RELATOS DE POE

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THE RING

 
THE RING

Koji Suzuki

 

PRIMERA PARTE

OTOÑO

5 de septiembre de 1990, 22.49 h.

Yokohama.

Una hilera de edificios de apartamentos, cada uno de quince pisos

de altura, recorría el extremo norte de la urbanización, junto a los

jardines Sankeien. Aunque llevaban poco tiempo construidos, casi todos

los apartamentos ya estaban ocupados. En cada edificio se agolpaban

casi cien viviendas, pero la mayoría de los habitantes ni siquiera les

habían visto la cara a sus vecinos. La única prueba de que allí vivía

gente llegaba por la noche, cuando se iluminaban las ventanas.

Al sur, la superficie aceitosa del océano reflejaba las luces

parpadeantes de una fábrica. Un laberinto de tuberías y conductos se

abría paso por los muros de la fábrica como capilares sanguíneos por el

tejido muscular. Sobre la fachada de la fábrica brillaban innumerables

luces parecidas a insectos brillando en la oscuridad. Incluso aquella

escena grotesca tenía cierta belleza. La fábrica proyectaba una sombra

muda sobre el negro mar de fondo.

Unos doscientos metros más cerca, en la urbanización, una casa de

dos pisos nueva se alzaba sola entre parcelas vacías separadas por la

misma distancia. Su puerta principal daba directamente a la calle, que

iba de norte a sur, y al lado tenía un garaje para un solo coche. La casa

era corriente, como las que se ven en cualquier urbanización nueva,

pero no había ninguna otra detrás de ella ni a los lados. Quizá debido a

su mala ubicación, se habían vendido pocas parcelas y había carteles de

SE VENDE alrededor de la casa y por toda la calle. Comparada con los

apartamentos, construidos por las mismas fechas y sobre los que se

habían abalanzado los compradores, la urbanización parecía muy

solitaria.

De una ventana abierta en el segundo piso de la casa salía un haz

de luz fluorescente que llegaba hasta el oscuro pavimento de la calle. La

luz, la única de la casa, venía del cuarto de Tomoko Oishi. Tomoko

estaba tirada en una silla leyendo un libro para el colegio, vestida con

unos shorts y una camiseta blanca. Su cuerpo estaba en una postura

imposible, con las piernas extendidas en dirección a un ventilador

eléctrico puesto en el suelo. Abanicándose con el borde de la camiseta

para que la brisa le refrescara directamente la piel, Tomoko hablaba en

murmullos sobre el calor sin dirigirse a nadie en especial. Era estudiante

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de último curso en un colegio privado de secundaria y había dejado que

se le amontonara el trabajo durante las vacaciones de verano. Había

perdido demasiado tiempo, y le echaba la culpa al calor. Sin embargo,

el verano, en realidad, no había sido tan caluroso. No había habido

muchos días soleados y había pasado muchos menos días en la playa

que otros veranos. Y, lo que era peor, tan pronto como acabaron las

vacaciones hubo cinco días seguidos de tiempo maravilloso. Aquello

irritó a Tomoko: odiaba aquel cielo soleado.

¿Cómo podía estudiar con aquel estúpido calor?

Estiró la mano con la que había estado jugando con su pelo para

subir el volumen de la radio. Vio una polilla posarse sobre la mosquitera

junto a ella y luego volar a otro sitio, empujada por la brisa del

ventilador. La mosquitera tembló levemente un momento después de

que la oscuridad se tragara al insecto.

Tenía un examen al día siguiente, pero no avanzaba. Tomoko Oishi

no iba a estar preparada ni siquiera si se pasaba la noche en blanco,

estudiando. Miró el reloj. Casi las once. Se le ocurrió ver el resumen de

la jornada de béisbol en la tele.

Quizá saldrían fugazmente sus padres en los asientos más caros.

Pero a Tomoko, que quería entrar en la universidad como fuera, le

preocupaba mucho el examen. Lo único que tenía que hacer era entrar

en la universidad. No le importaba en cuál, mientras fuera una

universidad. Aun así, ¡qué verano tan poco satisfactorio había pasado!

El mal tiempo había impedido que hiciera nada realmente divertido y la

humedad insoportable no la había dejado trabajar.

«Tío, era mi último verano en el colegio. Quería despedirme a lo

grande y he perdido la oportunidad. Se acabó».

Su mente se desvió a un objetivo más propicio que el clima para

descargar su malestar.

«¿Y qué les pasa a mamá y papá? Dejan a su hija sola, estudiando

así, cubierta de sudor, y se van alegremente a un partido de béisbol.

¿Por qué no se paran a pensar en mis sentimientos por una vez?»

Un compañero de trabajo le había dado a su padre

inesperadamente un par de entradas para un partido de béisbol, así que

sus padres habían ido al Tokio Dome. Casi era la hora a la que deberían

estar de vuelta, a menos que hubieran ido a algún sitio después del

partido. De momento, Tomoko estaba sola en la casa nueva.

No era normal tanta humedad, ya que hacía días que no llovía.

Además del sudor de su cuerpo, el ambiente estaba húmedo. Tomoko

se dio un manotazo en la cadera sin pensar. Pero cuando retiró la

mano, no había rastro del mosquito. Sintió un picor justo encima de la

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rodilla, pero quizá no era más que su imaginación. Escuchó un zumbido.

Agitó las manos sobre su cabeza. Una mosca. La mosca voló

rápidamente hacia arriba para escapar de la corriente del ventilador y

desapareció de la vista. ¿Cómo había entrado una mosca en la

habitación? La puerta estaba cerrada. Tomoko revisó las mosquiteras,

pero no encontró ningún agujero lo bastante grande como para que

pasara una mosca. De repente se dio cuenta de que tenía sed. Y tenía

que orinar.

Notó que le faltaba el aire, no exactamente como si se ahogara,

pero sí como si tuviera un peso sobre el pecho. Tomoko llevaba algún

tiempo quejándose para sus adentros de lo injusta que era la vida, pero

ahora, al adentrarse en el silencio, parecía que fuera otra persona. Al

bajar las escaleras el corazón le empezó a latir con fuerza y sin motivo.

Las luces de un coche que pasaba arañaron la pared al pie de las

escaleras y se escabulleron. Cuando el motor del coche se alejó hasta

dejar de oírse, la oscuridad de la casa pareció hacerse más intensa.

Tomoko bajó las escaleras intentando hacer mucho ruido y encendió la

luz del vestíbulo de la planta baja.

Se quedó sentada en el retrete, enfrascada en sus pensamientos,

bastante rato después de terminar de orinar. El violento palpitar de su

corazón aún no había parado. Nunca le había pasado nada parecido.

¿Qué le estaba sucediendo? Respiró hondo varias veces para calmarse,

se puso de pie y se subió los shorts y las bragas al mismo tiempo.

«Mamá y papá, por favor llegad a casa pronto —se dijo a sí misma,

hablando de repente como una niña pequeña—. Aj, qué asco. ¿Con

quién estoy hablando?»

No era como si se dirigiera a sus padres y les pidiera que volvieran

a casa. Se lo estaba pidiendo a otra persona…

«Eh, deja de asustarme. Por favor…»

Antes de darse cuenta, incluso lo estaba pidiendo con educación.

Se lavó las manos en la pila de la cocina. Sin secárselas, cogió unos

cubitos de hielo del congelador, los puso en un vaso y lo llenó de Coca-

Cola. Vació el vaso de un trago y lo dejó en la encimera. Los cubitos

giraron en el vaso un instante y luego se detuvieron. Tomoko tuvo un

escalofrío. Sintió frío. Su garganta seguía seca. Cogió la botella grande

de Coca-Cola de la nevera y volvió a llenar el vaso. Le temblaban las

manos. Tenía la sensación de que había algo detrás de ella. Algo, desde

luego no una persona. Un hedor amargo a carne podrida se percibía en

el aire alrededor de ella, rodeándola. No podía ser nada corpóreo.

—¡Basta! ¡Por favor! —suplicó, ya en voz alta.

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El tubo fluorescente de quince vatios parpadeaba sobre la pila de la

cocina como una respiración entrecortada. Era nuevo, por fuerza, pero

en ese momento su luz parecía poco fiable. De pronto Tomoko deseó

haber pulsado el interruptor que encendía todas las luces de la cocina.

Pero no podía ir hasta aquel interruptor. Ni siquiera podía darse la

vuelta. Sabía lo que tenía detrás: una habitación tradicional japonesa de

ocho tatamis, con el altar budista dedicado a la memoria de su abuelo

en una hornacina. Por el pequeño hueco que dejaban las cortinas

debería poder ver la hierba de las parcelas vacías y una estrecha franja

de luz procedente de los apartamentos. No debería haber nada más.

Cuando terminó el segundo vaso de Coca-Cola, Tomoko ya no se

podía mover en absoluto. La sensación era demasiado intensa, la

presencia no podía estar solamente en su imaginación. Estaba segura

de que algo se le estaba acercando en ese mismo instante para tocarle

el cuello.

«¿Y si fuera…?» No quería pensar en el resto. Si lo hiciera, si

siguiera por aquel camino, se acordaría de aquello, y no creía poder

soportar el terror. Había ocurrido una semana antes, hacía tanto que ya

lo había olvidado. Era todo culpa de Shuichi; no debería haber dicho

aquello… Después, ninguno de los dos pudo parar. Pero luego volvieron

a la ciudad y aquellas escenas, aquellas imágenes tan nítidas, dejaron

de parecer creíbles. Todo el asunto había sido una especie de broma.

Tomoko intentó pensar en algo más alegre. Cualquier cosa menos

aquello. Pero ¿y si fuera…? Si aquello hubiera sido real… Al fin y al cabo,

el teléfono había sonado, ¿verdad?

«Oh, mamá y papá, ¿qué estáis haciendo?»

—¡Venid a casa! —gritó Tomoko.

Pero ni siquiera después de que hablara la sombra inquietante

mostró ningún síntoma de desaparecer. Seguía detrás de ella, quieta,

observando y esperando. Esperando a que llegara el momento.

A los diecisiete años Tomoko no sabía lo que era el auténtico

terror. Pero sí sabía que hay miedos que crecen solos en la imaginación.

«Eso debe de ser. Sí, de eso se trata. Cuando me dé la vuelta no habrá

nada detrás de mí. Nada en absoluto».

A Tomoko le dominó el deseo de darse la vuelta. Quería confirmar

que allí no había nada y salir de aquella situación. Pero ¿realmente no

estaba pasando nada más? Un frío maligno pareció salirle de los

hombros, extenderse a su espalda y deslizarse hacia abajo por su

columna, cada vez más abajo. Tenía la camiseta empapada de sudor

frío. Sus reacciones físicas eran demasiado fuertes para que fuera

solamente su imaginación.

«¿No dijo alguien que el cuerpo es más sincero que la mente?»

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Sin embargo, otra voz habló también: «Date la vuelta, ahí no

puede haber nada. Si no te terminas la Coca-Cola y te pones a estudiar

otra vez, a ver cómo haces el examen mañana».

Un cubito crujió dentro del vaso. Como espoleada por el ruido, sin

pararse a pensar, Tomoko se giró.

5 de septiembre, 22.54 h.

Tokio, cruce frente a la estación de Shinagawa.

El semáforo se puso en ámbar justo cuando él iba a pasar. Podía

haber acelerado, pero Kimura prefirió parar el taxi cerca de la acera.

Esperaba conseguir una carrera que fuera hacia el cruce de Roppongi.

Muchos clientes que cogía por allí se dirigían a Akasaka o Roppongi, y

no era raro que alguien se subiera al taxi mientras esperaba en un

semáforo como ese.

Una moto se metió entre el taxi y la acera y se paró justo en el

borde del paso de cebra. El motorista era un hombre joven con

vaqueros. A Kimura le irritaban las motos, el modo en que giraban y

avanzaban a toda velocidad por atascos como aquel. Sobre todo odiaba

estar esperando en un semáforo y que una moto parara junto a su

puerta y la bloqueara. Además llevaba todo el día peleándose con

clientes y estaba de pésimo humor. Kimura le echó una mirada de

desprecio al motorista. El visor del casco le ocultaba la cara. Una pierna

se apoyaba en el borde de la acera, tenía las rodillas estiradas por

completo y movía el cuerpo hacia delante y hacia atrás de manera

totalmente descuidada.

Pasó por la acera una joven de piernas bonitas. El motorista giró la

cabeza para verla pasar, pero su mirada no la siguió todo el camino. Su

cabeza se había desplazado unos noventa grados cuando pareció fijar

su mirada en el escaparate de detrás de la chica. Ella siguió su camino y

salió de su campo de visión. El motorista se quedó mirando algo

fijamente. El peatón verde empezó a parpadear y se apagó. Los

peatones sorprendidos en medio del paso de cebra se apresuraron a

cruzar y pasaron justo por delante del taxi. Ninguno levantó la mano ni

se dirigió al taxi. Kimura puso el pie en el acelerador y esperó a que el

semáforo se pusiera verde.

En aquel momento un fuerte espasmo pareció sacudir al motorista,

que alzó los dos brazos y se desplomó sobre el taxi de Kimura. Cayó

sobre la puerta del taxi con estrépito y desapareció de la vista.

«Gilipollas».

«El chaval ha debido de perder el equilibrio y se ha caído», pensó

Kimura mientras encendía los intermitentes y salía del coche. Si la

puerta estaba dañada, iba a obligarle a que pagara la reparación. El

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semáforo se puso en verde y los coches detrás del de Kimura

empezaron a adelantarlo y salir al cruce. El motorista yacía boca arriba

sobre la calle, agitando las piernas y luchando con las dos manos por

librarse del casco. Antes de comprobar que el chico estuviera bien,

Kimura miró su herramienta de trabajo. Como esperaba, había un largo

arañazo sesgado sobre la puerta.

—¡Mierda!

Kimura chasqueó la lengua enfadado mientras se acercaba al

joven.

Pese a que seguía teniendo la hebilla abrochada bajo la barbilla, el

tipo intentaba desesperadamente quitarse el casco. Parecía dispuesto a

arrancarse la cabeza en el intento.

«¿Tanto le duele?»

Ahora Kimura se dio cuenta de que al motorista le pasaba algo

realmente malo. Finalmente, se agachó junto a él y le preguntó::

—¿Estás bien?

Debido al visor tintado, no podía ver la expresión del hombre. El

motorista agarró la mano de Kimura y pareció rogarle algo.

Prácticamente se colgó de Kimura. No decía nada. No intentaba levantar

el visor. Kimura decidió hacer algo.

—Espera, llamaré a una ambulancia.

Mientras corría hacia una cabina, Kimura se preguntó cómo una

simple caída al suelo estando de pie había podido causar aquello. Se

debía de haber dado un buen golpe en la cabeza.

«Pero no seas tonto. El imbécil lleva casco, ¿verdad? No parece que

se haya roto un brazo ni una pierna. Espero que esto no se convierta en

un quebradero de cabeza… No me vendría nada bien que se hubiera

hecho daño al chocar contra mi taxi».

Kimura tuvo un mal presentimiento sobre aquello.

«Si realmente se ha hecho daño, ¿recae sobre mi seguro? Eso

implica un parte de accidente, la policía…»

Al colgar el teléfono y regresar al lugar de los hechos, se encontró

al hombre yaciendo inmóvil, agarrándose la garganta con las manos.

Varios peatones se habían parado y le miraban con expresión

preocupada. Kimura se abrió camino a empujones, asegurándose de

que todo el mundo se enterara de que había sido él quien había llamado

a la ambulancia.

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—¡Eh! ¡Eh! Aguanta un poco, la ambulancia está en camino.

Kimura desabrochó la hebilla del casco, que salió fácilmente. No

podía entender por qué a aquel tipo se le había resistido. Tenía la cara

increíblemente crispada. La única palabra para describir su expresión

era «asombro». Los ojos estaban abiertos como platos y la lengua, de

un rojo brillante, estaba atrapada al fondo de la garganta,

bloqueándola, mientras la saliva le caía por la comisura de la boca. La

ambulancia iba a llegar demasiado tarde. Al tocar con las manos la

garganta del chico para quitarle el casco no había sentido ningún pulso.

Kimura se estremeció. La escena empezaba a ser irreal.

Una rueda de la moto todavía giraba lentamente y también caía

aceite del motor, formando un charco en la calle que se escurría hacia la

alcantarilla. No había brisa. El cielo nocturno era luminoso, y justo por

encima de ellos el semáforo se había vuelto a poner rojo. La cabeza del

hombre, apoyada en el casco, estaba doblada casi en ángulo recto. Una

postura antinatural, se mirara como se mirara.

«¿Lo he puesto yo así? ¿Le he puesto la cabeza sobre el casco de

esa manera? ¿Como si fuera una almohada? ¿Para qué?»

No recordaba los últimos segundos. Aquellos ojos tan abiertos le

miraban. Sintió un escalofrío siniestro. Un aire templado parecía pasarle

sobre los hombros. Era una noche tropical, pero Kimura temblaba

incontroladamente.

La temprana luz de la mañana de otoño se reflejaba en la

superficie verde del foso interior del Palacio Imperial. El agobiante calor

de septiembre empezaba por fin a disiparse. Kazuyuki Asakawa estaba

a medio camino del andén del metro, pero de pronto cambió de opinión:

quería contemplar más de cerca el agua que había estado mirando

desde el noveno piso. Parecía que el aire viciado de la redacción se

había filtrado hasta los sótanos igual que los posos caen hasta el fondo

de la botella: quería respirar aire fresco. Subió las escaleras hasta salir

a la calle. Con el verde de los terrenos del palacio delante, los humos

procedentes de la confluencia de la autopista número 5 y la ronda de

circunvalación no parecían tan tóxicos. El cielo cada vez más claro

brillaba en medio del frío de la mañana.

Asakawa estaba físicamente cansado por haber pasado la noche en

blanco, pero no se sentía particularmente soñoliento. El hecho de haber

terminado el artículo le estimulaba y mantenía sus neuronas activas.

Hacía dos semanas que no se tomaba un día libre y pensaba pasarse el

día de hoy y el de mañana en casa, descansando. Sencillamente, se lo

pensaba tomar con toda la calma del mundo. Siguiendo órdenes del

director.

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Vio un taxi libre que venía desde Kudanshita y levantó

automáticamente la mano. Hacía dos días que se le había caducado el

abono de la línea de metro entre Takebashi y Shinbaba y aún no había

comprado uno nuevo. Costaba cuatrocientos yenes llegar en metro a su

apartamento de Kita Shinagawa, mientras que en taxi eran casi dos mil.

Odiaba tirar más de mil quinientos yenes, pero cuando pensó en los tres

transbordos que tendría que hacer en el metro, y en que acababa de

cobrar, decidió que por una vez podía derrochar.

La decisión de Asakawa de coger un taxi aquel día y en aquel

momento no fue más que un capricho, el resultado de una serie de

impulsos inocuos. No había salido del metro para coger un taxi. Le había

seducido el aire fresco justo cuando pasaba un taxi con la luz roja de

libre encendida, y en aquel momento la idea de comprar un billete de

metro y hacer tres transbordos le parecía más trabajosa de lo que

podría soportar. De haber cogido el metro a casa, sin embargo, es casi

seguro que no se habría establecido ninguna conexión entre ciertos dos

incidentes. Por supuesto, las historias siempre empiezan con esta clase

de coincidencias.

El taxi paró dubitativo frente al antiguo edificio auxiliar del palacio.

El conductor era un hombre pequeño, de unos cuarenta años, y parecía

que él también había pasado la noche en blanco, de tan enrojecidos que

tenía los ojos. Había una foto de carnet en el cuadro de mandos con el

nombre del taxista, Mikio Kimura, al lado.

—Kita Shinagawa, por favor.

Al oír el destino, Kimura estuvo tentado de hacer un pequeño baile.

Kita Shinagawa estabajusto pasado el garaje de su compañía en Higashi

Gotanda, y como era el final de su turno, pensaba ir en aquella

dirección de todos modos. Momentos como aquel, en que acertaba un

pronóstico y las cosas iban como él quería, le recordaban que le gustaba

conducir su taxi. De repente le entraron ganas de hablar.

—¿Está cubriendo una historia?

Asakawa estaba mirando por la ventana y dejando que su niente

divagara, con los ojos rojos de cansancio, cuando el conductor le hizo

aquella pregunta.

—¿Eh? —contestó, repentinamente alerta, preguntándose cómo

sabía el taxista su profesión.

—Es usted periodista, ¿verdad?, de un periódico.

—Sí. Del suplemento semanal, de hecho. Pero ¿cómo lo ha sabido?

Kimura llevaba casi veinte años conduciendo un taxi y podía

adivinar la profesión de un cliente prácticamente por el lugar donde lo

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recogía, la ropa que llevaba y su forma de hablar. Si la persona tenía un

trabajo atractivo y estaba orgulloso del mismo, siempre estaba

dispuesto a hablar de ello.

—Debe de ser duro tener que ir a trabajar tan pronto por la

mañana.

—No, justo al contrario, me voy a casa a dormir.

—Pues mire, estamos igual.

Por lo general Asakawa no estaba muy orgulloso de su trabajo.

Pero aquella mañana sentía la misma satisfacción que la primera vez

que vio impreso un artículo suyo. Finalmente había logrado terminar

una serie de reportajes en los que había estado trabajando y que habían

tenido un impacto considerable.

—¿Es interesante su trabajo?

—Sí, imagino que sí —dijo Asakawa, no muy convencido.

Algunas veces era interesante y otras no, pero en aquel momento

no se sentía con ánimos de explicarlo en detalle. Todavía no había

olvidado su terrible fracaso de hacía dos años. Aún recordaba

claramente el título del artículo en el que había estado trabajando: «Los

nuevos dioses de la modernidad».

Todavía se acordaba de la triste estampa que había ofrecido

cuando fue temblando a ver al director para decirle que no podía seguir

como reportero.

El taxi quedó en silencio un rato. Tomaron la curva justo a la

izquierda de la Torre de Tokio a bastante velocidad.

—Perdone —dijo Kimura—. ¿Cojo la carretera del canal o voy por la

uno de Keihin?

Era mejor tomar una ruta u otra dependiendo de a qué parte de

Kita Shinagawa estuvieran yendo.

—Coja la autopista. Déjeme antes de llegar a Shinbaba.

Un taxista se puede relajar una vez sabe exactamente a dónde va

el pasajero. Kimura giró a la derecha en Fudanotsuji.

Ahora estaban llegando a aquel lugar, el que Kimura no se había

podido sacar de la cabeza en el último mes. A diferencia de Asakawa, a

quien le obsesionaba su fracaso, Kimura podía recordar el accidente con

bastante objetividad. Al fin y al cabo, no había sido culpa suya, así que

no había tenido que hacer ningún examen de conciencia. Había sido por

completo culpa del tipo, y nada que hubiera podido hacer Kimura lo

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habría podido evitar. Había superado totalmente el terror que sintió al

principio. Un mes… ¿era un mes mucho tiempo? Asakawa aún vivía

marcado por el terror que había sentido hacía dos años.

Aun así, Kimura era incapaz de explicar por qué cada vez que

pasaba por aquel lugar sentía la necesidad de contarle a la gente lo

ocurrido. Si Kimura miraba el retrovisor y veía que el cliente estaba

durmiendo, lo dejaba, pero si no, le contaba a todo pasajero, sin

excepción, lo sucedido. Cada vez que pasaba por allí le dominaban las

ganas de hablar del tema.

—Hace un mes que me pasó justo aquí una cosa extrañísima…

Como si hubiera estado esperando que Kimura comenzara su

relato, el semáforo pasó de ámbar a rojo.

—Ya sabe, en este mundo pasan muchas cosas raras.

Kimura intentó captar el interés de su pasajero lanzando aquella

clase de insinuaciones sobre el tipo de historia que quería contar.

Asakawa casi se había quedado dormido, pero de pronto levantó la

cabeza y miró a su alrededor, inquieto. La voz de Kimura lo había

despertado bruscamente y ahora intentaba averiguar dónde estaban.

—¿Han aumentado los casos de muerte súbita últimamente? Entre

los jóvenes, quiero decir.

—¿Qué?

La frase resonaba en los oídos de Asakawa. Muerte súbita… Kimura

continuó.

—Bueno, es solo que… creo que fue hace un mes,

aproximadamente. Yo estaba justo ahí, en mi taxi, esperando el

semáforo, y de repente una moto va y se cae sobre el coche. No era

que estuviera en movimiento y derrapara. Estaba parada, de pie, y de

repente, ¡zas! ¿Y qué cree que pasó después? Ah, el conductor era un

estudiante de colegio privado, diecinueve años. Se murió, el imbécil. Me

dio un susto de muerte. Así que llegó una ambulancia, y la policía, y

además se dio contra mi taxi, ¿sabe? Todo un espectáculo, ya le digo.

Asakawa escuchaba en silencio, pero como periodista con diez años de

experiencia había desarrollado un instinto para aquella clase de cosas.

Con una rapidez de reflejos intuitiva, tomó nota del nombre del taxista y

de la compañía.

—El modo en que murió también fue bastante extraño. Intentó

desesperadamente sacarse el casco. Quiero decir que se lo intentó

arrancar. Estaba tirado en el suelo y retorciéndose. Fui a llamar a una

ambulancia y cuando volví ya estaba tieso.

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—¿Dónde dice que ocurrió eso? —Asakawa se había despertado del

todo.

—Justo ahí, ¿lo ve?

Kimura señaló el paso de cebra frente a la estación. La estación

Shinagawa estaba en la zona de Takanawa, en el distrito de Minato.

Asakawa grabó a fuego aquel dato en su memoria. Los accidentes

sucedidos en aquella zona entraban en la jurisdicción de la comisaría de

Takanawa. Identificó mentalmente los contactos que le podían abrir las

puertas de aquella comisaría. Aquellos momentos eran los que hacían

agradable trabajar para un periódico importante: tenía contactos en

todas partes y a veces su capacidad de reunir información era mayor

que la de la propia policía.

—¿Así que lo llamaron muerte súbita?

No estaba seguro de que fuera un término médico. Ahora

preguntaba con urgencia, sin saber por qué aquel accidente le llamaba

tanto la atención.

—Es absurdo, ¿verdad? Mi taxi estaba totalmente parado. El tipo

cogió y se cayó sobre el coche. Lo hizo todo él. Pero yo tuve que

rellenar un parte de accidente y estuve a punto de que apareciera en mi

historial con la aseguradora. Ya le digo, fue un desastre total, y pasó de

repente.

—¿Se acuerda exactamente del día y la hora en que ocurrió todo

eso?

—Je, je, ¿huele una historia? Déjeme ver, septiembre, debió de ser

el cuatro o el cinco. Y la hora rondaba las once de la noche, creo.

Tan pronto como dijo aquello, Kimura tuvo un fogonazo. La

pesadez del aire, el aceite negro como la noche cerrada que derramaba

la moto caída. El aceite parecía un ser vivo mientras reptaba hacia la

alcantarilla. Las luces de los coches se reflejaban en su superficie, que

iba formando gotas viscosas y se escurría sin hacer ruido en la

alcantarilla. En aquel momento sintió que le fallaba el aparato sensorial.

Y luego el rostro atónito del hombre muerto, la cabeza apoyada sobre el

casco. ¿Qué había sido tan sorprendente?

El semáforo se puso verde. Kimura aceleró. Del asiento trasero

venía el sonido de un bolígrafo escribiendo. Asakawa estaba tomando

notas. A Kimura le entraron náuseas. ¿Por qué lo recordaba tan

vivamente? Tragó la amarga bilis que se le había acumulado y trató de

luchar contra la náusea.

—¿Y cuál ha dicho que fue la causa de la muerte? —preguntó

Asakawa.

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—Un ataque al corazón.

—¿Un ataque al corazón? ¿Fue ese realmente el dictamen del

forense? Creía que ya no usaban ese término.

—Tendré que confirmar eso, y también la fecha y la hora —

murmuró Asakawa mientras seguía tomando notas—. Es decir, ¿no

había ninguna herida externa en ningún sitio?

—Eso es, ninguna en absoluto. Fue solamente el shock. Pero…

bueno, creo que debería haber sido yo el que tuvo un shock,¿no?

—¿Qué?

—Bueno, quiero decir… El muerto tenía una cara de susto terrible.

Asakawa sintió que su mente cerraba una conexión. Al mismo

tiempo, una voz interior rechazaba que hubiera ninguna relación entre

los dos incidentes. Una simple coincidencia, eso era todo.

Apareció delante de él la estación de Shinbaba, de la línea de

ferrocarril ligero Keihin-Kyuko.

—En el siguiente semáforo tuerza a la izquierda y déjeme allí, por

favor.

El taxi paró y se abrió la puerta. Asakawa le tendió dos billetes de

mil yenes y una de sus tarjetas de visita.

—Me llamo Asakawa. Trabajo para la compañía de El Heraldo. Si no

le importa, me gustaría hablar de esto en detalle más adelante.

—Por mí vale —dijo Kimura, con voz agradecida. Por algún motivo,

sentía que aquella era su misión.

—Le llamaré mañana o pasado.

—¿Quiere mi número?

—No se preocupe, ya he anotado el nombre de su compañía. Veo

que no está lejos.

Asakawa salió del taxi y estaba a punto de cerrar la puerta cuando

dudó un instante. Sintió un miedo innombrable ante la posibilidad de

que se confirmara lo que acababa de oír. «Quizá no debería meterme en

nada raro. Podría volver a ocurrir lo de la otra vez». Pero una vez

despierto su interés, no podía dejarlo sin más. Lo sabía demasiado bien.

Le preguntó a Kimura por última vez:

—El chico… se retorcía de dolor e intentaba quitarse el casco, ¿no?

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Oguri, su jefe, frunció el ceño mientras escuchaba las noticias de

Asakawa. De repente recordó cómo había sido Asakawa dos años antes.

Absorto ante su ordenador noche y día, como si estuviera poseído,

había estado trabajando en una biografía del gurú Shoko Kageyama,

usando toda su investigación y aún más. En aquella época a Asakawa le

había pasado algo raro. Tan obsesionado estaba que Oguri incluso

intentó que fuera a ver a un psiquiatra.

Parte del problema era que había ocurrido justo en aquel momento.

Dos años antes toda la industria editorial había sido presa de un boom

del ocultismo sin precedentes. Las oficinas de los periódicos se habían

visto inundadas de fotos de «fantasmas». No hubo editor que no

padeciera un diluvio de relatos y fotos de experiencias sobrenaturales,

todas y cada una de ellas falsas. Oguri se había preguntado dónde iría a

parar todo. Hasta entonces creía conocer bastante bien cómo

funcionaba el mundo, pero era sencillamente incapaz de encontrar una

explicación convincente para aquella clase de cosas. Era totalmente

absurdo, la cantidad de «colaboradores» que habían salido de debajo de

las piedras. No era ninguna exageración decir que la oficina quedaba

colapsada a diario por la cantidad de correo. Y todos los paquetes

hablaban de algún modo sobre lo oculto. Y el objetivo de aquel diluvio

no era solamente la compañía de El Heraldo: toda editorial digna de ese

nombre había sido víctima del mismo fenómeno incomprensible.

Mientras suspiraban por el tiempo que perdían, hicieron un repaso

somero de las historias. La mayor parte de envíos eran, como era de

esperar, anónimos, pero se pudo establecer que no había nadie que

mandara múltiples manuscritos bajo distintos nombres. Un cálculo

aproximado implicaba que cerca de diez millones de individuos había

enviado cartas a una editora u otra. ¡Diez millones de personas! La cifra

era asombrosa. Las historias en sí no eran tan preocupantes como el

hecho de que hubiera tantas. De hecho, uno de cada diez habitantes del

país había mandado algo. Sin embargo, ninguna persona del sector, ni

sus amigos ni familiares, se contaba entre ellos. ¿Qué estaba pasando?

¿De dónde venían las montañas de correo? En las redacciones de todo

el país la gente se devanaba los sesos. Y entonces, antes de que alguien

encontrara la respuesta, la tempestad empezó a remitir. El extraño

fenómeno duró unos seis meses y luego, como si hubiera sido un sueño,

las redacciones volvieron a la normalidad y dejaron de recibir envíos de

aquel tipo.

Oguri había tenido que decidir cómo reaccionaba ante aquello el

suplemento semanal de uno de los principales periódicos. La conclusión

a la que llegó fue que debía ignorarlo escrupulosamente. Oguri tenía

fuertes sospechas de que la chispa que había comenzado todo provenía

de un tipo de revistas a las que habitualmente se refería como

«amarillas». Al publicar las narraciones y las fotos que mandaban los

lectores, habían avivado el interés del público por aquel tipo de

fenómenos y habían creado una situación espantosa. Oguri sabía, por

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supuesto, que aquello no lo podía explicar todo. Pero tenía que tratar el

tema con alguna lógica.

Finalmente el personal de la redacción, de Oguri hacia abajo, se

dedicaron a arrojar directamente todo aquel correo, sin abrir, al

incinerador. Y se enfrentaron al mundo igual que antes, como si nada

anormal hubiera ocurrido. Mantuvieron una política estricta de no

publicar nada sobre ocultismo y de ignorar todas las fuentes anónimas.

Fuera aquello la solución o no, el aluvión de envíos sin precedentes

empezó a decaer. Y en aquel preciso momento, Asakawa empezó

estúpida e inconscientemente a echar gasolina sobre las moribundas

llamas.

Oguri miró a Asakawa con expresión adusta. ¿Iba a cometer el

mismo error dos veces?

—A ver, escúcheme —cuando Oguri no sabía qué decir siempre

empezaba así: «A ver, escúcheme».

—Sé lo que está usted pensando.

—A ver, no digo que no sea interesante. No sabemos qué podemos

encontrar. Pero, mire, si lo que encontramos se parece mínimamente a

lo de la otra vez, no me va a gustar demasiado.

«La otra vez». Oguri seguía convencido de que el boom del

ocultismo de hacía dos años había sido prefabricado. Odiaba el

ocultismo por todo lo que le había hecho pasar, y su prejuicio seguía

vivo y coleando dos años después.

—No estoy diciendo que haya nada místico en esta historia. Lo

único que digo es que no puede haber sido una coincidencia.

—Una coincidencia. Mmm… —Oguri se llevó una mano a la oreja

para oír mejor e intentó volver a recomponer la historia.

La sobrina política de Asakawa, Tomoko Oishi, había muerto en su

casa en Honmoku alrededor de las once de la noche del 5 de

septiembre. La causa de la muerte había sido «fallo cardíaco

repentino». Era una estudiante de.último curso de secundaria, solo

tenía diecisiete años. El mismo día, a la misma hora, un estudiante de

colegio privado de diecinueve años que iba en moto había muerto,

también de un infarto, mientras esperaba en un semáforo delante de la

estación de Shinagawa.

—A mí me parece sobre todo una coincidencia. Escuchó usted lo del

accidente de boca del taxista y se acordó de su sobrina. No es más que

eso, ¿no?

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—Al contrario —dijo Asakawa, e hizo una pausa efectista. Luego

siguió—. El chico de la moto, cuando murió, estaba luchando por

quitarse el casco.

—¿Y bien?

—Tomoko también. Cuando encontraron su cuerpo, parecía

haberse estado tirando de la cabeza. Tenía los dedos firmemente

enredados en el pelo.

Asakawa había visto varias veces a Tomoko. Como toda

adolescente, prestaba mucha atención a su pelo, se lo lavaba a diario y

esas cosas. ¿Por qué se iba a arrancar el pelo una chica así? Desconocía

la naturaleza de lo que fuera que la había hecho actuar de aquel modo,

pero cada vez que Asakawa la imaginaba tirándose desesperadamente

del pelo, pensaba en algún tipo de cosa invisible digna del horror

indescriptible que la chica debió de haber sentido.

—No sé… Vamos a ver. ¿Está seguro de que no aborda el tema con

ideas preconcebidas? Si uno coge dos incidentes cualesquiera y se fija lo

suficiente, siempre encontrará cosas en común. Dices que los dos

murieron de un ataque al corazón. Debían de estar sufriendo mucho.

Ella se tira del pelo, él lucha por quitarse el casco… De hecho, a mí me

parece bastante normal.

Si bien debía reconocer que era posible lo que Oguri decía,

Asakawa negó con la cabeza. No se iba a dejar vencer tan fácilmente.

—Pero en ese caso les habría dolido el pecho. ¿Por qué iban a

agarrarse la cabeza?

—Vamos a ver. ¿Ha tenido usted algún ataque al corazón? —Pues…

no.

—¿Y le ha preguntado a algún médico sobre eso?

—¿Sobre qué?

—Sobre si una persona que sufre un ataque al corazón se agarra la

cabeza o no.

Asakawa se calló. Se lo había preguntado, en efecto, a un médico.

El médico había contestado: «No puedo descartarlo».

Era una respuesta endeble. «Al fin y al cabo, a veces ocurre lo

contrario. A veces, cuando una persona tiene una hemorragia cerebral o

sangra su membrana cerebral, sienten un malestar estomacal al tiempo

que un dolor de cabeza».

—Así que depende del individuo. Ante un problema difícil de

matemáticas algunas personas se rascan la cabeza, otras fuman. Otras

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incluso se rascan la barriga —Oguri se revolvió en su silla mientras

decía esto—. El caso es que no podemos decir nada a estas alturas,

¿no? No tenemos sitio para este tema. Ya sabe, por lo que pasó hace

dos años. No queremos ni tocar ese tipo de asuntos, al menos no a la

ligera. Si nos sintiéramos cómodos especulando en nuestras páginas sí

que podríamos hacerlo, por supuesto.

Quizá. Quizá era como decía su jefe, nada más que una extraña

coincidencia. Pero aun así… al final el médico había sacudido la cabeza.

Él había insistido: ¿las víctimas de ataques al corazón se arrancan

realmente el pelo? Y el médico había torcido el gesto y dejado escapar

un «Mmm… Su cara lo decía todo: ninguno de los pacientes que él había

visto lo había hecho.

—Claro, le entiendo, señor.

De momento no había nada que hacer más que retirarse

humildemente. Si no descubría una relación más objetiva entre los dos

incidentes iba a ser muy difícil persuadir a su jefe. Asakawa se prometió

a sí mismo que si no podía obtener ninguna otra información, se callaría

y lo dejaría estar.

Asakawa colgó el teléfono y se quedó un momento así, inmóvil, sin

apartar la mano del auricular. El sonido de su propia voz

innecesariamente excitada, esperando la reacción de su interlocutor,

todavía le zumbaba en los oídos. Tenía la sensación de que no iba a ser

capaz de hacer aquello. La persona al otro lado de la línea había

contestado a la llamada que le acababa de'pasar su secretaria en tono

adecuadamente pomposo, pero mientras escuchaba la propuesta de

Asakawa se le había ido suavizando el tono. Probablemente al principio

había creído que Asakawa lo estaba llamando por alguna cuestión

relacionada con la publicidad. Luego había llevado a cabo algunos

cálculos rápidos y había percibido el beneficio potencial de que le

dedicaran un artículo como aquel.

La serie «Top entrevistas» había empezado a publicarse en

septiembre. La idea era elegir a presidentes que hubieran creado ellos

solos sus empresas y concentrarse en los obstáculos que habían

encontrado y cómo los habían superado. Teniendo en cuenta que había

conseguido una cita para hacer la entrevista, Asakawa tendría que

haber colgado el teléfono un poco más satisfecho. Pero algo lo

agobiaba. Lo único que le contaría aquel ignorante eran las viejas

batallitas empresariales de siempre, que si era un genio, que si había

aprovechado la oportunidad que tenía delante y había escalado hasta lo

más alto… Si Asakawa no le daba las gracias y se ponía de pie para

marcharse, las hazañas bélicas no se acabarían nunca. Estaba harto de

aquello. Detestaba a quien fuera que hubiera tenido la idea de iniciar

aquel proyecto. Sabía perfectamente que la revista tenía que vender

espacios de publicidad para sobrevivir y que aquella clase de artículos

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llevaban a cabo el trabajo preliminar. Pero a Asakawa no le importaba

mucho que la empresa ganara dinero o lo perdiera. Lo único que le

importaba era que el trabajo fuera interesante. No importaba lo fácil

que fuera un trabajo físicamente: si no requería imaginación, lo acababa

agotando a uno.

Asakawa se.dirigió a los archivos de la cuarta planta. Necesitaba

hacer algunas lecturas para documentarse de cara a la entrevista del

día siguiente, pero había algo que le preocupaba por encima de aquello.

Le fascinaba la idea de una relación causal y objetiva entre aquellos dos

incidentes. Y entonces se acordó. Ni siquiera sabía cómo empezar, pero

en el momento furtivo en que su mente se liberó de la voz de aquel

ignorante se le ocurrió una pregunta:

¿Acaso aquellas dos muertes inexplicables eran las únicas que se

habían producido a las once de la noche del 5 de septiembre?

De no ser así —es decir, si hubiera habido otros incidentes

similares—, las probabilidades de que se tratara de una simple

coincidencia serían prácticamente nulas. Asakawa decidió echar un

vistazo a los periódicos de principios de septiembre. Parte de su trabajo

consistía en leer meticulosamente los periódicos, pero como

habitualmente no leía más que los titulares de la sección de noticias

locales, era bastante probable que se hubiera perdido algo. Tenía la

sensación de que era eso lo que había pasado. Le parecía recordar que

hacía un mes había visto un titular extraño en la esquina de una página

de la sección de noticias locales. Era un artículo pequeño, en la esquina

inferior izquierda… Lo único que recordaba era dónde había aparecido.

Recordaba haber leído el titular y haber pensado: «¡Eh!». Pero entonces

lo había llamado alguien de la sección y el trabajo lo había distraído

tanto que nunca había llegado a leer el artículo.

Con el optimismo de un niño a la busca de un tesoro, Asakawa

inició su investigación con la edición matinal del 6 de septiembre.

Estaba seguro de que encontraría una pista. Leer periódicos de hacía un

mes en la penumbra de los archivos le estaba produciendo una

exaltación psicológica que nunca habría obtenido entrevistando a un

ignorante. Asakawa estaba mucho más cortado para aquellas cosas que

para ir de un lado para otro haciendo la ronda y tratando con toda clase

de gente.

La edición vespertina del 7 de septiembre: ahí estaba el artículo,

exactamente donde él lo recordaba. Apretujado en una esquina junto a

la noticia de un naufragio que se había cobrado treinta y cuatro vidas, el

artículo ocupaba menos espacio todavía de lo que él recordaba. No era

de extrañar que no se hubiera fijado en él. Asakawa se quitó las gafas

de montura plateada, acercó la cara al periódico y estudió

minuciosamente el artículo.

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JOVEN PAREJA MUERE POR CAUSAS NO NATURALES EN UN COCHE

DE ALQUILER

A las 6.15 h de la madrugada del 7 de septiembre, se encontró a

una pareja joven muerta en los asientos delanteros de un coche en un

aparcamiento de Asnina, Yokosuka, junto a una carretera prefectural.

Los cuerpos los descubrió un camionero que pasaba por casualidad y

que informó del caso a la comisaría de Yokosuka.

Gracias a la matrícula del coche los identificaron como un

estudiante de colegio secundario privado de Shibuya, Tokio (de

diecinueve años) y una alumna de un instituto femenino privado de

Isogo, Yokohama (diecisiete años). El coche lo había alquilado hacía dos

noches el estudiante del colegio privado a una agenda, de Shibuya.

