RELATOS DE POE

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LAS DOS TORRES llª

 
 

 


1

 

SMEAGOL DOMADO

 

                -Y bien, mi amo, no hay duda de que estamos metidos en un brete -dijo Sam Gamyi.  De pie junto a Frodo, desanimado, la cabeza hundida entre los hombros, Sam entornaba los ojos escudriñando la oscuridad.

      Hacía tres noches que se habían separado de la Compañía, o por lo menos eso creían ellos: casi habían perdido la cuenta de las horas mientras escalaban afanosamente las pendientes áridas y pedregosas de Emyn Muil, a menudo obligados a volver sobre sus pasos, pues no encontraban una salida, o descubriendo que habían estado dando vueltas en un círculo que los llevaba siempre a un mismo punto.  No obstante, a pesar de todas las idas y venidas, no habían dejado de avanzar hacia el este, procurando en lo posible no alejarse del borde exterior de aquel grupo de colinas, intrincado y extraño.  Pero siempre tropezaban con los flancos de las montañas, altas e infranqueables, que miraban ceñudamente a la llanura; y más allá de las faldas pedregosas se extendían unas ciénagas lívidas y putrefactas, donde nada se movía y ni siquiera se veía un pájaro.

 

 

            Los hobbits se encontraban ahora en la orilla de un alto acantilado, desolado y desnudo, envuelto a los pies en una espesa niebla; a espaldas de ellos se erguían las cadenas de montañas coronadas de nubes fugitivas.  Un viento glacial soplaba desde el este.  Ante ellos la noche se cerraba sobre un paisaje informe; el verde malsano se transformaba en un pardo sombrío.  Lejos, a la derecha, el Anduin, que durante el día había centelleado de tanto en tanto, cada vez que el sol aparecía entre las nubes, estaba ahora oculto en las sombras.  Pero los ojos de los hobbits no miraban más allá del río, no se volvían hacia Gondor, hacia sus amigos, hacia la tierra de los hombres.  Escudriñaban la orilla de sombras del sur y el este por donde la noche avanzaba, allí donde se insinuaba una línea oscura, como montañas distantes de humo inmóvil.  De vez en cuando un diminuto resplandor rojo titilaba allá lejos en los confines del cielo y la tierra.

      ¡Qué brete! -dijo Sam-.  Entre todos los lugares de que nos han hablado, aquel es el único que no desearíamos ver de cerca; ¡y justamente a él estamos tratando de llegar!  Y por lo que veo, no hay modo de llegar.  Tengo la impresión de que hemos errado el camino de medio a medio.  Posibilidad de bajar, no tenemos ninguna; y si la tuviésemos descubriríamos, se lo aseguro, que toda esa tierra verde no es otra cosa que un pantano inmundo. ¡Puaj! ¿Huele usted? -Husmeó el viento.

      -Sí, huelo -dijo Frodo, pero no se movió, ni apartó los ojos de la línea oscura y de la llama trémula-. ¡Mordor! -murmuró-. ¡Si he de ir allí, quisiera llegar cuanto antes y terminar de una vez! -Se estremeció.  Soplaba un viento helado, cargado a la vez de un frío olor a podredumbre.- Bueno -dijo al fin, desviando la mirada-.  No podemos quedarnos aquí la noche entera, brete o no brete.  Necesitamos encontrar un sitio más reparado y volver a acampar; y tal vez la luz del nuevo día nos muestre algún sendero.

      -O la del siguiente, o la del otro o la del tercero -murmuró Sam-. 0 la de ninguno.  Por aquí no llegaremos a ninguna parte.

      -Quién sabe -dijo Frodo-.  Si es mi destino, como creo, ir allá, al lejano País de las Sombras, tarde o temprano algún sendero tendrá que aparecer. ¿Pero quién me lo mostrará, el bien o el mal?  Todas nuestras esperanzas se cifraban en la rapidez.  Esta demora favorece al enemigo... y heme aquí: demorado. ¿Es la voluntad de la Torre Oscura la que nos dirige?  Todas mis elecciones resultaron equivocadas.  Debí separarme de la Compañía mucho antes, y bajar desde el norte, por el camino que corre al este del río y los Emyn Muil, y cruzar por tierra firme el Llano de la Batalla hasta los Pasos de Mordor.  Pero ahora no será posible que tú y yo solos encontremos un camino, y en la orilla oriental merodean los orcos.  Cada día que pasa es un tiempo precioso que perdemos.  Estoy cansado, Sam.  No sé qué hacer. ¿Qué comida nos queda?

      -Sólo esas... ¿cómo se llaman...? esas lembas, señor Frodo.  Una buena cantidad.  Son mejor que nada, en todo caso.  Sin embargo, nunca me imaginé, la primera vez que les hinqué el diente, que llegarían a cansarme.  Pero eso es lo que me pasa ahora: un mendrugo de pan común y un jarro de cerveza... ay, siquiera medio jarro... me caerían de perlas.  Desde la última vez que acampamos traigo a cuestas mis enseres de cocina, ¿y de qué me han servido?  Nada con que encender un fuego, para empezar; y nada que cocinar; ¡ni una mísera hierba!

      Dieron media vuelta y descendieron a una hondonada pedregosa.  El sol ya en el ocaso desapareció entre unas nubes y la noche cayó rápidamente.  A pesar del frío consiguieron dormir por turno en un recoveco entre unos pináculos altos y mellados de roca carcomida por el tiempo; por lo menos estaban al reparo del viento del este.

      -¿Los ha vuelto a ver, señor Frodo? -preguntó Sam, cuando estuvieron sentados, ateridos de frío, mascando lembas a la luz yerta y gris del amanecer.

      -No -dijo Frodo-, no he oído ni visto nada desde hace dos noches.

      -Yo tampoco -dijo Sam-. ¡Grrr!  Esos ojos me helaron la sangre.  Tal vez hayamos conseguido despistarlo, a ese miserable fisgón. ¡Gollum!  Gollum le voy a dar yo en el gaznate si algún día le pongo las manos encima.

      -Espero que ya no sea necesario -dijo Frodo-.  No sé cómo habrá hecho para seguirnos; pero es posible que haya vuelto a perder el rastro, como tú dices.  En esta región seca y desierta no podemos dejar muchas huellas, ni olores, ni aún para esa nariz husmeadora.

      -Ojalá sea como usted dice -dijo Sam-. ¡Ojalá nos libráramos de él para siempre!

      -Sí -dijo Frodo-; pero no es él mi mayor preocupación. ¡Quisiera poder salir de estas colinas!  Les tengo horror.  Me siento desamparado aquí en el este, sin nada que me separe de la Sombra sino esas tierras muertas y desnudas.  Hay un Ojo en la oscuridad. ¡Coraje! ¡De una u otra manera, hoy tenemos que bajar!

 

 

   Pero transcurrió la mañana y cuando la tarde dio paso al anochecer, Frodo y Sam continuaban arrastrándose fatigosamente a lo largo de la cresta sin haber encontrado una salida.

      A veces, en el silencio de aquel paisaje desolado, creían oír detrás unos sonidos confusos, el rumor de una piedra que caía, pisadas furtivas sobre las rocas.  Pero si se detenían y escuchaban inmóviles, no oían nada, sólo los suspiros del viento en las aristas de las piedras... pero también esto sonaba a los oídos de los hobbits como una respiración sibilante entre dientes afilados.

      A lo largo de toda esa jornada la cresta exterior de Emyn Muil se fue replegando poco a poco hacia el norte.  El borde de esa cresta se extendía en un ancho altiplano de roca desgastada y pulida, en el que se abrían, de tanto en tanto, pequeñas gargantas que bajaban abruptamente hasta las grietas del acantilado.  Buscando algún sendero, un camino entre esas gargantas que eran cada vez más profundas y frecuentes, Frodo y Sam no cayeron en la cuenta de que se desviaban a la izquierda, alejándose del borde, y que por espacio de varias millas habían estado descendiendo en forma lenta pero constante hacia la llanura: la cresta llegaba casi al nivel de las tierras bajas.

      Por último se vieron obligados a detenerse.  La cresta describía una curva más pronunciada hacia el norte, que estaba cortada por una garganta más profunda que las anteriores.  Del otro lado volvía a trepar bruscamente, en varias decenas de brazas: un acantilado alto y gris se erguía amenazante ante ellos, y tan a pique que parecía cortado a cuchillo.  Seguir adelante era imposible y no les quedaba otro recurso que cambiar de rumbo, hacia el oeste o hacia el este.  Pero la marcha hacia el este sería lenta y trabajosa, y los llevaría de vuelta al corazón de las montarías; y por el este sólo podían llegar hasta el precipicio.

      -No hay otro remedio que intentar el descenso por esta garganta, Sam -dijo Frodo-.  Veamos a dónde nos conduce.

      -A una caída desastrosa, sin duda -dijo Sam.

      La garganta era más larga y profunda de lo que parecía.  Un poco más abajo encontraron unos árboles nudosos y raquíticos, la primera vegetación que veían desde hacía muchos días: abedules contrahechos casi todos y uno que otro pino.  Muchos estaban muertos y descarnados, mordidos hasta la médula por los vientos del este.  Parecía que alguna vez, en días más benévolos, había crecido una arboleda bastante espesa en aquella hondonada; ahora, unos cincuenta metros más allá, los árboles desaparecían, pero unos pocos tocones viejos y carcomidos llegaban hasta casi el borde mismo del acantilado.  El fondo de la garganta, que corría a lo largo de una falla de la roca, estaba cubierto de pedruscos y descendía en una larga pendiente escabrosa y torcida.  Cuando llegaron por fin al otro extremo, Frodo se detuvo y se asomó.

      -¡Mira! -dijo-. O hemos descendido mucho, o el acantilado ha perdido altura.  Ahora está mucho más abajo, y hasta parece fácil de escalar.

      Sam se arrodilló al lado de Frodo y asomó con desgana la cabeza.  Luego alzó los ojos y observó el acantilado que se levantaba a la izquierda cada vez más alto.

      -¡Más fácil! -gruñó-.  Bueno, quizás es más fácil bajar que subir. ¡Quien no sepa volar, que salte!

      -Sería un buen salto de todos modos –dijo Frodo-.  Alrededor de... un momento -se irguió midiendo la distancia con la vista- ...alrededor de unas dieciocho brazas, me parece.  No más.

      -¡Y ya es bastante! -dijo Sam-. ¡Brrr! ¡No me gusta nada mirar para abajo desde una altura!  Pero mirar es siempre mejor que bajar.

      -En todo caso -dijo Frodo- creo que por aquí podríamos descender; y tendremos que intentarlo.  Mira... la roca no es lisa como unas millas atrás.  Se ha deslizado y hay muchas grietas.

      En efecto, la cara externa no era vertical, sino ligeramente oblicua.  Parecía más bien un rompeolas, o un murallón que se había desplazado sobre sus cimientos, ahora retorcido y resquebrajado, con fisuras y largos rebordes sesgados que por momentos eran anchos como escalones.

      -Y si vamos a intentar el descenso, más vale que lo intentemos ahora mismo.  Está oscureciendo temprano.  Creo que se avecina una tormenta.

      En el oeste, los contornos ya borrosos de las montarías se diluían en una oscuridad más profunda que ya comenzaba a extender unos brazos largos hacia el oeste.  Sopló una brisa que trajo de lejos el murmullo del trueno.  Frodo husmeó el aire y observó el cielo con una expresión de incertidumbre.  Se ajustó la capa con el cinturón y se acomodó sobre el hombro el ligero equipaje; luego avanzó hacia el borde de la cresta.

      -Lo intentaré -dijo.

      -¡De acuerdo! - dijo Sam con aire sombrío -. Pero yo iré primero.

      -¿Tú? -exclamó Frodo-. ¿Cómo has cambiado de idea?

      -No he cambiado de idea.  Es simple sentido común; poner más abajo a quien es probable que resbale.  No quiero caerme encima de usted y derribarlo: no tiene sentido que mueran dos en una sola caída.

      Antes de que Frodo pudiese detenerlo, Sam se sentó, con las piernas colgando sobre el borde, y dio media vuelta, buscando a tientas con los dedos de los pies un apoyo en la roca.  Nunca había mostrado tanto coraje a sangre fría, ni tanta imprudencia.

      -¡No, no! ¡Sam, viejo asno! - dijo Frodo -. Te vas a matar bajando así sin mirar siquiera dónde pondrás el pie. ¡Vuelve! -Tomó a Sam por las axilas y lo alzó en vilo. -¡Ahora espera un momento y ten paciencia! -dijo.  Se echó al suelo y se asomó al precipicio; la luz desaparecía ya rápidamente, aunque el sol aún no se había ocultado-.  Creo que podremos hacerlo -dijo-.  Yo al menos; y también tú, si no pierdes la cabeza y me sigues con cautela.

      -No sé cómo puede estar tan seguro -dijo Sam-.  No se alcanza a ver el fondo con esta luz. ¿Y si cae en un lugar donde no haya nada en que apoyar los pies o las manos?

      -Volveré a subir, supongo -dijo Frodo.

      -Es fácil decirlo -objetó Sam-.  Mejor espere hasta mañana, cuando haya más luz.

      -¡No!  No si puedo evitarlo -dijo Frodo con una vehemencia repentina y extraña-.  Cada hora que pasa, cada minuto, me parece insoportable.  Lo intentaré ahora. ¡No me sigas hasta que vuelva o te llame!

Aferrándose con los dedos al borde del precipicio se dejó caer lentamente y cuando ya tenía los brazos estirados, los pies encontraron una cornisa.

      -¡Un primer paso! - dijo -. Y esta comisa se ensancha a la derecha.  Podría mantenerme en pie sin sujetarme con las manos.  Iré... -la frase fue bruscamente interrumpida.

 

 

   La oscuridad que avanzaba veloz y se extendía rápidamente, se precipitó desde el este devorando el cielo.  El estampido seco y fragoroso de un trueno resonó en lo alto.  Los relámpagos restallaron entre las colinas.  Luego sopló una ráfaga huracanado, y simultáneamente, mezclado con el rugido del viento, se oyó un grito agudo y penetrante.  Los hobbits habían escuchado el mismo grito allá lejos en el Marjal cuando huían de Hobbiton, y ya entonces, en los bosques de la Comarca, les había helado la sangre.  Aquí, en el desierto, el terror que inspiraba era mucho mayor: unos cuchillos helados de horror y desesperación los atravesaban paralizándoles el corazón y el aliento.  Sam se echó al suelo de bruces.  Involuntariamente, Frodo soltó las manos del borde para cubrirse la cabeza y las orejas.  Vaciló, resbaló y con un grito desgarrador desapareció en el abismo.

      Sam lo oyó y se arrastró hasta el borde.

      -¡Amo! ¡Amo! -gritó-. ¡Amo! -Ninguna respuesta le llegó del precipicio.  Descubrió que estaba temblando de pies a cabeza, pero tomó aliento y volvió a gritar:- ¡Amo!

      Le pareció que el viento le devolvía la voz a la garganta; pero mientras el aire pasaba, rugiendo, a través de la hondonada y se alejaba sobre las colinas, llevó a oídos de Sam un apagado grito de respuesta.

      -¡Todo bien! ¡Todo bien!  Estoy aquí.  Pero no se ve nada.

      Frodo gritaba con voz débil.  En realidad, no estaba muy lejos.  Había resbalado pero no había caído, yendo a parar, de pie, a una cornisa más ancha pocas yardas más abajo.  Por fortuna en aquel punto la pared de roca se retiraba hacia atrás y el viento había empujado a Frodo contra ella, impidiendo que se precipitara en el abismo.  Trató de mantenerse en equilibrio apoyando la cara contra la piedra fría, sintiendo el corazón que le golpeaba en el pecho.  Pero o bien la oscuridad se había vuelto impenetrable, o Frodo había perdido la vista.  Todo era negro alrededor.  Se preguntó si se habría quedado ciego de golpe.  Respiró hondo.

      -¡Vuelva! ¡Vuelva! -oyó la voz de Sam desde allá arriba, en las tinieblas.

      -No puedo -dijo-.  No veo nada.  No encuentro en qué apoyarme.  No me atrevo a moverme.

      -¿Qué puedo hacer, señor Frodo? ¿Qué puedo hacer? - gritó Sam, asomándose peligrosamente. ¿Por qué su señor no veía?  Estaba oscuro, sin duda, pero no tanto.  Sam distinguía allá abajo la figura de Frodo, gris y solitaria contra la cara oblicua del acantilado, lejos del alcance de una mano amiga.

      Volvió a retumbar el trueno y empezó a llover a torrentes.  Una cortina de agua y granizo enceguecedora y helada azotaba la roca.

      -Bajaré hasta usted -gritó Sam, aunque no sabía cómo podría ayudar de ese modo.

      -¡No, no, espera! -le gritó Frodo ahora con más fuerza-.  Pronto estaré mejor.  Ya me siento mejor. ¡Espera!  No puedes hacer nada sin una cuerda.

      -¡Cuerda! - exclamó Sam, excitado y aliviado -. ¡Si merezco que me cuelguen de una, por imbécil! ¡No eres más que un pampirolón, Sam Gamyi!: eso solía decirme el Tío, una palabra que él había inventado. ¡Cuerda!

      -¡Basta de charla! -gritó Frodo, bastante recobrado ahora como para sentirse divertido e irritado a la vez-.  ¡Qué importa lo que dijera tu compadre! ¿Estás tratando de decirte que tienes una cuerda en el bolsillo?  Si es así, ¡sácala de una vez!

      -Sí, señor Frodo, en mi equipaje junto con todo lo demás. ¡La he traído conmigo centenares de millas y la había olvidado por completo!

      -Entonces ¡manos a la obra y tírame un cabo!

      Sam descargó rápidamente el fardo y se puso a revolverlo.  Y en verdad allá en el fondo había un rollo de la cuerda gris y sedosa trenzada por la gente de Lórien.  Le arrojó un extremo a su amo.  Frodo tuvo la impresión de que la oscuridad se disipaba, o de que estaba recobrando la vista.  Alcanzó a ver la cuerda gris que descendía balanceándose, y le pareció que tenía un resplandor plateado.  Ahora que podía clavar los ojos en un punto luminoso, sentía menos vértigo.  Adelantando el cuerpo, se aseguró el extremo de la cuerda alrededor de la cintura y la tomó con ambas manos.

      Sam retrocedió y afirmó los pies contra un tocón a una o dos yardas de la orilla.  A medias izado, a medias trepando, Frodo subió y se dejó caer en el suelo.

      El trueno retumbaba y rugía en lontananza, y la lluvia seguía cayendo, torrencial.  Los hobbits volvieron a arrastrarse al interior de la garganta en busca de reparo; no encontraron ninguno.  El agua que descendía en arroyuelos no tardó en convertirse en un torrente espumoso que se estrellaba contra las rocas antes de precipitarse a chorros desde el acantilado como desde el alero de una enorme techumbre.

      -Si me hubiese quedado allá abajo, ya estaría casi ahogado, o el agua me habría arrastrado no sé dónde -dijo Frodo-. ¡Qué suerte extraordinaria que tuvieras esa cuerda!

      -Mejor suerte hubiera sido que lo pensara un poco antes -dijo Sam-.  Tal vez usted recuerde cómo las pusieron en las barcas, cuando partíamos: en el país élfico.  Me fascinaron y guardé un rollo en mi equipaje.  Parece que hiciera años de eso.  Puede ser una buena ayuda en muchas ocasiones dijo Haldir o uno de ellos.  Tenía razón.

      -Lástima que no se me ocurriera a mí traer otro rollo -dijo Frodo-; pero me separé de la Compañía con tanta prisa y en medio de tanta confusión.  Quizá pudiera alcanzarnos para bajar. ¿Cuánto medirá tu cuerda, me pregunto?

      Sam extendió la cuerda lentamente, midiéndola con los brazos. -Cinco, diez, veinte, treinta varas, más o menos.

      -¡Quién lo hubiera creído! -exclamó Frodo.

      -¡Ah! ¿Quién? -dijo Sam-.  Los elfos son gente maravillosa.  Parece demasiado delgada, pero es resistente; y suave como leche en la mano.  Ocupa poco lugar y es liviana como la luz. ¡Gente maravillosa sin ninguna duda!

      -¡Treinta varas! -dijo Frodo, pensativo-.  Creo que será suficiente.  Si la tormenta pasa antes que caiga la noche, voy a intentarlo.

      -Ya casi ha dejado de llover -dijo Sam-, ¡pero no haga otra vez nada peligroso en la oscuridad, señor Frodo!  Quizás usted haya olvidado ese grito en el viento, ¡pero yo no!  Parecía el grito de un jinete Negro... aunque venía del aire, como si pudiese volar.  Creo que lo mejor sería quedarnos aquí hasta que pase la noche.

      -Y yo creo que no me quedaré aquí ni un minuto más de lo necesario, atado de pies y manos al borde de este precipicio mientras los ojos del País Oscuro nos observan a través de las ciénagas -dijo Frodo.

      Y con estas palabras se incorporó y volvió al fondo de la garganta.  Miró a lo lejos.  El cielo estaba casi límpido en el este.  Los nubarrones se alejaban, tempestuosos y cargados de lluvia, y la batalla principal extendía ahora las grandes alas sobre Emyn Muil; allí el pensamiento sombrío de Sauron se detuvo un momento.  Luego se volvió, golpeando el valle de Anduin con granizo y relámpagos, y arrojando sobre Minas Tirith una sombra que amenazaba guerra.  Entonces, descendiendo a las montañas, pasó lentamente sobre Gondor y los confines de Rohan, hasta que a lo lejos, mientras cabalgaban por la llanura rumbo al oeste, los caballeros vieron las torres negras que se movían detrás del sol.  Pero aquí, sobre el desierto y sobre las ciénagas hediondas, el cielo de la noche se abrió una vez más, y unas estrellas titilaron como pequeños agujeros blancos en el palio que cubría la luna creciente.

      -¡Qué felicidad volver a ver! - exclamó Frodo, respirando profundamente -. ¿Sabes que durante un rato creí que había perdido la vista?  A causa de los rayos o de algo más terrible tal vez.  No veía nada, absolutamente nada hasta que apareció la cuerda gris.  Me pareció que centelleaba.

      -Es cierto, parece de plata en la oscuridad -dijo Sam-.  Es raro, no lo había notado antes, aunque no recuerdo haberla mirado desde que la puse en el paquete.  Pero si está tan decidido a bajar, señor Frodo, ¿cómo piensa utilizarla?  Treinta anas, unas dieciocho brazas, digamos: más o menos la altura que usted supuso.

      Frodo reflexionó un momento.

      -¡Amárrala a ese tocón, Sam! - dijo -. Creo que esta vez tendrás la satisfacción de ir primero.  Yo te bajaré por la cuerda, y sólo tendrás que usar los pies y las manos para no chocar contra la roca.  De todos modos, si puedes apoyarte en la cornisa y me das un respiro, tanto mejor.  Cuando hayas llegado abajo, yo te seguiré.  Me siento muy bien ahora.

      -De acuerdo -dijo Sam sin mucho entusiasmo-.  Si tiene que ser ¡que sea en seguida!

      Tomó la cuerda y la ató al tocón más próximo a la orilla; luego se aseguró el otro extremo a la cintura.  Se volvió a regañadientes y se preparó para dejarse caer por segunda vez.

      Sin embargo, el descenso resultó mucho menos difícil de lo que había esperado.  La cuerda parecía darle confianza, aunque más de una vez, al mirar hacia abajo tuvo que cerrar los ojos.  A cierta altura, en un tramo donde no había cornisa y la pared del acantilado se inclinaba hacia adentro, pasó un mal rato: resbaló y quedó suspendido en el aire.  Pero Frodo sujetaba la cuerda con mano firme y la iba soltando poco a poco, y al fin el descenso concluyó.  Lo que más había temido el hobbit era que la cuerda se acabase demasiado pronto, pero Frodo tenía aún un buen trozo entre las manos cuando Sam le gritó:

      -¡Ya estoy abajo! -La voz llegaba nítida desde el fondo del abismo, pero Frodo no distinguía a Sam: la capa gris de elfo se confundía con la penumbra del crepúsculo.

      Frodo tardó un poco más en seguir a Sam.  Se había asegurado la cuerda a la cintura y la había recogido manteniéndola siempre tensa; quería evitar en lo posible el riesgo de una caída; no tenía la fe ciega de Sam en aquella delgada cuerda gris.  Sin embargo en dos sitios tuvo que confiar enteramente en ella: dos superficies tan lisas que ni sus vigorosos dedos de hobbit encontraron apoyo, y la distancia entre una cornisa y otra era demasiado grande.  Pero al fin también él llegó abajo.

      -¡Albricias! ¡Lo conseguimos! ¡Hemos escapado de Emyn Muil! ¿Y ahora?  Quizá pronto estemos suspirando por pisar otra vez una buena roca dura.

Sam no contestó: tenía los ojos fijos en el acantilado.

      -¡Pampirolón! -dijo- ¡Estúpido! ¡Mi tan hermosa cuerda!  Ha quedado allá amarrada a un tocón y nosotros aquí abajo.  Mejor escalera no podíamos dejarle a ese fisgón de Gollum. ¡Es casi como si hubiéramos puesto aquí un letrero, indicándole qué camino hemos tomado!  Ya me parecía que todo era demasiado fácil.

      -Si se te ocurre cómo hubiéramos podido bajar por la cuerda y al mismo tiempo traerla con nosotros, entonces puedes pasarme a mí el pampirolón o cualquier otro epíteto de esos que te endilgaba tu compadre -dijo Frodo-. ¡Sube, desátala y baja, si quieres!

      Sam se rascó la cabeza.

      -No, no veo cómo, con el perdón de usted -dijo-.  Pero no me gusta dejarla, por supuesto. -Acarició el extremo de la cuerda y la sacudió levemente. - Me cuesta separarme de algo que traje del país de los elfos.  Hecha por Galadriel en persona, tal vez.  Galadriel -murmuró moviendo tristemente la cabeza.  Miró hacia arriba y tironeó por última vez de la cuerda como despidiéndose.

      Ante el asombro total de los dos hobbits, la cuerda se soltó.  Sam cayó de espaldas y las largas espirales grises se deslizaron silenciosamente sobre él.  Frodo se echó a reír.

      -¿Quién aseguró la cuerda? -dijo- ¡Menos mal que aguantó hasta ahora! ¡Pensar que confié a tu nudo todo mi peso!

      Sam no se reía.

      -Quizás yo no sea muy ducho en eso de escalar montañas, señor Frodo -dijo con aire ofendido-, pero de cuerdas y ñudos algo sé.  Me viene de familia, por así decir.  Mi abuelo, y después de él mi tío Andy, el hermano mayor del Tío, tuvo durante muchos años una cordelería cerca de Campo del Cordelero.  Y nadie hubiera podido atar a ese tocón un nudo más seguro que el mío, en la comarca o fuera de ella.

      -Entonces la cuerda ha tenido que romperse... al rozar contra el borde de la roca, supongo -dijo Frodo.

      -¡Apuesto a que no! -dijo Sam en un tono aún más ofendido.  Se agachó y examinó los dos cabos-.  No, no me equivoco. ¡Ni una sola hebra!

      -Entonces me temo que haya sido el nudo -dijo Frodo.

      Sam sacudió la cabeza sin responder.  Se pasaba la cuerda entre los dedos, pensativo.

      -Como quiera, señor Frodo -dijo por último-, pero para mí la cuerda se soltó sola... cuando yo la llamé. -La enrolló y la guardó cariñosamente.

      -Que bajó no puede negarse –dijo Frodo-, y eso es lo que importa.  Pero ahora hemos de pensar cuál será nuestro próximo paso.  Pronto caerá la noche. ¡Qué hermosas están las estrellas y la Luna!

      -Regocijan el corazón ¿verdad? -dijo Sam mirando el cielo-.  Son élficas, de alguna manera.  Y la Luna está en creciente.  Con este tiempo nuboso, hacía un par de noches que no la veíamos; ya da mucha luz.

      -Sí -dijo Frodo- pero hasta dentro de unos días no habrá luna llena.  No me parece prudente que nos internemos en las ciénagas a la luz de una media luna.

 

 

            Al amparo de las primeras sombras de la noche iniciaron una nueva etapa del viaje.  Al cabo de un rato Sam volvió la cabeza y escudriñó el camino que acababan de recorrer.  La boca de la garganta era como una fisura en la pared rocosa.

      -Me alegro de haber recuperado la cuerda -dijo-.  En todo caso ese malandrín se encontrará con un pequeño enigma difícil de resolver. ¡Que intente bajar por las cornisas con esos inmundos pies planos!

Avanzaron con precaución alejándose del pie del acantilado, a través de un desierto de guijarros y piedras ásperas, húmedas y resbaladizas por la lluvia.  El terreno aún descendía abruptamente.  Habían recorrido un corto trecho cuando se encontraron de pronto ante una fisura negra que les interceptaba el camino.  No era demasiado ancha, pero sí lo suficiente para que no se atrevieran a saltar en la penumbra.  Creyeron oír un gorgoteo de agua en el fondo.  A la izquierda la fisura se curvaba hacia el norte, hacia las colinas, cerrándoles así el paso, por lo menos mientras durase la oscuridad.

      -Será mejor que busquemos una salida por el sur a lo largo del acantilado -dijo Sam-.  Tal vez encontremos un recoveco, o una caverna, o algo así.

      -Creo que tienes razón -dijo Frodo-.  Estoy cansado y no me siento con fuerzas para seguir arrastrándome entre las piedras esta noche... aunque odio retrasarme todavía más.  Ojalá tuviésemos por delante una senda clara: en ese caso seguiría hasta que ya no me dieran las piernas.

 

 

              Avanzar a lo largo de las faldas escabrosas de Emyn Muil no fue más fácil para los hobbits.  Ni Sam encontró un rincón o un hueco en que cobijarse: sólo pendientes desnudas y pedregosas bajo la mirada amenazante del acantilado, que ahora volvía a elevarse, más alto y vertical.  Por fin, extenuados, se dejaron caer en el suelo al abrigo de un peñasco, no lejos del pie del acantilado.  Allí se quedaron algún tiempo, taciturnos, acurrucados uno contra otro en la noche fría e inclemente, luchando contra el sueño que los iba venciendo.  La luna subía ahora alta y clara.  El débil resplandor blanco iluminaba las caras de las rocas y bañaba las paredes frías y amenazadoras del acantilado, transformando la vasta e inquietante oscuridad en un gris pálido y glacial estriado de sombras negras.

      -¡Bueno! -dijo Frodo, poniéndose de pie y arrebujándose en la capa-.  Tú, Sam, duerme un poco y toma mi manta.  Mientras tanto yo caminaré de arriba abajo y vigilaré. -De pronto se irguió, muy tieso; en seguida se agachó y tomó a Sam por el brazo.- ¿Qué es eso? -murmuró-.  Mira, allá arriba, en el acantilado.

      Sam miró y contuvo el aliento.

      -¡Sss! - susurró -. Ya está ahí. ¡Es ese Gollum! ¡Sapos y culebras! ¡Y pensé que lo habíamos despistado con nuestra pequeña hazaña! ¡Mírelo! ¡Arrastrándose por la pared como una araría horrible!

      A lo largo de una cara del precipicio, que parecía casi lisa a la pálida luz de la luna, una pequeña figura negra se desplazaba con los miembros delgados extendidos sobre la roca.  Quizás aquellos pies y manos blandos y prensiles encontraban fisuras y asideros que ningún hobbit hubiera podido ver o utilizar, pero parecía deslizarse sobre patas pegajosas, como un gran insecto merodeador de alguna extraña especie.  Y bajaba de cabeza, como si viniera olfateando el camino.  De tanto en tanto levantaba el cráneo lentamente, haciéndolo girar sobre el largo pescuezo descarnado, y los hobbits veían entonces dos puntos pálidos, dos ojos, que parpadeaban un instante a la luz de la luna y en seguida volvían a ocultarse.

      -¿Le parece que puede vernos? -dijo Sam.

      -No sé -respondió Frodo en voz baja-, pero no lo creo.  Estas capas élficas son poco visibles, aun para ojos amigos: yo no te veo en la sombra ni a dos pasos.  Y por lo que sé, es enemigo del Sol y de la Luna.

-¿Por qué entonces desciende aquí, precisamente? -inquirió Sam.

      -Calma, Sam -dijo Frodo-.  Tal vez pueda olernos.  Y tiene un oído tan fino como el de los elfos, dicen.  Me parece que ha oído algo ahora; nuestras voces probablemente.  Hemos gritado mucho allá arriba; y hasta hace un momento hablábamos en voz demasiado alta.

      -Bueno, estoy harto de él -dijo Sam-.  Nos ha seguido demasiado tiempo para mi gusto y le cantaré cuatro frescas, si puedo.  De todos modos creo que ahora será inútil que tratemos de evitarlo. -Cubriéndose la cara con la caperuza gris, Sam se arrastró con pasos furtivos hacia el acantilado.

      -¡Ten cuidado! -le susurró Frodo, que iba detrás-. ¡No lo alarmes!  Es mucho más peligroso de lo que parece.

 

 

            La forma negra había descendido ya las tres cuartas partes de la pared y estaba a unos quince metros o menos del pie del acantilado.  Acurrucados e inmóviles como piedras a la sombra de una roca, los hobbits lo observaban.  Al parecer había tropezado con un pasaje difícil, o tenía alguna preocupación.  Lo oían olisquear y de tanto en tanto escuchaban una respiración áspera y siseante que sonaba como un juramento reprimido.  Levantó la cabeza y a los hobbits les pareció que escupía.  Luego siguió avanzando.  Ahora lo oían hablar con una voz cascada y sibilante.

      -¡Ajjj, sss! ¡Cauto, mi tesoro!  Más prisa menos ligereza.  No corramos el riesssgo de rompernos el pessscuezo, no, tesssoro. ¡No, tesssoro... gollum! -Levantó otra vez la cabeza, le guiñó los ojos a la luna, y volvió a cerrarlos rápidamente.- La aborrecemos -siseó-.  Odiosssa, odiosssa luz trémula es... sss... nos essspía, tesoro... nos lassstima los ojos.

      Se iba acercando y los siseos eran ahora más agudos y claros.

      -¿Dónde essstá, dónde essstá: mi tesssoro, mi tesssoro?  Es nuestro, es, y nosotros lo queremos.  Los ladrones, los inmundos ladronzuelos. ¿Dónde están con mi tesoro? ¡Malditos!  Los odiamos de veras.

      -No parece saber dónde estamos ¿eh? –susurró Sam-. ¿Y qué es su tesoro? ¿Se referirá al ...?

      -¡Calla! -susurró Frodo-.  Se está acercando y ya podría oírnos.

      Y en efecto, Gollum había vuelto a detenerse de improviso, e inclinaba la cabezota hacia uno y otro lado como si estuviese escuchando.  Había abierto a medias los ojillos pálidos.  Sam se contuvo, aunque los dedos le escocían.  Tenía los ojos encendidos de cólera y asco, fijos en la miserable criatura, que ahora avanzaba otra vez, siempre cuchicheando y siseando entre dientes.

      Por fin, se encontró a no más de una docena de pies del suelo, justo encima de las cabezas de los hobbits.  Desde esa altura la caída era vertical, pues la pared se inclinaba ligeramente hacia adentro, y ni el propio Gollum hubiera podido encontrar en ella un punto de apoyo.  Trataba al parecer de darse vuelta, y ponerse con las piernas para abajo, cuando de pronto, con un chillido estridente y sibilante, cayó enroscando las piernas y los brazos alrededor del cuerpo, como una araña a la que han cortado el hilo por el que venía descendiendo.

      Sam salió de su escondite como un rayo y en un par de saltos cruzó el espacio que lo separaba de la pared de piedra.  Antes que Gollum pudiera levantarse, cayó sobre él.  Pero descubrió que aun así, tomado por sorpresa después de una caída, Gollum era más fuerte y hábil de lo que había creído.  No había alcanzado a sujetarlo cuando los largos miembros de Gollum lo envolvieron en un abrazo implacable, blando pero horriblemente poderoso que le impedía todo movimiento, y lo estrujaba como cuerdas que fuesen apretando lentamente.  Unos dedos pegajosos le tantearon la garganta.  Luego unos dientes afilados se le hincaron en el hombro.  Todo cuanto Sam pudo hacer fue sacudir con violencia la cabeza dura y redonda contra la cara de la criatura.  Gollum siseó escupiendo, pero no lo soltó.

      Las cosas habrían terminado mal para Sam si hubiera estado solo.  Pero Frodo se levantó de un salto, desenvainando a Dardo.  Con la mano izquierda tomó a Gollum por los cabellos ralos y lacios y le tironeó la cabeza hacia atrás, estirándole el pescuezo, y obligándolo a fijar en el cielo los pálidos ojos venenosos.

      -¡Suéltalo, Gollum! - dijo -. Esta espada es Dardo.  Ya la has visto antes. ¡Suéltalo, o esta vez sentirás la hoja! ¡Te degollaré!

      Gollum se aflojó y se derrumbó como una cuerda mojada.  Sam se incorporó, palpándose el hombro.  Echaba fuego por los ojos, pero no podía vengarse: su miserable enemigo se arrastraba por el suelo gimoteando.

      -¡No nos hagas daño! ¡No dejes que nos hagan daño, mi tesoro!  No nos harán daño, ¿verdad que no, pequeños y simpáticos hobbits?  No teníamos intención de hacer daño, pero nos saltaron encima como gatos sobre unos pobres ratones, eso hicieron, mi tesoro.  Y estamos tan solos, gollum.  Seremos buenos con ellos, muy buenísimos, si también ellos son buenos con nosotros, ¿no?  Sí, así.

      -Bueno ¿qué hacemos con él? -dijo Sam-.  Atarlo, para que no nos siga más espiándonos, digo yo.

      -Pero eso nos mataría, nos mataría -gimoteó Gollum-.  Crueles pequeños hobbits.  Atarnos y abandonarnos en las duras tierras frías, gollum, gollum. -Los sollozos se le ahogaban en gorgoteos.

      -No -dijo Frodo-.  Si lo matamos, tenemos que matarlo ahora.  Pero no podemos hacerlo, no en esta situación. ¡Pobre miserable! ¡No nos ha hecho ningún daño!

      -¿Ah no? -dijo Sam restregándose el hombro-.  En todo caso tenía la intención y la tiene aún.  Apuesto cualquier cosa.  Estrangularnos mientras dormimos, eso es lo que planea.

      -Puede ser –dijo Frodo-.  Pero lo que intenta hacer es otra cuestión. -Calló un momento, ensimismado.  Gollum yacía inmóvil, pero ya no gimoteaba.  Sam le echaba miradas amenazadoras.

      De pronto Frodo creyó oír, muy claras pero lejanas, unas voces que venían del pasado:

      «¡Qué lástima que Bilbo no haya matado a esa vil criatura, cuando tuvo la oportunidad!»

      «¿Lástima?  Sí, fue lástima lo que detuvo la mano de Bilbo.  Lástima y misericordia: no matar sin necesidad.»

      «No siento ninguna lástima por Gollum.  Merece la muerte.  La merece, sin duda.  Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida?  Entonces no te apresures en dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos.»

      -Muy bien -respondió en voz alta, bajando la espada-.  Pero todavía tengo miedo.  Y sin embargo, como ves, no tocaré a este desgraciado.  Porque ahora que lo veo, me inspira lástima.

 

 

            Sam clavó la mirada en su amo, que parecía hablar con alguien que no estaba allí.  Gollum alzó la cabeza.

      -Sssí, somos desgraciados, tesoro -gimió-. ¡Miseria! ¡Miseria!  Los hobbits no nos matarán, buenos hobbits.

      -No, no te mataremos -dijo Frodo-.  Pero tampoco te soltaremos.  Eres todo maldad y malicia, Gollum.  Tendrás que venir con nosotros, sólo eso, para que podamos vigilarte.  Pero tú tendrás que ayudarnos, si puedes.  Favor por favor.

      -Sssí, sí, por supuesto -dijo Gollum incorporándose-. ¡Buenos hobbits!  Iremos con ellos.  Les buscaremos caminos seguros en la oscuridad, sí. ¿Y a dónde van ellos por estas tierras frías, preguntamos, sí, preguntamos?

      Levantó la mirada hacia ellos y un leve resplandor de astucia y ansiedad apareció un instante en los ojos pálidos y temerosos.

      Sam le clavó una mirada furibunda y apretó los dientes; pero notó que había algo extraño en la actitud de su amo, y comprendió que las discusiones estaban fuera de lugar.  Pero la respuesta de Frodo lo dejó estupefacto.

      Frodo miró a Gollum y la criatura apartó los ojos.

      -Tú lo sabes, o lo adivinas, Sméagol -dijo Frodo con voz severa y tranquila-.  Vamos camino de Mordor, naturalmente.  Y tú conoces ese camino, me parece.

      -¡Aj! ¡Sss! -dijo Gollum, cubriéndose las orejas con las manos, como si tanta franqueza y esos nombres pronunciados en voz alta y clara le hicieran daño-.  Lo adivinamos, sí lo adivinamos -murmuró-, y no queríamos que fueran, ¿no es verdad?  No, tesoro, no los buenos hobbits.  Cenizas, cenizas, y polvo, y sed, hay allí, y fosos, fosos, fosos, y orcos, orcos, millares de orcos.  Los buenos hobbits evitan... sss... esos lugares.

