LA RATA LITERATA
Sin permiso
para traducir
Febrero de 2009
Directores:
Wilson Orozco
http://animalburocrata.blogspot.com/
Alejandro Ramírez
alejandrora17@gmail.com
Tabla de
contenido
Presentación
......................................................................................................... 3
Charles Bukowski me escupió en la cara
......................................................................................................... 4
El mago y la olla saltarina
…….............................................................................................. 30
Tripas
....................................................................................................... 36
Ecogafía
....................................................................................................... 52
Velásquez
lee Don Quijote
....................................................................................................... 60
Odio
el centro de la ciudad
....................................................................................................... 63
Writer’s Café, un lugar para escribir
....................................................................................................... 72
Fuentes
....................................................................................................... 78
PRESENTACIÓN
Las ratas y los humanos nos
parecemos en algo: somos capaces de comer de todo. Por eso la tercera RATA nos
ofrece un menú bastante variado: nuestro pool de traductores y escritores se ha
ampliado de dos a cuatro, es decir, ya no somos los mismos dos narcisos
(gracias a lo cual nos acusaron de argentinos) en busca de la grandeza
literaria sino que hay otras personas que gracias a nuestra insistencia han
accedido a honrarnos con sus textos. Uno de estos aportes es de Natalia
Quintero quien traduce al autor de culto del momento en Los Estados Unidos:
Chuck Palahniuk. Más conocido en el bajo mundo literario por su novela El club de la pelea. En el cuento
traducido por Natalia Quintero el lector encontrará el ritmo minimalista,
vertiginoso y demoledor de las buenas conciencias y que es el fuerte de
Palaniuhk.
La siguiente colaboración es de Mauricio Calle quien escribe una suerte de
crónica en la cual despotrica del centro, una voz disonante en la ciudad Botero
y que propone un final algo chocante para la moral pero que se publica porque
la rata cree que una cosa es la literatura y otra la vida real.
Orozco y Ramírez, los mismos de siempre, se despachan a su vez con traducción y
creación. Orozco traduce una semblanza más sobre Bukowski donde el viejo y
mítico héroe no queda muy bien parado pero eso le habría encantado a él. Orozco
no puede además desaprovechar la oportunidad para publicar y presenta un cuento
en tercera persona sobre la experiencia de descubrir de qué sexo es el retoño
que lleva su esposa en la barriga.
Ramírez por su parte, muy en la onda borgiana y erudita, nos escribe un cuento
en el cual él es un teso: la recreación de la escena en la cual Velásquez está
pintando Las Meninas. Por último, nos
escribe una interesante reseña sobre un programa diseñado especialmente para
escritores. Para aquellos interesados en escribir varias novelas por año y
volverse millonarios gracias a la escritura.
Bueno, no más presentaciones y a degustar los diferentes platos que nos trae
esta vez LA RATA LITERATA.
CHARLES BUKOWSKI ME ESCUPIÓ EN LA CARA
David Barker
Traducido del inglés por Wilson Orozco
Esta historia no es real ni inventada. Es un recuerdo,
y como tal, está sujeto al error, a la distorsión y a la fantasía. Mientras que
Charles Bukowski, Linda King, Gerald Locklin, John Kay y yo somos personas de
verdad, el lector no debe asumir que los hechos que se describen aquí realmente
sucedieron tal y como se presentan. Sinceramente, mi memoria no es tan buena.
Algunas fechas y eventos pueden diferir de la realidad histórica. Mientras
algunas citas son literales, otras son una aproximación a lo que se dijo. Sin
embargo, la esencia de la historia es cierta. Para ser justo, cambié el nombre
de alguien por el ficticio de “Dana Mill”.
La Taberna 49 estaba oscura y llena. Charles Bukowski,
el más grande poeta del siglo XX en los Estados Unidos, estaba de pie en el
estrecho pasillo entre las mesas de madera empapadas de cerveza y la fila de
sillas ocupadas de la barra. Bailaba borracho, con los brazos por encima de la
cabeza, con una sonrisa ciega y cansada que le atravesaba toda su cara de mil
batallas.
Era una cara dolorosamente viva, como carne de
hamburguesa cruda, con todas las terminaciones nerviosas y las heridas
abiertas, mostrando el horror y la agonía de vivir con el genio que no transige
en una tierra de imbéciles. Era Lázaro levantado de entre los muertos por un
Jesús bendecido y sangrante. Era Zorba el griego con los brazos balanceados y
meciéndose suavemente. Era Charles Bukowski bailando.
Me detuvo cuando pasé entre la barra y él. Quedé
paralizado como un conejo asustado, detenido por la hipnótica mirada de una
cascabel enroscada. Su amplio pecho se expandió y sus poderosos brazos se
elevaron aún más, listos para golpear, para caer sobre mí aplastándome.
Luego me escupió en la cara. El poeta más grandioso de
Los Estados Unidos, mi ídolo, mi héroe. La saliva lentamente empezó a descender
por mi cachete. Yo no me limpié.
Dije “Gracias” y me devolví para la mesa.
Era Bukowski, el mejor escritor del mundo. El
Hemingway de su época pero mucho más rudo y real que el mismo Hemingway. Y nos
odiaba cuando decíamos esas cosas de él porque sospechaba que de pronto eran
verdad. Y él espantaba su grandeza como si fuera una mosca impertinente.
Le decíamos Bukowski. No Charles Bukowski sino
Bukowski. Los amigos cercanos le decían Hank, por lo de Henry, que es su primer
o su segundo nombre, no recuerdo cuál. Y muchos de los editores de las pequeñas
revistas durante los años sesenta le decían Buk o El Buk (que en inglés rima
con puke, es decir, vomito) pero a mí nunca me importó eso.
Él era nuestro dios. Todos queríamos ser como él. Es
decir, queríamos ser él. Queríamos su cara, su barriga de cervecero, sus
entradas en el pelo, las cicatrices del acné, su nariz protuberante y venosa
como si fuera una inmensa espada o la cabeza de un pene, el cuerpo deteriorado
por la bebida, la carne avinagrada. Queríamos sus borracheras, sus mujeres
salvajes, su poesía brutal, su alma en pena. También queríamos vivir esa
leyenda. Pero ella solo le pertenecía a él. Únicamente dios sabe cómo la había
conseguido. Y no se la iba entregar a nadie.
Charles Bukowski nació en Alemania en 1920 y creció en
Los Ángeles, California. En muchas de sus historias dice que su papá le pegaba,
que cuando era un adolescente sufría de un horrible caso de furúnculos del
tamaño de pelotas de golf por toda su cara y espalda que lo dejaron por siempre
con cicatrices. Feo y asocial, empezó con la bebida cuando estaba en la
secundaria y nunca la dejó.
Bukowski asistió al City College de Los Ángeles
durante un tiempo, se salió y se convirtió en un vagabundo que escribía cientos
de cuentos que ahora están perdidos y que él enviaba a las revistas de
literatura al ritmo de más o menos cinco por semana. Todos eran devueltos y
rechazados. Pero en 1945, a los veinticuatro años, publicó su primer cuento
“Secuelas de una larguísima nota de rechazo” en la prestigiosa revista
literaria Story.
Ese mismo año dejó de escribir y se embarcó en diez
años de borrachera, vagando de ciudad en ciudad, de albergue en albergue, de un
trabajo de mierda al otro, de puta en puta. Lo golpearon en bares de maleantes,
se casó con una millonaria texana que tenía un cuello deforme y de quien se
separó, durmió en canecas de basura en callejones infestados de ratas, pensó en
suicidarse.
En 1955, fue internado en la sala de caridad de un
hospital de Los Ángeles con úlceras sangrantes debido a la bebida. Por poco
muere, y cuando salió del hospital consiguió un trabajo en una oficina postal,
se compró una vieja máquina de escribir y empezó a crear la poesía que le dio
fama del duro poeta de la calle.
La primera vez que lo leí fue en los sesentas cuando
escribía una columna para la Free Press
de Los Ángeles titulada “Escritos de un viejo indecente”. Eso era buena
prosa, divertida, impactante, espontánea pero por supuesto yo no tenía idea en
ese momento de la poesía que él ya había escrito, la inmortal “tragedia de las
hojas”, los poemas de amor para Jane, su único y verdadero amor que murió joven
debido al alcoholismo: “PRUEBO LAS CENIZAS DE TU MUERTE”, “PARA JANE: CON TODO
EL AMOR QUE TENÍA, QUE NO FUE SUFICIENTE”, “URUGUAY O EL INFIERNO”, “DESPIDO”;
los poemas de amor más tristes escritos alguna vez. Cosas que rompen el
corazón. Ni siquiera sabía que escribía poesía, mucho menos que era el poeta
más importante en hacer su aparición en más o menos los últimos cien años.
Yo trabajaba en la biblioteca de la universidad de
Long Beach State. El único tipo que sabía de Bukowski era un negro alto con un
ojo malo que le revoloteaba por la cara cuando sonreía. Se llamaba Tony y vivía
con una muchacha que tenía un bebé de él o de otro. Era inteligente, pero no
hablaba mucho, se enredaba con las palabras cuando hablaba.
Le mencioné la columna de Bukowski un día que
estábamos recogiendo los libros devueltos en el cuarto posterior y la cara de
Tony se iluminó. Luego empezó a gritar emocionado y sin control.
“¡Sí, sí, hombre; ya leí al tipo! ¡Ese hijueputa está
loco! ¡Es genial!”
Pero fue John Kay quien me habló de sus poemas. John y
Leo Mailman editaban una pequeña revista que se llamaba Mag. Era una buena revista sobre todo teniendo en cuenta que salía
de una universidad. John tenía buen gusto y sabía dónde había buena poesía
cuando se topaba con ella.
John acababa de sacar un libro de Gerry Locklin que se
titulaba Poop and other Poems cuando
lo conocí por primera vez. Poop era
en cierto modo un best seller para una editorial pequeña ya que agotó la
primera edición de 500 libros en un mes y con el tiempo fue reeditado muchas
veces. Localmente el libro era conocido porque Locklin, profesor en Long Beach
State, tenía una fama muy bien ganada y el libro tenía su encanto, con ese
título y la foto de Gerry sentado desnudo en la bañera con una cerveza y su
patito de hule. Estaba muy bien.
Por medio de John Kay conocí a Gerry Locklin y finalmente
a Bukowski. Entre los dos, a su modo, me alejaron de ser ese poeta de mierda
oscuro, romántico y sin esperanzas y me llevaron a otra parte; hacia el poema
como debe ser si es que debe ser cualquier cosa.
Había conocido a John hacia más o menos un mes pero ya
respetaba bastante sus opiniones sobre literatura. Obviamente era un hombre que
había reflexionado profundamente acerca de la poesía y que se preocupaba por
ella como arte.
Íbamos entre una clase y otra y le pregunté que quién
era el mejor poeta del momento. Bukowski, fue su respuesta y eso me sorprendió.
Yo creía que Bukowski era simplemente un pervertido en Hollywood, un salvaje
que de vez en cuando tenía suerte y que resultaba con una que otra buena y
sucia historia.
“Lee sus poemas. Los primeros son maravillosos,” dijo
John. Y así lo hice; eran maravillosos. Y todavía los estoy leyendo, doce años
después.
Gracias a John Kay y a Poop, empecé a ir a la clase de Locklin. No estaba matriculado, ni
siquiera era asistente. Simplemente me sentaba y escuchaba porque John me
llevaba. Locklin se paraba en el atril, inventándolo todo mientras hablaba,
contando chistes, preguntando que cuál equipo había ganado tal juego,
haciéndole preguntas triviales a los estudiantes. Era gracioso y no los aburría
así que tenía buena aceptación. A veces hacía que sus estudiantes leyeran un
buen libro y que les gustara. Ya eso era bastante con respecto a lo que hacían
otros profesores.
