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EL RETORNO DEL REY lª

 

 

El retorno del Rey

Tolkien, J. R. R.

 

- LIBRO CINCO -

 

 

LAS MINAS TIRITH

Pippin miró fuera amparado en la capa de Gandalf. No sabía si estaba despierto o si dormía,

dentro aún de ese sueño vertiginoso que lo había arrebujado desde el comienzo de la larga cabalgata. El

mundo oscuro se deslizaba veloz y el viento le canturreaba en los oídos. No veía nada más que estrellas

fugitivas, y lejos a la derecha desfilaban las montañas del sur como sombras extendidas contra el cielo.

Despierto sólo a medias, trató de echar cuentas sobre las jornadas y el tiempo del viaje, pero todo lo que

le venía a la memoria era nebuloso e impreciso. Luego de una primera etapa a una velocidad terrible y sin

un solo alto, había visto al alba un resplandor dorado y pálido, y luego llegaron a la ciudad silenciosa y a

la gran casa desierta en la cresta de una colina. Y apenas habían tenido tiempo de refugiarse en ella

cuando la sombra alada surcó otra vez el cielo, y todos se habían estremecido de horror. Pero Gandalf lo

había tranquilizado con palabras dulces, y Pippin se había vuelto a dormir en un rincón, cansado pero

inquieto, oyendo vagamente entre sueños el trajín y las conversaciones de los hombres y las voces de

mando de Gandalf. Y luego a cabalgar otra vez, cabalgar, cabalgar en la noche. Era la segunda, no, la

tercera noche desde que Pippin hurtara la Piedra y la escudriñara. Y con aquel recuerdo horrendo se

despertó por completo y se estremeció, y el ruido del viento se pobló de voces amenazantes.

Una luz se encendió en el cielo, una llamarada de fuego amarillo detrás de unas barreras

sombrías. Pippin se acurrucó, asustado un momento, preguntándose a qué país horrible lo llevaba

Gandalf. Se restregó los ojos, y vio entonces que era la luna, ya casi llena, que asomaba en el este por

encima de las sombras. La noche era joven aún y el viaje en la oscuridad proseguiría durante horas y

horas. Se sacudió y habló.

—¿Dónde estamos, Gandalf? —preguntó.

—En el reino de Góndor —respondió el mago—. Todavía no hemos dejado atrás las tierras de

Ano ríen. Hubo un nuevo momento de silencio. Luego:

—¿Qué es eso? —exclamó Pippin de improviso, aferrándose a la capa de Gandalf —. ¡Mira!

¡Fuego, fuego rojo! ¿Hay dragones en esta región? ¡Mira, allí hay otro!

En respuesta, Gandalf acicateó al caballo con voz vibrante.

— ¡Corre, Sombragris! ¡Llevamos prisa! El tiempo apremia. ¡Mira! Gondor ha encendido las

almenaras pidiendo ayuda. La guerra ha comenzado. Mira, hay fuego sobre las crestas del Amon Din y

llamas en el Eilenach; y avanzan veloces hacia el oeste: hacia el Nardol, el Érelas, MinRimmon, Calenhad

y el Halifirien en los confines de Rohan.

Pero el corcel aminoró la marcha, y avanzando al paso, levantó la cabeza y relinchó. Y desde la

oscuridad le respondió el relincho de otros caballos, seguido por un sordo rumor de cascos; y de pronto

tres jinetes surgieron como espectros alados a la luz de la luna y desaparecieron, rumbo al oeste.

Sombragris corrió alejándose, y la noche lo envolvió como un viento rugiente.

Otra vez vencido por la somnolencia, Pippin escuchaba sólo a medias lo que le contaba Gandalf

acerca de las costumbres de Gondor, y de por qué el Señor de la Ciudad había puesto almenaras en las

crestas de las colinas a ambos lados de las fronteras, y mantenía allí postas de caballería siempre prontas a

llevar mensajes a Rohan en el Norte, o a Belfalas en el Sur.

—Hacía mucho tiempo que no se encendían las almenaras del norte —dijo Gandalf—; en los

días de la antigua Gondor no eran necesarias, ya que entonces tenían las Siete Piedras.

Pippin se agitó, intranquilo.

—¡Duérmete otra vez y no temas! —le dijo Gandalf—. Tú no vas como Frodo, rumbo a Mordor,

sino a Minas Tirith, y allí estarás a salvo, al menos tan a salvo como es posible en los tiempos que corren.

Si Gondor cae, o si el Anillo pasa a manos del enemigo, entonces ni la Comarca será un refugio seguro.

—No me tranquilizan tus palabras —dijo Pippin, pero a pesar de todo volvió a dormirse. Lo

último que alcanzó a ver antes de caer en un sueño profundo fue unas cumbres altas y blancas, que

centelleaban como islas flotantes por encima de las nubes a la luz de una luna que descendía en el

poniente. Se preguntó qué sería de Frodo, si ya habría llegado a Mordor, o si estaría muerto, sin sospechar

que muy lejos de allí Frodo contemplaba aquella misma luna que se escondía detrás de las montañas de

Gondor antes que clareara el día El sonido de unas voces despertó a Pippin. Otro día de campamento

furtivo y otra noche de cabalgata habían quedado atrás. Amanecía: la aurora fría estaba cerca otra vez, y

los envolvía en unas neblinas heladas. Sombragris humeaba de sudor, pero erguía la cabeza con

arrogancia y no mostraba signos de fatiga. Pippin vio en torno una multitud de hombres de elevada

estatura envueltos en mantos pesados, y en la niebla detrás de ellos se alzaba un muro de piedra. Parecía

estar casi en ruinas, pero ya antes del final de la noche empezaron a oírse los ruidos de una actividad

incesante: el golpe de los martillos, el chasquido de las trullas, el chirrido de las ruedas. Las antorchas y

las llamas de las hogueras resplandecían débilmente en la bruma. Gandalf hablaba con los hombres que le

interceptaban el paso, y Pippin comprendió entonces que él era el motivo de la discusión.

—Sí, es verdad, a ti te conocemos, Mithrandir —decía el jefe de los hombres—, y puesto que

conoces el santo y seña de las Siete Puertas, eres libre de proseguir tu camino. Pero a tu compañero no lo

hemos visto nunca. ¿Qué es? ¿Un enano de las montañas del Norte? No queremos extranjeros en el país

en estos tiempos, a menos que se trate de hombres de armas vigorosos, en cuya lealtad y ayuda podamos

confiar.

—Yo responderé por él ante Denethor —dijo Gandalf—, y en cuanto al valor, no lo has de medir

por el tamaño. Ha presenciado más batallas y sobrevivido a más peligros que tú, Ingold, aunque le dobles

en altura; ahora viene del ataque a Isengard, del que traemos buenas nuevas, y está extenuado por la

fatiga, de lo contrario ya lo habría despertado. Se llama Peregrin y es un hombre muy valiente.

—¿Un hombre? —dijo Ingold con aire dubitativo, y los otros se echaron a reír.

— ¡Un hombre! —gritó Pippin, ahora bien despierto—. ¡Un hombre! ¡Nada menos cierto! Soy

un hobbit, y de valiente tengo tan poco como de hombre, excepto quizá de tanto en tanto y sólo por

necesidad. ¡No os dejéis engañar por Gandalf!

—Muchos protagonistas de grandes hazañas no podrían decir más que tú —dijo Ingold—. ¿Pero

qué es un hobbit?

—Un mediano —respondió Gandalf—. No, no aquél de quien se ha hablado —añadió, viendo

asombro en los rostros de los hombres—. No es ése, pero sí uno de la misma raza.

—Sí, y uno que ha viajado con él —dijo Pippin—. Y Boromir, de vuestra ciudad, estaba con

nosotros, y me salvó en las nieves del Norte, y finalmente perdió la vida defendiéndome de numerosos

enemigos.

—¡Silencio! —dijo Gandalf—. Esta triste nueva tendría que serle anunciada al padre antes que a

ninguno.

—Ya la habíamos adivinado —dijo Ingold—, pues en los últimos tiempos hubo aquí extraños

presagios. Mas pasad ahora rápidamente. El Señor de Minas Tirith querrá ver en seguida a quien le trae

las últimas noticias de su hijo, sea hombre o...

—Hobbit —dijo Pippin—. No es mucho lo que puedo ofrecerle a tu Señor, pero con gusto haré

cuanto esté a mi alcance, en memoria de Boromir el valiente.

—¡Adiós! —dijo Ingold, mientras los hombres le abrían paso a Sombragris que entró por una

puerta estrecha tallada en el muro. ¡Ojalá puedas aconsejar a Denethor en esta hora de necesidad, y a

todos nosotros, Mithrandir! gritó Ingold. Pero llegas con noticias de dolor y de peligro, como es tu

costumbre, según se dice.

—Porque no vengo a menudo, a menos que mi ayuda sea necesaria —respondió Gandalf—. Y

en cuanto a consejos, os diré que habéis tardado mucho en reparar el muro del Pelennor. El coraje será

ahora vuestra mejor defensa ante la tempestad que se avecina... el coraje y la esperanza que os traigo.

Porque no todas las noticias son adversas. ¡Pero dejad por ahora las trullas y afilad las espadas!

— Los trabajos estarán concluidos antes del anochecer —dijo Ingold—. Esta es la última parte

del muro defensivo: la menos expuesta a los ataques pues mira hacia nuestros amigos de Rohan. ¿Sabes

algo de ellos? ¿Crees que responderán a nuestra llamada?

—Sí, acudirán. Pero han librado muchas batallas a vuestras espaldas. Esta ruta ya no es segura,

ni ninguna otra. ¡Estad alerta! Sin Gandalf el Cuervo que Anuncia Tempestades, lo que veríais venir de

Anórien sería un ejército de enemigos y ningún Jinete de Rohan. Y todavía es posible. ¡Adiós, y no os

durmáis!

Gandalf se internó entonces en las tierras que se abrían del otro lado del Rammas Echor. Así

llamaban los hombres de Gondor al muro exterior que habían construido con tantos afanes, luego qu

Ithilien cayera bajo la sombra del enemigo. Corría unas diez leguas o más desde el pie de las montañas, y

después de describir una curva retrocedía nuevamente para cercar los campos de Pelennor: campiñas

hermosas y feraces recostadas en las lomas y terrazas que descendían hacia el lecho del Anduin. En el

punto más alejado de la Gran Puerta de la Ciudad, al nordeste, el muro se alejaba cuatro leguas, y allí,

desde una orilla hostil, dominaba los bajíos extensos que costeaban el río; y los hombres lo habían

construido alto y resistente; pues en ese paraje, sobre un terraplén fortificado, el camino venía de los

vados y de los puentes de Osgiliath y atravesaba una puerta custodiada por dos torres almenadas. En el

punto más cercano, el muro se alzaba a poco más de una legua de la ciudad, al sudeste. Allí el Anduin,

abrazando en una amplia curva las colinas de los Emyn Arnen al sur del Ithilien, giraba bruscamente

hacia el oeste, y el muro exterior se elevaba a la orilla misma del río; y más abajo se extendían los

muelles y embarcaderos del Harland destinados a las naves que remontan la corriente desde los feudos del

Sur.

Las tierras cercadas por el muro eran ricas y estaban bien cultivadas: abundaban las huertas, las

granjas con hornos de lúpulo y graneros, las dehesas y los establos, y muchos arroyos descendían en

ondas a través de los prados verdes hacia el Anduin. Sin embargo eran pocos los agricultores y los

criaderos de ganado que moraban en la región, pues la mayor parte de la gente de Gondor vivía dentro de

los siete círculos de la Ciudad, o en los altos valles a lo largo de los flancos de la montaña, en Lossarnach,

o más al sur en la esplendente Lebennin, la de los cinco ríos rápidos. Allí, entre las montañas y el mar,

habitaba un pueblo de hombres vigorosos e intrépidos. Se los consideraba hombres de Gondor, pero en

realidad eran mestizos, y había entre ellos algunos pequeños de talla y endrinos de tez, cuya ascendencia

se remontaba sin duda a los hombres olvidados que vivieran a la sombra de las montañas, en los Años

Oscuros anteriores a los reyes. Pero más allá, en el gran feudo de Belfalas, residía el Príncipe Imrahil en

el castillo de Dol Amroth a orillas del mar, y era de antiguo linaje, al igual que todos los suyos, hombres

altos y arrogantes, de ojos grises como el mar.

Al cabo de algún tiempo de cabalgata, la luz del día creció en el cielo, y Pip pin, ahora despierto,

miró alrededor. Un océano de bruma, que hacia el este se agigantaba en una sombra tenebrosa, se

extendía a la izquierda; pero a la derecha, y desde el oeste, unas montañas enormes erguían las cabezas en

una cadena que se interrumpía bruscamente, como si el río se hubiese precipitado a través de una gran

barrera, excavando un valle ancho que sería terreno de batallas y discordias en tiempos por venir. Y allí

donde terminaban las Montañas Blancas de Ered Nimrais, Pippin vio, como le había prometido Gandalf,

la mole oscura del Monte Mindolluin, las profundas sombras bermejas de las altas gargantas, y la elevada

cara de la montaña más blanca cada vez a la creciente luz del día. Allí, en un espolón, estaba la

Ciudadela, rodeada por los siete muros de piedra, tan antiguos y poderosos que más que obra de hombres

parecían tallados por gigantes en la osamenta misma de la montaña.

Y entonces, ante los ojos maravillados de Pippin, el color de los muros cambió de un gris

espectral al blanco, un blanco que la aurora arrebolaba apenas, y de improviso el sol trepó por encima de

las sombras del este y un rayo bañó la cara de la ciudad. Y Pippin dejó escapar un grito de asombro, pues

la Torre de Ecthelion, que se alzaba en el interior del muro más alto, resplandecía contra el cielo, rutilante

como una espiga de perlas y plata, esbelta y armoniosa, y el pináculo centelleaba como una joya de cristal

tallado; unas banderas blancas aparecieron de pronto en las almenas y flamearon en la brisa matutina, y

Pippin oyó, alto y lejano, un repique claro y vibrante como de trompetas de plata.

Gandalf y Pippin llegaron así a la salida del sol a la Gran Puerta de los Hombres de Gondor, y

las batientes de hierro se abrieron ante ellos.

—¡Mithrandir! ¡Mithrandir! —gritaron los hombres. ¡Ahora sabemos con certeza que la

tempestad se avecina!

—Está sobre vosotros —dijo Gandalf—. Yo he cabalgado en sus alas. ¡Dejadme pasar! Tengo

que ver a vuestro Señor Denethor mientras aún ocupa el trono. Suceda lo que suceda, Gondor ya nunca

será el país que habéis conocido. ¡Dejadme pasar!

Los hombres retrocedieron ante el tono imperioso de Gandalf y no le hicieron más preguntas,

pero observaron perplejos al hobbit que iba sentado delante de él y al caballo que lo transportaba. Pues las

gentes de la ciudad rara vez utilizaban caballos, y no era habitual verlos perlas calles, excepto los que

montaban los mensajeros de Denethor. Y dijeron:

—Ha de ser sin duda uno de los grandes corceles del Rey de Rohan. Tal vez los Rohirrim

llegarán pronto trayendones refuerzos. —Pero ya Sombragris avanzaba con paso arrogante por el camino

sinuoso.

6

La arquitectura de Minas Tirith era tal que la ciudad estaba construida en siete niveles, cada uno

de ellos excavado en la colina y rodeado de un muro; y en cada muro había una puerta. Pero estas puertas

no se sucedían en una línea recta: la Gran Puerta del Muro de la Ciudad se abría en el extremo oriental del

circuito, pero la siguiente miraba casi al sur, y la tercera al norte y así sucesivamente, hacia uno y otro

lado, siempre en ascenso, de modo que la ruta pavimentada que subía a la ciudadela giraba primero en un

sentido, luego en el otro a través de la cara de la colina. Y cada vez que cruzaba la línea de la Gran Puerta

corría por un túnel abovedado, penetrando en un vasto espolón de roca, un enorme contrafuerte que

dividía en dos todos los círculos de la Ciudad, con excepción del primero. Pues como resultado de la

forma primitiva de la colina y de la notable destreza y esforzada labor de los hombres de antaño, detrás

del patio espacioso a que la puerta daba acceso, se alzaba un imponente bastión de piedra; la arista,

aguzada como la quilla de un barco, miraba hacia el este. Culminaba coronado de almenas en el nivel del

círculo superior, permitiendo así a los hombres que se encontraban en la ciudadela, vigilar desde la cima,

como los marinos de una nave montañosa, la puerta situada setecientos pies más abajo. También la

entrada de la ciudadela miraba al este, pero estaba excavada en el corazón de la roca; desde allí, una larga

pendiente alumbrada por faroles subía hasta la séptima puerta. Por ese camino llegaron al fin al Patio

Alto, y a la Plaza del Manantial al pie de la Torre Blanca; alta y soberbia, medía cincuenta brazas desde la

base hasta el pináculo, y allí la bandera de los Senescales flameaba a mil pies por encima de la llanura.

Era sin duda una fortaleza poderosa, y en verdad inexpugnable, si había en ella hombres capaces

de tomar las armas, a menos que el adversario entrara desde atrás, y escalando las cuestas inferiores del

Mindolluin llegase al brazo estrecho que unía la Colina de la Guardia a la montaña. Pero esa estribación,

que se elevaba hasta el quinto muro,estaba flanqueada por grandes bastiones que llegaban al borde mismo

del precipicio en el extremo occidental; y en ese lugar se alzaban las moradas y las tumbas abovedadas de

los reyes y señores de antaño, ahora para siempre silenciosos entre la montaña y la torre.

Pippin contemplaba con asombro creciente la enorme ciudad de piedra, más vasta y más

espléndida que todo cuanto hubiera podido soñar: más grande y más fuerte que Isengard, y mucho más

hermosa. Sin embargo, la ciudad declinaba en verdad año tras año: ya faltaba la mitad de los hombres que

hubieran podido vivir allí cómodamente. En todas las calles pasaban por delante de alguna mansión o

palacio y en lo alto de las fachadas o portales había hermosas letras grabadas, de perfiles raros y antiguos:

los nombres, supuso Pippin, de los nobles señores y familias que habían vivido allí en otros tiempos; pero

ahora ellos callaban, no había rumor de pasos en los vastos recintos embaldosados, ni voces que

resonaran en los salones, ni un rostro que se asomara a las puertas o a las ventanas vacías.

Salieron por fin de las sombras en la puerta séptima, y el mismo sol cálido que brillaba sobre el

río, mientras Frodo se paseaba por los claros de Ithilien, iluminó los muros lisos y las columnas recias, y

la cabeza majestuosa y coronada de un rey esculpida en la arcada. Gandalf desmontó, pues la entrada de

caballos estaba prohibida en la ciudadela, y Sombragris, animado por la voz afectuosa de su amo,

permitió que lo alejaran de allí.

Los Guardias de la Puerta llevaban túnicas negras, y yelmos de forma extraña: altos de cimera y

ajustados a las mejillas por largas orejeras que remataban en alas blancas de aves marinas; pero los

cascos, preciados testimonios de las glorias de otro tiempo, eran de mithril, y resplandecían con una llama

de plata. Y en las sobrevestas negras habían bordado un árbol blanco con flores como de nieve bajo una

corona de plata y estrellas de numerosas puntas. Tal era la librea de los herederos de Elendil, y ya nadie la

usaba en todo el Reino salvo los Guardias de la Ciudadela apostados en el Patio del Manantial, donde

antaño floreciera el Árbol Blanco.

Al parecer la noticia de la llegada de Gandalf y Pippin había precedido a los viajeros: fueron

admitidos inmediatamente, en silencio y sin interrogatorios. Gandalf cruzó con paso rápido el patio

pavimentado de blanco. Un manantial canturreaba al sol de la mañana, rodeado por una franja de hierba

de un verde luminoso; pero en el centro, encorvado sobre la fuente, se alzaba un árbol muerto, y las gotas

resbalaban melancólicamente por las ramas quebradas y estériles y caían de vuelta en el agua clara.

Pippin le echó una mirada fugaz mientras correteaba en pos de Gandalf. Le pareció triste y se

preguntó por qué habrían dejado un árbol muerto en aquel lugar donde todo lo demás estaba tan bien

cuidado.

Siete estrellas y siete piedras y un árbol blanco.

Las palabras que le oyera murmurar a Gandalf le volvieron a la memoria. Y en ese momento se

encontró a las puertas del gran palacio, bajo la torre refulgente; y siguiendo al mago pasó junto a los

ujieres altos y silenciosos y penetró en las sombras frescas y pobladas de ecos de la casa de piedra.

7

Mientras atravesaban una galería embaldosada, larga y desierta, Gandalf le hablaba a Pippin en

voz muy baja:

—Cuida tus palabras, Peregrin Tuk. No es momento de mostrar el desparpajo típico de los

hobbits. Théoden es un anciano bondadoso. Denethor es de otra raza, orgulloso y perspicaz, más poderoso

y de más alto linaje, aunque no lo llamen rey. Pero querrá sobre todo hablar contigo, y te hará muchas

preguntas, ya que tú puedes darle noticias de su hijo Boromir. Lo amaba de veras: demasiado tal vez; y

más aún porque era tan diferente. Pero con el pretexto de ese amor supondrá que le es más fácil enterarse

por ti que por mí de lo que desea saber. No le digas una palabra más de lo necesario, y no toques el tema

de la misión de Frodo. Yo me ocuparé de eso a su tiempo. Y tampoco menciones a Aragorn, a menos que

te veas obligado.

—¿Por qué no? ¿Qué pasa con Trancos? —preguntó Pippin en voz baja—. Tenía la intención de

venir aquí ¿no? De todos modos, no tardará en llegar.

—Quizá, quizá —dijo Gandalf—. Pero si viene, lo hará de una manera inesperada para todos,

incluso para el propio Denethor. Será mejor así. En todo caso, no nos corresponde a nosotros anunciar su

llegada.

Gandalf se detuvo ante una puerta alta de metal pulido.

—Escucha, Pippin, no tengo tiempo ahora de enseñarte la historia de Gondor; aunque sería

preferible que tú mismo hubieras aprendido algo en los tiempos en que robabas huevos de los nidos y

retozabas en los bosques de la a un poderoso señor la noticia de la mu erte de su heredero, hablarle en

demasía de la llegada de aquel que puede reivindicar derechos sobre el trono. ¿Te alcanza con esto?

—¿Derechos sobre el trono? —dijo Pippin, estupefacto.

—Sí —dijo Gandalf—. Si has estado estos días con las orejas tapadas y la mente dormida, ¡es

hora de que despiertes! Llamó a la puerta.

La puerta se abrió, pero no había nadie allí. La mirada de Pippin se perdió en un salón enorme.

La luz entraba por ventanas profundas alineadas en las naves laterales, más allá de las hileras de columnas

que sostenían el cielo raso. Monolitos de mármol negro se elevaban hasta los soberbios chapiteles

esculpidos con las más variadas y extrañas figuras de animales y follajes, y arriba, en la penumbra de la

gran bóveda, centelleaba el oro mate de tracerías y arabescos multicolores. No se veían en aquel recinto

largo y solemne tapices ni colgaduras historiadas, ni había un solo objeto de tela o de madera; pero entre

los pilares se erguía una compañía silenciosa de estatuas altas talladas en la piedra fría. Pippin recordó de

pronto las rocas talladas de Argonath, y un temor extraño se apoderó de él, mientras miraba aquella

galería de reyes muertos en tiempos remotos. En el otro extremo del salón, sobre un estrado precedido de

muchos escalones, bajo un palio de mármol en forma de yelmo coronado, se alzaba un trono; detrás del

trono, tallada en la pared y recamada de piedras preciosas, se veía la imagen de un árbol en flor. Pero el

trono estaba vacío. Al pie del estrado, en el primer escalón que era ancho y profundo, había un sitial de

piedra, negro y sin ornamentos, y en él, con la cabeza gacha y la mirada fija en el regazo, estaba sentado

un anciano. Tenía en la mano un cetro blanco de pomo de oro. No levantó la vista. Gandalf y Pippin

atravesaron el largo salón hasta detenerse a tres pasos del escabel en que el anciano apoyaba los pies.

—¡Salve, Señor y Senescal de Minas Tirith, Denethor hijo de Ecthelion! He venido a traerte

consejo y noticias en esta hora sombría.

Entonces el anciano alzó los ojos. Pippin vio el rostro de estatua, la orgullosa osamenta bajo la

piel de marfil, y la larga nariz aguileña entre los ojos sombríos y profundos; más que a Boromir, le

recordó a Aragorn.

—Sombría es en verdad la hora —dijo el anciano—, y siempre vienes en ruina próxima de

Gondor, menos me afecta esta oscuridad que mi propia oscuridad. Me han dicho que traes contigo a

alguien que ha visto morir a mi hijo. ¿Es él?