      -¿Entonces has estado allí? -insistió Frodo-.  Y ahora tienes que volver, ¿no?

      -Ssí.  Ssí. ¡No! –chilló Gollum-.  Una vez, por accidente ¿no fue así, mi tesoro?  Sí, por accidente.  Pero no volveremos, no, ¡no! -De pronto la voz y el lenguaje de Gollum cambiaron, los sollozos se le ahogaron en la garganta, y habló, pero no para ellos. - «¡Déjame solo gollum!  Me haces daño.  Oh mis pobres manos, ¡Gollum!  Yo, nosotros, no quisiera volver.  No lo puedo encontrar.  Estoy cansado.  Yo, nosotros no podemos encontrarlo, gollum, gollum, no, en ninguna parte.  Ellos siempre están despiertos.  Enanos, hombres y elfos, elfos terribles de ojos brillantes.  No puedo encontrarlo. ¡Aj!» -Se puso de pie y cerró la larga mano en un nudo de huesos, y la sacudió mirando al este. - ¡No queremos! -gritó-. ¡No para ti! -Luego volvió a derrumbarse.  Gollum, gollum -gimió de cara al suelo-. ¡No nos mires! ¡Vete a dormir!

      -No se marchará ni se dormirá porque tú se lo ordenes, Sméagol - le dijo Frodo-.  Pero si realmente quieres librarte de él, tendrás que ayudarme.  Y eso, me temo, significa encontrar un camino que nos lleve a él.  Tú no necesitas llegar hasta el final, no más allá de las puertas de ese país.

      Gollum se incorporó otra vez y miró a Frodo por debajo de los párpados.

      -¡Está allí! -dijo con sarcasmo-.  Siempre allí.  Los orcos te indicarán el camino.  Es fácil encontrar oreos al este del río.  No se lo preguntes a Sméagol.  Pobre, pobre Sméagol, hace mucho tiempo que partió.  Le quitaron su Tesoro y ahora está perdido.

      -Tal vez podamos encontrarlo, si vienes con nosotros -dijo Frodo. -No.  No, ¡jamás!  Ha perdido el Tesoro -dijo Gollum.

      -¡Levántate! -ordenó Frodo.

      Gollum se puso en pie y retrocedió hasta el acantilado.

      -¡A ver! - dijo Frodo -. ¿Cuándo es más fácil encontrar el camino, de día o de noche?  Nosotros estamos cansados; pero si prefieres la noche, partiremos hoy mismo.

      -Las grandes luces nos dañan los ojos, sí -gimió Gollum-.  No la luz de la Cara Blanca, no, todavía no.  Pronto se esconderá detrás de las colinas, sssí.  Descansad antes un poco, buenos hobbits.

      -Siéntate entonces -dijo Frodo- ¡y no te muevas!

 

 

            Los hobbits se sentaron uno a cada lado de Gollum, de espaldas a la pared pedregosa, y estiraron las piernas.  No fue preciso que hablaran para ponerse de acuerdo: sabían que no tenían que dormir ni un solo instante.  Lentamente desapareció la luna.  Las sombras cayeron desde las colinas y todo fue oscuridad.  Las estrellas se multiplicaron y brillaron en el cielo.  Ninguno de los tres se movía.  Gollum estaba sentado con las piernas encogidas, las rodillas debajo del mentón, las manos y los pies planos abiertos contra el suelo, los ojos cerrados; pero parecía tenso, como si estuviera pensando o escuchando.

      Frodo cambió una mirada con Sam.  Los ojos se encontraron y se comprendieron.  Los hobbits aflojaron el cuerpo, apoyaron la cabeza en la piedra, y cerraron los ojos, o fingieron cerrarlos.  Pronto se los oyó respirar regularmente.  Las manos de Gollum se crisparon, nerviosas.  La cabeza se volvió en un movimiento casi imperceptible a la izquierda y a la derecha, y primero entornó apenas un ojo Y luego el otro.  Los hobbits no reaccionaron.

      De súbito, con una agilidad asombrosa y la rapidez de una langosta o una rana, Gollum se lanzó de un salto a la oscuridad.  Eso era precisamente lo que Frodo y Sam habían esperado.  Sam lo alcanzó antes de que pudiera dar dos pasos más.  Frodo, que lo seguía, le aferró la pierna y lo hizo caer.

      -Tu cuerda podrá sernos útil otra vez, Sam -dijo.

      Sam sacó la cuerda.

      -¿Y a dónde iba usted por estas duras tierras frías, señor Gollum? -gruñó-.  Nos preguntamos, sí, nos preguntamos.  En busca de algunos de tus amigos orcos, apuesto.  Repugnante criatura traicionera.  Alrededor de tu gaznate tendría que ir esta cuerda y con un nudo bien apretado.

      Gollum yacía inmóvil y no intentó ninguna otra jugarreta.  No le contestó a Sam, pero le echó una mirada fugaz y venenosa.

      -Sólo nos hace falta algo con que sujetarlo -dijo Frodo-.  Es necesario que camine, de modo que no tendría sentido atarle las piernas... o los brazos, pues por lo que veo los utiliza indistintamente.  Átale esta punta al tobillo y no sueltes el otro extremo.

      Permaneció junto a Gollum, vigilándolo, mientras Sam hacía el nudo.  El resultado desconcertó a los dos hobbits.  Gollum se puso a gritar: un grito agudo, desgarrador, horrible al oído.  Se retorcía tratando de alcanzar el tobillo con la boca y morder la cuerda, aullando siempre.

      Frodo se convenció al fin de que Gollum sufría de verdad; pero no podía ser a causa del nudo.  Lo examinó y comprobó que no estaba demasiado apretado; al contrario.  Sam había sido más compasivo que sus propias palabras.

      -¿Qué te pasa? -dijo-.  Si intentas escapar, tendremos que atarte; pero no queremos hacerte daño.

      -Nos hace daño, nos hace daño -siseó Gollum-. ¡Hiela, muerde! ¡La hicieron los elfos, malditos sean! ¡Hobbits sucios y crueles!  Por eso tratamos de escapar, claro, tesoro.  Adivinamos que eran hobbits crueles.  Hobbits que visitan a los elfos, elfos feroces de ojos brillantes. ¡Quitad la cuerda! ¡Nos hace daño!

      -No, no te la sacaré -dijo Frodo- a menos... -se detuvo un momento para reflexionar-... a menos que haya una promesa de tu parte en la que yo confíe.

      -Juraremos hacer lo que él quiere, sí, sssí -dijo Gollum, siempre retorciéndose y aferrándose el tobillo-.  Nos hace daño.

      -¿Jurarías? -dijo Frodo.

      -Sméagol -dijo Gollum con voz súbitamente clara, abriendo grandes los ojos y mirando a Frodo con una extraña luz-.  Sméagol jurará sobre el Tesoro.

      Frodo se irguió y una vez más Sam escuchó estupefacto las palabras y la voz grave de Frodo.

      -¿Sobre el Tesoro? ¿Cómo te atreves? -dijo-.  Reflexiona.

 

      Un Anillo para gobernarlos a todos y atarlos en las Tinieblas.

 

      »¿Te atreves a hacer una promesa semejante, Sméagol?  Te obligará a cumplirla.  Pero es aún más traicionero que tú.  Puede tergiversar tus palabras. ¡Ten cuidado!

Gollum se encogió.

      -¡Sobre el Tesoro, sobre el Tesoro! -repitió.

      -¿Y qué jurarías? -preguntó Frodo.

      -Ser muy muy bueno -dijo Gollum.  Luego, arrastrándose por el suelo a los pies de Frodo, murmuró con voz ronca, y un escalofrío lo recorrió de arriba abajo, como si el terror de las palabras le estremeciera los huesos-: Sméagol jurará que nunca, nunca, permitirá que Él lo tenga. ¡Nunca!  Sméagol lo salvará.  Pero ha de jurar sobre el Tesoro.

      -¡No!  No sobre el Tesoro -dijo Frodo, mirándolo con severa piedad-.  Lo que deseas es verlo y tocarlo, si puedes, aunque sabes que enloquecerías.  No sobre el Tesoro. Jura por él, si quieres.  Pues tú sabes dónde está.  Sí, tú lo sabes, Sméagol.  Está delante de ti.

      Por un instante Sam tuvo la impresión de que su amo había crecido y que Gollum había empequeñecido: una sombra alta y severa, un poderoso y luminoso señor que se ocultaba en una nube gris, y a sus pies, un perrito lloroso.  Sin embargo, no eran dos seres totalmente distintos, había entre ellos alguna afinidad: cada uno podía adivinar lo que pensaba el otro.

      Gollum se incorporó y se puso a tocar a Frodo, acariciándole las rodillas.

      -¡Abajo! ¡Abajo!  Ahora haz tu promesa.

      -Prometemos, sí, ¡yo prometo! -dijo Gollum-.  Serviré al señor del Tesoro.  Buen amo, buen Sméagol, ¡gollum, gollum! -Súbitamente se echó a llorar y volvió a morderse el tobillo.

-¡Sácale la cuerda, Sam! -dijo Frodo.

      De mala gana, Sam obedeció.  Gollum se puso de pie al instante y caracoleó como un cuzco que recibe una caricia luego del castigo. A partir de entonces hubo en él una curiosa transformación que se prolongó un cierto tiempo.

      La voz era menos sibilante y menos llorosa, y hablaba directamente con los hobbits, no con aquel tesoro bienamado.  Se encogía y retrocedía si los hobbits se le acercaban o hacían algún movimiento brusco, y evitaba todo contacto con las capas élficas; pero se mostraba amistoso, y en verdad daba lástima observar cómo se afanaba tratando de complacer a los hobbits.  Se desternillaba de risa y hacía cabriolas ante cualquier broma, o cuando Frodo le hablaba con dulzura; y se echaba a llorar si lo reprendía.  Sam casi no le hablaba.  Desconfiaba de este nuevo Gollum, de Sméagol, más que nunca, y le gustaba, si era posible, aún menos que el antiguo.

      -Y bien, Gollum, o como rayos te llames -dijo-, ¡ha llegado la hora!  La luna se ha escondido y la noche se va.  Convendría que nos pusiéramos en marcha.

      -Sí, sí -asintió Gollum, brincando alrededor-. ¡En marcha!  No hay más que un camino entre el extremo norte y el extremo sur.  Yo lo descubrí, yo.  Los orcos no lo utilizan, los orcos no lo conocen.  Los orcos no atraviesan las Ciénagas, hacen rodeos de millas y millas.  Es una gran suerte que hayáis venido por aquí.  Es una gran suerte que os encontrarais con Sméagol, sí.  Seguid a Sméagol.

      Se alejó unos pasos y volvió la cabeza, en una actitud de espera Solícita, como un perro que los invitara a dar un paseo.

      -¡Espera un poco, Gollum! -le gritó Sam-. ¡No te adelantes demasiado!  Te seguiré de cerca, y tengo la cuerda preparada.

      -¡No, no! -dijo Gollum-.  Sméagol prometió.

      En plena noche y a la luz clara y fría de las estrellas, emprendieron la marcha.  Durante un trecho Gollum los guió hacia el norte por el mismo camino por el que habían venido; luego dobló a la derecha alejándose de las escarpadas paredes de Emyn Muil, y bajó por la pendiente pedregosa y accidentada que llevaba a las ciénagas.  Rápidos y silenciosos desaparecieron en la oscuridad.  Sobre las interminables lenguas desérticas que se extendían ante las puertas de Mordor, se cernía un silencio negro.


2

 

A TRAVES DE LAS CIENAGAS

 

            Gollum avanzaba rápidamente, adelantando la cabeza y el cuello, y utilizando a menudo las manos con tanta destreza como los pies.  Frodo y Sam se veían en apuros para seguirlo; pero ya no parecía tener intenciones de escaparse, y si se retrasaban, se daba vuelta y los esperaba.  Al cabo de un rato llegaron a la entrada de la garganta angosta que antes les cerrara el paso; pero ahora estaban más lejos de las colinas.

      -¡Helo aquí! - gritó Gollum -. Hay un sendero que desciende en el fondo, sí.  Ahora lo seguimos... y sale allá, allá lejos. -Señaló las ciénagas, hacia el sur y hacia el este.  El hedor espeso y rancio llegaba hasta ellos pese al fresco aire nocturno.

      Gollum iba y venía a lo largo del borde y por fin los llamó a gritos. - ¡Aquí!  Por aquí podemos bajar.  Sméagol fue por este camino una vez.  Yo fui por este camino, ocultándome de los orcos.

Gollum se adelantó y siguiéndole los pasos los hobbits bajaron a la oscuridad.  No fue una empresa difícil, pues allí la grieta no medía más de doce pies de altura y unos doce de ancho.  En el fondo corría agua: la grieta era en realidad el lecho de uno de los muchos riachos que descendían de las colinas a alimentar las lagunas y las ciénagas.  Gollum giró a la derecha, hacia el sur, y pisó chapoteando el fondo pedregoso del riacho.  Parecía inmensamente feliz al sentir el agua en los pies; reía entre dientes y hasta creaba a ratos una especie de canción.

 

Las duras tierras frías

nos muerden las manos,

nos roen los pies.

Las rocas y las piedras

son como huesos

viejos y descarnados.

Pero el arroyo y la charca

son húmedos y frescos:

¡buenos para los pies! 

Y ahora deseamos...

 

      -¡Ja!, ¡ja! ¿Qué deseamos? -dijo, mirando de soslayo a los hobbits-.  Te lo diremos -croó-.  Él lo adivinó hace mucho tiempo, Bolsón lo adivinó. -Un fulgor le iluminó los ojos, y a Sam, que alcanzó a verlo en la oscuridad, no le causó ninguna gracia.

 

Vive sin respirar;

frío como la muerte;

nunca sediento, siempre bebiendo,

viste de malla y no tintinea.

Se ahoga en el desierto,

y cree que una isla

es una montaña

y una fuente, una ráfaga.

¡Tan bruñido y tan bello!

¡Qué alegría encontrarlo! 

Sólo tenemos un deseo:

¡que atrapemos un pez

jugoso y suculento!

 

      Estas palabras no hicieron más que acrecentar la preocupación que acuciaba a Sam desde que supo que su amo iba a adoptar a Gollum como guía: el problema de la alimentación.  No se le ocurrió que quizá también Frodo lo hubiera pensado, pero de que Gollum lo pensaba no le cabía ninguna duda.  Quién sabe cómo y de qué se había alimentado durante sus largos vagabundeas solitarios.  No demasiado bien, se dijo Sam.  Parece un tanto famélico, Y no creo que, a falta de pescado, tenga demasiados escrúpulos en probar el sabor de los hobbits... en el caso de que nos sorprendiera dormidos.  Pues bien, no nos sorprenderá: no a Sam Gamyi por cierto.

      Avanzaron a tientas por la oscura y sinuosa garganta durante un tiempo que a los fatigados pies de Frodo y Sam les pareció interminable.  La garganta, luego de describir una curva a la izquierda, se volvía cada vez más ancha y menos profunda.  Por fin el cielo empezó a clarear, pálido y gris, a las primeras luces del alba.  Gollum, que hasta ese momento no había dado señales de fatiga, miró hacia arriba y se detuvo.

      -El día se acerca -murmuró, como si el día pudiese oírlo y saltarle encima-.  Sméagol se queda aquí.  Yo me quedaré aquí y la Cara Amarilla no me verá.

      -A nosotros nos alegraría ver el Sol -dijo Frodo-, pero también nos quedaremos: estamos demasiado cansados para seguir caminando.

      -No es de sabios alegrarse de ver la Cara Amarilla -dijo Gollum-.  Delata.  Los hobbits buenos y razonables se quedarán con Sméagol.  Orcos y bestias inmundas rondan por aquí.  Ven desde muy lejos. ¡Quedaos y escondeos conmigo!

      Los tres se instalaron al pie de la pared rocosa, preparándose a descansar.  Allí la altura de la garganta era apenas mayor que la de un hombre, y en la base había unos bancos anchos y lisos de piedra seca; el agua corría por un canal al pie de la otra pared.  Frodo y Sam se sentaron en una de las piedras, recostándose contra el muro de roca.  Gollum chapoteaba y pataleaba en el arroyo.

      -Necesitaríamos comer un bocado - dijo Frodo -. ¿Tienes hambre, Sméagol?  Es poco lo que nos queda, pero lo compartiremos contigo.

      Al oír la palabra hambre una luz verdosa se encendió en los pálidos ojos de Gollum, que ahora parecían más saltones que nunca en el rostro flaco y macilento.  Durante un momento les habló como antes.

      -Estamos famélicos, sí, famélicos, mi tesoro -dijo-. ¿Qué comen ellos? ¿Tienen buenos pescados?  Movía la lengua de lado a lado entre los afilados dientes amarillos, y se lamía los labios descoloridos.

      -No, no tenemos pescado -dijo Frodo-.  No tenemos más que esto... -le mostró una galleta de lernbas- ...y también agua, si es que el agua de aquí se puede beber.

      -Ssí, ssí, agua buena -dijo Gollum-. ¡Bebamos, bebamos, mientras sea posible! ¿Pero qué es lo que ellos tienen, mi tesoro? ¿Se puede masticar? ¿Es sabroso?

      Frodo partió un trozo de galleta y se lo tendió envuelto en la hoja.  Gollum olió la hoja, y un espasmo de asco y algo de aquella vieja malicia le torcieron la cara.

      -¡Sméagol lo huele! -dijo-.  Hojas del país élfico. ¡Puaj!  Apestan.  Se trepaba a esos árboles, y nunca más podía quitarse el olor de las manos, ¡mis preciosas manos!

      Dejó caer la hoja, y mordisqueó un borde de la lembas.  Escupió y un acceso de tos le sacudió el cuerpo.

      -¡Aj! ¡No! -farfulló echando baba-.  Estáis tratando de ahogar al pobre Sméagol.  Polvo y cenizas, eso él no lo puede comer.  Se morirá de hambre.  Pero a Sméagol no le importa. ¡Hobbits buenos!  Sméagol prometió.  Se morirá de hambre.  No puede comer alimentos de hobbits.  Se morirá de hambre. ¡Pobre Sméagol, tan flaco!

      -Lo lamento -dijo Frodo-, pero no puedo ayudarte, creo.  Pienso que este alimento te haría bien, si quisieras probarlo.  Pero tal vez ni siquiera puedas probarlo, al menos por ahora.

 

 

            Los hobbits mascaron sus lembas en silencio.  A Sam de algún modo, le supieron mucho mejor que en los últimos días: el comportamiento de Gollum le había permitido descubrir nuevamente el sabor y la fragancia de las lembas.  Pero no se sentía a gusto.  Gollum seguía con la mirada el trayecto de cada bocado de la mano a la boca, como un perro famélico que espera junto a la silla del que come.  Sólo cuando los hobbits terminaron y se preparaban a descansar, se convenció al parecer de que no tenían manjares ocultos para compartir.  Entonces se alejó, se sentó a solas a algunos pasos de distancia, y lloriqueo.

      -¡Escuche! -le murmuró Sam a Frodo, no en voz demasiado baja; en realidad no le importaba que Gollum lo oyera o no-.  Necesitamos dormir un poco; pero no los dos al mismo tiempo con este malvado hambriento en las cercanías.  Con promesa o sin promesa, Sméagol 0 Gollum, no va a cambiar de costumbres de la noche a la mañana, eso se lo aseguro.  Duerma usted, señor Frodo, y lo llamaré cuando se me cierren los ojos.  Haremos guardias, como antes, mientras él ande suelto.

      -Puede que tengas razón, Sam -dijo Frodo hablando abiertamente-.  Ha habido un cambio en él, pero de qué naturaleza y profundidad, no lo sé todavía con certeza.  A pesar de todo, creo sinceramente que no hay nada que temer... por el momento.  De cualquier manera, monta guardia si quieres.  Déjame dormir un par de horas, no más, y luego llámame.

 

 

            Tan cansado estaba Frodo que la cabeza le cayó sobre el pecho, y ni bien hubo terminado de hablar, se quedó dormido.  Al parecer, Gollum no sentía ya ningún temor.  Se hizo un ovillo y no tardó en dormirse, indiferente a todo.  Pronto se le oyó respirar suave y acompasadamente, silbando apenas entre los dientes apretados, pero yacía inmóvil como una piedra.  Al cabo de un rato, temiendo dormirse también él si seguía escuchando la respiración de sus dos compañeros, Sam se levantó y pellizcó ligeramente a Gollum.  Las manos de Gollum se desenroscaron y se crisparon, pero no hizo ningún otro movimiento.  Sam se agachó y dijo pessscado junto al oído de Gollum, mas no hubo ninguna reacción, ni siquiera un sobresalto en la respiración de Gollum.

      Sam se rascó la cabeza. «Ha de estar realmente dormido», murmuró. «Y si yo fuera como él, no despertaría nunca más.» Alejó las imágenes de la espada y la cuerda que se le habían aparecido en la mente, y fue a sentarse junto a Frodo.

      Cuando despertó el cielo estaba oscuro, no más claro sino más sombrío que cuando habían desayunado.  Sam se incorporó bruscamente. No sólo a causa del vigor que había recobrado, sino también por la sensación de hambre, comprendió de pronto que había dormido el día entero, nueve horas por lo menos.  Frodo tendido ahora de costado, aún dormía profundamente.  A Gollum no se lo veía por ninguna parte.  Varios epítetos poco halagadores para sí mismo acudieron a la mente de Sam, tomados del vasto repertorio paternal del Tío; luego se le ocurrió pensar que su amo no se había equivocado: por el momento no tenían nada que temer.  En todo caso, allí seguían los dos todavía vivos; nadie los había estrangulado.

      -¡Pobre miserable! -dijo no sin remordimiento-.  Me pregunto a dónde habrá ido.

      -¡No muy lejos, no muy lejos! - dijo una voz por encima de él.  Sam levantó la mirada y vio la gran cabeza y las enormes orejas de Gollum contra el cielo nocturno.

      -Eh, ¿qué estás haciendo? -gritó Sam, inquieto una vez más como antes, no bien vio aquella cabeza.

     -Sméagol tiene mucha hambre -dijo Gollum-.  Volverá pronto. -¡Vuelve ahora mismo! -gritó Sam-. ¡Eh! ¡Vuelve! -Pero Gollum había desaparecido.

      Frodo despertó con el grito de Sam y se sentó y se frotó los ojos. -¡Hola! -dijo-. ¿Algo anda mal? ¿Qué hora es?

      -No sé -dijo Sam-.  Ya ha caído el sol, me parece.  Y el otro se ha marchado.  Decía que tenía mucha hambre.

      -No te preocupes -dijo Frodo-.  No podemos impedirlo.  Pero volverá, ya verás.  Todavía cumplirá la promesa por algún tiempo.  Y de todos modos, no abandonará su Tesoro.

      Frodo tomó con calma la noticia de que ambos habían dormido profundamente durante horas con Gollum, y con un Gollum muy hambriento por añadidura, suelto en las cercanías.

      -No busques ninguno de esos epítetos de tu Tío -le dijo a Sam-.  Estabas extenuado y todo ha salido bien: ahora los dos estamos descansados.  Y tenemos por delante un camino difícil, el tramo más arduo.

      -A propósito de comida -comentó Sam-, ¿cuánto tiempo cree que nos llevará este trabajo?  Y cuando hayamos concluido, ¿qué haremos entonces?  Este pan del camino mantiene en pie maravillosamente bien, pero no satisface para nada el hambre de adentro, por así decir: no a mí al menos, sin faltar el respeto a quienes lo prepararon.  Pero uno tiene que comer un poco cada día, y no se multiplica.  Creo que nos alcanzará para unas tres semanas, digamos, y eso con el cinturón apretado y poco diente.  Hemos estado derrochándolo.

      -No sé cuánto tardaremos aún... hasta el final -dijo Frodo-.  Nos retrasamos demasiado en las montañas.  Pero Samsagaz Gamyi, mi querido hobbit... en verdad Sam, mi hobbit más querido, el amigo por excelencia, no nos preocupemos por lo que vendrá después.  Terminar con este trabajo, como tú dices... ¿qué esperanzas tenemos de terminarlo alguna vez?  Y si lo hacemos ¿sabemos acaso qué habremos conseguido? Si el Unico cae en el Fuego, y nosotros nos encontramos en las cercanías, yo te pregunto a ti, Sam, ¿crees que en ese caso necesitaremos pan alguna vez?  Yo diría que no.  Cuidar nuestras piernas hasta que nos lleven al Monte del Destino, más no podemos hacer.  Y empiezo a temer que sea más de lo que está a mi alcance.

      Sam asintió en silencio.  Tomando la mano de Frodo, se inclinó.  No se la besó, pero unas lágrimas cayeron sobre ella.  Luego se volvió, se enjugó la nariz con la manga, se levantó y se puso a dar puntapiés en el suelo, mientras trataba de silbar y decía con voz forzada:

      -¿Por dónde andará esa condenada criatura?

      En realidad, Gollum no tardó en regresar; pero con tanto sigilo que los hobbits no lo oyeron hasta que lo tuvieron delante.  Tenía los dedos y la cara sucios de barro negro.  Masticaba aún y se babeaba.  Lo que mascaba, los hobbits no se lo preguntaron ni quisieron imaginarlo.

      «Gusanos o escarabajos o algunos de esos bichos viscosos que viven en agujeros», pensó Sam. «¡Brrr! ¡Qué criatura inmunda! ¡Pobre desgraciado!»

      Gollum no les habló hasta después de beber en abundancia y lavarse en el arroyo.  Entonces se acercó a los hobbits lamiéndose los labios.

      -Mejor ahora ¿eh? -les dijo-. ¿Hemos descansado? ¿Listos para seguir viaje? ¡Buenos hobbits! ¡Qué bien duermen! ¿Confían ahora en Sméagol?  Muy, muy bien.

 

 

            La etapa siguiente del viaje fue muy parecida a la anterior.  A medida que avanzaban la garganta se hacía menos profunda y la pendiente del suelo menos inclinada.  El fondo era más terroso y casi sin piedras, y las paredes se transformaban poco a poco en barrancas.  Ahora el sendero serpenteaba y se desviaba hacia uno u otro lado.  La noche concluía, pero las nubes cubrían la luna y las estrellas, y sólo una luz gris y tenue que se expandía lentamente anunciaba la llegada del día.

      En una fría hora de marcha llegaron al término del arroyo.  Las orillas eran ahora montículos cubiertos de musgo.  El agua gorgoteaba sobre el último reborde de piedra putrefacta, caía en una charca de aguas pardas y desaparecía.  Unas cañas secas silbaban y crujían, aunque al parecer no había viento.

      A ambos lados y al frente de los viajeros se extendían grandes ciénagas y marismas, internándose al este y al sur en la penumbra pálida del alba.  Unas brumas y vahos brotaban en volutas de los pantanos oscuros y fétidos.  Un hedor sofocante colgaba en el aire inmóvil.  En lontananza, casi en línea recta al sur, se alzaban las murallas montañosas de Mordor, como una negra barrera de nubes despedazadas que flotasen sobre un mar peligroso cubierto de nieblas.

      Ahora los hobbits dependían enteramente de Gollum.  No sabían, ni podían adivinar a esa luz brumosa, que en realidad se encontraban a sólo unos pasos de los confines septentrionales de las ciénagas, cuyas ramificaciones principales se abrían hacia el sur.  De haber conocido la región, habrían podido, demorándose un poco, volver sobre sus pasos y luego, girando al este, llegar por tierra firme a la desnuda llanura de Dagorlad: el campo de la antigua batalla librada ante las puertas de Mordor.  Aunque ese camino no prometía demasiado.  En aquella llanura pedregosa, atravesada por las carreteras de los orcos y los soldados del enemigo, no había ninguna posibilidad de encontrar algún refugio.  Allí ni siquiera las capas élficas de Lórien hubieran podido ocultarlos.

      -¿Y ahora por dónde vamos, Sméagol? - preguntó Frodo -. ¿Tenemos que atravesar estas marismas pestilentes?

      -No, no -dijo Gollum-.  No si los hobbits quieren llegar a las montañas oscuras e ir a verlo lo más pronto posible.  Un poco para atrás y una pequeña vuelta... -el brazo flaco señaló al norte y el este- ...y podréis llegar por caminos duros y fríos a las puertas mismas del país.  Muchos de los suyos estarán allí para recibir a los huéspedes, felices de poder conducirlos directamente a Él, oh sí.  El Ojo vigila constantemente en esa dirección.  Allí capturó a Sméagol, hace mucho mucho tiempo. - Gollum se estremeció. - Pero desde entonces Sméagol ha aprendido a usar sus propios ojos, sí, sí: he usado mis ojos y mis pies y mi nariz desde entonces.  Conozco otros caminos.  Más difíciles, menos rápidos; pero mejores, si no queremos que Él vea. ¡Seguid a Sméagol!  Él puede guiaros a través de las ciénagas, a través de las nieblas espesas y amigas.  Seguid a Sméagol con cuidado, y podréis ir lejos, muy lejos, antes que Él os atrape, sí, quizás.

 

 

            Ya era de día, una mañana lúgubre y sin viento, y los vapores de las ciénagas yacían en bancos espesos.  Ni un solo rayo de sol atravesaba el cielo encapotado, y Gollum parecía ansioso y quería continuar el viaje sin demora.  Así pues, luego d.- un breve descanso, reanudaron la marcha y pronto se perdieron en un paisaje umbrío y silencioso, aislado de todo el mundo circundante, desde donde no se veían ni las colinas que habían abandonado ni las montarías hacia donde iban.  Avanzaban en fila, a paso lento: Gollum, Sam, Frodo.

Frodo parecía el más cansado de los tres, y- a pesar de la lentitud de la marcha, a menudo se quedaba atrás.  Los hobbits no tardaron en comprobar que aquel pantano inmenso era en realidad una red interminable de charcas, lodazales blandos, y riachos sinuosos y menguantes.  En esa maraña, sólo un ojo y un pie avezados podían rastrear un sendero errabundo.  Gollum poseía ambas cosas sin duda alguna, y las necesitaba. No dejaba de girar la cabeza de un lado a otro sobre el largo cuello, mientras husmeaba el aire y hablaba constantemente consigo mismo en un murmullo.  De vez en cuando levantaba una mano para indicarles que debían detenerse, mientras él se adelantaba unos pocos pasos, y se agachaba para palpar el terreno con los dedos de las manos 0 de los pies, o escuchar, con el oído pegado al suelo.

      Era un paisaje triste y monótono.  Un invierno frío y húmedo reinaba aún en aquella comarca abandonada.  El único verdor era el de la espuma lívida de las algas en la superficie oscura y viscosa del agua sombría.  Hierbas muertas y cañas putrefactas asomaban entre las neblinas como las sombras andrajosas de unos estíos olvidados.

      A medida que avanzaba el día, la claridad fue en aumento, las nieblas se levantaron volviéndose más tenues y transparentes.  En lo alto, lejos de la putrefacción y los vapores del mundo, el Sol subía, altivo y dorado sobre un paisaje sereno con suelos de espuma deslumbrante, pero ellos, desde allí abajo, no veían más que un espectro pasajero, borroso y pálido, sin color ni calor.  Bastó no obstante ese vago indicio de la presencia del Sol para que Gollum se enfurruñara y vacilara.  Suspendió el viaje, y descansaron, agazapados como pequeñas fieras perseguidas, a la orilla de un extenso cañaveral pardusco.  Había un profundo silencio, rasgado sólo superficialmente por las ligeras vibraciones de las cápsulas de las semillas, ahora resecas y vacías, y el temblor de las briznas de hierba quebradas, movidas por una brisa que ellos no alcanzaban a sentir.

      -¡Ni un solo pájaro! -dijo Sam con tristeza.

      -¡No, nada de pájaros! -dijo Gollum-. ¡Buenos pájaros! –Se pasó la lengua por los dientes.- Nada de pájaros aquí.  Hay serpientes, gusanos, cosas de las ciénagas.  Muchas cosas, montones de cosas inmundas.  Nada de pájaros -concluyó tristemente.  Sam lo miró con repulsión.

 

 

            Así transcurrió la tercera jornada del viaje en compañía de Gollum.  Antes que las sombras de la noche comenzaran a alargarse en tierras más felices, los viajeros reanudaron la marcha, avanzando casi sin cesar, y deteniéndose sólo brevemente, no tanto para descansar como para ayudar a Gollum; porque ahora hasta él tenía que avanzar con sumo cuidado, y a ratos se desorientaba.  Habían llegado al corazón mismo de la Ciénaga de los Muertos y estaba oscuro.

      Caminaban lentamente, encorvados, en apretada fila, siguiendo con atención los movimientos de Gollum.  Los pantanos eran cada vez más aguanosos, abriéndose en vastas lagunas; y cada vez era más difícil encontrar donde poner el pie sin hundirse en el lodo burbujeante.  Por fortuna, los viajeros eran livianos, pues de lo contrario difícilmente hubieran encontrado la salida.

      Pronto la oscuridad fue total: el aire mismo parecía negro y pesado.  Cuando aparecieron las luces, Sam se restregó los ojos: pensó que estaba viendo visiones.  La primera la descubrió con el rabillo del ojo izquierdo: un fuego fatuo que centelleó un instante débilmente y desapareció; pero pronto asomaron otras: algunas corno un humo de brillo apagado, otras como llamas brumosas que oscilaban lentamente sobre cirios invisibles; aquí y allá se retorcían como sábanas fantasmales desplegadas por manos ocultas.  Pero ninguno de sus compañeros decía una sola palabra.

      Por último Sam no pudo contenerse.

      -¿Qué es todo esto, Gollum? -dijo en un murmullo-. ¿Estas luces?  Ahora nos rodean por todas partes. ¿Nos han atrapado? ¿Quiénes son?

      Gollum alzó la cabeza.  Se encontraba delante del agua oscura y se arrastraba en el suelo, a derecha e izquierda, sin saber por dónde ir.

      -Sí, nos rodean por todas partes -murmuró-.  Los fuegos fatuos.  Los cirios de los cadáveres, sí, sí. ¡No les prestes atención! ¡No las mires! ¡No las sigas! ¿Dónde está el amo?

Sam volvió la cabeza y advirtió que Frodo se había retrasado otra vez.  No lo veía.  Volvió sobre sus pasos en las tinieblas, sin atreverse a ir demasiado lejos, ni a llamar en voz más alta que un ronco murmullo.  Súbitamente tropezó con Frodo, que inmóvil y absorto contemplaba las luces pálidas.  Las manos rígidas le colgaban a los costados del cuerpo: goteaban agua y lodo.

      -¡Venga, señor Frodo! -dijo Sam- ¡No las mire!  Gollum dice que no hay que mirarlas.  Tratemos de caminar junto con él y de salir de este sitio maldito lo más pronto posible... si es posible.

      -Está bien -dijo Frodo como si regresara de un sueño-.  Ya voy. ¡Sigue adelante!

      En la prisa por alcanzar a Gollum, Sam enganchó el pie en una vieja raíz o en una mata de hierba y trastabilló.  Cayó pesadamente sobre las manos, que se hundieron en el cieno viscoso, con la cara muy cerca de la superficie oscura de la laguna.  Oyó un débil silbido, se expandió un olor fétido, las luces titilaron, danzaron y giraron vertiginosamente.  Por un instante el agua le pareció una ventana con vidrios cubiertos de inmundicia a través de la cual él espiaba.  Arrancando las manos del fango, se levantó de un salto, gritando.

      -Hay cosas muertas, caras muertas en el agua -dijo horrorizado-. ¡Caras muertas!

Gollum se rió.

      -La Ciénaga de los Muertos, sí, sí: así la llaman -cloqueó-.  No hay que mirar cuando los cirios están encendidos.

      -¿Quiénes son? ¿Qué son? -preguntó Sam con un escalofrío, volviéndose a Frodo que ahora estaba detrás de él.

      -No lo sé -dijo Frodo con una voz soñadora-.  Pero yo también las he visto.  En los pantanos cuando se encendieron las luces.  Yacen en todos los pantanos, rostros pálidos, en lo más profundo de las aguas tenebrosas.  Yo los vi: caras horrendas y malignas, y caras nobles y tristes.  Una multitud de rostros altivos y hermosos, con algas en los cabellos de plata.  Pero todos inmundos, todos putrefactos, todos muertos.  En ellos brilla una luz tétrica. -Frodo se cubrió los ojos con las manos.- Ahora sé quiénes son; pero me pareció ver allí hombres y elfos, y orcos junto a ellos.

      -Sí, sí -dijo Gollum-.  Todos muertos, todos putrefactos.  Elfos y hombres y orcos.  La Ciénaga de los Muertos.  Hubo una gran batalla en tiempos lejanos, sí, eso le contaron a Sméagol cuando era joven, cuando yo era joven y el Tesoro no había llegado aún.  Fue una gran batalla.  Hombres altos con largas espadas, y elfos terribles, y orcos que aullaban.  Pelearon en el llano durante días y meses delante de las Puertas Negras.  Pero las ciénagas crecieron desde entonces, engulleron las tumbas; reptando, reptando siempre.

      -Pero eso pasó hace una eternidad o más –dijo Sam-. ¡Los muertos no pueden estar ahí realmente! ¿Pesa algún sortilegio sobre el País Oscuro?

      -¿Quién sabe?  Sméagol no sabe -respondió Gollum-.  No puedes llegar a ellos, no puedes tocarlos.  Nosotros lo intentamos una vez, sí, tesoro.  Yo traté una vez; pero son inalcanzables.  Sólo formas para ver, quizá, pero no para tocar. ¡No, tesoro!  Todos muertos.

      Sam lo miró sombríamente y se estremeció otra vez, creyendo adivinar por qué razón Sméagol había intentado tocarlos.

      -Bueno, no quiero verlos -dijo-. ¡Nunca más! ¿Podemos continuar y alejarnos de aquí?

      -Sí, sí -dijo Gollum-.  Pero lentamente, muy lentamente. ¡Con mucha cautela!  Si no los hobbits bajarán a acompañar a los muertos y a encender pequeños cirios. ¡Seguid a Sméagol! ¡No miréis las luces!

 

 

            Gollum se arrastró en cuatro patas hacia la derecha, buscando un camino que bordeara la laguna.  Frodo y Sam lo seguían de cerca, y se agachaban, utilizando a menudo las manos lo mismo que Gollum. «Tres pequeños tesoros de Gollum seremos, si esto dura mucho más», murmuró Sam.

      Llegaron por fin al extremo de la laguna negra, y la atravesaron, reptando o saltando de una traicionera isla de hierbas a la siguiente.  Más de una vez perdieron pie y cayeron de manos en aguas tan hediondas como las de un albañal, y se levantaron cubiertos de lodo y de inmundicia casi hasta el cuello, arrastrando un olor nauseabundo.

      Era noche cerrada, cuando por fin pisaron una vez más suelo firme.  Gollum siseaba y murmuraba entre dientes, pero parecía estar contento: de alguna manera misteriosa, gracias a una combinación de los sentidos del tacto y el olfato, y a una extraordinaria memoria para reconocer formas en la oscuridad, parecía saber una vez más dónde se encontraba y por dónde iba el camino.

      -¡En marcha ahora! -dijo-. ¡Buenos hobbits! ¡Valientes hobbits!  Muy muy cansados, claro; también nosotros, mi tesoro, los tres.  Pero al amo hay que alejarlo de las luces malas, sí, sí. -Con estas palabras reanudó la marcha casi al trote, por lo que parecía ser un largo camino entre cañas altas, y los hobbits lo siguieron, trastabillando, tan rápido como podían.  Pero poco después se detuvo de pronto y husmeó el aire dubitativamente, siseando como si otra vez algo lo preocupara o irritara.

      -¿Qué te ocurre? -gruñó Sam, tomando a mal la actitud de Gollum-. ¿Qué andas husmeando? A mí este olor poco menos que me derriba, por más que me tape la nariz.  Tú apestas y el amo apesta: todo apesta en este sitio.

      -¡Sí, sí, y Sam apesta! -respondió Gollum-.  El pobre Sméagol lo huele, pero Sméagol es bueno y lo soporta.  Ayuda al buen amo.  Pero no es por eso.  El aire se agita, algo va a cambiar.  Sméagol se pregunta qué: no está contento.

 

 

            Se puso de nuevo en marcha, pero parecía cada vez más inquieto, y a cada instante se erguía en toda su estatura, y tendía el cuello hacia el este y el sur.  Durante un tiempo los hobbits no alcanzaron a oír ni a sentir lo que tanto parecía preocupar a Gollum.  De improviso los tres se detuvieron, tiesos y alertas.  Frodo y Sam creyeron oír a los lejos un grito largo y doliente, agudo y cruel.  Se estremecieron.  En el mismo momento advirtieron al fin la agitación del aire, que ahora era muy frío.  Mientras permanecían así, muy quietos, y expectantes, oyeron un rumor creciente, como el de un vendaval que se fuera acercando.  Las luces veladas por la niebla vacilaron, se debilitaron, y por fin se extinguieron.

      Gollum se negaba a avanzar.  Se quedó allí, como petrificado, temblando y farfullando en su jerigonza, hasta que el viento se precipitó sobre ellos en un torbellino, rugiendo y silbando en las ciénagas.  La oscuridad se hizo algo menos impenetrable, apenas lo suficiente como para que pudieran ver, o vislumbrar, unos bancos informes de niebla que se desplazaban y alejaban encrespándose en rizos y en volutas.  Y al levantar la cabeza vieron que las nubes se abrían y dispersaban en jirones; de pronto, alta en el cielo meridional, flotando entre las nubes fugitivas, brilló una luna pálida.

