RELATOS DE POE

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LA CITA

 
 
 
                                                                                                     LA CITA

EDGAR ALLAN POE

VENECIA

¡Espérame allá! Yo iré a encontrarte en el profundo valle.

(HENRY KING,

obispo de Chichester, Funerales

en la muerte de su esposa)

¡Hombre misterioso, de aciago destino! ¡Exaltado por la brillantez de tu

imaginación, ardido en las llamas de tu juventud! ¡Otra vez, en mi fantasía, vuelvo a

contemplarte! De nuevo se alza ante mí tu figura... ¡No, no como eres ahora, en el frío

valle, en la sombra! , sino como debiste de ser, derrochando una vida de magnífica

meditación en aquella ciudad de confusas visiones, tu Venecia, Elíseo del mar, amada

de las estrellas, cuyos amplios balcones de los palacios de Palladio contemplan con

profundo y amargo conocimiento los secretos de su, silentes aguas. ¡Sí, lo repito: como

debiste de ser' Sin duda hay otros mundos fuera de éste, otros pensamientos que los de

la multitud, otras especulaciones que las del sofista. ¿Quién, entonces, podría poner en

tela de juicio tu conducta? ¿Quién te reprocharía tus horas visionarias, o denunciaría tu

modo de vivir como un despilfarro, cuando no era más que la sobreabundancia de tus

inagotables energías?

Fue en Venecia, bajo la arcada cubierta que llaman el Ponte di Sospiri, donde

encontré por tercera o cuarta vez a la persona de quien hablo. Las circunstancias de

aquel encuentro acuden confusamente a mi recuerdo. Y, sin embargo, veo... ¡ah, cómo

olvidar! ... la profunda medianoche, el Puente de los Suspiros, la belleza femenina y el

genio del romance que erraba por el angosto canal.

Venecia estaba extrañamente oscura. E1 gran reloj de la Piazza había dado la

quinta hora de la noche italiana. La plaza del Campanile se mostraba silenciosa y vacía,

mientras las luces del viejo Palacio Ducal extinguíanse una tras otra. Volvía a casa

desde la Piazzetta, siguiendo el Gran Canal. Cuando mi góndola llegó ante la boca del

canal de San Marcos, oí desde sus profundidades una voz de mujer, que exhalaba en la

noche un alarido prolongado, histérico y terrible. Me incorporé sobresaltado, mientras

el gondolero dejaba resbalar su único remo y lo perdía en la profunda oscuridad, sin

que le fuera posible recobrarlo. Quedamos así a merced de la corriente, que en ese

punto se mueve desde el canal mayor hacia el pequeño. Semejantes a un pesado cóndor

de negras alas nos deslizábamos blandamente en dirección al Puente de los Suspiros,

cuando mil antorchas, llameando desde las ventanas y las escalinatas del Palacio Ducal,

convirtieron instantáneamente aquella profunda oscuridad en un lívido día

preternatural.

Escapando de los brazos de su madre, un niño acababa de caer desde una de las

ventanas superiores del elevado edificio a las profundas y oscuras aguas del canal, que

se habían cerrado silenciosas sobre su víctima. Aunque mi góndola era la única a la

vista, muchos arriesgados nadadores habíanse precipitado ya a la corriente y buscaban

vanamente en su superficie el tesoro que, ¡ay! , sólo habría de encontrarse en el abismo.

En las grandes losas de mármol negro que daban entrada al palacio, apenas a unos

pocos peldaños sobre el agua, veíase una figura que nadie ha podido olvidar jamás

después de contemplarla. Era la marquesa Afrodita, la adoración de toda Venecia, la

más alegre y hermosa de las mujeres -allí donde todas eran bellas -, la joven esposa del

viejo e intrigante Mentoni y madre del hermoso niño, su primer y único vástago que,

sumido en las profundidades del agua lóbrega, estaría recordando amargamente las

dulces caricias de su madre y agotando su débil vida en los esfuerzos por llamarla.

