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LA REAPARICION DE SHERLOCK HOLMES Arthur Conan Doyle La aventura de la casa vacía En la primavera de 1894, el asesinato del honorable Ronald Adair, ocurrido en las más extrañas e inexplicables circunstancias, tenía interesado a todo Londres y consternado al mundo elegante. El público estaba ya informado de los detalles del crimen que habían salido a la luz durante la investigación policial; pero en aquel entonces se había suprimido mucha información, ya que el ministerio fiscal disponía de pruebas tan abrumadoras que no se consideró necesario dar a conocer todos los hechos. Hasta ahora, después de transcurridos casi diez años', no se me ha permitido aportar los eslabones perdidos que faltaban para completar aquella notable cadena. El crimen tenía interés por sí mismo, pero para mí aquel interés se quedó en nada, comparado con una derivación inimaginable, que me ocasionó el sobresalto y la sorpresa mayores de toda mi vida aventurera. Aun ahora, después de tanto tiempo, me estremezco al pensar en ello v siento de nuevo aquel repentino torrente de alegría, asombro e incredulidad que inundó por completo mi mente. Aquí debo pedir disculpas a ese público que ha mostrado cierto interés por las ocasiones v fugaces visiones que yo le ofrecía de los pensamientos v actos de un hombre excepcional, por no haber compartido con él mis conocimientos. Me habría considerado en el deber de hacerlo de no habérmelo impedido una prohibición terminante, impuesta por su propia boca, que no se levantó hasta el día 3 del mes pasado. Como podrán imaginarse, mi estrecha relación con Sherlock Holmes había despertado en mí un profundo interés por el delito v, aun después de su desaparición, nunca dejé de leer con atención los diversos misterios que salían a la luz pública e, incluso, intenté más de una vez, por pura satisfacción personal, aplicar sus métodos para tratar de solucionarlos, aunque sin resultados dignos de mención. Sin embargo, ningún suceso me llamó tanto la atención como esta tragedia de Ronald Adair. Cuando leí los resultados de las pesquisas, que condujeron a un veredicto de homicidio intencionado, cometido por persona o personas desconocidas, comprendí con más claridad que nunca la pérdida que había sufrido la sociedad con la muerte de Sherlock Holmes. Aquel extraño caso presentaba detalles que yo estaba seguro de que le habrían atraído muchísimo, y el trabajo de la policía se habría visto reforzado o, más probablemente, superado por las dotes de observación y la agilidad mental del primer detective de Europa. Durante todo el día, mientras hacía mis visitas médicas, no paré de darle vueltas al caso, sin llegar a encontrar una explicación que me pareciera satisfactoria. Aun a riesgo de repetir lo que todos saben, volveré a exponer los hechos que se dieron a conocer al público al concluir la investigación. El honorable Ronald Adair era el segundo hijo del conde de Maynooth, por aquel entonces gobernador de una de las colonias australianas. La madre de Adair había regresado de Australia para operarse de cataratas, y vivía con su hijo Adair y su hija Hilda en el 427 de Park Lane. El joven se movía en los mejores círculos sociales, no se le conocían enemigos y no parecía tener vicios de importancia. Había estado comprometido con la señorita Edith Woodley, de Carstairs, pero el compromiso se había roto por acuerdo mutuo unos meses antes, sin que se advirtieran señales de que la ruptura hubiera provocado resentimientos. Por lo demás, su vida discurría por cauces estrechos v convencionales, va que era hombre de costumbres tranquilas y carácter desapasionado. Y sin embargo, este joven e indolente aristócrata halló la muerte de la forma más extraña e inesperada. A Ronald Adair le gustaba jugar a las cartas v jugaba constantemente, aunque nunca hacía apuestas que pudieran ponerle en apuros. Era miembro de los clubs de jugadores Baldwin, Cavendish y Bagatelle. Quedó demostrado que la noche de su muerte, después de cenar, había jugado unas manos de whist en el último de los clubs citados. También había estado jugando allí por la tarde. Las declaraciones de sus compañeros de partida -el señor Murray, sir John Hardy y el coronel Moran-confirmaron que se jugó al whisi y que la suerte estuvo bastante igualada. Puede que Adair perdiera unas cinco libras, pero no más. Puesto que poseía una fortuna considerable, una pérdida así no podía afectarle lo más mínimo. Casi todos los días jugaba en un club o en otro, pero era un jugador prudente y por lo general ganaba. Por estas declaraciones se supo que, unas semanas antes, jugando con el coronel Moran de compañero, les había ganado 420 libras en una sola partida a Godfrey Milner y lord Balmoral. Y esto era todo lo que la investigación reveló sobre su historia reciente. La noche del crimen, Adair regresó del club a las diez en punto. Su madre y su hermana estaban fuera, pasando la velada en casa de un pariente. La doncella declaró que le oyó entrar en la habitación delantera del segundo piso, que solía utilizar como cuarto de estar. Dicha doncella había encendido la chimenea de esta habitación v, como salía mucho humo, había abierto la ventana. No oyó ningún sonido procedente de la habitación hasta las once y veinte, hora en que regresaron a casa lado Maynooth y su hija. La madre había querido entrar en la habitación de su hijo para darle las buenas noches, pero la puerta estaba cerrada por dentro y nadie respondió a sus gritos y llamadas. Se buscó ayuda v se forzó la puerta. Encontraron al desdichado joven tendido junto a la mesa, con la cabeza horriblemente destrozada por una bala explosiva de revólver, pero no se encontró en la habitación ningún tipo de arma. Sobre la mesa había dos billetes de diez libras, v además 17 libras v 10 chelines en monedas de oro y plata, colocadas en montoncitos que sumaban distintas cantidades. Se encontró también una hoja de papel con una serie de cifras, seguidas por los nombres de algunos compañeros de club, de lo que se dedujo que antes de morir había estado calculando sus pérdidas o ganancias en el juego. Un minucioso estudio de las circunstancias no sirvió más que para complicar aún más el caso. En primer lugar, no se pudo averiguar la razón de que el joven cerrase la puerta por dentro. Existía la posibilidad de que la hubiera cerrado el asesino, que después habría escapado por la ventana. Sin embargo, ésta se encontraba por lo menos a seis metros de altura v debajo había un macizo de azafrán en flor. Ni las flores ni la tierra presentaban señales de haber sido pisadas y tampoco se observaba huella alguna en la estrecha franja de césped que separaba la casa de la calle. Así pues, parecía que había sido el mismo joven el que cerró la puerta. Pero ¿cómo se había producido la muerte? Nadie pudo haber trepado hasta la ventana sin dejar huellas. Suponiendo que le hubieran disparado desde fuera de la ventana, tendría que haberse tratado de un tirador excepcional para infligir con un revólver una herida tan mortífera. Pero, además, Park Lane es una calle muy concurrida y hay una parada de coches de alquiler a cien metros de la casa. Nadie había oído el disparo. Y, sin embargo, allí estaba el muerto y allí la bala de revólver, que se había abierto como una seta, como hacen las balas de punta blanda, infligiendo así una herida que debió provocar la muerte instantánea. Estas eran las circunstancias del misterio de Park Lane, que se complicaba aún más por la total ausencia de móvil, ya que, como he dicho, al joven Adair no se le conocía ningún enemigo y, por otra parte, nadie había intentado llevarse de la habitación ni dinero ni objetos de valor. Me pasé todo el día dándole vueltas a estos datos, intentando encontrar alguna teoría que los reconciliase todos y buscando esa línea de mínima resistencia que, según mi pobre amigo, era el punto de partida de toda investigación. Confieso que no avancé mucho. Por la tarde di un paseo por el parque, y a eso de las seis me encontré en el extremo de Park Lane que desemboca en Oxford Street. En la acera había un grupo de desocupados, todos mirando hacia una ventana concreta, que me indicó cuál era la casa que había venido a ver. Un hombre alto v flaco, con gafas oscuras y todo el aspecto de ser un policía de paisano, estaba exponiendo alguna teoría propia, mientras los demás se apretujaban a su alrededor para escuchar lo que decía. Me acerqué todo lo que pude, pero sus comentarios me parecieron tan absurdos que retrocedí con cierto disgusto. Al hacerlo tropecé con un anciano contrahecho que estaba detrás de mí, haciendo caer al suelo varios libros que llevaba. Recuerdo que, al agacharme a recogerlos, me fijé en el título de uno de ellos, El origen del culto a los árboles, lo que me hizo pensar que el tipo debía ser un pobre bibliófilo que, por negocio o por afición, coleccionaba libros raros. Le pedí disculpas por el tropiezo, pero estaba claro que los libros que yo había maltratado tan desconsideradamente eran objetos preciosísimos para su propietario. Dio media vuelta con una mueca de desprecio y vi desaparecer entre la multitud su espalda encorvada y sus patillas blancas. Mi observación del número 427 de Park Lane contribuyó bien poco a resolver el enigma que me interesaba. La casa estaba separada de la calle por una tapia baja con verja, que en total no pasaban del metro y medio de altura. Así pues, cualquiera podía entrar en el jardín con toda facilidad; sin embargo, la ventana resultaba absolutamente inaccesible, ya que no había tuberías ni nada que sirviera de apoyo al escalador, por ágil que éste fuera. Más desconcertado que nunca, dirigí mis pasos de vuelta hacia Kensington. No llevaba ni cinco minutos en mi estudio cuando entró la doncella, diciendo que una persona deseaba verme. Cuál no sería mi sorpresa al ver que el visitante no era sino el extraño anciano coleccionista de libros, con su rostro afilado y marchito enmarcado por una masa de cabellos blancos, y sus preciosos volúmenes -por lo menos una docena encajados bajo el brazo derecho. -Parece sorprendido de verme, señor -dijo con voz extraña v cascada. Reconocí que lo estaba. -Verá usted, yo soy hombre de conciencia, así que vine cojeando detrás de usted, y cuando le vi entrar en esta casa me dije: voy a pasar a saludar a este caballero tan amable y decirle que aunque me he mostrado un poco grosero no ha sido con mala intención, y que le agradezco mucho que haya recogido mis libros. -Da usted demasiada importancia a una nadería -dije yo-. ¿Puedo preguntarle cómo sabía quién era yo? -Bien, señor, si no es tomarme excesivas libertades, le diré que soy vecino suyo; encontrará usted mi pequeña librería en la esquina de Church Street, donde estaré encantado de recibirle, ya lo creo. A lo mejor es usted coleccionista, señor; aquí tengo Aves: de Inglaterra, el Catulo, La guerra santa..., auténticas gangas todos ellos. Con cinco volúmenes podría usted llenar ese hueco del segundo estante. Queda feo, ¿no le parece, señor? Volví la cabeza para mirar la estantería que tenía detrás y cuando miré de nuevo hacia delante vi a Sherlock Holmes sonriéndome al otro lado de mi mesa. Me puse en pie, lo contemplé durante algunos segundos con el más absoluto asombro, y luego creo que me desmayé por primera y última vez en mi vida. Recuerdo que vi una niebla gris girando ante mis ojos, y cuando se despejó noté que me habían desabrochado el cuello y sentí en los labios un regusto picante a brandy. Holmes estaba inclinado sobre mi silla con una botellita en la mano. -Querido Watson -dijo la voz inolvidable-. Le pido mil perdones. No podía sospechar que le afectaría tanto. Yo le agarré del brazo y exclamé: -¡Holmes! ¿Es usted de verdad? ¿Es posible que esté vivo? ¿Cómo se las arregló para salir de aquel espantoso abismo? -Un momento -dijo él-. ¿Está seguro de encontrarse en condiciones de charlar? Mi aparición, innecesariamente dramática, parece haberle provocado un terrible sobresalto. -Estoy bien. Pero, de verdad, Holmes, aún no doy crédito a mis ojos. ¡Cielo santo! ¡Pensar que está usted aquí en mi estudio, usted precisamente! -volví a agarrarlo de la manga y palpé el brazo delgado y fibroso que había debajo-. Bueno, por lo menos sé que no es usted un fantasma -dije-. Querido amigo, ¡cómo me alegro de verle! Siéntese y cuénteme cómo logró salir vivo de aquel terrible precipicio. Se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo con el estilo desenfadado de siempre. Todavía vestía la raída levita del librero, pero el resto de aquel personaje había quedado reducido a una peluca blanca y un montón de libros sobre la mesa. Holmes parecía aún más flaco y enérgico que antes, pero su rostro aguileño presentaba una tonalidad blanquecina que me indicaba que no había llevado una vida muy saludable en los últimos tiempos. -¡Qué gusto da estirarse, Watson! -dijo-. Para un hombre alto, no es ninguna broma rebajar su estatura un palmo durante varias horas seguidas. Ahora, querido amigo, con respecto a esas explicaciones que me pide..., tenemos por delante, si es que puedo solicitar su cooperación, una noche bastante agitada y llena de peligros. Tal vez sería mejor que se lo explicara todo cuando hayamos terminado el trabajo. -Soy todo curiosidad. Preferiría con mucho oírlo ahora. -¿Vendrá conmigo esta noche? -Cuando quiera y a donde quiera. -Como en los viejos tiempos. Tendremos tiempo de comer un bocado antes de salir. Pues bien, en cuanto a ese precipicio: no o tuve grandes dificultades para salir de él, por la sencilla razón de que nunca caí en él. -¿Que no cavó usted? -No, Watson, no caí. La nota que le dejé era absolutamente sincera. Tenía pocas dudas de haber llegado al final de mi carrera cuando percibí la siniestra figura del difunto profesor Moriarty erguida en el estrecho sendero que conducía a la salvación. Leí en sus ojos grises una determinación implacable. Así pues, intercambié con él unas cuantas frases v obtuve su cortés permiso para escribir la notita que usted recibió. La dejé con mi pitillera y mi bastón y luego eché a andar por el desfiladero con Moriarty pisándome los talones. Cuando llegamos al final, me dispuse a vender cara mi vida. Moriarty no sacó ningún arma, sino que se abalanzó sobre mí, rodeándome con sus largos brazos. También él sabía que su juego había terminado, y sólo deseaba vengarse de mí. Forcejeamos al borde mismo del precipicio. Sin embargo, yo poseo ciertos conocimientos de baritsu, el sistema japonés de lucha, que más de una vez me han resultado muy útiles. Me solté de su presa y Moriarty lanzó un grito horrible, pataleó como un loco durante unos instantes y trató de agarrarse al aire con las dos manos. Pero, a pesar dé todos sus esfuerzos, no logró mantener el equilibrio v se despeñó. Asomando la cara sobre el borde del precipicio, le vi caer durante un largo trecho. Luego chocó con una roca, rebotó y se hundió en el agua. Yo escuchaba asombrado esta explicación, que Holmes iba dándome entre chupada y chupada a su cigarrillo. -Pero ¿y las huellas? -exclamé-. Yo vi con mis propios ojos dos series de pisadas que entraban en el desfiladero, y ninguna de regreso. -Esto es lo que sucedió: en el mismo instante de la muerte del profesor me di cuenta de la extraordinaria oportunidad que me ofrecía el destino. Sabía que Moriarty no era el único que había jurado matarme. Había, por lo menos, otros tres hombres, cuyo afán de venganza se vería acrecentado por la muerte de su jefe. Por otra parte, si todo el mundo me creía muerto, estos hombres se confiarían, cometerían imprudencias y, tarde o temprano, yo podría acabar con ellos. Entonces habría llegado el momento de anunciar que todavía pertenecía al mundo de los vivos. Es tal la rapidez con que funciona el cerebro, que creo que va había pensado todo esto antes de que el profesor Moriarty llegara al fondo de la catarata de Reichenbach. Me levanté y examiné la pared rocosa que tenía detrás. En el pintoresco relato que usted escribió, y que yo leí con enorme interés varios meses más tarde, aseguraba usted que la pared era lisa, lo cual no es del todo exacto. Había algunos salientes pequeños y me pareció distinguir una cornisa. El precipicio era tan alto que parecía completamente imposible trepar hasta arriba, pero también resultaba imposible regresar por el sendero mojado sin dejar algunas huellas. Es cierto que podría haberme puesto las botas al revés, como va he hecho otras veces en ocasiones similares, pero la presencia de tres series de pisadas en la misma dirección habría hecho sospechar un engaño. En conclusión, me pareció que lo mejor era arriesgarme a trepar. Le aseguro, Watson, que no fue una escalada agradable. La catarata rugía debajo de mí. Soy propenso a imaginar cosas, pero le doy mi palabra que me parecía oír la voz d e Moriarty llamándome desde el abismo. El menor desliz habría resultado fatal. Más de una vez, cuando se desprendía el puñado de hierba al que me agarraba o mis pies resbalaban en las grietas húmedas de la roca, pensé que todo había terminado. Pero seguí trepando como pude, y por fin alcancé una cornisa de más de un metro de anchura, cubierta de musgo verde y suave, donde podía permanecer tendido cómodamente sin ser visto. Allí me encontraba, querido Watson, cuando usted y sus acompañantes investigaban, de la forma más conmovedora e ineficaz, las circunstancias de mi muerte. Por fin, cuando todos ustedes hubieron sacado sus inevitables y completamente erróneas conclusiones, se marcharon al hotel y yo quedé solo. Pensaba que ya habían terminado mis aventuras, pero un hecho completamente inesperado me demostró que aún me aguardaban sorpresas. Un enorme peñasco cayó de lo alto, pasó rozándome, chocó contra el sendero v se precipitó en el abismo. Por un momento pensé que se trataba de un accidente, pero un instante después miré hacia arriba v vi la cabeza de un hombre recortada contra el cielo nocturno, mientras una segunda roca golpeaba la cornisa misma en la que yo me encontraba, a un palmo escaso de mi cabeza. Por supuesto, aquello sólo podía significar una cosa: Moriarty no había estado solo. Un cómplice -y me había bastado aquel fugaz vistazo para saber lo peligroso que era dicho cómplice había montado guardia mientras el profesor me atacaba. Desde lejos, sin que yo lo advirtiera, había sido testigo de la muerte de su amigo y de mi escapatoria. Había aguardado su momento y ahora, tras dar un rodeo hasta lo alto del precipicio, estaba intentando conseguir lo que su camarada no había logrado. »No tuve mucho tiempo para pensar en ello, Watson. Volví a ver aquel siniestro rostro sobre el borde del precipicio y supe que anunciaba la caída de otra piedra. Me descolgué hasta el sendero. Creo que habría sido incapaz de hacerlo a sangre fría, porque bajar era cien veces más difícil que subir, pero no tuve tiempo de pensar en el peligro, pues otra roca pasó zumbando junto a mí mientras yo colgaba agarrado con las manos al borde de la cornisa. A la mitad del descenso resbalé, pero gracias a Dios fui a caer en el sendero, lleno de arañazos y sangrando. Eché a correr, recorrí en la oscuridad diez millas de montaña y una semana después me encontraba en Florencia, con la certeza de que nadie en el mundo sabía lo que había sido de mí. Sólo he tenido un confidente, mi hermano Mycroft. Le pido mil perdones, querido Watson, pero era fundamental que todos me creyeran muerto, y estoy completamente seguro de que usted no habría podido escribir un relato tan convincente de mi desdichado final si no hubiera estado convencido de que era cierto. Varias veces he tomado la pluma para escribirle durante estos tres años, pero siempre temí que el afecto que usted siente por mí le impulsara a cometer alguna indiscreción que traicionara mi secreto. Por esta razón me alejé de usted esta tarde cuando usted tiró mis libros, porque la situación era peligrosa y cualquier señal de sorpresa y emoción por su parte podría haber llamado la atención hacia mi identidad, con consecuencias lamentables e irreparables. En cuanto a Mycroft, tuve que confiar en él para obtener el dinero que necesitaba. En Londres, las cosas no salieron tan bien como yo había esperado, ya que el juicio contra la banda de Moriarty dejó en libertad a dos de sus miembros más peligrosos, mis dos enemigos más encarnizados. Así pues, me dediqué a viajar durante dos años por el Tibet, y me entretuve visitando Lhassa y pasando unos días con el Gran Lama. Quizás haya leído usted acerca de las notables exploraciones de un noruego apellidado Sigerson, pero estoy seguro de que jamás se le ocurrió pensar que estaba recibiendo noticias de su amigo. Después atravesé Persia, me detuve en La Meca y realicé una breve pero interesante visita al califa de Jartum, cuyos resultados he comunicado al Foreign Office. De regreso a Francia, pasé varios meses investigando sobre los derivados del alquitrán de carbón en un laboratorio de Montpellier, en el sur de Francia. Habiendo concluido la investigación con resultados satisfactorios, y enterado de que sólo quedaba en Londres uno de mis enemigos, me disponía a regresar cuando recibí noticias de este curioso misterio de Park Lane, que me hicieron ponerme en marcha antes de lo previsto porque el caso no sólo me resultaba atractivo por sus propios méritos, sino que parecía ofrecer interesantes oportunidades de tipo personal. Llegué en seguida a Londres, me presenté en Baker Street provocándole un violento ataque de histeria a la señora Hudson, y comprobé que Mycroft había mantenido mis habitaciones y mis papeles tal y como siempre habían estado. Y así, querido Watson, a las dos en punto del día de hoy me encontraba sentado en mi vieja butaca, en mi vieja habitación, deseando que mi viejo amigo Watson ocupara la otra butaca, que tantas veces había adornado con su persona. Este fue el extraordinario relato que escuché aquella tarde de abril, un relato que me habría parecido absolutamente increíble de no haberlo confirmado la visión de la alta y enjuta figura y del rostro agudo y vivaz que yo habría creído que nunca volvería a ver. De algún modo, Holmes se había enterado de la trágica pérdida que yo había sufrido', y demostró sus simpatías con sus maneras mejor que con sus palabras. -El trabajo es el mejor antídoto contra las penas, querido Watson -dijo-, y esta noche tengo una tarea para nosotros (los que, si consigo rematarla con éxito, justificaría por sí sola la vida de un hombre en este mundo. Le rogué en vano que me explicara algo más. -Antes de que amanezca habrá visto v oído lo suficiente -respondió-. Hay mucho que hablar sobre los tres últimos años. Así ocuparemos el tiempo hasta las nueve y media, hora en que emprenderemos la trascendental aventura de la casa vacía. A la hora mencionada, verdaderamente como en los viejos tiempos, yo iba sentado junto a Holmes en un cabriolé, con un revólver en el bolsillo v la emoción de la aventura en el corazón. Cada vez que la luz de las farolas iluminaba sus austeras facciones, yo me fijaba en que tenía las cejas fruncidas v los finos labios apretados, en señal de reflexión. Yo no sabía qué clase de fiera salvaje íbamos a cazar en la tenebrosa selva del delito de Londres, pero por la actitud de aquel maestro de cazadores me daba perfecta cuenta de que la aventura era de las más serias, y la sonrisa sardónica que de cuando en cuando rompía su ascética seriedad no presagiaba nada bueno para el objeto de nuestra persecución. Había pensado que nos dirigíamos a Baker Street, pero Holmes hizo detenerse el coche en la esquina de Cavendish Square. Al bajarse, me fijé en que dirigía inquisitivas miradas a derecha e izquierda, y cada vez que llegábamos a una esquina tomaba las máximas precauciones para asegurarse de que nadie nos seguía. Holmes conocía a la perfección todas las callejuelas de Londres, y en esta ocasión me llevó con paso rápido y seguro a través de una red de cocheras y establos cuya existencia yo ni siquiera había sospechado. Salimos por fin a una callecita de casas antiguas y fúnebres por las que llegamos a Manchester Street, y de ahí a Blanford Street. Aquí nos metimos rápidamente por un estrecho pasaje, cruzamos un portón de madera que daba a un patio desierto y entonces Holmes sacó una llave y abrió la puerta trasera de una casa. Entramos en ella y Holmes cerró la puerta con llave. Aunque la oscuridad era absoluta, resultaba evidente que se trataba de una casa vacía. Nuestros pies hacían crujir y rechinar las tablas desnudas del suelo, y al extender la mano toqué una pared cuyo empapelado colgaba en jirones. Los fríos y huesudos dedos de Holmes se cerraron alrededor de mi muñeca y me guiaron a través de un largo vestíbulo, hasta que percibí la luz mortecina que se filtraba por el sucio tragaluz de la puerta. Entonces Holmes giró bruscamente a la derecha y nos encontramos en una amplia habitación cuadrada, completamente vacía, con los rincones envueltos en sombras y el centro débilmente iluminado por las luces de la calle. No había ninguna lámpara a mano v las ventanas estaban cubiertas por una gruesa capa de polvo, de manera que apenas podíamos distinguir nuestras figuras. Mi compañero me puso la mano sobre el hombro v acercó los labios a mi oreja. -¿Sabe usted dónde estamos? -susurró. -Yo diría que ésa es Baker Street -respondí, mirando a través de la polvorienta ventana. -Exacto. Nos encontramos en Candem House, justo enfrente de nuestros viejos aposentos. -¿Y por qué estamos aquí? -Porque aquí disfrutamos de una excelente vista de esa pintoresca mole. ¿Tendría la amabilidad, querido Watson, de acercarse un poco más a la ventana, con mucho cuidado para que nadie pueda verle, y echar un vistazo a nuestras viejas habitaciones, punto de partida de tantas de nuestras pequeñas aventuras? Veamos si mis tres años de ausencia me han hecho perder la capacidad de sorprenderle. Avancé con cuidado y miré hacia la ventana que tan bien conocía. Al posar los ojos en ella, se me escapó una exclamación de asombro. La persiana estaba bajada y una fuerte luz iluminaba la habitación. A través de la persiana iluminada se distinguía claramente la negra silueta de un hombre sentado en un sillón. La postura de la cabeza, la forma cuadrada de los hombros, las facciones afiladas, todo resultaba inconfundible. Tenía la cara medio ladeada, y el efecto era similar al de aquellas siluetas de cartulina negra que nuestros abuelos solían enmarcar. Se trataba de una imagen perfecta de Holmes. Tan asombrado me sentía que extendí la mano para asegurarme de que el original se encontraba a mi lado. Allí estaba, estremeciéndose de risa silenciosa. -¿Qué tal? -preguntó. -¡Cielo santo! -exclamé-. ¡Es maravilloso! -Parece que ni los años han ajado ni la rutina ha viciado mi infinita variedad -dijo Holmes, y se notaba en su voz la alegría y el orgullo del artista ante su creación-. Se parece bastante a mí, ¿no cree? -Estaría dispuesto a jurar que es usted. -El mérito de la ejecución debe atribuirse a monsieur Oscar Meunier, de Grenoble, que invirtió varios días en el modelado. Se trata de un busto de cera. El resto lo apañé yo esta tarde, durante mi visita a Baker Street. -Pero ¿por qué? -Porque, mi querido Watson, tenía toda clase de razones para desear que ciertas personas creyeran que yo estaba aquí, cuando en realidad me encontraba en otra parte. -¿Sospecha usted que alguien vigilaba esta casa? -Sabía que la vigilaban. -¿Quiénes? -Mis antiguos enemigos, Watson. La encantadora organización cuyo jefe yace en la catarata de Reichenbach. Recuerde usted que ellos, y sólo ellos, saben que sigo vivo. Suponían que tarde o temprano regresaría a mis habitaciones, así que montaron una vigilancia permanente v esta mañana me vieron llegar. -¿Cómo lo sabe? -Porque reconocí a su centinela al mirar por la ventana. Se trata de un tipejo inofensivo, apellidado Parker, estrangulador de oficio y muy buen tocador debirimbao. Él no me preocupaba nada. Pero sí que me preocupaba, y mucho, el formidable personaje que tiene detrás, el amigo íntimo de Moriarty, el hombre que me arrojó las rocas en el desfiladero, el criminal más astuto y peligroso de Londres. Ese es el hombre que viene a por mí esta noche, Watson; pero lo que no sabe es que nosotros vamos a por él. Poco a poco, los planes de mi amigo se iban revelando. Desde aquel cómodo escondite podíamos vigilar a los vigilantes y perseguir a los perseguidores. La silueta angulosa de la casa de enfrente era el cebo y nosotros éramos los cazadores. Aguardamos silenciosos en la oscuridad, observando las apresuradas figuras que pasaban y volvían a pasar frente a nosotros. Holmes permanecía callado e inmóvil, pero yo me daba cuenta de que se mantenía en constante alerta, sin despegar los ojos de la corriente de transeúntes. Era una noche fría y turbulenta v el viento silbaba estridentemente a lo largo de la calle. Muchas personas iban y venían, casi todas embozadas en sus abrigos y bufandas. Una o dos veces, me pareció ver pasar una figura que va había visto antes, y me fijé sobre todo en dos hombres que parecían resguardarse del viento en el portal de una casa, a cierta distancia calle arriba. Intenté llamar la atención de mi compañero hacia ellos, pero Holmes dejó escapar una exclamación de impaciencia y continuó clavando la mirada en la calle. Más de una vez dio pataditas en el suelo v tamborileó rápidamente con los dedos en la pared. Resultaba evidente que se estaba impacientando y que sus planes no iban saliendo tal y como había calculado. Por fin, ya cerca de la medianoche, cuando la calle se iba vaciando poco a poco, Holmes se puso a dar zancadas por la habitación, presa de una agitación incontrolable. Me disponía a hacer algún comentario cuando levanté la mirada hacia la ventana iluminada y sufrí una nueva sorpresa, casi tan fuerte como la anterior. Agarré a Holmes por el brazo y señalé hacia arriba. -¡La sombra se ha movido! Efectivamente, va no la veíamos de perfil, sino que ahora nos daba la espalda. Evidentemente, los tres años de ausencia no habían suavizado las asperezas de su carácter ni su irritabilidad ante inteligencias menos activas que la suya. -¡Pues claro que se ha movido! -bufó-. ¿Me cree tan chapucero, Watson, como para colocar un monigote inmóvil y esperar que varios de los hombres más astutos de Europa se dejen engañar por él? Llevamos dos horas en esta habitación, y durante este tiempo la señora Hudson ha cambiado de posición el busto ocho veces, es decir, cada cuarto de hora. Se acerca siempre por delante de la figura, de manera que no se vea su propia sombra. ¡Ah! Holmes aspiró con agitación. En la penumbra del cuarto pude ver que inclinaba la cabeza hacia delante, con todo el cuerpo rígido, en actitud de atención. Es posible que los dos hombres que yo había visto siguieran acurrucados en el portal, pero va no los veía. Toda la calle estaba silenciosa v oscura, con excepción de aquella brillante ventana amarilla que teníamos enfrente, con la negra silueta proyectada en su centro. En medio del absoluto silencio volví a oír aquel suave silbido que indicaba una intensa emoción reprimida. Un instante después, Holmes me arrastró hacia el rincón más oscuro de la habitación y me puso la mano sobre la boca en señal de advertencia. Los dedos que me aferraban estaban temblando. Jamás había visto tan alterado a mi amigo, a pesar de que la oscura calle permanecía aún desierta y silenciosa. Pero, de pronto, percibí lo que sus sentidos, más agudos que los míos, va habían captado. A mis oídos llegó un sonido bajo v furtivo que no procedía de Baker Street, sino de la parte trasera de la casa en la que nos ocultábamos. Una puerta se abrió v volvió a cerrarse. Un instante después, se oyeron pasos en el pasillo, pasos que pretendían ser sigilosos, pero que resonaban con fuerza en la casa vacía. Holmes se agazapó contra la pared y yo hice lo mismo, con la mano cerrada sobre la culata de mi revólver. Atisbando a través de las tinieblas, logré distinguir los contornos difusos de un hombre, una sombra apenas más negra que la negrura de la puerta abierta. Se quedó parado un instante v luego avanzó para entrar en la habitación, encogido y amenazador. La siniestra figura se encontraba a menos de tres metros de nosotros, y yo ya tensaba los músculos, dispuesto a resistir su ataque, cuando me di cuenta de que él no había advertido nuestra presencia. Pasó muy cerca de nosotros, se acercó con sigilo a la ventana y la alzó como un palmo, con mucha suavidad y sin hacer ruido. Al agacharse hasta el nivel de la abertura, la luz de la calle, ya sin el filtro del cristal polvoriento, cayó de lleno sobre su rostro. El hombre parecía fuera de sí a causa de la emoción. Sus ojos brillaban como estrellas y sus facciones temblaban. Se trataba de un hombre de edad avanzada, con nariz fina y pronunciada, frente alta y calva, y un enorme bigote canoso. Llevaba un sombrero de copa echado hacia atrás, y bajo su abrigo desabrochado brillaba la pechera de un traje de etiqueta. Su rostro era sombrío y atezado, surcado por profundas arrugas. En la mano llevaba algo que parecía un bastón, pero que al apoyarlo en el suelo resonó con ruido metálico. A continuación, sacó del bolsillo de su abrigo un objeto voluminoso y se enfrascó en una tarea que concluyó con un fuerte chasquido, como el que produce un muelle o un resorte al encajar en su sitio. Siempre con la rodillas en el suelo, se inclinó hacia delante, aplicando todo su peso y su fuerza sobre alguna especie de palanca; el resultado fue un prolongado chirrido que terminó también con un fuerte chasquido. Entonces el hombre se enderezó y vi que lo que sostenía en la mano era una especie de fusil, con una culata de forma extraña. Abrió la recámara, metió algo en ella v cerró de golpe el cerrojo. Luego se volvió a agachar, apoyó el extremo del cañón en el borde de la ventana abierta v vi cómo sus largos bigotes rozaban la culata mientras sus ojos brillaban al enfilar el punto de mira. Oí un ligero suspiro de satisfacción cuando se acomodó la culata en el hombro y comprobé el magnífico blanco que ofrecía la siluetanegra sobre fondo amarillo, en plena línea de tiro. El hombre permaneció rígidoe inmóvil durante un instante v luego su dedo se cerró sobre el gatillo. Se oyóun fuerte y extraño zumbido y el prolongado tintineo de un cristal hechopedazos. En aquel instante, Holmes saltó como un tigre sobre la espalda deltirador y le hizo caer de bruces. Pero, al momento, volvió a levantarse y agarróa Holmes por el cuello con la fuerza de un loco. Le golpeé en la cabeza con laculata de mi revólver y cayó de nuevo al suelo. Me lancé sobre él v, mientras losujetaba, mi compañero hizo sonar con fuerza un silbato. Se oyeron pasos quecorrían por la acera y dos policías de uniforme, más un inspector de paisano,penetraron en tromba por la puerta delantera. -¿Es usted, Lestrade? -preguntó Holmes. -Sí, señor Holmes. Quise ocuparme yo mismo de este asunto. ¡Qué alegríavolverle a ver en Londres, señor! -Pensé que no le vendría mal un poco de ayuda extraoficial. Tres asesinatossin resolver en un año no indican nada bueno, Lestrade. Sin embargo, en elmisterio de Molesey no se comportó usted con su habitual..., quiero decir, lollevó usted bastante bien. Nos habíamos puesto de pie y nuestro prisionero jadeaba ruidosamente con unfornido policía a cada lado. En la calle empezaban ya a reunirse grupillos decuriosos. Holmes se acercó a la ventana, la cerró y bajó las persianas.Lestrade había sacado dos velas y los policías habían destapado sus linternas.Entonces pude, por fin, echarle un buen vistazo a nuestro prisionero. El rostro que nos encaraba era tremendamente viril, pero de expresiónsiniestra, con la frente de un filósofo por arriba y la mandíbula de un depravadopor abajo. Debía de tratarse de un hombre con grandes dotes tanto para el biencomo para el mal, pero resultaba imposible mirar sus ojos azules y crueles, conlos párpados caídos y la mirada cínica, o la agresiva nariz en punta y laamenazadora frente surcada de arrugas, sin leer en ellos las claras señales depeligro colocadas por la Naturaleza. No hacía caso de ninguno de nosotros ymantenía los ojos clavados en el rostro de Holmes, con una expresión quecombinaba a partes iguales el odio y el asombro. Y no dejaba de murmurarentre dientes: -¡Maldito demonio! ¡Maldito demonio astuto! -¡Ah coronel! -dijo Holmes, arreglándose el arrugado cuello de la camisa-.Nunca es tarde si la dicha es buena, como dice el refrán. Creo que no he tenidoel gusto de verle desde que me hizo objeto de sus atenciones cuando yoestaba en aquella cornisa sobre la catarata de Reichenbach. El coronel seguía mirando a mi amigo como si estuviera en trance. -Todavía no les he presentado -dijo Holmes-. Este caballero es el coronelSebastian Moran, que perteneció al ejército de Su Majestad en la India y que ha sido el mejor cazador de caza mayor que ha producido nuestro Imperio Occidental. ¿Me equivoco, coronel, al decir que nadie le ha superado aún en número de tigres cazados? El feroz anciano no dijo nada y siguió fulminando con la mirada a mi compañero; con sus ojos de salvaje y su hirsuto bigote, él mismo se parecía prodigiosamente a un tigre. -Parece mentira que mi sencillísima estratagema haya engañado a un shikari5 con tanta experiencia -dijo Holmes-. Debería resultarle muy conocida. ¿Nunca ha atado usted un cabrito debajo de un árbol, para apostarse entre las ramas con su rifle y aguardar a que el cebo atrajera al tigre? Pues esta casa vacía es mi árbol y usted es mi tigre. Es posible que llevara usted rifles de reserva, por si se presentaban varios tigres o por si se daba la improbable circunstancia de que le fallara la puntería. Pues bien -dijo señalando a su alrededor-, éstos son mis rifles de reserva. El paralelismo es exacto. El coronel Moran dio un paso adelante, rugiendo de rabia, pero los policías le hicieron retroceder. La furia que despedía su rostro era algo terrible de contemplar. -Confieso que me tenía usted reservada una pequeña sorpresa -continuó Holmes-. No se me ocurrió que también usted utilizaría esta casa vacía y esta ventana tan conveniente. Había supuesto que actuaría usted desde la calle, donde mi amigo Lestrade y sus alegres camaradas le estaban aguardando. Exceptuando este detalle, todo ha salido como yo esperaba. El coronel Moran se volvió hacia el inspector. -Puede que tengan ustedes una causa justificada para detenerme v puede que no -dijo-. Pero, desde luego, no existe razón alguna por la que tenga que aguantar las burlas de este individuo. Si estoy en manos de la ley, que las cosas se hagan de manera legal. -Bien, eso es bastante razonable -dijo Lestrade-. ¿No tiene nada más que decir antes de que nos vayamos, señor Holmes? Holmes había recogido del suelo el potente fusil de aire comprimido v estaba examinando su mecanismo. -Un arma admirable y originalísima -dijo-. Silenciosa y de tremenda potencia. Llegué a conocer a Von Herder, el mecánico alemán ciego que la construyó por encargo del difunto profesor Moriarty. Durante años he sabido de su existencia, pero hasta ahora no había tenido la oportunidad de examinarla. Se la encomiendo de manera muy especial, Lestrade, junto con sus correspondientes balas. -Puede usted confiarla a nuestro cuidado, señor Holmes -dijo Lestrade mientras todo el grupo se dirigía hacia la puerta-. ¿Algo más? -Sólo preguntar de qué piensa usted acusar al detenido. -¿De qué, señor? Pues, naturalmente, de intentar asesinar al señor Sherlock Holmes. -De eso, nada, Lestrade. No tengo ninguna intención de aparecer en el asunto. A usted, y sólo a usted, le corresponde el mérito de la importantísima detención que acaba de practicar. Sí, Lestrade, le felicito. Con su habitual combinación de astucia v audacia, ha conseguido usted atraparlo. -¡Atraparlo! ¿Atrapar a quién, señor Holmes? -Al hombre que toda la policía ha estado buscando en vano: al coronel Sebastian Moran, que asesinó al honorable Ronald Adair con una bala explosiva, disparada con un fusil de aire comprimido a través de la ventana del segundo piso de Park Lane, número 427, el día 30 del mes pasado. Esa es la acusación, Lestrade. Y ahora, Watson, si es usted capaz de soportar la corriente que se forma con una ventana rota, creo que le resultará muy entretenido y provechoso pasar media hora en mi estudio mientras fuma un cigarro. Nuestras antiguas habitaciones se habían mantenido inalteradas gracias a la supervisión de Mycroft Holmes y a los servicios inmediatos de la señora Hudson. Es cierto que al entrar observé una pulcritud desacostumbrada, pero