En el momento del descubrimiento, el coche estaba cerrado por

dentro y tenía la llave en el contacto. La hora estimada de la muerte

estaba entre la noche del 5 y la madrugada del 6. Como las ventanillas

estaban cerradas, se creyó que la pareja se había quedado dormida y se

había asfixiado, pero no se descartaba la posibilidad de que hubieran

tomado una sobredosis de drogas para cometer un suicidio por amor. La

causa exacta de la muerte estaba por determinar. De momento no

había sospechas de homicidio.

Eso era todo lo que decía el artículo, pero Asakawa tuvo la

sensación de haber encontrado algo importante. En primer lugar, la

chica muerta tenía diecisiete años y asistía a un instituto privado para

chicas de Yokohama, igual que su sobrina Tomoko. El chico que había

alquilado el coche tenía diecinueve años y estudiaba en un colegio

privado de secundaria, igual que el chaval que murió delante de la

estación de Shinagawa. La hora estimada de la muerte era casi idéntica.

Y la causa de la muerte también era desconocida.

Entre aquellas cuatro muertes tenía que haber alguna relación. No

necesitaría mucho tiempo para establecer algunos elementos comunes.

Después de todo, Asakawa estaba dentro de una de las organizaciones

de captación de información más importantes: no le faltaban fuentes.

Hizo una copia del artículo y regresó a la redacción. Sentía que había

dado con un filón y su paso se aceleró espontáneamente. Apenas podía

esperar el ascensor.

El club de prensa del ayuntamiento de Yokosuka. Yoshino estaba

sentado a su mesa, garabateando algo en una hoja de papel

manuscrito. A menos que la autopista no estuviera abarrotada, se podía

llegar desde allí a la oficina principal de Tokio en una hora. Asakawa

apareció detrás de Yoshino y lo llamó por su nombre:

—Eh, Yoshino.

Hacía un año y medio que no veía a Yoshino.

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—¿Eh? Ah, Asakawa. ¿Qué te trae a Yokosuka? Ven, siéntate.

Yoshino acercó una silla a su mesa y le hizo una señal a Asakawa

para que se sentara. Yoshino no se había afeitado y eso le daba un

aspecto desastrado, pero podía ser sorprendentemente considerado

hacia los demás.

—¿Todo bien por aquí?

—Supongo que sí.

Yoshino y Asakawa se conocían de cuando Asakawa todavía estaba

en el departamento de noticias locales, en el que Yoshino había entrado

tres años antes. Ahora Yoshino tenía treinta y cinco años.

—He llamado a la oficina de Yokosuka. Así es como me he enterado

de que estabas aquí.

—¿Por qué? ¿Me necesitas para algo?

Asakawa le dio la copia que había hecho del artículo. Yoshino se lo

quedó mirando durante un rato extraordinariamente largo. Ya que el

artículo lo había escrito él, tendría que ser capaz de'recordar lo que

decía de un solo vistazo. En cambio, se quedó allí sentado con todos los

nervios concentrados en el texto y con la mano paralizada en el gesto

de llevarse un cacahuete a la boca. Parecía que estuviera masticando la

noticia: recordando lo que había escrito y digiriéndolo.

—¿Qué pasa con esto? —Yoshino había puesto cara seria.

—Nada especial. Solamente quiero averiguar más detalles.

Yoshino se puso de pie.

—Muy bien. Vamos a la otra sala y hablemos mientras tomamos

una taza de té o algo así.

—¿Tienes tiempo para esto ahora? ¿Seguro que no te interrumpo?

—No hay problema. Es más interesante que lo que estaba

haciendo.

Justo al lado del ayuntamiento había un pequeño café donde se

podía conseguir café a doscientos yenes la taza. Yoshino se sentó, se

volvió de inmediato hacia el mostrador y levantó la voz:

—Dos cafés —Luego se volvió hacia Asakawa, se inclinó sobre la

mesa y se le acercó—. Vale, mira. Hace doce años que me pateo las

calles para la sección local. He visto un montón de cosas. Pero nunca

me he encontrado con nada tan absolutamente raro como esto.

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Yoshino hizo una pausa para beber un sorbo de agua y luego

continuó.

—Pero bueno, Asakawa, aquí tiene que haber un intercambio justo

de información. ¿Por qué alguien de la oficina central va detrás de esto?

' Asakawa no estaba listo para mostrar sus cartas. Quería

guardarse la primicia. Si un experto como Yoshino se lo olía, en un abrir

y cerrar de ojos se pondría tras la pista y se quedaría con el premio.

Asakawa inventó una mentira sobre la marcha.

—Por nada en especial. Mi sobrina era amiga de la chica muerta y

no para de pedirme información… Ya sabes, sobre el incidente. Así que

como pasaba por aquí…

Era una mentira poco convincente. Le pareció captar un destello de

sospecha en la mirada de Yoshino y se encogió un poco, incómodo.

—¿De veras?

—Sí, bueno, es una estudiante de instituto, ¿no? Ya es bastante

malo que su amiga haya muerto, pero además están las circunstancias.

No para de darme la paliza. Te lo suplico. Cuéntame los detalles.

—¿Qué es lo que quieres saber?

—¿Han decidido ya cuál es la causa de la muerte?

Yoshino negó con la cabeza.

—Básicamente están diciendo que se les pararon los corazones de

repente. Y no tienen ni idea de por qué.

—¿Y la posibilidad de un asesinato? Estrangulamiento, por ejemplo.

—Imposible. No tenían marcas en el cuello.

—¿Drogas?

—No hay restos en la autopsia.

—En otras palabras, el caso no está resuelto.

—Joder, no. No hay nada que resolver. No es un asesinato, la

verdad es que ni siquiera es un incidente. Murieron de alguna

enfermedad, o de alguna clase de accidente, y eso es todo. Punto. Ni

siquiera hay investigación.

Era una forma burda de responder. Yoshino se reclinó en su

asiento.

—Así pues, ¿por qué no han publicado los nombres de los muertos?

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—Porque son menores. Además, se sospecha que fue un suicidio

por amor.

En aquel punto Yoshino sonrió de repente, como si acabara de

recordar algo, y se inclinó de nuevo hacia delante.

—¿Sabes que el chico tenía los vaqueros y los calzoncillos bajados?

Y la chica también. Tenía las bragas bajadas hasta las rodillas.

—¿Estás diciendo que fue un coitus interruptus!

—No he dicho que lo estuvieran haciendo. Se estaban preparando

para hacerlo. Se estaban preparando para divertirse un rato y ¡bam!

Eso es lo que pasó —Yoshino dio una palmada para apoyar sus

palabras.

—¿Cuándo pasó eso?

Yoshino estaba contando su historia de forma efectista.

—Muy bien, Asakawa, sé sincero conmigo. Tú tienes algo. Me

refiero a algo conectado con este caso. ¿Me equivoco?

Asakawa no contestó.

—Sé guardar un secreto. No te robaré la historia. Es que me

interesa el caso.

Asakawa siguió sin soltar prenda.::

—¿Me vas a dejar con la intriga?

«¿Se lo digo? Es que no puedo. Todavía no puedo decirle nada.

Pero las mentiras no funcionan».

—Lo siento, Yoshino. ¿No puedes esperar un poco? Todavía no te lo

puedo decir. Pero te lo cuento dentro de un par o tres de días. Te lo

prometo.

Una nube de decepción cubrió la cara de Yoshino:

—Si tú lo dices, colega…

Asakawa lo miró con expresión suplicante, apremiándolo a que

continuara con su historia.

—Bueno, tenemos que dar por sentado que pasó algo. ¿Un chico y

una chica se asfixian cuando están a punto de hacerlo? Supongo que es

posible que hubieran tomado veneno antes y que les hiciera efecto en

ese preciso momento, pero no había rastros. Claro que hay venenos

que no dejan rastro, pero no es concebible que una pareja de

estudiantes tengan acceso a un material así.

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Yoshino pensó en el lugar donde se había encontrado el coche.

Había ido allí en persona y todavía tenía un recuerdo nítido. El coche

'estaba aparcado en un solar invadido de maleza en un pequeño

barranco situado junto a la carretera prefectural sin pavimentar que iba

de Asnina al monte Okusu. Los coches que pasaban por la carretera

apenas podían ver el reflejo de sus retrovisores al pasar. No era difícil

de imaginar por qué aquel estudiante de colegio privado, que era el que

conducía, había elegido aquel lugar para aparcar. Después de que

cayera la noche apenas pasaban coches por allí, y con el parapeto que

ofrecía la espesa arboleda, resultaba un escondrijo perfecto para una

pareja joven sin dinero.

—Luego está el hecho de que el chico tenía la cara caída sobre el

volante y la ventanilla. La chica tenía la cabeza metida entre el asiento

del pasajero y la portezuela. Así es como murieron. Vi cómo los sacaban

del coche, con mis propios ojos. Los dos cuerpos se desplomaron fuera

del coche en cuanto alguien abrió las portezuelas. Es como si en el

momento de sus muertes hubiera habido alguna fuerza que los

empujara desde el interior y que no se detuvo cuando murieron sino

que siguió empujando durante unas treinta horas hasta que los

detectives abrieron el coche y entonces salió de estampida. ¿Me estás

siguiendo? Era un coche de dos puertas, uno de esos en los que no

puedes cerrar las portezuelas si la llave está dentro. Y la llave estaba en

el contacto, pero las portezuelas… Bueno, ya ves por dónde voy. El

coche estaba cerrado herméticamente. Es difícil imaginar qué fuerza del

exterior podría haberlos afectado. ¿Y qué clase de expresión supones

que tenían en las caras muertas? Estaban los dos cagados de miedo.

Con las caras crispadas en una mueca de terror.

Yoshino hizo una pausa para recobrar el aliento. Se oyó un ruido

nítido de tragar saliva. No estaba claro de cuál de los dos procedía.

—Piensa en ello. Supon, solamente por suponer, que hubiera salido

del bosque alguna bestia temible. Se habrían asustado y se habrían

abrazado. Y aunque él no lo hubiera hecho, está claro que la chica se

habría agarrado a él. Al fin y al cabo, eran amantes. En cambio, tenían

las espaldas apoyadas en las portezuelas, como si estuvieran intentando

alejarse el uno del otro tanto como pudieran.

Yoshino levantó las manos en gesto de impotencia.

—No entiendo una mierda.

Si no hubiera sido por el naufragio en la costa de Yokosuka, el

artículo habría tenido más espacio. En ese caso, muchos lectores

habrían disfrutando intentando resolver el rompecabezas y jugando a

detectives. Pero… pero. Entre los detectives y el resto de gente que

estaba en la escena del incidente se habría extendido un consenso, una

atmósfera. Todos venían a pensar más o menos lo mismo, y todos

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estuvieron a punto de soltarlo, pero ninguno lo hizo. Fue esa clase de

consenso. Aunque era completamente imposible que dos jóvenes

murieran de ataques al corazón exactamente en el mismo momento,

aunque nadie se lo creía, todo el mundo se contó a sí mismo la mentira

médica de que así era como había pasado. No es que la gente se

estuviera callando nada por miedo a que se rieran de su falta de lógica

científica. Es que sentían que al admitirlo estarían atrayendo hacia sí un

horror inimaginable. Era más conveniente dar crédito a la explicación

científica, por muy poco convincente que fuera.

Asakawa y Yoshino tuvieron sendos escalofríos simultáneos. No era

de extrañar que los dos estuvieran pensando lo mismo. El silencio

solamente confirmaba la premonición que se estaba gestando en el

interior de cada uno de ellos. «No se ha terminado: acaba de empezar».

No importaba cuántos datos científicos recopilaran: a un nivel muy

básico, la gente cree en la existencia de algo que las leyes de la ciencia

no pueden explicar.

—Cuando los encontraron… ¿Dónde tenían las manos? —preguntó

Asakawa de repente.

—En la cabeza. O mejor dicho, más bien parecía que se estuvieran

tapando la cara con las manos.

—¿Por casualidad no se estarían tirando del pelo, así? —Asakawa

se tiró del pelo para demostrarlo.

—¿Eh?

—En otras palabras, ¿se estaban intentando arrancar la cabeza, o

tirándose del pelo, o algo parecido?

—No, creo que no.

—Ya veo. ¿Puedes darme sus nombres y direcciones, Yoshino?

—Claro. Pero no te olvides de tu promesa.

Asakawa sonrió y asintió y Yoshino se puso de pie. Al hacerlo la

mesa se balanceó y el café se les cayó en los platillos. Yoshino ni

siquiera había tocado el suyo.

Asakawa siguió investigando los antecedentes de las cuatro

víctimas cada vez que tenía un minuto, pero tenía tanto trabajo que no

podía avanzar tanto como quería. Casi sin que se diera cuenta pasó una

semana, cambió el mes y tanto la humedad lluviosa de agosto como el

calor estival de septiembre se convirtieron en recuerdos lejanos

desplazados por las señales del otoño cada vez más avanzado. Todo

estuvo tranquilo durante una temporada. Se había propuesto leer cada

centímetro de la sección de noticias locales, pero no encontró nada

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remotamente parecido. ¿O acaso algo horrible estaba avanzando, lento

pero seguro, por donde Asakawa no podía verlo? Cuanto más pasaba el

tiempo, más inclinado se sentía a pensar que las cuatro muertes no

eran más que coincidencias y que carecían de cualquier conexión.

Tampoco había vuelto a ver a Yoshino. Probablemente él también se

había olvidado del asunto. De no ser así, ya se habría puesto en

contacto con Asakawa.

Siempre que su pasión por el caso mostraba signos de debilitarse,

Asakawa se sacaba cuatro tarjetas del bolsillo y se recordaba a sí

mismo que no podía haber sido una coincidencia. En las tarjetas había

apuntado los nombres de los muertos, sus direcciones y otra

información pertinente, y en el espacio que le quedaba planeaba

registrar sus actividades durante los meses de agosto y septiembre, su

educación y todo lo que revelara la investigación.

TARJETA 1: TOMOKO OISHI

Fecha de nacimiento: 21-10-1972

Escuela Femenina Keisei, último curso, 17 años Dirección:

Motomachi 1-7, Honmoku, distrito de Naka,

Yokohama Aprox. 23.00 h, 5 de sept. Muere en la cocina, planta

baja de su casa, mientras sus padres están fuera. Causa de la muerte:

paro cardíaco repentino.

TARJETA 2:

SHUICHI IWATA

Fecha de nacimiento: 26-5-1971

Academia Secundaria Eishin, primer curso, 19 años Dirección: Nishi

Nakanobu 1-5-23, distrito de Shinagawa, Tokio 22.54 h, 5 de sept. Se

desploma y muere en un cruce delante de la estación de Shinagawa.

Causa de la muerte: infarto de corazón.

TARJETA 3:

HARUKO TSUJI

Fecha de nacimiento: 12-1-1973 Escuela Femenina Keisei, último

curso, 17 años Dirección: Mori 5-19, distrito de Isogo, Yokohama Noche

del 5 de sept. (o madrugada del día siguiente). Muere en un coche junto

a la prefectura, en la falda del monte Okusu. Causa de la muerte: paro

cardíaco repentino.

TARJETA 4: TAKEHIKO NOMI

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Fecha de nacimiento: 4-12-1970 Academia Secundaria Eishin,

segundo curso, 19 años Dirección: Uehara 1-10-4, distrito de Shibuya,

Tokio Noche del 5 de sept. (o madrugada del día siguiente). Muere con

Haruko Tsuji en un coche en la falda del monte Okusu. Causa de la

muerte: paro cardíaco repentino.

Tonioko Oishi y Haruko Tsuji iban al mismo instituto y eran amigas.

Shuichi Iwata y Takehiko Nomi estudiaban en el mismo colegio de

secundaria y eran amigos. Todo aquello ya estaba claro antes del

trabajo de campo, que vino a confirmarlo. Y por el simple hecho de que

Tsuji y Nomi hubieran ido en coche juntos al monte Okusu la noche del

5 de septiembre, resultaba obvio que, aunque no fueran realmente

amantes, por lo menos tonteaban. Cuando interrogó a las amigas de

ella, Asakawa oyó el rumor de que Tsuji salía con un chico de un colegio

privado de Tokio. Sin embargo, seguía sin saber cómo ni cuándo se

habían conocido. Por supuesto, sospechaba que Oishi e Iwata también

salían juntos, pero no encontró nada que respaldara la conjetura. De

cualquier manera, ¿qué vínculo unía a aquellos cuatro jóvenes? Era

igualmente posible que Oishi e Iwata nunca se hubieran visto. Y en ese

caso, ¿qué vínculo podía haber entre ellos? Parecían demasiado

íntimamente relacionados para que aquel ser desconocido los hubiera

elegido totalmente al azar. Tal vez había algún secreto que solamente

conocían los cuatro y por eso los habían matado… Asakawa se sugirió a

sí mismo otra explicación más científica: tal vez los cuatro habían

estado al mismo tiempo en el mismo sitio y a los cuatro los había

infectado un virus que atacaba el corazón.

«Venga, vamos». Asakawa negó con la cabeza mientras caminaba.

«¿Un virus que causa paro cardíaco repentino? ¿Y qué más?»

Subió las escaleras murmurando para sí mismo: «Un virus, un

virus». Ciertamente, tenía que empezar con intentos de explicaciones

científicas. Bueno, supongamos que hubiera un virus que causara

ataques de corazón. Por lo menos era un poco más realista que

imaginar que detrás de todo aquello había algo sobrenatural. Parecía

menos probable que se rieran de él. Aunque aquel virus todavía no se

hubiera descubierto en la tierra. Tal vez acabara de caer al planeta

dentro de un meteorito. O tal vez lo hubieran desarrollado como arma

biológica y de alguna forma se había escapado. No se podía descartar

aquella posibilidad. Estaba claro. De momento intentaría pensar que se

trataba de un virus. Aunque aquello no satisficiera todas sus dudas.

¿Por qué habían muerto todos con expresiones de asombro en la cara?

¿Por qué habían muerto Tsuji y Nomi a los lados de aquel coche tan

pequeño, como si hubieran estado intentando separarse el uno del otro?

¿Por qué no habían revelado nada las autopsias? La posibilidad de un

germen escapado podía responder por lo menos a la tercera pregunta.

Se habría dictado una orden de silencio.

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Si continuaba con aquella hipótesis, podía deducir que el hecho de

que todavía no hubieran aparecido más víctimas significaba que el virus

no se transmitía por el aire. O bien se contagiaba por la sangre, como el

sida, o era muy poco contagioso. Pero era más importante la cuestión

de cómo lo habían cogido aquellos cuatro. Tendría que retroceder en el

tiempo y examinar nuevamente sus actividades durante los meses de

agosto y septiembre en busca de lugares y momentos en que hubieran

estado juntos. Ya que los participantes no podrían hablar nunca más, la

cosa no sería fácil. Si su encuentro había sido un secreto entre los

cuatro, algo de lo que no tenían idea ni sus padres ni sus amigos,

¿cómo lo iba a descubrir? Pero estaba seguro de que aquellos cuatro

jóvenes tenían algún vínculo, algún lugar o alguna fecha.

Sentado frente a su ordenador, Asakawa expulsó de su mente el

virus desconocido. Necesitaba pasar a limpio las notas que acababa de

tomar y resumir el contenido del cásete que había grabado. Tenía que

terminar el artículo hoy. Mañana domingo, él y su esposa, Shizu, iban a

visitar a la hermana de ella, Yoshimi Oishi. Quería ver con sus propios

ojos el lugar donde había muerto Tomoko y sentir en sus propias carnes

la atmósfera que quedaba allí. Su mujer había aceptado ir a Honmoku

para consolar a su afligida hermana mayor. No podía imaginar la

verdadera motivación de su marido.

Asakawa empezó a teclear en su ordenador antes de pensar un

enfoque como era debido para el artículo.

Hacía un mes que Shizu no veía a sus padres. Desde la muerte de

su nieta Tomoko, estos iban siempre que podían a Tokio desde su casa

en Ashikaga, no solamente para consolar a su hija sino también para

ser consolados. Shizu no se había dado cuenta hasta hoy. Se le partió el

corazón al ver las caras pálidas y angustiadas de sus ancianos padres.

Antes tenían tres nietos: Tomoko, la hija de su hija mayor; Kenichi, el

hijo de su segunda hija, Kazuko; y Yoko, la hija de Shizu. Un nieto por

cada una de sus tres hijas: no era muy habitual. Tomoko había sido su

primera nieta y cada vez que la veían se les arrugaba la cara de alegría.

Les gustaba mimarla. Ahora estaban tan deprimidos que era imposible

decir quién estaba más compungido, los padres o los abuelos.

«Supongo que los nietos significan mucho». Shizu acababa de

cumplir los treinta. Lo único que podía hacer para entender cómo debía

de sentirse su hermana era ponerse en su lugar e imaginar cómo se

sentiría si perdiera a su hija. Pero la verdad era que no había forma de

comparar a su hija Yoko, que solamente tenía un año y medio, con

Tomoko, que había muerto a los diecisiete. No podía entender que el

amor por su hija crecería con cada año que pasaba.

En algún momento pasadas las tres de la tarde, sus padres

empezaron a prepararse para regresar a Ashikaga.

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Shizu apenas podía contener la sorpresa. ¿Cómo era posible que su

marido, que siempre protestaba y decía que estaba muy ocupado,

hubiera sugerido aquella visita a casa de su hermana? El mismo marido

que se había saltado el funeral de la pobre chica afirmando que tenía

que entregar un artículo. Y ahora era casi hora de cenar y no

manifestaba ninguna intención de marcharse. Solamente había visto

unas pocas veces a Tomoko y probablemente no había tenido ninguna

conversación larga con ella. Seguramente no era el recuerdo de la

muerte lo que le impedía marcharse.

Shizu le dio un golpecito a Asakawa en la rodilla y le susurró al

oído:

—Cariño, probablemente ya es hora…

—Mira a Yoko. Tiene sueño. Tal vez habría que ver si podemos

conseguir que duerma un rato aquí.

Habían traído a su hija con ellos. Normalmente aquella era su hora

de irse á dormir. Estaba claro, Yoko había empezado a parpadear como

cuando tenía sueño. Pero si la dejaban dormir allí, tendrían que pasar

por lo menos dos horas más en la casa. ¿De qué más podían hablar con

su afligida hermana y con el marido de esta durante otras dos horas?

—Puede dormir en el tren, ¿no te parece? —dijo Shizu, bajando la

voz.

—La última vez que lo intentamos se puso nerviosa y tuvimos un

viaje a casa terrible. No, gracias.

Siempre que Yoko tenía sueño en medio de una multitud, se ponía

increíblemente nerviosa. Agitaba los bracitos y las piernitas, berreaba

con toda la fuerza de sus pulmones y en general les hacía la vida

imposible a sus padres. Reñirla solamente empeoraba las cosas: no

había más forma de calmarla que intentar ponerla a dormir. En aquellas

ocasiones Asakawa era intensamente consciente de las miradas de la

gente y también se ponía de mal humor, como si fuera la principal

víctima de los berridos de su hija. Las miradas acusadoras del resto de

pasajeros siempre le daban la sensación de estarse asfixiando.

Shizu prefería no ver a su marido en aquel estado, con las mejillas

temblando de nerviosismo.

—Muy bien, si tú lo dices…

—Genial. A ver si la podemos poner a dormir arriba. Yoko estaba

tumbada en el regazo de su madre, con los ojos medio cerrados.

—Voy a acostarla —dijo Asakawa, acariciando la mejilla de su hija

con el dorso de la mano. Las palabras sonaban raras en él, que casi

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nunca ayudaba con el bebé. Tal vez había cambiado de actitud, ahora

que acababa de presenciar la pena de unos padres que habían perdido a

una hija.

—¿Qué te ha entrado hoy? Das un poco de miedo.

—No te preocupes. Parece que se va a dormir enseguida. Déjamela

a mí.

Shizu le dio la niña.

—Gracias. Solamente es que me gustaría que fueras así todo el

tiempo.

Mientras la trasladaban del regazo de su madre al de su padre,

Yoko empezó a arrugar la cara, pero antes de tener tiempo para seguir,

se quedó dormida. Asakawa subió las escaleras, acunando a su hija. El

segundo piso consistía en dos habitaciones estilo japonés y la habitación

de estilo occidental donde había vivido Tomoko. Dejó a Yoko en el futón

de la habitación de estilo japonés que daba al sur. Ni siquiera tuvo que

quedarse con ella mientras se dormía. Ya estaba amodorrada y su

respiración era regular.

Asakawa salió sigilosamente de la habitación, escuchó lo que

pasaba en el piso de abajo y por fin entró en el dormitorio de Tomoko.

Se sintió un poco culpable por invadir la intimidad de una chica muerta.

¿No era aquella la clase de cosa que aborrecía? Pero era por una buena

causa: derrotar al mal. No había opción. Pero mientras lo pensaba,

odiaba la forma en que siempre estaba dispuesto a hacerse con

cualquier razón, por muy engañosa que fuera, para justificar sus

acciones. Pero no es que fuera a escribir un artículo sobre el caso,

protestó. Solamente estaba intentando averiguar dónde y cuándo

habían estado juntos los cuatro. Lo sentía.

Abrió los cajones de la mesa de la chica. Solamente había el surtido

habitual de artículos de escritorio, bastante bien ordenados. Tres fotos,

una caja de quincalla, cartas, un cuaderno y un kit de costura. ¿Habrían

registrado aquello sus padres después de que muriera? No lo parecía.

Lo más probable era que la chica hubiera sido ordenada por naturaleza.

Confiaba en encontrar un diario: eso le ahorraría mucho tiempo. «Hoy

me he juntado con Haruko Tsuji, Takehiko Nomi y Shuichi Iwata y

hemos…» Ojalá pudiera encontrar una entrada de diario así. Sacó un

cuaderno de su estantería y lo hojeó. Encontró un diario muy de chica al

fondo de un cajón, pero solamente había unas pocas anotaciones

desganadas, todas ellas de hacía mucho tiempo.

En la estantería situada junto al escritorio no había libros,

solamente una caja de cosméticos roja floreada. Abrió el cajón. Un

puñado de accesorios baratos. Un montón de pendientes desparejados:

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parecía que solía perder uno de cada pareja de pendientes que tenía.

Un peine de bolsillo con varios cabellos negros todavía enredados.

Al abrir el armario empotrado, se le llenó la nariz del olor a chica

adolescente. Estaba abarrotado de vestidos de colores y faldas en

perchas. Era obvio que ni su cuñada ni el marido de esta habían

decidido qué hacer con aquella ropa, que todavía tenía el olor de su

hija. Asakawa no estaba seguro de qué pensarían si lo encontraran allí.

El silencio era total. Su mujer y su cuñada todavía debían de estar

hablando de algo. Asakawa registró uno por uno los bolsillos de toda la

ropa del armario. Pañuelos, resguardos de entradas de cine, envoltorios

de chicle, servilletas de papel, la funda del pase del tren. Lo examinó:

había un pase para el tramo entre Yamate y Tsurumi, un carnet de

estudiante y otro carnet. Había un nombre escrito en el otro carnet: no

sé cuántos Nonoyama. No estaba seguro de cómo pronunciarlos

caracteres: ¿tal vez «Yuki»? Solamente por los caracteres no podía

saber si se trataba de un hombre o de una mujer. ¿Por qué llevaba el

carnet de otra persona en la funda de su pase? Oyó pasos que subían

las escaleras. Se metió el carnet en el bolsillo, volvió a dejarla funda

donde la había encontrado y cerró el armario. Salió al pasillo justo

cuando su cuñada llegaba a lo alto de las escaleras.

—Lo siento, ¿hay un baño aquí arriba? —Fingió que estaba

inquieto.

—Está al final del pasillo —No pareció sospechar nada—. ¿Está

durmiendo Yoko como una niña buena?

—Sí, gracias. Siento molestarte.

—Oh, no, no es molestia.

Su cuñada hizo una pequeña reverencia y entró en la habitación de

estilo japonés, con la mano en el cinturón del quimono.

En el baño, Asakawa sacó la tarjeta. «Centro Turístico Pacífico.

Tarjeta de Socio», decía. Debajo ponía el nombre de Nonoyama, el

número de socio y la fecha de expiración. Le dio la vuelta. Cinco

condiciones, en letra pequeña, además del nombre de la empresa y la

dirección. Centro Turístico Pacífico S.A., Kojimachi 3-5, distrito de

Chiyoda, Tokio. Tel. (03) 261-4922. A menos que Tomoko hubiera

encontrado aquella tarjeta o la hubiera robado, debía de haberla

tomado prestada de aquel tal Nonoyama. ¿Por qué? Para usar los

servicios del Centro Pacífico, por supuesto. Pero ¿qué servicios y

cuándo?

No podía llamar desde la casa. Dijo que salía a comprar cigarrillos y

corrió a una cabina. Marcó el número.

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—Centro Turístico Pacífico, ¿en qué puedo ayudarle? —Era la voz

de una mujer joven.

—Me gustaría saber qué servicios puedo usar con un carnet de

socio.

La voz no respondió de inmediato. Tal vez tenían tantos servicios

disponibles al público que no podía hacer una lista de todos.

—O sea… Quiero decir… Por ejemplo, si fuera desde Tokio y pasara

una noche —añadió.

Si hubieran ido todos juntos dos o tres noches aquello habría

llamado la atención. El hecho de que no hubiera aparecido nada hasta el

momento indicaba que probablemente sólo habían ido una noche.

Probablemente a Tomoko le resultara fácil mentir a sus padres y pasar

una noche fuera de casa diciendo que estaba en casa de una amiga.

—Tenemos una amplia gama de servicios en nuestra Tierra Pacífica

de Hakone Sur —dijo, en tono eficiente.

—Concretamente, ¿qué clase de actividades recreativas ofrecen

allí?

—Tenemos instalaciones de golf, tenis y terrenos de caza y pesca,

señor. Además de piscina.

—¿Y también tienen alojamientos?

—Sí, señor. Además de un hotel, Tierra Pacífica tiene la comunidad

de bungalows de alquiler Ciudad de los Chalets. ¿Quiere que le envíe

nuestro folleto?

—Sí, por favor —Fingió ser un cliente potencial, confiando que así

podría sacar más información de ella—. ¿El hotel y los bungalows están

abiertos al público en general?

—Sí, señor, a precios de no socios.

—Ya veo. ¿Puede darme el número de teléfono? Tal vez me

acerque a echar un vistazo.

—Puedo hacerle una reserva ahora mismo, si lo desea…

—No, yo, eh, tal vez me acerque por allí en coche y me dé por

echar un vistazo… ¿Puede darme el número de teléfono?

—Un momento, por favor.

Mientras esperaba, Asakawa sacó una libreta y un bolígrafo.

—¿Está listo?

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La mujer regresó y dictó dos números de teléfono de once dígitos.

Los códigos de zona eran largos, como pasa en las áreas rurales.

Asakawa los apuntó.

—Tenemos instalaciones similares en el lago Hamana y en

Hamajima, en la prefectura de Mié.

Demasiado lejos. A unos estudiantes no les llegaría el dinero.

Luego la mujer empezó a recitar todas las fabulosas ventajas de

hacerse socio del Club Turístico Pacífico. Asakawa escuchó un momento

por cortesía antes de cortarla.

—Muy bien. Estoy seguro de que el resto lo veré en el folleto. Le

doy mi dirección para que me lo envíe.

Le dio su dirección y colgó. Escuchar su discurso corporativo ya

estaba empezando a disuadirle de hacerse socio, aun en el caso de que

se lo hubiera podido permitir.

Hacía más de una hora que Yoko se había ido a dormir y los padres

de Shizu ya habían regresado a Ashikaga. Shizu estaba en la cocina

fregando los platos para su hermana, que todavía era propensa a

derrumbarse por cualquier cosa. Asakawa la ayudó con brío a llevar los

platos a la sala de estar.

—¿Qué te pasa hoy? Haces cosas raras —dijo Shizu, sin dejar de

fregar los platos—. Has puesto a dormir a Yoko y estás ayudando en la

cocina. ¿Estás cambiando de actitud? Espero que sea en firme.

Asakawa estaba enfrascado en sus pensamientos y no quería que

lo molestaran. Deseaba que su mujer hiciera honor a su nombre, que

quería decir «silenciosa». La mejor manera de cerrarle la boca a una

mujer era no responderle.

—Ah, por cierto, ¿le has puesto un pañal antes de meterla en la

cama? No queremos que ensucie las sábanas de una casa ajena.

Asakawa no mostró ningún interés. Se limitó a mirar las paredes de

la cocina. Allí era donde había muerto Tomoko. Cuando la encontraron

tenía cristales rotos y un charco de Coca-Cola alrededor. El virus debía

de haberla atacado mientras se estaba bebiendo un vaso de Coca-Cola

de la nevera. Asakawa abrió la nevera, imitando los movimientos de

Tomoko. Se imaginó que tenía un vaso en la mano y fingió que bebía.

—¿Qué demonios estás haciendo? —Shizu lo estaba mirando,

boquiabierta. Asakawa continuó a lo suyo: siguió fingiendo que bebía y

miró detrás de su espalda. Cuando se giró, se encontró delante una

puerta de cristal que separaba la cocina de la sala de estar. La puerta

reflejaba la luz fluorescente de encima del fregadero. Tal vez porque

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todavía era de día y la sala de estar estaba bañada de luz, solamente

reflejaba la luz fluorescente y no las expresiones de la gente que había

en la cocina. Si el otro lado del cristal estuviera a oscuras, y dentro de

la cocina hubiera luz, tal como debió de pasar aquella noche mientras

Tomoko estaba aquí… Aquella puerta de cristal sería un espejo y

reflejaría lo que estaba pasando en la cocina. Reflejaría la cara de

Tomoko, crispada en una mueca de terror. Asakawa casi pensaba ya en

el cristal como en un testigo presencial de todo lo sucedido. El cristal

podía ser transparente o reflectante, dependiendo del juego de luz y

oscuridad. Asakawa estaba acercando la cara al cristal, como si este lo

atrajera, cuando su mujer le dio un golpecito en la espalda. En aquel

preciso momento oyeron llorar a Yoko en el piso de arriba. Se había

despertado.

—Yoko se ha despertado.

Shizu se secó las manos con un trapo. Su hija no solía llorar tan

fuerte cuando se despertaba. Shizu subió a toda prisa al piso de arriba.

Mientras estaba saliendo de la cocina, entró Yoshimi. Asakawa le

dio el carnet que había encontrado.

—Esto estaba debajo del piano —dijo en tono despreocupado, y

esperó la reacción de ella.

Yoshimi cogió el carnet y le dio la vuelta.

—Qué raro. ¿Qué hacía esto aquí? —Inclinó la cabeza, perpleja.

—¿No te parece que alguna amiga se lo podría haber prestado a

Tomoko?

—Nunca he oído hablar de esta persona. No creo que tuviera

ninguna amiga que se llamara así —Yoshimi miró a Asakawa con

preocupación exagerada—. Mierda. Esto parece importante. Te lo juro,

esa chica…

Se le quebró la voz. Hasta el detalle más insignificante podía poner

en marcha las ruedas de la pena. Asakawa vaciló, pero finalmente le

preguntó:

—¿Fue alguna vez Tomoko… con sus amigos a pasar las vacaciones

de verano en este lugar?

Yoshimi negó con la cabeza. Confiaba en su hija. Tomoko no era de

esas chicas que mentían cuando decían que se quedaban a pasar la

noche en casa de una amiga. Además, había estado estudiando para los

exámenes. Asakawa entendía cómo se sentía Yoshimi. Decidió no hacer

más preguntas sobre Tomoko. Ninguna alumna de instituto con

exámenes en ciernes les contaría a sus padres que iba a alquilar un

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bungalow con su novio. Mentiría y diría que iba a estudiar a casa de una

amiga. Sus padres no se enterarían nunca.

—Encontraré al propietario y se lo devolveré.

Yoshimi inclinó la cabeza en silencio, luego su marido la llamó

desde la sala de estar y ella salió apresuradamente de la cocina. El

padre compungido estaba sentado delante del altar budista recién

instalado, hablando con la fotografía de su hija. Su voz era

asombrosamente jovial y Asakawa se deprimió. Era obvio que estaba

negando la realidad. Asakawa solamente podía rezar porque el hombre

saliera adelante.

Asakawa había descubierto una sola cosa. Si aquel o aquella

Nonoyama había prestado realmente su carnet de socio a Tomoko, al

enterarse de su muerte se habría puesto en contacto con los padres de

ella. Pero la madre de Tomoko no sabía nada del carnet. Aunque el

carnet correspondiera al miembro de una familia de socios, la tarifa era

lo bastante cara como para que Nonoyama no se conformara con dar su

carnet por perdido. Así pues, ¿qué significaba aquello? Esto es lo que se

imaginó Asakawa: que Nonoyama le había prestado la tarjeta a alguno

de los otros tres: a Iwata, a Tsuji o a Nomi. Por alguna razón había

llegado a manos de Tomoko y así habían acabado las cosas. Nonoyama

se habría puesto en contactó con los padres de la persona a quien se lo

hubiera prestado.

Los padres habrían registrado las pertenencias de su hijo o su hija.

No habrían encontrado el carnet. Porque el carnet estaba aquí. Si

Asakawa se ponía en contacto con las familias de las otras tres víctimas,

podría averiguar la dirección de Nonoyama. Tenía que llamar de

inmediato, aquella misma noche. Si no podía encontrar una pista por

ese camino, no era probable que el carnet le proporcionara un medio

para descubrir cuándo y dónde habían estado los cuatro juntos. En todo

caso, quería verse con Nonoyama y escuchar lo que él o ella tuviera que

decir. Si no le quedaba otro remedio, siempre podía encontrar alguna

forma de averiguar la dirección de Nonoyama gracias a su carnet de

socio. Lo más probable era que preguntar directamente al Club Pacífico

no le sirviera de nada, pero estaba seguro de que a sus contactos del

periódico se les ocurriría alguna solución.

Alguien lo llamaba. Una voz lejana.

—Cariño… Cariño…

Era la voz nerviosa de su mujer mezclada con el llanto del bebé.

—Cariño, ¿puedes venir un momento?

Asakawa regresó a la realidad. De pronto no estaba seguro de qué

había estado pensando todo ese tiempo. Su hija estaba llorando de una

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forma extraña. La impresión se acentuó mientras subía por las

escaleras.

Asakawa salió de sus reflexiones olvidando todo lo que había

estado pensando. De pronto se dio cuenta de que el ruido del llanto de

su hija no era usual. Subió a toda prisa las escaleras temiendo que

hubiera algún problema.

—¿Qué pasa? —le preguntó a su mujer en tono acusador.

—Algo le pasa a Yoko. Creo que le ha pasado algo. La forma en que

está llorando no suena igual que siempre. ¿Crees que está enferma?

Asakawa le puso la mano en la frente a Yoko. No tenía fiebre. Pero

le temblaban las manitas. El temblor se le extendió a todo el cuerpo y

empezó a tener convulsiones ocasionales en la espalda. La cara

completamente roja y los ojos fuertemente cerrados.

—¿Cuánto tiempo lleva así?

—Es porque se ha despertado y no había nadie con ella. A menudo

la niña lloraba cuando se despertaba y no estaba su madre. Pero

siempre se tranquilizaba cuando su madre acudía con ella y la cogía.

Cuando los niños lloraban era porque intentaban pedir algo, pero

¿qué…? La niña intentaba decirles algo. No era que se estuviera

portando mal. Tenía las manitas fuertemente cerradas delante de la

cara… en gesto de pavor. Eso era todo. La niña estaba llorando de

miedo. Yoko miró a otra parte y luego abrió un poco los puños: parecía

que intentaba señalar algo. Asakawa miró en aquella dirección. Había

una columna. Levantó la vista. A unos treinta centímetros del techo

colgaba una máscara del tamaño de un puño, la máscara de una

hannya: un demonio femenino. ¿Tenía la niña miedo de la máscara?

—Eh, mira —dijo Asakawa, señalando con la barbilla. Miraron

simultáneamente la máscara y volvieron la cabeza lentamente para

mirarse entre ellos.

—No puede ser… ¿la ha asustado el demonio? Asakawa se puso de

pie. Bajó la máscara del demonio de la viga donde estaba colgada y la

dejó boca abajo en el tocador. Donde Yoko no podía verla. De pronto la

niña dejó de llorar.

—¿Qué te pasa, Yoko? ¿Te ha asustado ese demonio malo?

Ahora que lo entendía, Shizu parecía aliviada, y frotó felizmente su

mejilla contra la de la niña. Asakawa no se quedó satisfecho tan

fácilmente. Por alguna razón ya no quería estar en aquella habitación.

—Eh. Vamos a casa —apremió a su mujer.

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Aquella tarde, tan pronto como llegaron a casa de regreso de casa

de los Oishi, Asakawa llamó a los Tsuji, a los Nomi y a los Iwata, en ese

orden. A todas las familias les preguntó si alguno de los conocidos de

sus hijos se había puesto en contacto con ellos acerca del carnet de

socio de un club turístico. La última persona con la que habló, la madre

de Iwata, le dio una respuesta larga e intrincada:

—Llamó alguien que dijo que iba al colegio de mi hijo, un chico

mayor que él, diciendo que le había prestado a mi hijo el carnet de

socio de su club turístico y que si se lo podíamos devolver… Pero

registré la habitación de mi hijo hasta el último rincón y no lo pude

encontrar por ninguna parte. Desde entonces es una cosa que me tiene

preocupada.

Asakawa pidió de inmediato el número de Nonoyama y lo llamó sin

demora.

Nonoyama se había encontrado con Iwata en Shibuya el último

domingo de agosto y le había prestado su carnet, tal como Asakawa

había sospechado. Iwata le había dicho que quería ir con una chica de

un instituto a la que estaba intentando ligarse. «Ya casi se han

terminado las vacaciones de verano, ya sabes. Quiero disfrutarlas de

verdad mientras duren porque si no no podré ponerme a estudiar en

serio para los exámenes».

Nonoyama se rió al oír aquello. «Idiota, se supone que los alumnos

de colegio secundario no tienen que hacer vacaciones de verano».

El último domingo de agosto había sido el 26: si se hubieran ido a

pasar la noche a algún sitio, tendría que haber sido el 27, el 28, el 29 o

el 30. Asakawa no sabía cómo funcionaban los colegios privados de

secundaria, pero por lo menos en los institutos femeninos, el semestre

de otoño empezaba el primero de septiembre.

Tal vez porque estaba cansada de pasar tanto tiempo en un lugar

desconocido, Yoko se quedó dormida enseguida al lado de su madre.

Cuando Asakawa acercó el oído a la puerta del dormitorio, las oyó a las

dos profundamente dormidas y respirando con regularidad. Las nueve

de la noche… Era la hora en que Asakawa se relajaba. Hasta que no se

dormían su mujer y su hija, en aquel apartamento diminuto no había

sitio para que se sentara a trabajar.

Asakawa sacó una cerveza de la nevera y se la sirvió en un vaso.

Aquella noche tenía un sabor especial. Encontrar aquel carnet había sido

un avance importante. Había bastantes probabilidades de que entre el

27 y el 30 de agosto, Shuichi Iwata y los otros tres hubieran pasado

una noche en algún alojamiento perteneciente al Club Pacífico. El sitio

más probable era la Ciudad de los Chalets de la Tierra Pacífica de

Hakone Sur. Hakone Sur era la única propiedad del Club Pacífico que

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estaba lo bastante cerca como para ser un destino viable, y no se podía

imaginar que un grupo de estudiantes pobres saliera y se quedara en un

hotel. Probablemente habían usado el carnet de socio para alquilar uno

de los bungalows a bajo precio. A los socios les costaba solamente cinco

mil yenes la noche, lo cual significaba un poco más de mil por cabeza.