La marquesa permanecía sola. Sus diminutos y plateados pies desnudos

resplandecían en el negro espejo de mármol que pisaba. Su cabello, que conservaba a

medias el peinado del baile, rodeaba entre una lluvia de diamantes su clásica cabeza,

llena de bucles parecidos al jacinto joven. Una túnica alba como la nieve y semejante a

la gasa parecía ser 'la única protección de sus delicadas formas; pero el aire estival de

aquella medianoche era caliente, denso, estático, y aquella imagen estatuaria tampoco

hacía el menor movimiento que alterara los pliegues de 1.a vestidura como .de vapor

que la envolvía, tal como el pesado mármol envuelve la imagen de Niobe. Y, sin

embargo, ¡cosa extraña! , sus grandes y brillantes ojos no miraban hacia abajo; en

dirección a la tumba donde su mejor esperanza había sido sepultada, sino que aparecían

como clavados en una dirección por completo diferente. La prisión de la antigua

República es, según creo, el edificio más majestuoso de Venecia; pero, ¿cómo podía

aquella dama contemplarlo tan fijamente, mientras allí abajo se estaba ahogando su

único hijo? Un negro, lúgubre nicho hallábase situado exactamente frente a la ventana

del aposento de la marquesa. ¿Qué podía haber, pues, en sus sombras, en su

arquitectura, en sus solemnes cornisas cubiertas de hiedra, que la dama no hubiera

contemplado mil veces antes? ¡Oh, desatino! ¿Quién no recuerda que, en momentos

como ése, la mirada, semejante a un espejo trizado, multiplica las imágenes de su

desolación y ve en innumerables lugares lejanos la pena más cercana?

Varios escalones más arriba que la marquesa y dentro del arco de la compuerta

se veía a Mentoni, todavía con su traje de fiesta, semejante a un sátiro. Ocupábase por

momentos de rasguear las cuerdas de una guitarra y parecía

ennuyé en extremo,

mientras, de cuando en cuando, daba instrucciones para el salvamento de su hijo.

Estupefacto y despavorido, no había podido moverme de la posición en que me

colocara al escuchar el grito; seguía de pie v debí de presentar a ojos del agitado grupo

una apariencia ominosa y espectral, mientras pasaba, pálido v rígido, en aquella

fúnebre góndola.

Todos los esfuerzos parecían vanos. Los más decididos en la búsqueda

empezaban a cansarse y se entregaban a una profunda tristeza. Poca esperanza quedaba

ya de salvar al niño (¡y cuánto más desesperada estaría la madre! ). Pero entonces,

desde el interior de aquel oscuro nicho que he mencionado como parte integrante de la

prisión de la antigua República -y que quedaba frente a las ventanas de la marquesa -,

una silueta embozada avanzó hasta las luces y, luego de hacer una pausa al borde del

abismo líquido, zambullóse de cabeza en el canal. Un minuto después, al emerger

llevando en sus brazos al niño que aún respiraba y alzarse en los peldaños de mármol

del lado de la marquesa, la empapada capa se soltó de sus hombros y, cayendo a sus

pies, mostró a los estupefactos espectadores la graciosa figura de un hombre joven,

cuyo nombre resonaba entonces en toda Europa.

Ni una palabra pronunció el salvador. Pero la marquesa... ¡Ah, ya iba a recibir a

su hijo! ¡Ya iba a estrechar en sus brazos el pequeño cuerpo y reanimarlo con sus

caricias! Mas, ¡ay! , los brazos de otro lo alzaban, los brazos de otro se lo llevaban, lo

introducían en el palacio. ¿Y la marquesa?... Sus labios, sus hermosos labios

temblaban; las lágrimas se arracimaban en sus ojos, esos ojos que, como el acanto de

Plinio, eran «suaves y casi líquidos». Sí, las lágrimas se agolpaban en sus ojos, y de

pronto todo el cuerpo de aquella mujer se estremeció con un temblor que le venía del

alma... ¡Y la estatua recobró vida! Vi súbitamente cómo la palidez marmórea de sus

facciones, el alentar de su seno y la pureza de sus blancos pies se anegaban en una

incontenible marea carmesí. Y un leve temblor agitó su delicado cuerpo, como la brisa

gentil de Nápoles agita los plateados lirios en el campo.

