larataliterata

No. 3 Febrero de 2009

LA RATA LITERATA

Sin permiso para traducir


Febrero de 2009



Directores:

Wilson Orozco

            http://animalburocrata.blogspot.com/



Alejandro Ramírez


alejandrora17@gmail.com




Tabla de contenido

 

 

Presentación

......................................................................................................... 3

Charles Bukowski me escupió en la cara

......................................................................................................... 4

El mago y la olla saltarina

…….............................................................................................. 30

Tripas

....................................................................................................... 36

Ecogafía

....................................................................................................... 52

Velásquez lee Don Quijote

....................................................................................................... 60

Odio el centro de la ciudad

....................................................................................................... 63

Writer’s Café, un lugar para escribir

....................................................................................................... 72

Fuentes

....................................................................................................... 78

 

 

PRESENTACIÓN

 

Las ratas y los humanos nos parecemos en algo: somos capaces de comer de todo. Por eso la tercera RATA nos ofrece un menú bastante variado: nuestro pool de traductores y escritores se ha ampliado de dos a cuatro, es decir, ya no somos los mismos dos narcisos (gracias a lo cual nos acusaron de argentinos) en busca de la grandeza literaria sino que hay otras personas que gracias a nuestra insistencia han accedido a honrarnos con sus textos. Uno de estos aportes es de Natalia Quintero quien traduce al autor de culto del momento en Los Estados Unidos: Chuck Palahniuk. Más conocido en el bajo mundo literario por su novela El club de la pelea. En  el cuento traducido por Natalia Quintero el lector encontrará el ritmo minimalista, vertiginoso y demoledor de las buenas conciencias y que es el fuerte de Palaniuhk.  
La siguiente colaboración es de Mauricio Calle quien escribe una suerte de crónica en la cual despotrica del centro, una voz disonante en la ciudad Botero y que propone un final algo chocante para la moral pero que se publica porque la rata cree que una cosa es la literatura y otra la vida real.         
Orozco y Ramírez, los mismos de siempre, se despachan a su vez con traducción y creación. Orozco traduce una semblanza más sobre Bukowski donde el viejo y mítico héroe no queda muy bien parado pero eso le habría encantado a él. Orozco no puede además desaprovechar la oportunidad para publicar y presenta un cuento en tercera persona sobre la experiencia de descubrir de qué sexo es el retoño que lleva su esposa en la barriga.           
Ramírez por su parte, muy en la onda borgiana y erudita, nos escribe un cuento en el cual él es un teso: la recreación de la escena en la cual Velásquez está pintando Las Meninas. Por último, nos escribe una interesante reseña sobre un programa diseñado especialmente para escritores. Para aquellos interesados en escribir varias novelas por año y volverse millonarios gracias a la escritura.    
Bueno, no más presentaciones y a degustar los diferentes platos que nos trae esta vez LA RATA LITERATA.

 

CHARLES BUKOWSKI ME ESCUPIÓ EN LA CARA

David Barker

Traducido del inglés por Wilson Orozco

 

Esta historia no es real ni inventada. Es un recuerdo, y como tal, está sujeto al error, a la distorsión y a la fantasía. Mientras que Charles Bukowski, Linda King, Gerald Locklin, John Kay y yo somos personas de verdad, el lector no debe asumir que los hechos que se describen aquí realmente sucedieron tal y como se presentan. Sinceramente, mi memoria no es tan buena. Algunas fechas y eventos pueden diferir de la realidad histórica. Mientras algunas citas son literales, otras son una aproximación a lo que se dijo. Sin embargo, la esencia de la historia es cierta. Para ser justo, cambié el nombre de alguien por el ficticio de “Dana Mill”.

La Taberna 49 estaba oscura y llena. Charles Bukowski, el más grande poeta del siglo XX en los Estados Unidos, estaba de pie en el estrecho pasillo entre las mesas de madera empapadas de cerveza y la fila de sillas ocupadas de la barra. Bailaba borracho, con los brazos por encima de la cabeza, con una sonrisa ciega y cansada que le atravesaba toda su cara de mil batallas.

Era una cara dolorosamente viva, como carne de hamburguesa cruda, con todas las terminaciones nerviosas y las heridas abiertas, mostrando el horror y la agonía de vivir con el genio que no transige en una tierra de imbéciles. Era Lázaro levantado de entre los muertos por un Jesús bendecido y sangrante. Era Zorba el griego con los brazos balanceados y meciéndose suavemente. Era Charles Bukowski bailando.  

Me detuvo cuando pasé entre la barra y él. Quedé paralizado como un conejo asustado, detenido por la hipnótica mirada de una cascabel enroscada. Su amplio pecho se expandió y sus poderosos brazos se elevaron aún más, listos para golpear, para caer sobre mí aplastándome.

Luego me escupió en la cara. El poeta más grandioso de Los Estados Unidos, mi ídolo, mi héroe. La saliva lentamente empezó a descender por mi cachete. Yo no me limpié.

Dije “Gracias” y me devolví para la mesa.

Era Bukowski, el mejor escritor del mundo. El Hemingway de su época pero mucho más rudo y real que el mismo Hemingway. Y nos odiaba cuando decíamos esas cosas de él porque sospechaba que de pronto eran verdad. Y él espantaba su grandeza como si fuera una mosca impertinente.

Le decíamos Bukowski. No Charles Bukowski sino Bukowski. Los amigos cercanos le decían Hank, por lo de Henry, que es su primer o su segundo nombre, no recuerdo cuál. Y muchos de los editores de las pequeñas revistas durante los años sesenta le decían Buk o El Buk (que en inglés rima con puke, es decir, vomito) pero a mí nunca me importó eso.

Él era nuestro dios. Todos queríamos ser como él. Es decir, queríamos ser él. Queríamos su cara, su barriga de cervecero, sus entradas en el pelo, las cicatrices del acné, su nariz protuberante y venosa como si fuera una inmensa espada o la cabeza de un pene, el cuerpo deteriorado por la bebida, la carne avinagrada. Queríamos sus borracheras, sus mujeres salvajes, su poesía brutal, su alma en pena. También queríamos vivir esa leyenda. Pero ella solo le pertenecía a él. Únicamente dios sabe cómo la había conseguido. Y no se la iba entregar a nadie.

Charles Bukowski nació en Alemania en 1920 y creció en Los Ángeles, California. En muchas de sus historias dice que su papá le pegaba, que cuando era un adolescente sufría de un horrible caso de furúnculos del tamaño de pelotas de golf por toda su cara y espalda que lo dejaron por siempre con cicatrices. Feo y asocial, empezó con la bebida cuando estaba en la secundaria y nunca la dejó.

Bukowski asistió al City College de Los Ángeles durante un tiempo, se salió y se convirtió en un vagabundo que escribía cientos de cuentos que ahora están perdidos y que él enviaba a las revistas de literatura al ritmo de más o menos cinco por semana. Todos eran devueltos y rechazados. Pero en 1945, a los veinticuatro años, publicó su primer cuento “Secuelas de una larguísima nota de rechazo” en la prestigiosa revista literaria Story.

Ese mismo año dejó de escribir y se embarcó en diez años de borrachera, vagando de ciudad en ciudad, de albergue en albergue, de un trabajo de mierda al otro, de puta en puta. Lo golpearon en bares de maleantes, se casó con una millonaria texana que tenía un cuello deforme y de quien se separó, durmió en canecas de basura en callejones infestados de ratas, pensó en suicidarse.

En 1955, fue internado en la sala de caridad de un hospital de Los Ángeles con úlceras sangrantes debido a la bebida. Por poco muere, y cuando salió del hospital consiguió un trabajo en una oficina postal, se compró una vieja máquina de escribir y empezó a crear la poesía que le dio fama del duro poeta de la calle.

La primera vez que lo leí fue en los sesentas cuando escribía una columna para la Free Press de Los Ángeles titulada “Escritos de un viejo indecente”. Eso era buena prosa, divertida, impactante, espontánea pero por supuesto yo no tenía idea en ese momento de la poesía que él ya había escrito, la inmortal “tragedia de las hojas”, los poemas de amor para Jane, su único y verdadero amor que murió joven debido al alcoholismo: “PRUEBO LAS CENIZAS DE TU MUERTE”, “PARA JANE: CON TODO EL AMOR QUE TENÍA, QUE NO FUE SUFICIENTE”, “URUGUAY O EL INFIERNO”, “DESPIDO”; los poemas de amor más tristes escritos alguna vez. Cosas que rompen el corazón. Ni siquiera sabía que escribía poesía, mucho menos que era el poeta más importante en hacer su aparición en más o menos los últimos cien años.

Yo trabajaba en la biblioteca de la universidad de Long Beach State. El único tipo que sabía de Bukowski era un negro alto con un ojo malo que le revoloteaba por la cara cuando sonreía. Se llamaba Tony y vivía con una muchacha que tenía un bebé de él o de otro. Era inteligente, pero no hablaba mucho, se enredaba con las palabras cuando hablaba.

Le mencioné la columna de Bukowski un día que estábamos recogiendo los libros devueltos en el cuarto posterior y la cara de Tony se iluminó. Luego empezó a gritar emocionado y sin control.

“¡Sí, sí, hombre; ya leí al tipo! ¡Ese hijueputa está loco! ¡Es genial!”

Pero fue John Kay quien me habló de sus poemas. John y Leo Mailman editaban una pequeña revista que se llamaba Mag. Era una buena revista sobre todo teniendo en cuenta que salía de una universidad. John tenía buen gusto y sabía dónde había buena poesía cuando se topaba con ella.

John acababa de sacar un libro de Gerry Locklin que se titulaba Poop and other Poems cuando lo conocí por primera vez. Poop era en cierto modo un best seller para una editorial pequeña ya que agotó la primera edición de 500 libros en un mes y con el tiempo fue reeditado muchas veces. Localmente el libro era conocido porque Locklin, profesor en Long Beach State, tenía una fama muy bien ganada y el libro tenía su encanto, con ese título y la foto de Gerry sentado desnudo en la bañera con una cerveza y su patito de hule. Estaba muy bien.

Por medio de John Kay conocí a Gerry Locklin y finalmente a Bukowski. Entre los dos, a su modo, me alejaron de ser ese poeta de mierda oscuro, romántico y sin esperanzas y me llevaron a otra parte; hacia el poema como debe ser si es que debe ser cualquier cosa.

Había conocido a John hacia más o menos un mes pero ya respetaba bastante sus opiniones sobre literatura. Obviamente era un hombre que había reflexionado profundamente acerca de la poesía y que se preocupaba por ella como arte.

Íbamos entre una clase y otra y le pregunté que quién era el mejor poeta del momento. Bukowski, fue su respuesta y eso me sorprendió. Yo creía que Bukowski era simplemente un pervertido en Hollywood, un salvaje que de vez en cuando tenía suerte y que resultaba con una que otra buena y sucia historia.

“Lee sus poemas. Los primeros son maravillosos,” dijo John. Y así lo hice; eran maravillosos. Y todavía los estoy leyendo, doce años después.

Gracias a John Kay y a Poop, empecé a ir a la clase de Locklin. No estaba matriculado, ni siquiera era asistente. Simplemente me sentaba y escuchaba porque John me llevaba. Locklin se paraba en el atril, inventándolo todo mientras hablaba, contando chistes, preguntando que cuál equipo había ganado tal juego, haciéndole preguntas triviales a los estudiantes. Era gracioso y no los aburría así que tenía buena aceptación. A veces hacía que sus estudiantes leyeran un buen libro y que les gustara. Ya eso era bastante con respecto a lo que hacían otros profesores.

