Edgar A. Poe: su vida y sus obras
BAUDELAIRE
…algún maestro desventurado a quien la
inexorable Fatalidad ha perseguido
encarnizada, cada vez más encarnizada,
hasta que sus cantos no tengan más que
un solo estribillo, hasta que los cantos
fúnebres de su Esperanza hayan adoptado
este melancólico estribillo: «¡Nunca!
¡Nunca más!»
E
DGAR A. POE, El cuervo
En su trono de bronce el Destino se burla,
de amarga hiel empapando su esponja,
y la Necesidad es para ellos tenaza.
T
HÉOPHILE GAUTIER, Tinieblas
I
En estos últimos tiempos compareció ante nuestros tribunales un desdichado cuya
frente estaba marcada por un raro y singular tatuaje. ¡Desafortunado! Llevaba él así
encima de sus ojos la etiqueta de su vida, como un libro su título, y el interrogatorio
demostró que aquel extraño rótulo era cruelmente verídico. Hay en la historia literaria
destinos análogos, verdaderas condenas, hombres que llevan las palabras «mala suerte»
escritas en caracteres misteriosos sobre las arrugas sinuosas de su frente. El ángel ciego
de la expiación se ha apoderado de ellos y los azota con uno y otro brazo para ejemplo
edificante de los demás. En vano su vida revela talento, virtudes, gracia: la sociedad
tiene para ellos un anatema especial y acusa en ellos las lesiones que les ha causado.
¿Qué no hizo Hoffmann para desarmar al Destino, y qué no realizó Balzac para conjurar
la fortuna? ¿Existe, pues, una Providencia diabólica que prepara la desgracia desde la
cuna, que arroja con premeditación naturalezas espirituales y angélicas en medios
hostiles, como a mártires en los circos? ¿Existen, pues, almas santas y destinadas al altar,
condenadas a ir hacia la muerte y hacia la gloria a través de sus propias ruinas? La
pesadilla de las Tinieblas, ¿asediará eternamente a esas almas elegidas? En vano se
agitan, en vano se forman para el mundo, para sus previsiones y asechanzas;
perfeccionarán la prudencia, taparán todas las salidas, acolcharán las ventanas contra
los proyectiles del azar; pero el Diablo entrará por el agujero de la cerradura. Una
perfección será la falla de su coraza, y una cualidad superlativa, el germen de su
condenación.
Para romperla, el águila, desde lo alto del cielo,
sobre su frente al aire soltará la tortuga,
pues ellos deben perecer fatalmente.
Su destino está escrito en toda su contextura, brilla con siniestro resplandor en sus
miradas y en sus gestos, circula por sus arterias con cada uno de sus glóbulos
sanguíneos.
Un célebre escritor de nuestro tiempo ha escrito un libro para demostrar que el poeta
no podía encontrar buen acomodo ni en una sociedad democrática ni en una
aristocrática, no más en una república que en una monarquía absoluta o templada.
¿Quién ha sabido, pues, replicarle perentoriamente? Yo aporto hoy una nueva leyenda
en apoyo de su tesis y añado un nuevo santo al martirologio; debo escribir la historia de
uno de esos ilustres desventurados, demasiado rica en poesía y pasión, que ha venido,
después de tantos otros, a hacer en este bajo mundo el rudo aprendizaje del genio entre
las almas inferiores.
¡Lamentable tragedia la vida de Edgar A. Poe! ¡Su muerte, horrible desenlace, cuyo
horror aumenta con su trivialidad! De todos los documentos que he leído he sacado la
convicción de que los Estados Unidos sólo fueron para Poe una vasta cárcel, que él
recorría con la agitación febril de un ser creado para respirar en un mundo más elevado
que el de una barbarie alumbrada con gas, y que su vida interior, espiritual, de poeta, o
incluso de borracho, no era más que un esfuerzo perpetuo para huir de la influencia de
esa atmósfera antipática. Implacable dictadura la de la opinión de las sociedades
democráticas; no imploréis de ella ni caridad ni indulgencia, ni flexibilidad alguna en la
aplicación de sus leyes a los casos múltiples y complejos de la vida moral. Diríase que
del amor impío a la libertad ha nacido una nueva tiranía: la tiranía de las bestias, o
zoocracia, que por su insensibilidad feroz se asemeja al ídolo de Juggernaut. Un biógrafo
nos dirá seriamente —bienintencionado es el buen hombre— que Poe, de haber querido
regularizar su genio y aplicar sus facultades creadoras de una manera más apropiada al
suelo americano, hubiese podido llegar a ser un autor de dinero (a money making
author). Otro —éste un cínico ingenuo—, que, por bello que sea el genio de Poe, más le
hubiera valido tener sólo talento, ya que el talento se cotiza más fácilmente que el genio.
Otro, que ha dirigido diarios y revistas, un amigo del poeta, confiesa que resultaba
difícil utilizarle, y que se veía uno obligado a pagarle menos que a otros, porque escribía
con un estilo demasiado por encima del vulgo. «¡Qué tufo a trastienda!», como decía
Joseph de Maistre.
Algunos se han atrevido a más, y uniendo la falta de inteligencia más abrumadora
de su genio a la ferocidad de la hipocresía burguesa, le han insultado a porfía, y después
de su repentina desaparición, han vapuleado ásperamente ese cadáver; en especial, el
señor Rufus Griswold, que, para aprovechar aquí la frase vengativa del señor George
Graham, ha cometido así una infamia inmortal. Poe, experimentando quizá el siniestro
presentimiento de un final repentino, había designado a los señores Griswold y Willis
para ordenar sus obras, escribir su vida y restaurar su memoria. Ese pedagogo-vampiro
ha difamado ampliamente a su amigo en un enorme artículo mediocre y rencoroso, que
precisamente encabeza la edición póstuma de sus obras. ¿No existe, pues, en América
una disposición que prohiba a los perros la entrada en los cementerios? En cuanto al
señor Willis, ha demostrado, por el contrario, que la benevolencia y el decoro van
siempre de consuno con el verdadero talento, y que la caridad con nuestros semejantes,
que es un deber moral, es también uno de los mandamientos del gusto.
Hablad de Poe con un americano: confesará acaso su genio, y hasta puede que se
muestre orgulloso de él; pero en tono sardónico, superior, que deja traslucir al hombre
positivo, os hablará de la vida disoluta del poeta, de su aliento alcoholizado que hubiera
ardido con la llama de una vela, sus hábitos de vagabundo. Os dirá que era un ser
errante y heteróclito, un planeta desorbitado que rondaba sin cesar desde Baltimore a
Nueva York, desde Nueva York a Filadelfia, desde Filadelfia a Boston, desde Boston a
Baltimore, desde Baltimore a Richmond. Y si, con el corazón conmovido por esos
preludios de una historia desconsoladora, dais a entender que tal vez no sea solamente
culpable el individuo, y que debe de ser difícil pensar y escribir cómodamente en un
país donde hay millones de soberanos —un país sin capital, hablando con propiedad, y
sin aristocracia—, entonces veréis sus ojos desorbitarse y despedir rayos, la baba del
patriotismo doliente subir a sus labios, y América, por su boca, lanzar injurias a Europa,
su vieja madre, y a la filosofía de los antiguos días.
Repito que, por mi parte, he adquirido la convicción de que Edgar A. Poe y su patria
no estaban al mismo nivel. Los Estados Unidos son un país gigantesco e infantil,
envidioso, naturalmente, del viejo continente. Orgulloso de su desarrollo material,
anormal y casi monstruoso, ese recién llegado a la Historia tiene una fe ingenua en la
omnipotencia de la industria; está convencido, como algunos desdichados entre
nosotros, de que acabará por tragarse al Diablo. ¡Tienen allá un valor tan grande el
tiempo y el dinero! La actividad material, exagerada hasta adquirir las proporciones de
una manía nacional, deja en los espíritus muy poco sitio para las cosas no terrenas. Poe,
que era de buena casta —y que, por lo demás, declaraba que la gran desgracia de su país
era no poseer una aristocracia racial, dado, decía él, que en un pueblo sin aristocracia el
culto de lo Bello sólo puede corromperse, aminorarse y desaparecer; que acusaba en sus
conciudadanos, hasta en su lujo enfático y costoso, todos los síntomas del mal gusto
característico de los advenedizos; que consideraba el Progreso, la gran idea moderna,
como un éxtasis de papanatas, y que denominaba los perfeccionamientos de la mansión
humana cicatrices y abominaciones rectangulares—, Poe era allá un cerebro
singularmente solitario. No creía más que en lo inmutable, en lo eterno, en el self-same,
y gozaba —¡cruel privilegio en una sociedad enamorada de sí misma!— de ese grande y
recto sentido a lo Maquiavelo que marcha ante el sabio como una columna luminosa a
través del desierto de la Historia. ¿Qué hubiera pensado, qué hubiera escrito el
infortunado, si hubiese oído a la teóloga del sentimiento suprimir el Infierno por amor al
género humano, al filósofo de la cifra proponer un sistema de seguros, una suscripción
de cinco céntimos por cabeza ¡para la supresión de la guerra y la abolición de la pena de
muerte y de la ortografía, esas dos locuras correlativas!, y a tantos y tantos otros
enfermos que escriben, «con la oreja inclinada hacia el viento», fantasías giratorias, tan
flatulentas como el elemento que se las dicta? Si añadís a esta visión impecable de la
verdad, auténtica dolencia en ciertas circunstancias, una delicadeza exquisita de
sentidos a la que atormentaría una nota falsa, una finura de gusto a la que todo, excepto
la exacta proporción, sublevara, un amor insaciable a lo Bello, que había adquirido la
potencia de pasión morbosa, no os extrañará que para un hombre semejante la vida
llegara a ser un infierno y que haya acabado mal; os admirará que haya él podido durar
tanto tiempo.
II
La familia de Poe era una de las más respetables de Baltimore. Su abuelo materno
había servido como quarter-master-general en la guerra de la Independencia, y La
Fayette le dispensaba una gran estimación y amistad.
