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EL RETORNO DEL REY llª

 
 

- LIBRO SEXTO -

 

 

 

LA TORRE DE CIRITH UNGOL

 

Sam se levantó trabajosamente del suelo. Por un momento no supo dónde se encontraba, pero

luego toda la angustia y la desesperación volvieron a él. Estaba en las tinieblas, ante la puerta subterránea

de la fortaleza de los orcos; y los batientes de bronce continuaban cerrados. Sin duda había caído aturdido

al abalanzarse contra la puerta; pero cuánto tiempo había permanecido allí, tendido en el suelo, no lo

sabía. Entonces había sentido un fuego de furia y desesperación; ahora tenía frío y tiritaba. Se escurrió

hasta la puerta y apoyó el oído.

Dentro, lejanos e indistintos, oyó los clamores de los orcos; pero pronto callaron o se alejaron y

todo quedó en silencio. Le dolía la cabeza y veía luces fantasmales en la oscuridad, pero trató de

serenarse y reflexionar. Era evidente, en todo caso, que no tenía ninguna esperanza de entrar en la

fortaleza por aquella puerta: quizá tuviera que esperar allí días y días antes que se abriese, y él no podía

esperar: el tiempo era desesperadamente precioso. Y ahora ya no dudaba acerca de lo que tenía que hacer:

salvar a su amo, o perecer en el intento.

«Que perezca es lo más probable, y además mucho más fácil», se dijo, taciturno, mientras

envainaba a Dardo y se alejaba de la puerta de bronce. Lentamente a tientas volvió sobre sus pasos a lo

largo de la galería oscura, sin atreverse a usar la luz élfica; y en camino, trató de recordar los hechos del

viaje, desde que partiera con Frodo de la Encrucijada. Se preguntó qué hora sería. «Algún momento del

tiempo entre un día y otro», pensó, pero hasta de los días había perdido la cuenta. Estaba en un país de

tinieblas en que los días del mundo parecían olvidados, y todos quienes entraban en él también eran

olvidados.

«Me pregunto si alguna vez se acuerdan de nosotros», dijo, «y qué les estará pasando a todos

ellos, allá lejos». Movió la mano señalando vagamente adelante; pero en realidad ahora, al volver al túnel

de EllaLaraña, caminaba hacia el sur, no hacia el oeste. En el oeste, en el mundo de fuera, era casi el

mediodía del decimocuarto día de marzo, según el calendario de la Comarca, y en aquel momento

Aragorn conducía la flota negra desde Pelargir, y Merry cabalgaba con los Rohirrim a lo largo del

Pedregal de las Carretas, mientras en Minas Tirith se multiplicaban las llamas, y Pippin veía crecer la

locura en los ojos de Denethor. No obstante, en medio de tantas preocupaciones y temores, una y otra vez

los pensamientos de los compañeros se volvían a Frodo y a Sam. No los habían olvidado. Pero estaban

lejos, más allá de toda posible ayuda, y ningún pensamiento podía socorrer aún a Samsagaz hijo de

Hamfast; estaba completamente solo.

Regresó por fin a la puerta de piedra de la galería de los orcos, y al no descubrir tampoco ahora

el mecanismo o el cerrojo que la retenía, la escaló como la primera vez, y se dejó caer en el suelo del otro

lado. Luego fue furtivamente a la salida del túnel de EllaLaraña, donde aún flotaban los andrajos de la

tela enorme, oscilando en el aire frío. Frío le pareció a Sam después de las tinieblas fétidas que acababa

de dejar atrás; pero lo respiró y se sintió reanimado. Avanzando con cautela, salió al aire libre.

Todo alrededor la calma era ominosa. La luz brillaba apenas, como en el crepúsculo de un día

sombrío. Los grandes vapores que brotaban de Mordor y se alejaban en estelas hacia el oeste flotaban a

baja altura, apenas por encima de la cabeza del hobbit, una marejada de nubes y humo iluminada de tanto

en tanto desde abajo por un lúgubre resplandor rojizo.

Sam alzó la cabeza hacia la torre, y en las ventanas estrechas vio de pronto unas luces que se

asomaban, como pequeños ojos rojos. Se preguntó si se trataría de una señal. El miedo que les tenía a los

orcos, olvidado por algún tiempo en la furia y la desesperación, volvió a él. No le quedaba en apariencia

sino un solo camino: seguir adelante y tratar de descubrir la entrada principal de la torre terrible, pero las

rodillas le flaqueaban, y descubrió que estaba temblando. Apartó la mirada de la torre y de los cuernos del

desfiladero que se alzaban ante él, y obligó a los pies a que le obedecieran, y lentamente, aguzando los

oídos, escudriñando las sombras negras de las rocas que flanqueaban el sendero, volvió sobre sus pasos,

dejó atrás el sitio en que cayera Frodo, y donde aún persistía el hedor de EllaLaraña, y continuó subiendo

hasta encontrarse otra vez en la misma hendidura donde se había puesto el Anillo y de donde viera pasar

la compañía de Shagrat.

Allí se detuvo y se sentó. Por el momento no contaba con fuerzas para ir más lejos. Sentía que

una vez que hubiera dejado atrás la cresta del desfiladero y diera un paso hollando al fin el suelo mismo

de Mordor, ese paso sería irrevocable. Nunca más podría regresar. Sin ninguna intención precisa sacó el

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Anillo y se lo volvió a poner. Al instante sintió el peso abrumador de la carga, y otra vez, y ahora más

poderoso y apremiante que nunca, la malicia del Ojo de Mordor, escudriñando, tratando de traspasar las

sombras que él mismo había creado para defenderse, pero que ahora sólo le traían inquietud y dudas.

Como la primera vez, Sam advirtió que el oído se le había agudizado, pero que las cosas visibles

de este mundo eran vagas y borrosas. Las paredes de piedra del sendero le parecían pálidas, como si las

viera a través de una bruma, pero en cambio oía a lo lejos el desconsolado burbujeo de EllaLaraña; y

ásperos y claros, y al parecer muy próximos, oyó gritos y un fragor de metales. Se levantó de un salto y se

aplastó contra el muro que bordeaba el sendero. Se alegró de tener puesto el Anillo, porque otra compañía

de orcos se acercaba. O eso le pareció al principio. De pronto cayó en la cuenta de que no era así, que el

oído lo había engañado: los gritos de los orcos provenían de la torre, cuyo cuerno más elevado se alzaba

ahora en línea recta por encima de él, a la izquierda del desfiladero.

Sam se estremeció y trató de obligarse a avanzar. Era evidente que allá arriba estaba ocurriendo

algo diabólico. Tal vez los orcos, pese a todas las órdenes, se habían dejado llevar por la crueldad y

estaban torturando a Frodo, o hasta cortándolo en pedazos, como salvajes que eran. Escuchó, y un rayo de

esperanza llegó a él. No cabía ninguna duda: había lucha en la torre, los orcos estaban en guerra unos

contra otros, la rivalidad entre Shagrat y Gorbag había llegado a los golpes. Por débil que fuera, la

esperanza de esta conjetura bastó para reconfortarlo. Quizás había aún una posibilidad. El amor que sentía

por Frodo se alzó por encima de todos los otros pensamientos, y olvidando el peligro gritó con voz fuerte:

— ¡Ya voy, señor Frodo!

Corrió por el sendero ascendente y pasó la cresta. Allí el camino doblaba a la izquierda y se

hundía en una pendiente brusca. Sam había entrado en Mordor.

Se quitó el Anillo del dedo, inspirado quizá por alguna misteriosa premonición de peligro,

aunque a sí mismo se dijo solamente que deseaba ver con mayor claridad.

—Más vale que eche una mirada a lo peor —murmuró—. ¡No es prudente andar a tientas en una

niebla!

Duro, cruel y áspero era el paisaje que se mostró a los ojos del hobbit. A sus pies, la cresta más

alta de Ephel Dúath se precipitaba en riscos enormes y escarpados a un valle sombrío; y del otro lado

asomaba una cresta mucho más baja, de bordes mellados y dentados y rocas puntiagudas que a la luz roja

del fondo parecían colmillos negros: era el siniestro Morgai, la más interior de las empalizadas naturales

que defendían el país. A lo lejos, pero casi en línea recta, más allá de un vasto lago de oscuridad moteado

de fuegos diminutos, se veía el resplandor de un gran incendio; y de él se elevaban en remolinos inquietos

unas enormes columnas de humo, de color rojo polvoriento en las raíces, y negras donde se fundían con el

palio de nubes abultadas que cubría la tierra maldita.

Lo que Sam contemplaba era el Orodruin, la Montaña de Fuego, Una y otra vez los hornos

encendidos en el fondo abismal del cono de ceniza se calentaban al rojo, y entonces la montaña se

henchía y rugía como una marea tempestuosa, y derramaba por las grietas de los flancos ríos de roca

derretida. Algunos corrían incandescentes hacia Baraddür a lo largo de canales profundos; otros se abrían

paso a través de la llanura pedregosa, hasta que se enfriaban y yacían como retorcidas figuras de dragones

vomitadas por la tierra atormentada. En esa hora de trabajos, contemplaba Sam el Monte del Destino, y la

luz oculta detrás de la mole enorme de los Ephel Dúath para quienes subían desde el oeste, se volcaba

ahora resplandeciendo sobre las caras desnudas de las rocas, que parecían tintas en sangre.

En aquella luz terrible, Sam se detuvo horrorizado, pues ahora, mirando a la izquierda, veía en

todo su poderío la Torre de Cirith Ungol. El cuerno que había visto desde el otro lado no era sino la

atalaya más alta. La fachada oriental tenía tres grandes niveles; el primero se extendía allá abajo en un

espolón de la pared rocosa; la cara posterior se apoyaba en un acantilado, del que emergían bastiones

puntiagudos y superpuestos, más pequeños a medida que la torre ganaba altura, y los flancos casi

verticales de buena albañilería miraban al noreste y al sudeste. Alrededor del nivel inferior, doscientos

pies por debajo de Sam, un muro almenado cercaba un patio estrecho. La puerta de la fortaleza, en la

pared más cercana, la que miraba al sudeste, se abría a un camino ancho, cuyo parapeto exterior corría al

borde de un precipicio, y luego de doblar hacia el sur serpeaba cuesta abajo en la oscuridad y alcanzaba la

ruta que llevaba al Paso de Morgul. Y desde allí cruzaba por una grieta del Morgai e iba a desembocar en

el valle de Gorgoroth hasta llegar a Baraddür. La senda en que Sam estaba descendía en algunos trechos

mediante tramos de escalones tallados en la roca, en otros por un sendero empinado, para unirse al

camino principal bajo los muros amenazantes próximos a la Puerta.

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Al observarla Sam comprendió de pronto, casi con un sobresalto, que aquella fortaleza había

sido construida no para impedir que los enemigos entrasen en Mordor, sino para retenerlos dentro. Era en

verdad una de las antiguas obras de Góndor, un puesto oriental de avanzada de las defensas de Ithilien,

edificado luego de la Ultima Alianza, cuando los hombres del Oesternesse vigilaban el maléfico país de

Sauron, donde todavía acechaban muchas criaturas. Pero aquí como en Narchost y Carchost, las Torres de

los Dientes, la vigilancia se había debilitado, y la traición había entregado la Torre al Señor de los

Espectros del Anillo; y ahora, desde hacía largos años, estaba en manos de seres maléficos. Al retornar a

Mordor, Sauron la había considerado útil, pues aunque no tenía muchos servidores, le sobraban en

cambio los esclavos sometidos por el terror; y ahora, como antaño, el propósito principal de la Torre era

impedir que huyesen de Mordor. Pero si un enemigo era tan temerario como para tratar de introducirse

secretamente en el país, entonces la Torre era también una atalaya última y siempre alerta contra

cualquiera que lograse burlar la vigilancia de Morgul y de EllaLaraña.

Sam entendía muy bien que deslizarse por debajo de aquellos muros de muchos ojos y evitar la

vigilancia de la puerta era del todo imposible. Y aun si entraba, no podría llegar muy lejos: el camino del

otro lado de la puerta estaba vigilado, y ni las sombras negras agazapadas en los recovecos donde no

llegaba la luz roja lo protegerían durante mucho tiempo de los orcos. Pero por desesperado que fuera

aquel camino, la empresa que ahora le aguardaba era mucho peor: no evitar la puerta y escapar, sino

trasponerla, a solas.

Pensó por un momento en el Anillo, pero no encontró en él ningún consuelo, sólo peligro y

miedo. Tan pronto como viera el Monte del Destino, ardiendo en lontananza, había notado un cambio en

el Anillo. A medida que se acercaba a los grandes hornos donde fuera forjado y modelado, en los abismos

del tiempo, el poder del Anillo aumentaba, y se volvía cada vez más maligno, indomable excepto quizá

para alguien de una voluntad muy poderosa. Y aunque no lo llevaba en el dedo, sino colgado del cuello en

una cadena, Sam mismo se sentía como agigantado, como envuelto en una enorme y deformada sombra

de sí mismo, una amenaza funesta suspendida sobre los muros de Mordor. Sabía que en adelante no le

quedaba sino una alternativa: resistirse a usar el Anillo, por mucho que lo atormentase; o reclamarlo, y

desafiar el Poder aposentado en la fortaleza oscura del otro lado del valle de las sombras. El Anillo lo

tentaba ya, carcomiéndole la voluntad y la razón. Fantasías descabelladas le invadían la mente; y veía a

Samsagaz el Fuerte, el Héroe de la Era, avanzando con una espada flamígera a través de la tierra

tenebrosa, y los ejércitos acudían a su llamada mientras corría a derrocar el poder de Baraddür. Entonces

se disipaban todas las nubes, y el sol blanco volvía a brillar, y a una orden de Sam el valle de Gorgoroth

se transformaba en un jardín de muchas flores, donde los árboles daban frutos. No tenía más que ponerse

el Anillo en el dedo, y reclamarlo, y todo aquello podría convertirse en realidad.

En aquella hora de prueba fue sobre todo el amor a Frodo lo que le ayudó a mantenerse firme; y

además conservaba aún, en lo más hondo de sí mismo, el indomable sentido común de los hobbits: bien

sabía que no estaba hecho para cargar semejante fardo aun en el caso de que aquellas visiones de

grandeza no fueran sólo un señuelo. El pequeño jardín de un jardinero libre era lo único que respondía a

los gustos y a las necesidades de Sam; no un jardín agigantado hasta las dimensiones de un reino; el

trabajo de sus propias manos, no las manos de otros bajo sus órdenes.

«Y además todas estas fantasías no son más que una trampa», se dijo. «Me descubriría y caería

sobre mí, antes que yo pudiera gritar. Si ahora me pusiera el Anillo me descubriría, y muy rápidamente,

en Mordor. Y bien, todo cuanto puedo decir es que la situación me parece tan desesperada como una

helada en primavera. ¡Justo cuando hacerme invisible podría ser realmente útil, no puedo utilizar el

Anillo! Y si encuentro alguna vez un modo de seguir adelante, no será más que un estorbo, y una carga

más pesada a cada paso. ¿Qué tengo que hacer, entonces?»

En el fondo, no le quedaba a Sam ninguna duda. Sabía que tenía que bajar hasta la puerta, y sin

más dilación. Con un encogimiento de hombros, como para ahuyentar las sombras y alejar a los

fantasmas, comenzó lentamente el descenso. A cada paso se sentía más pequeño. No había avanzado

mucho, y ya era otra vez un hobbit disminuido y aterrorizado. Ahora pasaba justo por debajo del muro de

la Torre, y sus oídos naturales escuchaban claramente los gritos y el fragor de la lucha. En aquel momento

los ruidos parecían venir del patio detrás del muro exterior.

Sam había recorrido casi la mitad del camino, cuando dos orcos aparecieron corriendo en el

portal oscuro y salieron al resplandor rojo. No se volvieron a mirarlo. Iban hacia el camino principal; pero

en plena carrera se tambalearon y cayeron al suelo, y allí se quedaron tendidos e inmóviles. Sam no había

visto flechas, pero supuso que habían sido abatidos por otros orcos apostados en los muros o escondidos a

la sombra del portal. Siguió avanzando, pegado al muro de la izquierda. Una sola mirada le había bastado

para comprender que no tenía ninguna esperanza de escalarlo. La pared de piedra, sin grietas ni salientes,

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tenía unos treinta pies de altura, y culminaba en un alero de gradas invertidas. La puerta era el único

camino.

Continuó adelante, sigilosamente, preguntándose cuántos orcos vivirían en la Torre junto con

Shagrat, y con cuántos contaría Gorbag, y cuál sería el motivo de la pelea, si en verdad era una pelea. Le

había parecido que la compañía de Shagrat estaba compuesta de unos cuarenta orcos, y la de Gorbag de

más del doble; pero la patrulla de Shagrat no era por supuesto más que una parte de la guarnición. Casi

con seguridad estaban disputando a causa de Frodo y del botín. Sam se detuvo un segundo, pues de

pronto las cosas le parecieron claras, casi como si las tuviera delante de los ojos. ¡ La cota de malla de

mithrill Frodo, como es natural, la llevaba puesta, y los orcos tenían que haberla descubierto. Y por lo que

Sam había oído, Gorbag la codiciaba. Pero las órdenes de la Torre Oscura eran por ahora la única

protección de Frodo, y en caso de que fueran desacatadas, Frodo podía morir en cualquier momento.

«¡Adelante, miserable holgazán!», se increpó Sam. «¡A la carga!»

Desenvainó a Dardo y se precipitó hacia la puerta. Pero en el preciso momento en que estaba a

punto de pasar bajo la gran arcada, sintió un choque: como si hubiese tropezado con una especie de tela

parecida a la de EllaLaraña, pero invisible. No veía ningún obstáculo, y sin embargo algo demasiado

poderoso le cerraba el camino. Miró alrededor, y entonces, a la sombra de la puerta, vio a los dos

Centinelas.

Eran como grandes figuras sentadas en tronos. Cada una de ellas tenía tres cuerpos unidos,

coronados por tres cabezas que miraban adentro, afuera, y al portal. Las caras eran de buitre, y las manos

que apoyaban sobre las rodillas eran como garras. Parecían esculpidos en enormes bloques de piedra:

impasibles, pero a la vez vigilantes: algún espíritu maléfico y alerta habitaba en ellos. Reconocían a un

enemigo: visible o invisible, ninguno escapaba. Le impedían la entrada, o la fuga.

Sam tomó aliento y se lanzó una vez más hacia adelante, pero se detuvo en seco, trastabillando

como si le hubiesen asestado un golpe en el pecho y en la cabeza. Entonces, en un arranque de audacia,

porque no se le ocurría ninguna otra solución, inspirado por una idea repentina, sacó con lentitud el frasco

de Galadriel y lo levantó. La luz blanca se avivó rápidamente, dispersando las sombras bajo la arcada

oscura. Allí estaban, frías e inmóviles, las figuras monstruosas de los Centinelas. Por un instante

vislumbró un centelleo en las piedras negras de los ojos, de una malignidad sobrecogedora, pero poco a

poco sintió que la voluntad de los Centinelas empezaba a flaquear y se desmoronaba en miedo.

Pasó de un salto por delante de ellos, pero en ese instante, mientras volvía a guardar el frasco en

el pecho, sintió tan claramente como si una barra de acero hubiera descendido de golpe detrás de él, que

habían redoblado la vigilancia. Y de las cabezas maléficas brotó un alarido estridente que retumbó en los

muros. Y como una señal de respuesta resonó lejos, en lo alto, una campanada única.

—¡Bueno, bueno! —dijo Sam—. ¡Parece que he llamado a la puerta principal! ¡Pues bien, a ver

si acude alguien! —gritó—. ¡Anunciadle al Capitán Shagrat que ha llamado el gran guerrero elfo, y que

trae consigo la espada élfica!

Ninguna respuesta. Sam se adelantó a grandes pasos. Dardo le centelleaba en la mano con una

luz azul. Las sombras eran profundas en el patio, pero alcanzó a ver que el pavimento estaba sembrado de

cadáveres. Justo a sus pies yacían dos arqueros orcos apuñalados por la espalda. Un poco más lejos había

muchos más, algunos aparte, como abatidos por una estocada o un flechazo, otros en parejas, como

sorprendidos en plena lucha, muertos en el acto mismo de apuñalar, estrangular, morder. Los pies

resbalaban en las piedras, cubiertas de sangre negra.

Sam notó que había dos uniformes diferentes, uno marcado con la insignia del Ojo Rojo, el otro

con una Luna desfigurada en una horrible efigie de la muerte; pero no se detuvo a observarlos más de

cerca. Del otro lado del patio, al pie de la torre, vio una puerta grande; estaba entreabierta y por ella salía

una luz roja; un orco corpulento yacía sin vida en el umbral. Sam saltó por encima del cadáver y entró; y

entonces miró alrededor, desorientado.

Un corredor amplio y resonante conducía otra vez desde la puerta al flanco de la montaña.

Estaba iluminado por la lumbre incierta de unas antorchas en las ménsulas de los muros, y el fondo se

perdía en las tinieblas. A uno y otro lado había numerosas puertas y aberturas; pero salvo dos o tres

cuerpos más tendidos en el suelo el corredor estaba vacío. Por lo que había oído de la conversación de los

capitanes, Sam sabía que vivo o muerto era probable que Frodo se encontrase en una estancia de la

atalaya más alta; pero quizás él tuviera que buscar un día entero antes de encontrar el camino.

«Supongo que ha de estar en la parte de atrás», murmuró. «Toda la Torre crece hacia atrás. Y de

cualquier modo convendrá que siga esas luces.»

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Avanzó por el corredor, pero ahora con lentitud; cada paso era más trabajoso que el anterior. El

terror volvía a dominarlo. No oía otro ruido que el roce de sus pies, que parecía crecer y resonar como

palmadas gigantescas sobre las piedras. Los cuerpos sin vida; el vacío; las paredes negras y húmedas que

a la luz de las antorchas parecían rezumar sangre; el temor de que una muerte súbita lo acechase detrás de

cada puerta, en cada sombra; y la imagen siempre presente de los Centinelas siniestros que custodiaban la

entrada: era casi más de lo que Sam se sentía capaz de afrontar. Una lucha (con no demasiados

adversarios a la vez), hubiera sido preferible a aquella incertidumbre espantosa. Hizo un esfuerzo por

pensar en Frodo, que en alguna parte de este sitio terrible yacía dolorido o muerto. Continuó avanzando.

Había dejado atrás las antorchas, y llegado casi a una gran puerta abovedada en el fondo del

corredor (la cara interna de la puerta subterránea, adivinó), cuando desde lo alto se elevó un grito

aterrador y sofocado. Sam se detuvo en seco. En seguida oyó pasos que se acercaban. Allí, justo por

encima de él, alguien bajaba de prisa una escalera.

La voluntad de Sam, lenta y debilitada, no pudo contener el movimiento de la mano: tironeando

de la cadena, aferró el Anillo. Pero no llegó a ponérselo en el dedo, pues en el preciso instante en que lo

apretaba contra el pecho, un orco saltó de un vano oscuro a la derecha, y se precipitó hacia él. Cuando

estuvo a no más de seis pasos de distancia, levantó la cabeza y descubrió a Sam. Sam oyó la respiración

jadeante del orco, y vio el fulgor de los ojos inyectados en sangre. El orco se detuvo, despavorido. Porque

lo que vio no fue un hobbit pequeño y asustado tratando de sostener con mano firme una espada:vio una

gran forma silenciosa, embozada en una sombra gris, que se erguía ante él a la trémula luz de las

antorchas; en una mano esgrimía una espada, cuya sola luz era un dolor lacerante; la otra la tenía apretada

contra el pecho, escondiendo alguna amenaza innominada de poder y destrucción.

El orco se agazapó un momento, y en seguida, con un alarido espeluznante dio media vuelta y

huyó por donde había venido. Jamás un perro a la vista de la inesperada fuga de un adversario con el rabo

entre las piernas se sintió más envalentonado que Sam en aquel momento. Con un grito de triunfo, partió

en persecución del fugitivo.

—¡ Sí! ¡ El guerrero elfo anda suelto! — exclamó . Ya voy y te alcanzo. ¡O me indicas el camino

para subir, o te desuello!

Pero el orco estaba en su propia guarida, era ágil, y comía bien. Sam era un extraño, y estaba

hambriento y cansado. La escalera subía en espiral, alta y empinada. Sam empezó a respirar con

dificultad. Y el orco no tardó en desaparecer, y ya sólo se oía, cada vez más débil, el golpeteo de los pies

que corrían y trepaban. De tanto en tanto el orco lanzaba un grito y el eco resonaba en las paredes. Pero

poco a poco los pasos se perdieron a lo lejos.

Sam avanzaba pesadamente. Tenía la impresión de estar en el buen camino y esto le daba nuevos

ánimos. Soltó el Anillo y se ajustó el cinturón.

«¡Bravo!» dijo. «Si a todos les disgustamos tanto, Dardo y yo, las cosas pueden terminar mejor

de lo que yo pensaba. En todo caso, parece que Shagrat, Gorbag y compañía han hecho casi todo mi

trabajo. ¡Fuera de esa rata asustada, creo que no queda nadie con vida en este lugar!»

