La gran aventura del pintor Miguel Marina Barredo por Juan Plazaola, El Diario Vasco, 31 de marzo, 1992
Fallecido hace dos años en California, Miguel Marina Barredo tuvo una vida dramática, paciente y aventurera, como par dar envidia a Zalcaín y a otros personajes imaginados por Pio Baroja. Años de guerra Había nacido en Bilbao en 1915, de padre y madre alavesas. En su juventud, come otros muchos bilbaínos, fue apasionado futbolista, cantó en el coro de su parroquia de Iralabarri, y le gustaba subir al Pagasarri y al Ganecogorta. Voluntario desde los primeros días de la guerra civil, luchó como capitán de infantería contra el ejército de Franco, viviendo hasta el final la caída del frente de Vizcaya. Desde Santander, en un barquito de matrícula bilbaína huyó a Asturias siendo allí testigo de la debacle final. Con otro amigo socialista vasco, asaltó un pequeño velero donde él y un equipo sanitario vasco (médicos y enfermeras) realizaron un arriesgado éxodo por mar desde el puerto de Tazones junto a Villaviciosa, hasta la costa francesa. Acogido como refugiado vasco en Capbreton, Marina ya sólo pensó en rehacer su vida en otro continente. Fue un domingo, el 6 de agosto de 1939, cerniéndose ya sobre Europa el fantasma de la guerra, cuando Marina se lanzó a la gran aventura del Atlántico. Tras un año en Venezuela y no sintiéndose cómodo, pues sabía que en las listas oficiales su nombre estaba tachado como peligroso izquierdista, se decidió a dar el salto en Miami. Con otro vasco y en el barquito de un marino bretón que había arribado a la costa venezolana desafió las aguas del Caribe. Un huracán les arrojó a la costa de la República Dominicana. Allí vivió más de tres años, con grandes penalidades. Finalmente, en un mercante yugoslavo que llevaba carga para Escocia se enroló como fogonero. Pero Escocia tampoco le gustó, y en una de las escalas en Nueva York, decidió abandonar el barco; y un día se encontró caminando por la calle 14 en busca de la Delegación Vasca. Sin saber inglés todavía, Marina sólo podía aspirar a un trabajo humilde, y su primer empleo en Estados Unidos fue como ayudante en la cocina de Lindy's, un famoso restaurante entonces en la avenida de Broadway. Años después declarará que aquel trabajo servil le enseñó mucho sobre la verdad de la vida y de los hombres. Por entonces conoce a quien pronto es su mujer: Madeline Cooper, nativa de Nueva York; y a los dos años tiene una hija. Descubre su vocación profesional y empieza a pintar. Estudia con el pintor Julio de Diego, y asiste como ayudante a Vela Zanetti en la composición y realización del gran mural: Lucha por la Paz en el edificio de las Naciones Unidas. Mientras su mujer gana un sueldo de secretaria, él tiene que cuidar de la hija y pintar en casa. La pintura da para poco; y el aventurero Marina siente de nuevo la tentación de desplazarse. Se le ofrece ahora la gerencia de una explotación de plátanos en Ecuador, y con su mujer e hija abandona Estados Unidos y marcha a Guayaquil donde pronto se dan cuenta de que han sido víctimas de un fraude. Su mujer y su hija pueden regresar inmediatamente a su patria americana; pero él, como extranjero, tiene que intentar una vía indirecta: por Guatemala y Mexico, burlando las guardas fronterizas. A nado y guiada por un indio, vadea un lago que separa Guatemala de Mexico. Intenta luego viajar de México a Tijuana para tomar el avión. Pero en Tijuana le detienen como indocumentado, y Marina da con sus huesos en la cárcel de la capital mejicana. Allí estuvo preso tres meses, y sólo salió por recomendaciones de amigos. Con su mujer e hija en Nueva York y él en Mexico, decide que la única solución es reunirse los tres en España. Reunidos en Florida logran finalmente desembarcar en Santander, y llegar a Bilbao. Pero la capital vizcaína de 1956 no era la Bilbao que Marina había conocido en 1936. La policía secreta no le deja en paz. Apelando al cónsul americano, intenta regresar a América. Durante largos meses todo son dificultades, pues el comité de actividades antiamericanas (McCarthy) impide la entrada a un antiguo luchador antifranquista. Sólo en junio 1958 logra Marina regresar a Estados Unidos con su mujer y su hija. La pintura: su ultima aventura