Este, a raíz de su último viaje a los Estados Unidos, quiso ver a la viuda del general
y testimoniarle su gratitud por los servicios que le había hecho su marido. El bisabuelo
se había casado con una hija del almirante inglés MacBride, que estaba emparentado con
las más nobles casas de Inglaterra. David Poe, padre de Edgar e hijo del general, se
enamoró perdidamente de una actriz inglesa, Isabel Arnold, célebre por su belleza; se
fugó y se casó con ella. Para unir más íntimamente su destino al de ella, se hizo actor y
apareció con su mujer en diferentes teatros, en las principales ciudades de la Unión. Los
esposos murieron en Richmond, casi al mismo tiempo, dejando en el abandono y en la
penuria más completos a tres criaturas, una de las cuales era Edgar.
Edgar A. Poe había nacido en Baltimore, en 1813. Doy esta fecha de acuerdo con su
propia afirmación, pues él se elevó contra la aseveración de Griswold, que sitúa su
nacimiento en 1811. Si alguna vez el espíritu novelesco, para servirme de una frase de
nuestro poeta, ha presidido un nacimiento —¡espíritu siniestro y tempestuoso!—,
ciertamente, presidió el suyo. Poe fue, en verdad, hijo de la pasión y de la aventura. Un
rico negociante de la ciudad, mister Allan, se entusiasmó con aquel lindo e infortunado
a quien la Naturaleza había dotado de un aspecto encantador, y como no tenía hijos, le
adoptó. El niño se llamó, pues, de allí en adelante Edgar Allan Poe. Fue así criado en
una grata holgura y con la esperanza legítima de una de esas fortunas que dan al
carácter una soberbia certeza. Sus padres adoptivos se lo llevaron en un viaje que
hicieron a Inglaterra, Escocia e Irlanda, y antes de regresar a su país le dejaron en casa
del doctor Bransby, que dirigía un importante centro de enseñanza en Stoke-Newington,
cerca de Londres. Poe ha descrito en William Wilson aquella extraña casa, construida en
el viejo estilo isabelino, y también sus impresiones de colegial.
Volvió a Richmond en 1822 y prosiguió sus estudios en América bajo la dirección de
los mejores profesores del lugar. En la Universidad de Charlottesville, donde ingresó en
1825, se distinguió no sólo por una inteligencia casi milagrosa, sino también por una
profusión casi siniestra de pasiones —una precocidad realmente americana— que fue,
por último, la causa de su expulsión. Conviene señalar de paso que Poe había
demostrado ya, en Charlottesville, una aptitud de las más notables para las ciencias
físicas y matemáticas. Más tarde la empleará con frecuencia en sus extraños cuentos, y
obtendrá de ella medios absolutamente inesperados. Pero tengo razones para creer que
no es a ese orden de composiciones a las que él daba más importancia, y que —quizá
precisamente a causa de esa aptitud precoz— las consideraba como fáciles juegos de
manos, comparándolas con las obras de pura fantasía. Unas desdichadas deudas de
juego originaron una desavenencia pasajera entre él y su padre adoptivo, y Edgar —
hecho de los más curiosos y que prueba, pese a lo que se ha dicho, una dosis de
caballerosidad muy grande en su impresionable cerebro— concibió el proyecto de tomar
parte en las guerras de los helenos y de ir a luchar contra los turcos. Partió, pues, hacia
Grecia. ¿Qué fue de él en Oriente? ¿Qué hizo allí? ¿Estudió las costas clásicas del
Mediterráneo? ¿Por qué le encontramos nuevamente en San Petersburgo, sin pasaporte,
comprometido, y en qué clase de asunto, obligado a recurrir al ministro americano,
Henry Middleton, para librarse de la sanción rusa y volver a su casa? Se ignora; existe
ahí una laguna que él sólo hubiese podido llenar. La vida de Edgar A. Poe, su juventud,
sus aventuras en Rusia y su correspondencia han sido anunciadas largo tiempo por los
periódicos americanos, pero no han aparecido nunca.
De regreso en América, en 1829, expresó el deseo de ingresar en la escuela militar de
West-Point; fue admitido, en efecto, y allí, como en otras partes, dio pruebas de una
inteligencia admirablemente dotada, pero indisciplinable, siendo, al cabo de unos
meses, expulsado. Al mismo tiempo ocurría en su familia adoptiva un suceso que debía
tener las más graves consecuencias sobre su vida entera. La señora Allan, por quien
parece él haber sentido un afecto verdaderamente filial, falleció, y el señor Allan se casó
con una mujer muy joven. Y en esta época tuvo lugar una desavenencia doméstica, una
historia rara y tenebrosa que no puedo contar, porque no ha sido claramente explicada
por ningún biógrafo. No es, por tanto, extraño que él se haya separado definitivamente
del señor Allan, y que éste, que tuvo hijos de su segundo matrimonio, le haya excluido
por completo de su testamento.
Poco tiempo después de haber abandonado Richmond, Poe publicó un pequeño
tomo de poesías; fue realmente una aurora brillante. Para quien sabe sentir la poesía
inglesa, hay ya en él un acento extraterreno, la serenidad en la melancolía, la deliciosa
solemnidad, la experiencia precoz —iba a decir, creo, la experiencia innata— que
caracterizan a los grandes poetas.
La miseria le hizo ser soldado una temporada, y es de suponer que empleó los
pesados ocios de la vida de guarnición en preparar los materiales de sus futuras
composiciones, composiciones extrañas que parecen haber sido creadas para
demostrarnos que la singularidad es una de las partes integrantes de lo Bello. Al volver
a la vida literaria, el único elemento en que pueden respirar ciertos seres déclassés, Poe
fenecía en una extrema miseria, cuando un azar feliz le hizo mejorar. El propietario de
una revista acababa de fundar dos premios: uno, para el mejor cuento; otro, para el
mejor poema. Una letra singularmente bella atrajo la mirada de Mr. Kennedy, que
presidía el jurado, y le dio deseos de examinar por sí mismo los manuscritos. Y sucedió
que Poe había ganado los dos premios, aunque sólo uno le fue entregado. El presidente
del jurado sintió la curiosidad de ver al desconocido. El director del diario le llevó a un
joven de una belleza chocante, andrajoso, abrochado hasta la barbilla, y que tenía el
aspecto de un caballero tan orgulloso como hambriento. Kennedy se portó bien.
Presentó a Poe a un señor, Thomas White, que fundaba en Richmond el Southern
Literary Messenger. El señor White era un hombre audaz, pero sin ningún talento
literario; necesitaba un ayudante. Poe se encontró así, muy joven —a los veintidós años
—, director de una revista cuyo destino descansaba por entero en él. El creó esa
prosperidad. El Southern Literary Messenger reconoció desde entonces que era a aquel
excéntrico maldito, a aquel borracho incorregible, a quien debía su público y su
fructuosa notoriedad. En ese magazine es donde aparecieron por primera vez la
Aventura sin par de un tal Hans Pfaall y otros varios cuentos que los lectores verán
ahora desfilar ante sus ojos. Durante cerca de dos años, Edgar A. Poe, con un
maravilloso ardor, asombró a su público con una serie de composiciones de un nuevo
género y con artículos críticos cuya viveza, claridad y severidad razonadas estaban
hechas realmente para atraer las miradas. Aquellos artículos se ocupaban de libros de
todo género, y la sólida cultura que el joven había adquirido le sirvió de mucho.
Conviene saber que aquella tarea considerable la realizaba él por quinientos dólares; es
decir, por dos mil setecientos francos al año. Inmediatamente —dice Griswold, lo cual
quiere decir; «¡Se creía, pues, rico el muy imbécil!»— se casó con una muchacha bella,
encantadora, de un carácter amable y heroico, pero que no tenía un céntimo —añade el
propio Griswold en un tono de desdén—. Era la señorita Virginia Clemm, una prima
suya.
Pese a los servicios hechos a su diario, el señor White riñó con Poe al cabo de dos
años, aproximadamente. El motivo de esa ruptura estuvo, sin duda, en los ataques de
hipocondría y en las crisis alcohólicas del poeta, accidentes característicos que
ensombrecían su cielo espiritual, como esas nubes lúgubres que dan de pronto al paisaje
más romántico un aire de melancolía en apariencia irreparable. A partir de entonces,
veremos trasladar su tienda al desventurado, como un hombre del desierto, y
transportar su ligero petate a las principales ciudades de la Unión. Dirigió en todas
partes revistas o colaboró en ellas de una manera brillante. Difundió con deslumbradora
rapidez artículos críticos, filosóficos y cuentos henchidos de magia, que aparecieron
reunidos bajo el título de Tales of the Grotesque and the Arabesque, título notable e
intencionado, pues los adornos grotescos y arabescos rechazan la figura humana, y ya se
verá que por muchos conceptos la literatura de Poe es extra o sobrehumana. Sabremos,
por notas ofensivas y escandalosas insertadas en los periódicos, que Mr. Poe y su mujer
se encuentran enfermos de peligro en Fordham y en una absoluta miseria. Poco tiempo
después de la muerte de la señora Poe, el poeta sufrió los primeros ataques de delirium
tremens. Una nueva nota apareció de repente en un diario —ésta más que cruel—, en la
que se acusa su desprecio y su asco del mundo, creándole uno de esos procesos
tendenciosos, verdaderas requisitorias de la opinión, contra los cuales tuvo él siempre
que defenderse, una de las luchas más estérilmente fatigosas que conozco.
Sin duda, ganaba dinero, y sus trabajos literarios le permitían casi vivir. Pero poseo
pruebas de que él tenía que vencer sin cesar repugnantes dificultades. Soñó, como tantos
otros escritores, con una revista suya, quiso estar en su casa, y el hecho es que había
sufrido lo bastante para desear con ardor aquel cobijo definitivo de su pensamiento. A
fin de alcanzar ese resultado y conseguir una suma de dinero suficiente, tuvo que
recurrir a las lectures. Ya se sabe lo que son esas lectures, una especie de especulación, el
Colegio de Francia puesto a disposición de todos los literatos, pues el autor no publica
su lecture sino después de haber sacado de ella todos los ingresos que puede producir.