los viejos puntos de referencia seguían todos en su sitio. Allí estaba el rincón de química, con la mesa de madera manchada de ácido. Sobre un estante se veía la formidable hilera de álbumes de recortes y libros de consulta que tantos de nuestros conciudadanos habrían quemado con sumo placer. Los gráficos, el estuche de violín, el colgador de pipas..., hasta la babucha persa que contenía el tabaco..., todo me saltaba a la vista al mirar a mi alrededor. En la habitación había dos ocupantes: uno de ellos era la señora Hudson, que nos miró radiante al vernos entrar; el otro era el extraño maniquí que tan importante papel había desempeñado en las aventuras de aquella noche. Era un busto de mi amigo en cera de color, admirablemente ejecutado v con un parecido absoluto. Estaba colocado sobre una mesita que le servía de pedestal v envuelto en una vieja bata de Holmes, de manera que, visto desde la calle, la ilusión era perfecta. -Confío en que tomaría usted todas las precauciones, señora Hudson -dijo Holmes. -Me acerqué de rodillas, señor Holmes, tal como usted me dijo. -Excelente. Lo ha hecho usted muy bien. ¿Se fijó en dónde fue a pegar la bala? -Sí, señor. Me temo que ha estropeado su magnífico busto, porque le atravesó la cabeza y fue a aplastarse contra la pared. La recogí de la alfombra y aquí la tiene. Holmes me la mostró. -Una bala de revólver blanda, como puede ver, Watson. Una idea genial. ¿Quién iba a imaginar que se podía disparar esto con un fusil de aire comprimido? Muy bien, señora Hudson, le estoy agradecido por su cooperación. Y ahora, Watson, haga el favor de ocupar una vez más su antiguo asiento, ya que me gustaría discutir con usted varios detalles. Se había despojado de la raída levita y era de nuevo el Holmes de los viejos tiempos, con el batín de color pardusco con que había vestido a su efigie. -Los nervios del viejo shikari siguen tan bien templados como siempre, y su vista igual de aguda -dijo riendo, mientras inspeccionaba la frente reventada de su busto-. Un balazo en el centro de la nuca, que atraviesa el cerebro de parte a parte. Era el mejor tirador de la India y no creo que haya muchos en Londres que le superen. ¿No había oído hablar de él? -Nunca. -¡Qué injusta es la fama! Aunque, si no recuerdo mal, tampoco había usted oído hablar del profesor James Moriarty, que poseía uno de los mejores cerebros de este siglo. Haga el favor de pasarme mi índice de biografías, que está en ese estante. Fue pasando las páginas con indolencia, echándose hacia atrás en su asiento y emitiendo grandes nubes de humo con su cigarro. -Mi colección de emes es de lo mejorcito -dijo-. Sólo con Moriarty bastaría para dar prestigio a una letra, y aquí tenemos además a Morgan, el envenenador, Merridew, de funesto recuerdo, y Mathews, que me saltó el colmillo izquierdo de un puñetazo en la sala de espera de Charing Cross. Y aquí tenemos por fin a nuestro amigo de esta noche. Me pasó el libro y leí: Moran, Sebastian, coronel. Sin empleo. Sirvió en el 1. ° de Zapadores de Bengalore. Nacido en Londres en 1840. Hijo de sir Augustus Moran, C.B., ex embajador británico en Persia. Educado en Eton y Oxford. Sirvió en la campaña de Jowaki, en la campaña de Afganistán, en Charasiab (menciones elogiosas), Sherpur y Kabul. Autor de Caza mayor en el Himalaya occidental, 1881; Tres meses en la jungla, 1884. Dirección: Conduit Street. Clubs: el Anglo-Indio, el Tankerville, el Bagatelle Card Club.» Al margen aparecía escrito, con la letra precisa de Holmes: El segundo hombre más peligroso de Londres.» -Es asombroso -dije, devolviéndole el volumen-. La carrera de este hombre es la de un militar honorable. -Es cierto -respondió Holmes-. Hasta cierto punto, se portó muy bien. Siempre fue un hombre con nervios de acero, y todavía se cuenta en la India la historia de cuando se arrastró por una acequia persiguiendo a un tigre herido, devorador de hombres. Algunos árboles, Watson, crecen derechos hasta cierta altura y de pronto desarrollan cualquier extraña deformidad. Lo mismo sucede a menudo con las personas. Sostengo la teoría de que el desarrollo de cada individuo representa la sucesión completa de sus antepasados, y que cualquier giro repentino hacia el bien o hacia el mal obedece a una poderosa influencia introducida en su árbol genealógico. La persona se convierte, podríamos decir, en una recapitulación de la historia de su familia. -Una teoría bastante extravagante, diría yo. -Bien, no insistiré en ello. Por la causa que fuera, el coronel Moran, empezó a descarriarse. Aún sin dar lugar a ningún escándalo público, la india le llegó a resultar demasiado incómoda. Se retiró, vino a Londres y también aquí adquirió mala reputación. Fue entonces cuando le localizó el profesor Moriarty, para quien actuó durante algún tiempo como jefe de su Estado Mayor. Moriarty le proporcionaba dinero en abundancia, y sólo le utilizó en uno o dos trabajos de primerísima categoría, que quedaban fuera del alcance de un criminal corriente. Quizás recuerde usted la muerte de la señora Stewart, de Lauder, en 1887. ¿No? Bueno, pues estoy seguro que Moran estuvo en el fondo del asunto; pero no se pudo demostrar nada. El coronel tenía las espaldas tan bien cubiertas que, incluso después de la desarticulación de la banda de Moriarty, resultó imposible acusarle de nada. ¿Se acuerda de aquella noche en que fui a su casa y cerré las contraventanas por temor a los fusiles de aire comprimido? Sabía muy bien lo que me hacía: estaba enterado de la existencia de este extraordinario fusil v sabía también que lo manejaba uno de los mejores tiradores del mundo. Cuando fuimos a Suiza, él nos siguió en compañía de Moriarty, y no cabe duda de que fue él quien me hizo pasar aquellos cinco minutos de infierno en la cornisa de Reichenbach. Como podrá usted suponer, durante mi estancia en Francia leí con bastante atención los periódicos, a la espera de una oportunidad de echarle el guante. Mi vida no tenía sentido mientras él anduviese suelto por Londres. Su sombra pesaría sobre mí noche v día, v tarde o temprano encontraría una oportunidad de caer sobre mí. ¿Qué podía hacer? No podía buscarle y pegarle un tiro, porque iría a parar a la cárcel. Tampoco serviría de nada recurrir a un magistrado. Los jueces no pueden actuar basándose en lo que a ellos tiene que parecerles una sospecha disparatada. Así que no podía hacer nada. Pero seguía leyendo los sucesos, porque estaba seguro de que tarde o temprano le pillaría. Y entonces se produjo la muerte de este Ronald Adair. ¡Por fin había llegado mi oportunidad! Sabiendo lo que yo sabía, ¿no resultaba evidente que el coronel Moran era el culpable? Había jugado a las cartas con el joven; le había seguido a su casa desde el club; le había disparado a través de la ventana abierta. No cabía duda alguna. Sólo con las balas bastaría para echarle la soga al cuello . Así que vine inmediatamente. El hombre que vigilaba mi casa me vio, y yo estaba seguro de que informaría a su jefe de mi presencia. Como es natural, el coronel relacionaría mi súbito regreso con su crimen y se alarmaría terriblemente. No me cabía duda de que intentaría quitarme de en medio cuanto antes, para lo cual traería su arma asesina. Le dejé un blanco perfecto en la ventana v, después de avisar a la policía de que sus servicios podrían ser necesarios -por cierto, Watson, usted los localizó a la perfección en aquel portal-, me instalé en lo que me pareció un excelente puesto de observación, sin imaginar que él elegiría el mismo lugar para atacar. Y ahora, querido Watson, ¿queda algo por aclarar? -Sí -dije-. No ha explicado todavía qué motivos tenía el coronel Moran para asesinar al honorable Ronald Adair. -¡Ah, querido Watson, aquí entramos en el terreno de las conjeturas, donde la mente más lógica puede fracasar! Cada uno puede elaborar su propia hipótesis, basándose en las pruebas existentes, y la suya tiene tantas posibilidades de acertar como la mía. -Pero usted tiene ya la suya, ¿no? -Creo que no resulta difícil explicar los hechos. Quedó demostrado que el coronel Moran v el joven Adair habían ganado una suma considerable jugando de compañeros. Ahora bien, es indudable que Moran hizo trampas; sé desde hace mucho tiempo que las hacía. Supongo que el día del crimen Adair se dio cuenta de que Moran era un tramposo. Lo más probable es que hablara con él en privado, amenazándole con revelar la verdad a menos que Moran se diese de baja en el club v prometiera no volver a jugar a las cartas. Es muy poco probable que un joven como Adair provocase un escándalo de buenas a primeras denunciando a un hombre muy conocido v mucho mayor que él. Lo lógico es que actuara tal como yo digo. Para Moran, quedar excluido de los clubs significaba la ruina, ya que vivía de lo que ganaba trampeando a las cartas. Así que asesinó a Adair, que en aquel mismo momento estaba calculando el dinero que tenía que devolver, ya que consideraba inaceptable quedarse con el fruto de las trampas de su compañero. Cerró la puerta para que las damas no le sorprendieran e insistieran en que les explicara lo que estaba haciendo con la lista y el dinero. ¿Qué tal se sostiene esto? -Estoy convencido de que ha dado usted en el clavo. -El juicio lo confirmará o lo desmentirá. Mientras tanto, y pase lo que pase, el coronel Moran no nos molestará más, el famoso fusil de aire comprimido de Von Herder pasará a adornar el museo de Scotland Yard, y Sherlock Holmes queda libre de nuevo para dedicar su vida a examinar los interesantes problemillas que la complicada vida de Londres nos plantea sin cesar. La aventura del constructor de Norwood -Desde el punto de vista del experto criminalista -dijo Sherlock Holmes-, Londres se ha convertido en una ciudad particularmente aburrida desde la muerte del llorado profesor Moriarty. -No creo que encuentre usted muchos ciudadanos honrados que compartan su opinión -respondí yo. -Bien, bien, ya sé que no debo ser egoísta -dijo él, sonriendo, mientras apartaba su silla de la mesa del desayuno-. Desde luego, la sociedad sale ganando y nadie sale perdiendo, con excepción del pobre especialista sin trabajo que ye desaparecer su oficio. Mientras aquel hombre se mantuvo activo, el periódico de cada mañana ofrecía infinitas posibilidades. Muchas veces se trataba tan sólo de una mínima huella, Watson, del indicio más leve, y, sin embargo, bastaba para que yo supiera que por allí andaba aquel magnífico y maligno cerebro, del mismo modo que el más ligero temblor en los bordes de la telaraña nos recuerda la existencia de la repugnante araña que acecha en el centro. Pequeños hurtos, asaltos violentos, agresiones sin objeto aparente... Para quien conociera la clave, todo se podía encajar de un modo coherente. No existía entonces una sola capital en Europa que ofreciera las oportunidades que Londres ofrecía para el estudio científico de las altas esferas del crimen. Pero ahora... -se encogió de hombros, en burlona desaprobación del estado de cosas al que tanto había contribuido él mismo. En la época de la que estoy hablando, hacía varios meses que Holmes había reaparecido, y yo, a petición suya había traspasado mi consultorio y volvía a compartir con él los antiguos aposentos de Baker Street. Un joven doctor apellidado Verner había adquirido mi pequeño consultorio de Kensington, pagando con asombrosa celeridad el precio más alto que yo me atreví a pedir, un asunto que no quedó explicado hasta varios años más tarde, cuando descubrí que Verner era pariente lejano de Holmes y que en realidad había sido mi amigo el que aportó el dinero. Nuestros meses de asociación no habían sido tan anodinos como Holmes afirmaba, ya que, revisando mis notas, veo que este período incluye el caso de los documentos del ex-presidente Murillo y también el escandaloso asunto del vapor holandés Friesland, que estuvo a punto de costarnos la vida a los dos. Sin embargo, su carácter frío y orgulloso rechazaba por sistema todo lo que se pareciera al aplauso público y me hizo prometer, en los términos más estrictos, que no diría una sola palabra sobre él, sus métodos o sus éxitos; una prohibición que, como ya he explicado, no levantó hasta hace muy poco. Tras expresar su excéntrica protesta, Sherlock Holmes se arrellanó en su sillón, v estaba desplegando el periódico de la mañana con aire despreocupado cuando a ambos nos sobresaltó un tremendo campanillazo en la puerta, seguido de inmediato por un fuerte repiqueteo, como si alguien estuviera aporreando con los puños la puerta de la calle. Cuando ésta se abrió, oímos una ruidosa carrera a través del vestíbulo v unos pasos que subían a toda prisa las escaleras. Un instante después, irrumpía en nuestra habitación un joven excitadísimo, con los ojos desorbitados, desmelenado v jadeante. Nos miró primero al uno y luego al otro, y al advertir nuestras miradas inquisitivas cayó en la cuenta de que debía ofrecer algún tipo de excusas por su desaforada entrada. -Lo siento, señor Holmes -exclamó-. Le ruego que no se ofenda. Estoy a punto de volverme loco. Señor Holmes, soy el desdichado John Hector McFarlane. Hizo esta presentación como si sólo con el nombre bastara para explicar su visita y sus modales, pero por el rostro impasible de mi compañero me di cuenta de que aquello le decía tan poco a él como a mí. -Tome un cigarrillo, señor McFarlane -dijo Holmes, empujando su pitillera hacia él-. Estoy seguro de que, a la vista de sus síntomas, mi amigo el doctor Watson le recomendaría un sedante. Ha hecho tanto calor estos últimos días... Ahora, si se siente usted más tranquilo, le agradecería que tomara asiento en esa silla y nos contara muy despacio y con mucha calma quién es usted y qué desea. Ha pronunciado usted su nombre como si yo tuviera necesariamente que conocerlo, pero le aseguro que, aparte de los hechos evidentes de que es usted soltero, procurador, masón y asmático, no sé nada en absoluto de usted. Habituado como estaba a los métodos de mi amigo, no me resultó difícil seguir sus deducciones y observar el atuendo descuidado, el legajo de documentos legales, el amuleto del reloj y la respiración jadeante en que se había basado. Sin embargo, nuestro cliente se quedó boquiabierto. -Sí, señor Holmes, soy todas esas cosas, pero además soy el hombre más desgraciado que existe ahora mismo en Londres. ¡Por amor de Dios, no me abandone, señor Holmes! Si vienen a detenerme antes de que haya terminado de contar mi historia, haga que me dejen tiempo de explicarle toda la verdad. Iría contento a la cárcel sabiendo que usted trabaja para mí desde fuera. -¡Detenerlo! -exclamó Holmes-. ¡Caramba, qué estupen..., qué interesante! ¿Y bajo qué acusación espera que lo detengan? -Acusado de asesinar al señor Jonas Oldacre, de Lower Norwood. El expresivo rostro de mi compañero dio muestras de simpatía, que, mucho me temo, no estaba exenta de satisfacción. -¡Vaya por Dios! -dijo-. ¡Y yo que hace un momento, durante el desayuno, le decía a mi amigo el doctor Watson que ya no aparecen casos sensacionales en los periódicos! Nuestro visitante extendió una mano temblorosa v recogió el Daily Telegraph que aún reposaba sobre las rodillas de Holmes. -Si lo hubiese leído, señor, habría sabido a primera vista qué es lo que me ha traído a su casa esta mañana. Tengo la sensación de que mi nombre y mi desgracia son la comidilla del día -desdobló el periódico para enseñarnos las páginas centrales-.Aquí está y, con su permiso, se lo voy a leer. Escuche esto, señor Holmes. Los titulares dicen: «Misterio en Lower Norwood. Desaparece un conocido constructor. Sospechas de asesinato e incendio provocado. Se sigue la pista del criminal.» Esta es la Dista que están siguiendo, señor Holmes, y sé que conduce de manera infalible hacia mí. Me han seguido desde la estación del Puente de Londres y estoy convencido de que sólo esperan que llegue el mandamiento judicial para detenerme. ¡Esto le romperá el corazón a mi madre, le romperá el corazón! -se retorció las manos, presa de angustiosos temores, y comenzó a oscilar en su asiento, hacia delante y hacia atrás. Examiné con interés a aquel hombre, acusado de haber cometido un crimen violento. Era rubio y poseía un cierto atractivo, aunque fuera más bien del tipo enfermizo. Tenía los ojos azules y asustados, el rostro bien afeitado y la boca de una persona débil v sensible. Podría tener unos veintidós años; su vestimenta v su porte eran los de un caballero. Del bolsillo de su abrigo de entretiempo sobresalía un manojo de documentos sellados que delataban su profesión. -Aprovecharemos el tiempo lo mejor que podamos -dijo Holmes-. Watson, ¿sería usted tan amable de coger el periódico y leerme el párrafo en cuestión? Bajo los sonoros titulares que nuestro cliente había citado, leí el siguiente y sugestivo relato: «A última hora de la noche pasada, o a primera hora de esta mañana, se ha producido en Lower Norwood un incidente que induce a sospechar un grave crimen, cometido en la persona del señor Jonas Oldacre, conocido residente de este distrito, donde llevaba muchos años al frente de su negocio de construcción. El señor Oldacre era soltero, de 52 años, y residía en Deep Dene House, en el extremo más próximo a Sydenham de la calle del mismo nombre. Tenía fama de hombre excéntrico, reservado y retraído. Llevaba algunos años prácticamente retirado de sus negocios, con los cuales se dice que había amasado una considerable fortuna. No obstante, todavía existe un pequeño almacén de madera en la parte de atrás de su casa, y esta noche, a eso de las doce, se recibió el aviso de que una de las pilas de madera estaba ardiendo. Los bomberos acudieron de inmediato, pero la madera seca ardía de manera incontenible v resultó imposible apagar la conflagración hasta que toda la pila quedó consumida por completo. Hasta aquí, el suceso tenía toda la apariencia de un vulgar accidente, pero nuevos datos parecen apuntar hacia un grave crimen. En un principio, causó extrañeza la ausencia del propietario del establecimiento en el lugar del incendio, y se inició una investigación que demostró que había desaparecido de su casa. Al examinar su habitación, se descubrió que no había dormido en ella. La caja fuerte estaba abierta, había un montón de papeles importantes esparcidos por toda la habitación v, por último, se encontraron señales de una lucha violenta, pequeñas manchas de sangre en la habitación y un bastón de roble que también presentaba manchas de sangre en el puño. Se ha sabido que aquella noche, a horas bastante avanzadas, el señor Jonas Oldacre recibió una visita en su dormitorio, y se ha identificado el bastón encontrado como perteneciente a un visitante, que es un joven procurador de Londres llamado John Hector McFarlane, socio más joven del bufete Graham & McFarlane, con sede en el 426 de Gresham Buildings, E.C. La policía cree disponer de pruebas que indican un móvil muy convincente para el crimen, y no cabe duda de que muy pronto se darán a conocer noticias sensacionales. ÚLTIMA HORA.-A la hora de entrar en máquinas ha corrido el rumor de que John Hector McFarlane ha sido detenido ya, acusado del asesinato de Mr. Jonas Oldacre. Al menos, se sabe a ciencia cierta que se ha expedido una orden de detención. La investigación en Norwood ha re velado nuevos y siniestros detalles. Además de encontrarse señales de lucha en la habitación del desdichado constructor, se ha sabido ahora que se encontraron abiertas las ventanas del dormitorio (situado en la planta baja), y huellas que parecían indicar que alguien había arrastrado un objeto voluminoso hasta la pila de madera. Por último, se dice que entre las cenizas del incendio se han encontrado restos carbonizados. La policía maneja la hipótesis de que se ha cometido un crimen, v supone que la víctima fue muerta a golpes en su propia habitación, tras lo cual el asesino registró sus papeles y luego arrastró el cadáver hasta la pila de madera, incendiándola para borrar todas las huellas de su crimen. El trabajo de investigación policial se ha encomendado en las expertas manos del inspector Lestrade, de Scotland Yard, que sigue las pistas con su energía y sagacidad habituales.» Sherlock Holmes escuchó este extraordinario relato con los ojos cerrados v las puntas de los dedos juntos. -Desde luego, el caso presenta algunos aspectos interesantes -dijo con su acostumbrada languidez-. ¿Puedo preguntarle en primer lugar, señor McFarlane, cómo es que todavía sigue en libertad, cuando parecen existir pruebas suficientes para justificar su detención? -Vivo en Torrington Lodge, Blackheath, con mis padres; pero anoche, como tenía que entrevistarme bastante tarde con el señor Jonas Oldacre, me quedé en un hotel de Norwood y fui a mi despacho desde allí. No supe nada de este asunto hasta que subí al tren y leí lo que usted acaba de oír. Me di cuenta al instante del terrible peligro que corría y me apresuré a poner el caso en sus manos. No me cabe duda de que me habrían detenido en mi despacho de la City o en mi casa. Un hombre me ha venido siguiendo desde la estación del Puente de Londres y estoy seguro... ¡Cielo santo! ¿Qué es eso? Era un campanillazo en la puerta, seguido al instante por fuertes pisadas en la escalera. Al cabo de un momento, nuestro amigo Lestrade apareció en el umbral. Por encima de su hombro pude advertir la presencia de uno o dos policías de uniforme. -¿El señor John Hector McFarlane? -dijo Lestrade. Nuestro desdichado cliente se puso en pie con el rostro descompuesto. -Queda detenido por el homicidio intencionado del señor Jonas Oldacre, de Lower Norwood. McFarlane se volvió hacia nosotros con gesto de desesperación y se hundió de nuevo en su asiento, como aplastado por un peso. -Un momento, Lestrade -dijo Holmes-. Media hora más o menos no significa nada para usted, v el caballero se disponía a darnos una información sobre este caso tan interesante, que podría servirnos de ayuda para esclarecerlo. -No creo que resulte nada difícil esclarecerlo -dijo Lestrade muy serio. -A pesar de todo, y con su permiso, me interesaría mucho oír su explicación. -Bueno, señor Holmes, me resulta muy difícil negarle nada, teniendo en cuenta la ayuda que ha prestado al Cuerpo en una o dos ocasiones. Scotland Yard está en deuda con usted -dijo Lestrade-. Pero al mismo tiempo debo permanecer junto al detenido, v me veo obligado a advertirle que todo lo que diga puede utilizarse como prueba en contra suya. -No deseo otra cosa -dijo nuestro cliente-. Todo lo que les pido es que escuchen v reconocerán la pura verdad. Lestrade consultó su reloj. -Le doy media hora -dijo. -Antes que nada, debo explicar -dijo McFarlane-que yo no conocía de nada al señor Jonas Oldacre. Su nombre sí que me era conocido, porque mis padres tuvieron tratos con él durante muchos años, aunque luego se distanciaron. Así pues, me sorprendió muchísimo que ayer se presentara, a eso de las tres de la tarde, en mi despacho de la City. Pero todavía quedé más asombrado cuando me explicó el objeto de su visita. Llevaba en la mano varias hojas de cuaderno, cubiertas de escritura garabateada -son éstas-, que extendió sobre la mesa. »-Este es mi testamento -dijo-, y quiero que usted, señor McFarlane, lo redacte en forma legal. Me sentaré aquí mientras lo hace. »Me puse a copiarlo, y pueden ustedes imaginarse mi asombro al descubrir que, con algunas salvedades, me dejaba a mí todas sus propiedades. Era un hombrecillo extraño, con aspecto de hurón y pestañas blancas, y cuando alcé la vista para mirarlo encontré sus ojos grandes y penetrantes clavados en mí con una expresión divertida. Al leer los términos del testamento, no di crédito a mis ojos. Pero él me explicó que era soltero, que apenas le quedaban parientes vivos, que había conocido a mis padres cuando era joven y que siempre había oído decir que yo era un joven de muchos méritos, por lo que estaba seguro de que su dinero quedaría en buenas manos. Por supuesto, no pude hacer otra cosa que balbucir algunos agradecimientos. El testamento quedó debidamente redactado y firmado, con mi escribiente respaldándolo como testigo. Es este papel azul, v estas hojas, como va he explicado, son el borrador. A continuación el señor Oldacre me informó de la existencia de una serie de documentos -contratos de arrendamiento, títulos de propiedad, hipotecas, cédulas v esas cosas-que era preciso que Yo examinase. Dijo que no se-sentiría tranquilo hasta que todo el asunto hubiera quedado arreglado, y me rogó que acudiese aquella misma noche a su casa de Norwood, llevando el testamento, para dejarlo todo a punto. "Recuerde, muchacho, no diga ni una palabra de esto a sus padres hasta que todo quede arreglado. Entonces les daremos una pequeña sorpresa." Insistió mucho en este detalle y me hizo prometérselo solemnemente. »Como podrá imaginar, señor Holmes, yo no estaba de humor para negarle nada que me pidiera. Ante semejante benefactor, lo único que yo deseaba era cumplir su voluntad hasta el menor detalle. Así que envié un telegrama a casa, diciendo que tenía un trabajo importante y que me resultaba imposible saber a qué hora podría regresar. El señor Oldacre me dijo que le gustaría que yo fuera a cenar con él a las nueve, ya que antes de esa hora no se encontraría en su casa. Pero tuve algunas dificultades para encontrar la casa y eran casi las nueve y media cuando llegué. Lo encontré... -¡Un momento! -interrumpió Holmes-. ¿Quién abrió la puerta? -Una mujer madura, supongo que su ama de llaves. -Y supongo que fue ella la que facilitó su nombre. -Exacto -dijo McFarlane. -Continúe, por favor. McFarlane se enjugó el sudor de la frente y prosiguió con su relato: -Esta mujer me hizo pasar a un cuarto de estar, donde ya estaba servida una cena ligera. Después de cenar, el señor Oldacre me condujo a su habitación, donde había una pesada caja de caudales. La abrió y sacó de ella un montón de documentos, que empezamos a revisar juntos. Serían entre las once y las doce cuando terminamos. Oldacre comentó que no debíamos molestar al ama de llaves y me hizo salir por la ventana, que había permanecido abierta todo el tiempo. -¿Estaba bajada la persiana? -preguntó Holmes. -No estoy seguro, pero creo que sólo estaba medio bajada. Sí, recuerdo que él la levantó para abrir la ventana de par en par. Yo no encontraba mi bastón, y él me dijo: «No se preocupe, muchacho, a partir de ahora espero que nos veamos con frecuencia, y guardaré su bastón hasta que venga a recogerlo.» Allí lo dejé, con la caja abierta v los papeles ordenados en paquetes sobre la mesa. Era tan tarde que no pude volver a Blackheath; así que pasé la noche en el «Anerley Arms» y no supe nada más hasta que leí la horrible crónica del suceso por la mañana. -¿Hay algo más que quiera usted preguntar, señor Holmes? -dijo Lestrade, cuyas cejas se habían alzado una o dos veces durante la sorprendente narración. -No, hasta que haya estado en Blackheath. -Querrá usted decir en Norwood -dijo Lestrade. -Ah, sí, seguramente eso es lo que quería decir -respondió Holmes, con su sonrisa enigmática. Lestrade había aprendido, a lo largo de más experiencias que las que le gustaba reconocer, que aquel cerebro afilado como una navaja podía penetrar en lo que a él le resultaba impenetrable. Vi que miraba a mi compañero con expresión de curiosidad. -Creo que me gustaría cambiar unas palabras con usted ahora mismo, señor Holmes -dijo-. Señor McFarlane, hay dos de rnis agentes en la puerta y un coche aguardando. El angustiado joven se puso en pie y, dirigiéndonos una última mirada suplicante, salió de la habitación. Los policías lo condujeron al coche, pero Lestrade se quedó con nosotros. Holmes había recogido las hojas que formaban el borrador del testamento v las estaba examinando, con el más vivo interés reflejado en su rostro. -Este documento tiene su miga, ¿no cree usted, Lestrade? -dijo, pasándole los papeles. El inspector los miró con expresión de desconcierto. -Las primeras líneas se leen bien, y también éstas del centro de la segunda página, y una o dos al final. Tan claro como si fuera letra de imprenta -dijo-. Pero entre medias está muy mal escrito, y hay tres partes donde no se entiende nada. -¿Y qué saca de eso? -preguntó Holmes. -Bueno, ¿qué saca usted? -Que se escribió en un tren; la buena letra corresponde a las estaciones, la mala letra al tren en movimiento, y la malísima al paso por los cambios de agujas. Un experto científico dictaminaría en el acto que se escribió en una línea suburbana, ya que sólo en las proximidades de una gran ciudad puede haber una sucesión tan rápida de cambios de agujas. Si suponemos que la redacción del testamento ocupó todo el viaje, entonces se trataba de un tren expreso, que sólo se detuvo una vez entre Norwood y el Puente de Londres. Lestrade se echó a reír. -Me abruma usted cuando empieza con sus teorías, señor Holmes -dijo-. ¿Qué relación tiene esto con el caso? -Para empezar, corrobora el relato del joven en lo referente a que Jonas Oldacre redactó el testamento durante su viaje de ayer. Es curioso, ¿no le parece?, que alguien redacte un documento tan importante de una forma tan a la ligera. Parece dar a entender que el hombre no pensaba que aquello fuera a tener mucha importancia práctica. Como si no pretendiera que el testamento se llevase a efecto. -Pues al mismo tiempo estaba redactando su sentencia de muerte -dijo Lestrade. -¿Eso cree usted? -¿Usted no? -Bueno, es bastante posible; pero aún no veo claro el caso. -¿Que no lo ve claro? Pues si esto no está claro, no sé qué puede estarlo. Tenemos un joven que se entera de repente de que si cierto anciano fallece, él heredará la fortuna. ¿Qué es lo que hace? No le dice nada a nadie v se las arregla, con cualquier pretexto, para visitar a su cliente esa misma noche; espera hasta que se haya acostado la única otra persona de la casa y entonces, en la soledad de la habitación, asesina al viejo, quema el cadáver en la pila de madera v se marcha a dormir a un hotel cercano. Las manchas de sangre encontradas en la habitación y en el bastón son muy ligeras. Es probable que creyera que el crimen no había derramado sangre, y confiara en que si el cuerpo quedaba consumido desaparecerían todas las huellas del método empleado, huellas que por una u otra razón lo señalarían a él. ¿No resulta evidente todo esto? -Mi buen Lestrade, para mi gusto es un pelín demasiado evidente -dijo Holmes-. La imaginación no figura entre sus grandes cualidades, pero si pudiera por un momento ponerse en el lugar de este joven, ¿habría usted escogido para cometer el crimen precisamente la primera noche después de redactar el testamento? ¿No le habría parecido peligroso establecer una relación tan próxima entre los dos hechos? Y lo que es más: ¿habría usted elegido una ocasión en la que se sabía que estaba usted en la casa, ya que un sirviente le ha abierto la puerta? Y por último: ¿se tomaría usted tantas molestias para hacer desaparecer el cuerpo, dejando al mismo tiempo su bastón para que todos supieran que es usted el asesino? Confiese, Lestrade, todo eso es muy improbable. -En cuanto al bastón, señor Holmes, usted sabe tan bien como yo que los criminales a veces se ofuscan y hacen cosas que un hombre sereno no haría. Probablemente, le dio miedo entrar otra vez en la habitación. A ver si puede presentarme otra teoría que encaje con los hechos. -Podría presentarle media docena con toda facilidad -respondió Holmes-. Aquí tiene, por ejemplo, una muy posible, e incluso probable. Se la ofrezco gratis, como regalo. Un vagabundo que pasa por allí los ve a través de la ventana, que sólo tiene la persiana medio bajada. El abogado se marcha. El vagabundo entra. Coge un bastón que encuentra por ahí, mata a Oldacre v se larga después de quemar el cadáver. -¿Para qué iba el vagabundo a quemar el cadáver? -¿Y para qué iba a quemarlo McFarlane? -Para hacer desaparecer alguna prueba. -Puede que el vagabundo quisiera ocultar el hecho mismo de que se había cometido un asesinato. -¿Y cómo es que el vagabundo no se llevó nada? -Porque se trataba de documentos no negociables. Lestrade sacudió la cabeza, aunque me pareció que ya no sentía la misma seguridad absoluta que antes. -Bien, señor Sherlock Holmes, puede usted buscar a su vagabundo, v mientras lo busca nosotros nos quedaremos con nuestro hombre. El futuro dirá quién tiene razón. Pero fíjese tan sólo en esto, señor Holmes: hasta donde sabemos, no falta ninguno de los papeles, y el detenido es la única persona del mundo que no tenía ningún motivo para llevárselos, va que, como heredero legal, pasarían a su poder de todas formas. Mi amigo pareció impresionado por este comentario. -No pretendo negar que, en algunos aspectos, las pruebas se inclinan hacia su teoría -dijo-. Lo único que quiero hacer ver es que existen otras teorías posibles. Como usted ha dicho, el futuro decidirá. Buenos días. Creo poder asegurar que en el transcurso de la jornada me dejaré caer por Norwood para ver cómo le va. Cuando el policía se hubo marchado, mi amigo se puso en pie y comenzó sus preparativos para la jornada de trabajo, con el aire animado de quien tiene por delante una tarea que le encanta. -Mi primer movimiento, Watson -dijo mientras se enfundaba en su levita-, será, como va he dicho, en dirección a Blackheath. -¿Y por qué no a Norwood? -Porque en este caso tenemos un suceso muy curioso que viene pisándole los talones a otro suceso igualmente curioso. La policía está cometiendo el error de concentrar su atención en el segundo, porque da la casualidad de que es el único verdaderamente criminal. Pero para mí resulta evidente que la única manera lógica de abordar el caso es comenzando por arrojar alguna luz sobre el primer suceso: ese extraño testamento, redactado tan aprisa y con un heredero tan inesperado. Eso podría contribuir a aclarar lo que sucedió después. No, querido amigo, no creo que pueda usted ayudar. No se vislumbra ningún peligro; de lo contrario, ni se me ocurriría dar un paso sin usted. Confío en que, cuando nos veamos esta tarde, pueda comunicarle que he conseguido hacer algo en favor de este desdichado joven que ha venido a ponerse bajo mi protección. Era ya tarde cuando regresó mi amigo, y se notaba a primera vista, por su expresión preocupada y ansiosa, que las grandes esperanzas con que había salido de casa no se habían cumplido. Se pasó una hora sacándole sonidos al violín, en un intento de apaciguar sus excitados ánimos. Por último, dejó a un lado el instrumento v me soltó un relato detallado de sus desventuras. -Todo va mal, Watson. No podría ir peor. Mantuve el tipo ante Lestrade, pero por mi alma que parece que, por una vez, el tipo anda por buen camino v nosotros por el malo. Todos mis instintos apuntan en una dirección v todos los hechos en la otra, v mucho me temo que los jurados británicos aún no han alcanzado el nivel de inteligencia necesario para que den preferencia a mis teorías sobre los hechos de Lestrade. -¿Ha estado usted en Blackheath? -Sí, Watson, estuve allí y no tardé en averiguar que el difunto v llorado Oldacre era un pájaro de mucho cuidado. El padre había salido a ver a su hijo. La madre estaba en casa: una mujercita tierna, de ojos azules, que temblaba de miedo e indignación. Naturalmente, se negaba a admitir la mera posibilidad de que su hijo fuera culpable, pero tampoco manifestó ni sorpresa ni pena por la suerte de Oldacre. Por el contrario, habló de él con tal rabia que, sin darse cuenta, estaba reforzando considerablemente la hipótesis de la policía, ya que si su hijo la hubiera oído hablar del muerto en semejantes términos, no cabe duda de que se habría sentido predispuesto al odio v a la violencia. «Más que un ser humano, era un mono astuto v maligno -dijo-, y siempre lo fue, desde que era joven.» »-¿Lo conoció usted entonces? -pregunté yo. »-Sí, lo conocí muy bien; en realidad, fue pretendiente mío. Gracias a Dios que tuve el buen sentido de dejarlo y casarme con un hombre mejor, aunque fuera más pobre. Estábamos prometidos, señor Holmes, pero entonces me contaron una historia espantosa sobre él: que había soltado un gato dentro de una pajarera, v aquella crueldad tan brutal me horrorizó tanto que no quise saber nada más de él -se puso a rebuscar en un escritorio y por fin sacó una fotografía de una mujer, toda cortada y apuñalada con un cuchillo-. Esta fotografía es mía, dijo. Él me la envió en este estado, junto con una maldición, la mañana de mi boda. »-Bueno -dije yo-, al menos parece que al final la perdonó, puesto que le dejó a su hijo todo lo que poseía. -Ni mi hijo ni yo queremos nada de Jonas Oldacre, ni vivo ni muerto -exclamó ella con mucha dignidad-. Hay un Dios en los cielos, señor Holmes, y ese mismo Dios, que ha castigado a ese malvado, demostrará a su debido tiempo que las manos de mi hijo no se han manchado con su sangre. »Procuré seguir una o dos pistas, pero no encontré nada a favor de nuestra hipótesis, y sí varios detalles en contra. Por último, me rendí y me dirigí a Norwood. »La casa en cuestión, Deep Dene House, es una residencia grande y moderna, de ladrillo descubierto, con terrenos propios y un césped delante, en el que hay plantados varios grupos de laureles. A la derecha, y a cierta distancia de la carretera, se encuentra el almacén de madera donde se produjo el incendio. Aquí tiene un plano aproximado, en esta hoja de mi cuaderno. Esta ventana de la izquierda es la de la habitación de Oldacre. Como puede ver, la habitación se ve perfectamente desde la carretera. Es el único detalle consolador que he obtenido en todo el día. Lestrade no estaba allí, pero un cabo de la policía me hizo los honores. Acababan de hacer un gran descubrimiento. Se habían pasado la mañana hurgando entre las cenizas de madera quemada v, además de los restos orgánicos carbonizados que a tenían, encontraron varios discos metálicos desconocidos. Los examiné con atención v no cabía la menor duda de que se trataba de botones de pantalón. Hasta se distinguía en uno de ellos la marca “Hyams”, que es el nombre del sastre de Oldacre. A continuación, examiné minuciosamente el césped, en busca de rastros y huellas, pero esta sequía lo ha dejado todo duro como el hierro. No se veía nada, exceptuando que un cuerpo o un bulto grande había sido arrastrado a través de un seto bajo de aligustre que hay delante de la pila de madera. Todo eso, por supuesto, concuerda con la teoría oficial. Me arrastré por el césped bajo el sol de agosto. Pero al cabo de una hora tuve que levantarme, sin haber sacado nada en limpio. »Después de este fracaso, pasé al dormitorio v lo inspeccioné también. Las manchas de sangre eran muy ligeras, meras gotitas borrosas, pero recientes sin lugar a dudas. Se habían llevado el bastón, pero sabemos que también en él las manchas eran pequeñas. No hay duda de que el bastón pertenece anuestro cliente. Él mismo lo reconoce. En la alfombra se advertían las pisadas de los dos hombres, pero no había ni rastro de una tercera persona; otra baza para la parte contraria. Ellos no paran de anotarse tantos y nosotros seguimos parados. »Sólo vislumbré una chispita de esperanza, y aun así se quedó en nada. Examiné el contenido de la caja fuerte, que estaba casi todo sacado y colocado sobre la mesa. Los papeles se habían distribuido en sobres lacrados, uno o dos de los cuales habían sido abiertos por la policía. Por lo que pude apreciar, no tenían mucho valor, y tampoco la cuenta bancaria indicaba que el señor Oldacre se encontrara en una situación muy boyante. Sin embargo, me dio la impresión de que allí faltaban documentos. Encontré alusiones a ciertas escrituras -posiblemente las más valiosas-que no aparecían por ninguna parte. Naturalmente, si pudiéramos demostrar esto, volveríamos el argumento de Lestrade en contra suya, porque ¿quién iba a robar una cosa que sabe que no tardará en heredar? »Por último, tras husmear por todas partes sin llegar a olfatear nada, probé suerte con el ama de llaves, la señora Lexington, una mujer pequeña, morena v callada, de ojos recelosos y mirada torva. Si quisiera, podría decirnos algo, estoy convencido de ello. Pero se cerró como una tumba. Sí, había abierto la puerta al señor McFarlane a las nueve y media. Ojalá se le hubiera secado la mano antes de hacerlo. Se había ido a la cama a las diez v media. Su habitación está al otro extremo de la casa v no ovó nada de lo que ocurría. El señor McFarlane había dejado en el vestíbulo su sombrero y, según creía recordar, también su bastón. Se había despertado al oír la alarma de incendio. Era indudable que su pobre y querido señor había sido asesinado. ¿Tenía Oldacre algún enemigo? Bueno, todo el mundo tiene algún enemigo, pero el señor Oldacre sólo se ocupaba de sus asuntos v no se trataba con nadie más que por cuestiones de negocios. Había visto los botones y estaba segura de que pertenecían a la ropa que Oldacre llevaba puesta aquella noche. La madera estaba muy seca, porque llevaba un mes sin llover. Ardió como la estopa, y cuando ella llegó al almacén no se veían más que llamas. Tanto ella como los bomberos habían notado el olor a carne quemada. No sabía nada de los documentos, ni de los asuntos privados del señor Oldacre. »Y aquí tiene, querido Watson, el informe completo de mi fracaso. Y sin embargo..., y sin embargo... -apretó sus huesudas manos en un paroxismo de convicción-, yo sé que todo es un error. Lo siento en los huesos. Hay algo que no ha salido a la luz, y esa ama de llaves está enterada de ello. Había en sus ojos una especie de desafío rencoroso que siempre acompaña al sentimiento de culpa. Sin embargo, de nada sirve seguir hablando de ello, Watson; como no tengamos un golpe de suerte, mucho me temo que el Caso de la Desaparición de Norwood no figurará en esta futura crónica de nuestros éxitos que el paciente público tendrá que soportar tarde o temprano. -Supongo -dije yo-que el aspecto del joven influirá favorablemente en cualquier jurado. -Ese argumento es muy peligroso, querido Watson. Acuérdese de Bert Stevens, aquel terrible asesino que pretendió que le sacásemos de apuros en el 87. ¿Ha conocido a algún hombre de modales tan suaves, tan de catequesis, como aquél? -Es cierto. -A menos que consigamos establecer una hipótesis alternativa, nuestro hombre está perdido. Resulta difícil encontrar un punto flaco en la acusación que ahora mismo puede presentarse contra él, v todas las investigaciones realizadas han servidlo para reforzarla. Por cierto, existe un detalle curioso en esos papeles que quizás podría servirnos de punto de partida para nuestras pesquisas. Al examinar la cuenta bancaria, descubrí que el saldo tan bajo que presenta se debe principalmente a una serie de cheques por cantidades importantes que se han librado durante el último año a favor de un tal Cornelius. Confieso que me gustaría mucho saber quién puede ser este señor Cornelius al que un constructor retirado transfiere sumas tan elevadas. ¿Es posible que tenga algo que ver en el asunto? Podría tratarse de un agente de bolsa, pero no hemos encontrado ningún título que corresponda a dichos pagos. Mucho me temo, querido camarada, que nuestro caso tenga un final poco glorioso, con Lestrade ahorcando a nuestro cliente, lo cual, sin duda, constituirá un triunfo para Scotland Yard. Ignoro si Sherlock Holmes llegó a dormir algo aquella noche, pero cuando bajé a desayunar me lo encontré, pálido e inquieto, con sus brillantes ojos aún más brillantes a causa de las oscuras ojeras que los rodeaban. Alrededor de su silla, la alfombra estaba cubierta de colillas y de las primeras ediciones de los periódicos de la mañana. Sobre la mesa había un telegrama abierto. -¿Qué le parece esto, Watson? -preguntó, extendiéndomelo. Venía de Norwood y decía lo siguiente: «Nuevas e importantes pruebas. Culpabilidad McFarlane demostrada definitivamente. Aconsejo abandone caso. -LESTRADE.» -Parece que va en serio -dije. -Es el cacareo de victoria de Lestrade -respondió Holmes con una sonrisa amarga-. Sin embargo, sería prematuro abandonar el caso. Al fin y al cabo, las pruebas nuevas e importantes son un arma de doble filo, y bien pudiera ser que cortaran en dirección muy diferente a la que Lestrade imagina. Tómese el desayuno, Watson, e iremos juntos a ver qué podemos hacer. Me parece que hoy voy a necesitar su compañía y su apoyo moral. Mi amigo no había desayunado, porque una de sus manías era la de no tomar alimento alguno en los momentos de más tensión, y alguna vez lo he visto confiar en su resistencia de hierro hasta caer desmayado por pura inanición. «En estos momentos no puedo malgastar energías y fuerza nerviosa en una digestión», solía decir en respuesta a mis recriminaciones médicas. Así pues, no me sorprendió que aquella mañana dejara el desayuno sin tocar y saliera conmigo hacia Norwood. Todavía había un montón de mirones morbosos en torno a Deep Dene House, que era una típica residencia suburbana, tal como yo me la había imaginado. Lestrade salió a recibirnos nada más cruzar la puerta, con la victoria reflejada en el rostro y los moda; les agresivos de un triunfador. -Y bien, señor Holmes, ¿ha demostrado ya lo equivocados que estamos? ¿Encontró va a su vagabundo? -exclamó. -Todavía no he llegado a ninguna conclusión -respondió mi compañero. -Pero nosotros ya llegamos a la nuestra ayer, v ahora se ha demostrado que era la acertada. Tendrá que reconocer que esta vez le hemos sacado un poco de delantera, señor Holmes. -Desde luego, da usted la impresión de que ha ocurrido algo extraordinario -dijo Holmes. Lestrade se echó a reír ruidosamente. -No le gusta que le venzan, como a cualquiera -dijo-. Pero uno no puede esperar salirse siempre con la suya, ¿no cree, doctor Watson? Pasen por aquí, por favor, caballeros, y creo que podré convencerles de una vez por todas de que fue John McFarlane quien cometió este crimen. Nos guió a través de un pasillo que desembocaba en un oscuro vestíbulo. -Por aquí debió venir el joven McFarlane a recoger su sombrero después de cometer el crimen -dijo-. Y ahora, fíjese en esto. Con un gesto dramático, encendió una cerilla e iluminó con su llama una mancha de sangre en la pared encalada. Era la huella inconfundible de un dedo pulgar. -Examínela con su lupa, señor Holmes. -Sí, eso hago. -Estará usted al corriente de que no existen dos huellas dactilares iguales.