ANA LAURA FUNES MADEREY Publicado en: Periódico Humanidades, números 266 y 267, UNAM, Fecha: marzo 3 y 17, 2004, pág. 12.
La camioneta se había detenido en una de las callecitas cercanas a uno de los templos del complejo arqueológico de Khajuraho para esperar al otro coche donde venían los demás. Allí, en ese momento ubicado en la mitad de un viaje de tres semanas que mostraba muy de cerca las imágenes indias, dos miradas se encontraron. Cada una de ellas cargaba con todo un mundo diferente al que observaba y, sin embargo, en al menos una cosa se conjuntaban: ambas eran femeninas. Por un lado, un grupo de siete mujeres mexicanas, sentadas adentro de una camioneta, veía hacia fuera de las ventanas a un grupo de cinco mujeres nativas que también las observaba desde sus actividades cotidianas. La mirada de ambos lados era fija, insistente, curiosa. No era una imagen turística, de esas que asombran por su belleza o por su extrañeza. No eran rostros dispuestos a fotografiarse para guardarse como recuerdo de un viaje por una cultura ajena. Ambas partes se sentían expuestas. En la camioneta cuchicheábamos sobre la belleza que resaltaba de una de ellas y sobre el sari verde bordado con filo dorado que portaba otra de las mujeres, adornado por el bulto que hacía en su vientre un futuro bebé. ¿Cuál habrá sido su percepción sobre nosotras? Silvia tenía razón, debimos ser algo muy extraño para ellas. No éramos ni güeras, ni altas, ni teníamos los ojos claros como la mayoría de los turistas estadounidenses o europeos que suelen ir por esos lugares. Tampoco éramos el típico grupo de japoneses con los ojos rasgados y tomando fotos a todo lo que ven con su equipo digital de última tecnología. Y, sin embargo, éramos occidentales. No había sido el único punto de nuestro viaje donde la gente del lugar se nos quedaba viendo con ojos penetrantes e indagadores, pero a esa altura de nuestro recorrido aún no nos acostumbrábamos a ello. Sin embargo, fue justo en ese momento en donde el peso de todos aquellos contactos visuales se dejó caer en las miradas de aquellas cinco mujeres indias, rompiéndose frente a mí en una interrogación: ¿Qué preguntas se hace el mundo oriental sobre el mundo occidental?
El contacto entre “Oriente” y “Occidente” data desde tiempos antiguos no sólo bajo la forma de intercambio comercial sino también filosófico y espiritual. Tal intercambio se hace evidente en cuanto uno comienza a adentrarse en la vida de los ──todavía así considerados── “primeros” pensadores más importantes de la historia de la filosofía. A pesar de este enriquecimiento mutuo, tanto ideológico como cultural y espiritual, el influjo oriental sobre Occidente ha permanecido difuso y oculto bajo las aguas de la historia universal que nos es transmitida. Tales lazos se han mantenido tan velados que ahora consideramos muy naturales las denominaciones de “Oriente” y “Occidente” como dos categorías histórico-geográfico-culturales, las cuales suelen, si no oponerse entre sí, distinguirse de tal manera que Oriente es concebido como lo “exótico” o “esotérico” y Occidente como “ciencia y progreso”. Esta división actual no es, por supuesto, del todo arbitraria. Lo que sea que “Oriente” signifique y lo que sea que “Occidente” quiera decir, el encuentro entre una persona proveniente del primero y otra, del segundo, genera un choque bilateral de carácter muy peculiar. Esto se debe a que no sólo se encuentran dos seres humanos de regiones geográficas distantes, con clima y orografía diferentes, con costumbres e idiomas extraños. Sucede que lo que se encuentran son dos cosmovisiones distintas que fundan la historia espiritual de cada uno de esos seres.
Recuerdo que íbamos en la camioneta recorriendo uno de los trayectos más largos y tortuosos del viaje. Nos dirigíamos justo rumbo a Khajuraho. Mintoo, nuestro guía, había puesto un cassette para que cantáramos el mantra “Om Namo Narayana” y experimentáramos la energía que se creaba con el palmeo de nuestras manos al ritmo de la música. Cuando acabamos de cantarlo nos volteó a ver a todas y nos dijo, muy seguro de sí, que “por algo habíamos ido a la India”. Se refería a que había una razón divina, marcada por la evolución de nuestras almas por el paso de varias vidas, que determinaba nuestro deseo de viajar hasta allá. En algún momento de la plática, Silvia comentó que ella no creía en la reencarnación, entonces Mintoo dibujó una expresión de total consternación y asombro: “¡Cómo es posible que no creas en la reencarnación! ¿Entonces cómo se explicarían las diferencias entre todos nosotros? Nuestra fortuna presente depende necesariamente de nuestro pasado. Hay personas trabajadoras que saben que ser así les traerá bienes, y muchos hacemos cosas buenas y honestas para no tener que regresar en otra vida y poder alcanzar de una vez por todas la liberación (moksha) y llegar a Dios. ¿Por qué no crees en la reencarnación si eso es lo correcto?” “Por qué alguien no creería en la reencarnación si eso, no sólo es lo correcto, sino lo más lógico,” es una de las preguntas que un oriental ──un indio hinduísta── le hace a una persona occidental ──mexicana católica romana. (Esa es la misma pregunta que Radhakrishnan, filósofo hindú, le hiciera a la filosofía cristiana en general.)