—Es él. Uno de los dos. El otro está con Théoden de Rohan, y es posible que también venga de

un momento a otro. Son medianos, como ves, mas no aquél de quien hablan los presagios.

—Un mediano de todos modos —dijo Denethor con amargura—, y poco amor me inspira este

nombre, desde que las palabras malditas vinieron a perturbar nuestros consejos y arrastraron a mi hijo a la

loca aventura en que perdió la vida. ¡Mi Boromir! ¡Tanto como ahora necesitamos de ti! Faramir tenía

que haber partido en lugar de él.

8

—Lo habría hecho —dijo Gandalf—. ¡No seas injusto en tu dolor! Boromir reclamó para sí la

misión y no permitió que otro la cumpliese. Era un hombre autoritario que nunca daba el brazo a torcer.

Viajé con él muy lejos y llegué a conocerlo. Pero hablas de su muerte. ¿Has tenido noticias antes que

llegáramos?

—He recibido esto —dijo Denethor, y dejando a un lado el cetro levantó del regazo el objeto que

había estado mirando. Tenía en cada mano una mitad de un cuerno grande, partido en dos: un cuerno de

buey salvaje guarnecido de plata.

—¡Es el cuerno que Boromir llevaba siempre consigo! —exclamó Pippin.

—Exactamente —dijo Denethor—. Y yo lo llevé en mis tiempos como todos los primogénitos

de esta casa, hasta los años ya olvidados anteriores a la caída de los reyes, desde que Vorondil padre de

Mardil cazaba las vacas salvajes de Araw en las tierras lejanas de Rhün. Lo oí sonar débilmente en las

marcas septentrionales hace trece días, y el río me lo trajo, quebrado: ya nunca más volverá a sonar. —

Calló, y por un momento hubo un silencio pesado. De improviso, Denethor volvió hacia Pippin los ojos

negros.

—¿Qué puedes decirme tú, mediano?

—Trece, trece días —balbució Pippin—. Sí, creo que fue entonces. Sí, yo estaba junto a él,

cuando sopló el cuerno. Pero nadie acudió en nuestra ayuda. Sólo más orcos.

—Ah —dijo Denethor—. De modo que tú estabas allí. ¡Cuéntame más! ¿Por qué nadie acudió

en vuestra ayuda? ¿Y cómo fue que tú te salvaste, y no él, poderoso como era, y sin más adversarios que

unos cuantos orcos?

Pippin se sonrojó y olvidó sus temores.

—El más poderoso de los hombres puede morir atravesado por una sola flecha —replicó—, y

Boromir recibió más de una. Cuando lo vi por última vez estaba caído al pie de un árbol y se arrancaba

del flanco un dardo empenachado de negro. Luego me desmayé y fui hecho prisionero. Nunca más lo vi,

y esto es todo cuanto sé. Pero lo recuerdo con honor, pues era muy valiente. Murió por salvarnos, a mi

primo Meriadoc y a mí, cuando nos asediaba en los bosques la soldadesca del Señor Oscuro; y aunque

haya sucumbido y fracasado, mi gratitud no será menos grande.

Ahora era Pippin quien miraba al anciano a los ojos, movido por un orgullo extraño, exacerbado

aún por el desdén y la suspicacia que había advertido en la voz glacial de Denethor.

—Comprendo que un gran Señor de los Hombres juzgará de escaso valor los servicios de un

hobbit, un mediano de la Comarca Septentrional, pero así y todo, los ofrezco, en retribución de mi deuda.

—Y abriendo de un tirón nervioso los pliegues de la capa, sacó del cinto la pequeña espada y la puso a los

pies de Denethor.

Una sonrisa pálida, como un rayo de sol frío en un atardecer de invierno, pasó por el semblante

del viejo, pero en seguida inclinó la cabeza y tendió la mano, soltando los fragmentos del cuerno.

—¡Dame esa espada! —dijo.

Pippin levantó el arma y se la presentó por la empuñadura.

—¿De dónde proviene? —inquirió Denethor—. Muchos, muchos años han pasado por ella. ¿No

habrá sido forjada por los de mi raza en el Norte, en un tiempo ya muy remoto?

—Viene de los túmulos que flanquean las fronteras de mi país —dijo Pippin—. Pero ahora sólo

viven allí seres malignos, y no querría hablar de ellos.

—Veo que te has visto envuelto en historias extrañas —dijo Denethor—, y una vez más

compruebo que las apariencias pueden ser engañosas, en un hombre... o en un mediano. Acepto tus

servicios. Porque advierto que no te dejas intimidar por las palabras; y te expresas en un lenguaje cortés,

por extraño que pueda sonarnos a nosotros, aquí en el Sur. Y en los días por venir tendremos mucha

necesidad de personas corteses, grandes o pequeñas. ¡Ahora préstame juramento de lealtad!

—Toma la espada por la empuñadura —dijo Gandalf— y repite las palabras del Señor, si en

verdad estás resuelto.

—Lo estoy —dijo Pippin.

9

El viejo depositó la espada sobre sus rodillas; Pippin apoyó la mano sobre la guardia y repitió

lentamente las palabras de Denethor.

—Juro ser fiel y prestar mis servicios a Góndor, y al Señor y Senescal del Reino, con la palabra

y el silencio, en el hacer y el dejar hacer, yendo y viniendo, en tiempos de abundancia o de necesidad,

tanto en la paz como en la guerra, en la vida y en la muerte, a partir de este momento y hasta que mi señor

me libere, o la muerte me lleve, o perezca el mundo. ¡Así he hablado yo, Peregrin hijo de Paladin de la

Comarca de los Medianos!

—Y yo te he oído, yo, Denethor hijo de Ecthelion, Señor de Góndor, Senescal del Rey, y no

olvidaré tus palabras, ni dejaré de recompensar lo que me será dado: fidelidad con amor, valor con honor,

perjurio con venganza. —La espada le fue restituida a Pippin, quien la enfundó de nuevo.

—Y ahora —dijo Denethor— he aquí mi primera orden: ¡habla y no ocultes nada! Cuéntame tu

historia y trata de recordar todo lo que puedas acerca de Boromir, mi hijo. ¡Siéntate ya, y comienza! —Y

mientras hablaba golpeó un pequeño gong de plata que había junto al escabel, e instantáneamente

acudieron los servidores. Pippin observó entonces que habían estado aguardando en nichos a ambos lados

de la puerta, nichos que ni él ni Gandalf habían visto al entrar.

—Traed vino y comida y asientos para los huéspedes —dijo Denethor—, y cuidad que nadie nos

moleste durante una hora.

»Es todo el tiempo que puedo dedicaros, pues muchas otras cosas reclaman mi atención —le dijo

a Gandalf—. Problemas que pueden parecer más importantes pero que a mí en este momento me

apremian menos. Sin embargo, tal vez volvamos a hablar al fin del día.

—Y quizás antes, espero —dijo Gandalf—. Porque no he cabalgado hasta aquí desde Isengard,

ciento cincuenta leguas, a la velocidad del viento, con el único propósito de traerte a este pequeño

guerrero, por muy cortés que sea. ¿No significa nada para ti que Théoden haya librado una gran batalla,

que Isengard haya sido destruida, y que yo haya roto la vara de Saruman?

Significa mucho para mí. Pero de esas hazañas conozco bastante como para tomar mis propias

decisiones contra la amenaza del Este. —Volvió hacia Gandalf la mirada sombría, y Pippin notó de

pronto un parecido entre los dos, y sintió la tensión entre ellos, como si viese una línea de fuego humeante

que de un momento a otro pudiera estallar en una llamarada.

A decir verdad, Denethor tenía mucho más que Gandalf los aires de un gran mago: una apostura

más noble y señorial, facciones más armoniosas; y parecía más poderoso; y más viejo. Sin embargo,

Pippin adivinaba de algún modo que era Gandalf quien tenía los poderes más altos y la sabiduría más

profunda, a la vez que una velada majestad. Y era más viejo, muchísimo más viejo. «¿Cuánto más?», se

preguntó, y le extrañó no haberlo pensado nunca hasta ese momento. Algo había dicho Bárbol a propósito

de los magos, pero en ese entonces la idea de que Gandalf pudiera ser un mago no había pasado por la

mente del hobbit. ¿Quién era Gandalf? ¿En qué tiempos remotos y en qué lugar había venido al mundo, y

cuándo lo abandonaría? Pippin interrumpió sus cavilaciones y vio que Denethor y Gandalf continuaban

mirándose, como si cada uno tratase de descifrar el pensamiento del otro. Pero fue Denethor el primero en

apartar la mirada.

—Sí —dijo, porque si bien las Piedras, según se dice, se han perdido, los señores de Gondor

tienen aún la vista más penetrante que los hombres comunes, y captan muchos mensajes. Mas ¡tomad

asiento ahora!

En ese momento entraron unos criados transportando un sillón y un taburete bajo; otro traía una

bandeja con un botellón de plata, y copas, y pastelillos blancos. Pippin se sentó, pero no pudo dejar de

mirar al anciano señor. No supo si era verdad o mera imaginación, pero le pareció que al mencionar las

Piedras la mirada del viejo se había clavado en él un instante, con un resplandor súbito.

—Y ahora, vasallo mío, nárrame tu historia —dijo Denethor, en un tono a medias benévolo, a

medias burlón—. Pues las palabras de alguien que era tan amigo de mi hijo serán por cierto bien venidas.

Pippin no olvidaría nunca aquella hora en el gran salón bajo la mirada penetrante del Señor de

Gondor, acosado una y otra vez por las preguntas astutas del anciano, consciente sin cesar de la presencia

de Gandalf que lo observaba y lo escuchaba, y que reprimía (tal fue la impresión del hobbit) una cólera y

una impaciencia crecientes. Cuando pasó la hora, y Denethor volvió a golpear el gong, Pippin estaba

extenuado. «No pueden ser más de las nueve», se dijo. «En este momento podría engullir tres desayunos,

uno tras otro.»

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— Conducid al señor Mithrandir a los aposentos que le han sido preparados —dijo Denethor—,

y su compañero puede alojarse con él por ahora, si así lo desea. Pero que se sepa que le he hecho jurar

fidelidad a mi servicio; de hoy en adelante se le conocerá con el nombre de Peregrin hijo de Paladín y se

le enseñarán las contraseñas menores. Mandad decir a los Capitanes que se presenten ante mí lo antes

posible después que haya sonado la hora tercera.

»Y tú, mi señor Mithrandir, también podrás ir y venir a tu antojo. Nada te impedirá visitarme

cuando tú lo quieras, salvo durante mis breves horas de sueño. ¡Deja pasar la cólera que ha provocado en

ti la locura de un anciano, y vuelve luego a confortarme!

¿Locura? respondió Gandalf. No, monseñor, si alguna vez te conviertes en un viejo chocho, ese

día morirás. Si hasta eres capaz de utilizar el dolor para ocultar tus maquinaciones. ¿Crees que no

comprendí tus propósitos al interrogar durante una hora al que menos sabe, estando yo presente?

Si lo has comprendido, date por satisfecho replicó Denethor—. Locura sería, que no orgullo,

desdeñar ayuda y consejos en tiempos de necesidad; pero tú sólo dispensas esos dones de acuerdo con tus

designios secretos. Mas el Señor de Gondor no habrá de convertirse en instrumento de los designios de

otros hombres, por nobles que sean. Y para él no hay en el mundo en que hoy vivimos una meta más alta

que el bien de Gondor; y el gobierno de Gondor, monseñor, está en mis manos y no en las de otro

hombre, a menos que retornara el rey.

—¿A menos que retornara el rey? —repitió Gandalf—. Y bien, señor Senescal, tu misión es

conservar del reino todo lo que puedas aguardando ese acontecimiento que ya muy pocos hombres

esperan ver. Para el cumplimiento de esa tarea, recibirás toda la ayuda que desees. Pero una cosa quiero

decirte: yo no gobierno en ningún reino, ni en el de Gondor ni en ningún otro, grande o pequeño. Pero me

preocupan todas las cosas de valor que hoy peligran en el mundo. Y yo por mi parte, no fracasaré del todo

en mi trabajo, aunque Gondor perezca, si algo aconteciera en esta noche que aún pueda crecer en belleza

y dar otra vez flores y frutos en los tiempos por venir. Pues también yo soy un senescal. ¿No lo sabías?

Y con estas palabras dio media vuelta y salió del salón a grandes pasos, mientras Pippin corría

detrás.

Gandalf no miró a Pippin mientras se marchaban, ni le dijo una sola palabra. El guía que

esperaba a las puertas del palacio los condujo a través del Patio del Manantial hasta un callejón

flanqueado por edificios de piedra. Después de varias vueltas llegaron a una casa vecina al muro de la

ciudadela, del lado norte, no lejos del brazo que unía la colina a la montaña. Una vez dentro, el guía los

llevó por una amplia escalera tallada, al primer piso sobre la calle, y luego a una estancia acogedora,

luminosa y aireada, decorada con hermosos tapices de colores lisos con reflejos de oro mate. La estancia

estaba apenas amueblada, pues sólo había allí una mesa pequeña, dos sillas y un banco; pero a ambos

lados detrás de unas cortinas había alcobas, provistas de buenos lechos y de vasijas y jofainas para

lavarse. Tres ventanas altas y estrechas miraban al norte, hacia la gran curva del Anduin todavía envuelto

en la niebla, y los Emyn Muil y el Rauros en lontananza. Pippin tuvo que subir al banco para asomarse

por encima del profundo antepecho de piedra.

—¿Estás enfadado conmigo, Gandalf ? —dijo cuando el guía salió de la habitación y cerró la

puerta—. Lo hice lo mejor que pude.

—¡Lo hiciste, sin duda! —respondió Gandalf con una súbita carcajada; y acercándose a Pippin

se detuvo junto a él y rodeó con un brazo los hombros del hobbit, mientras se asomaba por la ventana.

Pippin echó una mirada perpleja al rostro ahora tan próximo al suyo, pues la risa del mago había sido

suelta y jovial. Sin embargo, al principio sólo vio en el rostro de Gandalf arrugas de preocupación y

tristeza; no obstante, al mirar con más atención advirtió que detrás había una gran alegría: un manantial

de alegría que si empezaba a brotar bastaría para que todo un reino estallara en carcajadas.

— Claro que lo hiciste —dijo el mago—; y espero que no vuelvas a encontrarte demasiado

pronto en un trance semejante, entre dos viejos tan terribles. De todos modos el Señor de Góndor ha

sabido por ti mucho más de lo que tú puedes sospechar, Pippin. No pudiste ocultar que no fue Boromir

quien condujo a la Compañía fuera de Moría, ni que había entre vosotros alguien de alto rango que iba a

Minas Tirith; y que llevaba una espada famosa. En Gondor la gente piensa mucho en las historias del

pasado, y Denethor ha meditado largamente en el poema y en las palabras el Daño de Iñldur, después de

la partida de Boromir.

»No es semejante a los otros hombres de esta época, Pippin, y cualquiera que sea su ascendencia,

por un azar extraño la sangre de Oesternesse le corre casi pura por las venas; como por las de su otro hijo,

Faramir, y no por las de Boromir, en cambio, que sin embargo era el predilecto. Sabe ver a la distancia, y

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es capaz de adivinar, si se empeña, mucho de lo que pasa por la mente de los hombres, aun de los que

habitan muy lejos. Es difícil engañarlo y peligroso intentarlo.

«¡Recuérdalo! Pues ahora has prestado juramento de fidelidad a su servicio. No sé qué impulso o

qué motivo te empujó, el corazón o la cabeza. Pero hiciste bien. No te lo impedí porque los actos

generosos no han de ser reprimidos por fríos consejos. Tu actitud lo conmovió, y al mismo tiempo

(permíteme que te lo diga) lo divirtió. Y por lo menos eres libre ahora de ir y venir a tu gusto por Minas

Tirith... cuando no estés de servicio. Porque hay un reverso de la medalla: estás bajo sus órdenes, y él no

lo olvidará. ¡Sé siempre cauteloso! Calló un momento y suspiró.

—Bien, de nada vale especular sobre lo que traerá el mañana. Pero eso sí, ten la certeza de que

por muchos días el mañana será peor que el hoy. Y yo nada más puedo hacer para impedirlo. El tablero

está dispuesto, y ya las piezas están en movimiento. Una de ellas que con todas mis fuerzas deseo

encontrar es Faramir, el actual heredero de Denethor. No creo que esté en la ciudad; pero no he tenido

tiempo de averiguarlo. Tengo que marcharme, Pippin. Tengo que asistir al consejo de estos señores y

enterarme de cuanto pueda. Pero el enemigo lleva la delantera, y está a punto de iniciar a fondo la partida.

Y los peones participarán del juego tanto como cualquiera, Peregrin hijo de Paladin, soldado de Gondor.

¡Afila tu espada!

Gandalf se encaminó a la puerta, y al llegar a ella dio media vuelta.

—Tengo prisa, Pippin dijo. Hazme un favor cuando salgas. Antes de irte a dormir, si no estás

demasiado fatigado. Ve y busca a Sombragris, y mira cómo está. Las gentes de aquí son prudentes y

nobles de corazón, y bondadosas con los animales, pero no es mucho lo que entienden de caballos. Y

diciendo estas palabras, Gandalf salió; en ese momento se oyó la nota clara y melodiosa de una campana

que repicaba en una torre de la ciudadela. Sonó tres veces, como plata en el aire, y calló: la hora tercera

después de la salida del sol.

Al cabo de un minuto, Pippin se encaminó a la puerta, bajó por la escalera y al llegar a la calle

miró alrededor. Ahora el sol brillaba, cálido y luminoso, y las torres y las casas altas proyectaban hacia el

oeste largas sombras nítidas. Arriba, en el aire azul, el Monte Mindolluin lucía su yelmo blanco y su

manto de nieve. Hombres armados iban y venían por las calles de la ciudad, como si el toque de la hora

les señalara un cambio de guardias y servicios.

En la Comarca diríamos que son las nueve de la mañana —se dijo Pippin en voz alta—. La hora

justa para un buen desayuno junto a la ventana abierta, al sol primaveral. ¡Cuánto me gustaría tomar un

desayuno! ¿No desayunarán las gentes de este país, o ya habrá pasado la hora? ¿Ya qué hora cenarán, y

dónde?

A poco andar, vio un hombre vestido de negro y blanco que venía del centro de la ciudadela, y

avanzaba por la calle estrecha hacia él. Pippin se sentía solo y resolvió hablarle cuando él pasara, pero no

fue necesario. El hombre se le acercó.

— ¿Eres tú Peregrin el Mediano? —le preguntó—. He sabido que has prestado juramento de

fidelidad al servicio del Señor y de la Ciudad. ¡Bien venido! —Le tendió la mano, y Pippin se la estrechó.

Me llamo Beregond hijo de Baranor. No estoy de servicio esta mañana y me han mandado a enseñarte el

santo y seña, y a explicarte algunas de las muchas cosas que sin duda querrás saber. A mí, por mi parte,

también me gustaría saber algo de ti. Porque nunca hasta ahora hemos visto medianos en este país, y

aunque hemos oído algunos rumores, poco se habla de ellos en las historias y leyendas que conocemos.

Además, eres un amigo de Mithrandir. ¿Lo conoces bien?

—Bueno repuso Pippin. He oído hablar de él durante toda mi corta existencia, por así decir; y en los

últimos tiempos he viajado mucho en su compañía. Pero es un libro en el que hay mucho que leer, y

faltaría a la verdad si dijese que he recorrido más de un par de páginas. Sin embargo, es posible que lo

conozca tan bien como cualquiera, salvo unos pocos. Aragorn era el único de nuestra Compañía que lo

conocía de veras.

—¿Aragorn? —preguntó Beregond—. ¿Quién es ese Aragorn

—Oh —balbució Pippin—, era un hombre que solía viajar con nosotros. Creo que ahora está en

Rohan.

—Has estado en Rohan, por lo que veo. También sobre ese país hay cosas que me gustaría

preguntarte; porque muchas de las menguadas esperanzas que aún alimentamos dependen de los hombres

de Rohan. Pero me estoy olvidando de mi misión, que consistía en responder primeramente a todo cuanto

tú quisieras preguntarme. Bien, ¿qué cosas te gustaría saber, maese Peregrin?

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—Mm... bueno dijo Pippin—, si me atrevo a decirlo, la pregunta un tanto imperativa que en este

momento me viene a la mente es... bueno ¿qué noticias hay del desayuno y de todo el resto? Quiero decir,

no sé si me explico, ¿cuáles son las horas de las comidas, y dónde está el comedor, si es que existe? ¿Y

las tabernas? Miré, pero no vi ni una sola en todo el camino, aunque antes tuve la esperanza de disfrutar

de un buen trago de cerveza en cuanto llegásemos a esta ciudad de hombres tan sagaces como corteses.

Beregond observó a Pippin con aire grave.

—Un verdadero veterano de guerra, por lo que veo —dijo—. Dicen que los hombres que parten

a combatir en países lejanos viven esperando la recompensa de comer y beber; aunque yo, a decir verdad,

no he viajado mucho. ¿Así que hoy todavía no has comido?

—Bueno, sí, en honor a la verdad, sí dijo Pippin—. Pero sólo una copa de vino y uno o dos

pastelillos blancos, por gentileza de tu Señor; pero a cambio de eso, me torturó con preguntas durante una

hora, y ése es un trabajo que abre el apetito.

Beregond se echó a reír.

—Es en la mesa donde los hombres pequeños realizan las mayores hazañas, decimos aquí. Sin

embargo, has desayunado tan bien como cualquiera de los hombres de la ciudadela, y con más altos

honores. Esto es una fortaleza y una torre de guardia, y ahora estamos en pie de guerra.

Nos levantamos antes del sol, comemos un bocado a la luz gris del amanecer y partimos de

servicio al despuntar el día. ¡Pero no desesperes ! —Otra vez rompió a reír, viendo la expresión desolada

de Pippin.— Los que han realizado tareas pesadas toman algo para reparar fuerzas a media mañana.

Luego viene el almuerzo, al mediodía o más tarde de acuerdo con las horas del servicio, y por último los

hombres se reúnen a la puesta del sol para compartir la comida principal del día y la alegría que aún

pueda quedarles.

»¡Ven! Daremos un paseo y luego iremos a procurarnos un bocado con que engañar al estómago,

y comeremos y beberemos en la muralla contemplando esta espléndida mañana.

—¡Un momento! —dijo Pippin, ruborizándose—. La gula, lo que tú por pura cortesía llamas

hambre, ha hecho que me olvidara de algo. Pero Gandalf, Mithrandir como tú le dices, me encomendó

que me ocupara de su caballo, Sombragris, uno de los grandes corceles de Rohan, la niña de los ojos del

rey, según me han dicho, aunque se lo haya dado a Mithrandir en prueba de gratitud. Creo que el nuevo

amo quiere más al animal que a muchos hombres, y si la buena voluntad de Mithrandir es de algún valor

para esta ciudad, trataréis a Sombragris con todos los honores: con una bondad mayor, si es posible, que

la que habéis mostrado a este hobbit.

—¿Hobbit? —dijo Beregond.

—Así es como nos llamamos —respondió Pippin.

—Me alegro de saberlo —dijo Beregond—, pues ahora puedo decirte que los acentos extraños no

desvirtúan las palabras hermosas, y que los hobbits saben expresarse con gran nobleza. ¡Pero vamos!

Hazme conocer a ese caballo notable. Adoro a los animales, y rara vez los vemos en esta ciudad de

piedra; pero yo desciendo de un pueblo que bajó de los valles altos, y que antes residía en Ithilien. ¡No

temas! Será una visita corta, una mera cortesía, y de allí iremos a las despensas.

Pippin comprobó que Sombragris estaba bien alojado y atendido. Pues en el séptimo círculo, fuera de los

muros de la Ciudadela, había unas caballerizas espléndidas donde guardaban algunos corceles veloces,

junto a las habitaciones de los correos del Señor: mensajeros siempre prontos para partir a una orden

urgente del rey o de los capitanes principales. Pero ahora todos los caballos y jinetes estaban ausentes, en

tierras lejanas.

Sombragris relinchó cuando Pippin entró en el establo y volvió la cabeza.

—¡Buen día! —le dijo Pippin—. Gandalf vendrá tan pronto como pueda. Ahora está ocupado, pero te

manda saludos; y yo he venido a ver si todo anda bien para ti; y si descansas luego de tantos trabajos.

Sombragris sacudió la cabeza y pateó el suelo. Pero permitió que Beregond le sostuviera la

cabeza gentilmente y le acariciara los flancos poderosos.

—Se diría que está preparándose para una carrera, y no que acaba de llegar de un largo viaje —

dijo Beregond—. ¡Qué fuerte y arrogante! ¿Dónde están los arneses? Tendrán que ser adornados y

hermosos.