      Por un instante el tenue resplandor llenó de júbilo los corazones de los hobbits; pero Gollum se agazapó, maldiciendo entre dientes la Cara Blanca.  Y entonces Frodo y Sam, mirando el cielo, la vieron venir: una nube que se acercaba volando desde las montañas malditas; una sombra negra de Mordor; una figura alada, inmensa y aciaga.  Cruzó como una ráfaga por delante de la luna, y con un grito siniestro, dejando atrás el viento, se alejó hacia el oeste.

      Se arrojaron al suelo de bruces y se arrastraron, insensibles a la tierra fría.  Mas la sombra nefasta giró en el aire y retornó, y esta vez voló más bajo, muy cerca del suelo, sacudiendo las alas horrendas y agitando los vapores fétidos de la ciénaga.  Y entonces desapareció: en las alas de la ira de Sauron voló rumbo al oeste; y tras él, rugiendo, partió también el viento huracanado dejando desnuda y desolada la Ciénaga de los Muertos.  Hasta donde alcanzaba la vista, hasta la distante amenaza de las montañas, sólo la luz intermitente de la luna punteaba el páramo inmenso.

      Frodo y Sam se levantaron, frotándose los ojos, como niños que despiertan de un mal sueño, y encuentran que la noche amiga tiende aún un manto sobre el mundo.  Pero Gollum yacía en el suelo, como desmayado.  No les fue fácil reanimarlo; durante un rato se negó a alzar el rostro y permaneció obstinadamente de rodillas, los codos apoyados en el suelo protegiéndose la parte posterior de la cabeza con las manos grandes y chatas.

      -¡Espectros! -gimoteaba . ¡Espectros con alas!  Son los siervos del Tesoro.  Lo ven todo, todo. ¡Nada puede ocultárselas! ¡Maldita Cara Blanca! ¡Y le dicen todo a Él!  Él ve, Él sabe. ¡Aj, gollum, gollum, gollum! -Sólo cuando la luna se puso a lo lejos, más allá del Tol Brandir, consintió en levantarse y reanudar la marcha.

 

 

            A partir de ese momento Sam creyó adivinar en Gollum un nuevo cambio.  Se mostraba más servil y más pródigo en supuestas manifestaciones de afecto; pero Sam lo sorprendía a veces echando miradas extrañas, principalmente a Frodo; además, recaía, cada vez más a menudo, en el lenguaje de antes.  Y Sam tenía otro motivo de preocupación.  Frodo parecía cansado, cansado hasta el agotamiento.  No decía nada, en realidad casi no hablaba; tampoco se quejaba, pero caminaba como si soportara una carga cuyo peso aumentaba sin cesar; y se arrastraba con una lentitud cada vez mayor, al punto que Sam tenía que rogarle a menudo a Gollum que esperase a fin de no dejar atrás al amo.

      Frodo sentía, en efecto, que con cada paso que lo acercaba a las puertas de Mordor, el Anillo, sujeto a la cadena que llevaba al cuello, se volvía más y más pesado.  Y empezaba a tener la sensación de llevar a cuestas un verdadero fardo, cuyo peso lo vencía y lo encorvaba.  Pero lo que más inquietaba a Frodo era el Ojo: así llamaba en su fuero íntimo a esa fuerza más insoportable que el peso del Anillo que lo obligaba a caminar encorvado.  El Ojo: la creciente y horrible impresión de la voluntad hostil, decidida a horadar toda sombra de nube, de tierra y de carne para verlo: para inmovilizarlo con una mirada mortífera, desnuda, inexorable. ¡Qué tenues, qué frágiles y tenues eran ahora los velos que lo protegían!  Frodo sabía bien dónde habitaba y cuál era el corazón de aquella voluntad: con tanta certeza como un hombre que sabe dónde está el sol, aun con los ojos cerrados.  Estaba allí, frente a él, y esa fuerza le golpeaba la frente.

      Gollum sentía sin duda algo parecido.  Pero lo que acontecía en aquel corazón miserable, acorralado como estaba entre las presiones del Ojo, la codicia del Anillo ahora tan al alcance de la mano, y la promesa reticente y humillante que hiciera a medias bajo la amenaza de la espada, los hobbits no podían adivinarlo.  Frodo no había pensado en eso en ningún momento.  Y Sam preocupado como estaba por su señor, casi no había reparado en la nube que le ensombrecía el corazón.  Ahora caminaba detrás de Frodo, y observaba con mirada vigilante cada uno de sus movimientos, sosteniéndolo cuando vacilaba, procurando alentarlo, con palabras desmayadas.

      Cuando despuntó por fin el día, los hobbits se sorprendieron al ver cuánto más próximas estaban ya las montañas infaustas.  El aire era ahora más límpido y fresco, y aunque todavía lejanos, los muros de Mordor no parecían ya una amenaza nebulosa en el horizonte, sino unas torres negras y siniestras que se erguían del otro lado de un desierto tenebroso.  Las tierras pantanosas terminaban transformándose paulatinamente en turberas muertas y grandes placas de barro seco y resquebrajado.  Ante ellos el terreno se elevaba en largas cuchillas, desnudas y despiadadas, hacia el desierto que se extendía a las puertas de Sauron.

      Mientras duró la luz grísea del alba, se agazaparon encogiéndose como gusanos debajo de una piedra negra, temiendo que el terror alado pasara nuevamente y los ojos crueles alcanzaran a verlos.  El resto de aquel día fue una sombra creciente de miedo en que la memoria no encontró nada en que posarse a descansar.  Durante dos noches más avanzaron penosamente por aquella tierra monótona y sin caminos.  El aire, les parecía, se había vuelto más áspero, cargado de un vapor acre que los sofocaba y les secaba la boca.

      Por fin, en la quinta mañana desde que se pusieran en camino con Gollum, se detuvieron una vez más.  Ante ellos, negras en el amanecer, las cumbres se perdían en una alta bóveda de humo y nubarrones sombríos.  De las faldas de las montañas, que se alzaban ahora a sólo una docena de millas, nacían grandes contrafuertes y colinas anfractuosas.  Frodo miró en torno, horrorizado.  Si las Ciénagas de los Muertos y los páramos secos de la Tierra-de-Nadie les habían parecido sobrecogedores, mil veces más horripilante era el paisaje que el lento amanecer desvelaba a los ojos entornados de los viajeros.  Hasta el Pantano de las Caras Muertas llegaría acaso alguna vez un trasnochado espectro de verde primavera; pero estas tierras nunca más conocerían la primavera ni el estío.  Nada vivía aquí, ni siquiera esa vegetación leprosa que se alimenta de la podredumbre.  Cenizas y Iodos viscosos de un blanco y un gris malsanos ahogaban las bocas jadeantes de las ciénagas, como si las entrañas de los montes hubiesen vomitado una inmundicia sobre las tierras circundantes.  Altos túmulos de roca triturada y pulverizada, grandes conos de tierra calcinada y manchada de veneno, que se sucedían en hileras interminables, como obscenas sepulturas de un cementerio infinito, asomaban lentamente a la luz indecisa.

      Habían llegado a la desolación que nacía a las puertas de Mordor: ese monumento permanente a los trabajos sombríos de muchos esclavos, y destinado a sobrevivir aun cuando todos los esfuerzos de Sauron se perdieran en la nada: una tierra corrompida, enferma sin la más remota esperanza de cura, a menos que el Gran Mar la sumergiera en las aguas del olvido.

      -Me siento mal -dijo Sam.  Frodo callaba.

      Permanecieron allí unos instantes, como hombres a la orilla de un sueño en el que acecha una pesadilla, procurando no amilanarse, pero recordando que sólo atravesando la noche s e llega a la mañana.  La luz crecía alrededor.  Las ciénagas ahogadas y los túmulos envenenados se recortaban ya nítidos y horribles.  El sol, ahora alto, surcaba el cielo entre nubes y largos regueros de humo, pero la luz parecía impura y viciada, y no alegró los corazones de los hobbits.  La sintieron hostil, pues les mostraba el desamparo en que estaban: pequeños fantasmas atribulados y errantes entre los túmulos de cenizas del Señor Oscuro.

      Demasiado fatigados, buscaron un sitio donde descansar.  Durante un rato estuvieron sentados y sin hablar a la sombra de un túmulo de escoria, pero los vapores fétidos les atacaban la garganta y los sofocaban.  Gollum fue el primero en levantarse.  Escupiendo y echando maldiciones, se puso de pie, y sin una palabra ni una mirada a los hobbits se alejó en cuatro patas.  Frodo y Sam se arrastraron detrás, hasta que llegaron a un foso enorme y casi circular que se elevaba en el oeste en un terraplén.  Estaba frío y muerto y un cieno viscoso y multicolor rezumaba en el fondo.  En ese agujero maligno se amontonaron, esperando que la sombra los protegiera de las miradas del Ojo.

      El día transcurrió lentamente.  La sed atormentaba, pero apenas bebieron algunas gotas de las cantimploras.  Las habían llenado por última vez en la garganta, que ahora, en el recuerdo, les parecía un remanso de paz y belleza.  Los hobbits se turnaron para descansar.  Tan agotados estaban, que al principio ninguno de los dos pudo dormir, pero cuando el sol empezó a descender a lo lejos, envuelto en nubes lentas, Sam se quedó dormido.  A Frodo le tocó pues hacer la guardia.  Apoyó la espalda contra la pared inclinada del foso, pero seguía sintiéndose como si llevara una carga agobiante.  Alzó los ojos al cielo estriado de humo y vio fantasmas extraños, jinetes Negros y rostros del pasado.  Flotando entre el sueño y la vigilia, perdió la noción del tiempo, hasta que el olvido vino y lo envolvió.

 

 

            Sam despertó bruscamente, con la impresión de que su amo lo estaba llamando.  Era de noche.  Frodo no podía haberlo llamado, porque se había quedado dormido, y había resbalado casi hasta el fondo del pozo.  Gollum estaba junto él.  Por un instante Sam pensó que estaba tratando de despertar a Frodo; pero en seguida comprendió que no era así.  Gollum estaba hablando solo.  Sméagol discutía con un interlocutor imaginario que utilizaba la misma voz, sólo que la pronunciación era entrecortado y sibilante.  Un resplandor pálido y un resplandor verde aparecían alternativamente en sus ojos mientras hablaba.

      -Sméagol prometió -decía el primer pensamiento.

      -Sí, sí, mi tesoro -fue la respuesta-, hemos prometido: para salvar nuestro Tesoro, para no dejar que lo tenga Él... nunca.  Pero está yendo hacia Él, con cada paso se le acerca más. ¿Qué pensará hacer el hobbit, nos preguntamos, sí, nos preguntamos?

      -No lo sé.  Yo no puedo hacer nada.  El amo lo tiene.  Sméagol prometió ayudar al amo.

      -Sí, sí, ayudar al amo: el amo del Tesoro.  Pero si nosotros fuéramos el amo, podríamos ayudarnos a nosotros mismos, sí, y a la vez cumplir las promesas.

      -Pero Sméagol dijo que iba a ser muy bueno, buenísimo. ¡Buen hobbit!  Quitó la cuerda cruel de la pierna de Sméagol.  Me habla con afecto.

      -Ser muy bueno, buenísimo, ¿eh mi tesoro?  Seamos buenos, entonces, buenos como los peces, dulce tesoro, pero con nosotros mismos.  Sin hacerle ningún daño al buen hobbit, naturalmente, no, no.

      -Pero el Tesoro mantendrá la promesa -objetó la voz de Sméagol.

      -Quítaselo entonces -dijo la segunda voz-, y será nuestro.  Entonces, nosotros seremos el amo, ¡gollum!  Haremos que el otro hobbit, el malo y desconfiado, se arrastre por el suelo, ¿sí, gollum?

      -¿No al hobbit bueno?

      -Oh no, si eso nos desagrada.  Sin embargo es un Bolsón, mi tesoro, un Bolsón.  Y fue un Bolsón quien lo robó.  Lo encontró y no dijo nada, nada.  Odiamos a los Bolsones.

      -No, no a este Bolsón.

      -Sí, a todos los Bolsones.  A todos los que retienen el Tesoro. ¡Tiene que ser nuestro!

      -Pero Él verá, Él sabrá. ¡Él nos lo quitará!

      -Él ve.  Él sabe.  Él nos ha oído hacer promesas tontas, contrariando sus órdenes, sí.  Tenemos que quitárselo.  Los Espectros buscan.  Tenemos que quitárselo.

      -¡No para Él!.

      -No, dulce tesoro.  Escucha, mi tesoro: si es nuestro, podremos escapar, hasta de Él ¿eh?  Podríamos volvernos muy fuertes, más fuertes tal vez que los Espectros. ¿El Señor Sméagol? ¿Gollum el Grande? ¡El Gollum!  Comer pescado todos los días, tres veces al día, recién sacado del mar. ¡Gollum el más precioso de los Tesoros!  Tiene que ser nuestro.  Lo queremos, lo queremos, ¡lo queremos!

      -Pero ellos son dos.  Despertarán demasiado pronto y nos matarán -gimió Sméagol en un último esfuerzo-.  Ahora no.  Todavía no.

      -¡Lo queremos!  Pero... -y aquí hubo una larga pausa, como si un nuevo pensamiento hubiera despertado-.  Todavía no ¿eh?  Tal vez no.  Ella podría ayudar.  Ella podría, sí.

      -¡No, no! ¡Así no! -gimió Sméagol.

      -¡Sí! ¡Lo queremos! ¡Lo queremos!

      Cada vez que hablaba el segundo pensamiento, la larga mano de Gollum avanzaba lentamente hacia Frodo, para apartarse luego de pronto, con un sobresalto, cuando volvía a hablar Sméagol.  Finalmente los dos brazos, con los largos dedos flexionados y crispados, se acercaron a la garganta de Frodo.

 

 

            Fascinado por esta discusión, Sam había permanecido acostado e inmóvil, pero espiando por entre los párpados entornados cada gesto y cada movimiento de Gollum.  Como espíritu simple, había imaginado que el peligro principal era la voracidad de Gollum, el deseo de comer hobbits.  Ahora caía en la cuenta de que no era así: Gollum sentía el terrible llamado del Anillo.  Él era evidentemente el Señor Oscuro, pero Sam se preguntaba quién sería Ella.  Una de las horrendas amigas que la miserable criatura había encontrado en sus vagabundeas, supuso.  Pero al instante se olvidó del asunto pues las cosas habían ido sin duda demasiado lejos y estaban tomando visos peligrosos.  Una gran pesadez le agarrotaba todos los miembros, pero se incorporó con un esfuerzo y logró sentarse.  Algo le decía que tuviera cuidado y no revelara que había escuchado la discusión.  Suspiró largamente y bostezó con ruido.

      -¿Qué hora es? -preguntó con voz soñolienta.

      Gollum dejó escapar entre dientes un silbido prolongado.  Se irguió un momento, tenso y amenazador; luego se desplomó, cayó hacia adelante en cuatro patas, y echó a correr, reptando, por el borde del pozo.

      -¡Buenos hobbits! ¡Buen Sam! -dijo-. ¡Cabezas soñolientas, sí, cabezas soñolientas! ¡Dejad que el buen Sméagol haga la guardia!  Pero cae la noche.  El crepúsculo avanza.  Es hora de partir.

      «¡Más que hora!» pensó Sam. «Y también hora de que nos separemos. » Pero en el mismo instante se le cruzó la idea de que Gollum suelto y en libertad podía ser tan peligroso como yendo con ellos. «¡Maldito sea!», masculló. «¡Ojalá se ahogara!» Bajó la cuesta tambaleándose y despertó a su amo.

      Cosa extraña, Frodo se sentía reconfortado.  Había tenido un sueño.  La sombra oscura había pasado y una visión maravillosa lo había visitado en esta tierra infecta.  No conservaba ningún recuerdo, pero a causa de esa visión se sentía animado y feliz.  La carga parecía menos pesada ahora.  Gollum lo saludó con la alegría de un perro.  Reía y parloteaba, haciendo crujir los dedos largos y palmoteando las rodillas de Frodo.  Frodo le sonrió.

      -¡Coraje! -le dijo -. Nos has guiado bien y con fidelidad.  Esta es la última etapa.  Condúcenos hasta la Puerta y una vez allí no te pediré que des un paso más.  Condúcenos hasta la Puerta y serás libre de ir a donde quieras... excepto a reunirte con nuestros enemigos.

      -Hasta la Puerta, ¿eh? -chilló la voz de Gollum, al parecer con sorpresa y temor-.   ¿Hasta la puerta, dice el amo? Sí, eso dice. Y el buen Sméagol hace lo que el amo pide.  Oh sí.  Pero cuando nos hayamos acercado, veremos tal vez, entonces veremos.  Y no será nada agradable. ¡Oh no! ¡Oh no!

-¡Acaba de una vez! -dijo Sam-. ¡Ya basta!

 

 

            La noche caía cuando se arrastraron fuera del foso y se deslizaron lentamente por la tierra muerta.  No habían avanzado mucho y de pronto sintieron otra vez aquel temor que los había asaltado cuando la figura alada pasara volando sobre las ciénagas.  Se detuvieron, agazapándose contra el suelo nauseabundo; pero no vieron nada en el sombrío cielo crepuscular, y pronto la amenaza pasó a gran altura enviada tal vez desde Barad-dûr con alguna misión urgente.  Al cabo de un rato Gollum se levantó y reanudó la marcha en cuatro patas, mascullando y temblando.

      Alrededor de una hora después de la medianoche el miedo los asaltó por tercera vez, pero ahora parecía más remoto, como si volara muy por encima de las nubes, precipitándose a una velocidad terrible rumbo al oeste.  Gollum sin embargo estaba paralizado de terror, convencido de que los perseguían, de que sabían dónde estaban.

      -¡Tres veces! -gimoteó-.  Tres veces es una amenaza.  Sienten nuestra presencia.  Sienten el Tesoro.  El Tesoro es el amo para ellos.  No podemos seguir adelante, no. ¡Es inútil, inútil!

      De nada sirvieron ya los ruegos y las palabras amables.  Y sólo cuando Frodo se lo ordenó, furioso, y echó mano a la empuñadura de la espada, Gollum se movió, otra vez.  Se levantó al fin con/un gruñido, y marchó delante de ellos como un perro apaleado.

      Y así, tropezando y trastabillando, prosiguieron la marcha hasta el fatigoso término de la noche, hacia el amanecer de un nuevo día de terror, caminando en silencio con las cabezas gachas, sin ver nada, sin oír nada más que el silbido del viento.


3

 

LA PUERTA NEGRA ESTA CERRADA

 

            Antes que despuntara el sol del nuevo día habían llegado al término del viaje a Mordor.  Las ciénagas y el desierto habían quedado atrás.  Ante ellos, sombrías contra un cielo pálido, las grandes montañas erguían las cabezas amenazadoras.

      Mordor estaba franqueada al oeste por la cordillera espectral de Ephel Dúath, las Montañas de las Sombras, y al norte por los picos anfractuosos y las crestas desnudas de Ered Lithui, de color gris ceniza.  Pero al aproximarse las unas a las otras, estas cadenas de montañas que eran en realidad sólo parte de una muralla inmensa que encerraba las llanuras lúgubres de Lithlad y Gorgoroth, y en el centro mismo el cruel mar interior de Nûrnen, tendían largos brazos hacia el norte; y entre esos brazos corría una garganta profunda.  Era Cirith Gorgor, el Paso de los Espectros, la entrada al territorio del enemigo.  La flanqueaban unos altos acantilados, y dos colinas desnudas y casi verticales de osamenta negra emergían de la boca de la garganta.  En las crestas de esas colinas asomaban los Dientes de Mordor, dos torres altas y fuertes.  Las habían construido los hombres de Gondor en días muy lejanos de orgullo y grandeza, luego de la caída y la fuga de Sauron, temiendo que intentase rescatar el antiguo reino.  Pero el poderío de Gondor declinó, y los hombres durmieron, y durante largos años las torres estuvieron vacías.  Entonces Sauron volvió.  Ahora, las torres de atalaya, en un tiempo ruinosas, habían sido reparadas, y las armas se guardaban allí, y las vigilaban día y noche.  Los muros eran de piedra, y las troneras negras se abrían al norte, al este y al oeste, y en todas ellas habia ojos avizores.

      A la entrada del desfiladero, de pared a pared, el Señor Oscuro había construido un parapeto de piedra.  En él había una única puerta de hierro, y en el camino de ronda los centinelas montaban guardia.  Al pie de las colinas, de extremo a extremo, habían cavado en la roca centenares de cavernas y agujeros; allí aguardaba emboscado un ejército de orcos, listo para lanzarse afuera a una señal como hormigas negras que parten a la guerra.  Nadie podía pasar por los Dientes de Mordor sin sentir la mordedura, a menos que fuese un invitado de Sauron, o conociera el santo y sería que abría el Morannon, la puerta negra.

      Los dos hobbits escudriñaron con desesperación las torres y la muralla.  Aun a la distancia alcanzaban a ver en la penumbra las idas y venidas de los centinelas negros por el adarve y las patrullas delante de la puerta.  Echados en el suelo, miraban por encima del borde rocoso de una concavidad a la sombra del brazo más septentrional de Ephel Dúath.  Un cuervo que a través del aire denso volara en línea recta, no necesitaría recorrer, quizá, más de doscientas varas para llegar desde el escondite de los hobbits hasta la cúspide de la torre más próxima, de la que se elevaba en espiral una leve humareda, como si un fuego lento ardiera en las entrañas de la colina.

 

 

            Llegó el día y el sol pajizo parpadeó sobre las crestas inánimes de Ered Lithui.  Entonces, de improviso, resonó el grito de bronce de las trompetas: llamaban desde las torres; y de muy lejos, desde las fortalezas y avanzadas ocultas en las montañas, llegaban las respuestas; y más distantes aún, remotos pero profundos y siniestros, resonaban a través de las tierras cavernosas los ecos de los cuernos poderosos y los tambores de Barad-dûr.  Un nuevo y tenebroso día de temor y penurias había amanecido para Mordor; los centinelas nocturnos eran llevados de vuelta a las mazmorras y cámaras subterráneas, y los guardias diurnos, malignos y feroces, venían a ocupar sus puestos.  El acero relumbraba débilmente en los muros.

      -¡Y bien, henos aquí! -dijo Sam-.  He aquí la Puerta, y tengo la impresión de que no podremos ir más lejos.  A fe mía, creo que el Tío tendría un par de cosas que decir, ¡si me viera aquí ahora!  Decía siempre que yo terminaría mal, si no me cuidaba, eso decía.  Pero ahora no creo que lo vuelva a ver, nunca más.  Se perderá la oportunidad de decirme Yo te lo decía, Sam: tanto peor.  Ojalá siguiera diciéndolo hasta que perdiera el aliento, si al menos pudiera ver otra vez esa cara arrugada.  Pero antes tendría que lavarme, pues si no no me reconocería.

      »Supongo que es inútil preguntar "A dónde vamos ahora".  No podemos seguir adelante... a menos que pidamos a los orcos que nos den una mano.

      -¡No, no! -,dijo Gollum-.  Es inútil.  No podemos seguir.  Ya lo dijo Sméagol.  Dijo: iremos hasta la Puerta, y entonces veremos.  Y ahora vemos.  Oh sí, mi tesoro, ahora vemos.  Sméagol sabía que los hobbits no podían tomar este camino.  Oh sí, Sméagol sabía.

      -Entonces ¿por qué rayos nos trajiste aquí? -prorrumpió Sam, que no se sentía de humor como para ser justo y razonable.

      -El amo lo dijo.  El amo dijo: Llévanos hasta la Puerta.  Y el buen Sméagol hace lo que el amo dice.  El amo lo dijo, el amo sabio.

      -Es verdad -dijo Frodo, con expresión dura y tensa, pero resuelta.  Estaba sucio, ojeroso y deshecho de cansancio, mas ya no se encorvaba, y tenía una mirada límpida-.  Lo dije porque tengo la intención de entrar en Mordor y no conozco otro camino.  Por consiguiente iré por ese camino.  No le pido a nadie que me acompañe.

      -¡No, no, amo! -gimió Gollum, acariciando a Frodo con sus manazas, y al parecer muy afligido-.    Por este lado es inútil. ¡Inútil! ¡No le lleves a Él el Tesoro!  Nos comerá a todos, si lo tiene, se comerá a todo el mundo.  Consérvalo, buen amo, y sé bueno con Sméagol.  No permitas que Él lo tenga. 0 vete lejos de aquí, ve a sitios agradables, y devuélvelo al pequeño Sméagol.  Sí, sí, amo: devuélvelo ¿eh?  Sméagol lo guardará en un sitio seguro; hará mucho bien, especialmente a los buenos hobbits.  Hobbits, volveos. ¡No vayáis a la Puerta!

      -Tengo la orden de ir a las tierras de Mordor y por lo tanto iré -dijo Frodo-.  Si no hay más que un camino, tendré que tomarlo.  Suceda lo que suceda.

      Sam se quedó callado.  La expresión del rostro de Frodo era suficiente para él; sabía que todo cuanto pudiera decirle sería inútil.  Al fin y al cabo, él nunca había puesto ninguna esperanza en el éxito de la empresa; pero era un hobbit vehemente y temerario y no necesitaba esperanzas, mientras pudiera retrasar la desesperanza.  Ahora habían llegado al amargo final.  Pero él no había abandonado a su señor ni un solo instante; para eso había venido, y no pensaba abandonarlo ahora.  Frodo no iría solo a Mordor.  Sam iría con él... y en todo caso, al menos se verían por fin libres de Gollum.

      Gollum, sin embargo, no tenía ningún interés en que se libraran de él, al menos por el momento.  Se arrodilló a los pies de Frodo, retorciéndose las manos y lloriqueando.

      -¡No por este camino, mi amo! - suplicó -. Hay otro camino.  Oh sí, de verdad, hay otro.  Otro camino más oscuro, más difícil de encontrar, más secreto.  Pero Sméagol lo conoce. ¡Deja que Sméagol te lo muestre!

      -¡Otro camino! -dijo Frodo en tono dubitativo, escrutando el rostro de Gollum.

      -¡Sssí!  Sssí, ¡de verdad!  Había otro camino.  Sméagol lo descubrió.  Vayamos a ver si todavía está.

      -No dijiste nada de ese camino, antes.

      -No.  El amo no preguntó.  El amo no dijo lo que quería hacer.  No le dice nada al pobre Sméagol.  Dice: Sméagol, llévame hasta la Puerta... y luego ¡adiós!  Sméagol puede marcharse y ser bueno.  Pero ahora le dice: pienso entrar en Mordor por este camino.  Y entonces Sméagol tiene mucho miedo.  No desea perder al buen amo.  Y él prometió, el amo le hizo prometer que salvaría el Tesoro.  Pero el amo se lo llevará a Él, directamente a la Mano Negra, si va por este camino.  Entonces Sméagol piensa en otro camino, de mucho tiempo atrás.  Buen amo.  Sméagol muy bueno, siempre ayuda.

      Sam arrugó el ceño.  Si hubiera podido, habría atravesado a Gollum con los ojos.  Tenía muchas dudas.  En apariencia Gollum estaba sinceramente afligido y deseaba ayudar a Frodo.  Pero a Sam, recordando la discusión que había escuchado a hurtadillas, le costaba creer que el Sméagol largamente sumergido hubiese salido a la superficie; esta voz, en todo caso, no era la que había dicho la última palabra en la discusión.  Lo que Sam sospechaba era que las dos mitades, Sméagol y Gollum (que él llamaba para sus adentros el Bribón y el Adulón), habían pactado una tregua y una alianza temporal: ninguno de los dos quería que el Anillo fuese a parar a manos del enemigo; ambos querían evitar que Frodo cayese prisionero, para poder vigilarlo ellos mismos tanto tiempo como fuera posible... al menos mientras Adulón tuviese la posibilidad de recuperar el «Tesoro».  De que hubiera realmente otro camino a Mordor, Sam no estaba seguro.

      «Y es una suerte que ninguna de las mitades de este viejo bribón conozca las intenciones del amo, se dijo.  Si supiera que el señor Frodo se propone acabar de una vez por todas con el Tesoro, apuesto a que muy pronto se armaría la gorda.  Como quiera que sea, el viejo Adulón le tiene tanto miedo al enemigo (y está o estuvo de algún modo bajo sus órdenes) que preferiría entregarnos a Él a que lo atrapen ayudándonos, y a que fundan el Tesoro, quizás.  Esta es mi opinión, por lo menos.  Y espero que el amo lo piense con cuidado.  Es tan sagaz como cualquiera, pero tiene un corazón demasiado tierno, eso es lo que pasa. ¡Y lo que vaya a hacer ahora está más allá del entendimiento de un Gamyi!»

      Frodo no le respondió a Gollum en seguida.  Mientras estas dudas pasaban por el cerebro lento pero perspicaz de Sam, había estado mirando los acantilados oscuros que franqueaban el Cirith Gorgor.  La hoya en que se habían refugiado estaba excavada en el flanco de una loma, un poco por encima de un largo valle atrincherado que se abría entre la colina y las estribaciones de la montaña.  En el centro del valle se alzaban los cimientos negros de la torre de atalaya occidental.  Ahora, a la luz de la mañana podían verse claramente los caminos que convergían hacia la Puerta de Mordor, pálidos y polvorientos: uno serpenteaba en dirección al norte; otro se perdía en el este entre las nieblas que flotaban en las faldas de Ered Lithui; el tercero venía hacia ellos.  Luego de describir una curva brusca alrededor de la torre, se internaba en una garganta angosta y pasaba no muy lejos de la hondonada.

      A la derecha giraba hacia el oeste, bordeando las estribaciones montañosas, y hacia el sur desaparecía en las sombras que envolvían las laderas occidentales de Ephel Dúath; más allá de donde alcanzaba la vista, se internaba en 1 estrecha lengua de tierra que corría entre las montañas y el Río Grande.

      Mientras miraba en esa dirección, Frodo advirtió que había mucho movimiento y agitación en la llanura.  Se hubiera dicho que ejércitos enteros estaban en marcha, aunque ocultos en parte por los vahos y humaredas que el viento traía a la deriva desde las ciénagas y desiertos lejanos.  No obstante, vislumbraba aquí y allá el centelleo de las lanzas y los yelmos; y por los terraplenes vecinos a las carreteras se veían jinetes que cabalgaban en compañías numerosas.  Recordó la visión que había tenido en lo alto del Amon Hen, hacía apenas unos días, aunque ahora le parecieran años.  Y supo entonces que la esperanza que en un raro momento le había encendido el corazón era vana.  Las trompetas no habían tronado en son de desafío sino de bienvenida.  No era éste un ataque al Señor Oscuro organizado por los Hombres de Gondor que como espectros vengadores habían salido de las tumbas de los héroes desaparecidas hacía tiempo.  Estos eran hombres de otra raza, venidos de las vastas comarcas del este, que acudían al llamado del Soberano; ejércitos que luego de acampar por la noche delante de la Puerta, ahora entraban en la fortaleza para engrosar aquel creciente poderío.  Como si de súbito tomara conciencia cabal del peligro que corrían, solos, a la creciente luz de la mañana, tan al alcance de esa inmensa amenaza, Frodo se cubrió prestamente la cabeza con el frágil capuchón, y descendió al valle.  Luego se volvió a Gollum.

      -Sméagol -le dijo-.  Confiaré en ti una vez más.  Se diría en verdad que he de hacerlo, y que es mi destino recibir ayuda de ti cuando menos la busco, y el tuyo ayudarme a mí, a quien tanto tiempo perseguiste con designios perversos.  Hasta ahora has merecido mi confianza, y has mantenido fielmente tu promesa.  Fielmente, digo y creo -agregó mirando a Sam de soslayo-, pues dos veces nos tuviste a tu merced y no nos hiciste daño alguno.  Tampoco has intentado quitarme lo que antes codiciabas. ¡Ojalá esta tercera prueba sea la mejor!  Pero te lo advierto, Sméagol, estás en peligro.

      -¡Sí, sí, amo! -dijo Gollum-. ¡Un peligro terrible!  Los huesos de Sméagol tiemblan al pensarlo, pero él no huye.  Él tiene que ayudar al buen amo.

      -No me refería al peligro que todos compartimos -dijo Frodo-.  Hablo de un peligro que sólo tú corres. Juraste cumplir una promesa por eso que llamas el Tesoro. ¡Recuérdalo!  Te obligará a cumplirla, pero tratará de volverla contra ti para destruirte.  Ya ha empezado a volverla contra -ti.  Tú mismo te delataste hace un momento por atolondrado. Devuélveselo a Sméagol, dijiste. ¡No lo digas nunca más! ¡No dejes que ese pensamiento crezca en ti!  Nunca podrás recuperarlo.  Pero la codicia que sientes por él puede traicionarte y arrastrarte a la desgracia.  Nunca podrás recuperarlo.  Como último recurso, Sméagol, yo me pondré el Tesoro; y el Tesoro te dominó hace mucho tiempo.  Si entonces yo te diese una orden, tendrías que obedecerla, aunque dijera que saltaras al fuego desde un precipicio y ésa sería mi orden. ¡Así que ten cuidado, Sméagol!

      Sam le lanzó a Frodo una mirada de aprobación, pero a la vez de sorpresa: había algo en la expresión del rostro y en el tono de la voz de Frodo que él nunca había conocido antes.  Siempre había pensado que la bondad del querido señor Frodo era tal que entrañaba una considerable dosis de ceguera.  Por supuesto, siempre había sostenido a pie juntillas la creencia incompatible de que el señor Frodo era la persona más sabia del mundo (con la posible excepción del anciano señor Bilbo y Gandalf).  Gollum a su modo (y con muchas más disculpas, pues su relación con Frodo era tanto más reciente) debía de haber cometido el mismo error, confundiendo bondad con ceguera.  En todo caso, este discurso lo había apabullado y aterrorizado.  Se arrastraba por el suelo y era incapaz de pronunciar palabras más inteligibles que buen amo.

      Frodo esperó pacientemente, y luego volvió a hablar, en tono menos severo.

      -A ver, Gollum, o Sméagol si prefieres, háblame de ese otro camino, y muéstrame qué esperanzas podemos poner en él, y si justifican que me desvíe del rumbo elegido.  Tengo prisa.

      Pero el estado de Gollum era deplorable; la amenaza de Frodo lo había desarmado por completo.  No fue fácil obtener de él una explicación clara, entre balbuceos y gemidos, y las frecuentes interrupciones en las que se retorcía por el suelo y les suplicaba que fuesen buenos con «el pobrecito Sméagol».  Al cabo de un rato se tranquilizó un poco, y Frodo pudo al fin sacar en limpio, pedazo a pedazo, que si un viajero seguía el camino que giraba hacia el oeste de Ephel Dúath, llegaría en cierto momento a una encrucijada en un círculo de árboles sombríos.  A la derecha, un camino descendía hasta Osgiliath y los puentes del Anduin; en el centro, el camino continuaba hacia el sur.

      -Continúa, continúa y continúa -dijo Gollum-.  Nunca fuimos por ese camino, pero dicen que continúa así un centenar de leguas hasta que se ven las Grandes Aguas que nunca están quietas.  Hay muchos peces allí y grandes pájaros que se comen los peces: pájaros buenos; pero nosotros nunca estuvimos allí, ¡ay, no!  Nunca tuvimos la oportunidad.  Y más lejos aún hay otras tierras, dicen, dicen, pero allí la Cara Amarilla es muy caliente, y casi nunca hay nubes, y los hombres son feroces y tienen la cara negra.  Nosotros no queremos ver esa región.

      -¡No! -dijo Frodo-.  Pero no te alejes de lo que importa. ¿Y el tercer camino?

      -Oh sí, oh si, hay un tercer camino -dijo Gollum-.  Es el de la izquierda.  No bien comienza empieza a trepar, a trepar, y serpentea y vuelve siempre trepando hacia las sombras altas.  Cuando pasas el recodo de la roca negra, la ves, la ves de pronto; allá arriba, sobre tu cabeza, y entonces quieres esconderte.

      -La ves, la ves... ¿Qué ves?

      -La antigua fortaleza, muy vieja, muy horrible hoy.  Oíamos historias del sur, cuando Sméagol era joven, hace mucho tiempo.  Oh sí, nos contaban muchos cuentos por la noche, sentados junto a las orillas del Río Grande, envíos saucedales, cuando también el río era más grande, ¡gollum, gollum! -Gollum empezó a llorar y balbucir.  Los hobbits esperaron con paciencia.

      -Historias del Sur -siguió diciendo Gollum- acerca de los hombres altos de ojos brillantes, y de casas como colinas de piedra, la corona de plata del rey y el Arbol Blanco: cuentos maravillosos.  Levantaban torres altísimas, y una de ellas era blanca como la plata, y allí había una piedra parecida a la luna, rodeada de grandes muros blancos.  Oh sí, había muchas historias acerca de la Torre de la Luna.

      -Esa ha de ser Minas Ithil, construida por Isildur el hijo de Elendil -dijo Frodo-.  Fue Isildur quien le cortó el dedo al Enemigo.

      -Sí, Él tiene sólo cuatro dedos en la Mano Negra, pero le bastan -dijo Gollum estremeciéndose-.  Y Él odiaba la ciudad de Isildur.

      -¿Qué es lo que él no odia? - dijo Frodo -. Pero ¿qué tiene que ver con nosotros la Torre de la Luna?

      -Bueno, amo, allí estaba, y aún está allí: la torre alta y las casas blancas y el muro; pero no agradables ahora, no hermosas.  Él las conquistó hace mucho tiempo.  Es un lugar terrible ahora.  Los viajeros tiemblan al verlo, se ocultan, evitan la sombra de los muros.  Pero el amo tendrá que ir por ese camino.  Ese es el único otro camino.  Porque allí las montañas son más bajas, y el viejo camino sube y sube, hasta llegar en la cima a una garganta sombría, y luego desciende, desciende otra vez... hasta Gorgoroth. -La voz se perdió en un susurro y Gollum se estremeció de nuevo.

      -¿Pero de qué nos servirá? -preguntó Sam-.  Sin duda el enemigo conoce palmo a palmo todas esas montañas, y es seguro que en ese camino hay tantos vigías como aquí.  La torre no está vacía ¿verdad?

      -¡Oh no, vacía no! - murmuró Gollum -. Parece vacía, pero no lo está, ¡oh no!  Criaturas muy terribles viven en ella.  Orcos, sí, siempre orcos; pero cosas peores; también viven allí cosas peores.  El camino trepa en línea recta bajo la sombra de los muros y pasa por la puerta.  Nada puede acercarse por el camino sin que ellos lo noten.  Las criaturas de allí dentro lo saben: los Centinelas Silenciosos.

      -Así que ese es tu consejo -dijo Sam-, que emprendamos otra interminable caminata hacia el sur, para encontrarnos nuevamente en este mismo brete, o quizás en otro peor, cuando lleguemos allí, si alguna vez llegamos.

      -No, no, claro que no -dijo Gollum-.  Los hobbits tienen que verlo, tratar de comprender.  El no espera un ataque por ese lado.  El Ojo de Él está en todas partes, pero a algunos sitios llega más que a otros.  Entendedlo, El no puede verlo todo al mismo tiempo, todavía no.  Ha conquistado todos los territorios al oeste de las Montañas de las Sombras, hasta el río, y domina los puentes.  Cree que nadie podrá llegar a la Torre de la Luna sin librar una batalla en los puentes, o sin traer cantidades de embarcaciones imposibles de ocultar y que Él descubriría.

      -Pareces saber mucho acerca de lo que Él hace y piensa -dijo Sam-.  ¿Has estado hablando con El recientemente? ¿O te has codeado con los orcos?

      -No bueno el hobbit, no sensato -dijo Gollum, lanzándole a Sam una mirada furiosa y volviéndose a Frodo-.  Sméagol ha hablado con los orcos, claro que sí, antes de encontrar al amo, y con mucha gente: ha caminado mucho y lejos.  Y lo que ahora dice, lo dice mucha gente.  Aquí en el Norte está ese gran peligro que lo amenaza a Él, y también a nosotros.  Un día saldrá por la Puerta Negra, un día muy cercano.  Ese es el único camino por el que pueden venir los grandes ejércitos.  Pero allá, en el oeste, El no teme nada, y allí están los Centinelas Silenciosos. -¡Exactamente! -replicó Sam, que no era nada fácil de convencer-.  Sólo tenemos que subir y llamar a la puerta de la Torre y preguntar si ese es el camino que lleva a Mordor. ¿O son demasiado silenciosos para responder?  Esto no tiene ni pies ni cabeza.  Tanto valdría probar aquí, y ahorrarnos una larga caminata.

      -No hagas bromas sobre eso -siseó Gollum-.  No le veo ninguna gracia. ¡Oh no!  No es divertido.  No tiene ni pies ni cabeza tratar de llegar a Mordor.  Pero si el amo dice He de ir o Iré, entonces tiene que buscar algún camino.  Pero no ir a la ciudad terrible.  Oh no, claro que no.  Aquí es donde Sméagol ayuda, buen Sméagol, aunque nadie le dice de qué se trata.  Sméagol ayuda otra vez.  Él lo descubrió.  Él lo conoce.

      -¿Qué descubriste? -preguntó Frodo.