Una tarde, Locklin
trajo un montón de revisticas y de libros de Bukowski publicados en pequeñas
editoriales: Laugh Literary and Man the
Humping Guns, Cartero, The Days Run Away Like Wild Horses over the Hills, All
the Assholes in the World and Mine entre otros. Nos dijo que leyéramos a Bukowski y que la próxima vez
lo discutiríamos. A la mayoría de las muchachas no les gustó Bukowski. Decían
que tenía una mente sucia, que era cruel y que odiaba a las mujeres; pero a
todos los muchachos les gustó porque tenía una mente sucia, porque era cruel y
odiaba a las mujeres.
Lo empezamos a leer y eso es lo que importa. Luego nos
dimos cuenta de algo. Lo sabíamos. No muchos lo hicieron, pero nosotros sí.
Nosotros éramos los elegidos.
John Kay habló con la universidad para que le dieran
1000 dólares para realizar el evento literario anual: La Semana de la Poesía. El dinero era para pagarles a los poetas un
honorario y así pudieran venir y leer. Para comprarles los tiquetes, cubrir la
alimentación, las bebidas, el hotel y todo lo necesario mientras estuvieran en
la ciudad. Trajo a Lyn Lifshin y a Brother Antoninus y a otros poetas a la
universidad. Pero lo más importante, trajo a Bukowski a Long Beach.
John había publicado algunos poemas de Bukowski en Mag, así que lo llamó y le dijo que si
quería leer.
John me imitó la voz de Bukowski; era una especie de
balbuceo sigiloso a lo Tennessee Williams, “Hey, John Nené…”
Por supuesto que Bukowski no estaba interesado en leer
hasta que John le ofreció 200 dólares. Ahí sí estuvo de acuerdo en hacerlo.
Eso fue en el otoño de 1971. Yo había visto a Bukowski
leer antes, por allá en 1969 o 1970. Alguien lo había traído a la universidad y
leyó ante una clase de más o menos veinticinco estudiantes. No era muy conocido
en ese entonces y todavía estaba trabajando en la oficina postal o tal vez
había acabado de renunciar después de quince años.
Parecía más joven en esa oportunidad, estaba más
flaco, su pelo más oscuro y parecía un boxeador, a lo Humphrey Bogart. Leyó una
historia acerca de ir al ring con Hemingway y de noquearlo para luego marcharse
con una mujerzuela de sociedad hacia la gloria y la fama. Años más tarde,
encontré esa misma historia en un viejo número de Laugh Literary and Man the Humping Guns.
Tal vez leyó algunos poemas también. Era calmado,
tranquilo y con las bolas bien puestas. Era casi silencioso. Una lectura de
bajo perfil pero impresionante a la vez.
Dos años después, durante La Semana de la Poesía, Bukowski ya era más reconocido y su lectura
fue un gran acontecimiento. Su primera novela, Cartero, ya se había publicado en Black Sparrow Press y de 75 a 100
personas lo escucharon.
La lectura fue durante la mañana en un día de semana.
Había algo clásico e imperecedero en ella. Tenía la sensación que podría haber
pasado hace cien o mil años. Bukowski llegó enfermo y enguayabado. Parecía un
anciano, un dios griego echado a perder. Bebía a sorbitos vodka mezclado con
jugo de naranja de un termo y leyó algunos de los mejores poemas que alguna vez
había escuchado. Eran
cosas de sus primeros libros: Flower fist
and Bestial Wail, Longshot Pomes for Broke Players, Run With the Hunted, Cold
Dogs in the Courtyard, It Catches My Heart In Its Hands, Crucifix In a Death
Hand. Los libros hacía ya
mucho que estaban fuera de edición y pocos de nosotros habíamos escuchado esos
poemas antes. Leyó bien durante una hora y se ganó su plata. Cuando terminó,
las pequeñas y hermosas alumnas se le acercaron con sus faldas cortas para que
les firmara los libros. Él las complació.
Después, hubo
una pequeña reunión en la taberna local de nombre “La 49”. Locklin y John Kay
le preguntaron a Dana Mill (estudiante y escritor) y a mí que si queríamos
conocer a Bukowski. Como yo, Dana lo admiraba muchísimo.
Recuerdo que me sentía incómodo ahí sentado en la mesa
con él. John tenía una razón para estar ahí porque era la persona que lo había
llevado a la universidad y le había permitido ganarse 200 dólares fácilmente.
Gerry porque era su amigo. Pero Dana y yo éramos solamente unos colados deseosos
de tener la oportunidad de sentarnos y beber con el gran hombre.
No sucedió nada extraordinario. Tomamos cerveza y
escuchamos a Bukowski por lo menos una hora. Hizo unos cuantos comentarios
despectivos de los estudiantes de Locklin (“Los niños de Inglés 1A” o algo así)
pero nada más sucedió.
La novia de Bukowski, Linda King, había acabado de
publicar un libro de poemas sobre su relación titulado Suck Pluck and Fuck o algo por el estilo y estaba organizando una
gran fiesta de lanzamiento. Bukowski invitó a Locklin y éste le dijo que si
podía llevar a algunos de sus estudiantes. Entonces John, Dana y yo fuimos
también.
Era 1972, solo quedaban los restos de la revolución
cultural de los sesentas y la mayoría de nosotros nos estábamos cansando de la
cosa hippie. Ya me había cortado el pelo hacía unos meses y la noche de la
fiesta me afeité la barba también y me peiné mi mojado pelo hacia atrás para
que se pareciera al de Bukowski.
Conduje hasta la casita de Dana y empezamos a doblar
el codo. Dana servía el vino y hablaba de Buk, el Viejo León, como si fuera
Hemingway, el Viejo León Literario.
Estábamos algo borrachos cuando llegamos a La 49 para
encontrarnos con Gerry y John. Los cuatro nos tomamos un par de cervezas para
estar a tono con la fiesta y luego nos dirigimos hacia Los Ángeles en el
Mustang convertible modelo 65 de John.
Tuve que orinar algo horrible en el camino y John paró
en un barrio de negros y pude descansar en un callejón detrás de una estación
de gasolina.
La fiesta era en la casa de Linda King. No estoy
seguro del distrito en el que estaba pero no era lejos del aparta estudio de
Bukowski en Hollywood. Toda la élite literaria de Los Ángeles estaba ahí cuando
llegamos. Sobre todo eran poetas jóvenes y editores de pequeñas editoriales. Un
par de flacas hippies y algunas atractivas y estiradas mujeres negras
citadinas. Bukowski se sentó en una vieja silla en la sala, al lado de un poeta
parecido a un enorme oso de peluche. No diré su nombre, pero llevaba por todas
partes un libro manuscrito con todos sus poemas y los leía estruendosamente al
modo de un falso Dylan Thomas. Me dijo que usaba un seudónimo porque había
abandonado a su esposa e hijos y que por eso se estaba escondiendo de la
justicia. No me gustó para nada ese tipo; me pareció un idiota pedante. Pero a
Bukowski le gustaba. No entendía por qué quería que semejante trampa siquiera
respirara en su sala.
Al otro lado de Bukowski estaba una pequeña y hermosa
francesa de unos cincuenta años. Primero pensé que era Anais Nin. Parecía una
farsante también. Muy elegante pero artificial. ¿Qué veía él en esa gente?
Casi esperaba ver a Henry Miller saliendo de la cocina
y preguntando por un sacacorchos.
Los libros estaban amontonados sobre una mesa y valían
un dólar. No tenía ni un centavo así que ni modo. Miré uno por encima. Era una
cruda edición mimeografiada con poemas de Linda King y tal vez algunos de
Bukowski también. Leí algunos; eran buenos pero yo estaba pelado. Había gastado
mi último dólar en La 49.
Locklin había traído una o dos pacas de Coors, de las
grandes en lata, y Bukowski dijo que había muchas botellas de Bud en el
refrigerador. Yo me zampé dos Coors de las de Gerry y luego fui a la cocina por
más.
De una estaba borracho. Estaba de pie en la cocina con
Dana y Bukowski, los tres tomando de las botellas cafés de Bud. Bukowski nos
decía que odiaba las fiestas, que no soportaba estar con gente. “Solo lo hago
por la nena”, dijo, refiriéndose a Linda King.
Dana le hizo muchas preguntas y él estaba muy amable
con nosotros, tolerando nuestra presencia en la cocina adonde había escapado de
la multitud.
Bukowski prendió un cigarrillo y le dio a su cerveza.
Parecía un enfermo terminal. Veía las pequeñas venas de su nariz, las partidas
líneas rojas entrecruzando la superficie de su piel manchada. Dijo que había
estado enfermo, que solo estaba tomando algo de cerveza y vino y que se estaba
alejando de la bebida fuerte. Se abrió campo, tosió y escupió en el lavaplatos
un coágulo de sangre mezclado con mocos, le tiró las cenizas de su cigarrillo y
lo lavó con agua de la llave.
Abrió otra botella de cerveza y nos ofreció más a
nosotros.
En el baño de Linda King vi la típica y usual
parafernalia de la existencia común; los restos de una crema de dientes
destapada, un barato enjuague bucal rosado y jovial, desodorante
anti-transpirante, papel higiénico con fragancia. En mi borrachera, me pareció
un gran descubrimiento: Charles Bukowski se lavaba los dientes, hacía gárgaras,
se echaba desodorante y se limpiaba como el resto de la humanidad. De repente
ya no parecía semejante monstruo. El Viejo León era simplemente un cansado y
viejo alcohólico que resultaba ser el mejor poeta de los alrededores. El genio
era algo que le había caído del cielo. Por todos Los Ángeles, un millón de
hombres igual que él, de una u otra manera, estaban bebiendo y viendo
televisión y peleando con sus mujeres. La única diferencia era la poesía. Nada
más.
Empecé a sentir claustrofobia. Necesitaba salir un
rato para controlarme.
Me encontré con un cuarto en la parte de atrás donde
los niños de Linda King estaban viendo un episodio de La Guerra de las Galaxias
en un televisor a color. Un demonio cósmico con un vestido de plata brillante
se derretía bajo la mirada imperdonable de los desencantados huérfanos
espaciales. Era Dorothy y la Bruja Maldita del Oeste de nuevo. Me sumergí en la
fantasía.
Realmente me estaba escondiendo. No quería caer de
bruces, perder el conocimiento o ponerme a pelear. Tenía miedo de que le
pudiera decir algo descortés a Bukowski, de provocarlo intencionalmente para
ver cómo reaccionaba. Entonces me quedé ahí en ese cuarto con el televisor y
los niños durmiendo en sus piyamas hasta que me mejoré.
Cuando regresé a la sala, la fiesta estaba a toda
marcha. Bukowski y Linda estaban bailando “Honky Tonk Woman” de los Rolling
Stones y la gente estaba gritando y el cuarto daba vueltas.
Sobre la repisa de la chimenea había varios trozos
retorcidos y esculpidos en arcilla y al lado de ellos un busto labrado, grande
y rugoso de Bukowski. Linda King vio que estaba interesado y se acercó para
explicarme.
Era una mujer linda y ordinaria del sur de más o menos
treinta y cinco años con un pelo castaño largo y llamativo y un cuerpo voluptuoso.
Tontamente me recordaba a la ex esposa de mi tío Duke, a quien conoció en un
bar rural del oeste americano. Escribía poesía (Linda King, no la ex de mi tío)
y también era escultora.
Admiré el busto aunque realmente creía que era un
pedazo de mierda.