Tenía a mano el número de teléfono de la Ciudad de los Chalets.

Dejó sus notas en la mesa. Lo más rápido sería llamar a recepción y

preguntar si se había alojado allí un grupo de cuatro personas bajo el

nombre de Nonoyama. Pero nunca se lo dirían por teléfono. Como es

natural, cualquiera que hubiera ascendido dentro de la empresa hasta el

puesto de encargado de los bungalows de alquiler estaría lo bastante

entrenado como para saber que tenía el deber de proteger la privacidad

de los clientes. Aunque revelara su cargo como reportero de uno de los

principales periódicos y declarara con claridad sus razones para la

investigación, el encargado nunca se lo diría por teléfono. Asakawa

consideró la posibilidad de ponerse en contacto con la oficina local del

periódico y conseguir que usaran un abogado con el que tuvieran

contactos para ver el registro de clientes. La única gente a la que el

encargado estaba obligado a enseñar el registro eran la policía y los

abogados. Asakawa podía intentar hacerse pasar por uno u otro, pero

probablemente lo descubrirían de inmediato, y aquello comportaría

problemas para el periódico. Era más seguro y eficaz usar los canales

disponibles.

Pero eso requeriría por lo menos tres o cuatro días, y odiaba

esperar tanto tiempo. Quería saberlo ahora. Estaba tan fascinado por el

caso que no podía soportar esperar tres días. ¿En qué demonios iba a

acabar todo aquello? Si era cierto que los cuatro jóvenes habían pasado

una noche de finales de agosto en la Ciudad de los Chalets de la Tierra

Pacífica de Hakone Sur, y si era cierto que aquella pista le permitiría

resolver el enigma de sus muertes… ¿de qué podía tratarse al fin y al

cabo? «Virus; virus». Se daba perfecta cuenta de que la única razón por

la que lo consideraba un virus era para evitar que lo abrumara la idea

de que detrás de todo se escondía alguna cosa misteriosa. Tenía sentido

—hasta cierto punto— armarse con el poder de la ciencia para afrontar

el poder de lo sobrenatural. No iba a conseguir nada si combatía algo

que no entendía con palabras que no entendía. Tenía que traducir

aquello que no entendía a palabras que sí entendiera.

Asakawa recordó el llanto de Yoko. ¿Por qué se había asustado

tanto la niña al ver la máscara del demonio aquella tarde? De camino a

casa en el tren, le había preguntado a su mujer:

—Oye, ¿le has estado enseñando a Yoko lo que son los demonios?

—¿Qué?

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—Ya sabes, con libros ilustrados o algo así. ¿Le has estado

enseñando a tener miedo de los demonios?

—Ni hablar. ¿Por qué iba a hacerlo?

La conversación terminó ahí. Shizu no volvió a pensar en ello, pero

a Asakawa le preocupaba. Aquella clase de miedo solamente existía a

un nivel profundo y espiritual. No era lo mismo que tener miedo de algo

porque te habían enseñado a tenerlo. Desde que había descendido de

los árboles, el hombre había vivido con miedo a alguna cosa. El trueno,

los tifones, las bestias salvajes, las erupciones volcánicas, la oscuridad…

La primera vez que un niño experimenta el trueno y las centellas,

siente un miedo instintivo. Eso era comprensible. Para empezar, el

trueno es real. Existe de verdad. Pero ¿y los demonios? El diccionario

decía que los demonios eran monstruos imaginarios o bien espíritus de

gente muerta. Si Yoko había tenido miedo del demonio porque su

aspecto daba miedo, entonces también debería tener miedo de las

maquetas de Godzilla: después de todo, también las fabricaban para

que dieran miedo. Yoko había visto una en el escaparate de unos

grandes almacenes: una réplica muy bien hecha de Godzilla. En lugar

de asustarse, la había mirado fijamente, con los ojos brillantes de

curiosidad. ¿Cómo se explicaba aquello? Lo único que sabía a ciencia

cierta era que Godzilla, no importaba cómo lo mirara uno, era un

monstruo imaginario. «¿Qué pasaba entonces con los demonios…? ¿Es

que solamente existen en Japón? No, hay otras culturas que también los

tienen. Diablos…» La segunda cerveza no sabía tan buena como la

primera. «¿Hay algo más que asusta a Yoko? Sí, eso tiene que ser. La

oscuridad. La oscuridad le da un miedo terrible. Nunca jamás entra sola

en una habitación a oscuras. Yoko, hija del sol». Pero la oscuridad

también existía, era el polo opuesto de la luz. En aquel mismo instante,

Yoko estaba dormida en brazos de su madre, en una habitación a

oscuras.

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SEGUNDA PARTE

TIERRAS ALTAS

11 de octubre, jueves La lluvia había arreciado y Asakawa puso los

limpiaparabrisas al máximo. El tiempo en Hakone cambiaba sin previo

aviso. En Odawara el cielo había estado despejado, pero cuanto más

ascendía, más húmedo era el aire, y a medida que se acercaba al

puerto de montaña se fue encontrando con más bolsas de viento y

lluvia. Si fuera de día, habría podido adivinar el tiempo que hacía en las

montañas gracias al aspecto de las nubes que rodeaban el monte

Hakone. Pero era de noche y estaba concentrado en lo que aparecía

ante el haz de luz de sus faros. Hasta que detuvo el coche y miró al

cielo no se dio cuenta de que las estrellas habían desaparecido. Cuando

cogió el tren-bala de Kodama en la estación de Tokio, la ciudad todavía

estaba envuelta en la luz crepuscular. Cuando alquiló el coche en la

estación de Atami, la luna todavía asomaba de forma intermitente por

los resquicios entre las nubes. Pero ahora las gotitas minúsculas de

lluvia que antes flotaban frente a sus faros se estaban convirtiendo en

todo un chaparrón que aporreaba el parabrisas.

El reloj digital que había sobre el indicador de velocidad decía que

eran las 7.32 h. Asakawa calculó rápidamente cuánto había tardado en

llegar hasta allí. Había cogido el tren en Tokio a las 5.16 h y había

llegado a Atami a las 6.07 h. Para cuando salió por las puertas y

terminó el papeleo de la agencia de alquiler de coches ya eran las 6.30

h. Se paró en un mercado y compró dos paquetes de fideos

instantáneos y un botellín de whisky. Y se hicieron las siete mientras se

orientaba por aquel laberinto de calles de dirección única y salía de la

ciudad.

Delante de él apareció un túnel, con la entrada flanqueada de luces

brillantes de color naranja. Al otro lado, justo después de entrar en la

autopista Atami-Kannami, tendría que empezar a ver letreros de la

Tierra Pacífica de Hakone Sur. El largo túnel lo llevaría a la cresta de

Tanna. Al entrar en el túnel, el ruido del viento cambió. Al mismo

tiempo, su carne, el asiento del pasajero y todo lo demás que había

dentro del coche quedó bañado en luz naranja. Notó que su calma se

desvanecía y que se le ponía el vello de punta. No había ningún coche

viniendo en dirección contraria. Los limpiaparabrisas chirriaban al frotar

el cristal ahora seco. Los apagó. Llegaría a su destino sobre las ocho. No

le apetecía pisar a fondo el acelerador, aunque la carretera estaba

vacía. El lugar al que se dirigía le producía un terror inconsciente.

A las 4.20 h de aquella tarde, Asakawa había visto salir un fax de la

máquina de la oficina. Era una respuesta de la oficina del periódico de

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Atami, y él esperaba que contuviera una copia del registro de clientes la

Ciudad de los Chalets entre el 27 y el 30 de agosto. Al verlo bailó de

alegría. Su presentimiento era cierto. Había cuatro nombres que

reconocía: Nonoyama, Tomoko Oishi, Haruko Tsuji y Takehiko Nomi.

Los cuatro habían pasado la noche del 29 en el bungalow B-4. Era obvio

que Shuichi Iwata había usado el nombre de Nonoyama. Así puso saber

dónde y cuándo habían estado juntos los cuatro: el miércoles 29 de

agosto en la Tierra Pacífica de Hakone Sur, en el bungalow B-4 de la

Ciudad de los Chalets. Exactamente una semana antes de sus

misteriosas muertes.

Sin perder un minuto había cogido el auricular, había llamado a la

Ciudad de los Chalets y había hecho una reserva' para aquella misma

noche en el bungalow B-4. Lo único que tenía que hacer al día siguiente

era asistir a una reunión de plantilla a las once. Podía pasar la noche en

Hakone y llegar a tiempo sin problemas.

«Bueno, ya está. Voy para allí. A la escena de los hechos». Estaba

ansioso. Ni en sus sueños más descabellados podría haber imaginado lo

que le esperaba allí.

Nada más salir del túnel se encontró un peaje, y mientras pagaba

los trescientos yenes le preguntó al empleado:

—¿Se va por aquí a la Tierra Pacífica de Hakone Sur?

Sabía muy bien que sí. Había comprobado muchas veces el mapa.

Tenía la impresión de que hacía mucho tiempo que no veía a otro ser

humano, y algo en su interior quería hablar.

—Hay un letrero más adelante. Gire a la izquierda.

Cogió su recibo. Con tan poco tráfico, apenas parecía que valiera la

pena tener a alguien metido allí. ¿Cuánto tiempo planeaba estar aquel

tipo dentro de aquella garita de peaje? Asakawa no mostró ninguna

intención de seguir su camino y el hombre empezó a mirarlo con recelo.

Asakawa se obligó a sonreír y arrancó lentamente.

El placer que había sentido unas horas antes al establecer un

momento y un lugar comunes a las cuatro víctimas se había marchitado

y había muerto. Las caras de los cuatro parpadeaban dentro de su

cabeza. Habían muerto exactamente una semana después de alojarse

en la Ciudad de los Chalets. «Ahora es el momento de dar marcha

atrás», parecían decirle con una sonrisa maliciosa. Pero no podía dar

media vuelta. En primer lugar, su instinto de reportero se había

despertado. Por otro lado, no era posible negar que le daba miedo ir allí

solo. Si hubiera llamado a Yoshino, lo más probable era que hubiera

venido a toda prisa, pero tener a un colega con él no le parecía muy

buena idea. Asakawa ya había apuntado sus progresos hasta el

momento y los había guardado en un disquete. Lo que quería era a

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alguien que no fuera por ahí entorpeciendo su investigación, sino que se

limitara a ayudarle en sus objetivos… Y la verdad, tenía a alguien en

mente. Conocía a un solo hombre que estaría dispuesto a acompañarle

por pura curiosidad. Era profesor a tiempo parcial en una universidad,

así que tenía mucho tiempo libre. Era el tipo adecuado. Pero era…

especial. Asakawa no estaba seguro de cuánto tiempo podría aguantarlo

a causa de su forma de ser.

Allí, en la ladera de la montaña, estaba el letrero de la Tierra

Pacífica de Hakone Sur. No había luces de neón, solamente un panel

blanco con letras negras. Si hubiera estado mirando a otra parte

mientras sus faros lo iluminaban, lo habría pasado por alto. Asakawa

salió de la autopista y empezó a subir una carretera rural que pasaba

por entre campos en terraza. La carretera parecía tremendamente

estrecha para ser la entrada de un complejo turístico, y en su soledad

Asakawa tuvo visiones en las que el camino terminaba abruptamente en

medio de la nada. Tuvo que aminorar la velocidad para tomar las curvas

cerradas y oscuras de la carretera. Confiaba en no encontrar a nadie

que viniera en dirección contraria: no había sitio para que pasaran dos

coches.

En algún momento había amainado la lluvia, aunque Asakawa

acababa de darse cuenta. La mecánica climática parecía distinta a uno y

otro lado de la cresta de Tanna.

En cualquier caso, la carretera no terminaba de repente, sino que

seguía subiendo y subiendo. Al cabo de un rato empezó a ver casas de

veraneo dispersas a un lado y otro de la carretera. Y de pronto la

carretera se ensanchó a dos carriles, la superficie mejoró drásticamente

y aparecieron unas farolas elegantes en los recodos. El cambio asombró

a Asakawa. En cuanto entró en los terrenos de Tierra Pacífica se

encontró unas instalaciones de lujo. ¿Cómo se explicaba entonces el

camino diminuto que llevaba hasta aquí? El maíz y las hierbas que

invadían la carretera la estrechaban todavía más y aumentaban su

nerviosismo ante lo que podía aparecer en la siguiente curva cerrada.

El edificio de tres pisos situado al otro lado del espacioso

aparcamiento hacía las veces de centro de información y restaurante.

Sin pensarlo dos veces, Asakawa aparcó delante del vestíbulo y fue al

mostrador. Se miró el reloj: las ocho clavadas. Puntualidad perfecta.

Oyó un ruido de pelotas botando procedente de alguna parte. Había

cuatro pistas de tenis debajo del centro de información, con varias

parejas esforzándose al máximo bajo las luces amarillentas. Era

sorprendente que estuvieran ocupadas las cuatro pistas. Asakawa no

podía imaginar qué llevaba a la gente a subir hasta allí a las ocho de la

noche de un jueves en pleno octubre solamente para jugar a tenis.

Bastante por debajo de las pistas de tenis vio las luces lejanas de las

ciudades de Mishima y Numazu, brillando en la oscuridad. El vacío de

más allá, negro como el carbón, era la bahía de Tago.

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Entró en el centro de información y se encontró el restaurante

directamente delante. La pared exterior era de cristal, así que pudo ver

el interior. Y así es como Asakawa se llevó otra sorpresa. El restaurante

cerraba a las ocho, pero todavía estaba lleno de familias y de grupos de

mujeres jóvenes. Inclinó la cabeza con expresión de asombro. ¿De

dónde había salido toda aquella gente? No se podía creer que todos

hubieran venido por la misma carretera por la que él había llegado. Tal

vez él no había tomado la ruta de acceso principal. En alguna otra parte

debía de haber una carretera más amplia e iluminada. Pero él había

seguido la ruta que le había indicado la chica con la que había hablado

por teléfono.

«Llegue hasta la mitad de la carretera de Atami a Kannami y gire a

la izquierda. Desde allí suba la montaña». Y eso mismo había hecho

Asakawa. Era inconcebible que hubiera otra salida de aquel sitio.

Asintió cuando le dijeron que ya estaba cerrada la cocina y entró en

el restaurante. Bajo sus amplios ventanales, un jardín meticulosamente

cuidado descendía suavemente en medio de la oscuridad en dirección a

las ciudades. La luz del interior era premeditadamente tenue,

probablemente para que los clientes pudieran disfrutar la vista de las

luces lejanas. Asakawa paró a un camarero que pasaba y le preguntó

dónde podía encontrar la Ciudad de los Chalets. El camarero señaló en

dirección al vestíbulo de entrada por el que acababa de pasar Asakawa.

—Siga el camino de la derecha unos doscientos metros y verá la

oficina.

—¿Hay aparcamiento?

—Puede aparcar delante de la oficina.

No tenía más misterio. Si hubiera seguido adelante en lugar de

pararse allí, lo habría encontrado por sí mismo. Asakawa podía analizar

más o menos por qué se había sentido atraído hacia aquel edificio

moderno hasta el punto de irrumpir en el restaurante. Le resultaba

vagamente reconfortante. Durante todo el camino se había imaginado

cabanas oscuras y primitivas —el escenario perfecto para una historia

de la serie Viernes 13— y aquel edificio no se parecía en nada a esas

visiones. Al afrontar aquella prueba de que el poder de la ciencia

moderna también funcionaba allí, se sintió tranquilizado y fortalecido.

Las únicas cosas que lo preocupaban eran el mal estado de la carretera

que comunicaba aquel lugar con el mundo inferior y el hecho de que a

pesar de ello hubiera tanta gente jugando a tenis y disfrutando de su

cena. No estaba seguro de por qué le preocupaba exactamente aquello.

Simplemente ocurría que por alguna razón ninguno de los presentes

parecía muy… verosímil.

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Como las pistas de tenis y el restaurante estaban abarrotados,

debería poder oír también las voces joviales de la gente de los

bungalows. Eso era lo que esperaba. Pero de pie en un extremo del

aparcamiento, solamente pudo distinguir media docena de los diez

bungalows construidos entre los árboles dispersos por la suave ladera.

Debajo todo estaba inmerso en la oscuridad del bosque, más allá de la

penumbra de las farolas, a la que no se sumaba ninguna luz procedente

de los bungalows. El B-4, donde iba a pasar la noche Asakawa, parecía

estar en la frontera entre la oscuridad y la zona iluminada: lo único que

pudo ver era la parte superior de la puerta.

Asakawa dio la vuelta hasta la entrada, abrió la puerta de la oficina

y entró. Oía un televisor, pero no había rastro de nadie. El encargado

estaba en una sala de estilo japonés en la parte de atrás, a la izquierda,

y no había visto a Asakawa. El mostrador estaba en medio del campo

visual de Asakawa y no le dejaba ver la sala. El encargado parecía estar

viendo una película americana o un vídeo, no un programa de

televisión. Asakawa oyó diálogos en inglés mientras veía el parpadeo de

la pantalla reflejado en el cristal de un armario de la recepción. El

armario empotrado estaba lleno de cintas de vídeo, cada una en su

estuche. Asakawa colocó las manos en el mostrador y habló en voz alta.

Un hombre menudo de sesenta y tantos años asomó de inmediato la

cabeza e hizo una reverencia:

—Ah, bienvenido.

Debía de ser el mismo hombre que le había mostrado tan

alegremente el registro de clientes al tipo de la oficina de Atami y al

abogado, pensó Asakawa mientras le devolvía una sonrisa cordial.

—Tengo una reserva a nombre de Asakawa.

El hombre abrió su cuaderno y confirmó la reserva.

—Está usted en el B-4. ¿Puede escribir aquí su nombre y dirección?

Asakawa escribió su nombre verdadero. Acababa de devolverle el

carnet a Nonoyama así que no podía usarlo.

—¿Está usted solo?

El encargado levantó la vista hacia Asakawa, con expresión de

recelo. Nunca había tenido a ningún cliente que viniera solo. Teniendo

en cuenta las tarifas para no socios, a una persona sola le salía más

barato quedarse en el hotel. El encargado le dio un juego de sábanas y

se volvió hacia el armario.

—Si quiere, puede coger prestada una película. Tenemos la mayor

parte de los títulos populares.

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—Ah, ¿alquilan vídeos?

Asakawa examinó despreocupadamente los títulos de los vídeos

que cubrían toda la pared. En busca del arca perdida, La guerra de las

galaxias, Regreso al futuro, Viernes 13. Todas las películas populares

americanas, sobre todo de ciencia ficción. También había muchas

novedades. Probablemente las cabinas las usaban mayoritariamente

grupos de jóvenes. No hubo nada que le llamara la atención. Además,

estaba claro que había venido a trabajar.

—Me temo que me he traído trabajo.

Asakawa recogió el ordenador portátil que había dejado en el suelo

y se lo enseñó al encargado. Al verlo, el encargado pareció entender por

qué había subido solo.

—¿Y hay vajilla y de todo? —dijo Asakawa, solamente para

asegurarse.

—Sí. Use lo que quiera.

Lo único que necesitaba usar Asakawa, sin embargo, era una tetera

para hervirse agua y echarla en sus fideos instantáneos. Cogió las

sábanas y la llave de su bungalow que le dio el encargado. Este le dio

instrucciones para encontrar el B-4 y luego le dijo, con una formalidad

extraña:

—Está usted en su casa.

Antes de tocar el pomo de la puerta, Asakawa se puso unos

guantes de goma. Los había traído para estar más tranquilo, como

amuleto para protegerse del virus desconocido.

Abrió la puerta y pulsó el interruptor de la luz del recibidor. Paredes

empapeladas, alfombra, sofá para cuatro personas, televisor y juego de

comedor: todo era nuevo y todo estaba dispuesto de forma funcional.

Asakawa se quitó los zapatos y entró. A un extremo de la sala de estar

había un balcón y en el primer y segundo piso había pequeñas

habitaciones de estilo japonés. La verdad es que era un poco excesivo

para un cliente solo. Descorrió la cortina de encaje y abrió la puerta

corredera de cristal para que entrara el aire nocturno. La habitación

estaba perfectamente limpia, como para frustrar sus expectativas. De

pronto se le ocurrió que podía volverse a casa sin averiguar nada.

Entró en la habitación de estilo japonés contigua a la sala de estar

e inspeccionó el armario. Nada. Se quitó la camisa y los pantalones de

sport, colgó la ropa de calle en el armario y se puso una sudadera y

unos pantalones de chándal. Luego fue al piso de arriba y encendió la

luz de la habitación de estilo japonés. Estoy actuando como un niño, se

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dijo irónicamente. Antes de darse cuenta había encendido todas las

luces del lugar.

Ahora que todo estaba lo bastante iluminado, abrió la puerta del

baño, suavemente. Primero comprobó el interior y mientras estaba

dentro dejó la puerta entreabierta. Aquello le recordó a sus rituales para

ahuyentar el miedo cuando era niño. En las noches de verano le daba

tanto miedo ir al baño solo que dejaba la puerta entreabierta y hacía

montar guardia a su padre al otro lado. Detrás de una mampara de

cristal esmerilado había una ducha bien cuidada. No había ni pizca de

vapor y tanto la bañera como la zona de enfrente de la misma estaban

completamente secas. Debía de hacer tiempo que allí no se alojaba

nadie. Fue a quitarse los guantes de goma: se le pegaron a las manos

sudorosas. La fría brisa de las tierras altas entró en la sala y movió las

cortinas.

Asakawa llenó un vaso de hielo del congelador y lo llenó hasta la

mitad del whisky que había comprado. Estaba a punto de rellenarlo con

agua pero vaciló. Cerró el grifo y se convenció de que en realidad

prefería tornarlo solo con hielo. No tenía valor para meterse en la boca

nada de aquella habitación. Ya había sido lo bastante descuidado como

para usar cubitos del congelador, pero le daba la impresión de que a los

microorganismos no les gustaban ni el frío ni el calor extremos.

Se apoltronó en el sofá y encendió el televisor. La habitación se

llenó de música: era algún nuevo ídolo del pop. Una cadena de Tokio

estaba mostrando el mismo programa en aquel momento. Cambió de

canal. Sin embargo, la verdad era que no quería ver nada, así que bajó

el volumen y abrió su bolsa. Sacó una cámara de vídeo y la dejó en la

mesa. Si pasaba algo extraño, quería tenerlo grabado. Dio un sorbo de

whisky. No fue más que un poco, pero le infundió valor. Asakawa volvió

a repasar mentalmente todo lo que sabía. Si no encontraba ninguna

pista allí aquella noche, el artículo que estaba intentando escribir

quedaría muerto y enterrado. Pero por otro lado, tal vez sería mejor así.

Si no encontrar una pista comportaba no contagiarse del virus, bueno…

Al fin y al cabo, tenía una mujer y una hija en las que pensar. No quería

morir, y menos de forma extraña. Colocó los pies sobre la mesa.

«¿A qué esperas, entonces? —se preguntó a sí mismo—. ¿Es que

no tienes miedo? Eh, ¿no deberías tener miedo? Puede que el ángel de

la muerte esté viniendo a por ti».

Escrutó nerviosamente la sala. No podía fijar la mirada en un punto

concreto de la pared. Le daba la sensación de que si lo hacía, sus

miedos empezarían a asumir forma física mientras estaba mirando.

Entró un viento helado de fuera, más fuerte que antes. Cerró la

ventana y cuando fue a correr las cortinas echó un vistazo casual a la

oscuridad. El tejado del bungalow B-5 estaba directamente delante de

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él, y a su sombra la oscuridad era todavía más profunda. En el

restaurante y en las pistas de tenis había mucha gente. Pero allí

Asakawa estaba solo. Corrió las cortinas y se miró el reloj: las 8.56 h.

No llevaba ni media hora en aquella habitación. Tenía la sensación de

que había sido más de una hora. Pero el mero hecho de estar allí no era

peligroso en sí mismo ni por sí mismo. Se esforzó por convencerse de

eso y por tranquilizarse. Al fin y al cabo, ¿cuánta gente debía de haber

pasado por el B-4 en los seis meses que llevaban construidos aquellos

bungalows? Y tampoco habían muerto todos en circunstancias

misteriosas. Solamente aquellos cuatro, según su investigación. Tal vez

si escarbaba más, encontraría más víctimas, pero de momento parecía

que solamente habían sido aquellas. Así pues, el mero hecho de estar

allí no era el problema. El problema era lo que habían hecho allí.

«¿Y qué habían hecho allí?»

Asakawa reformuló sutilmente la pregunta: «¿Qué podían haber

hecho allí?».

No encontró nada parecido a una pista: ni en el baño ni en la

bañera ni en el armario ni en la nevera. Incluso poniendo por caso que

hubiera habido algo, el encargado lo habría tirado al limpiar el lugar. Lo

cual quería decir que, en lugar de quedarse allí sentado bebiendo

whisky, tendría que estar hablando con el encargado. Eso le ahorraría

tiempo.

Vació el primer vaso y se sirvió otro un poco más corto. No podía

permitirse emborracharse. Puso mucho hielo y aquella vez lo rellenó con

agua del grifo. Su sentido del peligro debía de haberse relajado un

poco. De pronto se sintió tonto, robando tiempo al trabajo y subiendo

hasta allí arriba. Se quitó ías gafas, se lavó la cara y miró su imagen en

el espejo. Tenía cara de estar enfermo. Tal vez ya había cogido el virus.

Se bebió de un trago el whisky con agua que acababa de prepararse y

se sirvió otro.

Al regresar del comedor, Asakawa vio un cuaderno en la estantería

de debajo de la mesilla del teléfono. La portada decía: «Recuerdos». Lo

hojeó por encima.

Sábado, 7 de abril.

Nonko no olvidará nunca el día de hoy. ¿Por qué? Es un s-e-c-r-e-to.

Yuichi es maravilloso. ¡Je, je!

NONKO

Los hostales, las pensiones y esa clase de lugares solían tener

cuadernos como aquel en las habitaciones, con el objeto de que los

clientes pudieran escribir sus recuerdos e impresiones. En la página

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siguiente había un dibujo tosco de papá y mamá. Debía de haber sido

un viaje familiar. Tenía fecha del 14 de abril: también sábado, claro:

Papá es gordo, mamá es gorda, así que yo soy gorda.

14 de abril.

Asakawa siguió pasando páginas. Notaba una fuerza que lo urgía a

abrir el cuaderno por las últimas páginas, pero las siguió pasando en

orden. Tenía miedo de que pudiera perderse algo si no seguía el orden

cronológico.

No podía decirlo a ciencia cierta, ya que probablemente muchos

clientes no habían escrito nada, pero le parecía que hasta principios de

verano allí solamente se alojaba gente los sábados. Después el tiempo

entre visitas se acortaba. A finales de agosto había un flujo continuo de

entradas que se lamentaban del final del verano.

Lunes, 20 de agosto Otras vacaciones de verano que se han ido

volando. Y han sido una mierda. ¡Que alguien me ayude! ¡Que alguien

me rescate, pobre de mí! Tengo una moto de 400 ce. Y soy bastante

guapo. ¡Una ganga!

A.Y.

Parecía que aquel tipo había decidido que el libro de invitados

servía para anunciarse, tal vez para encontrar amigos por

correspondencia. Parecía que mucha gente compartía sus ideas sobre el

lugar. Cuando se quedaban parejas, sus entradas lo mostraban a las

claras, mientras que cuando se quedaba gente sola, escribían sobre las

ganas que tenían de encontrar un compañero.

Con todo, era una lectura interesante. Su reloj marcaba las nueve

en punto.

Entonces pasó la página:

Jueves, 30 de agosto ¡Glups! Quedáis avisados: mejor que no la

veáis a menos que tengáis agallas. U os arrepentiréis. (Risa maléfica.)

S.I.

Eso era lo único que decía el mensaje. El 30 de agosto era la

mañana después de que se quedaran los cuatro allí. Las iniciales «S. I».

correspondían a «Shuichi Iwata». Su anotación en el cuaderno era

distinta a todas las demás. ¿Qué quería decir? «Mejor que no la veáis».

¿A qué demonios se refería? Asakawa cerró el cuaderno de visitas y lo

miró de lado. El lomo presentaba un ligero hueco por donde no cerraba

del todo. Metió el dedo en el hueco y lo abrió por aquella página.

«¡Glups! Quedáis avisados: mejor que no la veáis a menos que tengáis

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agallas. U os arrepentiréis. (Risa maléfica.) S. I». Las palabras se

abalanzaron sobre él. ¿Por qué quería abrirse el cuaderno justo en

aquella página? Lo pensó un momento. Tal vez los cuatro jóvenes

habían abierto el cuaderno por aquella página y le habían puesto encima

algo pesado. Y el peso había creado una fuerza que aún sobrevivía al

intentar uno abrir el cuaderno por aquella página. Y tal vez lo que

habían colocado encima de la página era aquella cosa que «era mejor

no ver». Eso debía de ser.

Asakawa miró nervioso a su alrededor, registrando cada esquina de

la estantería de debajo de la mesilla del teléfono. Nada. Ni un lápiz.

Se volvió a sentar en el sofá y siguió leyendo. La siguiente

anotación tenía fecha del sábado, 1 de septiembre. Pero solamente

hacía los comentarios habituales. No decía si el grupo de estudiantes

que se habían alojado allí habían visto «aquello». Y ninguna de las

páginas restantes lo mencionaba tampoco.

Asakawa cerró el cuaderno de visitas y encendió un cigarrillo.

«Mejor que no la veáis a menos que tengáis agallas». Se imaginó que

aquella cosa debía ser algo terrorífico. Abrió el cuaderno por una página

al azar y apretó un poco sobre las páginas. Fuera lo que fuera debía de

haber sido lo bastante pesado como para vencer la tendencia de las

páginas a cerrarse. Un par de fotos de fantasmas, por ejemplo, no

habrían bastado. Tal vez una revista semanal, un libro de tapa dura… En

todo caso, algo que uno mirara. Tal vez le preguntaría al encargado si

recordaba haber encontrado algo extraño en la cabina después de que

se marcharan los clientes del 30 de agosto. No estaba seguro de que el

encargado se acordara, pero imaginó que se acordaría si la cosa fuera lo

bastante extraña. Asakawa empezó a ponerse de pie cuando le llamó la

atención el aparato de vídeo que tenía delante. La tele seguía

encendida. En la pantalla había una actriz famosa persiguiendo a su

marido con una aspiradora. Un anuncio de electrodomésticos.

«Sí, una cinta de VHS habría sido lo bastante pesada como para

mantener abierto el cuaderno, y es probable que hubieran tenido una a

mano».

Todavía agachado, Asakawa apagó el cigarrillo. Recordó la

colección de vídeos que había visto en la oficina del encargado. Tal vez

simplemente hubieran visto una película de terror especialmente

interesante y se les hubiera ocurrido recomendársela a los siguientes

invitados: «Eh, esta es buena, miradla». Si eso era todo… Pero un

momento. Si eso era todo, ¿por qué no había usado Shuichi Iwata el

título de la película? Si quería decir a alguien que, por ejemplo, Viernes

13 era una película genial, ¿no habría sido más fácil decir que Viernes

13 era una película genial? No necesitaba molestarse en dejarla encima

del cuaderno. Así que tal vez aquella cosa no tenía nombre, tal vez

solamente la podían denominar con el pronombre «la».

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«¿Y bien…? Vale la pena comprobarlo».

Ciertamente no tenía nada que perder, al menos mientras no

apareciera ninguna otra pista. Además, sentarse allí y darle vueltas a la

cabeza no lo estaba llevando a ninguna parte.

Asakawa salió del bungalow, subió los peldaños de piedra y abrió la

puerta de la oficina.

Igual que antes, el encargado no estaba en el mostrador,

solamente se oía el ruido del televisor en la habitación de atrás. El tipo

se había jubilado de su trabajo en la ciudad y había decidido vivir sus

últimos años rodeado por la Madre Naturaleza, de forma que se había

puesto a trabajar como encargado en un complejo turístico, pero el

trabajo había resultado ser mortalmente aburrido y ahora lo único que

hacía todo el día era mirar vídeos. Así era como Asakawa interpretaba la

situación del encargado. Antes de tener ocasión de llamarlo, sin

embargo, el tipo arrastró los pies hasta la puerta y asomó la cabeza.

Asakawa le dedicó una sonrisa de disculpa.

—He pensado que al final sí que cogeré un vídeo.

El encargado sonrió con alegría.

—Adelante, elija el que quiera. Vale trescientos yenes alquilar uno.

Asakawa ojeó los lomos en busca de películas de miedo. La leyenda

de la casa infernal, El exorásta, La profecía. Las había visto todas en su

época de estudiante. «¿Nada más?» Tenía que haber algo que no

hubiera visto. Examinó la estantería de un lado a otro, pero no vio nada

parecido a lo que buscaba. Volvió a empezar y leyó los títulos de cada

uno del centenar aproximado de vídeos. Y entonces, en el estante de

abajo, en la esquina más alejada, vio un vídeo sin estuche, caído de

lado. El resto de cintas estaban metidas en carátulas con fotos y logos

espectaculares, pero aquella no tenía ni etiqueta.

—¿Qué es eso de ahí?

Después de hacer la pregunta, Asakawa se dio cuenta de que había

usado un pronombre, «eso», al señalar la cinta. Si no tenía título, ¿de

qué otro modo iba a referirse a ella?

El encargado frunció el ceño con expresión preocupada y

respondió, sin demasiada sagacidad.

—¿Eh? —Cogió la cinta—. ¿Esto? No es nada.

«Mmm… Me pregunto si este tipo tiene idea de qué hay en la

cinta».

—¿La ha visto? ¿Ha visto esa? —preguntó Asakawa.

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—Déjeme ver.

El encargado inclinó la cabeza varias veces, como si no pudiera

imaginar qué hacía algo así en aquel lugar.

—Si no le importa, ¿puedo alquilar esa cinta?

En lugar de responder, el encargado se dio una palmada en la

rodilla.

—Ah, ya me acuerdo. Estaba en uno de los bungalows. Supuse que

sería una de las nuestras y la traje aquí, pero…

—¿No la encontraría por casualidad en el B-4, verdad? —preguntó

Asakawa lentamente, llevando la conversación a su terreno.

El encargado se rió y negó con la cabeza.

—No tengo ni idea. Hace un par de meses.

Asakawa volvió a preguntar.

—¿Ha… visto usted este vídeo?

El encargado negó con la cabeza. La sonrisa desapareció de su

cara.

—No.

—Bueno, déjeme alquilarla.

—¿Va a grabar usted algo de la tele?

—Sí, bueno, yo…

El encargado miró la cinta.

—Le han quitado la lengüeta, ¿ve? No se puede grabar.

Tal vez fuera el alcohol, pero Asakawa se estaba irritando. «Le digo

que me la alquile, idiota. Démela de una vez», se quejó para sí mismo.

Pero no importaba lo borracho que estuviera, Asakawa nunca conseguía

tratar con dureza a la gente.

—Por favor, se la traigo enseguida.

Hizo una reverencia. El encargado no entendía por qué aquel

cliente estaba tan interesado en aquella cinta vieja. Tal vez tenía algo

interesante, algo que alguien se había olvidado de borrar… Ahora

deseaba haberla visto cuando la encontró. Tuvo la tentación repentina

de verla ahora, pero no podía negársela a un cliente que la acababa de

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pedir. El encargado le dio la cinta. Asakawa se llevó la mano a la

cartera, pero el encargado levantó una mano para detenerlo.

—Tranquilo, no la tiene que pagar. No le puedo cobrar por algo así,

¿no?

—Muchas gracias. La devuelvo enseguida.

—Si resulta que es interesante, tráigala, sí, por favor.

Al encargado le había picado la curiosidad. Había visto todos los

vídeos de la oficina una vez por lo menos, y la mayoría habían dejado

de interesarle. ¿Cómo era que no había visto aquel? «Habría matado el

rato. Bueno, pero lo más probable es que solamente tenga grabado un

estúpido programa de televisión».

El encargado estaba seguro de que el vídeo regresaría enseguida a

la estantería.

La cinta estaba rebobinada. Era una cinta normal y corriente de

ciento veinte minutos, de las que se podían comprar en cualquier parte,

y, tal como había señalado el encargado, le habían quitado las lengüetas

de antigrabado. Asakawa encendió el aparato de vídeo e introdujo la

cinta. Se sentó con las piernas cruzadas y pulsó el botón de play. Oyó

cómo empezaban a girar los cabezales. Tenía muchas esperanzas en

que la clave que resolvería el enigma de las cuatro muertes estuviera

en aquella cinta. Pulsó el botón de play con la intención de contentarse

con una sola pista, la que fuera. No puede haber ningún peligro,

pensaba. ¿Qué daño podía hacer el mero hecho de ver una cinta de

vídeo?

En la pantalla parpadearon imágenes distorsionadas y sonidos

aleatorios, pero en cuanto seleccionó el canal correcto, la imagen se

estabilizó. Luego la pantalla se volvió negra como la tinta. Era la

primera escena del vídeo. No había sonido. Se preguntó si la cinta

estaría rota y acercó la cara a la pantalla. «Quedáis avisados: mejor que

no la veáis. U os arrepentiréis». La palabras de Shuichi Iwata

regresaron a su mente. ¿Por qué iba a arrepentirse? Asakawa estaba

acostumbrado a aquellas cosas. Había cubierto las noticias locales. No

importaba qué clase de imágenes horribles le enseñaran, estaba seguro

de que no se arrepentiría de mirar.

En medio de la pantalla negra le pareció ver que empezaba a

parpadear un puntito. Se expandió gradualmente, saltó a derecha e

izquierda y por fin acabó posándose en el lado izquierdo. Luego se

ramificó y se convirtió en un haz deshilachado de luces que reptaron

como gusanos hasta convertirse en palabras. Pero no la clase de títulos

que se veían en las películas. Aquellas palabras estaban nial escritas,

como si las hubieran pintado con un pincel blanco sob're papel negro

azabache. De alguna forma, sin embargo, consiguió entender lo que

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decían: «MIRAD HASTA EL FINAL». Una orden. Desaparecieron aquellas

palabras y aparecieron flotando las siguientes. «SE os COMERÁN LOS

PERDIDOS». La última palabra no tenía mucho sentido, pero que se te

comieran no sonaba muy agradable. Parecía que aquellas palabras

implicaban un «o bien». No apagues el vídeo a media cinta o te pasará

algo terrible: era una amenaza.

«SE os COMERÁN LOS PERDIDOS…» Las palabras crecieron y

devoraron todo el negro de la pantalla. Fue un cambio sin gradaciones,

de negro a blanco lechoso. Era un color irregular y antinatural, y

empezó a asemejarse a una serie de conceptos pintados sobre un

lienzo, uno encima de otro. El inconsciente, retorciéndose, luchando,

buscando una salida, saliendo a chorros: o tal vez era el latido de la

vida. El pensamiento tenía energía y se saciaba bestialmente con la

oscuridad. Lo más extraño era que no sentía ningún deseo de pulsar la

tecla de stop. No porque no tuviera miedo de lo que fuera que se lo

quería comer, sino porque aquella intensa emanación de energía

resultaba agradable.

Algo rojo reventó sobre la pantalla monocroma. Al mismo tiempo

notó que recorría el suelo un temblor procedente de una dirección

imprecisa. El ruido parecía venir de todas partes y Asakawa empezó a

imaginar que el bungalow entero estaba temblando. No le parecía que el

ruido saliera de aquellos pequeños altavoces. El fluido rojo y viscoso

explotó y empezó a fluir, ocupando ocasionalmente la pantalla entera.

De negro a blanco y ahora rojo… No era más que una sucesión violenta

de colores, todavía no había visto ninguna escena natural. Nada más

que conceptos abstractos, que los colores brillantemente cambiantes

grababan nítidamente en su cerebro. En realidad, resultaba fatigoso. Y

entonces, como si la cinta hubiera leído la mente de su espectador, el

rojo desapareció de la pantalla y en su lugar apareció, ensanchándose,

la vista de una montaña. Pudo ver a simple vista que era un volcán de

laderas no muy escarpadas. El volcán emitía bocanadas de humo blanco

contra el cielo azul claro. La cámara parecía estar situada en algún

punto al pie de la montaña, donde el suelo estaba cubierto de una lava

marrón-negruzca.

Nuevamente la oscuridad inundó la pantalla. El cielo azul claro

quedó instantáneamente teñido de negro, y luego, segundos más tarde,

un líquido escarlata estalló en el centro de la pantalla y manó hacia

abajo. Un segundo estallido. La espuma resultante ardió en tonos rojos

y así pudo empezar a distinguir, vagamente, el contornó de la montaña.

Las imágenes que antes habían sido abstractas ahora eran concretas.

Estaba claro que aquello era una erupción volcánica, un fenómeno

natural, una escena que podía explicarse. La lava fundida que fluía de la

boca del volcán bajó avanzando por las quebradas y se dirigió hacia la

pantalla. ¿Dónde estaba situada la cámara? A menos que fuera una

toma aérea, parecía que la cámara estuviera a punto de ser devorada.

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El estruendo de la tierra aumentó hasta que la pantalla entera pareció

quedar rodeada de roca fundida, luego la escena cambió bruscamente.

Entre una escena y la siguiente no había continuidad, solamente saltos

bruscos.

Aparecieron flotando unas letras negras y gruesas sobre un fondo

blanco. Tenían los bordes difusos, pero de alguna forma consiguió

distinguir el ideograma de «montaña». Estaba rodeado de borrones

negros, como si lo hubieran escrito descuidadamente con un pincel

embadurnado de tinta. Los caracteres eran inmóviles, la pantalla estaba

tranquila.

Otro salto brusco. Un par de dados, rodando en el fondo

redondeado de un cuenco de plomo. El fondo era blanco, el fondo del

cuenco era negro y el número de uno de los dados era rojo. Los mismos

tres colores que llevaba viendo todo el tiempo. Los dados rodaron en

silencio y por fin se quedaron quietos: un uno y un cinco. El punto

solitario y los cinco del otro dado estaban desplegados en las caras

blancas de los dados. ¿Qué quería decir?

En la escena siguiente aparecía gente por primera vez. Una vieja

con la cara llena de arrugas sentada en el borde de un par de esterillas

de tatami colocadas sobre un suelo de madera. Tenía las manos

apoyadas en las rodillas y el hombro izquierdo un poco inclinado hacia

delante. Estaba hablado despacio y mirando de frente. Tenía los ojos de

tamaños distintos y cuando parpadeaba parecía que estuviera guiñando

un ojo.

Hablaba en un dialecto poco familiar del que Asakawa solamente

podía entender alguna palabra de vez en cuando: «… de salud…

entonces… te pasas todo el tiempo… te cogerán… ¿Lo entiendes…? Ten

cuidado con… Tendrás… Haz caso a tu abuela, que… No hace falta…».

La vieja dijo lo que tenía que decir con cara inexpresiva y se

desvaneció. Hubo muchas palabras que Asakawa no entendió. Pero le

daba la impresión de que le acababan de soltar un sermón. La vieja le

estaba diciendo que tuviera cuidado con algo, le estaba advirtiendo.

¿Con quién estaba hablando aquella anciana, y sobre qué?

La cara de un recién nacido llenó la pantalla. Oyó el primer llanto

de una criatura procedente de alguna parte. Aquella vez también estaba

seguro de que no salía de los altavoces del televisor. Venía de muy

cerca, de debajo mismo de su cara. Se parecía mucho a una voz real.