—Ninguno es bastante adornado y hermoso para él —dijo Pippin—. No los acepta. Si consiente en

llevarte, te lleva, y si no, no hay bocado, brida, fuste o rienda que lo dome. ¡Adiós, Sombragris! Ten

paciencia. La batalla se aproxima.

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Sombragris levantó la cabeza y relinchó, y el establo entero pareció sacudirse y Pippin y

Beregond se taparon los oídos. En seguida se marcharon, luego de ver que había pienso en abundancia en

el pesebre.

—Y ahora nuestro pienso —dijo Beregond, y se encaminó de vuelta a la ciudadela, conduciendo

a Pippin hasta una puerta en el lado norte de la torre. Allí descendieron por una escalera larga y fresca

hasta una calle alumb rada con faroles. Había portillos en los muros, y uno de ellos estaba abierto.

— Este es el almacén y la despensa de mi compañía de la Guardia —dijo Beregond — . ¡Salud,

Targon! —gritó por la abertura—. Es temprano aún, pero hay aquí un forastero que el Señor ha tomado a

su servicio. Ha venido cabalgando de muy lejos, con el cinturón apretado, y ha cumplido una dura labor

esta mañana; tiene hambre. ¡Danos lo que tengas!

Obtuvieron pan, mantequilla, queso y manzanas: las últimas de la reserva del invierno, arrugadas

pero sanas y dulces; y un odre de cerveza bien servido, y escudillas y tazones de madera. Pusieron las

provisiones en una cesta de mimbre y volvieron a la luz del sol. Beregond llevó a Pippin al extremo

oriental del gran espolón de la muralla, donde había una tronera, y un asiento de piedra bajo el antepecho.

Desde allí podían contemplar la mañana que se extendía sobre el mundo.

Comieron y bebieron, hablando ya de Góndor y de sus usos y costumbres, ya de la Comarca y de

los países extraños que Pippin había conocido. Y cuanto más hablaban más se asombraba Beregond, y

observaba maravillado al hobbit, que sentado en el asiento balanceaba las piernas cortas, o se erguía de

puntillas para mirar por encima del alféizar las tierras de abajo.

— No te ocultaré, maese Peregrin —dijo Beregond— que para nosotros pare ces casi uno de

nuestros niños, un chiquillo de unas nueve primaveras; y sin embargo has sobrevivido a peligros y has

visto maravillas; pocos de nuestros viejos podrían jactarse de haber conocido otro tanto. Creí que era un

capricho de nuestro Señor, tomar un paje noble a la usanza de los reyes de los tiempos antiguos, según

dicen. Pero veo que no es así, y tendrás que perdonar mi necedad.

—Te perdono —dijo Pippin—. Sin embargo, no estás muy lejos de lo cierto. De acuerdo con los

cómputos de mis gentes, soy casi un niño todavía, y aún me faltan cuatro años para llegar a la «mayoría

de edad», como decimos en la Comarca. Pero no te preocupes por mí. Ven y mira y dime qué veo.

El sol subía. Abajo, en el valle, las nieblas se habían levantado, y las últimas se alejaban flotando

como volutas de nubes blancas arrastradas por la brisa que ahora soplaba del este, y que sacudía y

encrespaba las banderas y los estandartes blancos de la ciudadela. A lo lejos, en el fondo del valle, a unas

cinco leguas a vuelo de pájaro, el Río Grande corría gris y resplandeciente desde el noroeste, describiendo

una vasta curva hacia el sur, y volviendo hacia el oeste antes de perderse en una bruma centelleante; más

allá, a cincuenta leguas de distancia, estaba el Mar.

Pippin veía todo el Pelennor extendido ante él, moteado a lo lejos de granjas y muros, graneros y

establos pequeños, pero en ningún lugar vio vacas o algún otro animal. Numerosos caminos y senderos

atravesaban los campos verdes, y filas de carretones avanzaban hacia la Puerta Grande, mientras otros

salían y se alejaban. De tanto en tanto aparecía algún jinete, se apeaba de un salto, y entraba presuroso en

la ciudad. Pero el camino más transitado era la carretera mayor que se volvía hacia el sur, y en una curva

más pronunciada que la del río bordeaba luego las colinas y se perdía a lo lejos. Era un camino ancho y

bien empedrado; a lo largo de la orilla oriental corría una pista ancha y verde, flanqueada por un muro.

Los jinetes galopaban de aquí para allá, pero unos carromatos que iban hacia el sur parecían ocupar toda

la calle. Sin embargo, Pippin no tardó en descubrir que todo se movía en perfecto orden: los carromatos

avanzaban en tres filas, una más rápida tirada por caballos, otra más lenta, de grandes carretas adornadas

de gualdrapas multicolores, tirada por bueyes; y a lo largo de la orilla oriental, unos carros más pequeños,

arrastrados por hombres.

—Esa es la ruta que conduce a los valles de Tumladen y Lossarnach, y a las aldeas de las

montañas, y llega hasta Lebennin —explicó Beregond—. Hacia allá se encaminan los últimos carromatos,

llevando a los refugios a los ancianos y a las mujeres y los niños. Es preciso que todos se encuentren a

una legua de la Puerta y hayan despejado el camino antes del mediodía: ésa fue la orden. Es una triste

necesidad. —Suspiró. — Pocos, quizá, de los que hoy se separan volverán a reunirse alguna vez. Nunca

hubo muchos niños en esta ciudad; pero ahora no queda ninguno, excepto unos pocos que se negaron a

marcharse y esperan que se les encomiende aquí alguna tarea: mi hijo entre ellos.

Callaron un momento. Pippin miraba inquieto hacia el este, como si miles de orcos pudieran

aparecer de improviso e invadir las campiñas.

14

—¿Qué veo allí? —preguntó, señalando un punto en el centro de la curva del Anduin—. ¿Es otra

ciudad, o qué?

—Fue una ciudad —respondió Beregond—, la capital del reino, cuando Minas Tirith no era más

que una fortaleza. Lo que ves en las márgenes del Anduin son las ruinas de Osgiliath, tomada e

incendiada por nuestros enemigos hace mucho tiempo. Sin embargo la reconquistamos, en la época en

que Denethor aún era joven: no para vivir en ella sino para mantenerla como puesto de avanzada, y

reconstruimos el puente para el paso de nuestras tropas. Pero entonces vinieron de Minas Morgul los

Jinetes Negros.

—¿Los Jinetes Negros? —dijo Pippin, abriendo mucho los ojos, ensombrecidos por la

reaparición de un viejo temor.

—Sí, eran negros —dijo Beregond—, y veo que algo sabes de esos jinetes, aunque no los

mencionaste en tus historias.

—Algo sé —dijo Pippin en voz baja—, pero no quiero hablar ahora, tan cerca, tan cerca... —

Calló de pronto, y al alzar los ojos por encima del río le pareció que todo cuanto veía alrededor era una

sombra vasta y amenazante; tal vez fueran sólo unas montañas, unos picos mellados en el horizonte,

desdibujados por veinte leguas de aire neblinoso; o quizás un banco de nubes que ocultaba una oscuridad

todavía más profunda. Pero mientras miraba tenía la impresión de que la oscuridad crecía y se cerraba,

muy lentamente, lentamente elevándose hasta ensombrecer las regiones del sol.

—¿Tan cerca de Mordor? —dijo Beregond en un susurro—. Sí, está allí. Rara vez los

nombramos, pero hemos vivido siempre con esa oscuridad a la vista; algu nas veces parece más tenue y

distante; otras más cercana y espesa. Ahora la vemos crecer crecer, y así crecen también nuestros temores

y nuestra desazón. Hace menos de un año los Jinetes Negros volvieron a conquistar los pasos, y muchos

de nuestros mejores hombres cayeron allí. Luego Boromir echó al enemigo más allá de esta orilla

occidental, y aún conservamos la mitad de Osgiliath. Por poco tiempo. Ahora esperamos un nuevo ataque,

quizás el más violento de la guerra que se avecina.

—¿Cuándo? —preguntó Pippin—. ¿Tienes alguna idea? Porque anoche vi los fuegos de alarma

y a los correos. Y Gandalf dijo que era señal de que la guerra había comenzado. Me pareció que tenía

mucha prisa por venir. Sin embargo, se diría que ahora todo está en calma.

—Sólo porque ya todo está pronto —dijo Beregond—. No es más que el último respiro, antes de

echarse al agua.

—Pero ¿por qué anoche estaban encendidos los fuegos de llamada?

—Es tarde para ir en busca de socorros si ya ha empezado el sitio —respondió Beregond—. Pero

el Señor y los Capitanes saben cómo obtener noticias, e ignoro qué deciden. Y el Señor Denethor no es

como todos los hombres: tiene la vista larga. Algunos dicen que cuando por las noches se sienta a solas en

la alta estancia de la Torre, y escudriña con el pensamiento por aquí y por allá, logra por momentos leer

en el futuro; y que a veces hasta mira en la mente del enemigo y lucha con él.

Por eso está tan envejecido, consumido antes de tiempo. De todos modos, mi señor Faramir ha

partido a cumplir alguna misión peligrosa del otro lado del río, y es posible que haya enviado noticias.

»Pero si quieres saber lo que pienso: fueron las noticias que llegaron anoche del Lebennin lo que

encendió las hogueras. Una gran flota se acerca, a la desembocadura del Anduin, tripulada por los

corsarios de Umbar, un país del Sur. Hace tiempo que dejaron de temer el poderío de Góndor, y se han

aliado al enemigo, y ahora intentan ayudarle con un golpe duro. Porque este ataque nos restará gran parte

del auxilio que contábamos recibir de Lebennin y Belfalas, donde los hombres son valientes y numerosos.

Por eso nuestros pensamientos se vuelven tanto más hacia el Norte, hacia Rohan, y tanto más nos alegran

las noticias de victoria que habéis traído.

»Y sin embargo... —hizo una pausa y se puso de pie, y miró en derredor, al norte, al este, al

sur—, los acontecimientos de Isengard eran inequívocos: estamos envueltos en una gran red estratégica.

Ya no se trata de simples escaramuzas en los vados, de correrías organizadas por las gentes de Ithilien y

Ano ríen, de emboscadas y pillaje. Esta es una guerra grande, largamente planeada, y en la que somos

sólo una pieza, diga lo que diga nuestro orgullo. Las cosas se mueven en el lejano Este, más allá del Mar

Interior, según las noticias; y en el Norte y en el Bosque Negro y más lejos aún; y en el Sur en Harad. Y

ahora todos los reinos tendrán que pasar por la misma prueba: resistir o sucumbir... bajo la Sombra.

»No obstante, maese Peregrin, tenemos este honor: nos toca siempre soportar los más duros

embates del odio del Señor Oscuro, un odio que viene de los abismos del tiempo y de lo más profundo del

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Mar. Aquí es donde el martillo golpeará ahora con mayor fuerza. Y por eso Mithrandir tenía tanta prisa.

Porque si caemos ¿quién quedará en pie? ¿Y tú, maese Peregrin, ves alguna esperanza de que podamos

resistir? Pippin no respondió. Miró los grandes muros, y las torres y los orgullosos estandartes, y el sol

alto en el cielo, y luego la oscuridad que se acumulaba y crecía en el Este; y pensó en los largos dedos de

aquella Sombra; en los orcos que invadían los bosques y las montañas, en la traición de Isengard, en los

pájaros de mal agüero, y en los Jinetes Negros que cabalgaban por los senderos mismos de la Comarca...

y en el terror alado, los Nazgül. Se estremeció y pareció que la esperanza se debilitaba. Y en ese preciso

instante el sol vaciló y se oscureció un segundo, como si un ala tenebrosa hubiese pasado delante de él.

Casi imperceptible, le pareció oír, alto y lejano, un grito en el cielo: débil pero sobrecogedor, cruel y frío.

Pippin palideció y se acurrucó contra el muro.

— ¿Qué fue eso? —preguntó Beregond—. ¿También tú oíste algo?

—Sí —murmuró Pippin—. Es la señal de nuestra caída y la sombra del destino, un jinete

espectral del aire.

—Sí, la sombra del destino dijo Beregond. Temo que Minas Tirith esté a punto de caer. La

noche se aproxima. Se diría que hasta me han quitado el calor de la sangre.

Permanecieron sentados un rato, en silencio, cabizbajos. Luego, de improviso, Pippin levantó la

mirada y vio que todavía brillaba el sol y que los estandartes todavía se movían en la brisa. Se sacudió.

—Ha pasado —dijo—. No, mi corazón aún no quiere desesperar. Gandalf cayó y ha vuelto y

está con nosotros. Aún es posible que continuemos en pie, aunque sea sobre una sola pierna, o al menos

sobre las rodillas.

— ¡Bien dicho! —exclamó Beregond, y levantándose echó a caminar de un lado a otro a grandes

trancos—. Aunque tarde o temprano todas las cosas hayan de perecer, a Góndor no le ha llegado todavía

la hora. No, aun cuando los muros sean conquistados por un enemigo implacable, que levante una

montaña de carroña delante de ellos. Todavía nos quedan otras fortalezas y caminos secretos de evasión

en las montañas. La esperanza y los recuerdos sobrevivirán en algún valle oculto donde la hierba siempre

es verde.

—De cualquier modo, quisiera que todo termine de una vez, para bien o para mal —dijo

Pippin—. No tengo alma de guerrero, y el solo pensamiento de una batalla me desagrada; pero estar

esperando una de la que no podré escapar es lo peor que podría ocurrirme. ¡ Qué largo parece ya el día!

Me sentiría mucho más feliz si no estuviésemos obligados a permanecer aquí en observación, sin dar un

solo paso, sin ser los primeros en asestar el golpe. Creo que de no haber sido por Gandalf, ningún golpe

habría caído jamás sobre Rohan.

—¡ Ah, aquí pones el dedo en una llaga que a muchos les duele! —dijo Beregond—. Pero las

cosas podrían cambiar cuando regrese Faramir. Es valiente, más valiente de lo que muchos suponen; pues

en estos tiempos los hombres no quieren creer que alguien pueda ser un sabio, un hombre versado en los

antiguos manuscritos y en las leyendas y canciones del pasado, y al mismo tiempo un capitán intrépido y

de decisiones rápidas en el campo de batalla. Sin embargo, así es Faramir. Menos temerario y vehemente

que Boromir, pero no menos resuelto. Mas ¿qué podrá hacer? No nos es posible tomar por asalto las

montañas de... de ese reino tenebroso. Nuestros recursos son limitados y no nos permiten anticiparnos a la

ofensiva del enemigo. ¡Pero eso sí, nuestra respuesta será violenta! —Golpeó con fuerza la guardia de la

espada.

Pippin lo miró: alto, noble y arrogante, como todos los hombres que hasta entonces había visto

en aquel país; y los ojos le centelleaban de sólo pensar en la batalla. «¡ Ay!», reflexionó. «Débil y ligera

como una pluma me parece mi propia mano.» Pero no dijo nada. ¿Un peón, había dicho Gandalf? Tal vez,

pero en un tablero equivocado.

Hablaron así hasta que el sol llegó al cénit, y de pronto repicaron las campanas del mediodía, y

en la ciudadela se observó un ajetreo de hombres: todos, con excepción de los centinelas de guardia, se

encaminaban a almorzar.

— ¿Quieres venir conmigo? —dijo Beregond—. Por hoy puedes compartir nuestro rancho. No

sé a qué compañía te asignarán, o si el Señor Denethor desea tenerte a sus órdenes. Pero entre nosotros

serás bien venido. Conviene que conozcas el mayor número posible de hombres, mientras hay tiempo.

—Me hará feliz acompañarte —respondió Pippin. A decir verdad, me siento solo. He dejado a

mi mejor amigo en Rohan, y desde entonces no he tenido con quien charlar y bromear. Tal vez podría

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realmente entrar en tu Compañía. ¿Eres el capitán? En ese caso podrías tomarme, ¿o quizás hablar en mi

favor?

—No, no —dijo Beregond, riendo—, no soy un capitán. No tengo cargo, ni rango, ni señorío, y

no soy más que un hombre de armas de la Tercera Compañía de la Ciudadela. Sin embargo, maese

Peregrin, ser un simple hombre de armas en la Guardia de la Torre de Gondor es considerado digno y

honroso en la ciudad, y en todo el reino se trata con honores a tales hombres.

—En ese caso, es algo que está por completo fuera de mi alcance —dijo Pippin—. Llévame de

nuevo a nuestros aposentos, y si Gandalf no se encuentra allí, iré contigo a donde quieras... como tu

invitado.

Gandalf no estaba en las habitaciones ni había enviado ningún mensaje; Pippin acompañó

entonces a Beregond y fue presentado a los hombres de la Tercera Compañía. Al parecer Beregond ganó

tanto prestigio entre sus camaradas como el propio Pippin, que fue muy bien recibido. Mucho se había

hablado ya en la ciudadela del compañero de Mithrandir y de su largo y misterioso coloquio con el Señor;

y corría el rumor de que un príncipe de los medianos había venido del Norte a prestar juramento de

lealtad a Gondor con cinco mil espadas. Y algunos decían que cuando los jinetes vinieran de Rohan, cada

uno traería en la grupa a un guerrero mediano, pequeño quizá, pero valiente.

Si bien Pippin tuvo que desmentir de mala gana esta leyenda promisoria, no pudo librarse del

nuevo título, el único, al decir de los hombres, digno de alguien tan estimado por Boromir y honrado por

el Señor Denethor; le agradecieron que los hubiera visitado, y escucharon muy atentos el relato de sus

aventuras en tierras extrañas, ofreciéndole de comer y de beber tanto como Pippin podía desear. Y en

verdad, sólo le preocupaba la necesidad de ser «cauteloso», como le había recomendado Gandalf, y de no

soltar demasiado la lengua, como hacen los hobbits cuando se sienten entre gente amiga.

Por fin Beregond se levantó.

— ¡ Adiós por esta vez! — dijo—. Estoy de guardia ahora hasta la puesta del sol, al igual que

todos los aquí presentes, creo. Pero si te sientes solo, como dices, tal vez te gustaría tener un guía alegre

que te lleve a visitar la ciudad. Mi hijo se sentirá feliz de acompañarte. Es un buen muchacho, puedo

decirlo. Si te agrada la idea, baja hasta el círculo inferior y pregunta por la Hostería Vieja en el Rath

Celerdain, Calle de los Lampareros. Allí lo encontrarás con otros jóvenes que se han quedado en la

ciudad. Quizás haya cosas interesantes para ver allá abajo, junto a la Puerta Grande, antes que cierren.

Salió, y los otros no tardaron en seguirlo.

Aunque empezaba a flotar una bruma ligera, el día era todavía luminoso, y caluroso para un mes

de marzo, aun en un país tan meridional. Pippin se sentía soñoliento, pero la habitación le pareció triste y

decidió descender a explorar la ciudad. Le llevó a Sombragris unos bocados que había apartado, y que el

animal recibió con alborozo, aunque nada parecía faltarle. Luego echó a caminar bajando por muchos

senderos zigzagueantes.

La gente lo miraba con asombro, cuando él pasaba. Los hombres se mostraban con él solemnes y

corteses, saludándolo a la usanza de Góndor con la cabeza gacha y las manos sobre el pecho; pero detrás

de él oía muchos comentarios, a medida que la gente que andaba por las calles llamaba a quienes estaban

dentro a que salieran a ver al Príncipe de los Medianos, el compañero de Mithrandir. Algunos hablaban

un idioma distinto de la Lengua Común, pero Pippin no tardó mucho en aprender al menos qué

significaba Ernil i Pberiannath y en saber que su condición de príncipe ya era conocida en toda la ciudad.

Recorriendo las calles abovedadas y las hermosas alamedas y pavimentos, llegó por fin al círculo

inferior, el más amplio; allí le dijeron dónde estaba la Calle de los Lampareros, un camino ancho que

conducía a la Puerta Grande. Pronto encontró la Hostería Vieja, un edificio de piedra gris desgastada por

los años, con dos alas laterales; en el centro había un pequeño prado, y detrás se alzaba la casa de

numerosas ventanas; todo el ancho de la fachada lo ocupaba un pórtico sostenido por columnas y una

escalinata que descendía hasta la hierba. Algunos chiquillos jugaban entre las columnas: los únicos niños

que Pippin había visto en Minas Tirith, y se detuvo a observarlos. De pronto, uno de ellos advirtió la

presencia del hobbit, y precipitándose con un grito a través de la hierba, llegó a la calle, seguido de otros.

De pie frente a Pippin, lo miró de arriba abajo.

— ¡Salud! —dijo el chiquillo—. ¿De dónde vienes? Eres un forastero en la ciudad.

—Lo era —respondió Pippin—; pero dicen ahora que me he convertido en un hombre de

Gondor.

17

— ¡Oh, no me digas! —dijo el chiquillo—. Entonces aquí todos somos hombres. Pero ¿qué edad

tienes y cómo te llamas? Yo he cumplido los diez, y pronto mediré cinco pies. Soy más alto que tú. Pero

también mi padre es un Guardia y uno de los más altos. ¿Qué hace tu padre?

— ¿A qué pregunta he de responder primero? —dijo Pippin—. Mi padre cultiva las tierras de los

alrededores de Fuente Blanca, cerca de Alforzaburgo en la Comarca. Tengo casi veintinueve años, así que

en eso te aventajo, aunque mida sólo cuatro pies, y es improbable que crezca, salvo en sentido horizontal.

—¡Veintinueve años! —exclamó el niño, lanzando un silbido—. Vaya, eres casi viejo, tan viejo

como mi tío lorias. Sin embargo —añadió, esperanzado—, apuesto que podría ponerte cabeza abajo o

tumbarte de espaldas.

—Tal vez, si yo te dejara —dijo Pippin, riendo—. Y quizás yo pudiera hacerte lo mismo a ti:

conocemos unas cuantas triquiñuelas en mi pequeño país. Donde, déjame que te lo diga, se me considera

excepcionalmente grande y fuerte; y jamás he permitido que nadie me pusiera cabeza abajo. Y si lo

intentaras, y no me quedara otro remedio, quizá me viera obligado a matarte. Porque, cuando seas mayor,

aprenderás que las personas no siempre son lo que parecen; y aunque quizá me hayas tomado por un

jovenzuelo extranjero tonto y bonachón, y una presa fácil, quiero prevenirte: no lo soy; ¡soy un mediano,

duro, temerario y malvado! —Y Pippin hizo una mueca tan fiera que el niño dio un paso atrás, pero en

seguida volvió a acercarse, con los puños apretados y un centelleo belicoso en la mirada.

—¡No! —dijo Pippin, riendo—. ¡Tampoco creas todo lo que dice de sí mismo un extranjero! No

soy un luchador. Sin embargo, sería más cortés que quien lanza el desafío se diera a conocer.

El chico se irguió con orgullo. —Soy Bergil hijo de Beregond de la Guardia —dijo.

—Era lo que pensaba —dijo Pippin—, pues te pareces mucho a tu padre. Lo conozco y él mismo

me ha enviado a buscarte.

—¿Por qué, entonces, no lo dijiste en seguida? —preguntó Bergil, y una expresión de

desconsuelo le ensombreció de pronto la cara—. ¡ No me digas que ha cambiado de idea y que quiere

enviarme fuera de la ciudad, junto con las mujeres! Pero no, ya han partido las últimas carretas.

—El mensaje, si no bueno, es menos malo de lo que supones —dijo Pippin—. Dice que si en

lugar de ponerme cabeza abajo prefieres mostrarme la ciudad, podrías acompañarme y aliviar mi soledad

un rato. En compensación, yo podría contarte algunas historias de países remotos.

Bergil batió palmas y rió, aliviado.

—¡Todo marcha bien, entonces! gritó—. ¡Ven! Dentro de un momento íbamos a salir hacia la

Puerta, a mirar. Iremos ahora mismo.

— ¿Qué pasa allí?

—Esperamos a los Capitanes de las Tierras Lejanas; se dice que llegarán antes del crepúsculo,

por el Camino del Sur. Ven con nosotros y verás.

Bergil mostró que era un buen camarada, la mejor compañía que había tenido Pippin desde que

se separara de Merry, y pronto estuvieron parloteando y riendo alborozados, sin preocuparse por las

miradas que la gente les echaba. A poco andar, se encontraron en medio de una muchedumbre que se

encaminaba a la Puerta Grande. Y allí, el prestigio de Pippin aumentó considerablemente a los ojos de

Bergil, pues cuando dio su nombre y el santo y seña, el guardia lo saludó y lo dejó pasar; y lo que es más,

le permitió llevar consigo a su compañero.

— ¡Maravilloso! —dijo Bergil—. A nosotros, los niños, ya no nos permiten franquear la puerta

sin un adulto. Ahora podremos ver mejor.