Una tarde, Locklin trajo un montón de revisticas y de libros de Bukowski publicados en pequeñas editoriales: Laugh Literary and Man the Humping Guns, Cartero, The Days Run Away Like Wild Horses over the Hills, All the Assholes in the World and Mine entre otros. Nos dijo que leyéramos a Bukowski y que la próxima vez lo discutiríamos. A la mayoría de las muchachas no les gustó Bukowski. Decían que tenía una mente sucia, que era cruel y que odiaba a las mujeres; pero a todos los muchachos les gustó porque tenía una mente sucia, porque era cruel y odiaba a las mujeres.

Lo empezamos a leer y eso es lo que importa. Luego nos dimos cuenta de algo. Lo sabíamos. No muchos lo hicieron, pero nosotros sí. Nosotros éramos los elegidos.

John Kay habló con la universidad para que le dieran 1000 dólares para realizar el evento literario anual: La Semana de la Poesía. El dinero era para pagarles a los poetas un honorario y así pudieran venir y leer. Para comprarles los tiquetes, cubrir la alimentación, las bebidas, el hotel y todo lo necesario mientras estuvieran en la ciudad. Trajo a Lyn Lifshin y a Brother Antoninus y a otros poetas a la universidad. Pero lo más importante, trajo a Bukowski a Long Beach.

John había publicado algunos poemas de Bukowski en Mag, así que lo llamó y le dijo que si quería leer.

John me imitó la voz de Bukowski; era una especie de balbuceo sigiloso a lo Tennessee Williams, “Hey, John Nené…”

Por supuesto que Bukowski no estaba interesado en leer hasta que John le ofreció 200 dólares. Ahí sí estuvo de acuerdo en hacerlo.

Eso fue en el otoño de 1971. Yo había visto a Bukowski leer antes, por allá en 1969 o 1970. Alguien lo había traído a la universidad y leyó ante una clase de más o menos veinticinco estudiantes. No era muy conocido en ese entonces y todavía estaba trabajando en la oficina postal o tal vez había acabado de renunciar después de quince años.

Parecía más joven en esa oportunidad, estaba más flaco, su pelo más oscuro y parecía un boxeador, a lo Humphrey Bogart. Leyó una historia acerca de ir al ring con Hemingway y de noquearlo para luego marcharse con una mujerzuela de sociedad hacia la gloria y la fama. Años más tarde, encontré esa misma historia en un viejo número de Laugh Literary and Man the Humping Guns.

Tal vez leyó algunos poemas también. Era calmado, tranquilo y con las bolas bien puestas. Era casi silencioso. Una lectura de bajo perfil pero impresionante a la vez.

Dos años después, durante La Semana de la Poesía, Bukowski ya era más reconocido y su lectura fue un gran acontecimiento. Su primera novela, Cartero, ya se había publicado en Black Sparrow Press y de 75 a 100 personas lo escucharon.

La lectura fue durante la mañana en un día de semana. Había algo clásico e imperecedero en ella. Tenía la sensación que podría haber pasado hace cien o mil años. Bukowski llegó enfermo y enguayabado. Parecía un anciano, un dios griego echado a perder. Bebía a sorbitos vodka mezclado con jugo de naranja de un termo y leyó algunos de los mejores poemas que alguna vez había escuchado. Eran cosas de sus primeros libros: Flower fist and Bestial Wail, Longshot Pomes for Broke Players, Run With the Hunted, Cold Dogs in the Courtyard, It Catches My Heart In Its Hands, Crucifix In a Death Hand. Los libros hacía ya mucho que estaban fuera de edición y pocos de nosotros habíamos escuchado esos poemas antes. Leyó bien durante una hora y se ganó su plata. Cuando terminó, las pequeñas y hermosas alumnas se le acercaron con sus faldas cortas para que les firmara los libros. Él las complació.

 Después, hubo una pequeña reunión en la taberna local de nombre “La 49”. Locklin y John Kay le preguntaron a Dana Mill (estudiante y escritor) y a mí que si queríamos conocer a Bukowski. Como yo, Dana lo admiraba muchísimo.

Recuerdo que me sentía incómodo ahí sentado en la mesa con él. John tenía una razón para estar ahí porque era la persona que lo había llevado a la universidad y le había permitido ganarse 200 dólares fácilmente. Gerry porque era su amigo. Pero Dana y yo éramos solamente unos colados deseosos de tener la oportunidad de sentarnos y beber con el gran hombre.

No sucedió nada extraordinario. Tomamos cerveza y escuchamos a Bukowski por lo menos una hora. Hizo unos cuantos comentarios despectivos de los estudiantes de Locklin (“Los niños de Inglés 1A” o algo así) pero nada más sucedió.

La novia de Bukowski, Linda King, había acabado de publicar un libro de poemas sobre su relación titulado Suck Pluck and Fuck o algo por el estilo y estaba organizando una gran fiesta de lanzamiento. Bukowski invitó a Locklin y éste le dijo que si podía llevar a algunos de sus estudiantes. Entonces John, Dana y yo fuimos también.

Era 1972, solo quedaban los restos de la revolución cultural de los sesentas y la mayoría de nosotros nos estábamos cansando de la cosa hippie. Ya me había cortado el pelo hacía unos meses y la noche de la fiesta me afeité la barba también y me peiné mi mojado pelo hacia atrás para que se pareciera al de Bukowski.

Conduje hasta la casita de Dana y empezamos a doblar el codo. Dana servía el vino y hablaba de Buk, el Viejo León, como si fuera Hemingway, el Viejo León Literario.

Estábamos algo borrachos cuando llegamos a La 49 para encontrarnos con Gerry y John. Los cuatro nos tomamos un par de cervezas para estar a tono con la fiesta y luego nos dirigimos hacia Los Ángeles en el Mustang convertible modelo 65 de John.

Tuve que orinar algo horrible en el camino y John paró en un barrio de negros y pude descansar en un callejón detrás de una estación de gasolina.

La fiesta era en la casa de Linda King. No estoy seguro del distrito en el que estaba pero no era lejos del aparta estudio de Bukowski en Hollywood. Toda la élite literaria de Los Ángeles estaba ahí cuando llegamos. Sobre todo eran poetas jóvenes y editores de pequeñas editoriales. Un par de flacas hippies y algunas atractivas y estiradas mujeres negras citadinas. Bukowski se sentó en una vieja silla en la sala, al lado de un poeta parecido a un enorme oso de peluche. No diré su nombre, pero llevaba por todas partes un libro manuscrito con todos sus poemas y los leía estruendosamente al modo de un falso Dylan Thomas. Me dijo que usaba un seudónimo porque había abandonado a su esposa e hijos y que por eso se estaba escondiendo de la justicia. No me gustó para nada ese tipo; me pareció un idiota pedante. Pero a Bukowski le gustaba. No entendía por qué quería que semejante trampa siquiera respirara en su sala.

Al otro lado de Bukowski estaba una pequeña y hermosa francesa de unos cincuenta años. Primero pensé que era Anais Nin. Parecía una farsante también. Muy elegante pero artificial. ¿Qué veía él en esa gente?

Casi esperaba ver a Henry Miller saliendo de la cocina y preguntando por un sacacorchos.

Los libros estaban amontonados sobre una mesa y valían un dólar. No tenía ni un centavo así que ni modo. Miré uno por encima. Era una cruda edición mimeografiada con poemas de Linda King y tal vez algunos de Bukowski también. Leí algunos; eran buenos pero yo estaba pelado. Había gastado mi último dólar en La 49.

Locklin había traído una o dos pacas de Coors, de las grandes en lata, y Bukowski dijo que había muchas botellas de Bud en el refrigerador. Yo me zampé dos Coors de las de Gerry y luego fui a la cocina por más.

De una estaba borracho. Estaba de pie en la cocina con Dana y Bukowski, los tres tomando de las botellas cafés de Bud. Bukowski nos decía que odiaba las fiestas, que no soportaba estar con gente. “Solo lo hago por la nena”, dijo, refiriéndose a Linda King.

Dana le hizo muchas preguntas y él estaba muy amable con nosotros, tolerando nuestra presencia en la cocina adonde había escapado de la multitud.

Bukowski prendió un cigarrillo y le dio a su cerveza. Parecía un enfermo terminal. Veía las pequeñas venas de su nariz, las partidas líneas rojas entrecruzando la superficie de su piel manchada. Dijo que había estado enfermo, que solo estaba tomando algo de cerveza y vino y que se estaba alejando de la bebida fuerte. Se abrió campo, tosió y escupió en el lavaplatos un coágulo de sangre mezclado con mocos, le tiró las cenizas de su cigarrillo y lo lavó con agua de la llave.

Abrió otra botella de cerveza y nos ofreció más a nosotros.

En el baño de Linda King vi la típica y usual parafernalia de la existencia común; los restos de una crema de dientes destapada, un barato enjuague bucal rosado y jovial, desodorante anti-transpirante, papel higiénico con fragancia. En mi borrachera, me pareció un gran descubrimiento: Charles Bukowski se lavaba los dientes, hacía gárgaras, se echaba desodorante y se limpiaba como el resto de la humanidad. De repente ya no parecía semejante monstruo. El Viejo León era simplemente un cansado y viejo alcohólico que resultaba ser el mejor poeta de los alrededores. El genio era algo que le había caído del cielo. Por todos Los Ángeles, un millón de hombres igual que él, de una u otra manera, estaban bebiendo y viendo televisión y peleando con sus mujeres. La única diferencia era la poesía. Nada más.

Empecé a sentir claustrofobia. Necesitaba salir un rato para controlarme.

Me encontré con un cuarto en la parte de atrás donde los niños de Linda King estaban viendo un episodio de La Guerra de las Galaxias en un televisor a color. Un demonio cósmico con un vestido de plata brillante se derretía bajo la mirada imperdonable de los desencantados huérfanos espaciales. Era Dorothy y la Bruja Maldita del Oeste de nuevo. Me sumergí en la fantasía.

Realmente me estaba escondiendo. No quería caer de bruces, perder el conocimiento o ponerme a pelear. Tenía miedo de que le pudiera decir algo descortés a Bukowski, de provocarlo intencionalmente para ver cómo reaccionaba. Entonces me quedé ahí en ese cuarto con el televisor y los niños durmiendo en sus piyamas hasta que me mejoré.

Cuando regresé a la sala, la fiesta estaba a toda marcha. Bukowski y Linda estaban bailando “Honky Tonk Woman” de los Rolling Stones y la gente estaba gritando y el cuarto daba vueltas.

Sobre la repisa de la chimenea había varios trozos retorcidos y esculpidos en arcilla y al lado de ellos un busto labrado, grande y rugoso de Bukowski. Linda King vio que estaba interesado y se acercó para explicarme.

Era una mujer linda y ordinaria del sur de más o menos treinta y cinco años con un pelo castaño largo y llamativo y un cuerpo voluptuoso. Tontamente me recordaba a la ex esposa de mi tío Duke, a quien conoció en un bar rural del oeste americano. Escribía poesía (Linda King, no la ex de mi tío) y también era escultora.

Admiré el busto aunque realmente creía que era un pedazo de mierda.

“Va para una universidad allá arriba en el norte,” dijo ella. “Tienen un archivo sobre Bukowski, están coleccionando todos sus libros, cartas y manuscritos, todo lo que ha hecho, y quieren el busto también.”

“¿Hiciste estos?”, pregunté a la vez que cogía un seno retorcido de arcilla.

“No. Hank los hizo. Hace muchos de esos y luego los bota pero yo los recupero a tiempo.”

Dejamos la arcilla y luego empezamos a hablar de música. Yo mencioné a Bob Dylan, uno de mis héroes del momento, pero a ella no le gustaba para nada.

“Es un farsante que gime. Me da dolor de cabeza,” dijo.