Poe había dado ya en Nueva York una lecture de «Eureka», su poema cosmogónico, que
había promovido incluso grandes discusiones. Pensó aquella vez dar lectures en su
tierra natal, Virginia. Contaba, como escribió a Willis, con hacer una gira por el Oeste y
el Sur y confiaba en el concurso de sus amigos literarios y de sus antiguas amistades de
colegio y de West-Point. Visitó, pues, las principales ciudades de Virginia y Richmond
contempló de nuevo a aquel a quien había conocido allí tan joven, tan pobre, tan
derrotado. Todos los que no habían visto a Poe desde el tiempo de su oscuridad
acudieron en masa para examinar a su ilustre compatriota. Y él apareció apuesto,
elegante, correcto, como el genio. Hasta creo que desde hacía algún tiempo había él
llevado su condescendencia al extremo de hacer que le admitiesen en una sociedad de
templanza. Escogió un tema tan amplio como elevado: El principio de la poesía, y lo
desarrolló con esa lucidez que es uno de sus privilegios. Creía, como verdadero poeta
que era, que la finalidad de la poesía es de la misma naturaleza que su principio, y que
no debe fijarse en otra cosa más que en sí misma.
La buena acogida que le dispensaron inundó su pobre corazón de orgullo y de gozo;
se mostraba de tal modo encantado, que hablaba de establecerse definitivamente en
Richmond y de acabar su vida en los lugares que su infancia le había hecho dilectos. Sin
embargo, tenía asuntos en Nueva York, y partió el 4 de octubre, quejándose de
escalofríos y de debilidad. Como siguiera sintiéndose bastante mal, al llegar a Baltimore,
el 6, por la noche, hizo llevar su equipaje al embarcadero, desde donde debía dirigirse a
Filadelfia, y entró en una taberna para tomar un excitante cualquiera. Allí, por
desgracia, se encontró con antiguos amigos y se detuvo más de la cuenta. A la mañana
siguiente, en las pálidas tinieblas del alba, fue encontrado un cadáver en la vía pública.
¿Debe decirse así? No, un cuerpo vivo aún, pero que la muerte había marcado ya con su
real sello. Sobre aquel cuerpo, cuyo nombre se ignoraba, no se hallaron ni papeles ni
dinero, y lo transportaron a un hospital. Allí murió Poe, la noche misma del domingo 7
de octubre de 1849, a la edad de treinta y siete años, vencido por el delirium tremens,
ese terrible visitante que había ya atacado su cerebro una o dos veces. Así desapareció
de este mundo uno de los más grandes héroes literarios, el hombre que había escrito en
El gato negro estas palabras fatídicas: «¿Qué enfermedad es comparable al alcohol?»
Esa muerte es casi un suicidio, un suicidio preparado desde hacía largo tiempo.
Cuando menos, provocó el escándalo. Fue grande el clamor, y la virtud dio salida a su
canto enfático, libre y voluntariosamente. Las oraciones fúnebres más indulgentes
tuvieron que dejar sitio a la inevitable moral burguesa, que se cuidó de no perder una
ocasión tan admirable. Mr. Griswold difamó; Mr. Willis, sinceramente afligido, se
comportó más que decorosamente. ¡Ay! El que había franqueado las alturas más arduas
de la estética, sumiéndose en los abismos menos explorados del intelecto humano; el
que, a través de una vida que se asemeja a una tempestad sin calma, había encontrado
medios nuevos, procedimientos desconocidos para asombrar la imaginación, para
seducir los espíritus sedientos de Belleza, acababa de morir en unas horas en un lecho
del hospital. ¡Qué destino! ¡Y tanta grandeza y tanto infortunio para levantar un
torbellino de fraseología burguesa, para convertirse en pasto y tema de los periodistas
virtuosos!
Ut declamatio fiars!
Estos espectáculos no son nuevos; es raro que un sepulcro reciente e ilustre no sea
un lugar de cita de escándalo. Por otra parte, la sociedad no ama a esos rabiosos
desventurados, y ya sea porque perturbaban sus fiestas o ya sea porque los considere de
buena fe como remordimientos, tiene ella, a no dudar, razón. ¿Quién no recuerda las
declamaciones parisienses a raíz de la muerte de Balzac, que murió, empero, de manera
correcta? Y en fecha más reciente aún —hace hoy, 26 de enero, un año justo—, cuando
un escritor de una honradez admirable, de una elevada inteligencia, y siempre lúcido,
fue discretamente, sin molestar a nadie —tan discretamente, que su discreción parecía
desprecio—, a exhalar su alma en la calle más negra que pudo encontrar, ¡qué
asqueantes homilías, qué asesinato refinado! Un periodista célebre, a quien Jesús no
enseñara nunca maneras generosas, encontró la aventura lo bastante jovial para
celebrarla con un burdo retruécano. Entre la nutrida enumeración de los derechos del
hombre que la sabiduría del siglo XIX repite tan a menudo y con tanta complacencia, se
han olvidado dos asaz importantes, que son: el derecho a contradecirse y el derecho a
marcharse.
Pero la sociedad mira al que se va como a un insolente; castigaría de buena gana
ciertos despojos fúnebres, como aquel infeliz soldado atacado de vampirismo a quien la
vista de un cadáver exasperaba hasta el frenesí. Y con todo, puede decirse que, bajo la
presión de determinadas circunstancias, después de un serio examen de ciertas
incompatibilidades, con firmes creencias en ciertos dogmas y metempsicosis; puede
decirse, sin énfasis y sin juego de palabras, que el suicidio es a veces el acto más
razonable de la vida. Y así se forma una compañía de fantasmas, ya numerosa, que nos
visita familiarmente, y en la que cada miembro viene a ensalzarnos su reposo actual y a
confiarnos sus persuasiones.
Confesemos, no obstante, que el lúgubre fin del autor de Eureka suscitó algunas
consoladoras excepciones, sin lo cual sería cosa de desesperarse y el mundo resultaría
insufrible. Mr. Willis, como ya he dicho, habló con honradez, y hasta con emoción, de
las buenas relaciones que había mantenido siempre con Poe. Los señores John Neal y
George Graham llamaron al señor Griswold al orden. El señor Longfellow —y ello es
tanto más meritorio cuanto que Poe le había maltratado cruelmente— supo alabar de
una manera digna de un poeta su elevada potencia como poeta y como prosista. Un
desconocido escribió que la América literaria había perdido su cabeza más poderosa.
Pero el corazón partido, el corazón desgarrado, el corazón traspasado por siete
puñales, fue el de la señora Clemm. Edgar era a la vez su hijo y su hija. «¡Rudo destino
—dice Willis, de quien tomo estos detalles casi textualmente—, rudo destino el que ella
velaba y protegía! Porque Edgar A. Poe era un hombre embarazoso; aparte de que
escribía con una fastidiosa dificultad y con un estilo demasiado por encima del nivel
intelectual corriente para poderle pagar caro, estaba siempre atosigado por apuros
monetarios, y con frecuencia él y su mujer enferma carecían de las cosas más precisas en
la vida.» Un día, Willis vio entrar en su despacho a una mujer, vieja, dulce, seria. Era la
señora Clemm. Buscaba trabajo para su querido Edgar. El biógrafo dice que se sintió
hondamente emocionado no sólo por el elogio perfecto, por la exacta apreciación que
hizo ella del talento de su hijo, sino también por todo su aspecto exterior, por su voz
suave y triste, por sus maneras un poco anticuadas, pero bellas y nobles. «Y durante
varios años —añade— hemos visto a esa infatigable servidora del genio, pobre y mal
vestida, de diario en diario para vender unas veces un poema, otras un artículo,
diciendo en ocasiones que estaba enfermo —única aplicación, única razón, invariable
disculpa que ella daba cuando su hijo se hallaba atacado momentáneamente de una de
esas esterilidades que conocen los escritores nerviosos—, sin permitir nunca que sus
labios soltasen una palabra que pudiera ser interpretada como una duda, como una falta
de confianza en el genio y en la voluntad de su bienamado.» Cuando su hija murió, ella
se consagró al superviviente de la destrozada batalla con un ardor maternal
acrecentado, vivió con él, le cuidó, le vigiló, defendiéndole contra la vida y contra él
mismo. «En verdad —termina Willis con una elevada e imparcial razón—, si la
abnegación de la mujer, nacida con un primer amor y mantenida por la pasión humana,
glorifica y consagra su objeto, ¿qué no dice en favor del que le inspiró una abnegación
como ésta, pura, desinteresada y santa como un centinela divino?» Los detractores de
Poe hubieran debido, en efecto, darse cuenta de que hay seducciones tan poderosas, que
no pueden ser sino virtudes.
Es de imaginar lo terrible que fue la noticia para la desdichada mujer. Escribió una
carta a Willis, de la cual son estas líneas:
«He sabido esta mañana la muerte de mi bienamado Eddie… ¿Puede usted
comunicarme algunos detalles, algunas circunstancias?… ¡Oh, no deje a su pobre amiga
en esta amarga aflicción!… Dígale al señor X que venga a verme; tengo que participarle
un encargo de mi pobre Eddie… No necesito rogarle que anuncie usted su muerte, y
que hable bien de él. Sé que lo hará. Pero recalque usted bien el hijo afectuoso que era
para mí, su pobre madre desolada…»
Esta mujer se me aparece grande y más que noble. Herida por un golpe irreparable,
sólo piensa en la reputación del que lo era todo para ella, y no basta para contestarle con
decir que era un genio; es preciso que sepan que era un hombre recto y afectuoso. Es
evidente que esa madre —antorcha y hogar encendidos por un rayo del más alto cielo—
ha sido dada como ejemplo a nuestras razas, muy poco preocupadas de la abnegación,
del heroísmo y de todo cuanto es más que el deber. ¿No era justo inscribir a la cabeza de
las obras del poeta el nombre de la que fue el sol moral de su vida? Aromará en su
gloria el nombre de la mujer cuya ternura sabía curar sus llagas, y cuya imagen volará
sin cesar por encima del martirologio de la literatura.