Y entonces se detuvo bruscamente como si se hubiese golpeado la cabeza contra el muro de

piedra. De pronto, con la fuerza de un golpe, entendió lo que acababa de decir. ¡No queda nadie con vida!

¿De quién había sido entonces aquel escalofriante grito de agonía?

— ¡Frodo, Frodo! ¡Mi amo! —gritó, casi sollozando—. Si te han matado ¿qué haré? Bueno,

estoy llegando al final, a la cúspide, y veré lo que haya que ver.

Subía y subía. Salvo una que otra antorcha encendida en un recodo de la escalera, o junto a una

de las entradas que conducían a los niveles superiores de la torre, todo era oscuridad. Sam trató de contar

los peldaños, pero después de los doscientos perdió la cuenta. Ahora avanzaba con sigilo, pues creía oír

unas voces que hablaban un poco más arriba. Al parecer, quedaba con vida más de una rata.

De pronto, cuando empezaba a sentir que le faltaba el aliento, que las rodillas no le obedecían, la

escalera terminó. Sam se quedó muy quieto. Las voces se oían ahora fuertes y cercanas. Miró a su

alrededor. Había subido hasta el techo plano del tercer nivel, el más elevado de la Torre:un espacio

abierto de unas veinte yardas de lado, rodeado de un parapeto bajo. En el centro mismo de la terraza

desembocaba la escalera, cubierta por una cámara pequeña y abovedada, con puertas bajas orientadas al

este y al oeste. Abajo, hacia el este, Sam vio la llanura dilatada y sombría de Mordor, y a lo lejos la

montaña incandescente. Una nueva marejada hervía ahora en los cauces profundos, y los ríos de fuego

ardían tan vivamente que aún a muchas millas de distancia iluminaban la torre con un resplandor bermejo.

La base de la torre de atalaya, cuyo cuerno superaba en altura las crestas de las colmas próximas, ocultaba

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el oeste. En una de las troneras brillaba una luz. La puerta asomaba a no más de diez yardas de Sam.

Estaba en tinieblas pero abierta, y de allí, de la oscuridad, venían las voces.

Al principio Sam no les prestó atención; dio un paso hacia afuera por la puerta del este y miró

alrededor. Al instante advirtió que allá arriba la lucha había sido más cruenta. El patio estaba atiborrado

de cadáveres, cabezas y miembros de orcos mutilados. Un olor a muerte flotaba en el lugar. Se oyó un

gruñido, seguido de un golpe y un grito, y Sam buscó de prisa un escondite. Una voz de orco se elevó,

iracunda, y él la reconoció en seguida, áspera, brutal y fría: era Shagrat, Capitán de la Torre.

—¿Así que no volverás? ¡Maldito seas, Snaga, gusano infecto! Te equivocas si crees que estoy

tan estropeado como para que puedas burlarte de mí. Ven, y te arrancaré los ojos, como se los acabo de

arrancar a Radbug. Y cuando lleguen algunos muchachos de refuerzo, me ocuparé de ti: te mandaré a

EllaLaraña.

—No vendrán, no antes de que hayas muerto, en todo caso —respondió Snaga con acritud—. Te

dije dos veces que los cerdos de Gorbag fueron los primeros en llegar a la puerta, y que de los nuestros no

salió ninguno. Lagduf y Muzgash consiguieron escapar, pero los mataron. Lo vi desde una ventana, te lo

aseguro. Y fueron los últimos.

—Entonces tienes que ir. De todos modos yo estoy obligado a quedarme. ¡ Que los Pozos

Negros se traguen a ese inmundo rebelde de Gorbag! —La voz de Shagrat se perdió en una retahila de

insultos y maldiciones.— El se llevó la peor parte, pero consiguió apuñalarme antes que yo lo

estrangulase. Irás, o te comeré vivo. Es preciso que las noticias lleguen a Lugbúrz, o los dos iremos a

parar a los Pozos Negros. Sí, tú también. No creas que te salvarás escondiéndote aquí.

—No pienso volver a bajar por esa escalera —gruñó Snaga—, seas o no mi capitán. ¡Nooo! Y

aparta las manos de tu cuchillo, o te ensartaré una flecha en las tripas. No serás capitán por mucho tiempo

cuando ellos se enteren de todo lo que pasó. Combatí por la Torre contra esas pestilentes ratas de Morgul,

pero menudo desastre habéis provocado vosotros dos, valientes capitanes, al disputaros el botín.

—Ya has dicho bastante —gruñó Shagrat—. Yo tenía órdenes. Fue Gorbag quien empezó, al

tratar de birlarme la bonita camisa.

—Sí, pero tú lo sacaste de sus casillas, con tus aires de superioridad. Y de todos modos, él fue

más sensato que tú. Te dijo más de una vez que el más peligroso de estos espías todavía anda suelto, y no

quisiste escucharlo. Y ahora tampoco quieres escuchar. Te digo que Gorbag tenía razón. Hay un gran

guerrero que anda merodeando por aquí, uno de esos Elfos sanguinarios, o uno de esos tarcos inmundos.

Te digo que viene hacia aquí. Has oído la campana. Pudo eludir a los Centinelas, y eso es cosa de tarcos.

Está en la escalera. Y hasta que no salga de allí, no pienso bajar. Ni aunque fuera un Nazgül lo haría.

— Con que esas tenemos ¿eh? —aulló Shagrat—. ¿Harás esto, y no harás aquello? ¿Y cuando

llegue, saldrás disparado y me abandonarás? ¡No, no lo harás! ¡Antes te llenaré la panza de agujeros

rojos!

Por la puerta de la torre de atalaya salió volando Snaga, el orco más pequeño. Y detrás de él

apareció Shagrat, un orco enorme cuyos largos brazos, al correr encorvado, tocaban el suelo. Pero uno de

los brazos le colgaba inerte, y parecía estar sangrando; con el otro apretaba un gran bulto negro. Desde

detrás de la puerta de la escalera, Sam alcanzó a ver a la luz roja la cara maligna del orco: estaba marcada

como por garras afiladas y embadurnada de sangre; de los colmillos salientes le goteaba la baba; la boca

gruñía como un animal.

Por lo que Sam pudo ver, Shagrat persiguió a Snaga alrededor del techo hasta que el orco más

pequeño se agachó y logró esquivarlo; dando un alarido, corrió hacia la torre y desapareció. Shagrat se

detuvo. Desde la puerta que miraba al este, Sam lo veía ahora junto al parapeto, jadeando, abriendo y

cerrando débilmente la garra izquierda. Dejó el bulto en el suelo, y con la garra derecha extrajo un gran

cuchillo rojo y escupió sobre él. Fue hasta el parapeto, e inclinándose se asomó al lejano patio exterior.

Gritó dos veces pero no le respondieron.

De pronto, mientras Shagrat seguía inclinado sobre la almena, de espaldas al techo, Sam vio con

asombro que uno de los supuestos cadáveres empezaba a moverse: se arrastraba. Estiró una garra y tomó

el bulto. Se levantó, tambaleándose. La otra mano empuñaba una lanza de punta ancha y mango corto y

quebrado. La alzó preparándose para asestar una estocada mortal. De pronto, un siseo se le escapó entre

los dientes, un jadeo de dolor o de odio. Rápido como una serpiente Shagrat se hizo a un lado, dio media

vuelta y hundió el cuchillo en la garganta del enemigo.

103

—¡Te pesqué, Gorbag! —vociferó—. No estabas muerto del todo ¿eh? Bueno, ahora completaré

mi obra. —Saltó sobre el cuerpo caído, pateándolo y pisoteándolo con furia, mientras se agachaba una y

otra vez para acuchillarlo. Satisfecho al fin, levantó la cabeza con un horrible y gutural alarido de triunfo.

Lamió el puñal, se lo puso entre los dientes, y recogiendo el bulto se encaminó cojeando hacia la puerta

más cercana de la escalera.

Sam no tuvo tiempo de reflexionar. Hubiera podido escabullirse por la otra puerta, pero

difícilmente sin ser visto; y no hubiera podido jugar mucho tiempo al escondite con aquel orco

abominable. Hizo sin duda lo mejor que podía hacer en aquellas circunstancias. Dio un grito, y salió de un

salto al encuentro de Shagrat. Aunque ya no lo apretaba contra el pecho, el Anillo estaba presente: un

poder oculto, una amenaza para los esclavos de Mordor; y en la mano tenía a Dardo, cuya luz hería los

ojos del orco como el centelleo de las estrellas crueles en los temibles países élficos, y que se aparecían a

los de su raza en unas pesadillas de terror helado. Y Shagrat no podía pelear y retener al mismo tiempo el

tesoro. Se detuvo, gruñendo, mostrando los colmillos. Entonces una vez más, a la manera de los orcos,

saltó a un lado, y utilizando el pesado bulto como arma y escudo, en el momento en que Sam se

abalanzaba sobre él, se lo arrojó con fuerza a la cara. Sam trastabilló, y antes que pudiera recuperarse,

Shagrat corría ya escaleras abajo.

Sam se precipitó detrás maldiciendo, pero no llegó muy lejos. Pronto le volvió a la mente el

pensamiento de Frodo, y recordó que el otro orco había entrado en la torre. Se encontraba ante otra

terrible disyuntiva, y no era tiempo de ponerse a pensar. Si Shagrat lograba huir, pronto regresaría con

refuerzos. Pero si Sam lo perseguía, el otro orco podía cometer entre tanto alguna atrocidad. Y de todos

modos, quizá Sam no alcanzara a Shagrat, o quizás él lo matara. Se volvió con presteza y corrió escaleras

arriba.

«Me imagino que he vuelto a equivocarme», suspiró. «Pero ante todo tengo que subir a la

cúspide pase lo que pase.»

Allá abajo Shagrat descendió saltando las escaleras, cruzó el patio y traspuso la puerta, siempre

llevando la preciosa carga. Si Sam hubiera podido verlo e imaginarse las tribulaciones que desencadenaría

esta fuga, quizás habría vacilado. Pero ahora estaba resuelto a proseguir la busca hasta el fin. Se acercó

con cautela a la puerta de la torre y entró. Dentro, todo era oscuridad. Pero pronto la mirada alerta del

hobbit distinguió una luz tenue a la derecha. Venía de una abertura que daba a otra escalera estrecha y

oscura: y parecía subir en espiral alrededor de la pared exterior de la torre. Arriba, en algún lugar, brillaba

una antorcha.

Sam empezó a trepar en silencio. Llegó hasta la antorcha que vacilaba en lo alto de una puerta a

la izquierda, frente a una tronera que miraba al oeste: uno de los ojos rojos que Frodo y él vieran desde

abajo a la entrada del túnel. Pasó la puerta rápidamente y subió de prisa hasta la segunda rampa, temiendo

a cada momento que lo atacaran o unos dedos lo estrangularan apretándole el cuello desde atrás. Se

acercó a una ventana que miraba al este; otra puerta iluminada por una antorcha se abría a un corredor en

el centro de la torre. La puerta estaba entornada y el corredor a oscuras, excepto por la lumbre de la

antorcha y el resplandor rojo que se filtraba a través de la tronera. Pero aquí la escalera se interrumpía.

Sam se deslizó por el corredor. A cada lado había una puerta baja; las dos estaban cerradas y trancadas.

No se oía ningún ruido.

«Un callejón sin salida», masculló Sam, «¡después de tanto subir! No es posible que esta sea la

cúspide de la torre. ¿Pero qué puedo hacer ahora?»

Volvió a todo correr a la rampa inferior y probó la puerta. No se movió. Subió otra vez

corriendo; el sudor empezaba a gotearle por la cara. Sentía que cada minuto era precioso, pero uno a uno

se le escapaban; y nada podía hacer. Ya no le preocupaba Shagrat ni Snaga ni ningún orco alguna vez

nacido. Sólo quería encontrar a Frodo, volver a verle la cara, tocarle la mano.

Por fin, cansado y sintiéndose vencido, se sentó en un escalón, bajo el nivel del suelo del

corredor, y hundió la cabeza entre las manos. El silencio era inquietante. La antorcha ya casi consumida

chisporroteó y se extinguió; y las tinieblas lo envolvieron como una marea. De pronto, sorprendido él

mismo, impulsado no sabía por qué pensamiento oculto, al término de aquella larga e infructuosa travesía,

Sam se puso a cantar en voz baja.

En aquella torre fría y oscura la voz de Sam sonaba débil y temblorosa: la voz de un hobbit

desesperanzado y exhausto que un orco nunca podría confundir con el canto claro de un Señor de los

Elfos. Canturreó viejas tonadas infantiles de la Comarca, y fragmentos de los poemas del señor Bilbo que

le venían a la memoria como visiones fugitivas del hogar. Y de pronto, como animado por una nueva

fuerza, la voz de Sam vibró, improvisando palabras que se ajustaban a aquella tonada sencilla.

104

En las tierras del Oeste bajo el Sol

las flores crecen en Primavera,

los árboles brotan, las aguas fluyen,

los pinzones cantan.

O quizás es una noche sin nubes

y de las hayas que se mecen,

entre el ramaje del cabello,

las Estrellas Elficas

cuelgan como joyas blancas.

Aquí yazgo, al término de mi viaje,

hundido en una oscuridad profunda:

más allá de todas las torres altas y poderosas,

más allá de todas las montañas escarpadas,

por encima de todas las sombras cabalga el Sol

y eternamente moran las Estrellas.

No diré que el Día ha terminado,

ni he de decir adiós a las Estrellas.

—Más allá de todas las torres altas y poderosas —recomenzó, y se interrumpió de golpe. Creyó

oír una voz lejana que le respondía. Pero ahora no oía nada. Sí, algo oía, pero no una voz: pasos que se

acercaban. Arriba en el corredor se abrió una puerta: rechinaban los goznes. Sam se acurrucó,

escuchando. La puerta se cerró con un golpe sordo; y la voz gruñona de un orco resonó en el corredor.

—¡Eh! ¡Tú ahí arriba, rata de albañal! Acaba con tus chillidos, o iré a arreglar cuentas contigo.

¿Me has oído? No hubo respuesta.

—Está bien —refunfuñó Snaga—. De todos modos iré a echarte un vistazo, a ver en qué andas.

Los goznes volvieron a rechinar, y Sam, espiando desde el umbral del pasadizo, vio el parpadeo

de una luz en un portal abierto, y la silueta imprecisa de un orco que se aproximaba. Parecía cargar una

escalera de mano. Y de pronto comprendió: el acceso a la cámara más alta era una puerta trampa en el

techo del corredor. Snaga lanzó la escalerilla hacia arriba, la afirmó, y trepó por ella hasta desaparecer.

Sam lo oyó quitar un cerrojo. Luego la voz aborrecible habló de nuevo.

—¡Te quedas quieto, o las pagarás! Sospecho que ya no vivirás mucho; pero si no quieres que el

baile empiece ahora mismo, cierra el pico, ¿me has oído? ¡Aquí va una muestra!

Y se oyó el restallido de un látigo.

Una furia repentina se encendió entonces en el corazón de Sam. Se levantó de un salto, corrió y

trepó como un gato por la escalerilla. Asomó la cabeza en el suelo de una amplia cámara redonda. Una

lámpara roja colgaba del techo; la tronera que miraba al este era alta y estaba oscura. En el suelo junto a

la pared y bajo la ventana yacía una forma, y sobre ella, a horcajadas, se veía la figura negra de un orco.

Levantó el látigo por segunda vez, pero el golpe nunca cayó.

Sam, Dardo en mano, lanzó un grito y entró en la habitación. El orco giró en redondo, pero antes

que pudiera hacer un solo movimiento, Sam le cortó la mano que empuñaba el látigo. Aullando de dolor y

de miedo, en un intento desesperado, el orco se arrojó de cabeza contra Sam. La estocada siguiente no dio

en el blanco; Sam perdió el equilibrio y al caer hacia atrás se aferró al orco que se derrumbaba sobre él.

Antes que pudiera incorporarse oyó un alarido y un golpe sordo. Mientras huía, el orco había chocado con

el cabezal de la escalerilla, precipitándose por la abertura de la puerta trampa. Sam no se ocupó más de él.

Corrió hacia la figura encogida en el suelo. Era Frodo.

Estaba desnudo, y yacía como desvanecido sobre un montón de trapos mugrientos; tenía el brazo

levantado, protegiéndose la cabeza, y la huella cárdena de un latigazo le marcaba el flanco.

— ¡Frodo! ¡Querido señor Frodo! —gritó Sam, casi cegado por las lágrimas—. ¡Soy Sam, he

llegado! Levantó a medias a su amo y lo estrechó contra el pecho. Frodo abrió los ojos.

—¿Todavía estoy soñando? —musitó—. Pero los otros sueños eran pavorosos.

—No, mi amo, no está soñando dijo Sam. Es real. Soy yo. He llegado.

105

—Casi no puedo creerlo —dijo Frodo, aferrándose a él—. ¡Había un orco con un látigo, y de

pronto se transforma en Sam! Entonces, después de todo, no estaba soñando cuando oí cantar ahí abajo, y

traté de responder. ¿Eras tú?

—Sí, señor Frodo, era yo. Casi había perdido las esperanzas. No podía encontrarlo a usted.

—Bueno, ahora me has encontrado, querido Sam —dijo Frodo, y se reclinó en los brazos

afectuosos de Sam, y cerró los ojos como un niño que descansa tranquilo cuando una mano o una voz

amada han ahuyentado los miedos de la noche.

Sam hubiera deseado permanecer así, eternamente feliz, hasta el fin del mundo: pero no le estaba

permitido. No bastaba que hubiera encontrado a Frodo, todavía tenía que tratar de salvarlo. Le besó la

frente.

— ¡Vamos! ¡Despierte, señor Frodo! dijo, procurando parecer tan animado como cuando en

Bolsón Cerrado abría las cortinas de la alcoba en las mañanas de estío.

Frodo suspiró y se incorporó.

— ¿Dónde estamos? ¿Cómo llegué aquí? —preguntó.

—No hay tiempo para historias hasta que lleguemos a alguna otra parte, señor Frodo —dijo

Sam—. Pero estamos en la cúspide de la torre que usted y yo vimos allá abajo, cerca del túnel, antes que

los orcos lo capturasen. Cuánto tiempo hace de esto, no lo sé. Más de un día, sospecho.

— ¿Nada más? —dijo Frodo—. Parece que fueran semanas. Sihay una oportunidad, tendrás que

contármelo todo. Algo me golpeó ¿no es así? Y me hundí en las tinieblas y en sueños horripilantes, y al

despertar descubrí que la realidad era peor aún. Estaba rodeado de orcos. Creo que me habían estado

echando por la garganta algún brebaje inmundo y ardiente. La cabeza se me iba despejando, pero me

sentía dolorido y agotado. Me desnudaron por completo, y luego vinieron dos bestias gigantescas y me

interrogaron, me interrogaron hasta que creí volverme loco; y me acosaban, y se regodeaban viéndome

sufrir, y mientras tanto acariciaban los cuchillos. Nunca podré olvidar aquellas garras, aquellos ojos.

—No los olvidará, si sigue hablando de ellos, señor Frodo —dijo Sam—. Si no queremos verlos

otra vez, cuanto antes salgamos de aquí, mejor que mejor. ¿Puede caminar?

—Sí, puedo —dijo Frodo, mientras se ponía de pie con lentitud—. No estoy herido, Sam. Sólo

que me siento muy fatigado, y me duele aquí. —Se tocó la nuca por encima del hombro izquierdo. Y

cuando se irguió, Sam tuvo la impresión de que estaba envuelto en llamas: a la luz de la lámpara que

pendía del techo la piel desnuda de Frodo tenía un tinte escarlata. Dos veces recorrió Frodo la habitación

de extremo a extremo.

—¡Me siento mejor! dijo, un tanto reanimado—. No me atrevía ni a moverme cuando me

dejaban solo, pues en seguida venía uno de los guardias. Hasta que comenzó la pelea y el griterío. Los dos

brutos grandes: se peleaban, creo. Por mí o por mis cosas. Y yo yacía allí, aterrorizado. Y luego siguió un

silencio de muerte, lo que era aún peor.

—Sí, se pelearon, evidentemente —dijo Sam—. Creo que había aquí más de se mataron todos

entre ellos. Fue una suerte, pero es un tema demasiado largo para inventar una canción, hasta que

hayamos salido de aquí. ¿ Qué haremos ahora? Usted no puede pasearse en cueros por la Tierra

Tenebrosa, señor Frodo.

—Se han llevado todo, Sam —dijo Frodo. Todo lo que tenía. ¿Entiendes? ¡Todo! —Se acurrucó

otra vez en el suelo con la cabeza gacha, abrumado por la desesperación, al comprender, a medida que

hablaba, la magnitud del desastre.— La misión ha fracasado, Sam. Aunque logremos salir de aquí, no

podremos escapar. Sólo quizá los elfos. Lejos, lejos de la Tierra Media, allá del otro lado del Mar. Si es

bastante ancho para escapar a la mano de la Sombra.

—No, no todo, señor Frodo. Y no ha fracasado, aún no. Yo lo tomé, señor Frodo, con el perdón

de usted. Y lo he guardado bien. Ahora lo tengo colgado del cuello, y por cierto que es una carga terrible.

—Sam buscó a tientas el Anillo en la cadena.— Pero supongo que tendré que devolvérselo. Ahora que

había llegado el momento, Sam se resistía a dejar el Anillo y cargar nuevamente a su amo con aquel

fardo.

— ¿Lo tienes? jadeó Frodo. ¿Lo tienes aquí? ¡Sam, eres una maravilla! —De improviso, la voz

de Frodo cambió extrañamente.— ¡Dámelo! —gritó, poniéndose de pie, y extendiendo una mano

trémula—. ¡Dámelo ahora mismo! ¡No es para ti!

106

—Está bien, señor Frodo —dijo Sam, un tanto sorprendido—. ¡Aquí lo tiene! Sacó lentamente el

Anillo y se pasó la cadena por encima de la cabeza.— Pero usted está ahora en el país de Mordor, señor; y

cuando salga, verá la Montaña de Fuego, y todo lo demás. Ahora el Anillo le parecerá muy peligroso, y

una carga muy pesada de soportar. Si es una faena demasiado ardua, yo quizá podría compartirla con

usted.

—¡No, no! gritó Frodo, arrancando el Anillo y la cadena de las manos de Sam. ¡No, no lo harás,

ladrón! Jadeaba, mirando a Sam con los ojos grandes de miedo y hostilidad. Entonces, de pronto,

cerrando el puño con fuerza alrededor del Anillo, se interrumpió, espantado. Se pasó una mano por la

frente dolorida, como disipando una niebla que le empañaba los ojos. La visión abominable le había

parecido tan real, atontado como estaba aún a causa de la herida y el miedo. Había visto cómo Sam se

transformaba otra vez en un orco, una pequeña criatura infecta de boca babeante, que pretendía

arrebatarle un codiciado tesoro. Pero la visión ya había desaparecido. Ahí estaba Sam de rodillas, la cara

contraída de pena, como si le hubieran clavado un puñal en el corazón, los ojos arrasados en lágrimas.

—¡Oh, Sam! —gritó Frodo—. ¿Qué he dicho? ¿Qué he hecho? ¡Perdóname! Hiciste tantas cosas

por mí. Es el horrible poder del Anillo. Ojalá nunca, nunca lo hubiese encontrado. Pero no te preocupes

por mí, Sam. Tengo que llevar esta carga hasta el final. Nada puede cambiar. Tú no puedes interponerte

entre mí y este malhadado destino.

—Está bien, señor Frodo —dijo Sam, mientras se restregaba los ojos con la manga—. Lo

entiendo. Pero todavía puedo ayudarlo ¿no? Tengo que sacarlo de aquí. En seguida, ¿comprende? Pero

primero necesita algunas ropas y avíos, y luego algo de comer. Las ropas serán lo más fácil. Como

estamos en Mordor, lo mejor será vestirnos a la usanza de Mordor; de todos modos no hay otra opción.

Me temo que tendrán que ser ropas oreas para usted, señor Frodo. Y para mí también. Si tenemos que ir

juntos, convendrá que estemos vestidos de la misma manera. ¡Ahora envuélvase en esto!

Sam se desabrochó la capa gris y la echó sobre los hombros de Frodo. Luego, desatándose la

mochila, la depositó en el suelo. Sacó a Dardo de la vaina. La hoja de la espada apenas centelleaba.

—Me olvidaba de esto, señor Frodo —dijo—. ¡No, no se llevaron todo! No sé si usted recuerda

que me prestó a Dardo, y el frasco de la Dama. Todavía los tengo conmigo. Pero préstemelos un rato más,

señor Frodo. Iré a ver qué puedo encontrar. Usted quédese aquí. Camine un poco y estire las piernas. Yo

no tardaré. No tendré que alejarme mucho.

— ¡Cuidado, Sam! —gritó Frodo—. ¡Y date prisa! Puede haber orcos vivos todavía, esperando

en acecho.

—Tengo que correr el riesgo —dijo Sam. Fue hacia la puerta trampa y se deslizó por la

escalerilla. Un momento después volvió a asomar la cabeza. Arrojó al suelo un cuchillo largo.