Dana estaba recostado contra la mesa del comedor. Linda King fue hasta allá y se sentó en la mesa junto a él, muslo contra muslo. Vi la mano de Dana en el culo de Linda, agarrándolo y sobándolo. Hablaban en voz baja. De repente estaban bailando, apretada y románticamente.

Como de la nada un bramido, un profundo rugido de Charles Bukowski atravesó el cuarto con furia, gritándole a Linda.

“¡PUTA!”, gritaba una y otra vez, “¡PUTA!”

Caído del cielo, apareció John Kay como si hubiera estado esperando toda la noche para salvarnos del desastre inminente.

“Muchachos, se tienen que ir de aquí”, dijo John. Nos sacó a empujones al aire libre, hacia su carro. No estaba tan borracho como Dana o yo así que él manejó. De vuelta a casa por la autopista discutimos lo que había pasado. Dana no podía entender cuál había sido el gran enredo.

“Solo estaba bailando con ella, eso fue todo.”

“No,” dijo John. “Vio que le estabas tocando el culo. Pensó que te ibas a quedar con su mujer, que te la ibas a robar.”

Cogimos hacia Long Beach, dejamos a Dana y luego John y yo nos fuimos para la casa de rehabilitación cristiana donde él se hospedaba y ambos nos comimos una taza de granola con leche para mejorarnos.

Al día siguiente, sábado, me levanté con un guayabo horrible. Todavía era muy joven para conocer el remordimiento, los lamentos que te acompañan toda la mañana, pero estaba lo suficientemente enfermo como para no querer ir a ninguna parte o hablar con alguien. Ahí fue cuando descubrí que de alguna manera había dejado mis llaves en la fiesta, en la casa de Linda King.

Llamé a Locklin y le dije lo que me había pasado. Él me contó lo que había sucedido después en la fiesta.

“Bukowski le siguió gritando a Linda y ella le decía que estaba haciendo una escena. Entonces él se fue de la casa, prendió el carro y se largó.”

Locklin me dio el teléfono de Linda King. La llamé y le expliqué lo sucedido. Ella no se acordaba de mí pero me dijo que no había problema que fuera y recogiera las llaves. Fui hasta su casa con mi esposa. Era un día de sol, con palmeras y el cielo de fondo. De día, me di cuenta por primera vez de que ella vivía en un barrio residencial relativamente silencioso y agradable, no como la zona de guerra donde vivía Bukowski.

Fui hasta la puerta y mi esposa me esperó en el carro. Toqué y Linda abrió. De nuevo le expliqué lo que me había pasado.

“Dejé mis llaves aquí anoche.”

“Claro”, dijo, “entra.”

“Pero solo un momento.”

Bukowski, que se mantenía en su propio apartamento en Hollywood cuando no vivía con Linda, no estaba por ninguna parte. Me alegré de eso. Encontré las llaves y salí disparado con miedo de que de todas maneras apareciera por ahí. Me imaginé que iba a estar más enfermo y enguayabado que yo y que todavía tenía mucha rabia. Mis intenciones no eran para nada enfrentarme con él.

Dana estaba preocupado porque a Bukowski no se le iba a olvidar lo que le había hecho, que el Viejo León la iba a emprender contra él. Dana tenía la hipótesis que Bukowski odiaba a los poetas jóvenes porque él ya estaba viejo y le daba miedo de que los jóvenes se quedaran con todo (con las mujeres y con la poesía). El Viejo León se estaba defendiendo. En principio, Dana lo entendía pero tenía la esperanza que a Bukowski se le hubiera olvidado el incidente. Eso le preocupaba a Dana y le preguntó a John, a Gerry y a mí que si creíamos que eso iba a representar un problema si de pronto se encontraba con Bukowski de nuevo. Le dijimos que no pensara más en eso, que a lo mejor Bukowski había estado enlagunado pero Dana seguía preocupado.

***

Los volantes estaban por todas partes en la universidad: grandes afiches en blanco y negro anunciando el segundo aniversario de La Semana de la Poesía. La cara de Bukowski estaba por doquier, en bienestar estudiantil, en la cafetería, pegado a las carteleras de los pasillos de la facultad de humanidades. John y yo nos pasamos toda una tarde pegándolos.

La noche de la lectura de Bukowski, Locklin lo recogió en Hollywood. John y Gerry lo llevaron a un restaurante mexicano para que comiera y bebiera.

Alrededor de una media hora antes de que empezara la lectura, me encontré con Bukowski, Linda King, Locklin y John Kay subiendo por la colina hacia el auditorio donde los estudiantes ya estaban entrando. Bukowski no me dijo nada cuando me vio y entonces me uní a ellos. Aparentemente se le había olvidado lo de Dana y yo, o no me asociaba con Dana o no le importaba un carajo ni lo uno ni lo otro.

Como siempre, era un manojo de nervios cuando tenía que leer. John le dio el cheque y él se lo metió en el bolsillo de la camisa. Luego se dobló y empezó a vomitar en el parqueadero cerca a los edificios del bienestar estudiantil.

“Siempre vomito antes de una lectura. Calma los nervios,” dijo. Linda y él caminaron cogidos de la mano hacia el edificio. Yo los seguía a corta distancia.

Fue una lectura totalmente diferente a la que me había tocado ver durante el día el año anterior. La multitud estaba animada, ansiosa y algo hostil. Un hippie de pelo largo en la parte de atrás interrumpía a Bukowski en mitad de los poemas y le hacía preguntas groseras. “Vete a la mierda, hijueputa”, le murmuraba Bukowski con calma sin perderse donde iba leyendo.

Estaba cada vez más borracho. Los profesores más moralistas se quejaban porque se había gastado plata de la universidad para traerlo.

Esta vez leyó poemas nuevos, no los viejos de siempre, y parecían a medio hacer. Estaba intentando con algo nuevo y eso no funcionaba con el público. Tartamudeaba y su voz se apagaba hasta lo inaudible al final de cada poema. Insultaba al auditorio después de cada poema y decía: “Lo único que ustedes quieren es mi sangre, mis huesos…”

Luego todo terminó y él parece que estaba muy contento con eso. Yo reprimí el impulso de preguntarle durante la lectura cómo hacía él para ser un hombre tan feo pero me alegré de no haberlo hecho. Ya todo se había acabado y él estaba feliz. Tenía el cheque en su bolsillo. Sugirió que fuéramos a La 49 y que nos perdiéramos en la rasca.

Fui a mi casa para organizarla, de tal manera que apareciera una hora después en el bar y así no fuera tan visible. Mi libro nuevo de Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones estaba en la mesa de la cocina. Era una edición barata con una horrible foto de Bukowski en la cubierta. Impulsivamente, me lo llevé. Dana y yo habíamos discutido la posibilidad que nos firmara algunos libros si podíamos. Pero no estábamos muy seguros de si lo debíamos hacer; era tal vez una obligación y a lo mejor se enojaba. Qué carajos, pensé. Y me llevé el libro.

Bukowski estaba en la barra, Linda al lado de él, un vaso grande de cerveza al frente, su cigarrillo con una larga ceniza. Los estudiantes se le acercaban para hacerle las preguntas de siempre sobre literatura, sus libros y su vida. Querían un pedazo de él para llevárselo para la casa, un trozo de carne del cuerpo que se podría. Los odiaba y los soportaba.

Dana y yo nos sentamos atrás cerca de las mesas de billar.

“¿Será que le pido que me firme el libro?”

“No sé,” dijo Dana. “Yo pensé lo mismo pero me dio miedo. Ahora me parece que debería haber traído uno o dos libros para que me los firmara. A lo mejor no vamos a tener otra oportunidad.”

Yo tenía mi libro pero no tenía fuerzas para hacerlo firmar. Nos devolvimos y nos quedamos de pie viendo jugar a la gente en las maquinitas.

“Él es el Viejo León,” dijo Dana, “que desprecia a los jóvenes poetas. Tiene miedo de sus pelotas. Tiene miedo de que tomen su lugar y él sabe que algún día tal vez uno de ellos lo va a hacer y eso le da terror.”

Me acerqué a la barra con mi libro de Erecciones, etc. y dije algo para llamar la atención de Bukowski.

“¡Déjalo en paz!” dijo Linda King, “¡Deja a mi hombre en paz!”

“No le voy a hacer nada,”, dije, “solo quiero que me firme el libro.”

Bukowski se volteó y me miró con un gran cansancio. Yo llevaba una hora en el bar y él llevaba dos y ya estaba mamado de la actuación. Estaba más borracho que la otra vez y estaba por hacer algo. Cuando vi la expresión de su cara, quise no haber ido. Me prodigué en elogios sobre él intentando ocultar mi miedo.

“Me encantan los cuentos, la verdad es que me matan.”

“Pura mierda,” dijo.

Cogió el libro, sin ningún cuidado lo descargó en la barra mojada y bruscamente lo abrió de par en par de una manera que se veía que no tenía ninguna consideración por los artefactos literarios. Con un lapicero hizo unos garabatos salvajes y desordenados que eran como dos grandes figuras de él y de Linda con muchas otras pequeñas figuras (los estudiantes, colados y aduladores) debajo de las figuras grandes. En la página del frente escribió “Pa’ti: ¡VETE A LA MIERDA! Y firmó “BUK”. Luego hizo garabatos sobre la foto de la cubierta.

Yo cogí el libro, sintiéndome un tonto, un gusano, un miserable insecto. Cuando volví donde Dana se lo mostré.

“Maldita sea, no haber traído mi libro,” dijo.

Por accidente me lo encontré de nuevo en el bar esa noche. Venía del orinal pero yo había tomado la decisión de estar lo más lejos posible de Bukowski durante el resto de la noche.

Estaba bailando solo en el pasillo, ajeno a todos, celebrando su propia locura borracha, levantándose por encima de todo, de todos nosotros, por encima de ese estúpido momento. Por encima de todos aquellos que anhelaban un poco de lo que quedaba de su alma para apreciarla como mejor les convenía. Él era la víctima, nosotros los carroñeros. Pero él era Bukowski, Zorba el griego, bailando en medio de la muerte y de la locura.

No pensé que me había visto al pasar, pero él me agarró con su mirada y ahí me detuvo. Creí que a lo mejor me estaba confundiendo con mi amigo Dana. Teníamos casi la misma estatura y la misma edad y ambos teníamos el pelo bastante largo y oscuro. También usábamos las mismas gafas de marco de metal. A lo mejor pensó que yo era el tipo que me quería robar a su mujer. Tal vez pensó que le iba a pedir algo más. O tal vez me tomó por lo que verdaderamente era: un entusiasmado e inmaduro poeta que necesitaba que le dieran una lección.

Cuando sus brazos se alzaron al aire por encima de mí supe que ya no estaba bailando y que se estaba preparando para hacer lo que había planeado toda la noche. Sabía que lo iba a hacer y que se iba a sentir mejor por un momento, que él triunfaría. Pensé en pegarle primero en defensa propia. No soy fuerte ni boxeador. Si tenía suerte y él estaba lo suficientemente borracho, tal vez lo noquearía. Si lo tiraba al piso, de pronto se pegaba en la cabeza. Y a lo mejor se mataba en la caída. Sería responsable de la muerte del más grande poeta de Los Estados Unidos. Si no lo noqueaba, a lo mejor me daba una paliza del carajo. Decidí no hacer nada y esperar a ver qué pasaba.

Esperé a que sus brazos bajaran. Me golpearían los hombros o la cabeza. A lo mejor me hería. Y podría haber ambulancias, policía.

Gruñó, acumuló un gargajo en la boca y mi cara muy bien lo sintió. No podía creer lo que estaba pasando. Me escupió en la cara.

Regresé a la mesa. Absolutamente nadie lo había visto.