“Va para una universidad allá arriba en el norte,”
dijo ella. “Tienen un archivo sobre Bukowski, están coleccionando todos sus
libros, cartas y manuscritos, todo lo que ha hecho, y quieren el busto
también.”
“¿Hiciste estos?”, pregunté a la vez que cogía un seno
retorcido de arcilla.
“No. Hank los hizo. Hace muchos de esos y luego los
bota pero yo los recupero a tiempo.”
Dejamos la arcilla y luego empezamos a hablar de
música. Yo mencioné a Bob Dylan, uno de mis héroes del momento, pero a ella no
le gustaba para nada.
“Es un farsante que gime. Me da dolor de cabeza,”
dijo.
Dana estaba recostado contra la mesa del comedor.
Linda King fue hasta allá y se sentó en la mesa junto a él, muslo contra muslo.
Vi la mano de Dana en el culo de Linda, agarrándolo y sobándolo. Hablaban en
voz baja. De repente estaban bailando, apretada y románticamente.
Como de la nada un bramido, un profundo rugido de
Charles Bukowski atravesó el cuarto con furia, gritándole a Linda.
“¡PUTA!”, gritaba una y otra vez, “¡PUTA!”
Caído del cielo, apareció John Kay como si hubiera
estado esperando toda la noche para salvarnos del desastre inminente.
“Muchachos, se tienen que ir de aquí”, dijo John. Nos
sacó a empujones al aire libre, hacia su carro. No estaba tan borracho como
Dana o yo así que él manejó. De vuelta a casa por la autopista discutimos lo
que había pasado. Dana no podía entender cuál había sido el gran enredo.
“Solo estaba bailando con ella, eso fue todo.”
“No,” dijo John. “Vio que le estabas tocando el culo.
Pensó que te ibas a quedar con su mujer, que te la ibas a robar.”
Cogimos hacia Long Beach, dejamos a Dana y luego John
y yo nos fuimos para la casa de rehabilitación cristiana donde él se hospedaba
y ambos nos comimos una taza de granola con leche para mejorarnos.
Al día siguiente, sábado, me levanté con un guayabo
horrible. Todavía era muy joven para conocer el remordimiento, los lamentos que
te acompañan toda la mañana, pero estaba lo suficientemente enfermo como para
no querer ir a ninguna parte o hablar con alguien. Ahí fue cuando descubrí que
de alguna manera había dejado mis llaves en la fiesta, en la casa de Linda
King.
Llamé a Locklin y le dije lo que me había pasado. Él
me contó lo que había sucedido después en la fiesta.
“Bukowski le siguió gritando a Linda y ella le decía
que estaba haciendo una escena. Entonces él se fue de la casa, prendió el carro
y se largó.”
Locklin me dio el teléfono de Linda King. La llamé y
le expliqué lo sucedido. Ella no se acordaba de mí pero me dijo que no había
problema que fuera y recogiera las llaves. Fui hasta su casa con mi esposa. Era
un día de sol, con palmeras y el cielo de fondo. De día, me di cuenta por
primera vez de que ella vivía en un barrio residencial relativamente silencioso
y agradable, no como la zona de guerra donde vivía Bukowski.
Fui hasta la puerta y mi esposa me esperó en el carro.
Toqué y Linda abrió. De nuevo le expliqué lo que me había pasado.
“Dejé mis llaves aquí anoche.”
“Claro”, dijo, “entra.”
“Pero solo un momento.”
Bukowski, que se mantenía en su propio apartamento en
Hollywood cuando no vivía con Linda, no estaba por ninguna parte. Me alegré de
eso. Encontré las llaves y salí disparado con miedo de que de todas maneras
apareciera por ahí. Me imaginé que iba a estar más enfermo y enguayabado que yo
y que todavía tenía mucha rabia. Mis intenciones no eran para nada enfrentarme
con él.
Dana estaba preocupado porque a Bukowski no se le iba
a olvidar lo que le había hecho, que el Viejo León la iba a emprender contra
él. Dana tenía la hipótesis que Bukowski odiaba a los poetas jóvenes porque él
ya estaba viejo y le daba miedo de que los jóvenes se quedaran con todo (con
las mujeres y con la poesía). El Viejo León se estaba defendiendo. En
principio, Dana lo entendía pero tenía la esperanza que a Bukowski se le
hubiera olvidado el incidente. Eso le preocupaba a Dana y le preguntó a John, a
Gerry y a mí que si creíamos que eso iba a representar un problema si de pronto
se encontraba con Bukowski de nuevo. Le dijimos que no pensara más en eso, que
a lo mejor Bukowski había estado enlagunado pero Dana seguía preocupado.
***
Los volantes estaban por todas partes en la
universidad: grandes afiches en blanco y negro anunciando el segundo
aniversario de La Semana de la Poesía. La cara de Bukowski estaba por doquier,
en bienestar estudiantil, en la cafetería, pegado a las carteleras de los
pasillos de la facultad de humanidades. John y yo nos pasamos toda una tarde
pegándolos.
La noche de la lectura de Bukowski, Locklin lo recogió
en Hollywood. John y Gerry lo llevaron a un restaurante mexicano para que
comiera y bebiera.
Alrededor de una media hora antes de que empezara la
lectura, me encontré con Bukowski, Linda King, Locklin y John Kay subiendo por
la colina hacia el auditorio donde los estudiantes ya estaban entrando.
Bukowski no me dijo nada cuando me vio y entonces me uní a ellos. Aparentemente
se le había olvidado lo de Dana y yo, o no me asociaba con Dana o no le
importaba un carajo ni lo uno ni lo otro.
Como siempre, era un manojo de nervios cuando tenía
que leer. John le dio el cheque y él se lo metió en el bolsillo de la camisa.
Luego se dobló y empezó a vomitar en el parqueadero cerca a los edificios del
bienestar estudiantil.
“Siempre vomito antes de una lectura. Calma los
nervios,” dijo. Linda y él caminaron cogidos de la mano hacia el edificio. Yo
los seguía a corta distancia.
Fue una lectura totalmente diferente a la que me había
tocado ver durante el día el año anterior. La multitud estaba animada, ansiosa
y algo hostil. Un hippie de pelo largo en la parte de atrás interrumpía a
Bukowski en mitad de los poemas y le hacía preguntas groseras. “Vete a la
mierda, hijueputa”, le murmuraba Bukowski con calma sin perderse donde iba
leyendo.
Estaba cada vez más borracho. Los profesores más
moralistas se quejaban porque se había gastado plata de la universidad para
traerlo.
Esta vez leyó poemas nuevos, no los viejos de siempre,
y parecían a medio hacer. Estaba intentando con algo nuevo y eso no funcionaba
con el público. Tartamudeaba y su voz se apagaba hasta lo inaudible al final de
cada poema. Insultaba al auditorio después de cada poema y decía: “Lo único que
ustedes quieren es mi sangre, mis huesos…”
Luego todo terminó y él parece que estaba muy contento
con eso. Yo reprimí el impulso de preguntarle durante la lectura cómo hacía él
para ser un hombre tan feo pero me alegré de no haberlo hecho. Ya todo se había
acabado y él estaba feliz. Tenía el cheque en su bolsillo. Sugirió que fuéramos
a La 49 y que nos perdiéramos en la rasca.
Fui a mi casa para organizarla, de tal manera que
apareciera una hora después en el bar y así no fuera tan visible. Mi libro
nuevo de Erecciones, eyaculaciones,
exhibiciones estaba en la mesa de la cocina. Era una edición barata con una
horrible foto de Bukowski en la cubierta. Impulsivamente, me lo llevé. Dana y
yo habíamos discutido la posibilidad que nos firmara algunos libros si
podíamos. Pero no estábamos muy seguros de si lo debíamos hacer; era tal vez
una obligación y a lo mejor se enojaba. Qué carajos, pensé. Y me llevé el
libro.
Bukowski estaba en la barra, Linda al lado de él, un
vaso grande de cerveza al frente, su cigarrillo con una larga ceniza. Los
estudiantes se le acercaban para hacerle las preguntas de siempre sobre
literatura, sus libros y su vida. Querían un pedazo de él para llevárselo para
la casa, un trozo de carne del cuerpo que se podría. Los odiaba y los
soportaba.
Dana y yo nos sentamos atrás cerca de las mesas de
billar.
“¿Será que le pido que me firme el libro?”
“No sé,” dijo Dana. “Yo pensé lo mismo pero me dio
miedo. Ahora me parece que debería haber traído uno o dos libros para que me
los firmara. A lo mejor no vamos a tener otra oportunidad.”
Yo tenía mi libro pero no tenía fuerzas para hacerlo
firmar. Nos devolvimos y nos quedamos de pie viendo jugar a la gente en las
maquinitas.
“Él es el Viejo León,” dijo Dana, “que desprecia a los
jóvenes poetas. Tiene miedo de sus pelotas. Tiene miedo de que tomen su lugar y
él sabe que algún día tal vez uno de ellos lo va a hacer y eso le da terror.”
Me acerqué a la barra con mi libro de Erecciones, etc. y dije algo para llamar
la atención de Bukowski.
“¡Déjalo en paz!” dijo Linda King, “¡Deja a mi hombre
en paz!”
“No le voy a hacer nada,”, dije, “solo quiero que me
firme el libro.”
Bukowski se volteó y me miró con un gran cansancio. Yo
llevaba una hora en el bar y él llevaba dos y ya estaba mamado de la actuación.
Estaba más borracho que la otra vez y estaba por hacer algo. Cuando vi la
expresión de su cara, quise no haber ido. Me prodigué en elogios sobre él
intentando ocultar mi miedo.
“Me encantan los cuentos, la verdad es que me matan.”
“Pura mierda,” dijo.
Cogió el libro, sin ningún cuidado lo descargó en la
barra mojada y bruscamente lo abrió de par en par de una manera que se veía que
no tenía ninguna consideración por los artefactos literarios. Con un lapicero
hizo unos garabatos salvajes y desordenados que eran como dos grandes figuras
de él y de Linda con muchas otras pequeñas figuras (los estudiantes, colados y
aduladores) debajo de las figuras grandes. En la página del frente escribió
“Pa’ti: ¡VETE A LA MIERDA! Y firmó “BUK”. Luego hizo garabatos sobre la foto de
la cubierta.
Yo cogí el libro, sintiéndome un tonto, un gusano, un
miserable insecto. Cuando volví donde Dana se lo mostré.
“Maldita sea, no haber traído mi libro,” dijo.
Por accidente me lo encontré de nuevo en el bar esa
noche. Venía del orinal pero yo había tomado la decisión de estar lo más lejos
posible de Bukowski durante el resto de la noche.
Estaba bailando solo en el pasillo, ajeno a todos,
celebrando su propia locura borracha, levantándose por encima de todo, de todos
nosotros, por encima de ese estúpido momento. Por encima de todos aquellos que
anhelaban un poco de lo que quedaba de su alma para apreciarla como mejor les
convenía. Él era la víctima, nosotros los carroñeros. Pero él era Bukowski,
Zorba el griego, bailando en medio de la muerte y de la locura.
No pensé que me había visto al pasar, pero él me
agarró con su mirada y ahí me detuvo. Creí que a lo mejor me estaba
confundiendo con mi amigo Dana. Teníamos casi la misma estatura y la misma edad
y ambos teníamos el pelo bastante largo y oscuro. También usábamos las mismas
gafas de marco de metal. A lo mejor pensó que yo era el tipo que me quería
robar a su mujer. Tal vez pensó que le iba a pedir algo más. O tal vez me tomó
por lo que verdaderamente era: un entusiasmado e inmaduro poeta que necesitaba
que le dieran una lección.