-Algo de eso he oído decir .-Muy bien, pues entonces haga el favor de comparar esta huella con estaimpresión en cera del pulgar derecho del joven McFarlane, tomada por ordenmía esta mañana.Colocó la impresión en cera junto a la mancha de sangre, y no hacía faltaninguna lupa para darse cuenta de que las dos marcas estaban hechas, sinlugar a dudas, por el mismo pulgar. Tuve la seguridad de que nuestrodesdichado cliente estaba perdido.-Esto es definitivo -dijo Lestrade.-Sí, es definitivo -repetí yo, casi sin darme cuenta.-Es definitivo -dijo Holmes.Creí percibir algo raro en su tono y me volví para mirarlo. En su rostro se habíaproducido un cambio extraordinario. Estaba temblando de regocijo contenido.Sus ojos brillaban como estrellas. Me pareció que hacía esfuerzos desesperados por contener un ataque convulsivo de risa.-¡Caramba, caramba! -exclamó por fin-. ¡Vaya, vaya! ¿Quién lo iba a pensar?¡Qué engañosas pueden ser las apariencias, ya lo creo! ¡Un joven de aspecto tan agradable! Debe servirnos de lección para que no nos fiemos de nuestras impresiones, ¿no cree, Lestrade?-Pues sí, hay gente que tiende a creerse infalible, señor Holmes -dijo Lestrade.Su insolencia resultaba insufrible, pero no podíamos darnos por ofendidos.-¡Qué cosa más providencial que el joven fuera a apretar el pulgar derecho contra la pared al coger su sombrero de la percha! ¡Una acción tan natural, sinos ponemos a pensar en ello! -Holmes estaba tranquilo por fuera, pero todosu cuerpo se estremecía de emoción reprimida mientras hablaba-. Por cierto,Lestrade, ¿quién hizo este sensacional descubrimiento?-El ama de llaves, la señora Lexington, fue quien se lo hizo notar al policía quehacía la guardia de noche.-¿Dónde estaba el policía de noche?-Se quedó de guardia en el dormitorio donde se cometió el crimen, para quenadie tocase nada.-¿Y cómo es que la policía no vio esta huella ayer? -Bueno, no teníamosningún motivo especial para examinar con detalle el vestíbulo. Además, no estáen un lugar muy visible, como puede apreciar.-No, no, claro que no. Supongo que no hay ninguna duda de que la huellaestaba aquí ayer.Lestrade miró a Holmes como si pensara que éste se había vuelto loco.Confieso que yo mismo estaba sorprendido, tanto de, su comportamientojocoso como de aquel extravagante comentario.-A lo mejor piensa usted que McFarlane salió de su celda en el silencio de lanoche con objeto de reforzar la evidencia en su contra -dijo Lestrade-. Emplazoa cualquier especialista del mundo a que diga si ésta es o no la huella de supulgar.-Es la huella de su pulgar, sin lugar a discusión.-Bien, pues con eso me basta -dijo Lestrade-. Soy un hombre práctico, señorHolmes, y cuando reúno mis pruebas saco mis conclusiones. Si tiene ustedalgo que decir, me encontrará en el cuarto de estar, redactando mi informe.Holmes había recuperado su ecuanimidad, aunque todavía me parecía detectaren su expresión destellos de regocijo. -Vaya por Dios, qué mal se ponen las cosas, ¿no cree, Watson? -dijo-. Y sinembargo, existen algunos detalles que parecen ofrecer alguna esperanza anuestro cliente.-Me alegra mucho saberlo -dije yo, de todo corazón-. Me temía ya que todohabía terminado para él.-Pues yo no diría tanto, querido Watson. Lo cierto es que existe un falloverdaderamente grave en esta evidencia a la que nuestro amigo atribuye tantaimportancia.- ¿De verdad, Holmes? ¿Y cuál es?-'Tan sólo esto: que me consta que esa huella no estaba ahí cuando yoexaminé esta pared ayer. Y ahora, Watson, salgamos a dar un paseíto al sol.Con la mente confusa, pero sintiendo renacer en el corazón una llama deesperanza, acompañé a mi amigo en su paseo por el jardín. Holmes examinóuna a una y con gran interés todas las fachadas de la casa. A continuación,entró en ella e inspeccionó todo el edificio, desde el sótano a los áticos. Lamayoría de las habitaciones estaban desamuebladas, pero aun así, Holmes lasexaminó minuciosamente. Por último, en el pasillo del piso superior, al quedaban tres habitaciones deshabitadas, volvió a acometerle el espasmo de risa.-Desde luego, esta casa tiene aspectos muy curiosos, Watson -dijo-. Creo queva siendo hora de que pongamos al corriente a nuestro amigo Lestrade. Él hapasado un buen rato a costa nuestra, v puede que nosotros lo pasemos a costasuya, si mi interpretación del problema resulta ser correcta. Sí, sí, creo que vasé cómo tenemos que hacerlo.El inspector de Scotland Yard estaba aún escribiendo en la salita cuando llegóHolmes a interrumpirle.-Tengo entendido que está usted redactando un informe sobre este caso -dijo.-Así es.-¿No le parece que quizá sea un poco prematuro? No puedo dejar de pensarque sus pruebas no son concluyentes.Lestrade conocía demasiado bien a mi amigo para no hacer caso de suspalabras. Dejó la pluma y le miró con gesto de curiosidad.-¿Qué quiere usted decir, señor Holmes?-Sólo que hay un testigo muy importante, al que usted todavía no ha visto.-¿Puede usted presentármelo?-Creo que sí.-Pues hágalo.-Haré lo que pueda. ¿Cuántos policías tiene usted aquí?-Hay tres al alcance de mi voz.-¡Excelente! -dijo Holmes-. ¿Puedo preguntar si son todos hombres grandes yfuertes, con voces potentes?-Estoy seguro de que sí, aunque no sé qué tienen que ver sus voces con esto.-Tal vez yo pueda ayudarle a comprender eso, y una o dos cosillas más -dijoHolmes-. Haga el favor de llamara sus hombres y lo intentaré.Cinco minutos más tarde, los tres policías estaban reunidos en el vestíbulo.-En el cobertizo de fuera encontrarán una considerable cantidad de paja -dijoHolmes-. Les ruego que traigan un par de brazadas. Creo que resultarán desuma utilidad para convocar al testigo que necesitamos. Muchas gracias.Watson, creo que lleva usted cerillas en el bolsillo. Y ahora, señor Lestrade, leruego que me acompañe al piso de arriba. Como ya he dicho, en aquel piso había un amplio pasillo al que daban treshabitaciones vacías. Sherlock Holmes nos condujo hasta un extremo de dichopasillo. Los policías sonreían y Lestrade miraba a mi amigo con una expresiónen la que se alternaban el asombro, la impaciencia y la burla. Holmes se plantóante nosotros con el aire de un mago que se dispone a ejecutar un truco.-¿Haría el favor de enviar a uno de sus agentes a por dos cubos de agua?Pongan la paja aquí en el suelo, separada de las paredes. Bien, creo que todoestá listo.La cara de Lestrade había empezado a ponerse roja de irritación.-¿Es que pretende jugar con nosotros, señor Sherlock Holmes? -dijo-. Si sabealgo, podría decirlo sin tanta payasada.-Le aseguro, mi buen Lestrade, que tengo excelentes razones para todo lo quehago. Tal vez recuerde usted el pequeño pitorreo que se corrió a costa míacuando el sol parecía dar en su lado de la valla, así que no debe reprocharmeahora que yo le eche un poco de pompa y ceremonia. ¿Quiere hacer el favor,Watson, de abrir la ventana v luego aplicar una cerilla al borde de la paja?Hice lo que me pedía, y pronto se levantó una columna de humo gris, que lacorriente hizo girar a lo largo del pasillo mientras la paja seca ardía v crepitaba.-Ahora, veamos si logramos encontrar a su testigo, Lestrade. Hagan todos elfavor de gritar «fuego». Vamos allá: uno, dos, tres...-¡Fuego! -gritamos todos a coro.-Gracias. Por favor, otra vez.-¡Fuego!-Sólo una vez más, caballeros, todos a una. -¡¡Fuego!! -el grito debió resonaren todo Norwood.Apenas se habían extinguido sus ecos cuando sucedió algoasombroso. De pronto se abrió una puerta en lo que parecía ser una paredmaciza al extremo del pasillo, y un hombrecillo arrugado salió corriendo porella, como un conejo de su madriguera.-¡Perfecto! -dijo Holmes muy tranquilo-. Watson, eche un cubo de agua sobre lapaja. Con eso bastará. Lestrade, permita que le presente al testigo fundamentalque le faltaba: el señor Jonas Oldacre.El inspector miraba al recién llegado mudo de asombro. Éste, a su vez,parpadeaba a causa de la fuerte luz del pasillo y nos miraba a nosotros y alfuego a punto de apagarse. Tenía una cara repugnante, astuta, cruel, maligna,con ojos grises e inquietos y pestañas blancas.-¿Qué significa esto? -dijo por fin Lestrade-. ¿Qué ha estado usted haciendotodo este tiempo, eh?Oldacre dejó escapar una risita nerviosa, retrocediendo ante el rostro furioso venrojecido del indignado policía.-No he causado ningún daño.-¿Qué no ha causado daño? Ha hecho todo lo que ha podido para queahorquen a un inocente. Y de no ser por este caballero, no estoy seguro de queno lo hubiera conseguido.La miserable criatura se puso a gimotear.-Se lo aseguro, señor, no era más que una broma.- ¿Conque una broma, eh? Pues le prometo que no será usted quien se ría.Llévenselo abajo y ténganlo en la salita hasta que yo llegue. Señor Holmes -continuó cuando los demás se hubieron ido-, no podía hablar delante de losagentes, pero no me importa decir, en presencia del doctor Watson, que esto ha sido lo más brillante que ha hecho usted en su vida, aunque para mí sea un misterio cómo lo ha logrado. Ha salvado la vida de un inocente v ha evitado un escándalo gravísimo, que habría arruinado mi reputación en el Cuerpo. Holmes sonrió y palmeó a Lestrade en el hombro. -En lugar de verla arruinada, amigo mío, va usted a ver enormemente acrecentada su reputación. Basta con que introduzca unos ligeros cambios en ese informe que estaba redactando, y todos comprenderán lo difícil que es pegársela al inspector Lestrade. -¿No desea usted que aparezca su nombre? -De ningún modo. El trabajo lleva consigo su propia recompensa. Quizás yo también reciba algún crédito en un día lejano, cuando permita que mi leal historiador vuelva a emborronar cuartillas, ¿eh, Watson? I ahora, veamos cómo era el escondrijo de esa rata. A unos dos metros del extremo del pasillo se había levantado un tabique de listones y yeso, con una puerta hábilmente disimulada. El interior recibía la luz a través de ranuras abiertas bajo los aleros. Dentro del escondrijo había unos pocos muebles, provisiones de comida y agua y una buena cantidad de libros y documentos. -Estas son las ventajas de ser constructor -dijo Holmes al salir-. Uno puede arreglarse un escondite sin necesidad de ningún cómplice..., exceptuando, por supuesto, a esa alhaja de ama de llaves, a la que yo metería también al saco sin pérdida de tiempo, Lestrade. -Seguiré su consejo. Pero ¿cómo descubrió usted este lugar, señor Holmes? -Llegué a la conclusión de que el tipo estaba escondido en la casa. Y cuando medí este pasillo, contando los pasos, y descubrí que era dos metros más corto que el del piso de abajo, me resultó evidente dónde se encontraba. Pensé que le faltarían agallas para quedarse quieto al oír la alarma de fuego. Naturalmente, podríamos haber irrumpido por las buenas v detenerlo, pero me pareció divertida la idea de hacer que se descubriera él mismo. Y además, Lestrade, le debía a usted una pequeña mascarada por sus chuflas de esta mañana. -Pues la verdad, señor, ahora hemos quedado en paz. Pero ¿cómo demonios sabía que ese individuo estaba en la casa? -La huella del pulgar, Lestrade. Usted mismo dijo que era definitiva, v va lo creo que lo era, aunque en otro sentido. Yo sabía que el día anterior no estaba ahí. Presto mucha atención a los detalles, como quizás haya observado, v había examinado la pared. Me constaba que el día anterior estaba limpia. Por tanto, la huella se había dejado durante la noche. -Pero, ¿cómo? -Muy sencillo. Cuando estuvieron lacrando esos paquetes, Jonas Oldacre hizo que McFarlane sujetara uno de los sellos colocando el dedo pulgar sobre el lacre aún caliente. Debió de suceder de manera tan rápida y natural que me atrevería a decir que el joven ni se dio cuenta. Lo más probable es que ocurriera como le digo, y que ni el mismo Oldacre pensara en sacarle partido. Pero luego, mientras le daba vueltas al asunto en esa madriguera suya, se le debió ocurrir de pronto que la huella del pulgar podía servirle para aportar una prueba absolutamente condenatoria contra McFarlane. Era la cosa más fácil del mundo sacar una impresión en cera del sello, humedecerla con la sangre que saliera de un pinchazo y aplicar la marca a la pared durante la noche, bien por su propia mano, bien por la de su ama de llaves. Si examina estos documentos que se llevó a su refugio, le apuesto lo que quiera a que encuentra el sello con la huella del pulgar. -¡Maravilloso! -exclamó Lestrade-. ¡Maravilloso! Tal como usted lo expone, está claro como el agua. Pero ¿qué objeto tenía este siniestro engaño, señor Holmes? Resultaba divertidísimo ver cómo los modales presuntuosos del inspector se habían transformado de pronto en los de un niño que hace preguntas a su maestro. -Bueno, no creo que sea difícil de explicar. Ese caballero que nos aguarda abajo es una persona de lo más astuta, maligna y vengativa. ¿Sabía usted que la madre de McFarlane lo rechazó hace tiempo? ¡Claro que no! Ya le dije que primero había que ir a Blackheath y luego a Norwood. Pues bien, aquel insulto, que es como él lo consideraba, quedó enquistado en su mente malvada v calculadora. Toda su vida ha anhelado vengarse, pero nunca se le presentó la oportunidad. Durante los últimos años, las cosas no le han ido bien -especulaciones secretas, supongo-y se encontraba en situación apurada. Entonces decidió defraudar a sus acreedores, y para ello pagó fuertes cantidades a un tal señor Cornelius, que sospecho que es él mismo con otro nombre. Aún no he seguido la pista de estos cheques, pero estoy seguro de que el propio Oldacre los cobró en algún pueblo de provincias donde, de cuando en cuando, lleva una doble vida. Se proponía cambiar definitivamente de nombre, recoger el dinero v desaparecer, para iniciar una nueva vida en otra parte. -Parece bastante verosímil. -Debió ocurrírsele que desapareciendo se libraba para siempre de sus acreedores v, al mismo tiempo, podría disfrutar de una cumplida y demoledora venganza contra su antigua novia, si conseguía dar la impresión de que el hijo de ésta lo había asesinado. Como canallada, era una obra maestra v la ha llevado a cabo como un auténtico maestro. La idea del testamento, que aportaría un móvil convincente para el crimen, la visita secreta sin que los padres lo supieran, el escamoteo del bastón, la sangre, los restos de animales v los botones encontrados entre las cenizas... todo ha sido admirable. Pero le ha faltado el don supremo del artista, el de saber cuándo hay que pararse. Quiso mejorar lo que ya era perfecto, estrechar aún más el lazo en torno al cuello de su desgraciada víctima... y lo echó todo a perder. Bajemos, Lestrade, hay una o dos preguntas que me gustaría hacerle a ese tipo. La maligna criatura estaba sentada en su propia sala, con un policía a cada lado. -Era una broma, señor, nada más que una broma -gemía sin cesar-. Le aseguro, señor, que me escondí sólo para ver qué efecto producía mi desaparición, y estoy seguro de que no cometerá usted la injusticia de imaginar que yo habría permitido que le ocurriese nada malo al pobre joven McFarlane. -Eso lo decidirá el jurado -dijo Lestrade-. En cualquier caso, vamos a detenerlo bajo la acusación de conspiración, si es que no le acusamos de asesinato frustrado. -Y es muy probable que se encuentre con que sus acreedores embargan la cuenta bancaria del señor Cornelius -dijo Holmes. El hombrecillo dio un respingo y clavó sus malignos ojos en mi amigo. -Tengo mucho que agradecerle -dijo-. Puede que algún día ajustemos cuentas. Holmes sonrió con aire indulgente. -Me temo que durante unos cuantos años va a estar muy ocupado -dijo-. Por cierto, ¿qué es lo que metió en la pila de madera, junto a sus pantalones viejos? ¿Un perro muerto, conejos o qué? ¿No quiere decirlo? ¡Vaya por Dios, qué poco amable es usted! En fin, me atrevería a decir que con un par de conejos bastaría para explicar la sangre y los restos calcinados. Si alguna vez escribe usted un pequeño relato de esto, Watson, puede apañarse con los conejos. La Aventura De La Ciclista Solitaria Entre los años 1894 y 1901, ambos incluidos, Sherlock Holmes se mantuvo muy activo. Podría decirse que durante estos ocho años no hubo caso público de cierta dificultad en el que no se le consultase, y fueron cientos los casos privados –algunos de ellos, los más complicados y extraordinarios– en los que desempeñó un papel destacado. Muchos éxitos sorprendentes y unos pocos fracasos inevitables fueron el resultado de este largo período de continuo trabajo. Dado que he conservado notas muy completas de todos estos casos, y que intervine personalmente en muchos de ellos, podrán imaginar que no resulta fácil decidir cuáles debería seleccionar para presentarlos al público. No obstante, me atendré a mi antigua norma, dando preferencia a aquellos casos cuyo interés no se basa tanto en la brutalidad del crimen como en el ingenio y las cualidades dramáticas de la solución. Por esta razón, me decido a exponer al lector los hechos referentes a la señorita Violet Smith, la ciclista solitaria de Charlington, y el curioso curso que tomaron nuestras investigaciones, que culminaron en una tragedia inesperada. Es cierto que las circunstancias no se prestaron a ninguna exhibición deslumbrante de las facultades que hicieron famoso a mi amigo, pero el caso presentaba algunos detalles que lo hacen destacar en los abundantes archivos del delito de los que saco el material para estas pequeñas narraciones. Consultando mi libro de notas del año 1895, compruebo que la primera vez que oímos hablar de la señorita Violet Smith fue el sábado 23 de abril'. Recuerdo que su visita incomodó muchísimo a Holmes, que en aquel momento se encontraba inmerso (Mi un abstruso v complicadísimo problema referente a la misteriosa persecución de que era objeto John Vincent Harden, el célebre magnate del tabaco. Mi amigo, que valoraba la precisión y concentración del pensamiento por encima de todas las cosas, no soportaba que nada distrajera su atención del asunto que se traía entre manos. Sin embargo, so pena de incurrir en grosería, lo cual no hubiera sido propio de él, resultaba imposible negarse a escuchar la historia de aquella mujer joven y guapa, alta, simpática y distinguida, que se presentó en Baker Street a última hora de la tarde, solicitando su ayuda y consejo. De nada sirvió insistir en que se encontraba completamente ocupado, ya que la joven había venido absolutamente decidida a contar su historia, y resultaba evidente que sólo por la fuerza podríamos sacarla de la habitación antes de que lo hubiera hecho. Con expresión resignada y una cierta sonrisa de fastidio, Holmes rogó a la bella intrusa que tomara asiento y nos informara de aquello que tanto la preocupaba. –Al menos, sabemos que no se trata de su salud –dijo, clavando en ella sus penetrantes ojos–. Una ciclista tan entusiasta debe estar rebosante de energía. La joven, sorprendida, se miró los pies, y yo pude observar la ligera rozadura producida en un lado de la suela por la fricción con el borde del pedal. –Sí, señor Holmes, monto mucho en bicicleta, y eso tiene algo que ver con esta visita que le hago. Mi amigo tomó la mano sin guante de la joven v la examinó con tanta atención y tan poco sentimiento como un científico examinando una muestra. –Estoy seguro de que me perdonará. Es mi oficio –dijo al soltarla–. Casi cometo el error de suponer que escribía usted a máquina. Pero se nota con toda claridad que toca un instrumento musical. ¿Se ha fijado, Watson, en que el aplastamiento de las puntas de los dedos es común a ambas profesiones? Sin embargo, el rostro expresa una espiritualidad –al decir esto, la hizo volverse hacia la luz– que la máquina de escribir no genera. Esta señorita se dedica a la música. –Sí, señor Holmes, soy profesora de música. –En el campo, deduzco del color de si piel. –Sí, señor; cerca de Farnham, en los límites de Surrey. –Una zona preciosa, llena de recuerdos interesantes. ¿Se acuerda usted, Watson, que fue cerca de allí donde agarramos a Archie Stamford, el falsificador? Y bien, señorita Violet, ¿qué es lo que le ha ocurrido cerca de Farnham, en los límites de Surrey? Con gran claridad y presencia de ánimo, la joven inició el siguiente y curioso relato: –Mi padre murió, señor Holmes. Se llamaba James Smith y dirigía la orquesta del antiguo Teatro imperial. Mi madre y yo quedamos sin ningún pariente en el mundo, con excepción de un tío llamado Ralph Smith, que semarchó a África hace veinticinco años, sin que desde entonces hayamos sabido una palabra de él. Cuando murió mi padre, quedamos en la pobreza, pero un día nos dijeron que había salido un anuncio en el Times interesándose por nuestro paradero. Ya podrá imaginarse lo emocionadas que estábamos, pensando que alguien nos había legado una fortuna. Acudimos de inmediato al abogado cuyo nombre figuraba en el anuncio, y allí nos presentaron a dos caballeros, el señor Carruthers y el señor Woodley, que habían llegado de Sudáfrica. Dijeron que eran amigos de mi tío, el cual había fallecido pocos meses antes en Johannesburgo, en la más absoluta pobreza, y que con su último aliento les había pedido que localizasen a sus familiares y se asegurasen de que nada les faltara. Nos pareció muy raro que el tío Ralph, que jamás se preocupó de nosotras en vida, se mostrase tan atento al morir; pero el señor Carruthers nos explicó que la razón era que mi tío acababa de enterarse de la muerte de su hermano y se sentía responsable de nosotras. –Perdone –dijo Holmes–, ¿cuándo tuvo lugar esta entrevista? –En diciembre; hace cuatro meses. –Continúe, por favor. –El señor Woodley me pareció una persona despreciable. Todo el tiempo se lo pasó haciéndome guiños... Es un joven sin modales, con el rostro hinchado, un bigote pelirrojo y el pelo repeinado a los lados de la frente. Me resultó absolutamente odioso, y estoy segura de que a Cyril no le gustaría nada que yo me tratase con semejante individuo. –¡Oh, así que él se llama Cyril! –dijo Holmes, sonriendo. La joven se sonrojó y se echó a reír. –Sí, señor Holmes; Cyril Morton, ingeniero electrotécnico. Esperamos casarnos a finales de verano. ¡Cielo santo! ¿Cómo ` hemos llegado a hablar de él? Lo que quería decir es que el señor Woodley me pareció absolutamente odioso, pero el señor ` Carruthers, que era mucho mayor, resultaba más agradable. Era un hombre moreno, cetrino, bien afeitado v muy callado, pero tenía buenos modales y una sonrisa simpática. Preguntó por nuestra situación económica, y al enterarse de lo pobres que éramos me propuso ir a su casa para darle clases de música a su hija de diez años. Yo dije que no me gustaba la idea de dejar sola a mi madre, y él respondió que podía ir a visitarla los fines de semana, v me ofreció cien libras al año, que desde luego es un salario espléndido. Así que acabé por aceptar y me trasladé a Chiltern Grange, a unas seis millas de Farnham. El 9 señor Carruthers es viudo, pero tiene contratada un ama de llaves, una anciana respetable que se llama señora Dixon, para que cuide de la casa. La niña es un encanto y todo prometía ir bien. El señor Carruthers era muy amable y muy aficionado a la música, y pasamos juntos veladas muy agradables. Cada fin de semana, yo volvía a Londres para visitar a mi madre. »La primera grieta en mi felicidad fue la llegada del señor Woodley y su bigote rojo. Vino para pasar una semana y le aseguro que a mí me parecieron tres meses. Es un tipo horrible... Se portaba como un matón con todo el mundo, pero conmigo era algo infinitamente peor. Me hacía la corte de la manera más odiosa, presumía de su riqueza, me decía que si me casaba con él tendría los mejores diamantes de todo Londres y, por último, viendo que no quería saber nada de él, un día, después de comer, me sujetó entre sus brazos (es asquerosamente fuerte) y juró que no me soltaría hasta que le diese un beso. Apareció el señor Carruthers y le obligó a soltarme, pero él entonces se revolvió contra su propio anfitrión, derribándolo y produciéndole un corte en la cara. Como podrá imaginar, allí se terminó su visita. Al día siguiente, el señor Carruthers me presentó sus excusas, y me aseguró que jamás volvería a verme expuesta a semejante ofensa. Desde entonces no he vuelto a ver al señor Woodley. »Y ahora, señor Holmes, llegamos por fin al extraño suceso que me ha hecho venir hoy a solicitar su ayuda. Debe usted saber que todos los sábados por la mañana voy en bicicleta hasta la estación de Farnham para tomar el tren de las 12,22 a Londres. El camino desde Chiltern Grange es bastante solitario, sobre todo en un trecho de algo más de una milla, que pasa entre los descampados de Charlington Heath y los bosques que rodean la mansión de Charlington Hall. Sería difícil encontrar un tramo de carretera más solitario que ése. Es rarírisimo cruzarse con un carro o con un campesino hasta que se sale a la carretera que pasa cerca de Crooksbury Hill. Hace dos semanas, iba yo por ese tramo cuando, al volver la cabeza por casualidad, vi que a unos doscientos metros detrás de mí venía un hombre, también en bicicleta. Parecía un hombre de edad madura, con barba corta y negra. Miré de nuevo hacia atrás antes de llegar a Farnham, pero el hombre había desaparecido y no volví a pensar en él. Pero puede usted imaginarse mi sorpresa, señor Holmes, cuando al regresar el lunes lo vi de nuevo en el mismo tramo de carretera. Mi asombro fue en aumento cuando el incidente se repitió, exactamente igual que la primera vez, el sábado y el lunes siguientes. El hombre mantenía siempre la distancia y no me molestó en modo alguno, pero aquello seguía pareciéndome muy raro. Se lo comenté al señor Carruthers, que pareció interesado y me dijo que había encargado un coche de caballos, de manera que en el futuro no tendría que recorrer sin compañía esos caminos solitarios. »El coche y el caballo tendrían que haber llegado esta semana, pero por alguna razón se retrasó la entrega y otra vez tuve que hacer en bicicleta el trayecto a la estación. Esto ha sido esta misma mañana. Como podrá suponer, estuve muy atenta al a llegar a Charlington Heath y, en efecto, allí estaba el hombre, exactamente igual que las dos semanas anteriores. Se mantiene siempre a tanta distancia de mí que no puedo verle la cara con claridad, pero estoy segura de que no lo conozco. Va vestido de oscuro, con una gorra de paño. Lo único que he podido distinguir bien es su barba negra. Yo no estaba asustada, pero sí muy intrigada, así que decidí averiguar quién era y qué pretendía. Aminoré la marcha, pero él también lo hizo. Entonces me detuve, y él se detuvo también. Decidí tenderle una trampa. Al llegar a una curva muy pronunciada, la doblé a toda velocidad y luego me paré a esperar. Suponía que él tomaría la curva tan rápido que me pasaría antes de poder detenerse, pero el caso es que no apareció. Volví hacia atrás y miré al otro lado de la curva. Se veía una milla de carretera, pero de él no había ni rastro. Y lo más extraño del caso es que no existe allí ninguna desviación por la que hubiera podido marcharse. Holmes soltó una risita v se frotó las manos. –Desde luego, el caso presenta algunos aspectos originales –dijo–. ¿Cuánto tiempo transcurrió desde que usted dobló la curva hasta que descubrió que no había nadie en la carretera? –Dos o tres minutos. –Entonces, no pudo haber retrocedido por donde vino, y dice usted que no hay desviaciones. –Ninguna –Tuvo que meterse por algún sendero, a un lado o a otro. –No pudo ser por el lado del descampado, porque lo habría visto. –En tal caso, por el procedimiento de exclusión, tenemos que suponer que se dirigió hacia Charlington Hall, que, según tengo entendido, es una mansión con terrenos propios, situada a un lado de la carretera. ¿Algo más? –Nada, señor Holmes, excepto que me quedé tan perpleja que sentí que no quedaría satisfecha hasta haberle visto a usted y recibido sus consejos. Holmes permaneció callado durante un rato. –¿Dónde trabaja el caballero con el que ya usted a casarse? –preguntó al fin. –Trabaja en la Compañía Eléctrica Midland, de Coventry. –¿No se le habrá ocurrido darle una sorpresa? –¡Oh, señor Holmes! ¿Cree que yo no lo iba a reconocer? –¿Ha tenido usted otros admiradores? –Tuve varios antes de conocer a Cyril. –¿Y después? –Bueno, está ese horrible Woodley, si es que a eso se le puede llamar un admirador. –¿Y nadie más? Nuestra befa cliente pareció un poco confusa. –¿Quién es él? –insistió Holmes. –Bueno, quizás sean puras figuraciones mías, pero a veces me ha dado la impresión de que mi patrón, el señor Carruthers, está muy interesado en mí. Pasamos bastante tiempo juntos. Yo le acompaño al piano por las tardes. Nunca ha dicho nada, es un perfecto caballero, pero las chicas siempre nos damos cuenta. –¡Ajá! –Holmes parecía serio–. ¿Y de qué vive este señor? –Es rico. –¿Y no tiene coches ni caballos? –Bueno, por lo menos tiene una posición bastante acomodada. Pero viene a Londres dos o tres veces por semana. Le interesan mucho las acciones de minas de oro sudafricanas. –Señorita Smith, le ruego que me mantenga informado de cualquier nuevo giro de los acontecimientos. Por el momento, me encuentro muy ocupado, pero encontraré tiempo para hacer algunas averiguaciones sobre su caso. Mientras tanto, no dé ningún paso sin hacérmelo saber. Hasta la vista, v espero que no recibamos de usted más que buenas noticias. –El que a una chica como ésa la siga alguien forma parte riel orden establecido de la Naturaleza – dijo Holmes, dando chupadas a su pipa de meditación–, pero no precisamente en bicicleta y por solitarios caminos rurales. Sin duda alguna, se trata (le algún enamorado secreto. Pero el caso presenta algunos detalles curiosos y sugerentes, Watson. –¿Como que sólo aparezca en ese punto concreto? –Exacto. Nuestro primer paso debe consistir en averiguar quiénes son los inquilinos de la mansión Charlington. Tampoco estaría mal enterarse de la relación que existe entre Carruthers r Woodley, dos hombres que parecen tan diferentes. ¿Cómo es que los dos se muestran tan interesados por los familiares (le Ralph Smith? Y otra cosa: ¿Qué clase de casa es esta, que le paga a una institutriz el doble de lo normal, pero no dispone ni de un caballo estando a seis millas de la estación? Es raro, Watson, muy raro. –¿Va usted a ir allí? –No, querido amigo, va a ir usted. Podría muy bien tratarse de una intriga sin importancia, y no puedo interrumpir por ella esta otra investigación, que sí que es importante. El lunes llegará usted a Farnham a primera hora; se esconderá cerca de Charlington Heath; observará con sus propios ojos lo que ocurra y actuará como le indique su buen criterio. Y después, tras averiguar quién ocupa la mansión, regresará a informarme. Y ahora, Watson, ni una palabra más sobre el asunto hasta que dispongamos de algún asidero firme que nos permita avanzar hacia la solución. Sabíamos por la propia joven que regresaría el lunes en el tren que sale de Waterloo a las 9,50, de manera que yo madrugué para tomar el de las 9,13. Una vez en la estación de Farnham, no tuve dificultades para que me indicaran el camino a Charlington Heath. Resultaba imposible confundirse respecto al escenario de la aventura de la joven ciclista, va que la carretera discurría entre un brezal abierto por un lado y un antiguo seto de tejo por el otro, un seto que rodeaba un parque repleto (le árboles magníficos. Había una entrada principal, de piedra cubierta de liquen, con los pilares de cada lado rematados por vetustos emblemas heráldicos; pero además de esta entrada principal para carruajes, observé varias aberturas más en el seto, de las que partían senderos. La casa no se veía desde la carretera, pero todo el entorno daba una impresión de tristeza v decadencia. El descampado estaba cubierto de manchones dorados de tojos en flor, que brillaban de un modo magnífico a la radiante luz del sol primaveral. Me situé detrás de uno de estos grupos de arbustos, desde donde podía controlar la entrada al parque de la mansión v un buen tramo de carretera a cada lado. La carretera estaba vacía cuando yo salía a ella, pero ahora se veía un ciclista que venía en dirección contraria a la que yo había traído. Iba vestido de oscuro y pude ver que tenía barba negra. Al llegar al final de los terrenos de Charlington Hall, se apeó de su máquina y se metió con ella por una abertura del seto, desapareciendo de mi vista. Transcurrió un cuarto de hora v entonces apareció un segundo ciclista. Esta vez se trataba de la señorita Smith, que venía de la estación. Al acercarse al seto, la vi mirar a su alrededor. Un instante después, el hombre salió de su escondite, montó en su bicicleta y empezó a seguirla. En todo el extenso paisaje, aquellas eran las únicas figuras en movimiento: la atractiva muchacha, sentada muy derecha en su máquina, y el hombre que la seguía, doblado sobre el manillar, con un misterioso aire furtivo en todos sus movimientos. Ella se volvió para mirarlo y redujo la velocidad. Él la redujo también. La chica se detuvo. El hombre se detuvo al instante, manteniéndose a unos doscientos metros detrás de ella. El siguiente movimiento de la muchacha fue tan inesperado como valeroso: hizo girar bruscamente su bicicleta y se lanzó a toda velocidad hacia él. Pero el hombre actuó con igual rapidez y salió disparado en un huida desesperada. Poco después, la muchacha volvió a aparecer carretera arriba, con la cabeza orgullosamente erguida, sin dignarse a reconocer la presencia de su silencioso acompañante. También él había dado la vuelta, y siguió manteniendo la distancia hasta que la curva de la carretera los ocultó de mi vista. No me moví de mi escondite, e hice muy bien, porque al poco rato reapareció el hombre pedaleando despacio. Se metió por la entrada a la mansión y desmontó de su bicicleta. Tenía las manos alzadas v parecía estar arreglándose la corbata. Luego montó de nuevo en la bicicleta y se alejó por el camino que llevaba a la mansión. Yo atravesé corriendo el brezal v atisbé entre los árboles. Pude ver a lo lejos algunos retazos del antiguo edificio gris, con sus erguidas chimeneas Tudor, pero el camino atravesaba una zona muy frondosa y no volví a ver a mi hombre. Sin embargo, me pareció qué había aprovechado bastante bien la mañana v regresé a Farnham muy animado. El agente local de la propiedad no pudo darme ninguna información acerca (le Charlington Hall, v me remitió a una conocida firma de Pall Mall. Pasé por ella al–regresar a Londres v fui recibido por un representante muy educado. No, no podían alquilarme Charlington Hall para el verano. Llegaba un poco tarde. La habían alquilado hacía aproximadamente un mes. El inquilino era un tal señor Williamson, un caballero mayor v respetable. El atento agente lamentaba no poder decirme más, va que no estaba autorizado a comentar los asuntos de sus clientes. Sherlock Holmes escuchó con atención el largo informe que le presenté aquella misma tarde, pero que no consiguió arrancarle las breves palabras de elogio