“¿Qué estaba haciendo allá, qué te dijo?” preguntó Dana.

“Me escupió en la cara. Charles Bukowski me escupió en la cara.”

Eso se regó como pólvora. Todos me apoyaron. “Es que es un hijueputa,” dijo Locklin, disculpándose por Bukowski. Dana pensó que eso iba para él y que yo había sido la víctima. John estaba enojado con Bukowski. Varios de mis amigos me dijeron que no iban a leer más sus libros.

Por supuesto yo le eché la culpa a él y no a mí. ¿Cómo me hacía eso, un admirador que había comprado sus libros, que se los había leído, alguien que creía en su genialidad? Con el tiempo empecé a odiarlo. Deseaba su muerte. Boté los afiches donde estaba su fotografía. Casi boto sus libros incluido el que había autografiado pero en lugar de eso los metí en una caja.

Finalmente los saqué de la caja. Ellos suplicaban que fueran leídos. Nadie era tan bueno. Algo tenía que leer.

Con el tiempo lo perdoné. Y yo me perdoné a mí mismo por ser el tipo al que escupieron. Mientras fui envejeciendo y me fui convirtiendo en artista y en persona, también empecé a comprender lo que él había hecho y por qué tenía que hacerlo. Incluso lo tomé como algo positivo. Una especie de bautismo con saliva, una limpieza en la sangre del cordero.  



EL MAGO Y LA OLLA SALTARINA

J.K. Rowling

Traducido por Alejandro Ramírez

 

Había una vez un viejo y amable mago que usó su magia de manera sabia y generosa en beneficio de su comunidad. Nunca reveló la verdadera fuente de su poder, sino que fingió que sus pociones, encantos y antídotos brotaban preparados de la pequeña caldera que llamó la olla de la fortuna. La gente de varios kilómetros a la redonda venía a él con sus problemas y el mago estaba contento de revolver su olla y solucionar los problemas.

 Este querido mago vivió hasta una graciosa edad, luego murió y le dejó todos los bienes que tenía a su único hijo. Este hijo era de una disposición muy diferente a la de su amable padre. Según el pensamiento del hijo, aquellos que no tenían capacidades para la magia no tenían ningún valor y él a menudo se había peleado con el hábito de su padre de dispensar una ayuda mágica a sus vecinos.

Después de la muerte del padre, el hijo encontró escondido dentro de la vieja olla un pequeño paquete que llevaba su nombre. Lo abrió, con la esperanza de encontrar oro, pero encontró en cambio una zapatilla suave, gruesa y demasiado pequeña para ponérsela y sin el par. Un fragmento de pergamino dentro de la zapatilla tenía las siguientes palabras: "Con la profunda esperanza, hijo mío, de que nunca lo necesitarás."

El hijo blasfemó contra el frágil raciocinio de su padre, luego devolvió la zapatilla al caldero y decidió usarlo en adelante como un recipiente para la basura.

Esa misma noche una campesina llamó a su puerta.

"Mi nieta está afligida por una gran cantidad de verrugas, señor," le dijo. "Su padre solía mezclar un emplasto especial en aquella vieja olla”.

“¡Fuera de aquí!" gritó el hijo. "¿Qué puedo hacer yo por las verrugas de tu mocosa?" Y cerró de un golpe la puerta en la cara de la anciana.

Inmediatamente vino de la cocina un fuerte ruido y un traqueteo. El mago encendió su varita mágica y abrió la puerta y vio, para su asombro, la vieja olla de su padre: le había brotado una pata de bronce y saltaba y saltaba en medio del suelo, haciendo un horrible ruido sobre las losas. El mago se acercó maravillado, pero retrocedió apresuradamente cuando vio que toda la superficie de la olla estaba cubierta de verrugas.

 "¡Objeto asqueroso!" gritó y primero intentó Desaparecer la olla, luego limpiarla con su magia y, finalmente, sacarla a la fuerza de la casa. Sin embargo, ninguno de sus conjuros funcionó y fue incapaz de evitar que la olla saltara detrás de él hasta la cocina y luego lo siguiera hasta la cama, resonando y traqueteando ruidosamente en cada una de las escalas de madera.

El mago no pudo dormir toda la noche debido al traqueteo de la vieja olla verrugosa al lado de la cama, y al día siguiente la olla siguió saltando detrás de él hasta la mesa del desayuno. Riiinnnn, Riiinnnn, Riiinnnn, era la olla con pata de bronce y el mago no había comenzado a comerse el guisado cuando escuchó otro golpe en la puerta.

Un anciano estaba en el umbral de la puerta.

"E’ mi vejo burro, patrón", le explicó. "Tá perdido o robado y sin él no puedo llevar mi mercancía al mecado y mi familia pasará hambre ta noche."

"¡Yo tengo hambre!" rugió el mago y cerró de un golpe la puerta sobre el anciano.

Riiinnnn, Riiinnnn, Riiinnnn, era la olla con pata de bronce sobre el suelo, pero ahora su clamor se mezclaba con los rebuznos de un burro y los gemidos humanos del hambre que hacían eco en las profundidades de la olla.

"¡Tranquila! ¡Silencio!" chillaba el mago, pero ninguno de todos sus poderes mágicos podía callar la verrugosa olla que saltaba en sus tacones todo el día rebuznando y gimiendo y resonando sin importar donde estuviera él ni lo que hiciera.

Esa tarde se escuchó un tercer golpe a la puerta y en el umbral estaba una mujer joven que sollozaba como si su corazón se fuera a romper.

 "Mi bebé está gravemente enfermo," dijo ella. "¿Podría ayudarnos, por favor? Su padre me dijo que viniera en caso de que tuviera problemas”.

Pero el mago le cerró de un golpe la puerta.

Y entonces la olla torturadora se llenó hasta el borde con agua salada y derramaba lágrimas por todo el suelo mientras saltaba y rebuznaba y gemía y le brotaban más verrugas.

Aunque ningún otro campesino vino a buscar ayuda a la casita de campo del mago durante el resto de la semana, la olla lo mantuvo informado de los muchos males de todos. A los pocos días no sólo rebuznaba, gemía, se derramaba, saltaba y le brotaban verrugas, sino que también se atragantaba, tenía náuseas, gritaba como un bebé, gemía como un perro, vomitaba el queso malo y la leche agria y una plaga de babosas hambrientas.

El mago no pudo dormir ni comer con la olla a su lado, además la olla rehusaba marcharse y no podía hacerla callar ni obligarla a que se quedara quieta.

Hasta que al fin el mago no pudo soportarlo más.

"¡Tráiganme todos sus problemas, todas sus dificultades y sus infortunios!" gritó, huyendo en la noche, con la olla saltarina detrás de él a lo largo del camino del pueblo. "¡Vengan! ¡Déjenme curarlos, repararles y consolarlos! ¡Tengo la olla de mi padre y les haré mucho bien!"

Y con la fétida olla que todavía estaba saltando detrás de él, corrió calle arriba, lanzando conjuros en todas las direcciones.

Dentro de una casa las verrugas de la niña desaparecieron cuando ella se durmió; el burro perdido fue Traído de una distante parcela de zarza y dejado suavemente en su cuadra; el bebé enfermo fue empapado en díctamo y despertó bien y sonrosado. En cada casa en la que había enfermedad y dolor el mago hizo todo lo posible y gradualmente la olla que estaba a su lado dejó de gemir y tener náuseas y se quedó tranquila, brillante y limpia.

"¿Y entonces, Olla?", preguntó el mago tembloroso cuando el sol empezó a salir.

La olla eructó la zapatilla que él había arrojado allí y lo dejó que se la encajara en el pie de bronce. Regresaron a la casa del mago con el paso de la olla por fin amortiguado. Pero a partir de aquel día, el mago ayudó a los campesinos como su padre lo hacía antes, no sea que la olla se quite la zapatilla y empiece a saltar otra vez.



TRIPAS

Chuck Palahniuk

Traducido del inglés por Natalia Quintero

 

Inhala.

Toma tanto aire como puedas. Esta historia debería durar tanto como puedas aguantar la respiración y después sólo un poco más. Luego escucha tan rápido como puedas.

Un amigo mío, cuando tenía trece años, escuchó hablar sobre “el enganche”, que es cuando un tipo se mete un consolador por el culo, el cual produce una fuerte estimulación de la glándula de la próstata. El rumor es que puedes tener explosivos orgasmos sin necesitar las manos. A esa edad, este amigo ya era todo un pequeño maniático sexual. Siempre estaba obsesionado por encontrar mejores maneras de venirse. Salió a comprar una zanahoria y vaselina para llevar a cabo una pequeña investigación privada. Luego imaginó como se vería la escena en la caja del supermercado: la zanahoria solitaria y la vaselina rodando por la cinta transportadora hacia el cajero de la tienda. Todos los clientes que están haciendo la fila observan. Todos ven la gran noche que ha planeado.

Entonces, mi amigo compró leche, huevos, azúcar y la zanahoria: todos los ingredientes para una torta de zanahoria. Y la vaselina.

 

 Como si fuera a casa a meterse una torta de zanahoria por el culo.

Una vez en casa, moldeó la zanahoria de manera que no quedara afilada. La untó de lubricante y se la metió por el culo. Después…nada. No hubo orgasmo. No pasó nada, solo dolió.

Luego, su madre lo llama a comer. Le dice que baje de inmediato.

Se sacó la zanahoria y escondió esa cosa asquerosa y resbaladiza entre la ropa sucia que había debajo de su cama.

Después de comer, fue a buscar la zanahoria y no estaba. Mientras cenaba, su madre se llevó toda su ropa sucia para lavarla. No había forma de que ella no la encontrara, cuidadosamente pulida con uno de sus cuchillos para pelar y que todavía brillaba debido al lubricante, y apestosa.

Mi amigo esperó durante meses con incertidumbre, esperaba que sus viejos lo confrontaran. Nunca lo hicieron. Nunca. Incluso ahora que ha crecido, esa zanahoria invisible lo persigue en cada cena de Navidad, en cada fiesta de cumpleaños. En cada búsqueda de huevos de Pascua con sus hijos, los nietos de sus padres, esa zanahoria fantasma los merodea a todos. Es demasiado horrible para nombrarla.

Los franceses tienen una frase: “el genio de la escalera”. En francés “l’esprit de l’escalier”. Se refiere al momento en que uno encuentra la respuesta cuando ya es demasiado tarde. Cuando, por ejemplo, uno está en una fiesta y alguien lo insulta, uno tiene que decir algo. Pero bajo presión, con todo el mundo mirando, uno dice algo tonto. Pero cuando se va de la fiesta,…

 

Cuando empieza a subir las escalas, de repente, llega el genio. Se nos ocurre la respuesta perfecta que debimos haber dicho. El insulto perfecto.

Ese es el genio de la escalera.

El problema es que ni los franceses tienen una frase para las cosas estúpidas que, efectivamente, uno dice bajo presión. Esas cosas estúpidas y desesperadas, las que sí pensamos o hacemos.

 Algunos hechos son demasiados bajos para tener siquiera un nombre; demasiado bajos para mencionarlos.

Haciendo una retrospectiva, los psiquiatras expertos en jóvenes y psicorientadores ahora dicen que el último pico en la ola de suicidios adolescentes fue de chicos que trataban de asfixiarse mientras se hacían la paja. Sus viejos los encontraban con una toalla alrededor del cuello y atada al ropero de la habitación; el chico muerto. Esperma muerto por todas partes. Por supuesto, los padres limpiaban. Le ponían pantalones al chico. Hacían que se viera… mejor. Al menos esa era la intención. El típico suicidio triste de un adolescente.