Del otro lado de la puerta, una multitud de hombres ocupaba las orillas del camino y el gran

espacio pavimentado en que desembocaban las distintas rutas a Minas Tirith. Todas las miradas se

volvían al Sur, y no tardó en elevarse un murmullo:

¡Hay una polvareda allá, a lo lejos! ¡Ya están llegando!

Pippin y Bergil se abrieron paso hasta la primera fila, y esperaron. Unos cuernos sonaron a la

distancia, y el estruendo de los vítores llegó hasta ellos como un viento impetuoso. Se oyó luego un

vibrante toque de clarín, y toda la gente que los rodeaba prorrumpió en gritos de entusiasmo.

¡Forlong! ¡Forlong! —gritaban los hombres.

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—¿Qué dicen? —preguntó Pippin.

—Ha llegado Forlong —respondió Bergil—, el viejo Forlong el Gordo, el Señor de Lossarnach.

Allí es donde vive mi abuelo. ¡Hurra! Ya está aquí, mira. ¡El buen viejo Forlong!

A la cabeza de la comitiva avanzaba un caballo grande y de osamenta poderosa, y montado en él

iba un hombre ancho de espaldas y enorme de contorno; aunque viejo y barbicano, vestía una cota de

malla, usaba un yelmo negro, y llevaba una lanza larga y pesada. Tras él marchaba, orgullosa, una

polvorienta caravana de hombres armados y ataviados, que empuñaban grandes hachas de combate; eran

fieros de rostro, y más bajos y un poco más endrinos que todos los que Pippin había visto en Góndor.

¡Forlong! lo aclamaba la multitud—. ¡Corazón leal, amigo fiel! ¡Forlong! Pero cuando los

hombres de Lossarnach hubieron pasado, murmuraron: — ¡ Tan pocos! ¿ Cuántos serán, doscientos ?

Esperábamos diez veces más. Les habrán llegado noticias de los navios negros. Sólo han enviado un

décimo de las fuerzas de Lossarnach. Pero aún lo pequeño es una ayuda.

Así fueron llegando las otras Compañías, saludadas y aclamadas por la multitud, y cruzaron la

puerta hombres de las Tierras Lejanas que venían a defender la Ciudad de Góndor en una hora sombría;

pero siempre en número demasiado pequeño, siempre insuficientes para colmar las esperanzas o

satisfacer las necesidades. Los hombres del Valle de Ringló detrás del hijo del Señor, Dervorin,

marchaban a pie: trescientos. De las mesetas de Morthond, el ancho Valle de la Raíz Negra, Duinhir el

Alto, acompañado por sus hijos, Duilin y Derufin, y quinientos arqueros. Del Anfalas, de la lejana Playa

Larga, una columna de hombres muy diversos, cazadores, pastores, y habitantes de pequeñas aldeas,

malamente equipados, excepto la escolta de Golasgil, el soberano. De Lamedon, unos pocos montañeses

salvajes y sin capitán. Pescadores del Ethir, un centenar o más, reclu tados en las embarcaciones. Hirluin

el Hermoso, venido de las Colinas Verdes de Pinnath Galin con trescientos guerreros apuestos, vestidos

de verde. Y por último el más soberbio, Imrahil, Príncipe de Dol Amroth, pariente del Señor Denethor,

con estandartes de oro y el emblema del Navio y el Cisne de Plata, y una escolta de caballeros con todos

los arreos, montados en corceles grises; los seguían setecientos hombres de armas, altos como señores, de

ojos acerados y cabellos oscuros, que marchaban cantando.

Y eso era todo, menos de tres mil en total. Y no vendrían otros. Los gritos y el ruido de los pasos

y los cascos se extinguieron dentro de la ciudad. Los espectadores callaron un momento. El polvo flotaba

en el aire, pues el viento había cesado y la atmósfera del atardecer era pesada. Se acercaba ya la hora de

cerrar las puertas, y el sol rojo había desaparecido detrás del Mindolluin. La sombra se extendió sobre la

ciudad.

Pippin alzó los ojos, y le pareció que el cielo tenía un color gris ceniciento, como velado por una

espesa nube de polvo que la luz atravesaba apenas. Pero en el oeste el sol agonizante había incendiado el

velo de sombras, y ahora el Mindolluin se erguía como una forma negra envuelta en las ascuas de una

humareda ardiente.

—¡Que así, con cólera, termine un día tan hermoso! —reflexionó Pippin en voz alta, olvidándose

del chiquillo que estaba junto a él.

—Así terminará si no regreso antes de las campanas del crepúsculo dijo Bergil. ¡Vamos! Ya

suena la trompeta que anuncia el cierre de la puerta.

Tomados de la mano volvieron a la ciudad, los últimos en traspasar la puerta antes que se

cerrara, y cuando llegaron a la Calle de los Lampareros todas las campanas de las torres repicaban

solemnemente. Aparecieron luces en muchas ventanas, y de las casas y los puestos de los hombres de

armas llegaban cantos.

— ¡Adiós por esta vez! —dijo Bergil—. Llévale mis saludos a mi padre y agradécele la

compañía que me mandó. Vuelve pronto, te lo ruego. Casi desearía que no hubiese guerra, porque

podríamos haber pasado buenos momentos. Hubiéramos podido ir a Lossarnach, a la casa de mi abuelo:

es maravilloso en primavera, los bosques y los campos cubiertos de flores. Pero quizá podamos ir algún

día. El Señor Denethor jamás será derrotado, y mi padre es muy valiente. ¡Adiós y vuelve pronto!

Se separaron, y Pippin se encaminó de prisa hacia la ciudadela. El trayecto se le hacía largo, y

empezaba a sentir calor y un hambre voraz. Y la noche se cerró, rápida y oscura. Ni una sola estrella

parpadeaba en el cielo. Llegó tarde a la cena, y Beregond lo recibió con alegría, y lo sentó al lado de él

para oír las noticias que le traía de su hijo. Una vez terminada la comida, Pippin se quedó allí un rato,

pero no tardó en despedirse, pues sentía el peso de una extraña melancolía, y ahora tenía muchos deseos

de ver otra vez a Gandalf.

19

—¿Sabrás encontrar el camino? —le preguntó Beregond en la puerta de la sala, en la parte norte

de la ciudadela, donde habían estado sentados—. La noche es oscura, y aún más porque han dado órdenes

de velar todas las luces dentro de la ciudad; ninguna ha de ser visible desde fuera de los muros. Y puedo

darte una noticia de otro orden: mañana por la mañana, a primera hora, serás convocado por el Señor

Denethor. Me temo que no te destinarán a la Tercera Compañía. Sin embargo, es posible que volvamos a

encontrarnos. ¡Adiós y duerme en paz!

La habitación estaba a oscuras, excepto una pequeña linterna puesta sobre la mesa. Gandalf no se

encontraba allí. La tristeza de Pippin era cada vez mayor. Se subió al banco y trató de mirar por una

ventana, pero era como asomarse a un lago de tinta. Bajó y cerró la persiana y se acostó. Durante un rato

permaneció tendido y alerta, esperando el regreso de Gandalf, y luego cayó en un sueño inquieto.

En mitad de la noche lo despertó una luz, y vio que Gandalf había vuelto y que recorría la

habitación a grandes trancos del otro lado de la cortina. Sobre la mesa había velas y rollos de pergamino.

Oyó que el mago suspiraba y murmuraba: «¿Cuándo regresará Faramir?»

— ¡Hola! —dijo Pippin, asomando la cabeza por la cortina—. Creía que te habías olvidado de

mí. Me alegro de verte de vuelta. El día fue largo.

—Pero la noche será demasiado corta —dijo Gandalf—. He vuelto aquí porque necesito un poco

de paz y de soledad. Harías bien en dormir en una cama mientras sea posible. Al alba, te llevaré de nuevo

al Señor Denethor. No, al alba no, cuando llegue la orden. La Oscuridad ha comenzado. No habrá

amanecer.

2

EL PASO DE LA COMPAÑÍA GRIS

Gandalf había desaparecido, y los ecos de los cascos de Sombragris se habían perdido en la

noche. Merry volvió a reunirse con Aragorn. Apenas tenía equipaje, pues había perdido todo en Parth

Galen, y sólo llevaba las pocas cosas útiles que recogiera entre las ruinas de Isengard. Hasufel ya estaba

enjaezado. Lególas y Gimli y el caballo de ellos esperaban cerca.

—Así que todavía quedan cuatro miembros de la Compañía —dijo Aragorn. Seguiremos

cabalgando juntos. Pero no iremos solos, como yo pensaba. El rey está ahora decidido a partir

inmediatamente. Desde que apareció la sombra alada, sólo piensa en volver a las colinas al amparo de la

noche.

—¿Y de allí, a dónde iremos luego? le preguntó Lególas.

—No lo sé aún respondió Aragorn. En cuanto al rey, partirá para la revista de armas que ha

convocado en Edoras dentro de cuatro noches. Y allí, supongo, tendrá noticias de la guerra, y los Jinetes

de Rohan descenderán a Minas Tirith. Excepto yo, y los que quieran seguirme...

—¡Yo, para empezar! gritó Lególas.

— ¡Y Gimli con él! —dijo el enano.

—Bueno dijo Aragorn—, en cuanto a mí, todo lo que veo es oscuridad. También yo tendré que ir

a Minas Tirith, pero aún no distingo el camino. Se aproxima una hora largamente anticipada.

— ¡No me abandonéis! dijo Merry—. Hasta ahora no he prestado mucha utilidad, pero no quiero

que me dejen de lado, como esos equipajes que uno retira cuando todo ha concluido. No creo que los

jinetes quieran ocuparse de mí en este momento. Aunque en verdad el rey dijo que a su retorno me haría

sentar junto a él, para que le hablase de la Comarca.

—Es verdad —dijo Aragorn, y creo, Merry, que tu camino es el camino del rey. No esperes, sin

embargo, un final feliz. Pasará mucho tiempo, me temo, antes que Théoden pueda reinar nuevamente en

paz en Meduseld. Muchas esperanzas se marchitarán en esta amarga primavera.

Pronto todos estuvieron listos para la partida: veinticuatro jinetes, con Gimli en la grupa del

caballo de Lególas y Merry delante de Aragorn. Poco después corrían a través de la noche. No hacía

mucho que habían pasado los túmulos de los Vados del Isen, cuando un jinete se adelantó desde la

retagurdia.

20

—Mi Señor —dijo, hablándole al rey—, hay hombres a caballo detrás de nosotros. Me pareció

oírlos cuando cruzábamos los vados. Ahora estamos seguros. Vienen a galope tendido y están por

alcanzarnos.

Sin pérdida de tiempo, Théoden ordenó un alto. Los jinetes dieron media vuelta y empuñaron las

lanzas. Aragorn se apeó del caballo, depositó en el suelo a Merry, y desenvainando la espada aguardó

junto al estribo del rey. Eomer y su escudero volvieron a la retaguardia. Merry se sentía más que nunca un

trasto inútil, y se preguntó qué podría hacer en caso de que se librase un combate. En el supuesto de que

la pequeña escolta del rey fuera atrapada y sometida, y él lograse huir en la oscuridad... solo en las tierras

vírgenes de Rohan sin idea de dónde estaba en aquella infinidad de millas... «¡Inútil!», se dijo.

Desenvainó la espada y se ajustó el cinturón.

La luna declinaba oscurecida por una gran nube flotante, pero de improviso volvió a brillar. En

seguida llegó a oídos de todos el ruido de los cascos, y en el mismo momento vieron unas formas negras

que avanzaban rápidamente por el sendero de los vados. La luz de la luna centelleaba aquí y allá en las

puntas de las lanzas. Era imposible estimar el número de los perseguidores, pero no parecía inferior al de

los hombres de la escolta del rey.

Cuando estuvieron a unos cincuenta pasos de distancia, Eomer gritó con voz tenante:

—¡Alto! ¡Alto! ¿Quién cabalga en Rohan?

Los perseguidores detuvieron de golpe a los caballos. Hubo un momento de silencio; y entonces,

a la luz de la luna, vieron que uno de los jinetes se apeaba y se adelantaba lentamente. Blanca era la mano

que levantaba, con la palma hacia adelante, en señal de paz; pero los hombres del rey empuñaron las

armas. A diez pasos el hombre se detuvo. Era alto, una sombra oscura y enhiesta. De pronto habló, con

voz clara y vibrante.

—¿Rohan? ¿Habéis dicho Rohan? Es una palabra grata. Desde muy lejos venimos buscando este

país, y llevamos prisa.

—Lo habéis encontrado —dijo Eomer—. Allá, cuando cruzasteis los vados, entrasteis en Rohan.

Pero estos son los dominios del Rey Théoden, y nadie cabalga por aquí sin su licencia. ¿ Quiénes sois ? ¿

Y por qué esa prisa?

—Yo soy Halbarad Dúnadan, montaraz del Norte —respondió el hombre—. Buscamos a un tal

Aragorn hijo de Arathorn, y habíamos oído que estaba en Rohan.

— ¡Y lo habéis encontrado también! —exclamó Aragorn. Entregándolé las riendas a Merry,

corrió a abrazar al recién llegado—. ¡Halbarad! —dijo—. ¡De todas las alegrías, esta es la más

inesperada!

Merry dio un suspiro de alivio. Había pensado que se trataba de una nueva artimaña de Saruman

para sorprender al rey cuando sólo lo protegían unos pocos hombres; pero al parecer no iba a ser

necesario morir en defensa de Théoden, al menos por el momento. Volvió a envainar la espada.

—Todo bien —dijo Aragorn, regresando a la Compañía—. Son hombres de mi estirpe venidos

del país lejano en que yo vivía. Pero a qué han venido, y cuántos son, Halbarad nos lo dirá.

—Tengo conmigo treinta hombres —dijo Halbarad—. Todos los de nuestra sangre que pude

reunir con tanta prisa; pero los hermanos Elladan y Elrohir nos han acompañado, pues desean ir a la

guerra. Hemos cabalgado lo más rápido posible, desde que llegó tu llamada.

—Pero yo no os llamé —dijo Aragorn—,salvo con el deseo;amenudo he pensado en vosotros, y

nunca más que esta noche; sin embargo, no os envié ningún mensaje. ¡Pero vamos! Todas estas cosas

pueden esperar. Nos encontráis viajando de prisa y en peligro. Acompañadnos por ahora, si el rey lo

permite.

En realidad, la noticia alegró a Théoden.

— ¡Magnífico! —dijo—. Si estos hombres de tu misma sangre se te parecen, mi señor Aragorn,

treinta de ellos serán una fuerza que no puede medirse por el número.

Los jinetes reanudaron la marcha, y Aragorn cabalgó algún tiempo con los Dúnedain; y luego

que hubieron comentado las noticias del Norte y del Sur, Elrohir le dijo:

—Te traigo un mensaje de mi padre: Los días son cortos. Si el tiempo apremia, recuerda los

Senderos de los Muertos.

21

—Los días me parecieron siempre demasiado cortos para que mi deseo se cumpliera —

respondió Aragorn—. Pero grande en verdad tendrá que ser mi prisa si tomo ese camino.

—Eso lo veremos pronto —dijo Elrohir—. ¡Pero no hablemos más de estas cosas a campo raso!

Entonces Aragorn le dijo a Halbarad:

— ¿Qué es eso que llevas, primo? —Pues había notado que en vez de lanza empuñaba un asta

larga, como si fuera un estandarte, pero envuelta en un apretado lienzo negro y atada con muchas correas.

—Es un regalo que te traigo de parte de la Dama de Rivendel —respondió Halbarad—. Lo hizo

ella misma en secreto y fue un largo trabajo. Y también te envía un mensaje: Cortos son ahora los días. O

nuestras esperanzas se cumplirán, o será el fin de toda esperanza. ¡Adiós, Piedra de elfo!

Y Aragorn dijo:

—Ahora sé lo que traes. ¡Llévalo aún en mi nombre algún tiempo! —Y dándose vuelta miró a lo

lejos hacia el norte bajo las grandes estrellas, y se quedó en silencio y no volvió a hablar mientras duró la

travesía nocturna.

La noche era vieja y el cielo gris en el este cuando salieron por fin del Valle del Bajo y llegaron

a Cuernavilla. Allí decidieron descansar un rato, y deliberar.

Merry durmió hasta que Lególas y Gimli lo despertaron.

—El sol está alto —le dijo Lególas—. Ya todos andan ocupados de aquí para allá. Vamos, Señor

Zángano, ¡levántate y ve a echar una mirada, mientras todavía estás a tiempo!

—Hubo una batalla aquí, hace tres noches —dijo Gimli—, y aquí fue donde Lególas y yo

jugamos una partida que yo gané por un solo orco. ¡Ven y verás cómo fue! ¡Y hay cavernas, Merry,

cavernas maravillosas! ¿Crees que podremos visitarlas, Lególas?

—¡No! No tenemos tiempo —dijo el elfo—, ¡No estropees la maravilla con la impaciencia! Te

he dado mi palabra de que volveré contigo, si tenemos alguna vez un día de paz y libertad. Pero ya es casi

mediodía, y a esa hora comeremos, y luego partiremos otra vez, tengo entendido.

Merry se levantó y bostezó. Las escasas horas de sueño habían sido insuficientes; se sentía

cansado y bastante triste. Echaba de menos a Pippin, y tenía la impresión de no ser sino una carga,

mientras todos los demás trabajaban de prisa preparando planes para algo que él no terminaba de

entender.

—¿Dónde está Aragorn? —preguntó.

—En una de las cámaras altas de la villa —le respondió Lególas—. No ha dormido ni

descansado, me parece. Subió allí hace unas horas, diciendo que necesitaba reflexionar, y sólo lo

acompañó su primo, Halbarad; pero tiene una duda oscura o alguna preocupación.

—Es una compañía extraña, la de estos recién llegados —dijo Gimli—. Son hombres recios y

arrogantes; junto a ellos los Jinetes de Roban parecen casi niños; tienen rostros feroces, como de roca

gastada por los años casi todos ellos, hasta el propio Aragorn; y son silenciosos.

—Pero lo mismo que Aragorn, cuando rompen el silencio son corteses dijo Lególas—. ¿Y has

observado a los hermanos Elladan y Elrohir? Visten ropas menos sombrías que los demás, y tienen la

belleza y la arrogancia de los señores elfos; lo que no es extraño en los hijos de Elrond de Rivendel.

—¿Por qué han venido? ¿Lo sabes? —preguntó Merry. Se había vestido, y echándose sobre los

hombros la capa gris, marchó con sus compañeros hacia la puerta destruida de la villa.

—En respuesta a una llamada, tú mismo lo oíste —dijo Gimli—. Dicen que un mensaje llegó a

Rivendel: Aragorn necesita la ayuda de los suyos. ¡Que los Dúnedain se unan a él en Roban! Pero de

dónde les llegó este mensaje, ahora es un misterio para ellos. Lo ha de haber enviado Gandalf, presumo

yo.

No, Galadriel dijo Lególas. ¿No habló por boca de Gandalf de la cabalgata de la Compañía Gris

llegada del Norte?

Sí, tienes razón dijo Gimli . ¡ La Dama del Bosque! Ella lee en los corazones y las esperanzas.

¿Por qué, Lególas, no habremos deseado la compañía de algunos de los nuestros?

22

Lególas se había detenido frente a la puerta, el bello rostro atribulado, la mirada perdida en la

lejanía, hacia el norte y el este.

Dudo que alguno quisiera acudir —respondió—. No necesitan venir tan lejos a la guerra: la

guerra avanza ya sobre ellos.

Durante un rato caminaron los tres, comentando tal o cual episodio de la batalla, y descendieron

por la puerta rota y pasaron delante de los túmulos de los caídos en el prado que bordeaba el camino; al

llegar a la Empalizada de Helm se detuvieron y se asomaron a contemplar el Valle del Bajo. Negro, alto y

pedregoso, ya se alzaba allí el Cerro de la Muerte, y podía verse la hierba que los ucornos habían

pisoteado y aplastado. Los Dundelinos y numerosos hombres de la guarnición del Fuerte estaban

trabajando en la empalizada o en los campos, y alrededor de los muros semiderruidos; sin embargo, había

una calma extraña: un valle cansado que reposa luego de una tempestad violenta. Los hombres regresaron

pronto para el almuerzo, que se servía en la sala del Fuerte.

El rey ya estaba allí; no bien los vio entrar, llamó a Merry y pidió que le pusieran un asiento

junto al suyo.

—No es lo que yo hubiera querido dijo Théoden; poco se parece este lugar a mi hermosa morada

de Edoras. Y tampoco nos acompaña tu amigo, aunque tendría que estar aquí. Sin embargo, es posible

que pase mucho tiempo antes que podamos sentarnos, tú y yo, a la alta mesa de Meduseld; y no habrá

ocasión para fiestas cuando yo regrese. ¡Adelante! Come y bebe, y hablemos ahora mientras podamos. Y

luego cabalgarás conmigo.

—¿Puedo? dijo Merry, sorprendido y feliz. ¡Sería maravilloso! Nunca una palabra amable había

despertado en él tanta gratitud.— Temo no ser más que un impedimento para todos —balbució—, pero no

me arredra ninguna empresa que yo pudiera llevar a cabo, os lo aseguro.

—No lo dudo —dijo el rey—. He hecho preparar para ti un buen poney de montaña. Te llevará

al galope por los caminos que tomaremos, tan rápido como el mejor corcel. Pues pienso partir del Fuerte

siguiendo los senderos de las montañas, sin atravesar la llanura, y llegar a Edoras por el camino del

Sagrario, donde me espera la Dama Eowyn. Serás mi escudero, si lo deseas. ¿Eomer, hay en el Fuerte

algún equipo que pueda servirle a mi paje de armas?

—No tenemos aquí grandes reservas, mi Señor —respondió Eomer—. Tal vez pudiéramos

encontrar un yelmo liviano, pero no cotas de malla ni espadas para alguien de esta estatura.

—Yo tengo una espada —dijo Merry, y saltando del asiento, sacó de la vaina negra la pequeña

hoja reluciente. Lleno de un súbito amor por el viejo rey, se hincó sobre una rodilla, y le tomó la mano y

se la besó—. ¿Permitís que deposite a vuestros pies la espada de Meriadoc de la Comarca, Rey Théoden?

—exclamó — . ¡Aceptad mis servicios, os lo ruego!

—Los acepto de todo corazón —dijo el rey, y posando las manos largas y viejas sobre los

cabellos castaños del hobbit, le dio su bendición.

—¡Y ahora levántate, Meriadoc, escudero de Rohan de la casa de Meduseld! —dijo—. ¡Toma tu

espada y condúcela a un fin venturoso!

—Seréis para mí como un padre —dijo Merry.

—Por poco tiempo —dijo Théoden.

Hablaron así mientras comían, hasta que Eomer dijo:

—Se acerca la hora de la partida, Señor. ¿Diré a los hombres que toquen los cuernos? Mas

¿dónde está Aragorn? No ha venido a almorzar.

—Nos alistaremos para cabalgar —dijo Théoden—; pero manda aviso al señor Aragorn de que

se aproxima la hora.

El rey, escoltado por la guardia y con Merry al lado, descendió por la puerta del Fuerte hasta la

explanada donde se reunían los jinetes. Ya muchos de los hombres esperaban a caballo. Serían pronto una

compañía numerosa, pues el rey estaba dejando en el Fuerte sólo una pequeña guarnición, y el resto de los

hombres cabalgaba ahora hacia Edoras. Un millar de lanzas había partido ya durante la noche; pero aún

quedaban unos quinientos para escoltar al rey, casi todos los hombres de los campos y valles del Folde

Oeste.

Los montaraces se mantenían algo apartados, en un grupo ordenado y silencioso, armados de

lanzas, arcos y espadas. Vestían oscuros mantos grises, y las capuchas les cubrían la cabeza y el yelmo.

23

Los caballos que montaban eran vigorosos y de estampa arrogante, pero hirsutos de crines; y uno de ellos

no tenía jinete: el corcel de Aragorn, que habían traído del Norte, y que respondía al nombre de Roheryn.

En los arreos y gualdrapas de las cabalgaduras no había ornamentos ni resplandores de oro y pedrerías; y

los jinetes mismos no llevaban insignias ni emblemas, excepto una estrella de plata que les sujetaba el

manto en el hombro izquierdo.

El rey montó a Crinblanca, y Merry, a su lado, trepó a la silla del poney, Stybba de nombre.

Eomer no tardó en salir por la puerta, acompañado de Aragorn, y de Halbarad que llevaba el asta

enfundada en el lienzo negro, y de dos hombres de elevada estatura, ni viejos ni jóvenes. Eran tan

parecidos estos hijos de Elrond, que muchos confundían a unos con otros; de cabellos oscuros, ojos

grises, y rostros de una belleza élfica, vestían idénticas mallas brillantes bajo los mantos de color gris

plata. Detrás de ellos iban Lególas y Gimli. Pero Merry sólo tenía ojos para Aragorn, tan asombroso era el

cambio que notaba, como si muchos años hubiesen descendido en una sola noche sobre él. Tenía el rostro

sombrío, macilento y fatigado.