En la pantalla vio que unas manos sostenían al bebé. La mano izquierda

estaba debajo de su cabeza y la derecha debajo de su espalda,

sosteniéndolo con cuidado. Eran unas manos preciosas. Totalmente

absorbido por la imagen, Asakawa se sorprendió a sí mismo cogiéndose

las manos en la misma posición. Oyó llorar a la criatura justo debajo de

su barbilla. Sobresaltado, apartó las manos. Había sentido algo. Algo

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caliente y húmedo —como líquido amniótico o sangre— y el peso de

carne. Asakawa sacudió las manos, como si estuviera apartando algo, y

se acercó las palmas de las manos a la cara. Había quedado un olor. Un

olor débil a sangre: ¿había salido del útero o…? Notaba las manos

mojadas. Pero, en realidad, ni siquiera estaban húmedas. Volvió a mirar

la pantalla. Todavía'mostraba la cara del bebé. A pesar del llanto, tenía

una expresión tranquila en la cara y el temblor de su cuerpo se había

extendido a su entrepierna e incluso le agitaba la colita.

La siguiente escena: un centenar de caras humanas. Todas

mostraban actitudes de odio y animosidad. No podía distinguir más

emociones que aquellas. La miríada de caras, con aspecto de haber sido

pintadas sobre una superficie plana, se fueron retirando gradualmente a

las profundidades de la pantalla. Y a medida que las caras se volvían

más pequeñas, el número total aumentaba, hasta formar una enorme

multitud. Eran una extraña multitud, sin embargo —solamente existían

de cuello para arriba—, pero el ruido que emanaba de ellas

correspondía al de una multitud. Sus bocas estaban gritando algo, al

mismo tiempo que se encogían y se multiplicaban. Asakawa no pudo

entender muy bien lo que decían. Sonaba como el tumulto de una

reunión multitudinaria, pero las voces estaban llenas de críticas y de

insultos. Estaba claro que no eran unas voces amigables ni joviales. Por

fin distinguió una palabra: «¡Mentiroso!». Y otra: «¡Fraude!». Para

entonces tal vez había ya un millar de caras: se habían convertido en

simples partículas negras que llenaban la pantalla hasta el punto de que

parecía que el televisor estuviera apagado, pero las voces no callaban.

Era más de lo que Asakawa podía soportar. Sentía que todas aquellas

críticas iban dirigidas hacia él.

Cambió la escena y la pantalla pasó a mostrar un televisor sobre

una mesilla de madera. Era un televisor viejo de diecinueve pulgadas

con un selector de canales redondo y una antena interior apoyada en el

mueble de madera. No era una obra dentro de una obra, sino una tele

dentro de una tele. El televisor de dentro todavía no tenía nada en la

pantalla. Pero parecía encendido: la luz roja de al lado del selector de

canales estaba encendida. Luego la pantalla dentro de la pantalla

tembló. Se estabilizó y volvió a luego volvió a temblar, una y otra vez,

cada vez más a menudo. Luego apareció un solo ideograma, borroso:

sada. La palabra se volvió nítida, luego borrosa de nuevo, distorsionada,

y empezó a parecer otra antes de desaparecer del todo, como tiza sobre

una pizarra borrada con un trapo húmedo.

Mientras miraba, Asakawa empezó a tener problemas para

respirar. Oía los latidos de su propio corazón, sentía la presión de la

sangre que le fluía en las venas. Un olor, un contacto, un sabor

agridulce en la lengua. Era extraño: algo estaba estimulando sus cinco

sentidos, algún medio distinto de los sonidos y las visiones que

aparecían como si las estuviera recordando de repente.

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Luego apareció la cara de un hombre. A diferencia de las imágenes

previas, aquel hombre estaba obviamente vivo. Mostraba un latido de

vitalidad. Al verlo, Asakawa empezó a odiarlo. No era particularmente

feo. Tenía la frente un poco hundida pero aparte de eso la verdad es

que era bastante bien parecido. Pero su mirada tenía algo peligroso. Era

la mirada de una bestia al cernirse sobre su presa. El hombre tenía la

cara sudorosa. Su respiración era entrecortada, su mirada se dirigía

hacia arriba y su cuerpo se movía de forma rítmica. Detrás del hombre

se erguían árboles dispersos, la luz vespertina brillaba detrás de sus

ramas. El hombre bajó la vista y miró hacia delante de nuevo, hasta

que su mirada se encontró con la del espectador. Asakawa y el hombre

se miraron un momento. La sensación de asfixia aumentó y le vino el

deseo de apartar la vista de allí. El hombre estaba babeando. Tenía los

ojos inyectados en sangre. Los músculos de su cuello empezaron a

llenar la pantalla en primer plano, luego desaparecieron por el margen

izquierdo. Durante un momento solamente pudieron verse las sombras

de los árboles. Empezó a elevarse un grito desde el fondo. Al mismo

tiempo, el hombro del tipo volvió a aparecer en escena, luego su cuello

y por fin otra vez su cara. Tenía los hombros desnudos y el derecho

mostraba un corte profundo y sanguinolento de varios centímetros de

longitud. La cámara parecía absorber las gotas de sangre, cada vez más

grandes, hasta que llegaron a la lente y empañaron la imagen. La

imagen volvió a negro, una vez, dos veces, casi como si parpadeara, y

al regresar la luz todo era rojo. El hombre tenía una mirada asesina. Su

cara se acercó más, junto con su hombro, con el hueso asomando

blanco allí donde le habían arrancado la carne. Asakawa sintió una

violenta presión en el pecho. Volvió a ver árboles. El cielo daba vueltas.

El cielo adquirió el color del crepúsculo y se oyó el susurro de la hierba

seca. Vio tierra, luego hierbas y por fin otra vez el cielo. En alguna parte

oyó el llanto de un bebé. No estaba seguro de si se trataba de la misma

criatura de antes. Por fin, el borde de la pantalla se volvió negro y

gradualmente la oscuridad rodeó un círculo en el centro. Ahora la luz y

la oscuridad estaban claramente definidas. En el centro de la pantalla,

una luna pequeña y redonda flotaba en medio de la oscuridad. En la

luna había la cara de un hombre. Un puñado de algo cayó de la luna con

un ruido sordo. Luego otro y luego otro. Con cada golpe, la imagen

saltaba y se bamboleaba. Un ruido de carne aplastada y luego una

oscuridad total. Incluso entonces, persistía un latido. La sangre seguía

circulando y latiendo. La escena continuó más y más. Parecía que

aquella oscuridad no iba a terminar nunca. Luego, igual que al principio,

aparecieron unas palabras borrosas. La caligrafía de la primera escena

era tosca, como la de un niño que acabara de aprender a escribir, pero

ahora la escritura mejoró. Las letras blancas, que aparecieron flotando

imprecisas y luego desaparecieron, decían: «Aquellos que hayan visto

estas imágenes están condenados a morir a esta misma hora

exactamente dentro de una semana. Si no desea usted morir, tiene que

seguir estas instrucciones al pie de la letra…».

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Asakawa tragó saliva y se quedó mirando el televisor con los ojos

muy abiertos. Pero entonces la escena volvió a cambiar. Fue un cambio

radical. Apareció un anuncio, un anuncio de televisión normal y

corriente. Un vecindario viejo y romántico en un anochecer de verano,

una actriz con un vestido ligero de algodón sentada en la galería de su

casa y fuegos artificiales iluminando el cielo oscuro. Un anuncio de

espirales repelentes de mosquitos. El anuncio terminó medio minuto

después, y justo cuando iba a empezar otra escena, la pantalla regresó

a su estado previo. Oscuridad y un último resplandor de palabras que se

desvanecían. Luego un ruido de estática al acabarse la grabación.

Con los ojos saliéndosele de las órbitas, Asakawa rebobinó la cinta

y volvió a pasar la última escena. Se repitió la misma secuencia: un

anuncio interrumpió la parte más importante. Asakawa paró el vídeo y

apagó el televisor. Pero no dejó de mirar la pantalla. Tenía la garganta

seca.

—¿Qué demonios?

No había nada más que decir. Una escena ininteligible detrás de

otra, y lo único que había entendido era que cualquiera que viera la

cinta moriría exactamente en una semana. Y habían borrado con un

anuncio la parte que explicaba cómo evitar aquel destino.

«¿Quién la ha borrado? ¿Los cuatro jóvenes?»

A Asakawa le tembló la mandíbula. De no haber sabido que los

cuatro jóvenes habían muerto simultáneamente, habría considerado

aquello una bobada total y se habría reído. Pero lo sabía. Habían muerto

misteriosamente de acuerdo con aquella predicción.

En aquel momento sonó el teléfono. A Asakawa casi se le paró el

corazón del susto. Levantó el auricular. Tenía la sensación de que había

algo que se escondía, que lo miraba desde la oscuridad.

—Dígame —consiguió gruñir por fin.

No hubo respuesta. Algo giraba en un lugar negro y diminuto. Se

oyó un rumor sordo, como si la tierra misma resonara, y le llegó un olor

a tierra mojada. Notó frío en la oreja y se le erizaron los pelos de la

nuca. Aumentó la opresión en su pecho y por los tobillos y por el

espinazo le empezaron a subir bichos procedentes de las entrañas de la

tierra que se aferraban a él. Desde el auricular le llegaron pensamientos

incalificables y un odio largo tiempo incubado. Asakawa colgó el

auricular de un golpe. Se tapó la boca y corrió al baño. Tenía escalofríos

por toda la espalda y lo acometían oleadas de náusea: la cosa del otro

lado de la línea no había dicho nada pero Asakawa sabía lo que quería.

Era una llamada de confirmación.

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The Ring Koji Suzuki

«Ya lo has visto, ya sabes lo que quiere decir. Sigue las

instrucciones o si no…»

Asakawa vomitó en el retrete. No tenía gran cosa que vomitar.

Expulsó el whisky que había bebido hacía un rato, mezclado con bilis. El

sabor amargo le llegó a los ojos e hizo que le saltaran las lágrimas. Le

dolía la nariz. Pero sentía que si lo vomitaba todo en aquel momento, tal

vez expulsaría también las imágenes que acababa de ver.

—¿Si no hago qué? ¡No lo sé! ¿Qué queréis que haga, eh? ¿Qué se

supone que tengo que hacer?

Se sentó en el suelo del baño y gritó, intentando no dejarse vencer

por su miedo.

—¡Esos cuatro chavales lo borraron, borraron la parte importante…!

¡No lo entiendo! ¡Necesito ayuda!

Lo único que podía hacer era inventar excusas. Asakawa se apartó

del retrete, sin darse cuenta de lo terrible que era su aspecto, y

examinó cada rincón de la sala, inclinando la cabeza en gesto de súplica

hacia quienquiera que pudiera haber allí. No se dio cuenta de que

estaba intentando dar lástima y despertar compasión. Se puso de pie,

se enjuagó la boca en el lavabo y tragó un poco de agua. Notaba una

brisa. Miró la ventana de la sala de estar. Las cortinas temblaban.

«Eh, creía que la había cerrado».

Estaba seguro de que antes de correr las cortinas había cerrado del

todo la puerta corredera de cristal. Recordaba haberlo hecho. No podía

parar de temblar. Sin ninguna razón, se le pasó por la cabeza la imagen

de los rascacielos de noche, la forma en que sus ventanas iluminadas y

no iluminadas formaban un dibujo parecido a un tablero de ajedrez, a

veces incluso dibujaban caracteres. Si uno veía los edificios como

lápidas enormes y alargadas, las luces eran los epitafios. La imagen

desapareció, pero el aire seguía moviendo las cortinas blancas de

encaje.

Frenético, Asakawa cogió la bolsa del armario y tiró dentro sus

cosas. No podía quedarse allí ni un segundo más.

«No me importa lo que diga nadie, si me quedo aquí no pasaré de

esta noche, no hablemos ya de una semana».

Sin dejar de sudar, caminó hasta el recibidor. Intentó pensar de

forma racional antes de salir. «¡No huyas corriendo de miedo, intenta

pensar en alguna forma de salvarte!» Un instinto de supervivencia

instantáneo: regresó a la sala de estar y pulsó el botón para sacar la

cinta del aparato. La cinta era su única pista, no podía dejarla atrás. Tal

vez si descifraba el enigma de cómo estaban relacionadas las escenas

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podría salvarse. En cualquier caso, solamente le quedaba una semana.

Miró su reloj: eran las 10.18 h. Estaba seguro de que había terminado

de ver la cinta a las 10.04 h. De pronto el tiempo le parecía muy

importante. Asakawa dejó la llave sobre la mesa y salió, dejando todas

las luces encendidas. Corrió a su coche, sin pasar siquiera por la oficina,

y metió la llave en el contacto.

«Esto no lo puedo hacer solo. Voy a tener que pedirle que me

ayude». Mientras hablaba consigo mismo, Asakawa puso el coche en

marcha, pero no pudo evitar mirar el retrovisor. No importaba lo mucho

que pisara el pedal, parecía que no conseguía acelerar. Era como

cuando te persiguen en un sueño y corres a cámara lenta. No paraba de

mirar el retrovisor. Pero no podía ver por ninguna parte la sombra

negra que lo perseguía.

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TERCERA PARTE

RÁFAGAS

12 de octubre, viernes —Primero echemos un vistazo a este vídeo.

Ryuji Takayama sonrió al hablar. Estaban sentados en la segunda

planta de una cafetería cerca del cruce de Roppongi. Viernes, 12 de

octubre, 19.20 h. Hacía casi veinticuatro horas que Asakawa había visto

el vídeo. Había elegido celebrar aquella reunión el viernes por la noche

en Roppongi, el principal distrito de ocio de la ciudad, con la esperanza

de que su terror se disipara en medio de las voces joviales de las

chicas. Pero no parecía que su estrategia funcionara. Cuanto más

hablaba de ello, con más nitidez se repetían en su mente los

acontecimientos de la noche previa. El terror solamente aumentaba.

Incluso llegó a creer que notaba, fugazmente, una sombra que

acechaba en alguna parte de su cuerpo y lo poseía.

Ryuji llevaba su camisa de etiqueta abotonada hasta arriba y

parecía que la corbata le venía un poco prieta, pero no hacía nada para

aflojársela. En consecuencia, la piel que le asomaba por encima del

cuello de la camisa estaba ligeramente hinchada, y mirarla producía una

sensación de incomodidad. Luego estaban sus rasgos angulosos. Hasta

su sonrisa hubiera sido considerada desagradable por cualquiera que la

viera.

Ryuji sacó un cubito de hielo de su vaso y se lo metió en la boca.

—¿Es que no has escuchado lo que te decía? —dijo Asakawa entre

dientes—. Te lo he dicho, esto es peligroso.

—Entonces, ¿para qué me la has traído? Quieres que te ayude,

¿no? —Sin dejar de sonreír, aplastó ruidosamente el cubito con los

dientes.

—También hay formas en que puedes ayudarme sin verla.

Ryuji inclinó la cabeza en gesto malhumorado, pero seguía

teniendo una vaga sonrisa en la cara.

A Asakawa le entró un ataque de rabia y levantó la voz en tono

histérico:

—No me crees, ¿verdad? ¡No te crees nada de lo que te he dicho!

—No podía interpretar de ninguna otra forma la expresión de Ryuji.

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Para el propio Asakawa, ver el vídeo había sido como abrir

insospechadamente una carta bomba. Era la primera vez en su vida que

experimentaba semejante terror. Y no se había terminado. Seis días

más. El miedo se tensó suavemente alrededor de su cuello como un

nudo de seda. Lo esperaba la muerte. Y aquel tipo quería realmente ver

el vídeo.

—No hace falta que montes una escena. No tengo miedo, muy

bien. ¿Algún problema? Escucha, Asakawa, ya te lo he dicho: soy de esa

clase de tipos que si pudieran alquilarían butacas de primera fila para el

fin del mundo. Quiero saber cómo funciona el mundo, cómo empieza y

cómo termina, conocer todos sus enigmas, los pequeños y los grandes.

Si alguien se ofreciera para explicármelos todos, daría mi vida gustoso a

cambio de ese conocimiento. Tú llegaste incluso a inmortalizarme en la

prensa. Estoy seguro de que te acuerdas.

Por supuesto que Asakawa se acordaba. Aquella era precisamente

la razón de que se hubiera sincerado con Ryuji y se lo hubiera explicado

todo.

Asakawa había sido el primero en imaginar el artículo. Hacía dos

años, cuando tenía treinta, había empezado a preguntarse qué pensaba

realmente el resto de jóvenes japoneses de su edad: qué sueños tenían

en la vida. La idea era elegir a varios treintañeros, gente activa en

todos los caminos de la vida —desde un burócrata del Ministerio de

Comercio Internacional e Industria, un concejal de Tokio y un tipo que

trabajaba en una de las compañías comerciales más importantes hasta

tipos normales y corrientes— y hacer un informe sobre cada uno, que

abarcara desde los datos generales que interesaran a cualquier lector

hasta sus aspectos más únicos. Haciendo aquello de forma regular, en

un área cuidadosamente delimitada del periódico, intentaría analizar lo

que comportaba tener treinta años en el Japón contemporáneo. Y por

pura casualidad, entre la veintena de personas que surgieron como

candidatos para aquella clase de tratamiento, Asakawa se encontró a un

viejo compañero de clase del instituto, Ryuji Takayama. Su puesto

oficial constaba como profesor adjunto de Filosofía en la Universidad de

Fukuzawa, una de las universidades privadas más importantes del país.

A Asakawa aquello le desconcertó un poco, ya que recordaba que Ryuji

iba a la facultad de medicina. Asakawa había hecho en persona el

trabajo de campo y había puesto académico como una de las

vocaciones a incluir en su muestra, pero Ryuji era demasiado especial

para ser un representante adecuado del conjunto de académicos

emergentes de treinta años. Ya en el instituto su personalidad era difícil

de entender, y con la erosión de los años transcurridos parecía que

únicamente se había vuelto más resbaladiza. Al terminar los estudios de

medicina se había inscrito en un programa de posgrado de filosofía y se

había doctorado el mismo año de la serie de entrevistas. Sin duda lo

habrían cogido de inmediato para el primer puesto disponible de

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ayudante de profesor titular si no fuera porque había estudiantes

mayores haciendo cola delante de él y los puestos se daban

estrictamente por razones de veteranía. Así que aceptó un trabajo de

adjunto a tiempo parcial y terminó dando dos clases semanales de

lógica en su misma universidad.

En los últimos tiempos, la filosofía como campo de investigación se

había acercado todavía más a la ciencia. Ya no significaba entretenerse

con preguntas estúpidas como por ejemplo de qué forma tiene que vivir

el hombre. Especializarse en filosofía comportaba básicamente hacer

matemáticas sin números. También en la antigua Grecia los filósofos

hacían las veces de matemáticos. Ryuji era así: le firmaba los cheques

el departamento de filosofía, pero tenía el cerebro configurado „ como el

de un científico. Por otro lado, además de su especialidad profesional,

también sabía mucho sobre psicología paranormal. A Asakawa aquello le

parecía una contradicción. Consideraba que la psicología paranormal, el

estudio de lo sobrenatural y lo oculto, se oponía radicalmente a la

ciencia. Ryuji le había respondido:

—Al contrario. La psicología paranormal es una de las claves para

descifrar la estructura del universo.

Aquello lo había dicho un día caluroso en pleno verano, pero igual

que hoy llevaba una camisa de etiqueta a rayas de manga larga

abotonada hasta arriba.

—Quiero estar presente cuando la humanidad sea borrada de la faz

de la tierra —había dicho Ryuji. Le brillaba el sudor sobre la cara

acalorada—. Todos esos idiotas que cotorrean sobre la paz mundial y la

supervivencia de la humanidad me hacen vomitar.

La entrevista de Asakawa incluía frases como la siguiente:

«Cuéntame tus sueños de futuro».

Ryuji había respondido con tranquilidad:

—Mientras presenciara la extinción de la especie humana desde lo

alto de una colina, cavaría una fosa en el suelo y eyacularía una y otra

vez.

Asakawa había insistido:

—¿Estás seguro de que no te importa que publique eso?

Ryuji se había limitado a sonreír débilmente y a asentir.

—Como he dicho, no tengo miedo de nada.

Después de decir aquello, Ryuji se había reclinado y había acercado

la cara a la de Asakawa:

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—Anoche lo hice otra vez.

«¿Otra vez?»

Era la tercera víctima que Asakawa le conocía. Se había enterado

de la primera en su primer año de instituto. Los dos vivían en el distrito

de Tama de Kawasaki, un pueblo industrial embutido entre Tokio y

Yokohama, y desde allí iban en tren a un instituto prefectural. Asakawa

solía llegar todos los días a la escuela una hora antes de que empezaran

las clases y preparaba las lecciones bajo la fría luz del amanecer. Sin

contar a los conserjes, siempre era el primero en llegar. En cambio,

Ryuji casi nunca llegaba a la primera clase. Era lo que se conocía como

un impuntual habitual. Pero una mañana, justo después de las

vacaciones de verano, Asakawa llegó a la escuela tan temprano como

siempre y se encontró a Ryuji sentado encima de su mesa, como si

estuviera aturdido. Asakawa se dirigió a él:

—Eh, ¿qué tal? No esperaba encontrarte aquí tan temprano.

—Pues ya ves —fue la escueta réplica del otro.

Ryuji estaba mirando el patio de la escuela por la ventana, como si

tuviera la mente en otra parte. Tenía los ojos inyectados en sangre, las

mejillas ruborizadas y el aliento le olía a alcohol. Sin embargo, no eran

muy íntimos, de modo que la conversación quedó así. Asakawa abrió su

libro de texto y se puso a estudiar.

—Eh, escucha, te quiero pedir un favor… —dijo Ryuji dándole una

palmada en el hombro. Ryuji era muy individualista, sacaba buenas

notas y también era una estrella del atletismo. En la escuela todo el

mundo estaba pendiente de él. Por su parte, Asakawa era bastante

mediocre. Que alguien como Ryuji le pidiera un favor no le resultaba

desagradable—. De hecho, quiero que llames a mi casa —dijo Ryuji,

poniéndole un brazo sobre los hombros en gesto abiertamente familiar.

—Claro. Pero ¿por qué?

—Tú llama y ya está. Llama y pregunta por mí.

Asakawa frunció el ceño.

—¿Por ti? Pero si estás aquí.

—Eso no importa. Tú hazlo, ¿vale?

Así que obedeció y marcó su número, y cuando la madre de Ryuji

contestó él preguntó «¿Está Ryuji?» mirando a Ryuji, que estaba

delante de él.

—Lo siento, Ryuji ya ha salido para el instituto —dijo su madre en

tono tranquilo.

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—Ah, vale —dijo Asakawa, y colgó—. Ya está, ¿vale con eso? —le

dijo a Ryuji. Asakawa seguía sin entender de qué iba aquello.

—¿Daba la impresión de que algo iba mal? —preguntó Ryuji—. ¿Mi

madre estaba nerviosa o algo así?

—No, no especialmente —Asakawa nunca había hablado antes con

la madre de Ryuji, pero no le había parecido que estuviera

especialmente nerviosa.

—¿No había voces nerviosas de fondo ni nada?

—No. Nada especial. Nada de eso. Solamente los ruidos de la mesa

del desayuno y esas cosas.

—Bueno, pues vale. Gracias.

—Eh, ¿qué pasa? ¿Por qué me has pedido que hiciera eso?

Ryuji parecía vagamente aliviado. Le pasó el brazo por los hombros

a Asakawa y acercó su cara a la de él. Llevó la boca al oído de Asakawa

y dijo:

—Tienes pinta de saber guardar secretos. Parece que puedo confiar

en ti. Así que te lo diré. Lo que pasa es que a las cinco de esta mañana

he violado a una mujer.

Asakawa se quedó sin habla. La historia era que aquella mañana al

amanecer, sobre las cinco, Ryuji se había colado en el apartamento de

una universitaria que vivía sola y la había atacado. Al marcharse la

había amenazado con que si llamaba a la policía se iba a poner muy

nervioso y había vuelto directamente a la escuela. En consecuencia,

ahora le preocupaba que la policía hubiera ido a su casa y por eso había

pedido a Asakawa que llamara para asegurarse.

Después de aquello, Asakawa y Ryuji empezaron a hablar con

frecuencia. Naturalmente, Asakawa nunca le contó a nadie el crimen de

Ryuji. El año siguiente, Ryuji acabó tercero en lanzamiento de peso del

campeonato de atletismo de su zona, y al siguiente entró en la facultad

de medicina de la Universidad de Fukuzawa. Asakawa pasó aquel año

estudiando para repetir el examen de entrada para la facultad que había

elegido después de suspender en la primera convocatoria. A la segunda

lo consiguió y fue admitido en el departamento de literatura de una

universidad muy conocida.

Asakawa sabía lo que quería realmente. En realidad, quería que

Ryuji viera el vídeo. El conocimiento y la experiencia de Ryuji no le

serían de mucha utilidad si se basaban únicamente en lo que él pudiera

explicar sobre el vídeo. Por otro lado, veía que era éticamente

incorrecto involucrar a alguien más en aquello solamente para salvar el

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pellejo. Tenía un conflicto, pero sabía hacia dónde se inclinaría la

balanza si tuviera que sopesar ambas opciones. Quería maximizar sus

posibilidades de supervivencia, eso estaba claro. Y sin embargo… De

pronto se sorprendió preguntándose, como siempre, por qué era amigo

de aquel tipo. Sus diez años de escribir para el periódico le habían

permitido conocer a infinidad de gente. Pero él y Ryuji podían llamarse

a cualquier hora para ir a tomar una copa. Ryuji era la única persona

con quien Asakawa tema aquella clase de relación. ¿Era porque habían

sido compañeros de clase? No, había tenido otros muchos compañeros

de clase. En las profundidades de su corazón había algo que

reaccionaba a la excentricidad de Ryuji. Cada vez que pensaba aquello,

Asakawa se preguntaba si acaso se entendía a sí mismo.

—Eh, eh, vamos moviéndonos. Solamente te quedan seis días,

¿no? —Ryuji agarró a Asakawa de la parte superior del brazo y se lo

apretó. Su mano tenía mucha fuerza—. Date prisa y enséñame ese

vídeo. Piensa en lo solo que me voy a quedar si tú la palmas porque nos

entretuvimos.

Apretando rítmicamente el brazo de Asakawa con una mano, Ryuji

pinchó con el tenedor su tarta de queso intacta, se la metió en la boca y

se puso a masticar ruidosamente. Ryuji tenía la costumbre de masticar

con la boca abierta. Asakawa empezó a estar harto de ver cómo la

comida se mezclaba con saliva y se disolvía ante sus ojos. Los rasgos

angulosos de Ryuji, su complexión fornida y su mala educación.

Mientras seguía masticando la tarta de queso, sacó más cubitos del

vaso con la mano y empezó a masticarlos, haciendo más ruido todavía.

Fue entonces cuando Asakawa se dio cuenta de que no podía

confiar en nadie más que en aquel tipo.

«Estoy tratando con un espíritu diabólico, con una cantidad

desconocida de espíritus. Ninguna persona normal podría soportarlo.

Probablemente nadie más que Ryuji podría ver ese vídeo sin pestañear.

Pon a un ladrón a atrapar a otro ladrón. Es la única forma. ¿Qué me

importa si Ryuji acaba muerto? Alguien que dice que quiere presenciar

la extinción de la humanidad no merece una vida larga».

Así es como Asakawa racionalizó el hecho de involucrar a alguien

más en aquello.

Los dos hombres se dirigieron a casa de Asakawa en taxi. Si no

había atascos se tardaba menos de veinte minutos en llegar desde

Roppongi hasta Kita Shinagawa. Lo único que podían ver en el

retrovisor era la frente del taxista. Este mantenía un silencio firme, con

una mano en el volante, y no intentaba entablar ninguna conversación

con aquellos pasajeros. Bien pensado, todo aquello había comenzado

con un taxista locuaz. «Si no hubiera cogido un taxi aquella vez no se

habría visto metido en aquel jaleo terrible», pensó Asakawa mientras

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recordaba los sucesos de hacía dos semanas. Lamentaba no haber

comprado un billete de metro y haber hecho todos los transbordos, por

muy coñazo que fueran.

—¿Podemos hacer una copia del vídeo en tu casa? —preguntó

Ryuji.

Asakawa tenía dos reproductores de vídeo por el trabajo. Uno de

ellos era un aparato que habían comprado cuando se pusieron de moda

y no funcionaba a la perfección, pero por lo menos hacía copias sin

problemas.

—Sí, claro.

—Muy bien, en ese caso quiero que me hagas una copia lo antes

posible. Quiero tomarme mi tiempo y estudiarla en mi casa.

«Tiene agallas», pensó Asakawa. Y en su estado de ánimo

presente, aquellas palabras le resultaron alentadoras.

Decidieron salir del taxi en las colinas Gotenzan y caminar desde

allí. Eran las 8.50 h. Todavía era posible que su mujer y su hija

estuvieran despiertas a aquella hora. Shizu siempre bañaba a Yoko un

poco antes de las nueve y luego la ponía a dormir. Se acostaba junto a

la niña para ayudarla a conciliar el sueño y así se quedaba dormida ella

también. Y en cuanto se iba a dormir, a Shizu nada la sacaba de la

cama. En un esfuerzo por pasar el máximo de tiempo hablando a solas

con su marido, Shizu había dejado durante una época mensajes en la

mesa que decían: «Despiértame». Así que cuando llegaba a casa del

trabajo, Asakawa seguía sus instrucciones, creyendo que su mujer

realmente quería levantarse, e intentaba despertarla. Pero ella no se

despertaba. Él insistía pero ella se limitaba a agitar las manos frente a

la cara como si estuviera espantando una mosca, con el ceño fruncido y

soltando gruñidos irritados. Estaba despierta a medias, pero la voluntad

de volver a dormir era mucho más fuerte que Asakawa, que al final

tenía que cortar por lo sano y retirarse. Al final, con o sin nota, Asakawa

dejó de intentar despertarla y ella no volvió a dejar notas. Para

entonces, las nueve se habían convertido en la hora inviolable de irse a

dormir de Shizu y Yoko. En una noche como aquella, sin embargo, era

más conveniente que fuera así.

Shizu odiaba a Ryuji. A Asakawa aquella actitud le parecía

básicamente razonable, así que nunca le había preguntado por qué. «Te

lo ruego, no lo vuelvas a traer a casa». Asakawa todavía recordaba el

asco en la cara de su mujer al decir aquello. Pero sobre todo, no podía

poner aquel vídeo delante de Shizu y Yoko.

La casa estaba a oscuras y en silencio, y el aroma del agua caliente

del baño con jabón llegaba flotando hasta el recibidor. Era evidente que

la niña y su mamá acababan de irse a dormir, con toallas debajo del

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pelo mojado. Asakawa acercó la oreja a la puerta del dormitorio para

asegurarse de que estaban dormidas y luego llevó a Ryuji al comedor.

—¿Así que la niña se ha ido a dormir? —preguntó Ryuji en tono

decepcionado.

—¡Chsss…! —dijo Asakawa, llevándose un dedo a los labios.

Shizu no iba a despertarse por algo así, pero la verdad era que

Asakawa no estaba seguro de que su mujer no fuera a notar algo fuera

de lo común y fuera a salir de su habitación al fin y al cabo.

Asakawa conectó las clavijas de salida de uno de los vídeos a las de

entrada del otro, luego metió la cinta. Antes de pulsar la tecla de play,

miró a Ryuji como diciendo: «¿De verdad quieres hacer esto?».

—¿Qué problema hay? Ponió, deprisa —le apremió Ryuji, sin

apartar la mirada de la pantalla.

Asakawa le puso el mando a distancia en la mano a Ryuji, luego se

puso de pie y fue a la ventana. No le apetecía verlo. En realidad tendría

que verlo una y otra vez, analizándolo con frialdad, pero no parecía

capaz de encontrar ánimos para continuar con aquello. Solamente

quería escapar. Nada más. Asakawa salió al balcón y fumó un cigarrillo.

Al nacer Yoko le había prometido a su mujer que no fumaría dentro del

apartamento y nunca había roto aquella promesa. Aunque llevaban tres

años casados, él y su mujer tenían una relación relativamente buena.

No podía ir en contra de los deseos de su mujer, no después de que ella

le diera a su querida Yoko.

Miró la sala desde el balcón: la imagen parpadeaba al otro lado del

cristal esmerilado. El cociente de miedo era distinto al verlo aquí,

rodeado de tres personas en el sexto piso de un edificio de

apartamentos del centro de la ciudad, en comparación a verlo a solas en

la Ciudad de los Chalets. Pero incluso si Ryuji lo hubiera visto en las

mismas condiciones, probablemente no habría perdido la cabeza ni se

habría echado a llorar ni nada. Asakawa contaba con que se riera y

soltara palabrotas mientras veía el vídeo, e incluso con que mirara lo

que aparecía en la pantalla con expresión amenazadora.

Asakawa se terminó el cigarrillo y regresó dentro. En aquel

momento se abrió la puerta que separaba el comedor del pasillo y

apareció Shizu en pijama. Agitado, Asakawa agarró el mando a

distancia y paró el vídeo.

—Pensaba que dormías —La voz de Asakawa tenía un matiz de

reproche.

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—He oído ruidos —dijo Shizu mirando alternativamente la pantalla

de televisión, con sus imágenes distorsionadas y su ruido de estática, y

a Ryuji y Asakawa. Con una nube de sospecha en la cara.

—¡Vuelve a la cama! —dijo Asakawa en un tono de voz que no

dejaba lugar a preguntas.

—Creo que tendríamos que dejar que la señora se uniera a

nosotros, si quiere. Es bastante interesante —Ryuji, todavía sentado en

el suelo con las piernas cruzadas, levantó la vista.

A Asakawa le entraron ganas de gritarle. Pero en vez de hablar,

metió todos sus pensamientos en el puño y dio un puñetazo en la mesa.

Asustada por el ruido, Shizu llevó la mano rápidamente al pomo de la

puerta, luego entrecerró los ojos, hizo una reverencia apenas

perceptible y le dijo a Ryuji:

—Por favor, estás en tu casa.

Y, diciendo eso, dio media vuelta y desapareció tras la puerta. Dos

hombres solos de noche, poniendo vídeos y parándolos… Asakawa sabía

muy bien lo que se estaba imaginando su mujer. No le había pasado por

alto la expresión de desprecio de los ojos entrecerrados de su mujer:

desprecio no tanto por Ryuji sino por los instintos masculinos en

general. Asakawa se sentía mal por no poder darle una explicación.

Tal como Asakawa había esperado, Ryuji estaba perfectamente

tranquilo después de ver el vídeo. Se puso a silbar mientras rebobinaba

la cinta y luego empezó a examinarla punto por punto, usando las

funciones de avance rápido y pausa.

—Bueno, parece que ahora un servidor también está implicado. A ti

te quedan seis días y a mí siete —dijo Ryuji en tono jovial, como si le

hubieran permitido apuntarse a un concurso.

—Entonces, ¿qué te parece? —preguntó Asakawa.

—Es un juego de niños.

—¿Eh?

—¿No hacías lo mismo tú cuando eras niño? ¿Asustar a tus amigos

enseñándoles una foto terrorífica y decirles que todo el que la veía era

víctima de una maldición? Cadenas de cartas, esas cosas.

Por supuesto, Asakawa también había experimentado aquellas

cosas. Todo aquello aparecía en los cuentos de fantasmas que se

contaban mutuamente en las noches de verano.

—¿Qué estás intentando decir?

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—Supongo que nada. Esa es la impresión que me da.

—¿Has visto algo más? Dime.

—Mmm… Bueno, las imágenes en sí mismas no son especialmente

terroríficas. Parece una combinación de imágenes realistas y abstractas.

Si no fuera por el hecho de que han muerto cuatro personas

exactamente como dictaba el vídeo, podríamos reírnos y pensar que es

una chorrada, ¿no?

Asakawa asintió. Lo que hacía que todo fuera tan inquietante era

saber que las palabras del vídeo no eran ninguna mentira.

—La primera pregunta es: ¿por qué murieron aquellos pobres

desgraciados? Se me ocurren dos posibilidades. La última escena del

vídeo contiene la afirmación: «El que vea esto está predestinado a

morir», y luego, inmediatamente después, había… bueno, a falta de una

palabra mejor, lo podemos llamar un sortilegio. Una forma de escapar

de ese destino. De modo que aquellos cuatro borraron la parte que

explicaba el sortilegio y por eso algo los mató. O tal vez simplemente no

hicieron uso del sortilegio y por eso algo los mató. Supongo que antes

de dar eso por sentado, sin embargo, tenemos que cerciorarnos de si

fueron realmente ellos quienes borraron el sortilegio. Es posible que ya

estuviera borrado cuando ellos vieron el vídeo.

—¿Cómo vamos a determinar eso? No se lo podemos preguntar, ya

sabes.

Sakawa sacó una cerveza de la nevera, se llenó un vaso y lo colocó

delante de Ryuji.

—Fíjate.

Ryuji volvió a poner el final del vídeo y observó con atención el

momento exacto en que terminaba el anuncio de espirales

antimosquitos que borraba el sortilegio. Puso la cinta en pausa y

empezó a hacerla avanzar despacio, fotograma a fotograma…

Finalmente, durante una única fracción de segundo, se reanudó el

programa que el anuncio había estado interrumpiendo. Era un programa

de tertulias que emitía una de las televisiones nacionales cada noche a

las once. El señor de pelo canoso era un autor de éxito, y con él

estaban una joven encantadora y un joven al que reconocieron como un

autor de narraciones tradicionales de la región de Osaka. Asakawa

acercó la cara a la pantalla.

—Seguro que reconoces este programa —dijo Ryuji.

—Es La tertulia de la noche de la NBS.

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—Exacto. El escritor es el presentador, la chica es su partenaire y

el narrador es el invitado del día. Por tanto, si averiguamos qué día

estaba invitado ese hombre, sabremos si los cuatro chicos borraron el

sortilegio.

—Ya entiendo.

La tertulia de la noche se emitía todos los días laborables a las

once. Si resultaba que aquella emisión en concreto se había llevado a

cabo el 29 de agosto, entonces habían sido los cuatro jóvenes los que la

habían borrado en la Ciudad de los Chalets.

—La NBS está asociada con vuestros editores, ¿no? Averiguar esto

tendría que ser fácil.

—Vale. Lo miraré.

—Hazlo, por favor. Puede que nuestras vidas dependan de ello.

Asegurémonos de todo, por banal que parezca. ¿Verdad, compañero de

armas?

Ryuji le dio una palmada en el hombro a Asakawa. Ahora los dos se

las veían con la muerte. Eran compañeros de armas.

—¿No tienes miedo?

—¿Miedo? Al contrario, amigo mío. Es bastante excitante tener un

plazo límite, ¿no? El castigo para el perdedor es la muerte. Fantástico.

No tiene gracia jugar si no estás preparado para acabar muriendo.

Ryuji llevaba un rato actuando como si todo aquello le gustara,

pero a Asakawa le preocupaba que fuera pura fanfarronería, una

tapadera para su miedo. Ahora que miraba a su amigo a los ojos, sin

embargo, no veía en ellos ni un ápice de miedo.

—Luego: averiguamos quién ha hecho este vídeo, cuándo y con

qué propósito. Dices que la Ciudad de los Chalets se construyó hace

solamente seis meses, así que contactamos con todo el mundo que se

haya quedado en el B-4 y averiguamos quién llevó una cinta de vídeo.

Supongo que no pasa nada si restringimos la búsqueda a finales de

agosto. Lo más probable es que fuera alguien que estuvo allí justo antes

que las cuatro víctimas.

—¿Eso también es trabajo mío?

Ryuji se bebió la cerveza de un trago y pensó un momento.

—Por supuesto. Tenemos un plazo límite. ¿No tienes ningún amigo

en el que puedas confiar? Si lo tienes, haz que te ayude.

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—Bueno, hay un periodista que está interesado en este caso. Pero

este es un asunto de vida o muerte. No puedo simplemente. —Asakawa

estaba pensando en Yoshino.

—No te preocupes, no te preocupes. Involúcralo. Enséñale el vídeo.

Eso le pondrá un cohete en el culo. Te ayudará con gusto, confía en mí

—No todo el mundo es como tú, ¿sabes?

—Pues dile que es pomo del mercado negro. Oblígalo a verlo. Lo

que sea.

No servía de nada razonar con Ryuji. No se lo podía enseñar a

nadie sin averiguar primero el sortilegio. Asakawa sentía que estaba en

un callejón sin salida lógico. Descifrar los secretos del vídeo requería

una investigación bien organizada, pero debido a la naturaleza del vídeo

era imposible alistar a nadie. Había muy poca gente como Ryuji, que

estuviera dispuesta a jugar a los dados con la muerte sin pestañear.

¿Cómo reaccionaría Yoshino? También tenía mujer e hijos: Asakawa

dudaba que estuviera dispuesto a arriesgar su vida solamente para

satisfacer su curiosidad. Pero podía ser de ayuda aunque no viera el

vídeo. Tal vez Asakawa podía contarle todo lo que había pasado,

solamente por si acaso.

—Sí. Lo intentaré.

Ryuji estaba sentado a la mesa del comedor con el mando a

distancia en la mano.

—Muy bien. Lo siguiente es dividir esta cosa en dos categorías:

escenas abstractas y escenas reales.

Tras decir aquello, hizo aparecer en la pantalla la erupción

volcánica y puso la cinta en pausa.

—Mira, fíjate en ese volcán. No importa cómo se mire, es real.

Tenemos que averiguar qué montaña es. Y también está la erupción.

Cuando sepamos el nombre de la montaña, podremos averiguar cuándo

entró en erupción y, por tanto, cuándo y dónde se filmó esa escena.

Ryuji volvió a poner la cinta en movimiento. Apareció la anciana y

empezó a decir Dios sabe qué. Varias de las palabras parecían un

dialecto regional.

—¿Qué dialecto es ese? En mi universidad hay un especialista en

dialectos. Se lo preguntaré. Eso nos dará alguna idea de dónde viene

esa mujer.

Ryuji pasó la cinta con la función de avance rápido hasta la escena

cerca del final donde salía el hombre de los rasgos distintivos. Le caía el

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sudor por la cara y jadeaba mientras mecía rítmicamente el cuerpo.

Ryuji puso la cinta en pausa antes de la parte en que el hombre tenía

un corte en el hombro. Aquel era el plano más corto de la cara del

hombre. Mostraba una imagen bastante clara de sus rasgos, desde la

disposición de los ojos hasta la forma de la nariz y las orejas. Tenía una

calva incipiente, pero no aparentaba más de treinta años.

—¿Reconoces a este hombre? —dijo Ryuji.

—No digas tonterías.

—Tiene una pinta siniestra.

—Si eso crees tú, es que tiene que ser realmente malvado. Me fío

de tu opinión.

—Y haces bien. No hay muchas caras que causen tanto impacto.

Me pregunto si puedes localizarlo. Eres periodista, debes de ser un

profesional de esta clase de cosas.

—No digas chorradas. Tal vez se pueda identificar a criminales o a

gente famosa solamente por la cara, pero no a la gente normal y

corriente. En Japón viven más de cien millones de personas.

—Pues empieza por los criminales. O tal vez por los actores porno.

En lugar de responder, Asakawa sacó un cuaderno de notas.

Cuando tenía muchas cosas pendientes, solía hacer listas.

Ryuji puso el vídeo en pausa. Se sirvió otra cerveza de la nevera y

la repartió entre los vasos de ambos.

—Hagamos un brindis.

A Asakawa no se le ocurría ninguna buena razón para brindar.