Marina inicia ahora una nueva etapa de su vida. Durante una temporada se dedica a la serigrafía en Los Angeles, consagrando las tardes y fines de semana a la pintura. Cuando a su mujer le ofrecen un empleo en Santa Bárbara de California el matrimonio consigue una cierta holgura; habitan una casa de campo, y el establo se convierte en estudio del pintor. Desde entonces Miguel Marina vive para su arte. Lo primero que llama la atención en la pintura de Marina es su personalismo. Marina creó su propio estilo. Sobre una temática reiterativa de recuerdos de la niñez, de paisajes vascos, de asuntos religiosos, los rasgos permanentes de su pintura van a ser los profundos contrastes cromáticos, una especie de "horror vacui" que le lleva a poblar de figuras todo el espacio, la obsesionante frontalidad de sus personajes, y un expresionismo en el dibujo que, por razones coyunturales, parece acentuarse en algunas ocasiones. De las obras de su primera época escribía un crítico americano (Richard Ames): "concebida con la estética del mosaico bizantino, de los tapices persas, o de las vidrieras medievales, su obra combina la riqueza de los colores primarios con las formas rigidas de las figuras agrupadas en pequeños espacios: una mezcla de lo primitivo y lo sofisticado, que produce pequeñas joyas brillantes y cálidas de color, pero intelectualmente frías y autónomas." Desde luego, el que conoce la miniatura medieval, especialmente los Beatos hispánicos, no puede menos de atribuirles una secreta paternidad sobre estos cuadritos de Marina, poblados de fantasmas de visionario, de una frontalidad impresionante, que llenan la superficie espacial. En una exposición abierta en la galería Esther Bear de Santa Bárbara de California (donde expuso más frecuentemente), en octubre de 1968, a raíz del incidente de Palomares, Marina presentó obras en las que parecía liberarse de su pesadilla de una eventual guerra atómica dando forma a imágenes de la bomba fatídica y de sus horrendos efectos, con figuras espectrales y descuartizadas que parecen escapadas de los pinceles de Picasso pero manteniendo una morfología personal propia del lenguaje expresionista de Miguel Marina. Por entonces, los temas religiosos, y en especial la Crucifixión y las estaciones del Via Crucis, revisten la misma fuerza violenta y emotiva que les da ese lenguaje distorsionador y sintético. Casi siempre deformaba y alargaba impresionantemente sus figuras, sobre todo las cabezas y las manos, buscando un sentido místico en la realidad que tenía ante sus ojos o en su espíritu. "El creador, todo lo que toca debe tener magia", dejó escrito en su Diario. En febrero de 1973 la galería Antonio Machado de Madrid expuso una larga serie de cuadros de Miguel Marina, con gran variedad de temas (religiosos, paisajes vascos, escenas cotidianas...) que causaron impacto en el público, e hicieron decir a algun crítico que aquellas obras eran un mensaje de fraternidad para un mundo cruel. La añoranza final
Extrañamente, en los últimos años del artista, cuando ya vio cancelada la última posibilidad de regresar a la patria, es cuando Marina crea una obra que expresa obsesivamente el ansia añorante del País Vasco. Miguel Marina murió el 13 de diciembre de 1989. En un rincón de su Diario deletreó los nombres de sus amigos ilegibles, y añade "La mayoría murieron en el exilio, el resto en España; el nido se está haciendo silencio, y el silencio nada". Y finalmente: "Cada vez me acuerdo más de Espana y al mismo tiempo quiero olvidarme de ella, he vivido más de 40 años con un pie en cada Océano, pero mi memoria vuelve siempre a las montañas dulces y verdes del País Vasco, y a las canciones... del Ochote Bilbaíno, a las fiestas de Santa Agueda, donde cantaba solo con voz de barítono, en las calles bilbaínas, llenas de niños que nos seguían por todas partes... Dentro de poco tendré 74 años y jamás volveré a mi querido País Vasco; por eso mis pinturas, como un espejismo gigante, son memorias de mi querido país". |