¿Por qué se sonrojaba la dama? No hay respuesta a tal pregunta. Verdad es que,

al abandonar, con el apresuramiento y el terror de un corazón materno la intimidad de

su

boudoir, la marquesa había olvidado aprisionar sus menudos pies en chinelas y

cubrir sus hombros venecianos con el manto' que les correspondía... Qué otra razón

podía tener para sonrojarse así? ¿Y la mirada de esos ojos que imploraban

desesperadamente? ¿Y el tumulto del agitado seno? ¿Y la convulsiva presión de aquella

mano temblorosa que, en momentos en que Mentoni retornaba al palacio, se posó

accidentalmente sobre la mano del desconocido? ¿Y qué razón podía haber para

aquellas palabras en voz baja, en voz tan extrañamente baja, aquellas palabras sin

sentido que la dama murmuró presurosamente en el instante de despedirlo?

-Has vencido -dijo, a menos que el murmullo del agua me engañara -. Has

vencido... Una hora después de la salida del sol... ¡Así sea!

El tumulto se había apaciguado, murieron las luces en el interior del palacio y el

desconocido, a quien yo, sin embargo, había reconocido, permanecía solo en la

escalinata. Estremecióse con inconcebible agitación y sus ojos miraron en todas

direcciones buscando una góndola. No podía menos de ofrecerle la mía, y la aceptó.

Luego de obtener un remo en una compuerta, continuamos juntos hasta su residencia,

mientras mi huésped recobraba rápidamente el dominio de sí mismo y se refería a

nuestra superficial relación en términos de gran cordialidad.

Frente a ciertos temas, me gusta ser minucioso. La persona del desconocido

-permitidme llamarlo así, ya que lo era todavía para el mundo entero -, la persona del

desconocido constituye uno de esos temas. Su estatura era algo inferior a la mediana,

aunque en momentos de intensa pasión su cuerpo

crecía como para desmentir esa

afirmación. La liviana y esbelta simetría de su figura antes anunciaba la vivaz actividad

demostrada en el Puente de los Suspiros, que la hercúlea fuerza que, en ocasiones de

mayor peligro, había desplegado sin aparente esfuerzo. Su boca y mentón eran los de

una deidad; los ojos, singulares, ardientes, enormes, líquidos, de una tonalidad

fluctuando entre el puro castaño y el más intenso y brillante azabache; una profusión de

cabello negro y rizado, bajo el cual se destacaba una frente de no común anchura, que

por momentos resplandecía como marfil iluminado; tales eran sus rasgos, tan

clásicamente regulares que jamás he visto otros semejantes, salvo, quizá, en las

imágenes del emperador Cómodo. Y, sin embargo, su rostro era de esos que todo

hombre ha visto en algún momento de su vida, pero que no ha vuelto a encontrar nunca

más. No tenía nada peculiar, ninguna expresión predominante que fijar en la memoria;

un rostro visto e instantáneamente olvidado, pero olvidado con un vago y continuo

deseo de recordarlo otra vez. Y no porque el espíritu de cada rápida pasión no dejara de

imprimir su propia y clara imagen en el espejo de aquel rostro; pero el espejo, al igual

que todos los espejos, perdía todo vestigio de la pasión apenas desaparecía.

A1 despedirnos la noche de aquella aventura me pidió, de una manera que me

pareció urgente, que no dejara de visitarlo muy temprano por la mañana. Poco después

de la salida del sol llegué a su Palazzo, uno de aquellos enormes edificios de sombría y

fantástica pompa que se alzan sobre las aguas del Gran Canal, en la vecindad del

Rialto. Fui conducido por una ancha escalinata de mosaico hasta un aposento cuyo

incomparable esplendor irrumpía por las puertas abiertas, con lujo tal que me cegó y

me confundió.