—Tengo una premonición —dijo Ryuji, con las mejillas de color

terroso ligeramente ruborizadas—. Hay cierto mal universal asociado a

este incidente. Lo huelo: el mismo impulso que sentí entonces… Te

hablé de ello, ¿no? De la primera mujer a la que violé.

—No me he olvidado.

—Ya hace quince años. También entonces sentí que me resonaba

en el corazón una extraña premonición. Yo tenía diecisiete años. Era

septiembre de mi primer año en el instituto. Estudié matemáticas hasta

las tres de la mañana, luego un poco de alemán para descansar la

mente. Siempre lo hacía. El estudio de los idiomas me parecía perfecto

para relajar las neuronas cansadas. A las cuatro, como siempre, me

tomé un par de cervezas y salí a dar mi paseo diario. Cuando salí ya se

me estaba gestando algo inusual en la cabeza. ¿Alguna vez has

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caminado por un barrio residencial en plena madrugada? Es muy

agradable. Todos los perros están dormidos. Igual que tu bebé ahora.

Me encontré delante de cierto edificio de apartamentos. Era un edificio

elegante de dos pisos con revestimiento de madera, y yo sabía que

dentro vivía cierta universitaria muy coqueta a la que a veces veían en

la calle. No sabía cuál era su apartamento. Dejé que mi mirada vagara

por encima de las ventanas de los ocho apartamentos, uno tras otro.

Llegado aquel momento, mientras miraba, no tenía nada preciso en

mente. Solamente… ya sabes. Cuando mi mirada se posó en el extremo

sur de la segunda planta, oí que algo se me abría en las profundidades

del corazón y sentí que la oscuridad que había soltado sus retoños en

mi mente estaba creciendo y que era cada vez más grande. Volví a

mirar todas las ventanas, una detrás de otra. Una vez más empezó a

arremolinarse la oscuridad en el mismo lugar. Y lo supe. Supe que la

puerta no estaba cerrada con llave. No sé si es que ella se había

olvidado o qué. Guiado por la oscuridad que vivía en mi corazón, subí

las escaleras del apartamento y me planté delante de aquella puerta. El

nombre de la placa estaba escrito en letras romanas y en orden

occidental, con el nombre propio delante del apellido: YUKARI MAKITA.

Agarré el pomo con la mano derecha. Lo tuve cogido un rato y por fin lo

hice girar a la izquierda. No giraba. «¿Qué demonios…?», pensé, y de

pronto se oyó un clic y la puerta se abrió. ¿Me sigues? No es que se

hubiera olvidado de cerrar con llave: la cerradura se acababa de abrir

en aquel mismo momento. La había abierto una energía. La chica había

extendido la ropa de cama junto a la mesa y se había ido a dormir. Yo

había esperado encontrarla en la cama, pero no era así. Le salía una

pierna de debajo de las mantas…

Llegado aquel punto Ryuji interrumpió la historia. Parecía estar

reproduciendo con agilidad los sucesos siguientes en el fondo de su

mente, contemplando sus recuerdos lejanos con una mezcla de ternura

y crueldad. Asakawa nunca había visto a Ryuji tan confuso.

—… Y luego, dos días más tarde, volviendo de la escuela a casa,

pasé por delante de aquel bloque de apartamentos. Había un camión de

dos toneladas aparcado delante y unos tipos estaban sacando muebles

del edificio. Y la persona que se mudaba era Yukari. Estaba allí sin hacer

nada, apoyada en una pared, acompañada por un tipo que debía de ser

su padre, limitándose a mirar cómo se llevaban sus muebles. Y así es

como Yukari desapareció de mi vida. No sé si volvió a casa de sus

padres o consiguió otro apartamento en alguna parte y siguió yendo a la

misma facultad… Pero no podía seguir viviendo ni una hora más en

aquel apartamento. Je, je, pobrecita. Debió de pasar un miedo terrible.

A Asakawa le costaba respirar mientras escuchaba aquella historia.

Le daba asco el mero hecho de estar sentado con él bebiendo cerveza.

—¿No te sientes ni un poco culpable?

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—Estoy acostumbrado. Tú dale un puñetazo todos los días a una

pared de ladrillo. Al final ya no notarás el miedo.

«¿Es por eso que lo sigues haciendo?» Asakawa se juró en silencio

no volver a llevar a aquel hombre a su casa. O en todo caso,

mantenerlo alejado de su mujer y su hija.

—No te preocupes. Nunca les haría nada parecido a tus criaturitas.

Ryuji le había leído la mente. Nervioso, Asakawa cambió de tema:

—Has dicho que tienes una premonición. ¿Cuál es?

—Ya sabes, un mal presagio. Solamente una energía

fantásticamente malvada podría producir una diablura tan enrevesada.

Ryuji se levantó. Ni siquiera de pie era mucho más alto que

Asakawa sentado. No llegaba al metro sesenta, pero tenía unos

hombros anchos y esculpidos: era fácil creer que en el instituto le

hubieran dado la medalla de lanzamiento de peso.

—Bueno, me voy. Haz tus deberes. Por la mañana solamente te

quedarán cinco días —Ryuji extendió los dedos de una mano.

—Ya lo sé.

—En alguna parte hay un vórtice de energía maligna. Lo sé. Me

produce… nostalgia —Como si intentara enfatizar sus palabras, Ryuji

abrazó contra el pecho su copia de la cinta mientras se dirigía al

recibidor.

—Celebremos la siguiente sesión estratégica en tu casa —dijo

Asakawa, en voz baja pero con firmeza.

—Muy bien, muy bien.

La mirada de Ryuji transmitía una sonrisa.

En cuanto Ryuji se marchó, Asakawa miró el reloj de pared del

comedor. Era el regalo de boda de un amigo. Su péndulo rojo en forma

de mariposa oscilaba. Las 11.21 h. ¿Cuántas veces había comprobado la

hora en lo que iba de día? Se estaba obsesionando con el paso del

tiempo. Tal como había dicho Ryuji, por la mañana solamente le

quedarían cinco días. No estaba seguro de si iba a ser capaz de

descifrar el enigma de la parte borrada de la cinta. Se sentía como un

paciente de cáncer que esperaba una operación con unas posibilidades

casi nulas de éxito. Existía cierto debate acerca de si había que decirles

o no a los pacientes de cáncer que tenían cáncer. Hasta aquel momento

Asakawa siempre había creído que merecían que se lo dijeran. Pero si

era así como el conocimiento le hacía sentirse a uno, entonces prefería

no saberlo. Había gente que, al afrontar la muerte, vivía un estallido de

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la vida que les quedaba. Aquella hazaña estaba fuera del alcance de

Asakawa. De momento todavía estaba bien. Pero a medida que el reloj

se comía los días, las horas y los minutos que le quedaban, no confiaba

en mantener la cordura. Ahora creía entender por qué le atraía Ryuji a

pesar del asco que le daba. Ryuji tenía una fuerza psicológica que hacía

palidecer a la suya. Asakawa vivía la vida con timidez, siempre

preocupado por qué iba a pensar la gente que lo rodeaba. Ryuji, en

cambio, tenía un dios —o un demonio— encadenado en su interior que

le permitía vivir con total libertad y abandono. Los únicos momentos en

que Asakawa sentía que su deseo de vivir ahuyentaba su miedo era

cuando pensaba en cómo se sentirían su mujer y su hija después de

que él muriera. Ahora le vino una preocupación repentina por ellas y

abrió suavemente la puerta del dormitorio para ver cómo estaban. Las

caras dormidas estaban relajadas y libres de recelo. No tenía tiempo

para encogerse de terror. Decidió llamar a Yoshino para explicarle la

situación y pedirle ayuda. Si dejaba para el día siguiente lo que tenía

que hacer, se iba a arrepentir.

13 de octubre, sábado.''.

Asakawa había considerado la posibilidad de tomarse la semana

libre, pero luego decidió que usar al máximo el sistema de información

de la empresa le daría más posibilidades de elucidar los misterios de la

cinta de vídeo que encerrarse absurdamente en su apartamento presa

del pánico. Así pues, fue a trabajar, aunque era sábado. «Fue a

trabajar», pero sabía muy bien que no iba a trabajar en absoluto. Pensó

que la mejor estrategia sería confesárselo todo a su jefe de redacción y

pedirle que lo relevara temporalmente de sus tareas. Nada lo ayudaría

más que contar con la cooperación de su jefe de redacción. El problema

era si su jefe se iba a creer la historia. Probablemente volvería a sacar a

colación el incidente previo y soltaría un soplido de burla. Aunque tenía

el vídeo a modo de prueba, si Oguri lo negaba todo de entrada, tendría

preparada toda una serie de argumentos para defender sus ideas.

Reuniría toda clase de cosas en su favor para convencerse a sí mismo

de que tenía razón. «Con todo… Sería interesante», pensó Asakawa.

Había traído el vídeo en su maletín, por si acaso. ¿Cómo reaccionaría

Oguri si se lo enseñaba? O lo que era más importante, ¿le echaría un

vistazo siquiera? La noche anterior se había quedado despierto hasta

tarde explicándole todo lo ocurrido a Yoshino y este le había creído.

Y.luego, como para demostrarlo, había dicho que no quería ver el vídeo

para nada. Que por favor no se lo enseñara. A cambio, intentaría

cooperar como fuera. Por supuesto, en el caso de Yoshino, su fe tenía

una base sólida. Cuando se descubrieron los cadáveres de Haruko Tusji

y Takehiko Nomi en un coche junto a una carretera prefectural en

Ashina, Yoshino había ido enseguida a la escena y había sentido la

atmósfera del lugar, aquella atmósfera asfixiante que había convencido

a los detectives de que solamente algo monstruoso podía haber hecho

aquello pero también les había impedido decirlo. Si Yoshino no hubiera

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estado allí en persona, era probable que no hubiera creído con tanta

facilidad el relato de Asakawa.

En todo caso, lo que Asakawa tenía entre manos era una bomba. Si

lo mostraba amenazadoramente delante de las narices de Oguri,

debería tener cierto efecto. Asakawa tuvo la tentación de usarlo, por lo

menos para ver qué pasaba.

A Oguri le había desaparecido de la cara su habitual sonrisa

burlona. Tenía los dos codos plantados en la mesa y su mirada se movía

nerviosa mientras repasaba una vez más la historia de Asakawa con un

peine de dientes finísimos.

Había escasas dudas acerca de que cuatro jóvenes habían visto

cierto vídeo juntos en la Ciudad de los Chalets la noche del 29 de

agosto, y exactamente una semana más tarde, tal como había predicho

el vídeo, habían muerto en circunstancias misteriosas.

Consiguientemente, el vídeo había llamado la atención del encargado de

los bungalows, que se lo había llevado a su oficina. Allí la cinta había

esperado tranquilamente a que Asakawa la descubriera. Luego Asakawa

había visto aquella cosa del demonio. De modo que le quedaban cinco

días de vida. ¿Se suponía que tenía que creerse aquello? Y sin embargo,

aquellas cuatro muertes eran un hecho indiscutible. ¿Cómo las podía

explicar? ¿Cuál era el hilo lógico que conectaba todo aquello?

La expresión de Asakawa, mientras permanecía de pie mirando

desde arriba a Oguri, tenía un aire de superioridad muy raro en él.

Sabía por experiencia qué era lo que estaba pensando Oguri en aquel

momento. Asakawa esperó hasta que le pareció que el proceso reflexivo

de Oguri había llegado a un callejón sin salida y luego sacó la cinta de

vídeo del maletín. Lo hizo con solemnidad exagerada, teatralmente,

como si estuviera colocando sobre la mesa una escalera de color.

—¿Quiere echarle un vistazo? Adelante.

Asakawa señaló con la mirada el televisor situado junto al sofá bajo

la ventana y esbozó una sonrisa tranquila y provocadora. Oyó tragar

saliva a Oguri. El jefe de redacción ni siquiera miró en dirección a la

ventana. Tenía la vista clavada en la cinta de vídeo negra que acababa

de aparecer sobre su mesa. Estaba intentando realmente decidir qué

hacía.

«Si quieres verlo, pulsa la tecla play. Así de fácil. Vamos, puedes

hacerlo. Limítate a reírte igual que siempre y a decir que vaya estupidez

y mete la cinta en el aparato. Hazlo, prueba a hacerlo —La mente de

Oguri intentaba transmitirle la orden a su cuerpo—. Deja de ser tan

idiota y míralo. Si lo miras, quiere decir que no crees a Asakawa, ¿no?

Lo cual quiere decir, si uno lo piensa bien, que si te niegas a verlo es

porque crees en todas esas chorradas. Así que míralo de una vez. Crees

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en la ciencia moderna, ¿no? No eres un niño que teme a los

fantasmas».

De hecho, Oguri estaba seguro al noventa y nueve por ciento de

que no creía a Asakawa. Pero, aun así, en el fondo de su mente le

quedaba cierta incógnita. ¿Y si todo era cierto? Tal vez el mundo estaba

lleno de recodos que la ciencia moderna todavía no alcanzaba. Y

mientras hubiera peligro, no importaba lo mucho que trabajara su

mente, su cuerpo se iba a negar. Así que Oguri permaneció sentado en

su silla sin moverse. No se podía mover. No importaba lo que

entendiera su mente: su cuerpo no escuchaba a su mente. Mientras

existiera una posibilidad de peligro, su cuerpo seguiría activando

lealrnente su instinto de supervivencia. Oguri levantó la cabeza y dijo

con voz reseca:

—Así pues, ¿qué quiere de mí? Asakawa supo que había ganado.

—Quiero que me retire de mis tareas. Quiero llevar a cabo una

investigación minuciosa de este vídeo. Supongo que se da cuenta de

que es mi vida lo que está enjuego aquí. Oguri cerró los ojos con fuerza.

—¿Va a escribir un artículo con esto?

—Bueno, independientemente de lo que piense usted de mí, sigo

siendo periodista. Tomaré nota de todo lo que descubra para que el

caso no quede enterrado con Ryuji Takayama y conmigo. Por supuesto,

publicarlo o no es algo que dejo en sus manos.

Oguri asintió dos veces con la cabeza con gesto decidido.

—Bueno, no pasa nada por probar. Puedo poner a un novato a

hacer su entrevista.

Asakawa hizo una ligera reverencia. Hizo el gesto de devolver el

vídeo al maletín, pero no pudo resistir la tentación de divertirse un poco

más. Le volvió a ofrecer la cinta a Oguri Y dijo:

—Me cree, ¿verdad?

Oguri soltó un largo suspiro y negó con la cabeza. No era que se lo

creyera o no. Simplemente aquello le inquietaba. Sí, no era más que

eso.

—Yo me siento igual —fueron las palabras con las que se despidió

Asakawa.

Oguri lo miró mientras salía y se dijo a sí mismo que si Asakawa

seguía vivo después del 18 de octubre, tenía que ver el vídeo con sus

propios ojos. Pero tal vez ni siquiera entonces su cuerpo le dejaría. No

parecía que aquella incógnita fuera a desaparecer.

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En la sala de consulta Asakawa amontonó tres gruesos volúmenes

sobre una mesa. Los volcanes de japón, Archipiélago volcánico y

Volcanes activos del mundo. Suponiendo que el volcán del vídeo estaría

probablemente en Japón, empezó con Los volcanes de Japón. Miró las

fotografías en color del principio del libro. Una serie de montañas

eructando humo blanco y vapor se levantaban elegantemente contra el

cielo, con las laderas cubiertas de lava sólida de color marrón negruzco.

La lava fundida de color rojo brillante salía a borbotones hacia el cielo

nocturno desde cráteres cuyos bordes negros se confundían con la

oscuridad. Pasó las páginas y comparó aquellas escenas con la que

tenía marcada a fuego en el cerebro. El monte Aso, el monte Asama, el

Showa Shinzan, el Sakurajima… Localizar su volcán no le costó tanto

como había temido. Después de todo, el monte Mihara, en la isla de Izu

Oshima, parte de la misma cadena de volcanes que el monte Fuji, era

uno de los volcanes activos más famosos de Japón.

—¿El monte Mihara? —murmuró Asakawa.

La ilustración a doble página del monte Mihara incluía dos fotos

aéreas y una tomada desde una colina cercana. Asakawa recordó la

imagen del vídeo y trató de imaginársela desde distintos ángulos,

comparándola con aquellas fotos. Había similitudes evidentes. Vistas

desde el pie de la montaña, las laderas que llevaban a la cima parecían

muy suaves. Pero desde el aire se veía que el borde circular rodeaba

una caldera y que en el centro de la misma había un montículo que era

la boca del volcán. La foto sacada desde lo alto de una colina cercana se

parecía especialmente a la escena del vídeo. El color y los contornos de

las laderas eran casi idénticos. Pero necesitaba confirmarlo, no podía

limitarse a confiar en su memoria. Asakawa hizo una copia de las fotos

del monte Mihara y de un par de candidatos más.

Asakawa pasó la tarde al teléfono. Estuvo llamando a toda la gente

que se había alojado en el bungalow B-4 durante los últimos seis

meses. Le habría sido más útil quedar con ellos cara a cara para

escrutar sus reacciones, pero no tenía tiempo para aquello. No era fácil

pillar una mentira solamente a partir del tono de una voz por teléfono.

Asakawa prestó atención, decidido a captar cualquier vacilación.

Necesitaba contactar con dieciséis grupos. El número era tan bajo

porque al inaugurarse en abril la Ciudad de los Chalets los bungalows no

estaban equipados con aparatos de vídeo. Durante el verano demolieron

un importante hotel de la zona y decidieron transportar una gran

cantidad de aparatos de vídeo que ya no se necesitaban a la Ciudad de

los Chalets. Aquello fue a mediados de julio. Los aparatos se instalaron

y la biblioteca de cintas se reunió a finales de aquel mes, justo a tiempo

para la temporada de vacaciones de verano. Como resultado, el folleto

no mencionaba que todos los bungalow tuvieran equipo de vídeo. A la

mayoría de clientes les sorprendió ver el vídeo cuando llegaron y no

pensaron en él más que como una forma de matar el tiempo en un día

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lluvioso. Casi nadie había traído expresamente una cinta con el

propósito de grabar algo. Por supuesto, eso si había que dar crédito a

las voces del otro lado de la línea. ¿Quién había traído, pues, la cinta en

cuestión? ¿Quién la había grabado? Asakawa estaba ansioso por no

perder detalle. De vez en cuando cuestionó las respuestas que le daban,

pero ni una sola vez le pareció que nadie estuviera escondiendo nada.

De los dieciséis clientes a los que llamó, tres habían ido a jugar a golf y

ni siquiera habían visto el aparato de vídeo. Siete lo habían visto pero

no lo habían tocado. Cinco habían ido a jugar a tenis pero les había

llovido y como no tenían nada mejor que hacer habían visto vídeos:

sobre todo películas clásicas. Probablemente películas que ya habían

visto. El último grupo, una familia de cuatro personas apellidadas

Kaneko, de Tokohama, había traído una cinta para grabar algo de otro

canal mientras veían una miniserie histórica.

Asakawa colgó el auricular y examinó los datos que había

recopilado de los dieciséis grupos de invitados. Solamente uno parecía

relevante: el señor y la señora Kaneko y sus dos niños en edad de

escuela primaria. Habían estado dos veces en el B-4 durante el verano.

La primera vez había sido la noche del viernes 10 de agosto y la

segunda vez se habían quedado dos noches, el sábado y el domingo, 25

y 26 de agosto. Su segunda visita fue tres días antes de que las cuatro

víctimas estuvieran allí. Ni el lunes ni el martes después de la visita de

los Kaneko se había quedado nadie: los cuatro jóvenes habían sido los

siguientes en usar el bungalow. Y no solo eso, sino que el hijo de once

años de los Kaneko se había traído una cinta de casa para grabar un

programa. El chico era un fan fiel de una serie cómica que se emitía

todos los domingos a las ocho,, pero sus padres, por supuesto,

controlaban la televisión, y todos los domingos a las ocho habían

adquirido la costumbre de ver la miniserie histórica anual de la NHK, el

canal público nacional. En el bungalow solamente había un televisor,

pero al enterarse de que también había aparato de vídeo, el chico había

llevado una cinta con el propósito de grabar su programa y verlo más

tarde. Mientras lo estaba grabando, vino un amigo a decirle que ya no

llovía. Así que él y su hermana se fueron a jugar a tenis. Sus padres

terminaron de ver el programa, olvidaron que el vídeo seguía grabando

y apagaron el televisor. Los chicos estuvieron jugando en las pistas casi

hasta las diez, volvieron a casa agotados y se fueron directamente a la

cama. Ellos también se habían olvidado de la cinta. Al día siguiente,

cuando estaban a punto de llegar a casa, el niño se acordó de repente

que se había dejado la cinta dentro del aparato de vídeo y le gritó a su

padre, que conducía, que volviera. La situación acabó en pelea, pero al

final el niño cedió. Todavía se quejaba cuando llegaron a casa.

Asakawa sacó la cinta de vídeo y la colocó sobre la mesa. Donde

tendría que haber estado la etiqueta brillaban en color plateado las

palabras Fujitex VHS TI20 Super AV. Asakawa volvió a marcar el

número de los Kaneko.

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—Hola, siento llamar otra vez. Vuelvo a ser Asakawa, de El

Heraldo.

Hubo una pausa, luego la misma voz que había hablado antes dijo:

—¿Sí?

Era la señora Kaneko.

—Antes ha mencionado que su hijo se dejó una cinta de vídeo. ¿No

recordará por casualidad de qué marca era?

—Bueno, déjeme ver—respondió, aguantándose la risa. Oyó ruidos

de fondo—. Mi hijo acaba de llegar a casa. Se lo voy a preguntar.

Asakawa esperó. El niño no se iba a acordar de ninguna manera.

—Dice que no lo sabe. Pero que solamente usamos marcas baratas.

De las que se compran en paquetes de tres.

A Asakawa no le sorprendió aquello. ¿Quién prestaba atención a la

marca de las cintas que usaba cuando quería grabar algo? Luego se le

ocurrió una idea: «Un momento. ¿Dónde está la funda de esta cinta?

Las cintas de vídeo siempre se venden en fundas de cartón. Y nadie las

tira». Por lo menos, Asakawa nunca había tirado la funda de una cinta,

ni de audio ni de vídeo.

—¿En su familia guardan las cintas con las fundas?

—Sí, claro.

—Mire, lo siento mucho, pero ¿podría comprobar si tienen una

funda vacía por ahí?

—¿Eh? —preguntó la mujer con expresión ausente. Aunque

entendiera su pregunta, no entendía adonde iba a parar Asakawa, y

aquello hizo que demorara su respuesta.

—Por favor. La vida de alguien puede depender de ello.

Las amas de casa eran susceptibles a la estratagema de la

«cuestión de vida o muerte». Siempre que necesitaba ahorrar tiempo y

avanzar, se encontraba con que aquella frase lo conseguía. Pero esta

vez no estaba mintiendo.

—Un momento, por favor.

Tal como Asakawa había esperado, el tono de la mujer cambió.

Hubo una pausa bastante larga después de que ella soltara el auricular.

Si la funda se había quedado en la Ciudad de los Chalets junto con la

cinta, entonces es que el encargado la había tirado. Pero en caso

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contrario, había bastantes posibilidades de que los Kaneko todavía la

tuvieran. La voz regresó.

—Una funda vacía, ¿no?

—Sí.

—He encontrado dos.

—Muy bien. El fabricante de la cinta y el tipo de cinta tendrían que

figurar en la funda…

—A ver. Una dice Panavision TI20. La otra es una… FujitexVHS

T120 Super AV.

Exactamente el mismo modelo que la cinta de vídeo que tenía en la

mano. Como Fujitex había vendido una cantidad incalculable de aquellas

cintas, no se trataba exactamente de una prueba, pero al menos había

avanzado un paso. Aquello estaba claro. Era bastante prudente afirmar

que la cinta demoníaca la había llevado al bungalow un chico de once

años. Asakawa le dio las gracias educadamente a la mujer y colgó el

teléfono.

A partir de las ocho de la tarde de la noche del sábado, 26 de

agosto, se deja grabando el aparato de vídeo del bungalow B-4. La

familia Kaneko se deja la cinta y se va a casa. Luego llegan los cuatro

jóvenes. Ese día también llueve. Se les ocurre ver una película, van a

usar el vídeo y se encuentran con que ya hay una cinta dentro. Los muy

inocentes la ven. Ven cosas inquietantes e incomprensibles. Y al final, la

amenaza. Maldiciendo el mal tiempo, se les ocurre una travesura cruel.

Borran la parte que explica cómo escapar de cierta muerte y dejan el

vídeo allí para asustar al cliente que venga después. Por supuesto, no

se han creído lo que han visto. Si se lo hubieran creído, no habrían sido

capaces de llevar a cabo su broma. Asakawa se preguntó si en el

momento de morir, los jóvenes se habrían acordado de la cinta. Tal vez

no habían tenido tiempo para acordarse antes de que se los llevara el

ángel de la muerte. Asakawa tembló: los jóvenes no eran los únicos. A

menos que pudiera encontrar una forma de salvarse antes de cinco

días, acabaría igual que ellos. Entonces sabría con exactitud cómo se

sintieron al morir.

Pero si el chico había estado grabando un programa de televisión,

¿de dónde habían venido entonces las imágenes? Durante todo el

tiempo Asakawa había estado creyendo que alguien las había grabado

con una cámara de vídeo y luego había llevado la cinta al bungalow.

Pero la cinta había estado grabando de la televisión, lo cual quería decir

que de alguna forma aquellas escenas increíbles se habían filtrado en

las emisiones televisivas. Jamás lo habría soñado.

Alguien había secuestrado las ondas de televisión.

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Asakawa recordaba lo sucedido el año pasado en época de

elecciones, cuando, después de que la NHK dejara de emitir, en el

mismo canal había aparecido una grabación ilegal que calumniaba a uno

de los candidatos.

Alguien había secuestrado las ondas de televisión. Era la única

posibilidad que encajaba. Acababa de descubrir que era posible que la

tarde del 26 de agosto aquellas imágenes se hubieran estado emitiendo

en la región de Hakone Sur, y que aquella cinta las hubiera registrado

por puro azar. De ser esto cierto, tenía que constar en alguna parte.

Asakawa se dio cuenta de que tenía que ponerse en contacto con la

oficina local del periódico y hacer unas cuantas averiguaciones.

4

Eran las diez cuando Asakawa llegó a casa. Nada más entrar en el

apartamento, abrió suavemente la puerta del dormitorio y comprobó

que su mujer y su hija estuvieran dormidas. No importaba lo cansado

que estuviera al llegar a casa, siempre hacía aquello.

En la mesa del comedor había una nota: «Ha llamado el señor

Takayama». Asakawa llevaba todo el día llamando a Ryuji, pero no

había podido encontrarlo en casa. Probablemente estuviera fuera,

enfrascado en sus propias investigaciones. «Tal vez ha encontrado

algo», pensó Asakawa mientras marcaba. Dejó que el teléfono sonara

diez veces. No hubo respuesta. Ryuji vivía solo en su apartamento de

Nakano Este. Todavía no había llegado a casa.

Asakawa se dio una ducha rápida, abrió una cerveza e intentó

llamar otra vez. Seguía sin haber nadie. Pasó a whisky con hielo. Nunca

podía dormir bien una noche sin alcohol. Alto y delgado, Asakawa no

había tenido nunca en la vida una enfermedad propiamente dicha. Y

pensar que era así como estaba sentenciado a morir. Una parte de sí

mismo seguía creyendo que todo era un sueño, que darían las diez del

18 de octubre sin haber entendido el vídeo ni descifrado el sortilegio y

sin embargo no pasaría nada y los días seguirían desplegándose delante

de él igual que siempre. Oguri haría una mueca de burla y hablaría largo

y tendido sobre la memez que es creer en supersticiones, mientras que

Ryuji se reiría y diría:

«Simplemente no entendemos cómo funciona el mundo». Su mujer

y su hija lo saludarían con las mismas caras de sueño. Ni siquiera un

pasajero de un avión que está cayendo del cielo puede perder la

esperanza de que será el único superviviente.

Se bebió el tercer vaso de whisky y marcó el número de Ryuji por

tercera vez. Si no contestaba aquella vez, Asakawa lo dejaría para el día

siguiente. Esperó siete tonos y luego oyó un clic cuando alguien levantó

el auricular.

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—¿Dónde cono te habías metido? —gritó, sin molestarse en

escuchar con quién estaba hablando.

Pensó que estaba hablando con Ryuji y dio rienda suelta a su

cólera. Lo cual solamente sirvió para enfatizar lo extraño de su relación.

Incluso con sus amigos, Asakawa siempre mantenía cierta distancia y

controlaba su actitud meticulosamente. Pero no tenía reparos en

insultar a Ryuji de todas las formas imaginables. Y, sin embargo, nunca

pensaba en él como en un amigo íntimo.

Para su sorpresa, la voz que contestó no era la de Ryuji.

—¿Hola? Perdone…

Era una mujer, sorprendida de que alguien le hubiera gritado sin

previo aviso.

—Oh, lo siento. Me he equivocado de número —Asakawa se

dispuso a colgar.

—¿Busca usted al profesor Takayama?

—Ah, pues sí, la verdad es que sí.

—Todavía no ha vuelto.

Asakawa no pudo evitar preguntarse a quién pertenecía aquella voz

joven y atractiva. Le pareció evidente que no se trataba de una pariente

suya porque lo había llamado «profesor». ¿Una amante? No era posible.

¿Qué chica en su sano juicio se enamoraría de Ryuji?

—Ya veo. Me llamo Asakawa.

—Cuando vuelva el profesor Takayama, le diré que le llame. Me ha

dicho que es usted el señor Asakawa, ¿no?

Incluso después de colgar el teléfono, la voz suave de aquella

mujer siguió reseñándole agradablemente en los oídos.

Habitualmente, los futones solamente se usaban en las

habitaciones de estilo japonés con suelos de tatami. En la habitación de

los Asakawa había moqueta, y originalmente había tenido una cama de

estilo occidental, pero al nacer Yoko la habían sacado. No podían tener

al bebé durmiendo en una cama, pero la habitación era demasiado

pequeña para una cama y una cuna. Así que se vieron obligados a

librarse de su cama doble y pasarse a los futones, que enrollaban cada

mañana y desplegaban otra vez por las noches. Ponían dos futones uno

al lado del otro y dormían los tres juntos. Ahora Asakawa gateó hasta el

espacio libre en los futones. Cuando los tres se acostaban al mismo

tiempo, siempre dormían en las mismas posturas. Pero Shizu y Yoko

tenían el sueño ligero, así que cuando se acostaban antes que Asakawa,

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no pasaba media hora antes de que empezaran a dar vueltas y

ocuparan toda la cama. Como resultado, Asakawa siempre tenía que

acabar ocupando cualquier espacio libre que quedara. Si moría ahora,

se preguntó, ¿cuánto tiempo tardaría su espacio vacío en llenarse? No

es que le preocupara que Shizu volviera a casarse, no necesariamente.

Era solamente que había gente que nunca conseguía llenar el espacio

vacío dejado por un cónyuge al desaparecer. ¿Tres años? Tres años

estaría bien. Shizu volvería a su casa y dejaría que sus padres se

ocuparan del bebé mientras ella iba a trabajar. Asakawa se obligó a sí

mismo a imaginarse la cara de su mujer, tan resplandeciente de

vitalidad como podía esperarse. Quería que Shizu fuera fuerte. No podía

ni pensar el infierno que su mujer e hija tendrían que vivir si él moría.

Asakawa había conocido a Shizu hacía cinco años. Lo acababan de

transferir de vuelta a la oficina central de Tokio desde la de Chiba. La

que sería un día su mujer trabajaba en una agencia de viajes asociada

al grupo empresarial de El Heraldo. Ella trabajaba en la tercera planta y

él en la séptima, y a veces se veían en el ascensor, pero no pasaron de

ahí hasta que un día él fue a recoger unos billetes a la agencia de

viajes. Se iba de viaje para escribir un artículo, y como la persona que

se ocupaba de sus preparativos no estaba, Shizu lo estuvo ayudando.

Ella tenía solamente veinticinco años y le encantaba viajar, y su mirada

dejaba ver lo mucho que envidiaba a Asakawa por ser capaz de viajar

por todo el país para llevar a cabo sus encargos. En aquella mirada vio

también un reflejo de la primera chica a la que había querido. Ahora

que conocían el nombre del otro, empezaron a charlar sobre temas

triviales cada vez que se encontraban en el ascensor e intimaron

rápidamente. Dos años más tarde se casaron, después de un noviazgo

fácil sin objeciones por parte de los padres de ninguno. Unos seis meses

antes de su boda, se compraron el apartamento de tres habitaciones de

Kita Shinagawa: sus padres los ayudaron con la entrada. No es que

previeran la subida en picado del precio del terreno y por tanto se

apresuraran a comprar antes de la boda. Simplemente querían tener

pagada la hipoteca lo antes posible. Pero si no hubieran comprado

cuando lo hicieron, nunca se podrían haber permitido vivir así en la

ciudad. En el plazo de un año, el valor de su apartamento se triplicó. Y

los plazos mensuales de su hipoteca eran menos de la mitad de lo que

habría sido el alquiler. No paraban de quejarse de que el apartamento

era pequeño, pero la verdad era que para la pareja era toda una

inversión. Ahora Asakawa se alegraba de tener algo que dejar a su

familia. Si Shizu usaba su seguro de vida para liquidar la hipoteca, el

apartamento pasaría a ser propiedad de ella y de Yoko.

«Creo que mi póliza paga veinte millones de yenes, pero no estoy

seguro, tengo que mirarlo».

Tenía la cabeza espesa, pero dividió mentalmente el dinero de

distintas maneras y se dijo a sí mismo que tenía que apuntar todos los

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consejos financieros que se le ocurrieran. Se preguntaba cómo

registrarían su muerte. ¿Fallecimiento por enfermedad? ¿Accidente?

¿Homicidio?

«En todo caso, será mejor que me vuelva a leer mi póliza de

seguro».

Llevaba tres noches yéndose a dormir embargado por el

pesimismo. Se preguntaba cómo podía influir en un mundo del que

había desaparecido y se le ocurrió dejar una especie de testamento.

í 4 de octubre, domingo '

A la mañana siguiente, domingo, Asakawa marcó el número de

Ryuji nada más levantarse.

—¿Sí? —contestó Ryuji con un tono de voz que dejaba claro que se

acababa de despertar.

Asakawa recordó inmediatamente su frustración de la noche antes,

y ladró en el auricular.

—¿Dónde estabas anoche?

—¿Eh? Ah, Asakawa., —Se suponía que me ibas a llamar, ¿no?

—Ah, sí. Estaba borracho. Las universitarias de hoy día saben

beber. Y saben hacer otras cosas, ya me entiendes. ¡Uaaau! Estoy

agotado.

Asakawa se quedó momentáneamente perplejo: era como si los

tres últimos días hubieran sido un sueño. Se sentía estúpido por

habérselo tomado todo tan en serio.

—Bueno, estoy de camino. Espérame —dijo Asakawa, y colgó el

teléfono.

Para llegar a casa de Ryuji, Asakawa cogió el tren a Nakano Este y

luego caminó diez minutos en dirección a Kami Ochiai. Mientras

caminaba, Asakawa pensó esperanzado que aunque Ryuji hubiera

estado bebiendo la noche anterior, seguía siendo Ryuji. Estaba claro que

había descubierto algo. Tal vez incluso había descifrado el enigma y

luego había salido a beber y de juerga para celebrarlo. Cuanto más se

acercaba al apartamento de Ryuji más optimista se sentía y empezó a

caminar más deprisa. Las emociones estaban dejando exhausto a

Asakawa de tanto hacerlo bascular entre el miedo y la esperanza, entre

el pesimismo y el optimismo.

Ryuji abrió la puerta en pijama. Sucio y sin afeitar, estaba claro

que acababa de salir de la cama. Asakawa se quitó los zapatos en un

abrir y cerrar de ojos. Todavía estaba en el recibidor cuando preguntó:

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—¿Has descubierto algo?

—No, la verdad es que no. Pero entra—dijo Ryuji, rascándose la

cabeza vigorosamente. Tenía los ojos vidriosos y Asakawa se dio cuenta

a simple vista de que todavía no se le habían despertado las neuronas.

—Vamos, despierta. Tómate un café o algo así.

Sintiendo traicionadas sus esperanzas, Asakawa puso la tetera en

el fogón ruidosamente. De pronto le obsesionaba el tiempo.

Los dos estaban sentados con las piernas cruzadas en la sala de

estar. Había libros apilados por toda la pared.

—Bueno, pues cuéntame qué has descubierto —dijo Ryuji

moviendo la rodilla.

No había tiempo que perder. Asakawa reunió toda la información

que había recopilado el día anterior y la dispuso en orden cronológico.

Primero informó a Ryuji de que el vídeo había sido grabado de la

televisión en el bungalow a partir de las ocho de la tarde del 26 de

agosto.

—¿De verdad? —Ryuji puso cara de sorpresa. Él también había

dado por sentado que lo habían grabado con una cámara de vídeo y lo

habían llevado allí—. Eso es interesante. Pero si alguien se coló en las

emisiones tal como dices, tendría que haber más gente que lo viera…

—Bueno, he llamado a nuestras oficinas en Atami y Mishima y les

he preguntado al respecto. Pero dicen que no han recibido ningún

informe de transmisiones sospechosas recibidas en Hakone Sur la noche

del veintiséis de agosto.

—Ya veo, ya veo… —Ryuji se cruzó de brazos y pensó un momento

—. Se me ocurren dos posibilidades. La primera es que todo el mundo

que vio la emisión haya muerto. Pero espera… Cuando se emitió, el

sortilegio tenía que estar intacto. Así que… Y en todo caso, los

periódicos locales no dijeron nada, ¿verdad?

—No. Ya lo he comprobado. Te refieres a si mencionaron que

hubiera más víctimas, ¿no? No las hubo. Ninguna. Si se emitió, debió de

verlo más gente, pero no hubo ninguna otra víctima. Ni siquiera

rumores.

—Pero ¿te acuerdas de cuando empezó a aparecer el sida en el

mundo civilizado? Al principio los médicos americanos no tenían ni idea

de qué estaba pasando. Lo único que sabían era que estaban viendo

morir a gente con unos síntomas que no habían visto nunca. Lo único

que tenían era la sospecha de una enfermedad extraña. Tardaron dos

años en empezar a llamarlo «sida». Esas cosas pasan.

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En los valles montañosos del este de la cresta de Tanna solamente

había unas pocas granjas dispersas, en los tramos bajos de la autopista

Atami-Kannami. Si uno miraba al sur, lo único que se veía era la Tierra

Pacífica de Hakone Sur, aislada entre sus oníricas praderas montañosas.

¿Estaba ocurriendo algo invisible en aquellos lugares? Tal vez estaba

muriendo mucha gente de repente pero todavía no había aparecido en

las noticias. Y el sida no era el único caso: la enfermedad de Kawasaki,

descubierta por primera vez en Japón, existió durante diez años antes

de ser reconocida oficialmente como una nueva enfermedad. Solamente

hacía un mes que la emisión fantasma había sido grabada

accidentalmente en vídeo. Era bastante posible que todavía no se

hubiera reconocido el síndrome. Si Asakawa no hubiera descubierto el

factor común a cuatro muertes —si entre los muertos no hubiera estado

su sobrina— es probable que aquella «enfermedad» siguiera sumida en

el secreto. Aquello daba todavía más miedo. Normalmente hacían falta

cientos de muertes, tal vez miles, para que algo fuera reconocido

oficialmente como «enfermedad».

—Y no tenemos tiempo para ir de puerta en puerta hablando con

los residentes de la zona. Pero has mencionado una segunda

posibilidad, Ryuji.

—Sí. La segunda posibilidad es que la única gente que haya visto la

emisión seamos nosotros y los cuatro jóvenes. ¿Tú crees que el chaval

de once años que la grabó sabía que las frecuencias de emisión cambian

de una zona a otra? Puede que lo que emiten en Tokio en el canal

Cuatro lo emitan en un canal completamente distinto en el campo. Un

niñato no sabe esas cosas: tal vez puso la cinta a grabar en el canal que

ve en Tokio.

—¿Adonde quieres ir a parar?

—Piénsalo. La gente como nosotros, que vivimos en Tokio,

¿ponemos alguna vez el canal Dos? Aquí no lo usamos.

Aja. Así que el chico había sintonizado el vídeo en un canal que la

gente de la zona nunca usaba. Como se puso grabar mientras sus

padres veían otra cosa, no llegó a ver lo que estaba grabando. Sea

como fuera, siendo tan escasa la población local, era muy improbable

que lo estuviera viendo mucha gente.

—En cualquier caso, la verdadera pregunta es: ¿de dónde provino

la emisión?

Cuando lo decía Ryuji, todo sonaba muy simple. Pero solamente

una investigación científica y organizada podía determinar el punto de

origen de la emisión.

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The Ring Koji Suzuki

—Espera un momento… Ni siquiera estamos seguros de que tu

premisa sea cierta. Lo de que el chico grabó accidentalmente una

emisión fantasma no es más que una conjetura.

—Ya lo sé. Pero si esperamos tener pruebas definitivas antes de

hacer nada, nunca llegaremos a ningún sitio. Esta es nuestra única

pista.

Emisiones. Los conocimientos científicos de Asakawa eran nimios.

Ni siquiera sabía con exactitud qué eran las emisiones: tenía que

empezar su investigación por ahí. No podían hacer otra cosa que

buscarlo. Buscar el punto de origen de las emisiones. Eso quería decir

que tenían que volver allí. Y al día siguiente solamente les quedarían

cuatro días.

La siguiente pregunta era: ¿quién había borrado el sortilegio? Si

daban por buena la conjetura de que la cinta había sido grabada en el

mismo bungalow, solamente podían haberlo borrado las cuatro víctimas.

Asakawa había llamado a la cadena de televisión y había descubierto la

fecha en que el joven narrador, Shinraku Sanyutei, había ido de invitado

a La tertulia de la noche. Y tenían razón en sus sospechas. La respuesta

que les dieron era el 29 de agosto. Era casi seguro que los cuatro

jóvenes habían borrado el sortilegio.

Asakawa sacó varias fotocopias de su maletín. Eran las fotografías

del monte Mihara, en la isla de Izu Oshima.

—¿Qué te parece? —le preguntó a Ryuji mientras se las mostraba.

—El monte Mihara, ¿eh? Yo diría que está claro que es este.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Ayer por la tarde le pregunté a un etnólogo de la universidad por

el dialecto de la vieja. Dijo que ya no se usaba mucho, pero que

probablemente era uno que se descubrió en la isla de Izu Oshima. De

hecho, contenía rasgos identificables con la zona de Sashikiji en la

punta sur de la isla. Fue muy cauteloso, de modo que no pudo

localizarlo con seguridad, pero en combinación con esta foto, creo que

podemos dar por hecho que el dialecto es el de Izu Oshima y que la

montaña es el monte Mihara. Por cierto, ¿has investigado las erupciones

del monte Mihara?

—Por supuesto. Desde la guerra, y creo que hacemos bien en

limitarnos a las erupciones posteriores a la guerra… —Considerando el

desarrollo de la tecnología fílmica, parecía seguro dar aquello por

sentado.

—Sí.