Otro amigo mío, un chico de la escuela, tenía un hermano mayor en la Marina y él contaba que los tipos en Medio Oriente se masturban distinto a como lo hacemos nosotros. Su hermano estaba en algún país de camellos donde los mercados públicos venden lo que podrían ser elegantes cortapapeles. Cada herramienta es una delgada vara de plata lustrada o latón, quizá tan larga como una mano, con una gran punta, ya fuera una gran bola de metal o el tipo de mango refinado que uno ve en una espada. Este hermano de la Marina dice como se les para a los árabes y después se meten esta vara de metal en la verga. Y se pajean con la vara adentro, que lo hace mucho mejor. Más intenso.

 

El tipo es la clase de hermano mayor que viaja por el mundo y comenta dichos franceses, rusos y consejos prácticos para masturbarse.

 Después de esto, un día el hermano menor falta a la escuela. Esa noche me llamó para pedirme que recogiera sus tareas para las próximas semanas porque estaba en el hospital.

Tenía que compartir la habitación con unos viejos que necesitan que se encargaran de sus tripas. Dijo que todos tenían que compartir la misma televisión. Su única privacidad era una cortina. Sus viejos no fueron a visitarlo. Por teléfono habla de cómo sus viejos podrían matar ahora mismo a su hermano mayor que está en la Marina.

También dijo que el día anterior estaba un poco drogado. En casa, en su habitación, estaba tirado en la cama con una vela encendida y hojeando revistas porno, listo para pajiarse. Todo esto después de escuchar la historia de su hermano en la Marina. Ese interesante aporte sobre cómo se masturban los árabes. El chico busca a su alrededor algo que pueda hacer el trabajo. Un bolígrafo es demasiado grande. Un lápiz, demasiado grande y duro. En cambio la vela, cuando gotea por un lado, se forma una delgada y suave capa de cera que podría servir. Apenas con la punta de un dedo, este chico separa la larga capa de cera de la vela. La frota y la moldea entre las palmas de sus manos. Larga, suave y delgada.

Drogado y excitado, se la introduce dentro, más y más profundo en la uretra. Sin haberla metido toda, empieza a estimularse.

Incluso ahora, dice que esos árabes son unos malditos astutos. Han reinventado la masturbación. Acostado de espaldas en la cama lo está pasando tan bien que el chico no puede estar pendiente de la cera. Está a punto de lograrlo cuando la cera ya no se asoma fuera de su erección.

La delgada vara de cera se resbaló hacia adentro. Por completo. Tan adentro que no puede ni siquiera sentirla adentro.

Desde abajo, su madre le avisa que es hora de cenar. Le dice que baje de inmediato. Este chico de la cera y el de la zanahoria son personas diferentes, pero todos vivimos casi la misma vida.

Después de la cena le empiezan a doler las tripas. Como es cera, se imagina que simplemente se derretirá adentro y la meará. Ahora le duele la espalda. Los riñones. No se puede parar derecho.

El chico está hablando por teléfono desde la cama de hospital y en el fondo se pueden escuchar campanas y gente gritando. Programas de juegos.

Las radiografías muestran la verdad: algo largo y delgado, doblado dentro de su vejiga. Esta larga y delgada V dentro suyo está almacenando todos los minerales de su orina. Se está poniendo más grande y dura, cubierta con cristales de calcio, golpea y desgarra las suaves paredes de su vejiga, obturando la salida de su orina. Sus riñones están trabados. Lo poco que gotea de su pene está rojo de sangre.

El chico y sus viejos, toda la familia mirando las radiografías con el médico y las enfermeras parados allí, la gran V de cera brillando para que todos la vean: tiene que decir la verdad. La forma en que se masturban los árabes. Lo que le escribió su hermano en la Marina.

En el teléfono, ahora, se pone a llorar.

Pagaron la operación de la vejiga con los ahorros para la universidad. Un error estúpido, y ahora jamás será abogado.

Te metes dentro de cosas. Te metes cosas adentro. Una vela en tu verga o una soga en tu cuello, sabíamos que serían grandes problemas.

Lo que me metió en problemas a mí lo llamo “Búsqueda de perlas”. Esto significaba joderse bajo el agua, sentado en el fondo de la piscina de mis padres. Respiraba hondo, con un impulso me iba al fondo y me quitaba los shorts. Me quedaba sentado allí por dos, tres, cuatro minutos.

Sólo por masturbarme tenía una gran capacidad pulmonar. Si hubiera tenido una casa para mí solo, lo habría hecho durante tardes enteras. Cuando finalmente terminaba de escurrirme la verga mi esperma flotaba en globos grandes y lechosos.

Después empezaba la búsqueda para recolectarla toda y limpiar cada resto con una toalla. Por eso se llamaba “Búsqueda de perlas”. Aun con el cloro, me preocupaba mi hermana o, ¡Dios mío!, mi mamá.

Ese solía ser mi mayor miedo en el mundo: que mi adolescente y virgen hermana creyera que sólo estaba engordando y diera a luz a un bebé de dos cabezas, retardado. Las dos cabezas como la mía. Yo, el padre y el tío. A fin de cuentas, lo que más nos preocupa nunca es lo que nos hace caer.

La mejor parte de la búsqueda de perlas era el tubo para el filtro de la pileta y la bomba de circulación. La mejor parte era desnudarse y sentarse allí.

Como dirían los franceses, ¿a quién no le gusta que le chupen el culo? De todos modos, en un minuto pasas de ser sólo un chico masturbándose que, al siguiente, nunca será abogado.

En un minuto estoy sentado en el fondo de la piscina y el cielo esta ondulado, azul claro a través de los ocho pies de agua sobre mi cabeza. El mundo está en silencio, sólo escucho el latido de mi corazón.

Tengo la pantaloneta de baño de rayas amarillas alrededor de mi cuello por seguridad, por si aparece un amigo, un vecino o cualquiera preguntando por qué falté al entrenamiento de fútbol. Siento la continua chupada del tubo de la pileta y estoy frotando mi flaco y blanco culo sobre esa sensación.

Tengo aire suficiente y la verga en la mano. Mis viejos están trabajando y mi hermana tiene clase de ballet. Se supone que voy a estar solo durante horas.

Mi mano casi me hace llegar, y paro. Nado hacia la superficie para volver a tomar bastante aire. Me sumerjo y me acomodo en el fondo.

 Hago esto una y otra vez.

Debe ser por eso que las chicas quieren sentarse en tu cara. La succión es como una descarga que nunca se detiene. Con la verga dura y mientras me chupan el culo no necesito aire. Escucho el latido de mi corazón, me quedo abajo hasta que empiezo a ver resplandecientes estrellas. Mis piernas estiradas, el dorso de las rodillas rozando fuerte contra el fondo de concreto. Los dedos de mis pies se están poniendo morados, los dedos de los pies y de las manos se arrugan por estar tanto tiempo en el agua.

 Y después lo dejo llegar. El chorro de globos blancos sale. Las perlas. Entonces necesito aire. Pero cuando intento impulsarme para salir, no puedo. No puedo sacar los pies. Mi culo está atrapado.

Los paramédicos de emergencias dirán que cada año cerca de 150 personas se quedan atascadas de éste modo, succionadas por la bomba de circulación. Si se te queda atrapado el pelo, o el culo, seguro te ahogas. Cada año, miles de personas se ahogan. La mayoría en Florida.

Sólo que la gente no habla del tema. Ni siquiera los franceses hablan acerca de todo. Con una rodilla arriba y poniendo un pie debajo, logro medio incorporarme cuando siento el tirón en mi culo. Con el otro pie debajo, pateo hacia el fondo. Me estoy liberando pero ni toco el concreto ni llega el aire.

 Todavía pateando bajo el agua, y agitando los brazos, estoy a medio camino de la superficie, pero no llego más arriba. Los latidos en mi cabeza se vuelven fuertes y rápidos.

Las chispas de luz brillante pasan ante mis ojos, me doy vuelta para mirar… pero no tiene sentido. Esta soga gruesa, una especie de serpiente azul y blanca trenzada con venas se salió del desagüe y está agarrada a mi culo. Algunas de las venas gotean sangre, sangre roja que parece negra bajo el agua y se desprende de pequeños rasguños en la pálida piel de la serpiente. La sangre se diluye, desaparece en el agua, y dentro de la delgada piel blanca y azul de la serpiente se pueden ver restos de una comida a medio digerir.

Esta es de la única manera en que esto tiene sentido: algún horrible monstruo marino, una serpiente marina, algo que nunca ha visto la luz del día, ha estado escondido en el oscuro fondo del desagüe de la piscina, esperando para comerme.

Así que la pateo, pateo su piel resbalosa y gomosa y llena de venas, pero cada vez sale más del desagüe. Ahora quizá sea tan larga como mi pierna, pero aún me amarra el culo. Con otra patada estoy a una pulgada más cerca de tomar aire. Aun sintiendo que la serpiente tira de mi culo, estoy a una pulgada más cerca de escapar.

Enredados en la serpiente se pueden ver granos de maíz y maníes. Se puede ver una bola brillante, grande y naranjada. Es una especie de vitamina para caballos que mi padre me hace tomar para que aumente de peso. Para que consiga una beca de fútbol. Con hierro extra y ácidos grasos omega tres.

Ver esa pastilla me salva la vida.

No es una serpiente. Es mi largo intestino, mi colon, arrancado de mi cuerpo. Lo que los doctores llaman prolapso: mis tripas chupadas por el desagüe.

Los paramédicos te dirán que una bomba de agua de piscina absorbe 80 galones de agua por minuto. Eso son unas 400 libras de presión. El gran problema es que por dentro estamos interconectados. Nuestro culo es sólo la parte final de nuestra boca. Si me suelto la bomba sigue trabajando, desenredando mis entrañas hasta llegar a mi boca. Imaginen cagar 400 libras de mierda y podrán apreciar cómo eso puede destrozarlos.

Lo que puedo decir es que tus entrañas no sienten mucho dolor. No de la misma manera que tu piel lo siente. Los doctores llaman materia fecal a lo que uno digiere. Más arriba es quimo, pedacitos bolsones de una porquería líquida, delgada y mucosa, con residuos de maíz, maníes y alverjas.

Esa es toda la sopa de sangre y maíz, mierda y esperma y maníes que flota a mi alrededor. Aunque mis tripas siguen saliéndose del culo, sosteniendo lo que queda mi prioridad es volver a ponerme mi traje de baño de alguna manera.

 Dios mío, no permitas que mis padres me vean la verga.

Una de mis manos sostiene un puño alrededor de mi culo, la otra tiene agarrada mi pantaloneta de baño de rayitas amarillas y la jala del cuello. Pero todavía es imposible ponérmela.

Si quieren saber cómo se sienten los intestinos, compren uno de esos condones de piel de cordero. Saquen uno y desenróllenlo. Llénenlo con mantequilla de maní, cúbranlo con lubricante y sosténganlo bajo el agua. Después traten de rasgarlo. Traten de partirlo en dos. Es demasiado duro y gomoso. Es tan resbaladizo que no se puede sostener.

 Un condón de piel de cabra: ahí tienen un intestino común.

Pueden ver contra lo que estoy luchando.

Si me dejo ir por un segundo, me destripo.

Si nado hacia la superficie para tomar aire, me destripo.

Si no nado, me ahogo.

Estoy entre morir ahora mismo o dentro de un minuto.

Lo que mis viejos encontrarán cuando vuelvan del trabajo es un gran feto desnudo, acurrucado sobre sí mismo. Flotando en el agua sucia de la piscina del patio. Con una gruesa cuerda de venas y tripas retorcidas que le sostienen por detrás. El opuesto del niñito que se ahorca cuando se masturba. Éste es el bebé que trajeron del hospital hace trece años. Éste es el chico para el que anhelaban una beca deportiva y un título en gestión empresarial. El que los cuidaría cuando fueran viejos. Aquí están todos sus sueños y esperanzas. Flotando aquí, desnudo y muerto. Todo a su alrededor no es más que perlas lechosas y grandes de esperma desperdiciada.