No ignoraba que mi conocido era rico. Los rumores circulantes se referían a sus

bienes en términos que yo me había atrevido a calificar de ridículas exageraciones.

Pero, cuando miré en torno, no pude creer que la riqueza de un europeo hubiese sido

capaz de proporcionar la principesca magnificencia que ardía y brillaba en todas partes.

Aunque, como ya he dicho, ya había salido el sol, el aposento seguía

profusamente iluminado. Juzgué por esta circunstancia, así como por la expresión de

fatiga del rostro de mi amigo, que no se había acostado en toda la noche.

Tanto la arquitectura como la ornamentación de la cámara tenían por finalidad

evidente -la de deslumbrar y confundir. Poca atención se había prestado a lo que

técnicamente se denomina

armonía, o a las características nacionales. La mirada

erraba de objeto en objeto, sin detenerse en ninguno, fueran los

grotesques de los

pintores griegos, las esculturas de las mejores épocas italianas, o las pesadas tallas del

rústico Egipto. Ricas colgaduras, en todos los ángulos del aposento, vibraban bajo los

acentos de una suave y melancólica música cuyo origen era imposible adivinar. Los

sentidos quedaban oprimidos por la mezcla de diversos perfumes que brotaban de

extraños incensarios convolutos, junto con múltiples lenguas oscilantes y

resplandecientes de fuegos violeta y esmeralda. Los rayos del sol que apenas

asomaban caían sobre aquel conjunto a través de ventanas formadas por un solo cristal

carmesí. Saltando de un lado a otro, en mil refracciones, desde las cortinas que bajaban

de sus cornisas como cataratas de plata fundida, los rayos del astro rey se mezclaban

por fin con la luz artificial y caían en masas vencidas y temblorosas sobre una

alfombra tejida con riquísimo oro de Chile, que daba la impresión de líquido.

- i Ja, ja, ja! -rió el señor de aquel palacio, ofreciéndome asiento y tendiéndose

en una otomana -. Bien veo -agregó al advertir que no alcanzaba a adaptarme

inmediatamente a la

bienséance de un recibimiento tan singular -, bien veo que está

usted asombrado de mi cámara, mis estatuas, mis pinturas, la originalidad de mi

concepción en materia de arquitectura y tapicería... ¿Verdad que se siente como

embriagado frente a mi magnificencia? Pero, perdóneme usted, querido señor -y aquí el

tono de su voz descendió hasta tocar el espíritu mismo de la cordialidad -, perdóneme

mi poco caritativa risa. ¡Parecía usted tan

completamente asombrado! Por lo demás,

ciertas cosas son a tal punto cómicas, que uno tiene que reír o morirse. ¡Morirse de risa

debe ser el más glorioso de todos los fines! Sir Thomas More..., ¡y qué hombre era sir

Thomas More! ..., murió riéndose, como usted sabe. En los

Absurdos de Ravisius

Textor hay una larga lista de personajes que terminaron de la misma magnífica manera.

Y ha de saber usted -continuó, pensativo - que en Esparta (que se llama ahora

Palaochori), hacia el oeste de la ciudadela, entre un caos de ruinas apenas visibles,

existe una especie de

socle, en el cual todavía son legibles las letras AAEM.

Indudablemente, forman parte de lEAAEMA. Ahora bien, en Esparta se alzaban mil

templos y altares dedicados a mil divinidades distintas. ¡Qué extraordinariamente raro

que el altar de la Risa sea el único que ha sobrevivido a los demás! Pero en este

momento -agregó, mientras su voz y su actitud variaban extrañamente - no tengo

derecho de estar alegre a expensas de usted. Y no me extraña que se haya quedado

estupefacto al entrar. Europa no es capaz de producir nada tan hermoso como mi

pequeño gabinete real. El resto de las habitaciones no se le parecen para nada; son

simples

ultras de insipidez a la moda. Pero esto es mejor que la moda, ¿no le parece?