—Me siento atribulado, Señor —dijo, de pie junto al caballo del rey—. He oído palabras

extrañas, y veo a lo lejos nuevos peligros. He meditado largamente, y temo ahora tener que cambiar mi

resolución. Decidme, Théoden, vais ahora al Sagrario: ¿cuánto tardaréis en llegar?

—Ya ha pasado una hora desde el mediodía —dijo Eomer—. Antes de la noche del tercer día a

contar desde ahora llegaremos al Baluarte. Será la primera noche después del plenilunio, y la revista de

armas convocada por el rey se celebrará al día siguiente. Imposible adelantarnos, si hemos de reunir todas

las fuerzas de Rohan.

Aragorn permaneció un momento en silencio.

—Tres días —murmuró—, y el reclutamiento de los hombres de Rohan apenas habrá

comenzado. Pero ya veo que no podemos ir más de prisa. Alzó la mirada al cielo, y pareció que había

decidido algo al fin; tenía una expresión menos atormentada. En ese caso, y con vuestro permiso, Señor,

he de tomar una determinación que me atañe a mí y a mis gentes. Tenemos que seguir nuestro propio

camino y no más en secreto. Pues para mí el tiempo del sigilo ha pasado. Partiré hacia el Este por el

camino más rápido, y cabalgaré por los Senderos de los Muertos.

—¡Los Senderos de los Muertos! —repitió, temblando, Théoden—. ¿Por qué los nombras? —

Eomer se volvió y escrutó el rostro de Aragorn, y a Merry le pareció que los jinetes más próximos habían

palidecido al oír esas palabras.— Si en verdad hay tales senderos —prosiguió el rey—, la puerta está en el

Sagrario; pero ningún hombre viviente podrá franquearla.

— ¡Ay, Aragorn, amigo mío! dijo Eomer. Tenía la esperanza de que partiríamos juntos a la

guerra; pero si tú buscas los Senderos de los Muertos, ha llegado la hora de separarnos, y es improbable

que volvamos a encontrarnos bajo el sol.

—Ese será, sin embargo, mi camino —dijo Aragorn—. Mas a ti, Eomer, te digo que quizá

volvamos a encontrarnos en la batalla, aunque todos los ejércitos de Mordor se alcen entre nosotros.

—Harás lo que te parezca mejor, mi señor Aragorn dijo Théoden—. Es tu destino tal vez

transitar por senderos extraños que otros no se atreven a pisar. Esta separación me entristece y me resta

fuerzas; pero ahora tengo que partir, y ya sin más demora, por los caminos de la montaña. ¡Adiós!

—¡Adiós, Señor! dijo Aragorn. ¡Galopad hacia la gloria! ¡Adiós,

Merry! Te dejo en buenas manos, mejores que las que esperábamos cuando perseguíamos orcos

en Fangorn. Lególas y Gimli continuarán conmigo la cacería, espero; mas no te olvidaremos.

—¡Adiós! —dijo Merry. No encontraba nada más que decir. Se sentía muy pequeño, y todas

aquellas palabras oscuras lo desconcertaban y amilanaban. Más que nunca echaba de menos el inagotable

buen humor de Pippin. Ya los jinetes estaban prontos, los caballos piafaban, y Merry tuvo ganas de partir

y que todo acabase de una vez.

Entonces Théoden le dijo algo a Eomer, y alzó la mano y gritó con voz tenante, y a esa señal los

jinetes se pusieron en marcha. Cruzaron el desfiladero, descendieron al Valle del Bajo y volviéndose

rápidamente hacia el este, tomaron un sendero que corría al pie de las colinas a lo largo de una milla o

más, y que luego de girar hacia el sur y replegarse otra vez hacia las lomas, desaparecía de la vista.

Aragorn cabalgó hasta el desfiladero y los siguió con los ojos hasta que la tropa se perdió en lontananza,

en lo más profundo del valle. Luego miró a Halbarad.

24

—Acabo de ver partir a tres seres muy queridos dijo—, y el pequeño no menos querido que los

otros. No sabe qué destino le espera, pero si lo supiese, igualmente iría.

—Gente pequeña pero muy valerosa —dijo Halbarad. Poco saben de cómo hemos trabajado en

defensa de las fronteras de la Comarca, pero no les guardo rencor.

—Y ahora nuestros destinos se entrecruzan —dijo Aragorn—. Y sin embargo, ay, hemos de

separarnos. Bien, tomaré un bocado, y luego también nosotros tendremos que apresurarnos a partir.

¡Venid, Lególas y Gimli! Quiero hablar con vosotros mientras como.

Volvieron juntos al Fuerte, y durante un rato Aragorn permaneció silencioso, sentado a la mesa

de la sala, mientras los otros esperaban.

—¡Veamos! —dijo al fin Lególas—. ¡ Habla y reanímate y ahuyéntalas sombras! ¿Qué ha

pasado desde que regresamos en la mañana gris a este lugar siniestro?

—Una lucha más siniestra para mí que la batalla de Cuernavilla —respondió Aragorn. He

escrutado la Piedra de Orthanc, amigos míos.

—¿Has escrutado esa piedra maldita y embrujada? —exclamó Gimli con cara de miedo y

asombro. ¿Le has dicho algo a... él? Hasta Gandalf temía ese encuentro.

—Olvidas con quién estás hablando —dijo Aragorn con severidad, y los ojos le relampaguearon.

¿Acaso no proclamé abiertamente mi título ante las puertas de Edoras? ¿Qué temes que haya podido

decirle a él? No, Gimli —dijo con voz más suave, y la expresión severa se le borró, y pareció más bien un

hombre que ha trabajado en largas y atormentadas noches de insomnio—. No, amigos míos, soy el dueño

legítimo de la Piedra, y no me faltaban ni el derecho ni la entereza para utilizarla o al menos eso creía yo.

El derecho es incontestable. La entereza me alcanzó... a duras penas. Aragorn tomó aliento.

Fue una lucha ardua, y la fatiga tarda en pasar. No le hablé, y al final sometí la Piedra a mi

voluntad. Soportar eso solo ya le será difícil. Y me vio. Sí, maese Gimli, me vio, pero no como vosotros

me veis ahora. Si eso le sirve de ayuda, habré hecho mal. Pero no lo creo. Supongo que saber que estoy

vivo y que camino por la tierra fue un golpe duro para él, pues hasta hoy lo ignoraba. Los ojos de Orthanc

no habían podido traspasar la armadura de Théoden; pero Sauron no ha olvidado a Isildur ni la espada de

Elendil. Y ahora, en el momento preciso en que pone en marcha sus ambiciosos designios, se le revelan el

heredero de Elendil y la Espada; pues le mostré la hoja que fue forjada de nuevo. No es aún tan poderoso

como para ser insensible al temor; no, y siempre lo carcome la duda.

Pero a pesar de eso tiene todavía un inmenso poder —dijo Gimli—; y ahora golpeará cuanto

antes.

Un golpe apresurado suele no dar en el blanco —dijo Aragorn—. Hemos de hostigar al enemigo,

sin esperar ya a que sea él quien dé el primer paso. Porque ved, mis amigos: cuando conseguí dominar a

la Piedra, me enteré de muchas cosas. Vi llegar del sur un peligro grave e inesperado para Gondor, que

privará a Minas Tirith de gran parte de las fuerzas defensoras. Si no es contrarrestado rápidamente, temo

que antes de diez días la ciudad estará perdida para siempre.

Entonces, está perdida dijo Gimli. Pues ¿qué socorros podríamos enviar y cómo podrían llegar

allí a tiempo?

No tengo ningún socorro para enviar, y he de ir yo mismo —dijo Aragorn—. Pero hay un solo

camino en las montañas que pueda llevarme a las tierras de la costa antes que todo se haya perdido: los

Senderos de los Muertos.

¡Los Senderos de los Muertos! —dijo Gimli—. Un nombre funesto; y poco grato para los

Hombres de Rohan, por lo que he visto. ¿Pueden los vivos marchar por ese camino sin perecer? Y aun

cuando te arriesgues a ir por ahí, ¿ qué podrán tan pocos hombres contra los golpes de Mordor?

Los vivos jamás utilizaron ese camino desde la venida de los Rohirrim respondió Aragorn—,

pues les está vedado. Pero en esta hora sombría el heredero de Isildur puede ir por él, si se atreve.

¡Escuchad! Este es el mensaje que me transmitieron los hijos de Elrond de Rivendel, hombre versado en

las antiguas tradiciones: Exhortad a Aragorn a que recuerde las palabras del vidente, y los Senderos de los

Muertos.

¿Y cuáles pueden ser las palabras del vidente? preguntó Lególas.

Así habló Malbeth el Vidente, en tiempos de Arvedin, último rey de Fornost —dijo Aragorn:

25

Una larga sombra se cierne sobre la tierra,

y con alas de oscuridad avanza hacia el oeste.

La Torre tiembla; a las tumbas de los reyes

se aproxima el Destino. Los Muertos despiertan:

ha llegado la hora de los perjuros:

de nuevo en pie en la Roca de Erech

oirán un cuerno que resuena en las montañas.

¿De quién será ese cuerno? ¿Quién a los olvidados

llama desde el gris del crepúsculo?

El heredero de aquel a quien juraron lealtad.

Traído por la necesidad, vendrá desde el norte:

y cruzará la Puerta que lleva a los Senderos de los Muertos.

—Sendas oscuras, sin duda alguna —dijo Gimli—, pero para mí no más que estas estrofas.

—Si deseas entenderlas mejor, te invito a acompañarme —dijo Aragorn—; pues ése es el

camino que ahora tomaré. Pero no voy de buen grado; me obliga la necesidad. Por lo tanto, sólo aceptaré

que me acompañéis si vosotros mismos lo queréis así, pues os esperan duras faenas, y grandes temores, si

no algo todavía peor.

—Iré contigo aun por los Senderos de los Muertos y a cualquier fin a que quieras conducirme —

dijo Gimli.

—Yo también te acompañaré —dijo Lególas—, pues no temo a los muertos.

—Espero que los olvidados no hayan olvidado las artes de la guerra —dijo Gimli—, porque si

así fuera, los habríamos despertado en vano.

—Eso lo sabremos si alguna vez llegamos a Erech —dijo Aragorn—. Pero el juramento que

quebrantaron fue el de luchar contra Sauron, y si han de cumplirlo, tendrán que combatir. Porque en

Erech hay todavía una piedra negra que Isildur llevó allí de Númenor, dicen; y la puso en lo alto de una

colina, y sobre ella el Rey de las Montañas le juró lealtad en los albores del reino de Góndor. Pero cuando

Sauron regresó y fue otra vez poderoso, Isildur exhortó a los Hombres de las Montañas a que cumplieran

el juramento, y ellos se negaron; pues en los Años Oscuros habían reverenciado a Sauron.

«Entonces Isildur le dijo al Rey de las Montañas: "Serás el último rey. Y si el Oeste demostrara

ser más poderoso que ese Amo Negro, que esta maldición caiga sobre ti y sobre los tuyos: no conoceréis

reposo hasta que hayáis cumplido el juramento. Pues la guerra durará años innumerables, y antes del fin

seréis convocados una vez más." Y ante la cólera de Isildur, ellos huyeron, y no se atrevieron a combatir

del lado de Sauron; se escondieron en lugares secretos de las montañas y no tuvieron tratos con los otros

hombres, y poco a poco se fueron replegando en las colinas estériles. Y el terror de los Muertos

Desvelados se extiende sobre la Colina de Erech y todos los parajes en que se refugió esa gente. Pero ese

es el camino que he elegido, puesto que ya no hay hombres vivos que puedan ayudarme.

Se levantó.

— ¡Venid! —exclamó, y desenvainó la espada, y la hoja centelleó en la penumbra de la sala—.

¡A la Piedra de Erech! Parto en busca de los Senderos de los Muertos. ¡Seguidme, los que queráis

acompañarme!

Lególas y Gimli, sin responder, se levantaron y siguieron a Aragorn fuera de la sala. Allí, en la

explanada, los montaraces encapuchados aguardaban inmóviles y silenciosos. Lególas y Gimli montaron

a caballo. Aragorn saltó a la grupa de Roheryn. Halbarad levantó entonces un gran cuerno, y los ecos

resonaron en el Abismo de Helm; y a esa señal partieron al galope, y descendieron al Valle del Bajo como

un trueno, mientras los hombres que permanecían en la Empalizada o el Torreón los contemplaban

estupefactos.

Y mientras Théoden iba por caminos lentos a través de las colmas, la Compañía Gris cruzaba

veloz la llanura, llegando a Edoras en la tarde del día siguiente. Descansaron un momento antes de

atravesar el valle, y entraron en el Baluarte al caer de la noche.

La Dama Eowyn los recibió con alegría, pues nunca había visto hombres más fuertes que los

Dúnedain y los hermo sos hijos de Elrond; pero ella miraba a Aragorn más que a ningún otro. Y cuando se

sentaron a la mesa de la cena, hablaron largamente, y Eowyn se enteró de lo que había pasado desde la

partida de Théoden, de quien no había tenido más que noticias breves y escuetas; y cuando le narraron la

26

batalla del Abismo de Helm, y las bajas sufridas por el enemigo, y la acometida de Théoden y sus jinetes,

le brillaron los ojos.

Pero al cabo dijo:

Señores, estáis fatigados e iréis ahora a vuestros lechos, tan cómodos como lo ha permitido la

premura con que han sido preparados. Mañana os procuraremos habitaciones más dignas.

Pero Aragorn le dijo:

— ¡No, señora, no os preocupéis por nosotros! Bastará con que podamos descansar aquí esta

noche y desayunar por la mañana. Porque la misión que he de cumplir es muy urgente y tendremos que

partir con las primeras luces.

La Dama sonrió, y dijo:

Entonces, señor, habéis sido muy generoso, al desviaros tantas millas del camino para venir aquí,

a traerle noticias a Eowyn, y hablar con ella en su exilio.

—Ningún hombre en verdad contaría este viaje como tiempo perdido —le dijo Aragorn—; no

obstante, no hubiera venido si el camino que he de tomar no pasara por el Sagrario.

Y ella le respondió como si lo que tenía que decir no le gustara:

—En ese caso, señor, os habéis extraviado, pues del Valle Sagrado no parte ninguna senda, ni al

este ni al sur; haríais mejor en volver por donde habéis venido.

—No, señora —dijo él—, no me he extraviado; conozco este país desde antes que vos vinierais a

agraciarlo. Hay un camino para salir de este valle, y ese camino es el que he de tomar. Mañana cabalgaré

por los Senderos de los Muertos.

Ella lo miró entonces como agobiada por un dolor súbito, y palideció, y durante un rato no

volvió a hablar, mientras todos esperaban en silencio.

—Pero Aragorn —dijo al fin— ¿entonces vuestra misión es ir en busca de la muerte? Pues sólo

eso encontraréis en semejante camino. No permiten que los vivos pasen por ahí.

—Acaso a mí me dejen pasar —dijo Aragorn—; de todos modos lo intentaré; ningún otro

camino puede servirme.

—Pero es una locura —exclamó la Dama—. Hay con vos caballeros de reconocido valor, a

quienes no tendríais que arrastrar a las sombras, sino guiarlos a la guerra, donde se necesitan tantos

hombres. Esperad, os suplico, y partid con mi hermano; así habrá alegría en nuestros corazones, y nuestra

esperanza será más clara.

—No es locura, señora —repuso Aragorn—: es el camino que me fue señalado. Quienes me

siguen así lo decidieron ellos mismos, y si ahora prefieren desistir, y cabalgar con los Rohirrim, pueden

hacerlo. Pero yo iré por los Senderos de los Muertos, solo, si es preciso,

Y no hablaron más y comieron en silencio; pero Eowyn no apartaba los ojos de Aragorn, y el

dolor que la atormentaba era visible para todos. Al fin se levantaron, se despidieron de la Dama, y luego

de darle las gracias, se retiraron a descansar.

Pero cuando Aragorn llegaba al pabellón que compartiría esa noche con Lególas y Gimli, donde

sus compañeros ya habían entrado, la Dama lo siguió y lo llamó. Aragorn se volvió y la vio, una luz en la

noche, pues iba vestida de blanco; pero tenía fuego en la mirada.

— ¡Aragorn! —le dijo— ¿por qué queréis tomar ese camino funesto?

—Porque he de hacerlo —fue la respuesta—. Sólo así veo alguna esperanza de cumplir mi

cometido en la guerra contra Sauron. No elijo los caminos del peligro, Eowyn. Si escuchara la llamada de

mi corazón, estaría a esta hora en el lejano Norte, paseando por el hermoso valle de Rivendel.

Ella permaneció en silencio un momento, como si pesara el significado de aquellas palabras.

Luego, de improviso, puso una mano en el brazo de Aragorn.

—Sois un señor austero e inflexible —dijo—; así es como los hombres conquistan la gloria. —

Hizo una pausa.— Señor —prosiguió—, si tenéis que partir, dejad que os siga. Estoy cansada de

esconderme en las colinas, y deseo afrontar el peligro y la batalla.

—Vuestro deber está aquí entre los vuestros —respondió Aragorn.

27

—Demasiado he oído hablar de deber —exclamó ella—. Pero ¿no soy por ventura de la Casa de

Eorl, una virgen guerrera y no una nodriza seca? Ya bastante he esperado con las rodillas flojas. Si ahora

no me tiemblan, parece, ¿no puedo vivir mi vida como yo lo deseo?

—Pocos pueden hacerlo con honra —respondió Aragorn—. Pero en cuanto a vos, señora: ¿no

habéis aceptado la tarea de gobernar al pueblo hasta el regreso del Señor? Si no os hubieran elegido,

habrían nombrado a algún mariscal o capitán, y no podría abandonar el cargo, estuviese o no cansado de

él.

— ¿Siempre seré yo la elegida? —replicó ella amargamente—. ¿Siempre tendré yo que

quedarme en casa cuando los caballeros parten, dedicada a pequeños menesteres mientras ellos

conquistan la gloria, para que al regresar encuentren lecho y alimento?

— Quizá no esté lejano el día en que nadie regrese —dijo Aragorn—. Entonces ese valor sin

gloria será muy necesario, pues ya nadie recordará las hazañas de los últimos defensores. Las hazañas no

son menos valerosas porque nadie las alabe.

Y ella respondió:

—Todas vuestras palabras significan una sola cosa: Eres una mujer, y tu misión está en el hogar.

Sin embargo, cuando los hombres hayan muerto con honor en la batalla, se te permitirá quemar la casa e

inmolarte con ella, puesto que ya no la necesitarán. Pero soy de la Casa de Eorl, no una mujer de servicio.

Sé montar a caballo y esgrimir una espada y no temo el sufrimiento ni la muerte.

— ¿A qué teméis, señora? —le preguntó Aragorn.

—A una jaula. A vivir encerrada detrás de los barrotes, hasta que la costumbre y la vejez acepten

el cautiverio, y la posibilidad y aun el deseo de llevar a cabo grandes hazañas se hayan perdido para

siempre.

—Y a mí me aconsejabais no aventurarme por el camino que he elegido, porque es peligroso.

—Es el consejo que una persona puede darle a otra —dijo ella—. No os pido, sin embargo, que

huyáis del peligro, sino que vayáis a combatir donde vuestra espada puede conquistar la fama y la

victoria. No me gustaría saber que algo tan noble y tan excelso ha sido derrochado en vano.

—Ni tampoco a mí —replicó Aragorn—. Por eso, señora, os digo: ¡Quedaos! Pues nada tenéis

que hacer en el Sur.

—Tampoco los que os acompañan tienen nada que hacer allí. Os siguen porque no quieren

separarse de vos... porque os aman. Y dando media vuelta Eowyn se alejó desvaneciéndose en la noche.

No bien apareció en el cielo la luz del día, antes que el sol se elevara sobre las estribaciones del

Este, Aragorn se preparó para partir.

Ya todos los hombres de la compañía estaban montados en las cabalgaduras, y Aragorn se

disponía a saltar a la silla, cuando vieron llegar a la dama Eowyn. Vestida de caballero, ciñendo una

espada, venía a despedirlos. Tenía en la mano una copa; se la llevó a los labios y bebió un sorbo,

deseándoles buena suerte; luego le tendió la copa a Aragorn, y también él bebió, diciendo:

— ¡ Adiós, Señora de Rohan! Bebo por la prosperidad de vuestra Casa, y por vos, y por todo

vuestro pueblo. Decidle esto a vuestro hermano: ¡Tal vez, más allá de las sombras, volvamos a

encontrarnos!

Gimli y Lególas que estaban muy cerca, creyeron ver lágrimas en los ojos de Eowyn y esas

lágrimas, en alguien tan grave y tan altivo, parecían aún más dolo rosas. Pero ella dijo:

—¿Os iréis, Aragorn?

—Sí —respondió él.

—¿No permitiréis entonces que me una a esta Compañía, como os lo he pedido?

—No, señora —dijo él—. Pues no podría concedéroslo sin el permiso del rey y vuestro hermano;

y ellos no regresarán hasta mañana. Mas ya cuento todas las horas y todos los minutos. ¡Adiós!

Eowyn cayó entonces de rodillas, diciendo:

— ¡Os lo suplico!

28

—No, señora —dijo otra vez Aragorn, y le tomó la mano para obligarla a levantarse, y se la

besó. Y saltando sobre la silla, partió al galope sin volver la cabeza; y sólo aquellos que lo conocían bien

y que estaban cerca supieron de su dolor.

Pero Eowyn permaneció inmóvil como una estatua de piedra, las manos crispadas contra los

flancos, siguiendo a los hombres con la mirada hasta que se perdieron bajo el negro Dwimor, el Monte de

los Espectros, donde se encontraba la Puerta de los Muertos. Cuando los jinetes desaparecieron, dio

media vuelta, y con el andar vacilante de un ciego regresó a su pabellón. Pero ninguno de los suyos fue

testigo de aquella despedida; el miedo los mantenía escondidos en los refugios: se negaban a

abandonarlos antes de la salida del sol, y antes que aquellos extranjeros temerarios se hubiesen marchado

del Sagrario.

Y algunos decían:

—Son criaturas élficas. Que vuelvan a los lugares de donde han venido y que no regresen nunca

más. Ya bastante nefastos son los tiempos.

Continuaron cabalgando bajo un cielo todavía gris, pues el sol no había trepado aún hasta las

crestas negras del Monte de los Espectros, que ahora tenían delante. Atemorizados, pasaron entre las

hileras de piedras antiguas que conducían al Bosque Sombrío. Allí, en aquella oscuridad de árboles

negros que ni el mismo Lególas pudo soportar mucho tiempo, en la raíz misma de la montaña, se abría

una hondonada; y en medio del sendero se erguía una gran piedra solitaria, como un dedo del destino.

Me hiela la sangre dijo Gimli; pero ninguno más habló, y la voz del enano cayó muriendo en las

húmedas agujas de pino. Los caballos se negaban a pasar junto a la piedra amenazante, y los jinetes

tuvieron que apearse y llevarlos por la brida. De ese modo llegaron al fondo de la cañada; y allí, en un

muro de roca vertical, se abría la Puerta Oscura, negra como las fauces de la noche. Figuras y signos

grabados, demasiado borrosos para que pudieran leerlos, coronaban la arcada de piedra, de la que el

miedo fluía como un vaho gris.

La compañía se detuvo; fuera de Lególas de los elfos, a quien no asustaban los Espectros de los

Hombres, no hubo entre ellos un solo corazón que no desfalleciera.

—Es una puerta nefasta dijo Halbarad—, y sé que del otro lado me aguarda la muerte. Me

atreveré a cruzarla, sin embargo; pero ningún caballo querrá entrar.

—Pero nosotros tenemos que entrar —dijo Aragorn—, y por lo tanto han de entrar también los

caballos. Pues si alguna vez salimos de esta oscuridad, del otro lado nos esperan muchas leguas, y cada

hora perdida favorece el triunfo de Sauron. ¡Seguidme!

Aragorn se puso entonces al frente, y era tal la fuerza de su voluntad en esa hora que todos los

Dúnedain fueron detrás de él. Y era en verdad tan grande el amor que los caballos de los montaraces

sentían por sus jinetes, que hasta el terror de la Puerta estaban dispuestos a afrontar, si el corazón de quien

los llevaba por la brida no vacilaba. Sólo Arod, el caballo de Rohan, se negó a seguir adelante, y se

detuvo, sudando y estremeciéndose, dominado por un terror lastimoso. Lególas le puso las manos sobre

los ojos y canturreó algunas palabras que se perdieron lentamente en la oscuridad, hasta que el caballo se

dejó conducir, y el elfo traspuso la puerta. Gimli el enano se quedó solo.