Cuando sus brazos se alzaron al aire por encima de mí
supe que ya no estaba bailando y que se estaba preparando para hacer lo que
había planeado toda la noche. Sabía que lo iba a hacer y que se iba a sentir
mejor por un momento, que él triunfaría. Pensé en pegarle primero en defensa
propia. No soy fuerte ni boxeador. Si tenía suerte y él estaba lo
suficientemente borracho, tal vez lo noquearía. Si lo tiraba al piso, de pronto
se pegaba en la cabeza. Y a lo mejor se mataba en la caída. Sería responsable
de la muerte del más grande poeta de Los Estados Unidos. Si no lo noqueaba, a
lo mejor me daba una paliza del carajo. Decidí no hacer nada y esperar a ver
qué pasaba.
Esperé a que sus brazos bajaran. Me golpearían los
hombros o la cabeza. A lo mejor me hería. Y podría haber ambulancias, policía.
Gruñó, acumuló un gargajo en la boca y mi cara muy
bien lo sintió. No podía creer lo que estaba pasando. Me escupió en la cara.
Regresé a la mesa. Absolutamente nadie lo había visto.
“¿Qué estaba haciendo allá, qué te dijo?” preguntó
Dana.
“Me escupió en la cara. Charles Bukowski me escupió en
la cara.”
Eso se regó como pólvora. Todos me apoyaron. “Es que
es un hijueputa,” dijo Locklin, disculpándose por Bukowski. Dana pensó que eso
iba para él y que yo había sido la víctima. John estaba enojado con Bukowski.
Varios de mis amigos me dijeron que no iban a leer más sus libros.
Por supuesto yo le eché la culpa a él y no a mí. ¿Cómo
me hacía eso, un admirador que había comprado sus libros, que se los había
leído, alguien que creía en su genialidad? Con el tiempo empecé a odiarlo.
Deseaba su muerte. Boté los afiches donde estaba su fotografía. Casi boto sus
libros incluido el que había autografiado pero en lugar de eso los metí en una
caja.
Finalmente los saqué de la caja. Ellos suplicaban que
fueran leídos. Nadie era tan bueno. Algo tenía que leer.
Con el tiempo lo perdoné. Y yo me perdoné a mí mismo
por ser el tipo al que escupieron. Mientras fui envejeciendo y me fui
convirtiendo en artista y en persona, también empecé a comprender lo que él
había hecho y por qué tenía que hacerlo. Incluso lo tomé como algo positivo.
Una especie de bautismo con saliva, una limpieza en la sangre del cordero.
EL MAGO Y LA OLLA SALTARINA
J.K. Rowling
Traducido por Alejandro
Ramírez
Había una vez un viejo y
amable mago que usó su magia de manera sabia y generosa en beneficio de su
comunidad. Nunca reveló la verdadera fuente de su poder, sino que fingió que
sus pociones, encantos y antídotos brotaban preparados de la pequeña caldera
que llamó la olla de la fortuna. La
gente de varios kilómetros a la redonda venía a él con sus problemas y el mago
estaba contento de revolver su olla y solucionar los problemas.
Este querido mago vivió hasta una graciosa
edad, luego murió y le dejó todos los bienes que tenía a su único hijo. Este
hijo era de una disposición muy diferente a la de su amable padre. Según el
pensamiento del hijo, aquellos que no tenían capacidades para la magia no
tenían ningún valor y él a menudo se había peleado con el hábito de su padre de
dispensar una ayuda mágica a sus vecinos.
Después de la muerte del
padre, el hijo encontró escondido dentro de la vieja olla un pequeño paquete
que llevaba su nombre. Lo abrió, con la esperanza de encontrar oro, pero
encontró en cambio una zapatilla suave, gruesa y demasiado pequeña para
ponérsela y sin el par. Un fragmento de pergamino dentro de la zapatilla tenía
las siguientes palabras: "Con la profunda esperanza, hijo mío, de que
nunca lo necesitarás."
El hijo blasfemó contra el
frágil raciocinio de su padre, luego devolvió la zapatilla al caldero y decidió
usarlo en adelante como un recipiente para la basura.
Esa misma noche una
campesina llamó a su puerta.
"Mi nieta está
afligida por una gran cantidad de verrugas, señor," le dijo. "Su
padre solía mezclar un emplasto especial en aquella vieja olla”.
“¡Fuera de aquí!"
gritó el hijo. "¿Qué puedo hacer yo por las verrugas de tu mocosa?" Y
cerró de un golpe la puerta en la cara de la anciana.
Inmediatamente vino de la
cocina un fuerte ruido y un traqueteo. El mago encendió su varita mágica y
abrió la puerta y vio, para su asombro, la vieja olla de su padre: le había
brotado una pata de bronce y saltaba y saltaba en medio del suelo, haciendo un
horrible ruido sobre las losas. El mago se acercó maravillado, pero retrocedió
apresuradamente cuando vio que toda la superficie de la olla estaba cubierta de
verrugas.
"¡Objeto asqueroso!" gritó y primero
intentó Desaparecer la olla, luego
limpiarla con su magia y, finalmente, sacarla a la fuerza de la casa. Sin
embargo, ninguno de sus conjuros funcionó y fue incapaz de evitar que la olla
saltara detrás de él hasta la cocina y luego lo siguiera hasta la cama,
resonando y traqueteando ruidosamente en cada una de las escalas de madera.
El mago no pudo dormir toda
la noche debido al traqueteo de la vieja olla verrugosa al lado de la cama, y
al día siguiente la olla siguió saltando detrás de él hasta la mesa del
desayuno. Riiinnnn, Riiinnnn, Riiinnnn, era la olla con pata de bronce y el
mago no había comenzado a comerse el guisado cuando escuchó otro golpe en la
puerta.
Un anciano estaba en el
umbral de la puerta.
"E’ mi vejo burro,
patrón", le explicó. "Tá perdido o robado y sin él no puedo llevar mi
mercancía al mecado y mi familia pasará hambre ta noche."
"¡Yo tengo
hambre!" rugió el mago y cerró de un golpe la puerta sobre el anciano.
Riiinnnn, Riiinnnn,
Riiinnnn, era la olla con pata de bronce sobre el suelo, pero ahora su clamor se
mezclaba con los rebuznos de un burro y los gemidos humanos del hambre que
hacían eco en las profundidades de la olla.
"¡Tranquila!
¡Silencio!" chillaba el mago, pero ninguno de todos sus poderes mágicos
podía callar la verrugosa olla que saltaba en sus tacones todo el día
rebuznando y gimiendo y resonando sin importar donde estuviera él ni lo que
hiciera.
Esa tarde se escuchó un
tercer golpe a la puerta y en el umbral estaba una mujer joven que sollozaba
como si su corazón se fuera a romper.
"Mi bebé está gravemente enfermo,"
dijo ella. "¿Podría ayudarnos, por favor? Su padre me dijo que viniera en
caso de que tuviera problemas”.
Pero el mago le cerró de un
golpe la puerta.
Y entonces la olla
torturadora se llenó hasta el borde con agua salada y derramaba lágrimas por
todo el suelo mientras saltaba y rebuznaba y gemía y le brotaban más verrugas.
Aunque ningún otro
campesino vino a buscar ayuda a la casita de campo del mago durante el resto de
la semana, la olla lo mantuvo informado de los muchos males de todos. A los
pocos días no sólo rebuznaba, gemía, se derramaba, saltaba y le brotaban
verrugas, sino que también se atragantaba, tenía náuseas, gritaba como un bebé,
gemía como un perro, vomitaba el queso malo y la leche agria y una plaga de
babosas hambrientas.
El mago no pudo dormir ni
comer con la olla a su lado, además la olla rehusaba marcharse y no podía
hacerla callar ni obligarla a que se quedara quieta.
Hasta que al fin el mago no
pudo soportarlo más.
"¡Tráiganme todos sus
problemas, todas sus dificultades y sus infortunios!" gritó, huyendo en la
noche, con la olla saltarina detrás de él a lo largo del camino del pueblo.
"¡Vengan! ¡Déjenme curarlos, repararles y consolarlos! ¡Tengo la olla de
mi padre y les haré mucho bien!"
Y con la fétida olla que
todavía estaba saltando detrás de él, corrió calle arriba, lanzando conjuros en
todas las direcciones.
Dentro de una casa las
verrugas de la niña desaparecieron cuando ella se durmió; el burro perdido fue Traído de una distante parcela de zarza
y dejado suavemente en su cuadra; el bebé enfermo fue empapado en díctamo y
despertó bien y sonrosado. En cada casa en la que había enfermedad y dolor el
mago hizo todo lo posible y gradualmente la olla que estaba a su lado dejó de
gemir y tener náuseas y se quedó tranquila, brillante y limpia.
"¿Y entonces,
Olla?", preguntó el mago tembloroso cuando el sol empezó a salir.
La olla eructó la zapatilla
que él había arrojado allí y lo dejó que se la encajara en el pie de bronce.
Regresaron a la casa del mago con el paso de la olla por fin amortiguado. Pero
a partir de aquel día, el mago ayudó a los campesinos como su padre lo hacía
antes, no sea que la olla se quite la zapatilla y empiece a saltar otra vez.
TRIPAS
Chuck
Palahniuk
Traducido
del inglés por Natalia Quintero
Inhala.
Toma
tanto aire como puedas. Esta historia debería durar tanto como puedas aguantar la respiración y después sólo un poco más. Luego escucha tan rápido como puedas.
Un
amigo mío, cuando tenía trece
años, escuchó hablar sobre “el enganche”, que es cuando un tipo se mete un
consolador por el culo, el cual produce una fuerte estimulación de la glándula
de la próstata. El rumor es que puedes tener explosivos orgasmos sin necesitar
las manos. A esa edad, este amigo ya era todo un pequeño maniático sexual.
Siempre estaba obsesionado por encontrar mejores maneras de venirse. Salió a
comprar una zanahoria y vaselina para llevar a cabo una pequeña investigación
privada. Luego imaginó como se vería la escena en la caja del supermercado: la zanahoria
solitaria y la vaselina rodando por la cinta transportadora hacia el cajero de
la tienda. Todos los clientes que están haciendo la fila observan. Todos ven la
gran noche que ha planeado.
Entonces,
mi amigo compró leche, huevos, azúcar y la zanahoria: todos los ingredientes
para una torta de zanahoria. Y la vaselina.
Como si fuera a casa a meterse una torta de
zanahoria por el culo.
Una
vez en casa, moldeó la zanahoria de manera que no quedara afilada. La untó de
lubricante y se la metió por el culo. Después…nada. No hubo orgasmo. No pasó
nada, solo dolió.
Luego,
su madre lo llama a comer. Le dice que baje de inmediato.
Se
sacó la zanahoria y escondió esa cosa
asquerosa y resbaladiza entre la ropa sucia que había debajo de su cama.
Después
de comer, fue a buscar la zanahoria y no estaba. Mientras cenaba, su madre se
llevó toda su ropa sucia para
lavarla. No había forma de que ella no la encontrara, cuidadosamente pulida con
uno de sus cuchillos para pelar y que todavía brillaba debido al lubricante, y
apestosa.
Mi
amigo esperó durante meses con
incertidumbre, esperaba que sus viejos lo confrontaran. Nunca lo hicieron.
Nunca. Incluso ahora que ha crecido, esa zanahoria invisible lo persigue en
cada cena de Navidad, en cada fiesta de cumpleaños. En cada búsqueda de huevos
de Pascua con sus hijos, los nietos de sus padres, esa zanahoria fantasma los
merodea a todos. Es demasiado horrible para nombrarla.
