Me sacude Cicatriz Por Martha Colmenares
Con motivo de la tertulia el 25 de julio de 2010, en la Librería Kalathos de Los Chorros; sobre la novela de Juan Carlos Sosa Azpúrua, Cicatriz (Editorial Planeta) moderada por el escritor Numa Frías. Cicatriz, la novela, es muchas cosas a la vez con su cuerda de personajes que parecieran de plástico y son apenas pequeñas criaturas en su cruda realidad que nos dejan el sabor de adentrarnos más y más, porque nos toca, como si a veces sintiéramos reflejarnos. Difícil asumirlo, pero me gusta el reto. En un país que puede ser cualquiera, sin embargo Venezuela no puede esconderse como tampoco las reminiscencias recogidas por el autor (lo siento mas adecuado que decir vivencias). Lugares de ensueño, de recuerdos. Sitios que he tocado, que pisé. Sitios donde me besaron, retoman vida en el libro.
Puede también que me arrebaten los complejos, las culpas, las justificaciones pero sobretodo me alerta: verdaderamente que no quisiera dejarme atrapar otra vez por mis miedos ni sentirme esclava de mis propias limitaciones, porque todo eso pasó por mi mente en la medida que transcurría la lectura del libro. Luego de aquella primera presentación de la novela en la casa de Arturo Uslar, aquella de 330 páginas, de la que salí con mi ejemplar en la mano, acariciando las bellas palabras que me dedicara su autor, Juan Carlos Sosa Azpúrua.
De pronto o al tiempo, me encontré en la Tertulia organizada en la librería Kalathos. El éxito lo lleva a una segunda edición. Fui con Antonio y Adela, tan llenos de euforia entre sus contrastes, vía el lugar, perdidos en aquellas calles de Los Chorros, las propias domingueras solitarias, Sebucán o Montecristo, ya no supe dónde, pero íbamos, íbamos empeñados en hacer presencia, de paso ellos sin saberlo me arrancaban risas y más risas, digo, por lo de no acabar de llegar lo que en el fondo me daba un respiro, quizá me advertía un presentimiento, el no querer afrontar lugares de los cuales podría salir corriendo aunque no quisiera (por lo de mi recurrencia de las crisis de pánico).
No me salvó nada, arribamos y mis amigos no podían ocultar su triunfo. Los pequeños caminos para alcanzar la libreria, comenzaron por parecerme laberintos, guiada no se por quien, entré, un lugar envuelto en cierto mágico ambiente, y me ofrecieron una silla. Ya de ahí no podría moverme. Despojada de cualquier tipo de principios era la única primicia en mí. Envuelta en la situación se me hizo propicio para pellizcarme y sentirme si estaba viva o no, y llegué a la conclusión, sinceramente, que dejé de vivir hace mucho, con aquellos seres todos luminosos, y opté por plantarme con miradas de reojo, en busca de alguien como yo. Mientras, Juan Carlos Sosa y su invitado el tertuliano, Numa Frías también escritor, brillaban, andaban los sesgos de la espiritualidad, el sexo, las ambiciones, hasta del petróleo que me trajo a la mente la noción de ingratitud, o lo de lo bello/lo feo, que puede a veces significar, o aquello de la trashumanización. ¿“Nuestras gracias a los Dioses demos, porque esta vida eterna no sea”?.
Y me dio nostalgia, una cierta melancolía, aquello de la esposa del abuelo de Juan Carlos, hermosa ella por la que alguien se babeaba de amor, mientras yo no hacía sino reprocharme mi basta gordura que me tiene los tiempos descompuestos, por eso, por andar en la conformidad de buscar excusas, que si algo bueno tengo, es la capacidad para hacerlo, y el tiempo transcurre inclemente, las ropas pequeñas esperan, me llaman, yo las extraño, y se queda en espera. Esta otredad no me gusta, desbocada, herida, es la que tiene su cicatriz, de la que me la paso en huida.
Hablaba y hablaba Juan Carlos, sintiéndome parecida en esto o en aquello, lo mismo que esa extrapolación lograda en mí por el libro. Sólo que entonces, digo, cuando la primera edición, mantuve las distancias, era otra, otra que se fue y no regresa.
Esa escondida con su fracaso, su tristeza, remordimientos, esa que soy, paradójicamente sin ataduras y capaz de plantarme a mis demonios. Aquella o esta misma, la de las alegrias, los exitos, la del andar sin parar. Sin entenderlo. Extrañamente razón tiene Juan Carlos en la descripción: "Algo tenemos los seres humanos que grita por la vida. Pero la cicatriz no muere. La marca del dolor respira, tiene memoria, duele, vive. La cicatriz del alma es invisible”.
Después de haber librado mis batallas con el pánico, vencido su grado 10, salí del sitio. Sosegada, agradecida con los caminos que me llevaron hasta ahí. Con más ganas de ganarle la partida a los de la baja autoestima. Quizá me permita lograr de cierta manera la autoaceptación. Los miedos desaparecieron en ese espacio animado con sus libros, gente sensible con sus sonrisas o emoción. Claro, fue momentáneo, pero esperanzador. “Tarde o temprano comenzaremos a ver la luz”, dice en Cicatriz. ¡Seguro! 27 de julio 2010
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