      Gollum se enroscó sobre sí mismo y bajó la voz hasta que habló en un susurro.

      -Un pequeño sendero que sube hasta las montañas; y a continuación una escalera, una escalera estrecha.  Oh sí, muy larga y muy estrecha.  Y luego -la voz bajó todavía más- un túnel, un túnel oscuro; y por último una rajadura, una pequeña rajadura, y un sendero muy por encima del paso principal.  Fue por ese camino por dónde Sméagol salió de las tinieblas.  Pero eso sucedió hace muchos años.  El sendero puede haber desaparecido desde entonces; pero tal vez no, tal vez no.

      -No me gusta nada como suena todo eso -dijo Sam-.  Suena demasiado fácil, al menos en palabras.  Si el sendero existe todavía, también ha de estar vigilado. ¿No estaba vigilado, Gollum? -Mientras decía estas palabras, vio, o creyó ver, un resplandor verde en la mirada de Gollum.  Gollum masculló y no dijo nada.

      -¿No está vigilado? -le preguntó Frodo con voz severa-. ¿Y tú escapaste de las tinieblas, Sméagol? ¿No habrá sido más bien que te dejaron partir, con una misión?  Eso era al menos lo que pensaba Aragorn, que te encontró cerca de las Ciénagas de los Muertos hace algunos años.

      -¡Mentira! -siseó Gollum, y un resplandor maligno le cruzó los ojos cuando oyó el nombre de Aragorn-.  Mintió, sí, mintió.  Es verdad que escapé, solo y sin ayuda, pobre de mí.  Es verdad que me encomendaron que buscara el Tesoro, y lo he buscado y buscado, seguro que sí.  Pero no para Él, no para el Oscuro.  El Tesoro era nuestro, era mío, te dije.  Yo me escapé.

      Frodo tuvo una extraña certeza: que Gollum por una vez no estaba tan lejos de la verdad como se podría sospechar, que de algún modo había llegado a encontrar la manera de salir de Mordor y que atribuía el hallazgo a su propia astucia.  Notó, en todo caso, que Gollum había utilizado el yo, lo que era de algún modo un signo, las raras veces que aparecía, de que en ese momento predominaban los restos de una veracidad y sinceridad de otros tiempos.  Pero aunque en este aspecto se pudiera confiar en Gollum, Frodo no olvidaba la astucia del enemigo.  La «evasión» bien podía haber sido permitida o arreglada, y perfectamente conocida en la Torre Oscura.  Y en todo caso, no cabía duda de que Gollum callaba muchas cosas.

      -Vuelvo a preguntarte -dijo- ¿no está vigilado ese camino secreto?

      Pero el nombre de Aragorn había puesto de mal talante a Gollum.  Tenía todo el aire ofendido de un mentiroso de quien se sospecha que está mintiendo, cuando por una vez ha dicho la verdad, o parte de ella.  No contestó.

      -¿No está vigilada? -repitió Frodo.

      -Sí, sí, tal vez.  Ningún lugar es seguro en esta región -dijo Gollurn malhumorado-.  Ningún lugar es seguro.  Pero el amo tiene que intentarlo o volverse atrás.  No hay otro camino. -No consiguieron hacerle decir otra cosa.  El nombre del paraje peligroso y del paso alto, no pudo, o no quiso decirlo.

      Era Cirith Ungol, un nombre de siniestra memoria.  Quizás Aragorn hubiera podido decirles este nombre y explicarles su significado; Gandalf los habría puesto en guardia.  Pero estaban solos, y Aragorn se encontraba lejos, y Gandalf estaba entre las ruinas de Isengard, en lucha con Saruman, retenido por traición.  No obstante, en el momento mismo en que decía a Saruman unas últimas palabras, y el Palantir se desplomaba en llamas sobre las gradas de Orthanc, los pensamientos de Gandalf volvían sin cesar a Frodo y Sam; a través de las largas leguas los buscaba siempre con esperanza y compasión.

      Quizá Frodo lo sentía, sin saberlo, como lo había sentido en el Amon Hen, aunque creyera que Gandalf había partido, partido para siempre a las sombras de la Moria distante.  Durante largo rato permaneció sentado en el suelo, en silencio, cabizbajo, tratando de recordar todo cuanto le dijera Gandalf.  Mas con respecto a esta elección no podía recordar ningún consejo.  En verdad, la guía de Gandalf les había sido arrebatada demasiado pronto, cuando el País Oscuro estaba aún muy lejano.  Cómo harían para entrar por fin en él, Gandalf no lo había dicho.  Tal vez no lo supiera.  En una oportunidad se había aventurado a entrar en la fortaleza enemiga del norte.  Pero ¿había viajado alguna vez a Mordor, a la Montaña de Fuego y a Barad-dûr desde que el Señor oscuro recobrara el poder?  Frodo no lo creía.  Y ahora él, un pequeño mediano de la Comarca, un simple hobbit de la apacible campiña, estaba aquí ¡obligado a encontrar un camino que los mayores no podían o no se atrevían a transitar!  Triste destino el suyo.  Pero Frodo ya lo había aceptado en su propia salita en la remota primavera de otro año, tan remota que le parecía un capítulo en la historia de la juventud del mundo, cuando los Arboles de Plata y de Oro todavía estaban en flor.  Era una elección nefasta. ¿Qué camino elegir?  Y si ambos conducían al terror y a la muerte, ¿de qué le valía elegir?

      Avanzaba el día.  Un silencio profundo cayó sobre el pequeño hueco gris en que yacían tendidos, tan cercano a las orillas del reino del terror: un silencio palpable, como un velo espeso que los separara del mundo circundante.  Allá arriba una cúpula de cielo pálido, con estrías de un humo fugitivo, parecía alta y lejana, como si la observaran a través de profundos abismos de aire, cargado de inquietos pensamientos.

Ni aun un águila volando contra al sol habría reparado en los hobbits sentados allí, bajo el peso del destino, silenciosos e inmóviles, envueltos en los delgados mantos grises.  Acaso se habría detenido un instante a examinar a Gollum, una figura minúscula, inerte contra el suelo: quizás eso que allí yacía era el esqueleto enflaquecido de un niño humano, las ropas en harapos aún adheridas al cuerpo, los brazos y piernas largos y blancos y resecos como huesos; de carne, ni un mísero bocado.

      Frodo tenía la cabeza inclinada y apoyada sobre las rodillas, pero Sam, recostado de espaldas, con las manos detrás de la cabeza, contemplaba por debajo del capuchón el cielo desierto. 0 por lo menos estuvo desierto un rato.  De pronto creyó ver la forma oscura de un pájaro que revoloteaba en círculos, se cernía sobre ellos y se alejaba otra vez.  Otras dos la siguieron y luego una cuarta.  A simple vista, parecían muy pequeños, pero algo le decía a Sam que eran enormes, de alas inmensas y que volaban a gran altura.  Se tapó los ojos e inclinó el cuerpo hacia adelante, acurrucándose.  Sentía el mismo temor premonitorio que había conocido en presencia de los jinetes Negros, aquel horror irremediable que llegara con el grito en el viento y la sombra sobre la luna, aunque ahora no era tan aplastante y compulsivo: la amenaza parecía más remota.  Pero era una amenaza.  También Frodo la sintió, e interrumpió sus meditaciones.  Se movió y se estremeció, pero no levantó la cabeza.  Gollum se enroscó sobre sí mismo como una araría acorralada.  Las figuras aladas giraron y en rápido descenso partieron como flechas rumbo a Mordor.

      -Los jinetes andan otra vez por aquí, en el aire -dijo Sam en un ronco murmullo -. Yo los vi. ¿Cree que ellos nos hayan visto?  Volaban muy alto.  Y si son jinetes Negros, los mismos de antes, no ven mucho a la luz del día ¿verdad?

      -No, tal vez no -respondió Frodo-.  Pero los corceles podían ver.  Y estas criaturas aladas en que ahora cabalgan tienen la vista más aguda que cualquiera otra.  Son como grandes aves de rapiña.  Algo andan buscando: el enemigo está en guardia, me temo.

      El sentimiento de terror pasó, pero el silencio que los envolvía se había roto.  Durante un tiempo habían estado aislados del mundo, como en una isla invisible; ahora estaban de nuevo al desnudo, el peligro había retornado.  Pero Frodo seguía sin hablarle a Gollum, y aún no se había decidido.  Tenía los ojos cerrados, como si soñara, o se escudriñase interiormente el corazón y la memoria.  Por fin se movió, se puso de pie y pareció que iba a hablar y decidir:

      -¡Escuchad! -dijo en cambio-. ¿Qué es esto?

 

 

            Un nuevo temor cayó sobre ellos.  Oyeron cantos y gritos roncos.  Al principio parecían lejanos, pero se acercaban hacia ellos.  A los tres les asaltó la idea de que las Alas Negras los habían descubierto y habían enviado hombres armados a capturarlos; nada era nunca demasiado rápido para aquellos terribles servidores de Sauron.  Se acurrucaron, escuchando.  Las voces y el ruido metálico de las armas y los arneses se oían ahora muy cerca.  Frodo y Sam desenvainaron las pequeñas espadas.  Huir era imposible.

      Gollum se incorporó lentamente y trepó como un insecto hasta el reborde del hueco.  Con extrema cautela, pulgada por pulgada, se encaramó hasta poder mirar hacia abajo entre dos aristas de la piedra.  Allí estuvo inmóvil un tiempo, sin hacer ningún ruido.  Pronto las voces comenzaron a alejarse otra vez, hasta extinguirse poco a poco.  Un cuerno sonó a lo lejos en las murallas del Morannon.  Entonces Gollum se retiró en silencio y se deslizó nuevamente en el agujero.

      -Más hombres que van a Mordor -dijo en voz baja-.  Caras oscuras.  Nunca vimos hombres como estos hasta ahora.  No, Sméagol nunca los vio.  Parecen feroces.  Tienen los ojos negros, largos cabellos negros y aros de oro en las orejas: sí, montones de oro muy bello.  Y algunos tienen pintura roja en las mejillas y mantos rojos; y los estandartes son rojos, y también las puntas de las lanzas; y llevan escudos redondos, amarillos y negros con grandes clavijas.  No buenos: hombres malos muy crueles, parecen.  Casi tan malvados como los orcos y mucho más grandes.  Sméagol piensa que vienen del Sur, de más allá del extremo del Río Grande: llegaban por ese camino.  Iban todos hacia la Puerta Negra; pero otros podrían venir detrás.  Siempre más gente llegando a Mordor.  Un día todos estarán adentro.

      -¿Había algún Olifante? -preguntó Sam, olvidándose del miedo, ávido de noticias de países extraños.

      -No, no, ningún olifante. ¿Qué son los olifantes? -dijo Gollum.

      Sam se levantó, y poniendo las manos en la espalda (como siempre cuanto «decía poesías»), declamó:

 

Gris como una rata,

grande como una casa,

la nariz de serpiente,

hago temblar la tierra

cuando piso la hierba;

y los árboles crujen.

Con cuernos en la boca

por el Sur voy moviendo

las inmensas orejas.

Desde años sin cuento,

marcho de un lado a otro,

y ni para morir

en la tierra me acuesto.

Yo soy el Olifante,

el más grande de todos,

viejo, alto y enorme.

Si alguna vez me ves,

no podrás olvidarme.

Y si nunca me encuentras

no pensarás que existo.

Soy el viejo Olifante,

el que nunca se acuesta.

 

      -Este -dijo Sam cuando hubo terminado de recitar-, este es uno de los poemas que se dicen en la Comarca.  Puede que sean tonterías, puede que no.  Pero te diré una cosa, nosotros también tenemos nuestras historias y noticias del Sur.  En los viejos tiempos los hobbits partían de viaje de tanto en tanto.  No eran muchos los que regresaban, y no siempre la gente creía lo que decían: noticias de Bree y no tan seguras como las habladurías de la Comarca, como se suele decir.  Pero yo he escuchado historias de la Gente Grande de allá lejos, de las Tierras del Sur.  Endrinos los llamamos en nuestras historias; y montan olifantes cuando luchan, según dicen.  Ponen casas y torres sobre las grupas de los olifantes y se arrojan rocas y árboles unos a otros.  Por esto cuando tú dijiste «Hombres que vienen del Sur, todos de rojo y oro», yo te pregunté «¿Había algún olifante?», porque si los hay, peligro o no peligro, iré a echar una ojeada.  Pero ahora supongo que nunca en mi vida veré un olifante.  Tal vez ese animal no exista. -Sam suspiró.

      -No, ningún olifante -repitió Gollum-.  Sméagol no ha oído hablar de ellos.  No quiere verlos.  No quiere que existan.  Sméagol quiere irse de aquí y esconderse en un lugar seguro.  Sméagol quiere que el amo se vaya.  Buen amo, ¿no te irás con Sméagol?

      Frodo se levantó.  Aunque estaba muy preocupado, se había reído de buena gana cuando Sam sacó a relucir el viejo poema del Olifante, y esa risa había puesto fin a sus titubeos.

      -Ojalá tuviéramos un millar de olifantes, y a Gandalf a la cabeza montado en uno de blanco -dijo-.  Entonces podríamos tal vez abrirnos paso en esa tierra maldita.  Pero no los tenemos; sólo contamos con nuestras pobres piernas fatigadas y nada más.  Y bien, Sméagol, esta alternativa puede ser la mejor.  Iré contigo.

      -¡Amo bueno, amo sabio, querido amo! -exclamó Gollum radiante de alegría, palmoteando las rodillas de Frodo -. ¡Buen amo!  Entonces, ahora descansad, queridos hobbits, a la sombra de las piedras, ¡muy cerca de las piedras!  Descansad y quedaos tranquilos, hasta que la Cara Amarilla se haya marchado.  Partiremos entonces. ¡Tenemos que ser sigilosos y rápidos como sombras!


4

 

HIERBAS AROMATICAS

Y GUISO DE CONEJO

 

            Descansaron durante las pocas horas de luz que aún quedaban, corriéndose a medida que el sol se movía, hasta que la sombra de la cresta del valle se alargó por fin, y el hueco todo se pobló de oscuridad.  Entonces comieron un poco y bebieron unos sorbos.  Gollum no quiso comer, pero aceptó el agua de buena gana.

      -Pronto conseguiremos más -dijo, lamiéndose los labios-.  Corre agua buena por los arroyos que van al Río Grande, hay agua sabrosa en las tierras a donde vamos.  Allí Sméagol también conseguirá comida, tal vez.  Tiene mucha hambre, sí, ¡gollum! -Se llevó las manazas al vientre encogido, y una débil luz verde le animó los ojos.

 

 

            La oscuridad era profunda cuando por fin se pusieron en marcha, deslizándose por encima de la pared del valle, y desvaneciéndose como fantasmas en las tierras accidentadas que se extendían más allá del camino.  Era la tercera noche de plenilunio, pero la luna no asomó por encima de las montañas hasta pasada la medianoche, y en esas primeras horas la oscuridad era casi impenetrable.  Excepto una luz roja encendida en lo alto de las Torres de los Dientes, no se veía ni oía ningún otro indicio de la insomne vigilancia mantenida sobre el Morannon.

      Durante muchas millas, mientras huían tropezando a través de un campo yermo y pedregoso, tuvieron la impresión de que el ojo rojo no dejaba de observarlos.  No se atrevían a marchar por el camino, pero procuraban no alejarse de él, siguiendo sus sinuosidades por la izquierda lo mejor que podían.  Por fin, cuando la noche envejecía y el cansancio empezaba a vencerlos, pues sólo habían hecho un breve alto, el ojo se empequeñeció, fue una menuda punta de fuego y desapareció al fin: habían bordeado el oscuro rellano septentrional de las montañas más bajas y ahora iban hacia el sur.

      Con el corazón extrañamente aligerado volvieron a descansar, mas no por mucho tiempo.  Gollum opinaba que la marcha era demasiado lenta.  Según él había casi treinta leguas desde el Morannon hasta la encrucijada en lo alto del Osgiliath, y esperaba que cubrieran esa distancia en cuatro etapas.  De modo que pronto reanudaron la penosa caminata, hasta que el alba se extendió lentamente en la vasta soledad gris.  Para ese entonces habían recorrido ya casi ocho leguas, y los hobbits no podían ir más allá, aun cuando se hubiesen atrevido.

 

 

            La luz creciente les descubrió una región ya menos yerma y estragada.  A la izquierda, las montañas se erguían aún amenazantes, pero ya alcanzaban a ver el camino del sur, que ahora se alejaba de las raíces negras de las colinas y descendía hacia el oeste.  Más allá, las pendientes estaban cubiertas de árboles sombríos, como nubes oscuras, pero alrededor crecía un tupido brezal de retamas, cornejos y otros arbustos desconocidos.  Aquí y allá asomaban unos pinos altos.  Los corazones de los hobbits parecieron reanimarse: el aire, fresco y fragante, les trajo el recuerdo de allá lejos, de las tierras altas de la Cuaderna del Norte.  Era una felicidad que se les concediera aquella tregua, y un placer pisar un suelo que el Señor Oscuro dominaba desde hacía sólo pocos años, y aún no había caído en la ruina total.  No se olvidaron, sin embargo, del peligro que los amenazaba, ni de la Puerta Negra, muy cercana aún, por oculta que estuviese detrás de aquellas elevaciones lúgubres.  Observaron los alrededores en busca de un sitio donde ocultarse de los ojos maléficos mientras durase la luz.

      El día transcurrió, inquietante.  Tendidos en la espesura del brezal, contaban las horas lentas, y les parecía que poco o nada cambiaba; se encontraban aún bajo la sombra de Ephel Dúath, y el sol estaba velado.  Frodo dormía por momentos, profunda y apaciblemente, ya fuera porque confiaba en Gollum o porque estaba demasiado cansado para preocuparse; pero Sam a duras penas conseguía dormitar, aun en los momentos en que Gollum dormía visiblemente a pierna suelta, resoplando y contrayéndose en sueños secretos.  El hambre acaso, más que la desconfianza, lo mantenía despierto; había empezado a añorar una buena comida casera, «un bocado caliente sacado de la olla».

      Tan pronto como la tierra fue sólo una extensión gris con la proximidad de la noche, reanudaron la marcha.  Poco después Gollum los hizo bajar al camino del sur; y a partir de ese momento empezaron a avanzar más rápidamente, aunque ahora el peligro era mayor.  Aguzaban los oídos, temerosos de escuchar ruidos de cascos o de pies delante de ellos o detrás; pero la noche pasó sin que oyeran nada.

      El camino, construido en tiempos muy remotos, había sido recientemente reparado a lo largo de unas treinta millas bajo el Morannon, pero a medida que avanzaba hacia el sur cobraba un aspecto cada vez más salvaje.  La mano de los hombres de antaño era aún visible en la rectitud y la seguridad del recorrido y en la uniformidad de los niveles: de tanto en tanto se abría paso a través de las laderas de las colinas, o un arco armonioso de sólida mampostería atravesaba un río; pero al cabo todo signo de arquitectura desaparecía, excepto una que otra columna rota que emergía aquí y allá entre los matorrales, o algunos desgastados adoquines que asomaban aún entre el musgo y las malezas.  Brezos, árboles y helechos invadían en espesa maraña las orillas o se extendían por la superficie.  El camino parecía al fin un sendero rural poco frecuentado; pero no serpeaba: iba siempre en la misma dirección y los llevaba por la vía más corta.

      Cruzaron así las marcas septentrionales de ese país que los hombres llamaban antaño Ithilien, una hermosa región de lomas boscosas y de aguas rápidas.  A la luz de las estrellas y de una luna redonda, la noche se volvió transparente, y los hobbits tuvieron la impresión de que la fragancia del aire aumentaba a medida que avanzaban; y a juzgar por los resoplidos y bisbiseos de desagrado de Gollum, también él lo había notado.  Al despuntar el día hicieron una nueva pausa.  Habían llegado al extremo de una garganta larga y profunda, de paredes abruptas en el centro, por la que el camino se abría un pasaje a través de una cresta rocosa.  Escalaron la cuesta occidental y miraron a lo lejos.

      La luz del día se desplegaba en el cielo y las montañas estaban ahora mucho más distantes, retrocediendo hacia el este en una larga curva que se perdía en la lejanía.  Frente a ellos, cuando miraban hacia el oeste, las lomas descendían en pendientes y se perdían allá abajo entre brumas ligeras.  Estaban rodeados de bosquecillos de árboles resinosos, abetos y cedros y cipreses, y otras especies desconocidas en la Comarca, separados por grandes claros; y por todas partes crecía una exuberante vegetación de matas y hierbas aromáticas.  El largo viaje desde Rivendel los había llevado muy al sur de su propio país, pero sólo ahora, en esta región más protegida, los hobbits advertían el cambio del clima.  Aquí ya había llegado la primavera: a través del musgo y el mantillo despuntaban las hojas, las florecillas se abrían en la hierba, los pájaros cantaban. Ithilien, el jardín de Gondor, ahora desolado, conservaba aún la belleza de una dríade desmelenada.

      Al sur y al oeste, miraba a los cálidos valles inferiores del Anduin, protegidos al este por el Ephel Dúath, aunque no todavía bajo la sombra de la montaña, y reparados al norte por los Emyn Muil, y abiertos a las brisas meridionales y a los vientos húmedos del Mar lejano.  Numerosos árboles crecían allí, plantados en tiempos remotos y envejecidos sin cuidados en medio de una legión de tumultuosos y despreocupados descendientes; y había montes, y matorrales de tamariscos y terebintos espinosos, de olivos y laureles; y enebros, y arrayanes; el tomillo crecía en matorrales, o unos tallos leñosos y rastreros tapizaban las piedras ocultas; las salvias de todas las especies se adornaban de flores azules, encarnadas o verdes; y la mejorana y el perejil recién germinado, y una multitud de hierbas cuyas formas y fragancias escapaban a los conocimientos hortícolas de Sam.  Las saxífragas y la jusbarba ocupaban ya las grutas y las paredes rocosas.  Las prímulas y las anémonas despertaban en la fronda de los avellanos; y los asfodelos y lirios sacudían las corolas semiabiertas sobre la hierba: una hierba de un verde lozano, que crecía alrededor de las lagunas, en cuyas frescas oquedades se detenían los arroyos antes de ir a volcarse en el Anduin.

      Volviendo la espalda al camino, los viajeros bajaron la pendiente.  Mientras avanzaban, abriéndose paso a través de los matorrales y los pastos altos, una fragancia dulce embalsamaba el aire.  Gollum tosía y jadeaba; pero los hobbits respiraban a pleno pulmón, y de improviso Sam rompió a reír, no por simple chanza, sino de pura alegría.  Siguiendo el curso rápido de un arroyo que descendía delante de ellos, llegaron a una laguna de aguas transparentes en una cuenca poco profunda: ocupaba las ruinas de una antigua represa de piedra, cuyos bordes esculpidos estaban casi enteramente cubiertos de musgo y rosales silvestres; lo rodeaban hileras de lirios esbeltos como espadas, y en la superficie oscura, ligeramente encrespada, flotaban las hojas de los nenúfares; pero el agua era profunda y fresca, y en el otro extremo se derramaba suave e incesantemente por encima del borde de piedra.

      Allí se lavaron y bebieron hasta saciarse.  Luego buscaron un sitio donde descansar y donde esconderse, pues el paraje, aunque hermoso y acogedor, no dejaba de ser territorio del enemigo.  No se habían alejado mucho del camino, pero ya en un espacio tan corto habían visto cicatrices de las antiguas guerras, y las heridas más recientes infligidas por los orcos y otros servidores abominables del Señor Oscuro: un foso abierto lleno de inmundicias y detritus; árboles arrancados sin razón y abandonados a la muerte, con runas siniestras o el funesto signo del Ojo tallado a golpes en las cortezas.

      Sam, que gateaba indolente al pie de la cascada, tocando y oliendo las plantas y los árboles desconocidos, olvidado por un momento de Mordor, despertó de pronto a la realidad de aquel peligro omnipresente. Al tropezar de pronto con un círculo todavía arrasado por el fuego, descubrió en el centro una pila de huesos y calaveras rotos y carbonizados.  La rápida y salvaje vegetación de zarzas y escaramujos y clemátides trepadoras empezaba ya a tender un velo piadoso sobre aquel testimonio de una matanza y de un festín macabros; pero no cabía duda de que era reciente.  Se apresuró a regresar junto a sus compañeros, mas nada dijo de lo que había visto: era preferible que los huesos descansaran en paz, y no exponerlos al toqueteo y el hociqueo de Gollum.

      -Busquemos un sitio donde descansar -dijo-.  No más abajo.  Más arriba, diría yo.

      Un poco más arriba, no lejos del lago, y al reparo de un frondoso monte de laureles de hojas oscuras, que trepaba por una loma empinada coronada de cedros añosos, las matas cobrizas de los helechos del año anterior habían formado una especie de cama profunda y mullida.  Allí resolvieron descansar y pasar el día, que ya prometía ser claro y caluroso. Un día propicio para disfrutar, en camino, de los bosques y los claros de Ithilien.  No obstante, si bien los orcos huían de la luz del sol, muchos eran los parajes donde podían esconderse para acecharlos; y muchos eran también los ojos malignos y avizores: Sauron tenía innumerables siervos.  De todos modos, Gollum no aceptaría dar un paso bajo la mirada de la Cara Amarilla: tan pronto como asomara por detrás de las crestas sombrías del Ephel Dúath se enroscaría, desfalleciente, aplastado por la luz y el calor.

      Durante la caminata, Sam había estado pensando seriamente en la comida.  Ahora que la desesperación de la Puerta infranqueable había quedado atrás, no se sentía tan inclinado como su amo a no preocuparse por el problema hasta después de haber llevado a cabo la misión; y de todos modos consideraba prudente economizar el pan de viaje de los elfos para días más aciagos.  Al menos seis habían pasado desde que viera que les quedaban provisiones sólo para tres semanas.

      «Tendremos suerte», pensó «Si, al paso que vamos, llegamos al Fuego en ese tiempo.  Y tal vez querremos regresar. ¡Tal vez!».

      Además, al cabo de una larga noche de marcha, y después de haberse bañado y bebido, sentía más hambre que nunca.  Una cena, o un desayuno, junto al fuego en la vieja cocina en Bolsón de Tirada, eso era lo que añoraba en realidad.  Se le ocurrió una idea y se volvió a Gollum.  Gollum acababa de escabullirse y se deslizaba a cuatro patas por la cama de helechos.

      -¡Eh! ¡Gollum! -dijo Sam-. ¿A dónde vas? ¿De caza?  A ver, a ver, viejo fisgón, a ti no te gusta nuestra comida, y tampoco a mí me desagradaría un cambio.  Tu nuevo lema es siempre dispuesto a ayudar. ¿Podrías encontrar un bocado para un hobbit hambriento?

      -Sí, tal vez, sí -dijo Gollum-.  Sméagol siempre ayuda, si le piden... si le piden amablemente.

      -¡Bien! -dijo Sam-.  Yo pido.  Y si eso no es bastante amable, ruego.

 

 

            Gollum desapareció.  Estuvo ausente un buen rato, y Frodo, luego de mascar unos bocados de lembas, se instaló en el fondo de la oscura cama de helechos y se quedó dormido.  Sam lo miraba.  Las primeras luces del día se filtraban apenas a través de las sombras, bajo los árboles, pero Sam veía claramente el rostro de su amo, y también las manos en reposo, apoyadas en el suelo a ambos lados del cuerpo.  De pronto le volvió a la mente la imagen de Frodo, acostado y dormido en la casa de Elrond, después de la terrible herida.  En ese entonces, mientras lo velaba, Sam había observado que por momentos una luz muy tenue parecía iluminarlo interiormente; ahora la luz brillaba, más clara y más poderosa.  El semblante de Frodo era apacible, las huellas del miedo y la inquietud se habían desvanecido, y sin embargo recordaba el rostro de un anciano, un rostro viejo y hermoso, como si el cincel de los años revelase ahora toda una red de finísimas arrugas que antes estuvieran ocultas, aunque sin alterar la fisonomía.  Sam Gamyi, claro está, no expresaba de esa manera sus pensamientos.  Sacudió la cabeza, como si descubriera que las palabras eran inútiles y luego murmuró:

      «Lo quiero mucho.  Él es así, y a veces, por alguna razón, la luz se transparenta.  Pero se transparente o no, yo lo quiero.»

      Gollum volvió sin hacer ruido y espió por encima del hombro de Sam.  Mirando a Frodo, cerró los ojos y se alejó en silencio.  Sam se unió a él un momento después, y lo encontró masticando algo y murmurando entre dientes.  En el suelo junto a él había dos conejos pequeños que Gollum empezaba a mirar con ojos ávidos.

      -Sméagol siempre ayuda -dijo-.  Ha traído conejos, buenos conejos.  Pero el amo se ha dormido, y quizá Sam también quiera dormir. ¿No quiere conejos ahora?  Sméagol trata de ayudar, pero no puede atrapar todas las cosas en un minuto.

      Sam, sin embargo, no tenía nada que decir contra los conejos.  Al menos contra el conejo cocido.  Todos los hobbits, por supuesto, saben cocinar, pues aprenden ese arte antes que las primeras letras (que muchos no aprenden jamás); pero Sam era un buen cocinero, aun desde un punto de vista hobbit, y a menudo se había ocupado de la cocina de campamento durante el viaje, cada vez que le era posible.  No había perdido aún las esperanzas de utilizar los enseres que llevaba en el equipaje: un yesquero, dos cazuelas pequeñas -la menor entraba en la más grande-, en ellas guardaba una cuchara de madera, y algunas broquetas; y escondido en el fondo del equipaje, en una caja de madera chata, un tesoro que mermaba irremediablemente, un poco de sal.  Pero necesitaba un fuego y también otras cosas.  Reflexionó un momento, mientras sacaba el cuchillo, lo limpiaba y afilaba, y empezaba a aderezar los conejos.  No iba a dejar a Frodo solo y dormido ni un segundo más.

      -A ver, Gollum -dijo-, tengo otra tarea para ti. ¡Llena de agua estas cazuelas y tráemelas de vuelta!

      -Sméagol irá a buscar el agua, sí -dijo Gollum-.  Pero ¿para qué quiere el hobbit tanta agua?  Ha bebido y se ha lavado.

      -No te preocupes por eso -dijo Sam-.  Si no lo adivinas, no tardarás en descubrirlo.  Y cuanto más pronto busques el agua, más pronto lo sabrás.  No se te ocurra estropear una de mis cazuelas, o te haré picadillo.

      Durante la ausencia de Gollum, Sam volvió a mirar a Frodo.  Dormía aún apaciblemente, pero esta vez Sam descubrió sorprendido la flacura del rostro y de las manos. «¡Qué delgado está, qué consumido!», murmuró. «Eso no es bueno para un hobbit.  Si consigo guisar estos conejos, lo despertaré.»

      Amontonó en el suelo los helechos más secos, y luego trepó por la cuesta juntando una brazada de leña seca en la cima; la rama caída de un cedro le procuró una buena provisión.  Arrancó algunos trozos de turba al pie de la loma un poco más allá del helechal, cavó en el suelo un hoyo poco profundo y depositó allí el combustible.  Acostumbrado a valerse de la yesca y el pedernal, pronto logró encender una pequeña hoguera.  No despedía casi humo, pero esparcía una dulce fragancia.  Acababa de inclinarse sobre el fuego, para abrigarlo con el cuerpo mientras lo alimentaba con leña más consistente, cuando Gollum regresó, transportando con precaución las cazuelas y mascullando.

Las dejó en el suelo, y entonces, de súbito vio lo que Sam estaba haciendo.  Dejó escapar un grito sibilante, y pareció a la vez atemorizado y furioso.

      -¡Ajj! ¡Sss... no! -gritó-. ¡No! ¡Hobbits estúpidos, locos, sí, locos! ¡No hagáis, eso!

      - ¿Qué cosa? -preguntó Sam, sorprendido.

      -Esas lenguas rojas e inmundas -siseó Gollum-. ¡Fuego, fuego! ¡Es peligroso, sí, es peligroso!  Quema, mata.  Y traerá enemigos, sí.

      -No lo creo -dijo Sam-.  No veo por qué, si no le ponemos encima nada mojado que haga humo.  Pero si lo hace, que lo haga.  Correré el riesgo, de todos modos.  Voy a guisar estos conejos.

      - ¡Guisar los conejos! -gimió Gollum, consternado-. ¡Arruinar la preciosa carne que Sméagol guardó para vosotros, el pobre Sméagol muerto de hambre! ¿Para qué? ¿Para qué, estúpido hobbit?  Son jóvenes, son tiernos, son sabrosos. ¡Comedlos, comedlos! -Echó mano al conejo que tenía más cerca, ya desollado y colocado cerca del fuego.

      -Vamos, vamos -dijo Sam-.  Cada cual a su estilo.  A ti nuestro pan se te atraganto y a mí se me atraganto el conejo crudo.  Si me das un conejo, el conejo es mío ¿sabes?, y puedo cocinarle, si me da la gana.  Y me da.  No hace falta que me mires.  Ve a cazar otro y cómelo a tu gusto... lejos de aquí y fuera de mi vista.  Así tú no verás el fuego y yo no te veré a ti, y los dos seremos más felices.  Cuidaré de que el fuego no eche humo, si eso te tranquiliza.

      Gollum se alejó mascullando y desapareció entre los helechos.  Sam se afanó sobre sus cacerolas. «Lo que un hobbit necesita para aderezar el conejo», se dijo, «son algunas hierbas y raíces, especialmente patatas... De pan ni hablemos.  Hierbas podremos conseguir, me parece».

      -¡Gollum! -llamó en voz baja-.  La tercera es la vencida.  Necesito algunas hierbas. -La cabeza de Gollum asomó entre los helechos, pero la expresión no era ni servicial ni amistosa. - Algunas hojas de laurel, y un poco de tornillo y salvia me bastarán... antes que empiece a hervir el agua -dijo Sam.

      -¡No! -dijo Gollum-.  Sméagol no está contento.  Y a Sméagol no le gustan las hierbas hediondas.  El no come hierbas ni raíces, no a menos que esté famélico o muy enfermo, pobre Sméagol.

      -Sméagol irá a parar al agua bien caliente, cuando empiece a hervir, si no hace lo que se le pide -gruñó Sam -. Sam lo meterá en la olla, sí mi tesoro.  Y yo lo mandaría a buscar nabos también, y zanahorias, y aun patatas, si fuera la estación.  Apuesto que hay muchas cosas buenas en las plantas silvestres de este país.  Daría cualquier cosa por una media docena de patatas.

      -Sméagol no irá, oh no, mi tesoro, esta vez no -siseó Gollum-.  Tiene miedo, y está muy cansado, y este hobbit no es amable, no es nada amable.  Sméagol no arrancará raíces y zanahorias y... patatas. ¿Qué son las patatas, mi tesoro, eh, qué son las patatas?

      -Pa-ta-tas -dijo Sam-.  La delicia del Tío, y un balasto raro y excelente para una panza vacía.  Pero no encontrarás ninguna, no vale la pena que las busques.  Pero sé el buen Sméagol y tráeme las hierbas, y tendré mejor opinión de ti.  Y más aún, si das vuelta la hola y no cambias de parecer, un día de éstos guisaré para ti unas patatas.  Sí: pescado frito con patatas fritas servidos por S. Gamyi.  No podrás decir que no a eso.

      -Sí, sí que podríamos.  Arruinar buenos pescados y patatas, chamuscarlos. ¡Dame ahora el pescado y guárdate las sssucias patatas fritas!

      -Oh, no tienes compostura -dijo Sam-. ¡Vete a dormir!

 

 

            En resumidas cuentas, tuvo que ir él mismo a buscar lo que quería; pero no le fue preciso alejarse mucho, siempre a la vista del sitio donde descansaba Frodo, todavía dormido.  Durante un rato Sam se sentó a esperar, canturreando y cuidando el fuego hasta que el agua empezó a hervir.  La luz del día creció, calentando el aire; el rocío se evaporó en la hierba y las hojas.  Pronto los conejos desmenuzados burbujeaban en la cazuela junto con el ramillete de hierbas aromáticas.  Los dejó hervir cerca de una hora, pinchándolos de cuando en cuando con el tenedor y probando el caldo, y más de una vez estuvo a punto de quedarse dormido.

      Cuando le pareció que todo estaba listo retiró las cazuelas del fuego y se acercó a Frodo en silencio.  Frodo abrió a medias los ojos mientras Sam se inclinaba sobre él, y en este instante el sueño se quebró: otra dulce e irrecuperable visión de paz.

      -¡Hola, Sam! -dijo- ¿No estás descansando? ¿Pasa algo malo? ¿Qué hora es?

      -Unas dos horas después del alba -dijo Sam-, y casi las ocho y media según los relojes de la Comarca, tal vez.  Pero no pasa nada malo.  Aunque tampoco nada que yo llamaría bueno: no hay provisiones, no hay cebollas, no hay patatas.  He preparado un poco de guiso para usted y un poco de caldo, señor Frodo.  Le sentará bien.  Tendrá que beberlo en el jarro; o directamente de la olla, cuando se haya enfriado un poco.  No he traído escudillas, ni nada apropiado.

      Frodo bostezó y se desperezó.

      -Tendrías que haber descansado, Sam -dijo -. Y encender un fuego en este paraje era peligroso.  Pero la verdad es que tengo hambre. ¡Hmm! ¿Lo huelo desde aquí? ¿Qué has cocinado?

      -Un regalo de Sméagol -dijo Sam-: un par de conejos jóvenes; aunque sospecho que ahora Gollum se ha arrepentido.  Pero no hay nada con que acompañarlos excepto algunas hierbas.

 

 

              Sentados en el borde del helechal, Sam y Frodo comieron el guiso directamente de las cazuelas, compartiendo el viejo tenedor y la cuchara.  Se permitieron tomar cada uno medio trozo del pan de viaje de los elfos.  Parecía un festín.

      -¡Huuii, Gollum! -llamó Sam y silbó suavemente-. ¡Ven aquí!  Aún estás a tiempo de cambiar de idea.  Si quieres probar el guiso de conejo, todavía queda un poco. -No obtuvo respuesta.

      -Oh bueno, supongo que habrá ido a buscarse algo.  Lo terminaremos.

      -Y luego tendrás que dormir un rato -dijo Frodo.

      -No se duerma usted, mientras yo echo un sueño, señor Frodo.  Sméagol no me inspira mucha confianza.  Todavía queda en él mucho del Bribón, el Gollum malvado, si usted me entiende, y parece estar cobrando fuerzas otra vez.  Si no me equivoco, ahora trataría de estrangularme primero a mí.  No vemos las cosas de la misma manera, y él no está nada contento con Sam.  Oh no, mi tesoro, nada contento.

 

 

              Terminaron de comer y Sam bajó hasta el arroyo a lavar los cacharros.  Al incorporarse, volvió la cabeza y miró hacia la pendiente.  Vio entonces que el sol se elevaba por encima de los vapores, la niebla o la sombra oscura (no sabía a ciencia cierta qué era aquello) que se extendía siempre hacia el este, y que los rayos dorados bailaban los árboles y los claros de alrededor.  De pronto descubrió una fina espiral de humo gris azulado, claramente visible a la luz del sol, que subía desde un matorral próximo.  Comprendió con un sobresalto que era el humo de la pequeña hoguera, que no había tenido la precaución de apagar.

      -¡No es posible! ¡Nunca imaginé que pudiera hacer tanto humo! -murmuró, mientras subía de prisa.  De pronto se detuvo a escuchar, ¿Era un silbido lo que había creído oír? ¿O era el grito de algún pájaro extraño?  Si era un silbido, no venía de donde estaba Frodo.  Y ahora volvía a escucharlo, ¡esta vez en otra dirección!  Sam echó a correr cuesta arriba.

      Descubrió que una rama pequeña, al quemarse hasta el extremo, había encendido una mata de helechos junto a la hoguera, y el helecho había contagiado el fuego a la turba que ahora ardía sin llama.  Pisoteó vivamente los rescoldos hasta apagarlos, desparramó las cenizas y echó la turba en el agujero.  Luego se deslizó hasta donde estaba Frodo.

      -¿Oyó usted un silbido y algo que parecía una respuesta? -le preguntó-.  Hace unos minutos.  Espero que no haya sido más que el grito de un pájaro, pero no sonaba del todo como eso: más como si alguien imitara el grito de un pájaro, pensé.  Y me temo que mi fuego haya estado humeando.  Si por mi causa hubiera problemas, no me lo perdonaré jamás. ¡Ni tampoco tendré la oportunidad, probablemente!

      -¡Calla! -dijo Frodo en un susurro-.  Me pareció oír voces.

      Los hobbits cerraron los pequeños bultos, se los echaron al hombro prontos para una posible huida, y se hundieron en lo más profundo de la cama de helechos.  Allí se acurrucaron, aguzando el oído.

      No había duda alguna respecto de las voces.  Hablaban en tono bajo y furtivo, pero no estaban lejos y se acercaban.  De pronto, una habló claramente, a pocos pasos.

      -¡Aquí! ¡De aquí venía el humo! ¡No puede estar lejos!  Entre los helechos, sin duda.  Lo atraparemos corno a un conejo en una trampa.  Entonces sabremos qué clase de criatura es.

      -¡Sí, y lo que sabe! -dijo una segunda voz.

      En ese instante cuatro hombres penetraron a grandes trancos en el helechal desde distintas direcciones.  Dado que tratar de huir y ocultarse era ya imposible, Frodo y Sam se pusieron en pie de un salto y desenvainaron las pequeñas espadas.