—Ahí tiene algo que puede serle útil dijo. Está muerto: el que le dio el latigazo. La prisa le

quebró el pescuezo, parece. Ahora, si puede, señor Frodo, levante la escalerilla; y no la vuelva a bajar

hasta que me oiga gritar la contra seña. Elbereth, gritaré. Es lo que dicen los elfos. Ningún orco lo diría.

Frodo permaneció sentado un rato, temblando, asaltado por una sucesión de imágenes

aterradoras. Luego se levantó, se ciñó la capa élfica, y para mantener la mente ocupada, comenzó a

pasearse de un lado a otro, escudriñando y espiando cada recoveco de la prisión.

No había pasado mucho tiempo, aunque a Frodo le pareció por lo menos una hora, cuando oyó la

voz de Sam que llamaba quedamente desde abajo: Elbereth, Elbereth. Frodo soltó la escalerilla. Sam

subió, resoplando; llevaba un bulto grande sobre la cabeza. Lo dejó caer en el suelo con un golpe sordo.

— ¡De prisa ahora, señor Frodo! —dijo—. Tuve que buscar un buen rato hasta encontrar algo

pequeño como para nosotros. Tendremos que arreglarnos, pero de prisa. No he tropezado con nadie, ni he

visto nada, pero no estoy tranquilo. Creo que este lugar está siendo vigilado. No lo puedo explicar, pero

tengo la impresión de que uno de esos horribles jinetes anda por aquí, volando en la oscuridad donde no

se le puede ver.

Abrió el atado. Frodo miró con repugnancia el contenido, pero no había otro remedio: tenía que

ponerse esas prendas, o salir desnudo. Había un par de pantalones de montar largos y peludos

confeccionados con el pellejo de alguna bestia inmunda, y una túnica sucia de cuero. Se los puso. Sobre la

túnica iba una cota de malla redonda, corta para un orco adulto, pero demasiado larga para Frodo, y

pesada por añadidura. Se la ajustó con un cinturón, del que pendía una vaina corta con una espada de hoja

ancha y afilada. Sam había traído varios yelmos de orcos. Uno de ellos le quedaba bastante bien a Frodo:

107

un capacete negro con guarnición de hierro, y argollas de hierro revestidas de cuero; sobre el cubrenariz

en forma de pico brillaba pintado en rojo el Ojo Maléfico.

—Las prendas de Morgul, las de los hombres de Gorbag, nos habrían sentado mejor y eran de

más calidad —dijo Sam—; pero hubiera sido peligroso andar por Mordor con las insignias de esa gente,

después de los problemas que hubo aquí. Bien, ahí tiene, señor Frodo. Un perfecto orco pequeño, si me

permite el atrevimiento, o lo parecería de verdad si pudiésemos cubrirle la cara con una máscara, estirarle

los brazos y hacerlo patizambo. Con esto disimulará algunas fallas del disfraz. —Le puso sobre los

hombros un amplio capote negro.— ¡Ya está pronto! A la salida podrá escoger un escudo.

—¿Y tú, Sam? ¿No dijiste que iríamos vestidos los dos iguales?

—Bueno, señor Frodo, he estado reflexionando —dijo Sam—. No es conveniente que deje mis

cosas aquí, pero tampoco podemos destruirlas. Y no me puedo poner una malla de orco encima de todas

mis ropas ¿no? Tendré que encapucharme de la cabeza a los pies.

Se arrodilló, y doblando con cuidado la capa élfica, la convirtió en un rollo asombrosamente

pequeño. Lo guardó en la mochila que estaba en el suelo, e irguiéndose se la cargó a la espalda; se puso

en la cabeza un casco orco y se echó otro capote negro sobre los hombros.

— ¡Listo! —dijo—. Ahora estamos iguales, casi. ¡Y es hora de partir!

—No podré hacer todo el trayecto en una sola etapa, Sam —dijo Frodo con una sonrisa

forzada—. Me imagino que habrás averiguado si hay posadas en el camino. ¿O has olvidado que

necesitaremos comer y beber?

— ¡Córcholis, sí, lo olvidé! —dijo Sam. Silbó, desanimado—. ¡Ay,señor Frodo, me ha dado

usted un hambre y una sed! No recuerdo cuándo fue la última vez que una gota o un bocado me pasó por

los labios. Tratando de encontrarlo a usted, no lo he pensado más. ¡Pero espere! La última vez que miré

todavía me quedaba bastante de ese pan del camino, y lo que nos dio el capitán Faramir, como para

mantenernos en pie un par de semanas. Pero si en mi botella queda algo, no ha de ser más que una gota.

De ninguna manera va a alcanzar para dos. ¿Acaso los orcos no comen, no beben? ¿O sólo viven de aire

rancio y de veneno?

—No, comen y beben, Sam. La Sombra que los engendró sólo puede remedar, no crear: no seres

verdaderos, con vida propia. No creo que haya dado vida a los orcos, pero los malogró y los pervirtió; y si

están vivos, tienen que vivir como los otros seres vivos. Se alimentarán de aguas estancadas y carnes

putrefactas, si no consiguen otra cosa, pero no de veneno. A mí me han dado de comer, y estoy en

mejores condiciones que tú. Por aquí, en alguna parte, tiene que haber agua y víveres.

—Pero no hay tiempo para buscarlos —dijo Sam.

—Bueno, las cosas no pintan tan mal como piensas —dijo Frodo—. En tu ausencia tuve un

golpe de suerte. En realidad, no se llevaron todo. Encontré mi saco de provisiones entre algunos trapos

tirados en el suelo. Lo revisaron, naturalmente. Pero supongo que el aspecto y el olor de las lembas les

repugnó tanto o más que a Gollum. Las encontré desparramadas por el suelo y algunas estaban rotas y

pisoteadas, pero pude recogerlas. No es mucho más de lo que tú tienes. En cambio se llevaron las

provisiones de Faramir, y acuchillaron la cantimplora.

—Bueno, no hay nada más que hablar —dijo Sam—. Tenemos lo suficiente para ahora. Pero lo

del agua va a ser un problema. No importa, señor Frodo, ¡coraje! En marcha, o de nada nos servirá todo

un lago.

—No, no me moveré de aquí hasta que hayas comido, Sam —dijo Frodo—. Aquí tienes, come

esta galleta élfica, y bébete la última gota de tu botella. Esta aventura es un desatino y no vale la pena

preocuparse por el mañana. Lo más probable es que no llegue.

Al fin se pusieron en marcha. Bajaron por la escalera de mano, y Sam la descolgó y la dejó en el

pasadizo junto al cuerpo encogido del orco. La escalera estaba en tinieblas, pero en el tejado se veía aún

el resplandor de la Montaña, ahora de un rojo mortecino. Recogieron dos escudos para completar el

disfraz, y siguieron caminando.

Bajaron pesadamente la larga escalera. La cámara de la torre donde se habían reencontrado

parecía casi acogedora ahora que estaban otra vez al aire libre, y el terror corría a lo largo de los muros.

Aunque todo hubiera muerto en Cirith Ungol, la Torre se alzaba aún envuelta en miedo y maldad.

Llegaron por fin a la puerta del patio exterior y se detuvieron. Ya allí podían sentir sobre ellos la malicia

de los Centinelas. Formas negras y silenciosas apostadas a cada lado de la puerta, por la que alcanzaban a

108

verse los fulgores de Mordor. Los pies les pesaban cada vez más a medida que avanzaban entre los

cadáveres repugnantes de los orcos. Y aún no habían llegado a la arcada cuando algo los paralizó. Intentar

dar un paso más era doloroso y agotador para la voluntad y para los miembros.

Frodo no se sentía con fuerzas para semejante batalla. Se dejó caer en el suelo.

—No puedo seguir, Sam —murmuró—. Me voy a desmayar. No sé qué me pasa.

—Yo lo sé, señor Frodo. ¡Manténgase en pie! Es la puerta. Está embrujada. Pero si pude entrar,

también podré salir. No es posible que ahora sea más peligrosa que antes. ¡Adelante!

Volvió a sacar el frasco élfico de Galadriel. Como para rendir homenaje al temple del hobbit, y

agraciar con esplendor la mano fiel y morena que había llevado a cabo tantas proezas, el frasco brilló

súbitamente iluminando el patio en sombras con una luz deslumbradora, como un relámpago; pero era

una luz firme, y que no se extinguía.

—Gilthoniel, A Elbereth! —gritó Sam. Sin saber por qué, su pensamiento se había vuelto de

pronto a los elfos de la Comarca, y al canto que había ahuyentado al Jinete Negro oculto entre los árboles.

—Aiya elenion ancalima! —gritó Frodo, detrás de Sam.

La voluntad de los Centinelas se quebró de repente como una cuerda demasiado tensa, y Frodo y

Sam trastabillaron. Pero en seguida echaron a correr. Traspusieron la puerta y dejaron atrás las grandes

figuras sentadas de ojos fulgurantes. Se oyó un estallido. La dovela de la arcada se derrumbó casi sobre

los talones de los fugitivos, y el muro superior se desmoronó, cayendo en ruinas. Habían escapado.

Repicó una campana; y un gemido agudo y horripilante se elevó de los Centinelas. Desde muy arriba,

desde la oscuridad, llegó una respuesta. Del cielo tenebroso descendió como un rayo una figura alada,

desgarrando las nubes con un grito siniestro.

2

EL PAÍS DE LA SOMBRA

Sam apenas alcanzó a esconder el frasco en el pecho.

—¡Corra, señor Frodo! —gritó—. ¡No, por ahí no! Del otro lado del muro hay un precipicio.

¡Sígame!

Huyeron camino abajo y se alejaron de la puerta. Unos cincuenta pasos más adelante, la senda

contorneó uno de los bastiones del risco, y los ocultó a los ojos de la Torre. Por el momento estaban a

salvo. Se agazaparon contra las rocas y respiraron llevándose las manos al pecho. Posado ahora en lo alto

del muro junto a la puerta en ruinas, el Nazgül lanzaba sus gritos funestos. Los ecos retumbaban entre los

riscos.

Avanzaron tropezando, aterrorizados. Pronto el camino dobló bruscamente hacia el este, y por

un momento los expuso a la mirada pavorosa de la Torre. Echaron a correr, y al volver la cabeza vieron la

gran forma negra encaramada en la muralla, y se internaron en una garganta que descendía en rápida

pendiente al camino de Morgul. Así llegaron a la encrucijada. No había aún señales de los orcos, ni había

habido respuesta al grito del Nazgül; pero sabían que aquel silencio no podía durar mucho, que de un

momento a otro comenzaría la persecución.

—Todo esto es inútil —dijo Frodo—. Si fuésemos orcos de verdad, estaríamos corriendo hacia

la Torre en vez de huir. El primer enemigo con que nos topemos nos reconocerá. De alguna manera

tenemos que salir de este camino.

—Pero es imposible —dijo Sam—. No sin alas.

Las laderas orientales de Ephel Dúath caían a pique en una sucesión de riscos y precipicios hacia

la cañada negra que se abría entre ellos y la cadena interior. No lejos del cruce, luego de trepar otra cuesta

empinada, el camino se prolongaba en un puente volante de piedra, cruzaba el abismo, y se internaba por

fin en faldas desmoronadas y en los valles del Morgai. En una carrera desesperada, Frodo y Sam llegaron

al puente, pero ya antes de cruzar comenzaron a oír los gritos y la algarabía. A lo lejos, a espaldas de

ellos, asomaba en la cresta la Torre de Cirith Ungol, y las piedras centelleaban ahora con un fulgor

mortecino. De improviso la campana discordante tañó otra vez. Sonaron los cuernos. Y del otro lado de la

109

cabecera del puente llegáronlos clamores de respuesta. Allá abajo, en la hondonada sombría, oculta a los

fulgores moribundos del Orodruin, no veían nada, pero oían ya las pisadas de unas botas de hierro, y allá

arriba en el camino resonaba el repiqueteo de unos cascos.

— ¡Pronto, Sam! ¡Saltemos! —gritó Frodo. Se arrastraron hasta el parapeto debajo del puente.

Por fortuna, ya no había peligro de que se despeñaran, pues las laderas del Morgai se elevaban casi hasta

el nivel del camino; pero había demasiada oscuridad para que pudieran estimar la profundidad del

precipicio.

—Bueno, allá voy, señor Frodo —dijo Sam—. ¡Hasta la vista!

Se dejó caer. Frodo lo siguió. Y mientras caían oyeron el galope de los jinetes que pasaban por el

puente, y el golpeteo de los pies de los orcos. Sin embargo, de haberse atrevido, Sam se habría reído a

carcajadas. Temiendo una caída casi violenta entre rocas invisibles, los hobbits, luego de un descenso de

apenas una docena de pies, aterrizaron con un golpe sordo y un crujido en el lugar más inesperado: una

maraña de arbustos espinosos. Allí Sam se quedó quieto, chupándose en silencio una mano rasguñada.

Cuando el ruido de los cascos se alejó, se aventuró a susurrar:

— ¡ Por mi alma, señor Frodo, creía que en Mordor no crecía nada! De haberlo sabido, esto sería

precisamente lo que me habría imaginado. A juzgar por los pinchazos, estas espinas han de tener un pie

de largo; han atravesado todo lo que llevo encima. ¡ Por qué no me habré puesto esa cota de malla!

—Las cotas de malla de los orcos no te protegerían de estas espinas —dijo Frodo—. Ni siquiera

un justillo de cuero te serviría.

No les fue fácil salir del matorral. Los espinos y las zarzas eran duros como alambres y se les

prendían como garras. Cuando al fin consiguieron librarse, tenían las capas desgarradas y en jirones.

—Ahora bajemos, Sam —murmuró Frodo—. Rápido al valle, luego doblaremos al norte tan

pronto como sea posible.

Afuera, en el resto del mundo, nacía un nuevo día, y mu y lejos, más allá de las tinieblas de

Mordor, el sol despuntaba en el horizonte, al este de la Tierra Media; pero aquí todo estaba oscuro, como

si aún fuera de noche. En la montaña las llamas se habían extinguido y los rescoldos humeaban bajo las

cenizas. El resplandor desapareció poco a poco de los riscos. El viento del este, que no había dejado de

soplar desde que partieran de Ithilien, ahora parecía muerto. Lenta y penosamente bajaron gateando en las

sombras, a tientas, tropezando, arrastrándose entre peñascos y matorrales y ramas secas, bajando y

bajando hasta que ya no pudieron continuar.

Se detuvieron al fin, y se sentaron uno al lado del otro, recostándose contra una roca, sudando

los dos.

—Si Shagrat en persona viniera a ofrecerme un vaso de agua, le estrecharía la mano —dijo Sam.

—¡No digas eso! —replicó Frodo—. ¡Sólo consigues empeorar las cosas! —Luego se tendió en

el suelo, mareado y exhausto, y no volvió a hablar durante un largo rato. Por fin, se incorporó otra vez,

trabajosamente. Descubrió con asombro que Sam se había quedado dormido.— ¡Despierta, Sam! —

dijo—. ¡Vamos! Es hora de hacer otro esfuerzo.

Sam se levantó a duras penas.

—¡Bueno, nunca lo hubiera imaginado! —dijo—. Supongo que el sueño me venció. Hace

mucho tiempo, señor Frodo, que no duermo como es debido, y los ojos se me cerraron solos.

Ahora Frodo encabezaba la marcha, yendo todo lo posible hacia el norte, entre las piedras y los

peñascos amontonados en el fondo de la gran hondonada. Pero a poco de andar se detuvieron de nuevo.

—No hay nada que hacerle, Sam —dijo—. No puedo soportarla. Esta cota de malla, quiero

decir. No hoy, al menos. Aun la cota de mithril me pesaba a veces. Esta pesa muchísimo más. ¿Y de qué

me sirve? De todos modos no será peleando como nos abriremos paso.

—Sin embargo, quizá nos esperen algunos encuentros. Y puede haber cuchillos y flechas

perdidas. Para empezar, ese tal Gollum no está muerto. No me gusta pensar que sólo un trozo de cuero lo

protege de una puñalada en la oscuridad.

—Escúchame, Sam, hijo querido —dijo Frodo—: estoy cansado, exhausto. No me queda

ninguna esperanza. Pero mientras pueda caminar, tengo que tratar de llegar a la montaña. El Anillo ya es

bastante. Esta carga excesiva me está matando. Tengo que deshacerme de ella. Pero no creas que soy

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desagradecido. Me repugna pensar en ese trabajo que tuviste que hacer entre los cadáveres para

encontrarla.

—Ni lo mencione, señor Frodo. ¡Por lo que más quiera! ¡Lo llevaría sobre mis espaldas, si

pudiese! ¡Quítesela, entonces!

Frodo se sacó la capa, se despojó de la cota de malla orea y la tiró lejos. Se estremeció

ligeramente.

—Lo que en realidad necesito es algún abrigo —dijo—. O ha refrescado, o he tomado frío.

—Puede ponerse mi capa, señor Frodo —dijo Sam. Se descolgó la mochila de la espalda y sacó

la capa élfica—. ¿Qué le parece, señor Frodo? Se envuelve en ese trapo orco, y se ajusta el cinturón por

fuera. Y encima de todo se pone la capa. No es exactamente a la usanza orea, pero estará más abrigado; y

hasta diría que lo protegerá mejor que cualquier otra vestimenta. Fue hecha por la Dama.

Frodo tomó la capa y cerró el broche.

— ¡Así me siento mejor! —dijo—. Y mucho más liviano. Ahora puedo continuar. Pero esta

oscuridad ciega invade de algún modo el corazón. Cuando estaba preso, Sam, trataba de pensar en el

Brandivino, en el Bosque Cerrado, y en El Agua corriendo por el molino en Hobbiton. Pero ahora no

puedo recordarlos.

— ¡Vamos, señor Frodo, ahora es usted el que habla de agua! —dijo Sam—. Si la Dama pudiera

vernos u oírnos, yo le diría: «Señora, todo cuanto necesitamos es luz y agua: sólo un poco de agua pura y

la clara luz del día, mejor que cualquier joya, con el perdón de usted.» Pero estamos muy lejos de Lorien.

—Suspiró y movió una mano señalando las cumbres de Ephel Dúath, ahora apenas visibles como una

oscuridad más profunda contra el cielo en tinieblas.

Reanudaron la marcha. No habían avanzado mucho cuando Frodo se detuvo.

—Hay un Jinete Negro volando sobre nosotros —dijo—. Siento su presencia. Será mejor que

nos quedemos quietos por un tiemp o.

Se acurrucaron debajo de un gran peñasco, de cara al oeste, y durante un rato permanecieron

callados. Al fin Frodo dejó escapar un suspiro de alivio.

—Ya pasó —dijo.

Se levantaron, y lo que vieron los dejó mudos de asombro. A la izquierda y hacia el sur, contra

un cielo que ya casi era gris, comenzaban a asomar oscuros y negros los picos y las crestas de la gran

cordillera. Por detrás de ella crecía la luz. Trepaba lentamente hacia el norte. En las alturas lejanas, en los

ámbitos del cielo, se estaba librando una batalla. Las turbulentas nubes de Mordor se alejaban, como

rechazadas, con los bordes hechos jirones, mientras un viento que soplaba desde el mundo de los vivos

barría las emanaciones y las humaredas hacia la tierra tenebrosa de donde habían venido. Bajo las orlas

del palio lúgubre, una luz tenue se filtraba en Mordor como un amanecer pálido a través de las ventanas

sucias de una prisión.

—¡Mire, señor Frodo! —dijo Sam. ¡Mire! El viento ha cambiado. Algo ocurre. No se va a salir

del todo con la suya. Allá en el mundo la oscuridad se desvanece. ¡Me gustaría saber qué está pasando!

Era la mañana del decimoquinto día de marzo, y en el Valle del Anduin el sol asomaba por

encima de las sombras del este, y soplaba un viento del sudoeste. En los Campos del Pelennor, Théoden

yacía moribundo.

Mientras Frodo y Sam observaban inmóviles el horizonte, la cinta de luz se extendió a lo largo

de las crestas de los Ephel Dúath; y de pronto una forma rápida apareció en el oeste, al principio apenas

una mancha negra en la franja luminosa de las cumbres, pero en seguida creció, y atravesando como una

flecha el manto de oscuridad, pasó muy alto por encima de ellos. Al alejarse lanzó un chillido agudo y

penetrante: la voz de un Nazgül; pero este grito ya no los asustaba: era un grito de dolor y de espanto,

malas nuevas para la Torre Oscura. La suerte del Señor de los Espectros del Anillo estaba echada.

—¿Qué le dije? ¡Algo está ocurriendo! —gritó Sam—. «La guerra marcha bien», dijo Shagrat;

pero Gorbag no estaba tan seguro. Y también en eso tenía razón. Parece que las cosas mejoran, señor

Frodo. ¿No se siente más esperanzado ahora?

—Bueno, no, no mucho, Sam —suspiró Frodo—. Eso está ocurriendo muy lejos más allá de las

montañas. Nosotros vamos hacia el Este, no hacia el Oeste. Y estoy tan cansado. Y el Anillo pesa tanto,

Sam. Y empiezo a verlo en mi mente todo el tiempo, una gran rueda de fuego.

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El optimismo de Sam decayó rápidamente. Miró ansioso a su amo, y le tomó la mano.

—¡Vamos, señor Frodo! —dijo—. Conseguí una de las cosas que quería: un poco de luz. La

suficiente para ayudarnos, y sin embargo sospecho que también es peligrosa. Trate de avanzar un poco

más, y luego nos echaremos juntos a descansar. Pero ahora coma un bocado, un trocito del pan de los

elfos; le reconfortará.

Compartiendo una oblea de lembas, y masticándola lo mejor que pudieron con las bocas resecas,

Frodo y Sam continuaron adelante. La luz, aunque apenas un crepúsculo gris, bastaba para que vieran

alrededor: estaban ahora en lo más profundo del valle entre las montañas. Descendía en una suave

pendiente hacia el norte, y por el fondo corría el lecho seco y calcinado de un arroyo. Más allá del curso

pedregoso vieron un sendero trillado que serpeaba al pie de los riscos occidentales. Si lo hubieran sabido,

habrían podido llegar a él más rápidamente, pues era una senda que se desprendía de la ruta principal a

Morgul en la cabecera occidental del puente y descendía por una larga escalera tallada en la roca hasta el

fondo mismo del valle; y la utilizaban las patrullas o los mensajeros que viajaban a los puestos y

fortalezas menores del lejano Norte, entre Cirith Ungol y los desfiladeros de la Garganta de Hierro, las

mandíbulas férreas de Carach Angren.

Era un sendero peligroso para los hobbits, pero el tiempo apremiaba, y Frodo no se sentía capaz

de trepar y gatear entre los peñascos o en las hondonadas del Morgai. Y suponía además que el del norte

era el camino en que sus perseguidores menos esperarían encontrarlos. Sin duda comenzarían la búsqueda

por el camino al este de la llanura, o por el paso que volvía hacia el oeste. Sólo cuando estuvieran bien al

norte de la Torre se proponía cambiar de rumbo y buscar una salida hacia el este: hacia la última y

desesperada etapa de aquel viaje. Cruzaron pues el lecho de piedras, y tomaron el sendero orco, y

avanzaron por él durante un tiempo. Los riscos altos y salientes de la izquierda impedían que pudieran

verlos desde arriba; pero el sendero tenía muchas curvas, y en cada recodo aferraban la empuñadura de la

espada y avanzaban con cautela.

La luz no aumentaba, porque el Orodruin continuaba vomitando una espesa humareda que subía

cada vez más arriba, empujada por corrientes antagónicas, y al llegar a una región por encima de los

vientos, se desplegaba en una bóveda inconmensurable, cuya columna central emergía de las sombras

fuera de la vista de los hobbits. Habían caminado penosamente durante más de una hora, cuando un rumor

hizo que se detuvieran: increíble, pero a la vez inconfundible. El susurro del agua. A la izquierda de una

cañada tan pronunciada y estrecha que se hubiera dicho que el risco negro había sido hendido por un

hacha enorme, corría un hilo de agua: acaso los últimos vestigios de alguna lluvia dulce recogida en

mares soleados, pero con la triste suerte de ir a caer sobre los muros del País Tenebroso, y perderse luego

en el polvo. Aquí brotaba de la roca en una pequeña cascada, y fluía a lo largo del camino, y girando

hacia el sur huía entre las piedras muertas.

Sam saltó hacia la cascada.

—¡Si alguna vez vuelvo a ver a la Dama, se lo diré! —gritó—. ¡Luz, y ahora agua! —Se

detuvo.— ¡Déjeme beber primero, señor Frodo! —dijo.

—Está bien, pero hay sitio suficiente para dos.

—No es eso —dijo Sam—. Quiero decir: si es venenosa, o si hay en ella algo malo que se

manifieste en seguida; bueno, es preferible que sea yo y no usted, mi amo, si me entiende.

—Te entiendo. Pero me parece que tendremos que confiar juntos en nuestra suerte, Sam, mala o

buena. ¡De todos modos, ten cuidado, si está muy fría!

