diecinueve caballeros turcos decapitados. Descansan debajo de un estanque que solamente tiene dos siglos y medio de existencia. Las hermanas ni siquiera lo saben, estoy segura, y considerarían que este conocimiento mío es obra del demonio. Pero lo cierto es que se me da de la forma más natural. De la misma manera que sé que un cúmulo de nubes trae nieve, sé que la curva de esta tierra alberga los restos de los masacrados. Hay un pájaro que emite un sonido distinto del de los demás y que parece llamar desde mucho más lejos. Es un animal más dulce, que no se involucra en la pelea de los otros pájaros, y que parece tener una misión distinta. Me llama en la noche, me pide que vuelva a cruzar las montañas y que vuelva al lugar donde recibí mi carga. Una de las hermanas me dijo que no prestara oídos a nada que pronunciara mi nombre. Dice que debo permanecer entre estos muros hasta que mi carga me sea retirada. Esta llamada nocturna no proviene de nada diabólico, estoy segura. «Evangeline», entona, y me recuerda la vieja canción por la que mis padres me pusieron este no |