Los
franceses tienen una frase: “el genio de la escalera”. En francés “l’esprit de l’escalier”. Se
refiere al momento en que uno encuentra la respuesta cuando ya es demasiado
tarde. Cuando, por ejemplo, uno está en una fiesta y alguien lo insulta, uno
tiene que decir algo. Pero bajo presión, con todo el mundo mirando, uno dice
algo tonto. Pero cuando se va de la fiesta,…
Cuando
empieza a subir las escalas, de repente, llega el genio. Se nos ocurre la
respuesta perfecta que debimos haber dicho. El insulto perfecto.
Ese
es el genio de la escalera.
El
problema es que ni los franceses tienen una frase para las cosas estúpidas que,
efectivamente, uno dice bajo presión. Esas cosas estúpidas y desesperadas, las
que sí pensamos o hacemos.
Algunos hechos son demasiados bajos para tener
siquiera un nombre; demasiado bajos para mencionarlos.
Haciendo una retrospectiva,
los psiquiatras expertos en jóvenes y psicorientadores ahora dicen que el
último pico en la ola de suicidios adolescentes fue de chicos que trataban de
asfixiarse mientras se hacían la paja. Sus viejos los encontraban con una toalla
alrededor del cuello y atada al ropero de la habitación; el chico muerto.
Esperma muerto por todas partes. Por supuesto, los padres limpiaban. Le ponían
pantalones al chico. Hacían que se viera… mejor. Al menos esa era la intención.
El típico suicidio triste de un adolescente.
Otro
amigo mío, un chico de la escuela, tenía un hermano mayor en la Marina y él
contaba que los tipos en Medio Oriente se masturban distinto a como lo hacemos
nosotros. Su hermano estaba en algún país de camellos donde los mercados
públicos venden lo que podrían ser elegantes cortapapeles. Cada herramienta es
una delgada vara de plata lustrada o latón, quizá tan larga como una mano, con
una gran punta, ya fuera una gran bola de metal o el tipo de mango refinado que
uno ve en una espada. Este hermano de la Marina dice como se les para a los
árabes y después se meten esta vara de metal en la verga. Y se pajean con la
vara adentro, que lo hace mucho mejor. Más intenso.
El
tipo es la clase de hermano mayor que viaja por el mundo y comenta dichos
franceses, rusos y consejos prácticos para masturbarse.
Después de esto, un día el hermano menor falta
a la escuela. Esa noche me llamó para pedirme que recogiera sus tareas para las
próximas semanas porque estaba en el hospital.
Tenía
que compartir la habitación con unos viejos que necesitan que se encargaran de
sus tripas. Dijo que todos tenían que compartir la misma televisión. Su única
privacidad era una cortina. Sus viejos no fueron a visitarlo. Por teléfono
habla de cómo sus viejos podrían matar ahora mismo a su hermano mayor que está
en la Marina.
También
dijo que el día anterior estaba un poco drogado. En casa, en su habitación,
estaba tirado en la cama con una vela encendida y hojeando revistas porno,
listo para pajiarse. Todo esto después de escuchar la historia de su hermano en
la Marina. Ese interesante aporte sobre cómo se masturban los árabes. El chico
busca a su alrededor algo que pueda hacer el trabajo. Un bolígrafo es demasiado
grande. Un lápiz, demasiado grande y duro. En cambio la vela, cuando gotea por
un lado, se forma una delgada y suave capa de cera que podría servir. Apenas
con la punta de un dedo, este chico separa la larga capa de cera de la vela. La
frota y la moldea entre las palmas de sus manos. Larga, suave y delgada.
Drogado
y excitado, se la introduce dentro, más y más profundo en la uretra. Sin
haberla metido toda, empieza a estimularse.
Incluso
ahora, dice que esos árabes son unos malditos astutos. Han reinventado la
masturbación. Acostado de espaldas en la cama lo está pasando tan bien que el
chico no puede estar pendiente de la cera. Está a punto de lograrlo cuando la
cera ya no se asoma fuera de su erección.
La
delgada vara de cera se resbaló hacia adentro. Por completo. Tan adentro que no
puede ni siquiera sentirla adentro.
Desde
abajo, su madre le avisa que es hora de cenar. Le dice que baje de inmediato.
Este chico de la cera y el de la zanahoria son personas diferentes, pero todos
vivimos casi la misma vida.
Después
de la cena le empiezan a doler las tripas. Como es cera, se imagina que
simplemente se derretirá adentro y la meará. Ahora le duele la espalda. Los
riñones. No se puede parar derecho.
El
chico está hablando por teléfono desde la cama de hospital y en el fondo se
pueden escuchar campanas y gente gritando. Programas de juegos.
Las
radiografías muestran la verdad: algo largo y delgado, doblado dentro de su
vejiga. Esta larga y delgada V dentro suyo está almacenando todos los minerales
de su orina. Se está poniendo más grande y dura, cubierta con cristales de
calcio, golpea y desgarra las suaves paredes de su vejiga, obturando la salida
de su orina. Sus riñones están trabados. Lo poco que gotea de su pene está rojo
de sangre.
El
chico y sus viejos, toda la familia mirando las radiografías con el médico y
las enfermeras parados allí, la gran V de cera brillando para que todos la
vean: tiene que decir la verdad. La forma en que se masturban los árabes. Lo
que le escribió su hermano en la Marina.
En
el teléfono, ahora, se pone a llorar.
Pagaron
la operación de la vejiga con los ahorros para la universidad. Un error
estúpido, y ahora jamás será abogado.
Te
metes dentro de cosas. Te metes cosas adentro. Una vela en tu verga o una soga
en tu cuello, sabíamos que serían grandes problemas.
Lo
que me metió en problemas a mí lo llamo “Búsqueda de perlas”. Esto significaba
joderse bajo el agua, sentado en el fondo de la piscina de mis padres.
Respiraba hondo, con un impulso me iba al fondo y me quitaba los shorts. Me
quedaba sentado allí por dos, tres, cuatro minutos.
Sólo
por masturbarme tenía una gran capacidad pulmonar. Si hubiera tenido una casa
para mí solo, lo habría hecho durante tardes enteras. Cuando finalmente
terminaba de escurrirme la verga mi esperma flotaba en globos grandes y
lechosos.
Después
empezaba la búsqueda para recolectarla toda y limpiar cada resto con una
toalla. Por eso se llamaba “Búsqueda de perlas”. Aun con el cloro, me
preocupaba mi hermana o, ¡Dios mío!, mi mamá.
Ese
solía ser mi mayor miedo en el mundo: que mi adolescente y virgen hermana
creyera que sólo estaba engordando y diera a luz a un bebé de dos cabezas,
retardado. Las dos cabezas como la mía. Yo, el padre y el tío. A fin de
cuentas, lo que más nos preocupa nunca es lo que nos hace caer.
La
mejor parte de la búsqueda de perlas era el tubo para el filtro de la pileta y
la bomba de circulación. La mejor parte era desnudarse y sentarse allí.
Como
dirían los franceses, ¿a quién no le gusta que le chupen el culo? De todos
modos, en un minuto pasas de ser sólo un chico masturbándose que, al siguiente,
nunca será abogado.
En
un minuto estoy sentado en el fondo de la piscina y el cielo esta ondulado,
azul claro a través de los ocho pies de agua sobre mi cabeza. El mundo está en
silencio, sólo escucho el latido de mi corazón.
Tengo
la pantaloneta de baño de rayas amarillas alrededor de mi cuello por seguridad,
por si aparece un amigo, un vecino o cualquiera preguntando por qué falté al
entrenamiento de fútbol. Siento la continua chupada del tubo de la pileta y
estoy frotando mi flaco y blanco culo sobre esa sensación.
Tengo
aire suficiente y la verga en la mano. Mis viejos están trabajando y mi hermana
tiene clase de ballet. Se supone que voy a estar solo durante horas.
Mi
mano casi me hace llegar, y paro. Nado hacia la superficie para volver a tomar
bastante aire. Me sumerjo y me acomodo en el fondo.
Hago esto una y otra vez.
Debe
ser por eso que las chicas quieren sentarse en tu cara. La succión es como una
descarga que nunca se detiene. Con la verga dura y mientras me chupan el culo
no necesito aire. Escucho el latido de mi corazón, me quedo abajo hasta que
empiezo a ver resplandecientes estrellas. Mis piernas estiradas, el dorso de
las rodillas rozando fuerte contra el fondo de concreto. Los dedos de mis pies
se están poniendo morados, los dedos de los pies y de las manos se arrugan por
estar tanto tiempo en el agua.
Y después lo dejo llegar. El chorro de globos
blancos sale. Las perlas. Entonces necesito aire. Pero cuando intento
impulsarme para salir, no puedo. No puedo sacar los pies. Mi culo está
atrapado.
Los
paramédicos de emergencias dirán que cada año cerca de 150 personas se quedan
atascadas de éste modo, succionadas por la bomba de circulación. Si se te queda
atrapado el pelo, o el culo, seguro te ahogas. Cada año, miles de personas se
ahogan. La mayoría en Florida.
Sólo
que la gente no habla del tema. Ni siquiera los franceses hablan acerca de
todo. Con una rodilla arriba y poniendo un pie debajo, logro medio incorporarme
cuando siento el tirón en mi culo. Con el otro pie debajo, pateo hacia el
fondo. Me estoy liberando pero ni toco el concreto ni llega el aire.
Todavía pateando bajo el agua, y agitando los
brazos, estoy a medio camino de la superficie, pero no llego más arriba. Los
latidos en mi cabeza se vuelven fuertes y rápidos.
Las
chispas de luz brillante pasan ante mis ojos, me doy vuelta para mirar… pero no
tiene sentido. Esta soga gruesa, una especie de serpiente azul y blanca
trenzada con venas se salió del desagüe y está agarrada a mi culo. Algunas de
las venas gotean sangre, sangre roja que parece negra bajo el agua y se
desprende de pequeños rasguños en la pálida piel de la serpiente. La sangre se
diluye, desaparece en el agua, y dentro de la delgada piel blanca y azul de la
serpiente se pueden ver restos de una comida a medio digerir.
Esta
es de la única manera en que esto tiene sentido: algún horrible monstruo
marino, una serpiente marina, algo que nunca ha visto la luz del día, ha estado
escondido en el oscuro fondo del desagüe de la piscina, esperando para comerme.
Así
que la pateo, pateo su piel resbalosa y gomosa y llena de venas, pero cada vez
sale más del desagüe. Ahora quizá sea tan larga como mi pierna, pero aún me
amarra el culo. Con otra patada estoy a una pulgada más cerca de tomar aire.
Aun sintiendo que la serpiente tira de mi culo, estoy a una pulgada más cerca
de escapar.
Enredados
en la serpiente se pueden ver granos de maíz y maníes. Se puede ver una bola
brillante, grande y naranjada. Es una especie de vitamina para caballos que mi
padre me hace tomar para que aumente de peso. Para que consiga una beca de
fútbol. Con hierro extra y ácidos grasos omega tres.
Ver
esa pastilla me salva la vida.
No
es una serpiente. Es mi largo intestino, mi colon, arrancado de mi cuerpo. Lo
que los doctores llaman prolapso: mis tripas chupadas por el desagüe.
Los
paramédicos te dirán que una bomba de agua de piscina absorbe 80 galones de
agua por minuto. Eso son unas 400 libras de presión. El gran problema es que
por dentro estamos interconectados. Nuestro culo es sólo la parte final de
nuestra boca. Si me suelto la bomba sigue trabajando, desenredando mis entrañas
hasta llegar a mi boca. Imaginen cagar 400 libras de mierda y podrán apreciar
cómo eso puede destrozarlos.
Lo
que puedo decir es que tus entrañas no sienten mucho dolor. No de la misma
manera que tu piel lo siente. Los doctores llaman materia fecal a lo que uno
digiere. Más arriba es quimo, pedacitos bolsones de una porquería líquida,
delgada y mucosa, con residuos de maíz, maníes y alverjas.