III
La vida de Poe, sus costumbres, sus modales, su ser físico, todo lo que constituye el
conjunto de su personalidad, se nos aparece como algo tenebroso y brillante a la vez. Su
persona era singular, seductora, y, como sus obras, estaba marcada por un indefinible
sello de melancolía. Por lo demás, él se hallaba notablemente dotado en todos los
sentidos. De joven había demostrado una rara aptitud para todos los ejercicios físicos, y
aun siendo pequeño de estatura, con pies y manos femeniles, mostrando todo su ser ese
carácter de delicadeza femenina, era más que robusto y capaz de maravillosas pruebas
de fuerza. En su juventud ganó una apuesta como nadador que supera la medida
ordinaria de lo posible. Diríase que la Naturaleza da a aquellos de quienes quiere
conseguir grandes cosas un temperamento enérgico, así como da una poderosa vitalidad
a los árboles encargados de simbolizar el duelo y el dolor. Esos hombres, de apariencia a
veces enfermiza, están forjados como atletas, son aptos para la orgía y para el trabajo,
prontos a los excesos y capaces de asombrosas sobriedades.
Hay algunos puntos relativos a Edgar A. Poe sobre los cuales existe un acuerdo
unánime, como, por ejemplo, su elevada distinción natural, su elocuencia y su belleza,
de la que, según dicen, se sentía un tanto vanidoso.
Sus maneras, mezcla singular de altivez y de dulzura exquisita, estaban llenas de
firmeza. Su fisonomía, sus andares, sus gestos, sus movimientos de cabeza, todo le
señalaba, máxime en sus días buenos, como un ser elegido. Toda su persona respiraba
una solemnidad penetrante. Estaba, en realidad, marcado por la Naturaleza, como esas
figuras de viandantes que atraen la mirada del observador y preocupan su memoria. El
propio pedante y agrio Griswold confiesa que, cuando fue a visitar a Poe y le encontró
pálido y enfermo aún por la muerte y la enfermedad de su mujer, se sintió conmovido
en alto grado no sólo por la perfección de sus modales, sino también por su fisonomía
aristocrática, por la atmósfera perfumada de su habitación, muy modestamente
amueblada. Griswold ignora que el poeta posee más que todos los otros hombres ese
maravilloso privilegio, atribuido a la mujer parisiense y a la española, de saber
adornarse con nada, y que Poe, enamorado de lo Bello en todas las cosas, hubiese
encontrado el arte de transformar una choza en un palacio de nueva clase. ¿No ha
escrito, con el talento más original y curioso, proyectos de mobiliarios, planos de casas
de campo, de jardines y de reformas de paisajes?
Existe una carta encantadora de la señora Frances Osgood, que fue una de las
amigas de Poe, y que nos da sobre sus costumbres, sobre su persona y sobre su vida
doméstica los más curiosos detalles. Esta dama, que era también un escritora
distinguida, niega valientemente todos los vicios y todas las faltas achacados al poeta.
«Con los hombres —dice a Griswold—, quizá fuese como usted le describe, y como
hombre puede usted tener razón. Pero yo afirmo el hecho de que con las mujeres era
muy distinto, y de que nunca ha habido mujer alguna que haya conocido a Mr. Poe que
no haya experimentado hacia él un profundo interés. Siempre se me apareció como un
modelo de elegancia, de distinción y de generosidad…
«La primera vez que nos vimos fue en Astor House. Willis me había dado en casa El
cuervo, sobre el cual el autor, me dijo, deseaba conocer mi opinión. La música misteriosa
y sobrenatural de ese poema extraño me penetró tan íntimamente, que, cuando supe
que Poe deseaba serme presentado, experimenté un sentimiento singular que se
asemejaba al espanto. Apareció él con su bella y orgullosa cabeza, sus ojos sombríos que
lanzaban una luz elegida, una luz de sentimiento y de pensamiento; con sus maneras
que eran una mezcla intraducible de altivez y de suavidad. Me saludó, tranquilo, serio,
casi frío; pero bajo aquella frialdad vibraba una simpatía tan marcada, que no pude por
menos de sentirme impresionada a fondo. A partir de aquel momento, hasta su muerte,
fuimos amigos…, y sé que en sus últimas palabras tuve mi parte de recuerdo, y que él
me dio, antes que su razón fuese derrocada de su trono de soberana, una prueba
suprema de su fiel amistad.
«Era, sobre todo en su interior, a la vez sencillo y poético, donde el carácter de Edgar
A. Poe se mostraba para mí bajo su mejor aspecto. Bromista, afectuoso, ingenioso; tan
pronto dócil como indómito, lo mismo que un niño mimado, tenía siempre para su
joven, dulce y adorada mujer, y para todos los que acudían, aun en medio de sus más
fatigosas labores literarias, una palabra amable, una sonrisa benévola, atenciones
graciosas y corteses. Se pasaba horas interminables ante su mesa, bajo el retrato de su
Leonora, la amada y la muerta, siempre asiduo, siempre resignado y fijando con su
admirable letra las brillantes fantasías que cruzaban su asombroso cerebro, sin cesar en
alerta. Recuerdo haberle visto una mañana más alegre y jovial que de costumbre.
Virginia, su dulce mujer, me había rogado que fuese a verlos, y me era imposible resistir
sus ruegos… Le encontré trabajando en la serie de artículos que ha publicado bajo el
título The Literature of New York. "Vea usted —me dijo, desplegando con una risa
triunfal varios pequeños rollos de papel (escribía sobre tiras estrechas, sin duda para
adaptar su copia a la justificación de los diarios)—; voy a mostrarle por la diferencia de
tamaños los diversos grados de estimación que tengo por cada miembro de su especie
literaria. En cada uno de estos papeles, uno de ustedes es vapuleado y discutido
particularmente. ¡Ven aquí, Virginia, y ayúdame!" Y los desplegaron todos, uno por uno.
Al final había uno que parecía interminable. Virginia, riendo, retrocedía hasta un
extremo de la habitación, cogiéndolo por una punta, y su marido hacia otro rincón, con
la otra punta. "¿Y quién es el afortunado —dije— que ha juzgado usted digno de esa
inconmensurable ternura?" "¿Ustedes la oyen? ¡Como si su vanidoso corazoncito no le
hubiese ya dicho que es ella!"
«Cuando me vi obligada a viajar por motivos de salud, sostuve una correspondencia
regular con Poe, obedeciendo en esto a las vivas instancias de su mujer, quien creía que
podía yo tener sobre él una influencia y un ascendiente saludables… En cuanto al amor
y a la confianza que existían entre su mujer y él, y que eran para mí un espectáculo
delicioso, no podría hablar de ellos con la convicción y el calor suficientes. No menciono
algunos pequeños episodios poéticos a los cuales le impulsó su temperamento
novelesco. Creo que era la única mujer a quien él amó de verdad…»
En las novelas cortas de Poe no hay nunca amor. Al menos, Ligeia, Eleonora, no son,
hablando con propiedad, historias de amor, ya que la idea principal sobre la que gira la
obra es otra por completo. Acaso él creía que la prosa no es lengua a la altura de ese
singular y casi intraducible sentimiento; porque sus poesías, en cambio, están
fuertemente saturadas de él. La divina pasión aparece en ellas, magnífica, estrellada,
velada siempre por una irremediable melancolía. En sus artículos habla a veces del amor
como de una cosa cuyo nombre hace temblar la pluma. En The Domain of Arnhaim
afirmará que las cuatro condiciones elementales de la felicidad son: la vida al aire libre,
el amor de una mujer, el desapego de toda ambición y la creación de una nueva Belleza.
Lo que corrobora la idea de la señora Frances Osgood referente al aspecto caballeresco
de Poe por las mujeres es que, pese a su prodigioso talento para lo grotesco y lo horrible,
no haya en toda su obra un solo pasaje que se refiera a la lujuria, ni siquiera a los goces
sensuales. Sus retratos de mujeres están, por decirlo así, aureolados; brillan en el seno de
un vapor sobrenatural y están pintados con la manera enfática de un adorador. En
cuanto a los pequeños episodios novelescos, ¿puede a uno extrañarle que un ser tan
nervioso, cuya sed por lo Bello era quizá su rasgo principal, haya cultivado a veces, con
un ardor apasionado, la galantería, esa flor volcánica, almizclada, para quien el cerebro
vehemente de los poetas es un terreno predilecto?
De su singular belleza personal, a la que se refieren varios biógrafos, el espíritu
puede, creo yo, hacerse una idea aproximada recurriendo a todas las nociones vagas,
características, contenidas en la palabra romántica, palabra que sirve generalmente para
representar los géneros de belleza que consisten sobre todo en la expresión. Poe tenía
una frente amplia, dominadora, en la que ciertas protuberancias revelaban las facultades
desbordantes que están encargadas de representar —construcción, comparación,
causalidad— y donde predominaban en un orgullo tranquilo el sentido de la idealidad,
el sentido estético por excelencia. Sin embargo, pese a esos dones, o aun a causa de esos
privilegios exorbitantes, aquella cabeza, vista de perfil, no presentaba tal vez un aspecto
agradable. Como en todas las cosas excesivas por un sentido, un déficit podía originarse
de la abundancia, una pobreza de la usurpación. Tenía unos ojos grandes, sombríos y
luminosos a la vez, de un color incierto y tenebroso, tendiendo al violeta; la nariz, noble
y sólida; la boca, fina y triste, aunque levemente sonriente; el cutis, moreno claro; el
rostro, de ordinario, pálido; la fisonomía, un poco distraída e imperceptiblemente
velada por una melancolía habitual.
Su conversación era de las más notables y con un fondo sustancioso. No era eso que
se llama un charlista presuntuoso —cosa horrible—, y, además, su palabra, como su
pluma, tenía horror a lo convencional; pero una amplia cultura, un rico vocabulario,
profundos estudios, impresiones recogidas en varios países, hacían de su palabra una
enseñanza. Su elocuencia, esencialmente poética, llena de método y moviéndose,
empero, fuera de todo método conocido, arsenal de imágenes sacadas de un mundo
poco frecuentado por la mayoría de los espíritus; un arte prodigioso para deducir de
una proposición evidente y en absoluto aceptable nociones secretas y nuevas, para abrir
sorprendentes perspectivas; en una palabra, el don de extasiar, de hacer pensar, de hacer
soñar, de arrancar las almas del fango de la rutina: tales cosas eran sus deslumbradoras
facultades, de las que muchas personas han conservado recuerdo. Pero sucedía a veces
—eso cuentan, al menos— que el poeta, complaciéndose en un capricho destructor,
arrastraba de nuevo con brusquedad a sus amigos a la tierra por obra de un cinismo
desconsolador y derrocaba, brutal, su obra, henchida de espiritualidad. Hay, por lo
demás, que señalar una cosa: que era muy poco exigente en la elección de sus oyentes, y
creo que el lector encontrará sin dificultad en la Historia otras inteligencias grandes y
originales para quienes toda compañía era buena. Ciertos espíritus, solitarios en medio
de la multitud, y que se nutren en el monólogo, prescinden de la delicadeza en materia
de público. Es, en suma, una especie de fraternidad basada en el desprecio.
