LA SANGRE DE DIOS Yace entre cielo y tierra, suspendido con sus brazos abiertos, en intento, de ave que anhela el firmamento y el calor dulce de su nido. ¡Ay, ay, tiembla mi alma; siento miedo! y del madero obscuro me sostengo, miro a mis manos frías, sangre tengo deseo correr y huir, pero no puedo. Se agita mi espíritu y profundo, como un volcán dormido, cobra vida. Fenece todo en mí, yo muero al mundo Es la sangre de Dios, Gloriosa y Viva que ha limpiado de mí, todo lo inmundo, allí en la cruz morí, hoy tengo vida. |