Esa
es toda la sopa de sangre y maíz, mierda y esperma y maníes que flota a mi
alrededor. Aunque mis tripas siguen saliéndose del culo, sosteniendo lo que
queda mi prioridad es volver a ponerme mi traje de baño de alguna manera.
Dios mío, no permitas que mis padres me vean
la verga.
Una
de mis manos sostiene un puño alrededor de mi culo, la otra tiene agarrada mi
pantaloneta de baño de rayitas amarillas y la jala del cuello. Pero todavía es
imposible ponérmela.
Si
quieren saber cómo se sienten los intestinos, compren uno de esos condones de
piel de cordero. Saquen uno y desenróllenlo. Llénenlo con mantequilla de maní,
cúbranlo con lubricante y sosténganlo bajo el agua. Después traten de rasgarlo.
Traten de partirlo en dos. Es demasiado duro y gomoso. Es tan resbaladizo que
no se puede sostener.
Un condón de piel de cabra: ahí tienen un
intestino común.
Pueden
ver contra lo que estoy luchando.
Si
me dejo ir por un segundo, me destripo.
Si
nado hacia la superficie para tomar aire, me destripo.
Si
no nado, me ahogo.
Estoy
entre morir ahora mismo o dentro de un minuto.
Lo
que mis viejos encontrarán cuando vuelvan del trabajo es un gran feto desnudo,
acurrucado sobre sí mismo. Flotando en el agua sucia de la piscina del patio.
Con una gruesa cuerda de venas y tripas retorcidas que le sostienen por detrás.
El opuesto del niñito que se ahorca cuando se masturba. Éste es el bebé que
trajeron del hospital hace trece años. Éste es el chico para el que anhelaban una
beca deportiva y un título en gestión empresarial. El que los cuidaría cuando
fueran viejos. Aquí están todos sus sueños y esperanzas. Flotando aquí, desnudo
y muerto. Todo a su alrededor no es más que perlas lechosas y grandes de
esperma desperdiciada.
Es
eso, o mis viejos me encontrarán envuelto en una toalla ensangrentada, habré
colapsado a medio camino entre la piscina y el teléfono de la cocina, las
sobras de mis entrañas desgarradas todavía colgando por fuera de mi pantaloneta
de baño de rayitas amarillas.
Algo de lo que ni los franceses hablarían.
Ese
hermano mayor de la Marina nos enseñó otra buena frase. Una rusa. Cuando
nosotros decimos: “me sirve pa’ culo”, los rusos dicen: “me sirve tanto como
unos dientes en el culo”.
Mne
eto nado kak zuby v zadnitse.
Esas historias sobre cómo los animales
capturados por una trampa se mastican su propia pierna; cualquier coyote puede
decir que un par de mordiscos son mucho mejores que morir.
Mierda…
aunque seas ruso, algún día podrías querer esos dientes.
De
otra manera, lo que tienes que hacer es retorcerte, dar vueltas. Enganchar un
codo detrás de la rodilla y tirar de esa pierna hasta la cara. Morder tu propio
culo. Uno se queda sin aire y mordería cualquier cosa con tal de volver a
respirar.
No
es algo que te gustaría contarle a una chica en la primera cita. No, si quieres
que te dé el beso de buenas noches. Si les contara a qué sabe, nunca, nunca
volverían a comer calamares.
Es
difícil decir qué les disgustó más a mis viejos: cómo me metí en el problema o
cómo me salvé. Cuando salimos del hospital, mi madre dijo: “No sabías lo que
hacías, amor. Estabas en shock”. Y aprendió a preparar huevos escalfados.
Toda
esa gente me tiene fastidio o lástima…
Me
sirve tanto como unos dientes en el culo.
Hoy
en día, la gente me dice que me veo demasiado flaco. En las cenas, la gente se
queda silenciosa o se enoja cuando no como la carne horneada que prepararon. La
carne horneada me mata. El jamón cocido. Todo lo que se queda en mis entrañas
durante más de un par de horas sale siendo todavía comida. Las judías hechas en
casa o trocitos de atún, cuando me paro y volteo a mirar, están allí flotando
en el inodoro.
Después
de sufrir una colectomía parcial, la carne no se digiere muy bien. La mayoría
de la gente tiene 182 centímetros de intestino grueso. Yo tengo la suerte de
conservar 15 centímetros. Así que nunca conseguí la beca deportiva, tampoco el
título en gestión empresarial. Mis dos amigos, el chico de la cera y el de la
zanahoria, crecieron, se pusieron grandotes, pero yo nunca llegué a pesar una
libra más de las que pesaba cuando tenía trece años.
Otro
gran problema es que mis viejos pagaron un montón de dinero por esa piscina. Al
final mi padre le dijo al tipo de la piscina que fue un perro. El perro de la
familia se cayó al agua y se ahogó. El cuerpo muerto quedó atrapado en el
desagüe. Incluso cuando el tipo que vino a arreglar la piscina abrió el filtro
y sacó un tubo elástico, un pedazo de intestino lleno de agua, todavía con una
de esas vitaminas naranjadas adentro. Mi padre sólo dijo: “hijo de puta perro
tan loco”.
Hasta
desde la ventana de mi pieza, en el piso de arriba, podía escuchar a mi papá
decir: “No se podía confiar un segundo en ese perro…”.
Después
mi hermana tuvo un retraso.
Incluso
después de que cambiaron el agua de la piscina, de que vendieron la casa y nos
mudamos a otro estado, y de que mi hermana abortó, mis padres nunca volvieron a
hablar de eso.
Nunca.
Esa
es nuestra zanahoria invisible.
Ahora
puedes respirar profundo.
Yo,
todavía no lo he hecho.
ECOGRAFÍA
Wilson Orozco
Wilson tiene que acompañar a Olga María
para saber si lo que sale de su barriga es un niño o una niña. Wilson ha
terminado de enseñar sus clases de inglés. Podría
tener el horario de un celador, piensa. Termina a las ocho de la mañana y
tiene todo el día libre pero no sabe qué hacer con él. Luego tiene otra clase a
las 6 de la tarde. Es decir, podría tranquilamente quedarse despierto después
de esa clase hasta las 8 de la mañana del siguiente día e irse a dormir junto
con todos los celadores de la ciudad.
Son las dos de la tarde y Wilson está en la
mitad de la nada. Siente que ya hace mucho terminó su clase y que falta una
eternidad para la próxima. Hace calor y Olga María y él han acabado de almorzar.
Tienen modorra pero ambos están entusiastas por saber de qué sexo es lo
indeterminado que tiene Olga María en su vientre. Se van en el carro que tanto
trabajo les ha dado conseguir y sobre todo mantener. Van felices, llenos de
planes y expectativas. Todo, desde la compra de un escarpín hasta la futura
universidad de esa cosa amorfa es motivo de largas conversaciones. Son felices
y como diría una novela de Corín Tellado parecía
que nada podría acabar con esa felicidad.
Paran en un semáforo y un niño les ofrece
limpiarles el parabrisas. Wilson dice que no. Pocos años separan a Wilson de
ese otro niño. Porque Wilson es un niño metido en cosas de grande. Se casó
porque creía estar enamorado y para salir a como diera lugar de su casa. Vivía
harto de su mamá y de su hermano. Vivía harto de tener que velar por ellos y
mantenerlos. Quería tener algo para él. Algo que fuera suyo realmente. Algo que
no hubiera sido impuesto. Algo que él hubiera elegido.
Ya habían seleccionado el nombre: si era niño
se llamaría Manuel. Si era niña Sofía. Manuel por un abuelo agricultor de
Wilson que sembraba papas en La Ceja. Sofía por una tía soprano de Olga María
caída ya en desgracia.
Llegan al hospital. Wilson se tiene que
enfrentar una vez más con la pobreza de Medellín: luchar contra el cuidador de
carros. Eso significa darle unas cuantas monedas a ese pobre desarrapado. Y eso
ya es mucho para el tacaño de Wilson. Pero es también la molestia que le da ver
a tantos pobres a su alrededor: se siente atacado por ellos, asediado. Los
pobres le suscitan recuerdos incómodos.
Llegan al consultorio. El ginecólogo es alto y
elegante. Wilson se siente intimidado por él. Se ve ridículo como prospecto de
padre siendo tan joven frente a ese señor tan mayor y de buena sociedad. Wilson
se siente como una muchacha pobre que se deja embarazar por ignorancia, por
falta de métodos de planificación o para escapar de su hogar. El embarazado
parece él y no Olga María. Él es el que se siente el centro de atención. Olvida
que es a ella a la que van a examinar y no a él. Pero como siempre, por más
intentos que haga, se siente el payaso, el raro, el monstruo que nadie puede
dejar de mirar. En últimas, el narciso.
Wilson siente el reproche del ginecólogo en su
mirada. Siente que le dice que se ha hecho papá a la fuerza mientras podría
estar estudiando o saliendo con miles de novias. Ahora su vida se limita a
tener el horario que podría compartir con los celadores de Medellín. Enseñar
inglés a ejecutivos, ingenieros y secretarias que sueñan con tener una
comunicación telefónica con alguien en Nueva York. Los compañeros de estudio de
Wilson ya han tenido hasta tres y cuatro novias y él sigue con la misma mujer que
conoció a los 16 años. Y solo puede dar cuenta de otra mujer: su mamá.
El ginecólogo hace pasar a Olga María a una
camilla y ahí le toca esa cosa que le sale de la barriga. Cuenta chistes, hace
chanzas. Ellos dos se entienden a las mil maravillas. Los dos pertenecen a las
mismas familias de bien de la ciudad. Como, por ejemplo, Sofía la soprano.
Aunque ya está de capa caída. Bebe mucho y no tiene plata ni para coger un bus.
Sin embargo, cuando le pagan alguna clase de canto va, se gasta el dinero en Unicentro
para que la vean sus antiguas amigas.
Wilson, mientras tanto, observa las
fotografías del ginecólogo que están en la biblioteca de su consultorio. Hay
una especialmente que le llama la atención: está él con su esposa y sus hijos.
La muchacha tiene frenillos. Abraza al papá. El muchacho, a su vez, abraza a la
mamá. Todos se ven muy sonrientes, sobra decirlo. ¿Serán así en el futuro
Wilson y Olga María? ¿Podrá Wilson tener algún día corbata, oficina y
biblioteca donde pueda poner una foto con Olga María, la cosa y él?
-Ve, ¿y cómo va ese trabajo hombre…?,
¿Willington es que te llamás? No, ¿Wilbert? ¿Watson?
-Wilson.
-Eso, Wilson.
-Bien, Doctor.
-Ya.
-¿Y qué es lo que hacés vos?
-Soy profesor de inglés.
-Ah, ¿en el Colombo Americano?
Wilson empieza a sudar. Le molesta esa
conversación. No se siente a gusto con ese señor tan imponente y respetable. Se
siente como un pequeño renacuajo que no sabe para dónde saltar. Atosigado y
encerrado. Fuera de eso, no sabe cómo explicar que no enseña en el Colombo que
es el único referente para este señor importante. No puede explicarle que se
presentó al Colombo para aspirar a uno de sus empleos y que todos se burlaron
de su acento paisa. Que la única alternativa que le ofrecieron era que podría
pagar por unos cursos de fonética inglesa ahí mismo en el Colombo. Que tomó los
cursos pero ni aun así pasó el examen. Que finalmente lo único que le dijeron
fue que lo invitaban a tomar un curso básico para mejorar su horrible inglés:
¡Todo un profesor de inglés rebajado a estudiar los niveles básicos! No, eso no
se lo puede decir.