Las rodillas le temblaban y estaba furioso consigo mismo.

¡Esto sí que es inaudito! dijo. ¡Que un elfo quiera penetrar en las entrañas de la tierra, y un enano

no se atreva! —Y con una resolución súbita, se precipitó en el interior. Pero le pareció que los pies le

pesaban como plomo en el umbral; y una ceguera repentina cayó sobre él, sobre Gimli hijo de Glóin, que

tantos abismos del mundo había recorrido sin acobardarse.

Aragorn había traído antorchas, y ahora marchaba a la cabeza llevando una en alto; y Elladan iba

con otra a la retaguardia, y Gimli, tropezando tras él, trataba de darle alcance. No veía más que la débil

luz de las antorchas; pero si la compañía se detenía un momento, le parecía oír alrededor un susurro, un

interminable murmullo de palabras extrañas en una lengua desconocida.

Nada atacó a la compañía, ni le cerró el paso, y sin embargo el terror de Gimli no dejaba de

crecer a medida que avanzaban: sobre todo porque sabía ya que no era posible retroceder; todos los

senderos que iban dejando atrás eran invadidos al instante por un ejército invisible que los seguía en las

tinieblas.

Pasó así un tiempo interminable, hasta que de pronto vio un espectáculo que siempre habría de

recordar con horror. Por lo que alcanzaba a distinguir, el camino era ancho, pero ahora la compañía

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acababa de llegar a un vasto espacio vacío, ya sin muros a uno y otro lado. El pavor lo abrumaba y a

duras penas podía caminar. A la luz de la antorcha de Aragorn, algo centelleó a cierta distancia, a la

derecha. Aragorn ordenó un alto y se acercó a ver qué era.

—¿Será posible que no sienta miedo? —murmuró el enano—. En cualquier otra caverna Gimli

hijo de Glóin habría sido el primero en correr, atraído por el brillo del oro. ¡Pero no aquí! ¡Que siga donde

está!

Sin embargo se aproximó, y vio que Aragorn estaba de rodillas, mientras Elladan sostenía en alto

las dos antorchas. Delante yacía el esqueleto de un hombre de notable estatura. Había estado vestido con

una cota de malla, y el arnés se conservaba intacto; pues el aire de la caverna era seco como el polvo. El

plaquín era de oro, y el cinturón de oro y granates, y también de oro el yelmo que le cubría el cráneo

descarnado, de cara al suelo. Había caído cerca de la pared opuesta de la caverna, y delante de él se alzaba

una puerta rocosa cerrada a cal y canto: los huesos de los dedos se aferraban aún a las fisuras. Una espada

mellada y rota yacía junto a él, como si en un último y desesperado intento, hubiese querido atravesar la

roca con el acero.

Aragorn no lo tocó, pero luego de contemplarlo un momento en silencio, se levantó y suspiró.

—Nunca hasta el fin del mundo llegarán aquí las flores del simbelmyn'é —murmuró—. Nueve y

siete túmulos hay ahora cubiertos de hierba verde, y durante todos los largos años ha yacido ante la puerta

que no pudo abrir. ¿A dónde conduce? ¿Por qué quiso entrar? ¡Nadie lo sabrá jamás!

»¡Pues mi misión no es ésta! —gritó, volviéndose con presteza y hablándole a la susurrante

oscuridad—. ¡Guardad los secretos y tesoros acumulados en los Años Malditos! Sólo pedimos prontitud. ¡

Dejadnos pasar, y luego seguidnos! ¡Os convoco ante la Piedra de Erech!

No hubo respuesta; sólo un silencio profundo, más aterrador aún que los murmullos; y luego

sopló una ráfaga fría que estremeció y apagó las antorchas, y fue imposible volver a encederlas. Del

tiempo que siguió, una hora o muchas, Gimli recordó muy poco. Los otros apresuraron el paso, pero él

iba aún a la zaga, perseguido por un horror indescriptible que siempre parecía estar a punto de alcanzarlo

y un rumor que crecía a sus espaldas, como el susurro fantasmal de innumerables pies. Continuó

avanzando y tropezando, hasta que se arrastró por el suelo como un animal y sintió que no podía más; o

encontraba una salida o daba media vuelta y en un arranque de locura corría al encuentro del terror que

venía persiguiéndolo.

De pronto, oyó el susurro cristalino del agua, un sonido claro y nítido, como una piedra que cae

en un sueño de sombras oscuras. La luz aumentó, la compañía traspuso otra puerta, una arcada alta y

ancha, y de improviso se encontró caminando a la vera de un arroyo; y más allá un camino descendía en

brusca pendiente entre dos riscos verticales, como hojas de cuchillo contra el cielo lejano. Tan profundo y

angosto era el abismo que el cielo estaba oscuro, y en él titilaban unas estrellas diminutas. Sin embargo,

como Gimli supo más tarde, aún faltaban dos horas para el anochecer; aunque por lo que él podía

entender en ese momento, bien podía tratarse del crepúsculo de algún año por venir, o de algún otro

mundo.

La compañía montó nuevamente a caballo y Gimli volvió junto a Lególas. Cabalgaban en fila, y

la tarde caía, dando paso a un anochecer de un azul intenso; y el miedo los perseguía aún. Lególas,

volviéndose para hablar con Gimli, miró atrás, y el enano alcanzó a ver el centelleo de los ojos brillantes

del elfo. Detrás iba Elladan, el último de la compañía, pero no el último en tomar el camino descendente.

—Los Muertos nos siguen —dijo Lególas—, Veo formas de hombres y de caballos, y

estandartes pálidos como jirones de nubes, y lanzas como zarzas invernales en una noche de niebla. Los

Muertos nos siguen.

—Sí, los Muertos cabalgan detrás de nosotros. Han sido convocados —dijo Elladan.

Tan repentinamente como si se hubiese escurrido por la grieta de un muro, la compañía salió al

fin de la hondonada; ante ellos se extendían las tierras ñosas de un gran valle, y el arroyo descendía con

una voz fría, en numerosas cascadas.

—¿En qué lugar de la Tierra Media nos encontramos? —preguntó Gimli; y Elladan le respondió:

—Hemos bajado desde las fuentes del Morthond, el largo río de aguas glaciales; desciende hasta

volcarse en el mar que baña los muros de Dol Amroth. Ya no necesitarás preguntar el origen del nombre:

Raíz Negra lo llaman.

30

El Valle del Morthond era como una bahía amplia recostada contra los escarpados riscos

meridionales. Las barrancas empinadas estaban tapizadas de hierbas; pero a esa hora todo era gris, pues el

sol se había ocultado, y abajo, en la lejanía, parpadeaban las luces de las moradas de los hombres. Era un

valle rico y muy poblado.

De pronto, sin darse vuelta, Aragorn gritó con voz tenante, de modo que todos pudieran oírlo:

— ¡Olvidad vuestra fatiga, amigos! ¡Galopad ahora, galopad! Es menester que lleguemos a la

Piedra de Erech antes del fin del día, y el camino es todavía largo.

Y luego, sin una mirada atrás, galoparon a través de las campiñas montañosas, hasta llegar a un

puente sobre el río, ahora caudaloso, y encontraron un camino que bajaba a los llanos.

Al paso de la Compañía Gris, las luces de las casas y de las aldeas se apagaban, se cerraban las

puertas, y la gente que aún estaba en los campos daba gritos de terror y huía despavorida, como ciervos

acosados. En todas partes se oía el mismo clamor en la noche creciente:

— ¡El Rey de los Muertos! ¡El Rey de los Muertos marcha sobre nosotros!

Lejos y allá abajo repicaban campanas, y todos huían ante el rostro de Aragorn; pero los Jinetes

de la Compañía Gris pasaban de largo, rápidos como cazadores, y ya los caballos empezaban a trastabillar

de cansancio. Así, justo antes de la medianoche, y en una oscuridad tan negra como las cavernas de las

montañas, llegaron por fin a la Colina de Erech.

Largo tiempo hacía que el terror de los Muertos se había aposentado en esa colina y en los

campos desiertos de alrededor. Pues allí en la cima se alzaba una piedra negra, redonda como un gran

globo, de la altura de un hombre, aunque la mitad estaba enterrada en el suelo. Tenía un aspecto

sobrenatural, como si hubiese caído de lo alto, y algunos lo creían; pero aquellos que aún recordaban las

antiguas crónicas del Oesternesse aseguraban que había venido de las ruinas de Númenor y que había sido

puesta por Isildur, cuando llegó allí. Ninguno de los habitantes del valle se atrevía a aproximarse a la

piedra, ni quería vivir en las cercanías. Decían que en ese lugar celebraban sus cónclaves los

HombresSombra, y que allí se reunían a cuchichear en horas de pavor, apiñados alrededor de la Piedra.

A esa piedra llegó la compañía en lo más profundo de la noche, y se detuvo. Elrohir le dio

entonces a Aragorn un cuerno de plata, y Aragorn sopló en él; y a los hombres que estaban más cerca les

pareció oír una respuesta, otros cuernos que resonaban en cavernas profundas y lejanas. No oían ningún

otro ruido, pero sin embargo sentían la presencia de un gran ejército reunido alrededor de la colina; y el

viento helado que soplaba de las montañas era como el aliento de una legión de espectros. Aragorn

desmontó, y de pie junto a la Piedra, gritó con voz potente:

—Perjuros ¿a qué habéis venido?

Y se oyó en la noche una voz que le respondió, desde lejos:

—A cumplir el juramento y encontrar la paz. Aragorn dijo entonces:

Por fin ha llegado la hora. Marcharé en seguida a Perlargir en la ribera del Anduin, y vosotros

vendréis conmigo. Y cuando hayan desaparecido de esta tierra todos los servidores de Sauron,

consideraré como cumplido vuestro juramento, y entonces tendréis paz y podréis partir para siempre.

Porque yo soy Elessar, el heredero de Isildur de Gondor.

Dicho esto, le ordenó a Halbarad que desplegase el gran estandarte que había traído; y he aquí

que era negro, y si tenía alguna insignia, no se veía en la oscuridad. Entonces se hizo el silencio; ni un

murmullo ni un suspiro volvió a oírse en toda aquella larga noche. La compañía acampó en las cercanías

de la piedra, aunque los hombres, atemorizados por los espectros que los cercaban, casi no durmieron.

Pero cuando llegó la aurora, pálida y fría, Aragorn se levantó; y guió a la compañía en el viaje

más precipitado y fatigoso que ninguno de los hombres, salvo él mismo, había conocido jamás; y sólo la

indomable voluntad de Aragorn los sostuvo e impidió que se detuvieran. Nadie entre los mortales hubiera

podido soportarlo, nadie excepto los Dúnedain del Norte, y con ellos Gimli el enano y Lególas de los

elfos.

Pasaron por el Desfiladero de Tarlang y desembocaron en Lamedon, seguidos por el Ejército de

los Espectros y precedidos por el terror. Y cuando llegaron a Calembel, a orillas del Ciril, el sol descendió

como sangre en el oeste, detrás de los picos lejanos del Pinnath Gelin. Encontraron la ciudad desierta y

los vados abandonados, pues muchos de los habitantes habían partido a la guerra, y los demás habían

huido a las colinas ante el rumor de la venida del Rey de los Muertos. Y al día siguiente no hubo

31

amanecer, y la Compañía Gris penetró en las tinieblas de la Tempestad de Mordor, y desapareció a los

ojos de los mortales; pero los Muertos los seguían.

3

EL ACANTONAMIENTO DE ROHAN

Ahora todos los caminos corrían a la par hacia el Este, hacia la guerra ya inminente, a enfrentar

el ataque de la Sombra. Y en el momento mismo en que Pippin asistía, en la Puerta Grande de la Ciudad,

a la llegada del Príncipe de Dol Amroth con sus estandartes, Théoden Rey de Rohan descendía desde las

colinas.

La tarde declinaba. A los últimos rayos del poniente, las sombras largas y puntiagudas de los

jinetes se adelantaban a las cabalgaduras. Ya la oscuridad se había agazapado bajo los abetos susurrantes

que vestían los flancos de la montaña, y ahora, al final de la jornada, el rey cabalgaba lentamente. Pronto

el camino contorneó un gran espolón de roca desnuda y se internó de improviso en la penumbra

suspirante de una arboleda. Los jinetes descendían, descendían sin cesar en una larga fila serpentina.

Cuando llegaron por fin al fondo de la garganta, ya caía la noche en los bajíos. El sol había desaparecido.

El crepúsculo se tendía sobre las cascadas.

Durante todo el día, abajo y a lo lejos, habían visto un arroyo que descendía a los saltos desde la

alta garganta, y corría por un cauce estrecho entre unos muros revestidos de pinos; ahora, pasando por una

puerta rocosa, penetraba en un valle más ancho. Siguiendo el curso del arroyo los jinetes se encontraron

de pronto ante el Valle Sagrado, donde resonaban las voces del agua en la noche. En ese paraje, el Río

Nevado, engrosado con el caudal del arroyo, se precipitaba, humeante y espumoso sobre las rocas hacia

Edoras y las colinas y las praderas verdes. A lo lejos y a la derecha, a la entrada del gran valle, asomaba

erguida sobre vastos contrafuertes velados por las nubes la poderosa cabeza del Pico Afilado; pero la

cresta resplandecía allá en las alturas, vestida de nieves eternas, solitaria y aislada del mundo, sombreada

de azul en el este, teñida del rojo del crepúsculo en el oeste.

Merry contempló con asombro aquel país extraño, del que había oído tantas historias a lo largo

del camino. Era un mundo sin cielo, en el que los ojos del hobbit, a través de resquicios de aire tenebroso,

no veían nada más que pendientes cada vez más altas, murallones de piedra detrás de otros murallones, y

precipicios amenazantes envueltos en nieblas. Por un momento, como en un duermevela, escuchó los

rumores del agua, el murmullo de los árboles, el crujido de las piedras, y el vasto silencio expectante

detrás de cada ruido. A Merry lo fascinaban las montañas, o lo había fascinado la idea de las montañas,

marco sempiterno de las historias de países lejanos; pero ahora lo retenía abajo el peso insoportable de la

Tierra Media. Hubiera querido cerrarle las puertas a aquella inmensidad, en una habitación tranquila junto

a un fuego.

Estaba muy fatigado, pues si bien la cabalgata había sido lenta, rara vez se habían detenido a

descansar. Hora tras hora durante casi tres días interminables había marchado a los tumbos, a través de

gargantas y largos valles, y un sinfín de ríos y arroyos. A veces, cuando el camino era más ancho, cabalgó

junto al rey, sin advertir que muchos de los jinetes sonreían al verlo: el hobbit en el poney peludo y gris, y

el Señor de Rohan en el esbelto corcel blanco. En esos momentos había conversado con Théoden,

hablándole de su tierra natal y de las costumbres y los acontecimientos de la Comarca, o escuchando a su

vez las historias de la Marca y las hazañas de los grandes hombres de antaño. Pero la mayor parte del

tiempo, sobre todo en este último día, Merry había cabalgado solo cerca del rey, sin decir nada, y

esforzándose por entender la lengua lenta y sonora que hablaban los hombres detrás de él. Era una lengua

que parecía contener muchas palabras que él conocía, aunque la pronunciación era más rica y enfática que

en la Comarca, pero no conseguía poner en relación unas palabras con otras. De vez en cuando algún

jinete entonaba con voz clara y vibrante un canto fervoroso, y a Merry se le encendía el corazón, aunque

no entendía de qué se trataba.

A pesar de todo se sentía muy solo, y nunca tanto como ahora, al final de la tarde. Se preguntaba

dónde, en qué lugar de todo ese mundo extraño, estaba Pippin; y qué había sido de Aragorn y Lególas y

Gimli. Y de pronto, como una punzada fría en el corazón, pensó en Frodo y en Sam. «¡Me olvido de

ellos!» se reprochó. «Y son más importantes que todos nosotros. Vine para ayudarlos; pero ahora, si aún

viven, han de estar a centenares de millas de aquí.» Se estremeció.

32

¡El Valle Sagrado, por fin! exclamó Eomer. Ya estamos llegando. A la salida de la garganta los

senderos descendían en una pendiente abrupta. El gran valle, envuelto allá abajo en las sombras del

crepúsculo, se divisaba apenas, como contemplado desde una ventana alta. Y una luz pequeña centelleaba

solitaria junto al río.

—Quizás este viaje haya terminado —dijo Théoden—, pero a mí me queda por recorrer un largo

camino. Anoche hubo luna llena, y mañana por la mañana he de estar en Edoras, para la revista de las

tropas de la Marca.

—Sin embargo, si queréis aceptar mi consejo —dijo en voz baja Eomer—, luego volveréis aquí,

hasta que la guerra, perdida o ganada, haya concluido.

Théoden sonrió.

No, hijo mío, que así quiero llamarte, ¡no les hables a mis viejos oídos con las palabras melosas

de Lengua de Serpiente! —Se irguió, y volvió la cabeza hacia la larga columna de hombres que se perdía

en la oscuridad. Parece que hubieran pasado largos años en estos días, desde que partí para el Oeste; pero

ya nunca más volveré a apoyarme en un bastón. Si perdemos la guerra, ¿de qué podrá servir queme oculte

en las montañas? Y si vencemos ¿sería acaso un motivo de tristeza que yo consumiera en la batalla mis

últimas fuerzas? Pero no hablemos de eso ahora. Esta noche descansaré en el Baluarte del Sagrario. ¡Nos

queda al menos una noche de paz! ¡En marcha!

En la oscuridad creciente descendieron al fondo del valle. Allí, el Río Nevado corría cerca de la

pared occidental. Y el sendero los llevó pronto a un vado donde las aguas murmuraban sonoras sobre las

piedras. Había una guardia en el vado. Cuando el rey se acercó muchos hombres emergieron de entre las

sombras de las rocas; y al reconocerlo, gritaron con voces de júbilo:

—¡Théoden Rey! ¡Théoden Rey! ¡Vuelve el Rey de la Marca!

Entonces uno de ellos sopló un cuerno: una larga llamada cuyos ecos resonaron en el valle. Otros

cuernos le respondieron, y en la orilla opuesta del río aparecieron unas luces.

De improviso, desde gran altura, se elevó un gran coro de trompetas; sonaban, se hubiera dicho,

en algún sitio hueco, como si las diferentes notas se unieran en una sola voz que vibraba y retumbaba

contra las paredes de piedra.

Así el Rey de la Marca retornó victorioso del Oeste, y en el Sagrario, al pie de las Montañas

Blancas, estaban acantonadas las fuerzas que quedaban de su pueblo; pues no bien se enteraron de la

llegada del rey, los capitanes partieron a encontrarlo en el vado, llevándole mensajes de Gandalf.

Dúnhere, jefe de las gentes del Valle Sagrado, iba a la cabeza.

—Tres días atrás, al amanecer, Señor —dijo—, Sombragris llegó a Edoras como un viento del

oeste, y Gandalf trajo noticias de vuestra victoria para regocijo de todos nosotros. Pero también nos trajo

vuestra orden: que apresuráramos el acantonamiento de los jinetes. Y entonces vino la Sombra alada.

— ¿La Sombra alada? —dijo Théoden—. También nosotros la vimos, pero eso fue en lo más

profundo de la noche, antes que Gandalf nos dejase.

—Tal vez, Señor —dijo Dúnhere—. En todo caso la misma, u otra semejante, una oscuridad que

tenía la forma de un pájaro monstruoso, voló esta mañana sobre Edoras, y todos los hombres se

estremecieron.

Porque se lanzó sobre Meduseld, y cuando estaba ya casi a la altura de los tejados, oímos un

grito que nos heló el corazón. Fue entonces cuando Gandalf nos aconsejó que no nos reuniéramos en la

campiña, y que viniéramos a encontraros aquí, en el valle al pie de los montes. Y nos ordenó no encender

hogueras o luces innecesarias. Es lo que hicimos. Gandalf hablaba con autoridad. Esperamos que esto sea

lo que vos hubierais querido. Ninguna de estas criaturas nefastas ha sido vista aquí en el Valle Sagrado.

—Está bien —dijo Théoden. Ahora iré al Baluarte, y allí, antes de recogerme a descansar, me

reuniré con los mariscales y los capitanes. ¡Que vengan a verme lo más pronto posible!

El camino, que en ese punto tenía apenas media milla de ancho, atravesaba el valle en línea recta

hacia el este. Todo alrededor se extendían llanos y praderas de hierbas ásperas, grises ahora en la

penumbra del anochecer; pero al frente, del otro lado del valle, Merry vio una hosca pared de piedra,

última ramificación de las poderosas raíces del Pico Afilado, que el río había inundado en tiempos ya

remotos.

33

Una multitud ocupaba todos los espacios llanos. Algunos de los hombres se apiñaban a orillas

del camino y aclamaban alborozados al rey y a los jinetes venidos del Oeste; pero más atrás, y

extendiéndose a lo largo del valle, había hileras de tiendas de campaña y cobertizos, filas de caballos

sujetos a estacas, grandes reservas de armas, y haces de lanzas erizadas como montes de árboles recién

plantados. La gran asamblea desaparecía ya en la oscuridad, y sin embargo, aunque el viento de la noche

soplaba helado desde las cumbres, no brillaba una sola linterna, no chisporroteaba ningún fuego. Los

centinelas rondaban envueltos en pesados capotes.

Merry se preguntó cuántos jinetes habría allí reunidos. No podía contarlos en la creciente

oscuridad, pero tenía la impresión de que era un gran ejército, de muchos miles de hombres. Mientras

miraba a un lado y a otro, el rey y su escolta llegaron al pie del risco que flanqueaba el valle en el este; y

allí el sendero trepaba de pronto, y Merry alzó la mirada, estupefacto. El camino en que ahora se

encontraba no se parecía a ninguno que hubiera visto antes: una obra magistral del ingenio del hombre en

un tiempo que las canciones no recordaban. Subía y subía, ondulante y sinuoso como una serpiente,

abriéndose paso a través de la roca escarpada. Empinado como una escalera, trepaba en idas y venidas.

Los caballos podían subir por él, y hasta arrastrar lentamente las carretas; pero ningún enemigo podía

salirles al paso, a no ser por el aire, si estaba defendido desde arriba. En cada recodo del camino, se

alzaban unas grandes piedras talladas, enormes figuras humanas de miemb ros pesados, sentadas en

cuclillas con las piernas cruzadas, los brazos replegados sobre los vientres prominentes. Algunas,

desgastadas por los años, habían perdido todas las facciones, excepto los agujeros sombríos de los ojos

que aún miraban con tristeza a los viajeros. Los jinetes no les prestaron ninguna atención. Los llamaban

los hombres Púkel, y apenas se dignaron mirarlos: ya no eran ni poderosos ni terroríficos. Merry en

cambio contemplaba con extrañeza y casi con piedad aquellas figuras que se alzaban melancólicamente

en las sombras del crepúsculo.

Al cabo de un rato volvió la cabeza y advirtió que se encontraba ya a varios centenares de pies

por encima del valle, pero abajo y a lo lejos aún alcanzaba a distinguir la ondulante columna de jinetes

que cruzaba el vado y marchaba a lo largo del camino, hacia el campamento preparado para ellos. Sólo el

rey y su escolta subirían al Baluarte.

La comitiva del rey llegó por fin a una orilla afilada, y el camino ascendente penetró en una

brecha entre paredes rocosas, subió una cuesta corta y desembocó en una vasta altiplanicie. Firienfeld la

llamaban los hombres: una meseta cubierta de hierbas y brezales, que dominaba los lechos profundamente

excavados del Río Nevado, asentada en el regazo de las grandes montañas: el Pico Afilado al sur, la

dentada mole del Irensaga, y entre ambos, de frente a los jinetes, el muro negro y siniestro del Dwimor, el

Monte de los Espectros, que se elevaba entre pendientes empinadas de abetos sombríos. La meseta estaba

dividida en dos por una doble hilera de piedras erectas e informes que se encogían en la oscuridad y se

perdían entre los árboles. Quienes osaban tomar ese camino llegarían muy pronto al tenebroso Bosque

Sombrío al pie del Dwimor, a la amenaza del pilar de piedra y a la sombra bostezante de la puerta

prohibida.

Tal era el oscuro refugio que llamaban el Baluarte del Sagrario, obra de hombres olvidados en un

pasado remoto. El nombre de esas gentes se había perdido, y ninguna canción, ninguna leyenda lo

recordaba. Con qué propósito habían construido este lugar, si como ciudad, o templo secreto o para tumba

de reyes, nadie hubiera podido decirlo. Allí habían sobrellevado las penurias de los Años Oscuros, antes

que llegase a las costas occidentales el primer navio, antes aún que los Dúnedain fundaran el reino de

Gondor; y ahora habían desaparecido, y allí sólo quedaban los hombres Púkel, eternamente sentados en

los recodos del sendero.