que yo había esperado y que tanto habría apreciado. Por el contrario, su rostro austero adoptó una expresión más severa que de costumbre al comentar todo lo que yo había hecho y dejado de hacer. –Su escondite, querido Watson, estuvo muy mal elegido. Debió usted esconderse detrás del seto; de ese modo habría podido ver de cerca a ese personaje tan interesante. En cambio, se situó usted a varios cientos de metros de distancia y me trae aún menos información que la señorita Simith. Ella cree no conocer al hombre; yo estoy convencido de que lo conoce. De lo contrario, ¿por qué iba a poner tanto empeño en que ella no se le acerque lo suficiente como para verle la cara? Usted lo describe doblado sobre el manillar. Más ocultamiento, como puede ver. La verdad es que lo ha hecho usted fatal. El tipo vuelve a casa y usted quiere averiguar quién es. ¡Y no se le ocurre más que acudir a una agencia de Londres! –¿Qué tendría que haber hecho? –pregunté algo irritado. –Entrar en el bar más cercano. Ese es el centro de todos los cotilleos del pueblo. Allí le habrían dado todos los nombres, desde el del propietario hasta el de la última fregona. ¡Williamson! Eso no me dice nada. Si se trata de un anciano, entonces no puede ser él el activo ciclista que escapa a toda velocidad de la atlética joven que le persigue. ¿Qué hemos sacado en limpio (le su expedición? Sólo que la chica decía la verdad. Eso yo nunca lo dudé. Que existe una relación entre el ciclista v la mansión. Tampoco tenía dudas sobre eso. Que el inquilino de la mansión se llama Williamson. ¿Qué adelantamos con eso? Vamos, vamos, querido amigo, no ponga esa cara. Poco más podemos hacer hasta el próximo sábado, y mientras tanto quizás yo pueda averiguar una o dos cosas. A la mañana siguiente llegó una carta de la señorita Smith, relatando en términos breves v precisos los hechos que yo había presenciado. Pero la miga de la carta estaba en la posdata: «Estoy segura, señor Holmes, de que respetará usted la confidencia que voy a hacerle. Mi situación se ha vuelto incómoda, debido a que mi patrón me ha pedido que me case con él. Estoy convencida de que sus sentimientos son sinceros y completamente honrados. Pero, por supuesto, yo va estoy comprometida. Se tomó muy a pecho mi negativa, pero se mostró muy amable. No obstante, lo comprenderá, la situación es un poco tensa.» –Parece que nuestra joven amiga está metida en un buen lío –dijo Holmes, pensativo, al acabar la carta–. La verdad es que el caso presenta más aspectos interesantes y más posibilidades de lo que yo suponía al principio. No me sentaría nada mal pasar un día tranquilo y apacible en el campo, y estoy por acercarme allí esta tarde para poner a prueba una o dos teorías que se me han ocurrido. El tranquilo día de campo de Holmes tuvo un desenlace inesperado, ya que llegó a Baker Street bastante tarde, con un labio partido y un chichón amoratado en la frente, además de presentar un aspecto general tan desastrado que su persona habría despertado las justificadas sospechas de Scotland Yard. Se había divertido muchísimo con sus aventuras y se reía alegremente al relatarlas. –Hago tan poco ejercicio que siempre resulta gratificante –dijo–. Como sabe, poseo ciertos conocimientos del noble v ¿antiguo deporte británico del boxeo. De cuando en cuando resultan útiles. Hoy, por ejemplo, lo habría pasado bochornosamente mal de no ser por ellos. Le rogué que me contara lo que había sucedido. –Localicé ese bar de pueblo que le había recomendado visitar, v allí inicié mis discretas averiguaciones. Me instalé en la barra v el charlatán del propietario me fue dando toda la información que deseaba. Williamson es un hombre de barba blanca vive solo en la mansión, con unos pocos sirvientes. Corre el rumor de que es o ha sido clérigo, pero uno o dos incidentes ocurridos durante su breve estancia en la mansión me parecieron muy poco eclesiásticos. He hecho va algunas indagaciones en una agencia eclesiástica, y allí me han dicho que existió un clérigo con ese apellido, que tuvo una carrera particularmente turbulenta. Además, el tabernero me dijo que a la mansión solían acudir visitas de fin de semana, «gente de pasta», según él, y en especial cierto caballero con bigote rojo apellidado Woodley, que estaba siempre por allí. Hasta aquí habíamos llegado cuando ¿quién dirá que vino a entrometerse? Pues el propio caballero en cuestión, que estaba bebiendo una cerveza allí mismo v había escuchado toda la conversación. ¿Quién era yo? ¿Qué quería? ¿A qué venían tantas preguntas? Su lenguaje era de lo más fluido y sus adjetivos muy vigorosos, y remató una sarta de insultos con un revés traicionero que no pude esquivar del todo. Los minutos siguientes fueron deliciosos. Mis directos de izquierda contra los porrazos del rufián. Yo acabé como usted ye. Al señor Woodley se lo llevaron en un carro. Así terminó mi excursión al campo, y debo confesar que, aunque ha sido muy divertida, mi expedición a los límites de Surrey no ha resultado mucho más provechosa que la suya. El jueves nos llegó otra carta de nuestra cliente: «Señor Holmes, no creo que le sorprenda saber que voy a dejar mi empleo en casa del señor Carruthers. Ni siquiera un sueldo tan alto puede compensarme de lo incómodo de mi situación. El sábado iré a Londres y no tengo intención de regresar. El señor Carruthers ha comprado un cochecito, de manera que los peligros de la carretera solitaria, si es que alguna vez existieron, han desaparecido. En cuanto al motivo concreto de que me yaya, no se trata sólo de la tensa situación con el señor Carruthers, sino que además ha vuelto a aparecer ese odioso señor Woodley. Siempre fue repugnante, pero ahora está más feo que nunca, porque parece que ha tenido un accidente y está todo desfigurado. Lo he visto por la ventana, pero gracias a Dios aún no he coincidido con él. Tuyo una larga conversación con el señor Carruthers, que después de eso parecía muy excitado. Woodley debe de estar alojado por aquí cerca, porque no durmió en casa y, sin embargo, lo volví a ver esta mañana, merodeando entre los arbustos. Preferiría que anduviese suelta una fiera salvaje antes que él. Le odio y le temo más de lo que soy capaz de expresar. ¿Cómo puede el señor Carruthers soportar ni por un segundo a semejante bicho? Menos mal que el sábado se acabarán mis problemas.» –Eso espero, Watson, eso espero –dijo Holmes muy serio–. Alrededor de esta mujercita se está tramando alguna turbia intriga, y nuestro deber es procurar que nadie la moleste en este último viaje. Creo, Watson, que debemos prepararlo todo para desplazarnos allí el sábado por la mañana y asegurarnos de que esta curiosa e incipiente investigación no tenga un final trágico. Confieso que hasta aquel momento no me había tomado muy en serio el caso, que me parecía más grotesco y extravagante que verdaderamente peligroso. Que un hombre acechara y siguiera a una mujer tan guapa no tenía nada de nuevo, y si el tipo era tan poco decidido que no sólo no se atrevía a abordarla sino que incluso huía cuando ella se le acercaba, no podía tratarse de un asaltante muy peligroso. Aquel rufián de Woodley era muy diferente, pero, excepto en una ocasión, nunca había molestado a nuestra cliente y ahora visitaba la casa de Carruthers sin importunarla a ella. El hombre de la bicicleta tenía que ser uno de los que visitaban la mansión los fines de semana, como había dicho el tabernero, aunque seguíamos sin saber quién era y qué pretendía. Sin embargo, la actitud grave de Holmes y el hecho de que al salir de nuestras habitaciones se metiera un revólver en el bolsillo me hizo pensar por primera vez en la posibilidad de que detrás de aquella curiosa cadena de sucesos acechase la tragedia. Después de una noche de lluvia amaneció un día espléndido, y los campos cubiertos de brezo y salpicados de vistosos matorrales de tojo en flor parecían aún más hermosos a unos ojos hastiados de los pardos sombríos y el gris pizarra de Londres. Holmes y yo avanzábamos por la ancha y arenosa carretera, aspirando el aire fresco de la mañana y disfrutando del canto de los pájaros y la suave brisa primaveral. Desde una altura del camino en la ladera de la colina Crooksbury pudimos divisar la sombría mansión, sobresaliendo entre los añosos robles que, aun siendo muy viejos, eran más jóvenes que el edificio que rodeaban. Holmes señaló el largo tramo de carretera que formaba una franja rojo–amarillenta entre el color pardo del brezal y el verde primaveral del bosque. A lo lejos se veía un punto negro que resultó ser un vehículo que avanzaba hacia nosotros. Holmes soltó una exclamación de impaciencia. –Yo había calculado un margen de media hora –dijo–, pero si aquél es su carricoche, es que debe de haber decidido tomar un tren anterior. Me temo, Watson, que va a pasar por Charlington antes de que podamos encontrarnos con ella. Desde el momento en que dejamos la elevación, perdimos de vista el vehículo, pero avanzamos a un paso tan rápido que mi vida sedentaria empezó a hacerse sentir, y me fui quedando rezagado. Holmes, sin embargo, se mantenía siempre en forma, porque disponía de reservas inagotables de energía nerviosa a las que recurrir. Ni por un momento aminoró su paso elástico hasta que, de pronto, cuando ya iba unos cien metros por delante de mí, se detuvo y le vi levantar el brazo con un gesto de dolor y desesperación. En aquel mismo momento, por la curva de la carretera apareció un carricoche vacío, con el caballo al trote v las riendas colgando, que se acercó rápidamente a nosotros. –¡Demasiado tarde, Watson, demasiado tarde! –exclamó Holmes mientras yo corría resoplando hacia él–. ¡Qué idiota he sido en no pensar en el tren anterior! ¡Secuestro, Watson! ¡Secuestro! ¡Asesinato! ¡Dios sabe qué! ¡Ciérrele el paso y pare al caballo! Muy bien. Ahora monte, y veremos si puedo remediar las consecuencias de mi estupidez. Subimos los dos al coche y Holmes hizo que el caballo diera la vuelta, dio un trallazo con el látigo y salimos volando carretera adelante. Al doblar la curva quedó visible todo el tramo de carretera que discurría entre el brezal y la mansión. Yo agarré a Holmes del brazo. –¡Allí está el hombre! –jadeé. Un ciclista solitario venía hacia nosotros. Traía la cabeza agachada y los hombros encorvados y pedaleaba con todas sus fuerzas. Volaba como un corredor de carreras. De pronto, levantó el rostro barbudo, nos vio cerca de él y frenó, saltando a continuación de su máquina. La barba, negra como el carbón, contrastaba de manera extraña con la palidez de su rostro, y los ojos le brillaban como si tuviera fiebre. Se quedó mirándonos a nosotros y al carruaje y en su rostro se formó una expresión de asombró. –¿Qué es esto? ¡Alto ahí! –grito, cerrándonos el paso con su bicicleta–. ¿De dónde han sacado este coche? ¡Pare usted! –vociferó, sacando una pistola del bolsillo–. ¡Pare le digo, o por San Jorge que le meto un tiro al caballo! Holmes arrojó las riendas sobre mis rodillas y saltó del coche. –Usted es el hombre al que queríamos ver. ¿Dónde está la señorita Violet Smith? –dijo con su característica rapidez y claridad. –Eso mismo le pregunto yo. Viene usted en su coche y tiene que saber dónde está. –Encontramos el coche en la carretera, pero no había nadie en él. Hemos venido para ayudar a la señorita. –¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer? –exclamó el desconocido, frenético de angustia–. ¡La han atrapado, ese demonio de Woodley y el cura renegado! Venga usted, venga, si de verdad es su amigo. Ayúdenme y la salvaremos, aunque tenga que dejar mi pellejo en el bosque de Charlington. Corrió como un loco, pistola en mano, hacia una abertura en el seto. Holmes le siguió y yo seguí a Holmes, dejando al caballo pastando junto a la carretera. –Se han metido por aquí –dijo Holmes, señalando las huellas de varios pies en el sendero embarrado–. ¡Caramba! ¡Quietos un momento! ¡Hay alguien caído en los matorrales! Se trataba de un joven de unos diecisiete años, vestido como mozo de cuadras, con pantalones y polainas de cuero. Yacía caído de espaldas, con las rodillas dobladas y una terrible brecha en la cabeza. Estaba sin sentido, pero vivo. Me bastó una mirada a la herida para saber que no había penetrado en el hueso. –Es Peter, el lacayo –exclamó el desconocido–. Él conducía el coche. Esos salvajes le han hecho bajar lo han golpeado. Dejémoslo aquí; no podemos hacer nada–por él, pero a ella aún podemos salvarla de lo peor que le puede ocurrir a una mujer. Corrimos frenéticamente por el sendero, que serpenteaba entre los árboles. Habíamos llegado a los arbustos que rodeaban la casa cuando Holmes se detuvo en seco. –No han ido a la casa. Sus pisadas van hacia la izquierda. ¡Allí, junto a los laureles! ¡Ah, lo que yo decía! Mientras él hablaba, del verde macizo de arbustos que teníamos delante surgió un alarido de mujer, un alarido que vibraba con un paroxismo de horror, y que se cortó de golpe en la nota más aguda, con un gemido de ahogo. –¡Por aquí! ¡Por aquí! ¡Está en la pista de bolos! –gritó el desconocido, lanzándose de cabeza entre los arbustos–. ¡Perros cobardes! ¡Síganme, caballeros! ¡Demasiado tarde! ¡Por todos los diablos! Habíamos salido de pronto a un precioso claro cubierto de césped y rodeado de viejos árboles. En el punto más alejado, a la sombra de un corpulento roble, había un curioso grupo de tres personas. Una era una mujer, nuestra cliente, amordazada con un pañuelo y con aspecto de estar a punto de desmayarse. Frente a ella se erguía un hombre joven de aspecto brutal, rostro macizo y bigote pelirrojo, con las piernas bien abiertas y enfundadas en polainas. Tenía un brazo en jarras y con el otro hacía ondear una fusta. Su actitud era la de un fanfarrón en un momento de triunfo. Entre los dos había un hombre mayor, con barba blanca, que vestía una sobrepelliz corta sobre un traje claro de lana, y que al parecer acababa de celebrar un rito nupcial, ya que al aparecer nosotros se guardó en el bolsillo el libro de oraciones y felicitó jovialmente al siniestro novio con una palmada en el hombre. –¡Se han casado! –balbucí. –¡Vamos! ¡Vamos! –exclamó nuestro guía. Atravesó corriendo el claro, con Holmes y yo pisándole los talones. Al acercarnos, la joven se tambaleó y tuyo que apoyarse en el tronco del árbol. Williamson, el ex sacerdote, nos saludó con una reverencia burlona, y el fanfarrón de Woodley nos salió al paso con una brutal carcajada de júbilo. –Ya puedes quitarte esa barba, Bob –dijo–. Se te conoce perfectamente. Pues bien, tú y tus amigos llegáis justo a tiempo para que os presente a la señora Woodley. La respuesta de nuestro guía fue sorprendente. Se arrancó la barba negra que le servía de disfraz y la tiró al suelo, dejando al descubierto un rostro alargado, cetrino y bien afeitado. A continuación, levantó su revólver y apuntó al joven rufián, que avanzaba hacia él blandiendo su peligrosa fusta. –Sí –dijo nuestro aliado–. Soy Bob Carruthers y pienso defender a esta mujer aunque me ahorquen por ello. Ya te advertí lo que haría si volvías a molestarla, y por Dios que cumpliré mi promesa. –Llegas tarde. ¡Es mi esposa! –No, es tu viuda. El revólver detonó y vi brotar la sangre de la pechera del chaleco de Woodley. Giró sobre sus pies con un gemido y cayó de espaldas, mientras su rostro odioso y enrojecido adquiría de repente una terrible palidez. El anciano, que todavía vestía su sobrepelliz, estalló en una sarta de blasfemias como no he oído jamás y sacó también un revólver, pero antes de que pudiera levantarlo se encontró frente a los ojos el cañón del arma de Holmes. –¡Se acabó! –dijo mi amigo fríamente–. Tire esa pistola. Recójala, Watson, y apúntele a la cabeza. Gracias. Usted, Carruthers, déme ese revólver. Ya está bien de violencia. Vamos, entréguemelo. –Pero ¿quién es usted? –Me llamo Sherlock Holmes. –¡Santo Dios! –Veo que ha oído hablar de mí. Hasta que llegue la policía, yo actuaré en representación suya. ¡Eh, muchacho! –le gritó al asustado lacayo, que acababa de aparecer en el borde del claro–. Ven aquí. Lleva esta nota a Farnham lo más deprisa que puedas –garabateó unas cuantas palabras en una hoja de su cuaderno–. Entrégasela al inspector jefe del puesto de policía. Y mientras él llega, todos ustedes quedan bajo mi custodia personal. La personalidad fuerte y arrolladora de Holmes dominaba la trágica escena, y todos por igual éramos como marionetas en sus manos. Williamson y Carruthers cargaron con el herido Woodley para meterlo en la casa y yo ofrecí mi brazo a la asustada muchacha. Tendieron al herido en una cama y, a petición de Holmes, lo examiné. Presenté mi informe en el antiguo comedor adornado con tapices, donde Holmes se había instalado con sus dos prisioneros delante. –Vivirá –dije. –¿Cómo? –gritó Carruthers, poniéndose en pie de un salto–. Entonces subiré a rematarlo antes que nada. No me digan que esa muchacha, ese ángel, va a quedar atrapada para toda su vida a Jack Woodley «el Rugiente». –No debe preocuparse por eso –dijo Holmes–. Existen dos excelentes razones para que no se la pueda considerar su esposa, bajo ningún concepto. En primer lugar, tenemos motivos de sobra para poner en duda el derecho del señor Williamson a celebrar un matrimonio. –He sido ordenado –exclamó el viejo granuja. –Y también suspendido. –Cuando uno es sacerdote, es sacerdote para siempre. –No lo veo yo así. ¿Y qué hay de la licencia? –Sacamos una licencia de matrimonio. La tengo en el bolsillo. –La conseguiría con engaños. Pero, en cualquier caso, un j matrimonio forzado no tiene validez; en cambio, constituye un delito muy grave, como comprobará usted antes de que esto termine [1]. O mucho me equivoco, o tendrá tiempo de sobra para reflexionar sobre el tema durante los próximos diez años, más o menos. En cuanto a usted, Carruthers, más le habría valido guardarse la pistola en el bolsillo. [1] Efectivamente, un matrimonio tan evidentemente forzado que para celebrarlo es preciso manteneramordazada a la novia no tiene ninguna validez legal ni eclesiástica, y tanto Woodley como Williamson deberían haberlo sabido, en especial este último. De hecho, lo más probable es que Williamson supiera perfectamente que el plan no tenía ninguna posibilidad de dar resultado, pero pretendía seguirle la corriente a Woodley, menos versado en cuestiones legarles, cobrar su comisión y desaparecer cuanto antes, dejando que Woodley se las arreglara solo. –Empiezo a creer que sí, señor Holmes, pero cuando pensé en todas las precauciones que había tomado para proteger a esta muchacha..., porque yo la amaba, señor Holmes, y es la única vez en mi vida que he sabido lo que es el amor... me volví loco al saber que estaba en poder del matón más brutal de Sudáfrica, un tipo cuyo solo nombre infunde un terror supersticioso desde Kimberley a Johannesburgo. Sí, señor Holmes, usted no lo creerá, pero desde que esta chica empezó a trabajar para mí, ni una sola vez dejé que pasara delante de esta casa, donde yo sabía que se ocultaban estos canallas, sin seguirla en mi bicicleta para asegurarme de que no le ocurriera nada malo. Me mantenía distanciado de ella, y me ponía una barba postiza para que no me reconociera, porque se trata de una joven decente y orgullosa, que no se habría quedado mucho tiempo en mi casa de haber sabido que yo la iba siguiendo por las carreteras rurales. –¿Por qué no la advirtió del peligro? –Porque también en este caso se habría marchado, y o no podía soportar la idea. Aunque no me amara, significaba mucho para mí ver su preciosa figura por la casa y oír el sonido de su voz. –Usted llama a eso amor, señor Carruthers –dije yo–, pero yo lo llamo egoísmo. –Puede que las dos cosas vayan unidas. Fuera como fuere, no quería que se marchara. Además, con esta gente por aquí, convenía que hubiera alguien cerca para cuidar de ella. Y cuando llegó el telegrama, tuve la seguridad de que pronto entrarían en acción. –¿Qué telegrama? –Este –dijo Carruthers, sacándolo del bolsillo. El texto era breve y conciso: «El viejo ha muerto.» –¡Hum! –dijo Holmes–. Creo que ya sé cómo se desarrollaron las cosas, y me doy cuenta de que este telegrama debió impulsarlos a entrar en acción, como usted dice. Pero, mientras aguardamos, podría usted explicarme algunos detalles. El viejo renegado de la sobrepelliz soltó una explosiva descarga de palabrotas. . –Por mi alma, Bob Carruthers –dijo–, que si nos delatas te voy a hacer lo mismo que tú le hiciste a Jack Woodley. Puedes rebuznar todo lo que quieras acerca de la chica, porque ese es asunto tuyo, pero si traicionas a tus compañeros con este poli de paisano, será la peor faena que has hecho en tu vida. –No se excite, reverendo –dijo Holmes, encendiendo un cigarrillo–. Los cargos contra usted están bastante claros, y sólo quiero preguntar unos cuantos detalles por curiosidad personal. Sin embargo, si existe algún problema en que ustedes me lo cuenten, seré yo quien hable y veremos qué posibilidades tienen de ocultar sus secretos. En primer lugar, tres de ustedes llegaron de Sudáfrica para dar este golpe: usted, Williamson, usted, Carruthers, y Woodley. –Error número uno –dijo el anciano–. Yo no conocía a ninguno de losdos hasta hace dos meses, y jamás en mi vida he estado en África, así que puede meter eso en su pipa y fumárselo, señor Metomentodo Holmes. –Es cierto lo que dice –confirmó Carruthers. –Bien, bien, vinieron sólo dos. El reverendo es un producto del país. Ustedes conocieron a Ralph Smith en Sudáfrica y tenían motivos para suponer que no viviría mucho. Entonces averiguaron que su sobrina heredaría su fortuna. ¿Qué tal voy? Carruthers asintió y Williamson soltó una palabrota. –No cabe ninguna duda de que ella era el pariente más próximo, y ustedes estaban seguros de que el viejo no haría testamento. –No sabía ni leer ni escribir –dijo Carruthers. –Así que ustedes dos se plantaron aquí y localizaron a la chica. El plan era que uno de los dos se casara con ella y el otro recibiría una parte del botín. Por alguna razón, Woodley salió elegido como marido. ¿Cómo fue eso? –Nos la jugamos a las cartas en el viaje. Él ganó. –Comprendo. Usted tomó a la joven a su servicio, y así Woodley podría cortejarla. Pero ella se dio cuenta de que era un bruto borracho y no quiso saber nada de él. Mientras tanto, su plan se trastornó porque usted mismo se enamoró de la chica, y no podía soportar la idea de que este rufián se la quedase. –¡No, por San Jorge, no podía! –Hubo una pelea entre ustedes. Woodley se marchó enfurecido y comenzó a hacer sus propios planes sin contar con usted. –Empiezo a pensar, Williamson, que no hay mucho que podamos decirle a este caballero –dijo Carruthers con una risa amarga–. Sí, nos peleamos y él me derribó. Pero ahora ya estamos en paz. Entonces lo perdí de vista. Fue entonces cuando él reclutó a este padre renegado. Descubrí que se habían instalado juntos aquí, en el trayecto que ella recorría para ir a la estación. A partir de entonces, no la perdí de vista, porque sabía que se estaba cociendo alguna diablura. Hace dos días, Woodley se presentó en mi casa con este telegrama, que nos comunicaba la muerte de Ralph Smith. Me preguntó si estaba dispuesto a seguir adelante con el trato. Le respondí que no. Preguntó entonces si accedería a casarme con la chica y darle a él una parte. Le dije que lo haría de muy buena gana, pero que ella no me aceptaba. Entonces, Woodley dijo: «Primero vamos a casarla, y puede que al cabo de una o dos semanas vea las cosas de diferente manera». Le respondí que me negaba a utilizar la violencia, y se marchó maldiciendo, como el canalla malhablado que siempre ha sido, y jurando que sería suya de un modo u otro. Ella se iba a marchar de mi casa esta semana y yo había conseguido un coche para llevarla a la estación, pero me sentía tan intranquilo que la seguí en bicicleta. Sin embargo, dejé que me tomara demasiada delantera, y antes de que pudiera alcanzarla el mal ya estaba hecho. No supe nada más hasta que los vi a ustedes dos regresando con el coche. Holmes se puso en pie y tiró la colilla de su cigarrillo a la chimenea. –He sido un obtuso, Watson –dijo–. Cuando me presentó usted su informe dijo que le había parecido ver al ciclista arreglarse la corbata entre los arbustos. Sólo con esto tendría que haberlo comprendido todo. Sin embargo, podemos felicitarnos por haber intervenido en un caso bastante curioso y en algunos aspectos único. Veo venir por el sendero a tres policías del condado, y me alegra comprobar que el pequeño mozo de cuadras se mantiene a su paso; es probable que ni él ni el fascinante novio sufran daños permanentes a causa de las aventuras de esta mañana. Creo, Watson, que en su calidad de médico debería atender a la señorita Smith y decirle que si se encuentra suficientemente recuperada tendremos mucho gusto en acompañarla a casa dé su madre. Y si su recuperación no es completa, ya verá usted como una ligera alusión a la posibilidad de enviar un telegrama a cierto joven electricista de las Midlands la deja curada del todo. En cuanto a usted, señor Carruthers, creo que ha hecho todo lo que ha podido por reparar su participación en un plan maligno. Aquí tiene mi tarjeta, y si mi declaración puede servirle de ayuda en el juicio, me tendrá a su disposición. El lector probablemente habrá observado que, sumido en el torbellino de nuestra incesante actividad, suele resultarme difícil redondear mis relatos añadiendo esos detalles finales que tanto aprecian los curiosos. Cada caso ha servido de preludio a otro y, una vez pasada la crisis, los actores desaparecen para siempre de nuestras ajetreadas vidas. Sin embargo, al final de los manuscritos referentes a este caso he encontrado una breve anotación que confirma que la señorita Violet Smith heredó una gran fortuna y que actualmente es la esposa de Cyril Morton, socio principal de Morton & Kennedy, conocidos electricistas de Westminster. Williamson y Woodley fueron procesados por secuestro y agresión; al primero le cayeron siete años y al segundo diez. No consta ningún dato acerca de Carruthers, pero estoy seguro de que el tribunal no juzgaría con mucha severidad su agresión, teniendo en cuenta que Woodley tenía reputación de ser un maleante peligrosísimo, y creo que con unos meses bastaría para satisfacer las exigencias de la justicia. La Aventura Del Colegio Priory En nuestro pequeño escenario de Baker Street hemos presenciado entradas y salidas espectaculares, pero no recuerdo ninguna tan repentina y sorprendente como la primera aparición del doctor Thorneycroft Huxtable, M.A., Ph.D., etc.[1] Su tarjeta, que parecía demasiado pequeña para soportar el peso de tanto título académico, le precedió en unos segundos y luego entró él: tan grande, tan pomposo y tan digno que parecía la encarnación misma del aplomo y la solidez. Y sin embargo, lo primero que hizo en cuanto la puerta se cerró a sus espaldas fue tambalearse y apoyarse en la mesa, tras lo cual se desplomó en el suelo y allí quedó su majestuosa figura, postrada e inconsciente sobre la alfombra de piel de oso colocada delante de nuestra chimenea. [1] M.A.: «Master in Arts»; Ph.D.: «Doctor in Philosophy».Nos pusimos en pie de un salto y durante unos instantes contemplamos con silencioso asombro aquel enorme resto de naufragio, que parecía el resultado de una repentina y letal tempestad ocurrida en algún lugar lejano del océano de la vida. Luego corrimos a socorrerlo, Holmes con un almohadón para la cabeza y yo con brandy para la boca. El rostro blanco y macizo estaba surcado por arrugas de preocupación, las fláccidas bolsas de debajo de los ojos tenían un color plomizo, la boca entreabierta se curvaba en una mueca de dolor y sus rollizas mejillas estaban sin afeitar. La camisa y el cuello mostraban las mugrientas señales de un largo viaje, y el cabello se encrespaba desordenadamente sobre la bien formada cabeza. El hombre que yacía ante nosotros había sufrido sin duda un duro golpe. —¿Qué tiene, Watson? —preguntó Holmes. —Agotamiento total, puede que simple hambre y cansancio —respondí, tomándole el pulso y verificando que el torrente de vida se había reducido a un débil goteo. —Billete de ida y vuelta desde Mackleton, en el norte de Inglaterra — dijo Holmes, sacándoselo del bolsillo del reloj—. Y aún no son ni las doce. No cabe duda de que ha madrugado. Los párpados fruncidos empezaron a temblar y un par de ojos grises y ausentes alzaron su mirada hacia nosotros. Un instante después, nuestro hombre se ponía en pie con dificultades y rojo de vergüenza. —Perdone esta muestra de debilidad, señor Holmes; temo que me han fallado las fuerzas. Gracias. Si pudiera tomar un vaso de leche y una galleta, estoy seguro de que me pondría bien. He venido personalmente, señor Holmes, para asegurarme de que me acompañará usted a la vuelta. Temía que un simple telegrama no lograría convencerlo de la absoluta urgencia del caso. —Cuando se haya repuesto usted del todo... —Ya me siento perfectamente otra vez. No me explico cómo me dio este desfallecimiento. Señor Holmes, quiero que venga usted a Makleton conmigo en el primer tren mi amigo sacudió la cabeza. —Mi compañero, el doctor Watson, podrá decirle que en estos momentos estamos ocupadísimos. No puedo dejar este caso de los documentos Ferrers, y además está a punto de comenzar el juicio por el crimen de Abergavenny. Sólo un asunto muy importante podría sacarme de Londres en estos momentos. —¡Importante! —nuestro visitante levantó las manos—. ¿No se ha enterado del secuestro del único hijo del duque de Holdernesse? —¿Cómo? ¿El que fue ministro? —Exacto. Hemos tratado de ocultárselo a la prensa, pero anoche el Globe publicaba algunos rumores. Pensé que tal vez estuviera usted al corriente. Holmes estiró su largo y delgado brazo y sacó el volumen «H» de su enciclopedia de consulta. —«Holdernesse, sexto duque de K.G., P.C...[2], y así medio alfabeto...; barón de Beverley, conde de Carston... ¡Caramba, menuda lista!... Señor de Hallamshire desde 1900. Casado con Edith, hija de sir Charles Appledore, en 1888. Hijo único y heredero: lord Saltire. Propietario de unos 250,000 acres , Minas en Lancashire y Gales. Residencias: Carlton House Terrace, Londres; Mansión Holdernesse, en Hallamshire; castillo de Carston, en Bangor, Gales. Lord Almirante en 1872. Primer secretario de Estado... ¡Vaya, vaya! Se trata, sin duda, de uno de los grandes personajes del reino. [2] K.G.: «Knight of the Garter» (Caballero de la Orden de la Jarretera); P.C. Posiblemente significaPrivy Councillor, es decir, miembro del Consejo Privado de la Reina. —El más grande, y puede que el más rico. Ya sé, señor Holmes, que es usted un profesional de primera fila y que está dispuesto a trabajar por mero amor al trabajo. Sin embargo, puedo decirle que su excelencia ha prometido entregar un cheque de cinco mil libras a la persona que pueda indicarle el paradero de su hijo, y otras mil a quien pueda identificar a la persona o personas que lo han secuestrado. —Una oferta principesca —dijo Holmes—. Watson, creo que acompañaremos al doctor Huxtable al norte de Inglaterra. Y ahora, doctor Huxtable, en cuanto se haya terminado la leche, le agradecería que nos contara lo que ha ocurrido, cuándo ocurrió, cómo ocurrió v, por último, qué tiene que ver en ello el doctor Thorneycroft Huxtable, del colegio Priory, cerca de Mackleton, y por qué viene a solicitar mis humildes servicios tres días después del suceso, como se deduce del estado de su barba. Nuestro visitante había dado cuenta de su leche y sus galletas. Recuperado el brillo de sus ojos y el color de sus mejillas, comenzó a explicar la situación con considerable energía y lucidez. —Debo informarles, caballeros, de que el Priory es un colegio preparatorio, del que soy fundador y director. Tal vez les resulte más familiar mi nombre si lo asocian a los Comentarios a Horacio por Huxtable. El Priory es el mejor y más selecto colegio preparatorio de Inglaterra, sin excepción alguna. Lord Leverstoke, el conde de Blackwater, sir Cathcart Soames..., todos ellos me han confiado a sus hijos. Pero cuando me pareció que mi colegio había alcanzado el cenit fue hace tres semanas, cuando el duque de Holdernesse envió a su secretario, el señor James Wilder, para notificarme la intención de poner a mi cargo al joven lord Saltire, de diez años de edad, hijo único y heredero suyo. ¡Qué poco imaginaba yo que aquello iba a ser el preludio de la desgracia más terrible de mi vida! »El muchacho llegó el 1 de mayo, que es cuando comienza el semestre de verano. Era un joven encantador, que se adaptó en seguida a nuestras normas. Debo decirle..., espero no estar cometiendo una indiscreción, pero en un caso como éste es absurdo andarse con medias verdades..., que el chico no era muy feliz en su casa. Es un secreto a voces que la vida matrimonial del duque no ha sido muy apacible y acabó desembocando en una separación por mutuo acuerdo. La duquesa se ha establecido en el sur de Francia. Esto ocurrió hace muy poco, y se sabe que las simpatías del muchacho estaban del lado de la madre. Cuando ella se marchó de la mansión Holdernesse, el chico se quedó muy deprimido, y por eso decidió el duque enviarlo a mi colegio. A los quince días se había adaptado por completo y parecía absolutamente feliz con nosotros. »Se le vio por última vez la noche del 13 de mayo, es decir, la noche del lunes pasado. Su cuarto está en el segundo piso v para llegar a él hay que pasar por otra habitación más grande, en la que duermen dos alumnos. Estos muchachos no vieron ni oyeron nada, de manera que es imposible que el joven Saltire pasara por allí. La ventana de su cuarto estaba abierta y hay una hiedra bastante sólida que llega hasta el suelo. No encontramos pisadas abajo, pero no cabe duda de que esta es la única salida posible. »Su ausencia se descubrió a las siete de la mañana del martes. Se notaba que había dormido en su cama. Antes de marcharse se había vestido del todo, con el uniforme escolar de chaqueta negra, estilo Eton, y pantalones gris oscuro. No se advertían señales de que hubiera entrado alguien en su habitación y estamos seguros de que si hubiera habido gritos o forcejeo se habrían oído, porque Caulder, el mayor de los dos muchachos que duermen en la habitación interior, tiene el sueño muy ligero. »Cuando descubrimos la desaparición de lord Saltire, pasé lista inmediatamente a todo el personal del colegio: alumnos, profesores y servicio. Y entonces nos dimos cuenta de que lord Saltire no se había fugado solo. Faltaba también Heidegger, el profesor de alemán. Su habitación está también en el segundo piso, al otro extremo del edificio, pero dando a la misma fachada que la de lord Saltire. También había dormido en su cama; pero al parecer se había marchado a medio vestir, porque su camisa y sus calcetines estaban tirados en el suelo. No cabe duda de que bajó descolgándose por la hiedra, porque encontramos pisadas suyas abajo en el césped. Junto a este césped hay un pequeño cobertizo donde guardaba su bicicleta, que también ha desaparecido. »Llevaba con nosotros dos años, y había llegado con las mejores referencias. Pero era un tipo callado y poco simpático, que no se llevaba muy bien ni con los alumnos ni con los profesores. No se pudo encontrar ni rastro de los fugitivos, y hoy, jueves, sabemos tan poco como el martes. Naturalmente, fuimos de inmediato a preguntar a la mansión Holdernesse. Se encuentra a sólo unas millas de distancia, v pensamos que un repentino ataque de nostalgia le habría hecho volver con su padre. Pero allí no sabían nada de él. El duque está excitadísimo, y en cuanto a mí, ya han visto ustedes el estado de postración nerviosa al que me han reducido la incertidumbre y la responsabilidad. Señor Holmes, si alguna vez se ha empleado usted a fondo, le suplico que lo haga ahora, porque nunca en su vida encontrará un caso que más lo merezca. Sherlock Holmes había escuchado con el mayor interés el relato del afligido director de escuela. Sus cejas fruncidas y el profundo surco que había entre ellas demostraban que no era preciso insistirle para que concentrase toda su atención en un problema que, aparte de las enormes sumas que en él se barajaban, tenía forzosamente que atraerle, dada su afición a lo enigmático y lo extraño. Sacó su cuaderno de notas y garabateó en él algunas anotaciones. —Ha sido una torpeza por su parte no acudir a mí antes —dijo en tono severo—. Me obliga a iniciar mi investigación con una grave desventaja. Es impensable, por ejemplo, que esa hiedra y ese césped no le revelaran nada a un observador experto. —No ha sido culpa mía, señor Holmes. Su excelencia estaba empeñado en evitar a toda costa un escándalo público. Le asustaba que sus desgracias familiares quedaran expuestas a la vista de todos. Siente horror por ese tipo de cosas. —¿Pero se ha realizado alguna investigación oficial? —Sí, señor, pero sin ningún resultado. Al principio pareció que se había encontrado una pista, ya que alguien declaró haber visto a un hombre joven y un niño saliendo de una estación cercana en uno de los primeros trenes. Pero anoche supimos que se había seguido la pista de la pareja hasta Liverpool, y se ha comprobado que no tienen nada que ver con el asunto. Entonces fue cuando, desesperado, defraudado y tras una noche sin dormir, decidí tomar el primer tren y venir directamente a verle. —Supongo que la investigación sobre el terreno aflojaría mientras se seguía esa pista falsa. —Se interrumpió por completo. —Con lo cual se han perdido tres días. No se podía haber manejado peor el asunto. —Eso me parece a mí, lo reconozco. —Sin embargo, debería poderse resolver el problema. Tendré mucho gusto en echarle un vistazo. ¿Ha descubierto usted alguna conexión entre el chico perdido y este profesor alemán? —Absolutamente ninguna. —¿Ni siquiera estaba en su clase? —No; por lo que yo sé, jamás intercambiaron una palabra. —Desde luego, esto es muy curioso. ¿Tenía bicicleta el chico? —No. —¿Se ha echado en falta alguna otra bicicleta? —No. —¿Está usted seguro? —Completamente. —Vamos a ver: ¿no pensará usted en serio que este alemán se marchó en bicicleta en plena noche con el chico en brazos? —Claro que no. —Entonces, ¿cuál es su teoría? —Lo de la bicicleta pudo ser un truco para despistar. Pueden haberla escondido en cualquier parte y luego marcharse a pie. —Desde luego; pero parece un truco bastante absurdo, ¿no cree? ¿Había más bicicletas en ese cobertizo? —Varias. —¿Y no cree que si hubieran querido dar la impresión de que se marcharon de ese modo habrían escondido un par de bicicletas? —Supongo que sí. —Desde luego que sí. La teoría del truco para despistar no se sostiene. Sin embargo, el incidente constituye un magnífico punto de partida para una investigación. Al fin y al cabo, una bicicleta no es fácil de esconder o destruir. Otra pregunta: ¿Recibió el chico alguna visita el día antes de su desaparición? —No. —¿Recibió alguna carta? —Sí, una. —¿De quién? —De su padre. —¿Abren ustedes las cartas de los alumnos? —No. —Y entonces, ¿cómo sabe que era de su padre? —Porque el sobre llevaba el escudo de armas y la dirección estaba escrita con la letra del duque, que es característicamente rígida. Además, el duque recuerda haber escrito. —¿Recibió otras cartas antes de ésa? —Ninguna en varios días. —¿Y alguna vez ha recibido carta de Francia? —No, nunca. Supongo que se da usted cuenta de hacia dónde apuntan mis preguntas. Una de dos: o se llevaron al chico a la fuerza o se marchó por su propia voluntad. En este último caso, cabría suponer que sólo una llamada de fuera podría empujar a un muchacho tan joven a hacer semejante cosa. Si no recibió visitas, la llamada tuvo que llegar por carta. Por tanto, estoy intentando averiguar quién la escribió. —Me temo que no puedo ayudarle mucho. Que yo sepa, el único que le escribía era su padre. —El cual le escribió el mismo día de su desaparición. ¿Se llevaban muy bien el padre y el hijo? —Su excelencia no se lleva bien con nadie. Vive sumergido por completo en los grandes asuntos públicos y resulta bastante inaccesible a las emociones normales. Pero, a su manera, siempre se portó bien con el niño. —Sin embargo, las simpatías de éste se inclinaban por la madre, ¿no? —Sí. —¿Lo dijo él? —No. —Entonces, ¿el duque? —¡Santo cielo, no! —Entonces, ¿cómo lo sabe usted? —Tuve algunas conversaciones confidenciales con el señor James Wilder, secretario de su excelencia. Fue él quien me informó acerca de los sentimientos de lord Saltire. —Ya veo. Por cierto, esa última carta del duque, ¿se encontró en la habitación del muchacho después de que éste