      Si lo que vieron los llenó de asombro, mayor aún fue la sorpresa de los recién llegados.  Cuatro hombres de elevada estatura estaban allí.  Dos de ellos empuñaban lanzas de hoja ancha y reluciente.  Los otros dos llevaban arcos grandes, casi de la altura de ellos, y grandes carcajs repletos de flechas largas con penachos verdes.  Todos ceñían espadas y estaban vestidos, de verde y castaño de varias tonalidades, como para poder desplazarse mejor sin ser notados en los claros de Ithilien.  Guantes verdes les cubrían las manos, y tenían los rostros encapuchados y enmascarados de verde, con excepción de los ojos que eran vivos y brillantes.  Inmediatamente Frodo pensó en Boromir, pues esos hombres se le parecían en estatura y postura, y también en la forma de hablar.

      -No hemos encontrado lo que buscábamos -dijo uno de ellos-.  Pero ¿qué hemos encontrado?

      -Orcos no son -dijo otro, soltando la empuñadura de la espada, a la que había echado mano al ver el centelleo de Dardo en la mano de Frodo.

      -¿Elfos? -dijo un tercero, poco convencido.

      -¡No!  No son elfos -dijo el cuarto, el más alto de todos y al parecer el jefe-.  Los elfos no se pasean por Ithilien en estos tiempos.  Y los elfos son maravillosamente hermosos, o por lo menos eso se dice.

      -Lo que significa que nosotros no lo somos, supongo -dijo Sam-.  Muchas, muchas gracias.  Y cuando hayáis terminado de discutir acerca de nosotros, tal vez queráis decirnos quiénes sois vosotros, y por que no dejáis descansar a dos viajeros fatigados.

      El más alto de los hombres verdes rió sombríamente.

      -Yo soy Faramir, Capitán de Gondor -dijo-.  Mas no hay viajeros en esta región: sólo los servidores de la Torre Oscura o de la Blanca.

      -Pero nosotros no somos ni una cosa ni otra -dijo Frodo-.  Y viajeros somos, diga lo que diga el Capitán Faramir.

      -Entonces, decidme en seguida quiénes sois, y qué misión os trae -dijo Faramir-.  Tenemos una tarea que cumplir, y no es este momento ni lugar para acertijos o parlamentos. ¡A ver! ¿Dónde está el tercero de vuestra compañía?

      -¿El tercero?

      -Sí, el fisgón que vimos allá abajo con la nariz metida en el agua.  Tenía un aspecto muy desagradable.  Una especie de orco espía, supongo, o una criatura al servicio de ellos.  Pero se nos escabulló con una zancadilla de zorro.

      -No sé dónde está -dijo Frodo-.  No es más que un compañero ocasional que encontramos en camino, y no soy responsable por él.  Si lo encontráis, perdonadle la vida.  Traedlo o enviadlo a nosotros.  No es otra cosa que una miserable criatura vagabunda, pero lo tengo por un tiempo bajo mi tutela.  En cuanto a nosotros, somos hobbits de la Comarca, muy lejos al Norte y al Oeste, más allá de numerosos ríos.  Frodo hijo de Drogo es mi nombre, y el que está conmigo en Samsagaz hijo de Hamfast, un honorable hobbit a mi servicio.  Hemos venido hasta aquí por largos caminos, desde Rivendel, o Imladris como lo llaman algunos. -Faramir se sobresaltó al oír este nombre y escuchó con creciente atención. - Teníamos siete compañeros: a uno lo perdimos en Moria, de los otros nos separamos en Parth Galen a orillas del Rauros: dos de mi raza; había también un enano, un elfo y dos hombres.  Eran Aragorn y Boromir, que dijo venir de Minas Tirith, una ciudad del Sur.

      -¡Boromir! -exclamaron los cuatro hombres a la vez-. ¿Boromir hijo del Señor Denethor? -dijo Faramir, y una expresión extraña y severa le cambió el rostro-. ¿Vinisteis con él?  Estas sí que son nuevas, si dices la verdad.  Sabed, pequeños extranjeros, que Boromir hijo de Denethor era el Alto Guardián de la Torre Blanca, y nuestro Capitán General; profundo dolor nos causa su ausencia. ¿Quiénes sois, pues, vosotros y qué relación teníais con él? ¡Y daos prisa, pues el sol está en ascenso!

      -¿Conocéis las palabras del enigma que Boromir llevó a Rivendel? -replicó Frodo.

 

Busca la espada quebrada

que está en Imladris.

 

      -Las palabras son conocidas por cierto -dijo Faramir, asombrado-.  Y es prueba de veracidad que tú también las conozcas.

      -Aragorn, a quien he nombrado, es el portador de la Espada que estuvo rota -dijo Frodo- y nosotros somos los medianos de que hablaba el poema.

      -Eso lo veo -dijo Faramir, pensativo-. 0 veo que podría ser.

      Y qué es el Daño del Isildur?

      - Está escondido -respondió Frodo-.  Sin duda aparecerá en el momento oportuno.

      -Necesitamos saber más de todo esto -dijo Faramir- y conocer los motivos de ese largo viaje a un Este tan lejano, bajo las sombras de... -señaló con la mano sin pronunciar el nombre-.  Mas no en este momento.  Tenemos un trabajo entre manos.  Estáis en peligro, y no habríais llegado muy lejos en este día, ni a través de los campos ni por el sendero.  Habrá golpes duros en las cercanías antes de que concluya el día.  Y luego la muerte, o una veloz huida de regreso al Anduin.  Dejaré aquí dos hombres para que os custodien, por vuestro bien y por el mío.  Un hombre sabio no se fía de un encuentro casual en estas tierras.  Si regreso, hablaré más largamente con vosotros.

      -¡Adiós! -dijo Frodo, con una profunda reverencia-.  Piensa lo que quieras, pero soy un amigo de todos los enemigos del Enemigo Unico.  Os acompañaríamos, si nosotros los medianos pudiéramos ayudar a los hombres que parecen tan fuertes y valerosos, y si la misión que aquí me trae me lo permitiese. ¡Que la luz brille en vuestras espadas!

      -Los medianos son, en todo caso, gente muy cortés -dijo Faramir-. ¡Hasta la vista!

 

 

            Los hobbits volvieron a sentarse, pero nada se contaron de los pensamientos y dudas que tenían entonces.  Muy cerca, justo a la sombra moteada de los laureles oscuros, dos hombres montaban guardia.  De vez en cuando se quitaban las máscaras para refrescarse, a medida que aumentaba el calor del día, y Frodo vio que eran hombres hermosos, de tez pálida, cabellos oscuros, ojos grises y rostros tristes y orgullosos.  Hablaban entre ellos en voz baja, empleando al principio la Lengua Común, pero a la manera de antaño, para expresarse luego en otro idioma que les era propio.  Con profunda extrañeza Frodo advirtió, al escucharlos, que hablaban la lengua élfica, o una muy similar; y los miró maravillado, pues entonces supo que eran sin duda Dúnedain del Sur, del linaje de los Señores del Oesternese.

      Al cabo de un rato les habló; pero las respuestas de ellos fueron lentas y prudentes.  Se dieron a conocer como Mablung y Damrod, soldados de Gondor, y eran montaraces de Ithilien; pues descendían de gentes que habitaran antaño en Ithilien, antes de la invasión.  Entre estos hombres el Señor Denethor escogía sus adelantados, que cruzaban secretamente el Anduin (cómo y por dónde no lo dijeron) para hostigar a los orcos y a otros enemigos que merodeaban entre los Ephel Dúath y el Río.

      -Hay casi diez leguas desde aquí a la costa oriental del Anduin -dijo Mablung- y rara vez llegamos tan lejos en nuestras expediciones: hemos venido a tender una emboscada a los Hombres de Harad. ¡Malditos sean!

      -Sí, ¡malditos Sureños! -dijo Damrod-.  Se dice que antiguamente hubo tratos entre Gondor y los Reinos de Harad en el Lejano Sur; pero nunca una amistad.  En aquellos días nuestras fronteras estaban al sur más allá de las bocas de Anduin, y Umbar, el más cercano de los reinos de Harad, reconocía nuestro imperio.  Pero eso ocurrió tiempo atrás.  Muchas vidas de hombres se han sucedido desde que dejamos de visitarnos.  Y ahora, recientemente, hemos sabido que el Enemigo ha estado entre ellos y que se han sometido o han vuelto a Él (siempre estuvieron prontos a obedecer), como lo hicieron tantos otros en el Este.  No hay duda de que los días de Gondor están contados, y que los muros de Minas Tirith están condenados, tal es la fuerza y la malicia que hay en Él.

      -Sin embargo nosotros no vamos a quedarnos ociosos y permitirle que haga lo que quiera -dijo Mablung-.  Esos malditos Sureños vienen ahora por los caminos antiguos a engrosar los ejércitos de la Torre Oscura.  Sí, por los mismos caminos que creó el arte de Gondor.  Y avanzan cada vez más despreocupados, hemos sabido, seguros de que el poder del nuevo amo es suficientemente grande, y que la simple sombra de esas colinas habrá de protegerlos.  Nosotros venimos a enseñarles otra lección.  Nos hemos enterado hace algunos días de que una hueste numerosa se encaminaba al Norte.  Según nuestras estimaciones, uno de los regimientos aparecerá aquí poco antes del mediodía, en el camino de allá arriba que pasa por la garganta. ¡Puede que el camino la pase, pero ellos no pasarán!  No mientras Faramir sea quien conduzca todas las empresas peligrosas.  Pero un sortilegio le protege la vida, o tal vez el destino se la reserva para algún otro fin.

      La conversación se extinguió en un silencio expectante.  Todo parecía inmóvil, atento.  Sam, acurrucado en el borde del helechal, espió asomando la cabeza.  Los ojos penetrantes del hobbit vieron más hombres en las cercanías.  Los veía subir furtivamente por las cuestas, de a uno o en largas columnas, manteniéndose siempre a la sombra de la espesura de los bosquecillos, o arrastrándose, apenas visibles en las ropas pardas y verdes, a través de la hierba y los matorrales.  Todos estaban encapuchados y enmascarados, y llevaban las manos enguantadas, e iban armados como Faramir y sus compañeros.  Pronto todos pasaron y desaparecieron.  El sol subía por el Sur.  Las sombras se encogían.

      «Me gustaría saber dónde anda ese malandrín de Gollum», pensó Sam, mientras regresaba gateando a una sombra más profunda. «Corre el riesgo de que lo ensarten, confundiéndolo con un orco, o de que lo ase la Cara Amarilla.  Pero imagino que sabrá cuidarse.» Se echó al lado de Frodo y se quedó dormido.

      Despertó, creyendo haber oído voces de cuernos.  Se puso de pie.  Era mediodía.  Los guardias seguían alertas y tensos a la sombra de los árboles.  De pronto los cuernos sonaron otra vez, más poderosos, y sin ninguna duda allá arriba, por encima de la cresta de la loma.  Sam creyó oír gritos y también clamores salvajes, pero apagados, como si vinieran de una caverna lejana.  Luego, casi en seguida, un fragor de combate estalló muy cerca, justo encima del escondite de los hobbits.  Oían claramente el tintineo del acero contra el acero, el choque metálico de las espadas sobre los yelmos de hierro, el golpe seco de las hojas sobre los escudos: los hombres bramaban y aullaban, y una voz clara y fuerte gritaba: -¡Gondor! ¡Gondor!

      -Suena como si un centenar de herreros golpearan juntos los yunques -le dijo Sam a Frodo-. ¡No me gustaría tenerlos cerca!

      Pero el estrépito se acercaba.

      -¡Aquí vienen! -gritó Damrod-. ¡Mirad!  Algunos de los sureños han conseguido escapar de la emboscada y ahora huyen del camino. ¡Allá van!  Nuestros hombres los persiguen, con el Capitán Faramir ala cabeza.

      Sam, dominado por la curiosidad, salió del escondite y se unió a los guardias.  Subió gateando un trecho y se ocultó en la fronda espesa de un laurel.  Por un momento alcanzó a ver unos hombres endrinos vestidos de rojo que corrían cuesta abajo a cierta distancia, perseguidos por guerreros de ropaje verde que saltaban tras ellos y los abatían en plena huida.  Una espesa lluvia de flechas surcaba el aire.  De pronto, un hombre se precipitó justo por encima del borde de la loma que les servía de reparo, y se hundió a través del frágil ramaje de los arbustos, casi sobre ellos.  Cayó de bruces en el helechal, a pocos pies de distancia; unos penachos verdes le sobresalían del cuello por debajo de la gola de oro.  Tenía la túnica escarlata hecha jirones, la loriga de bronce rajada y deformada, las trenzas negras recamadas de oro empapadas de sangre.  La mano morena aprisionaba aún la empuñadura de una espada rota.

      Era la primera vez que Sam veía una batalla de hombres contra hombres y no le gustó nada.  Se alegró de no verle la cara al muerto.  Se preguntó cómo se llamaría el hombre y de dónde vendría; y si sería realmente malo de corazón, o qué amenazas lo habrían arrastrado a esta larga marcha tan lejos de su tierra, y si no hubiera preferido en verdad quedarse allí en paz... Todos esos pensamientos le cruzaron por la mente y desaparecieron en menos de lo que dura un relámpago.  Pues en el preciso momento en que Mablung se adelantaba hacia el cuerpo, estalló una nueva algarabía.  Fuertes gritos y alaridos.  En medio del estrépito Sam oyó un mugido o una trompeta estridente.  Y luego unos golpes y rebotes sordos, como si unos grandes arietes batieran la tierra.

      -¡Cuidado! ¡Cuidado! - gritó Damrod a su compañero - ¡Ojalá el Valar lo desvíe! ¡Mûmak! ¡Mûmak!

      Asombrado y aterrorizado, pero con una felicidad que nunca olvidaría, Sam vio una mole enorme que irrumpía por entré los árboles y se precipitaba como una tromba pendiente abajo.  Grande como una casa, mucho más grande que una casa le pareció, una montaña gris en movimiento.  El miedo y el asombro quizá la agrandaban a los ojos del hobbit, pero el Mûmak de Harad era en verdad una bestia de vastas proporciones, y ninguna que se le parezca se pasea en estos tiempos por la Tierra Media; y los congéneres que viven hoy no son más que una sombra de aquella corpulencia y aquella majestad.  Y venía, corría en línea recta hacia los aterrorizados espectadores, y de pronto, justo a tiempo, se desvió, y pasó a pocos metros, estremeciendo la tierra: las patas grandes como árboles, las orejas enormes tendidas como velas, la larga trompa erguida como una serpiente lista para atacar, furibundos los ojillos rojos.  Los colmillos retorcidos como cuernos estaban envueltos en bandas de oro y goteaban sangre.  Los arreos de púrpura y oro le flotaban alrededor del cuerpo en desordenados andrajos.  Sobre la grupa bamboleante llevaba las ruinas de lo que parecía ser una verdadera torre de guerra, destrozada en furiosa carrera a través de los bosques; y en lo alto, aferrado aún desesperadamente al pescuezo de la bestia, una figura diminuta, el cuerpo de un poderoso guerrero, un gigante entre los endrinos.

      Ciega de cólera, la gran bestia se precipitó con un ruido de trueno a través del agua y la espesura.  Las flechas rebotaban y se quebraban contra el cuero triple de los flancos.  Los hombres de ambos bandos huían despavoridos, pero la bestia alcanzaba a muchos y los aplastaba contra el suelo.  Pronto se perdió de vista, siempre trompeteando y pisoteando con fuerza en la lejanía.  Qué fue de ella, Sam jamás lo supo: si había escapado para vagabundear durante un tiempo por las regiones salvajes, hasta perecer lejos de su tierra, o atrapada en algún pozo profundo; o si había continuado aquella carrera desenfrenada hasta zambullirse al fin en el Río Grande y desaparecer debajo del agua.

      Sam respiró profundamente.

      -¡Era un olifante! -dijo-. ¡De modo que los olifantes existen y yo he visto uno! ¡Qué vida!  Pero nadie en la Tierra Media me lo creerá jamás.  Bueno, si esto ha terminado, me echaré un sueño.

      -Duerme mientras puedas -le dijo Mablung-.  Pero el Capitán volverá, si no está herido; y partiremos en cuanto llegue.  Pronto nos perseguirán, no bien las nuevas del combate lleguen a oídos del enemigo, y eso no tardará.

      -¡Partid en silencio cuando sea la hora! -dijo Sam-.  No es necesario que perturbéis mi sueño.  He caminado la noche entera.

      Mablung se echó a reír.

      -No creo que el Capitán te abandone aquí, maese Samsagaz -dijo-.  Pero ya lo verás tú mismo.


5

 

UNA VENTANA AL OESTE

 

            Sam tenía la impresión de haber dormido sólo unos pocos minutos, cuando descubrió al despertar que ya caía la tarde y que Faramir había regresado.  Había traído consigo un gran número de hombres; en realidad todos los sobrevivientes de la batalla estaban ahora reunidos en la pendiente vecina, es decir unos doscientos o trescientos hombres.  Se habían dispuesto en un vasto semicírculo, entre cuyas ramas se encontraba Faramir, sentado en el suelo, mientras que Frodo estaba de pie delante de él.  La escena se parecía extrañamente al juicio de un prisionero.

      Sam se deslizó fuera del helechal, pero nadie le prestó atención, y se instaló en el extremo de las hileras de hombres, desde donde podía ver y oír todo cuanto ocurría.  Observaba y escuchaba con atención, pronto a correr en auxilio de su amo en caso necesario.  Veía el rostro de Faramir, ahora desenmascarado: era severo e imperioso; y detrás de aquella mirada escrutadora brillaba una viva inteligencia.  Había duda en los ojos grises, clavados en Frodo.

      Sam no tardó en comprender que las explicaciones de Frodo no eran satisfactorias para el Capitán en varios puntos: qué papel desempeñaba el hobbit en la Compañía que partiera de Rivendel; por qué se había separado de Boromir; y a dónde iba ahora.  En particular, volvía a menudo al Daño de Isildur.  Veía a las claras que Frodo le ocultaba algo de suma importancia.

      -Pero era a la llegada del mediano cuando tenía que despertar el Daño de Isildur, o así al menos se interpretan las palabras -insistía-.  Si tú eres ese mediano del poema, sin duda habrás llevado esa cosa, lo que sea, al Concilio de que hablas, y allí lo vio Boromir. ¿Lo niegas todavía?

      Frodo no respondió.

      -¡Bien! -dijo Faramir-.  Deseo entonces que me hables más de todo eso; pues lo que concierne a Boromir me concierne a mí.  Fue la flecha de un orco la que mató a Isildur, según las antiguas leyendas.  Pero flechas de orcos hay muchas, y ver una flecha no le parecería una señal del Destino a Boromir de Gondor. ¿Tenías tú ese objeto en custodia?  Está escondido, dices; ¿no será porque tú mismo has elegido esconderlo?

      -No, no porque yo lo haya elegido -respondió Frodo-.  No me pertenece.  No pertenece a ningún mortal, grande o pequeño; aunque si alguien puede reclamarlo, ese es Aragorn hijo de Arathorn, a quien ya nombré, y que guió nuestra compañía desde Moria hasta el Rauros.

      -¿Por qué él, y no Boromir, príncipe de la Ciudad que fundaron los hijos de Elendil?

      -Porque Aragorn desciende en línea paterna directa del propio Isildur hijo de Elendil.  Y la espada que lleva es la espada de Elendil.

      Un murmullo de asombro recorrió el círculo de hombres.  Algunos gritaron en voz alta:

      -¡La espada de Elendil! ¡La espada de Elendil viene a Minas Tirith! -Pero el semblante de Faramir permaneció impasible.

      -Puede ser -dijo-.  Pero un reclamo tan grande necesita algún fundamento, y se le exigirán pruebas claras, si ese Aragorn viene alguna vez a Minas Tirith.  No había llegado, ni él ni ninguno de vuestra Compañía, cuando partí de allí seis días atrás.

      -Boromir aceptaba la legitimidad de ese reclamo -dijo Frodo-.  En verdad, si Boromir estuviese aquí, él podría responder a tus preguntas.  Y puesto que estaba ya en Rauros muchos días atrás, y tenía la intención de ir directamente a Minas Tirith, si vuelves pronto tendrás allí las respuestas.  Mi papel en la Compañía le era conocido, como a todos los demás, pues me fue encomendado por Elrond de Imladris en presencia de todos los miembros del Concilio.  En cumplimiento de esa misión he venido a estas tierras, pero no me es dado revelarla a nadie ajeno a la Compañía.  No obstante quienes pretenden combatir al enemigo harían bien en no entorpecería.

      El tono de Frodo era orgulloso, cualquiera que fuesen sus sentimientos, y Sam lo aprobó; pero no apaciguó a Faramir.

      -¡Ah, sí! -dijo-.  Me conminas a ocuparme de mis propios asuntos, y volver a casa, y dejarte en paz.  Boromir lo dirá todo cuando vuelva. ¡Cuando vuelva, dices! ¿Eras tú un amigo de Boromir?

      El recuerdo de la agresión de Boromir volvió vívidamente a la mente de Frodo, y vaciló un instante.  La mirada alerta de Faramir se endureció.

      -Boromir fue un valiente miembro de nuestra Compañía -dijo al cabo-.  Sí, yo por mi parte era amigo de Boromir.

      Faramir sonrió con ironía.

      -¿Te entristecería entonces enterarte de que Boromir ha muerto?

      -Me entristecería por cierto -dijo Frodo.  Luego, reparando en la expresión de los ojos de Faramir, se turbó-. ¿Muerto? -dijo-. ¿Quieres decirme que está y que tú lo sabías? ¿Has pretendido enredarme en mis propias palabras, jugar conmigo? ¿O es que me mientes para tenderme una trampa?

      -No le mentiría ni siquiera a un orco. -¿Cómo murió, entonces, y cómo sabes tú que murió?  Puesto que dices que ninguno de la Compañía había llegado a la ciudad cuando partiste.

      -En cuanto a las circunstancias de su muerte, esperaba que su amigo y compañero me las revelase.

      -Pero estaba vivo y fuerte cuando nos separamos.  Y por lo que yo sé vive aún.  Aunque hay ciertamente muchos peligros en el mundo.

      -Muchos en verdad -dijo Faramir-, y la traición no es el menor.

 

 

            La impaciencia y la cólera de Sam habían ido en aumento mientras escuchaba esta conversación.  Las últimas palabras no las pudo soportar, y saltando al centro del círculo fue a colocarse al lado de su amo.

      -Con perdón, señor Frodo -dijo-, pero esto ya se ha prolongado demasiado.  El no tiene ningún derecho a hablarle en ese tono.  Después de todo lo que usted ha soportado, tanto por el bien de él como el de estos Hombres Grandes, y por el de todos.

      »¡Oiga usted, Capitán! -Sam se plantó tranquilamente delante de Faramir, las manos en las caderas, y una expresión ceñuda, como si estuviese increpando a un joven hobbit que interrogado acerca de sus visitas a la huerta, se hubiese pasado de "fresco", como el mismo Sam decía.  Hubo algunos murmullos, pero también algunas sonrisas en los rostros de los hombres que observaban.  La escena del Capitán sentado en el suelo, enfrentado por un joven hobbit, de pie frente a él, abierto de piernas y erizado de cólera, era inusitada para ellos.- ¡Oiga usted! -dijo-. ¿A dónde quiere llegar?  ¡Vayamos al grano antes que todos los orcos de Mordor nos caigan encima!  Si piensa que mi señor asesinó a ese Boromir y luego huyó, no tiene ni un ápice de sentido común; pero dígalo. ¡Y acabe de una vez!  Y luego díganos qué se propone.  Pero es una lástima que gente que habla de combatir al enemigo no pueda dejar que cada uno haga lo suyo.  El se sentiría profundamente complacido si lo viera a usted en este momento.  Creería haber conquistado un nuevo amigo, eso creería.

      -¡Paciencia! -dijo Faramir, pero sin cólera-.  No hables así delante de tu amo, que es más inteligente que tú.  Y no necesito que nadie me enseñe el peligro que nos amenaza.  Aún así, me concedo un breve momento para poder juzgar con equidad en un asunto difícil.  Si fuera tan irreflexivo como tú, ya os hubiera matado.  Pues tengo la misión de dar muerte a todos los que encuentre en estas tierras sin autorización del Señor de Gondor.  Pero yo no mato sin necesidad ni a hombre ni a bestia, y cuando es necesario no lo hago con alegría.  Tampoco hablo en vano.  Tranquilízate, pues. ¡Siéntate junto a tu señor, y guarda silencio!

      Sam se sentó pesadamente, el rostro acalorado.  Faramir se volvió otra vez a Frodo.

      -Me preguntaste cómo sabía yo que el hijo de Denethor ha muerto.  Las noticias de muerte tienen muchas alas.  A menudo la noche trae las nuevas a los parientes cercanos, dicen.  Boromir era mi hermano. -Una sombra de tristeza le pasó por el rostro. - ¿Recuerdas algo particularmente notable que el Señor Boromir llevaba entre sus avíos?

      Frodo reflexionó un momento, temiendo alguna nueva trampa y preguntándose cómo acabaría la discusión.  A duras penas había salvado el Anillo de la orgullosa codicia de Boromir, y no sabía cómo se daría maña esta vez, entre tantos hombres aguerridos y fuertes.  Sin embargo tenía en el fondo la impresión de que Faramir, aunque muy semejante a su hermano en apariencia, era menos orgulloso, y a la vez más austero y más sabio.

      -Recuerdo que Boromir llevaba un cuerno -dijo por último.

      -Recuerdas bien, y como alguien que en verdad lo ha visto -dijo Faramir-.  Tal vez puedas verlo entonces con el pensamiento: un gran cuerno de asta, de buey salvaje del Este, guarnecido de plata y adornado con caracteres antiguos.  Ese cuerno, el primogénito de nuestra casa lo ha llevado durante muchas generaciones; y se dice que si se lo hace sonar en un momento de necesidad dentro de los confines de Gondor, tal como era el reino en otros tiempos, la llamada no será desoída.

 

 

                    »Cinco días antes de mi partida para esta arriesgada empresa, hace once días, y casi a esta misma hora, oí la llamada del cuerno; parecía venir del norte, pero apagada, como si fuese sólo un eco en la mente.  Un presagio funesto, pensamos que era, mi padre y yo, pues no habíamos tenido ninguna noticia de Boromir desde su partida, y ningún vigía de nuestras fronteras lo había visto pasar.  Y tres noches después me aconteció otra cosa, más extraña aún.

      »Era la noche y yo estaba sentado junto al Anduin, en la penumbra gris bajo la luna pálida y joven, contemplando la corriente incesante; y las cañas tristes susurraban en la orilla.  Es así como siempre vigilamos las costas en las cercanías de Osgiliath, ahora en parte en manos del enemigo, y donde se esconden antes de saquear nuestro territorio.  Pero era medianoche y todo el mundo dormía.  Entonces vi, o me pareció ver, una barca que flotaba sobre el agua, gris y centelleante, una barca pequeña y rara de proa alta, y no había nadie en ella que la remase o la guiase.

      »Un temor misterioso me sobrecogió; una luz pálida envolvía la barca.  Pero me levanté, y fui hasta la orilla, y entré en el río, pues algo me atraía hacia ella.  Entonces la embarcación viró hacia mí, y flotó lentamente al alcance de mi mano.  Yo me atreví a tocarla.  Se hundía en el río, como si llevase una carga pesada, y me pareció, cuando pasó bajo mis ojos, que estaba casi llena de un agua transparente, y que de ella emanaba aquella luz, y que sumergido en el agua dormía un guerrero.

      »Tenía sobre la rodilla una espada rota.  Y vi en su cuerpo muchas heridas.  Era Boromir, mi hermano, muerto.  Reconocí los atavíos, la espada, el rostro tan amado.  Una única cosa eché de menos: el cuerno.  Y vi una sola que no conocía: un hermoso cinturón de hojas de oro engarzadas le ceñía el talle. ¡Boromir!, grité. ¿Dónde está tu cuerno? ¿A dónde vas? ¡Oh Boromir!  Pero ya no estaba.  La embarcación volvió al centro del río y se perdió centelleando en la noche.  Fue como un sueño, pero no era un sueño, pues no hubo un despertar.  Y no dudo que ha muerto y que ha pasado por el río rumbo al Mar.

 

 

            -¡Ay! -dijo Frodo-.  Era en verdad Boromir tal como yo lo conocí.  Pues el cinturón de oro se lo regaló en Lothlórien la Dama Galadriel.  Ella fue quien nos vistió como nos ves, de gris élfico.  Este broche es obra de los mismos artífices. -Tocó la hoja verde y plata que le cerraba el cuello del manto.

Faramir la examinó de cerca.

      -Es muy hermoso -dijo-.  Sí, es obra de los mismos artífices. ¿Habéis pasado entonces por el País de Lórien?  Laurelindórenan era el nombre que le daban antaño, pero hace mucho tiempo que ha dejado de ser conocido por los hombres -agregó con dulzura, mirando a Frodo con renovado asombro-.  Mucho de lo que en ti me parecía extraño, empiezo ahora a comprenderlo. ¿No querrás decirme más?  Pues es amargo el pensamiento de que Boromir haya muerto a la vista del país natal.

      -No puedo decir más de lo que he dicho -respondió Frodo-.  Aunque tu relato me trae presentimientos sombríos.  Una visión fue lo que tuviste, creo yo, y no otra cosa; la sombra de un infortunio pasado o por venir.  A menos que sea en realidad una superchería del enemigo.  Yo he visto dormidos bajo las aguas de las Ciénagas de los Muertos los rostros de hermosos guerreros de antaño, o así parecía por algún artificio siniestro.

      -No, no era eso -dijo Faramir-.  Pues tales sortilegios repugnan al corazón; pero en el mío sólo habla compasión y tristeza.

      -Pero ¿cómo es posible que tal cosa haya ocurrido realmente? -preguntó Frodo-. ¿Quién hubiera podido llevar una barca sobre las colinas pedregosas desde Tol Brandir?  Boromir pensaba regresar a su tierra a través del Entaguas y los campos de Rohan.  Y además ¿qué embarcación podría navegar por la espuma de las grandes cascadas y no hundirse en las charcas burbujeantes, y cargada de agua por añadidura?

      -No lo sé -dijo Faramir-.  Pero ¿de dónde venía la barca?

      -De Lórien -dijo Frodo-.  En tres embarcaciones semejantes a aquélla bajamos por el Anduin a los Saltos.  También las barcas eran obra de los elfos.

      -Habéis pasado por las Tierras Ocultas -dijo Faramir- pero no habéis entendido, parece.  Si los hombres tienen tratos con la Dueña de la Magia que habita en el Bosque de Oro, cosas extravías habrán por cierto de acontecerles.  Pues es peligroso para un mortal salir del mundo de ese Sol, y pocos de los que allí fueron en días lejanos volvieron como eran.

      »¡Boromir, oh Boromir! - exclamó -. ¿Qué te dijo la Dama que no muere? ¿Qué vio? ¿Qué despertó en tu corazón en aquel momento? .Por qué fuiste a Laurelindórenan, por qué no regresaste montado de mañana en los caballos de Rohan?

      Luego, volviéndose a Frodo, habló una vez más en voz baja.

      -A estas preguntas creo que tú podrías dar alguna respuesta, Frodo, hijo de Drogo.  Pero no aquí ni ahora, quizá.  Mas para que no sigas pensando que mi relato fue una visión, te diré esto: el cuerno de Boromir al menos ha vuelto realmente, y no en apariencia.  El cuerno regresó, pero partido en dos, como bajo el golpe de un hacha o de una espada.  Los pedazos llegaron a la orilla separadamente: uno fue hallado en los cañaverales donde los vigías de Gondor montan guardia, hacia el norte, bajo las cascadas del Entaguas; el otro lo encontró girando en la corriente un hombre que cumplía una misión en las aguas del río.  Extrañas coincidencias, pero tarde o temprano el crimen siempre sale a la luz, se dice.

      »Y el cuerno del primogénito yace ahora, partido en dos, sobre las rodillas de Denethor, que en el alto sitial aún espera noticias. ¿Y tú nada puedes decirme de cómo quebraron el cuerno?

      -No, yo nada sabía -dijo Frodo-, pero el día que lo oíste sonar, si tu cuenta es exacta, fue el de nuestra partida, el mismo en que mi sirviente y yo nos separamos de los otros.  Y ahora tu relato me llena de temores.  Pues si Boromir estaba entonces en peligro y fue muerto, puedo temer que mis otros compañeros también hayan perecido.  Y ellos eran mis amigos y mis parientes.

      »¿No querrás desechar las dudas que abrigas sobre mí y dejarme partir?  Estoy fatigado, cargado de penas, y tengo miedo de no llevar a cabo la empresa o intentarla al menos, antes que me maten a mí también.  Y más necesaria es la prisa si nosotros, dos medianos, somos todo lo que queda de la comunidad.

      »Vuelve a tu tierra, Faramir, valiente Capitán de Gondor, y defiende tu ciudad mientras puedas, y déjame partir hacia donde me lleve mi destino.

      -No hay consuelo posible para mí en esta conversación -dijo Faramir-; pero a ti te despierta sin duda demasiados temores.  A menos que hayan llegado a él los de Lórien, ¿quién habrá ataviado a Boromir para los funerales?  No los orcos ni los servidores del Sin Nombre.  Algunos miembros de vuestra Compañía han de vivir aún, presumo.

      »Mas, sea lo que fuere lo que haya sucedido en la Frontera del Norte, de ti, Frodo, no dudo más.  Si días crueles me han inclinado a erigirme de algún modo en juez de las palabras y los rostros de los hombres, puedo ahora aventurar una opinión sobre los medianos.  Sin embargo -y sonrió al decir esto-, noto algo extraño en ti, Frodo, un aire élfico, tal vez.  Pero en las palabras que hemos cambiado hay mucho más de lo que yo pensé al principio.  He de llevarte ahora a Minas Tirith para que respondas a Denethor, y en justicia pagaré con mi vida si la elección que ahora hiciera fuese nefasta para mi ciudad.  No decidiré pues precipitadamente lo que he de hacer.  Sin embargo, saldremos de aquí sin más demora.

      Se levantó con presteza e impartió algunas órdenes. Al instante los hombres que estaban reunidos alrededor de él se dividieron en pequeños grupos, y partieron con distintos rumbos, y no tardaron en desaparecer entre las sombras de las rocas y los árboles.  Pronto sólo quedaron allí Mablung y Damrod.

      -Ahora vosotros, Frodo y Samsagaz, vendréis conmigo y con mis guardias -dijo Faramir-.  No podéis continuar vuestro camino rumbo al sur, si tal era vuestra intención.  Será peligroso durante algunos días, y lo vigilarán más estrechamente después de esta refriega.  De todos modos, tampoco podríais llegar muy lejos hoy, me parece, puesto que estáis fatigados.  También nosotros.  Ahora iremos a un lugar secreto, a menos de diez millas de aquí.  Los orcos y los espías del enemigo no lo han descubierto todavía, y si así no fuera, igualmente podríamos resistir largo tiempo, aun contra muchos.  Allí podremos estar y descansar un rato, y vosotros también.  Mañana por la mañana decidiré qué es lo mejor que puedo hacer, tanto por mí como por vosotros.

 

 

            No le quedaba a Frodo otra alternativa que la de resignarse a este pedido, o esta orden.  Parecía ser en todo caso una medida prudente por el momento, ya que después de esta correría de los Hombres de Gondor, un viaje a Ithilien era más peligroso que nunca.

      Se pusieron en marcha inmediatamente: Mablung y Damrod un poco más adelante, y Faramir con Frodo y Sam detrás.  Bordeando la orilla opuesta de la laguna en que se habían lavado los hobbits, cruzaron el río, escalaron una larga barranca, y se internaron en los bosques de sombra verde que descendían hacia el oeste.  Mientras caminaban, tan rápidamente como podían ir los hobbits, hablaban entre ellos en voz baja.

      -Si interrumpí nuestra conversación -dijo Faramir- no fue sólo porque el tiempo apremiaba, como me recordó maese Samsagaz, sino también porque tocábamos asuntos que era mejor no discutir abiertamente delante de muchos hombres.  Por esa razón preferí volver al tema de mi hermano y dejar para otro momento el Daño de Isildur.  No has sido del todo franco conmigo, Frodo.

      -No te dije ninguna mentira, y de la verdad, te he dicho cuanto podía decirte -replicó Frodo.

      -No te estoy acusando -dijo Faramir-.  Hablaste con habilidad, en una contingencia difícil, y con sabiduría, me pareció.  Pero supe por ti, o adiviné, más de lo que decían tus palabras.  No estabas en buenos términos con Boromir, o no os separasteis como amigos.  Tú y también maese Samsagaz, guardáis, lo adivino, algún resentimiento.  Yo lo amaba, sí, entrañablemente, y vengaría su muerte con alegría, pero lo conocía bien.  El Daño de Isildur... me aventuro a decir que el Daño de Isildur se interpuso entre vosotros y fue motivo de discordias.  Parece ser, a todas luces, un legado de importancia extraordinaria, y esas cosas no ayudan a la paz entre los confederados, si hemos de dar crédito a lo que cuentan las leyendas. ¿No me estoy acercando al blanco?

      -Cerca estás -dijo Frodo-, mas no en el blanco mismo.  No hubo discordias en nuestra Compañía, aunque sí dudas; dudas acerca de qué rumbo habríamos de tomar luego de Emyn Muil.  Sea como fuere, las antiguas leyendas también advierten sobre el peligro de las palabras temerarias, cuando se trata de cuestiones tales como... herencias.

      -Ah, entonces era lo que yo pensaba: tu desavenencia fue sólo con Boromir.  Él deseaba que el objeto fuese llevado a Minas Tirith. ¡Ay!  Un destino injusto que sella los labios de quien lo viera por última vez me impide enterarme de lo que tanto quisiera saber: lo que guardaba en el corazón y el pensamiento en sus últimas horas.  Que haya o no cometido un error, de algo estoy seguro: murió con ventura, cumpliendo una noble misión.  Tenía el rostro más hermoso aún que en vida.

      »Pero Frodo, te acosé con dureza al principio a propósito del Daño de Isildur.  Perdóname. ¡No era prudente en aquel lugar y en tales circunstancias!  No había tenido tiempo para reflexionar.  Acabábamos de librar un violento combate, y tenía la mente ocupada con demasiadas cosas.  Pero en el momento mismo en que hablaba contigo, me iba acercando al blanco, y deliberadamente dispersaba mis flechas.  Pues has de saber que entre los gobernantes de esa ciudad se conserva aún buena parte de la antigua sabiduría, que no se ha difundido más allá de las fronteras.  Nosotros, los de mi casa, no pertenecemos a la dinastía de Elendil, aunque la sangre de Númenor corre por nuestras venas.  Mi dinastía se remonta hasta Mardil, el buen senescal, que gobernó en el lugar del rey, cuando éste partió para la guerra.  Era el Rey Eärnur, último de la dinastía de Anárion, pues no tenía hijos, y nunca regresó.  Desde ese día el senescal reinó en la ciudad, aunque hace de esto muchas generaciones de hombres.

      »Y una cosa recuerdo de Boromir cuando era niño, y juntos aprendíamos las leyendas de nuestros antepasados y la historia de la ciudad: siempre le disgustaba que su padre no fuera rey.  "¿Cuántos centenares de años han de pasar para que un senescal se convierta en rey, si el rey no regresa?", preguntaba.  "Pocos años, tal vez, en casas de menor realeza", le respondía mi padre.  "En Gondor no bastarían diez mil años." ¡Ay! pobre Boromir. ¿Esto no te dice algo de él?

      -Sí –dijo Frodo-.  Sin embargo siempre trató a Aragorn con honor. -No lo dudo -dijo Faramir-.  Si estaba convencido, como dices, de que las pretensiones de Aragorn eran legítimas, ha de haberlo reverenciado.  Pero no había llegado aún el momento decisivo: no habían ido aún a Minas Tirith, ni se habían convertido aún en rivales en las guerras de la ciudad.

      »Pero me estoy alejando del tema.  Nosotros, los de la casa de Denethor, tenemos por tradición un conocimiento profundo de la antigua sabiduría; y en nuestros cofres conservamos además muchos tesoros: libros y tabletas escritos en caracteres diversos sobre pergamino, sí, y sobre piedra y sobre láminas de plata y de oro.  Hay algunos que nadie puede leer; en cuanto a los demás, pocos son los que logran alguna vez entenderlos.  Yo los sé descifrar, un poco, pues he sido iniciado.  Son los archivos que nos trajo el Peregrino Gris.  Yo lo vi por primera vez cuando era niño y ha vuelto dos o tres veces desde entonces.

      -¡El Peregrino Gris! -exclamó Frodo-. ¿Tenía un nombre?

      -Mithrandir lo llamaban a la manera élfica -dijo Faramir-, y él estaba satisfecho.  Muchos son mis nombres en numerosos países, decía. Mithrandir entre los ellos, Tharkûn para los enanos; Olórin era en mi juventud en el Oeste que nadie recuerda, Incánus en el Sur, Gandalf en el Norte; al Este nunca voy.

      -¡Gandalf! - dijo Frodo -. Me imaginé que era Gandalf el Gris, el más amado de nuestros consejeros.  Guía de nuestra Compañía.  Lo perdimos en Moria.