Es eso, o mis viejos me encontrarán envuelto en una toalla ensangrentada, habré colapsado a medio camino entre la piscina y el teléfono de la cocina, las sobras de mis entrañas desgarradas todavía colgando por fuera de mi pantaloneta de baño de rayitas amarillas.

 Algo de lo que ni los franceses hablarían.

Ese hermano mayor de la Marina nos enseñó otra buena frase. Una rusa. Cuando nosotros decimos: “me sirve pa’ culo”, los rusos dicen: “me sirve tanto como unos dientes en el culo”.

Mne eto nado kak zuby v zadnitse.

 Esas historias sobre cómo los animales capturados por una trampa se mastican su propia pierna; cualquier coyote puede decir que un par de mordiscos son mucho mejores que morir.

Mierda… aunque seas ruso, algún día podrías querer esos dientes.

De otra manera, lo que tienes que hacer es retorcerte, dar vueltas. Enganchar un codo detrás de la rodilla y tirar de esa pierna hasta la cara. Morder tu propio culo. Uno se queda sin aire y mordería cualquier cosa con tal de volver a respirar.

No es algo que te gustaría contarle a una chica en la primera cita. No, si quieres que te dé el beso de buenas noches. Si les contara a qué sabe, nunca, nunca volverían a comer calamares.

Es difícil decir qué les disgustó más a mis viejos: cómo me metí en el problema o cómo me salvé. Cuando salimos del hospital, mi madre dijo: “No sabías lo que hacías, amor. Estabas en shock”. Y aprendió a preparar huevos escalfados.

Toda esa gente me tiene fastidio o lástima…

Me sirve tanto como unos dientes en el culo.

Hoy en día, la gente me dice que me veo demasiado flaco. En las cenas, la gente se queda silenciosa o se enoja cuando no como la carne horneada que prepararon. La carne horneada me mata. El jamón cocido. Todo lo que se queda en mis entrañas durante más de un par de horas sale siendo todavía comida. Las judías hechas en casa o trocitos de atún, cuando me paro y volteo a mirar, están allí flotando en el inodoro.

Después de sufrir una colectomía parcial, la carne no se digiere muy bien. La mayoría de la gente tiene 182 centímetros de intestino grueso. Yo tengo la suerte de conservar 15 centímetros. Así que nunca conseguí la beca deportiva, tampoco el título en gestión empresarial. Mis dos amigos, el chico de la cera y el de la zanahoria, crecieron, se pusieron grandotes, pero yo nunca llegué a pesar una libra más de las que pesaba cuando tenía trece años.

Otro gran problema es que mis viejos pagaron un montón de dinero por esa piscina. Al final mi padre le dijo al tipo de la piscina que fue un perro. El perro de la familia se cayó al agua y se ahogó. El cuerpo muerto quedó atrapado en el desagüe. Incluso cuando el tipo que vino a arreglar la piscina abrió el filtro y sacó un tubo elástico, un pedazo de intestino lleno de agua, todavía con una de esas vitaminas naranjadas adentro. Mi padre sólo dijo: “hijo de puta perro tan loco”.

Hasta desde la ventana de mi pieza, en el piso de arriba, podía escuchar a mi papá decir: “No se podía confiar un segundo en ese perro…”.

Después mi hermana tuvo un retraso.

Incluso después de que cambiaron el agua de la piscina, de que vendieron la casa y nos mudamos a otro estado, y de que mi hermana abortó, mis padres nunca volvieron a hablar de eso.

Nunca.

Esa es nuestra zanahoria invisible.

Ahora puedes respirar profundo.

Yo, todavía no lo he hecho.



ECOGRAFÍA

Wilson Orozco

 

Wilson tiene que acompañar a Olga María para saber si lo que sale de su barriga es un niño o una niña. Wilson ha terminado de enseñar sus clases de inglés. Podría tener el horario de un celador, piensa. Termina a las ocho de la mañana y tiene todo el día libre pero no sabe qué hacer con él. Luego tiene otra clase a las 6 de la tarde. Es decir, podría tranquilamente quedarse despierto después de esa clase hasta las 8 de la mañana del siguiente día e irse a dormir junto con todos los celadores de la ciudad.

  Son las dos de la tarde y Wilson está en la mitad de la nada. Siente que ya hace mucho terminó su clase y que falta una eternidad para la próxima. Hace calor y Olga María y él han acabado de almorzar. Tienen modorra pero ambos están entusiastas por saber de qué sexo es lo indeterminado que tiene Olga María en su vientre. Se van en el carro que tanto trabajo les ha dado conseguir y sobre todo mantener. Van felices, llenos de planes y expectativas. Todo, desde la compra de un escarpín hasta la futura universidad de esa cosa amorfa es motivo de largas conversaciones. Son felices y como diría una novela de Corín Tellado parecía que nada podría acabar con esa felicidad.

  Paran en un semáforo y un niño les ofrece limpiarles el parabrisas. Wilson dice que no. Pocos años separan a Wilson de ese otro niño. Porque Wilson es un niño metido en cosas de grande. Se casó porque creía estar enamorado y para salir a como diera lugar de su casa. Vivía harto de su mamá y de su hermano. Vivía harto de tener que velar por ellos y mantenerlos. Quería tener algo para él. Algo que fuera suyo realmente. Algo que no hubiera sido impuesto. Algo que él hubiera elegido.

  Ya habían seleccionado el nombre: si era niño se llamaría Manuel. Si era niña Sofía. Manuel por un abuelo agricultor de Wilson que sembraba papas en La Ceja. Sofía por una tía soprano de Olga María caída ya en desgracia.

  Llegan al hospital. Wilson se tiene que enfrentar una vez más con la pobreza de Medellín: luchar contra el cuidador de carros. Eso significa darle unas cuantas monedas a ese pobre desarrapado. Y eso ya es mucho para el tacaño de Wilson. Pero es también la molestia que le da ver a tantos pobres a su alrededor: se siente atacado por ellos, asediado. Los pobres le suscitan recuerdos incómodos.

  Llegan al consultorio. El ginecólogo es alto y elegante. Wilson se siente intimidado por él. Se ve ridículo como prospecto de padre siendo tan joven frente a ese señor tan mayor y de buena sociedad. Wilson se siente como una muchacha pobre que se deja embarazar por ignorancia, por falta de métodos de planificación o para escapar de su hogar. El embarazado parece él y no Olga María. Él es el que se siente el centro de atención. Olvida que es a ella a la que van a examinar y no a él. Pero como siempre, por más intentos que haga, se siente el payaso, el raro, el monstruo que nadie puede dejar de mirar. En últimas, el narciso.

  Wilson siente el reproche del ginecólogo en su mirada. Siente que le dice que se ha hecho papá a la fuerza mientras podría estar estudiando o saliendo con miles de novias. Ahora su vida se limita a tener el horario que podría compartir con los celadores de Medellín. Enseñar inglés a ejecutivos, ingenieros y secretarias que sueñan con tener una comunicación telefónica con alguien en Nueva York. Los compañeros de estudio de Wilson ya han tenido hasta tres y cuatro novias y él sigue con la misma mujer que conoció a los 16 años. Y solo puede dar cuenta de otra mujer: su mamá.

  El ginecólogo hace pasar a Olga María a una camilla y ahí le toca esa cosa que le sale de la barriga. Cuenta chistes, hace chanzas. Ellos dos se entienden a las mil maravillas. Los dos pertenecen a las mismas familias de bien de la ciudad. Como, por ejemplo, Sofía la soprano. Aunque ya está de capa caída. Bebe mucho y no tiene plata ni para coger un bus. Sin embargo, cuando le pagan alguna clase de canto va, se gasta el dinero en Unicentro para que la vean sus antiguas amigas.

  Wilson, mientras tanto, observa las fotografías del ginecólogo que están en la biblioteca de su consultorio. Hay una especialmente que le llama la atención: está él con su esposa y sus hijos. La muchacha tiene frenillos. Abraza al papá. El muchacho, a su vez, abraza a la mamá. Todos se ven muy sonrientes, sobra decirlo. ¿Serán así en el futuro Wilson y Olga María? ¿Podrá Wilson tener algún día corbata, oficina y biblioteca donde pueda poner una foto con Olga María, la cosa y él?

-Ve, ¿y cómo va ese trabajo hombre…?, ¿Willington es que te llamás? No, ¿Wilbert? ¿Watson?

-Wilson.

-Eso, Wilson.

-Bien, Doctor.

-Ya.

-¿Y qué es lo que hacés vos?

-Soy profesor de inglés.

-Ah, ¿en el Colombo Americano?

  Wilson empieza a sudar. Le molesta esa conversación. No se siente a gusto con ese señor tan imponente y respetable. Se siente como un pequeño renacuajo que no sabe para dónde saltar. Atosigado y encerrado. Fuera de eso, no sabe cómo explicar que no enseña en el Colombo que es el único referente para este señor importante. No puede explicarle que se presentó al Colombo para aspirar a uno de sus empleos y que todos se burlaron de su acento paisa. Que la única alternativa que le ofrecieron era que podría pagar por unos cursos de fonética inglesa ahí mismo en el Colombo. Que tomó los cursos pero ni aun así pasó el examen. Que finalmente lo único que le dijeron fue que lo invitaban a tomar un curso básico para mejorar su horrible inglés: ¡Todo un profesor de inglés rebajado a estudiar los niveles básicos! No, eso no se lo puede decir.  

-Tengo dos clases particulares. Una por la mañana y otra por la tarde.

-Mi hijos están estudiando en los Estados Unidos.

-Qué bien…, dicen Olga María y Wilson al mismo tiempo como si fueran un par de hermanitos.

-Mi hija está haciendo un postgrado en Finanzas y mi hijo en Negocios Internacionales en la Universidad de Michigan.

-Qué interesante…, dice hipócritamente Wilson.

-¿Y vos dónde estudiaste inglés?

-Aquí.

-Sí, ¿pero dónde?

-En el Centro de Idiomas Flash Gordon.

  Pero no le quiere ampliar que no aprendió mucho en esos cursos. Que no sabe cómo, al finalizar sus estudios de inglés, le ofrecieron ser profesor en unas clases de niños en el mismo instituto y que eso le hizo merecedor para asistir a unas capacitaciones académicas con el director académico, con la esperanza de que algún día lo ascendieran a ser profesor de adultos. Pero con el director académico tampoco aprendió mucho. Al menos, no mucho inglés. El director hablaba de los beatniks, de los nadaístas, de Fernando González y de los hippies. Se dejaba crecer una larga barba que siempre estaba llena de harinas. Llevaba siempre una boina que había comprado en Londres cuando lavaba platos allá.

  Sus capacitaciones consistían en hacer leer a todos los profesores artículos sacados de la revista Time: sobre el aborto, la violencia familiar y las drogas. Para que sepan que Estados Unidos no es solamente Disneylandia e irse de compras a un centro comercial, les insistía. Siempre quería dar la imagen fea de los Estados Unidos. Su teoría era que la gente hablaba muy bien de ese país porque no sabía leer en inglés. Luego, les hacía sacar resúmenes de los artículos y los obligaba a aprendérselos de memoria. Con razón a Wilson nunca lo aceptaron como profesor del Colombo Americano.

-¿Y te gusta el horario de tus clases?

-Sí, señor.

-….

-….