El agua estaba fresca pero no helada, y tenía un sabor desagradable, a la vez amargo y untuoso, o

por lo menos eso habrían opinado en la Comarca. Aquí, les pareció maravillosa, y la bebieron sin temor ni

prudencia. Bebieron hasta saciarse, y Sam llenó la cantimplora. Después de esto Frodo se sintió mejor, y

prosiguieron la marcha durante varias millas, hasta que un ensanchamiento del camino y la aparición de

un muro tosco que lo flanqueaba, les advirtió que se estaban acercando a otra fortaleza orea.

—Aquí es donde cambiamos de rumbo, Sam —dijo Frodo—. Y ahora tenemos que marchar

hacia el este. —Miró las crestas sombrías del otro lado del valle, y suspiró.— Apenas me quedan fuerzas

para buscar algún agujero allá arriba. Y luego necesito descansar un poco.

El lecho del río corría un poco más abajo del sendero. Descendieron hasta él gateando, y

comenzaron a atravesarlo. Sorprendidos, encontraron charcos oscuros alimentados por hilos de agua que

bajaban de algún manantial en lo alto del valle. Las cercanías de Mordor al pie de las montañas

occidentales eran una tierra moribunda, pero aún no estaba muerta. Y aquí crecía alguna vegetación,

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áspera, retorcida, amarga, que trataba de sobrevivir. En las cañadas del Morgai, del otro lado del valle, se

aferraban al suelo unos árboles bajos y achaparrados, matorrales de hierba grises luchaban con las

piedras, y liqúenes resecos se enroscaban en los matorrales, y grandes marañas de zarzas retorcidas

crecían por doquier. Algunas tenían largas espinas punzantes, otras púas ganchudas y afiladas como

cuchillos. Las hojas marchitas y arrugadas del último verano colgaban crujiendo y crepitando en el aire

triste, pero los brotes infestados de larvas todavía estaban abriéndose. Moscas, pardas, grises o negras,

marcadas como los orcos con una mancha roja que parecía un ojo, zumbaban y picaban; y sobre los

brezales danzaban y giraban nubes de mosquitos hambrientos.

—Los atavíos orcos no sirven —dijo Sam, agitando los brazos—. ¡Ojalá tuviera el pellejo de un

orco!

Por último Frodo no pudo continuar. Habían trepado a una barranca empinada y angosta, pero

aún les quedaba un largo trecho antes que pudieran ver la última cresta escarpada.

—Ahora necesito descansar, Sam, y dormir si puedo —dijo Frodo. Miró alrededor, pero en aquel

paraje lúgubre no parecía haber un sitio donde al menos un animal salvaje pudiera guarecerse. Al cabo,

exhaustos, se escondieron debajo de una cortina de zarzas que colgaba como una estera de una pared de

roca.

Allí se sentaron y comieron como mejor pudieron. Conservando las preciosas lembas para los

malos días del futuro, tomaron la mitad de lo que quedaba en la bolsa de Sam de las provisiones de

Faramir: algunas frutas secas y una pequeña lonja de carne ahumada, y bebieron unos sorbos de agua.

Habían vuelto a beber en los charcos del valle, pero otra vez tenían mucha sed. Había un dejo amargo en

el aire de Mordor que secaba la boca. Cada vez que Sam pensaba en el agua, hasta él mismo se sentía

desanimado. Más allá del Morgai les quedaba aún por atravesar la temible llanura de Gorgoroth.

—Ahora usted dormirá primero, señor Frodo —dijo—. Ya oscurece otra vez. Me parece que este

día está por acabar.

Frodo suspiró y se durmió casi antes que Sam hubiese dicho esto. Luchando con su propio

cansancio, Sam tomó la mano de Frodo; y así permaneció, en silencio, hasta que cayó la noche. Luego,

para mantenerse despierto, se deslizó fuera del escondite y miró en torno. El lugar parecía poblado de

crujidos y crepitaciones y ruidos furtivos, pero no se oían voces ni rumores de pasos. A lo lejos, sobre los

Ephel Dúath en el oeste, el cielo nocturno era aún pálido y lívido. Allá, asomando entre las nubes por

encima de un peñasco sombrío en lo alto de los montes, Sam vio de pronto una estrella blanca que

titilaba. Tanta belleza, contemplada desde aquella tierra desolada e inhóspita, le llegó al corazón, y la

esperanza renació en él. Porque frío y nítido como una saeta lo traspasó el pensamiento de que la Sombra

era al fin y al cabo una cosa pequeña y transitoria, y que había algo que ella nunca alcanzaría: la luz, y

una belleza muy alta. Más que una esperanza, la canción que había improvisado en la Torre era un reto,

pues en aquel momento pensaba en sí mismo. Ahora, por un momento, su propio destino, y aun el de su

amo, lo tuvieron sin cuidado. Se escabulló otra vez entre las zarzas y se acostó junto a Frodo, y olvidando

todos los temores se entregó a un sueño profundo y apacible.

Se despertaron al mismo tiempo, tomados de la mano. Sam se sentía casi restaurado, listo para

afrontar un nuevo día; pero Frodo suspiró. Había dormido mal, acosado por sueños de fuego, y no

despertaba de buen ánimo. Aun así, el descanso no había dejado de tener un efecto curativo. Se sentía más

fuerte, más dispuesto a soportar la carga durante una nueva jornada. No sabían qué hora era ni cuánto

tiempo habían dormido; pero luego de comer un bocado y beber un sorbo de agua continuaron escalando

el barranco, que terminaba en un despeñadero. Allí las últimas cosas vivas renunciaban a la lucha: las

cumbres del Morgai eran yermas, melladas, desnudas y negras como un techo de pizarra.

Después de errar durante largo rato en busca de un camino, descubrieron uno por el que podían

trepar. Subieron penosamente un centenar de pies, y al fin llegaron a la cresta. Atravesaron una hendidura

entre dos riscos oscuros, y se encontraron en el borde mismo de la última empalizada de Mordor. Abajo,

en el fondo de una depresión de unos mil quinientos pies, la llanura interior se dilataba hasta perderse de

vista en una tiniebla informe. El viento del mundo soplaba ahora desde el oeste levantando las nubes

espesas, que se alejaban flotando hacia el este; pero a los temibles campos de Gorgoroth sólo llegaba una

luz grisácea. Allí los humos reptaban a ras del suelo y se agazapaban en los huecos, y los vapores

escapaban por las grietas de la tierra.

Todavía lejano, a unas cuarenta millas por lo menos, divisaron el Monte del Destino, la base

sepultada en ruinas de cenizas, el cono elevándose, gigantesco, con la cabeza humeante envuelta en

nubes. Ahora aletargado, los fuegos momentáneamente aplacados, se erguía, peligroso y hostil, como una

bestia adormecida. Y por detrás asomaba una sombra vasta, siniestra como una nube de tormenta: los

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velos distantes de Baraddür, que se alzaba a lo lejos sobre un espolón largo, una de las estribaciones

septentrionales de los Montes de Ceniza. El Poder Oscuro cavilaba, con el Ojo vuelto hacia adentro,

sopesando las noticias de peligro e incertidumbre; veía una espada refulgente y un rostro majestuoso y

severo, y por el momento había dejado de lado los otros problemas; y la poderosa fortaleza, puerta tras

puerta, y torre sobre torre, estaba envuelta en una tiniebla de preocupación.

Frodo y Sam contemplaban el país abominable con una mezcla de repugnancia y asombro. Entre

ellos y la montaña humeante, y alrededor de ella al norte y al sur, todo parecía muerto y destruido, un

desierto calcinado y convulso. Se preguntaron cómo haría el Señor de aquel reino para mantener y

alimentar a los esclavos y los ejércitos. Porque ejércitos tenía, sin duda. Hasta perderse de vista, a lo largo

de las laderas del Morgai y a lo lejos hacia el sur, se sucedían los campamentos, algunos de tiendas, otros

ordenados como pequeñas ciudades. Uno de los mayores se extendía justo abajo de donde se encontraban

los hobbits: semejante a un apiñado nido de insectos, y entrecruzado por callejuelas rectas y lóbregas de

chozas y barracas grises, ocupaba casi una milla de llanura. Alrededor, la gente iba y venía; un camino

ancho partía del caserío hacia el sudeste y se unía a la carretera de Morgul, por la que se apresuraban filas

y filas de pequeñas formas negras.

—No me gusta nada cómo pinta esto —dijo Sam—. No es muy alentador... excepto que donde

vive tanta gente tiene que haber pozos, o agua; y comida, ni que hablar. Y éstos no son orcos sino

hombres, si la vista no me engaña.

Ni él ni Frodo sabían nada de los extensos campos cultivados por esclavos en el extremo Sur del

reino, más allá de las emanaciones de la montaña y en las cercanías de las aguas sombrías y tristes del

Lago Núrnen; ni de las grandes carreteras que corrían hacia el este y el sur a los países tributarios, de

donde los soldados de la Torre venían con largas caravanas de víveres y botines y nuevas legiones de

esclavos. Allí, en las regiones septentrionales, se encontraban las fraguas y las minas, allí se acantonaban

las reservas humanas para una guerra largamente premeditada; y allí también el Poder Oscuro reunía sus

ejércitos, moviéndolos como peones sobre el tablero. Las primeras movidas, con las que había probado

fuerzas, habían puesto las piezas en jaque en el frente occidental, en el Sur y en el Norte. Y ahora las

había retirado, y engrosándolas con nuevos refuerzos, las había apostado en las cercanías de Cirith Gorgor

en espera del momento propicio para tomarse la revancha. Y si lo que se proponía era defender a la vez la

montaña de una probable tentativa de asalto, no podía haberlo hecho mejor.

—¡Y bien! —prosiguió Sam—. No sé qué tienen de comer y de beber, pero no está a nuestro

alcance. No veo ningún camino que nos permita llegar allá abajo. Y aunque lográsemos descender, jamás

podríamos atravesar ese territorio plagado de enemigos.

—No obstante tendremos que intentarlo —replicó Frodo—. No es peor de lo que yo me

imaginaba. Nunca tuve la esperanza de llegar; tampoco la tengo ahora. Pero aun así, he de hacer lo que

esté a mi alcance. Por el momento impedir que me capturen, tanto tiempo como sea posible. Me parece

pues, que tendremos que continuar hacia el norte, y ver cómo se presentan las cosas allí donde la llanura

comienza a estrecharse.

—Creo adivinar cómo se presentarán —dijo Sam—. En la parte más estrecha de la llanura los

orcos y los hombres estarán más apiñados que nunca. Ya lo verá, señor Frodo.

—Supongo que lo veré, si alguna vez llegamos —dijo Frodo, y dio media vuelta.

No tardaron en descubrir que no podían continuar avanzando a lo largo de la cresta del Morgai,

ni por los niveles más altos, donde no había senderos y abundaban las hondonadas profundas. Por último

tuvieron que regresar por el barranco que habían escalado, en busca de una salida desde el valle. Fue una

caminata ardua, pues no se atrevían a cruzar hasta el sendero que corría del lado occidental. Al cabo de

una milla o más, oculto en una cavidad al pie del risco, vieron el bastión orco que estaban esperando

encontrar: un muro y un apretado grupo de construcciones de piedra dispuestas a los lados de una caverna

sombría. No se advertía ningún movimiento, pero los hobbits avanzaron con cautela, manteniéndose lo

más cerca posible de los zarzales que a esta altura crecían en abundancia a ambos lados del lecho seco del

arroyo.

Continuaron por espacio de dos o tres millas, y el bastión orco desapareció detrás de ellos; pero

cuando empezaban a sentirse más tranquilos, oyeron unas voces de orcos, ásperas y estridentes. Se

escondieron detrás de un arbusto pardusco y achaparrado. Las voces se acercaban. De pronto dos orcos

aparecieron a la vista. Uno vestía harapos pardos e iba armado con un arco de cuerno; era de una raza más

bien pequeña, negro de tez, y la nariz, de orificios muy dilatados, husmeaba el aire sin cesar: sin duda una

especie de rastreador. El otro era un orco corpulento y aguerrido, como los de la compañía de Shagrat, y

lucía la insignia del Ojo. También él llevaba un arco a la espalda y una lanza corta de punta ancha. Como

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de costumbre se estaban peleando, y por pertenecer a razas diferentes empleaban a su manera la Lengua

Común.

A sólo veinte pasos de donde estaban escondidos los hobbits, el orco pequeño se detuvo.

—¡Nar! —gruñó—. Yo me vuelvo a casa. —Señaló a través del valle en dirección al fuerte

orco.— No vale la pena que me siga gastando la nariz olfateando piedras. No queda ni un rastro, te digo.

Por hacerte caso a ti les perdí la pista. Subía por las colinas, no a lo largo del valle, te digo.

—¿No servís de mucho, eh, vosotros, pequeños husmeadores? —dijo el orco grande—. Creo que

los ojos son más útiles que vuestras narices mocosas.

—¿Qué has visto con ellos, entonces? —gruñó el otro—. ¡Garn! ¡Si ni siquiera sabes lo que

andas buscando!

—¿Y quién tiene la culpa? —replicó el soldado—. Yo no. Eso viene de arriba. Primero dicen

que es un gran elfo con una armadura brillante, luego que es una especie de hombrecitoenano, y luego

que puede tratarse de una horda de Urukhai rebeldes; o quizá son todos ellos juntos.

— ¡Ar! —dijo el rastreador—. Han perdido el seso, eso es lo que les pasa. Y algunos de los jefes

también van a perder el pellejo, sospecho, si lo que he oído es verdad: que han invadido la Torre, que

centenares de tus compañeros han sido liquidados, y que el prisionero ha huido. Si así es como os

comportáis vosotros, los combatientes, no es de extrañar que haya malas noticias desde los campos de

batalla.

—¿Quién dice que hay malas noticias? —vociferó el soldado.

— ¡Ar! ¿Quién dice que no las hay?

—Así es como hablan los malditos rebeldes, y si no callas te ensarto. ¿Me has oído?

—¡Está bien, está bien! —dijo el rastreador—. No diré más y seguiré pensando. Pero ¿qué tiene

que ver en todo esto ese monstruo negro y escurridizo? Ese de las manos como paletas y que habla en

gorgoteos.

—No lo sé. Nada, quizá. Pero apuesto que no anda en nada bueno, siempre husmeando por ahí.

¡Maldito sea! Ni bien se nos escabulló y huyó, llegó la orden de que lo querían vivo, y cuanto antes.

—Bueno, espero que lo encuentren y le den su merecido —masculló el rastreador—. Nos

confundió el rastro allá atrás, cuando se apropió de esa cota de malla, y anduvo palmeteando por todas

partes antes que yo consiguiera llegar.

—En todo casóle salvóla vida —dijo el soldado—.Antes de saber que lo buscaban, yo le disparé,

a cincuenta pasos y por la espalda; pero siguió corriendo.

—¡Garn! Le erraste —dijo el rastreador—. Para empezar, disparas a tontas y a locas, luego

corres con demasiada lentitud, y por último mandas buscar a los pobres rastreadores. Estoy harto de ti. —

Se alejó rápidamente a grandes trancos.

—¡Vuelve! —vociferó el soldado—, ¡vuelve o te denunciaré!

—¿A quién? No a tu precioso Shagrat. Ya no será más el capitán.

—Daré tu nombre y tu número a los Nazgül —dijo el soldado bajando la voz hasta un siseo—.

Uno de ellos está ahora a cargo de la Torre. El otro se detuvo, la voz cargada de miedo y de furia.

—¡Soplón, maldito! —aulló—. No sabes hacer tu trabajo, y ni siquiera defiendes a los tuyos.

¡Vete con tus inmundos gritones y ojalá te arranquen el pellejo! Si el enemigo no se les adelanta. ¡ He

oído decir que han liquidado al Número Uno, y espero que sea cierto!

El orco grande, lanza en mano, echó a correr detrás de él. Pero el rastreador, brincando por

detrás de una piedra, le disparó una flecha en el ojo, y el otro se desplomó con estrépito en plena carrera.

El rastreador huyó a valle traviesa y desapareció.

Durante un rato los hobbits permanecieron en silencio. Por fin Sam se movió.

Bueno, esto es lo que yo llamo las cosas claras dijo. Si esta simpática cordialidad se extendiera

por Mordor, la mitad de nuestros problemas estarían ya resueltos.

En voz baja, Sam —susurró Frodo—. Puede haber otros por aquí. Es evidente que escapamos

por un pelo, y que los cazadores no estaban tan descaminados como pensábamos. Pero ese es el espíritu

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de Mordor, Sam; y ha llegado a todos los rincones. Los orcos siempre se han comportado de esa manera o

así lo cuentan las leyendas, cuando están solos. Pero no puedes confiar demasiado. A nosotros nos odian

mucho más, de todas formas y en todo tiempo. Si estos dos nos hubiesen visto, habrían interrumpido la

pelea hasta terminar con nosotros.

Hubo otro silencio prolongado. Sam volvió a interrumpirlo, esta vez en un murmullo.

¿Oyó lo que decían del que habla en gorgoteos, señor Frodo? Le dije que Gollum no estaba

muerto ¿no?

Sí, recuerdo. Y me preguntaba cómo lo sabrías —dijo Frodo—. Bueno. Creo que es mejor que

no salgamos de aquí hasta que haya oscurecido por completo. Así podrás decirme cómo lo sabes, y

contarme todo lo sucedido. Si puedes hablar en voz baja.

Trataré —dijo Sam—, pero cada vez que pienso en ese apestoso, me pongo tan frenético que me

dan ganas de gritar.

Allí permanecieron los hobbits, al amparo del arbusto espinoso, mientras la luz lúgubre de

Mordor se extinguía lentamente para dar paso a una noche profunda y sin estrellas; y Sam, hablándole a

Frodo al oído, le contó todo cuanto pudo poner en palabras del ataque traicionero de Gollum, el horror de

EllaLaraña, y sus propias aventuras con los orcos. Cuando hubo terminado, Frodo no dijo nada, pero

tomó la mano de Sam y se la apretó. Al cabo de un rato se sacudió y dijo:

Bueno, supongo que hemos de reanudar la marcha. Me pregunto cuánto tiempo pasará antes que

seamo s realmente capturados, y acaben al fin estas penurias y escapadas, y todo haya sido inútil. —Se

puso de pie.— Está oscuro, y no podemos usar el frasco de la Dama. Quédate con él por ahora, Sam, y

cuídalo bien. Yo no tengo dónde guardarlo, excepto las manos, y necesitaré de las dos en esta noche

ciega. Pero a Dardo, te lo doy. Ahora tengo una espada orea, aunque no creo que me toque asestar algún

otro golpe.

Era difícil y peligroso caminar de noche por aquella región sin senderos; pero poco apoco,

tropezando con frecuencia, los dos hobbits avanzaron hacia el norte a lo largo de la orilla oriental del

valle pedregoso. Y cuando una tímida luz gris volvió a asomar por encima de las cumbres occidentales,

mucho después de que naciera el día en las tierras lejanas, se escondieron otra vez y durmieron un poco,

por turno. En los ratos de vigilia a Sam lo obsesionaba el problema de la comida. Por fin, cuando Frodo

despertó y habló de comer y de prepararse para otro nuevo esfuerzo, Sam le hizo la pregunta que más lo

preocupaba.

Con el perdón de usted, señor Frodo —dijo, pero ¿tiene alguna idea de cuánto nos falta por

recorrer?

No, ninguna idea demasiado precisa, Sam —respondió Frodo—. En Rivendel, antes de partir,

me mostraron un mapa de Mordor anterior al retorno del enemigo; pero lo recuerdo vagamente. Lo que

recuerdo con más precisión es que en un determinado lugar de las cadenas del oeste y el norte se

desprendían unas estribaciones que casi llegaban a unirse. Estimo que se encontraban a no menos de

veinte leguas del puente próximo a la Torre. Podría ser un buen paso. Pero por supuesto, si llegamos allí,

estaremos aún más lejos de la montaña, a unas sesenta millas diría yo. Sospecho que nos hemos alejado

unas doce leguas al norte del puente. Aunque todo marchara bien, no creo que llegáramos a la montaña en

menos de una semana. Me temo, Sam, que la carga se hará muy pesada, y que avanzaré con mayor

lentitud a medida que nos vayamos acercando.

Sam suspiró.

Eso es justamente lo que yo temía —dijo—. Y bien, por no mencionar el agua, tendremos que

comer menos, señor Frodo, o de lo contrario movernos un poco más rápido, al menos mientras

continuemos en este valle. Un bocado más, y se nos habrán acabado todas las provisiones, excepto el pan

del camino de los elfos.

Trataré de caminar un poco más rápido, Sam dijo Frodo respirando hondo—. ¡Adelante! ¡En

marcha otra vez!

Aún no había oscurecido por completo. Avanzaban penosamente, adentrándose en la noche. Las

horas pasaban, y los hobbits caminaban fatigados dando traspiés, con uno que otro breve descanso. Al

primer atisbo de luz gris bajo las orlas del palio de sombra se escondieron otra vez en una cavidad oscura

al pie de una pared de roca. La luz aumentó poco a poco, en un cielo cada vez más límpido. Un viento

fuerte del oeste arrastraba los vapores de Mordor en las capas altas del aire. Al poco tiempo los hobbits

pudieron ver el territorio que se extendía alrededor. La hondonada entre las montañas y el Morgai se

116

había ido estrechando paulatinamente a medida que ascendían, y el borde interior no era más que una

cornisa en las caras escarpadas de los Ephel Dúath; pero en el este se precipitaba tan a pique como

siempre hacia Gorgoroth. Delante de ellos, el lecho del arroyo se interrumpía en escalones de roca

resquebrajada; pues de la cadena principal emergía bruscamente un espolón alto y árido, que se

adelantaba hacia el este como un muro. La cadena septentrional gris y brumosa de los Ered Lithui

extendía allí un largo brazo sobresaliente que se unía al espolón, y entre uno y otro extremo corría un

valle estrecho: Carach Angren, la Garganta de Hierro, que más allá se abría en el valle profundo de Udün.

En esa llanura detrás del Morannos se escondían los túneles y arsenales subterráneos construidos por los

servidores de Mordor como defensas de la Puerta Negra; y allí el Señor Oscuro estaba reuniendo de prisa

unos ejércitos poderosos para enfrentar a los Capitanes del Oeste. Sobre los espolones habían construido

fuertes y torres, y ardían los fuegos de guardia; y a todo lo largo de la garganta habían erigido una pared

de adobe, y cavado una profunda trinchera atravesada por un solo puente.

Algunas millas más al norte, en el ángulo en que el espolón del oeste se desprendía de la cadena

principal, se levantaba el viejo castillo de Durthang, convertido ahora en una de las numerosas fortalezas

oreas que se apiñaban alrededor del valle de Udün. Y desde él, visible ya a la luz creciente de la mañana,

un camino descendía serpenteando, hasta que a sólo una milla o dos de donde estaban los hobbits,

doblaba al este y corría a lo largo de una cornisa cortada en el flanco del espolón, y continuaba en

descenso hacia la llanura, para desembocar en la Garganta de Hierro.

Mirando esta escena, a los hobbits les pareció de pronto que el largo viaje al norte había sido

inútil. En la llanura que se extendía a la derecha envuelta en brumas y humos, no se veían campamentos

ni tropas en marcha; pero toda aquella región estaba bajo la vigilancia de los fuertes de Carach Angren.

—Hemos llegado a un punto muerto, Sam —dijo Frodo—. Si continuamos, sólo llegaremos a

esa torre orea; pero el único camino que podemos tomar es el que baja de la torre... a menos que

volvamos por donde vinimos. No podemos trepar hacia el oeste, ni descender hacia el este.

—En ese caso tendremos que seguir por el camino, señor Frodo — dijo Sam—. Tendremos que

seguirlo y tentar fortuna. Si hay fortuna en Mordor. Ahora da igual que nos rindamos o que intentemos

volver. La comida no nos alcanzará. ¡Tendremos que darnos prisa!

—Está bien, Sam —dijo Frodo—. ¡Guíame! Mientras te quede una esperanza. A mí no me

queda ninguna. Pero no puedo darme prisa, Sam. A duras penas podré arrastrarme detrás de ti.

—Antes de seguir arrastrándose, necesita dormir y comer, señor Frodo. Vamos, aproveche lo

que pueda.

Le dio a Frodo agua y una oblea de pan del camino, y quitándose la capa improvisó una

almohada para la cabeza de su amo. Frodo estaba demasiado agotado para discutir, y Sam no le dijo que

había bebido la última gota de agua, y que había comido la otra ración además de la propia. Cuando

Frodo se durmió, Sam se inclinó sobre él y lo oyó respirar y le examinó el rostro. Estaba ajado y

enflaquecido, y sin embargo, ahora mientras dormía parecía tranquilo y sin temores.

— ¡Bueno, amo, no hay más remedio! —murmuró Sam—. Tendré que abandonarlo un rato y

confiar en la suerte. Agua vamos a necesitar, o no podremos seguir adelante.

Sam salió con sigilo del escondite, y saltando de piedra en piedra con más cautela de la habitual

en los hobbits, descendió hasta el lecho seco del arroyo y lo siguió por un trecho en su ascenso hacia el

norte, hasta que llegó a los escalones de roca donde antaño el manantial se precipitaba sin duda en una

pequeña cascada. Ahora todo parecía seco y silencioso; pero Sam no se dio por vencido: inclinó la cabeza

y escuchó deleitado un susurro cristalino. Trepando algunos escalones descubrió un arroyuelo de agua

oscura que brotaba del flanco de la colina y llenaba un pequeño estanque desnudo, del que volvía a

derramarse, y desaparecía luego bajo las piedras áridas.

