Ya desde el título "Postales de Humo" nos remite el autor, Carlos Valle, a una distancia innominada y a
un incendio consumado. Pero la distancia desde la que nos hablan los
poemas es un alejamiento atravesado por el regreso, por la necesidad de ser comunicado, como si el movimiento del poema fuese una ida y vuelta continua, de hecho la idea del nómada va ade
nuevo, su experiencia convertida en arena del desierto, su proyecto
convertido en luz. Arrojado al mundo el hombre es un proyecto de regreso, el hombre es hombre en cuanto regresa , su vuelta de viaje lo funda como hombre, de la misma manera que el incendio es un proyecto de ceniza o la luz es un proyecto de oscuridad. En este proyecto se da el poema, la imagen poética de Carlos Valle capta como un relámpago el movimiento telúrico de los corazones en su camino a casa, un lugar sin geografía al que sólo nos guía la luz en rama de las tardes frías. Pero la casa del poeta es el mundo y el lugar al que regresar es uno mismo, uno hecho con todos y hecho con todo. El poema se hace con todos los materiales que están a la mano, con ramas, con cenizas, con agua y con arena, hasta convertir el tiempo en un nido, pero anidar en el tiempo no es otra cosa que sentirse suspendido en la luz, ser tú mismo la luz. El poeta anida en el tiempo y va cosiendo su nido con futuros imperfectos que lo llevan a lugares nunca vistos, muchos de los cuales se recogen en estas postales de humo como si fueran cartas topográficas de un mundo soñado que se hace realidad en el canto de un pájaro. Se divide el poemario en tres partes sin que esto suponga una estructura narrativa lineal o continua, como todo libro de poemas está marcado por la verticalidad de sus imágenes y es por eso que el libro lo podemos empezar a leer por donde queramos, todos los poemas se dirigen hacia un mismo lugar indescifrable situado siempre más allá del cielo y más aquí de la tierra. La primera parte lleva por título "Luz en Rama" y en ella se certifica la imagen de la luz, una luz arrancada de golpe por la oscuridad, Si de tan violento cielo ..., y que aún no tiene medida, La luz no es delicada/su oficio es sangriento... Y que por lo tanto desasosiega al poeta como si hubiera visto ya bastante dolor. El exceso de luz impide el pensamiento. Prefiere Carlos Valle el juego de la luz con la sombra, esas esquinas de la oscuridad donde dan a luz las cosas, esa pequeña cosecha de los días donde también reina el silencio. Pero la luz está ahí conformando las cosas, deformándolas, curvándolas, haciéndolas volar, el tiempo está lleno de luz hasta convertirse en pájaro, el tiempo se consume como una hoguera, como un reloj furioso lleno de huesos, y quedamos nosotros como tizones vivos para testimoniar la memoria quemada de los muertos. En esta treintena de poemas que conforman la primera parte destacamos la intensidad de sus imágenes en consonancia con la brevedad de sus versos. El mar es "ábaco de olas" en el que las gaviotas son buenas contables de cadáveres y los caminos del desierto "son-risas del camello". El juego del poeta con la naturaleza es continuo a los largo del poemario para dar lugar al nacimiento del concepto en la más pura línea de la tradición clásica española, véase Quevedo o Góngora. "Astillas de Tinta" es el título de la segunda parte. Como la astilla pertenece al árbol así la escritura pertenece a un tronco común, a una misma raíz desconocida que habla por nosotros. Se escribe con los trozos que nos quedan entre los dedos del corazón, en palabras de Carlos Valle. Como si el corazón o el mundo fuesen un inmenso bosque del que hubiera que astillar las ramas de sus árboles para poder nombrarlo. La astilla, o la palabra, se hacen cargo del mundo como rescoldo del tiempo. Son muchas las astillas que dan cuenta del viaje y del regreso en esta parte del poemario: La Kashba, El Thar, "Si no dije Asia en plena cita fue por la guerra", desierto, la otra orilla, Lisboa, Lavapiés, y el mar... El mar, con la boca abierta, como una boca, el mar de bruces. El mundo es un pez fuera del agua, un pez con la memoria intacta guardando los rebaños de los días felices. El viaje, y el poema, llevan escondidos en su seno el mapa de la infancia y la inmensa soledad de los árboles, de los hombres. Y las aldeas, como si fuesen gamelas, fondean en los mensajes recordados en estas postales de humo. Y Queiruga ... Un lugar al que volver, un lugar en el mapa y a la vez un lugar sin geografía. Un lugar mecido por la luz del desierto, por la luz de lo vivido. "Mece Queiruga amores imparables ... sin contar con nosotros". El corazón donde madura el sol se llama Queiruga, como una diosa que ordenara y diera sentido al viaje, un lugar a donde van a parar todos los recuerdos con maíz desnudo. Queiruga enjuaga las palabras tiznadas en su mar salvaje, palabras como lomos plateados de arroaces que vienen a desovar su memoria calcinada : "y un pespunte de arroaces deja lista la tarde para su confección definitiva" Pero como dice el poeta Carlos Valle: "Ha llegado la noche y es suya la tinta" Y suya la palabra Mientras, Queiruga espera. recorrer buena parte del poemario. Los rescoldos del incendio, la brasa o la ceniza es lo que el poeta nos trae GUILLERMO FERRANDEZ Valdoviño, 30/XII/08 "Y ¿para qué poetas en tiempos aciagos? CONVOY ATLANTICO-FERROL-TRISTEZA
Aquí el cielo escarba en la tierra un mar donde la luz se hincha hasta alcanzar los labios.
Aquí donde los trenes mueren la sal conserva todos los cadáveres de este sol que el mar devuelve al impávido asombro de una pintura sobre papel de arroz.
Mi corazón varado calla dejando en manos de los buques en sus largas vocales de mansas reses todos los cuentos que en mi hijita salvo la luna.
EL MAR ABACO DE OLAS
ASI, solo la ceniza tinta indeleble de la nada tiene tratos de tú a tú con la esperanza o con este árbol que la brisa del crepúsculo poda entre mis dedos.
BAJAMAR Buenos contables son las gaviotas contando cadáveres de olas
EN BENARES LAS VACAS hacen de las calles trenes perezosos
UN ACANTILADO Es una criatura expulsada
que se pasa los Siglos
aconsejando paraísos
a los pájaros sin sueño.
LISBOA, UN INVIERNO
un tajo en el cielo. Apresurados trazos ponen barcos de lápiz en la boca del mar. Es de día es por la tarde unos niños juegan entre los escombros limpísimos del frío
Siempre pasa un tranvía y siempre una muchacha cultiva en sus cristales melancolía
Lisboa es pareja del fuego o son las cenizas del mar? Pero por sus calles combadas cruzan gatos que se disuelven en las esquinas.
Alguien lava sus azulejos en esta lluvia tan celosa de la luz. Siempre hay un rincón donde la ropa canta y las manos que allí anidan. Todo el cielo para estas jarcias es lo que dicen estas fachadas, estas trastiendas del mar. Después, siempre nos queda volver rasantes a la lentitud del café ese, con las luces sumergidas en la pequeña taza de tus manos. |