*****************

  

  Ponen una cosa gelatinosa en la barriga de Olga María. El ginecólogo mira concentradamente la pantalla. Wilson espera impaciente. Quiere saber cuál es el sexo de esa cosa que cada vez pone más y más grande la barriga de Olga María. Esa barriga que tiene que masajear todas las noches porque Olga María ha leído que eso es buenísimo para estimular al bebé y para demostrarle que tiene dos papás que lo están esperando con amor.

  Es una masa amorfa. Las imágenes están en blanco y negro. Hay que hacer grandes esfuerzos para identificar lo que hay ahí. Lo más importante es el sexo de la masa. Pero la respuesta no reside en la ecografía. La respuesta ya estaba desde que eso fue concebido en un hotel de Caucasia mientras Olga María y Wilson venían de la Costa. Ahí pararon los dos con el resto de la tradicional familia. En ese hotel, Wilson empieza a acariciar a Olga María. Ella ya sabe que él le quiere hacer un hijo toda costa. Ya es hora de tener un hijo y ser un pequeño burgués completo. Ése era el elemento que faltaba. Olga María, como siempre, renuente a tener sexo. Pero termina por complacerlo, como siempre. Cuando Wilson eyacula en Olga María presiente que por fin el mandato de ser papá, que ni siquiera él comprende, se ha cumplido.

  Es difícil identificar las imágenes cuando de pronto aparece la cosa. Se le ve la cabeza y el tronco. Hay términos que Wilson no puede entender como “índices cefálicos”, “húmeros” y “visión sagital”. Definitivo: Es una niña, dice el médico. Wilson se siente decepcionado. Esperaba un hijo. Su condición de macho le indica que esta pobre niña va a sufrir mucho en la vida con los hombres. Pero ya al menos no es una cosa. Tiene un nombre. Se va a llamar como la tía soprano, caída en la ruina y que en ese preciso momento, a las tres de la tarde, alza el brazo completamente borracha para tomarse un aguardiente doble.



VELÁSQUEZ LEE DON QUIJOTE

(Las meninas)

Alejandro Ramírez

 

Don Diego Rodríguez de Silva y Velásquez se despierta temprano. Hoy, como varias noches de la última semana, ha vuelto a tener la misma pesadilla con María Bárbola, la enana de aspecto siniestro que acompaña a la Infanta. No recuerda con exactitud los detalles, o quizás no los quiere recordar, pero persisten los escalofríos y una nefasta e indefinible sensación. Se levanta y sale silenciosamente de la habitación en busca de su esposa, Juana Pacheco, a la que encuentra en un rincón de la cocina acurrucada con un grueso libro entre las manos. Se acerca y lo coge suavemente, sin violencia ni forcejeo, y lee mentalmente el título: El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Una sonrisa imperceptible se esboza en sus labios porque recuerda que leyó ese mismo libro hace más de tres décadas por consejo e influencia de su maestro y suegro don Francisco Pacheco. Él, hombre culto y apasionado lector, ha transmitido esa pasión a su hija.

Camina despacio, sin premura, disfrutando del vital aroma que emana de esa mañana primaveral. Lleva en sus brazos, lo advierte con cierta sorpresa, el libro que leía su esposa. Ha sentido el impulso egoísta de releer algunos apartes, pues sólo persisten en su recuerdo algunas escenas nebulosas.

Al llegar a su estudio, en el Alcázar de Madrid, a la primera persona que ve es a la enana María Bárbola que se apresura hasta él para decirle que lo espera la Infanta. Esa enana temible camina junto a él y refunfuña en un argot incomprensible maldiciones, órdenes o consejos que don Diego no se atreve a interpretar. Camina despacio y lo mira cada tres pasos, miradas que él recibe con aprensión y temor. Antes de abrir la puerta del estudio, la enana se cruza en su camino, lo mira a los ojos y le espeta una retahíla de improperios feroces e ininteligibles de los cuales él sólo alcanza a comprender fragmentos aislados: muerte… Infanta… cuadro… enfermedad… los reyes… tiempo… eternidad…

Está frente al cuadro que actualmente pinta cuyo nombre será, por la presencia de los dos reyes en él, La familia de Felipe IV. Se siente exhausto a pesar de que ha pintado poco, pero la presencia de la enana lo enerva. Le pide a Nilolasito que le alcance el libro que traía, pero como no sabe qué acápite leer le solicita a la Infanta que abra el libro en el lugar que le plazca: lee, con estupefacción, el fragmento en el cual el Caballero de la Triste Figura destroza el retablo de maese Pedro. Recuerda, entonces, las lecciones de su maestro Francisco Pacheco: amplía los espacios, amplía los espacios… Vuelve la mirada a su cuadro y repasa con cierta satisfacción su presencia en él y la de los reyes en el espejo del fondo… Perdido en ensoñaciones deja caer el libro del brazo y cuando va a recogerlo ve que la enana con cara de demonio ya lo está llevando hacia sus brazos.


ODIO EL CENTRO DE LA CIUDAD

Carlos Mauricio Calle

 

Odio el centro de la ciudad. Nunca he podido soportar el bullicio, la muchedumbre, la sensación de estar perdido entre un mar de peregrinos autómatas: rostros sin caras, cuerpos sin mentes, ríos de figurines a cada cual más dispar. Allá veo un hombre ensimismado ante la contemplación de un mostrador. Acullá, una madre resignada trata de silenciar el discordante llanto de un crío, llanto que se mezcla con la multitud de sonidos propios del pandemónium urbano, sonidos que se unen en una estridente melodía capaz de martillar tus oídos hasta volverlos polvo. Igualmente, detesto la imposibilidad de caminar con libertad, el ser conducido por las aceras como un inocente borrego que sigue a la masa sin importar cuál sea su siniestro destino bajo el calcinante sol de la jornada. Pero lo que realmente me aburre, me deprime, descompone y enferma, es la inevitable posibilidad de tropezar con mis semejantes. Debería existir una ley de la física para explicar tal fenómeno, porque no importa cuán cuidadoso y escrupuloso sea para evitar la humanidad de mis congéneres, siempre termino por chocar contra ellos. Es como si existiera una especie de extraño, inexplicable magnetismo en el cuerpo de los transeúntes. Para algunos esto último es algo normal, pero yo lo considero muy molesto, ya que me gusta lustrar mi calzado. Me agrada el oscuro brillo del cuero tras ser acariciado sensualmente por el cepillo y el betún, en una suerte de eucaristía donde el alma del zapato se despoja del polvo mundano y recupera la plenitud de su belleza. Es un resurgimiento, una resurrección, un regreso a la prístina beatitud del cuero que destella bajo la luz. Pero es en vano: tarde o temprano algún sucio pedestre echa a perder en un instante todo el paciente esfuerzo y dedicación de veinte minutos de ardua labor. Por estas y muchas otras razones que prefiero no mencionar trato de reducir al mínimo mis periplos al núcleo de la metrópoli.

Hay algo, sin embargo, que no deja de estimular mi curiosidad cuando visito el corazón de la urbe. A decir verdad, no puedo dejar de notar la gran cantidad de personas cuya única ocupación es distribuir papeles; esos pequeños papeles en impresión monocroma, casi siempre en dos variantes, que los pasantes reciben y botan al cesto de la basura sin siquiera dedicarles una mirada. Unos de ellos exhiben imágenes oníricas, propias de la obra de Dalí o Magritte y te prometen prodigios tales como enlazar a tu ser amado, comunicarte con tus ancestros, liberarte de las maldiciones arcanas de tus enemigos y, claro está, descargar tu furia hacia ellos en la forma de una gonorrea trepadora, o una sífilis galopante que los dejará recluidos en su domicilio por eras geológicas interminables. Pero los más llamativos son aquellos con voluptuosas mujeres, quienes te prometen llevarte a mundos de insospechado placer a través de una estimulante sesión de “masajes”. Está bien, no puedo negar que un pequeño “masaje” pueda liberarte de la tensión y el estrés acumulado en una rutina de proletario suburbano, como la que yo y muchos de mis conciudadanos estamos condenados a soportar, pero aún no entiendo cómo los brazos expertos de una masajista pueden hacerte alcanzar, textualmente hablando, “las más altas cotas del placer”. Así, intrigado como estoy por la idea, decido investigar un poco más al respecto y conservar uno de estos papelillos en mi próxima visita al centro.

La oportunidad se presenta un día cualquiera. Camino bajo la mirada atenta de gigantes de concreto y cristal, cuyas entrañas, llenas de oficinas o locales comerciales disponen de numerosas ventanas cual miríada de ojos de un moderno Argos para ver la luz del día. La atmósfera se presenta favorable para recorrer las calles. El sol se encuentra cubierto bajo un algodonoso manto de nubes. Sus rayos, atenuados por los nimbos, se diluyen en un resplandor blanquecino, una luz difusa que desdibuja las sombras de todos los objetos visibles. “Es un verdadero prodigio”, pienso mientras vagabundeo buscando una sucursal bancaria indeterminada. Estoy habituado a la “eterna primavera” de mi ciudad, es decir, a un sol agresivo e implacable o, en su defecto, a una lluvia copiosa y deprimente, inestable, dispuesta a caer sobre mí en el momento menos esperado. En medio de tal cavilación, al doblar una esquina, una mano me extiende una de aquellas papeletas y quince minutos más tarde ya tengo en mi haber una completa colección de las mismas. En el camino a casa verifico las proporciones del recién adquirido botín, más o menos unas diez piezas de tamaño, color y configuración similares.

Días más tarde, después de indagar más en el asunto, tras un poco de inteligencia y reconocimiento, logro dar cuenta de la verdad oculta tras los misteriosos papelillos. Sí, puede parecer increíble, pero sólo hasta ahora rompo el cascarón de la ignorancia: para mi sorpresa “Venus”, “Atenea”, “Bagdad” y toda una pléyade de resonantes nombres históricos es la tapadera de la institución más antigua, más activa y paradójicamente más desprestigiada del mundo occidental: la prostitución. Admito que la existencia de la que es quizá la profesión más veterana del mundo, nunca me ha pasado desapercibida; pero esta fascinante modalidad, en la cual se tiene la posibilidad de dirigirse hacia una prosaica vivienda en un barrio de clase media y dar rienda suelta a los instintos más salvajes, sin ser sometido a la escrutadora mirada del peatón ocasional, o peor aún, al escarnio público, es nueva para mí; definitivamente esto es algo que estaba fuera del ámbito de lo real hasta hace pocos años en la ciudad. O bien, si ya existía, ni me enteré. En fin, lo más inquietante es que una vez resuelto el enigma, mi curiosidad no desaparece. Por el contrario, no hace más que acrecentarse…

¿Por qué no probar las delicias del sexo libre y sin compromisos? ¿Por qué no dejar de lado la máscara de la hipocresía que pesa en el rostro del hombre empeñado en fingir amor y ternura cuando persigue un objetivo mundano, concreto y pragmático como es el cohabitar con otra persona del sexo opuesto? Sí, ¿por qué no? Trato de sopesar las consecuencias que semejante acto pueda tener sobre mi persona, excluyendo las enfermedades venéreas, contra las cuales siempre puedes tomar precauciones, pero no encuentro ninguna. No soy el personaje romántico que sueña con conocer a una mujer etérea o enaltecer a otra no tan etérea para así cambiar el curso de mi vida. No creo en el amor ni en patrañas semejantes. Puedo concebir un estado alterado de la conciencia donde el influjo de la dopamina, la serotonina y otras potentes sustancias psicoactivas de origen endocrino puedan hacerme ver a otra persona, no necesariamente del sexo contrario, como una condición indispensable para alcanzar la felicidad de la existencia, si es que tal cosa existe. Sin embargo, me cuesta suponer que una vez trascurrida la euforia inicial -el éxtasis provocado por un desequilibrio hormonal transitorio- mi individualidad pueda soportar la presencia de esa entidad masculina-femenina a mi lado hasta que la muerte u otras circunstancias menos calamitosas nos separen. No comprendo la insensatez de las relaciones que pretenden legitimar el intercambio sexual a partir de patrones de conducta preestablecidos o sentimientos “honestos” predicados por líderes sectarios tan o quizá más perversos que yo. No puedo encontrar una posible semilla de degeneración en el acto de yacer con una esforzada trabajadora sexual, porque cualquier escrúpulo o prohibición moral deja de ser insuperable en la medida en que su trasgresión no implique una sanción pecuniaria o penal. Además, considero una miserable pérdida de tiempo el tratar de seducir a una mujer para obtener favores sexuales de su parte –si bien es la mujer quien engatusa al hombre, pero esa es otra historia, para ser contada en otra ocasión-, cuando se pueden obtener iguales resultados haciendo uso de la ley del mínimo esfuerzo: la billetera se abre una sola vez y al unísono con las puertas del Elíseo. Sí, lo admito, soy un mezquino, pero nadie podrá negarme que tener una novia es un vicio muy caro, comparable al consumo de heroína una vez que tengas el paquete completo, esposa, hijos y una hipoteca por pagar.