      -¡Mithrandir perdido! -dijo Faramir-.  Se diría que un destino funesto se ha encarnizado con vuestra comunidad.  Es en verdad difícil de creer que alguien de tan alta sabiduría y tanto poder, pues muchos prodigios obró entre nosotros, pudiera perecer de pronto, que tanto saber fuera arrebatado al mundo, ¿Estás seguro? ¿No habrá partido simplemente en uno de sus misteriosos viajes?

      -¡Ay! sí -dijo Frodo-.  Yo lo vi caer en el abismo.

      -Veo que detrás de todo esto se oculta una historia larga y terrible -dijo Faramir- que tal vez podrás contarme en la velada.  Este Mithrandir era, ahora lo adivino, más que un maestro de sabiduría: un verdadero artífice de las cosas que se hacen en nuestro tiempo.  De haber estado entre nosotros para discutir las duras palabras de nuestro sueño, él nos las hubiera esclarecido en seguida, sin necesidad de ningún mensajero.  Pero quizá no habría querido hacerlo, y el viaje de Boromir era inevitable.  Mithrandir nunca nos hablaba de lo que iba a acontecer, o de sus propósitos.  Obtuvo autorización de Denethor, ignoro por qué medios, para examinar los secretos de nuestro tesoro, y yo aprendí un poco de él, cuando quería enseñarme, cosa poco frecuente.  Buscaba siempre y quería saberlo todo de la Gran Batalla que se libró sobre el Dagorlad en los primeros tiempos de Gondor, cuando aquel a quien no nombramos fue derrotado.  Y pedía que le contáramos historias de Isildur, aunque poco podíamos decirle; pues acerca del fin de Isildur nada seguro se supo jamás entre nosotros.

      Ahora la voz de Faramir se había convertido en un susurro.

      -Pero una cosa supe al menos, o adiviné, que siempre he guardado en secreto en mi corazón: que Isildur tomó algo de la mano del Sin Nombre, antes de partir de Gondor, cuando fue visto por última vez entre hombres mortales.  Aquí estaba, pensaba yo, la respuesta a las preguntas de Mithrandir.  Pero parecía en ese entonces que estos asuntos concernían sólo a los estudiosos de la antigua sabiduría.  Ni cuando discutíamos entre nosotros las enigmáticas palabras del sueño, pensé que el Daño de Isildur pudiera ser la misma cosa.  Pues Isildur cayó en una emboscada y fue muerto por flechas de orcos, de acuerdo con la única leyenda que nosotros conocemos, y Mithrandir nunca me dijo más.

      »Qué es en realidad esa Cosa no puedo aún adivinarlo; pero tiene que ser un objeto de gran poder y peligro.  Un arma temible, tal vez, ideada por el Señor Oscuro.  Si fuese un talismán que procura ventajas en la guerra, puedo creer por cierto que Boromir, el orgulloso y el intrépido, el a menudo temerario Boromir, siempre soñando con la victoria de Minas Tirith (y con su propia gloria) haya deseado poseerlo y se sintiera atraído por él. ¡Por qué habrá partido en esa búsqueda funesta!  Yo habría sido elegido por mi padre y los ancianos, pero él se adelantó, por ser el mayor y el más osado (lo cual era verdad), y no escuchó razones.

      »¡Pero no temas!  Yo no me apoderaría de esa cosa ni aun cuando la encontrase tirada a la orilla del camino.  Ni aunque Minas Tirith cayera en ruinas, y sólo yo pudiera salvarla, así, utilizando el arma del Señor Oscuro para bien de la ciudad, y para mi gloria.  No, no deseo semejantes triunfos, Frodo hijo de Drogo.

      -Tampoco los deseaba el Concilio -dijo Frodo-.  Ni yo.  Quisiera no saber nada de esos asuntos.

      -Por mi parte -dijo Faramir- quisiera ver el Arbol Blanco de nuevo florecido en las cortes de los reyes, y el retorno de la Corona de Plata, y que Minas Tirith viva en paz: Minas Anor otra vez como antaño, plena de luz, alta y radiante, hermosa corno una reina entre otras reinas: no señora de una legión de esclavos, ni aun ama benévola de esclavos voluntarios.  Guerra ha de haber mientras tengamos que defendernos de la maldad de un poder destructor que nos devoraría a todos; pero yo no amo la espada porque tiene filo, ni la flecha porque vuela, ni al guerrero porque ha ganado la gloria.  Sólo amo lo que ellos defienden: la ciudad de los Hombres de Númenor; y quisiera que otros la amasen por sus recuerdos, por su antigüedad, por su belleza y por la sabiduría que hoy posee.  Que no la teman, sino como acaso temen los hombres la dignidad de un hombre, viejo y sabio.

      »¡Así pues, no me temas!  No pido que me digas más.  Ni siquiera pido que digas si me he acercado a la verdad.  Pero si quieres confiar en mí, podría tal vez aconsejarte y hasta ayudarte a cumplir tu misión, cualquiera que ella sea.

      Frodo no respondió.  A punto estuvo de ceder al deseo de ayuda y de consejo, de confiarle a este hombre joven y grave, cuyas palabras parecían tan sabias y tan hermosas, todo cuanto pesaba sobre él.  Pero algo lo retuvo.  Tenía el corazón abrumado de temor y tristeza: si él y Sam eran en verdad, como parecía probable, todo cuanto quedaba ahora de los Nueve Caminantes, entonces sólo él conocía el secreto de la misión.  Más valía desconfiar de palabras inmerecidas que de palabras irreflexivas.  Y el recuerdo de Boromir, del horrible cambio que había producido en él la atracción del Anillo, estaba muy presente en su memoria, mientras miraba a Faramir y escuchaba su voz: eran distintos, sí, pero a la vez muy parecidos.

 

 

            Durante un rato continuaron caminando en silencio, deslizándose como sombras grises y verdes bajo la sombra de los árboles, sin hacer ningún ruido; en lo alto cantaban muchos pájaros, y el sol brillaba en la bóveda de hojas lustrosas y oscuras de los siempre verdes bosques de Ithilien.

      Sam no había intervenido en la conversación, pero la había escuchado; y al mismo tiempo había prestado atención, con su aguzado oído de hobbit, a todos los rumores y ruidos ahogados del bosque.  Una cosa había notado, que en toda la conversación el nombre de Gollum no se había mencionado una sola vez.  Se alegraba, aunque le parecía que era demasiado esperar no volver a oírlo de nuevo.  Pronto advirtió también que aunque iban solos, había muchos hombres en las cercanías: no solamente Damrod y Mablung, que aparecían y desaparecían entre las sombras delante de ellos, sino otros a la izquierda y la derecha, encaminándose furtiva y rápidamente a algún sitio señalado.

    Una vez, al volver bruscamente la cabeza, como si una picazón en la piel le advirtiera que alguien lo observaba, creyó entrever una pequeña forma negra que se escabullía por detrás del tronco de un árbol.  Abrió la boca para hablar y la cerró otra vez. «No estoy seguro», se dijo, «¿y para qué recordarles a ese viejo bribón, si ellos han preferido olvidarlo? ¡Ojalá yo también lo olvidara!».

 

 

            Así continuaron la marcha, hasta que la espesura del bosque empezó a ralear, y el terreno a descender en barrancas más empinadas.  Dieron vuelta una vez más, a la derecha, y no tardaron en llegar a un pequeño río que corría por una garganta estrecha: era el mismo arroyo que nacía, mucho más arriba, en la cuenca redonda, y que ahora serpeaba en un rápido torrente, por un lecho profundamente hendido y muy pedregoso, bajo las ramas combadas de los acebos y el oscuro follaje del boj.  Mirando hacia el oeste podían ver, más abajo, envueltas en una bruma luminosa, tierras bajas y vastas praderas, y centelleando a lo lejos a la luz del sol poniente las aguas anchas del Anduin.

      -Aquí, lamentablemente, cometeré con vosotros una descortesía -dijo Faramir-.  Espero que sabréis perdonarla en quien hasta ahora ha desechado órdenes en favor de buenos modales a fin de no mataros ni amarraros con cuerdas.  Pero un mandamiento riguroso exige que ningún extranjero, aun cuando fuese uno de Rohan que lucha en nuestras filas, ha de ver el camino por el que ahora avanzamos con los ojos abiertos.  Tendré que vendaros.

      -Como gustes -dijo Frodo-.  Hasta los elfos lo hacen cuando les parece necesario, y con los ojos vendados cruzamos las fronteras de la hermosa Lothlórien.  Gimli el enano lo tomó a mal, pero los hobbits lo soportaron.

      -El lugar al que os conduciré no es tan hermoso -dijo Faramir-.  Pero me alegra que lo aceptéis de buen grado y no por la fuerza.

      Llamó por lo bajo, e inmediatamente Mablung y Damrod salieron de entre los árboles y se acercaron de nuevo a ellos.

      -Vendadles los ojos a estos huéspedes -dijo Faramir-.  Fuertemente, pero sin incomodarlos.  No les atéis las manos.  Prometerán que no tratarán de ver.  Podría confiar en que cerrasen los ojos voluntariamente, pero los ojos parpadean, si los pies tropiezan en el camino.  Guiadlos de modo que no trastabillen.

      Los guardias vendaron entonces con bandas verdes los ojos de los hobbits y les bajaron las capuchas casi hasta la boca; en seguida, tomándolos rápidamente por las manos, se pusieron otra vez en marcha.  Todo cuanto Frodo y Sam supieron de esta última milla, fue lo que adivinaron haciendo conjeturas en la oscuridad.  Al cabo de un rato tuvieron la impresión de ir por un sendero que descendía en rápida pendiente; muy pronto se volvió tan estrecho que avanzaron todos en fila, rozando a ambos lados un muro pedregoso; los guardias los guiaban desde atrás, con las manos firmemente apoyadas en los hombros de los hobbits.  De tanto en tanto, cada vez que llegaban a un trecho más accidentado, los levantaban, para volver a depositarlos en el suelo un poco más adelante.  Constantemente a la derecha oían el agua que corría sobre las piedras, ahora más cercana y rumorosa.  Al cabo de un tiempo detuvieron la marcha.  Inmediatamente Mablung y Damrod los hicieron girar sobre sí mismos, varias veces, y los hobbits se desorientaron del todo.  Treparon un poco; hacía frío y el ruido del agua era ahora más débil.  Luego, levantándolos otra vez, los hicieron bajar numerosos escalones y volver un recodo.  De improviso oyeron de nuevo el agua, ahora sonora, impetuosa y saltarina.  Tenían la impresión de estar rodeados de agua, y sentían que una finísima llovizna les rociaba las manos y las mejillas.  Por fin los pusieron nuevamente en el suelo.  Un momento permanecieron así, amedrentados, con vendas en los ojos, sin saber dónde estaban; y nadie hablaba alrededor.

      De pronto llegó la voz de Faramir, muy próxima, a espaldas de ellos. -¡Dejadles ver! -dijo.

Les quitaron los pañuelos y les levantaron las capuchas, y los hobbits pestañearon y se quedaron sin aliento.

      Se encontraban en un mojado pavimento de piedra pulida, el rellano, por así decir, de una puerta de roca toscamente tallada que se abría, negra, detrás de ellos.  Enfrente caía una delgada cortina de agua, tan próxima que Frodo, con el brazo extendido, hubiera podido tocarla.  Miraba al oeste.  Del otro lado del velo se retractaban los rayos horizontales del sol poniente, y la luz purpúrea se quebraba en llamaradas de colores siempre cambiantes.  Les parecía estar junto a la ventana de una extraña torre élfica, velada por una cortina recamada con hilos de plata y de oro, y de rubíes, zafiros y amatistas, todo en un fuego que nunca se consumía.

 

 

            -Al menos hemos tenido la suerte de llegar a la mejor hora para recompensar vuestra paciencia -dijo Faramir-.  Esta es la Ventana del Sol Poniente, Henneth Annûn, la más hermosa de todas las cascadas de Ithilien, tierra de muchos manantiales.  Pocos son los extranjeros que la han contemplado.  Mas no hay dentro una cámara real digna de tanta belleza. ¡Entrad ahora y ved!

      Mientras Faramir hablaba, el sol desapareció en el horizonte y el fuego se extinguió en el móvil dosel de agua.  Dieron media vuelta, traspusieron el umbral bajo la arcada baja y amenazadora, y se encontraron de súbito en un recinto de piedra, vasto y tosco, bajo un techo abovedado.  Algunas antorchas proyectaban una luz mortecina sobre las paredes relucientes.  Ya había allí un gran número de hombres.  Otros seguían entrando en grupos de dos y de tres por una puerta lateral, oscura y estrecha.  A medida que se habituaban a la penumbra, los hobbits notaron que la caverna era más grande de lo que habían imaginado, y que había allí grandes reservas de armamentos y vituallas.

      -Bien, he aquí nuestro refugio -dijo Faramir-.  No es un lugar demasiado confortable, pero os permitirá pasar la noche en paz.  Al menos está seco, y aunque no hay fuego, tenemos comida.  En tiempos remotos el agua corría a través de esta gruta y se derramaba por la arcada, pero los obreros de antaño desviaron la corriente más arriba del paso, y el río desciende ahora desde las rocas en una cascada dos veces más alta.  Todas las vías de acceso a esta gruta fueron clausuradas entonces, para impedir la penetración del agua y de cualquier otra cosa; todas salvo una.  Ahora hay sólo dos salidas: aquel pasaje por el que entrasteis con los ojos vendados, y el de la Cortina de la Ventana, que da a una cuenca profunda sembrada de cuchillos de piedra.  Y ahora descansad unos minutos, mientras preparamos la cena.

      Los hobbits fueron conducidos a un rincón, donde les dieron un lecho para que se echaran a descansar, si así lo deseaban.  Mientras tanto los hombres iban y venían atareados por la caverna, silenciosos, y con una presteza metódica.  Tablas livianas fueron retiradas de las paredes, dispuestas sobre caballetes y cargadas de utensilios.  Estos eran en su mayor parte simples y sin adornos, pero todos de noble y armoniosa factura: escudillas redondas, tazones y fuentes de terracota esmaltada o de madera de boj torneada, lisos y pulcros.  Aquí y allá había una salsera o un cuenco de bronce pulido; y un copón de plata sin adornos junto al sitio del Capitán, en la mesa del centro.

      Faramir iba y venía entre los hombres, interrogando a cada uno en voz baja, a medida que llegaban.  Algunos volvían de perseguir a los Sureños; otros, los que habían quedado como centinelas y exploradores cerca del camino, fueron los últimos en aparecer.  Se conocía la suerte que habían corrido todos los sureños, excepto el gran mûmak: qué había sido de él nadie pudo decirlo.  Del enemigo, no se veía movimiento alguno; no había en los alrededores ni un solo espía orco.

      -¿No viste ni oíste nada, Anborn? -le preguntó Faramir al último en llegar.

      -Bueno, no, señor -dijo el hombre-.  Por lo menos ningún orco.  Pero vi, o me pareció ver, una cosa un poco extraña.  Caía la noche, y a esa hora las cosas parecen a veces más grandes de lo que son.  Así que tal vez no fuera nada más que una ardilla. -Al oír esto Sam aguzó el oído. - Pero entonces era una ardilla negra y no le vi la cola.  Parecía una sombra que se deslizaba por el suelo.  Se escurrió detrás del tronco de un árbol cuando me aproximé, y trepó hasta la copa rápidamente, en verdad como una ardilla.  Pero vos, señor, no aprobáis que matemos sin razón bestias salvajes, y no parecía ser otra cosa, de modo que no usé mi arco.  De todas maneras estaba demasiado oscuro para disparar una flecha certera, y la criatura desapareció en un abrir y cerrar de ojos en la oscuridad del follaje.  Pero me quedé allí un rato, porque me pareció extraño, y luego me apresuré a regresar.  Tuve la impresión de que me silbó desde muy arriba, cuando me alejaba.  Una ardilla grande, tal vez.  Puede ser que al amparo de las sombras del Sin Nombre algunas de las bestias del Bosque Negro vengan a merodear por aquí.  Ellos tienen allá ardillas negras, dicen.

      -Puede ser -dijo Faramir-.  Pero ese sería un mal presagio.  No queremos en Ithilien fugitivos del Bosque Negro. -Sam creyó ver que al decir estas palabras Faramir echaba una mirada rápida a los hobbits. pero no dijo nada.  Durante un rato él y Frodo permanecieron acostados de espaldas observando la luz de las antorchas, y a los hombres que iban y venían hablando a media voz.  Luego, repentinamente, Frodo se quedó dormido.

      Sam discutía consigo mismo, defendiendo ya un argumento, ya el argumento contrario. «Es posible que tenga razón», se decía, «pero también podría no tenerla.  Las palabras hermosas esconden a veces un corazón infame».  Bostezó. «Podría dormir una semana entera, y bien que me sentaría. ¿Y qué puedo hacer, aunque me mantenga despierto, yo solo en medio de tantos Hombres Grandes?  Nada, Sam Gamyi; pero tienes que mantenerte despierto a pesar de todo.» Y de una u otra forma lo consiguió.  La luz desapareció de la puerta de la caverna, y el velo gris del agua de la cascada se ensombreció y se perdió en la oscuridad creciente.  Y el sonido del agua siempre continuaba, sin cambiar jamás de nota, mañana, tarde o noche.  Murmuraba y susurraba e invitaba al sueño.  Sam se hundió los nudillos en los ojos.

 

 

            Ahora estaban encendiendo más antorchas.  Habían espitado un casco de vino, abrían los barriles de provisiones y algunos hombres iban a buscar agua a la cascada.  Otros se lavaban las manos en jofainas.  Trajeron para Faramir un gran aguamanil de cobre y un lienzo blanco, y también él se lavó.

      -Despertad a nuestros huéspedes -dijo-, y llevadles agua.  Es hora de comer.

      Frodo se incorporó y se desperezó, bostezando.  Sam, que no estaba habituado a que lo sirvieran, miró con cierta sorpresa al hombre alto que se inclinaba, acercándole un aguamanil.

      -¡Déjala en el suelo, maestro, por favor! -dijo -. Será más fácil para ti y también para mí. -Luego, ante el asombro divertido de los hombres, hundió la cabeza en el agua fría y se restregó el cuello y las orejas.

      -¿Es costumbre en vuestro país lavarse la cabeza antes de la cena? -preguntó el hombre que servía a los hobbits.

      -No, antes del desayuno -replicó Sam-.  Pero si estás falto de sueño, el agua fría en el cuello te hace el mismo efecto que la lluvia a una lechuga marchita. ¡Listo!  Ahora me podré mantener despierto el tiempo suficiente como para comer un bocado.

      Condujeron a los hobbits a los asientos junto a Faramir: barriles recubiertos de pieles y más altos que los bancos de los hombres para que estuvieran cómodos.  Antes de sentarse a comer, Faramir y todos sus hombres se volvieron de cara al oeste y así permanecieron un momento, en profundo silencio.  Faramir les indicó a Frodo y a Sam que hicieran lo mismo.

      -Siempre lo hacemos -dijo Faramir cuando por fin se sentaron-; volvemos la mirada a Númenor, la Númenor que fue, y más allá de Númenor al Hogar de los Elfos que todavía es, y más lejos aún hacia lo que es y siempre será. ¿No hay entre vosotros una costumbre semejante a la hora de las comidas?

      -No -respondió Frodo, sintiéndose extrañamente rústico y sin educación-.  Pero si hemos sido invitados, saludamos a nuestro anfitrión con una reverencia, y luego de haber comido nos levantamos y le damos las gracias.

      -También nosotros lo hacemos -dijo Faramir.

 

 

            Luego de tanto peregrinar y de acampar a la intemperie, y de tantos días pasados en tierras salvajes y desiertas, la colación de la noche les pareció a los hobbits un festín: beber el vino rubio, fresco y fragante, y comer el pan con mantequilla, y carnes saladas y frutos secos, y un excelente queso rojo, ¡con las manos limpias y vajilla y cubiertos relucientes!  Ni Frodo ni Sam rehusaron una sola de las viandas que les fueron ofrecidas, ni una segunda porción, ni aun una tercera.  El vino les corría por las venas y los miembros cansados, y se sentían alegres y ligeros de corazón como no lo habían estado desde que partieran de las tierras de Lórien.

      Cuando todo hubo terminado, Faramir los llevó a un nicho al fondo de la caverna, aislado en parte por una cortina; allí pusieron una mesa y dos bancos.  Una pequeña lámpara de barro ardía en una hornacina.

      -Pronto podréis tener ganas de dormir -dijo-, especialmente el buen Samsagaz, que no ha querido cerrar un ojo antes de la cena aunque no sé si por miedo a embotar un noble apetito o por miedo a mí.  Pero no es saludable irse a dormir en seguida de comer, y menos aún luego de un prolongado ayuno.  Hablemos pues un rato.  Tendréis mucho que contar de vuestro viaje desde Rivendel.  Y también querríais saber algo de nosotros y del país en que ahora os encontráis.  Habladme de mi hermano Boromir, del viejo Mithrandir y de la hermosa gente del país de Lothlórien.

      Frodo ya no tenía sueño y estaba dispuesto a conversar.  Sin embargo, aunque se sentía bien luego de la comida y el vino, no había perdido del todo la cautela.  Sam estaba radiante y canturreaba en voz baja; pero cuando Frodo habló, al principio se contentó con escuchar, aventurando sólo una que otra exclamación de asentimiento.

      Frodo relató muchas historias, pero eludiendo una y otra vez el tema de la misión de la Compañía y el Anillo, extendiéndose en cambio en el valiente papel que Boromir había desempeñado en todas las aventuras de los viajeros, con los lobos en las tierras salvajes, en medio de las nieves bajo el Caradhras, y en las minas de Moria donde cayera Gandalf.  La historia del combate sobre el puente fue la que más conmovió a Faramir.

      -Ha de haber enfurecido a Boromir tener que huir de los orcos -dijo- y hasta de la criatura feroz de que me hablas, ese Balrog, aun cuando fuera el último en retirarse.

      -Él fue el último, sí -dijo Frodo-, pero Aragorn no tuvo más remedio que ponerse al frente de la Compañía.  De no haber tenido que cuidar de nosotros, los más pequeños, no creo que ni él ni Boromir hubiesen huido.

      -Quizás hubiera sido mejor que Boromir hubiese caído allí con Mithrandir -dijo Faramir-, en vez de ir hacia el destino que lo esperaba más allá de las cascadas del Rauros.

      -Quizá.  Pero háblame ahora de vuestras vicisitudes -dijo Frodo eludiendo una vez más el tema-.  Pues me gustaría conocer mejor la historia de Minas Ithil y de Osgiliath, y de Minas Tirith la perdurable. ¿Qué esperanzas albergáis para esa ciudad en esta larga guerra?

      -¿Qué esperanzas? -dijo Faramir-.  Tiempo ha que hemos abandonado toda esperanza.  La espada de Elendil, si es que vuelve en verdad, podrá reavivarla, pero no conseguirá otra cosa, creo, que aplazar el día fatídico, a menos que recibiéramos también nosotros ayuda inesperada, de los elfos o de los hombres.  Pues el enemigo crece y nosotros decrecemos.  Somos un pueblo en decadencia, un otoño sin primavera.

      »Los Hombres de Númenor se habían afincado a lo ancho y a lo largo de las costas y regiones marítimas de las Grandes Tierras, pero la mayor parte de ellos cayeron en maldades y locura.  Muchos se dejaron seducir por las Sombras y las artes negras; algunos se abandonaron por completo a la pereza o la molicie, y otros a la guerra entre hermanos, hasta que se debilitaron y fueron conquistados por los hombres salvajes.

»No se dice que las malas artes fueran siempre practicadas en Gondor, ni que honraran al Sin Nombre; la sabiduría y la belleza de antaño, traídas del Oeste, perduraron largo tiempo en el reino de los Hijos de Elendil el Hermoso, y todavía subsisten.  Pero aun así, fue Gondor la que provocó su propia decadencia, hundiéndose poco a poco en la ñoñez, convencida de que el enemigo dormía, cuando en realidad estaba replegado, no destruido.

      »La muerte siempre estaba presente, porque los númenoreanos, como lo hicieran en su antiguo reino, que así habían perdido, ambicionaban aún una vida eternamente inmutable.  Los reyes construían tumbas más espléndidas que las casas en que habitaban, y en sus árboles genealógicos los nombres del pasado les eran más caros que los de sus propios hijos.  Señores sin descendencia holgazaneaban en antiguos castillos sin otro pensamiento que la heráldica; en cámaras secretas los ancianos decrépitos preparaban elixires poderosos, o en torres altas y frías interrogaban a las estrellas.  Y el último rey de la dinastía de Anárion no tenía heredero.

      »Pero los senescales fueron más sabios y más afortunados.  Más sabios, porque reclutaron las fuerzas de nuestro pueblo entre la gente robusta de la costa marítima y entre los intrépidos montañeses de Ered Nimrais.  Y pactaron una tregua con los orgullosos pueblos del Norte, que a menudo nos habían atacado, hombres de un coraje feroz, pero nuestros parientes muy lejanos, a diferencia de los salvajes Hombres del Este o los crueles Haradrim.

      »Ocurrió entonces que en los días de Cirion, el Duodécimo Senescal (y mi padre es el Vigesimosexto), acudieron en nuestra ayuda y en el gran Campo de Celebrant destruyeron al enemigo que se había apoderado de las provincias septentrionales.  Estos son los Rohirrim, como nosotros los llamamos, señores de caballos, y a ellos les cedimos las tierras de Calenardhon que desde entonces llevan el nombre de Rohan: pues ya en tiempos remotos esa provincia estaba escasamente poblada.  Y se convirtieron en nuestros aliados y siempre se han mostrado leales, ayudándonos en momentos de necesidad, y custodiando nuestras fronteras en el Paso de Rohan.

      »De nuestras tradiciones y costumbres han aprendido lo que quisieron, y sus señores hablan nuestra lengua si es preciso; pero en general conservan las costumbres y tradiciones del pasado; y entre ellos hablan en la lengua nórdica que les es propia.  Y nosotros los amamos: hombres de elevada estatura y mujeres hermosas, valientes todos por igual, fuertes, de cabellos dorados y ojos brillantes, nos recuerdan la juventud de los hombres, como eran en los Tiempos Antiguos.  Y en verdad, nuestros maestros de tradición dicen que tienen de antiguo esta afinidad con nosotros porque provienen de las mismas Tres Casas del Hombre, como los númenoreanos: no de Hador el de los Cabellos de Oro, el amigo de los elfos, tal vez, sino de aquellos hijos y súbditos de Hador que no atravesaron el Mar rumbo al Oeste, desoyendo la llamada.

      »Pues así denominamos a los hombres en nuestra tradición, llamándolos los Altos, o los Hombres del Oeste, que eran los númenoreanos; y los Pueblos del Medio, los Hombres del Crepúsculo, como los Rohirrim y las gentes como ellos que habitan aún muy lejos en el Norte; y los Salvajes, los Hombres de la Oscuridad.

      »Pero si con el tiempo los Rohirrim han empezado a parecerse en algunos aspectos a nosotros, aficionándose a las artes y a maneras más atemperadas, también nosotros hemos empezado a parecernos a ellos, y ya casi no podemos reclamar el título de Altos.  Nos hemos transformado en Hombres del Medio, del Crepúsculo, pero con el recuerdo de otras cosas.  De los Rohirrim hemos aprendido a amar la guerra y el coraje como cosas buenas en sí mismas, juego y meta a la vez; y aunque todavía pensamos que un guerrero ha de tener inteligencia y conocimientos, y no sólo dominar el manejo de las armas y el arte de matar, consideramos no obstante al guerrero superior a los hombres de otras profesiones.  Así lo exigen las necesidades de nuestros tiempos.  Guerrero era también mi hermano, Boromir: un hombre intrépido, considerado por su temple como el mejor de Gondor.  Y era muy valiente: en muchos años no hubo en Minas Tirith un heredero como él, tan resistente a la fatiga, tan denodado en la batalla, ninguno capaz de arrancar del Gran Cuerno una nota más poderosa. -Faramir suspiró y durante un rato guardó silencio.

 

 

            -No habla usted mucho de los elfos en sus relatos, señor -dijo Sam, armándose súbitamente de coraje.  Había notado que Faramir aludía a los elfos con reverencia, y esto, aún más que la cortesía con que trataba a los hobbits, y la comida y el vino que les ofreciera, le había ganado el respeto de Sam, menos receloso ahora.

      -No, en efecto, maese Samsagaz -dijo Faramir-, pues no soy versado en la tradición élfica.  Pero has tocado aquí otro aspecto en el que también hemos cambiado, en la declinación que va de Númenor a la Tierra Media.  Sabrás tal vez, si Mithrandir fue compañero vuestro y si habéis hablado con Elrond, que los Edain, los Padres de los Númenoreanos, combatieron junto a los elfos en las primeras guerras, y recibieron en recompensa el reino que está en el centro mismo del Mar, a la vista del Hogar de los Elfos.  Pero en la Tierra Media los hombres y los elfos se distanciaron en días de oscuridad, a causa de los ardides del enemigo y de las lentas mutaciones del tiempo, pues cada especie se alejó cada vez más por caminos divergentes.  Ahora los hombres temen a los elfos y desconfían de ellos, aunque bien poco los conocen.  Y nosotros, los de Gondor, nos estamos pareciendo a los otros hombres, pues hasta los Hombres de Rohan, que son los enemigos del Señor Oscuro, evitan a los elfos y hablan del Bosque de Oro con terror.

      »Sin embargo aún entre nosotros hay quienes tienen tratos con los elfos, cuando pueden, y de vez en cuando algunos viajan secretamente a Lórien, de donde rara vez retornan.  Yo no.  Porque considero que es hoy peligroso para un mortal ir voluntariamente en busca de las Gentes Antiguas.  Sin embargo envidio de veras que hayas hablado con la Dama Blanca.

      -¡La Dama de Lórien! ¡Galadriel! - exclamó Sam -. Tendría usted que verla, ah, por cierto que tendría que verla, señor.  Yo no soy más que un hobbit, y jardinero de oficio, en mi tierra, señor, si me comprende usted, y no soy ducho en poesía... no en componerla: alguna copla cómica, tal vez, de tanto en tanto, ¿sabe?, pero no verdadera poesía... por eso no puedo explicarle lo que quiero decir.  Habría que cantarlo.  Haría falta Trancos, es decir Aragorn, para ello, o el viejo señor Bilbo.  Pero me gustaría componer una canción sobre ella. ¡Es hermosa, señor! ¡Qué hermosa es!  A veces como un gran árbol en flor, a veces como un narciso, tan delgada y menuda.  Dura como el diamante, suave como el claro de luna.  Ardiente como el sol, fría como la escarcha bajo las estrellas.  Orgullosa y distante como una montaña nevada, y tan alegre como una muchacha que en primavera se trenza margaritas en los cabellos.  Pero he dicho un montón de tonterías y ni me he acercado a la idea.

      -Ha de ser muy bella en efecto -dijo Faramir-.  Peligrosamente bella.

      -No sé si es peligrosa -dijo Sam-.  Se me ocurre que la gente lleva consigo su propio peligro a Lórien, y allí lo vuelve a encontrar porque lo ha tenido dentro.  Pero tal vez se podría llamarla peligrosa, pues es tan fuerte.  Usted, usted podría hacerse añicos contra ella, como un barco contra una roca, o ahogarse, como un hobbit en un río.  Pero ni en la roca ni el río habría culpa alguna.  Y Boro... -Se interrumpió de golpe, enrojeciendo hasta las orejas.

      -¿Sí?  Y Boromir, dijiste -dijo Faramir-. ¿Qué estabas por decir? ¿Él llevaba consigo el peligro?

      -Sí, señor, con el perdón de usted, y un hermoso hombre era su hermano, si me permite decirlo así.  Pero usted estuvo cerca de la verdad desde el principio.  Yo observé y escuché a Boromir durante todo el camino desde Rivendel, para cuidar de mi amo, como usted comprenderá, y sin desearle ningún mal a Boromir, y es mi opinión que fue en Lórien donde vio claramente por primera vez lo que yo había adivinado antes: lo que él quería. ¡Desde el momento en que lo vio, quiso tener el Anillo del Enemigo!

      -¡Sam! -exclamó Frodo, consternado.  Había estado ensimismado en sus propios pensamientos, y salió de ellos bruscamente, pero demasiado tarde.

      -¡Caracoles! -dijo Sam palideciendo y enrojeciendo otra vez hasta el escarlata-. ¡Ya hice otra barrabasada!  Cada vez que abres el pico metes la pata solía decirme el Tío, y tenía razón. ¡Caracoles! ¡Caracoles!

      -¡Oiga, señor! -Dio media vuelta y miró cara a cara a Faramir con todo el coraje que pudo juntar. - No vaya ahora a aprovecharse de mi amo porque el sirviente sea sólo un tonto.  Usted nos ha arrullado todo el tiempo con palabras hermosas, hablando de los elfos y todo, y bajé la guardia.  Pero lo hermoso es bueno, como decimos nosotros.  He aquí una oportunidad de demostrar su nobleza.

      -Así parece -dijo Faramir, lentamente y con una voz muy dulce y una extraña sonrisa-. ¡Así que esta era la respuesta de todos los enigmas!  El Anillo Unico que se creía desaparecido del mundo. ¿Y Boromir intentó apoderarse de él por la fuerza? ¿Y vosotros escapasteis? ¿Y habéis corrido tanto camino... para llegar a mí?  Y aquí os tengo, en estas soledades: dos medianos, y una hueste de hombres a mi servicio, y el Anillo de los Anillos. ¡Un golpe de suerte!  Una buena oportunidad para Faramir de Gondor de mostrar su nobleza. ¡Ah! - Se incorporó muy erguido, muy alto y grave, los ojos grises centelleando.

      Frodo y Sam saltaron de sus taburetes y se pusieron lado a lado de espaldas al muro, buscando a tientas la empuñadura de las espadas.  Hubo un silencio.  Todos los hombres reunidos en la caverna dejaron de hablar y los miraron con asombro.  Pero Faramir volvió a sentarse y se echó a reír quedamente, y luego, de pronto pareció grave otra vez.

 

 

            -¡Ay desdichado Boromir! ¡Fue una prueba demasiado dura! - dijo -. Cuánto habéis acrecentado mi tristeza, vosotros dos ¡extraños peregrinos de un país lejano, portadores del peligro de los hombres!  Pero juzgáis peor a los hombres que yo a los medianos.  Nosotros, los Hombres de Gondor, decimos la verdad.  Nos jactamos rara vez pero entonces actuamos o morimos intentándolo.  No lo recogería ni si lo viese tirado a la orilla del camino, dije.  Aunque fuese hombre capaz de codiciar ese objeto, aunque cuando lo dije no sabía qué era, de todos modos consideraría esas palabras como un juramento, y a ellas me atengo.

      »Mas no soy ese hombre. 0 soy quizá bastante prudente para saber que el hombre ha de evitar ciertos peligros. ¡Descansad en paz!  Y tú, Samsagaz, tranquilízate.  Si crees haber flaqueado, piensa que estaba escrito que así habría de ser.  Tu corazón es tan perspicaz como fiel, y él vio más claro que tus ojos.  Por extraño que pueda parecer, no hay peligro alguno en que me lo hayas dicho.  Hasta podría ayudar al amo a quien tanto quieres.  Puede ser favorable para él, si está a mi alcance.  Tranquilízate entonces.  Pero nunca más vuelvas a nombrar esa cosa en voz alta. ¡Basta una vez!

 

 

            Los hobbits volvieron a sus taburetes y se sentaron en silencio.  Los hombres retornaron a la bebida y la charla, suponiendo que el Capitán había estado divirtiéndose a expensas de los pequeños huéspedes, pero que la chanza ya había terminado.

      -Bien, Frodo, ahora por fin nos hemos entendido -dijo Faramir-.  Si asumiste la responsabilidad de ser el portador de ese objeto no por elección sino a instancias de otros, te compadezco y te honro.  Y me dejas maravillado: lo llevas escondido y no lo utilizas.  Sois para mí gente de un mundo nuevo. ¿Son semejantes a vosotros todos los de esa raza?  Vuestra tierra parece un remanso de paz y tranquilidad, y honráis sin duda a los jardineros.

      -No todo es allí felicidad -dijo Frodo-, pero es cierto que honramos a los jardineros.

      -Pero también allí la gente tiene que aburrirse, aun en los huertos, como todas las cosas bajo el Sol de este mundo.  Y vosotros estáis lejos de vuestro hogar y habéis viajado mucho.  Basta por esta noche.  Dormid los dos en paz, si podéis. ¡Nada temáis!  Yo no deseo verlo, ni tocarlo, ni saber de él más de lo que sé (y ya es más que suficiente), no sea que el peligro me tiente, y si me enfrentara a esa prueba no sé si tendría la entereza de Frodo hijo de Drogo.  Id ahora a descansar... mas decidme antes si es posible: a dónde deseáis ir y qué queréis hacer.  Pues yo he de velar, y esperar, y reflexionar.  El tiempo pasa.  En la mañana partiremos unos y otros por los caminos que el destino nos ha marcado.

      Pasado el primer sobresalto, Frodo no había dejado de temblar.  Ahora un inmenso cansancio descendió sobre él como una nube.  Incapaz de seguir disimulando, no se resistió más.

      -Buscaba un camino para entrar en Mordor -dijo con voz débil-. Iba a Gorgoroth.  Tengo que encontrar la Montaña de Fuego y arrojar el objeto en el abismo del Destino.  Así dijo Gandalf.  No creo que llegue jamás allí.

      Faramir lo contempló un instante con asombrada seriedad.  Luego, de improviso, viéndolo vacilar, sostuvo a Frodo, lo levantó con dulzura y lo llevó hasta el lecho y allí lo acostó y lo abrigó.  Al instante Frodo cayó en un sueño profundo.

      Otra cama fue instalada al lado para el sirviente de Frodo.  Sam titubeó un momento, luego se inclinó en una profunda reverencia:

      -Buenas noches, Capitán, mi señor -dijo-.  Habéis aceptado el desafío, señor.

      -¿Sí? -dijo Faramir.

      -Sí señor, y habéis mostrado vuestra nobleza: la más alta.

      Faramir sonrió.

      -Eres un sirviente atrevido, maese Samsagaz.  Mas no importa: el alabar lo que es digno de alabanza no necesita recompensa.  Sin embargo no había nada loable en todo esto.  No tuve ni la tentación ni el deseo de hacer otra cosa.

      -Ah bueno, señor -dijo Sam-, habéis dicho que mi amo tenía un cierto aire élfico; y eso era bueno, y cierto además.  Pero yo puedo ahora deciros que vos también tenéis un aire, señor, un aire que me hace pensar en... en... bueno, en Gandalf, en los Magos.

      -Es posible -dijo Faramir-.  Quizá distingas desde lejos el aire de Númenor. ¡Buenas noches!


6

 

EL ESTANQUE VEDADO

 

            Al despertar, Frodo vio a Faramir inclinado sobre él.  Por un segundo le volvieron los viejos temores y se sentó y retrocedió.

      -No hay nada que temer -le dijo Faramir.

      -¿Ya es la mañana? -preguntó Frodo, bostezando.

      -Aún no, pero la noche ya toca a su fin y la luna llena se está ocultando. ¿Quieres venir a verla?  Hay también una cuestión acerca de la cual quisiera que me dieras tu parecer.  Lamento haberte despertado, pero ¿quieres venir?

      -Sí -dijo Frodo levantándose, y tembló ligeramente al abandonar el calor de las mantas y las pieles.  Hacía frío en la caverna sin fuego.  El rumor del agua se oía claramente en la quietud de la noche.  Se envolvió en la capa y siguió a Faramir.

      Sam, despertando bruscamente por una especie de instinto de vigilancia, vio primero el lecho vacío de su amo y se levantó de un salto.  En seguida vio dos siluetas oscuras, la de Frodo y un hombre, recortadas en la arcada, nimbada ahora por un resplandor blanquecino.  Se encaminó de prisa a reunirse con ellos, más allá de las hileras de hombres que dormían sobre jergones a lo largo de la pared.  Al pasar cerca de la entrada vio que la cortina se había transformado en un velo deslumbrante de seda y perlas e hilos de plata: carámbanos de luna en lenta fusión.  Pero no se detuvo a admirarla y dando la vuelta siguió a su amo a través de la puerta angosta tallada en la pared de la caverna.

      Tomaron primero por un pasadizo negro, luego subieron varios escalones mojados, y llegaron así a un pequeño rellano tallado en la roca, iluminado por un cielo pálido que resplandecía muy arriba, distante, como la cúpula de un alto campanario.  De allí partían dos escaleras: una conducía a la orilla elevada del río; la otra se doblaba en un recodo hacia la izquierda.  Siguieron por esta última, que subía en espiral, como la escalera de una torre.

 

 

            Salieron por fin de las tinieblas de piedra y miraron alrededor.  Se encontraban en una ancha plataforma de roca lisa sin antepecho ni pretil.  A la derecha, en el este, el torrente caía en cascadas sobre numerosas terrazas, y descendiendo en brusca y vertiginosa carrera, con la oscura fuerza del agua, y cuajado de espuma, iba a verterse en un lecho; por fin, rizándose y arremolinándose casi sobre la plataforma, se precipitaba por encima de la arista que se abría a la derecha.  Un hombre estaba allí de pie, cerca de la orilla, en silencio, mirando hacia abajo.