-Tengo dos clases particulares. Una por
la mañana y otra por la tarde.
-Mi hijos están estudiando en los Estados Unidos.
-Qué bien…, dicen Olga María y Wilson al mismo
tiempo como si fueran un par de hermanitos.
-Mi hija está haciendo un postgrado en Finanzas y
mi hijo en Negocios Internacionales en la Universidad de Michigan.
-Qué interesante…, dice hipócritamente Wilson.
-¿Y vos dónde estudiaste inglés?
-Aquí.
-Sí, ¿pero dónde?
-En el Centro de Idiomas Flash Gordon.
Pero no le quiere ampliar que no aprendió
mucho en esos cursos. Que no sabe cómo, al finalizar sus estudios de inglés, le
ofrecieron ser profesor en unas clases de niños en el mismo instituto y que eso
le hizo merecedor para asistir a unas capacitaciones académicas con el director
académico, con la esperanza de que algún día lo ascendieran a ser profesor de
adultos. Pero con el director académico tampoco aprendió mucho. Al menos, no
mucho inglés. El director hablaba de los beatniks, de los nadaístas, de
Fernando González y de los hippies. Se dejaba crecer una larga barba que
siempre estaba llena de harinas. Llevaba siempre una boina que había comprado
en Londres cuando lavaba platos allá.
Sus capacitaciones consistían en hacer leer a
todos los profesores artículos sacados de la revista Time: sobre el aborto, la violencia familiar y las drogas. Para que sepan que Estados Unidos no es
solamente Disneylandia e irse de compras a un centro comercial, les
insistía. Siempre quería dar la imagen fea de los Estados Unidos. Su teoría era
que la gente hablaba muy bien de ese país porque no sabía leer en inglés.
Luego, les hacía sacar resúmenes de los artículos y los obligaba a
aprendérselos de memoria. Con razón a Wilson nunca lo aceptaron como profesor
del Colombo Americano.
-¿Y te gusta el horario de tus clases?
-Sí, señor.
-….
-….
*****************
Ponen una cosa gelatinosa en la barriga de
Olga María. El ginecólogo mira concentradamente la pantalla. Wilson espera
impaciente. Quiere saber cuál es el sexo de esa cosa que cada vez pone más y
más grande la barriga de Olga María. Esa barriga que tiene que masajear todas
las noches porque Olga María ha leído que eso es buenísimo para estimular al
bebé y para demostrarle que tiene dos papás que lo están esperando con amor.
Es una masa amorfa. Las imágenes están en
blanco y negro. Hay que hacer grandes esfuerzos para identificar lo que hay
ahí. Lo más importante es el sexo de la masa. Pero la respuesta no reside en la
ecografía. La respuesta ya estaba desde que eso
fue concebido en un hotel de Caucasia mientras Olga María y Wilson venían de la
Costa. Ahí pararon los dos con el resto de la tradicional familia. En ese
hotel, Wilson empieza a acariciar a Olga María. Ella ya sabe que él le quiere
hacer un hijo toda costa. Ya es hora de tener un hijo y ser un pequeño burgués
completo. Ése era el elemento que faltaba. Olga María, como siempre, renuente a
tener sexo. Pero termina por complacerlo, como siempre. Cuando Wilson eyacula
en Olga María presiente que por fin el mandato de ser papá, que ni siquiera él
comprende, se ha cumplido.
Es difícil identificar las imágenes cuando de
pronto aparece la cosa. Se le ve la cabeza y el tronco. Hay términos que Wilson
no puede entender como “índices cefálicos”, “húmeros” y “visión sagital”.
Definitivo: Es una niña, dice el
médico. Wilson se siente decepcionado. Esperaba un hijo. Su condición de macho
le indica que esta pobre niña va a sufrir mucho en la vida con los hombres.
Pero ya al menos no es una cosa. Tiene un nombre. Se va a llamar como la tía
soprano, caída en la ruina y que en ese preciso momento, a las tres de la
tarde, alza el brazo completamente borracha para tomarse un aguardiente doble.
VELÁSQUEZ
LEE DON QUIJOTE
(Las meninas)
Alejandro
Ramírez
Don
Diego Rodríguez de Silva y Velásquez se despierta temprano. Hoy, como varias
noches de la última semana, ha vuelto a tener la misma pesadilla con María
Bárbola, la enana de aspecto siniestro que acompaña a la Infanta. No recuerda
con exactitud los detalles, o quizás no los quiere recordar, pero persisten los
escalofríos y una nefasta e indefinible sensación. Se levanta y sale
silenciosamente de la habitación en busca de su esposa, Juana Pacheco, a la que
encuentra en un rincón de la cocina acurrucada con un grueso libro entre las
manos. Se acerca y lo coge suavemente, sin violencia ni forcejeo, y lee
mentalmente el título: El Ingenioso
Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Una sonrisa imperceptible se esboza en
sus labios porque recuerda que leyó ese mismo libro hace más de tres décadas
por consejo e influencia de su maestro y suegro don Francisco Pacheco. Él,
hombre culto y apasionado lector, ha transmitido esa pasión a su hija.
Camina
despacio, sin premura, disfrutando del vital aroma que emana de esa mañana
primaveral. Lleva en sus brazos, lo advierte con cierta sorpresa, el libro que
leía su esposa. Ha sentido el impulso egoísta de releer algunos apartes, pues
sólo persisten en su recuerdo algunas escenas nebulosas.
Al
llegar a su estudio, en el Alcázar de Madrid, a la primera persona que ve es a
la enana María Bárbola que se apresura hasta él para decirle que lo espera la
Infanta. Esa enana temible camina junto a él y refunfuña en un argot
incomprensible maldiciones, órdenes o consejos que don Diego no se atreve a
interpretar. Camina despacio y lo mira cada tres pasos, miradas que él recibe
con aprensión y temor. Antes de abrir la puerta del estudio, la enana se cruza
en su camino, lo mira a los ojos y le espeta una retahíla de improperios
feroces e ininteligibles de los cuales él sólo alcanza a comprender fragmentos aislados:
muerte… Infanta… cuadro… enfermedad… los reyes… tiempo… eternidad…
Está
frente al cuadro que actualmente pinta cuyo nombre será, por la presencia de
los dos reyes en él, La familia de Felipe
IV. Se siente exhausto a pesar de que ha pintado poco, pero la presencia de
la enana lo enerva. Le pide a Nilolasito que le alcance el libro que traía,
pero como no sabe qué acápite leer le solicita a la Infanta que abra el libro
en el lugar que le plazca: lee, con estupefacción, el fragmento en el cual el
Caballero de la Triste Figura destroza el retablo de maese Pedro. Recuerda,
entonces, las lecciones de su maestro Francisco Pacheco: amplía los espacios,
amplía los espacios… Vuelve la mirada a su cuadro y repasa con cierta
satisfacción su presencia en él y la de los reyes en el espejo del fondo…
Perdido en ensoñaciones deja caer el libro del brazo y cuando va a recogerlo ve
que la enana con cara de demonio ya lo está llevando hacia sus brazos.
ODIO EL CENTRO DE LA CIUDAD
Carlos Mauricio Calle
Odio el centro de la
ciudad. Nunca he podido soportar el bullicio, la muchedumbre, la sensación de
estar perdido entre un mar de peregrinos autómatas: rostros sin caras, cuerpos
sin mentes, ríos de figurines a cada cual más dispar. Allá veo un hombre ensimismado
ante la contemplación de un mostrador. Acullá, una madre resignada trata de
silenciar el discordante llanto de un crío, llanto que se mezcla con la
multitud de sonidos propios del pandemónium urbano, sonidos que se unen en una
estridente melodía capaz de martillar tus oídos hasta volverlos polvo.
Igualmente, detesto la imposibilidad de caminar con libertad, el ser conducido
por las aceras como un inocente borrego que sigue a la masa sin importar cuál
sea su siniestro destino bajo el calcinante sol de la jornada. Pero lo que
realmente me aburre, me deprime, descompone y enferma, es la inevitable
posibilidad de tropezar con mis semejantes. Debería existir una ley de la
física para explicar tal fenómeno, porque no importa cuán cuidadoso y
escrupuloso sea para evitar la humanidad de mis congéneres, siempre termino por
chocar contra ellos. Es como si existiera una especie de extraño, inexplicable
magnetismo en el cuerpo de los transeúntes. Para algunos esto último es algo
normal, pero yo lo considero muy molesto, ya que me gusta lustrar mi calzado.
Me agrada el oscuro brillo del cuero tras ser acariciado sensualmente por el
cepillo y el betún, en una suerte de eucaristía donde el alma del zapato se
despoja del polvo mundano y recupera la plenitud de su belleza. Es un
resurgimiento, una resurrección, un regreso a la prístina beatitud del cuero
que destella bajo la luz. Pero es en vano: tarde o temprano algún sucio
pedestre echa a perder en un instante todo el paciente esfuerzo y dedicación de
veinte minutos de ardua labor. Por estas y muchas otras razones que prefiero no
mencionar trato de reducir al mínimo mis periplos al núcleo de la metrópoli.
Hay algo, sin embargo, que
no deja de estimular mi curiosidad cuando visito el corazón de la urbe. A decir
verdad, no puedo dejar de notar la gran cantidad de personas cuya única
ocupación es distribuir papeles; esos pequeños papeles en impresión monocroma,
casi siempre en dos variantes, que los pasantes reciben y botan al cesto de la
basura sin siquiera dedicarles una mirada. Unos de ellos exhiben imágenes
oníricas, propias de la obra de Dalí o Magritte y te prometen prodigios tales
como enlazar a tu ser amado, comunicarte con tus ancestros, liberarte de las
maldiciones arcanas de tus enemigos y, claro está, descargar tu furia hacia
ellos en la forma de una gonorrea trepadora, o una sífilis galopante que los
dejará recluidos en su domicilio por eras geológicas interminables. Pero los
más llamativos son aquellos con voluptuosas mujeres, quienes te prometen
llevarte a mundos de insospechado placer a través de una estimulante sesión de
“masajes”. Está bien, no puedo negar que un pequeño “masaje” pueda liberarte de
la tensión y el estrés acumulado en una rutina de proletario suburbano, como la
que yo y muchos de mis conciudadanos estamos condenados a soportar, pero aún no
entiendo cómo los brazos expertos de una masajista pueden hacerte alcanzar,
textualmente hablando, “las más altas cotas del placer”. Así, intrigado como
estoy por la idea, decido investigar un poco más al respecto y conservar uno de
estos papelillos en mi próxima visita al centro.
La oportunidad se presenta
un día cualquiera. Camino bajo la mirada atenta de gigantes de concreto y
cristal, cuyas entrañas, llenas de oficinas o locales comerciales disponen de
numerosas ventanas cual miríada de ojos de un moderno Argos para ver la luz del
día. La atmósfera se presenta favorable para recorrer las calles. El sol se
encuentra cubierto bajo un algodonoso manto de nubes. Sus rayos, atenuados por
los nimbos, se diluyen en un resplandor blanquecino, una luz difusa que
desdibuja las sombras de todos los objetos visibles. “Es un verdadero
prodigio”, pienso mientras vagabundeo buscando una sucursal bancaria
indeterminada. Estoy habituado a la “eterna primavera” de mi ciudad, es decir,
a un sol agresivo e implacable o, en su defecto, a una lluvia copiosa y
deprimente, inestable, dispuesta a caer sobre mí en el momento menos esperado.
En medio de tal cavilación, al doblar una esquina, una mano me extiende una de
aquellas papeletas y quince minutos más tarde ya tengo en mi haber una completa
colección de las mismas. En el camino a casa verifico las proporciones del
recién adquirido botín, más o menos unas diez piezas de tamaño, color y
configuración similares.