Después de un round a solas con mi conciencia, de una -quisiera decir intensa, pero estaría mintiendo- terapia de auto justificación, estoy preparado para una enriquecedora experiencia vital. Así, venzo mi reluctancia al centro de la ciudad y salgo a la calle en busca de la iluminación que sólo el conocimiento de los secretos del cielo y de la tierra puede otorgar. Mientras camino tanteo con mis dedos el interior de mi bolsillo, buscando el preciado boleto donde pone la dirección al más cercano portal del placer y no tardo en dar con el lugar. Tal como lo suponía el sitio indicado se encuentra en un barrio de clase media, con calles y banquetas limpias, con árboles de todo tipo, aunque con una gran preponderancia de enhiestas araucarias que se mecen suavemente con el viento y mangíferas cargadas de redondos y voluptuosos frutos. Verifico las señas en el papel y doy de inmediato con la casa en cuestión. Es una vivienda cuyo aspecto no requiere descripción alguna. Nada en la fachada desentona con el ambiente de los alrededores, el apelativo “normal” no podría encontrar un caso más digno para ser usado. Localizo el timbre al segundo, lo presiono, pero no escucho sonido alguno exceptuando el de una que otra persona que pasa por las inmediaciones. Instantes después la puerta se abre con suavidad y un hombre de mediana edad me saluda y me invita a pasar. Aunque mi natural escepticismo me incita a observar con obstinada atención todos los detalles, a la espera de hallar algo discordante y desagradable, no encuentro nada inquietante ni en mi anfitrión, ni en su morada. El hombre está vestido de una manera natural: blue jeans y camisa de color claro abotonada casi hasta el cuello. Sus maneras son delicadas pero sin llegar a parecer remilgado en ningún momento. Sonrisa sincera, mirada amistosa; se ve digno de fiar a despecho de tratarse de un completo extraño. Me invita a tomar asiento en un mullido sofá verde de algo parecido al terciopelo, ubicado en la sala de estar de la casa, y mientras me hundo lentamente en la comodidad del mismo me pide esperar unos instantes en tanto acuden las “chicas” de turno. Expectativa... redoble de tambores… emoción mal disimulada… Lo miro a la cara y veo su inmutable sonrisa como una especie de sello impreso en su rostro, como la mirada de las personas perfectas y felices en las situaciones perfectas y felices de la televisión, pero con la calidez propia de las escenas en vivo. Uno o dos minutos después escucho un ruido de pasos que descienden por una escalera en uno de los ángulos de la habitación y he aquí, para mi sorpresa y regocijo, cómo dos jovencitas de porte jovial y mirada traviesa se aproximan mí. Respiro de alivio. Ya sé que las profesionales de este tipo de negocio no tienen mucho en común con aquellas de sus colegas que pululan en los barrios más sórdidos y deprimidos de la ciudad, pero el pequeño bicho de la angustia no deja de picar en el interior de mi pecho hasta no comprobar detenidamente la calidad, formato y factura del género disponible. Es estupendo, perfecto, impecable… Después de las presentaciones de rigor el hombre me pregunta a quién prefiero y vacilo un buen rato tratando de contestar. No es sencillo, ambas son dos dignos ejemplares de la mejor cosecha del 85, si las apariencias no me engañan. En este punto cualquier descripción que pueda brindar se quedará corta y no podrá competir con la contundencia y el peso aplastante de la realidad. Baste con decir que este par de hermosas bacantes podrían conducir al desenfreno y la disolución absolutos, incluso al más flemático o apático de los hombres. Y si a su provocativo aspecto sumamos los hermosos atavíos, encargados de resaltar las partes más interesantes de sus anatomías, el conjunto general es imposible de ignorar. La única opción es arrobarse ante la contemplación de la belleza… Con el corazón atribulado y lleno de congoja, señalo a una de ellas, aunque me hago la firme promesa de elegir a su compañera cuando la oportunidad se presente una vez más, en un futuro no muy lejano. Así, siguiendo embelesado a la que habrá de elevarme hacia “las más altas cotas del placer” entro en una habitación y la puerta se cierra suavemente…

Sí, amable lector. Como podrás suponer, he considerado prudente arrojar un discreto manto de pudor sobre los últimos acontecimientos del día con el único fin de evitar la inevitable censura mediática, típica de nuestro mundo cargado de incomprensibles paradojas, sobre mi historia. A manera de epílogo quiero decir que regreso a casa en un estado de éxtasis absoluto. Casi me parece estar levitando y esa noche duermo tranquila y profundamente, como nunca lo he hecho en mi vida. En lo tocante a todo lo acaecido en esa discreta habitación me limitaré a decir que fue algo así como una divertida sesión de gimnasia rítmica a dúo en cuyo clímax creí haber alcanzado el cielo, y puedo asegurarlo: ha justificado cada centavo del dinero invertido en ella. Ahora he cumplido mi anhelo de mantener el placer separado de los sentimientos. Ahora actúo con la razón y no con el corazón. Ahora, sitúo la satisfacción de mis instintos más naturales en un plano estrictamente comercial y no sentimental. Y quién lo creyera, comienzo a integrar el centro de la ciudad en mi rutina de vida. Ahora me gusta el centro de la ciudad. Para concluir puedo decir con orgullo que actualmente, cuando algún subnormal me dirige la infaltable pregunta: “¿tienes novia?”, o su consabida variante: “¿estás casado?”, no dudo en contestar lleno de satisfacción, con una franca, amplia e inconfundible sonrisa: “No, gracias. Por salud y economía sólo como en desechables”.

 

WRITER’S CAFÉ, UN LUGAR PARA ESCRIBIR

Alejandro Ramírez

 

En el siglo XIX, y especialmente a principios del siglo XX, los escritores que querían vivir una vida bohemia acudían indefectiblemente a París. Allí encontraban el ambiente literario por excelencia: círculos literarios, cafés, terrazas, cabarets, etc. En los cafés los escritores podían pasar todo el día leyendo, escribiendo y cuando no lo hacían dedicaban su tiempo a beber o conversar. Para el escritor esa es la inevitable referencia que le produce la palabra Café.

Writer’s Café es un programa de informática dirigido a escritores de ficción. El programa busca ofrecerle, en un solo lugar, una recopilación de las mejores herramientas que necesita el escritor a la hora de escribir. ¿Pero necesita el escritor herramientas para escribir además de un lápiz y un papel? Las generaciones mayores dicen que no y se muestran minimalistas al respecto, incluso muchos escritores rechazan la ayuda que les ofrece el computador. Los estadounidenses, por ejemplo, la conciben como una labor profesional; basta pensar en las obras de teatro o los guiones de las películas, además los escritores de ficción emprenden largas y minuciosas investigaciones para documentar bien todos los acontecimientos que van a describir en su obra. Visto así, Writer’s Café es una herramienta esencial para el escritor de ficción.

Writer’s Café ofrece algunas características interesantes que no está de más conocer y darles un vistazo antes de formarse una opinión. A continuación voy a enumerar algunas de ellas:

-    Algunos escritores construyen sus novelas con argumentos complejos, varias tramas con asesinatos, muertes, traiciones amorosas, venganzas, etc. Para aquellos escritores este programa les ofrece la posibilidad de construir todo el argumento, con tramas paralelas complejas, antes de sentarse a escribir la obra de modo que lo tenga todo visualizado y sepa muy bien hacia dónde se dirige.

-    Permite exportar el texto creado en el programa con el fin de que se pueda revisar lo escrito en otro procesador de texto (para hacer una revisión ortográfica, por ejemplo), así como importar texto para continuar la escritura en Writer’s de lo que ya se inició en otro procesador.

-    Si al escritor le gusta planear muy bien todas las características de sus personajes, en este programa encontrará la herramienta apropiada para ello. Así podrá planearlo todo desde el principio y no incurrirá en contradicciones más adelante. Además, en una herramienta afín a está, podrá describir los principales lugares donde se desarrollará la historia.

-    El diario y el cuaderno del escritor: esta es una herramienta para que los escritores vayan registrando cualquier ocurrencia que tengan y que les garantiza que estarán todas en un mismo lugar, en un mismo archivo. Además si el escritor desea escribir un diario personal a la vez que escribe su obra, o si desea registrar los pormenores de su trabajo creativo.

-    Si el escritor padece de constantes bloqueos o si desea hacer ejercicios espontáneos de escritura, el programa le ofrece un tema (e incluso un cronómetro por si también desea controlar el tiempo que se tarda escribiendo) para que se ejercite o recupere la fluidez. Ofrece algunas ideas tontas (o inteligentes, depende del tratamiento que les dé el escritor) como: describa la casa de sus abuelos, o el personaje principal quiere hacer algo pero el otro personaje se lo impide, etc.

-    Si la obra es grande y hay demasiados personajes (como en Guerra y paz donde hay más de 1000 personajes) probablemente el escritor necesitará una muy buena ayuda para escoger los nombres. Este programa le ofrece un gran listado (lamentablemente todos en inglés) por si lo quiere escoger a su gusto o de manera aleatoria si no quiere preocuparse por escoger. Por ejemplo: Aaron, abdul, Adalberto, Adam, Alberto, etc; y femeninos como: Abbey, Abby, Abigail, Ada, Adelia, y una larga lista hasta la z.

 

 El programa está en inglés y cuesta 65 dólares y 34 para estudiantes. Se puede obtener una versión de prueba del programa en: http://www.writerscafe.co.uk

Vale la pena preguntarse si un escritor necesita de esta herramienta para escribir. A mi juicio no la necesita. A la hora de escribir lo menos importante son las herramientas con las que cuenta a su alrededor, puesto que sólo necesita una dosis suficiente de talento. Esta herramienta puede ser útil y, desde luego, presenta algunas ventajas considerables para organizar el trabajo y hacer una planeación detallada cuando se trata de una obra de grandes dimensiones. Además tengo la convicción que ninguna obra de ficción mejorará o empeorará si usa o no Writer’s Café.


 

FUENTES:

  1. “Charles Bukowski me escupió en la cara”: título original Charles Bukowski spit on my face, en Drinking with Bukowski. New York: Thunder's Mouth Press, 2000. 
  2. El mago y la olla saltarina”: título original “The Wizard and the Hopping Pot”, en “The Tales the Beedle the Bard” de J. K. Rowling.
  3. “Tripas”: título original “Guts” de Chuck Palahniuk, publicado en la revista playboy en marzo 2004.
  4. La imagen de la rata fue generosamente copiada del libro Firmin de Sam Savage.