      Frodo se volvió a contemplar las cintas de agua aterciopelado, que se curvaban y desaparecían.  Luego alzó los ojos y miró en lontananza.  El mundo estaba silencioso y frío, como si el alba se acercase.  A lo lejos, en el poniente, la luna llena se hundía redonda y blanca.  Unas brumas pálidas relucían en el valle ancho de allá abajo: un vasto abismo de vapores de plata, bajo los que fluían las aguas nocturnas y frescas del Anduin.  Y más allá una tiniebla negra y amenazante, en la que rutilaban de tanto en tanto, fríos, afilados, remotos y blancos como colmillos fantasmales, los picos de Ered Nimrais, las Montañas Blancas de Gondor, coronadas de nieves eternas.

      Frodo permaneció un momento sobre la alta piedra, preguntándose con un estremecimiento si en algún lugar de esas vastas tierras nocturnas caminarían aún sus antiguos compañeros, 0 dormirían, o si yacerían muertos envueltos en sudarios de niebla. ¿Por qué lo habían traído aquí arrancándolo del olvido del sueño?

      Sam, que estaba preguntándose lo mismo, no pudo reprimirse y murmuró, sólo para el oído de su amo, creyó él:

      -¡Es una vista hermosa, señor Frodo, pero le hiela a uno el corazón, por no hablar de los huesos! ¿Qué sucede?

      Faramir lo oyó y respondió:

      -La luna se pone sobre Gondor.  El bello Ithil al abandonar la Tierra Media, echa una mirada a los rizos blancos del viejo Mindolluin.  Bien vale la pena soportar algunos escalofríos.  Mas no es esto lo que os he traído a ver, aunque en verdad a ti, Samsagaz, yo no te he llamado, y ahora estás pagando por tu exceso de celo.  Un sorbo de vino remediará el problema. ¡Venid ahora y mirad!

      Se acercó al centinela silencioso en el borde oscuro, y Frodo lo siguió.  Sam se quedó atrás.  Ya bastante inseguro se sentía en aquella alta plataforma mojada.  Faramir y Frodo miraron abajo.  Muy lejos, en el fondo, vieron las aguas blancas que se vertían en un cauce espumoso, giraban alrededor de una profunda cuenca oval entre las rocas, hasta encontrar por fin una nueva salida por una puerta estrecha, y se alejaban murmurando y humeando hacia regiones más llanas y apacibles.  El claro de luna iluminaba aún con rayos oblicuos el pie de la cascada y centelleaba en el menudo y tumultuoso oleaje de la cuenca.  Pronto Frodo creyó ver una forma pequeña y oscura en la orilla más próxima, pero en el momento mismo en que la observaba, la figura se zambulló y desapareció detrás del remolino de la cascada, hendiendo el agua negra con la precisión de una flecha o de una piedra arrojada de canto.

      Faramir se volvió hacia el centinela.

      -¿Y ahora qué dirías que es, Anborn? ¿Una ardilla, o un pájaro pescador? ¿Hay pájaros pescadores en las charcas nocturnas del Bosque Negro?

      -No sé qué puede ser, pero no es un pájaro -respondió Anborn-.  Tiene cuatro miembros y se zambulle como un hombre; y con maestría, además. ¿En qué andará? ¿Buscando un camino por detrás de la cortina para subir a nuestro escondite?  Me parece que al fin hemos sido descubiertos.  Aquí tengo mi arco, y he apostado otros arqueros, casi tan buenos tiradores como yo, en las dos orillas.  Sólo esperamos vuestra orden para disparar, Capitán.

      -¿Dispararemos? -preguntó Faramir, volviéndose rápidamente a Frodo.

      Frodo tardó un momento en responder.  Luego dijo:

      -¡No! ¡No! ¡Te suplico que no lo hagas! -De haberse atrevido, Sam habría dicho «Sí» más pronto y más fuerte.  No alcanzaba a ver, pero por lo que Frodo y Faramir decían, podía imaginarse qué estaban mirando.

      -¿Sabes entonces qué es eso? -dijo Faramir-.  Bien, ahora que lo has visto, dime por qué hay que perdonarlo.  En todas nuestras conversaciones, no has nombrado ni una sola vez a vuestro compañero vagabundo, y yo lo dejé pasar por el momento.  Podía esperar hasta que lo capturaran y lo trajeran a mi presencia.  Envié en su busca a mis mejores cazadores, pero se les escapó, y no volvieron a verlo hasta ahora, excepto Anborn, aquí presente, que lo divisó un momento anoche, a la hora del crepúsculo.  Pero ahora ha cometido un delito peor que ir a cazar conejos en las tierras altas: ha tenido la osadía de venir a Henneth Annûn, y lo pagará con la vida.  Me desconcierta esta criatura: tan solapada y tan astuta como es, ¡venir a jugar en el lago justo delante de nuestra ventana! ¿Se imagina acaso que los hombres duermen sin vigilancia la noche entera? ¿Por qué lo hace?

      -Hay dos respuestas, creo yo -dijo Frodo-.  Por una parte, esta criatura conoce poco a los hombres, y aunque es astuta, vuestro refugio está tan escondido que ignora tal vez que hay hombres aquí.  Además, creo que ha sido atraído por un deseo irresistible, más fuerte que la prudencia.

      -¿Atraído aquí, dices? -preguntó Faramir en voz baja-. ¿Es posible... sabe entonces lo de tu carga?

      -Lo sabe, sí.  El mismo la llevó durante años.

      -¿El la llevó? -dijo Faramir, estupefacto, respirando entrecortadamente-.  Esta historia es cada vez más intrincada y enigmática. ¿Entonces anda detrás de tu carga?

      -Tal vez.  Es un tesoro para él.  Pero no hablaba de eso. -¿Qué busca entonces la criatura? -Pescado -dijo Frodo-. ¡Mira!

 

 

            Escudriñaron la oscuridad del lago.  Una cabecita negra apareció en el otro extremo de la cuenca, emergiendo de la profunda sombra de las rocas.  Hubo un fugaz relámpago de plata y un remolino de ondas diminutas se movió hacia la orilla.  Luego, con una agilidad asombrosa, una figura que parecía una rana trepó fuera de la cuenca.  Al instante se sentó y empezó a mordisquear algo pequeño, plateado y reluciente: los rayos postreros de la luna caían ahora detrás del muro de piedra en el confín del agua.

      Faramir se rió por lo bajo.

      -¡Pescado! - dijo -. Es un hambre menos peligrosa. 0 tal vez no: los peces del lago Henneth Annûn podrían costarle todo lo que tiene.

      -Ahora le estoy apuntando con la flecha -dijo Anborn-. ¿No tiraré, Capitán?  Por haber venido a este lugar sin ser invitado, la muerte es nuestra ley.

      -Espera, Anborn -dijo Faramir-.  Este asunto es más delicado de lo que parece. ¿Qué puedes decir ahora, Frodo? ¿Por qué habríamos de perdonarle la vida?

      -Esta criatura es miserable y tiene hambre -dijo Frodo-, y desconoce el peligro que la amenaza.  Y Gandalf, tu Mithrandir, te habría pedido que no lo mates, por esa razón y por otras.  Les prohibió a los elfos que lo hicieran.  No sé bien por qué, y lo que adivino no puedo decirlo aquí abiertamente.  Pero esta criatura está ligada de algún modo a mi misión.  Hasta el momento en que nos descubriste y nos trajiste aquí, era mi guía.

      -¡Tu guía!  Esta historia se vuelve cada vez más extraña.  Mucho haría por ti, Frodo, pero esto no puedo concedértelo: dejar que ese vagabundo taimado se vaya de aquí en libertad para reunirse luego contigo si le place o que los orcos lo atrapen y él les cuente todo lo que sabe bajo la amenaza del sufrimiento.  Es preciso matarlo o capturarlo.  Matarlo, si no podemos atraparlo en seguida.  Mas ¿cómo capturar a esa criatura escurridiza que cambia de apariencia, si no es con un dardo empenachado?

      -Déjame bajar hasta él en paz -dijo Frodo-.  Podéis mantener tensos los arcos, y matarme a mí al menos si fracaso.  No escaparé.

      -¡Ve pues y date prisa! -dijo Faramir-.  Si sale de aquí con vida, tendrá que ser tu fiel servidor por el resto de sus desdichados días.  Conduce a Frodo allá abajo, a la orilla, Anborn, e id con cautela.  Esta criatura tiene nariz y orejas.  Dame tu arco.

      Anborn gruñó, descendiendo delante de Frodo la larga escalera de caracol, y ya en el rellano subieron por la otra escalera, hasta llegar al fin a una angosta abertura disimulada por arbustos espesos.  Salieron en silencio, y Frodo se encontró en lo alto de la orilla meridional, por encima del lago.  Ahora la oscuridad era profunda, y las cascadas grises y pálidas sólo reflejaban la claridad lunar demorada en el cielo occidental.  No veía a Gollum.  Avanzó un corto trecho y Anborn lo siguió con paso sigiloso.

      -¡Continúa! -susurró al oído de Frodo-.  Ten cuidado a tu derecha.  Si te caes en el lago, nadie salvo tu amigo pescador podrá socorrerte.  Y no olvides que hay arqueros en las cercanías, aunque tú no puedas verlos.

      Frodo se adelantó con precaución, valiéndose de las manos a la manera de Gollum para tantear el camino y mantenerse en equilibrio.  Las rocas eran casi todas lisas y planas, pero resbaladizas.  Se detuvo a escuchar.  Al principio no oyó otro ruido que el rumor incesante de la cascada a sus espaldas.  Pero pronto distinguió, no muy lejos, delante de él, un murmullo sibilante.

      -Pecesss, buenos pecesss.  La Cara Blanca ha desaparecido, mi tesoro, por fin, sí.  Ahora podemos comer pescado en paz.  No, no en paz, mi tesoro.  Pues el Tesoro está perdido: sí, perdido.  Sucios hobbits, hobbits malvados.  Se han ido, y nos han abandonado, gollum; y el Tesoro se ha ido también.  El pobre Sméagol no tiene a nadie ahora.  No más Tesoro.  Hombres malos lo tomarán, me robarán mi Tesoro.  Ladrones.  Los odiamos.  Pecesss, buenos buenos pecesss.  Nos dan fuerzas.  Nos ponen los ojos brillantes y los dedos recios, sí.  Estrangúlalos, tesoro.  Estrangúlalos a todos, sí, si tenemos la oportunidad.  Buenos pecesss. ¡Buenos pecesss!

      Y así continuó, casi tan incesante como el agua de la cascada, interrumpido solamente por un débil ruido de salivación y gorgoteo.  Frodo se estremeció, escuchando con piedad y repugnancia.  Deseaba que se interrumpiera de una vez y que nunca más tuviera que escuchar esa voz.  Anborn, detrás de él, no estaba lejos.  Frodo podía volver arrastrándose y pedirle que los cazadores dispararan los arcos.  No les costaría mucho acercarse, mientras Gollum engullía y no estaba en guardia.  Un solo tiro certero, y Frodo se liberaría para siempre de aquella voz miserable.  Pero no, Gollum tenía ahora derechos sobre él.  El sirviente adquiere derechos sobre su amo a cambio de servirlo, aun cuando lo haga por temor.  Sin Gollum se habrían hundido en las Ciénagas de los Muertos.  Y además Frodo sabía de algún modo, y con absoluta certeza, que Gandalf hubiera defendido la vida de Gollum.

      -¡Sméagol! -llamó en voz baja.

      -Pecesss, buenos pecesss -dijo la voz.

      -¡Sméagol! -repitió Frodo, un poco más alto.  La voz calló. -Sméagol, el amo ha venido a buscarte.  El amo está aquí. ¡Ven, Sméagol! -No hubo respuesta, pero sí un suave silbido.

      -¡Ven, Sméagol! - dijo Frodo -. Estamos en peligro.  Los hombres te matarán, si te encuentran aquí.  Ven pronto, si quieres escapar a la muerte. ¡Ven al amo!

      -¡No! - dijo la voz -. Amo no bueno.  Abandona al pobre Sméagol y se va con otros amigos.  Amo puede esperar.  Sméagol no ha terminado.

      -No hay tiempo -dijo Frodo-.  Trae el pescado contigo. ¡Ven!

      -¡No!  Tengo que terminar el pescado.

      -¡Sméagol! -dijo Frodo desesperado-.  El Tesoro se enfadará.  Sacaré el Tesoro y le diré: haz que se trague las espinas y se ahogue.  Nunca más probarás pescado.  Ven. ¡El Tesoro espera!

      Hubo un silbido agudo.  Un instante después, Gollum emergió de la oscuridad en cuatro patas, como un perro errabundo que acude a una llamada.  Tenía en la boca un pescado comido a medias y otro en la mano.  Se detuvo muy cerca de Frodo, casi nariz con nariz, y lo olió.  Los ojos pálidos le brillaban.  Entonces se sacó el pescado de la boca y se irguió.

      -¡Buen amo! -murmuró-.  Buen hobbit, venir a buscar al pobre Sméagol.  El buen Sméagol ha venido.  Ahora vamos, pronto, sí.  A través de los árboles, mientras las Caras están oscuras. ¡Sí pronto, vamos!

      -Sí, pronto iremos -dijo Frodo-.  Pero no en seguida.  Yo iré contigo como prometí.  Te lo prometo de nuevo.  Pero no ahora.  Todavía no estás a salvo.  Yo te salvaré, pero tienes que confiar en mí.

      -¿Tenemos que confiar en el amo? - dijo Gollum, dudando -. ¿Por qué no partir en seguida? ¿Dónde está el otro, el hobbit malhumorado y grosero? ¿Dónde está?

      -Allá arriba -dijo Frodo, señalando la cascada-.  No partiré sin él.  Tenemos que ir a buscarlo. -Se le encogió el corazón.  Esto se parecía demasiado a una celada.  No temía en realidad que Faramir permitiese que mataran a Gollum, pero probablemente lo tomaría prisionero y lo haría atar; y lo que Frodo estaba haciendo le parecería sin duda una traición a la infeliz criatura traicionera.  Quizá nunca llegaría a comprender o creer que Frodo le había salvado la vida del único modo posible. ¿Qué otra cosa podía hacer, para guardar al menos cierta lealtad a uno y a otro?- ¡Ven! -dijo-.  Si no vienes el Tesoro se enfadará.  Ahora volveremos, subiendo por la orilla del río. ¡Adelante, adelante, tú irás al frente!

      Gollum trepó un corto trecho junto a la orilla, olisqueando con recelo.  Muy pronto se detuvo y levantó la cara.

      -¡Hay algo allí! -dijo-.  No es un hobbit. –Retrocedió bruscamente. Una luz verde le brillaba en los ojos saltones.- ¡Amo, amo! -siseó-. ¡Malvado! ¡Astuto! ¡Falso! -Escupió y extendió los brazos largos chasqueando los dedos.

      En ese momento la gran forma negra de Anborn apareció por detrás y cayó sobre él.  Una mano grande y fuerte lo tomó por la nuca y lo inmovilizó.  Gollum giró en redondo con la celeridad de un rayo, mojado como estaba y cubierto de lodo, retorciéndose como una anguila, mordiendo y arañando como un gato.  Pero otros dos hombres salieron de las sombras.

      -¡Quieto! -le dijo uno de ellos-. O te ensartaremos más púas que las de un puercoespín. ¡Quieto!

Gollum se derrumbó y empezó a gimotear y lloriquear.  Los hombres lo ataron con cuerdas, sin demasiados miramientos.

      -¡Despacio, despacio! -dijo Frodo-.  No tiene tanta fuerza como vosotros.  No lo lastiméis, si podéis evitarlo.  Se calmará. ¡Sméagol!  No te harán daño.  Yo iré contigo y no pasará nada.  A menos que me maten también a mí. ¡Ten confianza en el amo!

      Gollum volvió la cabeza y escupió a Frodo en la cara.  Los hombres lo alzaron, lo embozaron con un capuchón hasta los ojos, y se lo llevaron.

      Frodo los siguió, sintiéndose profundamente desdichado.  Pasaron por la abertura disimulada entre los arbustos, y a través de las escaleras y los pasadizos regresaron a la caverna.  Ya habían encendido dos o tres antorchas.  Los hombres iban de un lado a otro, en plena actividad.  Sam, que estaba allí, lanzó una mirada curiosa al bulto fofo que los cazadores llevaban a la rastra.

      -¿Usted lo atrapó? -le preguntó a Frodo.

      -Sí.  Bueno, no, no lo atrapé yo.  El vino voluntariamente, porque confió en mí al principio, me temo.  Yo no quería que lo atasen así.  Ojalá salga bien; pero odio todo esto.

      -También yo -dijo Sam-.  Y nunca nada saldrá bien donde se encuentre esa criatura abominable.

      Un hombre se acercó a los hobbits, les hizo una sería y los condujo al nicho del fondo de la caverna.  Allí Faramir los esperaba sentado en su silla, y en la hornacina la lámpara estaba encendida otra vez.  Con un ademán invitó a los hobbits a sentarse junto a él, en los taburetes.

      -Traed vino para los huéspedes -dijo-.  Y traedme al prisionero.

      Sirvieron el vino, y un momento después entró Anborn, llevando a Gollum.  Levantándole el capuchón, lo ayudó a ponerse en pie, permaneciendo junto a él para sostenerlo.  Gollum entornó los ojos, ocultando detrás de los párpados pálidos y pesados una mirada maligna.  Chorreando agua y entumecido, y con olor a pescado (todavía llevaba uno apretado en la mano), parecía la viva imagen de la miseria; los cabellos ralos le colgaban como algas fétidas sobre las órbitas huesudas, la nariz le moqueaba.

      -¡Desatadnos! ¡Desatadnos! -dijo-.  La cuerda nos hace daño, sí, nos lastima, duele, y no hicimos nada.

      -¿Nada? -dijo Faramir clavando en la infeliz criatura una mirada incisiva, pero sin expresión alguna, ni de cólera, ni de piedad ni de extrañeza-. ¿Nada? ¿Nunca hiciste nada que mereciera que te atasen o castigos peores?  No es a mí, sin embargo, a quien incumbe juzgarte.  Por fortuna.  Pero esta noche has venido a un lugar donde sólo venir significa la muerte.  Caros se pagan los peces de este lago.

      Gollum dejó caer el pescado que tenía en la mano.

      -No queremos pescado -dijo.

      -El precio no está en el pescado -dijo Faramir-.  Basta venir aquí y mirar el lago para merecer la muerte.  Si hasta este momento te he perdonado la vida ha sido gracias a las súplicas del amigo Frodo, quien dice que él al menos te debe cierta gratitud.  Pero también a mí tendrás que satisfacerme. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde vienes? ¿Y a dónde vas? ¿Cuál es tu ocupación?

      -Estamos perdidos -dijo Gollum-.  Sin nombre, sin ocupación, sin el Tesoro, nada.  Sólo vacío.  Sólo hambre; sí, tenemos hambre.  Unos pocos pescaditos, horribles pescaditos espinosos para una pobre criatura, y ellos dicen muerte.  Tan sabios son; tan justos, tan verdaderamente justos.

      -No verdaderamente sabios -dijo Faramir-.  Pero justos sí, tal vez: tan justos como lo permite nuestra menguada sabiduría. ¡Desátalo, Frodo! -Faramir sacó del cinto un cuchillo pequeño y se lo tendió a Frodo.  Gollum, interpretando mal el gesto, lanzó un chillido y se desplomó.

      -¡Vamos, Sméagol! -dijo Frodo-. Tienes que confiar en mí.  No te abandonaré.  Contesta con veracidad, si puedes.  Te hará bien, no mal. -Cortó las cuerdas que sujetaban las muñecas y los tobillos de Gollum, y lo ayudó a ponerse en pie.

      -¡Acércate! -dijo Faramir-. ¡Mírame! ¿Conoces el nombre de este lugar? ¿Has estado antes aquí?

      Gollum levantó la vista lentamente y de mala gana miró a Faramir.  La luz se le apagó en los ojos, y por un instante los clavó, taciturnos y pálidos, en los ojos claros e imperturbables del hombre de Gondor.  Hubo un silencio de muerte.  De pronto Gollum dejó caer la cabeza y se enroscó sobre sí mismo, hasta quedar en el suelo tembloroso, hecho un ovillo.

      -No sabemos y no queremos saber -gimoteó-.  Nunca vinimos aquí; nunca volveremos.

      -Hay en tu mente puertas y ventanas condenadas, y recintos oscuros detrás -dijo Faramir-.  Pero en esto juzgo que eres sincero.  Mejor para ti. ¿Sobre qué jurarás no volver nunca más y no guiar hasta aquí ni con palabras ni por señas a ningún ser viviente?

      -El amo sabe -dijo Gollum con una mirada de soslayo a Frodo-.  Sí, él sabe.  Lo prometeremos al amo, si él nos salva.  Se lo prometemos al Tesoro, sí. -Se arrastró hasta los pies de Frodo.- ¡Sálvanos, buen amo! -gimió-.  Sméagol se lo promete al Tesoro, lo promete lealmente. ¡Jamás volveré, jamás hablaré, nunca más! ¡No, tesoro, no!

      -¿Estás satisfecho? -preguntó Faramir.

      -Sí -dijo Frodo-.  En todo caso, o aceptáis esta promesa o aplicáis la ley.  Más no conseguirás.  Pero yo le prometí que sí venía a mí no le harían ningún daño.  Y no me gustaría faltar a mi palabra.

      Faramir permaneció pensativo un momento.

      -Muy bien -dijo al cabo hablándole a Gollum-.  Te entrego a manos de tu amo, Frodo hijo de Drogo. ¡Que él declare qué hará contigo!

      -Pero, Señor Faramir -dijo Frodo inclinándose-, no has declarado aún tu voluntad respecto al susodicho Frodo, y hasta tanto no la des a conocer él no podrá trazar ningún plan ni para él mismo ni para sus compañeros.  Tu decisión quedó postergada hasta la mañana; y el amanecer ya está muy próximo.

      -Entonces declararé mi sentencia -dijo Faramir-: En lo que a ti concierne, Frodo, en la medida de los poderes que me son conferidos por una autoridad más alta, te declaro libre en el reino de Gondor hasta los últimos confines de sus antiguas fronteras; con la sola salvedad de que ni a ti ni a ninguno de quienes te acompañan le estará permitido venir aquí a menos que haya sido invitado.  Este veredicto tendrá vigencia por un año y un día, y vencido ese término caducará salvo que antes vayas tú a Minas Tirith y te presentes ante el Señor y Senescal de la Ciudad.  A quien rogaré que ratifique mi veredicto y que lo prolongue por vida.  De aquí a entonces, toda persona que tomes bajo tu protección estará también bajo mi protección y al amparo del escudo de Gondor. ¿Te satisface esta respuesta?

      Frodo se inclinó profundamente.

      -Me satisface, sí -dijo -, y permíteme que te ofrezca mis servicios, si fueran dignos de alguien tan noble y tan honorable.

      -Son altamente dignos -dijo Faramir-.  Y ahora, Frodo, ¿tomas a esta criatura, Sméagol, bajo tu protección?

      -Sí, tomo a Sméagol bajo mi protección -dijo Frodo.  Sam dejó escapar un sonoro suspiro; y no a causa de las fórmulas de cortesía, las cuales, como lo haría cualquier hobbit, aprobada sin reservas.  A decir verdad, en la Comarca un asunto de esa naturaleza habría exigido muchas más reverencias y más palabras.

      -En ese caso -dijo Faramir volviéndose a Gollum-, te advierto que pesa sobre ti una sentencia de muerte.  Pero mientras permanezcas junto a Frodo estarás a salvo, por lo que a mí me atañe.  No obstante, si alguna vez un hombre de Gondor te encontrase merodeando y sin tu amo, la sentencia será ejecutada.  Y quiera la muerte llegar pronto a ti, dentro o fuera de Gondor, si no le sirves con la debida lealtad.  Y ahora, respóndeme: ¿a dónde querías ir?  Eres su guía, dice él. ¿A dónde lo llevabas? -Gollum no respondió.

      -No admitiré secretos en cuanto a esto -dijo Faramir-.  Respóndeme, o revocaré mi veredicto.

      Tampoco esta vez Gollum respondió.

      -Yo responderé por él -dijo Frodo-.  Me guió hasta la Puerta Negra, como yo se lo había pedido; pero esa puerta era infranqueable.

      -No hay ninguna puerta abierta para entrar en el País Sin Nombre -dijo Faramir.

      -Por lo tanto cambiamos de rumbo y vinimos por la ruta del Sur -prosiguió Frodo-; pues según él hay, o puede haber un camino cerca de Minas Ithil.

      -Minas Morgul -dijo Faramir.

      -No lo sé exactamente -dijo Frodo-; pero el camino trepa, creo, entre las montañas del lado norte del valle, donde se alza la ciudad antigua.  Sube hasta muy arriba, hasta una hendidura, y luego desciende otra vez hasta... lo que está más allá.

      -¿Conoces el nombre de esa garganta? -dijo Faramir.

      -No -respondió Frodo.

      -Se llama Cirith Ungol. - Gollum lanzó un silbido agudo y se puso a mascullar.- ¿No es ese el nombre? -dijo Faramir, volviéndose a Gollum.

      -¡No! -dijo Gollum, y en seguida gimió, como si le hubieran dado un puñetazo-.  Sí, sí, hemos oído ese nombre, una vez.  Pero ¿qué nos importa el nombre?  El amo dice que él necesita entrar.  Es preciso entonces que tratemos de encontrar algún camino.  No hay otro camino posible, no.

      -¿No hay otro camino? -dijo Faramir-. ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Quién ha explorado todos los confines de este reino sombrío? -Miró a Gollum larga y pensativamente.  Luego volvió a hablar:- Llévate de aquí a esta criatura, Anborn.  Trátala con dulzura, pero vigílala.  Y tú, Sméagol, no intentes arrojarte en las cascadas.  Allí las rocas tienen dientes tan afilados que morirás antes de tiempo. ¡Déjanos pues, y llévate tu pescado!

      Anborn salió de la cueva, y Gollum fue delante de él, sumisamente.  La cortina se cerró tras ellos.

 

 

            -Frodo, pienso que eres demasiado imprudente en este asunto -dijo Faramir-.  No creo que tengas que ir con esa criatura.  Es malvada.

      -No, no es del todo malvada -dijo Frodo.

      -No del todo, quizá -dijo Faramir-; pero la malicia está devorándolo como un chancro, y el mal crece.  No te conducirá a nada bueno.  Si te separas de él, le daré un salvoconducto y un guía, y haré que lo acompañen al punto que él nombre, a lo largo de la frontera de Gondor.

      -No lo aceptaría -dijo Frodo-.  Me seguiría como lo ha hecho durante tanto tiempo.  Y yo le he prometido muchas veces tomarlo bajo mi protección e ir a donde él me lleve. ¿No me pedirás que falte a la palabra que he empeñado?

      -No -respondió Faramir-.  Pero mi corazón te lo pediría.  Parece menos grave aconsejar a alguien que falte a una promesa que hacerlo uno mismo, sobre todo si se trata de un amigo atado involuntariamente por un juramento nefasto.  Pero ahora... tendrás que soportarlo si quiere ir contigo.  Sin embargo, no me parece necesario que tengas que ir a Cirith Ungol, del que no te ha dicho ni la mitad de lo que sabe.  Esto al menos lo vi claro en la mente de ese Sméagol. ¡No vayas a Cirith Ungol!

      -¿A dónde iré entonces? –dijo Frodo-. ¿Volveré a la Puerta Negra para entregarme a los guardias? ¿Qué sabes tú en contra de ese lugar que hace su nombre tan temible?

      -Nada cierto -respondió Faramir-.  Nosotros los de Gondor nunca cruzamos en nuestros días al este del camino, y menos nuestros hombres más jóvenes, así como ninguno de nosotros ha puesto jamás el pie en las Montañas de las Sombras.  De esos parajes sólo conocemos los antiguos relatos y los rumores de tiempos lejanos.  Pero la sombra de un terror oscuro se cierne sobre los pasos que dominan Minas Morgul.  Cuando se pronuncia el nombre de Cirith Ungol, los ancianos y los maestros del saber se ponen pálidos y enmudecen.

»El valle de Minas Morgul cayó en poder del mal hace mucho tiempo, y era una amenaza y un lugar de terror cuando el enemigo se había retirado muy lejos, e Ithilien estaba en su mayor parte bajo nuestra protección.  Como sabes, esa ciudad fue antaño una plaza fuerte, orgullosa y espléndida, hermana gemela de nuestra propia ciudad.  Pero se apoderaron de ella hombres feroces, que el enemigo había dominado en sus primeras guerras, y que luego de su caída erraban sin hogar y sin amo.  Se dice que sus señores eran hombres de Númenor que se habían entregado a una maldad oscura: el enemigo les había dado anillos de poder, y los había devorado: se habían convertido en espectros vivientes, terribles y nefastos.  Y cuando el enemigo partió, tomaron Minas Ithil y allí vivieron, y la ciudad declinó, así como todo el valle circundante: parecía vacía mas no lo estaba, pues un temor informe habitaba entre los muros ruinosos.  Había allí Nueve Señores, y después del retorno del Amo, que favorecieron y prepararon en secreto, adquirieron poder otra vez.  Entonces los Nueve jinetes partieron de las puertas del horror, y nosotros no pudimos resistirlos.  No te acerques a esa ciudadela.  Te descubrirán.  Es un lugar de malicia en incesante vigilia, poblado de ojos sin párpados. ¡No vayas por ese camino!

      -¿Pero a dónde entonces me encaminarías tú? -dijo Frodo-.  No puedes, me dices, conducirme tú mismo a las montarías, ni por encima de ellas.  Pero un compromiso solemne contraído con el Concilio me obliga a atravesarlas, a encontrar un camino o perecer en el intento.  Y si me echara atrás, si rehusara el amargo final del camino, ¿a dónde iría entonces entre los elfos o los hombres? ¿Querrías tú acaso que yo fuera a Gondor con este Objeto, el Objeto que volvió loco de deseo a tu hermano? ¿Qué sortilegio obraría en Minas Tirith? ¿Habrá dos ciudades de Minas Morgul contemplándose mutuamente con una sonrisa burlona a través de una tierra muerta cubierta de podredumbre?

      -Yo no querría que eso sucediera -dijo Faramir.

      -Entonces ¿qué querrías que hiciera yo?

      -No lo sé.  Pero no que te encaminaras a la muerte o al suplicio.  Y no creo que Mithrandir hubiera elegido ese camino.

      -No obstante, puesto que él se ha ido, he de tomar los caminos que yo pueda encontrar.  Y no hay tiempo para una larga búsqueda –dijo Frodo.

      -Es un duro destino y una misión desesperada, Frodo hijo de Drogo -dijo Faramir- - Pero al menos ten presente mi advertencia: cuídate de ese guía, Sméagol.  Ya ha matado una vez.  Lo he leído en sus ojos. -Suspiró. - Bien, así nos encontramos y así nos separamos, Frodo hijo de Drogo.  No es preciso que te endulce el oído con palabras de consuelo: no espero volver a verte bajo este Sol.  Pero ahora partirás con mis bendiciones, sobre ti, y sobre todo tu pueblo.  Descansa un poco mientras preparan alimentos para vosotros.

      »Mucho me gustaría saber por qué medios esa criatura escurridiza, Sméagol, llegó a poseer el Objeto de que hablamos, y cómo lo perdió, pero no te importunaré con eso ahora.  Si algún día, contra toda esperanza, regresas a las tierras de los vivos y una vez más nos narramos nuestras historias, sentados junto a un muro y al sol, riéndonos de las congojas pasadas, tú entonces me lo contarás.  Hasta ese día, o algún otro momento más allá de lo que alcanzan a ver las Piedras Videntes de Númenor, ¡adiós!

      Se levantó, se inclinó profundamente ante Frodo, y corriendo la cortina entró en la caverna.


7

 

VIAJE A LA ENCRUCIJADA

 

            Frodo y Sam volvieron a sus lechos y se acostaron en silencio a descansar, mientras los hombres se ponían en actividad y los trabajos del día comenzaban.  Al cabo de un rato les llevaron agua y los condujeron a una mesa servida para tres.  Faramir desayunó con ellos.  No había dormido desde la batalla de la víspera, pero no parecía fatigado.

      Una vez terminada la comida, se pusieron de pie.

      -Ojalá no os atormente el hambre en el camino -dijo Faramir-.  Tenéis escasas provisiones, pero he dado orden de acondicionar en vuestros equipajes una pequeña reserva de alimentos apropiada para viajeros.  No os faltará el agua mientras caminéis por Ithilien, pero no bebáis de ninguno de los arroyos que descienden del Imlad Morgul, el Valle de la Muerte Viviente.  Algo más he de deciros: mis exploradores y vigías han regresado todos, aun algunos que se habían deslizado subrepticiamente hasta tener a la vista el Morannon.  Todos han observado una cosa extraña.  La tierra está desierta.  No hay nada en el camino; no se oye en parte alguna ruido de pasos, de cuernos ni de arcos.  Un silencio expectante pesa sobre el País Sin Nombre.  Ignoro lo que esto presagia.  Pero todo parece precipitarse hacia una gran conclusión.  Se aproxima la tormenta. ¡Daos prisa, mientras podáis!  Si estáis listos, partamos.  Muy pronto el Sol se levantará sobre las, sombras.

      Les trajeron a los hobbits sus paquetes (un poco más pesados que antes) y también dos bastones de madera pulida, herrados en la punta, y de cabeza tallada, por la que pasaba una correa de cuero trenzado.

      -No tengo regalos apropiados para el momento de la partida -dijo Faramir-, pero aceptad estos bastones.  Pueden prestar buenos servicios a los caminantes o a quienes escalan montañas en las regiones salvajes.  Los Hombres de las Montañas Blancas los utilizan: si bien éstos han sido cortados para vuestra talla y herrados de nuevo.  Están hechos con la madera del hermoso árbol lebethron, cara a los ebanistas de Gondor, y les ha sido conferida la virtud de encontrar y retornar. ¡Ojalá esta virtud no se malogre enteramente en las Sombras en que ahora vais a internaros!

      Los hobbits se inclinaron en una reverencia.

      -Magnánimo y muy benévolo anfitrión -dijo Frodo-, me fue augurado por Elrond el Medio Elfo que encontraría amigos en el camino, secretos e inesperados.  Mas no esperaba por cierto una amistad como la tuya.  Haberla encontrado trueca el mal en un auténtico bien.

 

 

            Se prepararon para la partida.  Gollum fue sacado de algún rincón o de algún escondrijo, y parecía más satisfecho de sí mismo que antes, aunque no se apartaba un momento del lado de Frodo y evitaba la mirada de Faramir.

      -Vuestro guía partirá con los ojos vendados -dijo Faramir-, pero a ti y a tu servidor Samsagaz no os obligaré, si así lo deseáis.

      Gollum lanzó un chillido, y se retorció, y se aferró a Frodo, cuando fueron a vendarle los ojos; y Frodo dijo:

      -Vendadnos a los tres, empezando por mí, así comprenderá tal vez que nadie quiere hacerle daño.

      Así lo hicieron y los guiaron fuera de la caverna de Henneth Annûn.  Cuando dejaron atrás los corredores y las escaleras, sintieron alrededor el aire fresco, puro y apacible de la mañana.  Todavía a ciegas prosiguieron la marcha un corto trecho, primero subiendo, luego bajando unas suaves pendientes.  Por fin la voz de Faramir ordenó que les quitasen las vendas.

      Estaban nuevamente en el bosque bajo las ramas de los árboles.  No se oía ningún rumor de cascadas de agua, pues una larga pendiente se extendía ahora en dirección al sur entre ellos y la hondonada por la que corría el río.  Y a través de los árboles, en el oeste, vieron luz, como si el mundo terminara allí bruscamente, y en ese punto comenzara el cielo.

      -Aquí se separan definitivamente nuestros caminos -dijo Faramir-.  Si seguís mi consejo, no tomaréis hacia el este.  Continuad en línea recta, pues así tendréis el abrigo de los bosques durante muchas millas.  Al oeste hay una cresta y allí el terreno se precipita hacia los grandes valles, a veces bruscamente y a pique, otras veces en largas pendientes.  No os alejéis de esta cresta y de los lindes del bosque.  Al comienzo de vuestro viaje podréis caminar a la luz del día, creo.  Las tierras duermen el sueño de una paz ficticia, y por un tiempo todo mal se ha retirado. ¡Buen viaje, mientras sea posible!

      Abrazó a Frodo y a Sam, a la usanza del pueblo de Gondor, encorvándose y poniendo las manos sobre los hombros de los hobbits, y besándoles la frente.

      -¡Id con la buena voluntad de todos los hombres de bien! -dijo.

      Los hobbits saludaron inclinándose hasta el suelo.  Faramir dio media vuelta, y, sin mirar atrás ni una sola vez, fue a reunirse con los dos guardias que lo esperaban allí cerca.  La celeridad con que ahora se movían esos hombres vestidos de verde, a quienes perdieron de vista casi en un abrir y cerrar de ojos, dejó maravillados a los hobbits.  El bosque, donde un momento antes estuviera Faramir parecía ahora vacío y triste, como si un sueño se hubiese desvanecido.

 

 

            Frodo suspiró y se volvió hacia el sur.  Como mostrando qué poco le importaban todas aquellas expresiones de cortesía, Gollum estaba arañando la tierra al pie de un árbol.

      «Tiene hambre otra vez», pensó Sam. «¡Bueno, de nuevo en la brecha!»

      -¿Se han marchado por fin? -dijo Gollum-. ¡Hombres sssucios malvados!  Todavía le duele el cuello a Sméagol, sí, todavía. ¡En marcha!

      -Sí, en marcha –dijo Frodo-. ¡Pero calla si sólo sabes hablar mal de quienes te trataron con misericordia!

      -¡Buen amo! -dijo Gollum-.  Sméagol hablaba en broma.  El siempre perdona, sí, siempre, aun las zancadillas del amo. ¡Oh sí, buen amo, Sméagol bueno!

      Ni Frodo ni Sam le respondieron.  Cargaron los paquetes, empuñaron los bastones y se internaron en los bosques de Ithilien.

      Dos veces descansaron ese día y comieron un poco de las provisiones que les había dado Faramir: frutos secos y carne salada, en cantidad suficiente para un buen número de días; y pan en abundancia, que podrían comer mientras se conservase fresco.  Gollum no quiso probar bocado.

      El sol subió y pasó invisible por encima de las cabezas de los caminantes y empezó a declinar, y en el poniente una luz dorada se filtró a través de los árboles; y ellos avanzaron a la sombra verde y fresca de las frondas, y alrededor todo era silencio.  Parecía como si todos los pájaros del lugar se hubieran ido, o hubieran perdido la voz.

      La oscuridad cayó temprano sobre los bosques silenciosos, y antes que cerrara la noche hicieron un alto, fatigados, pues habían caminado siete leguas o más desde Henneth Annûn.  Frodo se acostó y durmió toda la noche sobre el musgo al pie de un árbol viejo.  Sam, junto a él, estaba más intranquilo: despertó muchas veces, pero en ningún momento vio señales de Gollum, quien se había escabullido tan pronto como los hobbits se echaron a descansar.  Si había dormido en algún agujero cercano, o si se había pasado la noche al acecho de alguna presa, no lo dijo; pero regresó a las primeras luces del alba y despertó a los hobbits.

      -¡A levantarse, sí, a levantarse! -dijo-.  Nos esperan caminos largos, al sur y al este. ¡Los hobbits tienen que darse prisa!

 

 

            El día no fue muy diferente del anterior, pero el silencio parecía más profundo; el aire más pesado era ahora sofocante debajo de los árboles, como si el trueno se estuviera preparando para estallar.  Gollum se detenía con frecuencia, husmeaba el aire, y luego mascullaba entre dientes e instaba a los hobbits a acelerar el paso.

      Al promediar la tercera etapa de la jornada, cuando declinaba la tarde, la espesura del bosque se abrió, y los árboles se hicieron más grandes y más espaciados.  Imponentes encinas de troncos corpulentos se alzaban sombrías y solemnes en los vastos calveros, y aquí y allá, entre ellas, había fresnos venerables, y unos robles gigantescos exhibían el verde pardusco de los retoños incipientes.  Alrededor, en unos claros de hierba verde, crecían celidonias y anémonas, blancas y azules, ahora replegadas para el sueño nocturno; y había prados interminables poblados por el follaje de los jacintos silvestres: los tallos tersos y relucientes de las campánulas asomaban ya a través del mantillo.  No había a la vista ninguna criatura viviente, ni bestia ni ave, pero en aquellos espacios abiertos Gollum tenía cada vez más miedo, y ahora avanzaban con cautela, escabulléndose de una larga sombra a otra.