desapareciera? —No, se la había llevado. Creo, señor Holmes, que deberíamos ponernos en camino hacia la estación de Euston. —Pediré un coche. Dentro de un cuarto de hora estaremos a su servicio. Y si va usted a telegrafiar, señor Huxtable, convendría que la gente de por allí creyera que las investigaciones aún siguen centradas en Liverpool, o dondequiera que conduzca esa pista falsa. De ese modo, yo podré trabajar tranquilamente en las puertas de su establecimiento, y tal vez el rastro no esté tan borrado como para que no podamos olfatearlo dos viejos sabuesos como Watson y yo. Aquella noche la pasamos en la fría y vigorizante atmósfera de la región de Peak, donde se encuentra el famoso colegio del doctor Huxtable. Ya había oscurecido cuando llegamos. Sobre la mesa del vestíbulo había una tarjeta, y el mayordomo susurró algo al oído del director, que se volvió hacia nosotros con la alegría reflejada en todos sus macizos rasgos. —¡El duque está aquí! —dijo—. El duque y el señor Wilder están en mi despacho. Vengan, caballeros, y los presentaré. Como es natural, yo había visto muchos retratos del famoso estadista, pero el hombre de carne y hueso era muy distinto de sus imágenes. Se trataba de una persona alta y majestuosa, vestida de manera inmaculada, con un rostro flaco y chupado, y una nariz grotescamente larga y encorvada. La mortal palidez de su piel contrastaba con la larga y ondulada barba roja que le caía por encima del chaleco blanco, en el que una cadena de reloj brillaba a través de las guedejas. Así era el majestuoso personaje que nos miraba con fría mirada desde el centro de la alfombra de la chimenea del doctor Huxtable. A su lado había un hombre muy joven, que supuse que sería Wilder, el secretario privado. Era pequeño, nervioso, inquisitivo, con ojos inteligentes de color azul claro y expresión cambiante. Fue él quien inició en el acto la conversación, en tono cortante y decidido. —Vine esta mañana, doctor Huxtable, pero llegué demasiado tarde para impedirle partir hacia Londres. Me enteré de que tenía la intención de solicitar al señor Sherlock Holmes que se hiciera cargo del caso. A su excelencia le sorprende, doctor Huxtable, que haya usted dado un paso semejante sin consultarlo. —Al saber que la policía había fracasado... —Su excelencia no está en modo alguno convencido del fracaso de la policía. —Pero señor Wilde... —Sabe usted muy bien, doctor Huxtable, que su excelencia tiene especial interés en evitar todo escándalo público. Prefiere que su intimidad la conozcan las menos personas posibles. —La cosa tiene fácil remedio —dijo el acobardado doctor—. El señor Sherlock Holmes puede regresar a Londres en el tren de la mañana. —Nada de eso, doctor, nada de eso —dijo Holmes con su voz más meliflua—. Este aire del Norte resulta muy vigorizante y agradable, y me parece que voy a pasar unos días en estos páramos, ocupando la mente lo mejor que pueda. Naturalmente, a usted le toca decidir si me alojo bajo su techo o en la posada del pueblo. Pude darme cuenta de que el pobre doctor se encontraba sumido en la más profunda indecisión, de donde fue rescatado por la voz grave y sonora del duque barbirrojo, que resonó como un gong llamando a comer. —Doctor Huxtable, estoy de acuerdo con el señor Wilder en que tendría usted que haberme consultado. Pero ya que el señor Holmes está enterado de todo, sería verdaderamente absurdo no aprovechar sus servicios. En lugar de ir a la posada, señor Holmes, me agradaría mucho que se quedara conmigo en la mansión Holdernesse. —Gracias, excelencia. Pero, a efectos de la investigación, creo que será más juicioso que me quede en el escenario del misterio. —Como desee, señor Holmes. Por supuesto, cualquier información que el señor Wilder o yo podamos proporcionarle está a su disposición. —Lo más probable es que tenga que ir a visitarlos a la mansión —dijo Holmes—. Por el momento, señor, sólo deseo preguntarle si tiene formada alguna hipótesis que explique la misteriosa desaparición de su hijo. —No, señor; ninguna. —Perdóneme si hago alusión a algo que le resulta doloroso, pero no tengo más remedio. ¿Cree usted que la duquesa puede tener algo que ver con el asunto? El ilustre ministro dio claras muestras de vacilación. —No creo —dijo por fin. —La otra explicación más evidente es que el chico haya sido secuestrado con objeto de pedir rescate por él. ¿No ha recibido ninguna petición en ese sentido? —No, señor. —Una pregunta más, excelencia. Tengo entendido que escribió usted a su hijo el día mismo del incidente. —No; le escribí el día antes. —Eso es. ¿Pero él recibió la carta ese día? —Sí. —¿Había algo en su carta que pueda haberlo trastornado o inducido a dar ese paso? —No, señor, claro que no. —¿Echó usted mismo la carta al correo? La contestación del aristócrata quedó interrumpida por el secretario, que intervino algo acalorado. —Su excelencia no tiene por costumbre llevar personalmente las cartas al correo —dijo—. La carta se dejó con las demás en la mesa del despacho, y yo mismo las eché al buzón. —¿Está usted seguro de haber echado esta carta? —Sí; me fijé en ella. —¿Cuántas cartas escribió su excelencia aquel día? —Veinte o treinta —dijo el duque—. Mantengo mucha correspondencia. Pero ¿no le parece esto un poco irrelevante? —No del todo —respondió Holmes. —Por mi parte —prosiguió el duque—, he aconsejado a la policía que dirija su atención hacia el sur de Francia. Ya he dicho que no creo que la duquesa haya incitado un acto tan monstruoso, pero el chico tenía ideas muy equivocadas, y es posible que haya huido para irse con ella, inducido y ayudado por ese alemán. Bien, doctor Huxtable, nos volvemos á la mansión. Me di cuenta de que a Holmes aún le habría gustado hacer algunas preguntas más, pero el brusco comportamiento del noble daba a entender que la entrevista había terminado. Era evidente que aquello de discutir sus intimidades familiares con un extraño le resultaba absolutamente aborrecible a su exquisito carácter aristocrático, y que temía que cualquier nueva pregunta arrojara una desagradable luz sobre los rincones discretamente oscurecidos de su historia ducal. En cuanto el aristócrata y su secretario se marcharon, mi amigo se lanzó de inmediato a la investigación, con su vehemencia habitual. Examinamos minuciosamente la habitación del muchacho, que no nos proporcionó información alguna, aparte de dejarnos convencidos de que sólo pudo haber escapado por la ventana. Tampoco la habitación y los objetos personales del profesor alemán nos ofrecieron ninguna pista nueva. En este caso, un tallo de hiedra había cedido bajo su peso, y a la luz de la linterna pudimos ver en el césped la huella dejada por sus talones al bajar al suelo. Aquella marca solitaria en el bien cortado césped constituía el único testimonio material de la inexplicable fuga nocturna. Sherlock Holmes salió del colegio solo y no regresó hasta después de las once. Se había hecho con un mapa militar de la zona y lo trajo a mi cuarto, lo extendió sobre la cama, colgó encima una lámpara y se puso a fumar mientras lo examinaba, señalando de cuando en cuando los puntos de interés con la humeante boquilla de ámbar de su pipa. —Cada vez me gusta más este caso, Watson —dijo—. Decididamente, presenta aspectos muy interesantes. En esta fase inicial, quiero que se fije en estos detalles geográficos, que pueden tener mucha importancia para nuestra investigación. »Mire este mapa. Este cuadrado oscuro es el colegio Priory. Voy a marcarlo con un alfiler. Y esta línea es la carretera principal. Ya ve que corre de Este a Oeste, pasando frente a la escuela, y que en ninguna de las dos direcciones existe una desviación en más de una milla. Si los dos fugitivos se marcharon por carretera, tuvo que ser por esta carretera. —Exacto. —Por una curiosa y afortunada casualidad, podemos saber hasta cierto punto lo que pasó por esta carretera durante la noche de autos. Aquí, donde señalo con la pipa, había un policía rural de servicio desde las doce hasta las seis. Como puede ver, se trata del primer cruce que existe por el lado este. El guardia declara que no se movió de su puesto ni un instante, y está seguro de que ni el hombre ni el niño pudieron pasar por allí sin que él los viera. He hablado esta noche con el policía en cuestión, y me ha parecido una persona de absoluta confianza. Con eso queda descartado este camino. Pasemos a ocuparnos del otro. Aquí hay una fonda, «El Toro Rojo», cuya propietaria estaba enferma. Había hecho llamar al médico de Mackleton, pero éste no llegó hasta por la mañana, porque estaba ocupado con otro caso. La gente de la fonda pasó toda la noche en vela, aguardando su llegada, y parece que en todo momento había alguien vigilando la carretera. También ellos han declarado que no pasó nadie. Si hemos de creer en su declaración, podemos descartar también el lado oeste, y estamos en condiciones de asegurar que los fugitivos no utilizaron para nada la carretera. —¿Y la bicicleta, qué? —objeté. —Eso es. Ahora llegaremos a la bicicleta. Continuemos nuestro razonamiento: si estas personas no se marcharon por la carretera, tuvieron que ir campo a través, hacia el norte o hacia el sur del colegio. De eso no cabe duda. Consideremos las dos posibilidades. Al sur del colegio, como puede ver, hay una gran extensión de tierra cultivable, dividida en campos pequeños, separados por tapias de piedra. Por ahí hay que reconocer que la bicicleta no sirve para nada. Podemos descartar la idea. Veamos ahora el terreno que hay al Norte. Aquí tenemos una arboleda, señalada en el mapa como Ragged Shaw, más allá de la cual comienza un extenso páramo, Lower Gill Moor, que se prolonga unas diez millas con una pendiente gradual hacia arriba. Aquí, a un lado de esta desolación, está la mansión Holdernesse, a diez millas de distancia por carretera, pero sólo a seis atravesando el páramo. Toda esta llanura es tremendamente árida. Hay unos pocos granjeros que tienen arrendadas pequeñas parcelas en el páramo, donde crían ovejas y vacas. Exceptuándolos a ellos, los únicos habitantes que uno encuentra hasta llegar a la carretera de Chesterfield son chorlitos y zarapitos. Aquí, como ve, hay una iglesia, unas pocas granjas y otra posada. Más allá comienzan a empinarse las montañas. Así pues, nuestra investigación debe dirigirse hacia aquí, hacia el Norte. —¿Y la bicicleta, qué? —insistí. —¡Ya va, ya va! —dijo Holmes con impaciencia—. Un buen ciclista no necesita carreteras. Hay muchos senderos que atraviesan el páramo, y esa noche había luna llena. ¡Caramba! ¿Qué pasa? Alguien llamaba frenéticamente a la puerta, y un instante después el doctor Huxtable había entrado en la habitación. Traía en la mano una gorra azul de bicicleta, con una insignia blanca en lo alto. —¡Al fin tenemos una pista! —exclamó—. ¡Gracias al cielo, por fin hemos encontrado el rastro del pobre chico! ¡Esta es su gorra! —¿Dónde la encontraron? —En el carromato de unos gitanos que habían acampado en el páramo. Se marcharon el martes. Hoy los localizó la policía, que registró la caravana v encontró esto. —¿Qué explicación dieron? —Evasivas y mentiras... Dicen que la encontraron en el páramo el martes por la mañana. ¡Los muy canallas saben dónde está el chico! Gracias a Dios, están a buen recaudo, guardados bajo siete llaves. El miedo a la justicia o la bolsa del duque acabarán por hacerles soltar todo lo que saben. —De momento, no está mal —dijo Holmes cuando el doctor salió por fin de la habitación—. Por lo menos, concuerda con la teoría de que es por el lado del páramo donde podemos esperar obtener resultados. La verdad es que la policía de aquí no ha hecho nada, aparte de detener a esos gitanos. ¡Mire aquí, Watson! Hay una corriente de agua que atraviesa el páramo. Aquí la tiene, marcada en el mapa. En algunas partes se ensancha, formando una ciénaga. Con este tiempo tan seco sería inútil buscar huellas en cualquier otro sitio; pero aquí sí que es posible que haya quedado algún rastro. Vendré a despertarlo mañana temprano y veremos si entre usted y yo podemos arrojar alguna luz sobre este misterio. Apenas había amanecido cuando me desperté, descubriendo junto a mi cama la figura alta y delgada de Holmes. Estaba completamente vestido y, al parecer, ya había salido. —Ya he visto el césped y el cobertizo de las bicicletas —dijo—. También he dado un paseo por la arboleda de Ragged Shaw. Y ahora, Watson, tenemos servido chocolate en el cuarto de al lado. Debo rogarle que se dé prisa, porque nos aguarda un gran día. Le brillaban los ojos y tenía las mejillas coloreadas por la excitación con la que un maestro artesano contempla la tarea preparada ante él. Aquel Holmes activo y despierto era un hombre muy diferente del soñador pálido e introspectivo de Baker Street. Al mirar su elástica figura, que irradiaba energía nerviosa, tuve la sensación de que, en efecto, nos aguardaba un día agotador. Y sin embargo, comenzó con una terrible decepción. Nos adentramos llenos de esperanza en la turba color canela del páramo, surcada por millares de senderos de ovejas, hasta llegar a la ancha franja de color verde claro correspondiente a la ciénaga que se extendía entre nosotros v Holdernesse. Indudablemente, si el muchacho se hubiera dirigido a su casa, habría pasado por allí, y no habría podido pasar sin dejar huellas. Pero no se veía ni rastro de él ni del alemán. Mi amigo recorrió los bordes de la ciénaga con expresión abatida, inspeccionando con ansiedad cada mancha de barro en el musgo que cubría el suelo. Abundaban las huellas de ovejas, y varias millas más abajo encontramos también huellas de vacas. Nada más. —Chasco número uno —dijo Holmes, mirando con expresión abatida la ondulante extensión de páramo—. Allí abajo hay otra ciénaga, con un estrecho cuello entre las dos. ¡Caramba, caramba, caramba! ¿Qué tenemos aquí? Habíamos llegado a un corto y negro tramo de sendero, en cuyo centro, perfectamente impresa sobre la tierra húmeda, se veía la huella de una bicicleta. —¡Hurra! —exclamé—. ¡Ya lo tenemos! Pero Holmes estaba sacudiendo la cabeza y su expresión, más que de alegría; era de desconcierto y curiosidad. —Una bicicleta, desde luego, pero no la bicicleta —dijo—. Conozco a la perfección cuarenta y dos huellas de neumáticos diferentes. Esta, como puede ver, es de un Dunlop con un parche en la parte de fuera. La bicicleta de Heidegger llevaba neumáticos Palmer, que dejan una huella con franjas longitudinales. Aveling, el profesor de matemáticas, estaba seguro de eso. Por tanto, no son las huellas de Heidegger. —¿Las del niño, entonces? —Podría ser, si pudiéramos demostrar que disponía de una bicicleta. Pero en este aspecto hemos fracasado por completo. Esta huella, como puede usted ver, la ha dejado un ciclista que venía desde la zona del colegio. —O que iba hacia allí. —No, no, querido Watson. La impresión más profunda es, naturalmente, la de la rueda de atrás, que es donde se apoya el peso del cuerpo. Fíjese en que en varios puntos ha pasado por encima de la huella de la rueda delantera, que es menos profunda, borrándola. No cabe duda de que venía del colegio. [4] Puede que esto tenga relación con nuestra investigación y puede que no, pero lo primero que vamos a hacer es seguir esta huella hacia atrás. [4] Este asunto de las huellas de la bicicleta es uno de los que más controversias ha provocadoentre los holmesólogos. Efectivamente, aunque la impresión de la rueda trasera pise» la de una rueda delantera, eso no ayuda a distinguir si van o vienen, va que la huella sería exactamente igual en ambos casos, a menos que una de las ruedas tuviera alguna marca identificable y Holmes supiera en qué lado se encontraba dicha marca, lo cual queda descartado. Posiblemente, Holmes se fijó en otros indicios, que Watson no comprendió bien, y por eso ofrece aquí esta explicación tan poco satisfactoria. Así lo hicimos, pero a los pocos cientos de metros salimos de la zona pantanosa del páramo y perdimos la pista. Recorrimos el sendero en dirección inversa y encontramos otro punto por donde lo atravesaba un arroyo. Allí volvimos a descubrir las huellas de la bicicleta, aunque— casi borradas por las pezuñas de las vacas. Más allá no se veía ni rastro, pero el sendero penetraba en el bosque de Ragged Shaw, situado detrás del colegio. De este bosque tenía que haber salido la bicicleta. Holmes se sentó sobre una piedra y apoyó la barbilla en las manos. Antes de que volviera a moverse, yo ya me había fumado dos cigarrillos. —Bien, bien —dijo por fin—. Desde luego, entra dentro de lo posible que un hombre astuto cambie los neumáticos de su bicicleta para dejar huellas diferentes. Un delincuente al que se le ocurriera esto sería un hombre con el que me sentiría orgulloso de medirme. Dejaremos pendiente esta cuestión y volveremos a nuestra ciénaga, porque hemos dejado mucho sin explorar. Continuamos nuestra sistemática inspección de las orillas de la zona cenagosa del páramo, y nuestra perseverancia no tardó en verse magníficamente recompensada. Un sendero embarrado cruzaba la parte baja de la ciénaga. Al acercarnos a él, Holmes dejó escapar un grito de alegría. Es su mismo centro se veía una huella que parecía un fino haz de cables de telégrafo. Era el neumático Palmer. —¡Aquí sí que tenemos a herr Heidegger! —exclamó Holmes, radiante de júbilo—. Parece, Watson, que mi razonamiento ha estado bastante acertado. —Le felicito. —Pero aún nos queda mucho camino por andar. Haga el favor de salirse del sendero. Y ahora, sigamos la pista. Me temo que no nos llevará muy lejos. Sin embargo, según avanzábamos, descubrimos que en aquella parte del páramo abundaban las zonas blandas, y aunque perdíamos la pista con frecuencia, siempre conseguíamos encontrarla de nuevo. —¿Se fija usted —dijo Holmes— en que el ciclista está apretando la marcha de manera inequívoca? No cabe ninguna duda. Fíjese aquí, donde las dos huellas se ven con claridad. Están las dos igual de marcadas. Eso sólo puede significar que el ciclista está doblado sobre el manillar, como en una carrera de velocidad. ¡Por Júpiter! ¡Se ha caído! Un manchón de forma irregular cubría algunos metros de sendero. Más allá había unas pocas pisadas y luego reaparecían los neumáticos. —Un patinazo de costado —aventuré. Holmes recogió una rama aplastada de tojo en flor. Observé horrorizado que las flores amarillas estaban todas manchadas de sangre. También en el sendero y entre los brezos se veían manchas de sangre coagulada. —¡Mala cosa! —dijo Holmes—. ¡Mala cosa! ¡Apártese, Watson! ¡No quiero pisadas innecesarias! ¿Qué sacamos de aquí? Cayó herido, se levantó, volvió a montar y siguió su camino. Pero no se ve ninguna otra huella. Sí, por aquí ha pasado ganado. ¿No le habrá corneado un toro? ¡Imposible! Pero no se ve ninguna otra clase de huellas. Sigamos adelante, Watson. Ahora que tenemos manchas de sangre además de las huellas de neumáticos, no es posible que se nos escape. No tuvimos que buscar mucho. Las huellas de la bicicleta empezaron a describir fantásticas curvas sobre el sendero húmedo y brillante. De pronto, al mirar hacia adelante, distinguí un brillo metálico entre los espesos arbustos, de donde sacamos una bicicleta, con neumáticos Palmer, un pedal doblado v toda la parte delantera espantosamente manchada y embadurnada de sangre. Por el otro lado de los arbustos asomaba un zapato. Dimos corriendo la vuelta al matorral y allí encontramos al desdichado ciclista. Era un hombre alto, con barba poblada y gafas, uno de cuyos cristales se había desprendido. La causa de su muerte había sido un terrible golpe en la cabeza que le había aplastado el cráneo. El hecho de que hubiera sido capaz de seguir adelante después de recibir semejante herida decía mucho de la vitalidad y el valor de aquel hombre. Llevaba zapatos, pero no calcetines, y bajo su chaqueta desabrochada se veía una camisa de noche. Sin duda alguna, se trataba del profesor alemán. Holmes dio la vuelta al cuerpo con respeto y lo examinó con gran atención. Después permaneció bastante tiempo sentado, sumido en profundas reflexiones, y de su frente arrugada pude deducir que, en su opinión, aquel macabro descubrimiento no nos había hecho avanzar gran cosa en nuestra investigación. —Es un poco difícil decir qué hacer ahora, Watson —dijo por fin—. Si fuera por mí, seguiríamos adelante con nuestra investigación, porque ya hemos perdido tanto tiempo que no podemos perder ni una hora más. Sin embargo, nuestra obligación es informar a la policía de este descubrimiento y procurar que el cuerpo de este pobre hombre reciba las atenciones debidas. —Yo podría llevar una nota. —Pero es que necesito su compañía y su ayuda. ¡Un momento! Allá lejos hay un tipo cortando turba. Hágalo venir aquí y él traerá a la policía. Fui a buscar al campesino y Holmes lo envió, muerto del susto, con una nota para el doctor Huxtable. —Y ahora, Watson —dijo—, esta mañana hemos encontrado dos pistas. Una, la de la bicicleta con los neumáticos Palmer, que ya hemos visto a dónde lleva. Otra, la de la bicicleta con el neumático Dunlop parcheado. Antes de ponernos a investigar ésa, hagamos balance de lo que sabemos para tratar de sacarle el máximo partido y poder separar lo esencial de lo accidental. En primer lugar, quiero que quede bien claro para usted que el muchacho se marchó, sin duda alguna, por su propia voluntad. Se descolgó por la ventana y se largó, solo o acompañado. De eso no cabe la menor duda. Asentí con la cabeza. —Muy bien, pasemos ahora a este desdichado profesor alemán. El chico estaba completamente vestido cuando huyó. Pero el alemán salió sin calcetines. Está claro que tuvo que actuar con mucha precipitación. —No cabe duda. —¿Por qué salió? Porque presenció la fuga del chico desde la ventana de su dormitorio. Porque (quería alcanzarlo y hacerle volver. Montó en su bicicleta, salió en persecución del muchacho y, persiguiéndolo, encontró la muerte. —Eso parece. —Ahora llegamos a la parte crítica de mi argumentación. Lo natural es que un hombre que persigue a un niño eche a correr detrás de él. Sabe que podrá alcanzarlo. Pero este alemán no actúa así, sino que coge su bicicleta. Me han dicho que era un excelente ciclista. No habría hecho (eso de no haber visto que el chico disponía de algún medio de escape rápido. —La otra bicicleta. —Continuamos con nuestra reconstrucción. Encuentra la muerte a cinco millas del colegio... no de un tiro, fíjese, que eso tal vez podría haberlo hecho un muchacho, sino de un golpe salvaje, asestado por un brazo vigoroso. Así pues, el muchacho iba acompañado en su huida. Y la huida fue rápida, ya que un consumado ciclista necesitó cinco millas para alcanzarlos. Sin embargo, examinamos el terreno en torno al lugar de la tragedia y ¿qué encontramos? Nada más que unas cuantas pisadas de vaca. Eché un buen vistazo alrededor, y no hay ningún sendero en cincuenta metros. El crimen no pudo cometerlo otro ciclista. Y tampoco hay pisadas humanas. —¡Holmes! —exclamé—. ¡Esto es imposible! —¡Admirable! —dijo él—. Un comentario de lo más esclarecedor. Es imposible tal como yo lo expongo, y por tanto debo haber cometido algún error en mi exposición. Sin embargo, usted ha visto lo mismo que yo. ¿Es capaz de— sugerir dónde está el fallo? —¿No podría haberse roto el cráneo al caerse? —¿En una ciénaga, Watson? —No se me ocurre otra cosa. —¡Bah, bah! Peores problemas hemos resuelto. Por lo menos, disponemos de material abundante, siempre que sepamos utilizarlo. En marcha, pues, y puesto que el Palmer ya no da más de sí, veamos lo que puede ofrecernos el Dunlop con el parche. Encontramos la pista y la seguimos durante un buen trecho; pero en seguida el páramo empezó a elevarse, formando una larga curva cubierta de brezo, y dejamos atrás la corriente de agua. En aquel terreno, las huellas ya no podían ayudarnos más. En el punto donde vimos las últimas señales de neumáticos Dunlop, éstas lo mismo habrían podido dirigirse a la mansión Holdernesse, cuyas señoriales torres se alzaban a varias millas de distancia por nuestra izquierda, que a una aldea de casas bajas y grises situada frente a nosotros y que indicaba la situación de la carretera de Chesterfield. Al acercarnos a la destartalada y cochambrosa posada, sobre cuya puerta se veía la figura de un gallo de pelea, Holmes soltó un súbito gemido y se agarró a mi hombro para no caer. Había sufrido una de esas violentas torceduras de tobillo que le dejan a uno incapacitado. Cojeando con dificultad, llegó hasta la puerta, donde un hombre moreno, achaparrado y entrado en años, fumaba una pipa de arcilla negra. —¿Cómo está usted, señor Reuben Hayes? —dijo Holmes. —¿Quién es usted y cómo conoce tan bien mi nombre? —replicó el campesino, con un brillo receloso en sus astutos ojos. —Bueno, está escrito en el letrero que tiene sobre su cabeza. Y se nota cuando un hombre es el dueño de la casa. Supongo que no tendrá usted en sus establos nada parecido a un coche. —No, no lo tengo. —Apenas puedo apoyar el pie en el suelo. —Pues no lo apoye en el suelo. —Entonces no podré andar. —Pues salte. Los modales del señor Reuben Hayes no tenían nada de graciosos, pero Holmes se lo tomó con un buen humor admirable. —Mire, amigo — dijo—. Me encuentro en un apuro algo ridículo y no me importa cómo salir de él. —A mí tampoco —dijo el huraño posadero. —Se trata de un asunto muy importante. Le pagaría un soberano si me dejara una bicicleta. El posadero aguzó el oído. —¿Dónde quiere ir usted? —A la mansión Holdernesse. —Supongo que son amigos del duque —dijo el posadero, observando con mirada irónica nuestras ropas manchadas de barro. Holmes se echó a reír alegremente. —En cualquier caso, se alegrará de vernos. —¿Por que? —Porque le traemos noticias de su hijo desaparecido. —¿Cómo? ¿Le siguen ustedes la pista? —Se han tenido noticias suyas en Liverpool y esperan encontrarlo de un momento a otro. De nuevo se produjo un rápido cambio en el rostro macizo y sin afeitar. Sus modales se hicieron de pronto más simpáticos. —Tengo menos motivos que casi nadie para desearle buena suerte al duque —dijo—, porque en otro tiempo fui su jefe de cocheras y se portó muy mal conmigo. Me echó a la calle sin un certificado, fiándose de la palabra de un tratante de piensos mentiroso. Pero me alegra saber que se ha localizado al joven señor en Liverpool, y les ayudaré a llevar la noticia a la mansión. —Se lo agradezco —dijo Holmes—. Pero primero comeremos algo. Luego me traerá usted la bicicleta. —No tengo bicicleta. Holmes le enseñó un soberano. —Le digo que no tengo, hombre. Les prestaré dos caballos para llegar a la mansión. Fue asombrosa la rapidez con que aquel tobillo torcido se curó en cuanto nos quedamos solos en la cocina embaldosada. Estaba a punto de anochecer y no habíamos probado bocado desde primeras horas de la mañana, de manera que dedicamos un buen rato a la comida. Holmes estaba sumido en sus pensamientos, y un par de veces se acercó a la ventana para mirar con gran interés hacia fuera. Daba a un patio mugriento, en cuyo rincón más alejado había una herrería, donde trabajaba un muchacho muy sucio. Al otro lado estaban los establos. Holmes acababa de sentarse después de una de estas excursiones, cuando de pronto saltó de la silla, lanzando una ruidosa exclamación. —¡Por el cielo, Watson, creo que ya lo tengo! ¡Sí, sí, tiene que ser así! Watson, ¿recuerda usted haber visto hoy huellas de vaca? —Sí, bastantes. —¿Dónde? —Bueno, por todas partes. Las había en la ciénaga, y también en el sendero, y también cerca de donde murió el pobre Heidegger. —Exacto. Y ahora, Watson, ¿cuántas vacas ha visto usted en el páramo? —No recuerdo haber visto ninguna. —Qué raro, Watson, que hayamos visto huellas de vaca por todo nuestro recorrido, pero ni una sola vaca en todo el páramo. ¿No le parece muy raro, Watson? —Sí, es raro. —Ahora, Watson, haga un esfuerzo. Intente recordar. ¿Puede ver esas pisadas en el sendero? —Sí que puedo. —¿Y no recuerda, Watson, que a veces las pisadas eran así —colocó una serie de miguitas de pan de esta forma :::::— y otras veces así : . : . : . y muy de cuando en cuando así . . . ¿Se acuerda de eso? —No, no me acuerdo. —Pues yo sí. Podría jurarlo. No obstante, podemos volver cuando queramos a comprobarlo. He estado más ciego que un topo al no darme cuenta antes. —¿Y de qué se ha dado cuenta? —De lo extraordinaria que es esa vaca, que tan pronto anda al paso como al trote como al galope. ¡Por San Jorge, Watson, que una treta como ésa no ha podido salir del cerebro de un tabernero rural! Parece que el terreno está despejado, con excepción de ese chico de la herrería. Escurrámonos fuera, a ver qué encontramos. En el destartalado establo había dos caballos de pelo áspero y alborotado. Holmes levantó la pata trasera de uno de ellos y se echó a reír en voz alta. —Zapatos viejos, pero recién calzados: herraduras viejas, pero clavos nuevos. Este caso merece pasar a la historia. Acerquémonos a la herrería. El muchacho seguía trabajando sin fijarse en nosotros. Vi que la mirada de Holmes pasaba como un rayo de derecha a izquierda, revisando los fragmentos de hierro y madera que había desparramados por el suelo. Pero de pronto oímos pasos detrás de nosotros y apareció el propietario, con las pobladas cejas fruncidas sobre sus feroces ojos y sus morenas facciones retorcidas por la ira. Llevaba en la mano una garrota corta con puño metálico y avanzaba de manera tan amenazadora que me alegré de palpar el revólver en mi bolsillo. —¡Condenados espías! —gritó el hombre—. ¿Qué están haciendo aquí? —¡Caramba, señor Reuben Hayes! —dijo Holmes muy tranquilo—. Cualquiera pensaría que tiene usted miedo de que descubramos algo. El hombre se dominó con un violento esfuerzo y su crispada boca se aflojó en una risa falsa, aún más amenazadora que su ceño. —Pueden ustedes descubrir lo que quieran en mi herrería —dijo—. Pero mire, señor, no me gusta que la gente ande fisgando por mi casa sin mi permiso, así que, cuanto antes paguen ustedes su cuenta y se larguen de aquí, más contento quedaré. —Muy bien, señor Hayes, no teníamos intención de molestar —dijo Holmes—. Hemos estado echando un vistazo a sus caballos; pero me parece que, después de todo, iremos andando. Creo que no está muy lejos. —No hay más que dos millas hasta las puertas de la mansión. Por la carretera de la izquierda. No nos quitó de encima sus ojos huraños hasta que salimos de su establecimiento. No llegamos muy lejos por la carretera, ya que Holmes se detuvo en cuanto la curva nos ocultó de la vista del posadero. —Como dicen los niños, en esa posada se estaba caliente, caliente — dijo—. A cada paso que doy alejándome de ella, me siento más frío. No, no; de aquí yo no me marcho. —Estoy convencido —dije yo— de que ese Reuben Hayes lo sabe todo. En mi vida he visto un bandido al que se le note tanto. —¡Vaya! ¿Esa impresión le dio, eh? Y además, tenemos los caballos, y tenemos la herrería. Sí, señor, un sitio muy interesante este «Gallo de Pelea». Creo qué deberíamos echarle otro vistazo sin molestar a nadie. Detrás de nosotros se extendía una prolongada ladera, salpicada de peñascos de caliza gris. Habíamos salido de la carretera y empezábamos a subir la cuesta cuando, al mirar en dirección a la mansión Holdernesse, vi un ciclista que se acercaba a toda velocidad. —¡Agáchese, Watson! —exclamó Holmes, posando una pesada mano sobre mi hombro. Apenas nos había dado tiempo a ocultarnos cuando el ciclista pasó como un rayo ante nosotros. En medio de una turbulenta nube de polvo pude vislumbrar un rostro pálido y agitado, con la boca abierta y los ojos mirando enloquecidos hacia delante. Era como una extraña caricatura del impecable James Wilder que habíamos conocido la noche anterior. —¡El secretario del duque! —exclamó Holmes—. ¡Vamos, Watson, a ver qué hace! Nos escabullimos de roca en roca y en pocos momentos alcanzamos una posición desde la que podíamos divisar la puerta delantera de la posada. Junto a ella, apoyada en la pared, estaba la bicicleta de Wilder. No se advertía ningún movimiento en la casa ni pudimos distinguir ningún rostro en las ventanas. Poco a poco, el crepúsculo fue avanzando y el sol hundiéndose tras las altas torres de Holdernesse Hall. Entonces, en la oscuridad, vimos que en el patio de la posada se encendían los dos faroles laterales de un carricoche y poco después oímos el repicar de los cascos, mientras el coche salía a la carretera y se alejaba a galope tendido en dirección a Chesterfield. —¿Qué piensa usted de esto, Watson? —susurró Holmes. —Parece una huida. —Un hombre solo en un cochecillo, por lo que he podido ver. Y desde luego, no era el señor James Wilder, porque está ahí, en la puerta. En la oscuridad había surgido un rojo cuadrado de luz, y en medio de él se encontraba la negra figura del secretario, con la cabeza adelantada, escudriñando en la noche. Era evidente que estaba esperando a alguien. Por fin se oyeron pasos en la carretera, una segunda figura se hizo visible por un instante, recortada en la luz, se cerró la puerta y todo quedó de nuevo a oscuras. Cinco minutos más tarde se encendió una lámpara en una habitación del primer piso. —La clientela del «Gallo de Pelea» parece de lo más curiosa —dijo Holmes. —El bar está por el otro lado. —Efectivamente. Éstos deben de ser lo que podríamos llamar huéspedes privados. Ahora bien, ¿qué demonios hace el señor James Wilder en ese antro a estas horas de la noche, y quién es el individuo que se cita aquí con él? Vamos, Watson, tenemos que arriesgarnos y procurar investigar esto un poco más de cerca. Nos deslizamos juntos hasta la carretera y la cruzamos sigilosamente hasta la puerta de la posada. La bicicleta seguía apoyada en la pared. Holmes encendió una cerilla y la acercó a la rueda trasera. Le oí reír por lo bajo cuando la luz cayó sobre un neumático Dunlop con un parche. Por encima de nosotros estaba la ventana iluminada. —Tengo que echar un vistazo ahí dentro, Watson. Si dobla usted la espalda y se apoya en la pared, creo que podré arreglármelas. Un instante después, tenía sus pies sobre mis hombros. Pero apenas se había subido cuando volvió a bajar. —Vamos, amigo mío —dijo—. Ya hemos trabajado bastante por hoy. Creo que hemos cosechado todo lo posible. Hay un largo trayecto hasta el colegio, y cuanto antes nos pongamos en marcha, mejor. Durante la penosa caminata a través del páramo, Holmes apenas si abrió la boca. Tampoco quiso entrar en el colegio cuando llegamos a él, sino que seguimos hasta la estación de Mackleton, desde donde Holmes envió varios telegramas. Aquella noche, ya tarde, le oí consolar al doctor Huxtable, abrumado por la trágica muerte de su profesor, y más tarde entró en mi habitación, tan despierto y vigoroso como cuando salimos por la mañana. —Todo va bien, amigo mío —dijo—. Le prometo que antes de mañana por la tarde habremos dado con la solución del misterio. A las once de la mañana del día siguiente, mi amigo y yo avanzábamos por la famosa avenida de los tejos de Holdernesse Hall. Nos franquearon el magnífico portal isabelino y nos hicieron pasar al despacho de su excelencia. Allí encontramos al señor James Wilder, serio y cortés, pero todavía con algunas huellas del terrible espanto de la noche anterior acechando en su mirada furtiva y sus facciones temblorosas. —¿Vienen ustedes a ver a su excelencia? Lo siento, pero el caso es que el duque no se encuentra nada bien. Le han trastornado muchísimo las trágicas noticias. Ayer por la tarde recibimos un telegrama del doctor Huxtable informándonos de lo que ustedes habían descubierto. —Tengo que ver al duque, señor Wilder. —Es que está en su habitación. —Entonces, tendré que ir a su habitación. —Creo que está en la cama. —Pues lo veré en la cama. La actitud fría e inexorable de Holmes convenció al secretario de que era inútil discutir con él. —Muy bien, señor Holmes; le diré que están ustedes aquí. Tras media hora de espera, apareció el gran personaje. Su rostro estaba más cadavérico que nunca, tenía los hombros hundidos y, en conjunto, parecía un hombre mucho más viejo que el de la mañana anterior. Nos saludó con señorial cortesía y se sentó ante su escritorio, con su barba roja cayéndole sobre la mesa. —¿Y bien, señor Holmes? —dijo. Pero los ojos de mi amigo estaban clavados en el secretario, que permanecía de pie junto al sillón de su jefe. —Creo, excelencia, que hablaría con más libertad si no estuviera presente el señor Wilder. El aludido palideció un poco más y dirigió a Holmes una mirada malévola. —Si su excelencia lo desea... —Sí, sí, será mejor que se retire. Y ahora, señor Holmes, ¿qué tiene usted que decir? Mi amigo aguardó hasta que la puerta se hubo cerrado tras la salida del secretario. —El caso es, excelencia, que mi compañero el doctor Watson y yo recibimos del doctor Huxtable la seguridad de que se había ofrecido una recompensa, y me gustaría oírlo confirmado por su propia boca. —Desde luego, señor Holmes. —Si no estoy mal informado, ascendía a cinco mil libras para la persona que le diga dónde se encuentra su hijo. —Exacto. —Y otras mil para quien identifique a la persona o personas que lo tienen retenido. —Exacto. —Y sin duda, en este último apartado están incluidos no sólo los que se lo llevaron, sino también los que conspiran para mantenerlo en su actual situación. —¡Sí, sí! —exclamó el duque con impaciencia—. Si hace usted bien su trabajo, señor Sherlock Holmes, no tendrá motivos para quejarse de que se le ha tratado con tacañería. Mi amigo se frotó las huesudas manos con una expresión de codicia que me sorprendió, conociendo como conocía sus costumbres frugales. —Me parece ver el talonario de cheques de su excelencia sobre la mesa —dijo—. Me gustaría que me extendiera un cheque por la suma de seis mil liras, y creo que lo mejor sería que lo cruzase. Tengo mi cuenta en el Capital and Counties Bank, sucursal de Oxford Street. Su excelencia se irguió muy serio en su sillón y dirigió a mi amigo una mirada gélida. —¿Se trata de una broma, señor Holmes? No es un asunto como para hacer chistes. —En absoluto, excelencia. En mi vida he hablado más en serio. —Entonces, ¿qué significa esto? —Significa que me he ganado la recompensa. Sé dónde está su hijo y conozco por lo menos a algunas de las personas que lo retienen. La barba del duque parecía más rabiosamente roja que nunca, en contraste con la palidez cadavérica de su rostro. —¿Dónde está? —preguntó con voz entrecortada. —Está, o al menos estaba anoche, en la posada del «Gallo de Pelea», a unas dos millas de las puertas de su finca. El duque se dejó caer hacia atrás en su asiento. —¿Y a quién acusa usted? La respuesta de Sherlock Holmes fue asombrosa. Dio un rápido paso hacia delante y tocó al duque en el hombro. —Lo acuso a usted —dijo—. Y ahora, excelencia, tengo que insistir en lo del cheque. Jamás olvidaré la expresión del duque cuando se levantó de un salto agarrando el aire con la mano, como quien cae en un abismo. Después, con un extraordinario esfuerzo de aristocrático autodominio, se sentó y sepultó la cabeza entre las manos. Transcurrieron algunos minutos antes de que hablara. —¿Cuánto sabe usted? —preguntó por fin, sin levantar la cabeza. —Los vi a ustedes dos juntos anoche. —¿Lo sabe alguien más, aparte de su amigo? —No se lo he contado a nadie. El duque tomó una pluma con sus dedos temblorosos y abrió su talonario de cheques. —Cumpliré mi palabra, señor Holmes. Voy a extenderle su cheque, por mucho que me desagrade la información que usted me ha traído. Poco sospechaba, cuando ofrecí la recompensa, el giro que iban a tomar los acontecimientos. Supongo, señor Holmes, que usted y su amigo son personas discretas. —Temo no entender a su excelencia. —Lo diré claramente, señor Holmes. Si sólo ustedes dos están al corriente de los hechos, no hay razón para que esto siga adelante. Creo que la suma que les debo asciende a doce mil libras, ¿no es así? Pero Holmes sonrió y sacudió la cabeza. —Me temo, excelencia, que las cosas no podrán arreglarse con tanta facilidad. Hay que tener en cuenta la muerte de ese profesor. —Pero James no sabía nada de eso. No puede usted culparle de ello. Fue obra de ese canalla brutal que tuvo la desgracia de utilizar. —Excelencia, yo tengo que partir del supuesto de que cuando un hombre se embarca en un delito es moralmente culpable de cualquier otro delito que se derive del primero. —Moralmente, señor Holmes. Desde luego, tiene usted razón. Pero no a los ojos de la ley, sin duda. No se puede condenar a un hombre por un crimen en el que no estuvo presente y que le resulta tan odioso y repugnante como a usted. En cuanto se enteró de lo