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—Me sigues, ¿no? Desde la guerra, el monte Mihara ha entrado en

erupción cuatro veces. La primera vez fue de mil novecientos cincuenta

a mil novecientos cincuenta y uno. La segunda fue en el cincuenta y

siete, y la tercera en el setenta y cuatro. Estoy seguro de que los dos

nos acordamos bien de la última: otoño de mil novecientos ochenta y

seis. La erupción de mil novecientos cincuenta y siete produjo un cráter

nuevo. Hubo un muerto y cincuenta y tres heridos.

—Si tenemos en cuenta cuándo se inventaron las cámaras de

vídeo, sospecho que se trata de la erupción del ochenta y seis, aunque

creo que todavía no podemos asegurarlo.

Llegado aquel punto, Ryuji pareció recordar algo y empezó a

hurgar en su bolsa. Sacó un trozo de papel.

—Ah, sí. Es evidente que es esto lo que estaba diciendo. El

caballero tuvo la amabilidad de traducírmelo al japonés estándar.

Asakawa miró el trozo de papel, donde había escrito: «¿Cómo has

estado de salud desde entonces? Si te pasas todo el tiempo jugando en

el agua, te cogerán los monstruos. ¿Lo entiendes? Ten cuidado con los

desconocidos. El año que viene tendrás una criatura. Haz caso a tu

abuela, que no eres más que una niña. No hace falta preocuparse por la

gente de aquí».

Asakawa lo leyó dos veces, con atención, y levantó la vista.

—¿Qué es esto? ¿Qué quiere decir?

—¿Cómo lo voy a saber? Eso es lo que vas a tener que averiguar.

—¡Solo nos quedan cuatro días!

Asakawa tenía demasiadas cosas que hacer. No sabía por dónde

empezar. Tenía los nervios de punta y había empezado a perderlos.

—Mira. A mí me queda un día más que a ti. Tú eres la cabeza de

lanza de esto. Actúa en consecuencia. Pon toda tu energía.

De pronto a Asakawa se le llenó el corazón de recelos. Ryuji podía

abusar de su día extra. Si por ejemplo tenía dos posibles respuestas al

acertijo del sortilegio, podía darle una a Asakawa y esperar a ver si

moría o sobrevivía para averiguar cuál era la buena. Aquel único día

podía convertirse en un arma poderosa.

—No te importa realmente si vivo o muero, ¿verdad, Ryuji?

Sentado ahí tranquilamente, riendo… —chilló Asakawa, consciente de

que se estaba poniendo vergonzosamente histérico.

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—Ahora estás hablando como una mujer. Si tienes tiempo para

despotricar y lloriquear así, también puedes usar un poco más la

cabeza.

Asakawa siguió mirándolo con resentimiento.

—Bueno, ¿cómo prefieres que lo diga? Eres mi mejor amigo. No

quiero que te mueras. Estoy haciendo lo que puedo. Y quiero que tú

también hagas lo que puedas. Los dos tenemos que rendir al máximo,

por el bien del otro. ¿Satisfecho? —En mitad de su discurso, el tono de

Ryuji se volvió infantil, y terminó con una risa obscena.

Mientras se reía, se abrió la puerta principal. Sorprendido, Asakawa

estiró el cuello y miró a través de la cocina en dirección al recibidor.

Había una joven inclinada para quitarse un par de zapatillas blancas.

Llevaba el pelo corto, por encima de ' las orejas, y unos pendientes que

emitían un brillo blanquecino. Se quitó los zapatos y levantó la vista. Su

mirada se encontró con la de Asakawa.

—Oh, lo siento. Creía que el profesor estaba solo —dijo la joven,

tapándose la boca con la mano. Su elegante lenguaje corporal y su

indumentaria blanca inmaculada contrastaban violentamente con el

apartamento. Debajo de la falda sus piernas eran esbeltas. Su rostro

era delicado e inteligente. Se parecía a una novelista que aparecía en

anuncios de televisión.

—Entra —El tono de voz de Ryuji cambió. La vulgaridad quedó

oculta tras una sobriedad insospechada—. Dejadme que os presente.

Esta es la señorita Mai Takano, del Departamento de Filosofía de la

Universidad de Fukuzawa. Es una de las alumnas estrella del

departamento y siempre presta mucha atención en mis clases.

Probablemente es la única que entiende realmente mis conferencias.

Este es Kazuyuki Asakawa, de El Heraldo. Es… mi mejor amigo.

Mai Takano miró a Asakawa con sorpresa. En aquel momento

Asakawa todavía no sabía por qué se había sorprendido.

—Encantada de conocerlo —dijo Mai, con una sonrisa y una

reverencia excitantes. La clase de sonrisa que refrescaba al que

estuviera mirando.

Asakawa nunca había conocido a una mujer tan guapa. La textura

perfecta de su piel, el brillo de sus ojos, el equilibrio perfecto de su

figura… Por no mencionar la inteligencia, la clase y la amabilidad que

irradiaba. Aquella joven carecía literalmente de defectos. Asakawa se

encogió como un sapo delante de una serpiente. No le salían las

palabras.

—Eh, di algo —Ryuji le dio un codazo en las costillas.

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—Hola —dijo por fin, incómodo, pero su mirada seguía

transfigurada.

—Profesor, ¿salió usted anoche? —preguntó Mai, dando dos o tres

pasos elegantes con sus pies enfundados en medias.

—Pues Takabayashi y Yagi me invitaron a salir con ellos, así que…

Ahora que estaban los dos de pie, uno junto al otro, Asakawa se

dio cuenta de que Mai era unos buenos diez centímetros más alta que

Ryuji. Aunque probablemente pesaba la mitad que él.

—Me gustaría que me avisara cuando no viene a casa. Le estuve

esperando.

Asakawa recobró la conciencia de repente. Aquella era la joven con

la que había hablado la noche anterior. Mai era quien había respondido

el teléfono cuando él llamó.

Entretanto, Ryuji estaba cabizbajo como un niño al que estuviera

riñendo su madre.

—Bueno, no pasa nada. Le perdono por esta vez. Tenga, le he

traído algo —Le dio una bolsa de papel—. Le he lavado la ropa interior.

También iba a ordenar esto, pero si le cambio de sitio los libros se

enfada usted.

Asakawa no pudo evitar deducir de esa conversación la naturaleza

de la relación que tenían aquellos dos. Era obvio que ya no eran

simplemente alumna y profesor, sino también amantes. Además, ¡ella lo

había esperado allí sola la noche anterior! ¿Tan íntimos eran? Sintió la

clase de irritación que de vez en cuando le producía ver a dos personas

que hacían mala pareja, pero aquello iba más lejos. Todo lo que tuviera

que ver con Ryuji era descabellado. Luego estaba la expresión de amor

con que Ryuji miraba a Mai. Era como un camaleón que cambiaba de

expresión e incluso de forma de hablar. Por un momento, Asakawa

estuvo lo bastante enfadado como para querer abrir los ojos de Mai y

explicarle los crímenes de Ryuji.

—Es casi la hora de comer, profesor. ¿Le preparo algo? Señor

Asakawa, se queda usted también a comer, ¿verdad? ¿Tiene alguna

preferencia?

Asakawa miró a Ryuji, sin saber qué decir.

—No seas tímido. Mai cocina muy bien.

—Lo dejo en tus manos —consiguió contestar por fin Asakawa.

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Mai se fue inmediatamente a un supermercado cercano a comprar

ingredientes para el almuerzo. Después incluso de que se fuera,

Asakawa se quedó mirando la puerta con expresión alelada.

—Tío, pareces un ciervo paralizado por los faros de un coche —dijo

Ryuji con una sonrisa burlona.

—Oh, lo siento.

—Mira, no tenemos tiempo para que estés así de embobado —Ryuji

le dio una palmadita a Asakawa en la mejilla—. Tenemos cosas que

hablar mientras ella está fuera.

—No le habrás enseñado el vídeo a Mai.

—¿Por quién me has tomado?

—Muy bien, continuemos. Me iré después de comer.

—Bien, lo primero que tenemos que encontrar es la antena.

—¿La antena?

—Ya sabes, el sitio donde se originó la emisión.

No podía permitirse un momento de calma. De camino a casa tenía

que parar en la biblioteca y documentarse sobre las ondas hertzianas.

Una parte de él quería irse ya a Hakone Sur, pero sabía que a largo

plazo sería más rápido hacer primero algunas lecturas de fondo para

hacerse una idea de qué estaba buscando. Cuanto más supiera sobre

las características de las ondas hertzianas, y sobre cómo localizar

emisiones pirata, más opciones podría darse a sí mismo.

Había una montaña de cosas por hacer. Pero Asakawa se sentía

distraído, tenía la cabeza en otra parte. No podía sacarse de la cabeza

la cara y el cuerpo de Mai. ¿Por qué estaba ella con un tipo como Ryuji?

Se sentía al mismo tiempo perplejo y enfadado.

—Eh, ¿me estás escuchando? —La voz de Ryuji trajo de vuelta a

Asakawa al mundo real—. En una escena del vídeo aparece un bebé, ¿te

acuerdas?

—Sí —Apartó de su mente momentáneamente la imagen de Mai y

recordó la imagen del recién nacido, cubierto de fluido amniótico

viscoso. Pero la transición no salió bien: terminó imaginándose a Mai

mojada y desnuda.

—Cuando vi aquella escena tuve una sensación extraña en las

manos. Casi como si tuviera al bebé en brazos.

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Una sensación. Tener a alguien en brazos. En su imaginación cogió

en brazos primero a Mai y luego al bebé, en una sucesión cegadora.

Luego, finalmente, experimentó la sensación. La misma que había

tenido al ver el vídeo: la sensación de sostener al bebé y luego sacudir

las manos en el aire. Ryuji había tenido exactamente la misma

sensación. Aquello tenía que significar algo.

—Yo también lo sentí. Sentí con nitidez algo húmedo y viscoso.

—Tú también, ¿eh? ¿Qué puede querer decir eso?

Ryuji se puso a cuatro patas, acercó la cara a la pantalla del

televisor y volvió a pasar la escena. Duraba casi dos minutos y durante

todo aquel tiempo el niño estuvo soltando su primer chillido. Vieron un

par de manos elegantes sosteniendo la cabeza y el trasero del bebé.

—Un momento, ¿qué es eso?

Ryuji puso el vídeo en pausa y empezó a hacerlo avanzar

fotograma a fotograma. Durante un único segundo, la pantalla se quedó

en negro. Si uno veía la cinta a velocidad normal era tan breve que no

se podía ver. Pero al verla una y otra vez, fotograma a fotograma, era

posible distinguir momentos de negrura total.

—Ahí está otra vez —dijo Ryuji, levantando la voz.

Durante un momento arqueó la espalda y miró la pantalla con

atención. Luego giró la cabeza y examinó la sala. Estaba pensando

furiosamente: Asakawa lo vio en el movimiento de sus ojos. Pero no

tenía ni idea de en qué estaba pensando Asakawa. En total, la pantalla

se puso negra del todo treinta y tres veces en el curso de la escena de

dos minutos.

—¿Y qué? ¿Me estás diciendo que has podido descubrir algo a partir

de eso? No es más que un problema técnico de la filmación. La cámara

de vídeo era defectuosa.

Ryuji no hizo caso del comentario de Asakawa y empezó a

examinar otras escenas. Oyeron pasos en el rellano. Ryuji pulsó el

botón de stop a toda prisa.

Por fin se abrió la puerta. Mai apareció y dijo:

—Ya estoy aquí.

La habitación quedó envuelta nuevamente en su fragancia.

Era domingo por la tarde y las familias con hijos estaban jugando

en el jardín de delante de la biblioteca municipal. Algunos padres

jugaban a la pelota con sus chavales. Otros estaban tumbados en la

hierba mientras sus hijos jugaban. Era una tarde de domingo bonita y

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luminosa de mediados de octubre y el mundo parecía envuelto en un

manto de paz.

Cuando vio la escena, de pronto Asakawa no quiso más que correr

a su casa. Había pasado un rato en la sección de ciencias naturales de

la cuarta planta, empollando sobre las ondas hertzianas, y ahora estaba

asomado a la ventana, sin mirar nada en particular. Llevaba todo el día

perdiéndose en aquella clase de ensoñaciones. Se le ocurrían toda clase

de ideas, sin razón ni concordancia. No podía concentrarse.

Probablemente era debido a su impaciencia. Se puso de pie. Quería ver

las caras de su mujer y de su hija, ya mismo. Aquella idea lo abrumaba.

Ya mismo. No le quedaba mucho tiempo. Tiempo para jugar con su hija

en la hierba como aquella gente…

Asakawa llegó a casa cuando casi eran las cinco. Shizu estaba

preparando la cena. Pudo ver que estaba de mal humor cuando se puso

detrás de ella y la vio cortar las verduras. Y conocía la razón, la conocía

perfectamente. Ahora que por fin tenía el día libre, se había marchado

temprano por la mañana y solamente había dicho: «Me voy a casa de

Ryuji». Si él no cuidaba de Yoko de vez en cuando, por lo menos

cuando tenía el día libre, a Shizu la abrumaba el estrés de criar sola a la

niña. Y para rematarlo, había estado con Ryuji. Aquel era el problema.

Podría simplemente haberle dicho una mentira, pero entonces ella no

habría podido ponerse en contacto con él en caso de emergencia.

—Ha llamado un agente inmobiliario —dijo Shizu, sin perder el

ritmo de cortar verduras.

—¿Y qué ha dicho?

—Me ha preguntado si estábamos pensando en vender la casa.

Asakawa se había sentado a Yoko en el regazo y le estaba leyendo

un libro ilustrado. Lo más probable era que ella no entendiera nada,

pero confiaban en que si ahora le enseñaban un montón de palabras, tal

vez se le acumularan en la cabeza y más adelante salieran en tromba

cuando tuviera un par de años, como cuando revienta un dique.

—¿Te hizo una buena oferta?

Desde que se dispararon los precios del terreno, las inmobiliaria no

paraban de intentar que vendieran.

—Setenta millones de yenes.

La oferta había bajado. Con todo, seguía siendo suficiente para

dejarles un pellizco a Shizu y Yoko, aun después de liquidar la hipoteca.

—¿Y qué les has dicho?

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Shizu se limpió las manos con un trapo y por fin se giró.

—Les he dicho que mi marido no estaba en casa.

Siempre hacía lo mismo. Decía: «Mi marido no está en casa» o

«Primero tengo que hablarlo con mi marido». Shizu nunca decidía nada

por ella misma. Asakawa se temía que tendría que empezar a hacerlo

pronto.

—¿A ti qué te parece? Tal vez sería hora de pensárselo. Tenemos

bastante para comprar una casa en las afueras, con jardín. El agente

también lo ha dicho.

Era el modesto sueño de la familia: vender el apartamento en el

que vivían ahora y construirse una casa grande en las afueras. Sin

capital, nunca sería nada más que un sueño. Pero tenían aquel

importante patrimonio: un apartamento en el corazón de la ciudad.

Tenían medios para hacer realidad aquel sueño, y cada vez que

hablaban de ello se emocionaban. Lo tenían delante: solamente tenían

que extender el brazo…

—Y luego, ya sabes, podríamos tener otro hijo.

A Asakawa le parecía evidente lo que Shizu se estaba imaginando.

Una residencia amplia en las afueras, con un estudio individual para

cada uno de sus dos o tres hijos y una sala de estar lo bastante grande

para no tener que pasar vergüenza por muchos invitados que se

presentaran. Yoko, sentada en su rodilla, empezó a irritarse. Se dio

cuenta de que su padre ya no estaba mirando el libro ilustrado, de que

ya no le prestaba atención a ella, y empezó a manifestar su protesta.

Asakawa volvió a mirar el libro.

—»Hace mucho, mucho tiempo, Tierra Pantanosa se llamaba Playa

Pantanosa, porque los pantanos llenos de juncos se extendían hasta la

orilla del mar».

Mientras estaba leyendo en voz alta, Asakawa sintió que se le

inundaban los ojos de lágrimas. Quería hacer realidad el sueño de su

mujer. Lo quería con todas sus fuerzas. Pero solamente le quedaban

cuatro días. ¿Sería su mujer capaz de recuperarse cuando él muriera de

causa desconocida? Shizu todavía no sabía lo frágil que era su sueño y

lo deprisa que se iba a derrumbar.

Las nueve de la noche. Shizu y Yoko estaban dormidas, como de

costumbre. A Asakawa le preocupaba lo último que había sacado a

colación Ryuji. ¿Por qué se había puesto a pasar una y otra vez la

escena del bebé? ¿Y qué había de las palabras de la anciana: «El año

que viene tendrás un hijo»? ¿Había alguna relación entre el bebé del

vídeo y la criatura que mencionaba la anciana? ¿Y qué eran aquellos

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momentos de negrura total? Tenían lugar treinta y tantas veces, a

intervalos irregulares.

Asakawa pensó en volver a ver el vídeo para intentar confirmar

aquello. Por muy caprichoso que le hubiera podido parecer a él, Ryuji

había estado buscando algo concreto. Ryuji tenía una capacidad lógica

enorme, claro, pero también tenía una intuición muy certera. Asakawa,

por otro lado, estaba especializado en el trabajo de encontrar la verdad

mediante la investigación laboriosa.

Asakawa abrió el armario y sacó la cinta de vídeo. Quería

introducirla en el aparato, pero en aquel preciso momento percibió algo

raro en sus manos. «LTn momento, aquí pasa algo». No estaba seguro

de qué era, pero su sexto sentido le decía que algo no iba bien. Cada

vez estaba más seguro de que no era su imaginación. Realmente había

notado algo raro al tocar la cinta. Algo había cambiado, algún pequeño

detalle.

«¿Qué es? ¿Qué ha cambiado? —El corazón le latía acelerado—.

Algo va mal. Nada está mejorando. Piensa, hombre, intenta recordar. La

última vez que vi la cinta… la rebobiné. Y ahora la cinta está por la

mitad. A un tercio aproximadamente. Eso es más o menos donde

terminan las imágenes y no la han rebobinado. Alguien la ha visto

mientras yo estaba fuera».

Asakawa corrió al dormitorio. Shizu y Yoko estaban dormidas,

cogidas la una a la otra. Asakawa le dio la vuelta a su mujer, la cogió

del hombro y la zarandeó.

—¡Despierta, Shizu! ¡Despierta! —dijo en voz baja, intentando no

despertar a Yoko. Shizu frunció el ceño e intentó soltarse—. ¡Te digo

que te despiertes! —La voz de Asakawa sonaba distinta de lo habitual.

—¿Qué…? ¿Qué pasa?

—Tenemos que hablar. Ven.

Asakawa sacó a rastras a su mujer de la cama y la llevó al

comedor. Luego le enseñó la cinta.

—¿Has visto esto?

Amedrentada por la ferocidad de su tono, Shizu no pudo hacer más

que mirar alternativamente la cinta y la cara de su marido. Por fin dijo:

—¿Es que no podía mirarla?

«¿Por qué te enfadas tanto? —pensó Shizu—. Era domingo, tú

habías ido a no sé dónde y yo me aburría. Y estaba en casa esa cinta

sobre la que estabais cuchicheando tú y Ryuji, así que la he sacado.

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Pero ni siquiera era interesante. Probablemente era algo que habíais

hecho los chicos de la oficina —Shizu permaneció callada, replicando

únicamente en su mente—. No hay razón para que te enfades tanto».

Por primera vez en su vida de casado, Asakawa tuvo ganas de

pegar a su mujer:

—¡… Estúpida!

Pero consiguió resistir la tentación y se quedó allí de pie con el

puño cerrado. —Tranquilízate y piensa. Es culpa tuya.

No tendrías que haberla dejado donde ella pudiera verla». Shizu

nunca abría las cartas dirigidas a él, así que le pareció seguro dejar la

cinta en el armario. «¿Por qué no la escondí? Al fin y al cabo, ella entró

en la sala mientras Ryuji y yo la estábamos viendo. Claro que sentía

curiosidad por la cinta. Fue un error no esconderla».

—Lo siento —murmuró Shizu, malhumorada.

—¿Cuándo la has visto? —A Asakawa le temblaba la voz.

—Esta mañana.

—¿De veras?

Shizu no tenía forma de saber lo importante que era el momento

exacto en que la había visto. Se limitó a asentir con sequedad.

—¿A qué hora?

—¿Por qué lo preguntas?

—¡Dímelo! —Asakawa empezó a mover otra vez la mano.

—Sobre las diez y media, tal vez. Justo después de terminar El

jinete enmascarado.

¿El jinete enmascarado? Era una serie infantil. Yoko era la única

persona en la familia que podía estar interesada en verla. Asakawa

luchó desesperadamente para no desmayarse.

—Ahora escúchame, esto es muy importante. Mientras estabas

viendo el vídeo, ¿dónde estaba Yoko?

Shizu tenía cara de estar a punto de romper a llorar.

—Sentada en mi regazo.

—¿Yoko también? ¿Me estás diciendo que… las dos… visteis el

vídeo?

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—Ella solamente miraba el parpadeo de la pantalla. No entendía

nada…

—¡Calla! ¡Eso no importa!

Ya no era una simple cuestión de destruir el sueño de su mujer de

una casa en las afueras. Ahora la familia entera estaba en peligro.

Todos podían morir. Todos estaban expuestos a una muerte absurda.

Mientras observaba la rabia, el miedo y la desesperación de su

marido, Shizu empezó a ser consciente de la gravedad de la situación.

—Oye, eso no era más que… una broma… ¿no?

Shizu recordó las palabras del final del vídeo. Al verlas le habían

parecido nada más que una broma de mal gusto. No podían ser reales.

Pero entonces, ¿por qué estaba actuando así su marido?

—¿No es real, verdad?

Asakawa no pudo contestar. Se limitó a negar con la cabeza. Luego

le embargó la ternura por aquellos que ahora compartían su destino.

15 de octubre, lunes,:, Cuando ahora se despertaba por las

mañanas, Asakawa se sorprendía a sí mismo deseando que todo

hubiera sido un sueño. Llamó a una agencia de alquiler de coches del

vecindario y les dijo que recogería con puntualidad el coche que había

reservado. Tenían su reserva archivada, no había ningún error. La

realidad avanzaba sin pausa.

Necesitaba un medio para desplazarse si iba a intentar encontrar el

origen de la emisión. Sería demasiado difícil irrumpir en las frecuencias

televisivas con un transmisor inalámbrico normal y corriente. Se

imaginó que debían de haberlo hecho con una unidad expertamente

modificada. Y la imagen de la cinta era nítida, sin interferencias. Aquello

significaba que la señal había tenido que ser fuerte y cercana. Con más

información habría podido establecer la zona a la que llegaba la

transmisión y de esa forma localizar el punto de origen. Pero lo único

que tenía para seguir adelante era el hecho de que el televisor de la

Ciudad de los Chalets la había recibido. Lo único que podía hacer era ir

allí, tantear el terreno y luego empezar a peinar la zona con

meticulosidad. No tenía ni idea de cuánto tiempo iba a tardar. Puso en

su maleta ropa para tres días. Estaba claro que no necesitaría más.

Se miraron entre ellos, pero Shizu no dijo nada sobre el vídeo.

Asakawa no había sido capaz de inventar una buena mentira, así que la

había dejado irse a la cania sin más que un puñado de excusas vagas

sobre la amenaza de muerte al cabo de una semana. Por su parte,

Shizu parecía temer cualquier revelación específica, así que pareció feliz

de dejar el asunto sin aclarar y en la penumbra. En lugar de interrogar

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a su marido como haría de costumbre, pareció hacer algunas conjeturas

privadas que la llevaron a mantener un silencio extraño. Asakawa no

sabía con exactitud cómo estaba interpretando Shizu las cosas, pero no

parecía que el nerviosismo de ella fuera a disiparse. Mientras veía el

culebrón matinal de siempre en la televisión, parecía

extraordinariamente sensible a los ruidos de fuera y se levantaba

sobresaltada de su sillón con frecuencia.

—No hablemos de esto, ¿de acuerdo? No tengo respuestas para ti.

Tú deja el asunto en mis manos —Aquello era lo único que se le ocurría

a Asakawa para calmar la ansiedad de su mujer. No podía permitirse el

lujo de mostrarse débil ante ella.

Justo cuando estaba saliendo de la casa, como si estuviera

coordinado con sus movimientos, sonó el teléfono. Era Ryuji.

—He hecho un descubrimiento fascinante. Quiero que me des tu

opinión —La voz de Ryuji sonaba excitada.

—¿No me lo puedes decir por teléfono? Tengo que ir a recoger un

coche de alquiler.

—¿Un coche de alquiler?

—Tú eres el que me dijo que encontrara el origen de la emisión.

—Vale, vale. Escucha, deja eso de lado un momento y pásate por

aquí. Tal vez después de todo no tengas que ir a buscar ninguna

antena. Tal vez se desmorone toda nuestra premisa.

Asakawa decidió recoger el coche primero de todos modos, para

que en caso de que todavía tuviera que ir a la Tierra Pacífica de Hakone

Sur, pudiera ir directamente desde casa de Ryuji.

Asakawa aparcó el coche con dos ruedas encima de la acera y

aporreó la puerta de Ryuji.

—¡Entra! Está abierto.

Asakawa abrió la puerta con brusquedad y cruzó la cocina pisando

deliberadamente fuerte.

—¿Qué es ese gran descubrimiento? —se forzó a preguntar.

—¿Qué mosca te ha picado? —Ryuji levantó la vista desde el suelo,

donde estaba sentado con las piernas cruzadas.

—¡Date prisa y dime qué has encontrado!

—¡Relájate!

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—¿Cómo quieres que me relaje? ¡Dímelo de una vez!

Ryuji se mordió la lengua un momento. Luego preguntó

amablemente:

—¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo?

Asakawa se dejó caer al suelo en el centro de la sala y juntó las

manos sobre las rodillas.

—Mi mujer y… mi hija han visto esa cinta de mierda.

—Vaya, eso sí que es fuerte. Lo lamento —Ryuji se lo quedó

mirando hasta que Asakawa empezó a recuperar la compostura. Luego

este estornudó una vez y se sonó la nariz ruidosamente—. Bueno,

también quieres salvarlas, ¿no?

Asakawa asintió con la cabeza como un niño.

—Pues bueno, razón de más para mantener la cabeza serena. Así

que no te voy a explicar mis conclusiones. Me limitaré a mostrarte las

pruebas. Primero quiero ver qué te sugieren las pruebas. Por eso no

puedo tenerte así de nervioso, ¿sabes?

—Lo entiendo —dijo Asakawa, dócilmente.

—Ahora ve a lavarte la cara o algo. Reponte.

Asakawa podía llorar delante de Ryuji. Ryuji era la válvula de

escape de todas las emociones que no podía dejar escapar delante de

su mujer.

Volvió a entrar en la sala, secándose la cara con una toalla, y Ryuji

le dio una hoja de papel. En la hoja había un esquema sencillo:

1) Introducción 2) Fluido rojo 3) Monte Mihara 4) Erupción monte

Mihara 5) La palabra «montaña»

6) Dados 7) Anciana 8) Bebé

9) Caras 10) Tele vieja 11) Cara de hombre 12) Final Algunas

cosas estaban claras a simple vista. Ryuji había dividido el vídeo en

escenas.

—Anoche se me ocurrió esto de repente. Ves lo que es, ¿no? El

vídeo consta de doce escenas. A cada una le he dado un número y un

título. El número que hay detrás del título es la longitud de la escena en

segundos. El siguiente número, entre corchetes, es… ¿me sigues?, el

número de veces que la pantalla se pone negra a lo largo de la escena.

La expresión de Asakawa estaba llena de dudas.

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—Después de que te fueras ayer empecé a examinar otras escenas

además de la del bebé. Para ver si también tenían instantes en negro.

Y, oh maravilla, también los tenían las escenas tres, cuatro, ocho, diez y

once.

—La siguiente columna dice «real» y «abstracto». ¿Qué quiere

decir eso?

—Podemos dividir grosso modo las doce escenas en esas dos

categorías. Están las escenas abstractas, las que son como escenas de

la imaginación, son lo que supongo que podemos llamar paisajes

mentales. Las reales son cosas que existen en realidad, que se pueden

ver con los ojos. Así es como las he dividido.

Ryuji hizo una breve pausa.

—Ahora mira el esquema. ¿Ves algo?

—Bueno, el telón negro solamente aparece en las escenas

«reales».

—Cierto. Absolutamente cierto. Ten eso en mente —Ryuji, esto se

está volviendo irritante. Date prisa y dime adonde quieres ir a parar.

¿Qué significa esto?

—Tranquilo, tranquilo, no te sulfures. A veces cuando nos dan las

respuestas de entrada nos embotan la intuición. A mí la intuición ya me

ha llevado a sacar una conclusión. Y con ella en mente, manipularé

cualquier dato para racionalizar el hecho de aferrarme a esa conclusión.

Es como en esas investigaciones criminales, ¿no? En cuanto aparece la

idea de que el culpable es ese, de pronto parece que todas las pruebas

apoyan tu tesis. Fíjate, no podemos permitirnos divagar en este punto.

Necesito que apoyes mi conclusión. Es decir, quiero ver, en cuanto

hayas visto las pruebas, si tu intuición te dice lo mismo que a mí la mía.

—Vale, vale. Continúa.

—Muy bien: el telón negro solamente aparece cuando la pantalla

muestra paisajes reales. Eso lo hemos dejado claro. Ahora, rememora

las sensaciones que tuviste la primera vez que viste las imágenes. Ayer

ya hablamos de la escena del bebé. ¿Algo más aparte de eso? ¿Qué hay

de la escena con todas aquellas caras?

Ryuji usó el mando a distancia para encontrar la escena.

—Échales un buen vistazo a esas caras.

La pared de docenas de caras se fue retirando lentamente y

multiplicándose hasta convertirse en centenares primero y en millares

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después. Cuando Asakawa las miró con atención, cada una de ellas le

pareció distinta, como las caras reales.

—¿Cómo te hace sentir esto? —preguntó Ryuji.

—Como si se estuvieran dirigiendo a mí. Como si me llamaran

mentiroso y farsante a mí.

—Cierto. Resulta que a mí me hace sentir igual. O por lo menos lo

que me hizo sentir se parece mucho a lo que estás describiendo.

Asakawa intentó concentrar sus nervios en las consecuencias de

aquel dato. Ryuji estaba esperando una respuesta clara.

—¿Y bien? —volvió a preguntar Ryuji.

Asakawa negó con la cabeza.

—Nada. No se me ocurre nada.

—Bueno, si hubieras estado lo bastante tranquilo como para pasar

más tiempo pensando en ello, tal vez te habrías dado cuenta de lo que

yo me he dado cuenta. Fíjate, los dos hemos estado pensando que

estas imágenes las captó una cámara de televisión, en otras palabras,

una máquina provista de una lente, ¿no?

—¿Y no es así?

—Bueno, ¿qué es ese telón negro que cubre momentáneamente la

pantalla?

Ryuji hizo avanzar la cinta fotograma a fotograma hasta que la

pantalla se volvió negra. Permaneció así durante tres o cuatro

fotogramas. Si uno calculaba que un fotograma era la trigésima fracción

de un segundo, entonces la oscuridad duraba una décima de segundo.

—¿Por qué sucede esto en las escenas reales y no en las

imaginadas? Mira la pantalla con más atención. No es del todo negra.

Asakawa acercó más la cara a la pantalla. Cierto, no era del todo

negra. Algo parecido a una tenue neblina blanca flotaba en el seno de la

oscuridad.

—Una sombra difusa. Lo que tenemos aquí es la persistencia de la

visión. Y mientras observas, ¿no percibes una sensación increíble de

inmediatez, como si estuvieras participando realmente en la escena?

Ryuji miró a Asakawa a los ojos y parpadeó una sola vez, despacio.

El telón negro.

—¿Eh? —murmuró Asakawa—. ¿Es eso… un parpadeo?

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—Exacto. ¿Me equivoco? Si uno piensa en ello, tiene sentido. Hay

cosas que vemos con los ojos, pero también hay escenas que

conjuramos con la imaginación. Como no traspasan la retina, no hay

parpadeos en ellas. Pero cuando estamos mirando con los ojos, las

imágenes se forman de acuerdo con la fuerza de la luz que llega a la

retina. Y para evitar que se sequen las retinas, parpadeamos,

inconscientemente. El telón negro es el instante en que se cierran los

ojos.

Una vez más, a Asakawa le vinieron náuseas. La primera vez que

terminó de ver el vídeo salió corriendo al baño, pero esta vez el

escalofrío maligno fue peor todavía. No se podía sacudir de encima la

sensación de que algo le trepaba por el cuerpo. El vídeo no lo había

grabado una máquina. Los ojos de un ser humano, sus oídos, su nariz,

su lengua y su piel: se habían usado los cinco sentidos para

confeccionar aquel vídeo. Aquellos escalofríos, aquel temblor, los

causaba la sombra de alguien infiltrándose en él a través de sus

órganos. Asakawa había estado viendo el vídeo desde la misma

perspectiva de la cosa.

Se secó la frente una y otra vez, pero seguía perlada de gotas de

sudor.

—¿Sabías…? Eh, ¿me estás escuchando? Dejando de lado las

diferencias individuales, los hombres parpadean un promedio de veinte

veces por minuto y las mujeres un promedio de quince veces. Eso

quiere decir que habría sido una mujer quien grabó las imágenes.

Asakawa no podía oírle.

—Eh, je, je. ¿Qué te pasa? Estás tan pálido que ya pareces muerto

—Ryuji se rió—. Míralo por el lado bueno. Estamos un paso más cerca

de la solución. Si esas imágenes fueron registradas por los órganos

sensoriales de una persona en concreto, entonces el sortilegio debe de

estar relacionado con la voluntad de esa persona. En otras palabras, tal

vez esa mujer quiere que hagamos algo.

Asakawa había perdido temporalmente la razón. Las palabras de

Ryuji le resonaban en los oídos, pero su significado no le llegaba al

cerebro.

—En todo caso, ahora sabemos lo que tenemos que hacer.

Tenemos que descubrir quién es esa persona. O quién fue. Me parece

probable que ya no esté entre nosotros. Lo cual quiere decir que

tenemos que descubrir qué deseaba mientras estaba todavía vivo o

viva.

Ryuji le guiñó el ojo a Asakawa, como diciendo: «¿Qué tal lo estoy

haciendo?».

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Asakawa había salido de la autopista número 3 Tokio-Yokohama y

ahora se dirigía al sur por la carretera Yokohama-Yokosuka. Ryuji había

abatido el asiento del pasajero y estaba durmiendo un sueño perfecto y

relajado. Eran casi las dos de la tarde, pero Asakawa no tenía nada de

hambre.

Asakawa extendió el brazo para despertar a Ryuji, pero no llegó a

hacerlo. Todavía no habían llegado a su destino. Asakawa ni siquiera

sabía adonde se dirigían. Lo único que le había dicho Ryuji era que

condujera hasta Kamakura. No sabía adonde se dirigían ni por qué iban

allí. Aquello lo convertía en un conductor nervioso e irritable. Ryuji

había hecho las maletas a toda prisa y le había dicho que ya le

explicaría adonde se dirigían cuando estuvieran en el coche. Pero una

vez en camino, le había dicho:

—Esta noche no he dormido. No me despiertes hasta llegar a

Kamakura —Y luego se había quedado dormido en un momento.

Asakawa salió de la carretera Yokohama-Yokosuka en Asahina y

luego tomó la carretera de Kanazawa durante cinco kilómetros hasta

llegar a la estación de Kamakura. Ryuji llevaba unas buenas dos horas

dormido.

—Eh, ya estamos —dijo Asakawa, zarandeándolo.

Ryuji estiró el cuerpo como si fuera un gato, se frotó los ojos con el

dorso de las manos y sacudió la cabeza bruscamente de un lado a otro,

lo cual hizo que le temblaran los labios.

—Aaah, estaba teniendo un sueño tan agradable…

—¿Qué hacemos ahora?

Ryuji se incorporó y miró por la ventanilla para ver dónde estaba.

—Sigue por esta carretera y cuando llegues a la Puerta Exterior del

Santuario de Hachiman gira a la izquierda y para —Ryuji se tumbó de

nuevo y dijo—: Tal vez todavía pueda pillar el final del sueño, si no te

importa.

—Escucha, llegaremos dentro de cinco minutos. Si tienes tiempo

para dormir, también tienes tiempo para decirme qué estamos haciendo

aquí.

—Lo verás cuando lleguemos —dijo Ryuji. Luego apoyó las rodillas

en el salpicadero y volvió a dormirse.

Asakawa giró a la izquierda y paró. Justo delante había una vieja

casa de dos pisos con un letrero pequeño que decía: «Recinto Memorial

Tetsuzo Miura».

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—Métete en ese aparcamiento —Al parecer, Ryuji había abierto un

poco los ojos. Tenía una expresión satisfecha y los orificios nasales

dilatados como si estuviera oliendo un perfume—. Gracias a ti he podido

llegar al final de mi sueño.

—¿Qué has soñado? —preguntó Asakawa, e hizo girar el volante.

—¿A ti qué te parece? Estaba volando. Me encantan los sueños en

que vuelo —Ryuji soltó un soplido feliz y se relamió.

El Recinto Memorial Tetsuzo Miura parecía desierto. Un espacio

grande y abierto en la planta baja contenía fotografías y documentos

enmarcados en las paredes o dentro de vitrinas, mientras qué la pared

central estaba ocupada por una lista de los principales logros en vida del

tal Miura. Al leerla, Asakawa por fin entendió quién era aquel hombre.

—Perdón. ¿Hay alguien aquí? —Ryuji levantó la voz y se dirigió a

las profundidades del edificio. No hubo respuesta.

Tetsuzo Miura había muerto hacía dos años, a los setenta y dos,

tras retirarse de su puesto como profesor titular en la Universidad de

Yokodai. Estaba especializado en física teórica y su trabajo se

concentraba en las teorías de la materia y la dinámica estadística. Pero

el Recinto Memorial, por modesto que fuera, no era un resultado de sus

logros como físico, sino de sus investigaciones científicas de los

fenómenos paranormales. El curriculum de la pared aseguraba que las

teorías del profesor habían sido objeto de interés en el mundo entero,

aunque era obvio que solamente un número reducido de gente les había

prestado atención. Al fin y al cabo, Asakawa nunca había oído hablar de

aquel tipo. ¿Y cuáles eran exactamente las teorías de aquel hombre?

Para encontrar la respuesta, Asakawa empezó a examinar las piezas

expuestas en las paredes y en las vitrinas. «El pensamiento tiene

energía, y esa energía». Asakawa había leído hasta ahí cuando oyó los

ecos procedentes de otra sala de alguien que bajaba a toda prisa unas

escaleras. Se abrió una puerta y un hombre de unos cuarenta y tantos

años con bigote asomó la cabeza. Ryuji se acercó al hombre y le ofreció

una de sus tarjetas de visita. Asakawa decidió seguir su ejemplo y se

sacó el tarjetero del bolsillo de la chaqueta.

—Me llamo Takayama. Trabajo en la Universidad de Fukuzawa —

dijo en tono suave y amable. A Asakawa le hizo gracia su cambio de

tono. Asakawa ofreció su tarjeta. Ante las credenciales de un académico

y un periodista, el hombre parecía más bien consternado. Miró la tarjeta

de Asakawa con el ceño fruncido—. Si no tiene inconveniente, nos

gustaría consultar algo con usted.

—¿De qué se trata? —El hombre los miró con cautela.

—Pues verá, yo llegué a conocer al difunto profesor Miura.

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Por alguna razón el hombre pareció aliviado al oír aquello y relajó

su expresión. Sacó tres sillas plegables y las dispuso una enfrente de la

otra.

—¿De veras? Siéntense, por favor.

—Debió de ser hace tres años… Sí, eso es, fue el año antes de que

muriera. Mi universidad me estaba tanteando sobre la posibilidad de dar

una conferencia sobre el método científico, y a mí se me ocurrió que

podía aprovechar la oportunidad para conocer la opinión del profesor…

—¿Fue aquí, en su casa?

—Sí. Nos presentó el profesor Takatsuka.

Al oír aquel nombre, el tipo sonrió por fin. Se dio cuenta de que

tenía algo en común con sus visitantes. «Estos dos deben de estar de

nuestro lado. Parece que no han venido a atacarnos».

—Ya veo. Lo siento. Me llamo Tetsuaki Miura. Lo siento, se me han

acabado las tarjetas de visita.

—¿Así que usted es el…?

—Sí, el hijo único del profesor. Aunque no soy digno de su apellido.

—¿De veras? Vaya, no sabía que el profesor tenía un hijo tan

extraordinario.

A Asakawa le costó lo suyo no echarse a reír ante la imagen de

Ryuji dirigiéndose a un hombre diez años mayor que él y calificándolo

de «hombre extraordinario».

Tetsuaki Miura les enseñó brevemente el lugar. Algunos alumnos

de su difunto padre se habían reunido después de su muerte para abrir

la casa al público y poner en orden los materiales que el profesor había

ido recopilando durante su vida. En cuanto a Tetsuaki, según les dijo en

tono despectivo hacia sí mismo, no había sido capaz de convertirse en

investigador tal como había querido su padre, sino que había construido

una posada en el mismo solar que el museo y se dedicaba a regentarla.

—Así que aquí estoy, aprovechándome tanto de sus tierras como

de su reputación. Como he dicho antes, no soy digno de mi padre.

Tetsuaki soltó una risa apesadumbrada. Su posada se usaba

principalmente para excursiones de institutos de secundaria… En su

mayoría clubes de física y de biología, pero también mencionó a un

grupo dedicado a la investigación parapsicológica. Los clubes de

secundaria necesitaban razones para ir de excursión. Básicamente, el

Recinto Memorial era un cebo para atraer a grupos de estudiantes.

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—Por cierto… —Ryuji se incorporó en la silla e intentó llevar la

conversación al meollo de las cosas.

—Oh, lo siento, me temo que les he estado aburriendo con este

parloteo. Díganme pues, ¿qué les trae por aquí?

Era obvio que Tetsuaki no tenía mucho talento para la ciencia. No

era más que un comerciante que estaba adaptando su actitud a la

situación presente. Asakawa se dio cuenta de que Ryuji veía al hombre

con desprecio.

—Para serle sincero, estamos buscando a alguien.

—¿A quién?

—La verdad es que no conocemos su nombre. Por eso hemos

venido aquí.

—Me temo que no les sigo —Tetsuaki parecía confundido, como

deseoso de que sus visitantes dejaran de decir cosas absurdas.

—Ni siquiera podemos decir a ciencia cierta si esa persona sigue

viva o ya ha muerto. Lo que está claro es que se trata de una persona

con poderes que no tiene la gente normal.

Ryuji hizo una pausa para mirar a Tetsuaki, que pareció entender

de inmediato lo que quería decir.

—El padre de usted era probablemente el mayor coleccionista en

Japón de esta clase de información. A mí me contó que, usando una red

de contactos que él mismo había confeccionado, había reunido a una

serie de gente con poderes paranormales de todo el país. Y me dijo que

estaba almacenando aquella información.

A Tetsuaki se le ensombreció la expresión. ¿No irían a pedirle que

registrara todos aquellos archivos en busca de un nombre?

—Sí, por supuesto que los expedientes se han conservado. Pero

hay muchísimos. Y muchas de esas personas son fraudes.

Tetsuaki palideció ante la idea de volver a inspeccionar todos

aquellos expedientes. Para organizados había hecho falta que una

docena de alumnos de su padre trabajara durante meses. Cumpliendo

la voluntad del difunto, habían incluido también los casos dudosos, lo

cual había inflado más todavía el volumen de los archivos.

—No queremos causarle ninguna molestia en absoluto. Si nos da

permiso, inspeccionaremos los archivos nosotros mismos, los dos.