Y, sin embargo, bastaría que vieran este aposento para que se iniciara la moda más

furiosa... entre aquellos, claro está, que pudieran pagarla al precio de su entero

patrimonio. Pero me he cuidado de semejante profanación. Salvo una persona,' es usted

el único ser humano, fuera de mí y de mi

valet, que ha sido admitido en los misterios de

estos aposentos reales desde el día en que fueron adornados como puede verlo...

Me incliné en señal de agradecimiento, ya que aquel lujo sobrecogedor, los

perfumes, la música y la inesperada excentricidad del tono y la actitud de mi huésped

me impedían expresar con palabras lo que de otra manera hubieran constituido un

elogio.

-Aquí -dijo él, levantándose y apoyándose en mi brazo, mientras íbamos de un

lado a otro de la estancia -, aquí hay pinturas desde los griegos hasta Cimabue, y de

Cimabue hasta la hora actual. Muchas han sido escogidas, como puede usted ver, con

muy poco respeto por las opiniones de los entendidos. Y, sin embargo, constituyen. una

decoración adecuada para un aposento como éste. Hay asimismo algunos

chefs

d'oeuvre

de grandes desconocidos... y aquí figuran dibujos inconclusos de hombres que

fueron celebrados en su día y cuyos nombres han quedado reservados al silencio y a mí,

gracias a la perspicacia de las academias. ¿Qué piensa usted -dijo, volviéndose

bruscamente mientras hablaba - de esta

Madonna della Pietá?

-¡Es la obra de Guido! --exclamé con todo el entusiasmo de mi espíritu, pues

había estado contemplando intensamente su incomparable hermosura -. ¡Es la obra de

Guido! ¿Cómo pudo usted obtenerla? ¡No cabe duda de que es en pintura lo que la

Venus en escultura... !

-¡Ah! -dijo pensativamente -. Venus... la hermosa Venus... ¿La Venus de

Médicis? ¿La de la pequeña cabeza y el resplandeciente cabello? Parte del brazo

izquierdo -aquí su voz se tornó tan baja que me costó oírla - y todo el derecho han sido

restaurados; pienso que en la coquetería de ese brazo derecho reside la quintaesencia de

la afectación. ¡Para mí, la Venus de Canova! El mismo Apolo es una copia... no cabe la

menor duda... ¡Oh, estúpido y ciego que soy, incapaz dé alcanzar la tan mentada

inspiración del Apolo! Perdóneme usted, pero no puedo evitar..., ¡téngame lástima!

...,una preferencia por el Antinoo. ¿No fue Sócrates quien afirmó que el escultor

encuentra su estatua en el bloque de mármol? En ese caso, Miguel Angel no se mostró

nada original en sus versos:

Non ha l’ottimo artista alcun concetto

Che un marmo solo in se non circonscriva.

Se ha afirmado -o debería afirmarse - que en la actitud del verdadero

gentleman

cabe advertir siempre una diferencia con el comportamiento del hombre vulgar, sin que

en el instante pueda prensarse en qué consiste. Suponiendo que dicha observación se

aplicara con toda su fuerza ala conducta exterior de mi amigo, aquella memorable

mañana sentí que correspondía referirla aún más a su temperamento moral y a su

carácter. Para definir esa peculiaridad de espíritu que parecía apartarlo esencialmente

del resto de los seres humanos, la llamaré un

hábito de intenso y continuo pensamiento,

que invadía incluso sus acciones más triviales, penetraba en sus momentos de gozo y se

entrelazaba con sus estallidos de alegría, como los áspides que surgen de los ojos de las

máscaras sonrientes en las cornisas de los templos de Persépolis.

No pude menos de observar, sin embargo, que, a pesar del tono alternado de

liviandad y solemnidad que mi huésped adoptaba para referirse a cuestiones de menuda

importancia, había en él una cierta vacilación, algo como un

fervor nervioso en la

acción y la palabra, una inquieta excitabilidad de conducta que en todo momento me

pareció inexplicable y que a ratos llegó a alarmarme. Con frecuencia, deteniéndose a

mitad de una frase cuyo comienzo había aparentemente olvidado, quedábase

escuchando con la más profunda atención, tal como si esperara la llegada de un

visitante u oyera sonidos que sólo existían en su imaginación.