De esa embriaguez —celebrada y reprochada con una insistencia que podría hacer
creer que todos los escritores de los Estados Unidos, excepto Poe, son ángeles de
sobriedad— hay que hablar, no obstante. Existen varias versiones plausibles, y ninguna
excluye las otras. Ante todo, estoy obligado a hacer observar que Willis y la señora
Osgood afirman que una cantidad muy pequeña de vino o de licor bastaba para
perturbar por completo su organismo. Es, por cierto, fácil de suponer que un hombre
tan verdaderamente solitario, tan profundamente desdichado, y que pudo considerar
con frecuencia todo el sistema social como una paradoja y una impostura; un hombre
que, acosado por un destino inexorable, repetía a menudo que la sociedad no implica
más que un tropel de miserables (Griswold refiere esto tan escandalizado como un
hombre que puede pensar lo mismo, pero que no lo dirá nunca); es natural, digo,
suponer que ese poeta, muy infantil en los azares de la vida libre, con el cerebro cercado
por un trabajo áspero y continuo, haya buscado algunas veces una voluptuosidad de
olvido en las botellas. Rencores literarios, vértigos del infinito, dolores hogareños,
insultos de la miseria.
Poe huía de todo ello en la negrura, como de una tumba preparatoria, de la
borrachera. Pero, por buena que parezca semejante explicación, no la encuentro lo
bastante amplia, y desconfío de ella a causa de su deplorable simplicidad.
He sabido que él no bebía como un ansioso, sino como un bárbaro, con una
actividad y una economía de tiempo totalmente americanas, como si realizase una
función homicida, como si tuviese algo en él que matar, a worm that would not die. Se
cuenta, además, que un día, en el momento de volver a casarse (habían corrido las
amonestaciones, y cuando le felicitaban por aquel enlace que le aportaba las más
elevadas condiciones de felicidad y de bienestar, habría él dicho: «Es posible que hayan
corrido las amonestaciones; pero fíjense bien en esto: ¡no me casaré!»), fue con una
borrachera atroz a escandalizar en la vecindad de la que debía ser su mujer, recurriendo
así a su vicio para librarse de un perjurio hacia la pobre muerta, cuya imagen vivía
siempre en él y a quien había cantado a maravilla en su Annabel Lee. Considero, pues,
en un gran número de casos el hecho infinitamente precioso de premeditación como es
sabido y comprobado.
Leo, por otra parte, en un largo artículo de Southern Literary Messenger —esa
misma revista cuya fortuna había él iniciado— que jamás la pureza y la perfección de su
estilo, jamás la claridad de su pensamiento y su ardor en el trabajo fueron alterados por
esa terrible costumbre; que la confección de la mayoría de sus excelentes trozos precedió
o siguió a alguna de sus crisis; que después de la publicación de Eureka se entregó
lamentablemente a su inclinación, y que en Nueva York, la mañana misma en que
aparecía El cuervo, cuando el nombre del poeta estaba en todas las bocas, él cruzaba
Broadway tambaleándose de un modo bochornoso. Observen ustedes que las palabras
precedido o seguido implican que la embriaguez podía servir de excitante lo mismo que
de descanso.
Ahora bien: es indudable que —parecidas a esas impresiones fugaces y chocantes,
tanto más chocantes en sus reapariciones cuanto más fugaces son, que siguen a veces a
un síntoma exterior, especie de advertencia como el sonido de una campana, una nota
musical o un perfume olvidado, las cuales son también seguidas de un suceso análogo a
otro suceso ya conocido y que ocupaba el mismo lugar en una cadena anteriormente
revelada; semejantes a esos singulares sueños periódicos que se repiten cuando
dormimos— existen en la borrachera no sólo encadenamientos de sueños, sino una serie
de razonamientos que necesitan, para reproducirse, del medio que les ha dado origen. Si
el lector me ha atendido sin repugnancia habrá adivinado ya mi conclusión: creo que en
muchos casos —no en todos, ciertamente— la embriaguez de Poe era un medio
mnemotécnico, un método de trabajo, método enérgico y mortal, pero apropiado a su
naturaleza apasionada. El poeta había aprendido a beber, como un escritor escrupuloso
se ejercita llenando cuadernos de notas. No podía resistir el deseo de hallar de nuevo las
visiones maravillosas o aterradoras, las concepciones sutiles que había encontrado en
una tempestad precedente: eran viejas amistades que le atraían, imperativas, y para
reanudar su relación con ellas tomaba el camino más peligroso, pero el más directo. Una
parte de lo que hoy produce nuestro goce es lo que le mató.
IV
De las obras de ese singular genio poco tengo que decir; el público mostrará lo que
de ellas piensa. Me sería difícil quizá, pero no imposible, esclarecer su método, explicar
su procedimiento, sobre todo en la parte de sus obras cuyo principal efecto reside en un
análisis bien manejado. Podría yo introducir al lector en los misterios de su fabricación,
extenderme largamente sobre esa porción de genio americano que le hace regocijarse de
una dificultad vencida, de un enigma explicado, de un tour de force realizado; que le
impulsa a divertirse con una voluptuosidad infantil y casi perversa en el mundo de las
probabilidades y de las conjeturas, y a crear mentiras a las cuales su arte sutil presta una
vida verdadera. Nadie negará que Poe es un prestidigitador maravilloso, y sé que
otorgaba sobre todo su estimación a otra parte de sus obras. Tengo que hacer algunas
observaciones más importantes, muy breves, en suma.
No es por sus milagros materiales, que le han dado, empero, su fama, por lo que él
conquistará la admiración de las gentes que piensan, sino por su amor a lo Bello, por su
conocimiento de las condiciones armónicas de la belleza, por su poesía profunda y
gimiente, siquiera trabajada, transparente y correcta como una joya de cristal; por su
admirable estilo, puro y singular —apretado como las mallas de una cota—,
complaciente y minucioso —y cuya más ligera intención sirve para llevar suavemente al
lector hacia un fin deseado—, y, en fin, sobre todo, por ese genio especialísimo, por ese
temperamento único que le ha permitido pintar y explicar de una manera impecable,
sorprendente, terrible, la excepción en el orden moral. Diderot, para escoger un ejemplo
entre cientos, es un autor sanguíneo. Poe es el escritor de los nervios, e incluso de algo
más, y el mejor que yo conozco.
En él, toda entrada en materia es atrayente sin violencia, como un torbellino. Su
solemnidad sorprende y mantiene el espíritu alerta. Percibe uno en seguida que se trata
de algo serio. Y lentamente, poco a poco, se desenvuelve una historia cuyo interés todo
se basa sobre una imperceptible desviación del intelecto, sobre una hipótesis audaz,
sobre una dosificación imprudente de la Naturaleza en la amalgama de las facultades. El
lector, apresado por el vértigo, se ve obligado a seguir al autor en sus atractivas
deducciones.
Ningún hombre, lo repito, ha contado con mayor magia las excepciones de la vida
humana y de la Naturaleza, los ardores de curiosidad de la convalecencia, los finales de
estación cargados de esplendores enervantes, los tiempos cálidos, húmedos y brumosos,
en que el viento del Sur ablanda y afloja los nervios como las cuerdas de un
instrumento, en que los ojos se llenan de lágrimas que no provienen del corazón; la
alucinación dejando lo primero sitio a la duda, y muy pronto convencida y razonadora
como un libro; lo absurdo instalándose en la inteligencia y rigiéndola como una lógica
espantosa, la histeria usurpando el sitio de la voluntad, la contradicción asentada entre
los nervios y el espíritu, y el hombre desacorde hasta el punto de expresar el dolor con
la risa. Él analiza lo que hay de más fugaz, sopesa lo imponderable y describe en una
forma minuciosa y científica, cuyos efectos son terribles, toda esa parte imaginaria que
flota en torno al hombre nervioso y le hace acabar mal.
El ardor mismo con que se arroja a lo grotesco por amor a lo grotesco, a lo horrible
por amor a lo horrible, me sirve para comprobar la sinceridad de su obra y la unión del
hombre con el poeta. He observado ya que en varios hombres ese ardor era con
frecuencia el resultado de una amplia energía vital inocupada, a veces de una obstinada
castidad y también de una profunda sensibilidad contenida. La voluptuosidad
sobrenatural que el hombre puede experimentar viendo correr su propia sangre; los
movimientos repentinos, violentos, inútiles; los fuertes gritos lanzados al aire, sin que el
espíritu mande a la garganta, son fenómenos a situar en el mismo orden.
En el seno de esta literatura en que el aire está enrarecido, el espíritu puede
experimentar esa gran angustia, ese miedo pronto a las lágrimas y ese malestar del
corazón que residen en los lugares inmensos y singulares. Pero la admiración es más
fuerte, ¡y, además, el arte es tan grande! Los fondos y los accesorios son en ella
apropiados al sentimiento de los personajes. Soledad de la Naturaleza o agitación de las
ciudades, todo está descrito en ella nerviosa y fantásticamente. Como a nuestro Eugene
Delacroix, que ha elevado su arte a la altura de la poesía grande, a Edgar A. Poe le
complace agitar sus figuras sobre fondos violáceos y verdosos en que se revelan la
fosforescencia de la podredumbre y el olor de la tormenta. La naturaleza que llaman
inanimada participa de la naturaleza de los seres vivos, y, como ellos, se estremece con
un temblor sobrenatural y galvánico. El espacio se ahonda por el opio; el opio da en él
un sentido mágico a todos los tonos, y hace vibrar todos los ruidos con una sonoridad
más significativa. A veces, lejanías magníficas, henchidas de luz y de color, se
abren de repente en sus paisajes, y se ve aparecer en el fondo de sus horizontes ciudades
orientales y arquitecturas vaporizadas por la distancia, donde el sol lanza lluvias de oro.
