Sólo era aburrimiento pero todos vieron tristeza, quizá tengan razón.
Nada tenía para hacer, podría haber pensando en mejorar el mundo, pero eso no estaba en mis planes.
El escritorio estaba a oscuras, parecía invierno, yo llevaba un saco negro. Hubiera prendido la luz para iluminar mi libretita, pero la del monitor iba bien.
Decidí poner música, ocupar el espacio del silencio. El aburrimiento me hace momento a momento más tonta. Siento que no me irriga la sangre a la cabeza y me detengo por segundos suspendida en el vacío de mis ideas.
Mis acciones son torpes pero poco me importa, no pienso moverme.
Entra la señora que limpia, ella siempre está contenta, con su pelo naranja y sus setenta años, parece tener cuarenta. Nunca se queja, viste musculosa y se desentiende del mundo. Un poco la envidio, un poco me avergüenza.
Intento que la charla sea trivial, temo que hoy también insista en que vea el lado bueno de la vida, ella me sonríe. Le agrada mi pulcritud, sobre todo le agrada no tener que limpiar, pasar por mi escritorio es vaciar la papelera y llevarse la taza.
Acá no hay nadie con quién quiera estar. Extraño a Almendra, con ella pasaban días que no decíamos nada pero igual me sentía acompañada.
Veo a mis compañeros pasar por el pasillo, repaso el chat por si alguien me inspira, no los conozco.Al mediodía hablo en la mesa y las miradas se siente escrutadoras, ellos me escuchan y piensan en otras cosas,me ven freak, se desentienden. La distancia que siento entre esta silla y yo, me hace enajenarme de mi misma.