      La luz se extinguía rápidamente cuando llegaron a la orilla del bosque.  Allí se sentaron debajo de un roble viejo y nudoso cuyas raíces descendían entrelazadas y enroscadas como serpientes por una barranca empinada y polvorienta.  Un valle profundo y lóbrego se extendía ante ellos.  Del otro lado del valle el bosque reaparecía, azul y gris en la penumbra del anochecer, y avanzaba hacia el sur.  A la derecha refulgían las Montañas de Gondor, lejos en el oeste, bajo un cielo salpicado de fuego.  Y a la izquierda, la oscuridad: los elevados muros de Mordor; y de esa oscuridad nacía el valle largo, descendiendo abruptamente hacia el Anduin en una hondonada cada vez más ancha.  En el fondo se apresuraba un torrente: Frodo oía esa voz pedregosa, que crecía en el silencio; y junto a la orilla más próxima un camino descendía serpenteando como una cinta pálida, para perderse entre las brumas grises y frías que ningún rayo del sol poniente llegaba a tocar.  Allí Frodo creyó ver, muy distante, flotando por así decir en un océano de sombras, las cúpulas altas e indistintas y los pináculos irregulares de unas torres antiguas, solitarias y sombrías.

      Se volvió a Gollum.

      -¿Sabes dónde estamos? -le preguntó.

      -Sí, amo.  Parajes peligrosos.  Este es el camino que baja de la torre de la Luna hasta la ciudad en ruinas por las orillas del río.  La ciudad en ruinas, sí, lugar muy horrible, plagado de enemigos.  Hicimos mal en seguir el consejo de los hombres.  Los hobbits se han alejado mucho del camino.  Ahora tenemos que ir hacia el este, por allá arriba. -Movió el brazo descarnado señalando las montañas envueltas en sombras. - Y no podemos ir por este camino. ¡Oh no! ¡Gente cruel viene por ahí desde la Torre!

      Frodo miró abajo y escudriñó el camino.  En todo caso nada se movía allí por el momento.  Descendía hasta las ruinas desiertas envueltas en la bruma y parecía solitario y abandonado.  Pero algo siniestro flotaba en el aire, como si en verdad hubiera unas cosas que iban y venían, y que los ojos no podían ver.  Frodo se estremeció mirando una vez más los pináculos distantes, y que ahora desaparecían en la noche, y el sonido del agua le pareció frío y cruel: la voz de Morgulduin, el río de aguas corruptas que descendía del Valle de los Espectros.

      -¿Qué vamos a hacer? -dijo-.  Hemos andado mucho. ¿Buscaremos algún sitio aquí atrás, en el bosque, donde poder descansar escondidos?

      -Inútil esconderse en la oscuridad -dijo Gollum-.  Los hobbits tienen que esconderse ahora, sí, de día.

      -¡Oh, vamos! -dijo Sam-.  Necesitamos descansar, aunque luego nos levantemos en mitad de la noche.  Todavía quedarán horas de oscuridad, tiempo de sobra para que nos guíes en otra larga marcha, si en verdad conoces el camino.

      Gollum consintió a regañadientes, y fue otra vez hacia los árboles, hacia el este al principio, a lo largo del linde del bosque, donde la arboleda era menos espesa.  No quería descansar en el suelo tan cerca del camino malvado, y luego de algunas discusiones se encaramaron los tres en la horqueta de una encina corpulenta, de ramaje espeso, y que era un buen escondite y un refugio más o menos cómodo.  Cayó la noche y la oscuridad se cerró, impenetrable, bajo el palio de fronda.  Frodo y Sam bebieron un poco de agua y comieron una ración de pan y frutos secos, pero Gollum se enroscó en un ovillo y se durmió instantáneamente.  Los hobbits no cerraron los ojos.

 

 

            Habría pasado apenas la medianoche cuando Gollum despertó: los hobbits vieron de pronto el resplandor de aquellos ojos pálidos y muy abiertos.  Gollum escuchaba y husmeada, cosa que parecía ser, como ya lo habían advertido antes, su método habitual para conocer la hora de la noche.

      -¿Hemos descansado? ¿Hemos dormido maravillosamente? ¡En marcha!

      -No, no hemos descansado ni hemos dormido maravillosamente -refunfuñó Sam-.  Pero si hay que partir, partamos.

      Gollum se dejó caer inmediatamente de las ramas del árbol en cuatro patas, y los hobbits lo siguieron con más lentitud.

      Tan pronto como llegaron al suelo reanudaron la marcha en la oscuridad, bajo la conducción de Gollum, subiendo hacia el este por una cuesta empinada.  Veían muy poco; la noche era tan profunda que sólo reparaban en los troncos de los árboles cuando tropezaban con ellos.  El suelo era ahora más accidentado y la marcha se les hacía más difícil, pero Gollum no parecía preocupado.  Los guiaba a través de malezas y zarzales, bordeando a veces una grieta profunda o un pozo oscuro, otras bajando a los agujeros negros escondidos bajo la espesura y volviendo a salir; y si descendían un trecho, la cuesta siguiente era más larga y más escarpada.  Trepaban sin descanso.  En el primer alto se volvieron para mirar y a duras penas alcanzaron a ver la techumbre del bosque que habían dejado atrás: una sombra densa y vasta, una noche más oscura bajo el cielo oscuro y vacío.  Algo negro e inmenso parecía venir lentamente desde el este, devorando las estrellas pálidas y desvaídas.  Más tarde la luna en descenso escapó de la nube, pero envuelta en un maléfico resplandor amarillo.

      Al fin Gollum se volvió a los hobbits.

      -Pronto de día -anunció-.  Hobbits tienen que apresurarse. ¡Nada seguro mostrarse al descampado en estos sitios! ¡De prisa!

      Apretó el paso, y los hobbits lo siguieron cansadamente.  Pronto comenzaron a escalar una ancha giba.  Estaba cubierta casi por completo de matorrales de aulaga y arándano, y de espinos achaparrados y duros, si bien aquí y allá se abrían algunos claros, las cicatrices de recientes hogueras.  Ya cerca de la cima, las matas de aulaga se hacían más frecuentes; eran viejísimas y muy altas, flacas y desgarbadas en la base pero espesas arriba, y ya mostraban las flores amarillas que centelleaban en la oscuridad y esparcían una fragancia suave y delicada.  Eran tan altos aquellos matorrales de espinos que los hobbits podían caminar por debajo sin agacharse, atravesando largos senderos secos, tapizados de un musgo profundo, erizado de espinas.

      Al llegar al otro extremo de la colina ancha y gibosa se detuvieron un momento y luego corrieron a esconderse bajo una apretada maraña de espinos.  Las ramas retorcidas que se encorvaban hasta tocar el suelo, estaban recubiertas por un laberinto de viejos brezos trepadores.  Toda aquella intrincada espesura formaba una especie de recinto hueco y profundo, tapizado de zarzas y hojas muertas y techado por las primeras hojas y brotes primaverales.  Allí se echaron un rato a descansar, demasiado fatigados aún para comer; y espiando por entre los intersticios de la hojarasca aguardaron el lento despertar del día.

      Pero no llegó el día, sólo un crepúsculo pardo y mortecino.  Al este, un resplandor apagado y rojizo asomaba bajo los nubarrones amenazantes: no era el rojo purpúreo de la aurora.  Más allá de las desmoronadas tierras intermedias, se alzaban las montañas siniestras de Ephel Dúath, negras e informes abajo, donde la noche se demoraba; arriba los picos dentados y las crestas duramente recortadas se erguían amenazantes contra el fiero resplandor.  A lo lejos, a la derecha, una gran meseta montañosa se adelantaba hacia el oeste, lóbrega y negra en medio de las sombras.

      -¿Por qué camino marcharemos ahora? -preguntó Frodo-. ¿Y aquélla es la entrada de... del Valle de Morgul, allí arriba, detrás de esa mole negra?

      -¿Ya tenemos que pensar en eso? -dijo Sam-. Me imagino que ya no nos moveremos hoy durante el día, si esto es el día.

      -Tal vez no -dijo Gollurn-.  Pero pronto tendremos que partir, hacia la Encrucijada.  Sí, la Encrucijada.  Sí, amo, aquel es el camino.

 

 

            El resplandor rojizo que se cernía sobre Mordor se extinguió al fin.  La penumbra crepuscular se cerró todavía más mientras unos vapores se alzaban en el este y se deslizaban por encima de los viajeros.  Frodo y Sam comieron frugalmente y luego se echaron a descansar, pero Gollum estaba inquieto.  No quiso la comida de los hobbits; bebió un poco de agua y luego se puso a corretear de un lado a otro bajo los matorrales, husmeando y mascullando.  De pronto desapareció.

      -Habrá salido de caza, supongo -dijo Sam, y bostezó.  Esta vez le tocaba a él dormir primero, y pronto cayó en un sueño profundo.  Creía estar de vuelta en el jardín de Bolsón Cerrado buscando algo; pero cargaba un fardo pesado que le encorvaba las espaldas.  De algún modo todo parecía cubierto de malezas, y los espinos y helechos habían invadido los macizos hasta casi la cerca del fondo.

      -Menudo trabajo me espera, por lo que veo; pero estoy tan cansado -repetía una y otra vez.  De pronto recordó lo que había ido a buscar-. ¡Mi pipa! -dijo, y en ese momento se despertó.

      -¡Tonto! -exclamó, mientras abría los ojos y se preguntaba por qué se había acostado debajo del cerco-. ¡Estuvo todo el tiempo en tu equipaje! -Entonces se dio cuenta, primero, que la pipa bien podía estar en el equipaje, pero que era inútil, puesto que no tenía hojas, y en seguida que él se encontraba a cientos de millas de Bolsón Cerrado.  Se incorporó.  Parecía ser casi de noche. ¿Por qué el amo lo había dejado dormir fuera de turno, hasta el anochecer?

      -¿No ha dormido, señor Frodo? -dijo-. ¿Qué hora es?  Parece que se está haciendo tarde.

      -No, nada de eso -dijo Frodo-.  Pero el día no aclara, y en cambio se oscurece cada vez más.  Hasta donde yo puedo saber, aún no es mediodía, y tú no has dormido más de tres horas.

      -Me pregunto qué sucede -dijo Sam-. ¿Será que se avecina una tormenta?  En ese caso, será la peor que hubo jamás.  Desearemos estar metidos en un agujero profundo, no sólo amontonados debajo de un seto. -Escuchó con atención.- ¿Qué es eso? ¿Truenos, o tambores, o qué?

      -No lo sé -dijo Frodo-.  Ya hace un buen rato que dura.  Por momentos la tierra parece temblar y por momentos tienes la impresión de que el aire pesado te late en los oídos.

      Sam miró alrededor.

      -¿Dónde está Gollum? -preguntó- ¿Todavía no ha vuelto?

      -No -dijo Frodo-.  No lo he visto ni lo he oído.

      -Bueno, yo no lo paso -dijo Sam-.  A decir verdad, nunca salí de viaje con nada que menos lamentaría perder en el camino.  Pero sería muy de él, después de habernos seguido todas estas millas, venir a perderse ahora, justo cuando lo necesitamos más... es decir, si alguna vez nos sirve de algo, cosa que dudo.

      -Te olvidas de las ciénagas -dijo Frodo-.  Espero que no le haya ocurrido nada.

      -Y yo espero que no nos esté preparando alguna triquiñuela.  Y en todo caso espero que no vaya a caer en otras manos, como quien dice.  Porque entonces, pronto nos veríamos en figurillas.

      En ese momento se oyó otra vez, más fuerte y cavernoso, un ruido sordo, vibrante y prolongado.  El suelo pareció temblar bajo los pies de los hobbits.

      -Me parece que nos veremos en figurillas de todas maneras -dijo Frodo-.  Me temo que nuestro viaje se esté acercando a su fin.

      -Tal vez -dijo Sam-; pero donde hay vida hay esperanza, como decía mi compadre, y necesidad de vituallas, solía agregar.  Coma usted un bocado, señor Frodo, y luego échese un sueño.

 

 

            La tarde, como Sam suponía que había que llamarla, transcurrió lentamente.  Cuando asomaba la cabeza fuera del refugio no veía nada más que un mundo lúgubre, sin sombras, que se diluía poco a poco en una oscuridad monótona, incolora.  La atmósfera era sofocante, pero no hacía calor.  Frodo dormía con un sueño intranquilo, se movía y daba vueltas, y de cuando en cuando murmuraba.  Sam creyó oír dos veces el nombre de Gandalf.  El tiempo parecía prolongarse interminablemente.  De pronto Sam oyó un silbido detrás de él, y vio a Gollum en cuatro patas, mirándolos con los ojos relucientes.

      -¡A despertarse, a despertarse! ¡A despertarse, dormilones! -murmuró-. ¡A despertarse!  No hay tiempo que perder.  Tenemos que partir, sí, tenemos que partir en seguida. ¡No hay tiempo que perder!

Sam le clavó una mirada recelosa: Gollum parecía asustado o excitado.

      -¿Partir ahora? ¿Qué andas tramando?  Todavía no es el momento.  No puede ser ni la hora del té, al menos en los lugares decentes donde hay una hora para tomar el té.

      -¡Estúpido! -siseó Gollum-.  No estamos en ningún lugar decente.  Los minutos corren, sí, vuelan.  No hay tiempo que perder.  Tenemos que partir.  Despierte, amo, ¡despierte! -Se prendió a Frodo, que despertó sobresaltado, y tomó a Gollum por el brazo.  Gollum se desasió rápidamente y retrocedió.

      -No seáis estúpidos -siseó-.  Tenemos que partir.  No hay tiempo que perder. -Y no hubo modo de sacarle una palabra más.  No quiso decir de dónde venía ni por qué tenía tanta prisa.  A Sam todo aquello le parecía muy sospechoso y lo demostraba; de Frodo en cambio no podía saberse lo que le pasaba por la mente.  Suspiró, levantó el paquete y se preparó para salir a la creciente oscuridad.

      Gollum les hizo descender muy furtivamente el flanco de la colina, tratando de mantenerse oculto siempre que era posible, y corriendo, encorvado casi contra el suelo en los espacios abiertos; pero la luz era ahora tan débil que ni siquiera una bestia salvaje de ojos penetrantes hubiera podido ver a los hobbits, encapuchados, envueltos en los oscuros mantos grises, ni tampoco oírlos, pues caminaban con ese andar sigiloso que con tanta naturalidad adopta la gente pequeña.  Ni una rama crujió, ni una hoja susurró mientras pasaban y desaparecían.

 

 

            Durante cerca de una hora prosiguieron la marcha en silencio, en fila, bajo la opresión de la oscuridad y la calma absoluta de aquellos parajes, sólo interrumpida de tanto en tanto por lo que parecía un trueno lejano, o un redoble de tambores en alguna hondonada de las colinas.  Siempre descendiendo, dejaron atrás el escondite, y se volvieron hacia el sur y tomaron por el camino más recto que Gollum pudo encontrar: una larga pendiente accidentada que subía a las montarías.  Pronto, no muy lejos camino adelante, vieron un cinturón de árboles que parecía alzarse como una muralla negra.  Al acercarse notaron que eran árboles enormes y quizá muy viejos, pero erguidos aún, aunque las copas estaban desnudas y rotas, como castigadas por la tempestad y el rayo, que no había podido matarlos ni conmover las raíces insondables.

      -La Encrucijada, sí -susurró Gollum, hablando por primera vez desde que salieron del escondite-.  Hemos de tomar ese camino. -Virando ahora al este, los guió cuesta arriba; y entonces, de improviso, apareció a la vista el Camino del Sur: se abría paso serpenteando desde el pie de las montañas, para venir a morir aquí, en el gran anillo de los árboles.

      -Este es el único camino -cuchicheó Gollum-.  No hay ningún otro.  Ni senderos.  Tenemos que ir a la Encrucijada. ¡Pero de prisa! ¡Silencio!

      Furtivamente, como exploradores en campamento enemigo, se deslizaron al camino y con pasos sigilosos de gato en acecho avanzaron a lo largo del borde occidental, al amparo de la barranca pedregosa, gris como las piedras mismas.  Llegaron por fin a los árboles y descubrieron que se encontraban dentro de un vasto claro circular, abierto bajo el cielo sombrío; y los espacios entre los troncos inmensos eran como las grandes arcadas oscuras de un castillo ruinoso.  En el centro mismo confluían cuatro caminos.  A espaldas de los hobbits se extendía el que conducía a Morannon; delante de ellos partía nuevamente rumbo al sur; ala derecha subía el camino de la antigua Osgiliath, y luego se perdía en los sombras del este: el cuarto camino, el que ellos tomarían.

      Frodo se detuvo un instante atemorizado y de pronto vio brillar una luz: un reflejo en la cara de Sam, que estaba junto a él.  Se volvió y alcanzó a ver bajo la bóveda de ramas el camino de Osgiliath que descendía y descendía hacia el oeste, casi tan recto como una cinta estirada.  Allí, en la lejanía, más allá de la triste Gondor ahora envuelta en sombras, el Sol declinaba y tocaba por fin la orla del paño funerario de las nubes, que rodaban lentamente, y se hundían, en un incendio ominoso, en el Mar todavía inmaculado.  El breve resplandor iluminó una enorme figura sentada, inmóvil y solemne como los grandes reyes de piedra de Argonath.  Los años la habían carcomido, y unas manos violentas la habían mutilado.  Habían arrancado la cabeza, y habían puesto allí como burla una piedra toscamente tallada y pintarrajeado por manos salvajes; la piedra simulaba una cara horrible y gesticulante con un ojo grande y rojo en medio de la frente.  Sobre las rodillas, el trono majestuoso, y alrededor del pedestal unos garabatos absurdos se mezclaban con los símbolos inmundos de los corruptos habitantes de Mordor.

      De improviso, capturada por los rayos horizontales, Frodo vio la cabeza de rey: yacía abandonada a la orilla del camino.

      -¡Mira, Sam! -exclamó con voz entrecortado-. ¡Mira! ¡El rey tiene otra vez una corona!

      Le habían vaciado las cuencas de los ojos, y la barba esculpida estaba rota, pero alrededor de la frente alta y severa tenía una corona de plata y de oro.  Una planta trepadora con flores que parecían estrellitas blancas se había adherido a las cejas como rindiendo homenaje al rey caído, y en las fisuras de la cabellera de piedra resplandecían unas siemprevivas doradas.

      -¡No podrán vencer eternamente! -dijo Frodo.  Y entonces, de pronto, la visión se desvaneció.  El Sol se hundió y desapareció, y como si se apagara una lámpara, cayó la noche negra.


8

 

LAS ESCALERAS DE CIRITH UNGOL

 

            Gollum le tironeaba a Frodo de la capa y siseaba de miedo e impaciencia.

      -Tenemos que partir -decía-.  No podemos quedarnos aquí. ¡De prisa!

      De mala gana Frodo volvió la espalda al oeste y siguió al guía que lo llevaba a las tinieblas del este.  Salieron del anillo de los árboles y se arrastraron a lo largo del camino hacia las montarías.  También este camino corría un cierto trecho en línea recta, pero pronto empezó a torcer hacia el sur, para continuar al pie de la amplia meseta rocosa que poco antes habían divisado en lontananza.  Negra y hostil se levantaba sobre ellos, más tenebrosa que el cielo tenebroso.  A la sombra de la meseta el camino proseguía ondulante, la contorneaba, y otra vez torcía rumbo al este y ascendía luego rápidamente.

      Frodo y Sam avanzaban con el paso y el corazón pesados, incapaces ya de preocuparse por el peligro en que se encontraban.  Frodo caminaba con la cabeza gacha: otra vez el fardo lo empujaba hacia abajo.  No bien dejaron atrás la Encrucijada, el peso del Objeto, casi olvidado en Ithilien, había empezado a crecer de nuevo.  Ahora, sintiendo que el suelo era cada vez más escarpado, Frodo alzó fatigado la cabeza; y entonces la vio, tal como Gollum se la había descrito: la Ciudad de los Espectros del Anillo.  Se acurrucó contra la barranca pedregosa.

      Un valle en largo y pronunciado declive, un profundo abismo de sombra, se internaba a lo lejos en las montañas.  Del lado opuesto, a cierta distancia entre los brazos del valle, altos y encaramados sobre un asiento rocoso en el regazo de Ephel Dúath, se erguían los muros y la torre de Minas Morgul.  Todo era oscuridad en torno, tierra y cielo, pero la ciudad estaba iluminada.  No era el claro de luna aprisionado que en tiempos lejanos brotaba como agua de manantial de los muros de mármol de Minas Ithil, la Torre de la Luna, bella y radiante en el hueco de las colinas.  Más pálido en verdad que el resplandor de una luna que desfallecía en algún eclipse lento era ahora la luz, una luz trémula, un fuego fatuo de cadáveres que no alumbraba nada y que parecía vacilar como un nauseabundo hálito de putrefacción.  En los muros y en la torre se veían las ventanas, innumerables agujeros negros que miraban hacia adentro, hacia el vacío; pero la garita superior de la torre giraba lentamente, primero en un sentido, luego en otro: una inmensa cabeza espectral que espiaba la noche.  Los tres compañeros permanecieron allí un momento, encogidos de miedo, mirando con repulsión.  Gollum fue el primero en recobrarse.  De nuevo tironeó, apremiante, de las capas de los hobbits, pero no dijo una palabra.  Casi a la rastra los obligó a avanzar.  Cada paso era una nueva vacilación, y el tiempo parecía muy lento, como si entre el instante de levantar un pie y el de volverlo a posar. Transcurriesen unos minutos abominables.

      Así llegaron por fin al puente blanco.  Allí el camino, envuelto en un débil resplandor, pasaba por encima del río en el centro del valle y subía zigzagueando hasta la puerta de la ciudad: una boca negra abierta en el círculo exterior de las murallas septentrionales.  Unos grandes llanos se extendían en ambas orillas, prados sombríos cuajados de pálidas flores blancas.  También las flores eran luminosas, bellas y sin embargo horripilantes, como las imágenes deformes de una pesadilla; y exhalaban un vago y repulsivo olor a carroña; un hálito de podredumbre colmaba el aire.  El puente cruzaba de uno a otro prado.  Allí, en la cabecera, había figuras hábilmente esculpidas de formas humanas y animales, pero todas repugnantes y corruptas.  El agua corría por debajo en silencio, y humeaba; pero el vapor que se elevaba en volutas y espirales alrededor del puente era mortalmente frío.  Frodo tuvo la impresión de que la razón lo abandonaba y que la mente se le oscurecía.  Y de pronto, como movido por una fuerza ajena a su voluntad, apretó el paso, y extendiendo las manos avanzó a tientas, tambaleándose, bamboleando la cabeza de lado a lado.  Sam y Gollum se lanzaron tras él al mismo tiempo.  Sam lo alcanzó y lo sujetó entre los brazos, en el preciso instante en que Frodo tropezaba con el umbral del puente y estaba a punto de caer.

      -¡Por ahí no! ¡No, no, no por ahí! -murmuró Gollum, pero el aire que le pasaba entre los dientes pareció desgarrar el pesado silencio como un silbido, y la criatura se acurrucó en el suelo, aterrorizada.

      -¡Coraje, señor Frodo! -musitó Sam al oído de Frodo-. ¡Vuelva!  Por ahí no, Gollum dice que no, y por una vez estoy de acuerdo con él.

      Frodo se pasó la mano por la frente y quitó los ojos de la ciudad posada en la colina.  Aquella torre luminosa lo fascinaba, y luchaba contra el deseo irresistible de correr hacia la puerta por el camino iluminado.  Al fin con un esfuerzo dio media vuelta, y entonces sintió que el Anillo se le resistía, tironeándole de la cadena que llevaba alrededor del cuello; y también los ojos, cuando los apartó, parecieron enceguecidos un momento.  Delante de él la oscuridad era impenetrable.

      Gollum, reptando por el suelo como un animal asustado, se desvanecía ya en la penumbra.  Sam, sin dejar de sostener a su amo que se tambaleaba, lo siguió lo más rápido que pudo.  No lejos de la orilla del río había una abertura en el muro de piedra que bordeaba el camino.  Pasaron por ella, y Sam vio que se encontraban en un sendero estrecho, vagamente luminoso al principio, como lo estaba el camino principal, pero luego, a medida que trepaba por encima de los prados de flores mortales y se internaba, tortuoso y zigzagueante, en los flancos septentrionales del valle, la luz se iba extinguiendo y el camino se perdía en las tinieblas.

      Por este sendero caminaban los hobbits trabajosamente, juntos, incapaces de distinguir a Gollum delante de ellos, salvo cuando se volvía para indicarles que se apresuraran.  Los ojos le brillaban entonces con un fulgor blanco-verdoso, reflejo tal vez de la maléfica luminosidad de Morgul, o encendidos por algún estado de ánimo correspondiente al lugar.  Frodo y Sam no podían olvidar aquel fulgor mortal y las troneras sombrías, y una y otra vez espiaban temerosos por encima del hombro, y una y otra vez se obligaban a volver la mirada hacia la oscuridad creciente del sendero.  Avanzaban lenta y pesadamente.  Cuando se elevaron por encima del hedor y los vapores del río envenenado, empezaron a respirar con más libertad y a sentir la mente más despejada, pero ahora una terrible fatiga les agarrotaba los miembros, como si hubiesen caminado toda la noche llevando a cuestas una carga pesada, o hubiesen estado nadando.  Al fin no pudieron dar un paso más.

      Frodo se detuvo y se sentó sobre una piedra.  Habían trepado hasta la cresta de una gran giba de roca desnuda.  Delante de ellos, en el flanco del valle, había una saliente que el sendero contorneaba, apenas una ancha cornisa con un abismo a la derecha; trepaba luego por la cara escarpada del sur, hasta desaparecer arriba, en la negrura.

      -Necesitaría descansar un rato, Sam -murmuró Frodo-.  Me pesa mucho, Sam, hijo, me pesa enormemente.  Me pregunto hasta dónde podré llevarlo.  De todos modos necesito descansar antes de que nos aventuremos a entrar allí. -Señaló adelante el angosto camino.

      -¡Sssh! ¡Sssh! -siseó Gollum corriendo apresuradamente hacia ellos-. ¡Sssh! -Tenía los dedos contra los labios y sacudía insistentemente la cabeza.  Tironeando a Frodo de la manga, le señaló el sendero; pero Frodo se negó a moverse.

      -Todavía no -dijo-, todavía no. -La fatiga y algo más que la fatiga lo oprimían; tenía la impresión de que un terrible sortilegio le atenazaban la cabeza y el cuerpo.- Necesito descansar -murmuró.

      Al oír esto, el miedo y la agitación de Gollum fueron tales que volvió a hablar esta vez claramente, llevándose la mano a la boca, como para que unos oyentes invisibles que poblaban el aire no pudieran oírlo. No aquí, no.  No descansar aquí.  Locos.  Ojos pueden vernos.  Cuando vengan al puente nos verán. ¡Vamos! ¡Arriba, arriba! ¡Vamos!

      -Vamos, señor Frodo -dijo Sam-.  Otra vez tiene razón.  No podemos quedarnos aquí.

      -Está bien -dijo Frodo con una voz remota, como la de alguien que hablase en un duermevela-.  Lo intentaré. -Penosamente volvió a incorporarse.

 

 

            Pero era demasiado tarde.  En ese momento la roca se estremeció y tembló debajo de ellos.  El estruendo prolongado y trepidante, más fuerte que nunca, retumbó bajo la tierra y reverbero en las montañas.  Luego, de improviso, con una celeridad enceguecedora, estalló un relámpago enorme y rojo.  Saltó al cielo mucho más allá de las montañas del este y salpicó de púrpura las nubes sombrías.  En aquel valle de sombras y fría luz mortal pareció de una violencia insoportable y feroz.  Los picos de piedra y las crestas que parecían cuchillos mellados emergieron de pronto siniestros y negros contra la llama que subía del Gorgoroth.  Luego se oyó el estampido de un trueno.

      Y Minas Morgul respondió.  Hubo un centelleo de relámpagos lívidos: saetas de luz azul brotaron de la torre y de las colinas circundantes hacia las nubes lóbregas.  La tierra gimió; y un clamor llegó desde la ciudad.  Mezclado con voces ásperas y estridentes, como de aves de rapiña, y el agudo relincho de caballos furiosos y aterrorizados, resonó un grito desgarrador, estremecido, que subió rápidamente de tono hasta perderse en un chillido penetrante, casi inaudible.  Los hobbits giraron en redondo, volviéndose hacia el sitio de donde venía el sonido y se tiraron al suelo, tapándose las orejas con las manos.

      Cuando el grito terrible terminó en un gemido largo y abominable, Frodo levantó lentamente la cabeza.  Del otro lado del valle estrecho, ahora casi al nivel de los ojos, se alzaban los muros de la ciudad funesta, y la puerta cavernosa, como una boca franqueada de dientes relucientes, estaba abierta.  Y por esa puerta salía un ejército.

      Todos los hombres iban vestidos de negro, sombríos como la noche.  Frodo los veía contra los muros claros y el pavimento luminoso: pequeñas figuras negras que marchaban en filas apretadas, silenciosos y rápidos, fluyendo como un río interminable.  Al frente avanzaba una caballería numerosa de jinetes que se movían como sombras disciplinadas, y a la cabeza iba uno más grande que los otros: un jinete, todo de negro, excepto la cabeza encapuchado protegida por un yelmo que parecía una corona y que centelleaba con una luz inquietante.  Descendía, se acercaba al puente, y Frodo lo seguía con los ojos muy abiertos, incapaz de parpadear o de apartar la mirada. ¿No era aquel el Señor de los Nueve jinetes, el que había retornado para conducir a la guerra a aquel ejército horrendo?  Allí, sí, allí, estaba por cierto el rey espectral, cuya mano fría hiriera al Portador del Anillo con un puñal mortífero.  La vieja herida le latió de dolor y un frío inmenso invadió el corazón de Frodo.

      Y mientras estos pensamientos lo traspasaban aún de terror y lo tenían paralizado como por un sortilegio, el jinete se detuvo de golpe, justo a la entrada del puente, y toda la hueste se inmovilizó detrás.  Hubo una pausa, un silencio de muerte.  Tal vez era el Anillo que llamaba al Señor de los Espectros, y lo turbaba haciéndole sentir la presencia de otro poder en el valle.  A un lado y a otro se volvía la cabeza embozada y coronada de miedo, barriendo las sombras con ojos invisibles.  Frodo esperaba, como un pájaro que ve acercarse una serpiente, incapaz de moverse.  Y mientras esperaba sintió, más imperiosa que nunca, la orden de ponerse el Anillo en el dedo.  Pero por más poderoso que fuese aquel impulso, ahora no se sentía inclinado a ceder.  Sabía que el anillo no haría otra cosa que traicionarlo, y que aun cuando se lo pusiera, no tenía todavía poder suficiente para enfrentarse al Rey de Morgul... todavía no.  Ya no había en él, en su voluntad, por muy debilitada por el terror que ahora estuviera, ninguna respuesta a ese mandato, y sólo sentía aquella fuerza extraña que lo golpeaba.  Una fuerza que le tomaba la mano, y mientras Frodo la observaba con los ojos de la mente, sin consentir pero en suspenso (como si esperase el final de una vieja leyenda de antaño), se la acercaba poco a poco a la cadena que llevaba al cuello.  Entonces la voluntad de Frodo reaccionó: lentamente obligó a la mano a retroceder y a buscar otra cosa, algo que llevaba escondido cerca del pecho.  Frío y duro lo sintió cuando el puño se cerró sobre él: el frasco de Galadriel, tanto tiempo atesorado y luego casi olvidado.  Al tocarlo, todos los pensamientos que concernían al Anillo se desvanecieron un momento.  Suspiri5 e inclinó la cabeza.

      En ese mismo instante el Rey de los Espectros dio media vuelta, picó espuelas y cruzó el puente, y todo el sombrío ejército marchó tras él.  Quizá las caperuzas élficas habían resistido la mirada de los ojos invisibles y la mente del pequeño enemigo, fortalecido ahora, había logrado desviar los pensamientos del jinete.  Pero llevaba prisa.  La hora ya había sonado, y a la orden del Amo poderoso tenía que marchar en son de guerra hacia el Oeste.

      Pronto se perdió, una sombra en la sombra, en el sinuoso camino, y tras él las filas negras aún cruzaban el puente.  Nunca un ejército tan grande había partido de ese valle desde los días del esplendor de Isildur; ningún enemigo tan cruel y tan fuertemente armado había atacado aún los vados del Anduin; y sin embargo no era más que un ejército, y no el mayor, de las huestes que ahora enviaba Mordor.

 

 

            Frodo se sacudió.  Y de pronto volvió el corazón a Faramir.

      «La tormenta al fin ha estallado», se dijo. «Este enorme despliegue de lanzas y de espadas va hacia Osgiliath. ¿Llegará a tiempo Faramir?  Él lo predijo, ¿pero sabía la hora? ¿Y quién ahora defenderá los vados, cuando llegue el Rey de los Nueve Jinetes?  Y a este ejército le seguirán otros.  He venido tarde.  Todo está perdido.  Me he demorado demasiado. Y aun cuando llegase a cumplir mi misión, nadie lo sabría.  No habrá nadie a quien pueda contárselo.  Será inútil.» Débil y abatido, Frodo se echó a llorar.  Y mientras tanto los ejércitos de Morgul seguían cruzando el puente.

      De pronto lejana y remota, como surgida de los recuerdos de la Comarca, Iluminada por el primer sol de la mañana, mientras el día despertaba y las puertas se abrían, oyó la voz de Sam:

      -¡Despierte, señor Frodo! ¡Despierte! -Si la voz hubiese agregado: «Tiene el desayuno servido» poco le habría extrañado.  Era evidente que Sam estaba ansioso. - ¡Despierte, señor Frodo!  Se han marchado -dijo.

      Hubo un golpe sordo.  Las puertas de Minas Morgul se habían cerrado.  La última fila de lanzas había desaparecido en el camino.  La torre se alzaba aún como una mueca siniestra del otro lado del valle, pero la luz empezaba a debilitarse en el interior.  La ciudad toda se hundía una vez más en una sombra negra y hostil, y en el silencio.  Sin embargo, seguía poblada de ojos vigilantes.

      -¡Despierte señor Frodo!  Ellos se han marchado, y lo mejor será que también nosotros nos alejemos de aquí.  Todavía hay algo vivo en ese lugar, algo que tiene ojos, o una mente que ve, si usted me entiende; y cuanto más tiempo nos quedemos, más pronto nos caerá encima. ¡Animo, señor Frodo!

      Frodo levantó la cabeza y luego se incorporó.  La desesperación no lo había abandonado, pero ya no estaba tan débil.  Hasta sonrió con cierta ironía, sintiendo ahora tan claramente como un momento antes había sentido lo contrario, que lo que tenía que hacer, lo tenía que hacer, si podía, y poco importaba que Faramir o Aragorn o Elrond o Galadriel o Gandalf o cualquier otro no lo supieran nunca.  Tomó el bastón con una mano y el frasco de cristal con la otra.  Cuando vio que la luz clara le brotaba entre los dedos,  lo volvió a guardar junto al pecho y lo estrechó contra el corazón.  Luego, volviendo la espalda a la ciudad de Morgul, que ahora no era más que un resplandor trémulo y gris en la otra orilla de un abismo de sombras, se dispuso a ir camino arriba.

      Gollum se había escabullido al parecer a lo largo de la comisa hacia la oscuridad del otro lado, cuando se abrieron las puertas de Minas Morgul, dejando a los hobbits en el sitio en que se habían echado a descansar.  Ahora volvía a cuatro patas, rechinando los dientes y chasqueando los dedos.

      -¡Locos! ¡Estúpidos! -siseó-. ¡De prisa!  Ellos no tienen que pensar que el peligro ha pasado, no ha pasado. ¡De prisa!

      Los hobbits no le contestaron, pero lo siguieron y subieron tras él por la cornisa empinada.  Ese tramo del camino no les gustó mucho ni a Frodo ni a Sam, aun después de tantos peligros como habían pasado; pero duró poco.  Pronto el sendero describió una curva, penetrando bruscamente en una angosta abertura en la roca, y allí el flanco de la colina volvía a combarse.  Habían llegado a la primera escalera, que Gollum había mencionado.  La oscuridad era casi completa, y más allá de las manos extendidas no veían absolutamente nada; pero los ojos de Gollum brillaban con un resplandor pálido, pocos pasos más adelante, cuando se dio vuelta.

      -¡Cuidado! –susurró-  ¡Escalones!  ¡Muchos escalones. ¡Cuidado!

      La cautela era necesaria por cierto.  Al principio Frodo y Sam se sintieron más seguros, con una pared de cada lado, pero la escalera era casi vertical, como una escala, y a medida que subían y subían, menos podían olvidar el largo vacío negro que iban dejando atrás; y los peldaños eran estrechos, desiguales, y a menudo traicioneros; estaban desgastados y pulidos en los bordes, y a veces rotos, y algunos se agrietaban bajo los pies.  El ascenso era muy penoso, y al fin terminaron aferrándose con dedos desesperados al escalón siguiente, y obligando a las rodillas doloridas a flexionarse y estirarse; y a medida que la escalera se iba abriendo un camino cada vez más profundo en el corazón de la montaña, las paredes rocosas se elevaban más y más a los lados, por encima de ellos.

      Por fin, cuando ya les parecía que no podían aguantar más, vieron los ojos de Gollum que escudriñaban otra vez desde arriba.

      -Hemos llegado -les dijo-.  Hemos pasado la primera escalera.  Hobbits hábiles para subir tan alto; hobbits muy hábiles.  Unos escalones más y ya está, sí.

 

 

            Mareados y terriblemente cansados, Sam, y Frodo tras él, subieron a duras penas el último escalón, y allí se sentaron, y se frotaron las piernas y las rodillas.  Estaban en un oscuro pasadizo que parecía subir delante de ellos, aunque en pendiente más suave y sin escalera.  Gollum no les permitió descansar mucho tiempo.

      -Hay otra escalera más -les dijo-.  Mucho más larga.  Descansarán después de subir la próxima escalera.  Todavía no.

      Sam refunfuñó.

      -¿Más larga, dijiste?

      -Sí, sssí, más larga -dijo Gollum-.  Pero tan difícil.  Hobbits subieron ya la Escalera Recta.  Ahora viene la Escalera en Espiral.

      -¿Y después? -dijo Sam.

      -Ya veremos -dijo Gollum en voz baja-. ¡Oh sí, ya veremos! -Me parece que hablaste de un túnel -dijo Sam-. ¿No hay que atravesar un túnel, o algo así?

      -Oh sí, un túnel -dijo Gollum-.  Pero los hobbits podrán descansar antes.  Si lo pasan habrán llegado casi a la cima.  Casi, si lo pasan.  Oh sí casi a la cima.

      Frodo se estremeció.  El ascenso lo había hecho sudar, pero ahora sentía el cuerpo mojado y frío, y una corriente de aire glacial, que llegaba desde alturas invisibles, soplaba en el pasadizo oscuro.  Se levantó y se sacudió.

      -¡Bien, en marcha! -dijo-.  Este no es sitio para sentarse a descansar.

 

 

            El pasadizo parecía alargarse millas y millas, y siempre el soplo helado flotaba sobre ellos, transformándose poco a poco en un viento áspero.  Se hubiera dicho que las montañas al echarles encima ese aliento mortal, intentaban desanimarlos, alejarlos de los secretos de las alturas, o arrojarlos al tenebroso vacío que habían dejado atrás.  Supieron que al fin habían llegado cuando de pronto ya no palparon el muro a la derecha.  No veían casi nada.  Grandes masas negras e informes y profundas sombras grises se alzaban por encima de ellos y todo alrededor, pero ahora una luz roja y opaca parpadeaba bajo los nubarrones oscuros, y por un momento alcanzaron a ver las formas de los picos, al frente y a los lados, como columnas que sostuvieran una vasta techumbre a punto de desplomarse.  Habían subido al parecer muchos centenares de pies, y ahora se encontraban en una cornisa ancha.  A la derecha una pared se elevaba a pique y a la izquierda se abría un abismo.

      Gollum marchaba delante casi pegado a la pared rocosa.  En ese tramo ya no subían, pero el suelo era más accidentado y peligroso, y había bloques de piedra y roca desmoronada en el camino.  Avanzaban lenta y cautelosamente.  Cuántas horas habían transcurrido desde que entraran en el Valle de Morgul, ni Sam ni Frodo podían decirlo con certeza.  La noche parecía interminable.

      Al fin advirtieron que otro muro acababa de aparecer, y una nueva escalera se abrió ante ellos.  Otra vez se detuvieron y otra vez empezaron a subir.  Era un ascenso largo y fatigoso; pero esta escalera no penetraba en la ladera de la montaña; aquí la enorme y empinada cara del acantilado retrocedía, y el sendero la cruzaba serpenteando.  A cierta altura se desviaba hasta el borde mismo del precipicio oscuro, Y Frodo, echando una mirada allá abajo, vio un foso ancho y profundo, la hondonada de acceso al Valle de Morgul.  Y en el fondo, como un collar de luciérnagas, centelleaba el camino de los espectros, que iba de la ciudad muerta al Paso Sin Nombre.  Frodo volvió rápidamente la cabeza.

      Más y más allá proseguía la escalera, siempre sinuosa y zigzagueante, hasta que por fin, luego de un último tramo corto y empinado, desembocó en otro nivel.  El sendero se había alejado del paso principal en la gran hondonada, y ahora seguía su propio y peligroso curso en una garganta más angosta, entre las regiones más elevadas de Ephel Dúath.  Los hobbits distinguían apenas, a los lados, unos pilares altos y unos pináculos de piedra dentada, entre los que se abrían unas grietas y fisuras más negras que la noche; allí unos inviernos olvidados habían carcomido y tallado la piedra que el sol no tocaba nunca.  Y ahora la luz roja parecía más intensa en el cielo; no podían decir aún si lo que se acercaba a este lug