Carlos Martínez Aguirre
Los soldados
Galaxia Imaginaria
Carlos Martínez Aguirre nació en Madrid. Su libro La camarera del cine Doré y otros poemas fue finalista en 1997 del XII premio de poesía Hiperión. Los poemas publicados bajo el título de Los soldados aparecieron publicados por primera vez en plaquette en mayo de 1998.
1
¡Hermosa, hermosa Katy! En el hogar
quedó mi muchachita. No le importa
que vayamos al frente, voluntarios.
¡Hermosa, hermosa Katy! Nuestras chicas,
las buenas chicas, quieren un marido
del que estar orgullosas: ¡un soldado
democrático! Pronto la canción
se volvió general, la acompañaba
el lento chirriar de los raíles.
2
Naturalmente siempre había soñado
con sangrientos conflictos y batallas.
Su laboriosa mente trazó gestas
como las de otros tiempos, con asedios,
pesadas armas y castillos altos.
-Madre, voy a alistarme-. Al despedirse
volvieron a su mente los escudos
los arneses, las grebas... los guerreros
al acecho, detrás de la montaña.
3
La lluvia helada le azotaba el rostro
como si fuera un látigo. Avanzaba
sintiendo que la sangre recorría
las venas de su mano. Se detuvo.
Buscó refugio bajo la trinchera.
El humo del pitillo daba vueltas
en torno a su fusil. Solo se oía
la tormenta y el pulso de su frente:
-Debo tener un diablo en la cabeza.-
4
La mujer parecía distraída
en ordenar sus cosas. Ni siquiera
se volvió a donde estaban. Abrió el bolso,
sacó un espejo y comenzó a empolvarse.
Habló con decisión: -¿Por quién empiezo?-
-Vamos a ver si terminamos pronto.-
Los uniformes caqui estaban húmedos
por el sudor. Las botas relucían.
Los tres hombres miraban en silencio.
5
Detuvo la mirada amargamente.
-Tal vez tenga otro novio- se decía,
y trató de pensar en sus facciones.
De pronto, sorprendido, abrió el bolsillo,
tomó el reloj y levantó la tapa
donde guardaba un rizo y su retrato.
Lo cerró con un click. Por un momento
no recordaba bien si la nariz
de Mabe era aguileña o era chata.
6
Contempló las estrellas que brillaban
en el oscuro cielo y parecían
marchar con la columna, acompañándoles.
No sentía sus pasos. Tal vez fuesen
los árboles -pensó- quienes andaban
y no ellos. Los árboles, escuálidos,
diciéndoles adiós. Mascó tabaco,
tragó saliva; quiso olvidar todo
lo que no fuese aquel sabor amargo.
7
Soñó que se encontraba ante una mesa
frente a tres oficiales: rostros pálidos,
narices curvas y mirar extraño.
El sargento leía los papeles
del consejo de guerra. No sabía
de qué se le acusaba. Las palabras
caían a su lado como bombas.
Tampoco estaba firme: el uniforme
parecía pesar como una losa.
8
¿Qué esperaban de él? ¿Cómo diablos
iba a poder llegar? Siguió corriendo.
La danza suave de los blancos copos
era como un delirio. Se detuvo.
No sabía qué hacer. Alzó los ojos
y vio que era imposible. -Si regreso
será en un batallón disciplinario.-
Soldado democrático, un soldado...
Se echó a reír cuando apretó el gatillo.
9
Afuera las campanas repicaban.
Retumbaban las salvas de victoria.
La sala de campaña, sin embargo,
se encontraba sumida en el silencio.
-Muchachos, permitidme que os presente
al reverendo Skimer.- Los soldados
prorrumpieron en vítores y aplausos.
-Padre nuestro, Señor de las batallas
de tu mano nos llega la Victoria...