ocurrido me lo confesó todo, lleno de espanto y remordimiento. No tardó ni una hora en romper por completo con el asesino. ¡Oh, señor Holmes, tiene usted que salvarle! ¡Tiene que salvarle, le digo que tiene que salvarle! —el duque había abandonado todo intento de dominarse y daba zancadas por la habitación, con el rostro convulso y agitando furiosamente los puños en el aire. Por fin consiguió controlarse y se sentó de nuevo ante su escritorio—. Agradezco lo que ha hecho al venir aquí antes de hablar con nadie más. Al menos, así podremos cambiar impresiones sobre la manera de reducir al mínimo este horroroso escándalo. —Exacto —dijo Holmes—. Creo, excelencia, que eso sólo podremos lograrlo si hablamos con absoluta y completa sinceridad. Estoy dispuesto a ayudar a su excelencia todo lo que pueda, pero para hacerlo necesito conocer hasta el último detalle del asunto. Creo haber entendido que se refería usted al señor James Wilder, y que él no es el asesino. —No; el asesino ha escapado. Sherlock Holmes sonrió con humildad. —Se nota que su excelencia no está enterado de la modesta reputación que poseo, pues de lo contrario no pensaría que es tan fácil escapar de mí. El señor Reuben Hayes fue detenido en Chesterfield, por indicación mía, a las once en punto de anoche. Recibí un telegrama del jefe local de policía esta mañana antes de salir del colegio. El duque se recostó en su silla y miró atónito a mi amigo. —Parece que tiene usted poderes más que humanos —dijo—. ¿Así que han cogido a Reuben Hayes? Me alegro de saberlo, siempre que ello no perjudique a James. —¿Su secretario? —No, señor. Mi hijo. Ahora le tocaba a Holmes asombrarse. —Confieso que esto es completamente nuevo para mí, excelencia. Debo rogarle que sea más explícito. —No le ocultaré nada. Estoy de acuerdo con usted en que la absoluta sinceridad, por muy penosa que me resulte, es la mejor política en esta desesperada situación a la que nos ha conducido la locura y los celos de James. Cuando yo era joven, señor Holmes, tuve un amor de esos que sólo se dan una vez en la vida. Me ofrecí a casarme con la dama, pero ella se negó, alegando que un matrimonio semejante podría perjudicar mi carrera. De haber seguido ella viva, jamás me habría casado con otra. Pero murió y me dejó este hijo, al que yo he cuidado y mimado por amor a ella. No podía reconocer la paternidad ante el mundo, pero le di la mejor educación y desde que se hizo hombre lo he mantenido cerca de mí. Descubrió mi secreto, y desde entonces se ha aprovechado de la influencia que tiene sobre mí y de su posibilidad de provocar un escándalo, que es algo que yo aborrezco. Su presencia ha tenido bastante que ver en el fracaso de mi matrimonio. Por encima de todo, odiaba a mi joven y legítimo heredero, desde el primer momento y con un odio incontenible. Se preguntará usted por qué mantuve a James bajo mi techo en semejantes circunstancias. La respuesta es que en él veía el rostro de su madre, y por devoción a ella aguanté sufrimientos sin fin. No sólo su rostro, sino todas sus maravillosas cualidades... no había una que él no me sugiriera y recordara. Pero tenía tanto miedo de que le hiciera algún daño a Arthur..., es decir, a lord Saltire... que, por su seguridad, envié a éste al colegio del doctor Huxtable. »James se puso en contacto con este individuo Hayes, porque el hombre era arrendatario mío y James actuaba como apoderado. Este sujeto fue siempre un canalla, pero por alguna extraña razón James hizo amistad con él. Siempre le atrajeron las malas compañías. Cuando James decidió secuestrar a lord Saltire, recurrió a los servicios de este hombre. Recordará usted que yo escribí a Arthur el último día. Pues bien, James abrió la carta e introdujo una nota citando a Arthur en un bosquecillo llamado Ragged Shaw, que se encuentra cerca del colegio. Utilizó el nombre de la duquesa y de este modo consiguió que el muchacho acudiese. Aquella tarde, James fue al bosque en bicicleta —le estoy contando lo que él mismo me ha confesado— y le dijo a Arthur que su madre quería verlo, que le aguardaba' en el páramo y que si volvía al bosque a medianoche encontraría a un hombre con un caballo que lo llevaría hasta ella. El pobre Arthur cayó en la trampa. Acudió a la cita y encontró a este individuo, con un poni para él. Arthur montó, y los dos partieron juntos. Parece ser, aunque de esto James no se enteró hasta ayer, que los siguieron, que Hayes golpeó al perseguidor con su bastón y que el hombre murió a consecuencia de las heridas. Hayes llevó a Arthur a esa taberna, "El Gallo de Pelea", donde lo encerraron en una habitación del primer piso, al cuidado de la señora Hayes, una mujer bondadosa pero completamente dominada por su brutal marido. »Pues bien, señor Holmes, así estaban las cosas cuando nos vimos por primera vez, hace dos días. Yo sabía tan poco como usted. Me preguntará usted qué motivos tenía James para cometer semejante fechoría. Yo le respondo que había mucho de locura y fanatismo en el odio que sentía por mi heredero. En su opinión, él era quien debería heredar todas mis propiedades, y experimentaba un profundo resentimiento por las leyes sociales que lo hacían imposible. Pero, al mismo tiempo, tenía también un motivo concreto. Pretendía que yo alterase el sistema de herencia, creyendo que entraba dentro de mis poderes hacerlo, y se proponía hacer un trato conmigo: devolverme a Arthur si yo alteraba el sistema, de manera que pudiera dejar —, le las tierras en testamento. Sabía muy bien que yo, por iniciativa propia, jamás recurriría a la policía contra él. He dicho que pensaba proponerme este trato, pero en realidad no llegó a hacerlo, porque todo ocurrió demasiado deprisa para él y no tuvo tiempo de poner en práctica sus planes. »Lo que dio al traste con toda su malvada maquinación fue que usted descubriera el cadáver de ese Heidegger. La noticia dejó a James horrorizado. La recibimos ayer, estando los dos en este despacho. El doctor Huxtable envió un telegrama. James quedó tan abrumado por el dolor y la angustia, que las sospechas que yo no había podido evitar sentir se convirtieron al instante en certeza, y lo acusé del crimen. Hizo una confesión completa y voluntaria, y a continuación me suplicó que mantuviera su secreto durante tres días más, para darle a su miserable cómplice una oportunidad de salvar su criminal vida. Accedí a sus súplicas, como siempre he accedido, y al instante James salió disparado hacia "El Gallo de Pelea" para avisar a Hayes y proporcionarle medios de huida. Yo no podía presentarme allí a la luz del día sin provocar comentarios, pero en cuanto se hizo de noche acudí corriendo a ver a mi querido Arthur. Lo encontré sano y salvo, pero aterrado hasta lo indecible por el espantoso crimen que había presenciado. Ateniéndome a mi promesa, y de muy mala gana, consentí en dejarlo allí tres días, al cuidado de la señora Hayes, ya que, evidentemente, era imposible informar a la policía de su paradero sin decirles también quién era el asesino, y yo no veía la manera de castigar al criminal sin que ello acarreara la ruina a mi desdichado James. Me pidió usted sinceridad, señor Holmes, y le he cogido la palabra. Ya se lo he contado todo, sin circunloquios ni ocultaciones. A su vez, sea usted igual de sincero conmigo. —Lo seré —dijo Holmes—. En primer lugar, excelencia, tengo que decirle que se ha colocado usted en una posición muy grave a los ojos de la ley. Ha ocultado un delito y ha colaborado en la huida de un asesino. Porque no me cabe duda de que si James Wilder llevó algún dinero para ayudar a la fuga de su cómplice, este dinero salió de la cartera de su excelencia. El duque asintió con la cabeza. —Se trata de un asunto verdaderamente grave. Pero en mi opinión, excelencia, aún más culpable es su actitud para con su hijo pequeño. Lo ha dejado tres días en ese antro... —Bajo solemnes promesas... —¿Qué son las promesas para esa clase de gente? No tiene usted ninguna garantía de que no se lo vuelvan a llevar. Para complacer a su culpable hijo mayor, ha expuesto a su inocente hijo menor a un peligro inminente e innecesario. Ha sido un acto absolutamente injustificable. El orgulloso señor de Holdernesse no estaba acostumbrado a que lo tratasen de ese modo en su propio palacio ducal. Se le subió la sangre a su altiva frente, pero la conciencia le hizo permanecer mudo. —Le ayudaré, pero sólo con una condición: que llame usted a su lacayo y me permita darle las órdenes que yo quiera. Sin pronunciar palabra, el duque apretó un timbre eléctrico. Un sirviente entró en la habitación. —Le alegrará saber —dijo Holmes— que su joven señor ha sido encontrado. El duque desea que salga inmediatamente un coche hacia la posada "El Gallo de Pelea" para traer a casa a lord Saltire. Y ahora —prosiguió Holmes cuando el jubiloso lacayo hubo desaparecido—, habiendo asegurado el futuro, podemos permitirnos ser más indulgentes con el pasado. Yo no ocupo un cargo oficial v mientras se cumplan los objetivos de la justicia no tengo por qué revelar todo lo que sé. En cuanto a Hayes, no digo nada. Le espera la horca, y no pienso hacer nada para salvarlo de ella. No puedo saber lo que va a declarar, pero estoy seguro de que su excelencia podrá hacerle comprender que le interesa guardar silencio. Desde el punto de vista de la policía, parecerá que ha secuestrado al niño con la intención de pedir rescate. Si no lo averiguan ellos por su cuenta, no veo por qué habría yo de ayudarlos a ampliar sus puntos de vista. Sin embargo, debo advertir a su excelencia de que la continua presencia del señor James Wilder en su casa sólo puede acarrear desgracias. —Me doy cuenta de eso, señor Holmes, v ya está decidido que me dejará para siempre y marchará a buscar fortuna en Australia. —En tal caso, excelencia, puesto que usted mismo ha reconocido que fue su presencia lo que estropeó su vida matrimonial, le aconsejaría que procurara arreglar las cosas con la duquesa e intentara reanudar esas relaciones que fueron tan lamentablemente interrumpidas. —También eso lo he arreglado, señor Holmes. He escrito a la duquesa esta mañana. —En tal caso —dijo Holmes, levantándose—, creo que mi amigo y yo podemos felicitarnos por varios excelentes resultados obtenidos en nuestra pequeña visita al Norte. Hay otro pequeño detalle que me gustaría aclarar. Este individuo Hayes había herrado sus caballos con herraduras que imitaban las pisadas de vacas. ¿Fue el señor Wilder quien le enseñó un truco tan extraordinario? El duque se quedó pensativo un momento, con una expresión de intensa sorpresa en su rostro. Luego abrió una puerta y nos hizo pasar a un amplio salón, arreglado como museo. Nos guió a una vitrina de cristal instalada en un rincón v señaló la inscripción. «Estas herraduras —decía— se encontraron en el foso de Holdernesse Hall. Son para herrar caballos, pero por abajo tienen la forma de una pezuña hendida para despistar a los perseguidores. Se supone que pertenecieron a alguno de los barones de Holdernesse que actuaron como salteadores en la Edad Media.» Holmes abrió la vitrina, se humedeció un dedo, lo pasó por la herradura. Sobre su piel quedó una fina capa de barro reciente. —Gracias —dijo, volviendo a cerrar el cristal—. Es la segunda cosa más interesante que he visto en el Norte. —¿Y cuál es la primera? Holmes dobló su cheque y lo guardó con cuidado en su cuaderno de notas. —Soy un hombre pobre —dijo, dando palmaditas cariñosas al cuaderno antes de introducirlo en las profundidades de un bolsillo interior. La Aventura de Peter el Negro Nunca he visto a mi amigo en mejor forma, tanto mental como física, como en el año 95. Su creciente fama atraía a una inmensa clientela y sería indiscreto por mi parte hacer la más ligera alusión a la identidad de algunos de los ilustres clientes que cruzaron nuestro humilde umbral de Baker Street. Sin embargo, Holmes, como todos los grandes artistas, vivía para su arte y, excepto en el caso del duque de Holdernesse, casi nunca le vi pedir un pago importante por sus inestimables servicios. Era tan poco materialista -o tan caprichoso-que con frecuencia se negaba a ayudar a los ricos y poderosos cuando su problema no le resultaba interesante, mientras que dedicaba semanas de intensa concentración a los asuntos de cualquier humilde cliente cuyo caso presentara aquellos aspectos extraños y dramáticos que excitaban su imaginación y ponían a prueba su ingenio. En aquel memorable año de 1895, una curiosa y extravagante serie de casos había atraído su atención: desde la famosa investigación sobre la súbita muerte del cardenal Tosca -investigación que llevó a cabo por expreso deseo de Su Santidad el papa-hasta la detención de Wilson, el conocido amaestrador de canarios, con la que eliminó un foco de infección en el East End de Londres. Pisándoles los talones a estos dos célebres casos llegó la tragedia de Woodman's Lee, con las misteriosísimas circunstancias que rodearon la muerte del capitán Peter Carey. La crónica de las hazañas del señor Sherlock Holmes quedaría incompleta si no incluyera algunos informes sobre este caso tan insólito. Durante la primera semana de julio, mi amigo se estuvo ausentando de nuestros aposentos tan a menudo y durante tanto tiempo que comprendí que algo se traía entre manos. El hecho de que durante aquellos días se presentaran varios hombres de aspecto patibulario preguntando por el capitán Basil me dio a entender que Holmes estaba operando en alguna parte bajo uno de los numerosos disfraces v nombres con los que ocultaba su formidable identidad. Tenía por lo menos cinco pequeños refugios en diferentes partes de Londres en los que podía cambiar de personalidad. No me contaba nada de sus actividades y yo no tenía por costumbre sonsacar confidencias. La primera señal concreta que me dio acerca del rumbo de sus investigaciones fue verdaderamente extraordinaria. Había salido antes del desayuno, y yo me había sentado a tomar el mío cuando entró dando zancadas en la habitación, con el sombrero puesto y una enorme lanza de punta dentada bajo el brazo, como si fuera un paraguas. -¡Válgame Dios, Holmes! -exclamé-. No me irá usted a decir que ha estado andando por Londres con ese trasto. -Fui en coche a la carnicería y volví. -¿La carnicería? -Y vuelvo con un apetito excelente. No cabe duda, querido Watson, de lo bueno que es hacer ejercicio antes de desayunar. Pero apuesto a que no adivina usted qué clase de ejercicio he estado haciendo. -No pienso ni intentarlo. Holmes soltó una risita mientras se servía café. -Si hubiera usted podido asomarse a la trastienda de Allardyce, habría visto un cerdo muerto colgado de un gancho en el techo y un caballero en mangas de camisa dándole furiosos lanzazos con esta arma. Esa persona tan enérgica era yo, y he quedado convencido de que por muy fuerte que golpeara no podíatraspasar al cerdo de un solo lanzazo. ¿Le interesaría probar a usted?-Por nada del mundo. Pero ¿por qué hace usted esas cosas?-Porque me pareció que tenía alguna relación indirecta con el misterio deWoodman's Lee. Ah, Hopkins, recibí su telegrama anoche y le estabaesperando. Pase y únase a nosotros.Nuestro visitante era un hombre muy despierto, de unos treinta años de edad,que vestía un discreto traje de lana, pero conservaba el porte erguido de quienestaba acostumbrado a vestir uniforme. Lo reconocí al instante como StanleyHopkins, un joven inspector de policía en cuyo futuro Holmes tenía grandesesperanzas, mientras que él, a su vez, profesaba la admiración y el respeto deun discípulo por los métodos científicos del famoso aficionado. Hopkins traía ungesto sombrío y se sentó con aire de profundo abatimiento.-No, gracias, señor. Ya desayuné antes de venir. He pasado la noche enLondres, porque llegué ayer para presentar mi informe.-¿Y qué informe tenía usted que presentar?-Un fracaso, señor, un fracaso absoluto.-¿No ha hecho ningún progreso?-Ninguno.- ¡Vaya por Dios! Tendré que echarle un vistazo al asunto.-Hágalo, señor Holmes, por lo que más quiera. Es mi primera gran oportunidady ya no sé qué hacer. Por amor de Dios, venga v écheme una mano.-Bien, bien, da la casualidad de que ya he leído con bastante atención toda lainformación disponible, incluyendo el informe de la investigación policial. Porcierto, ¿qué le parece a usted esa petaca encontrada en el lugar del crimen?¿No hay ahí ninguna pista?Hopkins se mostró sorprendido.-Era la petaca del muerto, señor Holmes. Tenía sus iniciales en la parte dedentro. Y además, era de piel de foca y él había sido cazador de focas.-Pero no tenía pipa.-No, señor, no encontramos ninguna pipa; la verdad es que fumaba muy poco.Sin embargo, es posible que llevara algo de tabaco para sus amigos.-Sin duda. Lo menciono tan sólo porque si yo hubiera estado encargado delcaso me habría sentido inclinado a tomar eso como punto de partida de miinvestigación. Sin embargo, mi amigo el doctor Watson no sabe nada de esteasunto v a mí no me vendría mal escuchar una vez más el relato de los hechos.Háganos un breve resumen de lo más esencial.Stanley Hopkins sacó del bolsillo una hoja de papel.-Tengo unos cuantos datos que resumen la carrera del difunto, el capitán PeterCarey. Nació en el 45, así que tenía cincuenta años. Había sido un valeroso ypróspero cazador de ballenas y focas. En 1883 mandaba el vapor Sea Unicorn,de Dundee, dedicado a la caza de focas. Realizó varios viajes seguidos,bastante provechosos, y al año siguiente, 1884, se retiró. Después se dedicó aviajar durante unos años, y por fin adquirió una pequeña propiedad llamadaWoodman's Lee, cerca de Forest Row, en Sussex. Allí ha vivido durante seisaños, v allí murió, hoy hace una semana.»El hombre tenía algunas facetas bastante peculiares. En su vida privada eraun estricto puritano, un tipo callado y sombrío. Vivía con su esposa, su hija deveinte años v dos sirvientas. Estas dos cambiaban constantemente, va que lavida en su casa no era muy alegre y, a veces, resultaba totalmente insoportable. El hombre se emborrachaba con frecuencia, v cuando le daba el ataque se convertía en un completo demonio. Más de una vez sacó de casa a su mujer y a su hija en mitad de la noche, persiguiéndolas a latigazos por el jardín hasta que todo el pueblo se despertaba con los gritos. »Una vez compareció ante el juez por haber agredido brutalmente al anciano vicario, que había ido a casa a reprenderle por su conducta. En pocas palabras, señor Holmes, costaría trabajo encontrar un tipo más peligroso que el capitán Peter Carey, y me han dicho que tenía el mismo carácter cuando estaba al mando de su barco. En el oficio se le conocía como Peter el Negro, no sólo por su rostro atezado y el color de su poblada barba, sino también por sus arrebatos, que eran el terror de todos los que le rodeaban. Ni que decir tiene que todos sus vecinos lo odiaban y procuraban evitarlo, y que no he oído una sola palabra de lamentación por su terrible final. »Seguramente, señor Holmes, en el informe de la indagación habrá leído acerca del camarote de Carey, pero puede que su amigo no sepa nada de esto. Se había construido una cabaña de madera, que él siempre llamaba el camarote", a unos cientos de metros de la casa, y dormía en ella todas las noches. Era una cabañita pequeña, con una sola habitación de dieciséis pies por diez . Guardaba la llave en el bolsillo, y él mismo se hacía la cama, limpiaba y no permitía que nadie más traspasara el umbral. A cada lado hay unas ventanas pequeñas, cubiertas por cortinas, y que nunca se abrían. Una de estas ventanas daba a la carretera, y la gente que veía la luz por la noche solía señalarla, preguntándose qué estaría haciendo allí Peter el Negro. Esta, señor Holmes, es la ventana que nos proporcionó uno de las pocas informaciones concretas que salieron a relucir en la indagación. »Recordará usted que un albañil llamado Slater, que venía andando desde Forest Row a eso de la una de la madrugada, dos días antes del crimen, se detuvo al pasar junto al terreno y se fijó en el cuadrado de luz que brillaba entre los árboles. Este albañil jura que a través de la cortina se veía claramente la silueta de un hombre con la cabeza girada hacia un lado, y que esta silueta no era de ningún modo la de Peter Carey, al que él conocía muy bien. Era la silueta de un hombre barbudo, pero de barba corta v erizada hacia delante, muy diferente de la del capitán. Eso es lo que dice, pero había estado dos horas en el bar y hay bastante distancia desde la carretera hasta la ventana. Además, esto sucedió el lunes, v el crimen se cometió el miércoles. »El martes, Peter Carev se encontraba en uno de sus peores momentos, cegado por la bebida y tan peligroso como una fiera salvaje. Anduvo rondando por la casa y las mujeres salieron huyendo al oírlo venir. A última hora de la tarde se fue a su cabaña. A eso de las dos de la mañana, su hija, que dormía con la ventana abierta, oyó un grito espantoso que venía de aquella dirección; pero como no tenía nada de extraño que aullara y vociferara cuando estaba borracho, no hizo caso. A las siete, al levantarse, una de las sirvientas se fijó en que la puerta de la cabaña estaba abierta, pero tal era el terror que aquel hombre inspiraba que hasta mediodía nadie se atrevió a acercarse a ver qué le había sucedido. Al atisbar por la puerta abierta vieron un espectáculo que las hizo salir corriendo hacia el pueblo con el rostro lívido de espanto. En menos de una hora yo ya estaba allí y me había hecho cargo del caso. »Bueno, como usted sabe, señor Holmes, yo tengo los nervios bastante bien templados, pero le doy mi palabra de que me estremecí cuando metí la cabeza en aquella cabaña. Estaba llena de moscas y moscardones que zumbaban como un armonio, y las paredes parecían las de un matadero. Él la llamaba el camarote, y verdaderamente era un camarote; cualquiera podría pensar que estaba en un barco. Había una litera en un extremo, un cofre de marino, mapas y cartas de navegación, una fotografía del Sea Unicorn, una hilera de cuadernos de bitácora en un estante...; exactamente todo lo que uno esperaría encontrar en el camarote de un capitán. Y en medio de todo ello estaba él, con el rostro contorsionado como un alma condenada y sometida a tormento, y la frondosa barba apuntando hacia arriba en un gesto de agonía. Su ancho pecho estaba atravesado por un arpón de acero, que le salía por la espalda y se hundía profundamente en la pared que tenía detrás. Estaba clavado igual que un escarabajo de colección. Por supuesto, estaba muerto, y así había estado desde el instante en que lanzó aquel último grito de agonía. »Conozco sus métodos, señor, v los apliqué. Sin permitir que nadie tocase nada, examiné con la máxima atención los alrededores de la cabaña y el suelo de la misma. No había ninguna pisada. -Quiere usted decir que no encontró ninguna. -Le aseguro, señor, que no las había. -Mi buen Hopkins, he investigado muchos crímenes, pero aún no he encontrado ninguno cometido por un ser volador. Y mientras el criminal se sostenga sobre dos piernas, siempre quedará alguna señal, alguna rozadura, algún minúsculo desplazamiento detectable por un investigador científico. Resulta increíble que esta habitación embadurnada de sangre no contuviera ninguna huella que pudiera ayudarnos. Sin embargo, tengo entendido, por el informe de la indagación, que había ciertos objetos que usted no dejó de examinar. El joven inspector acusó los comentarios irónicos de mi compañero con un estremecimiento. -He sido un tonto al no acudir a usted en su momento, señor Holmes. Sin embargo, ya de nada vale lamentarse. En efecto, había en la habitación varios objetos que exigían especial atención. Uno de ellos era el arpón con el que se cometió el crimen. Lo habían cogido de un armero en la pared; allí había otros dos y quedaba un espacio vacío para el tercero. En el mango tenía grabadas las palabras «S.S. Sea Unicorn, Dundee». Esto parecía indicar que el crimen se cometió en un arrebato de furia y que el asesino había echado mano a la primera arma que encontró a su alcance. El hecho de que el crimen se cometiera a las dos de la madrugada y que, a pesar de la hora, Peter Carey estuviera completamente vestido, permitía suponer que se había citado con su asesino, lo cual parece confirmado por la presencia en la mesa de una botella de ron y dos vasos vacíos. -Sí -dijo Holmes-. Creo que las dos inferencias son aceptables. ¿Había algún otro licor en la habitación aparte del ron? -Sí, encima del cofre de marino había un botellero con brandy y whisky; pero no tiene interés para nosotros, porque las frascas estaban llenas y, por tanto, no se habían usado. -Aun así, su presencia tiene algún significado -dijo Holmes-. Sin embargo, oigamos algo más acerca de los objetos que, según usted, parecen guardar relación con el caso. -Tenemos la petaca de tabaco, que estaba encima de la mesa. -¿En qué parte de la mesa? -En el centro. Era de piel de foca, piel áspera con pelo tieso, con una correíta de cuero para cerrarla. En la parte de dentro tenía las iniciales «P.C.». Contenía una media onza de tabaco fuerte de marinero. -¡Excelente! ¿Qué más? Stanley Hopkins sacó del bolsillo un cuaderno de notas con tapas grisáceas muy gastadas y hojas descoloridas. En la primera página estaban escritas las iniciales «J.H.N.» y la fecha «1883». Holmes lo puso sobre la mesa y lo examinó con su minuciosidad habitual, mientras Hopkins y yo mirábamos, cada uno por encima de sus hombros. La segunda página llevaba estampadas las iniciales «C.P.R.», v a continuación venían varias hojas llenas de números. Había un encabezamiento que decía «Argentina», otro «Costa Rica» y otro «San Paulo», todos ellos seguidos por páginas llenas de signos y cifras. -¿Qué le dice a usted esto? -preguntó Holmes. -Parecen ser listas de valores de Bolsa. Es posible que «J.H.N.» sean las iniciales de un corredor de Bolsa, y «C.P.R.» las de su cliente. -¿Y qué opina de «Canadian Pacific Railway»? -dijo Holmes. Stanley Hopkins soltó un taco entre dientes y se golpeó el muslo con el puño cerrado. -¡Qué estúpido he sido! -exclamó-. ¡Claro que es lo que usted dice! Ahora sólo nos quedan por descifrar las iniciales «J.H.N.». Ya he examinado las listas antiguas de la Bolsa, pero no he encontrado ningún corredor, ni de los oficiales ni de los de fuera, cuyas iniciales coincidan con ésas. Sin embargo, tengo la impresión de que esta es la pista más importante con la que cuento. Reconocerá usted, señor Holmes, que existe la posibilidad de que estas iniciales correspondan a la otra persona allí presente..., es decir, al asesino. Insisto, además, en que la aparición en el caso de un documento referente a grandes cantidades de acciones de gran valor nos proporciona la primera indicación de un posible móvil para el crimen. El rostro de Sherlock Holmes revelaba que este nuevo giro del asunto le había desconcertado por completo. -Tengo que admitir esos dos argumentos suyos -dijo-. Confieso que este cuaderno, que no se mencionaba en el informe, modifica cualquier opinión que yo me pudiera haber formado. Había elaborado ya una teoría sobre el crimen en la que esto no tiene cabida. ¿Se ha molestado usted en seguir la pista a alguno de los valores que aquí se mencionan? -Se está investigando en las oficinas, pero me temo que las listas completas de los accionistas de estos valores sudamericanos estén en Sudamérica, y tardaremos varias semanas en seguir la pista de las acciones. Holmes había estado examinando con su lupa las tapas del cuaderno. -Parece que aquí hay una mancha de color -dijo. -Sí, señor, es una mancha de sangre. Ya le he dicho que recogí el cuaderno del suelo. -¿La mancha estaba encima o debajo? -Por el lado del suelo. -Lo cual, naturalmente, demuestra que el cuaderno cayó al suelo después de cometerse el crimen. -Exacto, señor Holmes. Me di cuenta de ese detalle y supuse que se le caería al asesino cuando éste huyó precipitadamente. Estaba muy cerca de la puerta. -Supongo que no se habrá encontrado ninguna de estas acciones entre las propiedades del difunto. -No, señor. -¿Tiene alguna razón para sospechar que el móvil fue el robo? -No, señor. No parece que hayan tocado nada. -Caramba, caramba, sí que es un caso interesante. Había también un cuchillo, ¿no es así? -Un cuchillo metido en su vaina. Se encontraba caído a los pies de la víctima. La señora Carey lo ha identificado como perteneciente a su esposo. Holmes se sumió en reflexiones durante un buen rato. -Bueno -dijo por fin-, supongo que tendré que acercarme a echar un vistazo. Stanley Hopkins soltó una exclamación de alegría. -Gracias, señor. No sabe el peso que me quita de encima. Holmes amonestó al inspector con el dedo. -La tarea habría resultado más sencilla hace una semana -dijo-. Pero, aun ahora, puede que mi visita no sea del todo infructuosa. Si dispone usted de tiempo, Watson, me gustaría mucho que me acompañara. Haga el favor de llamar un coche, Hopkins; estaremos listos para salir hacia Forest Row en un cuarto de hora. Tras apearnos en una pequeña estación junto a la carretera, recorrimos en coche varias millas a través de lo que quedaba de un extenso bosque que en otro tiempo formó parte de la gran selva que durante tanto tiempo mantuvo a raya a los invasores sajones: la impenetrable región arbolada, que fue durante sesenta años el baluarte de Gran Bretaña. Se habían talado grandes extensiones, ya que en esta zona se instalaron las primeras fundiciones de hierro del país, los árboles se utilizaron como leña para fundir el mineral. En la actualidad, los ricos yacimientos del Norte han absorbido esta industria, y sólo los bosques arrasados y las grandes cicatrices de la tierra dan testimonio del pasado. En un claro que se abría en la verde ladera de una colina se alzaba una casa de piedra baja y alargada, a la que se llegaba por un sendero curvo que atravesaba el terreno. Más cerca de la carretera, rodeada de arbustos por tres de sus lados, había una pequeña cabaña con la puerta y una ventana orientadas en nuestra dirección. Aquel era el lugar del crimen. Stanley Hopkins nos condujo primero a la casa, donde nos presentó a una mujer ojerosa, de cabellos grises: la viuda del hombre asesinado, cuyo rostro demacrado y surcado por profundas arrugas, con una furtiva mirada de terror en el fondo de sus ojos enrojecidos, revelaba los años de sufrimiento y malos tratos que había soportado. Con ella se encontraba su hija, una muchacha rubia y pálida, cuyos ojos llamearon desafiantes al decirnos que se alegraba de que su padre hubiera muerto y que bendecía la mano que lo había abatido. Peter Carey el Negro se había creado un ambiente doméstico terrible, y sentimos verdadero alivio al salir de nuevo a la luz del sol y recorrer el sendero que los pies del difunto habían ido abriendo a través de los campos. La cabaña era una construcción de lo más sencillo, con paredes de madera, tejado a un agua, una ventana junto a la puerta y otra en el lado contrario. Stanley Hopkins sacó la llave del bolsillo, y se había inclinado hacia la cerradura cuando de pronto se detuvo, con una expresión de curiosidad y sorpresa en el rostro. -Alguien ha estado manipulando esto -dijo. No cabía la menor duda: la madera estaba rayada y las rayas estaban blancas por debajo de la pintura, como si se hubieran hecho un momento antes. Holmes había estado inspeccionando la ventana. -También han intentado forzarla. Pero quien fuera no consiguió entrar. Tiene que haber sido un ladrón muy torpe. -Esto es muy sorprendente -dijo el inspector-. Podría jurar que estas marcas no estaban ayer por la tarde. -Puede haber sido algún curioso del pueblo -sugerí. -No lo creo. Muy pocos se atreverían a poner el pie en este terreno, y mucho menos a intentar forzar la entrada de la cabaña. ¿Qué opina de esto, señor Holmes? -Opino que la suerte nos ha sido muy propicia. -¿Quiere decir que esta persona volverá? -Es muy probable. Vino esperando encontrar la puerta abierta. Trató de forzarla con la hoja de una navajita de bolsillo v no lo consiguió. ¿Qué va a hacer a continuación? -Volver a la noche siguiente con una herramienta más eficaz. -Eso me parece a mí. Sería un fallo por nuestra parte no estar aquí para recibirlo. Mientras tanto, déjeme ver el interior de la cabaña. Se habían borrado las huellas de la tragedia, pero el mobiliario de la pequeña habitación seguía igual que la noche del crimen. Durante dos horas, Holmes examinó con la máxima concentración todos los objetos, uno por uno, pero al final su expresión demostraba que la búsqueda no había dado frutos. Sólo una vez hizo una pausa en su concienzuda investigación. -¿Ha sacado algo de este estante, Hopkins? -No; no he tocado nada. -Se han llevado algo. En la esquina del estante hay menos polvo que en el resto. Puede haber sido un libro que estaba tumbado. O una caja. En fin, no puedo hacer más. Demos un paseo por este hermoso bosque, Watson, y dediquemos unas horas a los pájaros y a las flores. Nos reuniremos aquí mismo más tarde, Hopkins, y veremos si podemos entablar contacto con el caballero que vino de visita anoche. Eran más de las once cuando tendimos nuestra pequeña emboscada. Hopkins era partidario de dejar abierta la puerta de la cabaña, pero Holmes opinaba que aquello despertaría las sospechas del intruso. La cerradura era de las más sencillas, y bastaba con un cuchillo fuerte para hacerla saltar. Además, Holmes propuso que no aguardáramos dentro de la cabaña, sino fuera, entre los arbustos que crecían en torno a la ventana del fondo. De este modo podríamos observar a nuestro hombre si éste encendía la luz y descubrir cuál era el objeto de su furtiva visita nocturna. Fue una guardia larga y melancólica, pero aun así sentimos algo de la emoción que experimenta el cazador cuando acecha junto a la charca de agua, en espera de la llegada de la fiera sedienta. ¿Qué clase de bestia salvaje podía caer sobre nosotros desde la oscuridad? ¿Sería un feroz tigre del crimen, al que sólo podríamos capturar tras dura lucha con uñas y dientes, o resultaría ser un taimado chacal, peligroso tan sólo para los débiles y descuidados? Permanecimos agazapados en absoluto silencio entre los arbustos, esperando que llegara lo que pudiera llegar. Al principio, los pasos de algunos aldeanos rezagados o el sonido de voces procedentes de la aldea entretenían nuestra espera; pero, poco a poco, estas interrupciones se fueron extinguiendo, y quedamos envueltos en un silencio absoluto, con la excepción de las campanas de la lejana iglesia, que nos informaban del avance de la noche, y del repiqueteo de una fina lluvia que caía entre el follaje que nos cobijaba. Acababan de sonar las dos y media, en las horas más oscuras que preceden al amanecer, cuando todos nos sobresaltamos al oír un ligero pero inconfundible chasquido procedente de la puerta de la finca. Alguien había entrado en el sendero. De nuevo se hizo un largo silencio, y yo empezaba a temer que hubiera sido una falsa alarma, cuando oímos pasos sigilosos al otro lado de la cabaña, seguidos al instante por roces y chasquidos metálicos. ¡El desconocido trataba de forzar la cerradura! Esta vez fue más hábil o contaba con un instrumento mejor, porque se oyó un brusco chasquido y el chirriar de las bisagras. Luego se encendió una cerilla, y un instante después la firme llama de una vela iluminaba el interior de la cabaña. Nuestros ojos se clavaron, a través de los visillos de gasa, en la escena que se desarrollaba dentro. El visitante nocturno era un hombre joven, delgado y frágil, con un bigote negro que acentuaba la palidez mortal de su rostro. No podía tener mucho más de veinte años. Jamás he visto un ser humano que diera tan patéticas muestras de miedo: le castañeteaban los dientes y temblaba de pies a cabeza. Iba vestido como un caballero, con chaqueta Norfolk y pantalones de media pierna, y se tocaba con una gorra de paño. Le vimos mirar en torno suyo con ojos asustados. A continuación colocó el cabo de vela sobre la mesa y desapareció de nuestra vista, hacia uno de los rincones. Reapareció con un libro voluminoso, uno de los cuadernos de bitácora alineados sobre los estantes, se apoyó en la mesa y fue pasando hojas rápidamente hasta encontrar la anotación que buscaba. Entonces hizo un gesto iracundo con el puño, cerró el libro, volvió a colocarlo en el rincón y apagó la luz. Apenas había dado media vuelta para salir de la cabaña, cuando la mano de Hopkins cayó sobre su cuello y pude oír el fuerte gemido de espanto que el individuo dejó escapar al comprender que estaba atrapado. Se encendió de nuevo la vela y contemplamos a nuestro miserable prisionero, tembloroso y encogido en manos del policía. Se dejó caer sobre el cofre de marino y nos miró uno a uno con expresión de desamparo. -Y ahora, querido amigo -dijo Stanley Hopkins-, ¿quién es usted y qué busca aquí? El hombre se recompuso y se enfrentó a nosotros, esforzándose por mantener la serenidad. -Son ustedes policías, ¿verdad? -dijo-. Y creen que estoy complicado en la muerte del capitán Peter Carey. Les aseguro que soy inocente. -Eso ya lo veremos -dijo Hopkins-. En primer lugar, ¿cómo se llama usted? -John Hopley Neligan. Vi que Holmes y Hopkins intercambiaban una rápida mirada. -¿Qué está usted haciendo aquí? -¿Puedo hablar confidencialmente? -No, desde luego que no. -¿Y por qué iba a decírselo? -Si no tiene respuesta, puede pasarlo muy mal en el juicio. El joven se estremeció. -Está bien, se lo diré. ¿Por qué no habría de hacerlo? Aunque me repugna la idea de que el viejo escándalo vuelva a salir a la luz. ¿Han oído hablar de Dawson & Neligan? Por la expresión de Hopkins, me di cuenta de que él conocía el nombre; pero Holmes mostró un vivo interés. -¿Se refiere usted a los banqueros del West Country? -dijo-. Se declararon en quiebra dejando a deber un millón, arruinando a la mitad de las familias del condado de Cornualles, y Neligan desapareció. -Exacto. Neligan era mi padre. Por fin estábamos llegando a algo concreto, aunque todavía parecía existir un largo trecho de distancia entre un banquero fugitivo y el capitán Peter Carey, clavado a la pared con uno de sus propios arpones. Todos escuchamos con la máxima atención las palabras del joven. -Mi padre era el verdadero responsable. Dawson estaba ya retirado. Yo sólo tenía diez años por entonces, pero era lo bastante mayor para sentir la vergüenza y el horror del asunto. Siempre se ha dicho que mi padre robó todas las acciones y huyó, pero no es verdad. El creía que si le daban tiempo para negociarlas todo iría bien y se podría pagar a todos los acreedores. Zarpó rumbo a Noruega en su yatecito justo antes de que se dictara su orden de detención. Aún me acuerdo de aquella última noche, cuando se despidió de mi madre. Nos dejó una lista de valores que se llevaba y juró que regresaría con su honor reparado y que ninguno de los que habían confiado en él saldría perjudicado. Pero ya no se volvió a saber nada de él. Tanto él como el yate desaparecieron por completo. Mi madre y yo creímos que ambos estaban en el fondo del mar, junto con las acciones que se había llevado. Sin embargo, teníamos un amigo de confianza que se dedica a los negocios y que descubrió hace algún tiempo que algunos de los valores que se llevó mi padre habían reaparecido en el mercado de Londres. Pueden ustedes imaginarse nuestro asombro. Me pasé meses intentando seguirles la pista, y por fin, tras muchas decepciones y dificultades, descubrí que el vendedor original había sido el capitán Peter Carey, propietario de esta choza. »Como es natural, hice algunas averiguaciones acerca de este hombre, y asísupe que había estado al mando de un ballenero que regresaba del Ártico precisamente cuando mi padre navegaba hacia Noruega. El otoño de aquel año fue muy tormentoso, con una larga serie de galernas del Sur. Cabía la posibilidad de que hubieran arrastrado el yate de mi padre hacia el Norte, donde pudo encontrarse con el barco del capitán Carey. Y si esto fue lo que ocurrió, ¿qué había sido de mi padre? En cualquier caso, si la declaración de Peter Carey me servía para demostrar cómo habían llegado al mercado aquellas acciones, podría demostrar que mi padre no las había vendido y que no se las llevó con afán de lucro personal. »Vine a Sussex con la intención de ver al capitán, pero justo entonces ocurrió su terrible muerte. En el informe de la indagación leí una descripción de esta cabaña, en la que se decía que aquí se guardaban los viejos cuadernos de bitácora de su barco. Se me ocurrió entonces que, si podía enterarme de lo que ocurrió a bordo del Sea Unicorn en el mes de agosto de 1883, podría resolver el misterio de la desaparición de mi padre. Vine anoche, dispuesto a mirar los libros, pero no conseguí abrir la puerta. Esta noche lo volví a intentar, con éxito, pero descubrí que las páginas correspondientes a ese mes habían sido arrancadas del libro. Y en ese momento caí preso en sus manos. -¿Eso es todo? -preguntó Hopkins. -Sí, es todo -dijo el joven, desviando la mirada. -¿No tiene nada más que decirnos? El joven vaciló. -No, nada. -¿No había estado aquí antes de anoche? -No. -Entonces, ¿cómo explica esto? -exclamó Hopkins, esgrimiendo el cuaderno acusador, con las iniciales de nuestro prisionero en la primera hoja y la mancha de sangre en la cubierta. El desdichado se desmoronó. Sepultó la cara entre las manos y se puso a temblar de pies a cabeza. -¿De dónde lo ha sacado? -gimió-. No lo sabía. Creía que lo había perdido en el hotel. -Con esto basta -dijo Hopkins secamente-. Si tiene algo más que decir, podrá decírselo al tribunal. Ahora tendrá que venir andando conmigo hasta la comisaría. Bien, señor Holmes, le quedo muy agradecido a usted y a su amigo por haber venido a ayudarme. Tal como han salido las cosas, su presencia ha resultado innecesaria, y yo habría podido llevar el caso a buen término sin ustedes; pero a pesar de todo, les estoy agradecido. He hecho reservar habitaciones para ustedes en el hotel Brambletye, así que podemos ir todos juntos hasta el pueblo. -Bien, Watson, ¿qué opina usted de todo esto? -me preguntó Holmes a la mañana siguiente, durante el viaje de regreso a Londres. -Me doy cuenta de que usted no ha quedado satisfecho. -Oh, sí, querido Watson, estoy muy satisfecho. Claro que los métodos de Stanley Hopkins no me convencen. Me ha decepcionado este Stanley Hopkins; esperaba mejores cosas de él. Siempre hay que buscar una posible alternativa y estar preparado para ella. Es la primera regla de la investigación criminal. -¿Y cuál es aquí la alternativa? -La línea de investigación que yo he venido siguiendo. Puede que no conduzca a nada, es imposible saberlo, pero al menos la voy a seguir hasta el final. Varias cartas aguardaban a Holmes en Baker Street. Echó mano a una de ellas, la abrió y estalló en una triunfal explosión de risa. -Excelente, Watson. La alternativa se va desarrollando. ¿Tiene usted impresos para telegramas? Escriba por mí un par de mensajes: «Sumner, agente naviero, Ratcliff Highway. Envíe tres hombres, que lleguen mañana a las diez de la mañana.Basil.» Ese es mi nombre por esos barrios. El otro es para el inspector Stanley Hopkins, 46 Lord Street, Brixton: «Venga a desayunar mañana a las nueve y media. Importante. Telegrafíe si no puede venir.