Ocurrió que, durante una de esas ensoñaciones o pausas de aparente abstracción,

me puse a hojear la hermosa tragedia del poeta y humanista Poliziano,

Orfeo -la

primera tragedia italiana -, que había encontrado a mi alcance sobre una otomana. Al

hacerlo, descubrí un pasaje subrayado con lápiz. Correspondía al final del tercer acto, y

era un fragmento apasionadamente emocionante, un pasaje que, aunque manchado de

impurezas, no podría ser leído por hombre alguno sin despertar en él nuevos

estremecimientos y hacer suspirar a las mujeres. Aquella página estaba borrosa de

lágrimas recién vertidas y, en la parte en blanco del folio opuesto, leí los siguientes

versos en inglés, escritos con una letra tan diferente de la muy singular de mi amigo,

que al principio me costó darme cuenta de que era la misma:

Tú fuiste para mí, oh amor,

todo lo que mi espíritu anhelaba,

isla verde en el mar, fuente y santuario,

con guirnaldas de frutas y de flores,

oh amor, que fueron mías.

¡Ah hermoso sueño, por hermoso efímero!

¡Ab estrellada Esperanza que surgiste

para pronto morir! Una voz del futuro me reclama:

-¡Adelante! ¡Adelante!-. Mas se cierne

sobre el pasado (¡negro abismo!) mi alma

medrosa, inmóvil, muda.

¡Ay, ya no está conmigo

la luz de mi existencia!

«Ya nunca... nunca... nunca»

(así murmura el mar solemne

a las arenas de la playa),

ya nunca el árbol roto dará flores

ni el águila muriente alzará su vuelo.

Hoy mis días son vanos

y mis nocturnos sueños

andan allá donde tus ojos grises

miran, donde pisan tus plantas,

¡oh, en qué danzas etéreas, a la orilla

de itálicos arroyos!

¡Ay, en qué aciago día

por el mar te llevaron

robándote al amor, para entregarte

a caducos blasones mancillados!

¡Robándote a mi amor, a nuestra tierra

donde lloran los sauces en la niebla!

Que aquellos versos hubieran sido escritos en inglés -idioma con el cual no creía

familiarizado a mi huésped - me sorprendió poco. Demasiado sabía la extensión de sus

conocimientos y el singular placer que experimentaba en ocultarlos a los demás. Pero el

lugar donde estaba fechado el poema me causó, debo admitirlo, no poca confusión. La

palabra original era

Londres, y, aunque aparecía cuidadosamente tachada, podía, sin

embargo, ser descifrada por un ojo escrutador. He dicho que me causó no poca

confusión, pues bien recordaba una conversación anterior con mí amigo durante la cual

le preguntara si alguna vez había conocido en Londres a la marquesa de Mentoni (la

cual residía en aquella capital antes de su matrimonio); si no me equivoco, su respuesta

me dio a entender que jamás había pisado la metrópoli inglesa. Bien puedo mencionar

de paso que muchas veces había oído decir (sin dar crédito a un rumor, al parecer, tan

improbable) que el hombre de quien hablo era no sólo por su nacimiento, sino por su

educación, inglés.

-Hay una pintura -dijo él, sin advertir que yo había estado leyendo la tragedia -

que todavía no ha visto usted.

Y, apartando una colgadura, descubrió un retrato de tamaño natural de la

marquesa Afrodita.

El arte humano no podía haber hecho más en el trazado de su belleza

sobrehumana. La misma etérea figura que se alzaba ante mí la noche anterior en la

escalinata del Palacio Ducal volvía a ofrecerse a mis ojos. Pero en la expresión de su

rostro, que resplandecía sonriente, se insinuaba - ¡incomprensible anomalía!- esa

incierta mácula de melancolía, que siempre será inseparable de la perfección de la

hermosura.