Sam probó el agua, y le pareció suficientemente buena. Entonces bebió hasta saciarse, llenó la

botella y dio media vuelta para regresar. En aquel momento vislumbró una forma o una sombra negra que

saltaba entre las rocas un poco más lejos, cerca del escondite de Frodo. Reprimiendo un grito, bajó de un

brinco del manantial y corrió saltando de piedra en piedra. Era una criatura astuta, difícil de ver, pero Sam

tenía pocas dudas: no pensaba en otra cosa que en retorcerle el pescuezo. Pero la criatura lo oyó

acercarse, y se escabulló alejándose de prisa. Sam creyó ver por último que la forma se asomaba al borde

del precipicio oriental, antes de esconder la cabeza y desaparecer.

—¡Bueno, la suerte no me abandonó —murmuró Sam—, pero por un pelo! ¡Como si no bastara

que haya orcos por millares, tenía que venir a meter la nariz ese bribón maloliente! ¡Ojalá lo hubieran

liquidado!

117

Se sentó junto a Frodo y no lo despertó; pero no se atrevió a echarse a dormir. Por fin, cuando

sintió que se le cerraban los ojos y supo que no podía seguir luchando por mantenerse despierto mucho

tiempo más, despertó a Frodo tocándolo apenas.

—Me temo que ese Gollum anda rondando otra vez, señor Frodo —dijo—. O al menos, si no era

él, quiere decir que tiene un doble. Salí a buscar un poco de agua y lo descubrí husmeando por los

alrededores justo cuando volvía. Me parece que no es prudente que ambos durmamos al mismo tiempo, y

con el perdón de usted, no puedo tener los ojos abiertos un minuto más.

—¡Bendito seas, Sam! —le dijo Frodo—. ¡Acuéstate y duerme cuanto necesites! Pero yo

prefiero a Gollum antes que a los orcos. En todo caso no nos entregará... a menos que lo capturen.

—Pero podría tratar de robar y asesinar por cuenta propia —gruñó Sam—. ¡Mantenga los ojos

bien abiertos, señor Frodo! Hay una botella llena de agua. Beba usted. Podemos volverla a llenar cuando

nos vayamos. —Y con esto Sam se hundió en el sueño.

La luz se extinguía cuando despertó. Frodo estaba sentado contra una roca, pero se había

quedado dormido. La botella de agua estaba vacía. No había señales de Gollum.

Había vuelto la oscuridad de Mordor; y cuando los hobbits se pusieron nuevamente en marcha

en la etapa más peligrosa del viaje, los fuegos de los vivaques ardían en las alturas feroces y rojos. Fueron

primero al pequeño manantial, y luego, trepando con cautela llegaron al camino en el punto en que

doblaba hacia el este y la Garganta de Hierro, ahora a veinte millas de distancia. No era un camino ancho,

y no tenía ni muro ni parapeto, y a medida que avanzaba, la caída a pique a lo largo del borde era cada

vez más profunda. No oían que nada se moviera, y luego de escuchar un rato partieron con paso firme

rumbo al este.

Después de unas doce millas de marcha, se detuvieron. Detrás, el camino describía una ligera

curva hacia el norte, y las tierras que acababan de dejar atrás ya no se veían. Esta circunstancia resultó

desastrosa. Descansaron algunos minutos y otra vez se pusieron en camino; pero habían avanzado unos

pocos pasos cuando en el silencio de la noche oyeron de pronto el ruido que habían estado temiendo en

secreto: un rumor de pasos en marcha. Parecían no estar muy cerca todavía, pero al volver la cabeza

Frodo y Sam vieron el chisporroteo de las antorchas, que ya habían pasado la curva a menos de una milla,

y se acercaban con rapidez: con demasiada rapidez para que Frodo escapara a todo correr por el camino.

—Me lo temía, Sam —dijo Frodo—. Hemos confiado en nuestra buena suerte y nos ha

traicionado. Estamos atrapados. —Miró con desesperación el muro amenazante; los constructores de

caminos de antaño habían cortado la roca a pique a muchas brazas de altura. Corrió al otro lado y se

asomó a un precipicio de tinieblas. — ¡ Nos han atrapado al fin! —dijo. Se dejó caer en el suelo al pie de

la pared rocosa y hundió la cabeza entre los hombros.

—Así parece —dijo Sam—. Bueno, no nos queda más remedio que esperar y ver.

Y se sentó junto a Frodo a la sombra del acantilado.

No tuvieron que esperar mucho. Los orcos avanzaban a grandes trancos. Los de las primeras

filas llevaban antorchas. Y se acercaban: llamas rojas que crecían rápidamente en la oscuridad. Ahora

también Sam inclinó la cabeza, con la esperanza de que no se le viera la cara cuando llegasen las

antorchas; y apoyó los escudos contra las rodillas de ambos, para que les ocultasen los pies.

«¡Ojalá lleven prisa y pasen de largo, dejando en paz a un par de soldados fatigados!», pensó.

Y al parecer iban a pasar de largo. La vanguardia orea llegó trotando, jadeante, con las cabezas

gachas. Era una banda de la raza más pequeña, arrastrados a pelear en las guerras del Señor Oscuro: no

querían otra cosa que terminar de una vez con aquella marcha forzada y esquivar los latigazos. Con ellos,

corriendo de arriba abajo a lo largo de la fila, iban dos de los corpulentos y feroces uruks, blandiendo los

látigos y vociferando órdenes. Marchaban, fila tras fila; la delatadora luz de las antorchas empezaba a

alejarse. Sam contuvo el aliento. Ya más de la mitad de la compañía había pasado. De pronto uno de los

uruks descubrió las dos figuras acurrucadas a la vera del camino. Hizo chasquear el látigo y los increpó:

— ¡ Eh, vosotros! ¡ Arriba! No le respondieron y detuvo con un grito a toda la compañía.

—¡Arriba, zánganos! —aulló—. No es ahora momento de dormir. Dio un paso hacia los hobbits,

y aún en la oscuridad reconoció las insignias de los escudos.

—Con que desertando, ¿eh? gritó. ¿O conspirando para desertar? Todos vosotros teníais que

haber llegado a Udün ayer antes de la noche. Bien lo sabéis. De pie y a la fila, o tomaré vuestros números

y os denunciaré.

118

Los hobbits se levantaron con dificultad, y caminaron encorvados, cojeando como soldados con

los pies doloridos, se pusieron en la última fila.

—¡No, en la última no! —vociferó el guardián de los esclavos. ¡Tres filas más adelante! ¡Y

quedaos allí, o en mi próxima recorrida sabréis lo que es bueno!

La larga correa chasqueó no muy lejos de las cabezas de los hobbits; en seguida, tras otro

latigazo en el aire y un nuevo alarido, la compañía reanudó la marcha con un trote rápido.

Era duro para el pobre Sam, cansado como estaba; pero para Frodo era una tortura, y no tardó en

convertirse en una pesadilla. Apretó los dientes y tratando de no pensar, continuó avanzando. El hedor de

los orcos sudorosos lo sofocaba; jadeaba y tenía sed. Y seguían trotando y trotando, y Frodo

empeñándose en respirar y en obligar a sus piernas a que se flexionaran; no se atrevía ni a imaginar cuál

podía ser el término nefasto de tantas fatigas y tantos padecimientos. No tenía la más remota esperanza de

salir de la fila sin ser descubierto. Y el guardián de los orcos volvía a la retaguardia una y otra vez y se

mofaba de ellos con ferocidad.

— ¡A ver! reía, amenazando azotarles las piernas—. ¡Donde hay un látigo hay una voluntad,

zánganos míos! ¡Fuerza! Ahora mismo os daría una buena zurra, aunque cuando lleguéis con retraso a

vuestro campamento recibiréis tantos latigazos como os quepan en el pellejo. Os sentarán bien. ¿No

sabéis que estamos en guerra?

Habían recorrido algunas millas, y el camino comenzaba por fin a descender hacia la llanura en

una larga pendiente, cuando las fuerzas empezaron a flaquearle a Frodo. Se tambaleaba y tropezaba. Sam

trató de ayudarlo, de sostenerlo, aunque tampoco él se sentía capaz de soportar mucho tiempo más aquella

marcha. Sabía que el final llegaría de un momento a otro: Frodo acabaría por desvanecerse o por caer

rendido, y entonces los descubrirían, y todos los esfuerzos y sufrimientos habrían sido en vano.

—De todas maneras, antes le daré su merecido a ese gigante endiablado que arrea las tropas.

Entonces, en el preciso momento en que llevaba la mano a la empuñadura de la espada, hubo un

alivio inesperado. Ahora estaban en plena llanura y se acercaban a la entrada de Udün. No lejos de ella,

delante de la puerta próxima a la cabecera del puente, el camino del oeste convergía con otros que venían

del sur y de Baraddür, y en todos ellos se veía un agitado movimiento de tropas; pues los Capitanes del

Oeste estaban avanzando, y el Señor Oscuro se apresuraba a acantonar en el norte todos sus ejércitos. Así

ocurrió que a la encrucijada envuelta en tinieblas, inaccesible a la luz de las hogueras que ardían en lo alto

de los muros, llegaron simultáneamente varias compañías. Hubo encontronazos violentos y una gran

confusión, y gritos y maldiciones, porque cada compañía trataba de ser la primera en llegar a la puerta y

al final de la marcha. A pesar de los gritos de los cabecillas y del chasquido de los látigos, hubo

escaramuzas, y algunas espadas se desenvainaron. Una tropa de ttruks de Baraddür armados hasta los

dientes atacó a los Durthang, desordenando las filas.

Aturdido como estaba por el dolor y el cansancio, Sam se despabiló de golpe, y aprovechando en

seguida la ocasión se arrojó al suelo, arrastrando a Frodo. Lentamente, a cuatro patas y a la rastra, los

hobbits se alejaron del tumulto, hasta que por fin y sin que nadie los viera llegaron a la orilla opuesta del

camino y trepándose a una especie de parapeto bajo destinado a orientar a los guías de las tropas en las

noches oscuras o brumosas, se dejaron caer al otro lado.

Durante un rato permanecieron inmóviles. La oscuridad era demasiado impenetrable para buscar

un refugio, si había alguno en aquel lugar; pero Sam tenía la impresión de que les convenía en todo caso

alejarse un poco más de las carreteras principales y de la luz de las antorchas.

—¡Vamos, señor Frodo! —murmuró—. Arrástrese usted un poquito más, y en seguida podrá

descansar.

Con un último esfuerzo desesperado, Frodo se apoyó sobre las manos y avanzó unas veinte

yardas. Y entonces cayó en un pozo poco profundo que inesperadamente se abrió delante de ellos, y allí

permaneció inmóvil como un cuerpo sin vida.

119

3

EL MONTE DEL DESTINO

Sam se quitó la andrajosa capa de orco y la deslizó debajo de la cabeza de su amo; luego abrigó

su cuerpo y el de Frodo con el manto gris de Lorien; y mientras lo hacía recordó de nuevo aquella tierra

maravillosa y a la hermosa gente, confiando contra toda esperanza que el paño tejido por las manos

élficas tendría la virtud de esconderlos en ese páramo aterrador. Los gritos y rumores de la refriega se

fueron alejando a medida que las tropas se internaban en la Garganta de Hierro. Al parecer, en medio de

la confusión y el tumulto la desaparición de los hobbits había pasado inadvertida, al menos por el

momento.

Sam tomó un sorbo de agua, pero consiguió que Frodo también bebiera, y no bien lo vio algo

recobrado le dio una oblea entera del precioso pan del camino y lo obligó a comerla. Entonces, demasiado

rendidos hasta para sentir miedo, se echaron a descansar. Durmieron durante un rato, pero con un sueño

intranquilo y entrecortado; el sudor se les helaba contra la piel, y las piedras duras les mordían la carne; y

tiritaban de frío. Desde la Puerta Negra en el norte y a través de Cirith Ungol corría susurrando a ras del

suelo un soplo cortante y glacial.

Con la mañana volvió la luz gris; pues en las regiones altas soplaba aún el viento del oeste, pero

abajo, sobre las piedras y en los recintos de la Tierra Tenebrosa, el aire parecía muerto, helado, y a la vez

sofocante. Sam se asomó a mirar. Todo alrededor el paisaje era chato, pardo y tétrico. En los caminos

próximos nada se movía; pero Sam temía los ojos avizores del muro de la Garganta de Hierro, a apenas

unas doscientas yardas de distancia hacia el norte. Al sudeste, lejana como una sombra oscura y vertical,

se erguía la Montaña. Y de ella brotaban humaredas espesas, y aunque las que trepaban a las capas

superiores del aire se alejaban a la deriva rumbo al este, alrededor de los flancos rodaban unos nubarrones

que se extendían por toda la región. Algunas millas más al noreste se elevaban como fantasmas grises y

sombríos los contrafuertes de los Montes de Ceniza, y por detrás de ellos, como nubes lejanas apenas más

oscuras que el cielo sombrío, asomaban envueltas en brumas las cumbres septentrionales.

Sam trató de medir las distancias y de decidir qué camino les convendría tomar.

—Yo diría que hay por lo menos unas cincuenta millas —murmuró, preocupado, mientras

contemplaba la montaña amenazadora—, y si es un trecho que en condiciones normales se recorre en un

día, a nosotros, en el estado en que se encuentra el señor Frodo, nos llevará una semana. —Movió la

cabeza, y mientras reflexionaba, un nuevo pensamiento sombrío creció poco a poco en él. La esperanza

nunca se había extinguido por completo en el corazón animoso y optimista de Sam, y hasta entonces

siempre había confiado en el retorno. Pero ahora, de pronto, veía a todas luces la amarga verdad: en el

mejor de los casos las provisiones podrían alcanzar hasta el final del viaje, pero una vez cumplida la

misión, no habría nada más: se encontrarían solos, sin un hogar, sin alimentos en medio de un pavoroso

desierto. No había ninguna esperanza de retorno.

«¿Así que era esta la tarea que yo rne sentía llamado a cumplir, cuando partimos?», pensó Sam.

«¿Ayudar al señor Frodo hasta el final, y morir con él? Y bien, si esta es la tarea, tendré que llevarla a

cabo. Pero desearía con toda el alma volver a ver Delagua, y a Rosita Coto y sus hermanos, y al Tío, y a

Maravilla y a todos. Me cuesta creer que Gandalf le encomendara al señor Frodo esta misión, si se trataba

de un viaje sin esperanza de retorno. Fue en Moria donde las cosas empezaron a andar atravesadas,

cuando Gandalf cayó al abismo. ¡Qué mala suerte! El habría hecho algo.»

Pero la esperanza que moría, o parecía morir en el corazón de Sam, se tranformó de pronto en

una fuerza nueva. El rostro franco del hobbit se puso serio, casi adusto; la voluntad se le fortaleció de

súbito, un estremecimiento lo recorrió de arriba abajo, y se sintió como transmutado en una criatura de

piedra y acero, inmune a la desesperación y la fatiga, a quien ni las incontables millas del desierto podían

amilanar.

Sintiéndose de algún modo más responsable, volvió los ojos al mundo, y pensó en la próxima

movida. Y cuando la claridad aumentó, notó con sorpresa que lo que a la distancia le habían parecido

bajíos desnudos e informes era en realidad una llanura anfractuosa y resquebrajada. La altiplanicie de

Gorgoroth estaba surcada en toda su extensión por grandes cavidades, como si en los tiempos en que era

aún un desierto de lodo hubiera sido azotada por una lluvia de rayos y peñascos. Los bordes de los fosos

más grandes eran de roca triturada y de ellos partían largas fisuras en todas direcciones. Un terreno de esa

naturaleza se habría prestado para que alguien fuerte y que no tuviese prisa alguna pudiera arrastrarse de

120

un escondite a otro sin ser visto, excepto por ojos especialmente avizores. Para los hambrientos y

cansados, y que todavía tenían por delante un largo camino antes de morir, era de un aspecto siniestro.

Reflexionando en todas estas cosas, Sam volvió junto a su amo. No tuvo necesidad de

despertarlo. Frodo estaba acostado boca arriba con los ojos abiertos y observaba el cielo nuboso.

—Bueno, señor Frodo —dijo Sam—, fui a echar un vistazo y estuve pensando un poquito. No se

ve un alma en los caminos, y convendría que nos alejáramos de aquí cuanto antes. ¿Le parece que podrá?

—Podré —dijo Frodo—. Tengo que poder.

Una vez más emprendieron la marcha, arrastrándose de hueco en hueco, escondiéndose detrás de

cada reparo, pero avanzando siempre en una línea sesgada hacia los contrafuertes de la cadena

septentrional. Al principio, el camino que corría más al este iba en la misma dirección, pero luego se

desvió y bordeando las faldas de las montañas se perdió a lo lejos en un muro de sombra negra. En las

extensiones chatas y grises no se veían señales de vida, ni de hombres ni de orcos, pues el Señor Oscuro

casi había puesto fin a los movimientos de tropas, y hasta en la fortaleza donde reinaba, buscaba el

amparo de la noche, temeroso de los vientos del mundo que se habían vuelto contra él quitándole los

velos, desazonado por la noticia de que espías temerarios habían logrado atravesar las defensas.

Al cabo de unas pocas millas agotadoras, los hobbits se detuvieron. Frodo parecía casi exhausto.

Sam comprendió que de esa manera, a la rastra, o doblado en dos, o trastabillando en precipitada carrera,

o internándose con lentitud en un camino desconocido, no podrían llegar mucho más lejos.

—Yo volveré al camino mientras haya luz, señor Frodo —dijo—. ¡Probemos de nuevo la suerte!

Casi nos falló la última vez, pero no del todo. Una caminata de algunas millas a buen paso, y luego un

descanso.

Se arriesgaba a un peligro mucho mayor de lo que imaginaba, pero Frodo, demasiado ocupado

con el peso del fardo y la lucha que se libraba dentro de él, no pensó en discutir; además, se sentía tan

desesperanzado que casi no valía la pena preocuparse. Treparon al terraplén y continuaron avanzando

penosamente por el camino duro y cruel que conducía a la Torre Oscura. Pero la suerte los acompañó, y

durante el resto de aquel día no se toparon con ningún ser viviente ni observaron movimiento alguno; y

cuando cayó la noche desaparecieron de la vista, engullidos por las tinieblas de Mordor. Todo el país

parecía recogido, como en espera de una tempestad: pues los Capitanes del Oeste habían pasado la

Encrucijada e incendiado los campos ponzoñosos de Imlad Morgul.

Así prosiguió el viaje sin esperanzas, mientras el Anillo se encaminaba al sur y los estandartes de

los reyes cabalgaban rumbo al norte. Para los hobbits, cada jornada de marcha, cada milla era más ardua

que la anterior, a medida que las fuerzas los abandonaban y se internaban en regiones más siniestras.

Durante el día no encontraban enemigos. A veces, por la noche, mientras dormitaban acurrucados e

inquietos en algún escondite a la vera del camino, oían clamores y el rumor de numerosos pies o el galope

rápido de algún caballo espoleado con crueldad. Pero mucho peor que todos aquellos peligros era la

amenaza cada vez más inminente que se cernía sobre ellos: la terrible amenaza del Poder que aguardaba,

abismado en profundas cavilaciones y en una malicia insomne detrás del velo oscuro que ocultaba el

Trono. Se acercaba, se acercaba cada vez más, negro y espectral, alzándose como un muro de tinieblas en

el confín último del mundo.

Llegó por fin una noche, una noche terrible; y mientras los Capitanes del Oeste se acercaban a

los lindes de las tierras vivas, los dos viajeros llegaron a una hora de desesperación ciega. Hacía cuatro

días que habían escapado de las filas de los orcos, pero el tiempo los perseguía como un sueño cada vez

más oscuro. Durante todo aquel día Frodo no había hablado ni una sola vez, y caminaba encorvado,

tropezando a cada rato, como si ya no distinguiera el camino. Sam adivinaba que de todas las penurias

que compartían, a Frodo le tocaba la peor: soportar el peso siempre creciente del Anillo, una carga para el

cuerpo y un tormento para la mente. Y veía con desesperación que la mano de Frodo se alzaba de tanto en

tanto como para esquivar un golpe, o para proteger los ojos contraídos de la mirada inquisitiva de un ojo

abominable. Y que la mano derecha subía de vez en cuando al pecho para aferrarse a algo; y que luego

como dominándose, lo soltaba lentamente.

La noche retornaba, y Frodo se sentó con la cabeza entre las rodillas; los brazos colgantes

tocaban el suelo y las manos le temblaban ligeramente. Sam no dejó de observarlo hasta que la oscuridad

los envolvió, y no pudieron verse. Entonces, no encontrando más que decir, se volvió a sus propios y

sombríos pensamientos. Pero a él, aunque exhausto y bajo una sombra de temor, aún le quedaban fuerzas.

En verdad, las lembas tenían una virtud sin la cual hacía tiempo se habrían acostado a morir. Pero no

saciaban el hambre, y por momentos Sam soñaba despierto con comida, y suspiraba por el pan y las

121

viandas sencillas de la Comarca. Y sin embargo este pan del camino de los elfos tenía una potencia que se

acrecentaba a medida que los viajeros dependían sólo de él para sobrevivir, y lo comían sin mezclarlo con

otros alimentos. Nutría la voluntad, y daba fuerza y resistencia, permitiendo dominar los músculos y los

miembros más allá de toda medida humana. Ahora, sin embargo, era menester tomar una determinación.

Por aquel camino ya no podían continuar, pues llevaba al este, hacia la gran Sombra, mientras que la

montaña se erguía ahora a la derecha, casi en línea recta al sur, y hacia allí tenían que ir. Pero ante ella se

extendía una vasta región de tierra humeante, yerma, cubierta de cenizas.

— ¡Agua, agua! —murmuró Sam. Había evitado beber y ahora tenía la boca reseca y la lengua

pastosa e hinchada; aun así les quedaba bien poca, tal vez una media botella, y para quién sabe cuántos

días de marcha. Y se les habría agotado hacía tiempo, si no se hubieran atrevido a tomar por el camino de

los orcos. Porque a lo largo del camino, a grandes intervalos, habían construido cisternas para las tropas

que enviaban con urgencia a las regiones sin agua. En una de aquellas cisternas Sam había encontrado un

fondo de agua, enlodada por los orcos, pero suficiente en este caso desesperado. Sin embargo, de eso

hacía ya un día entero. Y no tenía esperanzas de encontrar mas.

Al fin, abrumado por las preocupaciones, Sam se adormeció; quizá la mañana, cuando llegase,

traería algo nuevo; por el momento no podía hacer más. Los sueños se le confundían con la vigilia en un

duermevela desasosegado. Veía luces semejantes a ojos voraces y malévolos, y formas oscuras y

rastreras, y oía ruidos como de bestias salvajes o los gritos escalofriantes de criaturas torturadas; y cuando

se despertaba sobresaltado, se encontraba en un mundo oscuro, perdido en un vacío de tinieblas. Una vez,

al incorporarse y mirar en torno con ojos despavoridos creyó ver unas luces pálidas que parecían ojos,

pero que al instante parpadearon y se desvanecieron.

Lenta, como con desgana, transcurrió aquella noche espantosa. La mañana que siguió fue lívida

y apagada: pues allí, ya cerca de la montaña, el aire era eternamente lóbrego, y los velos de la Sombra que

Sauron tejía alrededor salían arrastrándose desde la Torre Oscura. Tendido de espaldas en el suelo, Frodo

continuaba inmóvil, y Sam de pie junto a él, no se decidía a hablar, aunque sabía que era él ahora quien

tenía la palabra: era menester que convenciera a Frodo de la necesidad de un nuevo esfuerzo. Por fin se

agachó, y acariciando la frente de Frodo, le habló al oído.

—¡Despiértese, mi amo! —dijo — . Es hora de volver a partir.

Como arrancado del sueño por el sonido repentino de una campanilla, Frodo se levantó

rápidamente y miró en lontananza, hacia el sur; pero cuando sus ojos tropezaron con la montaña y el

desierto, volvió a desanimarse.

—No puedo, Sam —dijo—. Es tan pesado, tan pesado.

Sam sabía aún antes de hablar que sus palabras serían inútiles, y que hasta podían causar más

mal que bien, pero movido por la compasión no pudo contenerse.

—Entonces, deje usted que lo lleve yo un rato, mi amo —dijo—. Usted sabe que lo haría de

buen grado, mientras me queden fuerzas. Un resplandor feroz apareció en los ojos de Frodo.

—¡Atrás! ¡No me toques! —gritó — . Es mío, te he dicho. ¡Vete! —La mano buscó a tientas la

empuñadura de la espada. Pero al instante habló con otra voz.— No, no, Sam —dijo con tristeza—. Pero

tienes que entenderlo. Es mi fardo, y sólo a mí me toca soportarlo. Ya es demasiado tarde, Sam querido.