Los personajes de Poe, o más bien el personaje de Poe —el hombre de facultades
sobreagudizadas, el hombre de nervios relajados, el hombre cuya voluntad ardorosa y
paciente lanza un reto a las dificultades, aquel cuya mirada se clava con la rigidez de
una espada sobre objetos que se agrandan a medida que él los mira— es Poe mismo. Y
sus mujeres, todas dolientes y luminosas, muriendo de males extraños y hablando con
una voz que parece música, son él también, o, cuando menos, por sus raras aspiraciones,
por su saber, por su melancolía incurable, participan mucho de la naturaleza de su
creador. En cuanto a su mujer ideal, a su Titánida, se revela bajo diferentes retratos,
esparcidos en sus poesías demasiado escasas, retratos, o, mejor, modos de sentir la
belleza, que el temperamento del autor aproxima y confunde en una unidad vaga, pero
sensible, en la que vive más delicadamente acaso que en otra parte ese amor insaciable
de lo Bello, que es su gran título; es decir, el resumen de los títulos que él posee al efecto
y al respeto de los poetas.
Si tengo nueva ocasión, como espero, de hablar de este lírico, haré el análisis de sus
opiniones filosóficas y literarias, así como, en general, de las obras cuya traducción
completa tendría pocas probabilidades de éxito entre un público que prefiere con mucho
la diversión y la emoción a la más importante verdad filosófica.
C
HARLES BAUDELAIRE
Método de composición
1
Philosophy of composition, 1846
En una nota que en estos momentos tengo a la vista, Charles Dickens dice lo
siguiente, refiriéndose a un análisis que efectué del mecanismo de
Barnaby Rudge:
"¿Saben, dicho sea de paso, que Godwin escribió su
Caleb Williams al revés? Comenzó
enmarañando la materia del segundo libro y luego, para componer el primero, pensó en
los medios de justificar todo lo que había hecho".
Se me hace difícil creer que fuera ése precisamente el modo de composición de
Godwin; por otra parte, lo que él mismo confiesa no está de acuerdo en manera alguna
con la idea de Dickens. Pero el autor de
Caleb Williams era un autor demasiado
entendido para no percatarse de las ventajas que se pueden lograr con algún
procedimiento semejante.
Si algo hay evidente es que un plan cualquiera que sea digno de este nombre ha de
haber sido trazado con vistas al desenlace antes que la pluma ataque el papel. Sólo si se
tiene continuamente presente la idea del desenlace podemos conferir a un plan su
indispensable apariencia de lógica y de causalidad, procurando que todas las
incidencias y en especial el tono general tienda a desarrollar la intención establecida.
Creo que existe un radical error en el método que se emplea por lo general para
construir un cuento. Algunas veces, la historia nos proporciona una tesis; otras veces, el
escritor se inspira en un caso contemporáneo o bien, en el mejor de los casos, se las
arregla para combinar los hechos sorprendentes que han de tratar simplemente la base
de su narración, proponiéndose introducir las descripciones, el diálogo o bien su
comentario personal donde quiera que un resquicio en el tejido de la acción brinde la
ocasión de hacerlo.
A mi modo de ver, la primera de todas las consideraciones debe ser la de un efecto
que se pretende causar. Teniendo siempre a la vista la originalidad (porque se traiciona
a sí mismo quien se atreve a prescindir de un medio de interés tan evidente), yo me
digo, ante todo: entre los innumerables efectos o impresiones que es capaz de recibir el
corazón, la inteligencia o, hablando en términos más generales, el alma, ¿cuál será el
único que yo deba elegir en el caso presente?
1
Esta es una de las aportaciones críticas más difundidas del escritor bostoniano y, aunque no forma
parte de su obra narrativa, sirva como introducción y posible aclaración sobre su actitud a la hora de
abordar la elaboraración de sus relatos, muy distante de la extendida y maniquea (hay críticos que se
regodean en escarbar las penurias y calamidades sufridas por aquellos escritores que catalogan de
“malditos”) que defiende una creatividad debida a impulsos de inspiración (cuando no a delirios
precursores de la escritura automática auspiciados por el exceso de alcohol o láudano) y más cecana a
aquella que defiende que el genio es un porcentaje nimio de inspiración y el resto… de transpiración.
Habiendo ya elegido un tema novelesco y, a continuación, un vigoroso efecto que
producir, indago si vale más evidenciarlo mediante los incidentes o bien el tono o bien
por los incidentes vulgares y un tono particular o bien por una singularidad equivalente
de tono y de incidentes; luego, busco a mi alrededor, o acaso mejor en mí mismo, las
combinaciones de acontecimientos o de tomos que pueden ser más adecuados para
crear el efecto en cuestión.
He pensado a menudo cuán interesante sería un artículo escrito por un autor que
quisiera y que pudiera describir, paso a paso, la marcha progresiva seguida en
cualquiera de sus obras hasta llegar al término definitivo de su realización.
Me sería imposible explicar por qué no se ha ofrecido nunca al público un trabajo
semejante; pero quizá la vanidad de los autores haya sido la causa más poderosa que
justifique esa laguna literaria. Muchos escritores, especialmente los poetas, prefieren
dejar creer a la gente que escriben gracias a una especie de sutil frenesí o de intuición
extática; experimentarían verdaderos escalofríos si tuvieran que permitir al público
echar una ojeada tras el telón, para contemplar los trabajosos y vacilantes embriones de
pensamientos. La verdadera decisión se adopta en el último momento, ¡a tanta idea
entrevista!, a veces sólo como en un relámpago y que durante tanto tiempo se resiste a
mostrarse a plena luz, el pensamiento plenamente maduro pero desechado por ser de
índole inabordable, la elección prudente y los arrepentimientos, las dolorosas
raspaduras y las interpolación. Es, en suma, los rodamientos y las cadenas, los artificios
para los cambios de decoración, las escaleras y los escotillones, las plumas de gallo, el
colorete, los lunares y todos los aceites que en el noventa y nueve por ciento de los casos
son lo peculiar del histrión literario.
Por lo demás, no se me escapa que no es frecuente el caso en que un autor se halle en
buena disposición para reemprender el camino por donde llegó a su desenlace.
Generalmente, las ideas surgieron mezcladas; luego fueron seguidas y finalmente
olvidadas de la misma manera.
En cuanto a mí, no comparto la repugnancia de que acabo de hablar, ni encuentro la
menor dificultad en recordar la marcha progresiva de todas mis composiciones. Puesto
que el interés de este análisis o reconstrucción, que se ha considerado como un
desiderátum en literatura, es enteramente independiente de cualquier supuesto ideal en
lo analizado, no se me podrá censurar que salte a las conveniencias si revelo aquí el
modus operandi
con que logré construir una de mis obras. Escojo para ello El cuervo
debido a que es la más conocida de todas. Consiste mi propósito en demostrar que
ningún punto de la composición puede atribuirse a la intuición ni al azar; y que aquélla
avanzó hacia su terminación, paso a paso, con la misma exactitud y la lógica rigurosa
propias de un problema matemático.
Puesto que no responde directamente a la cuestión poética, prescindamos de la
circunstancia, si lo prefieren, la necesidad, de que nació la intención de escribir un
poema tal que satisficiera al propio tiempo el gusto popular y el gusto crítico.
Mi análisis comienza, por tanto, a partir de esa intención.
La consideración primordial fue ésta: la dimensión. Si una obra literaria es
demasiado extensa para ser leída en una sola sesión, debemos resignarnos a quedar
privados del efecto, soberanamente decisivo, de la unidad de impresión; porque cuando
son necesarias dos sesiones se interponen entre ellas los asuntos del mundo, y todo lo
que denominamos el conjunto o la totalidad queda destruido automáticamente. Pero,
habida cuenta de que
coeteris paribus, ningún poeta puede renunciar a todo lo que
contribuye a servir su propósito, queda examinar si acaso hallaremos en la extensión
alguna ventaja, cual fuere, que compense la pérdida de unidad aludida. Por el
momento, respondo negativamente. Lo que solemos considerar un poema extenso en
realidad no es más que una sucesión de poemas cortos, es decir, de efectos poéticos
breves. Es inútil sostener que un poema no es tal sino en cuanto eleva el alma y te
reporta una excitación intensa: por una necesidad psíquica, todas las excitaciones
intensas son de corta duración. Por eso, al menos la mitad del "Paraíso perdido" no es
más que pura prosa: hay en él una serie de excitaciones poéticas salpicadas
inevitablemente de depresiones. En conjunto, la obra toda, a causa de su extensión
excesiva, carece de aquel elemento artístico tan decisivamente importante: totalidad o
unidad de efecto.
En lo que se refiere a las dimensiones hay, evidentemente, un límite positivo para
todas las obras literarias: el límite de una sola sesión. Ciertamente, en ciertos géneros de
prosa, como
Robinson Crusoe, no se exige la unidad, por lo que aquel límite puede ser
traspasado: sin embargo, nunca será conveniente traspasarlo en un poema. En el mismo
límite, la extensión de un poema debe hallarse en relación matemática con el mérito del
mismo, esto es, con la elevación o la excitación que comporta; dicho de otro modo, con
la cantidad de auténtico efecto poético con que pueda impresionar las almas. Esta regla
sólo tiene una condición restrictiva, a saber: que una relativa duración es absolutamente
indispensable para causar un efecto, cualquiera que fuere.
Teniendo muy presentes en mí ánimo estas consideraciones, así como aquel grado
de excitación que nos situaba por encima del gusto popular y por debajo del gusto
crítico, concebí ante todo una idea sobre la extensión idónea para el poema proyectado:
unos cien versos aproximadamente. En realidad cuenta exactamente ciento ocho.