El brazo derecho de la marquesa aparecía doblado sobre el seno. Con el

izquierdo mostraba, en la parte inferior del cuadro, un vaso de extraña factura. Un

diminuto pie como de hada, apenas visible, parecía rozar la tierra; y, apenas discernible

en la brillante atmósfera que parecía circundar y envolver su belleza, flotaba un par de

alas de la más delicada concepción.

Mis ojos pasaron de la pintura a la figura de mi amigo, y las vigorosas

palabras del

Bussy d'Ambois de Chapman subieron instintivamente a mis labios:

Está erguido

Como una estatua romana. ¡Y así permanecerá

Hasta que la muerte lo haya vuelto mármol!

-¡Vamos! -exclamó por fin, volviéndose hacia una mesa de plata maciza,

ricamente esmaltada, sobre la cual aparecían algunas copas fantásticamente

coloreadas, juntamente con dos grandes vasos etruscos, semejantes en su factura al

extraordinario modelo que aparecía en la parte inferior del retrato, y llenos de lo que

me pareció ser Johannisberger.

-¡Vamos! -repitió bruscamente -. Es muy temprano, pero lo mismo beberemos.

Sí, ciertamente

es temprano --continuó pensativo, en momentos en que un querubín

descargaba su pesado martillo de oro, haciendo resonar la estancia con la primera hora

posterior a la salida del sol -. ¡Oh, sí es temprano! Pero, ¿qué importa? ¡Bebamos!

¡Brindemos como ofrenda a ese solemne sol que nuestras brillantes lámparas e

incensarios se obstinan en someter!

Y, después de brindar conmigo, bebió sucesivamente varias copas de vino.

-Soñar -continuó, recobrando el tono de su inconexa conversación -, soñar ha

constituido el fin de mi vida. Por eso he construido, corno ve usted, este lugar para los

sueños. ¿Podría haber creado uno mejor en pleno corazón de Venecia? Cierto que lo

que se percibe es una mezcla de ornamentaciones arquitectónicas. La castidad jónica se

ve ofendida por las formas antediluvianas, y las esfinges egipcias se tienden sobre

alfombras de oro. Sin embargo, el efecto sólo resulta incongruente para un espíritu

tímido. Las unidades, las convenciones de lugar y, sobre todo, de tiempo, son los

espantajos que aterran a la humanidad y la apartan de la contemplación de las

magnificencias. Yo mismo profesé en un tiempo ese rigor, pero semejante sublimación

de la locura acabó por estragar mi alma. Lo que ahora me rodea es lo más adecuado a

mi propósito. Como esos incensarios de arabescos, mi espíritu se retuerce en el fuego, y

el delirio de esta escena me prepara a las visiones más exaltadas de esa tierra de sueños

reales hacia donde voy a partir en seguida.

Detúvose bruscamente, dejó caer la cabeza sobre el pecho y pareció escuchar un

sonido - que mis oídos no percibían. Por fin, enderezándose, miró hacia arriba y

prorrumpió en los versos del obispo de Chichester:

Espérame allá! Yo iré a encontrarte

En el profundo valle.

Un instante después, cediendo a la fuerza del vino, se dejó caer cuan largo era

sobre una otomana.

Oyéronse pasos presurosos en la escalera y resonaron pesados golpes en la

puerta. Me disponía a impedir que volvieran a molestarnos cuando un paje de la casa de

Mentoni irrumpió en el aposento y gritó, con palabras que la emoción ahogaba y volvía

incoherentes:

¡Mi señora... mi señora... envenenada... envenenada... ! ¡Oh la hermosa... la

hermosa Afrodita!

Estupefacto, me precipité a la otomana y traté de que el durmiente recobrara el

uso de los sentidos. Pero sus miembros estaban rígidos, lívidos los labios, y aquellos

ojos brillantes aparecían ahora fijos para siempre por

la muerte. Retrocedí

tambaleándome hasta la mesa y mi mano cayó sobre una copa rota y ennegrecida. Y la

conciencia de la entera, de la terrible verdad, se abrió paso como un rayo en mi alma.