Ya no puedes volver a ayudarme de esa forma. Ahora me tiene casi en su poder. No podría confiártelo, y

si tú intentaras arrebatármelo, me volvería loco. Sam asintió.

—Comprendo —dijo—. Pero he estado reflexionando, señor Frodo, y creo que hay otras cosas

de las que podríamos prescindir. ¿Por qué no aligerar un poco la carga? Ahora tenemos que ir derecho

hacia allá. —Señaló la montaña.— Es inútil cargar con cosas que quizá no necesitemos.

Frodo miró de nuevo la montaña.

—No —dijo—, en ese camino no necesitaremos muchas cosas. Y cuando lleguemos al final, no

necesitaremos nada.

Recogió el escudo orco y lo arrojó a lo lejos, y con el yelmo hizo lo mismo. Luego, abriéndose el

manto élfico, desabrochó el pesado cinturón y lo dejó caer, y junto con él la espada y la vaina. Rasgó los

jirones de la capa negra y los desparramó por el suelo.

—Listo, ya no seré más un orco —gritó—, ni llevaré arma alguna, hermosa o aborrecible. ¡Que

me capturen, si quieren!

122

Sam lo imitó, dejando a un lado los atavíos orcos; luego vació la mochila. De algún modo, les

había tomado apego a todas las cosas que llevaba, acaso por la simple razón de que lo habían acompañado

en un viaje tan largo y penoso. De lo que más le costó desprenderse fue de los enseres de cocina. Los ojos

se le llenaron de lágrimas.

—¿Se acuerda de aquella presa de conejo, señor Frodo? —dijo—. ¿Y de nuestro refugio

abrigado en el país del Capitán Faramir, el día que vi el olifante?

—No, Sam, temo que no —dijo Frodo—. Sé que esas cosas ocurrieron, pero no puedo verlas. Ya

no me queda nada, Sam: ni el sabor de la comida, ni la frescura del agua, ni el susurro del viento, ni el

recuerdo de los árboles, la hierba y las flores, ni la imagen de la luna y las estrellas. Estoy desnudo en la

oscuridad, Sam, y entre mis ojos y la rueda de fuego no queda ningún velo. Hasta con los ojos abiertos

empiezo a verlo ahora, mientras todo lo demás se desvanece.

Sam se acercó y le besó la mano.

—Entonces, cuanto antes nos libremos de él, más pronto descansaremos —dijo con la voz

entrecortada, no encontrando palabras mejores—. Con hablar no remediamos nada —murmuró para sus

adentros, mientras recogía todos los objetos que habían decidido abandonar. No le entusiasmaba la idea

de dejarlos allí, en medio de aquel páramo, expuestos a la vista de vaya a saber quién—. Por lo que oí

decir, el hediondo se birló una cota de orco, y ahora sólo falta que complete sus avíos con una espada.

Como si sus manos no fueran ya bastante peligrosas cuando están vacías. ¡Y no permitiré que ande

toqueteando mis cacerolas!

Llevó entonces todos los utensilios a una de las muchas fisuras que surcaban el terreno y los

echó allí. El ruido que hicieron las preciosas marmitas al caer en la oscuridad resonó en el corazón del

hobbit como una campanada fúnebre.

Regresó, y cortó un trozo de la cuerda élfica para que Frodo se ciñera la capa gris alrededor del

talle. Enrolló con cuidado lo que quedaba y lo volvió a guardar en la mochila. Aparte de la cuerda, sólo

conservó los restos del pan del camino y la cantimplora; y también a Dardo, que aún le pendía del

cinturón; y ocultos en un bolsillo de la túnica, junto a su pecho, el frasco de Galadriel y la cajita que le

había regalado la Dama.

Y ahora por fin emprendieron la marcha de cara a la montaña, ya sin pensar en ocultarse,

empeñados, a pesar de la fatiga y la voluntad vacilante, en el esfuerzo único de seguir y seguir. En la

penumbra de aquel día lóbrego, aun en aquella tierra siempre alerta, pocos hubieran sido capaces de

descubrir la presencia de los hobbits, salvo a corta distancia. Entre todos los esclavos del Señor Oscuro,

sólo los Nazgül hubieran podido ponerlo en guardia contra el peligro que se arrastraba, pequeño pero

indomable, hacia el corazón mismo del bien resguardado territorio. Pero los Nazgül y sus alas negras

estaban ausentes del reino, cumpliendo la misión que les había sido encomendada: la de acechar, muy

lejos de allí, la marcha de los Capitanes del Oeste, y hacia ellos se volvía el pensamiento de la Torre

Oscura.

Aquel día Sam creyó ver en su amo una nueva fuerza, más de lo que podía justificar el

aligeramiento casi insignificante de la carga. Durante las primeras etapas progresaron más rápidamente de

lo que Sam se había atrevido a esperar. Aunque el terreno era escabroso y hostil, avanzaron mucho, y la

montaña se veía cada vez más próxima. Pero con el correr del día, cuando la escasa luz empezó a

declinar, Frodo volvió a encorvarse, y a tropezar, como si el reiterado esfuerzo hubiese consumido todas

las energías que le quedaban.

En el último alto se dejó caer y dijo:

—Tengo sed, Sam. —Y no volvió a pronunciar palabra.

Sam le hizo beber un largo sorbo de agua; ahora en la botella quedaba sólo otro trago. Sam no

bebió, pero más tarde, cuando de nuevo cayó sobre ellos la noche de Mordor, el recuerdo del agua se le

apareció una y otra vez; y cada arroyuelo, cada río, cada manantial que había visto en su vida, a la sombra

verde de los sauces o centelleante al sol, danzaba y se rizaba en la oscuridad, atormentándolo. Sentía en

los dedos de los pies la caricia refrescante del barro cuando chapoteaba en el Lago de Delágua con Alegre

Coto y Tom y Ñipo, y con la hermana de ellos, Rosita. «Pero hace añares de esto», suspiró, «y tan lejos

de aquí. El camino de regreso, si lo hay pasa por la montaña».

No podía dormir, y discutió consigo mismo. «Y bien, veamos, nos ha ido mejor de lo que

esperabas», dijo con firmeza. «En todo caso, fue un buen comienzo. Me parece que hemos recorrido la

mitad del camino, antes de detenernos. Un día más, y asunto terminado.» Hizo una pausa.

123

«No seas tonto, Sam Gamyi», se respondió con su propia voz. «El no podrá continuar como

hasta ahora un día más, y eso si puede moverse. Y tampoco tú podrás seguir así mucho tiempo, si le das a

él toda el agua, y casi todo lo que queda para comer.»

«Todavía puedo seguir un largo trecho, y lo haré.»

«¿Hasta dónde?»

«Hasta la montaña, naturalmente.»

«¿Pero entonces, Sam Gamyi, entonces qué? Cuando llegues allí ¿qué vas a hacer? El solo no

podrá conseguir nada.»

Sam comprendió desconsolado que para esa pregunta no tenía respuesta. Frodo nunca le había

hablado mucho de la mis ión, y Sam sabía vagamente que de algún modo había que arrojar el Anillo al

fuego. «Las Grietas del Destino», murmuró, mientras el viejo nombre le volvía a la memoria. «Pues bien,

si el Amo sabe cómo encontrarlas, yo no lo sé.»

«¡Ahí lo tienes!», llegó la respuesta. «Todo es completamente inútil. El mismo lo dijo. Tú eres el

tonto, tú que sigues afanándote, siempre con esperanzas. Hace días que podías haberte echado a dormir

junto a él, si no estuvieras tan emperrado. De todos modos te espera la muerte, o algo peor aún. Tanto da

que te acuestes ahora y te des por vencido. Nunca llegarás a la cima.»

«Llegaré, aunque deje todo menos los huesos por el camino. Y llevaré al señor Frodo a cuestas,

aunque me rompa el lomo y el corazón. ¡Así que basta de discutir!»

En aquel momento Sam sintió temblar la tierra bajo sus pies y oyó o sintió un rumor prolongado,

profundo y remoto, como de un trueno prisionero en las entrañas de la tierra. Una llama roja centelleó un

instante por debajo de las nubes, y se extinguió. Tamb ién la montaña dormía intranquila.

Llegó la última etapa del viaje al Orodruin, y fue un tormento mucho mayor que todo cuanto

Sam se había creído capaz de soportar. Se sentía enfermo y tenía la garganta tan reseca que no podía

tragar un solo bocado. La oscuridad no cambiaba, no sólo a causa de los humos de la montaña: una

tormenta parecía a punto de estallar, y a lo lejos, en el sudeste, los relámpagos estriaban el cielo

encapotado. Para colmo de males el aire estaba impregnado de vapores; respirar era doloroso y difícil, y

aturdidos como estaban, tropezaban y caían con frecuencia. Aun así, no cedían, y proseguían la penosa

marcha.

La montaña crecía y crecía, cada vez más cercana, tan cercana que cuando levantaban las

pesadas cabezas, no veían otra cosa que una enorme mole de ceniza y escoria y roca calcinada, y en el

centro un cono de flancos empinados que trepaba hasta las nubes. Antes que la luz crepuscular de todo

aquel día se extinguiera para dar paso a una noche real, los hobbits habían llegado arrastrándose y

tropezando a la base misma de la montaña.

Frodo jadeó y se dejó caer. Sam se sentó junto a él. Descubrió sorprendido que se sentía cansado

pero ligero, y la cabeza parecía habérsele despejado. Ya no le turbaban la mente nuevas discusiones.

Conocía todas las argucias de la desesperación, y no les prestaba oídos. Estaba decidido, y sólo la muerte

podría detenerlo. Ya no sentía ni el deseo ni la necesidad de dormir, sino la de mantenerse alerta. Sabía

que ahora todos los azares y peligros convergían hacia un punto: el día siguiente sería un día decisivo, el

día del esfuerzo final o del desastre, el último aliento.

Pero ¿cuándo llegaría? La noche parecía interminable e intemporal; los minutos morían uno tras

otro para formar una hora que no traía ningún cambio. Sam se preguntó si aquello no sería el comienzo de

una nueva oscuridad, si la luz del día no reaparecería nunca. Al fin buscó a tientas la mano de Frodo.

Estaba fría y trémula. Frodo tiritaba.

—Hice mal en abandonar mi manta —murmuró Sam. Y acostándose en el suelo trató de abrigar

y reconfortar a Frodo con los brazos y el cuerpo. Luego el sueño lo venció, y la débil luz del último día de

la misión los encontró lado a lado. El viento había cesado el día anterior, cuando empezaba a soplar del

oeste, y ahora se levantaba otra vez, no ya desde el oeste sino del norte; la luz de un sol invisible se filtró

en la sombra en que yacían los hobbits.

— ¡Fuerza ahora! ¡El último aliento! —dijo Sam mientras se incorporaba con dificultad.

Se inclinó sobre Frodo y lo despertó. Frodo gimió, pero con un gran esfuerzo logró ponerse en

pie; vaciló, y en seguida cayó de rodillas. Alzó los ojos a los flancos oscuros del Monte del Destino, y

apoyándose sobre las manos empezó a arrastrarse.

124

Sam, que lo observaba, lloró por dentro, pero ni una sola lágrima le asomó a los ojos secos y

arrasados.

—Dije que lo llevaría a cuestas aunque me rompiese el lomo —murmuró— ¡y lo haré!

»¡ Venga, señor Frodo! —llamó—. No puedo llevarlo por usted, pero puedo llevarlo a usted

junto con él. ¡Vamos, querido señor Frodo! Sam lo llevará a babuchas. Usted le dice por dónde, y él irá.

Frodo se le colgó a la espalda, echándole los brazos alrededor del cuello y apretando firmemente

las piernas; y Sam se enderezó, tambaleándose; y entonces notó sorprendido que la carga era ligera. Había

temido que las fuerzas le alcanzaran a duras penas para alzar al amo, y que por añadidura tendrían que

compartir el peso terrible y abrumador del Anillo maldito. Pero no fue así. O Frodo estaba consumido por

los largos sufrimientos, la herida del puñal, la mordedura venenosa, las penas, y el miedo y las largas

caminatas a la intemperie, o él, Sam, era capaz aún de un último esfuerzo: lo cierto es que levantó a Frodo

con la misma facilidad con que llevaba a horcajadas a algún hobbit niño cuando retozaba en los prados o

los henares de la Comarca. Respiró hondo y se puso en camino.

Habían llegado al pie de la cara septentrional de la montaña, un poco hacia el oeste; allí los

largos flancos grises, aunque anfractuosos, no eran escarpados. Frodo no hablaba y Sam avanzó como

pudo, sin otro guía que la resolución inquebrantable de trepar lo más alto posible antes que le flaquearan

las fuerzas y la voluntad. Trepaba y trepaba, doblando el cuerpo hacia uno u otro lado para atenuar la

subida, trastabillando con frecuencia, y ya al final arrastrándose como un caracol que lleva a cuestas una

pesada carga. Cuando la voluntad se negó a obedecerle, y las piernas cedieron, se detuvo, y bajó con

cuidado a su amo.

Frodo abrió los ojos y aspiró una bocanada de aire. Aquí, lejos délos vapores que allá abajo

flotaban a la deriva y se retorcían en espirales, respirar era mucho más fácil.

—Gracias, Sam —dijo en un susurro entrecortado—. ¿Cuánto falta aún para llegar?

—No lo sé —respondió Sam—, pues no sé en verdad a dónde vamos.

Volvió la cabeza, y luego miró para arriba, y al ver el largo trecho que acababa de recorrer quedó

estupefacto. Vista desde abajo, solitaria y siniestra, la montaña le había parecido más alta. Ahora veía que

era menos elevada que las gargantas que él y Frodo habían escalado en los Ephel Dúath. Los

contrafuertes informes y dilapidados de la enorme base se elevaban hasta unos tres mil pies por encima de

la llanura, y sobre ellos, en el centro, se erguía el cono central, que sólo tenía la mitad de aquella altura, y

que parecía un horno o una chimenea gigantesca coronada por un cráter mellado. Pero ya Sam había

subido hasta la mitad, y la llanura de Gorgoroth apenas se veía, envuelta en humos y sombras. Y si la

garganta reseca se lo hubiese permitido, Sam habría dado un grito de triunfo al mirar hacia la altura;

porque allá arriba, entre las jibas y las estribaciones escabrosas, acababa de ver claramente un sendero o

camino. Trepaba como una cinta desde el oeste, y serpeando alrededor de la montaña, y antes de

desaparecer en un recodo, llegaba a la base del cono en la cara occidental.

Sam no alcanzaba a ver por dónde pasaba el camino directamente encima, pues una cuesta

empinada lo ocultaba a lo lejos; pero adivinaba que lo encontraría si era capaz de hacer un último

esfuerzo, y la esperanza volvió a él. Quizá pudiera aún conquistar la montaña.

«¡Hasta diría que lo han puesto a propósito!», se dijo. «Si esesendero no estuviera allí, ahora

tendría que aceptar que he sido derrotado.»

El camino no había sido construido a propósito para Sam. El no lo sabía, pero aquel era el

Camino de Sauron, el que iba desde Baraddür hasta los Sammath Naur, los Recintos del Fuego. Partía de

la gran puerta occidental de la Torre Oscura, atravesaba por un largo puente de hierro un abismo

profundo, y se internaba luego en los llanos; durante una legua corría entre dos precipicios humeantes y

llegaba a un extenso terraplén empinado en el flanco oriental. Desde allí, girando y enroscándose en la

ancha cintura de la montaña de norte a sur, trepaba por fin alrededor del cono, pero lejos aún de la cima

humeante, hasta una entrada oscura que miraba al este, a la ventana del Ojo en la fortaleza envuelta en

sombras de Sauron. La vorágine de los hornos de la montaña obstruía o destruía el camino con frecuencia,

y una tropa de orcos trabajaba día y noche reparándolo y limpiándolo.

Sam respiró con fuerza. Había un sendero, pero no sabía cómo escalaría la ladera que llevaba a

él. Ante todo necesitaba aliviar la espalda dolorida. Se acostó un rato junto a Frodo. Ninguno de los dos

hablaba. La claridad crecía lentamente. De pronto lo asaltó un sentimiento inexplicable de apremio, como

si alguien le hubiese gritado: ¡Ahora, ahora, o será demasiado tarde! Se incorporó. Tamb ién Frodo parecía

haber sentido la llamada. Trató de ponerse de rodillas. —Me arrastraré, Sam —jadeó.

125

Y así, palmo a palmo, como pequeños insectos grises, reptaron cuesta arriba. Cuando llegaron al

sendero notaron que era ancho y que estaba pavimentado con cascajo y ceniza apisonada. Frodo gateó

hasta él, y luego, como de mala gana, giró con lentitud sobre sí mismo para mirar al Este. Las sombras de

Sauron flotaban a lo lejos; pero desgarradas por una ráfaga de algún viento del mundo, o movidas quizá

por una profunda desazón interior, las nubes envolventes ondularon y se abrieron un instante; y entonces

Frodo vio, negros, más negros y más tenebrosos que las vastas sombras de alrededor, los pináculos

crueles y la corona de hierro de la torre más alta de Baraddür: espió un segundo apenas, pero fue como si

desde una ventana enorme e inconmensurablemente alta brotara una llama roja, un puñal de fuego que

apuntaba hacia el Norte: el parpadeo de un Ojo escrutador y penetrante; en seguida las sombras se

replegaron y la terrible visión desapareció. El Ojo no apuntaba hacia ellos: tenía la mirada fija en el norte,

donde se encontraban acorralados los Capitanes del Oeste; y en ellos concentraba ahora el Poder toda su

malicia, mientras se preparaba a asestar el golpe mortal; pero Frodo, ante aquella visión pavorosa, cayó

como herido mortalmente. La mano buscó a tientas la cadena alrededor del cuello.

Sam se arrodilló junto a él. Débil, casi inaudible, escuchó la voz susurrante de Frodo:

— ¡Ayúdame, Sam! ¡Ayúdame! ¡Deténme la mano! Yo no puedo hacerlo.

Sam le tomó las dos manos y juntándolas, palma contra palma, las besó; y las retuvo entre las

suyas. De pronto, tuvo miedo. «¡Nos han descubierto!», se dijo

«Todo ha terminado, o terminará muy pronto. Sam Gamyi, este es el fin del fin.»

Levantó de nuevo a Frodo, y sosteniéndole las manos apretadas contra su propio pecho, lo cargó

una vez más, con las piernas colgantes. Luego inclinó la cabeza, y echó a andar cuesta arriba. El camino

no era tan fácil de recorrer como le había parecido a primera vista. Por fortuna, los torrentes de fuego que

la montaña había vomitado cuando Sam se encontraba en Cirith Ungol, se habían precipitado sobre todo a

lo largo de las laderas meridional y occidental, y de este lado el camino no estaba obstruido, aunque sí

desmoronado en muchos sitios, o atravesado por largas y profundas fisuras. Luego de trepar hacia el este

durante un trecho, se replegaba sobre sí mismo en un ángulo cerrado, y continuaba avanzando hacia el

oeste. Allí, en la curva, lo cortaba un risco de vieja piedra carcomida por la intemperie, vomitada en días

remotos por los hornos de la montaña. Jadeando bajo su carga, Sam volvió el recodo; y en el momento

mismo en que doblaba alcanzó a ver de soslayo algo que caía desde el risco, algo que parecía ser un

pedacito de roca negra que se hubiera desprendido mientras él pasaba.

Sintió el golpe de un peso repentino, y cayó de bruces, lastimándose el dorso de las manos, que

aún sujetaban las de Frodo. Entonces comprendió lo que había pasado, porque por encima de él, mientras

yacía en el suelo, oyó una voz que odiaba.

—¡Amo malvado! —siseó la voz—, ¡Amo malvado que nos traiciona; traiciona a Sméagol,

gollum. No tiene que ir en esta dirección. No tiene que dañar el Tesoro. ¡Dáselo a Sméagol, dáselo a

nosotros! ¡Dáselo a nosotros!

De un tirón violento, Sam se levantó y desenvainó a Dardo; pero no pudo hacer nada. Gollum y

Frodo estaban en el suelo, trabados en lucha. De bruces sobre Frodo, Gollum manoteaba, tratando de

aferrar la cadena y el Anillo. Aquello, un ataque, una tentativa de arrebatarle por la fuerza el tesoro, era

quizá lo único que podía avivar las ascuas moribundas en el corazón y en la voluntad de Frodo. Se debatía

con una furia repentina que dejó atónito a Sam, y también a Gollum. Sin embargo, el desenlace habría

sido quizá muy diferente, si Gollum hubiera sido la criatura de antes; pero los senderos tormentosos que

había transitado, solo, hambriento y sin agua, impulsado por una codicia devoradora y un miedo

aterrador, habían dejado en él huellas lastimosas. Estaba flaco, consumido y macilento, todo piel y

huesos. Una luz salvaje le ardía en los ojos pero ya la fuerza de los pies y las manos no respondía como

antes a la malicia de la criatura. Frodo se desembarazó de él de un empujón, y se levantó temblando.

— ¡Al suelo, al suelo! —jadeó, mientras apretaba la mano contra el pecho para aferrar el Anillo

bajo el justillo de cuero—. ¡Al suelo, criatura rastrera, apártate de mi camino! Tus días están contados. Ya

no puedes traicionarme ni matarme.

Entonces, como le sucediera ya una vez a la sombra de los Emyn Muil, Sam vio de improviso

con otros ojos a aquellos dos adversarios. Una figura acurrucada, la sombra pálida de un ser viviente, una

criatura destruida y derrotada, y poseída a la vez por una codicia y una furia monstruosa; y ante ella,

severa, insensible ahora a la piedad, una figura vestida de blanco, que lucía en el pecho una rueda de

fuego. Y del fuego brotó imperiosa una voz.

— ¡Vete, no me atormentes más! ¡Si me vuelves a tocar, también tú serás arrojado al Fuego del

Destino!

126

La forma acurrucada retrocedió; los ojos contraídos reflejaban terror, pero también un deseo

insaciable.

Entonces la visión se desvaneció, y Sam vio a Frodo de pie, la mano sobre el pecho, respirando

afanoso, y a Gollum de rodillas a los pies de su amo, las palmas abiertas apoyadas en el suelo.

— ¡Cuidado! —gritó Sam—. ¡Va a saltar! —Dio un paso adelante, blandiendo la espada.—

¡Pronto, Señor! —jadeó—. ¡Siga adelante! ¡Adelante! No hay tiempo que perder. Yo me encargo de él.

¡Adelante!

—Sí, tengo que seguir adelante —dijo Frodo—. ¡Adiós, Sam! Este es el fin. En el Monte del

Destino se cumplirá el destino. ¡Adiós!

Dio media vuelta, y lento pero erguido echó a andar por el sendero ascendente.

— ¡ Ahora! — dij o Sam—. ¡ Por fin puedo arreglar cuentas contigo! —Saltó hacia delante, con

la espada pronta para la batalla. Pero Gollum no reaccionó. Se dejó caer en el suelo cuan largo era, y se

puso a lloriquear.

—No mates a nosssotros —gimió — . No lassstimes a nosssotros con el horrible y cruel acero.

¡Déjanosss vivir, sssí, déjanosss vivir sólo un poquito más! ¡Perdidos perdidos! Essstamos perdidos. Y

cuando el Tesssoro desaparezca, nosssotros moriremos, sssí, moriremos en el polvo. —Con los largos

dedos descarnados manoteó un puñado de cenizas.— ¡Sssí! —siseó—, ¡en el polvo!

La mano de Sam titubeó. Ardía de cólera, recordando pasadas felonías. Matar a aquella criatura

pérfida y asesina sería justo: se lo había merecido mil veces; y además, parecía ser la única solución

segura. Pero en lo profundo del corazón, algo retenía a Sam: no podía herir de muerte a aquel ser

desvalido, deshecho, miserable que yacía en el polvo. El, Sam, había llevado el Anillo, sólo por poco

tiempo, pero ahora imaginaba oscuramente la agonía del desdichado Gollum, esclavizado al Anillo en

cuerpo y alma, abatido, incapaz de volver a conocer en lavida paz y sosiego. Pero Sam no tenía palabras

para expresar lo que sentía.

—¡Maldita criatura pestilente! —dijo—. ¡Vete de aquí! ¡Lárgate! No me fío de ti, no, mientras te

tenga lo bastante cerca como para darte un puntapié; pero lárgate. De lo contrario te lastimaré, sí, con el

horrible y cruel acero.

Gollum se levantó en cuatro patas y retrocedió varios pasos, y de improviso, en el momento en

que Sam amenazaba un puntapié, dio media vuelta y echó a correr sendero abajo. Sam no se ocupó más

de él. De pronto se había acordado de Frodo. Escudriñó la cuesta y no alcanzó a verlo. Corrió arriba,

trepando. Si hubiera mirado para atrás, habría visto a Gollum que un poco más abajo daba otra vez media

vuelta, y con una luz de locura salvaje en los ojos, se arrastraba veloz pero cauto, detrás de Sam: una

sombra furtiva entre las piedras.