Merry observaba con ojos azorados el desfile de las piedras: negras y desgastadas, algunas

inclinadas, otras caídas, algunas rotas o resquebrajadas; parecían hileras de dientes viejos y ávidos. Se

preguntó qué podían significar; esperaba que el rey no tuviese la intención de seguirlas hasta la oscuridad

del otro lado. De pronto notó que había tiendas y barracas junto al camino de las piedras, y al borde de la

escarpada, como si las hubieran agrupado evitando la cercanía de los árboles, y casi todas ellas estaban a

la derecha del camino, donde Firienfeld era más ancho; a la izquierda se veía un camp amento pequeño, y

en el centro se elevaba un pabellón. En ese momento un jinete les salió al paso desde aquel lado, y la

comitiva se desvió del camino.

Cuando se acercaron, Merry vio que el jinete era una mujer de largos cabellos trenzados que

resplandecían en el crepúsculo; sin embargo, llevaba un casco y estaba vestida hasta la cintura como un

guerrero, y ceñía una espada.

—¡Salve, Señor de la Marca! exclamó. Mi corazón se regocija con vuestro retorno.

34

— ¿Y cómo estás tú, Eowyn? —dijo Théoden—. ¿Todo ha marchado bien?

—Todo bien —respondió ella. Pero a Merry le pareció que la voz desmentía las palabras, y hasta

pensó que ella había estado llorando, si esto era posible en alguien de rostro tan austero—. Todo bien. Fue

un viaje agotador para la gente, arrancada de improviso de sus hogares; hubo palabras duras, pues hacía

tiempo preparados, pues he tenido noticias recientes de vos, y hasta conocía la hora de vuestra llegada.

—Entonces Aragorn ha venido dijo Eomer—. ¿Está todavía aquí?

—No, se ha marchado —dijo Eowyn desviando la mirada y contemplando las montañas oscuras

en el este y el sur.

—¿A dónde? —preguntó Eomer.

—No lo sé —respondió ella—. Llegó en la noche y ayer por la mañana volvió a partir, antes que

asomara el sol sobre las montañas. Se ha ido.

—Estás afligida, hija dijo Théoden. ¿Qué ha pasado? Dime, ¿habló de ese camino? Señaló a lo

lejos las ensombrecidas hileras de piedras que conducían al Monte Dwimor.— ¿Habló de los Senderos de

los Muertos?

—Sí, Señor —dijo Eowyn—. Y desapareció en las sombras de donde nadie ha vuelto. No pude

disuadirlo. Se ha marchado.

—Entonces nuestros caminos se separan dijo Eomer—. Está perdido. Tendremos que partir sin

él, y nuestra esperanza se debilita.

Lentamente y en silencio atravesaron el terreno de matorrales y pastos cortos que los separaban

del pabellón del rey. Merry comprobó que en verdad todo estaba pronto, y que ni a él lo habían olvidado.

Junto al pabellón del rey habían levantado una pequeña tienda; allí el hobbit se sentó a solas observando

las idas y venidas constantes de los hombres que entraban a celebrar consejo con el rey. Cayó la noche, y

en el oeste las cumbres apenas visibles de las montañas se nimbaron de estrellas, pero en el este el cielo

estaba oscuro y vacío. Las hileras de piedras desaparecieron lentamente; pero más allá, más negra que las

tinieblas se agazapaba la sombra amenazante del Dwimor.

Los Senderos de los Muertos —murmuró Merry—. ¿Los Senderos de los Muertos? ¿Qué

ocurre? Ahora todos me han abandonado. Todos han partido a algún destino último: Gandalf y Pippin a la

guerra en el Este; y Sam y Frodo a Mordor; y Trancos con Lególas y Gimli a los Senderos de los

Muertos. Pero pronto me llegará el turno a mí también, supongo. Me pregunto de qué estarán hablando, y

qué se propone hacer el rey. Porque ahora tendré que seguirlo a donde vaya.

En medio de estos sombríos pensamientos recordó de pronto que tenía mucha hambre, y se

levantó para ir a ver si alguien más en ese extraño campamento sentía lo mismo. Pero en ese preciso

instante sonó una trompeta, y un hombre vino a invitarlo, a él, Merry, escudero del rey, a sentarse a la

mesa del rey.

En el fondo del pabellón había un espacio pequeño, aislado del resto por colgaduras bordadas y

recubierto de pieles; allí, alrededor de una pequeña mesa, estaba sentado Théoden con Eomer y Eowyn, y

Dúnhere, señor del Valle Sagrado. Merry esperó de pie junto al asiento del rey, que parecía ensimismado;

al fin el anciano se volvió a él y le sonrió.

¡Vamos, maese Meriadoc! le dijo. No vas a quedarte ahí de pie. Mientras yo esté en mis

dominios, te sentarás a mi lado, y me aligerarás el corazón con tus cuentos.

Hicieron un sitio para el hobbit a la izquierda del rey, pero nadie le pidió que contase historias. Y

en verdad hablaron poco, y la mayor parte del tiempo comieron y bebieron en silencio, pero al fin Merry

se decidió e hizo la pregunta que lo atormentaba.

—Dos veces ya, Señor, he oído nombrar los Senderos de los Muertos. ¿Qué son? ¿Ya dónde ha

ido Trancos, quiero decir, el Señor Aragorn?

El rey suspiró, pero la pregunta de Merry quedó sin respuesta hasta que por último Eomer dijo:

No lo sabemos, y un gran peso nos oprime el corazón. Sin embargo, en cuanto a los Senderos de

los Muertos, tú mismo has recorrido los primeros tramos. ¡No, no pronuncio palabras de mal augurio! El

camino por el que hemos subido es el que da acceso a la Puerta, allá lejos, en el Bosque Sombrío. Pero lo

que hay del otro lado, ningún hombre lo sabe.

35

—Ningún hombre lo sabe —dijo Théoden; sin embargo, la antigua leyenda, rara vez recordada

en nuestros días, tiene algo que decir. Si esas viejas historias transmitidas de padres a hijos en la Casa de

Eorl cuentan la verdad, la Puerta que se abre a la sombra del Dwimor conduce a un camino oculto que

corre bajo la montaña hacia una salida olvidada. Pero nadie se ha aventurado jamás a ir hasta allí y

desentrañar esos secretos, desde que Baldor, hijo de Brego, traspuso la Puerta y nunca más se lo vio entre

los hombres. Pronunció un juramento temerario, mientras vaciaba el cuerno en el festín que ofreció Brego

para consagrar el palacio de Meduseld, en ese entonces recién construido; y nunca llegó a ocupar el alto

trono del que era heredero.

»La gente dice que los Muertos de los Años Oscuros vigilan el camino y no permiten que

ninguna criatura viviente penetre en esas moradas secretas; pero de tanto en tanto se los ve a ellos:

franquean la Puerta como sombras y descienden por el camino de las piedras. Entonces los moradores del

Valle Sagrado atrancan las puertas y tapian las ventanas y tienen miedo. Pero los Muertos salen rara vez y

sólo en tiempo de gran inquietud y de muerte inminente.

—Sin embargo —observó Eomer en voz muy baja—, se dice en el Valle Sagrado que hace poco,

en las noches sin luna, pasó por allí un gran ejército ataviado con extrañas galas. Nadie sabía de dónde

venían pero subieron por el camino de las piedras y desaparecieron en la montaña, como si se

encaminaran a una cita.

— ¿Por qué entonces Aragorn fue por ese camino? —preguntó Merry—. ¿No tenéis ninguna

explicación?

—A menos que a ti te haya confiado cosas que nosotros no hemos oído —dijo Eomer—, nadie

en la tierra de los vivos puede ahora adivinar qué se propone.

—Lo noté muy cambiado desde que lo vi por primera vez en la casa del rey —dijo Eowyn—:

más endurecido, más viejo. A punto de morir, me pareció, como alguien a quien los Muertos llaman.

—Tal vez lo llamaran —dijo Théoden—, y me dice el corazón que no lo volveré a ver. Sin

embargo es un hombre de estirpe real y de elevado destino. Y que esto mitigue tus pesares, hija, ya que

tanto te aflige la suerte de este huésped: se dice que cuando los Eorlingas descendieron del Norte y

remontaron el curso del Nevado en busca de lugares seguros donde guarecerse en momentos de

necesidad, Brego y su hijo Baldor subieron por la Escalera del Baluarte y así llegaron a la Puerta. En el

umbral estaba sentado un anciano decrépito, de edad incontable en años; había sido alto y majestuoso,

pero ahora estaba seco como una piedra vieja. Y en verdad por una piedra lo tomaron, porque no se movía

ni pronunció una sola palabra hasta que pretendieron dejarlo atrás y entrar. Y entonces salió de él una

voz, una voz que parecía venir de las entrañas de la tierra, y oyeron, estupefactos, que hablaba en la

lengua del Oeste: El camino está cerrado.

»Entonces se detuvieron, y al observarlo vieron que aún estaba vivo; pero no los miraba. El

camino está cerrado, volvió a decir la voz. Lo hicieron los Muertos, y los Muertos lo guardan, hasta que

llegue la hora. El camino está cerrado.

»¿Y cuándo llegará la hora? preguntó Baldor. Pero la respuesta no la supo jamás. Porque el viejo

murió en ese mismo instante y cayó de cara al suelo; y nada más han sabido nuestras gentes de los

antiguos habitantes delas montañas. Es posible sin embargo que la hora anunciada haya llegado, y que

Aragorn pueda pasar.

—Pero ¿cómo sabría un hombre si ha llegado o no la hora, a menos que se atreviese a cruzar la

Puerta? preguntó Eomer. Y yo no iría por ese camino aunque me acosaran todos los ejércitos de Mordor,

y estuviera solo, y no viera otro sitio donde refugiarme. ¡Qué desdicha que el desánimo de la muerte se

haya apoderado de un hombre tan valeroso en esta hora de necesidad! ¿Acaso no hay males suficientes a

nuestro alrededor, para tener que ir a buscarlos bajo tierra? La guerra está al alcance de la mano.

Se interrumpió, pues en ese momento se oyó un ruido fuera, y la voz de un hombre que gritaba el

nombre de Théoden, y el quién vive del guardia.

Un momento después el Capitán de la Guardia entreabrió la cortina.

—Hay un hombre aquí, Señor —dijo, un mensajero de Góndor. Desea presentarse ante vos

inmediatamente.

— ¡Hazlo pasar! —dijo Théoden.

Entró un hombre de elevada estatura, y Merry contuvo un grito, pues por un instante le pareció

que Boromir, resucitado, había vuelto a la tierra. Pero en seguida vio que no era así; el hombre era un

36

desconocido, aunque se parecía a Boromir como un hermano, alto, arrogante y de ojos grises. Iba vestido

a la usanza de los caballeros con una capa de color verde oscuro sobre una fina cota de malla; el yelmo

que le cubría la cabeza tenía engastada en el frente una pequeña estrella de plata. Llevaba en la mano una

sola flecha, empenachada de negro; la espiga era de acero, pero la punta estaba pintada de rojo.

Se hincó a media rodilla y le presentó la flecha a Théoden.

— ¡Salve, Señor de los Rohirrim, amigo de Góndor! —dijo. Soy yo, Hirgon, mensajero de

Denethor, quien os trae este símbolo de guerra. Un grave peligro se cierne sobre Góndor. Los Rohirrim

nos han ayudado muchas veces, pero hoy el Señor Denethor necesita de todas vuestras fuerzas y toda

vuestra diligencia, si es que se ha de evitar la pérdida de Góndor.

— ¡La Flecha Roja! dijo Théoden, sosteniendo la flecha en la mano, como alguien que recibiera

con temor un aviso largamente esperado. La mano le temb laba—. ¡La Flecha Roja no se había visto en la

Marca en todos mis años! ¿Es posible que las cosas hayan llegado a tal extremo? ¿Y en cuánto estima el

Señor Denethor lo que llama mis fuerzas y mi diligencia?

—Eso nadie lo sabe mejor que vos, Señor dijo Hirgon—. Pero bien puede ocurrir que antes de

mucho Minas Tirith sea cercada, y a menos que vuestras fuerzas os permitan desbaratar un sitio de varios

ejércitos, el señor Denethor me ha pedido que os diga que los valientes brazos de los Rohirrim estarán

mejor protegidos detrás de las murallas que fuera de ellas.

—Pero el Señor Denethor sabe que somos un pueblo más apto para combatir a caballo y en

campo abierto, y que vivimos dispersos y necesitamos cierto tiempo para reunir a nuestros jinetes. ¿No es

verdad, Hirgon, que el Señor de Minas Tirith sabe más de lo que da a entender en su mensaje? Porque ya

estamos en guerra, como tú mismo has visto, y tu llegada nos encuentra en parte preparados. Gandalf el

Gris estuvo entre nosotros, y ahora mismo nos acantonamos para combatir en el Este.

—Lo que el Señor Denethor puede conocer o adivinar de todas estas cosas, no lo sé decir —

respondió Hirgon—. Pero nuestra situación es realmente desesperada. Mi señor no os envía ninguna

orden, os pide solamente que recordéis una antigua amistad y unos juramentos pronunciados hace mucho

tiempo; y que por vuestro propio bien hagáis todo cuanto esté a vuestro alcance. Hemos sabido que

muchos reyes han venido del Este al servicio de Mordor. Desde el Norte hasta el campo de Dagorlad hay

escaramuzas y rumores de guerra. En el Sur, los Haradrim avanzan: en todas nuestras costas ha cundido el

miedo, de suerte que poca o ninguna ayuda contamos recibir de allí. ¡Daos prisa! Es el destino de nuestro

tiempo lo que se decidirá delante de los muros de Minas Tirith, y si la marea no es contenida ahora

inundará los campos fértiles de Rohan, y entonces ni aun este refugio en las montañas será un abrigo para

nadie.

—Son tristes noticias —dijo Théoden—, mas no del todo inesperadas. Dile a Denethor que aun

cuando Rohan no corriese peligro alguno, igualmente acudiríamos en su auxilio. Pero hemos tenido

muchas bajas en nuestras batallas con el traidor Saruman, y como bien lo demuestran las noticias que él

mismo nos envía, no podemos descuidar las fronteras del norte y del este. El Señor Oscuro parece

disponer ahora de un poder tan enorme que no sólo podría contenernos ante los muros de la Ciudad, sino

también golpear con gran fuerza del otro lado del río, más allá de la Puerta de los Reyes.

»Pero no hablemos más de los consejos que dictaría la prudencia. Acudiremos. La revista de las

tropas ha sido convocada para mañana. En cuanto todo esté en orden, partiremos. Diez mil lanzas hubiera

podido enviar a través de la llanura para consternación de vuestros enemigos. Ahora serán menos, me

temo; no dejaré todas mis fortalezas indefensas. No obstante, seis mil jinetes me seguirán. Pues habrás de

decirle a Denethor que en esta hora el Rey de la Marca en persona descenderá al País de Góndor, aunque

quizá no regrese. Pero el camino es largo, y es preciso que hombres y bestias lleguen a destino con

fuerzas para combatir. Tal vez dentro de una semana, a contar de mañana por la mañana, oigáis llegar

desde el norte el clamor de los Hijos de Eorl.

— ¡Una semana! —dijo Hirgon—. Si no puede ser antes, que así sea. Pero es probable que

dentro de siete días no encontréis nada más que muros en ruinas, a menos que nos llegue algún socorro

inesperado. En todo caso, alcanzaréis a desbaratarles los festejos a los orcos y a los endrinos en la Torre

Blanca.

—Al menos eso haremos —dijo Théoden—. Pero yo mismo acabo de regresar del campo de

batalla, y de un largo viaje, y ahora quiero retirarme a descansar. Pasa la noche aquí. Mañana podrás

partir más tranquilo, luego de haber visto las tropas, y más rápido luego de haber descansado. Las

decisiones es preferible tomarlas por la mañana; la noche cambia muchos pensamientos.

Dicho esto, el rey se levantó, y todos lo imitaron.

37

—Id ahora a descansar —dijo—, y dormid bien. A ti, maese Meriadoc, no te necesitaré más por

esta noche. Pero mañana no bien salga el sol, tendrás que estar pronto, esperando mi llamada.

—Estaré pronto —dijo Merry— aunque lo que me ordenéis sea que os acompañe a los Senderos

de los Muertos.

—¡No pronuncies palabras de mal augurio! —dijo el rey—. Pues puede haber otros caminos que

merezcan llevar ese nombre. Pero no dije que te ordenaría que cabalgaras conmigo por ningún camino.

¡Buenas noches!

«¡No me van a dejar aquí para venir a recogerme cuando regresen!» se dijo Merry. «No me van a

dejar, ¡no y no!» Y mientras se repetía una y otra vez estas palabras, terminó por quedarse dormido en la

tienda.

Abrió los ojos, y un hombre lo estaba zamarreando para despertarlo.

—¡Despierte, Señor Holbytla! —gritaba el hombre—. ¡Despierte! Merry dejó al fin el mundo de

los sueños y se sentó de golpe, sobresaltado. «Todavía está demasiado oscuro», pensó.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—El rey lo llama.

—Pero si aún no ha salido el sol —dijo Merry.

—No, ni saldrá hoy, Señor Holbytla. Ni nunca más, se diría, de atrás de esa nube. Pero aunque el

sol esté perdido, el tiempo no se detiene. ¡Dése prisa!

Mientras se precipitaba a echarse encima algunas ropas, Merry miró fuera. La tierra estaba en

tinieblas. El aire mismo tenía un color pardo, y alrededor todo era negro y gris y sin sombras; había una

gran quietud. Los contornos de las nubes eran invisibles, y sólo en lontananza, en el oeste, entre los dedos

distantes de la gran oscuridad que aún trepaba a tientas por la noche, se filtraban unos hilos luminosos.

Una techumbre informe, espesa y sombría ocultaba el cielo, y la luz más parecía menguar que crecer.

Merry vio un gran número de hombres de pie, que observaban el cielo y murmuraban; todos los

rostros eran grises y tristes, y en algunos había miedo. Con el corazón oprimido, se encaminó al pabellón

del rey.

Hirgon, el jinete de Góndor, ya estaba allí, en compañía de otro hombre parecido a él, y vestido

de la misma manera, pero mucho más bajo y corpulento. Cuando Merry entró, el hombre estaba hablando

con Théoden.

—Viene de Mordor, Señor —decía—. Comenzó anoche hacia el crepúsculo. Desde las colinas

del Folde Este de vuestro reino vi cómo se levantaba e invadía el cielo poco a poco, y durante toda la

noche, mientras yo cabalgaba, venía atrás devorando las estrellas. Ahora la nube se cierne sobre toda la

región, desde aquí hasta las Montañas de la Sombra; y se oscurece cada vez más. La guerra ha

comenzado.

Luego de un momento de silencio, el rey habló.

—De modo que ha llegado el fin —dijo—: la gran batalla de nuestro tiempo, en la que tantas

cosas habrán de perecer. Pero al menos ya no es necesario seguir ocultándose. Cabalgaremos en línea

recta, por el camino abierto, y con la mayor rapidez posible. La revista comenzará en seguida, sin esperar

a los rezagados. ¿Tenéis en Minas Tirith provisiones suficientes? Porque si hemos de partir ahora con la

mayor celeridad, no podemos cargarnos en demasía, salvo los víveres y el agua necesarios para llegar al

lugar de la batalla.

—Tenemos abundantes reservas, que hemos ido acumulando —respondió Hirgon—. ¡Partid

ahora, tan ligeros y tan veloces como podáis!

—Entonces, Eomer, ve y llama a los heraldos —dijo Théoden—. ¡Que los jinetes se preparen!

Eomer salió; pronto las trompetas resonaron en el Baluarte, y muchas otras les respondieron

desde abajo; pero las voces no eran vibrantes y límpidas como las que oyera Merry la noche anterior; le

parecieron sordas y destempladas en el aire espeso; un sonido bronco y ominoso.

El rey se volvió a Merry.

38

—Maese Meriadoc, parto a la guerra —le dijo—. Dentro de un momento me pondré en camino.

Te eximo de mi servicio, mas no de mi amistad. Permanecerás aquí, y si lo deseas estarás al servicio de la

Dama Eowyn, quien gobernará el pueblo en mi ausencia.

—Pero... pero Señor —tartamudeó Merry—, os he ofrecido mi espada. No deseo separarme así

de vos, Rey Théoden. Todos mis amigos se han ido a combatir, y si no pudiera hacerlo también yo, me

sentiría abochornado.

—Es que nuestros caballos son altos y veloces —replicó Théoden—, y por muy grande que sea

tu corazón, no podrás montarlos.

—Pues bien, atadme al lomo de uno de ellos, o dejadme ir colgado de un estribo, o algo así —

dijo Merry—. El trayecto es largo para que os siga corriendo, pero si no puedo cabalgar correré, aunque

me gaste los pies y llegue con varias semanas de atraso. Théoden sonrió.

—Antes que eso te llevaría en la grupa de Crinblanca —dijo—. Pero al menos cabalgarás

conmigo hasta Edoras, y verás el palacio de Meduseld; pues ese es el camino que tomaré ahora. Hasta

allí, Stybba podrá llevarte: la gran carrera sólo comenzará cuando lleguemos a las llanuras.

Entonces Eowyn se levantó.

—¡Venid conmigo, Meriadoc! —dijo—. Os mostraré lo que os he preparado. —Salieron

juntos.— Sólo esto me pidió Aragorn —dijo mientras pasaban entre las tiendas—: que os proveyera de

armas para la batalla. Y yo he tratado de atender a ese deseo lo mejor que he podido. Porque el corazón

me dice que antes del fin las necesitaréis.

Eowyn llevó a Merry a un cobertizo entre las tiendas de la guardia del rey, y allí un armero le

trajo un casco pequeño, y un escudo redondo, y otras piezas.

—No tenemos una cota de malla que os pueda venir bien —dijo Eowyn—, ni tampoco para

forjar un plaquín a vuestra medida; pero aquí hay también un justillo de buen cuero, un cinturón y un

puñal. En cuanto a la espada, ya la tenéis.

Merry se inclinó, y la dama le mostró el escudo, que era semejante al que había recibido Gimli, y

llevaba la insignia del caballo blanco.

—Tomad todas estas cosas —prosiguió— ¡y conducidlas a un fin venturoso! Y ahora, ¡adiós,

señor Meriadoc! Aunque quizás alguna vez volvamos a encontrarnos, vos y yo.

Así, en medio de una oscuridad siempre creciente, el Rey de la Marca se preparó para conducir a

los jinetes por el camino del Este. Bajo la sombra, los corazones estaban oprimidos y muchos hombres

parecían desanimados. Pero era un pueblo austero, leal a su señor, y se oyeron pocos llantos y murmullos,

aun en el campamento del Baluarte, donde se alojaban los exiliados de Edoras, mujeres, niños y ancianos.

Un destino mortal los amenazaba, y ellos lo enfrentaban en silencio.

Dos horas pasaron veloces, y ya el rey estaba montado en el caballo blanco, que resplandecía en

la oscuridad. Alto y arrogante parecía el rey, aunque los cabellos que le flotaban bajo el casco eran de

nieve; y muchos lo contemplaban maravillados, y se animaban al verlo erguido e imperturbable.

Allí en los extensos llanos que bordeaban el río tumultuoso estaban alineadas numerosas

compañías: más de cinco mil quinientos jinetes armados de pies a cabeza, y varios centenares de hombres

con caballos de posta que cargaban un ligero equipaje. Sonó una sola trompeta. El rey alzó la mano, y el

ejército de la Marca empezó a moverse en silencio. A la cabeza marchaban doce hombres del séquito

personal del rey:

Caballeros de renombre. Los seguía el rey con Eomer a la diestra. Le había dicho adiós a Eowyn

en el Baluarte, y el recuerdo le pesaba; pero ahora observaba con atención el camino que se extendía

delante de él. Detrás iba Merry montado en Stybba, con los mensajeros de Góndor, y por último, en la

retaguardia, otros doce hombres de la escolta del rey. Pasaron delante de las largas filas de rostros que

esperaban, severos e impasibles. Pero cuando ya habían llegado casi al extremo de la fila, un hombre le

echó al hobbit una mirada rápida y penetrante. «Un hombre joven», pensó Merry al devolverle la mirada,

«más bajo de estatura y menos corpulento que la mayoría». Reparó en el fulgor de los claros ojos grises, y

se estremeció, pues se le ocurrió de pronto que era el rostro de alguien que ha perdido toda esperanza y va

al encuentro de la muerte. Continuaron descendiendo por el camino gris, siguiendo el curso del Río

Nevado que se precipitaba sobre las piedras, y atravesaron las aldeas del Bajo del Sagrario y de Nevado

Alto, donde muchos rostros tristes de mujeres los miraban pasar desde los portales sombríos; y así, sin

39

cuernos ni arpas ni música de voces humanas, la gran cabalgata hacia el Este comenzó con el tema que

aparecería en las canciones de Rohan durante muchas generaciones:

Del Sagrario sombrío en la mañana lóbrega

parte con escudero y capitán el hijo de Tbengel

hacia Edoras. Las brumas amortajan

el palacio de los Guardianes de la Marca,

las tinieblas envuelven las columnas de oro.