Mi pensamiento se fijó seguidamente en la elevación de una impresión o de un
efecto que causar. Aquí creo que conviene observar que, a través de este trabajo de
construcción, tuve siempre presente la voluntad de lograr una obra universalmente
apreciable.
Me alejaría demasiado de mi objeto inmediato presente si me entretuviese en
demostrar un punto en que he insistido muchas veces: que lo bello es el único ámbito
legítimo de la poesía. Con todo, diré unas palabras para presentar mi verdadero
pensamiento, que algunos amigos míos se han apresurado demasiado a disimular. El
placer a la vez más intenso, más elevado y más puro no se encuentra —según creo—
más que en la contemplación de lo bello. Cuando los hombres hablan de belleza no
entienden precisamente una cualidad, como se supone, sino una impresión: en suma,
tienen presente la violenta y pura elevación del alma —no del intelecto ni del corazón—
que ya he descrito y que resulta de la contemplación de lo bello. Ahora bien, yo
considero la belleza como el ámbito de la poesía, porque es una regla evidente del arte
que los efectos deben brotar necesariamente de causas directas, que los objetos deben ser
alcanzados con los medios más apropiados para ello —ya que ningún hombre ha sido
aún bastante necio para negar que la elevación singular de que estoy tratando se halle
más fácilmente al alcance de la poesía. En cambio, el objeto verdad, o satisfacción del
intelecto, y el objeto pasión, o excitación del corazón, son mucho más fáciles de alcanzar
por medio de la prosa aunque, en cierta medida, queden también al alcance de la poesía.
En resumen, la verdad requiere una precisión, y la pasión una familiaridad (los
hombres verdaderamente apasionados me comprenderán) radicalmente contrarias a
aquella belleza, que no es sino la excitación —debo repetirlo— o el embriagador
arrobamiento del alma.
De todo lo dicho hasta el presente no puede en modo alguno deducirse que la
pasión ni la verdad no puedan ser introducidas en un poema, incluso con beneficio para
éste; ya que pueden servir para aclarar o para potenciar el efecto global, como las
disonancias por contraste. Pero el auténtico artista se esforzará siempre en reducirlas a
un papel propicio al objeto principal que se pretenda, y además en rodearlas, tanto
como pueda, de la nube de belleza que es atmósfera y esencia de la poesía. En
consecuencia, considerando lo bello como mi terreno propio, me pregunté entonces:
¿cuál es el tono para su manifestación más alta? Éste había de ser el tema de mi
siguiente meditación. Ahora bien, toda la experiencia humana coincide en que ese tono
es el de la tristeza. Cualquiera que sea su parentesco, la belleza, en su desarrollo
supremo, induce a las lágrimas, inevitablemente, a las almas sensibles. Así, pues, la
melancolía es el más idóneo de los tonos poéticos.
Una vez determinados así la dimensión, el terreno y el tono de mi trabajo, me
dediqué a la busca de alguna curiosidad artística e incitante, que pudiera actuar como
clave en la construcción del poema: de algún eje sobre el que toda la máquina hubiera
de girar; empleando para ello el sistema de la introducción ordinaria. Reflexionando
detenidamente sobre todos los efectos de arte conocidos o, más propiamente, sobre todo
los medios de efecto —entendiendo este término en su sentido escénico—, no podía
escapárseme que ninguno había sido empleado con tanta frecuencia como el estribillo.
La universalidad de éste bastaba para convencerme acerca de su intrínseco valor,
evitándome la necesidad de someterlo a un análisis. En cualquier caso, yo no lo
consideraba sino en cuanto susceptible de perfeccionamiento; y pronto advertí que se
encontraba aún en un estado primitivo. Tal como habitualmente se emplea, el estribillo
no sólo queda limitado a las composiciones líricas, sino que la fuerza de la impresión
que debe causar depende del vigor de la monotonía en el sonido y en la idea. Solamente
se logra el placer mediante la sensación de identidad o de repetición. Entonces yo
resolví variar el efecto, con el fin de acrecentarlo, permaneciendo en general fiel a la
monotonía del sonido, pero alterando continuamente el de la idea: es decir, me propuse
causar una serie continua de efectos nuevos con una serie de variadas aplicaciones del
estribillo, dejando que éste fuese casi siempre parecido.
Habiendo ya fijado estos puntos, me preocupé por la naturaleza de mi estribillo:
puesto que su aplicación tenía que ser variada con frecuencia, era evidente que el
estribillo en cuestión había de ser breve, pues hubiera sido una dificultad insuperable
variar frecuentemente las aplicaciones de una frase un poco extensa. Por supuesto, la
facilidad de variación estaría proporcionada a la brevedad de una frase. Ello me condujo
seguidamente a adoptar como estribillo ideal una única palabra. Entonces me absorbió
la cuestión sobre el carácter de aquella palabra. Habiendo decidido que habría un
estribillo, la división del poema en estancias resultaba un corolario necesario, pues el
estribillo constituye la conclusión de cada estrofa. No admitía duda para mí que
semejante conclusión o término, para poseer fuerza, debía ser necesariamente sonora y
susceptible de un énfasis prolongado: aquellas consideraciones me condujeron
inevitablemente a la
o larga, que es la vocal más sonora, asociada a la r, porque ésta es la
consonante más vigorosa.
Ya tenía bien determinado el sonido del estribillo. A continuación era preciso elegir
una palabra que lo contuviese y, al propio tiempo, estuviese en el acuerdo más
armonioso posible con la melancolía que yo había adoptado como tono general del
poema. En una búsqueda semejante, hubiera sido imposible no dar con la palabra
nevermore
(nunca más). En realidad, fue la primera que se me ocurrió.
El siguiente fue éste: ¿cual será el pretexto útil para emplear continuamente la
palabra
nevermore? Al advertir la dificultad que se me planteaba para hallar una razón
válida de esa repetición continua, no dejé de observar que surgía tan sólo de que dicha
palabra, repetida tan cerca y monótonamente, había de ser proferida por un ser
humano: en resumen, la dificultad consistía en conciliar la monotonía aludida con el
ejercicio de la razón en la criatura llamada a repetir la palabra. Surgió entonces la
posibilidad de una criatura no razonable y, sin embargo, dotada de palabra: como
lógico, lo primero que pensé fue un loro; sin embargo, éste fue reemplazado al punto
por un cuervo, que también está dotado de palabra y además resulta infinitamente más
acorde con el tono deseado en el poema.
Así, pues, había llegado por fin a la concepción de un cuervo. ¡El cuervo, ave de mal
agüero!, repitiendo obstinadamente la palabra
nevermore al final de cada estancia en un
poema de tono melancólico y una extensión de unos cien versos aproximadamente.
Entonces, sin perder de vista el superlativo o la perfección en todos los puntos, me
pregunté: entre todos los temas melancólicos, ¿cuál lo es más, según lo entiende
universalmente la humanidad? Respuesta inevitable: ¡la muerte! Y, ¿cuándo ese asunto,
el más triste de todos, resulta ser también el más poético? Según lo ya explicado con
bastante amplitud, la respuesta puede colegirse fácilmente: cuando se alíe íntimamente
con la belleza. Luego la muerte de una mujer hermosa es, sin disputa de ninguna clase,
el tema más poético del mundo; y queda igualmente fuera de duda que la boca más apta
para desarrollar el tema es precisamente la del amante privado de su tesoro.
Tenía que combinar entonces aquellas dos ideas: un amante que llora a su amada
perdida. Y un cuervo que repite continuamente la palabra
nevermore. No sólo tenía que
combinarlas, sino además variar cada vez la aplicación de la palabra que se repetía: pero
el único medio posible para semejante combinación consistía en imaginar un cuervo que
aplicase la palabra para responder a las preguntas del amante. Entonces me percaté de
la facilidad que se me ofrecía para el efecto de que mi poema había de depender: es
decir, el efecto que debía producirse mediante la variedad en la aplicación del estribillo.
Comprendí que podía hacer formular la primera pregunta por el amante, a la que
respondería el cuervo:
nevermore; que de esta primera pregunta podía hacer una especie
de lugar común, de la segunda algo menos común, de la tercera algo menos común
todavía, y así sucesivamente, hasta que por último el amante, arrancado de su
indolencia por la índole melancólica de la palabra, su frecuente repetición y la fama
siniestra del pájaro, se encontrase presa de una agitación supersticiosa y lanzase
locamente preguntas del todo diversas, pero apasionadamente interesantes para su
corazón: unas preguntas donde se diesen a medias la superstición y la singular
desesperación que halla un placer en su propia tortura, no sólo por creer el amante en la
índole profética o diabólica del ave (que, según le demuestra la razón, no hace más que
repetir algo aprendido mecánicamente), sino por experimentar un placer inusitado al
formularlas de aquel modo, recibiendo en el
nevermore siempre esperado una herida
reincidente, tanto más deliciosa por insoportable.
Viendo semejante facilidad que se me ofrecía o, mejor dicho, que se me imponía en
el transcurso de mi trabajo, decidí primero la pregunta final, la pregunta definitiva, para
la que el
nevermore sería la última respuesta, a su vez: la más desesperada, llena de dolor
y de horror que concebirse pueda.
Aquí puedo afirmar que mi poema había encontrado su comienzo por el fin, como
debieran comenzar todas las obras de arte: entonces, precisamente en este punto de mis
meditaciones, tomé por vez primera la pluma, para componer la siguiente estancia:
¡Profeta! Aire, ¡ente de mal agüero! ¡Ave o demonio, pero profeta siempre!
Por ese cielo tendido sobre nuestras cabezas, por ese Dios que ambos adoramos,
di a esta alma cargada de dolor si en el Paraíso lejano
podrá besar a una joven santa que los ángeles llaman Leonor,
besar a una preciosa y radiante joven que los ángeles llaman Leonor".
El cuervo dijo: "¡Nunca más!."
Sólo entonces escribí esta estancia: primero, para fijar el grado supremo y poder de
este modo, más fácilmente, variar y graduar, según su gravedad y su importancia, las
preguntas anteriores del amante; y en segundo término, para decidir definitivamente el
ritmo, el metro, la extensión y la disposición general de la estrofa, así como graduar las
que debieran anteceder, de modo que ninguna aventajase a ésta en su efecto rítmico. Si,
en el trabajo de composición que debía subseguir, yo hubiera sido tan imprudente como
para escribir estancias más vigorosas, me hubiera dedicado a debilitarlas,
conscientemente y sin ninguna vacilación, de modo que no contrarrestasen el efecto de
crescendo.