El sendero continuaba en ascenso. Un poco más adelante describía una nueva curva, y luego de

un último tramo hacia el este, entraba en un saliente tallado en la cara del cono, y llegaba a una puerta

sombría en el flanco de la montaña, la Puerta de los Sammath Naur. Subiendo ahora hacia el sur a través

de la bruma y la humareda, el sol ardía amenazante, un disco borroso de un rojo casi lívido; y Mordor

yacía como una tierra muerta alrededor de la Montaña, silencioso, envuelto en sombras, a la espera de

algún golpe terrible.

Sam fue hasta la boca de la cavidad y se asomó a escudriñar. Estaba a oscuras y exhalaba calor,

y un rumor profundo vibraba en el aire.

— ¡Frodo! ¡Mi amo! —llamó. No hubo respuesta. Sintiendo que el miedo le encogía el corazón,

aguardó un momento, y luego se precipitó a la cavidad. Una sombra se escurrió detrás de él.

Al principio no vio nada. Sacó una vez más el frasco de Galadriel, pero estaba pálido y frío en la

mano temblorosa, y en aquella oscuridad asfixiante no emitía ninguna luz. Sam había penetrado en el

corazón del reino de Sauron y en las fraguas de su antiguo poderío, el más omnipotente de la Tierra

Media, que subyugara a todos los otros poderes. Había avanzado unos pasos temerosos e inciertos en la

oscuridad, cuando un relámpago rojo saltó de improviso, y se estrelló contra el techo negro y abovedado.

Sam vio entonces que se encontraba en una caverna larga o en una galería perforada en el cono humeante

de la montaña. Un poco más adelante el pavimento y las dos paredes laterales estaban atravesados por una

profunda fisura, y de ella brotaba el resplandor rojo, que de pronto trepaba en una súbita llamarada, de

pronto se extinguía abajo, en la oscuridad; desde los abismos subía un rumor y una conmoción, como de

máquinas enormes que golpearan y trabajaran.

127

La luz volvió a saltar, y allí, al borde del abismo de pie delante de la Grieta del Destino, vio a

Frodo, negro contra el resplandor, tenso, erguido pero inmóvil, como si fuera de piedra.

— ¡Amo! —gritó Sam.

Entonces Frodo pareció despertar, y habló con una voz clara, una voz límpida y potente que Sam

no le conocía, y que se alzó sobre el tumulto y los golpes del Monte del Destino, y retumbó en el techo y

las paredes de la caverna.

—He llegado —dijo—. Pero ahora he decidido no hacer lo que he venido a hacer. No lo haré.

¡El Anillo es mío! Y de pronto se lo puso en el dedo, y desapareció de la vista de Sam. Sam abrió la boca

y jadeó, pero no llegó a gritar, porque en aquel instante ocurrieron muchas cosas.

Algo le asestó un violento golpe en la espalda, que lo hizo volar piernas arriba y caer a un

costado, de cabeza contra el pavimento de piedra, mientras una forma oscura saltaba por encima de él. Se

quedó tendido allí un momento, y luego todo fue oscuridad.

Y allá lejos, mientras Frodo se ponía el Anillo y lo reclamaba para él, hasta en los Sammath

Naur, el corazón mismo del reino de Sauron, el Poder de Baraddür se estremecía, y la Torre temblaba

desde los cimientos hasta la cresta fiera y orgullosa. El Señor Oscuro comprendió de pronto que Frodo

estaba allí, y el Ojo, capaz de penetrar en todas las sombras, escrutó a través de la llanura hasta la puerta

que él había construido; y la magnitud de su propia locura le fue revelada en un relámpago enceguecedor,

y todos los ardides del enemigo quedaron por fin al desnudo. Y la ira ardió en él con una llama

devoradora, y el miedo creció como un inmenso humo negro, sofocándolo. Pues conocía ahora qué

peligro mortal lo amenazaba, y el hilo del que pendía su destino.

Y al abandonar de pronto todos los planes y designios, las redes de miedo y perfidia, las

estratagemas y las guerras, un estremecimiento sacudió al reino entero, de uno a otro confín; y los

esclavos se encogieron, y los ejércitos suspendieron la lucha, y los capitanes, de pronto sin guía, privados

de voluntad, temblaron y desesperaron. Porque habían sido olvidados. La mente y los afanes del poder

que los conducía se concentraban ahora con una fuerza irresistible en la montaña. Convocados por él,

remontándose con un grito horripilante, en una última carrera desesperada, más raudos que los vientos

volaron los Nazgül, los Espectros del Anillo, y en medio de una tempestad de alas se precipitaron al sur,

hacia el Monte del Destino.

Sam se levantó. Se sentía aturdido, y la sangre que le manaba de la cabeza le oscurecía la vista.

Avanzó a tientas, y de pronto se encontró con una escena terrible y extraña. Gollum en el borde del

abismo luchaba frenéticamente con un adversario invisible. Se balanceaba de un lado a otro, tan cerca del

borde que por momentos parecía que iba a despeñarse; retrocedía, se caía, se levantaba y volvía a caer. Y

siseaba sin cesar, pero no decía nada.

Los fuegos del abismo despertaron iracundos, la luz roja se encendió en grandes llamaradas, y un

resplandor incandescente llenó la caverna. Y de pronto Sam vio que las largas manos de Gollum subían

hasta la boca; los blancos colmillos relucieron y se cerraron con un golpe seco al morder. Frodo lanzó un

grito, y apareció, de rodillas en el borde del abismo. Pero Gollum bailaba desenfrenado, y levantaba en

alto el Anillo, con un dedo todavía ensartado en el aro. Y ahora brillaba como si en verdad lo hubiesen

forjado en fuego vivo.

—¡Tesssoro, tesssoro, tesssoro! —gritaba Gollum—. ¡Mi tesssoro! ¡Oh mi Tesssoro! —Y

entonces, mientras alzaba los ojos para deleitarse en el botín, dio un paso de más, se tambaleó un instante

en el borde, y luego, con un alarido, se precipitó en el vacío. Desde los abismos llegó su último lamento

¡Tesssoro! y desapareció para siempre.

Hubo un rugido y una gran confusión de ruidos. Las llamas brincaron lamieron el techo. Los

golpes aumentaron y se convirtieron en un tumulto, y la montaña tembló. Sam corrió hacia Frodo, lo

levantó y lo llevó en brazos hasta la puerta. Y allí, en el oscuro umbral de los Sammath Naur, allá arriba,

lejos, muy lejos de las llanuras de Mordor, quedó de pronto inmóvil de asombro y de terror, y olvidándose

de todo miró en torno, como petrificado.

Tuvo una visión fugaz de nubes turbulentas, en medio de las cuales se erguían torres y murallas

altas como colinas, levantadas sobre el poderoso trono de la montaña por encima de fosos insondables;

vastos patios y mazmorras, y prisiones de muros ciegos y verticales como acantilados, y puertas

entreabiertas de acero y adamante; y de pronto todo desapareció. Se desmoronaron las torres y se

hundieron las montañas; los muros se resquebrajaron, derrumbándose en escombros; trepó el humo en

espirales, y unos grandes chorros de vapor se encresparon, estrellándose como la cresta impetuosa de una

ola, para volcarse en espuma sobre la tierra. Y entonces, por fin, llegó un rumor sordo y prolongado que

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creció y creció hasta transformarse en un estruendo y en un estrépito ensordecedor; tembló la tierra, la

llanura se hinchó y se agrietó, y el Orodruin vaciló. Y por la cresta hendida vomitó ríos de fuego.

Estriados de relámpagos, atronaron los cielos. Restallando como furiosos latigazos, cayó un torrente de

lluvia negra. Y al corazón mismo de la tempestad, con un grito que traspasó todos los otros ruidos,

desgarrando las nubes, llegaron los Nazgül; y atrapados como dardos incandescentes en la vorágine de

fuego de las montañas y los cielos, crepitaron, se consumieron, y desaparecieron.

—Y bien, éste es el fin, Sam Gamyi —dijo una voz junto a Sam. Y allí estaba Frodo, pálido y

consumido, pero otra vez él, y ahora había paz en sus ojos: no más locura, ni lucha interior, ni miedos. Ya

no llevaba la carga consigo. Era ahora el querido amo de los dulces días de la Comarca.

—¡Mi amo! —gritó Sam, y cayó de rodillas. En medio de todo aquel mundo en ruinas, por el

momento sólo sentía júbilo, un gran júbilo. El fardo ya no existía. El amo se había salvado y era otra vez

Frodo, el Frodo de siempre, y estaba libre. De pronto Sam reparó en la mano mutilada y sangrante.

—¡Oh, esa mano de usted! —exclamó—. Y no tengo nada con que aliviarla o vendarla. Con

gusto le habría cedido a cambio una de las mías. Pero ahora se ha ido, se ha ido para siempre.

—Sí —dijo Frodo—. Pero ¿recuerdas las palabras de Gandalf ? Hasta Gollum puede tener aún

algo que hacer. Si no hubiera sido por él, Sam, yo no habría podido destruir el Anillo. Y el amargo viaje

habría sido en vano, justo al fin. ¡Entonces, perdonémoslo! Pues la misión ha sido cumplida, y todo ha

terminado. Me hace feliz que estés aquí conmigo. Aquí al final de todas las cosas, Sam.

4

EL CAMPO DE CORMALLEN

El océano embravecido de los ejércitos de Mordor inundaba las colinas. Los Capitanes del Oeste

empezaban a zozobrar bajo la creciente marejada. El sol rojo, ardía, y bajo las alas de los Nazgül las

sombras negras de la muerte se proyectaban sobre la tierra. Aragorn, erguido al pie de su estandarte,

silencioso y severo, parecía abismado en el recuerdo de cosas remotas; pero los ojos le resplandecían,

como las estrellas que brillan más cuanto más profunda y oscura es la noche. En lo alto de la colina estaba

Gandalf, blanco y frío, y sobre él no caía sombra alguna. El asalto de Mordor rompió corno una ola sobre

los montes asediados, y las voces rugieron como una marea tempestuosa en medio de la zozobra y el

fragor de las armas.

De pronto, como despertado por una visión súbita, Gandalf se estremeció; y volviendo la cabeza

miró hacia el norte, donde el cielo estaba pálido y luminoso. Entonces levantó las manos y gritó con una

voz poderosa que resonó por encima del estrépito:

—¡Llegan las Águilas!

Y muchas voces respondieron, gritando:

—¡Llegan las Águilas! ¡Llegan las Águilas!

Los de Mordor levantaron la vista, preguntándose qué podía significar aquella señal.

Y vieron venir a Gwaihir el Señor de los Vientos, y a su hermano Landroval, las más grandes de

todas las Águilas del Norte, los descendientes más poderosos del viejo Thorondor, aquel que en los

tiempos en que la Tierra Media era joven, construía sus nidos en los picos inaccesibles de las Montañas

Circundantes. Detrás de las águilas, rápidas como un viento creciente, llegaban en largas hileras todos los

vasallos de las montañas del Norte. Y desplomándose desde las altas regiones del aire, se lanzaron sobre

los Nazgül, y el batir de las grandes alas era como el rugido de un huracán.

Pero los Nazgül, respondiendo a la súbita llamada de un grito terrible en la Torre Oscura, dieron

media vuelta, y huyeron, desvaneciéndose en las tinieblas de Mordor; y en el mismo instante todos los

ejércitos de Mordor se estremecieron, la duda oprimió los corazones; enmudecieron las risas, las manos

temblaron,

los miembros flaquearon. El Poder que los conducía, que los alimentaba de odio y de furia,

vacilaba; ya su voluntad no estaba con ellos; y al mirar a los ojos a los enemigos, vieron allí una luz de

muerte, y tuvieron miedo.

129

Entonces todos los Capitanes del Oeste prorrumpieron en gritos, porque en medio de tanta

oscuridad una nueva esperanza henchía los corazones. Y desde las colinas sitiadas los Caballeros de

Góndor, los Jinetes de Rohan, los Dúnedain del Norte, compañías compactas de valientes guerreros, se

precipitaron sobre los adversarios vacilantes, abriéndose paso con el filo implacable de las lanzas. Pero

Gandalf alzó los brazos y una vez más los exhortó con voz clara.

— ¡Deteneos, Hombres del Oeste! ¡Deteneos y esperad! Ha sonado la hora del destino.

Y aun mientras pronunciaba estas palabras, la tierra se estremeció bajo los pies de los hombres,

una vasta oscuridad llameante invadió el cielo, y se elevó por encima de las Torres de la Puerta Negra,

más alta que las montañas. Tembló y gimió la tierra. Las Torres de los Dientes se inclinaron, vacilaron un

instante y se desmoronaron; en escombros se desplomó la poderosa muralla; la Puerta Negra saltó en

ruinas, y desde muy lejos, ora apagado, ora creciente, trepando hasta las nubes, se oyó un tamborileo

sordo y prolongado, un estruendo, los largos ecos de un redoble de destrucción y ruina.

—¡El reino de Sauron ha sucumbido! —dijo Gandalf—. El Portador del Anillo ha cumplido la

Misión. —Y al volver la mirada hacia el sur, hacia el país de Mordor, los Capitanes creyeron ver, negra

contra el palio de las nubes, una inmensa forma de sombra impenetrable, coronada de relámpagos, que

invadía toda la bóveda del cielo; se desplegó gigantesca sobre el mundo, y tendió hacia ellos una gran

mano amenazadora, terrible pero impotente: porque en el momento mismo en que empezaba a descender,

un viento fuerte la arrastró y la disipó; y siguió un silencio profundo.

Los Capitanes del Oeste bajaron entonces las cabezas; y cuando las volvieron a alzar he aquí que

los enemigos se dispersaban en fuga y el poder de Mordor se deshacía como polvo en el viento. Así como

las hormigas que cuando ven morir a la criatura despótica y malévola que las tiene sometidas en la colina

pululante, echan a andar sin meta ni propósito, y se dejan morir, así también las criaturas de Sauron, orcos

y trolls, y bestias hechizadas, corrían despavoridas de un lado a otro; y algunas se dejaban morir o se

mataban entre ellas, otras se arrojaban a los fosos, o huían gimiendo a esconderse en agujeros oscuros,

lejos de toda esperanza. Pero los hombres de Rhün y de Harad, los del Este y los Sureños, viendo la gran

majestad de los Capitanes del Oeste, daban ya por perdida la guerra. Y los que por más largo tiempo

habían estado al servicio de Mordor, los que más se habían sometido a aquella servidumbre, aquellos que

odiaban al Oeste, y eran aún arrogantes y temerarios, se unieron decididos a dar una última batalla

desesperada. Pero los demás huían hacia el este; y algunos arrojaban las armas e imploraban clemencia.

Entonces Gandalf, dejando la conducción de la batalla en manos de Aragorn y de los otros

capitanes, llamó desde la colina; y la gran águila Gwaihir, el Señor de los Vientos, descendió y se posó a

los pies del mago.

—Dos veces me has llevado ya en tus alas, Gwaihir, amigo mío —dijo Gandalf—. Esta será la

tercera y la última, si tú quieres. No seré una carga mucho más pesada que cuando me recogiste en

Zirakzigil, donde ardió y se consumió mi vieja vida.

—A donde tú me pidieras te llevaría —respondió Gwaihir—, aunque fueses de piedra.

—Vamos, pues, y que tu hermano nos acompañe, junto con otro de tus vasallos más veloces. Es

menester que volemos más raudos que todos los vientos, superando a las alas de los Nazgül.

—Sopla el Viento del Norte —dijo Gwaihir—, pero lo venceremos. —Y levantó a Gandalf y

voló rumbo al sur, seguido por Landroval, y por el joven y veloz Meneldor. Y volando pasaron sobre

Udün y Gorgoroth, y vieron toda la tierra destruida y en ruinas, y ante ellos el Monte del Destino, que

humeaba y vomitaba fuego.

—Me hace feliz que estés aquí conmigo —dijo Frodo—. Aquí al final de todas las cosas, Sam.

—Sí, estoy con usted, mi amo —dijo Sam, con la mano herida de Frodo suavemente apretada

contra el pecho—. Y usted está conmigo. Y el viaje ha terminado. Pero después de haber andado tanto, no

quiero aún darme por vencido. No sería yo, si entiende lo que le quiero decir.

—Tal vez no, Sam —dijo Frodo—, pero así son las cosas en el mundo. La esperanza se

desvanece. Se acerca el fin. Ahora sólo nos queda una corta espera. Estamos perdidos en medio de la

ruina y de la destrucción, y no tenemos escapatoria.

—Bueno, mi amo, de todos modos podríamos alejarnos un poco de este lugar tan peligroso, de

esta Grieta del Destino, si así se llama. ¿ No le parece? Venga, señor Frodo, bajemos al menos al pie de

este sendero.

130

—Está bien, Sam, si ése es tu deseo, yo te acompañaré —dijo Frodo; y se levantaron y

lentamente bajaron la cuesta sinuosa; y cuando llegaban al vacilante pie de la montaña, los Sammath Naur

escupieron un chorro de vapor y humo y el flanco del cono se resquebrajó, y un vómito enorme e

incandescente rodó en una cascada lenta y atronadora por la ladera oriental de la montaña.

Frodo y Sam no pudieron seguir avanzando. Las últimas energías del cuerpo y de la mente los

abandonaban con rapidez. Se habían detenido en un montículo de cenizas al pie de la montaña; y desde

allí no había ninguna vía de escape. Ahora era como una isla, pero no resistiría mucho tiempo más, en

medio de los estertores del Orodruin. La tierra se agrietaba por doquier, y de las fisuras y de los pozos

insondables saltaban cataratas de humo y de vapores. Detrás, la montaña se contraía atormentada.

Grandes heridas rojas se abrían en los flancos, mientras ríos de fuego descendían lentos hacia ellos. No

tardarían mucho en sepultarlos. Caía una lluvia de ceniza incandescente.

Ahora estaban de pie, inmóviles; Sam, que aún sostenía la mano de Frodo, se la acarició. Luego

suspiró.

—Qué cuento hemos vivido, señor Frodo, ¿no le parece? —dijo—. ¡ Me gustaría tanto oírlo! ¿

Cree que dirán: Y aquí empieza la historia de Frodo Nuevededos y el Anillo del Destino? Y entonces se

hará un gran silencio, como cuando en Rivendel nos relataban la historia de Beren el Manco y las Tres

Joyas. ¡Cuánto me gustaría escucharla! Y cómo seguirá, me pregunto, después de nuestra parte.

Pero mientras hablaba así, para alejar el miedo hasta el final, la mirada de Sam se perdía en el

norte, y el ojo del huracán, allí donde el cielo distante aparecía límpido, pues un viento frío, que ahora

soplaba como un vendaval, disipaba la oscuridad y la ruina de las nubes.

Y así fue como los vio desde lejos la mirada de largo alcance de Gwaihir, cuando llevada por el

viento huracanado, y desafiando el peligro de los cielos, volaba en círculos altos: dos figuras diminutas y

oscuras, desamparadas, de pie sobre una pequeña colina, y tomadas de la mano mientras alrededor el

mundo agonizaba jadeando y estremeciéndose, y rodeadas por torrentes de fuego que se les acercaban. Y

en el mo mento en que los descubrió y bajaba hacia ellos, los vio caer, exhaustos, o asfixiados por el calor

y las exhalaciones, o vencidos al fin por la desesperación, tapándose los ojos para no ver llegar la muerte.

Yacían en el suelo, lado a lado; y Gwaihir descendió y se posó junto a ellos; y detrás de él

llegaron Landroval y el veloz Meneldor; y como en un sueño, sin saber qué destino les había tocado, los

viajeros fueron recogidos y llevados fuera, lejos de las tinieblas y los fuegos.

Cuando despertó, Sam notó que estaba acostado en un lecho mullido, pero sobre él se mecían

levemente grandes ramas de abedul, y la luz verde y dorada del sol se filtraba a través del follaje. Todo el

aire era una mezcla de fragancias dulces.

Recordaba aquel perfume: los aromas de Ithilien.

«¡Corcholis!», murmuró. «¿Por cuánto tiempo habré dormido?»

Pues aquella fragancia lo había transportado al día que encendiera la pequeña fogata al pie del

barranco soleado, y por un instante todo lo que ocurrió después se le había borrado de la memoria. Se

desperezó. «¡Qué sueño he tenido!» murmuró. «¡Qué alegría haberme despertado!» Se sentó y vio junto a

él a Frodo, que dormía apaciblemente, una mano bajo la cabeza, la otra apoyada en la manta: la derecha, y

le faltaba el dedo mayor de la mano derecha. Recordó todo de pronto, y gritó:

— ¡No era un sueño! ¿Entonces, dónde estamos? Y una voz suave respondió detrás de él:

— En la tierra de Ithilien, al cuidado del rey, que os espera. —Y al decir eso, Gandalf apareció

ante él vestido de blanco, y la barba le resplandecía como nieve al centelleo del sol en el follaje.— Y

bien, señor Samsagaz, ¿cómo se siente usted? —dijo.

Pero Sam se volvió a acostar y lo miró boquiabierto, con los ojos agrandados por el asombro, y

por un instante, entre el estupor y la alegría, no pudo responder. Al fin exclamó:

— ¡Gandalf! ¡Creía que estaba muerto! Pero yo mismo creía estar muerto. ¿Acaso todo lo triste

era irreal? ¿Qué ha pasado en el mundo?

—Una gran Sombra ha desaparecido —dijo Gandalf, y rompió a reír, y aquella risa sonaba como

una música, o como agua que corre por una tierra reseca; y al escucharla Sam se dio cuenta de que hacía

muchos días que no oía una risa verdadera, el puro sonido de la alegría. Le llegaba a los oídos como un

eco de todas las alegrías que había conocido. Pero él, Sam, se echó a llorar. Luego, como una dulce

llovizna que se aleja llevada por un viento de primavera, las lágrimas cesaron, y se rió, y riendo saltó del

lecho.

131

— ¿Que cómo me siento? —exclamó—. Bueno, no tengo palabras. Me siento, me siento... —

agitó los brazos en el aire—... me siento como la primavera después del invierno y el sol sobre el follaje;

¡y como todas las trompetas y las arpas y todas las canciones que he escuchado en mi vida! — Calló y

miró a su amo.— Pero, ¿cómo está el señor Frodo? —dijo—. ¿No es terrible lo que le ha sucedido en la

mano? Aunque espero que por lo demás se encuentre bien. Ha pasado momentos muy crueles.

—Sí, por lo demás estoy muy bien —dijo Frodo, mientras se sentaba y se echaba a reír también

él—. Me dormí de nuevo mientras esperaba a que tú despertaras, dormilón. Yo desperté temprano, y

ahora ha de ser casi el mediodía.

—¿Mediodía? —dijo Sam, tratando de echar cuentas—. ¿De qué día?

— El decimocuarto del Año Nuevo —dijo Gandalf—, o si lo prefieres, el octavo día de abril

según el Calendario de la Comarca. Pero en adelante el Año Nuevo siempre comenzará en Gondor el

veinticinco de marzo, el día en que cayó Sauron, el mismo en que fuisteis rescatados del fuego y traídos

aquí, a que el rey os curara. Porque es él quien os ha curado y ahora os espera. Comeréis y beberéis con

él. Cuando estéis prontos os llevaré a verlo.

—¿El rey? dijo Sam. ¿Qué rey? ¿Y quién es?

—El Rey de Gondor y Soberano de las Tierras Occidentales —dijo Gandalf—, que ha

recuperado todo su antiguo reino. Pronto irá a su coronación, pero os espera a vosotros.

—¿Qué nos pondremos? —dijo Sam, porque no veía más que las ropas viejas y andrajosas con

que habían viajado, dobladas en el suelo al pie de los lechos.

—Las ropas que habéis usado durante el viaje a Mordor —dijo Gandalf—.

Hasta los harapos de orcos con que te disfrazaste en la tierra tenebrosa serán conservados, Frodo.

No puede haber sedas ni linos ni armaduras ni blasones dignos de más altos honores. Luego quizás os

consiga otros atavíos.

Y extendió hacia ellos las manos y vieron que una le resplandecía, envuelta en luz.

—¿Qué tienes ahí? —exclamó Frodo—. ¿Es posible que sea...?

—Sí, os he traído vuestros dos tesoros. Los tenía Sam, cuando fuisteis rescatados. Los regalos de

la Dama Galadriel: el frasco, Frodo, y la cajita, Sam. Os alegrará tenerlos de nuevo.

Una vez lavados y vestidos, y después de un ligero refrigerio, los hobbits siguieron a Gandalf.

Salieron del bosquecillo de abedules donde habían dormido, y cruzaron un largo prado verde que relucía

al sol, flanqueado de árboles majestuosos de oscuro follaje y cargados de flores rojas. A espaldas de ellos

canturreaba una cascada, y un arroyo corría adelante, entre riberas florecidas, y en el linde del prado se

internaba en un bosque frondoso y pasaba luego bajo una arcada de árboles, y entre ellos y a lo lejos

centelleaba el agua.