- Sherlock Holmes.» Ya está, Watson, este caso infernal me ha estado atormentando durante diez días. Con esto lo destierro por completo de mi presencia y confío en que a partir de mañana no volvamos ni a oírlo mencionar. El inspector Stanley Hopkins se presentó a la hora exacta y los tres nos sentamos a gustar el excelente desayuno que la señora Hudson había preparado. El joven policía estaba muy animado por su éxito. -¿Está usted convencido de que su solución es la correcta? -preguntó Holmes. -No podría imaginar un caso más completo. -A mí no me pareció concluyente. -Me asombra usted, señor Holmes. ¿Qué más se puede decir? -¿Es que su explicación abarca todos los hechos? -Sin duda alguna. He averiguado que el joven Neligan llegó al hotel Brambletye el mismo día del crimen. Alegó que venía a jugar al golf. Aquella misma noche se presentó en Woodman's Lee, vio a Peter Carey en la cabaña, se peleó con él y lo mató con el arpón. Después, horrorizado por lo que había hecho, huyó de la cabaña, y al huir se le cayó el cuaderno de notas que había llevado con el fin de interrogar a Peter Carey acerca de esos valores. Se habrá fijado usted en que algunos de ellos estaban marcados con una rayita, y otros, la gran mayoría, no lo estaban. Las acciones marcadas se han localizado en el mercado de Londres; las otras, seguramente, estaban todavía en poder de Carey, y el joven Neligan, según su propia declaración, estaba ansioso por recuperarlas para quedar en paz con los acreedores de su padre. Después de huir no se atrevió a acercarse a la cabaña durante algún tiempo; pero por fin se decidió a hacerlo, para poder obtener la información que necesitaba. ¿No le parece bastante sencillo y evidente? Holmes sonrió y negó con la cabeza. -Me parece que sólo tiene un fallo, Hopkins: que es intrínsecamente imposible. ¿Ha probado usted a atravesar un cuerpo con un arpón? Ay, ay, señor mío, debería usted prestar atención a estos detalles. Mi amigo Watson podrá decirle que yo me pasé toda una mañana practicando ese ejercicio. No es cosa fácil, y exige un brazo fuerte y experimentado. Ese golpe se asestó con tal violencia que la punta del arpón se clavó a bastante profundidad en la pared. ¿Cree usted que ese jovenzuelo anémico es capaz de una violencia tan tremenda? ¿Es este el hombre que estuvo bebiendo ron y agua mano a mano con Peter el Negro en mitad de la noche? ¿Es su perfil el que fue visto a través de la cortina dos noches antes? No, no, Hopkins; a quien tenemos que buscar es a otra persona, mucho más formidable. La cara del policía se había ido poniendo cada vez más larga durante la parrafada de Holmes. Sus esperanzas y ambiciones se derrumbaban a su alrededor. Pero no estaba dispuesto a abandonar sus posiciones sin lucha. -No puede usted negar, Holmes, que Neligan estuvo presente aquella noche. El cuaderno lo demuestra. Creo disponer de pruebas suficientes para satisfacer a un jurado, aunque usted aún pueda encontrarles algún fallo. Además, señor Holmes, yo ya le he echado el guante a mi hombre. En cambio, ese terrible personaje suyo, ¿dónde está? -Yo diría que está subiendo la escalera -dijo Holmes muy tranquilo-. Creo, Watson, que lo mejor será que tenga ese revólver al alcance de la mano -se levantó y colocó un papel escrito sobre una mesita lateral-. Ya estamos listos. Se oyó una conversación de voces roncas fuera de la habitación y, de pronto, la señora Hudson abrió la puerta para anunciar que había tres hombres que preguntaban por el capitán Basil. -Hágalos pasar de uno en uno -dijo Holmes. El primero que entró era un hombrecillo rechoncho como una manzana, de mejillas sonrosadas y sedosas patillas blancas. Holmes había sacado una carta del bolsillo y preguntó: -¿Su nombre? -James Lancaster. -Lo siento, Lancaster, pero el puesto está ocupado. Aquí tiene medio soberano por las molestias. Haga el favor de pasar a esta habitación y esperar unos minutos. El segundo era un individuo alto y enjuto, de pelo lacio y mejillas hundidas. Dijo llamarse Hugh Pattins. También él recibió una negativa, medio soberano y la orden de esperar. El tercer aspirante era un hombre de aspecto poco corriente, con un feroz rostro de bulldog enmarcado en una maraña de pelo y barba, y un par de ojos oscuros y penetrantes que brillaban tras la pantalla que formaban unas cejas espesas, greñudas y salientes. Saludó y permaneció en pie con aire marinero,dándole vueltas a la gorra entre las manos.-¿Su nombre? -preguntó Holmes.-Patrick Cairns.-¿Arponero?-Sí, señor. Veintiséis campañas.-De Dundee, tengo entendido.-Sí, señor.-¿Dispuesto a zarpar en un barco explorador?-Sí, señor.-¿Cuál es su tarifa?-Ocho libras al mes.-¿Podría embarcar inmediatamente?-En cuanto recoja mi equipaje.-¿Ha traído sus documentos?-Sí, señor -sacó del bolsillo un fajo de papeles desgastados y grasientos.Holmes los echó una ojeada y se los devolvió.-Es usted el hombre que yo buscaba -dijo-. En esa mesita está el contrato. Notiene más que firmarlo y asunto concluido.El marinero cruzó la habitación y tomó la pluma.-¿Tengo que firmar aquí? -preguntó, inclinándose sobre la mesa.Holmes miró por encima de su hombro y pasó las dos manos sobre el cuellodel hombre.-Con esto bastará -dijo.Se oyó un chasquido de acero y un bramido como el de un toro furioso. Uninstante después, Holmes y el marinero rodaban juntos por el suelo. Aquelhombre tenía la fuerza de un gigante, e incluso con las esposas que Holmeshabía cerrado tan hábilmente en torno a sus muñecas habría dominado confacilidad a mi amigo si Hopkins y yo no hubiéramos corrido en su ayuda. Sólocuando apreté el frío cañón de mi revólver contra su sien comprendió al fin quesu resistencia era inútil. Le atamos los tobillos con una cuerda y nosincorporamos jadeando por el esfuerzo de la pelea.-La verdad es que tengo que pedirle disculpas, Hopkins -dijo Sherlock Holmes-.Me temo que los huevos revueltos se habrán quedado fríos. Sin embargo,estoy seguro de que saboreará mejor el resto de su desayuno pensando enque ha logrado resolver su caso de manera triunfal.Stanley Hopkins estaba mudo de asombro.-No sé que decir, señor Holmes -balbuceó por fin con el rostro enrojecido-. Meda la impresión de que he estado haciendo el ridículo de principio a fin. Ahorame doy cuenta de algo que nunca debí olvidar: que yo soy el alumno y usted elmaestro. Aun ahora, veo lo que usted ha hecho, pero no sé cómo lo hizo ni loque significa.- Bien, bien -dijo Holmes de buen humor-. Todos aprendemos a fuerza deexperiencia, y esta vez su lección es que nunca se debe perder de vista laalternativa. Estaba usted tan absorto en el joven Neligan que no tuvo tiempopara pensar en Patrick Cairns, el verdadero asesino de Peter Carey.La ruda voz del marinero interrumpió nuestra conversación.-Alto ahí, amigo -dijo-. No me quejo de la forma en que se me ha maltratado,pero me gustaría que llamaran a las cosas por su nombre. Dice usted que yoasesiné a Peter Carey; yo digo que maté a Peter Carey, que es algo muy distinto. A lo mejor no me creen ustedes. A lo mejor se piensan que les estoy colocando un cuento. -Nada de eso -dijo Holmes-. Oigamos lo que tiene usted que decir. -Se cuenta en pocas palabras, y por Dios que cada palabra es la pura verdad. Yo conocía bien a Peter el Negro, así que cuando él sacó el cuchillo yo lo atravesé de parte a parte con un arpón, porque sabía que era su vida o la mía. Así es como murió. A ustedes puede parecerles un asesinato. Al fin y al cabo, tanto da morir con una cuerda al cuello como con el cuchillo de Peter el Negro clavado en el corazón. -¿Cómo llegó usted allí? -preguntó Holmes. -Se lo contaré desde el principio. Pero permitan que me incorpore un poco para que pueda hablar con más facilidad. Todo sucedió en el 83.... en agosto de aquel año. Peter Carey era capitán del Sea Unicom y yo era segundo arponero. Acabábamos de dejar los hielos con rumbo a casa, con vientos en contra y una galerna de Sur cada semana, cuando divisamos una pequeña embarcación que había sido arrastrada hacia el Norte. Sólo llevaba un hombre a bordo, un hombre de tierra firme. La tripulación había creído que el barco se iba a pique y había tratado de alcanzar las costas de Noruega en el bote salvavidas. Seguramente se ahogaron todos. Bien, izamos a bordo a aquel hombre, y el capitán mantuvo con él varias conversaciones bastante largas en el camarote. El único equipaje que recogimos con él era una caja de lata. Por lo que yo sé, jamás se llegó a pronunciar el nombre de aquel hombre, y a las dos noches desapareció como si nunca hubiera estado allí. Se dio por supuesto que se habría arrojado al mar o que habría caído por la borda a causa del temporal que sufríamos. Sólo un hombre sabía lo que había sucedido, y ese hombre era yo, que había visto con mis propios ojos cómo el capitán lo volteaba y lo arrojaba por la borda, durante la segunda guardia de una noche oscura, dos días antes de que avistáramos los faros de las Shetland. »Pues bien, me guardé para mí lo que sabía y esperé a ver en qué iba a parar el asunto. Cuando regresamos a Escocia, se echó tierra al asunto y nadie hizo preguntas. Un desconocido había muerto por accidente y nadie tenía por qué andar haciendo averiguaciones. Poco después, Peter Carey dejó de navegar y tardé muchos años en dar con su paradero. Supuse que había hecho aquello para quedarse con el contenido de la caja de lata, y que ahora podría permitirse pagarme bien por mantener la boca cerrada. »Descubrí dónde vivía gracias a un marinero que se lo había encontrado en Londres, y me planté allí para exprimirlo. La primera noche se mostró bastante razonable, y estaba dispuesto a darme lo suficiente para no tener que volver almar por el resto de mi vida. Íbamos a dejarlo todo arreglado dos noches después. Cuando llegué, lo encontré casi completamente borracho y con un humor de perros. Nos sentamos a beber y hablamos de los viejos tiempos, pero cuanto más bebía él, menos me gustaba la expresión de su cara. Me fijé en el arpón colgado de la pared y pensé que quizás lo iba a necesitar antes de que pasara mucho tiempo. Y por fin se lanzó sobre mí, escupiendo y maldiciendo, con ojos de asesino y un cuchillo grande en la mano. Pero antes de que lo pudiera sacar de la vaina, yo lo atravesé con el arpón. ¡Cielos! ¡Qué grito pegó! ¡Y su cara todavía no me deja dormir! Me quedé allí parado, mientras su sangre chorreaba por todas partes, y esperé un poco; todo estaba tranquilo, así que fui recuperando el ánimo. Miré a mi alrededor y descubrí la caja de lata en un estante. Yo tenía tanto derecho a ella como Peter Carey, así que me la llevé y salí de la cabaña. Pero fui tan estúpido que me dejé la petaca olvidada en la mesa. »Y ahora voy a contarles la parte más rara de toda la historia. Apenas había salido de la cabaña cuando oí que alguien se acercaba y me escondí entre los arbustos. Un hombre llegó andando con sigilo, entró en la cabaña, soltó un grito como si hubiera visto un fantasma y salió corriendo a toda la velocidad de sus piernas hasta perderse de vista. No tengo ni idea de quién era y qué quería. Por mi parte, caminé diez millas, tomé un tren en Turnbridge Wells y llegué a Londres sin que nadie se enterara. »Cuando me puse a examinar el contenido de la caja, vi que no había en ella dinero, nada más que papeles que yo no me atrevía a vender. Ya no podía sacarle nada a Peter el Negro y me encontraba embarrancado en Londres sin un chelín. Lo único que me quedaba era mi oficio. Leí esos anuncios para arponeros a buen sueldo, así que me pasé por la agencia y ellos me enviaron aquí. Eso es todo lo que sé, y repito que la justicia debería darme las gracias por haber matado a Peter el Negro, ya que les he ahorrado el precio de una cuerda de cáñamo. -Una narración muy clara -dijo Holmes, levantándose y encendiendo su pipa-. Creo, Hopkins, que debería usted conducir a su detenido a lugar seguro sin pérdida de tiempo. Esta habitación no reúne condiciones para servir de celda, y el señor Patrick Cairns ocupa demasiado espacio en nuestra alfombra. -Señor Holmes -dijo Hopkins-, no sé cómo expresarle mi gratitud. Todavía no me explico cómo ha obtenido usted estos resultados. -Pues, sencillamente, porque tuve la suerte de encontrar la pista correcta nada más empezar. Es muy posible que si hubiera sabido que existía ese cuaderno, me habría despistado como le pasó a usted. Pero todo lo que yo sabía apuntaba en una misma dirección: la fuerza tremenda, la pericia en el manejo del arpón, el ron con agua, la petaca de piel de foca con tabaco fuerte..., todo aquello hacía pensar en un marinero, y más concretamente, en un ballenero. Estaba convencido de que las iniciales «P.C.» grabadas en la petaca eran pura coincidencia, y que no eran las de Peter Carey, porque ése casi no fumaba y no se encontró ninguna pipa en la cabaña. Recordará usted que le pregunté si había whisky y brandy en la cabaña, y que dijo usted que sí. ¿Cuántos hombres de tierra adentro conoce usted que prefieran beber ron habiendo a mano otros licores? Sí, estaba seguro de que se trataba de un marinero. -¿Y cómo pudo encontrarlo? -Querido amigo, el problema era muy sencillo. Si se trataba de un marinero, tenía que ser uno que hubiera navegado con él en el Sea Unicorn. Por las noticias que yo tenía, Carey no había navegado en ningún otro barco. Me pasé tres días poniendo telegramas a Dundee, y al cabo de ese tiempo disponía ya de los nombres de todos los tripulantes del Sea Unicorn en 1883. Cuando encontré un Patrick Cairns entre los arponeros, comprendí que mi investigación se acercaba a su fin. Deduje que lo más probable era que mi hombre se encontrara en Londres y deseara ausentarse del país durante algún tiempo. Así que me pasé unos días en el East End, corriendo la voz de una expedición alÁrtico y ofreciendo pagas tentadoras a los arponeros dispuestos a embarcarse a las órdenes del capitán Basil. Y aquí puede ver los resultados. -¡Maravilloso! -exclamó Hopkins!-. ¡Maravilloso! -Tiene usted que hacer que pongan en libertad al joven Neligan lo antes posible -dijo Holmes-. Confieso que opino que le debe usted algunas disculpas. Habrá que devolverle la caja de lata, aunque, por supuesto, las acciones que Peter Carey vendió están perdidas para siempre. Aquí viene el coche, Hopkins, ya puede usted llevarse a su hombre. Si me necesita para el juicio, nos encontrará a Watson y a mí en alguna parte de Noruega. Ya le enviaré detalles concretos. La Aventura de los seis Napoleones No tenía nada de raro que el señor Lestrade, de Scotland Yard, pasara a visitarnos por las tardes, y sus visitas eran muy bien acogidas por Sherlock Holmes, porque le permitían mantenerse al día de lo que sucedía en la dirección de la policía. A cambio de las noticias que Lestrade traía, Holmes se mostraba siempre dispuesto a escuchar con atención los detalles del caso en el que estuviera trabajando el inspector, y de cuando en cuando, sin intervenir de manera activa, le proporcionaba algún consejo o sugerencia, sacados de su vasto arsenal de conocimientos y experiencia. Aquella tarde en concreto, Lestrade había estado hablando del tiempo y de los periódicos, y después se había quedado callado, chupando pensativo su cigarro. Sherlock Holmes le miró -con interés. -¿Tiene algo especial entre manos? -preguntó. -Oh, no, señor Holmes, nada de particular. -Está bien, cuéntemelo todo. Lestrade se echó a reír. -De acuerdo, señor Holmes, no puedo negar que hay algo que me tiene preocupado. Y sin embargo, se trata de un asunto tan absurdo que no me decidía a molestarle con ello. Por otra parte, si bien es un asunto trivial, no cabe duda de que es raro, y ya sé que a usted le gusta todo lo que se sale de lo corriente. Aunque, en mi opinión_, cae más en el campo del doctor Watson que en el suyo. -¿Una enfermedad? -pregunté yo. -Locura, más bien. Y una locura bastante extraña. ¿Se imaginan que exista a estas alturas una persona que sienta tanto odio por Napoleón que se dedique a romper todas las imágenes suyas que encuentra? Holmes volvió a recostarse en su asiento. -No es asunto para mí --dijo. -Exacto. Eso decía yo. Sin embargo, cuando este hombre asalta casas para poder romper imágenes que no le pertenecen, la cosa escapa de la jurisdicción del médico para entrar en la del policía. Holmes se enderezó de nuevo. -¡Asaltos! Eso es más interesante. Cuénteme los detalles. Lestrade sacó su cuaderno de notas reglamentario y refrescó la memoria consultando sus páginas. -El primer caso denunciado tuvo lugar hace cuatro días -dijo-. Ocurrió en la tienda de Morse Hudson, un establecimiento de Kennington Road dedicado a la venta de cuadros y esculturas. El dependiente había pasado un momento a la trastienda cuando oyó un ruido de rotura. Acudió corriendo y encontró, hecho pedazos en el suelo, un busto de escayola de Napoleón que había estado expuesto en el mostrador junto con otras obras de arte. Salió corriendo a la calle, pero, a pesar de que varios transeúntes declararon haber visto a un hombre salir con prisas de la tienda, no pudo localizarlo ni identificarlo. Parecía uno de esos actos de vandalismo gratuito que ocurren de cuando en cuando, y así lo hizo constar el policía de servicio en su informe. La escayola no valía más que unos chelines, y la cosa parecía demasiado infantil como para investigarla. »Sin embargo, el segundo caso fue más grave, y también más extraño. Ocurrió anoche mismo. »En la misma Kennington Road, a unos cientos de metros de la tienda de Morse Hudson, vive un médico muy conocido, el doctor Barnicot, que tiene una de las clientelas más numerosas al sur del Támesis. Su residencia y consultorio principal están en Kennington Road, pero tiene también un quirófano y dispensario en Lower Brixton Road, a dos millas de distancia. Resulta que este doctor Barnicot es un ferviente admirador de Napoleón, y tiene la casa llena de libros, retratos y reliquias del emperador. Hace poco tiempo, compró a Morse Hudson dos reproducciones en escayola de la famosa cabeza de Napoleón esculpida por el francés Devine. Colocó una en el vestíbulo de su casa de Kennington Road y la otra en la repisa de la chimenea del quirófano de Lower Brixton. Pues bien, cuando el doctor Barnicot se levantó esta mañana se quedó estupefacto al descubrir que su casa había sido asaltada por la noche, pero que no se habían llevado nada más que la cabeza de Napoleón del recibidor. La habían sacado al jardín y la habían estrellado contra la pared, al pie de la cual encontramos sus fragmentos. Holmes se frotó las manos. -Esto sí que es una novedad -dijo. -Ya supuse que le gustaría el asunto. Pero aún no hemos terminado. El doctor Barnicot tenía que estar en su quirófano a las doce, y puede usted imaginarse su asombro al descubrir que alguien había abierto una ventana durante la noche y encontrar los pedazos de su segundo busto esparcidos por toda la habitación. Lo habían reducido a átomos allí mismo. En ninguno de los dos casos encontramos huellas que pudieran darnos alguna pista sobre el delincuente, o lunático, autor del desaguisado. Y éstos son los hechos, señor Holmes. -Son curiosos, por no decir grotescos -dijo Holmes-. ¿Puedo preguntarle si los dos bustos destrozados en las dependencias del doctor Barnicot eran idénticos al destruido en la tienda de Morse Hudson` -Todos salieron del mismo molde. -Este dato contradice la teoría de que la persona que los rompe actúa impulsada por un odio genérico a Napoleón. Si consideramos los cientos de figuras del emperador que deben existir en Londres, es mucho suponer que un iconoclasta imparcial se tope, por pura casualidad, con tres ejemplares del mismo busto nada más empezar. -Yo pensé lo mismo que usted -dijo Lestrade--. Pero, por otra parte, este Morse Hudson es el proveedor de bustos de esta zona de Londres, y ésos eran los únicos que había tenido en su tienda en varios años. De manera que, si bien es cierto, como usted dice, que existen en Londres cientos de figuras de Napoleón, es muy probable que estas tres fueran las únicas en todo el distrito. Así que un fanático del barrio empezaría por ellos. ¿Qué le parece a usted, doctor Watson? -Las posibilidades de la monomanía no tienen límites -respondí-. Es lo que los psicólogos franceses modernos llaman «idée fixe»[1], que puede ser algo completamente trivial, acompañado por una normalidadabsoluta en todos los demás aspectos. Un hombre que haya leído mucho sobre Napoleón, o cuya familia haya sufrido alguna desgracia hereditaria por culpa de la gran guerra, puede llegar a concebir una idée fixe de éstas, y bajo su influencia cometer toda clase de extravagancias. [1] «Idea fija», «fijación». (En francés en el original.) -Eso no cuela, querido Watson -dijo Holmes, negando con la cabeza-. Ni con todas las «idées fixes» del mundo, su monomaníaco sería capaz de localizar el paradero de estos bustos. -¿Y cómo lo explica usted, entonces? -No pretendo hacerlo. Me limito a hacer notar que existe un cierto método en las excéntricas actividades de este caballero. Por ejemplo, en el vestíbulo del doctor Barnicot, donde el ruido podría despertar a la familia, sacó el busto de la casa antes de romperlo; sin embargo, en el quirófano, donde había menos peligro de provocar una alarma, lo rompió en el mismo sitio donde estaba. El asunto parece ridículo v trivial, pero yo no me atrevería a calificar nada de trivial, teniendo en cuenta que algunos de mis casos más clásicos han tenido comienzos muy poco prometedores. Recuerde usted, Watson, que lo primero que supimos del espantoso caso de la familia Abernetty fue que el perejil se había hundido en la mantequilla un día de mucho calor. En consecuencia, no puedo permitirme sonreír ante sus tres bustos rotos, Lestrade, y le quedaría muy agradecido si me informa de cualquier novedad que se presente en esta curiosa cadena de acontecimientos. Las novedades que pedía mi amigo llegaron mucho antes, v con un aspecto infinitamente más trágico, de lo que yo habría podido imaginar. A la mañana siguiente, cuando todavía estaba vistiéndome en mi habitación, Holmes llamó a mi puerta y entró con un telegrama en la mano. Lo leyó en voz alta. «Venga inmediatamente, 131 Pitt Street, Kensington. -LESTRADE.» -¿Qué es lo que pasa? -pregunté. -Ni idea. Puede ser cualquier cosa. Pero sospecho que se trata de la continuación de la historia de los bustos. En cuyo caso, nuestro amigo el iconoclasta ha comenzado a operar en otro barrio de Londres. Hay café en la mesa, Watson, y tengo un coche en la puerta. Media hora después llegábamos a Pitt Street, un pequeño remanso de tranquilidad junto a una de las zonas más animadas de la vida londinense. El número 131 formaba parte de una hilera de casas todas iguales, todas de fachada lisa, respetables y nada románticas. Al acercarnos vimos una multitud de curiosos que se agolpaba contra la verja que había delante de la casa. Holmes soltó un silbido. -¡Por San Jorge! ¡Se trata, por lo menos, de un intento de asesinato! Por menos de eso, un mensajero de Londres no se para a mirar. Ha habido un acto de violencia, como se deduce de los hombros caídos y el cuello estirado de aquel individuo. ¿Qué es eso, Watson? El escalón más alto está fregado y los demás están secos. Y hay pisadas por todas partes. Bueno, ahí tenemos a Lestrade en la ventana delantera, y pronto nos enteraremos de todo. El inspector nos recibió con una cara muy seria y nos hizo pasar a una sala de estar, donde un hombre mayor, desgreñado y nerviosísimo, vestido con un batín de franela, daba zancadas de un lado a otro. Lestrade nos lo presentó como el propietario de la casa, señor Horace Harker, del Sindicato Central de Prensa. -Es otra vez el asunto de los Napoleones -dijo Lestrade-. Anoche pareció usted interesado, señor Holmes, y pensé que tal vez le gustaría estar presente ahora que el caso ha tomado un giro mucho más grave. -¿Qué giro ha tomado? -El de asesinato. Señor Harker, ¿quiere usted explicar a estos caballeros exactamente lo que ha ocurrido? El hombre del batín se volvió hacia nosotros con una expresión de profunda melancolía. -Es algo extraordinario -dijo-que, habiéndome pasado la vida recogiendo noticias sobre otra gente, ahora que me cae encima una verdadera noticia me encuentro tan trastornado y tan fastidiado que no puedo ligar dos palabras seguidas. Si hubiera venido aquí como periodista, me habría entrevistado a mí mismo y habría colocado dos columnas en todos los periódicos de la tarde. En cambio, así estoy regalando un material valioso, contando la historia una y otra vez a toda una serie de personas diferentes, sin sacarle yo ningún provecho. No obstante, he oído hablar de usted, señor Holmes, y si consigue usted explicar este asunto tan raro me sentiré compensado por la molestia de tener que contarle la historia. Holmes tomó asiento y escuchó. -Todo parece centrarse en este busto de Napoleón que compré para esta misma habitación, hace unos cuatro meses. Lo conseguí barato en Harding Brothers, a dos puertas de la estación de High Street. Gran parte de mi trabajo periodístico lo hago de noche, y a veces me quedo escribiendo hasta altas horas de la madrugada. Eso es lo que hice hoy. Estaba en mi cuchitril, en la parte trasera del piso alto, a eso de las tres de la mañana, cuando tuve la seguridad de haber oído ruidos abajo. Me puse a escuchar, pero no se repitieron, y llegué a la conclusión de que habían venido del exterior. De pronto, unos cinco minutos más tarde, se oyó un grito espantoso, el sonido más horroroso que he oído en mi vida, señor Holmes. Me seguirá resonando en los oídos mientras viva. Me quedé helado de espanto uno o dos minutos, y luego cogí el atizador y bajé la escalera. Al entrar en esta habitación, encontré la ventana abierta de par en par, y me fijé al instante en que el busto ya no estaba en la repisa. Que un ladrón se lleve una cosa así es algo que escapa a mi comprensión, ya que se trataba tan sólo de una copia de escayola sin ningún valor. »Como usted mismo puede ver, el que salga por esa ventana abierta puede llegar al escalón de la puerta con sólo dar una zancada larga. Evidentemente, eso era lo que el ladrón había hecho, así que di la vuelta y fui a abrir la puerta. Al salir a la oscuridad, casi me caigo encima de un cadáver que había tendido allí. Retrocedí corriendo a buscar una luz y pude ver al pobre desgraciado, con un enorme tajo en el cuelo, en medio de un charco de sangre. Estaba tumbado de espaldas, con las rodillas dobladas y la boca horriblemente abierta. Estoy seguro de que se me aparecerá en sueños. Tuve el tiempo justo para tocar mi silbato de policía y después debí desmayarme, porque no recuerdo nada más hasta que vi al policía mirándome, de pie en el vestíbulo. -Bien, ¿quién era el hombre asesinado? -preguntó Holmes. -No tenemos nada que indique su identidad -respondió Lestrade-. Podrá usted ver el cadáver en el depósito, pero hasta ahora no hemos sacado nada en limpio. Es un hombre alto, tostado por el sol, muy fuerte y de treinta años como máximo. Estaba mal vestido, pero no parece un obrero. Junto a él, caída en el charco de sangre, una navaja con cachas de asta. No sabemos si se trata del arma del crimen o si pertenecía al difunto. Sus ropas no tienen ninguna marca, y en los bolsillos no llevaba nada más que una manzana, un trozo de cuerda, un plano de Londres de los que cuestan un chelín, y una fotografía. Aquí la tiene. Se trataba, sin lugar a dudas, de una instantánea tomada con una cámara pequeña. En ella se veía a un hombre de aspecto despierto, rasgos pronunciados y simiescos, cejas tupidas y un curioso prognatismo en la parte inferior de la cara, que parecía el hocico de un babuino. -¿Y qué ha sido del busto? -preguntó Holmes, tras estudiar atentamente la fotografía. -Hemos tenido noticias de él un momento antes de que llegaran ustedes. Lo han encontrado en el jardín delantero de una casa deshabitada en Campden House Road. Estaba hecho pedazos. Ahora me disponía a ir a verlo. -Desde luego. Pero antes tengo que echar un vistazo por aquí -examinó la alfombra y la ventana-. O se trataba de un hombre muy ágil o tenía las piernas muy largas. Teniendo debajo la entrada al sótano, no debió ser fácil llegar al antepecho de la ventana y abrirla. La salida resulta ya un poco más fácil. ¿Viene usted con nosotros a ver los restos de su busto, señor Harker? El desconsolado periodista se había sentado ante un escritorio. -Tengo que intentar sacar algún partido de esto -dijo-, aunque no me cabe duda de que las primeras ediciones de los periódicos de la tarde ya traerán todos los detalles. ¿Recuerdan ustedes cuando se hundió la tribuna en Doncaster? Pues yo era el único periodista que había en la tribuna y mi periódico fue el único que no sacó la noticia del suceso, porque yo estaba demasiado alterado para escribirla. Y ahora voy a llegar demasiado tarde con un asesinato cometido en la puerta de mi propia casa. Al salir de la habitación oímos el rascar de su pluma sobre la cuartilla del papel. El lugar donde habían aparecido los fragmentos del busto se encontraba a unos cientos de metros de distancia. Por primera vez, nuestros ojos se posaron en aquella representación del gran emperador que parecía despertar un odio tan frenético y destructivo en la mente del desconocido. Los pedazos estaban desparramados sobre la hierba. Holmes recogió unos cuantos y los examinó con mucha atención. Por su expresión concentrada v sus movimientos intencionados, tuve la convicción de que por fin había dado con una pista. -¿Y bien? -preguntó Lestrade. -Todavía nos queda mucho camino por andar -respondió Holmes-. Y sin embargo..., y sin embargo..., la verdad es que tenemos algunos datos muy sugerentes para empezar a actuar. Para este extraño criminal, la posesión de este insignificante busto tenía más valor que una vida humana. Este es el primer punto. Después, tenemos el hecho curioso de que no lo rompiera en la casa, ni a las puertas de la misma, si lo único que quería era romperlo. -El encuentro con ese otro individuo debió alterarlo y ponerlo nervioso. Seguramente, no sabía lo que se hacía. -Sí, eso es bastante probable. Pero me gustaría llamar su atención de manera muy especial hacia la situación de esta casa, en cuyo jardín se destrozó el busto. Lestrade miró a su alrededor. -La casa está desocupada, así que estaba seguro de que nadie le molestaría en el jardín. -Sí, pero hay otra casa vacía más arriba, y tuvo que pasar delante de ella para llegar a esta otra. ¿Por qué no lo rompió allí, dado que es evidente que a cada metro que lo siguiera llevando aumentaba el riesgo de tropezarse con alguien? -Me rindo -dijo Lestrade. Holmes señaló la farola situada sobre nuestras cabezas. -Aquí podía ver lo que hacía, pero allí no. Esa fue la razón. -¡Por Júpiter, es verdad! -exclamó el inspector-. Ahora que lo pienso, el busto del doctor Barnicot lo rompieron cerca de una lámpara roja. Y bien, señor Holmes, ¿qué vamos a hacer con este dato? -Recordarlo. Tenerlo en cuenta. Puede que más adelante demos con algo que encaje con él. ¿Qué medidas se propone tomar ahora, Lestrade? -En mi opinión, la manera más práctica de abordar el asunto es identificar al muerto. No creo que nos resulte muy difícil. Cuando hayamos averiguado quién era y con quién se relacionaba, dispondremos de un buen punto de partida para averiguar qué estaba haciendo anoche en Pitt Street y quién se tropezó con él y lo mató a la puerta de la casa del señor Horace Harker. ¿No lo cree usted así? -Sin duda alguna. Sin embargo, no es así, ni mucho menos, como yo abordaría el caso. -¿Y qué es lo que haría usted? -Oh, no deje usted que yo le influya en modo alguno. Propongo que usted actúe a su manera y yo a la mía. Más adelante podemos comparar notas, y los datos de cada uno complementarán los del otro. -Muy bien -dijo Lestrade. -Si vuelve usted a Pitt Street v ve al señor Horace Harker dígale de mi parte que va he sacado una conclusión y que no cabe duda de que anoche entró en su casa un peligroso maníaco homicida que se cree Napoleón. Eso le vendrá bien para su artículo. Lestrade se le quedó mirando fijamente. -¿No dirá en serio que se cree eso? Holmes sonrió -¿Que no? Bueno, tal vez no. Pero estoy seguro de que interesará al señor Harker y a los suscriptores del Sindicato Central de Prensa. Y ahora, Watson, creo que tenemos por delante una jornada larga y bastante complicada. Me gustaría mucho, Lestrade, que pudiera usted pasarse por Baker Street a hacernos una visita a las seis de esta tarde. Hasta entonces, me gustaría conservar esta fotografía encontrada en el bolsillo de la víctima. Es posible que tenga que solicitar su compañía y su ayuda para una pequeña expedición que, si mi cadena de razonamientos resulta ser correcta, tendremos que emprender esta noche. Hasta entonces, adiós y buena suerte. Sherlock Holmes y yo caminamos juntos hasta la High Street, y allí nos detuvimos ante la tienda de Harding Brothers, donde se había adquirido el busto. Un joven dependiente nos comunicó que el señor Harding estaría ausente hasta la tarde, y que él era nuevo y no podía darnos ninguna información. El rostro de Holmes dio señales de decepción y fastidio. -Bueno, Watson, no podemos esperar que todo nos salga bien a la primera -dijo por fin-. Si el señor Harding no viene hasta la tarde, tendremos que volver por la tarde. Como ya habrá sospechado, estoy intentado seguir la pista de esos bustos hasta su fuente de origen, con el fin de averiguar si existe alguna particularidad que explique su curioso destino. Vayamos a la tienda de Morse Hudson en Kennington Road, y veamos si él puede arrojar algo de luz sobre el problema. Tardamos una hora en coche en llegar al establecimiento del vendedor de cuadros. Era un hombre bajo y rechoncho, de rostro colorado y carácter irascible. -Sí, señor, en mi mismo mostrador -dijo-. No sé para qué pagamos impuestos, si luego cualquier rufián puede entrar y romper las propiedades de uno. Sí, señor, fui yo quien le vendió al doctor Barnicot las dos figuras. ¡Es una vergüenza, señor! Es una campaña nihilista, estoy seguro. Sólo a un anarquista se le ocurriría ir por ahí rompiendo estatuas. Republicanos rojos, eso es lo que son. ¿Que a quién le compré las figuras? ¿Y eso qué tiene que ver? Está bien, si se empeña en saberlo, se las compré a Gelder & Co., de Church Street, Stepney. Una firma muy conocida en el negocio, y desde hace veinte años. ¿Que cuántas compré? Tres..., dos y una son tres..., dos del doctor Barnicot v una que rompieron a plena luz del día en mi propio mostrador... ¿Que si conozco a este hombre de la fotografía? No, no lo conozco. Pero... sí, me parece que sí... ¡Pero si es Beppo! Era una especie de italiano que trabajaba por libre y que hizo algunos trabajos para la tienda. Sabía tallar un poco, dorar un marco, cosas por el estilo. Me dejó la semana pasada y desde entonces no he sabido nada de él. No, no sé de dónde vino ni a dónde fue. Mientras estuvo por aquí no tuve ninguna queja de él. Se marchó dos días antes de que rompieran el busto. -Bien, eso es todo lo que razonablemente podemos esperar sacar de Morse Hudson -dijo Holmes al salir de la tienda-. Tenemos a este Beppo como factor común, tanto en Kennington como en Kensington, así que no hemos recorrido estas diez millas en vano. Ahora, Watson, vamos a Gelder & Co., de Stepney, la fuente de origen de los bustos. Mucho me extrañaría que no sacásemos algo en limpio de allí. Cruzamos en rápida sucesión el borde del Londres elegante, el Londres hotelero, el Londres teatral, el Londres literario, el Londres comercial y, por último, el Londres marítimo, hasta llegar a una ciudad de cien mil almas junto al río, en cuyas casas de apartamentos sudan y se sofocan desplazados de toda Europa. Allí, en una amplia avenida donde en otros tiempos residían los comerciantes ricos de la ciudad, encontramos el taller de escultura que íbamos buscando. La parte exterior era un gran patio lleno de piedras monumentales. En el interior había un local muy espacioso, en el que cincuenta operarios se dedicaban a tallar o moldear. El encargado, un alemán rubio y corpulento, nos recibió educadamente y respondió con claridad a todas las preguntas de Holmes. Una consulta a los libros reveló que se habían hecho cientos de escayolas a partir de una reproducción en mármol de la cabeza de Napoleón escupida por Devine, pero que las tres enviadas a Morse Hudson, aproximadamente un año atrás, formaban parte de una partida de seis, y que las otras tres se habían enviado a Harding Brothers, de Kensington. No existía razón alguna para que esas seis fueran diferentes de las demás escayolas. No se le ocurría ningún posible motivo para que alguien quisiera destruirlas..., es más, la idea le daba risa. El precio de venta al por mayor era de seis chelines, pero el minorista podía sacar doce o más. La copia se sacaba en dos moldes, uno de cada lado de la cara, y luego se juntaban los dos perfiles de escayola para formar el busto completo. El trabajo solían realizarlo obreros italianos en el mismo local donde nos encontrábamos. Una vez terminados, los bustos se ponían a secar sobre una mesa en el pasillo, y después se almacenaban. Eso era todo lo que podía decirnos. Pero la presentación de la fotografía tuvo un notable efecto sobre el encargado. Su cara enrojeció de ira y sus cejas se fruncieron sobre sus azules v teutónicos ojos. -¡Ah, granuja! -exclamó-. Sí, ya lo creo, le conozco muy bien. Este ha sido siempre un establecimiento respetable, y la única vez que hemos tenido aquí a la policía fue por culpa de este individuo. Eso fue hace más de un año. Apuñaló a otro italiano en la calle, y luego vino al taller con la policía pisándole los talones, y aquí lo detuvieron. Se llamaba Beppo..., nunca supe su apellido. Me está bien empleado por contratar a un tipo con esa cara. Pero era buen trabajador..., uno de los mejores. -¿Qué le cayó? -El otro no murió, así que le cayó sólo un año. Seguro que ya