Me cansé del aire gris y de los muertos;
de las mismas palabras
obscuras y ácidas,
hechas abajo
un martillo,
golpeando estructuras,
derribando edificios;
Arriba: Nubes sin agua
para ningún sediento,
para ninguna tierra hambrienta
de humedad;
Para ningún jardín muriéndose,
para ningún huerto incendiándose...
Me cansé de mis manos
sin vida y vacías,
y constantemente
despidiéndome;
Alargándolas
para decir adiós sin regreso,
asiéndome con ellas
de la luz prohibida;
tomando en ellas
el universo prohibido...
Me cansé de mis ojos verdes
y de sus obscuridades:
Mirando siempre
el mismo mar;
El mismo puerto
deteniéndolo.
Contemplando
Siempre, siempre, siempre
nada más que náufragos
muertos y muriendo...
Aún de mis pies me cansé
y de caminar
los mismos caminos de América,
impregnados
por un aire infiel
De abajo.
Y por una lluvia de vino
y de entrañas de abajo,
todo de abajo...
Me cansé de no creer en nada
ni en nadie,
ni aún en mí mismo;
y me vestí, ya no de gris,
de color blanco,
de color rojo,
de color azul...
Yo no me vestí de otro color;
me vistió El,
el extraño,
el desconocido me vistió
de blanco,
de lino blanco,
de azul cielo y carmesí...
Me cansé de pertenecer a todos
y a nadie,
y ser de todo lugar
y de ninguna parte,
ahora soy del cielo
y no me canso
ser propiedad de Dios. |