Al llegar al claro del bosque les sorprendió ver unos caballeros de armadura brillante y unos

guardias altos engalanados de negro y de plata que los saludaban con respetuosas y profundas

reverencias. Se oyó un largo toque de trompeta, y siguieron avanzando por la alameda, a la vera de las

aguas cantarínas. Y llegaron a un amplio campo verde, y más allá corría un río ancho en cuyo centro

asomaba un islote boscoso con numerosas naves ancladas en las costas. Pero en ese campo se había

congregado un gran ejército, en filas y compañías que resplandecían al sol. Y al ver llegar a los hobbits

desenvainaron las espadas y agitaron las lanzas; y resonaron las trompetas y los cuernos, y muchas voces

gritaron en muchas lenguas:

¡Vivan los Medianos! ¡Alabados sean con grandes alabanzas!

Cuio y Pheriain anann! Aglar ni Pheriannath!

¡Alabados sean con grandes alabanzas, Frodo y Samsagaz!

Daur a Berhael, Conin en Annün! Eglerio!

¡Alabados sean!

Eglerio!

A laita te, laita te! Andave laituvalmet!

¡Alabados sean!

Cormacolindor, a laite tárienna!

¡Alabados sean! ¡Alabados sean con grandes alabanzas los Portadores

[del Anillo!

132

Y así, arreboladas las mejillas por la sangre roja, con los ojos brillantes de asombro, Frodo y

Sam continuaron avanzando y vieron, en medio de la hueste clamorosa, tres altos sitiales de hierba verde.

Sobre el sitial de la derecha, blanco sobre verde, flameando al viento, un gran corcel galopaba en libertad;

sobre el de la izquierda se alzaba un estandarte, y en él una nave de plata con la proa en forma de cisne

surcaba un mar azul. Pero sobre el trono del centro, el más elevado, flotaba un gran estandarte, y en él,

sobre un campo de sable, nimbado por una corona resplandeciente de siete estrellas, florecía un árbol

blanco. Y en el trono estaba sentado un hombre vestido con una cota de malla; no usaba yelmo, pero en

sus rodillas descansaba una espada larga. Y al ver que llegaban los hobbits se puso en seguida de pie. Y

entonces lo reconocieron, cambiado como estaba, tan alto y alegre de semblante, majestuoso, soberano de

los hombres, oscuro el cabello, grises los ojos.

Frodo le corrió al encuentro, y Sam lo siguió.

—Bueno, si esto parece de veras el colmo de los colmos —exclamó—. ¡Trancos! ¿O acaso estoy

soñando todavía?

—Sí, Sam, Trancos —dijo Aragorn—. Qué lejana está Bree, ¿no es verdad?, donde dijiste que

no te gustaba mi aspecto. Largo ha sido el camino para todos, pero a vosotros os ha tocado recorrer el más

oscuro.

Y entonces, ante la profunda sorpresa y turbación de Sam, hincó ante ellos la rodilla; y

tomándolos de la mano, a Frodo con la diestra y a Sam con la siniestra, los condujo hasta el trono, y luego

de hacerlos sentar en él, se volvió a los hombres y a los capitanes que estaban cerca, y habló con voz

fuerte para que la hueste entera pudiese escucharlo: —¡Alabados sean con grandes alabanzas!

,"Y cuando una vez más se acallaron los clamores de júbilo, un juglar de Gondor se adelantó, y

arrodillándose, pidió permiso para cantar. Y oh maravilla, como para dar a Sam una satisfacción total y

colmarlo de pura alegría, he aquí lo que dijo:

— ¡Escuchad, señores y caballeros y hombres de valor sin tacha, reyes y príncipes, y leal pueblo

de Gondor; y Jinetes de Rohan, y vosotros, hijos de Elrond, y los Dúnedain del Norte, y Elfo y Enano, y

nobles corazones de la Comarca, y de todos los pueblos libres del Oeste!

Escuchad ahora mi lay. Porque he venido a cantar para vosotros la balada de Frodo Nuevededos

y el Anillo del Destino.

Y Sam al oírlo estalló en una carcajada de puro regocijo, y se levantó y gritó:

—¡Oh gloria y esplendor! ¡Todos mis deseos se ven realizados! Y lloró.

Y el ejército en pleno reía y lloraba, y en medio del júbilo y de las lágrimas se elevó la voz

límpida de oro y plata del juglar, y todos enmudecieron. Y cantó para ellos, en lengua élfica y en las

lenguas del Oeste, hasta que los corazones, traspasados por la dulzura de las palabras, se desbordaron; y

la alegría de todos centelleó como espadas, y los pensamientos se elevaron hasta las regiones donde el

dolor y la felicidad fluyen juntos y las lágrimas son el vino de la ventura.

Y por fin, cuando el sol descendía del cénit y alargaba las sombras de los árboles, el juglar

terminó su canción:

— ¡Alabados sean con grandes alabanzas! —dijo, y se hincó de rodillas. Y entonces Aragorn se

puso de pie, y el ejército entero lo siguió, y todos se encaminaron a los pabellones que habían sido

preparados para comer y beber y festejar hasta el final del día.

A Frodo y a Sam los condujeron a una tienda, donde luego de quitarles los viejos ropajes, que

sin embargo doblaron y guardaron con honores, los vistieron con lino limpio. Y entonces llegó Gandalf, y

ante el asombro de Frodo, traía en los brazos la espada y la capa élficas y la cota de malla de mithril que

le fueran robadas en Mordor. Y para Sam traía una cota de malla dorada, y la capa élfica, limpia ahora de

todas las manchas y daños; y depositó dos espadas a los pies de los hobbits.

—Yo no deseo llevar una espada —dijo Frodo.

—Tendrás que llevarla al menos esta noche —dijo Gandalf. Frodo tomó entonces la espada

pequeña, la que fuera de Sam y que había quedado junto a él en Cirith Ungol.

—Dardo es tuya, Sam —dijo—. Yo mismo te la di.

133

—¡ No, mi amo! El señor Bilbo se la regaló a usted, y hace juego con la cota de plata; a él no le

gustaría que otro la usara ahora.

Frodo cedió; y Gandalf, como si fuera el escudero de los dos, se arrodilló y les ciñó las hojas; y

luego les puso sobre las cabezas unas pequeñas diademas de plata. Y así ataviados se encaminaron al

festín; y se sentaron a la mesa del Rey con Gandalf, y el Rey Eomer de Rohan, y el Príncipe Imrahil y

todos los grandes capitanes; y también Gimli y Lególas estaban con ellos.

Y cuando después del Silencio Ritual trajeron el vino, dos escuderos entraron para servir a los

reyes; o escuderos parecían al menos: uno vestía la librea negra y plateada de los Guardias de Minas

Tirith, y el otro de verde y de blanco. Y Sam se preguntó qué harían dos mozalbetes como aquellos en un

ejército de hombres fuertes y poderosos. Y entonces, cuando se acercaron, los vio de pronto más

claramente, y exclamó:

— ¡ Mire, señor Frodo! ¡ Mire! ¿ No es Pippin ? ¡ El señor Peregrin Tuk, tendría que decir, y el

señor Merry! ¡Cuánto han crecido! ¡Córcholis! Veo que además de la nuestra hay otras historias para

contar.

—Claro que las hay —dijo Pippin volviéndose hacia él—. Y empezaremos no bien termine este

festín. Mientras tanto, puedes probar suerte con Gandalf. Ya no es tan misterioso como antes, aunque

ahora se ríe más de lo que habla. Por el momento, Merry y yo estamos ocupados. Somos caballeros de la

Ciudad y de la Marca, como espero habrás notado.

Concluyó al fin el día de júbilo; y cuando el sol desapareció y la luna subió redonda y lenta sobre

las brumas del Anduin, y centelleó a través del follaje inquieto, Frodo y Sam se sentaron bajo los árboles

susurrantes, allí en la hermosa y perfumada tierra de Ithilien; y hasta muy avanzada la noche conversaron

con Merry y Pippin y Gandalf, y pronto se unieron a ellos Lególas y Gimli. Allí fue donde Frodo y Sam

oyeron buena parte de cuanto le había ocurrido a la Compañía, desde el día infausto en que se habían

separado en Parth Galen, cerca de las Cascadas del Rauros; y siempre tenían otras cosas que preguntarse,

nuevas aventuras que narrar.

Los orcos, los árboles parlantes, las praderas de leguas interminables, los jinetes al galope, las

cavernas relucientes, las torres blancas y los palacios de oro, las batallas y los altos navios surcando las

aguas, todo desfiló ante los ojos maravillados de Sam. Sin embargo, entre tantos y tantos prodigios, lo

que más le asombraba era la estatura de Merry y de Pippin; y los medía, comparándolos con Frodo y con

él mismo, y se rascaba la cabeza.

—¡Esto sí que no lo entiendo, a la edad de ustedes! —dijo—. Pero lo que es cierto es cierto, y

ahora miden tres pulgadas más de lo normal. O yo soy un enano.

—Eso sí que no —dijo Gimli—. Pero ¿no os lo previne? Los mortales no pueden beber los

brebajes de los ents y pensar que no les hará más efecto que un jarro de cerveza.

—¿Brebajes de los ents? —dijo Sam—. Ahora vuelve a mencionar a los ents. Pero ¿qué son? No

alcanzo a comprenderlo. Pasarán semanas y semanas antes que hayamos aclarado todo esto.

—Semanas por cierto —dijo Pippin—. Y luego habrá que encerrar a Frodo en una torre de

Minas Tirith para que lo ponga todo por escrito. De lo contrario se olvidará de la mitad, y el pobre viejo

Bilbo tendrá una tremenda decepción.

Al cabo Gandalf se levantó.

—Las manos del Rey son las de un curador, mis queridos amigos —dijo—. Pero antes que él os

llamara, recurriendo a todo su poder para llevaros al dulce olvido del sueño, estuvisteis al borde de la

muerte. Y aunque sin duda habéis dormido largamente y en paz, ya es hora de ir a dormir de nuevo.

—Y no sólo Sam y Frodo —dijo Gimli, sino también tú, Pippin. Te quiero mucho, aunque sólo

sea por las penurias que me has causado, y que no olvidaré jamás. Tampoco me olvidaré de cuando te

encontré en la cresta de la colina en la última batalla. Sin Gimli el enano, te habrías perdido. Pero ahora al

menos sé reconocer el pie de un hobbit, aunque sea la única cosa visible en medio de un montón de

cadáveres. Y cuando libré tu cuerpo de aquella carroña enorme, creí que estabas muerto. Poco faltó para

que me arrancara las barbas. Y hace apenas un día que estás levantado y que saliste por primera vez. Así

que ahora te irás a la cama. Y yo también.

—Y yo —dijo Lególas— iré a caminar por los bosques de esta tierra hermosa, que para mí es

descanso suficiente. En días por venir, si el señor de los elfos lo permite, algunos de nosotros vendremos

a morar aquí, y cuando lleguemos estos lugares serán bienaventurados, por algún tiempo. Por algún

134

tiempo: un mes, una vida, un siglo de los hombres. Pero el Anduin está cerca, y el Anduin conduce al

Mar. ¡Al Mar!

¡Al Mar, al Mar! Claman las gaviotas blancas.

El viento sopla y la espuma blanca vuela.

Lejos al Oeste se pone el Sol redondo.

Navio gris, navio gris ¿no escuchas la llamada,

las voces de los míos que antes que yo partieron?

Partiré, dejaré los bosques donde vi la luz;

nuestros días se acaban, nuestros años declinan.

Surcaré siempre solo las grandes aguas.

Largas son las olas que se estrellan en la playa última,

dulces son las voces que me llaman desde la Isla Perdida.

En Eresséa, el Hogar de los Elfos que los Hombres nunca descubrirán.

Donde las hojas no caen: la tierra de los míos para siempre.

Y así, cantando, Lególas se alejó colina abajo.

Entonces también los otros se separaron, y Frodo y Sam volvieron a sus lechos y durmieron. Y

por la mañana se levantaron, tranquilos y esperanzados, y se quedaron muchos días en Ithilien. Y desde el

campamento, instalado ahora en el Campo de Cormallen, en las cercanías de Henneth Annün, oían por la

noche el agua que caía impetuosa por las cascadas y corría susurrando a través de la puerta de roca para

fluir por las praderas en flor y derramarse en las tumultuosas aguas del Anduin, cerca de la isla de Cair

Andros. Los hobbits paseaban por aquí y por allá, visitando de nuevo los lugares donde ya habían estado;

y Sam no perdía la esperanza de ver aparecer, entre la fronda de algún bosque o en un claro secreto, el

gran olifante. Y cuando supo que muchas de aquellas bestias habían participado en la batalla de Góndor, y

que todas habían sido exterminadas, lo lamentó de veras.

—Y bueno, uno no puede estar en todas partes al mismo tiempo —dijo—. Pero por lo que

parece, me he perdido de ver un montón de cosas.

Entretanto el ejército se preparaba a regresar a Minas Tirith. Los fatigados descansaban y los

heridos eran curados. Porque algunos habían tenido que luchar con denuedo antes de desbaratar la

resistencia postrera de los Hombres del Este y del Sur. Y los últimos en regresar fueron los hombres que

habían entrado en Mordor, y destruido las fortalezas en el norte del país.

Pero por fin, cuando se aproximaba el mes de mayo, los Capitanes del Oeste se pusieron

nuevamente en camino: levaron anclas en Cair Andros, y fueron por el Anduin aguas abajo hasta

Osgiliath; allí se detuvieron un día; y al siguiente llegaron a los campos verdes del Pelennor, y volvieron a

ver las torres blancas al pie del imponente Mindolluin, la Ciudad de los Hombres de Góndor, el último

recuerdo del Oesternesse, que salvado del fuego y de la oscuridad había despertado a un nuevo día.

Y allí en medio de los campos levantaron las tiendas en espera de la mañana: pues era la Víspera

de Mayo, y el Rey entraría por las puertas a la salida del sol.

5

EL SENESCAL Y EL REY

La Ciudad de Góndor había vivido en la incertidumbre y un gran miedo. El buen tiempo y el sol

límpido parecían burlarse de los hombres que ya casi no tenían ninguna esperanza, y sólo aguardaban

cada mañana noticias de perdición. El Senescal había muerto abrasado por las llamas, muerto yacía el

Rey de Rohan en la Ciudadela, y el nuevo rey, que había entrado en la noche, había vuelto a partir a una

guerra contra potestades demasiado oscuras y terribles para esperar poder doblegarlas sólo con el valor y

la entereza. Y no se recibían noticias. Desde que el ejército partiera del Valle de Morgul por el camino del

norte, a la sombra de las montañas, ningún mensajero había regresado, ni habían llegado rumores de lo

que acontecía en el Este amenazante. Cuando hacía apenas dos días que habían partido, la Dama Eowyn

135

rogó a las mujeres que la cuidaban que le trajesen sus ropas, y nadie pudo disuadirla: se levantó, y cuando

la vistieron, con el brazo sostenido en un cabestrillo de lienzo, se presentó ante el Mayoral de las Casas de

Curación.

—Señor —dijo—, siento una profunda inquietud y no puedo seguir ociosa por más tiempo.

—Señora —respondió el Mayoral—, aún no estáis curada, y se me encomendó que os atendiera

con especial cuidado. No tendríais que haberos levantado hasta dentro de siete días, o esa fue en todo caso

la orden que recibí. Os ruego que volváis a vuestra estancia.

—Estoy curada —dijo ella—, curada de cuerpo al menos, excepto el brazo izquierdo, que

también mejora. Y si no tengo nada que hacer, volveré a enfermar. ¿No hay noticias de la guerra? Las

mujeres no saben decirme nada.

—No tenemos noticias —dijo el Mayoral—, excepto que los Señores han llegado al Valle de

Morgul; y dicen que el nuevo capitán venido del Norte es ahora el jefe. Es un gran señor, y un curador;

extraño me parece que la mano que cura sea también la que empuña la espada. No ocurren cosas así hoy

en Góndor, aunque fueran comunes antaño, si las antiguas leyendas dicen la verdad. Pero ahora, y desde

hace largos años, nosotros los curanderos no hacemos otra cosa que reparar las desgarraduras causadas

por los hombres de armas. Aunque sin ellos tendríamos ya trabajo suficiente: bastantes miserias y dolores

hay en el mundo sin que las guerras vengan a multiplicarlos.

—Para que haya guerra, señor Mayoral, basta con un enemigo, no dos —respondió Eowyn—. Y

aun aquellos que no tienen espada pueden morir bajo una espada. ¿Querríais acaso que la gente de

Góndor juntara sólo hierbas, mientras el Señor Oscuro junta ejércitos? Y no siempre lo bueno es estar

curado del cuerpo. Ni tampoco es siempre lo malo morir en la batalla, aun con grandes sufrimientos. Si

me fuera permitido, en esta hora oscura yo no vacilaría en elegir lo segundo.

El Mayoral la miró. Eowyn estaba muy erguida, con los ojos brillantes en el rostro pálido, y el

puño crispado cuando miraba a la ventana del este. El Mayoral suspiró y movió la cabeza. Al cabo de un

silencio, Eowyn volvió a hablar.

—¿No queda ya ninguna tarea que cumplir? —dijo—. ¿Quién manda en esta ciudad?

—No lo sé bien —respondió el Mayoral—. No son asuntos de mi incumbencia. Hay un mariscal

que capitanea a los Jinetes de Rohan; y el Señor Húrin, por lo que me han dicho, está al mando de los

hombres de Góndor. Pero el Señor Faramir es por derecho el Senescal de la Ciudad.

—¿Dónde puedo encontrarlo?

—En esta misma casa, señora. Fue gravemente herido, pero ahora ya está recobrándose. Sin

embargo no sé...

—¿No me conduciríais ante él? Entonces sabréis.

El Señor Faramir se paseaba a solas por el jardín de las Casas de Curación, y el sol lo calentaba y

sentía que la vida le corría de nuevo por las venas; pero le pesaba el corazón, y miraba a lo lejos, en

dirección al este, por encima de los muros. Acercándose a él, el Mayoral lo llamó, y Faramir se volvió y

vio a la Dama Eowyn de Rohan; y se sintió conmovido y apenado, porque advirtió que estaba herida, y

que había en ella tristeza e inquietud.

—Señor —dijo el Mayoral—. Esta es la Dama Eowyn de Rohan. Cabalgó junto con el rey y fue

malherida, y ahora se encuentra bajo mi custodia. Pero no está contenta y desea hablar con el Senescal de

la Ciudad.

—No interpretéis mal estas palabras, señor —dijo Eowyn—. No me quejo porque no me

atiendan. Ninguna casa podría brindar mejores cuidados a quienes buscan la curación. Pero no puedo

continuar así, ociosa, indolente, enjaulada. Quise morir en la batalla. Pero no he muerto, y la batalla

continúa.

A una señal de Faramir, el Mayoral se retiró con una reverencia.

—¿Qué querríais que hiciera, señora? —preguntó Faramir—. Yo también soy un prisionero en

esta casa. —La miró, y como era hombre inclinado a la piedad sintió que la hermosura y la tristeza de

Eowyn le traspasarían el corazón. Y ella lo miró, y vio en los ojos de él una grave ternura, y supo sin

embargo, porque había.crecido entre hombres de guerra, que se encontraba ante un guerrero a quien

ninguno de los Jinetes de la Marca podría igualar en la batalla.

—¿Qué deseáis? —le repitió Faramir—. Si está en mis manos, lo haré.

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—Quisiera que le ordenaseis a este Mayoral que me deje partir —respondió Eowyn; y si bien las

palabras eran todavía arrogantes, el corazón le vaciló, y por primera vez dudó de sí misma. Temió que

aquel hombre alto, a la vez severo y bondadoso, pudiese juzgarla caprichosa, como un niño que no tiene

bastante entereza para llevar a cabo una tarea aburrida.

—Yo mismo dependo del Mayoral dijo Faramir—. Y todavía no he tomado mi cargo en la

ciudad. No obstante, aun cuando lo hubiese hecho, escucharía los consejos del Mayoral, y en cuestiones

que atañen a su arte no me opondría a él, salvo en un caso de necesidad extrema.

—Pero yo no deseo curar —dijo ella—. Deseo partir a la guerra como mi hermano Eomer, o

mejor aún como Théoden el rey, porque él ha muerto y ha conquistado a la vez honores y paz.

—Es demasiado tarde, señora, para seguir a los Capitanes, aunque tuvierais las fuerzas

necesarias —dijo Faramir—. Pero la muerte en la batalla aún puede alcanzarnos a todos, la deseemos o

no. Y estaríais más preparada para afrontarla como mejor os parezca si mientras aún queda tiempo

hicierais lo que ordena el Mayoral. Vos y yo hemos de soportar con paciencia las horas de espera.

Eowyn no respondió, pero a Faramir le pareció que algo en ella se ablandaba, como si una

escarcha dura comenzara a ceder al primer anuncio de la primavera. Una lágrima le resbaló por la mejilla

como una gota de lluvia centelleante. La orgullosa cabeza se inclinó ligeramente. Luego dijo en voz muy

queda, más como si hablara consigo misma que con él:

—Pero los Curadores pretenden que permanezca acostada siete días más —dijo. Y mi ventana

no mira al este. La voz de Eowyn era ahora la de una muchacha joven y triste.

Faramir sonrió, aunque compadecido.

— ¿Vuestra ventana no mira al este? —dijo—. Eso tiene arreglo. Por cierto que daré órdenes al

Mayoral. Si os quedáis a nuestro cuidado en esta casa, señora, y descansáis el tiempo necesario, podréis

caminar al sol en este jardín como y cuando queráis; y miraréis al este, donde ahora están todas nuestras

esperanzas. Y aquí me encontraréis a mí, que camino y espero, también mirando al este. Aliviaríais mis

penas si me hablarais, o si caminarais conmigo alguna vez.

Ella levantó entonces la cabeza y de nuevo lo miró a los ojos; y un ligero rubor le coloreó el

rostro pálido.

— ¿Cómo podría yo aliviar vuestras penas, señor? —dijo—. No deseo la compañía de los vivos.

—¿Queréis una respuesta sincera? —dijo él.

—La quiero.

—Entonces, Eowyn de Rohan, os digo que sois hermosa. En los valles de nuestras colinas crecen

flores bellas y brillantes, y muchachas aún más encantadoras; pero hasta ahora no había visto en Gondor

ni una flor ni una dama tan hermosa, ni tan triste. Tal vez nos queden pocos días antes que la oscuridad se

desplome sobre el mundo, y cuando llegue espero enfrentarla con entereza; pero si pudiera veros mientras

el sol brilla aún, me aliviaríais el corazón. Porque los dos hemos pasado bajo las alas de la Sombra, y la

misma mano nos ha salvado.

—¡ Ay, no a mí, señor! dijo ella. Sobre mí pesa todavía la Sombra. ¡No soy yo quien podría

ayudaros a curar! Soy una doncella guerrera y mi mano no es suave. Pero os agradezco que me permitáis

al menos no permanecer encerrada en mi estancia. Por la gracia del Senescal de la Ciudad podré caminar

al aire libre.

Y con una reverencia dio media vuelta y regresó a la casa. Pero Faramir continuó caminando a

solas por el jardín durante largo rato, y ahora volvía los ojos más a menudo a la casa que a los muros del

este.

Cuando estuvo de nuevo en su habitación, Faramir mandó llamar al Mayoral e hizo que le

contase todo cuanto sabía acerca de la Dama de Rohan.

—Sin embargo, señor —dijo el Mayoral—, mucho más podría deciros sin duda el mediano que

está con nosotros; porque él era pane de la comitiva del Rey, y según dicen estuvo con la Dama al final de

la batalla.

Y Merry fue entonces enviado a Faramir, y mientras duró aquel día conversaron largamente, y

Faramir se enteró de muchas cosas, más de las que Merry dijo con palabras; y le pareció comprender en

parte la tristeza y la inquietud de Eowyn de Rohan. Y en el atardecer luminoso Faramir y Merry pasearon

juntos por el jardín, pero no vieron a la Dama aquella noche.

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Pero a la mañana siguiente, cuando Faramir salió de las casas, la vio, de pie en lo alto de las

murallas; estaba toda vestida de blanco y resplandecía al sol. La llamó, y ella descendió, y juntos

pasearon por la hierba, y se sentaron a la sombra de un árbol verde, a ratos silenciosos, a ratos hablando.

Y desde entonces volvieron a reunirse cada día. Y al Mayoral, que los miraba desde la ventana, y que era

un Curador, se le alegró el corazón; verlos juntos aligeraba sus preocupaciones; y teníala certeza de que

en medio de los temores y presagios sombríos que en aquellos días oprimían a todos, ellos, entre los

muchos que él cuidaba, mejoraban y ganaban fuerza hora tras hora.

Y llegó así el quinto día desde aquel en que la Dama Eowyn fuera por primera vez a ver a

Faramir; y de nuevo subieron juntos a las murallas de la ciudad y miraron en lontananza. Todavía no se

habían recibido noticias y los corazones de todos estaban ensombrecidos. Ahora tampoco el tiempo se

mostraba apacible. Hacía frío. Un viento que se había levantado durante la noche soplaba inclemente

desde el norte, y aumentaba, y las tierras de alrededor estaban lóbregas y grises.

Se habían vestido con prendas de abrigo y mantos pesados, y la Dama Eowyn estaba envuelta en

un amplio manto azul, como una noche profunda de estío, adornado en el cuello y el ruedo con estrellas

de plata. Faramir había mandado que trajeran el manto y se lo había puesto a ella sobre los hombros; y la