—Están en el piso de arriba. Tal vez les gustaría echarles un vistazo

primero.

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Tetsuaki se puso de pie. Sus visitantes solamente hablaban así

porque no conocían el volumen de los archivos. Le daba la sensación de

que, en cuanto le echaran un vistazo a las estanterías, no se atreverían

con ellos. Los llevó al segundo piso.

Los archivos estaban en una sala de techo alto al final de la

escalera. Entraron en la sala y se encontraron delante de dos

estanterías con siete estantes cada una. Cada archivador contenía

materiales relativos a cuarenta casos, y a primera vista parecía haber

miles de archivadores. Asakawa no vio la reacción de Ryuji, estaba

demasiado ocupado palideciendo él también. «Si nos dedicamos a esto,

podemos morir aquí, en la penumbra de esta sala. ¡Tiene que haber

otra manera!»

Ryuji, sin inmutarse, preguntó:

—¿Le importa si echamos un vistazo?

—Adelante —Tetsuaki se quedó observándolos un rato, en parte

por puro asombro y en parte por curiosidad hacia lo que pensaban que

iban a encontrar. Pero al final pareció renunciar a ello—. Tengo trabajo

—dijo, y se marchó.

Cuando se quedaron solos, Asakawa se volvió hacia Ryuji y le dijo.

—Bueno, ¿quieres decirme qué está pasando?

Tenía la voz un poco pastosa, porque todavía estaba estirando el

cuello para examinar los archivos. Era lo primero que decía desde que

habían entrado en el recinto. Los archivos estaban ordenados

cronológicamente, empezando en 1956 y terminando en 1988, el año

de la muerte de Miura. Solamente la muerte había hecho bajar el telón

sobre su investigación de treinta y dos años.

—No tenemos mucho tiempo, así que te lo diré mientras buscamos.

Yo empezaré por mil novecientos cincuenta y seis. Tú empieza por mil

novecientos sesenta.

Asakawa sacó un expediente con gesto vacilante y lo hojeó. Cada

página contenía por lo menos una foto y un papel en el que había

escrita una breve descripción junto con un nombre y una dirección.

—¿Qué tengo que buscar?

—Fíjate en los nombres y direcciones. Estamos buscando a una

mujer de la isla de Izu Oshima.

—¿Una mujer? —Asakawa inclinó la cabeza en gesto interrogativo.

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—¿Recuerdas a la anciana del vídeo? Le estaba diciendo a alguien

que iba a dar a luz a una criatura. ¿Te parece que estaba hablando con

un hombre?

Ryuji tenía razón. Los hombres no podían dar a luz.

Así que empezaron a buscar. Era una tarea simple y repetitiva, y

como Asakawa preguntó por qué existían aquellos archivos, Ryuji se lo

explicó.

Al profesor Miura siempre le habían interesado los fenómenos

sobrenaturales. En la década de 1950, había empezado a experimentar

con los poderes paranormales, pero no había conseguido resultados lo

bastante fiables como para formular una teoría científica. Los

clarividentes resultaban ser incapaces de llevar a cabo delante de un

público lo que antes habían hecho con facilidad. Para desplegar aquellos

poderes hacía falta concentración. Lo que buscaba el profesor Miura era

una persona que pudiera ejercer aquellos poderes en cualquier

momento y bajo cualesquiera circunstancias. Miura se daba cuenta de

que si su sujeto de estudio fracasaba delante de testigos, a él lo

considerarían un farsante. Estaba convencido de que tenía que haber

más gente con poderes paranormales de los que él conocía, así que se

propuso encontrarlos. Pero ¿cómo? No podía entrevistar a nadie en

busca de clarividencia, adivinación o telequinesis. Así que inventó un

método. A cualquiera que pudiera tener aquellos poderes les enviaba un

pedazo de película dentro de un sobre sellado, les pedía que grabaran

mentalmente en él algún dibujo o alguna imagen y que se lo enviaran

de vuelta sin romper el sello. De aquella forma podía calibrar los

poderes de sus sujetos incluso a larga distancia. Y como aquellas

fotografías psíquicas parecían ser un poder bastante básico, la gente

que lo poseía a menudo también eran clarividentes. En 1956 empezó a

reclutar a gente con poderes paranormales de todo el país, con la ayuda

de antiguos alumnos suyos que habían empezado a trabajar en

editoriales y periódicos. Aquellos antiguos alumnos formaron una red

que hacía llegar al profesor Miura cualquier rumor sobre poderes

sobrenaturales. Sin embargo, el examen de la película que le devolvían

sugería que no más de una décima parte de los candidatos tenía algún

poder. El resto habían roto con habilidad el sello y habían cambiado la

película. Los casos más obvios de engaño fueron cribados en aquella

fase, pero otros que no estaban nada claros se habían conservado y

habían acabado engrosando aquella colección impracticable que

Asakawa tenía delante. En los años transcurridos desde que Miura

empezara su tarea, la red se había perfeccionado gracias al desarrollo

de los medios de comunicación y al número creciente de antiguos

alumnos que participaban en ella. Los datos se habían ido acumulando

año tras año hasta la muerte del profesor.

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—Ya veo —murmuró Asakawa—. Ese es el sentido de esta

colección. Pero ¿cómo sabes que el nombre de la persona que estamos

buscando se encuentra aquí?

—No digo que sea seguro que esté aquí. Pero hay una posibilidad

muy grande. Tú fíjate en lo que hizo. Tú sabes que hay algunas

personas que pueden llevar a cabo fotografías con la mente. Pero no

puede haber mucha gente con poderes paranormales que puedan llegar

a proyectar imágenes en un tubo catódico sin ninguna clase de equipo.

Es un poder de primerísimo orden. Alguien con un poder así destacaría

sin intentarlo siquiera. No creo que la red de Miura hubiera pasado por

alto a alguien así.

Asakawa tuvo que admitir que la posibilidad era real. Redobló sus

esfuerzos.

—Por cierto, ¿por qué estoy buscando en mil novecientos sesenta?

—Asakawa levantó la vista de repente.

—¿Recuerdas la escena del vídeo donde sale un televisor? Es un

modelo muy antiguo. Uno de los primeros que hubo. De los cincuenta o

de principios de los sesenta.

—Pero eso no quiere decir que…

—Cállate. Aquí estamos hablando de probabilidad, ¿vale?

Asakawa se reprendió a sí mismo por llevar un rato tan irritado.

Pero tenía buenas razones para ello. Dadas las limitaciones del marco

temporal, el número de expedientes era enorme. Sería antinatural

tomárselo con calma.

En aquel momento, Asakawa vio las palabras «Izu Oshima» en el

expediente que tenía en la mano.

—¡Eh! Tengo uno —gritó en tono triunfante.

Ryuji se dio la vuelta, sorprendido, y miró el expediente.

«Motomachi, Izu Oshima, Teruko Tsuchida, 37 años». El matasellos

era del 14 de febrero de 1960. Una fotografía en blanco y negro

mostraba una línea blanca en forma de relámpago sobre un fondo

negro. La descripción decía: «El sujeto envió esto con una nota

prediciendo una imagen en forma de cruz. No hay signos de

sustitución».

—¿Qué te parece? —Asakawa estaba temblando de emoción

mientras esperaba la reacción de Ryuji.

—Es una posibilidad. Apunta el nombre y la dirección, por si acaso.

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Ryujo regresó a su búsqueda. Asakawa se sentía mejor por haber

encontrado una posible candidata tan deprisa, pero al mismo tiempo

estaba un poco insatisfecho por la sequedad de la respuesta de Ryuji.

Pasaron dos horas. No encontraron a ninguna otra mujer de Izu

Oshima. La mayoría de los envíos eran o bien de Tokio o bien de la

región circundante de Kanto. Tetsuaki apareció y les ofreció té y un par

de comentarios posiblemente sarcásticos antes de marcharse. Las

manos de Asakawa y Ryuji cada vez hojeaban más despacio los

expedientes. Llevaban dos horas y ni siquiera habían cubierto un año de

los archivos.

Por fin Asakawa consiguió terminar con 1960. Cuando iba a

empezar con 1961, echó un vistazo casual a Ryuji. Ryuji estaba sentado

en el suelo con las piernas cruzadas, inmóvil y totalmente enfrascado en

un expediente abierto. «¿Se ha dormido, el muy idiota?» Asakawa

extendió el brazo, pero en aquel momento Ryuji dejó escapar un

gemido ahogado.

—Me estoy muriendo de hambre. ¿Por qué no vas a comprar algo

de comida para llevar y té de oolongl Oh, y haz un par de reservas para

esta noche en Le Petite Pensión Soleil.

—¿De qué cono hablas?

—Es la posada que tiene el tipo.

—Ya lo sé. Pero ¿por qué iba a querer quedarme a pasar la noche

allí contigo?

—¿Prefieres no hacerlo?

—Para empezar, no tenemos tiempo para holgazanear en una

posada.

—Aunque la encontráramos hoy, no hay forma de llegar a Izu

Oshima ahora mismo. Hoy ya no podemos ir a ningún sitio. ¿No te

parece que sería mejor dormir bien esta noche y reservar nuestras

energías para mañana?

Asakawa sintió una aversión indescriptible hacia pasar la noche en

una posada con Ryuji. Pero no había alternativa, así que lo dejó estar,

se fue a comprar la comida y le dijo a Tetsuaki Miura que se quedarían

a pasar la noche. Luego él y Ryuji se comieron su comida preparada y

se bebieron su té de oolong. Eran las siete de la tarde. Una pequeña

pausa.

Asakawa tenía los brazos cansados y los hombros agarrotados. Se

le nubló la vista y se quitó las gafas. Lo que hizo, sin embargo, fue

acercarse tanto los expedientes a la cara que podría lamerlos si

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quisiera. Tenía que concentrarse al máximo, de otro modo temía que se

le pasaría algo por alto, lo cual lo agotaba todavía más.

Las nueve en punto. Un alarido de Ryuji rompió el silencio de los

archivos.

—¡Lo encontré, por fin! Ahí es donde se estaba escondiendo.

Asakawa se acercó al expediente como si este lo atrajera. Se sentó

al lado de Ryuji y se volvió a poner las gafas para mirarlo.

«Izu Oshima, Sashikiji. Sadako Yamamura. 10 años». El matasellos

era del 29 de agosto de 1958. «El sujeto envió esto con una nota que

predecía que lo que había grabado era su nombre. Es auténtica, no hay

duda». Había adjunta una fotografía que mostraba el carácter yama,

«montaña», en blanco sobre fondo negro. Asakawa había visto antes

aquel carácter.

—Es… Es ella —dijo con voz trémula.

En el vídeo, inmediatamente después de la erupción del monte

Mihara, había un plano del carácter «montaña» idéntico a aquel. Y no

solamente eso, sino que en la pantalla del viejo televisor de la décima

escena aparecía el carácter sada. Y aquella mujer se llamaba Sadako

Yamamura.

—¿Qué te parece? —preguntó Ryuji.

—No hay duda. Es ella.

Por fin Asakawa se sintió esperanzado. Le pasó también por la

mente la idea de que tal vez, solamente tal vez, resolvieran el caso a

tiempo.

1 6 de octubre, martes A las diez y cuarto de la mañana, Ryuji y

Asakawa estaban en un barco de pasajeros de alta velocidad que

acababa de zarpar de Atami. No había ninguna línea de ferry que fuera

de Oshima a Honshu, así que habían tenido que dejar el coche en el

aparcamiento de al lado del hotel Atami Korakuen. Asakawa todavía

llevaba la llave en la mano izquierda.

Les faltaba una hora para llegar a Oshima. Soplaba un viento fuerte

y amenazaba con llover. La mayoría de pasajeros no se habían

aventurado a salir a la cubierta y se habían quedado acurrucados en sus

asientos reservados. Asakawa y Ryuji no habían tenido tiempo de

comprobar el clima antes de comprar sus billetes y ahora parecía que se

acercaba un tifón. Las olas eran grandes y el barco se mecía más de lo

normal.

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Asakawa dio un sorbo a una lata de café caliente y volvió a repasar

mentalmente todo lo ocurrido hasta entonces. No estaba seguro de si

debían felicitarse por haber llegado tan lejos o reprocharse el hecho de

no haber descubierto la identidad de Sadako Yamamura y haber partido

antes hacia la isla de Oshima. Todo se había basado en el

descubrimiento de que el telón negro que tapaba fugazmente las

imágenes del vídeo eran unos párpados que se cerraban. Las imágenes

no las había grabado una máquina sino el aparato sensorial humano. En

esencia, la persona había concentrado su energía en el aparato de vídeo

del bungalow B-4 mientras este estaba grabando y había creado no una

foto psíquica sino un vídeo psíquico. Aquello indicaba con probabilidad

unos poderes paranormales de una magnitud inconmensurable. Ryuji

había dado por sentado que una persona así destacaría de la multitud,

se había puesto a buscarla y finalmente había descubierto su nombre.

Aunque tampoco tenía la certeza total de que aquella tal Sadako

Yamamura fuera la perpetradora. Seguía siendo una simple sospechosa.

Se dirigían a Oshima siguiendo las indicaciones de sus sospechas.

Asakawa se calentó las manos con la lata de café y se encogió en

su asiento.

—Todavía no me lo creo, ¿sabes? Que un ser humano pueda hacer

una cosa así.

—Ya no es cuestión de que te lo creas o no, ¿verdad? —contestó

Ryuji sin apartar la vista del mapa de Oshima—. En cualquier caso, es

una realidad que tienes delante de las narices. Ya sabes, lo que vemos

no es más que una pequeña parte de un fenómeno en cambio

constante.

Ryuji se apoyó el mapa en la rodilla.

—Conoces el Big Bang, ¿no? Creen que el universo nació en una

explosión tremenda que tuvo lugar hace veinte mil millones de años.

Puedo expresar matemáticamente la forma del universo, desde su

nacimiento hasta el presente. Solamente hacen falta ecuaciones

diferenciales. La mayoría de fenómenos del universo pueden expresarse

mediante ecuaciones diferenciales, ¿sabes? Usándolas uno puede

averiguar qué aspecto tenía el universo hace cien millones de años,

hace diez billones de años, incluso un segundo o una décima de

segundo después de aquella explosión inicial. Pero… No importa cuánto

retrocedamos, no importa cuánto nos esforcemos por expresarlo, no

podemos saber qué aspecto tenía en el punto cero, en el momento

mismo de la explosión. Y hay algo más. ¿Cómo va a terminar nuestro

universo? ¿Se expande el universo o se contrae? Fíjate, no conocemos

el principio ni tampoco el final. Lo único que podemos conocer es lo que

hay en medio. Y así es todo en la vida, amigo mío.

Ryuji le dio un golpecito a Asakawa en el brazo.

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—Supongo que tienes razón. Puedo mirar álbumes de fotos y

hacerme una idea razonable de cómo era yo cuando tema tres años, o

cuando era un recién nacido.

—¿Ves lo que te digo? Pero lo que hay antes de nacer y lo que hay

después de la muerte… De eso no sabemos nada.

—¿Después de la muerte? Cuando mueres, se acabó, simplemente

desapareces. No hay nada más, ¿no?

—Eh, ¿has estado muerto alguna vez?

—No —Asakawa negó con la cabeza con expresión seria.

—Bueno, entonces no lo sabes, ¿verdad? No sabes adonde vas

después de la muerte.

—¿Estás diciendo que existen los espíritus?

—Mira, lo único que puedo decir es que no lo sé. Pero cuando

hablas del nacimiento de la vida, creo que las cosas resultan un poco

más fáciles si postulas la existencia de un alma. Ninguna de las

paparruchas de la biología molecular moderna parece ser realmente

cierta. ¿De qué hablan en realidad? «Coge centenares de distintas

clases de aminoácidos, ponlos en un cuenco, mézclalos todos, añade un

poco de electricidad… y voila, aparecen las proteínas, el ladrillo con que

está hecha la vida». ¿Y realmente esperan que nos creamos eso? Lo

mismo podrían decirnos que somos hijos de Dios… Por lo menos eso

sería más fácil de digerir. Lo que creo es que hay una clase

completamente distinta en funcionamiento en el momento de nacer.

Casi como si hubiera cierta voluntad implicada.

Ryuji pareció acercarse un poco a Asakawa, pero de pronto cambió

de tema.

—Por cierto, no he podido evitar ver que te quedaste enfrascado en

la obra del profesor cuando estábamos en el Recinto Memorial. ¿Has

encontrado algo interesante?

Ahora que lo mencionaba, Asakawa recordó que había empezado a

leer algo. «El pensamiento tiene energía, y esa energía…»

—Creo que ponía algo sobre el hecho de que el pensamiento es

energía.

—¿Y qué más?

—No tuve tiempo de terminar de leerlo.

—Je, je. Es una lástima. Estabas llegando a lo mejor. Me hacía

mucha gracia el profesor y esa forma que tenía de plantear con total

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seriedad cosas que escandalizan a la gente normal. Lo que el viejo

decía, básicamente, es que las ideas son formas de vida y tienen

energía propia.

—¡Eh? ¿Qué quieres decir, que los pensamientos que tenemos en la

cabeza se pueden convertir en seres vivos?

—Eso viene a ser lo que decía.

—Bueno, es una sugerencia un poco radical.

—Lo es, ciertamente, pero desde antes de Cristo se han sugerido

ideas parecidas. Supongo que puedes considerarlo simplemente una

teoría distinta de la vida.

Después de decir aquello, Ryuji pareció que de pronto perdía

interés en la conversación y devolvió la vista al mapa.

Asakawa entendía lo que estaba diciendo Ryuji, por lo menos en su

mayor parte, pero no le encajaba muy bien. «Puede que no seamos

capaces de explicar científicamente lo que nos espera. Pero es real, y

como es real tenemos que considerarlo un fenómeno real y tratarlo

como tal, aunque no entendamos sus causas ni sus efectos. Lo que

tenemos que hacer ahora es concentrarnos en descifrar el enigma del

sortilegio y salvar el pellejo, no en descifrar todos los secretos del

mundo sobrenatural». Puede que Ryuji tuviera bastante razón. Pero lo

que Asakawa necesitaba de él eran respuestas más claras.

Cuanto más se alejaban hacia el mar más empeoraban las

sacudidas del barco y a Asakawa empezó a preocuparle la posibilidad de

marearse. Cuanto más pensaba en ello más creía notar una sensación

de hormigueo en el estómago. Ryuji, que había estado dormitando,

levantó la cabeza de pronto y miró fuera. El mar estaba arrojando olas

de color gris oscuro, y a lo lejos pudieron ver la sombra tenue de la isla.

—¿Sabes, Asakawa? Hay algo que me preocupa.

—¿Qué?

—Los cuatro chavales que murieron en el bungalow, ¿por qué no

intentaron llevar a cabo el sortilegio?

Otra vez.

—¿No es obvio? No creyeron en el vídeo.

—Bueno, eso era lo que yo pensaba. Eso explica por qué gastaron

una broma como borrar el sortilegio. Pero acabo de recordar un viaje

que hice con el equipo de atletismo del instituto. Saito irrumpió en plena

noche en la habitación. Te acuerdas de Saito, ¿no? Estaba un poco mal

de la cabeza. Éramos doce en el equipo y todos dormíamos juntos en la

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misma habitación. Y aquel idiota entró corriendo, con los dientes

rechinando, y gritó: «¡He visto un fantasma!». Abrió la puerta del baño

y vi a una niña agachada detrás de la papelera del lavabo: estaba

llorando. Así pues, dejándome de lado a mí, ¿cómo crees que

reaccionaron los otros diez tipos?

—Probablemente la mitad se lo creyeron y la mitad se burlaron.

Ryuji negó con la cabeza.

—Eso es lo que pasaría en una película de terror, o en la tele. Al

principio nadie se lo toma en serio pero luego el monstruo los va

pillando uno tras otro, ¿no? Pero en la vida real todo es distinto. Todos

ellos, sin excepción, lo creyeron. Los diez. Y no porque los diez fueran

especialmente gallinas. Se podría hacer la prueba con cualquier grupo

de gente y se obtendrían los mismos resultados. En los humanos hay

incorporado un sentido fundamental del terror, a un nivel instintivo.

—Así pues, lo que estás diciendo es que es muy extraño que los

cuatro jóvenes no creyeran en el vídeo.

Mientras escuchaba la historia de Ryuji, Asakawa estaba

recordando la cara de su hija cuando lloró al ver la máscara del

demonio. Recordó lo perplejo que se había quedado: ¿cómo había

averiguado la niña que la máscara tenía que dar miedo?

—Mmm… Bueno, las escenas del vídeo no cuentan ninguna historia,

y no todas dan miedo. Así que supongo que es posible no darles crédito.

Pero al menos los cuatro jóvenes se quedaron preocupados, ¿no? Si te

dijeran que llevar a cabo un sortilegio te salvaría la vida, aunque no

creyeras en ello, ¿no te da la sensación de que deberías intentarlo de

todos modos? Yo esperaría que por lo menos uno de ellos rompiera

filas. O sea, aunque ese uno o esa una se empeñara en hacerse el

valiente delante de los demás, siempre podría llevar a cabo el sortilegio

en secreto después de volver a Tokio.

Asakawa se sintió peor todavía. Él también se había preguntado lo

mismo. «¿Y si el sortilegio resulta ser algo imposible?»

—Así que tal vez era algo que no podían llevar a cabo, así que se

convencieron a sí mismos de que no creían en ello… A Asakawa se le

ocurrió un ejemplo: ¿y si una mujer asesinada dejara un mensaje en el

mundo de los vivos con el propósito de conseguir que alguna otra

persona la vengara y de esa forma quedarse en paz?

—Je, je. Sé qué estás pensando. ¿Qué harías en ese caso?

Asakawa se lo preguntó a sí mismo: si el sortilegio incluyera la orden de

matar a alguien, ¿sería capaz de hacerlo? ¿Sería capaz de matar a un

total desconocido para salvar su vida? Pero lo que más le preocupaba

era, llegado el caso, quién sería el que llevara a cabo el sortilegio. Negó

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con la cabeza, furioso. «Deja de pensar en estupideces». De momento

lo único que podía hacer era rezar porque los deseos de aquella tal

Sadako Yamamura fueran algo que se pudiera cumplir.

El perfil de la isla se iba volviendo más claro. El muelle del puerto

de Motomachi se fue haciendo lentamente visible.

—Escucha, Ryuji, tengo que pedirte un favor —dijo Asakawa con

tono grave.

—¿Qué?

—Si no lo consigo a tiempo… o sea… —Asakawa no pudo reunir el

valor necesario para usar la palabra «morir»—. Y si al día siguiente tú

descubres el sortilegio, ¿podrías…? Ya sabes, están mi mujer y mi hija.

Ryuji lo interrumpió.

—Por supuesto. Déjalo en mis manos. Yo me encargo de salvar a la

mujecita y a la pequeñaja.

Asakawa sacó una tarjeta de visita y escribió un número de

teléfono en el dorso.

—Voy a enviarlos a casa de los padres de ella en Ashikaga hasta

que resolvamos esto. Este es el número. Te lo doy ahora, antes de que

se me olvide.

Ryuji se metió la tarjeta en el bolsillo sin ni siquiera mirarla.

En aquel preciso momento llegó el anuncio de que habían atracado

en el puerto de Motomachi, en la isla de Oshima. Asakawa tenía

intención de llamar a su casa desde los mismos muelles y convencer a

su mujer de que se fuera una témporadita a casa de sus padres. No

sabía cuándo iba a volver a Tokio. ¿Quién lo sabía? Puede que se le

acabara el tiempo allí, en Oshima. No podía soportar la idea de su

familia sola y aterrada en su pequeño apartamento.

Mientras bajaban por la pasarela, Ryuji preguntó:

—Eh, Asakawa, ¿realmente son tan importantes una esposa y una

criatura?

Era una pregunta muy poco propia de Ryuji. Asakawa no pudo

aguantar la risa al responder:

—Algún día lo descubrirás.

Pero realmente Asakawa no pensaba que Ryuji fuera capaz de

tener hijos como cualquier otra persona.

7

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El viento era más fuerte allí, en el muelle de Oshima, que en el

embarcadero de Atami. En el cielo las nubes avanzaban a toda prisa

hacia el este, mientras que en el suelo bajo sus pies el embarcadero de

cemento temblaba bajo el embate de las olas que rompían contra él. La

lluvia no era muy fuerte, pero las gotas que arrastraba el viento

golpeaban frontalmente la cara de Asakawa. Ninguno de ellos llevaba

paraguas. Se metieron las manos en los bolsillos y se encorvaron hacia

delante mientras caminaban a toda prisa por el muelle, por encima del

océano.

A los turistas les esperaban isleños sosteniendo letreros de

compañías de alquiler de coches o anuncios de pensiones. Asakawa

estiró el cuello y buscó con la vista a la persona que suponía que había

venido a buscarlos. Antes de embarcar en el puerto de Atami, Asakawa

se había puesto en contacto con su oficina y había pedido el número de

teléfono de la oficina de Oshima y había conseguido finalmente la ayuda

de un corresponsal llamado Hayatsu. Ninguna de las empresas

informativas nacionales tenía despachos permanentes en Oshima, lo

que hacían era contratar a nativos como corresponsales a tiempo

parcial. Aquellos corresponsales se mantenían al corriente de los

eventos locales, cubrían cualquier incidente digno de mención o

cualquier episodio interesante e informaban de ellos a la oficina central.

También eran responsables de ayudar a los reporteros que llegaran a la

isla a cubrir una historia. Hayatsu había trabajado para El Heraldo antes

de retirarse a Oshima. Su territorio no se limitaba a Oshima, sino que

abarcaba las siete islas del archipiélago de Izu, y si pasaba cualquier

cosa no tenía que esperar a que llegara un reportero de la central, sino

que podía enviar sus artículos. Hayatsu tenía una red de contactos en la

isla, así que su cooperación prometía acelerar la investigación de

Asakawa.

Hayatsu se había puesto al teléfono en persona y había respondido

positivamente a la petición de Asakawa, prometiéndole que iría a

buscarlo al muelle. Como no se conocían de nada, Asakawa se había

descrito a sí mismo y le había dicho que viajaba con un amigo.

Ahora oyó una voz tras su espalda.

—Perdone, ¿es usted el señor Asakawa?

—Sí.

—Soy Hayatsu, el corresponsal en Oshima —Les ofreció sendos

paraguas y sonrió cordialmente.

—Siento importunarle de esta forma. Agradecemos mucho su

ayuda.

Mientras iban con paso rápido hacia el coche de Hayatsu, Asakawa

le presentó a Ryuji. El viento era tan estridente que apenas pudieron

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hacerse oír por encima del mismo hasta que se metieron dentro del

vehículo. Era un utilitario pero sorprendentemente espacioso. Asakawa

ocupó el asiento del pasajero y Ryuji el de atrás.

—¿Vamos directamente a la casa de Takashi Yamamura? —

preguntó Hayatsu con las dos manos en el volante. Tenía más de

sesenta años y una buena mata de pelo en la cabeza, aunque una gran

parte era gris.

—¿O sea que ya ha encontrado usted a la familia de Sadako

Yamamura?

Asakawa ya le había dicho a Hayatsu por teléfono que habían

venido a investigar a alguien con ese nombre.

—El pueblo es pequeño. Cuando dijo usted que era una Yamamura

de Sashikiji, enseguida supe quién era. Aquí solamente hay una familia

con ese apellido. Yamamura es un pescador que en verano usa su casa

como casa de huéspedes. ¿Qué le parece? Podemos conseguir que lo

aloje a usted allí esta noche. Por supuesto, también es bienvenido en mi

casa, pero es un poco pequeña y descuidada. Estoy seguro de que no se

sentiría usted cómodo allí.

Hayatsu se rió. Vivía solo con su mujer, pero no estaba

exagerando: era verdad que no tenían sitio para que durmieran dos

invitados.

Asakawa devolvió la mirada a Ryuji.

—Me parece bien.

El pequeño coche de Hayatsu aceleró rumbo al distrito de Sashikiji,

en la punta sur de la isla. Es decir, aceleró tanto como pudo: la

Carretera Circular de Oshima que daba la vuelta a la isla era demasiado

estrecha y las curvas eran demasiado cerradas para ir muy deprisa. La

enorme mayoría de coches con los que se cruzaban también eran

utilitarios. A intervalos su campo de visión se despejaba a su derecha y

aparecía ante ellos el océano, y en aquellos momentos el sonido del

viento cambiaba. El mar era oscuro, reflejaba el color intenso y plomizo

del cielo y se agitaba violentamente, levantando olas de cresta blanca.

Si no fuera por aquellos pequeños destellos blancos, habría sido difícil

distinguir dónde terminaba el cielo y donde empezaba el mar, o donde

terminaba el mar y dónde empezaba la tierra. Cuanto más miraban en

aquella dirección, más deprimente resultaba. La radio emitió una alerta

de tifones, y el coche se adentró en parajes todavía más oscuros.

Viraron a la derecha en una bifurcación de la carretera y entraron

inmediatamente en un túnel de camelias. Debajo de las camelias vieron

raíces expuestas, enmarañadas y arrugadas. Los largos años de

exposición al viento y la lluvia habían erosionado parte del suelo de las

plantas. Ahora estaban empapadas por la lluvia: a Asakawa le dio la

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impresión de que avanzaban a todo gas por los intestinos de un

monstruo enorme.

—Sashikiji está recto por ahí —dijo Hayatsu—. Pero creo que esa

tal Sadako Yamamura ya no vive aquí. Takashi Yamamura les puede dar

los detalles. Por lo que tengo entendido es primo de la madre de

Sadako.

—¿Qué edad debe de tener ahora Sadako? —preguntó Asakawa.

Ryuji llevaba un buen rato encogido en el asiento de atrás, sin decir

una palabra.

—Mmm… Yo nunca la he conocido en persona. Pero si sigue viva,

debe de andar por los cuarenta y dos o cuarenta y tres años.

¿Si sigue viva? Asakawa se preguntó por qué Hayatsu había usado

aquella expresión. ¿Acaso estaba desaparecida? De pronto se sentía

lleno de dudas. ¿Y si habían hecho todo el viaje a Oshima solo para

descubrir que nadie sabía si estaba viva o muerta? ¿Y si aquel lugar era

un callejón sin salida?

El coche aparcó finalmente delante de una casa de dos pisos con un

letrero que decía «Villa Yamamura». Estaba situada en una suave

pendiente desde la que se dominaba el océano. Sin duda, cuando hacía

buen tiempo la vista era espléndida. En perspectiva podían distinguir el

contorno triangular de una isla. Se trataba de Toshima.

—Cuando hace buen tiempo, desde aquí se ven Nijima, Shikinejima

y hasta Kozushima —dijo Hayatsu con orgullo, señalando hacia el sur

por encima del mar.

8

—¿Investigar? ¿Qué tengo que investigar exactamente sobre esa

mujer?

«¿Se unió a la compañía en mil novecientos sesenta y cinco? Tú

estás de broma… De eso hace veinticinco años —Yoshino estaba

despotricando para sí mismo—. Ya es bastante difícil rastrear los pasos

de un criminal un año después de los hechos. ¡Pero veinticinco años!»

—Necesitamos cualquier información que puedas encontrar.

Queremos saber qué clase de vida llevaba esa mujer, lo que está

haciendo ahora mismo y cuáles son sus deseos.

Yoshino solamente pudo suspirar. Se colocó el auricular entre la

oreja y el hombro y cogió un cuaderno que había al borde del escritorio.

—¿Y cuántos años tenía en aquella época?

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—Dieciocho. Terminó el instituto en Oshima y fue directamente a

Tokio, donde su unió a una compañía de teatro llamada compañía

teatral Vuelo Libre.

—¿En Oshima? —Yoshino dejó de escribir y frunció el ceño—. Por

cierto, ¿desde dónde estás llamando?

—Desde un sitio que se llama Sashikiji, en la isla de Ozu Oshima.

—¿Y cuándo piensas volver?

—En cuanto pueda.

—¿Te das cuenta de que se acerca un tifón hacia allí?

Por supuesto, a Asakawa no le pasaba aquello por alto, estando

como estaba en plena trayectoria del tifón, pero para Yoshino toda la

situación había empezado a adquirir un aire de irrealidad que le había

empezado a parecer divertida. Faltaban dos noches para la «fecha

límite» y Asakawa estaba empantanado en Oshima y tal vez sin

posibilidad de escapar.

—¿Has oído algún parte meteorológico? —Asakawa seguía sin

conocer muchos detalles.

—Bueno, no estoy seguro, pero por la pinta que tiene, me imagino

que no va a despegar ningún vuelo y que van a suspender el transporte

oceánico.

Asakawa había estado demasiado ocupado siguiendo la pista de

Sadako Yamamura como para enterarse de alguna información fiable

sobre el tifón. Desde que puso el pie en el muelle de Oshima le había

dado mala espina, pero ahora que había salido a colación la posibilidad

de quedarse allí varado, de pronto le entró una sensación de urgencia.

—Eh, bueno, no te preocupes. Todavía no han cancelado nada —

Yoshino intentó ser positivo. Luego cambió de tema—. Así pues, esa

mujer… Sadako Yamamura. ¿Has comprobado su historia hasta que

tenía dieciocho años?

—Más o menos —contestó Asakawa, consciente del ruido del viento

y las olas dentro de la cabina telefónica.

—No es la única pista que tienes, ¿no? Debes de tener algo además

de esa compañía teatral Vuelo Libre.

—No, es la única. Sadako Yamamura, nacida en Sashikiji, en la isla

de Izu Oshima, en mil novecientos cuarenta y siete, hija de Shizuko

Yamamura… Eh, toma nota de ese nombre. Shizuko Yamamura. En mil

novecientos cuarenta y siete tenía veintidós años. Dejó a su bebé,

Sadako, con su abuela y se escapó a Tokio.

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—¿Por qué dejó al bebé en la isla?

—Había un hombre. Toma nota también de esto: Heihachiro

Ikuma. En aquella época era profesor ayudante de psiquiatría. Y era el

amante de Shizuko Yamamura.

—¿Quiere eso decir que Sadako es la hija de Shizuko e Ikunia?

—No he podido encontrar pruebas, pero creo que podemos darlo

por sentado.

—Y no estaban casados, ¿verdad?

—Exacto. Heihachiro Ikuma ya tenía una familia.

Así que había sido una aventura ilícita. Yoshino chupó la punta de

su lápiz.

—Muy bien, te sigo. Continúa.

—A principios de mil novecientos cincuenta, Shizuko regresó de

repente a su pueblo natal por primera vez en tres años. Se reunió con

su hija Sadako y vivió aquí una temporada. Pero a finales del año volvió

a fugarse y esa vez se llevó con ella a Sadako. Durante los siguientes

cinco años nadie supo dónde estaban Shizuko y Sadako ni qué estaban

haciendo. Pero a mediados de la década de mil novecientos cincuenta,

el primo de Shizuko, que todavía vivía en la isla, oyó el rumor de que

Shizuko se había hecho famosa de alguna forma.

—¿Estuvo involucrada en alguna clase de incidente?

—No está claro. El primo dice solamente que empezó a oír cosas

sobre Shizuko, habladurías. Pero cuando le di mi tarjeta y vio que yo

trabajaba para un periódico, me dijo: «Si es usted periodista,

probablemente sepa más del asunto que yo». Por la forma en que me

habló, parece que entre mil novecientos cincuenta y mil novecientos

cincuenta y cinco Shizuko y Sadako estuvieron involucradas en algo que

causó revuelo en los medios de comunicación. Pero las noticias de

Honshu llegaban con dificultades a la isla…

—O sea que quieres que yo averigüe por qué salieron en las

noticias.

—Me lees la mente. *.

—Idiota. Era obvio. ~

—Hay más. En mil novecientos cincuenta y seis Shizuko regresó a

la isla, arrastrando con ella a Sadako. La madre estaba tan demacrada

que parecía otra persona y no contestó a ninguna de las preguntas de

su primo. Se cerró en banda y se dedicó a farfullar cosas incoherentes.

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Luego, un día, se suicidó arrojándose al monte Mihara, el volcán. Tenía

treinta y un años.

—Así que también tengo que averiguar por qué Shizuko se suicidó.

—Si te parece bien.

Sin dejar el auricular, Asakawa hizo una reverencia. Si terminaba

varado en aquella isla, Yoshino iba a ser su única esperanza. Asakawa

lamentaba que él y Ryuji hubieran viajado hasta allí de forma tan

despreocupada. Ryuji bien podría haber investigado él solo un villorrio

como Sashikiji. Habría sido más eficaz que Asakawa se quedara en

Tokio, esperara a que Ryuji contactara con él y luego se reuniera con

Yoshino para seguir las pistas encontradas.

—Muy bien, haré lo que pueda. Pero creo que me falta un poco de

ayuda por aquí.

—Llamaré a Oguri y le pediré que te envíe a alguna gente.

—Eso sería genial.

Una cosa era decirlo, por supuesto, pero Asakawa no confiaba

mucho en la idea. Su redactor jefe siempre se estaba quejando de no

tener personal suficiente. Asakawa dudaba mucho que estuviera

dispuesto a transferir personal a un caso como aquel.

—Así que su madre se suicidó y Sadako se quedó en Sashikiji, a

cargo del primo de su madre. Y ahora ese primo ha convertido su casa

en una casa de huéspedes.

Estuvo a punto de decir que él y Ryuji se estaban alojando

precisamente en aquel lugar, pero decidió que era un detalle

innecesario.

—Al año siguiente, Sadako, que iba a cuarto de primaria, se hizo

famosa en su escuela prediciendo la erupción del monte Mihara. ¿Lo has

oído? El monte Mihara entró en erupción en mil novecientos cincuenta y

siete, el mismo día y a la misma hora que Sadako había predicho.

—Eso sí es impresionante. Si tuviéramos una mujer así no

necesitaríamos al Comité de Coordinación para la Predicción de

Terremotos.

Como resultado del cumplimiento de su predicción, su fama se

extendió por toda la isla y llegó hasta la red del profesor Miura. Pero

Asakawa se imaginó que no necesitaba explicar todo aquello. Lo que

importaba ahora era…

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—Después de eso, los isleños empezaron a acudir a Sadako para

que les predijera el futuro. Pero ella rechazó todas las peticiones. Les

decía una y otra vez que no tenía poder para aquello.

—¿Por modestia?

—¿Quién sabe? Luego, cuando terminó el instituto, se marchó a

Tokio como si no aguantara un minuto más aquí. Los parientes que se

habían estado haciendo cargo de ella no recibieron más que una postal.

La postal decía que había aprobado el examen y que la habían aceptado

en la compañía teatral Vuelo Libre. Y hasta hoy no han oído noticias de

ella. No hay ni un alma en la isla que sepa dónde está o a qué se

dedica.

—En otras palabras, la única pista que tenemos, el único rastro que

dejó, es esa compañía teatral Vuelo Libre.

—Me temo que sí.

Muy bien, déjame ver si lo he entendido. Lo que se supone que

tengo que averiguar es: por qué salió Shizuko Yamamura en las

noticias, por qué se tiró a un volcán y adonde fue su hija y qué hizo

después de entrar en una compañía teatral a los dieciocho años. En

otras palabras, que lo averigüe todo sobre la madre y todo sobre la hija.

Nada más que esas dos cosas.

—Eso es.

—¿Cuál primero? '

—¿Eh?

—Te pregunto si quieres que empiece primero por la madre o por

la hija. No te queda mucho tiempo, ya sabes.

El asunto más urgente, claramente, era qué había sido de Sadako.

—¿Podrías empezar con la hija?

—Vale. Supongo que mañana a primera hora iré a las oficinas de la

compañía teatral Vuelo Libre.

Asakawa se miró el reloj. Pasaba un poco de las seis de la tarde.

Todavía quedaba mucho tiempo antes de que cerraran un local de

ensayos.

—Eh, Yoshino. Mañana no. Intenta hacerlo esta noche.

Yoshino dejó escapar un suspiro y negó con la cabeza.

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—Mira, Asakawa. Yo también tengo trabajo que hacer, ¿sabes? ¿No

se te había ocurrido? Tengo una montaña de cosas que escribir antes de

mañana. Ni siquiera mañana me viene…

Yoshino perdió el hilo. Si continuaba por aquel camino parecería

que estaba intentando demasiado que Asakawa se sintiera en deuda.

Siempre se preocupaba de mantener la compostura en situaciones

como aquella.

—Por favor, te lo suplico. O sea, mi fecha límite es pasado mañana.

Sabía cómo funcionaban las cosas en su profesión, y tenía miedo

de insistir demasiado. Lo único que podía hacer era esperar en silencio

a que Yoshino tomara una decisión.

—Pero… Ah, qué demonios. Intentaré hacerlo esta noche. Pero no

te prometo nada.

—Gracias. Te debo una —Asakawa hizo una reverencia y se dispuso

a colgar.

—Espera un momento. Hay algo importante que todavía no te he

preguntado.

—¿Qué?

—¿Qué relación puede haber entre lo que viste en el vídeo y esta

tal Sadako Yamamura?

Asakawa hizo una pausa.

—No te lo creerías ni aunque te lo contara.

—A ver.

—Esas imágenes no las grabó una cámara de vídeo —Asakawa se

detuvo un momento largo para que el cerebro de Yoshino asimilara sus

palabras—. Esas imágenes son cosas que Sadako vio con sus ojos y

cosas que se imaginó, fragmentos presentados uno detrás de otro sin

nada que los contextualice.

—¿Eh? —Yoshino se quedó momentáneamente sin habla.

—¿Lo ves? Ya te dije que no te lo creerías.

—¿Quieres decir que son como fotos psíquicas?

—La expresión se queda corta. La verdad es que ella hizo que

aquellas imágenes aparecieran en un tubo catódico. Proyectó imágenes

en movimiento en una tele.

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—¿Qué es esa mujer, un agencia de producción? —Yoshino se rió

de su propia broma. Asakawa no se enfadó. Entendía por qué Yoshino

tenía que bromear. Escuchó en silencio la risa despreocupada de su

amigo.

21.40 h. Mientras subía las escaleras de la estación de Yotsuya

Sanchome de la línea Marunouchi del metro, una ráfaga de viento

amenazó con hacerle volar el gorro a Yoshino y tuvo que volver a

ponérselo en la cabeza con las dos manos. Miró a su alrededor en busca

del cuartel de los bomberos que se suponía que tenía que usar como

punto de referencia. Estaba allí mismo, en la esquina. Bajó la calle y al

cabo de un minuto llegó a su destino.

En la acera había un letrero que decía: «Compañía teatral Vuelo

Libre». Junto al mismo, unas escaleras llevaban a un sótano, desde

cuyas profundidades salían voces de hombres y mujeres jóvenes, en

una mezcolanza de canciones y recitados. Probablemente tenían una

representación cerca y planeaban ensayar hasta que salieran los últimos

trenes. No le hacía falta ser periodista cultural para imaginárselo. Pero

se pasaba la mayor parte del tiempo investigando crímenes. Tuvo que

admitir que se le hacía un poco raro visitar el local de ensayos de una

compañía de teatro.

Las escaleras que daban al sótano estaban hechas de acero y cada

paso arrancaba un golpeteo metálico. Si los miembros fundadores de la

compañía no recordaban a Sadako Yamamura, el hilo se rompería, y la

vida de aquella vidente, en la que se apoyaban todas sus esperanzas,

se volvería a sumir en la oscuridad. La compañía teatral Vuelo Libre se

había fundado en 1957, y Sadako se había unido a ellos en 1965. En la

actualidad solamente quedaban cuatro miembros fundadores, entre

ellos un tipo llamado Uchimura, un autor teatral y director que hacía de

portavoz del grupo.