Adiós, saluda a las gentes libres,

el hogar, el trono, los sitios sagrados

de las celebraciones en los tiempos de luz.

Avanza el rey: atrás el miedo

y adelante el destino. Leal y fiel,

todos los juramentos serán cumplidos.

Avanza Théoden. Cinco noches y cinco días

hacia el Este galopan los Eorlingas: seis mil lanzas

en el Folde, la Frontera de los Pantanos y el Finen,

camino al Sunlendin, a Mundburgo, la fortaleza

de los reyes del mar al pie del Mindolluin,

sitiada por el enemigo, cercada por el fuego.

El Destino los llama. La Oscuridad se cierra

y aprisiona caballo y caballero: los golpes lejanos de los cascos

se pierden en el silencio: así cuentan las canciones.

Y en verdad la oscuridad continuaba aumentando cuando el rey llegó a Edoras, aunque apenas

era el mediodía. Allí hizo un breve alto para fortalecer el ejército con unas tres veintenas de jinetes que

llegaban con atraso a la leva. Luego de haber comido se preparó para reanudar la marcha, y se despidió

afectuosamente de su escudero. Merry le suplicó por última vez que no lo abandonase.

—Este no es viaje para un animal como Stybba, ya te lo he dicho —respondió Théoden—. Y en

una batalla como la que pensamos librar en los campos de Gondor ¿ qué harías, maese Meriadoc, por muy

paje de armas que seas, y aún mucho más grande de corazón que de estatura?

—En cuanto a eso ¿quién puede saberlo? —respondió Merry—. Pero entonces, Señor, ¿por qué

me aceptasteis como paje de armas, si no para que permaneciera a vuestro lado ? Y no me gustaría que las

canciones no dijeran nada de mí sino que siempre me dejaban atrás.

—Te acepté para protegerte —respondió Théoden—, y también para que hagas lo que yo mande.

Ninguno de mis jinetes podrá llevarte como carga. Si la batalla se librase a mis puertas, tal vez los

hacedores de canciones recordaran tus hazañas; pero hay cien leguas de aquí a Mundburgo, donde

Denethor es el soberano. Y no diré una palabra más.

Merry se inclinó, y se alejó tristemente, contemplando las filas de jinetes. Ya las compañías se

preparaban para la partida: los hombres ajustaban las correas, examinaban las sillas, acariciaban a los

animales; algunos observaban con inquietud el cielo cada vez más oscuro. Un jinete se acercó al hobbit, y

le habló al oído.

—Donde no falta voluntad, siempre hay un camino, decimos nosotros —susurró—, y yo mismo

he podido comprobarlo. —Merry lo miró, y vio que era el jinete joven que le había llamado la atención

esa mañana.— Deseas ir a donde vaya el señor de la Marca: lo leo en tu rostro.

—Sí —dijo Merry.

—Entonces irás conmigo —dijo el jinete—. Te llevaré en la cruz de mi caballo, debajo de mi

capa hasta que estemos lejos, en campo abierto, y esta oscuridad sea todavía más densa. Tanta buena

voluntad no puede ser desoída. ¡No digas nada a nadie, pero ven!

— ¡Gracias, gracias de veras! —dijo Merry—. Os agradezco, señor, aunque no sé vuestro

nombre.

—¿No lo sabes? —dijo en voz baja el jinete—. Entonces llámame Dernhelm.

Así pues, cuando el rey partió, Meriadoc el hobbit iba sentado delante de Dernhelm, y el gran

corcel gris Hoja de Viento casi no sintió la carga, pues Dernhelm, aunque ágil y vigoroso, pesaba menos

que la mayoría de los hombres.

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Cabalgaron en una oscuridad cada vez más densa, y esa noche acamparon entre los saucedales,

en la confluencia del Nevado con el Entaguas, doce leguas al este de Edoras. Y luego cabalgaron de

nuevo a través del Folde; y a través de la Frontera de los Pantanos, mientras a la derecha grandes bosques

de robles trepaban por las laderas de las colinas a la sombra del oscuro Halifirien, en los confines de

Gondor; pero a lo lejos, a la izquierda, una bruma espesa flotaba sobre las ciénagas que alimentaban las

bocas del Entaguas. Y mientras cabalgaban, los rumores de la guerra en el Norte les salían al paso.

Hombres solitarios llegaban a la carrera, y anunciaban que los enemigos habían atacado las fronteras

orientales, y que ejércitos de orcos avanzaban por la Meseta de Rohan.

—¡Adelante! ¡Adelante! —gritó Eomer—. Ya es demasiado tarde para cambiar de rumbo. Los

pantanos del Entaguas defenderán nuestros flancos. Lo que ahora necesitamos es darnos prisa. ¡Adelante!

Y así el Rey Théoden dejó el reino, y el largo camino se alejó serpeando, y las almenaras fueron

quedando atrás: Calenhad, MinRimmon, Érelas y Nardol. Pero los fuegos habían sido apagados. Todas

las tierras estaban grises y silenciosas; y la sombra crecía sin cesar ante ellos, y la esperanza se debilitaba

en todos los corazones.

4

EL SITIO DE GÓNDOR

Despertado por Gandalf, Pippin abrió los ojos. Había velas encendidas en el aposento, pues por

las ventanas sólo entraba una pálida luz crepuscular; el aire era pesado, como si se avecinara una

tormenta.

—¿Qué hora es? —preguntó Pippin, bostezando.

—La hora segunda ha pasado le respondió Gandalf. Tiempo de que te levantes y te pongas

presentable. Has sido convocado por el Señor de la Ciudad, para instruirte acerca de tus nuevos deberes.

— ¿Y me servirá el desayuno?

— ¡ No! De eso me he ocupado yo: y no tendrás más hasta el mediodía. Han racionado los

víveres.

Pippin miró con desconsuelo el panecillo minúsculo y «la mezquina», pensó, «redondela de

manteca, junto a un tazón de leche aguada».

—¿Por qué me trajiste aquí? —preguntó.

—Lo sabes demasiado bien dijo Gandalf. Para alejarte del mal. Y si no te agrada, recuerda que

tú mismo te lo buscaste. Pippin no dijo más.

Poco después recorría de nuevo en compañía de Gandalf el frío corredor que conducía a la

puerta de la Sala de la Torre. Allí, en una penumbra gris, estaba sentado Denethor, «como una araña vieja

y paciente», pensó Pippin; parecía que no se hubiese movido de allí desde la víspera. Le indicó a Gandalf

que se sentara, pero a Pippin lo dejó un momento de pie, sin prestarle atención. Al fin el viejo se volvió

hacia él.

—Bien, maese Peregrin, espero que hayas aprovechado a tu gusto el día de ayer. Aunque temo

que en esta ciudad la mesa sea bastante más austera de lo que tú desearías.

Pippin tuvo la desagradable impresión de que la mayor parte de lo que había dicho o hecho había

llegado de algún modo a oídos del Señor de la Ciudad, y que además muchos de sus pensamientos eran

conocidos por todos. No respondió.

— ¿Qué querrías hacer a mi servicio?

—Pensé, Señor, que vos me señalaríais mis deberes.

—Lo haré, una vez que conozca tus aptitudes —dijo Denethor—. Pero eso lo sabré quizá más

pronto teniéndote a mi lado. Mi paje de cámara ha solicitado licencia para enrolarse en la guarnición

exterior, de modo que por un tiempo ocuparás su lugar. Me servirás, llevarás mensajes, y conversarás

conmigo, si la guerra y las asambleas me dejan algún momento de ocio. ¿Sabes cantar?

41

—Sí —dijo Pippin—. Bueno, sí, bastante bien para mi gente. Pero no tenemos canciones

apropiadas para grandes palacios y para tiempos de infortunio, señor. Rara vez nuestras canciones tratan

de algo más terrible que el viento o la lluvia. Y la mayor parte de mis canciones hablan de cosas que nos

hacen reír: o de la comida y la bebida, por supuesto.

— ¿Y por qué esos cantos no serían apropiados para mis salones, o para tiempos como éstos?

Nosotros, que hemos vivido tantos años bajo la Sombra, ¿no tenemos acaso el derecho de escuchar los

ecos de un pueblo que no ha conocido un castigo semejante? Quizá sintiéramos entonces que nuestra

vigilia no ha sido en vano, aun cuando nadie la haya agradecido.

A Pippin se le encogió el corazón. No le entusiasmaba la idea de tener que cantar ante el Señor

de Minas Tirith las canciones de la Comarca, y menos aún las cómicas que conocía mejor; y además

eran... bueno, demasiado rústicas para ese momento. No se le ordenó que cantase. Denethor se volvió a

Gandalf haciéndole preguntas sobre los Rohirrim y la política del reino de Rohan, y sobre la posición de

Eomer, el sobrino del rey. A Pippin le maravilló que el Señor pareciera saber tantas cosas acerca de un

pueblo que vivía muy lejos, «aunque hacía muchos años sin duda» pensó, «que Denethor no salía de las

fronteras del reino».

Al cabo Denethor llamó a Pippin y le ordenó que se ausentase otra vez por algún tiempo.

—Ve a la armería de la ciudadela —le dijo— y retira de allí la librea de la Torre y los avíos

necesarios. Estarán listos. Fueron encargados ayer. ¡Vuelve en cuanto estés vestido!

Todo sucedió como Denethor había dicho, y pronto Pippin se vio ataviado con extrañas

vestimentas, de color negro y plata: un pequeño plaquín, de malla de acero tal vez, pero negro como el

azabache; y un yelmo de alta cimera, con pequeñas alas de cuervo a cada lado y en el centro de la corona

una estrella de plata. Sobre la cota de malla llevaba una sobreveste corta, también negra pero con la

insignia del Árbol bordada en plata a la altura del pecho. Las ropas viejas de Pippin fueron dobladas y

guardadas: le permitieron conservar la capa gris de Lorien, pero no usarla durante el servicio. Ahora sí

que parecía, sin saberlo, la viva imagen del Ernil i Pheriannath, el Príncipe de los Medianos, como la

gente había dado en llamarlo; pero se sentía incómodo, y la tiniebla empezaba a pesarle.

Todo aquel día fue oscuro y tétrico. Desde el amanecer sin sol hasta la noche, la sombra había

ido aumentando, y los corazones de la ciudad estaban oprimidos. Arriba, a lo lejos, una gran nube, llevada

por un viento de guerra, flotaba lentamente hacia el oeste desde la Tierra Tenebrosa, devorando la luz;

pero abajo el aire estaba inmóvil, sin un soplo, como si el Valle del Anduin esperase el estallido de una

tormenta devastadora.

A eso de la hora undécima, liberado al fin por un rato de las obligaciones del servicio, Pippin

salió en busca de comida y bebida, algo que lo animara e hiciese más soportable la espera. En el rancho se

encontró nuevamente con Beregond, que acababa de regresar de una misión del otro lado del Pelennor, en

las Torres de la Guardia del Terraplén. Pasearon juntos sin alejarse de los muros, pues en los recintos

cerrados Pippin se sentía como prisionero, y hasta el aire de la alta ciudadela le parecía sofocante. Y otra

vez se sentaron en el antepecho de la tronera que miraba al este, donde se habían entretenido la víspera,

comiendo y hablando.

Era la hora del crepúsculo, pero ya el enorme palio había avanzado muy lejos en el oeste, y un

instante apenas, al hundirse por fin en el Mar, logró el sol escapar para lanzar un breve rayo de adiós

antes de dar paso a la noche, el mismo rayo que Frodo, en la Encrucijada, veía en ese momento en la

cabeza del rey caído. Pero para los campos del Pelennor, a la sombra del Mindolluin, nada resplandecía:

todo era pardo y lúgubre.

Pippin tenía la impresión de que habían pasado años desde la primera vez que se había sentado

allí, en un tiempo ya a medias olvidado, cuando todavía era un hobbit, un viajero despreocupado,

indiferente a los peligros que había atravesado hacía poco. Ahoja era un pequeño soldado, un soldado

entre muchos otros en una ciudad que se preparaba para soportar un gran ataque, y vestía las ropas nobles

pero sombrías de la Torre de la Guardia.

En otro momento y en otro lugar, tal vez Pippin habría aceptado de buen grado ese nuevo

atuendo, pero ahora sabía que no estaba representando un papel en una comedia; estaba, seria e

irremisiblemente al servicio de un amo severo que corría un gravísimo peligro. El plaquín lo agobiaba, y

el yelmo le pesaba sobre la cabeza. Se había quitado la capa y la había puesto sobre la piedra del asiento.

Apartó los ojos fatigados de los campos sombríos y bostezó, y luego suspiró.

— ¿Estás cansado del día de hoy? —le preguntó Beregond. ''

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—Sí dijo Pippin, muy cansado: cansado de la inactividad y la espera. He estado de plantón a la

puerta de la cámara de mi señor durante horas interminables, mientras él discutía con Gandalf y el

Príncipe y otros grandes. Y no estoy acostumbrado, maese Beregond, a servir con hambre la mesa de

otros. Es una prueba muy dura para un hobbit. Has de pensar sin duda que tendría que sentirme

profundamente honrado. Pero ¿para qué quiero un honor semejante? Y a decir verdad ¿para qué comer y

beber bajo esta sombra invasora? ¿Qué significa? ¡El aire mismo parece espeso y pardo! ¿Son frecuentes

aquí estos oscurecimientos cuando el viento sopla en el Este?

No dijo Beregond. Esta no es una oscuridad natural del mundo. Es algún artificio creado por la

malicia del enemigo; alguna emanación de la Montaña de Fuego, que envía para ensombrecer los

corazones y las deliberaciones. Y lo consigue por cierto. Ojalá vuelva el Señor Faramir. El no se dejaría

amilanar. Pero ahora, ¡quién sabe si alguna vez podrá regresar de la Oscuridad a través del río!

Sí —dijo Pippin. Gandalf también está impaciente. Fue una decepción para él, creo, no encontrar

aquí a Faramir. Y Gandalf ¿por dónde andará? Se retiró del consejo del Señor antes de la comida de

mediodía, y no de buen humor, me pareció. Quizá tenga el presentimiento de alguna mala nueva.

De pronto, mientras hablaban, enmudecieron de golpe; inmóviles, paralizados, convertidos de

algún modo en dos piedras que escuchaban. Pippin se tiró al suelo, tapándose los oídos con las manos;

pero Beregond, que mientras hablaba de Faramir había estado mirando a lo lejos por encima del parapeto

almenado, se quedó donde estaba, tieso, los ojos desencajados. Pippin conocía aquel grito estremecedor:

era el mismo que mucho tiempo atrás había oído en los Marjales de la Comarca; pero ahora había crecido

en potencia y en odio, y atravesaba el corazón con una venenosa desesperanza. Al fin Beregond habló,

con un esfuerzo.

¡Han llegado! dijo. ¡Atrévete y mira! Hay cosas terribles allá abajo.

Pippin se encaramó de mala gana en el asiento y asomó la cabeza por encima del muro. Abajó el

Pelennor se extendía en las sombras e iba a perderse en la línea adivinada apenas del Río Grande. Pero

ahora, girando vertiginosamente sobre los campos como sombras de una noche intempestiva, vio a media

altura cinco formas de pájaros, horripilantes como buitres, pero más grandes que águilas, y crueles como

la muerte. Ya bajaban de pronto, aventurándose hasta ponerse casi al alcance de los arqueros apostados en

el muro, ya se alejaban volando en círculos.

— ¡Jinetes Negros! —murmuró Pippin—. ¡Jinetes Negros del aire! ¡Pero mira, Beregond! —

exclamó—. ¡Están buscando algo! ¡Miracómo vuelan y descienden, siempre hacia el mismo punto! ¿Y no

ves algo que se mueve en el suelo? Formas oscuras y pequeñas. ¡Sí, hombres a caballo: cuatro o cinco!

¡Ah, no lo puedo soportar! ¡Gandalf! ¡Gandalf! ¡Socorro!

Otro alarido largo vibró en el aire y se apagó, y Pippin, jadeando como un animal perseguido, se

arrojó de nuevo al suelo y se acurrucó al pie del muro. Débil, y aparentemente remota a través de aquel

grito escalofriante, tremoló desde abajo la voz de una trompeta y culminó en una nota aguda y

prolongada.

¡Faramir! ¡El Señor Faramir! ¡Es su llamada! gritó Beregond. ¡Corazón intrépido! ¿Pero cómo

podrá llegar a la Puerta, si esos halcones inmundos e infernales cuentan con otras armas además del

terror? ¡Pero míralos! ¡No se arredran! Llegarán a la Puerta. ¡No! Los caballos se encabritan. ¡Oh!

Arrojan al suelo a los jinetes; ahora corren a pie. No, uno sigue montado, pero retrocede hacia los otros.

Tiene que ser el capitán: él sabe cómo dominar a las bestias y a los hombres. ¡ Ay! Una de esas cosas

inmundas se lanza sobre él. ¡Socorro! ¡Socorro! ¿Nadie acudirá en su auxilio? ¡Faramir!

Y Beregond echó a correr y desapareció en la oscuridad. Asustado y avergonzado, mientras que

Beregond de la Guardia pensaba ante todo en su amado capitán, Pippin se levantó y miró fuera. En ese

momento alcanzó a ver un destello de nieve y de plata que venía del norte, como una estrella diminuta

que hubiese descendido a los campos sombríos. Avanzaba como una flecha y crecía a medida que se

acercaba a los cuatro hombres que huían hacia la Puerta. Parecía esparcir una luz pálida, y Pippin tuvo la

impresión de que la sombra espesa retrocedía a su paso; entonces, cuando estuvo más cerca, creyó oír,

como un eco entre los muros, una voz poderosa que llamaba.

—¡Gandalf! gritó Pippin. ¡Gandalf! Siempre llega en el momento más sombrío. ¡Adelante!

¡Adelante! ¡Caballero Blanco! ¡Gandalf! ¡ Ga ndalf! gritó, con la vehemencia del espectador de una gran

carrera, como alentando a un corredor que no necesita la ayuda de exhortaciones.

Mas ya las sombras aladas habían advertido la presencia del recién llegado. Una de ellas voló en

círculos hacia él, pero a Pippin le pareció ver que Gandalf levantaba una mano y que de ella brotaba como

un dardo un haz de luz blanca. El Nazgül dejó escapar un grito largo y doliente y se apartó; y los otros

43

cuatro, tras un instante de vacilación, se elevaron en espirales vertiginosas y desaparecieron en el este,

entre las nubes bajas; y por un momento los campos del Pelennor parecieron menos oscuros.

Pippin observaba, y vio que los jinetes y el Caballero Blanco se reunían al fin, y se detenían a

esperar a los que iban a pie. Grupos de hombres les salían al encuentro desde la ciudad; y pronto Pippin

los perdió de vista bajo los muros exteriores, y adivinó que estaban trasponiendo la puerta. Sospechando

que subirían inmediatamente a la Torre, y a ver al Senescal, corrió a la entrada de la ciudadela. Allí se le

unieron muchos otros que habían observado la carrera y el rescate desde los muros.

Pronto en las calles que subían de los círculos exteriores se elevó un gran clamor, y hubo

muchos vítores, y por todas partes voceaban y aclamaban los nombres de Faramir y Mithrandir. Pippin

vio unas antorchas, y luego dos jinetes que cabalgaban lentamente seguidos por una gran multitud: uno

estaba vestido de blanco, pero ya no resplandecía, pálido en el crepúsculo como si el fuego que ardía en él

se hubiese consumido o velado. El otro era sombrío y tenía la cabeza gacha. Desmontaron y mientras los

palafreneros se llevaban a Sombragris y al otro caballo, avanzaron hacia el centinela de la puerta: Gandalf

con paso firme, el manto gris fletándole a la espalda y en los ojos un fuego todavía encendido; el otro,

vestido de verde, más lentamente, vacilando un poco como un hombre herido o fatigado.

Pippin se adelantó entre el gentío, y en el momento en que los hombres pasaban bajo la lámpara

de la arcada vio el rostro pálido de Faramir y se quedó sin aliento. Era el rostro de alguien que asaltado

por un miedo terrible o una inmensa angustia ha conseguido dominarse y recobrar la calma. Orgulloso y

grave, se detuvo un momento a hablar con el guardia, y Pippin, que no le quitaba los ojos de encima, vio

hasta qué punto se parecía a su hermano Boromir, a quien él había querido desde el principio, admirando

la hidalguía y la bondad del gran hombre. De pronto, sin embargo, en presencia de Faramir, un

sentimiento extraño que nunca había conocido antes, le embargó el corazón. Este era un hombre de alta

nobleza, semejante a la que por momentos viera en Aragorn, menos sublime quizá pero a la vez menos

imprevisible y remota: uno de los Reyes de los Hombres nacido en una época más reciente, pero tocado

por la sabiduría y la tristeza de la Antigua Raza. Ahora sabía por qué Beregond lo nombraba con

veneración. Era un capitán a quien los hombres seguirían ciegamente, a quien él mismo seguiría, aun bajo

la sombra de las alas negras.

—¡Faramir! —gritó junto con los otros—. ¡Faramir! Y Faramir, advirtiendo el acento extraño

del hobbit entre el clamor de los hombres de la ciudad, se dio vuelta, y lo miró estupefacto.

—¿Y tú de dónde vienes? —le preguntó—. ¡Un mediano, y vestido con la librea de la Torre!

¿De dónde...?

Pero en ese momento Gandalf se le acercó y habló:

—Ha venido conmigo desde el país de los medianos —dijo—. Ha venido conmigo. Pero no nos

demoremos aquí. Hay mucho que decir y mucho por hacer, y tú estás fatigado. El nos acompañará. En

realidad, tiene que acompañarnos, pues si no olvida más fácilmente que yo sus nuevas obligaciones,

dentro de menos de una hora ha de tomar servicio con su señor. ¡Ven, Pippin, sigúenos!

Así llegaron por fin a la cámara privada del Señor de la Ciudad. Alrededor de un brasero de

carbón de leña, habían dispuesto asientos bajos y mullidos; y trajeron vino; y allí Pippin, cuya presencia

nadie parecía advertir, de pie detrás del asiento de Denethor, escuchaba con tanta avidez todo cuanto se

decía que olvidó su propio cansancio.

Una vez que Faramir hubo tomado el pan blanco y bebido un sorbo de vino, se sentó en uno de

los asientos bajos a la izquierda de su padre. Un poco más alejado, a la derecha de Denethor, estaba

Gandalf, en un sillón de madera tallada; y al principio parecía dormir. Pues en un comienzo Faramir habló

sólo de la misión que le había sido encomendada diez días atrás; y traía noticias del Ithilien y de los

movimientos del enemigo y sus aliados; y narró la batalla del camino, en la que los hombres de Harald y

la bestia descomunal que los acompañaba fueran derrotados: un capitán que comunica a un superior

sucesos de un orden casi cotidiano, los episodios insignificantes de una guerra de fronteras que ahora

parecían vanos y triviales, sin grandeza ni gloria.

Entonces, de improviso, Faramir miró a Pippin.

—Pero ahora llegamos a la parte más extraña —dijo—. Porque éste no es el primer mediano que

veo salir de las leyendas del Norte para aparecer en las Tierras del Sur.

Al oír esto Gandalf se irguió y se aferró a los brazos del sillón; pero no dijo nada, y con una

mirada detuvo la exclamación que estaba a punto de brotar de los labios de Pippin. Denethor observó los

rostros de todos y sacudió la cabeza, como indicando que ya había adivinado mucho, aun antes de

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escuchar el relato de Faramir. Lentamente, mientras los otros permanecían inmóviles y silenciosos,

Faramir narró su historia, casi sin apartar los ojos de Gandalf, aunque de tanto en tanto miraba un instante

a Pippin, como para refrescarse la memoria.

Cuando Faramir llegó a la parte del encuentro con Frodo y su sirviente, y hubo narrado los

sucesos de Hennet Annün, Pippin notó que un temblor agitaba las manos de Gandalf, aferradas como

garras a la madera tallada. Blancas parecían ahora, y muy viejas, y Pippin adivinó, con un sobresalto, que

Gandalf, el gran Gandalf, estaba inquieto, y que tenía miedo. En la estancia cerrada el aire no se movía. Y