Un choque cultural siempre comienza con lo externo: la alimentación, la vestimenta, el trato familiar, etcétera. Pero, finalmente uno puede acostumbrarse a ello. Uno puede asimilar poco a poco los sabores de la comida, acostumbrarse al clima de ese país, aprender el idioma ajeno, los tratos y las maneras de convivir, y puede uno estudiar la historia local. Pero, ¿acostumbrarse a creer en algo diferente a lo que sostiene y le da sentido a nuestra existencia? ¿Puede uno acostumbrarse a creer en la reencarnación o a no creer en la reencarnación? No hay choque cultural que no penetre en lo espiritual y que no nos ponga en una encrucijada: o aceptar al otro y tratar de comprenderlo, o ignorarlo y ser indiferentes, o enjuiciarlo y aniquilarlo. La historia universal que se nos enseña revela inevitablemente que “Occidente” ha caído una y otra vez en la última opción. La Inquisición, las conquistas coloniales, el Imperialismo capitalista, Hitler, entre otros, son ejemplos de aquellas características que suelen venir a la mente cada vez que se habla de un “Occidente”: tendencia a la violencia, exclusiones sociales, absolutismos aplastantes, invasiones, cientificismo que sólo piensa en un progreso material... Sin embargo, en la historia universal se cuelan ejemplos sobre “Oriente” que nos remiten a las mismas actitudes supuestamente preponderantes en “Occidente”: La invasión mogola en la India, las incursiones de Gengis Kan, la rigidez en el sistema de las castas hindúes, la invasión China al Tibet, etc. Bajo estas imágenes no encontramos un Oriente muy exótico ni muy esotérico, ni alejado, ni extraño a lo que vivimos en la realidad occidental. De hecho, por estas imágenes podemos percatarnos de que Oriente y Occidente no son dos polos opuestos en lo que a su desenvolvimiento histórico se refiere. Si los tomamos como puntos geográficos, nos topamos con que la Tierra es redonda y las ubicaciones relativas, por lo que en ciertas condiciones Oriente es Occidente y viceversa. En cuanto a las manifestaciones artísticas, poéticas, místicas y espirituales, las encontramos de igual grandeza y valor en ambas partes. Aun así, las categorías de “Oriente” y “Occidente” permanecen y en el subconsciente siempre evocan algo. Podría decirse que, despojadas de su sentido histórico, geográfico y cultural, tales categorías permanecen como dos símbolos; así como el sentido de la luna y el sol naciente va simbólicamente más allá que el de ser los dos astros más importantes de nuestro firmamento. Como dice Raimon Pannikar, Occidente y Oriente son como el crepúsculo y el amanecer.
No pueden identificarse, ni existen el uno sin el otro. Su relación es no-dualista, advaita. [...] En todo hombre y en toda sociedad hay un oriente, un origen, una luz matutina y un occidente, un crepúsculo, una luz vespertina. El hombre se orienta en la vida porque es iluminado por una luz matutina que le viene dada; pero camina por esta misma vida porque descubre los senderos que pisa en virtud de la luz vespertina que él mismo ha adquirido.[1]
La simbología Oriente-Occidente es un ejemplo de la relación no-dualista de lo dual. (Por cierto que advaita es una expresión sánscrita acuñada en una de las metafísicas orientales más importantes ──la filosofía vedānta advaita── para denotar la relación no diferenciada entre jagat, el universo, atman, el alma individual y brahman, el principio divino absoluto). Oriente y Occidente son símbolos mutuos porque en uno predomina lo que en el otro falta. Curiosamente, es en Oriente donde predominan las alternativas al dualismo, es decir, a las relaciones que oponen irreconciliablemente un elemento a otro. Elemire Zolla dice al respecto:
Por regla general en la civilizaciones orientales la oposición entre razón e irracionalidad no tiene el pathos que la caracteriza en Europa. Uno de los motivos es que la díada se diluye naturalmente en una tríada o en una cuadripartición. Esta tendencia se puede llamar, además de india, oriental en general...[2]
Cuando Mintoo lanzó a Silvia su pregunta, ésta le contestó que su creencia en una sola vida no dependía de argumentaciones racionales sino de una profunda convicción espiritual y vital. Definitivamente, no tenía sentido discutir por lo correcto o incorrecto de cada cosmovisión. No había otro camino para la concordia que la aceptación y el no-enjuiciamiento del otro, aunque antes de llegar a eso se tuviera que oscilar entre el juicio, el enojo y la incomprensión. Esto último lo experimenté en carne propia con una de las integrantes del grupo. Y sólo hasta que se acabó el viaje, entendí que: No hay otra vía para la paz y la armonía que la suspensión del juzgar y el intento de comprender, es decir, de expandirse para abarcar al otro sin tragarlo, en una relación no dualista entre los dos. ¿Cómo, si no así, podrían circular por las calles de la India tantas vacas, bicicletas, rickshaws, motorickshaws, coches y transeúntes sin chocar cada segundo ni insultarse