Podría decir también aquí algo sobre la versificación. Mi primer objeto era, como
siempre, la originalidad. Una de las cosas que me resultan más inexplicables del mundo
es cómo ha sido descuidada la originalidad en la versificación. Aun reconociendo que en
el ritmo puro exista poca posibilidad de variación, es evidente que las variedades en
materia de metro y estancia son infinitas: sin embargo, durante siglos, ningún hombre
hizo nunca en versificación nada original, ni siquiera ha parecido desearlo.
Lo cierto es que la originalidad —exceptuando los espíritus de una fuerza insólita—
no es en manera alguna, como suponen muchos, cuestión de instinto o de intuición. Por
lo general, para encontrarla hay que buscarla trabajosamente; y aunque sea un positivo
mérito de la más alta categoría, el espíritu de invención no participa tanto como el de
negación para aportarnos los medios idóneos de alcanzarla.
Ni qué decir tiene que yo no pretendo haber sido original en el ritmo o en el metro
de
El cuervo. El primero es troqueo; el otro se compone de un verso octómetro
acataléctico, alternando con un heptámetro cataléctico que, al repetirse, se convierte en
estribillo en el quinto verso, y finaliza con un tetrámetro cataléctico. Para expresarme sin
pedantería, los pies empleados, que son troqueos, consisten en una sílaba larga seguida
de una breve; el primer verso de la estancia se compone de ocho pies de esa índole; el
segundo, de siete y medio; el tercero, de ocho; el cuarto, de siete y medio; el quinto,
también de siete y medio; el sexto, de tres y medio. Ahora bien, si se consideran
aisladamente cada uno de esos versos habían sido ya empleados, de manera que la
originalidad de
El cuervo consiste en haberlos combinado en la misma estancia: hasta el
presente no se había intentado nada que pudiera parecerse, ni siquiera de lejos, a
semejante combinación. El efecto de esa combinación original se potencia mediante
algunos otros efectos inusitados y absolutamente nuevos, obtenidos por una aplicación
más amplia de la rima y de la aliteración.
El punto siguiente que considerar era el modo de establecer la comunicación entre el
amante y el cuervo: el primer grado de la cuestión consistía, naturalmente, en el lugar.
Pudiera parecer que debiese brotar espontáneamente la idea de una selva o de una
llanura; pero siempre he estimado que para el efecto de un suceso aislado es
absolutamente necesario un espacio estrecho: le presta el vigor que un marco añade a la
pintura. Además, ofrece la ventaja moral indudable de concentrar la atención en un
pequeño ámbito; ni que decir tiene que esta ventaja no debe confundirse con la que se
obtenga de la mera unidad de lugar.
En consecuencia, decidí situar al amante en su habitación, en una habitación que
había santificado con los recuerdos de la que había vivido allí. La habitación se
describiría como ricamente amueblada: con objeto de satisfacer las ideas que ya expuse
acerca de la belleza, en cuanto única tesis verdadera de la poesía.
Habiendo determinado así el lugar, era preciso introducir entonces el ave: la idea de
que ésta penetrase por la ventana resultaba inevitable. Que al amante supusiera, en el
primer momento, que el aleteo del pájaro contra el postigo fuese una llamada a su
puerta era una idea brotada de mi deseo de aumentar la curiosidad del lector,
obligándole a aguardar; pero también del deseo de colocar el efecto incidental de la
puerta abierta de par en par por el amante, que no halla más que oscuridad, y que por
ello puede adoptar en parte la ilusión de que el espíritu de su amada ha venido a
llamar... Hice que la noche fuera tempestuosa, primero para explicar que el cuervo
buscase la hospitalidad; también para crear el contraste con la serenidad material
reinante en el interior de la habitación.
Así, también, hice posarse el ave sobre el busto de Palas para establecer el contraste
entre su plumaje y el mármol. Se comprende que la idea del busto ha sido suscitada
únicamente por el ave; que fuese precisamente un busto de Palas se debió en primer
lugar a la relación íntima con la erudición del amante y en segundo término a causa de
la propia sonoridad del nombre de Palas.
Hacia mediados del poema, exploté igualmente la fuerza del contraste con el objeto
de profundizar la que sería la impresión final. Por eso, conferí a la entrada del cuervo un
matiz fantástico, casi lindante con lo cómico, al menos hasta donde mi asunto lo
permitía. El cuervo penetra con un tumultuoso aleteo.
No hizo ni la menor reverencia, no se detuvo, no vaciló ni un minuto;
pero con el aire de un señor o de una dama, colgóse sobre la puerta de mi habitación.
En las dos estancias siguientes, el propósito se manifiesta aun más:
Entonces aquel pájaro de ébano, que por la gravedad de su postura y la severidad
de su fisonomía inducía a mi triste imaginación a sonreír:
"Aunque tu cabeza", le dije, "no lleve ni capote ni cimera,
ciertamente no eres un cobarde, lúgubre y antiguo cuervo partido de las riberas de la noche.
¡Dime cuál es tu nombre señorial en las riberas de la noche plutónica".
El cuervo dijo: "¡Nunca más!".
Me maravilló que aquel desgraciado volátil entendiera tan fácilmente la palabra,
si bien su respuesta no tuvo mucho sentido y no me sirvió de mucho;
porque hemos de convenir en que nunca más fue dado a un hombre vivo
el ver a un ave encima de la puerta de su habitación,
a un ave o una bestia sobre un busto esculpido encima de la puerta de su habitación,
llamarse un nombre tal como "¡Nunca más!".
Preparado así el efecto del desenlace, me apresuro a abandonar el tono fingido y
adoptar el serio, más profundo: este cambio de tono se inicia en el primer verso de la
estancia que sigue a la que acabo de citar:
Mas el cuervo, posado solitariamente en el busto plácido, no profirió..., etc.
A partir de este momento, el amante ya no bromea; ya no ve nada ficticio en el
comportamiento del ave. Habla de ella en los términos de una triste, desgraciada,
siniestra, enjuta y augural ave de los tiempos antiguos y siente los ojos ardientes que le
abrasan hasta el fondo del corazón. Esa transición de su pensamiento y esa imaginación
del amante tienen como finalidad predisponer al lector a otras análogas, conduciendo el
espíritu hacia una posición propicia para el desenlace, que sobrevendrá tan rápida y
directamente como sea posible. Con el desenlace propiamente dicho, expresado en el
jamás
del cuervo en respuesta a la última pregunta del amante —¿encontrará a su amada
en el otro mundo?—, puede considerarse concluido el poema en su fase más clara y
natural, la de simple narración. Hasta el presente, todo se ha mantenido en los límites de
lo explicable y lo real.
Un cuervo ha aprendido mecánicamente la única palabra
jamás; habiendo huido de
su propietario, la furia de la tempestad le obliga, a medianoche, a pedir refugio en una
ventana donde aún brilla una luz: la ventana de un estudiante que, divertido por el
incidente, le pregunta en broma su nombre, sin esperar respuesta. Pero el cuervo, al ser
interrogado, responde con su palabra habitual,
nunca más: palabra que inmediatamente
suscita un eco melancólico en el corazón del estudiante; y éste, expresando en voz alta
los pensamientos que aquella circunstancia le sugiere, se emociona ante la repetición del
jamás.
El estudiante se entrega a las suposiciones que el caso le inspira; mas el ardor del
corazón humano no tarda en inclinarle a martirizarse, así mismo y también por una
especie de superstición a formularle preguntas que la respuesta inevitable, el intolerable
"nunca más",
le proporcione la más horrible secuela de sufrimiento, en cuanto amante
solitario. La narración en lo que he designado como su primera fase o fase natural, halla
su conclusión precisamente en esa tendencia del corazón a la tortura, llevada hasta el
último extremo: hasta aquí, no se ha mostrado nada que pase los límites de la realidad.
Pero, en los temas manejados de esta manera, por mucha que sea la habilidad del
artista y mucho el lujo de incidentes con que se adornen, siempre quedan cierta rudeza
y cierta desnudez que dañan la mirada de la persona sensible. Dos elementos se exigen
eternamente: por una parte, cierta suma de complejidad, dicho con mayor propiedad, de
combinación; por otra cierta cantidad de espíritu sugestivo, algo así como una vena
subterránea de pensamiento, invisible e indefinido. Esta última cualidad es la que le
confiere a la obra de arte el aire opulento que a menudo cometemos la estupidez de
confundir con el ideal. Lo que transmuta en prosa —y prosa de la más baja estofa—, la
pretendida poesía de los que se denominan trascendentalistas, es justamente el exceso
en la expresión del sentido que sólo debe quedar insinuado, la manía de convertir la
corriente subterránea de una obra en la otra corriente, visible en la superficie.
Convencido de ello, añadí las dos estancias que concluyen el poema, porque su
calidad sugestiva había de penetrar en toda la narración antecedente. La corriente
subterránea del pensamiento se muestra por primera vez en estos versos:
Arranca tu pico de mi corazón y precipita tu espectro lejos de mi puerta.
El cuervo dijo: "Nunca más".
Quiero subrayar que la expresión "de mi corazón" encierra la primera expresión
poética. Estas palabras, con la correspondiente respuesta,
jamás, disponen el espíritu a
buscar un sentido moral en toda la narración que se ha desarrollado anteriormente.
Entonces el lector comienza a considerar el cuervo como un ser emblemático pero
sólo en el último verso de la última estancia puede ver con nitidez la intención de hacer
del cuervo el símbolo del recuerdo fúnebre y eterno.
Y el cuervo, inmutable, sigue instalado, siempre instalado
sobre el busto plácido de Palas, justo encima de la puerta de mi habitación;
y sus ojos parecen los ojos de un demonio que medita;
y la luz de la lámpara, que le chorrea encima, proyecta su sombra en el suelo;
y mi alma, fuera del círculo de aquella sombra que yace flotando en el suelo,
no podrá elevarse ya más, ¡nunca más!