está libre. Pero por aquí no se ha atrevido a asomar la nariz. Tenemos aquí a un primo suyo y estoy casi seguro de que él podría decirle por dónde anda. -No, no -dijo Holmes-. Ni una palabra al primo..., ni una palabra, se lo ruego. Se trata de un asunto muy importante, y cuantos más progresos hago, más importante parece. Cuando consultó usted en el libro la venta de esas escayolas me fijé en que la fecha era el 3 de junio del año pasado. ¿Podría usted decirme en qué fecha fue detenido Beppo. -Podría decirse aproximadamente consultando los pagos de jornales. Sí -continuó, después de pasar páginas durante un rato-. Recibió su última paga el 20 de mayo. -Gracias -dijo Holmes-. Creo que ya no necesito seguir abusando de su tiempo y su paciencia. Con una última advertencia de que no dijera nada de nuestras averiguaciones, nos dirigimos de nuevo hacia el oeste. Hasta bien avanzada la tarde no pudimos tomar un apresurado almuerzo en un restaurante. A la entrada, el cartelón de un vendedor de periódicos anunciaba: «Atrocidad en Kensington. Asesinado por un loco», y el contenido del periódico demostraba que el señor Horace Harker había conseguido, después de todo, hacer llegar su relato a la imprenta. La narración del incidente, en un estilo sumamente sensacionalista y florido, ocupaba dos columnas. Holmes apoyó el periódico en las vinagreras y lo leyó mientras comíamos. En una o dos ocasiones se rió por lo bajo. -Esto está muy bien, Watson -dijo-. Escuche esto: «Es un consuelo saber que en este caso no pueden darse disparidades de opiniones, va que tanto el señor Lestrade, uno de los funcionarios más expertos del cuerpo de policía, como el señor Sherlock Holmes, detective particular de fama mundial, han llegado, cada uno por su parte, a la conclusión de que esta grotesca serie de incidentes, que tan trágico desenlace ha tenido, es fruto de la locura y no de un delito premeditado. Sólo la aberración mental puede explicar los hechos.» La prensa, Watson, es una institución valiosísima, si uno sabe cómo utilizarla. Y ahora, si ya ha terminado usted, volveremos a Kensington y veremos lo que tiene que decir sobre el asunto el encargado de Harding Brothers. El fundador de aquella gran empresa resultó ser un hombrecillo menudo y vivaracho, muy atildado y perspicaz, con la mente clara y la lengua suelta. -Sí, señor, ya he leído la noticia en los periódicos de la tarde. El señor Horace Harker es cliente nuestro. Le vendimos el busto hace unos meses Adquirimos tres de estos bustos a Gelder & Co., de Stepney, pero ya los hemos vendido todos. ¿A quién? Supongo que si consulto los libros de ventas se lo podré decir sin dificultad. Sí, aquí está apuntado. Uno al señor Harker, como puede ver; otro, al señor Josiah Brown, de Laburnum Lodge, Laburnum Vale, Chiswick, y otro, al señor Sandeford, de Lower Grove Road, Readiag. No, jamás he visto a este hombre de la fotografía. Una cara así no se olvidaría fácilmente, ¿no cree? En mi vida he visto alguien tan feo. ¿Que si tenemos empleados italianos? Pues sí, hay varios entre los obreros y el personal de la limpieza. Supongo que, si se lo propone, cualquiera de ellos podría echar un vistazo a este libro de ventas; no existe ningún motivo para tener el libro vigilado. En fin, este es un asunto muy raro, y confío en que me avise si sus investigaciones dan algún fruto. Holmes había tomado varias notas durante las declaraciones del señor Harding, y pude darme cuenta de que se sentía plenamente satisfecho con el rumbo que iban tomando los acontecimientos. Sin embargo, no hizo ningún comentario, exceptuando el de que, si no nos dábamos prisa, íbamos a llegar tarde a nuestra cita con Lestrade. Y efectivamente, cuando llegamos a Baker Street, el inspector ya se encontraba allí, dando zancadas de un lado a otro de la habitación, consumido de impaciencia. Su aspecto solemne daba a entender que su jornada de trabajo no había sido infructuosa. -¿Qué tal? -preguntó-. ¿Ha habido suerte, señor Holmes? -Hemos tenido un día muy ocupado, pero no todo ha sido tiempo perdido -explicó mi amigo-. Hemos visto a los dos comerciantes, y también a los fabricantes de los bustos. Ahora puedo seguirle la pista a cada uno de los bustos desde el principio. -¡Los bustos! -exclamó Lestrade-. Bueno, bueno, usted tiene sus propios métodos, señor Sherlock Holmes, y no seré yo quien diga una palabra en contra de ellos, pero me parece que yo he aprovechado la jornada mejor que usted. He identificado al muerto. -No me diga! -Y he descubierto un móvil para el crimen. -¡Espléndido! -Uno de nuestros inspectores está especializado en Saffron Hill y el barrio italiano. Pues bien, el cadáver llevaba colgado del cuello un símbolo católico, y esto, junto con el tono de su piel, me hizo pensar que era latino. El inspector Hill lo identificó nada más verlo. Se llamaba Pietro Venucci, natural de Nápoles, y era uno de los peores asesinos de Londres. Estaba relacionado con la Mafia, que, como usted sabe, es una organización política secreta que impone sus reglas por medio del asesinato. Como ve, las cosas empiezan a aclararse. Lo más probable es que el otro tipo sea también italiano, y miembro de la Mafia. Ha debido romper alguna de sus reglas, y la organización envió a Pietro para ajustarle las cuentas. Es muy posible que la fotografía que encontramos en el bolsillo del muerto sea de nuestro hombre, y que la llevara para asegurarse de que no apuñalaba a otra persona. Pietro va siguiendo al tipo, lo ve meterse en una casa, espera a que salga, y en la pelea que se entabla es él quien recibe una herida mortal. ¿Qué le parece, señor Holmes? Holmes palmoteó en señal de aprobación. -¡Excelente, Lestrade, excelente! -exclamó-. Pero no sé si he entendido muy bien su explicación de la destrucción de los bustos. -¡Los bustos! ¿No hay quien le saque esos bustos de la cabeza? Al fin y al cabo, eso no es nada; hurto menor, seis meses como máximo. Lo que de verdad estamos investigando es el asesinato, y le digo que ya casi tengo todos los hilos en mis manos. -¿Qué va a hacer a continuación? -Muy sencillo. Iré con Hill al barrio italiano, encontraremos al hombre de la fotografía, v lo detendremos, acusado de asesinato. ¿Quiere venir con nosotros? -Creo que no. Me da la impresión de que podemos lograr nuestro objetivo de un modo más sencillo. No puedo estar seguro, porque todo depende..., en fin, depende de un factor que está completamente fuera de nuestro control. Pero tengo grandes esperanzas..., de hecho, podría apostar dos contra uno a que si usted nos acompaña esta noche podré ayudarle a echarle el guante. -¿En el barrio italiano? -No; creo que en Chiswick nos será mucho más fácil encontrarlo. Si viene usted conmigo a Chiswick esta noche, Lestrade, le prometo ir mañana con usted al barrio italiano; con ese pequeño retraso no se pierde nada. Y ahora, creo que unas pocas horas de sueño nos vendrían muy bien a todos, porque no pienso salir hasta las once y es poco probable que regresemos antes de que amanezca. Quédese a cenar con nosotros, Lestrade, y después puede echarse en el sofá hasta que llegue la hora de salir. Mientras tanto, Watson, le agradecería que llamase a un mensajero, porque tengo que enviar una carta y es importante que salga cuanto antes. Holmes se pasó la tarde rebuscando entre los diarios atrasados que llenaban uno de nuestros trasteros. Cuando por fin bajó, sus ojos tenían una expresión de triunfo, pero no nos dijo nada sobre el resultado de sus indagaciones. Por mi parte, yo había seguido paso a paso los métodos con los que habíamos seguido los diversos vericuetos de este complicado caso y, aunque todavía no intuía cuál era nuestro objetivo, me daba perfecta cuenta de que Holmes esperaba que el grotesco criminal intentara apoderarse de los dos bustos que quedaban, uno de los cuales, como yo recordaba, se encontraba en Chiswick. Sin duda, el objeto de nuestro viaje era atraparlo con las manos en la masa, v no podía dejar de admirar la astucia con que mi amigo había insertado una pista falsa en el periódico de la tarde, para que nuestro hombre pensara que podía seguir adelante con su plan impunemente. No me sorprendí cuandoHolmes sugirió que llevara mi revólver. Él ya se había equipado con la pesada fusta de caza, que era su arma favorita. Un coche nos aguardaba a las once en la puerta, y en él llegamos hasta un lugar al otro lado del puente de Hammersmith, donde dijimos al cochero que nos esperara. Una corta caminata nos llevó hasta una calle solitaria, flanqueada por bonitas casas, cada una con su terreno propio. A la luz de una farola leímos «Laburnum Villa» en la entrada de una de ellas. Evidentemente, sus ocupantes se habían retirado a dormir, porque todo estaba oscuro, a excepción de una luz sobre los cristales de la puerta del vestíbulo, que arrojaba un borroso círculo de luz sobre el sendero del jardín. La valla de madera que separaba el jardín de la calle proyectaba una densa sombra negra hacia la parte de dentro, y allí fue donde nos agazapamos. -Me temo que tendremos que esperar mucho tiempo -susurró Holmes-. Podemos dar gracias al cielo de que no llueva. No creo que sea prudente fumar para pasar el rato. Sin embargo, hay dos posibilidades contra una de que obtengamos una compensación por tanta molestia. Sin embargo, nuestra guardia no resultó tan larga como Holmes nos había hecho temer, y terminó de un modo repentino y extraño. En un instante, sin el más ligero ruido que nos advirtiera de su llegada, se abrió la puerta del jardín y por ella entró una figura oscura y atlética, tan rápida y ágil como un mono, que avanzó velozmente por el sendero. La vimos cruzar frente a la luz que salía por encima de la puerta y desaparecer, confundida con la negra sombra de la casa. Hubo una larga pausa, durante la cual estuvimos conteniendo la respiración, y luego llegó a nuestros oídos un crujido muy débil. Estaban abriendo una ventana. El ruido cesó, y de nuevo se produjo un largo silencio. El individuo había entrado en la casa. Vimos el súbito resplandor de una linterna sorda dentro de la habitación. Evidentemente, o que buscaba no estaba allí, porque en seguida vimos el resplandor a través de otra ventana, y después, de otra. -Acerquémonos a la ventana abierta. Lo atraparemos cuando vuelva a salir -cuchicheó Lestrade. Pero antes de que pudiéramos hacer un movimiento, el hombre salió de nuevo. Al pasar por el círculo de luz, vimos que llevaba un objeto blanco bajo el brazo. Miró furtivamente a su alrededor, y el silencio de la calle desierta le tranquilizó. Dándonos la espalda, dejó en el suelo su carga, y al instante oímos un golpe seco, seguido por un ruido de rotura. El hombre estaba tan concentrado en lo que hacía que no oyó nuestros pasos, que avanzaban sigilosamente por el césped. Con un salto de tigre, Holmes cavó sobre su espalda, y un segundo después Lestrade y yo lo teníamos agarrado por las muñecas y le habíamos colocado las esposas. Cuando le dimos la vuelta, vimos una cara cetrina v repugnante, que nos miraba temblando de furia, v comprendí que habíamos capturado al hombre de la fotografía. Pero Holmes no estaba prestando atención a nuestro prisionero. Agachado junto al umbral de la puerta examinaba con la máxima atención el objeto que el hombre había sacado de la casa. Se trataba de un busto de Napoleón, igual al que habíamos visto por la mañana, y roto en fragmentos similares. Con mucho cuidado, Holmes acercó a la luz cada pedazo, pero éstos en nada se diferenciaban de cualquier otro trozo de escayola rota. Acababa de terminar su inspección cuando se encendieron las luces del vestíbulo, se abrió la puerta, y apareció en el umbral el dueño de la casa, un hombre grueso y jovial en mangas de camisa. -El señor Josiah Brown, supongo -dijo Holmes. -Sí, señor; y usted, sin duda, es Sherlock Holmes. Recibí la carta que me envió por mensajero, e hice exactamente lo que usted me indicaba. Cerramos todas las puertas por dentro y aguardamos a ver qué ocurría. Vaya, me alegra comprobar que han agarrado a ese granuja. Supongo, caballeros, que entrarán a tomar algo. Pero Lestrade estaba ansioso por poner a su hombre a buen recaudo, así que a los pocos minutos habíamos hecho venir a nuestro coche y los cuatro íbamos camino de Londres. Nuestro cautivo no dijo una sola palabra; se limitó a mirarnos con furia desde la sombra de sus desgreñados cabellos, y una vez que mi mano le pareció a su alcance, le lanzó un mordisco como un lobo hambriento. Nos quedamos en la comisaría el tiempo suficiente para enterarnos de que, al registrar sus ropas, no se había encontrado nada más que unos pocos chelines y una enorme navaja, en cuyas cachas se veían abundantes huellas de sangre reciente. -Esto va bien -dijo Lestrade al despedirnos-. Hill conoce a toda esta gente y sabrá cómo se llama. Ya verá usted cómo mi teoría de la Mafia resulta cierta. Pero, desde luego, le estoy agradecidísimo, señor Holmes, por la manera tan profesional con que le ha echado el guante. Todavía no lo comprendo bien todo. -Me temo que es muy tarde para explicaciones -dijo Holmes-. Además, aún quedan uno o dos detalles por aclarar, y este es uno de los casos que vale la pena apurar hasta el final. Si se pasa una vez más por mis aposentos mañana a las seis, creo que podré demostrarle que aún no ha captado usted todo el significado de este asunto, que presenta algunos aspectos que lo convierten en un caso absolutamente original en la historia del crimen. Si alguna vez le autorizo a escribir más crónicas de mis pequeños problemas, Watson, estoy seguro de que el relato de la singular aventura de los bustos de Napoleón animará considerablemente sus páginas. Cuando volvimos a reunirnos a la tarde siguiente, Lestrade venía provisto de abundante información acerca de nuestro detenido. Al parecer, se llamaba Beppo, de apellido desconocido. Era un truhán bastante conocido en la colonia italiana. En otros tiempos había sido un hábil escultor que se ganaba honradamente la vida, pero se había torcido por el mal camino y ya había estado dos veces en la cárcel; una por hurto y la otra, como ya sabíamos, por apuñalar a un compatriota. Hablaba inglés a la perfección. Todavía se ignoraban los motivos que le impulsaban a destrozar los bustos, y se negaba a responder a cualquier pregunta sobre el tema; pero la policía había descubierto que era muy probable que los bustos hubieran sido hechos por sus propias manos, ya que había realizado trabajos de este tipo en el establecimiento de Gelder & Co. Holmes escuchó con atención y cortesía toda esta información, gran parte de la cual ya conocíamos, pero yo, que le conocía bien, me daba perfecta cuenta de que sus pensamientos estaban en otra parte, y detecté una mezcla de desasosiego e impaciencia bajo la máscara que asumía de manera habitual. Por fin, se levantó de su asiento con los ojos chispeantes. Había sonado la campanilla de la puerta. Un minuto después, oímos pasos en la escalera, v al momento penetró en la habitación un hombre ya mayor, de rostro sonrosado y patillas entrecanas. Llevaba en la mano derecha una anticuada bolsa de viaje, que depositó sobre la mesa. -¿Está aquí el señor Sherlock Holmes? Mi amigo hizo una inclinación de cabeza y sonrió. -El señor Sandeford, de Reading, ¿verdad? -dijo. -Sí, señor. Me temo que llego un poco tarde, pero los trenes han sido un desastre. Me escribió usted acerca de un busto que obra en mi posesión. -Exacto. -Tengo aquí su carta. Dice usted: «Deseo obtener una copia del Napoleón de Devine, y estoy dispuesto a pagarle diez libras por la que usted posee.» ¿Es así? -Desde luego. -Me sorprendió mucho su carta, porque no puedo imaginar cómo se enteró usted de que yo poseía semejante objeto. -Es natural que le haya sorprendido, pero la explicación es muy sencilla. El señor Harding, de Harding Brothers, me dijo que le había vendido a usted el último ejemplar v me dio su dirección. -Ah, ¿con que fue así? ¿Le dijo lo que pagué por él? -No, no me lo dijo. -Mire, yo soy un hombre honrado, aunque no sea muy rico. Sólo pagué quince chelines por el busto, y creo que tiene usted derecho a saberlo antes de que yo acepte sus diez libras. -Sus escrúpulos le honran, señor Sandeford, pero yo ofrecí ese precio y estoy dispuesto a mantenerlo. -Vaya, es usted muy espléndido, señor Holmes. He traído el busto, como usted me pedía. Aquí lo tiene. Abrió la bolsa y, por fin, vimos sobre nuestra mesa un ejemplar completo de aquel busto que ya habíamos contemplado más de una vez hecho pedazos. Holmes sacó un papel del bolsillo y puso un billete de diez libras sobre la mesa. -Haga usted el favor de firmar este papel, señor Sandeford, en presencia de estos testigos. Es una simple declaración de que me transfiere a mí todos los derechos que haya podido tener sobre este busto. Soy un hombre metódico, ¿sabe usted?, y nunca se sabe qué giro pueden tomar las cosas más adelante. Muchas gracias, señor Sandeford; aquí tiene su dinero, y le deseo muy buenas tardes. Cuando nuestro visitante hubo desaparecido, Sherlock Holmes inició una serie de movimientos que nosotros seguimos fascinados. Comenzó por sacar de un cajón un mantel blanco y limpio, y extenderlo sobre la mesa. A continuación, colocó el recién adquirido busto en el centro del mantel. Por último, tomó su fusta de caza y asestó con ella un fuerte golpe en la cabeza de Napoleón. La figura se rompió en pedazos, y Holmes se inclinó ansioso sobre los destrozados restos. Al instante, con un fuerte grito de triunfo, levantó un fragmento que llevaba pegado un objeto redondo y oscuro, como si fuera una ciruela en un pastel. -Caballeros -exclamó-, permítanme que les presente la famosa perla' negra de los Borgia. Lestrade y yo nos quedamos callados por un momento, y luego, con una reacción espontánea, estallamos en aplausos como si estuviéramos presenciando el elaborado desenlace de una obra dramática. Un súbito rubor asomó en las pálidas mejillas de Holmes, que se inclinó ante nosotros como un dramaturgo que recibe el homenaje de su público. En momentos como aquél, Holmes dejaba por un momento de ser una máquina de razonar y sucumbía a la debilidad humana por la admiración y el aplauso. Aquel personaje tan peculiarmente orgulloso y reservado, que rechazaba con desprecio la notoriedad pública, era capaz de conmoverse hasta las entrañas ante la admiración y los elogios espontáneos de un amigo. -Sí, caballeros -continuó-. Esta es la perla más famosa que existe hoy día en todo el mundo y, mediante una cadena continua de razonamientos inductivos, he tenido la suerte de poder seguir su pista desde la alcoba del príncipe Colonna, en el hotel Dacre, donde fue robada, hasta el interior de éste, el último de los seis bustos de Napoleón fabricados por Gelder & Co., de Stepney. Seguro que usted, Lestrade, se acuerda de la sensación que causó la desaparición de esta valiosa joya, y de los vanos esfuerzos de la policía de Londres por recuperarla. Yo mismo fui consultado al respecto, pero no conseguí arrojar ninguna luz sobre el caso. Las sospechas recayeron sobre la doncella de la princesa, que era italiana, y se supo que tenía un hermano en Londres, pero no se pudo demostrar que existiera ningún contacto entre ellos. La doncella se llama Lucrezia Venucci, y no me cabe la menor duda de que ese Prieto que fue asesinado hace dos noches era el hermano. He estado consultando las fechas en los viejos archivos de prensa, y he comprobado que la desaparición de la perla se produjo exactamente dos días antes de la detención de Beppo por una agresión violenta..., detención que tuvo lugar en la fábrica de Gelder & Co., en el mismo momento en que se estaban fabricando estos bustos. Ahora ya pueden ver con toda claridad la secuencia de los hechos, aunque, por supuesto, los contemplan en el orden inverso al que se me fueron presentando a mí. Beppo tenía en su poder la perla. Tal vez se la robó a Pietro, tal vez fuera cómplice de Pietro, incluso es posible que actuara de intermediario entre Pietro y su hermana. La verdadera situación no tiene demasiada importancia para nosotros. »Lo importante es que él tenía la perla, y que la llevaba encima en aquel momento, cuando le perseguía la policía. Se dirigió a la fábrica en la que trabajaba, y sabía que disponía sólo de unos pocos minutos para ocultar este valiosísimo botín, que de otro modo sería descubierto cuando le registraran. En el pasillo había seis Napoleones de escayola secándose. Uno de ellos aún estaba blanco. En un instante, Beppo, que era un trabajador muy hábil, hizo un agujerito en el yeso húmedo, metió en él la perla y, con unos pocos toques, tapó de nuevo la abertura. El escondrijo era perfecto: nadie podría descubrirlo. Pero Beppo fue condenado a un año de cárcel y, mientras tanto, los seis bustos quedaron desperdigados por Londres. Era imposible saber cuál de ellos contenía el tesoro; sólo rompiéndolos podía averiguarlo. Ni siquiera sacudiéndolos podía descubrir nada, porque como el yeso estaba húmedo, lo más probable era que la perla hubiera quedado adherida a él..., como, efectivamente, ha sucedido. Beppo no se dio por vencido, v llevó a cabo su investigación con considerable ingenio y perseverancia. Por medio de un primo que trabaja en Gelder, se informó de los minoristas que habían adquirido los bustos. Se las arregló para conseguir trabajo en Morse Hudson, y de este modo siguió la pista a tres de ellos. La perla no estaba en ninguno. Entonces, con ayuda de algún empleado italiano, logró averiguar dónde habían ido a parar los otros tres bustos. El primero estaba en casa de Harker. Allí fue acosado por su compinche, que consideraba a Beppo responsable de la Pérdida de la perla, y en el forcejeo que se produjo a continuación Beppo lo apuñaló. -Si Pietro era su cómplice, ¿para qué llevaba la fotografía? -pregunté yo. -Para seguirle la pista si tenía necesidad de preguntar por él a terceras personas. Es la explicación más obvia. Pues bien, después del asesinato, me figuré que lo más probable sería que Beppo apresurara sus acciones, en lugar de proceder despacio. Tendría miedo de que la policía averiguase su secreto, así que se daría prisa antes de que le tomaran la delantera. Por supuesto, yo no podía saber si había encontrado o no la perla en el busto de Harker. Ni siquiera estaba seguro de que se tratara de la perla; pero era evidente que andaba buscando algo, puesto que se llevó el busto a varias casas de distancia, para romperlo en un jardín que tuviera una farola al lado. Puesto que el busto de Harker era uno de los tres que quedaban, las posibilidades eran exactamente las que yo les dije: dos contra uno a que la perla no se encontraba allí. Quedaban dos bustos, y lo natural era que fuera primero a por el de Londres. Avisé a los habitantes de la casa, con el fin de evitar una segunda tragedia, v allá fuimos nosotros, con magníficos resultados. Pero entonces, desde luego, yo ya estaba seguro de que andábamos detrás de la perla de los Borgia. El apellido del hombre asesinado conectaba un caso con el otro. Sólo quedaba ya un busto, el de Reading, y en él tenía que estar la perla. Se lo compré a su propietario en presencia de ustedes, y ahí lo tienen. Permanecimos unos momentos sentados en silencio. Al fin, Lestrade dijo: -Bueno, Holmes, le he visto manejar un buen número de casos, pero no creo haber visto jamás uno tan bien llevado como éste. No tenemos celos de usted en Scotland Yard; no, señor, nos sentimos orgullosos de usted, y si se pasa por allí mañana, no habrá un solo hombre, desde el inspector más viejo al guardia más joven, que no se alegre de estrecharle la mano. -Gracias -dijo Holmes-. Gracias. Y mientras se volvía de espaldas, me pareció que jamás le había visto tan cerca de dejarse llevar por las más tiernas emociones. Pero un instante después, volvía a ser el pensador frío y práctico de siempre. -Ponga la perla en la caja fuerte, Watson -dijo-, y saque los papeles del caso de falsificación de Conk- Singleton. Adiós, Lestrade. Si tiene algún problemilla, le haré encantado, si me es posible, una o dos sugerencias que le ayuden a solucionarlo. La Aventura de los Tres Estudiantes En el año 95, una sucesión de acontecimientos sobre los que no es preciso entrar en detalles nos llevó a Sherlock Holmes y a mí a pasar unas semanas en una de nuestras grandes ciudades universitarias, y durante este tiempo nos aconteció la pequeña pero instructiva aventura que me dispongo a relatar. Como fácilmente se comprende, todo detalle que pudiera ayudar al lector a identificar con exactitud la universidad o al criminal, resultaría improcedente y ofensivo. Lo mejor que se puede hacer con un escándalo tan penoso es que caiga en el olvido. Sin embargo, con la debida discreción, se puede referir el incidente en sí, ya que permite poner de manifiesto algunas de las cualidades que dieron fama a mi amigo. Así pues, procuraré evitar en mi narración la mención de detalles que pudieran servir para localizar los hechos en un lugar concreto o dar indicios sobré la identidad de las personas implicadas. Residíamos por entonces en unas habitaciones amuebladas, cerca de una biblioteca en la que Sherlock Holmes estaba realizando laboriosas investigaciones sobre documentos legales de la antigua Inglaterra...., investigaciones que condujeron a resultados tan sorprendentes que bien pudieran servir de tema de una de mis futuras narraciones. Allí recibimos una tarde la visita de un conocido, el señor Hilton Soames, profesor y tutor del colegio universitario de San Lucas. El señor Soames era un hombre alto y enjuto, de temperamento nervioso y excitable. Yo siempre había sabido que se trataba de una persona inquieta, pero en esta ocasión se encontraba en tal estado de agitación incontrolable que resultaba evidente que había ocurrido algo muy anormal. -Confío, señor Holmes, en que pueda usted dedicarme unas horas de su valioso tiempo. Nos ha ocurrido un incidente muy lamentable en San Lucas v, la verdad, de no ser por la feliz coincidencia de que se encuentre usted en la ciudad, no habría sabido qué hacer. -Ahora mismo estoy muy ocupado y no quiero distracciones -respondió mi amigo-. Preferiría, con mucho, que solicitara usted la ayuda de la policía. -No, no, amigo mío; bajo ningún concepto podemos hacer eso. Una vez que se recurre a la ley, ya no es posible detener su marcha, y se trata de uno de esos casos en los que, por el prestigio del colegio, resulta esencial evitar el escándalo. Usted es tan conocido por su discreción como por sus facultades, y es el único hombre del mundo que puede ayudarme. Le ruego, señor Holmes, que haga lo que pueda. El carácter de mi amigo no había mejorado al verse privado de sus acogedores aposentos de Baker Street. Sin sus cuadernos de notas, sus productos químicos y su confortable desorden se sentía incómodo. Se encogió de hombros con un gesto de forzada aceptación, mientras nuestro visitante exponía su historia con frases precipitadas y toda clase de nerviosas gesticulaciones. -Tengo que explicarle, señor Holmes, que mañana es el primer día de exámenes para la beca Fortescue. Yo soy uno de los examinadores. Mi asignatura es el griego, y la primera prueba consiste en traducir un largo fragmento de texto en griego, que el candidato no ha visto antes. Este texto está impreso en el papel de examen y, como es natural, el candidato que pudiera prepararlo por anticipado contaría con una inmensa ventaja. Por esta razón, ponemos mucho cuidado en mantener en secreto el ejercicio. »Hoy, a eso de las tres, llegaron de la imprenta las pruebas de este examen. El ejercicio consiste en traducir medio capítulo de Tucídides [1]. Tuve que leerlo con atención, ya que el texto debe serabsolutamente correcto. A las cuatro y media todavía no había terminado. Sin embargo, había prometido tomar el té en la habitación de un amigo, así que dejé las pruebas en mi despacho. Estuve ausente más de una hora. Como sabrá usted, señor Holmes, las habitaciones de nuestro colegio tienen puertas dobles: una forrada de bayeta verde por dentro y otra de roble macizo por fuera. Al acercarme a la puerta exterior de mi despacho vi con asombro una llave en la cerradura. Por un instante pensé que había dejado olvidada allí mi propia llave, pero al palpar en mi bolsillo comprobé que estaba en su sitio. Que yo sepa, la única copia que existía era la de mi criado, Bannister, un hombre que lleva diez años encargándose de mi cuarto y cuya honradez está por encima de toda sospecha. En efecto, comprobé que se trataba de su llave, que había entrado en mi habitación para preguntarme si quería té, y que al salir se había dejado olvidada la llave en la cerradura. Debió de llegar a mi cuarto muy poco después de salir yo de él. Su descuido con la llave no habría tenido la menor importancia en otra ocasión cualquiera, pero en este día concreto ha tenido unas consecuencias de lo más deplorables. [1] Tucídides (460-400 a.C.), célebre historiador griego, autor de la Historia de la Guerra del Peloponeso, un texto muy conocido por los estudiantes de griego. En realidad, el estudiante tramposo no tenía necesidad de copiar el texto del examen; le habría bastado con tomar algunas referencias que le permitieran identificar el fragmento, para luego localizarlo en el libro. »En cuanto miré al escritorio, me di cuenta de que alguien había estado revolviendo mis papeles. Las pruebas venían en tres largas tiras de papel. Yo las había dejado juntas, y ahora una estaba tirada en el suelo, otra en una mesita cerca de la ventana y la tercera seguía donde yo la había dejado. Holmes dio muestras de interés por primera vez. -La primera página del texto, en el suelo; la segunda, en la ventana; y la tercera, donde usted la dejó -dijo. -Exacto, señor Holmes. Me asombra usted. ¿Cómo es posible que sepa eso? -Por favor, continúe con su interesantísima exposición. -Por un momento pensé que Bannister se había tomado la imperdonable libertad de examinar mis papeles. Sin embargo, él lo negó de la manera más terminante, y estoy convencido de que decía la verdad. La otra posibilidad es que alguien, al pasar, advirtiera la llave en la puerta y, sabiendo que yo no estaba, hubiera entrado para mirar los papeles. Está en juego una considerable suma de dinero, ya que la beca es muy elevada, y una persona sin escrúpulos podría muy bien correr un riesgo para obtener una ventaja sobre sus compañeros. »A Bannister le afectó mucho el incidente. Estuvo a punto de desmayarse cuando comprobamos, sin ningún género de dudas, que alguien había estado enredando con los papeles. Le di un poco de brandy y lo dejé desplomado en un sillón mientras yo inspeccionaba con más detenimiento la habitación. No tardé en descubrir que el intruso había dejado otras huellas de su presencia, además de los papeles revueltos. En la mesa de la ventana había varias virutas de un lápiz al que habían sacado punta. También encontré un trozo de mina rota. Evidentemente, el muy granuja había copiado el texto a toda prisa se le había roto la mina del lápiz y se había visto obligado a sacarle punta de nuevo. -¡Excelente! -exclamó Holmes, que empezaba a recuperar su buen humor a medida que el caso iba captando su atención-. Ha tenido usted mucha suerte. -Eso no es todo. Tengo un escritorio nuevo, con una superficie perfecta, de cuero rojo. Estoy dispuesto a jurar, y Bannister también, que estaba impecable y sin ninguna mancha. Y ahora me encuentro que tiene un corte limpio de unas tres pulgadas de largo [2], no un simple arañazo, sino un corte con todas lasde la de ley. Y no sólo eso: también encontré en la mesa una bolita de masilla o arcilla negra, con motitas que parecen de serrín. Estoy convencido de que todos esos rastros los dejó el hombre que estuvo husmeando en los papeles. No encontramos huellas de pisadas ni ningún otro indicio sobre su identidad. Yo ya no sabía qué hacer, cuando de pronto me acordé de que usted estaba en la ciudad, y he venido de inmediato a poner el asunto en sus manos. ¡Ayúdeme, señor Holmes! Dése usted cuenta de mi problema: o descubro quién ha sido o tendremos que aplazar el examen hasta que preparemos nuevos ejercicios, y como esto no se puede hacer sin dar explicaciones, nos veremos envueltos en un desagradable escándalo, que arrojará una mancha no sólo sobre el colegio, sino sobre la universidad entera. Por encima de todo, es preciso solucionar este asunto callada y discretamente. [2] Siete centímetros y medio. -Tendré mucho gusto en echarle un vistazo y ofrecerle los consejos que pueda -dijo Holmes, levántándose y poniéndose el abrigo-. Este caso no carece por completo de interés. ¿Fue alguien a visitarle a su habitación después de que recibiera usted los exámenes? -Sí, el joven Daulat Ras, un estudiante indio que vive en la misma escalera, vino a preguntarme algunos detalles acerca del examen. -¿Se presenta él al examen? -Sí. -¿Y los papeles estaban encima de su mesa? -Estoy casi seguro de que estaban enrollados. -¿Pero se notaba que eran pruebas de imprenta? -Es posible. -¿No había nadie más en su habitación? -No. -¿Sabía alguien que las pruebas estaban allí? -Nadie más que el impresor. -¿Lo sabía ese tal Bannister? -No, seguro que no. No lo sabía nadie. -¿Dónde está Bannister ahora? -El pobre hombre está muy enfermo. Lo dejé tirado en un sillón, porque tenía mucha urgencia por venir a verle a usted. -¿Ha dejado la puerta abierta? -Antes guardé las pruebas bajo llave. -Entonces, señor Soames, la cosa se reduce a eso: a menos que el estudiante indio se diera cuenta de que aquel rollo eran las pruebas del examen, el hombre que estuvo husmeando las encontró por casualidad, sin saber que estaban allí. -Eso me parece a mí. Holmes exhibió una sonrisa enigmática. -Bien -dijo-. Vayamos a ver. Este caso no es para usted, Watson; es mental, no físico. De acuerdo, si se empeña puede venir. Señor Soames, estamos a su disposición. -El cuarto de estar de nuestro cliente tenía una ventana larga y baja con celosía, que daba al patio del antiguo colegio, con sus viejas paredes cubiertas de líquenes. Una puerta gótica daba acceso a una gastada escalera de piedra. La habitación del profesor se encontraba en la planta baja. Encima residían tres estudiantes, uno en cada piso. Estaba casi anocheciendo cuando llegamos a la escena del misterio. Holmes se detuvo y observó con interés la ventana. Se acercó a ella y, poniéndose de puntillas y estirando el cuello, miró al interior de la habitación. -Tiene que haber entrado por la puerta. Por aquí no hay más abertura que la de un panel de cristal -dijo nuestro erudito guía. -Vaya por Dios -dijo Holmes, mirando a nuestro acompañante con una curiosa sonrisa-. Bien, pues si aquí no podemos averiguar nada, más vale que entremos. El profesor abrió la puerta exterior y nos invitó a pasar a su habitación. Nos quedamos en el umbral mientras Holmes examinaba la alfombra. -Me temo que aquí no hay huellas -dijo-. Ya sería difícil que las hubiera con un día tan seco. Parece que su sirviente se ha recuperado. Ha dicho usted que lo dejó en un sillón. ¿En cuál? -En éste que está junto a la ventana. -Ya veo. Cerca de esta mesita. Ya pueden entrar, he terminado con la alfombra. Veamos primero la mesa pequeña. Desde luego, está muy claro lo que ha ocurrido. El tipo entró y cogió los papeles, hoja por hoja, de la mesa del centro. Los trajo a esta mesa, junto a la ventana, porque desde aquí podía ver si se acercaba usted por el patio, y tendría tiempo de escapar. -Pues, en realidad, no podía verme -dijo Soames-, porque entré por la puerta lateral. -¡Ah! ¡Eso está muy bien! De todos modos, eso es lo que él pensaba. Déjeme ver las tres tiras de papel. No hay huellas de dedos, no señor. Vamos a ver, cogió primero ésta y la copió. ¿Cuánto tiempo pudo tardar en hacerlo, utilizando todas las abreviaturas posibles? Como mínimo, un cuarto de hora. Una vez copiada, la tiró al suelo y cogió la segunda tira. Debía de ir por la mitad cuando usted regresó y él tuvo que retirarse a toda prisa..., con muchísima prisa, puesto que no tuvo tiempo de colocar los papeles en su sitio, para que usted no advirtiera que aquí había estado alguien. ¿No oyó usted pasos precipitados por la escalera al entrar? -Pues la verdad es que no. -Bien. Escribió con tal frenesí que se le rompió la mina del lápiz y, como usted ya había observado, tuvo que sacarle punta. Esto es interesante, Watson. El lápiz era de marca, de tamaño más o menos normal, con mina blanda; azul por fuera, con el nombre del fabricante en letras de plata, y la parte que queda no tendrá más que una pulgada y media de longitud. Busque ese lápiz, señor Soames, y tendrá a su hombre. Como pista adicional, le diré que posee una navaja grande y muy poco afilada. El señor Soames quedó algo abrumado por esta avalancha de información. -Todo lo demás lo entiendo -dijo-, pero, la verdad, ese detalle de la longitud... Holmes esgrimió una pequeña viruta con las letras NN y un espacio en blanco detrás. -¿Lo ve? -No, me temo que ni aun así... -Watson, he sido siempre injusto con usted. Hay otros iguales. ¿Qué podrían significar estas NN? Están al final de una palabra. Como todo el mundo sabe, Johann Faber es el fabricante de lápices más conocido. ¿No resulta evidente que lo que queda del lápiz es sólo lo que viene detrás de « Johann»? -inclinó la mesita de lado para que le diera la luz eléctrica y continuó-: Confiaba en que hubiera utilizado un papel lo bastante fino como para que quedara alguna marca en esta superficie pulida. Pero no, no veo nada. No creo que saquemos nada más de aquí. Veamos ahora la mesa del centro. Supongo que este pegote es la masilla negra que usted mencionó. De forma más o menos piramidal y ahuecada, por lo que veo. Como bien dijo usted, parece haber granitos de serrín incrustados. Vaya, vaya, esto es muy interesante. Y el corte..., un buen tajo, sí señor. Empieza con un fino rasguño y acaba en un auténtico desgarrón. Señor Soames, estoy en deuda con usted por haber dirigido mi atención hacia este caso. ¿Adónde da esa puerta? -A mi alcoba -¿Ha entrado usted ahí después del suceso? -No, fui directamente a buscarle a usted. -Me gustaría echar un vistazo. ¡Qué bonita habitación al estilo antiguo! ¿Le importaría aguardar un momento mientras examino el suelo? No, no veo nada. ¿Qué es esa cortina? Ah, cuelga usted su ropa detrás. Si alguien se viera obligado a esconderse en esta habitación, tendría que hacerlo aquí, porque la cama es demasiado baja y el armario tiene muy poco fondo. Supongo que no habrá nadie aquí... Cuando Holmes descorrió la cortina pude advertir, por una cierta rigidez y actitud de alerta en su postura, que estaba en guardia contra cualquier emergencia. Pero lo cierto es que detrás de la cortina no se ocultaban más que tres o cuatro trajes, colgados de una hilera de perchas. Holmes se dio la vuelta _v, de pronto, se agachó hacia el suelo. -¡Caramba! ¿Qué es esto? Se trataba de una pequeña pirámide, hecha con una especie de masilla negra, exactamente igual a la que había sobre la mesa del despacho. Holmes la sostuvo en la palma de la mano y la acercó a la luz eléctrica. -Parece que su visitante ha dejado rastros en su alcoba, y no sólo en su cuarto de estar, señor Soames. -¿Qué podía buscar aquí? -Creo que está muy claro. Usted regresó por un camino inesperado y él no se percató de su llegada hasta que usted estaba va en la misma puerta. ¿Qué podía hacer? Recogió todo lo que pudiera delatarle y corrió a esconderse en el dormitorio. -¡Cielo santo, señor Holmes! No me diga que todo el tiempo que estuve aquí hablando con Bannister tuvimos atrapado a ese individuo, sin nosotros saberlo. -Así lo veo yo. -Tiene que existir otra alternativa, señor Holmes. No sé si se ha fijado usted en la ventana de mi alcoba. -Con celosía, junquillos de plomo, tres paneles separados, uno de ellos con bisagras para abrirlo y lo bastante grande para que pase un hombre. -Exacto. Y da a un rincón del patio, de manera que queda casi invisible. El tipo pudo haber entrado por aquí, dejó ese rastro al cruzar el dormitorio y después, al encontrar la puerta abierta, escapó por ella. -Seamos prácticos -dijo-. Me pareció entender que hay tres estudiantes que utilizan esta escalera y pasan habitualmente por delante de su puerta. -En efecto. -¿Y lo tres se presentan a este examen? -Sí. -¿Tiene usted razones para sospechar de alguno de ellos más que de los otros? Soames vaciló. -Se trata de una pregunta muy delicada. No me gusta difundir sospechas cuando no existen pruebas. -Oigamos las sospechas. Ya buscaré yo las pruebas. -En tal caso, le explicaré en pocas palabras |