por cruzarse en su camino? ¿Cómo podría, entonces, haberse amalgamado el arte hindú con el musulmán en una miniatura mogola o en una belleza arquitectónica? ¿O cómo podría una pagoda china albergar a un templo hindú en Nepal? ¿Cómo podrían vivir tantas religiones como el hinduísmo, budismo, islam, cristianismo, judaísmo, sikhismo, etcétera, en un solo país sin destruirse unas a otras? “Si quieres saber lo que soy, si quieres que te enseñe lo que sé, deja momentáneamente de ser lo que eres y olvida lo que sabes.” Una frase como ésta sólo podría provenir de un espíritu oriental como el del místico sufi de tierras africanas, Tierno Bokar. Sería inimaginable para un filósofo contemporáneo de influencia hermenéutica heideggeriana el poder despojarse por completo de su identidad, siendo que para este filósofo estamos esencialmente constituidos por una tradición que no podemos delimitar totalmente, que posibilita cualquier comprensión y que determina nuestra interpretación del mundo, de mí mismo y del otro. Tratar de quitarse ese bagaje sería una empresa “ilustrada” ya ampliamente criticada y desechada. Este filósofo no creería que tal hazaña pudiera llevarse a cabo por un místico pues, finalmente ni siquiera los místicos podrían sustraerse a su propia tradición. A esto, nuestro filósofo posmoderno agregaría firmemente que no se puede entender algo (en este caso al “otro”) si no es desde lo que uno sabe. Pero, si esto es así, ¿cómo podría entenderse una filosofía de lo infinito desde otra que no habla más que de nuestra naturaleza como finita? ¿Cómo podríamos acercarnos a una cultura en la que los matrimonios son arreglados sin exclamar alguna expresión inmediata o inconsciente de rechazo?
Nuestro guía en Nepal nos platicaba que la mayoría de los matrimonios en ese país son arreglados, y que la mayor cantidad de divorcios se dan en los matrimonios no-arreglados (él utilizó la expresión “love marriages”). Una de las razones por las que esto se da así es que la presión social es muy fuerte y la gente prefiere seguir casada que ser mal vista. Pero también puede haber otra razón, (que de no haber sido mencionada por Arjan, mi maestra de yoga, jamás se me hubiera ocurrido) la cual radica en la diferente percepción que se tiene sobre la pareja. Allá uno crece sabiendo que va llegar el día en que se va a casar con la persona que su familia crea más adecuada. Esto no necesariamente se vive como una imposición sino como una costumbre que se asume como parte natural de la vida. Siendo esto así, la pareja no es alguien del que uno se haya formado una imagen ad hoc con los propios deseos e ilusiones, sino que es una persona a la que se va conociendo en la cotidianidad y se va aceptando tal cual es. Así pues, el divorcio, siendo una ruptura que se da por la no-aceptación del otro o por el desvanecimiento de las ilusiones que nunca se cumplieron, no se da en estos matrimonios por la misma naturaleza del origen de su relación. Sin la aceptación y el no-enjuiciamiento, ¿cómo podría amarse un mundo lleno de contradicciones? ¿Cómo podría amarse una India que habla sobre la identidad del alma individual de todo ser humano con la divinidad y que al mismo tiempo entiende las divisiones de castas como estratificaciones sociales que caen en discriminación?
En la India, la díada siempre se convierte en tríada y por ello en mediación. Entre conocedor y conocido media el conocer, entre sujeto y objeto, la unión, entre amante y amado, el amor. Se puede decir que ante razón e irracionalidad, en la medida en que se presenten, media la inspiración.[3]
¡Se podrían agregar tantas imágenes a esto que dice Zolla! Entre el agua sucia de un estanque y la hermosura pura media una flor de loto. Entre calles olorosas llenas de excremento de vaca y un templo hindú bañado en oro está el fervor de lo sagrado. Entre la riqueza y la multitud de mendigos se halla una muchacha hindú, morena, muy delgada con unos ojos azules que resaltan por su transparencia. Entre el sueño y la vigilia hay un canto devocional a las cinco de la mañana. Entre ilusión y realidad está la India tal cual es.
Así, tal como es la relación entre Oriente y Occidente, así fue nuestro encuentro con aquellas cinco miradas en Khajuraho. Fue un encuentro no-dual, entre sonrisas y silencio. Entre ellas y nosotras mediaron unos niños, sus niños, a quienes dimos dulces antes de irnos y después del rompimiento de las miradas. Fue entonces cuando las muchachas se acercaron para tomar más dulces. Ese encuentro no fue un choque porque no era una mirada entre unas mujeres orientales y otras occidentales. Ese encuentro fue una inspiración que se dio por la mirada infantil y femenina a lo que de Oriente y Occidente hay en cada corazón. Cuando le dí un dulce a uno de esos niños supe que las preguntas que hace el espíritu oriental al espíritu occidental no son más que las preguntas que surgen en nuestro corazón cuando se halla en las encrucijadas de la dualidad. |