Yoshino le dio la tarjeta a un becario veinteañero que estaba de pie

en la entrada de la sala de ensayos y le pidió que llamara a Uchimura.

—Tiene una visita de El Heraldo, señor —El becario habló con voz

resonante de actor, llamando al director, que estaba sentado en una

punta de la sala observando las interpretaciones de todos.

Uchimura se dio la vuelta, sorprendido. Al enterarse de que su

visitante era periodista, se acercó a Yoshino con una sonrisa de oreja a

oreja. Todas las compañías teatrales trataban a la prensa con gran

cortesía. Incluso la más pequeña mención en la columna de arte de un

periódico podía suponer una gran diferencia en venta de entradas. A

una sola semana de la noche del estreno, dio por sentado que el

periodista había venido a echar un vistazo a los ensayos. El Heraldo

nunca le había prestado mucha atención, así que Uchimura se mostró

encantador y decidido a aprovechar la ocasión al máximo. Pero en

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cuanto supo la verdadera razón de la visita de Yoshino, Uchimura

pareció perder repentinamente todo interés en él. De pronto estaba

extremadamente ocupado. Miró alrededor de la sala hasta que divisó un

actor más bien bajito de cincuenta y tantos años, sentado en una silla.

—Ven un momento, Shin —llamó con voz chillona al hombre. Algo

en el tono demasiado familiar con que se dirigió a aquel actor de

mediana edad (o tal vez fue su voz afeminada, combinada con sus

brazos y piernas largos y desgarbados) puso los pelos de punta al

musculoso Yoshino. «Este tipo es distinto», pensó.

—Shin, cariño, tú no entras hasta el segundo acto. Sé bueno y

habíale a este hombre de Sadako Yamamura. Te acuerdas de aquella

chica tan siniestra, ¿no?

A Yoshino le resultaba familiar la voz de Shin, en los doblajes en

japonés de las películas occidentales en la tele. Shin Arima era más

conocido como doblador que como actor teatral. Y era otro de los

miembros originales que seguían en la compañía.

—¿Sadako Yamamura? —Arima se rascó la calva incipiente

mientras intentaba buscar en su memoria de veinticinco años atrás—.

Ah, aquella Sadako Yamamura —Hizo una mueca. Era evidente que

aquella mujer había dejado una impresión profunda en él.

—¿Te acuerdas? Bueno, pues yo estoy aquí ensayando, así que

llévalo a mi camerino, ¿quieres? —Uchimura hizo una pequeña

reverencia y regresó con los actores reunidos. Para cuando llegó al sitio

donde había estado sentado, ya volvía a ser el regio director.

Arima abrió una puerta con un letrero que decía «Presidente»,

señaló un sofá de cuero y dijo:

—Siéntese.

Si aquel era el despacho del director, quería decir que la compañía

estaba organizada como una empresa. Sin duda, el director hacía

también de presidente.

—Así pues, ¿qué le trae en medio de una tormenta como esta?

La cara de Arima estaba ruborizada y sudorosa de los ensayos,

pero en lo más profundo de sus ojos asomaba una sonrisa. El director

parecía la clase de persona que siempre estaba sopesando los motivos

ajenos mientras conversaba, pero Arima era de esos tipos que

contestan con honestidad a todo lo que les preguntas, sin ocultar nada.

Una entrevista podía ser fácil o dolorosa dependiendo de la personalidad

del entrevistado.

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—Siento importunarlos cuando están tan ocupados —Yoshino se

sentó y sacó su cuaderno. Asumió su postura habitual, con el bolígrafo

en la mano derecha.

—Ya no esperaba volver a oír nunca el nombre de Sadako

Yamamura. Hace una eternidad…

Arima estaba rememorando su juventud. Echaba de menos la

energía juvenil que había tenido cuando se marchó de la compañía de

teatro comercial en la que había estado y fundó una compañía nueva

con sus amigos.

—Señor Arima, cuando hace unos minutos usted ha recordado el

nombre por el que le preguntaba, ha dicho «aquella Sadako

Yamamura». ¿Qué ha querido decir con eso?

—Aquella chica, déjeme ver, ¿cuándo fue que se unió a nosotros?

Creo que llevábamos pocos años funcionando. La compañía estaba

apenas despegando, y cada año teníamos más chavales que querían

venir con nosotros. En todo caso, aquella Sadako era extraña.

—¿En qué sentido era extraña?

—Mmm… —Arima se llevó la mano a la mandíbula y pensó un

momento. «Ahora que lo pienso, ¿por qué me da la impresión de que

era extraña?»

—¿Tenía algo especial, algo que destacara?

—No, si uno la miraba, era una chica normal. Bastante alta,

callada. Siempre estaba sola.

—¿Sola?

—Bueno, normalmente los becarios intiman mucho entre ellos. Pero

ella nunca intentó relacionarse con los demás.

—En todas las compañías siempre había alguien así. A Yoshino le

costaba imaginar que aquello era lo único que la hiciera destacar.

—¿Cómo la describiría usted con una sola palabra?

—¿Con una palabra? Mmm… diría que era inquietante.

La había definido como «inquietante» sin dudarlo. Y Uchimura la

había llamado «aquella chica tan siniestra». Yoshino no pudo evitar

sentir lástima por una joven soltera de dieciocho años a la que todo el

mundo calificaba de inquietante. Empezaba a imaginarse una mujer de

aspecto grotesco.

—¿Qué era lo que la hacía inquietante?

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Ahora que se paraba a considerarlo, a Arima le pareció raro que

sus recuerdos de una becaria que solamente estuvo allí durante un año

hacía un cuarto de siglo pudieran parecerle tan recientes. En el fondo de

su mente había algo que retenía su fuerza. Algo había pasado, algo que

había servido para fijar aquel nombre en su memoria.

—Ah, sí, ya me acuerdo. Fue en esta misma sala.

Arima examinó el despacho del presidente. Ahora que rememoraba

el incidente, podía recordar con nitidez incluso la disposición de los

muebles en aquella época, cuando aquella sala todavía se usaba como

despacho central.

—Mire usted, hemos ensayado en este espacio desde que

empezamos, pero antes era mucho más pequeño. Esta sala en la que

estamos ahora era nuestro despacho central. Ahí había taquillas, y

teníamos una mampara de cristal esmerilado por aquí… Exacto, y ahí

había un televisor… Bueno, ahora tenemos otro distinto —Arima iba

señalado mientras hablaba.

—¿Un televisor? —Yoshino frunció el entrecejo y cogió el bolígrafo

con más fuerza.

—Sí. Uno de aquellos antiguos en blanco y negro.

—Vale. ¿Y qué pasó? —Yoshino lo apremió a que continuara.

—Se había acabado el ensayo y casi todo el mundo se había ido a

casa. Yo no estaba contento con una de mis líneas, así que vine a

repasar mi papel otra vez. Estaba justo ahí… —Arima señaló la puerta—.

Estaba ahí de pie, mirando la sala, y a través del cristal esmerilado vi

que la tele parpadeaba. Y pensé, bueno, hay alguien viendo la tele. Y no

me equivocaba, no. Estaba al otro lado de la mampara, así que yo no

podía ver qué había en la pantalla, pero sí que veía la luz temblorosa en

blanco y negro. No había sonido. La sala estaba oscura y al pasar al

otro lado de la pantalla me pregunté quién estaría delante de la tele y

miré la cara de aquella persona. Era Sadako Yamamura. Pero cuando

llegué al otro lado de la mampara y me puse a su lado, en la pantalla no

había nada. Por supuesto, yo simplemente di por sentado que la

acababa de apagar. En aquel momento todavía no tenía dudas. Pero…

Arima parecía reticente a continuar.

—Por favor, continúe.

—Hablé con ella. Le dije: «Será mejor que te vayas a casa deprisa,

antes de que dejen de funcionar los trenes». Y encendí la lámpara de la

mesa. Pero no se encendía. Miré y vi que no estaba enchufada. Me

agaché para enchufarla y fue entonces cuando me di cuenta: el

televisor tampoco estaba enchufado.

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Arima recordaba con nitidez el escalofrío que le había recorrido la

espalda cuando vio el enchufe tirado en el suelo.

Yoshino quería confirmar lo que acababa de oír.

—¿Y está seguro de que el televisor estaba encendido a pesar de

estar desenchufado?

—Así es. Aquello me hizo temblar, se lo aseguro. Levanté la cabeza

s:n pensarlo y miré a Sadako. ¿Qué estaba haciendo allí sentada,

delante de un televisor desenchufado? No me miró directamente, sino

que siguió con la vista clavada en la pantalla y una débil sonrisa en los

labios.

Arima parecía recordar hasta el detalle más pequeño. Estaba claro

que el episodio le había dejado una huella profunda.

—¿Y se lo contó a alguien?

—Naturalmente. Se lo conté a Uchy… Es decir, a Uchimura, el

director, al que acaba de conocer… Y también a Shigemori.

—¿El señor Shigemori?

—Él fue el verdadero fundador de la compañía. En realidad,

Uchimura es nuestro número dos.

—Aja. ¿Y cómo reaccionó el señor Shigemori al oír su historia?

—En aquel momento estaba jugando al mahjongg, pero se quedó

fascinado. Siempre sintió debilidad por las mujeres, y parecía que a ella

llevaba un tiempo observándola, planeando hacerla suya. Y aquella

noche, después de beber varias copas, empezó a decir locuras, a decir:

«Esta noche voy a entrar en el apartamento de Sadako». No supimos

qué hacer. No eran más que tonterías de borracho. No nos las podíamos

tomar demasiado en serio, pero tampoco le podíamos seguir la

corriente. Al cabo de un rato todo el mundo se fue a casa y Shigemori

se quedó solo. Y al final nunca supimos si había ido al apartamento de

Sadako aquella noche o no. Porque al día siguiente, cuando Shigemori

apareció en el local de ensayos, parecía una persona completamente

distinta. Estaba pálido y silencioso, y se limitó a quedarse sentado sin

decir nada en absoluto. Luego se murió, allí mismo, como si se hubiera

quedado dormido. Yoshino levantó la vida, asombrado.

—¿Cuál fue la causa de la muerte?

—Parálisis cardíaca. Hoy lo llaman «fallo cardíaco súbito», creo. Se

estaba forzando al máximo para estar listo para el estreno y creo que

fue más allá de sus fuerzas.

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—Así que básicamente nadie sabe si pasó algo entre Sadako y

Shigemori.

Yoshino insistió y Arima asintió con firmeza. No era de extrañar

que Sadako hubiera dejado una huella tan profunda, pensó Yoshino.

—¿Y qué pasó con ella después de aquello?

—Dejó la compañía. Creo que solamente estuvo con nosotros un

año o dos.

—¿Y qué hizo después de marcharse?

—Me temo que no le puedo ayudar con esa pregunta.

—¿Qué hace la mayoría de la gente cuando se marcha de una

compañía teatral?

—La gente que tiene verdadera vocación se une a otra compañía.

—¿Y cree que eso es lo que hizo Sadako Yamamura? —Era una

chica muy lista y su instinto interpretativo no era malo en absoluto.

Pero tenía defectos de personalidad. Quiero decir que en esta profesión

las relaciones personales lo son todo. Creo que ese no era su fuerte.

—¿Me está diciendo que es posible que dejar el mundo del teatro

por completo?

—No le sabría decir.

—¿No hay nadie que pueda saber qué fue de ella?

—Tal vez alguno de los otros becarios que estuvieron con nosotros

en aquella época.

—¿Tiene usted por casualidad alguno de sus nombres o

direcciones?

—Un momento.

Arima se puso de pie y se acercó a la estantería empotrada en la

pared. Había archivadores encuadernados de un lado a otro de los

estantes. Cogió uno. Contenía los portafolios que los aspirantes

enviaban cuando hacían el examen de entrada.

—Incluyéndola a ella, hubo otros ocho internos que se unieron a la

compañía en mil novecientos sesenta y cinco —dijo sosteniendo los

portafolios en alto.

—¿Puedo echarles un vistazo?

—Adelante.

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Cada portafolio tenía dos fotos, una foto de la cara y otra de cuerpo

entero. Yoshino sacó el portafolio de Sadako Yamamura. Miró sus fotos.

—Eh, ¿no ha dicho usted hace unos minutos que era

«inquietante?» —Yoshino estaba confuso. Había demasiada distancia

entre la Sadako que él había imaginado a partir de la descripción de

Arima y la Sadako de las fotos—. ¿Inquietante? Debe de estar de

broma. En mi vida he visto una cara más bonita.

Yoshino se preguntó por qué lo había expresado de aquella

manera: por qué había dicho «cara bonita» en lugar de «chica bonita».

Ciertamente, sus rasgos faciales eran perfectamente regulares. Pero

carecían de cierta suavidad femenina. A pesar de todo, al mirar su foto

de cuerpo entero tuvo que admitir que su cintura y sus tobillos esbeltos

eran contundenteniente femeninos. Era una chica muy guapa: y sin

embargo, los veinticinco años transcurridos habían corroído su recuerdo

hasta el punto de que la recordaban como «inquietante» y como

«aquella chica tan siniestra». Lo normal sería que la recordaran como

«aquella mujer tan maravillosamente guapa». A Yoshino le picaba la

curiosidad aquella cualidad «inquietante» que parecía apartar a codazos

la notable belleza de su cara.

7 de octubre, miércoles De pie en el cruce de Omotesando y

Aoyamadori, Yoshino volvió a sacar su cuaderno. «6-1 Minami Aoyama.

Casa de inquilinos Sugiyama». Aquella había sido la dirección de Sadako

hacía veinticinco años. La dirección lo tenía preocupado. Siguió la curva

de Omotesando y, ciertamente, el 6-1 estaba allí, era el edificio situado

justo delante del Museo Nezu, uno de los distritos más adinerados de la

ciudad. Tal como se había temido, no había más que imponentes

apartamentos de ladrillo rojo ahí donde tendría que estar la humilde

casa de inquilinos Sugiyama.

«Oh, ¿a quién creías que engañabas? ¿Cómo ibas a seguir la pista

de esa mujer veinticinco años más tarde?»

La única pista que le quedaba eran los otros chavales que se

habían unido a la compañía teatral al mismo tiempo que Sadako. De los

siete que habían ingresado aquel año, solamente había podido

encontrar información relativa a cuatro. Si ninguno de ellos sabía nada

del paradero de Sadako, entonces la pista habría muerto. Y a Yoshino le

daba la impresión de que era eso lo que iba a pasar. Se miró el reloj:

las once de la mañana. Irrumpió en una papelería cercana para enviar

un fax a la oficina de Izu Oshima. También podía contarle a Asakawa

todo lo que había descubierto hasta aquel momento.

En aquel preciso instante, Asakawa y Ryuji estaban en aquella

«oficina», la casa de Hayatsu.

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—¡Eh, tranquilízate, Asakawa! —le gritó Ryuji a Asakawa, que

caminaba de arriba a abajo por la habitación dándole la espalda—. El

pánico no te va a servir de nada, ¿sabes?

La radio no paraba de emitir alertas de tifón: velocidades del viento

máximas, presión barométrica cercana al ojo del huracán, milibares,

vientos del norte-nordeste, zonas de viento y lluvias violentas,

marejadas fuertes… Todo le daba mala espina a Asakawa.

De momento, el tifón n.° 21 tenía su centro en un punto del mar

situado aproximadamente a unos ciento cincuenta kilómetros al sur del

cabo Omaezaki y avanzaba en dirección norte-nordeste a una velocidad

de unos veinte kilómetros por hora, manteniendo velocidades de unos

cuarenta metros por segundo. A ese paso, llegaría al sur del

archipiélago de Oshima a media tarde. Probablemente el tráfico

marítimo y aéreo no se reanudaría hasta el día siguiente: jueves. Por lo

menos, esas eran las predicciones de Hayatsu.

—¡Hasta el jueves! —A Asakawa le hervía la sangre. «¡Mi fecha

límite es mañana a las diez! Maldito tifón, date prisa y pasa ya, o

conviértete en una depresión tropical o algo así»—. ¿Cuándo vamos a

poder coger un barco o un avión para marcharnos de esta isla?

Asakawa quería ponerse furioso con alguien pero no sabía con

quién. «No tendría que haber venido. Me arrepentiré siempre. Y eso no

es todo. No siquiera sé dónde empezar a arrepentirme. Nunca tendría

que haber visto el vídeo. Nunca tendría que haberme dejado llevar por

la curiosidad por las muertes de Tomoko Oishi y Shuichi Iwata. Nunca

debería haber cogido un taxi aquel día… Mierda».

—¿Es que eres incapaz de relajarte? Quejarte al señor Hayatsu no

te va a llevar a ninguna parte —Ryuji cogió del brazo a Asakawa con

suavidad inesperada—. Piensa en ello de esta manera. Tal vez el

sortilegio es algo que solamente se puede llevar a cabo aquí en la isla.

Por lo menos es una posibilidad. ¿Por qué no usaron el sortilegio

aquellos crios? Tal vez no tenían dinero para venir a Oshima. Es

plausible. Tal vez estas nubes de tormenta tengan su lado bueno. Por lo

menos, tú intenta creerlo y tal vez seas capaz de tranquilizarte.

—¡Eso si podemos averiguar cuál es el sortilegio!

Asakawa apartó la mano de Ryuji. Asakawa vio que Hayatsu y su

mujer se miraban, y le dio la impresión de que se estaban riendo. Dos

hombres adultos hablando de sortilegios.

—¿De qué os reís? —Hizo el gesto de ir hacia ellos, pero Ryuji lo

agarró del brazo, con más fuerza que antes, y lo detuvo.

—Déjalo. Estás desperdiciando tu energía.

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Al ver la irritación de Asakawa, el amable Hayatsu había empezado

a sentirse casi responsable de que el tifón hubiera interrumpido el

transporte. O tal vez se solidarizaba con el sufrimiento que la tormenta

causaba en la gente. Rezó por el éxito del proyecto de Asakawa. Tenía

que llegar un fax de Tokio, pero esperar solamente pareció incrementar

la irritación de Asakawa. Hayatsu intentó distender la situación.

—¿Cómo va su investigación? —preguntó Hayatsu en tono amable,

intentando calmar a Asakawa.

—Bueno…

—Uno de los amigos de infancia de Shizuko Yamamura vive muy

cerca. Si quieren, puedo llamarle y ustedes pueden escuchar lo que él

tenga que decir. El viejo Gen no va a salir a pescar en un día como hoy.

Estoy seguro de que se aburre y no le importaría en absoluto pasar por

aquí.

Hayatsu se imaginaba que si le daba a Asakawa algo más que

investigar, eso lo distraería.

—Tiene casi setenta años, así que no sé si va a poder responder

muy bien las preguntas de ustedes, pero seguro que es mejor que

esperar sin hacer nada.

—Muy bien…

Sin esperar siquiera una respuesta, Hayatsu se dio la vuelta y

llamó a su mujer en la cocina.

—Eh, llama a casa de Gen y dile que venga ahora mismo.

Tal como había dicho Hayatsu, Genji estaba contento de hablar con

ellos. Parecía que nada le gustaba más que hablar de Shizuko

Yamamura. Tenía sesenta y ocho años, tres más de los que tendría hoy

Shizuko. Ella había sido su compañera de juegos en la infancia y

también su primer amor. Ya fuera porque sus recuerdos se iban

volviendo nítidos a medida que hablaba de ellos o simplemente porque

le estimulaba el hecho de tener público, los recuerdos manaron de él a

raudales. Para Genji, hablar de Shizuko era hablar de su propia

juventud.

Asakawa y Ryuji obtuvieron cierta información de su chachara y

ocasionalmente alguna historia lacrimógena sobre Shizuko. Pero eran

conscientes de que solamente podían confiar hasta cierto punto en el

viejo Gen. Los recuerdos siempre corrían el riesgo de embellecerse, y

todo aquello había ocurrido hacía más de cuarenta años. Tal vez incluso

la estuviera confundiendo con otra mujer. Bueno, tal vez no: el primer

amor de un hombre era especial, no se solía confundir con otra

persona.

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Genji no era exactamente elocuente. Hablaba dando muchos

rodeos, y Asakawa se cansó enseguida de escucharlo. Pero luego dijo

algo que llamó poderosamente la atención de Asakawa y Ryuji.

—Creo que lo que hizo cambiar a Shizu fue aquella estatua de

piedra del Asceta que sacamos del mar. Aquella noche había luna llena…

De acuerdo con el anciano, los misteriosos poderes de Shizuko

estaban conectados de alguna forma al mar y a la luna llena. Y la noche

que sucedió, Genji había estado a su lado en la barca, remando. Era

una noche de 1946, a finales de verano. Shizuko tenía veintiún años, y

Genji, veinticuatro.

Hacía calor para estar ya tan cerca el otoño, y ni siquiera el

anochecer hizo que refrescara. Genji hablaba de aquellos

acontecimientos de hacía cuarenta y cuatro años como si hubieran

pasado la noche anterior.

Aquella noche sofocante Genji estaba en el porche de su casa,

abanicándose ociosamente y mirando cómo el cielo nocturno se

reflejaba tranquilamente en el mar iluminado por la luna. El silencio se

rompió cuando Shizu apareció corriendo por la ladera que llevaba a su

casa. Se detuvo junto a él, tirándole de la manga, y le chilló: «¡Gen,

coge tu barca! Nos vamos a pescar». Él le preguntó por qué, pero lo

único que le dijo elk fue: «Nunca vamos a tener otra noche de luna

como esta». Genji se quedó sentado allí, como si estuviera aturdido,

mirando a la chica más guapa de la isla. «¡Deja de mirarme con esa

cara de tonto y date prisa!» Ella le tiró del cuello de la ropa hasta que

se puso de pie. Genji estaba acostumbrado a que ella tirara de él y le

diera órdenes, pero le preguntó de todos modos: «¿Qué demonios

vamos a ir a pescar?». Ella miró el océano y contestó sucintamente: «La

estatua del Asceta».

—¿Del Asceta?

Con las cejas enarcadas y un componente de pesar en el tono de

su voz, Shizuko le explicó que, aquel mismo día, las tropas de

ocupación habían tirado al mar la estatua de piedra del Asceta.

En la mitad de la costa oriental de la isla había una playa que se

llamaba la playa del Asceta, con una pequeña cueva que se llamaba la

gruta del Asceta. La gruta contenía una estatua de piedra de Enno

Ozunu, el famoso asceta budista, que había sido desterrado a la isla en

el año 699. Ozunu nació dotado de una gran sabiduría, y los largos años

de disciplina le habían permitido dominar las artes ocultas y místicas. Se

decía que podía convocar dioses y demonios a voluntad. Pero el poder

de Ozunu para predecir el futuro le granjeó poderosos enemigos en el

mundo de los libros y las armas. Así que lo juzgaron, lo consideraron un

criminal y una amenaza para la sociedad y lo desterraron a Izu Oshinia.

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De aquello hacía casi mil trescientos años. Ozunu se afincó en una

pequeña cueva en la playa y se dedicó a disciplinas todavía más

extenuantes. También enseñó a pescar y cultivar la tierra a la gente de

la isla y su virtud le valió el respeto de todos. Por fin lo perdonaron y le

permitieron regresar a Honshu, donde fundó la orden monástica de

Shugendo. Se creía que había pasado tres años en la isla, pero

abundaban las historias de aquel período, incluyendo la leyenda de que

una vez se había calzado unos zuecos de hierro,y había volado hasta el

monte Fuji. Los isleños seguían teniéndole gran cariño a Enno Ozunu, y

la gruta del Asceta se consideraba el lugar más sagrado de la isla. Cada

15 de junio se celebraba un festival que se conocía como el Festival del

Asceta.

Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, como

parte de su política hacia el shintoismo y el budismo, las fuerzas de

ocupación habían sacado la estatua de Enno Ozunu de la cueva que le

hacía las veces de capilla y la habían tirado al mar. Por supuesto,

Shizuko, que tenía mucha fe en Ozunu, había estado mirando. Se había

escondido a la sombra de las rocas en el cabo del Morro de Gusano y

observó atentamente cómo arrojaban la estatua desde la patrullera

americana. Memorizó el lugar exacto.

Genji no se lo podía creer cuando oyó que iban a pescar la estatua

del Asceta. Era un buen pescador y tenía brazos fuertes, pero nunca

había intentado coger una estatua de piedra. Sin embargo, no podía

rechazar los deseos de Shizuko, dado lo que sentía por ella. Así que

zarpó con su bote en plena noche, con la idea de que aquella era su

oportunidad para ponerla en deuda con él. Y la verdad sea dicha,

hacerse a la mar bajo una luna tan hermosa como aquella, los dos

solos, prometía ser algo maravilloso.

Habían encendido fogatas en la playa del Asceta y en el Morro del

Gusano como puntos de referencia, y ahora avanzaron mar adentro. Los

dos conocían bien aquella parte del océano: la disposición del fondo

marino, la profundidad y los bancos de peces que nadaban allí. Pero

ahora era de noche, y por mucho que brillara la luna, no iluminaba nada

por debajo de la superficie. Genji no sabía cómo Shizuko pretendía

encontrar la estatua. Se lo preguntó mientras remaba pero ella no

contestó. Se limitó a comprobar nuevamente su posición guiándose por

las fogatas de la playa. Uno se podía hacer una idea bastante

aproximada de dónde estaban mirando por encima de las olas a las

fogatas y calculando la distancia entre ambas. Después de remar varios

centenares de metros, Shizuko gritó:

—¡Para aquí!

Fue a la popa de la barca, se inclinó para acercarse a la superficie

del agua y contempló las aguas oscuras.

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—Mira a otro lado —le ordenó a Genji.

Genji adivinó lo que Shizuko estaba a punto de hacer y el corazón

le dio un vuelco. Shizuko se irguió y se quitó el quimono estampado con

manchas en forma de salpicaduras. Con la imaginación excitada por el

sonido de la tela frotando la piel de ella, a Genji le costaba respirar. Oyó

tras su espalda cómo Shizuko se tiraba al mar. Cuando la espuma le

salpicó los hombros, se dio media vuelta y miró. Shizuko estaba en el

agua, con el pelo largo y negro atado con un trozo de tela y el extremo

de una soga fina agarrado con los dientes. Sacó la mitad superior del

cuerpo fuera del agua, respiró hondo un par de veces y se sumergió

hacia el fondo del mar.

¿Cuantas veces asomó su cabeza a la superficie para coger aire? La

última vez ya no tenía la soga en la boca.

—La he atado al Asceta. Tira de la cuerda y sácalo —dijo con voz

temblorosa.

Genji se colocó en la proa de la barca y tiró de la soga. En un abrir

y cerrar de ojos Shizuko subió a bordo, se enfundó en su quimono y se

colocó al lado de Genji a tiempo de ayudarlo a subir la estatua. La

colocaron en el centro de la barca y regresaron a la costa. Ninguno de

los dos dijo una palabra en el trayecto de vuelta. Había algo en la

atmósfera que acallaba cualquier pregunta. A Gen le parecía un misterio

que ella hubiera podido localizar la estatua en el fondo del mar en plena

oscuridad. Tardó tres días en atreverse a preguntarle por aquello. Ella le

dijo que los ojos del asceta la habían llamado desde el fondo marino.

Los ojos verdes de la estatua, señora de dioses y demonios, habían

brillado en el fondo del mar a oscuras… Eso es lo que le dijo Shizuko.

Después de aquello, Shizuko empezó a encontrarse mal. Hasta

entonces nunca le había dolido la cabeza, pero ahora experimentaba a

menudo dolores abrasadores en la cabeza, acompañados de visiones de

cosas que antes jamás le habían pasado por la imaginación. Y resultó

que aquellas que vislumbraba pronto se manifestaban en la realidad.

Genji la había interrogado en profundidad. Parecía que aquellas escenas

del futuro se le introducían en la mente y que siempre iban

acompañadas del mismo olor cítrico. La hermana mayor de Genji se

había casado y se había mudado a Osawara, en Honshu. Cuando murió,

la escena de su muerte ya se le había presentado a Shizuko. Pero no

parecía que pudiera predecir realmente de forma consciente cosas que

iban a pasar en el futuro. Simplemente aquellas escenas se le pasaban

por la cabeza, sin previo aviso, y sin tener ni idea de por qué estaba

presenciando aquellas escenas en concreto. Así que Shizuko nunca

dejaba que la gente le pidiera que les predijera el futuro.

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Al año siguiente se fue a Tokio, pese a los esfuerzos de Genji por

detenerla. Conoció a Heihachiro Ikuma y concibió a su hija. Luego, a

finales de año, regresó a su pueblo natal y dio a luz a una niña. Sadako.

No sabían cuándo iba a terminar la historia de Genji. Diez años más

tarde Shizuko se tiró al monte Mihara y a juzgar por cómo relató Genji

el episodio, parecía que había decidido culpar de ello al amante de

Shizu, Ikuma. Tal vez fuera una idea natural, ya que había sido el rival

amoroso de Genji, pero su resentimiento obvio hacía que su narración

resultara difícil de creer. La única información que habían obtenido de él

era el conocimiento de que la madre de Sadako había sido capaz de

predecir el futuro, y la posibilidad de que aquel poder le hubiera sido

conferido por una estatua de piedra de Enno Ozunu.

Justo entonces la máquina de fax empezó a zumbar. Estaba

imprimiendo una ampliación de la fotografía de la cara de Sadako

Yamamura que Yoshino había conseguido en la compañía teatral Vuelo

Libre.

Asakawa se sintió extrañamente conmovido. Aquella era la primera

vez que veía el aspecto de aquella mujer. Aunque de forma muy fugaz,

había compartido las sensaciones de aquella mujer, había visto el

mundo desde su perspectiva. Era corno vislumbrar por primera vez la

cara de una amante bajo la tenue luz matinal y ver por fin qué aspecto

tenía, después de una noche de miembros entrelazados y orgasmos

compartidos en la oscuridad.

Era extraña, pero no le parecía repulsiva. Lo cual era natural.

Aunque la foto que llegó por fax tenía los contornos un poco borrosos,

seguía transmitiendo el atractivo de los rasgos hermosos y regulares de

Sadako.

—Es guapa, ¿no? —dijo Ryuji.

De pronto, Asakawa recordó a Mai Takano. Si se las comparaba

puramente según su aspecto, Sadako era mucho más guapa que Mai.

Sin embargo, el aroma de mujer era mucho más poderoso en Mai. ¿Y

qué decir de aquella cualidad «inquietante» que se suponía que

caracterizaba a Sadako? No era visible en la fotografía. Sadako tenía

poderes que no tenía la gente corriente. Debían de haber influido a la

gente que la rodeaba.

La segunda página del fax resumía la información sobre Shizuko

Yamamura. Continuaba justo donde acababa de terminarse la historia

de Genji.

En 1947, después de dejar su pueblo natal de Sashikiji para ir a la

capital, Shizuko se desmayó de repente por culpa de los dolores de

cabeza y la llevaron a un hospital. A través de uno de los médicos

conoció a Heihachiro Ikuma, profesor ayudante del departamento de

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psiquiatría de la Universidad de Taido. Ikuma estaba intentando

encontrar una explicación científica del hipnotismo y los fenómenos

asociados al mismo, y se interesó mucho por Shizuko cuando descubrió

que tenía unos poderes espectaculares de clarividencia. El

descubrimiento fue tan grande que cambió la dirección de sus

investigaciones. Así fue como Ikuma se sumergió en el estudio de los

poderes paranormales, con Shizuko como objeto de su investigación.

Pero los dos no tardaron en ir más allá de una simple relación entre

investigador y caso de estudio. A pesar de que él tenía familia, Ikuma

empezó a tener sentimientos románticos hacia Shizuko. A finales de

año, ella estaba embarazada de él, y para escapar de los ojos del

mundo regresó a casa, donde tuvo a Sadako. Shizuko regresó

inmediatamente a Tokio, dejando a Sadako en Sashikiji, pero tres años

después regresó para reclamar a su hija. Desde entonces hasta el

momento de su suicidio, evidentemente, nunca dejó que Sadako se

separara de ella.

Al arrancar la década de 1950, el dúo compuesto por Heihachiro

Ikuma y Shizuko Yamamura causaba sensación en las páginas de los

periódicos y las revistas semanales. De pronto habían arrojado luz sobre

los fundamentos científicos de los poderes sobrenaturales. Al principio,

tal vez deslumhrados por el puesto de Ikuma como profesor en una

universidad tan prestigiosa, el público creyó de forma unánime en los

poderes de Shizuko. Incluso los medios de comunicación escribieron

sobre ella bajo una luz más o menos favorable. Con todo, había

afirmaciones continuas de que podía ser nada más que un fraude, y

cuando una asociación académica con autoridad entró en la controversia

con un cometario tan sucinto como «cuestionable», la gente empezó a

retirar su apoyo a la pareja.

Los poderes paranormales que Shizuko exhibía estaban

relacionados en su mayoría con la percepción extrasensorial, como por

ejemplo la clarividencia o la segunda visión, así como la capacidad de

producir fotografías psíquicas. No dio muestras de poder de la

telequinesis, la capacidad de mover cosas sin tocarlas. De acuerdo con

una revista, simplemente sosteniendo un trozo de película dentro de un

sobre sellado sobre su frente, podía imprimir psíquicamente un dibujo

concreto. También podía identificar la imagen de un trozo de película

escondido de aquella forma con un éxito del cien por cien. Sin embargo,

otra revista afirmaba que no era más que una estafadora y aseguraba

que cualquier prestidigitador con un poco de formación podía hacer

exactamente lo mismo. Así fue como la corriente de opinión pública

empezó a volverse contra Shizuko e Ikuma.

Entonces la desgracia visitó a Shizuko. En 1954 dio a luz a su

segunda criatura, pero esta enfermó y murió cuando solamente tenía

cuatro meses. Era un niño. Sadako, que por entonces tenía siete años,

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parecía haber desarrollado un cariño especial hacia su hermanito recién

nacido.

El año siguiente, 1955, Ikuma desafió a los medios de

comunicación en una demostración pública de los poderes de Shizuko.

Al principio Shizuko no quería hacerlo. Dijo que le resultaba difícil

concentrar su percepción tal como quería en medio de una masa de

espectadores. Tenía miedo de fracasar. Pero Ikuma no cedió un

milímetro. No soportaba que los medios de comunicación la calificaran

de charlatana y no se le ocurría una forma mejor de burlarse de ellos

que ofrecer pruebas claras de su autenticidad.

El día establecido, Shizuko subió a su pesar al estrado de la sala de

actos del centro científico bajo la mirada atenta de un centenar de

académicos y representantes de la prensa. Por si fuera poco, estaba

mentalmente agotada, así que iba a intentar trabajar bajo unas

condiciones nefastas. El experimento tenía un planteamiento muy

simple. Lo único que tenía que hacer era identificar los números de una

pareja de dados metidos dentro de un recipiente de plomo. Si hubiera

estado en condiciones de ejercer sus poderes con normalidad, no habría

habido problema. Pero ella sabía que todas y cada una del centenar de

personas que la rodeaban estaban expectantes y ansiosas por verla

fracasar. Tembló, se agachó en el suelo y chilló angustiada: «¡Ya

basta!». La misma Shizuko lo explicó de esta forma: todo el mundo

tiene cierto grado de poder psíquico. Ella simplemente tenía más que el

resto de la gente. Pero rodeada de un centenar de personas deseosas

de verla fracasar, su poder quedó interrumpido: no pudo conseguir que

funcionara. Ikuma fue más lejos todavía: «No es solamente un centenar

de personas. No, ahora la población entera de Japón está intentando

pisotear los frutos de mi investigación. Cuando la opinión pública,

espoleada por los medios de comunicación, se vuelve en contra,

entonces los medios ya no dicen nada que el público no quiera oír.

¡Deberían avergonzarse!». Así es cómo la gran exhibición pública de

clarividencia terminó con Ikuma denunciando a los medios de

comunicación.

Por supuesto, los medios interpretaron la diatriba de Ikuma como

un intento de echarles la culpa por el fracaso de la demostración, y así

es como lo describieron en los periódicos del día siguiente: «UN FRAUDE

DESPUÉS DE TODO… SE

REVELÓ SU VERDADERA NATURALEZA… PROFESOR DE LA

UNIVERSIDAD DE TAIDO RESULTA SER UN FRAUDE… CINCO AÑOS DE

DEBATE TERMINAN… VICTORIA PARA LA CIENCIA

MODERNA». Ni un solo artículo los defendía.

A finales de año, Ikuma se divorció de su mujer y dimitió de su

puesto en la universidad. Shizuko empezó a volverse paranoica.

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Después de aquello, Ikuma decidió adquirir poderes paranormales, se

retiró a las montañas y se dedicó a ponerse debajo de las cascadas,

pero lo único que consiguió fue una tuberculosis pulmonar. Lo tuvieron

que ingresar en un sanatorio de Hakone. Mientras tanto, el estado

psicológico de Shizuko se fue volviendo cada vez más precario. Sadako,

que tenía ocho años, convenció a su madre para que regresaran a

Sashikiji, lejos de la mirada de los medios de comunicación y de las

burlas del público, pero entonces Shizuko burló la vigilancia de su hija y

se tiró al volcán. Así es como las vidas de tres personas quedaron

destruidas.

Asakawa y Ryuji terminaron de leer las dos páginas impresas al

mismo tiempo.

—Es una cuestión de rencor —murmuró Ryuji—. Imagina cómo se

debió de sentir Sadako cuando su madre se tiró al monte Mihara.

—¿Odió a los medios de comunicación?

—No solamente a los medios de comunicación. También al público

en general por destruir su familia, primero por mimarlos y luego cuando

cambió la torna por convertirlos en objeto de burla. Sadako desde los

tres años hasta los diez con su madre y su padre, ¿verdad? Conocía en

sus propias carnes los caprichos de la opinión pública.

—¡Pero eso no es razón para emprender un ataque indiscriminado

como este! —Asakawa llevó a cabo su objeción plenamente consciente

del hecho de que él trabajaba para los medios de comunicación. Para

sus adentros confeccionaba excusas: estaba suplicando. «Eh, yo critico

tanto las tendencias de los medios de comunicación como tú».

—¿Qué estás farfullando?

—¿Eh? —Asakawa se dio cuenta de que había estado articulando

sus quejas sin darse cuenta, como si fueran un cántico budista.

—Bueno, hemos empezado a interpretar las escenas de ese vídeo.

El monte Mihara aparece porque es donde su madre se mató, y también

porque Sadako predijo su erupción. El volcan debió de dejar una huella

psíquica muy fuerte en ella. En la siguiente escena aparece flotando el

carácter yuma, que quiere decir «montaña». Esa es probablemente la

primera fotografía psíquica que consiguió hacer Sadako, cuando era

muy pequeña.

—¿Muy pequeña? —Asakawa no entendía por qué tenía que ser de

cuando era muy pequeña.

—Sí, probablemente cuando tenía cuatro o cinco años. Luego está

la escena de los dados. Sadako estuvo presente durante la

demostración pública de su madre. Esa escena demuestra que estaba

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mirando, preocupada, cómo su madre intentaba adivinar los números

de los dados.

—Pero espera un momento. Está claro que Sadako vio los números

de los dados en el recipiente de plomo.

Tanto Sakawa como Ryuji habían visto la escena con sus propios

ojos, por decirlo de algún modo. No había error posible.

—Shizuko no pudo verlos.

—¿Acaso es extraño que la hija pudiera hacer lo que la madre no

pudo? Mira, Sadako solamente tenía siete años, pero su poder ya

rebasaba con creces el de su madre. Tanto que las voluntades

inconscientes combinadas de un centenar de personas no significaban

nada para ella. Piensa en ello: se trata de una chica que puede

proyectar imágenes en un tubo de rayos catódicos. Los televisores

producen imágenes mediante un mecanismo totalmente distinto al de la

fotografía. No es una mera cuestión de exponer la película a la luz. La

imagen televisiva se compone de quinientas veinticinco líneas, ¿verdad?

Sadako fue capaz de manipularlas. Estamos hablando de un poder de

un orden completamente distinto.

Asakawa seguía sin estar convencido.

—Si tenía tanto poder, ¿qué pasa con la foto psíquica que le envió

al profesor Miura? Habría sido capaz de hacer algo mucho más

espectacular.

—Eres todavía más tonto de lo que pareces. Su madre no había

obtenido más que infelicidad a cambio de mostrarle sus poderes a la

gente. Es probable que su madre no quisiera que ella cometiera el

mismo error. Es probable que le dijera a Sadako que escondiera sus

poderes y se limitara a llevar una vida normal. Y es probable que

Sadako se controlara cuidadosamente para producir solamente una foto

psíquica corriente.

Sadako se había quedado sola en el local de ensayo después de

que todo el mundo se fuera a fin de probar sus poderes en el televisor

que por aquella época todavía era una rareza. Tenía cuidado de que

nadie se enterara de lo que era capaz de hacer.

—¿Quién es la anciana que aparece en la escena siguiente? —

preguntó Asakawa.

—No sé quién es. Tal vez se le apareció a Sadako en un sueño o

algo así y le susurró profecías al oído. Hablaba en un dialecto antiguo.

Estoy seguro de que te has dado cuenta de que aquí todo el mundo

habla un japonés bastante estándar. Aquella anciana era muy mayor.

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The Ring Koji Suzuki

Tal vez vivió en el siglo doce, o tal vez tiene alguna conexión con Enno

Ozunu.

«… El año que viene tendrás una criatura».

—Me pregunto si aquella predicción se hizo realidad.

—Ah, ¿aquello? Bueno, inmediatamente después viene una escena

con el bebé. Así que originalmente yo pensé que quería decir que

Sadako había dado a luz a un niño, pero de acuerdo con este fax,

parece que no es el caso.

—Está su hermano, que murió a los cuatro meses…

—Cierto. Creo que es eso.

—Pero ¿qué hay de la predicción? Está claro que la anciana está

hablando con Sadako… Dice «tú». ¿Tuvo un bebé Sadako?

—No lo sé. Si damos crédito a la anciana supongo que sí.

—¿De quién fue la criatura?

—¿Cómo lo voy a saber? Escucha, no creas que lo sé todo.

Simplemente estoy especulando.

Si Sadako Yamamura tuvo un hijo, ¿quién fue el padre? ¿Y a qué se

dedicaba ahora ese hijo?

Ryuji se puso de pie de repente, golpeándose las rodillas con la

mesa.

—Me parece que tengo hambre. Mira: ya es más de mediodía. Oye,

Asakawa, me voy a buscar algo de comida.

Y, diciendo esto, Ryujo se fue hacia la puerta, frotándose las

rodillas. Asakawa no tenía hambre, pero algo le preocupaba y decidió

acompañarlo. Acababa de recordar algo que Ryuji le había dicho que

investigara, algo que no tenía ni idea de cómo indagar, de modo que no

había hecho nada al respecto. Era la cuestión de la identidad del

hombre de la última escena del vídeo. Puede que fuera el padre de

Sadako, Heihachiro Ikuma, pero la forma en que Sadako lo veía

contenía demasiada animadversión para eso. Al ver la cara del hombre

en la pantalla, Asakawa había sentido un dolor tenue y profundo en las

entrañas de su cuerpo, acompañado de un fuerte sentimiento de

antipatía. Era un hombre bastante atractivo, sobre todo lo eran sus

ojos. Se preguntaba por qué ella lo odiaba tanto. En cualquier caso,

aquella no era la forma en que Sadako habría mirado a un pariente. En

el informe de Yoshino no había nada que sugiriera que Sada