Primer capítulo
Malos tiempos para nacer
En el fiordo de Ulfstan, al sudoeste de
Noruega, muchos pensaron que aquello no era sino el comienzo del
Ragnarok, la gran batalla del fin de los tiempos que, según las
leyendas, sería precedida de un terrible invierno. Y aquel lo
fue. El más espantoso de todos.
La nieve hizo su aparición mucho antes
de lo normal y desde entonces el cielo se convirtió en una
perenne capa plomiza de espesas nubes que no cejaron en su
empeño de mantener la tierra blanca. A las grandes nevadas
sucedieron ventiscas interminables y, cuando llegó lo que
debería haber sido el comienzo normal del invierno, el fiordo y
los caminos de las montañas ya llevaban muchas lunas
intransitables. Se perdieron las cosechas y el heno, y gran parte del
ganado, enloquecido por el hambre y el frío, intentó una
huida hacia el sur, como si en algún rincón de su memoria
de especie recordasen algo similar ocurrido en un remoto pasado.
Se sacrificaron todos los animales que no
escaparon, tanto para ser comidos como para que no muriesen ante la
escasez de forraje. El olor de la sangre atrajo a osos solitarios y
manadas de lobos hambrientos; algunos hombres, tan desesperados como
ellos, salieron a cazarlos. Ninguno volvió.
Otro signo del Ragnarok fue la actitud de la
gente. Las escasas provisiones mermaron rápidamente y en
más de una granja se hicieron cosas que más tarde nadie
querría recordar. Se olvidaron demasiadas normas que hasta
entonces habían supuesto la forma normal de vida en aquellas
tierras; normas perfiladas a lo largo de generaciones para hacer la
existencia posible en un lugar bastante aislado donde era muy
fácil cruzar los límites y caer en la barbarie más
absoluta. Pero aquel largo y siniestro invierno, cuando el hambre se
superpuso a cualquier voluntad, la vida mostró su rostro
más cruel y hubo que seguir adelante de cualquier manera.
No eran buenos tiempos para nacer, pero bajo
esas circunstancias llegó al mundo, en aquel apartado lugar de
Noruega, el que sería llamado Erik, hijo de Thorvald, aunque
pasaría a la historia como Erik el Rojo.
Fue durante una madrugada de ventisca
ensordecedora.
Tras sacar el pequeño cuerpo con
brusquedad del vientre de la madre, Thorvald, sin disimular la
repugnancia que le causaba aquella actividad impropia de un hombre, lo
observó a la mortecina luz de una lámpara y le
encontró todo tipo de defectos, aunque realmente sólo
tenía uno: estaba muy delgado.
Pero un padre tenía derecho a rechazar
a un hijo que naciese con alguna deficiencia o que considerase que no
fuera a crecer sano y fuerte para llenar de orgullo a su familia. Al
fin y al cabo, un bebé no se consideraba un ser humano hasta que
se le había puesto nombre, al noveno día del nacimiento.
Asdis, agotada por el cansancio y el dolor,
lloriqueaba en la cama mientras veía cómo su marido
meneaba negativamente la cabeza. La expresión no dejaba lugar a
dudas. Pero, ¿cómo hacerle comprender que tantos meses de
sufrimientos no podían terminar de aquella manera?
Así, según la costumbre, el
recién nacido fue declarado úborin börn y,
por lo tanto, expuesto a la intemperie.
Thorvald colocó el pequeño
cuerpo sobre el hielo, detrás de la casa, cubierto con los
trapos manchados de sangre aun caliente, pensando que eso
atraería más rápidamente a los lobos y no
quedaría ni rastro del que lamentarse más tarde.
Pero, poco después, la madre
salió de su inconsciencia y, medio desnuda como estaba,
desafió el intenso frío y corrió al exterior
atraída por un llanto que únicamente ella pudo escuchar.
El bebé estaba vivo y reclamaba con unas fuerzas que sólo
podían calificarse de sobrehumanas el derecho a seguir
estándolo.
Asdis lo apretó contra su pecho y ya
nadie pudo quitárselo.
Thorvald, con los ojos húmedos, tuvo
que reconocer su equivocación. Un bebé con aquella
capacidad de supervivencia no merecía ser expuesto.
Prometió hacer sacrificios a los dioses cuando eso fuera
posible, tanto para agradecerles aquel hijo como para hacerse perdonar
su grave error.
Y, como si los dioses lo hubiesen escuchado,
al día siguiente, los primeros rayos de sol, después de
muchas lunas, iluminaron el fiordo haciendo que la luz reverberase
sobre el blanco que cubría todo lo que alcanzaba la vista. Y
así se sucedieron varias jornadas. Al parecer, el Ragnarok
había quedado pospuesto y tanto dioses como hombres iban a tener
otra oportunidad.
La primavera, que parecía llegar con
hambre atrasada, devoró en pocas jornadas los hielos, haciendo
que las pétreas paredes del fiordo se cubriesen de numerosas
cataratas blancas. Árboles y plantas, sabedores de lo
efímero del clima cálido en aquellas latitudes,
despertaron de su letargo, cubriendo rápidamente la tierra de un
verde exultante.
Todos los supervivientes celebraron la vida
con lo poco que pudieron conseguir y nadie pidió explicaciones
por los cadáveres, muchos de ellos desmembrados, que el deshielo
dejó al descubierto. La vida era dura y había que seguir
adelante.
Como era la costumbre,
Thorvald hizo el ausa vatni, aceptando definitivamente al
niño al noveno día, con el signo de Thor, asperjando
sobre él unas gotas de agua y dándole el nombre de Erik
en memoria de un antepasado de gloriosa memoria. Aunque se
suponía que hasta ese momento el alma no entraba en el cuerpo de
un bebé, la mayoría de los presentes tenían
serías dudas de que aquel cuerpecito pelirrojo no estuviese
animado por un poderoso espíritu desde el mismo instante en que
nació. En cualquier caso, todos estuvieron de acuerdo en que era
poseedor de una gran hamidja que le protegería a lo
largo de una larga y venturosa vida.
© manuel
velasco