Días más tarde, después de
indagar más en el asunto, tras un poco de inteligencia y reconocimiento, logro
dar cuenta de la verdad oculta tras los misteriosos papelillos. Sí, puede
parecer increíble, pero sólo hasta ahora rompo el cascarón de la ignorancia:
para mi sorpresa “Venus”, “Atenea”, “Bagdad” y toda una pléyade de resonantes
nombres históricos es la tapadera de la institución más antigua, más activa y
paradójicamente más desprestigiada del mundo occidental: la prostitución.
Admito que la existencia de la que es quizá la profesión más veterana del
mundo, nunca me ha pasado desapercibida; pero esta fascinante modalidad, en la
cual se tiene la posibilidad de dirigirse hacia una prosaica vivienda en un
barrio de clase media y dar rienda suelta a los instintos más salvajes, sin ser
sometido a la escrutadora mirada del peatón ocasional, o peor aún, al escarnio
público, es nueva para mí; definitivamente esto es algo que estaba fuera del
ámbito de lo real hasta hace pocos años en la ciudad. O bien, si ya existía, ni
me enteré. En fin, lo más inquietante es que una vez resuelto el enigma, mi
curiosidad no desaparece. Por el contrario, no hace más que acrecentarse…
¿Por qué no probar las
delicias del sexo libre y sin compromisos? ¿Por qué no dejar de lado la máscara
de la hipocresía que pesa en el rostro del hombre empeñado en fingir amor y
ternura cuando persigue un objetivo mundano, concreto y pragmático como es el
cohabitar con otra persona del sexo opuesto? Sí, ¿por qué no? Trato de sopesar
las consecuencias que semejante acto pueda tener sobre mi persona, excluyendo
las enfermedades venéreas, contra las cuales siempre puedes tomar precauciones,
pero no encuentro ninguna. No soy el personaje romántico que sueña con conocer
a una mujer etérea o enaltecer a otra no tan etérea para así cambiar el curso
de mi vida. No creo en el amor ni en patrañas semejantes. Puedo concebir un
estado alterado de la conciencia donde el influjo de la dopamina, la serotonina
y otras potentes sustancias psicoactivas de origen endocrino puedan hacerme ver
a otra persona, no necesariamente del sexo contrario, como una condición indispensable
para alcanzar la felicidad de la existencia, si es que tal cosa existe. Sin
embargo, me cuesta suponer que una vez trascurrida la euforia inicial -el
éxtasis provocado por un desequilibrio hormonal transitorio- mi individualidad
pueda soportar la presencia de esa entidad masculina-femenina a mi lado hasta
que la muerte u otras circunstancias menos calamitosas nos separen. No
comprendo la insensatez de las relaciones que pretenden legitimar el
intercambio sexual a partir de patrones de conducta preestablecidos o
sentimientos “honestos” predicados por líderes sectarios tan o quizá más
perversos que yo. No puedo encontrar una posible semilla de degeneración en el
acto de yacer con una esforzada trabajadora sexual, porque cualquier escrúpulo
o prohibición moral deja de ser insuperable en la medida en que su trasgresión
no implique una sanción pecuniaria o penal. Además, considero una miserable
pérdida de tiempo el tratar de seducir a una mujer para obtener favores
sexuales de su parte –si bien es la mujer quien engatusa al hombre, pero esa es
otra historia, para ser contada en otra ocasión-, cuando se pueden obtener
iguales resultados haciendo uso de la ley del mínimo esfuerzo: la billetera se
abre una sola vez y al unísono con las puertas del Elíseo. Sí, lo admito, soy
un mezquino, pero nadie podrá negarme que tener una novia es un vicio muy caro,
comparable al consumo de heroína una vez que tengas el paquete completo,
esposa, hijos y una hipoteca por pagar.
Después de un round a solas
con mi conciencia, de una -quisiera decir intensa, pero estaría mintiendo-
terapia de auto justificación, estoy preparado para una enriquecedora
experiencia vital. Así, venzo mi reluctancia al centro de la ciudad y salgo a
la calle en busca de la iluminación que sólo el conocimiento de los secretos
del cielo y de la tierra puede otorgar. Mientras camino tanteo con mis dedos el
interior de mi bolsillo, buscando el preciado boleto donde pone la dirección al
más cercano portal del placer y no tardo en dar con el lugar. Tal como lo
suponía el sitio indicado se encuentra en un barrio de clase media, con calles
y banquetas limpias, con árboles de todo tipo, aunque con una gran
preponderancia de enhiestas araucarias que se mecen suavemente con el viento y
mangíferas cargadas de redondos y voluptuosos frutos. Verifico las señas en el
papel y doy de inmediato con la casa en cuestión. Es una vivienda cuyo aspecto
no requiere descripción alguna. Nada en la fachada desentona con el ambiente de
los alrededores, el apelativo “normal” no podría encontrar un caso más digno
para ser usado. Localizo el timbre al segundo, lo presiono, pero no escucho
sonido alguno exceptuando el de una que otra persona que pasa por las
inmediaciones. Instantes después la puerta se abre con suavidad y un hombre de
mediana edad me saluda y me invita a pasar. Aunque mi natural escepticismo me
incita a observar con obstinada atención todos los detalles, a la espera de
hallar algo discordante y desagradable, no encuentro nada inquietante ni en mi
anfitrión, ni en su morada. El hombre está vestido de una manera natural: blue
jeans y camisa de color claro abotonada casi hasta el cuello. Sus maneras son
delicadas pero sin llegar a parecer remilgado en ningún momento. Sonrisa
sincera, mirada amistosa; se ve digno de fiar a despecho de tratarse de un
completo extraño. Me invita a tomar asiento en un mullido sofá verde de algo
parecido al terciopelo, ubicado en la sala de estar de la casa, y mientras me
hundo lentamente en la comodidad del mismo me pide esperar unos instantes en
tanto acuden las “chicas” de turno. Expectativa... redoble de tambores… emoción
mal disimulada… Lo miro a la cara y veo su inmutable sonrisa como una especie
de sello impreso en su rostro, como la mirada de las personas perfectas y
felices en las situaciones perfectas y felices de la televisión, pero con la
calidez propia de las escenas en vivo. Uno o dos minutos después escucho un
ruido de pasos que descienden por una escalera en uno de los ángulos de la
habitación y he aquí, para mi sorpresa y regocijo, cómo dos jovencitas de porte
jovial y mirada traviesa se aproximan mí. Respiro de alivio. Ya sé que las
profesionales de este tipo de negocio no tienen mucho en común con aquellas de
sus colegas que pululan en los barrios más sórdidos y deprimidos de la ciudad,
pero el pequeño bicho de la angustia no deja de picar en el interior de mi
pecho hasta no comprobar detenidamente la calidad, formato y factura del género
disponible. Es estupendo, perfecto, impecable… Después de las presentaciones de
rigor el hombre me pregunta a quién prefiero y vacilo un buen rato tratando de
contestar. No es sencillo, ambas son dos dignos ejemplares de la mejor cosecha
del 85, si las apariencias no me engañan. En este punto cualquier descripción
que pueda brindar se quedará corta y no podrá competir con la contundencia y el
peso aplastante de la realidad. Baste con decir que este par de hermosas
bacantes podrían conducir al desenfreno y la disolución absolutos, incluso al
más flemático o apático de los hombres. Y si a su provocativo aspecto sumamos
los hermosos atavíos, encargados de resaltar las partes más interesantes de sus
anatomías, el conjunto general es imposible de ignorar. La única opción es
arrobarse ante la contemplación de la belleza… Con el corazón atribulado y lleno
de congoja, señalo a una de ellas, aunque me hago la firme promesa de elegir a
su compañera cuando la oportunidad se presente una vez más, en un futuro no muy
lejano. Así, siguiendo embelesado a la que habrá de elevarme hacia “las más
altas cotas del placer” entro en una habitación y la puerta se cierra
suavemente…
Sí, amable lector. Como
podrás suponer, he considerado prudente arrojar un discreto manto de pudor
sobre los últimos acontecimientos del día con el único fin de evitar la
inevitable censura mediática, típica de nuestro mundo cargado de
incomprensibles paradojas, sobre mi historia. A manera de epílogo quiero decir
que regreso a casa en un estado de éxtasis absoluto. Casi me parece estar
levitando y esa noche duermo tranquila y profundamente, como nunca lo he hecho
en mi vida. En lo tocante a todo lo acaecido en esa discreta habitación me
limitaré a decir que fue algo así como una divertida sesión de gimnasia rítmica
a dúo en cuyo clímax creí haber alcanzado el cielo, y puedo asegurarlo: ha justificado
cada centavo del dinero invertido en ella. Ahora he cumplido mi anhelo de
mantener el placer separado de los sentimientos. Ahora actúo con la razón y no
con el corazón. Ahora, sitúo la satisfacción de mis instintos más naturales en
un plano estrictamente comercial y no sentimental. Y quién lo creyera, comienzo
a integrar el centro de la ciudad en mi rutina de vida. Ahora me gusta el
centro de la ciudad. Para concluir puedo decir con orgullo que actualmente,
cuando algún subnormal me dirige la infaltable pregunta: “¿tienes novia?”, o su
consabida variante: “¿estás casado?”, no dudo en contestar lleno de
satisfacción, con una franca, amplia e inconfundible sonrisa: “No, gracias. Por
salud y economía sólo como en desechables”.
WRITER’S CAFÉ, UN LUGAR PARA ESCRIBIR
Alejandro Ramírez
En el siglo XIX, y especialmente a principios del
siglo XX, los escritores que querían vivir una vida bohemia acudían
indefectiblemente a París. Allí encontraban el ambiente literario por
excelencia: círculos literarios, cafés, terrazas, cabarets, etc. En los cafés
los escritores podían pasar todo el día leyendo, escribiendo y cuando no lo
hacían dedicaban su tiempo a beber o conversar. Para el escritor esa es la
inevitable referencia que le produce la palabra Café.
Writer’s Café es un programa de informática dirigido a escritores de ficción. El
programa busca ofrecerle, en un solo lugar, una recopilación de las mejores
herramientas que necesita el escritor a la hora de escribir. ¿Pero necesita el
escritor herramientas para escribir además de un lápiz y un papel? Las
generaciones mayores dicen que no y se muestran minimalistas al respecto,
incluso muchos escritores rechazan la ayuda que les ofrece el computador. Los
estadounidenses, por ejemplo, la conciben como una labor profesional; basta
pensar en las obras de teatro o los guiones de las películas, además los
escritores de ficción emprenden largas y minuciosas investigaciones para
documentar bien todos los acontecimientos que van a describir en su obra. Visto
así, Writer’s Café es una herramienta esencial para el escritor de ficción.
Writer’s Café ofrece algunas características interesantes que no está de más conocer y
darles un vistazo antes de formarse una opinión. A continuación voy a enumerar
algunas de ellas:
-
Algunos
escritores construyen sus novelas con argumentos complejos, varias tramas con
asesinatos, muertes, traiciones amorosas, venganzas, etc. Para aquellos
escritores este programa les ofrece la posibilidad de construir todo el
argumento, con tramas paralelas complejas, antes de sentarse a escribir la obra
de modo que lo tenga todo visualizado y sepa muy bien hacia dónde se dirige.
-
Permite
exportar el texto creado en el programa con el fin de que se pueda revisar lo
escrito en otro procesador de texto (para hacer una revisión ortográfica, por
ejemplo), así como importar texto para continuar la escritura en Writer’s
de lo que ya se inició en otro procesador.
-
Si al
escritor le gusta planear muy bien todas las características de sus personajes,
en este programa encontrará la herramienta apropiada para ello. Así podrá
planearlo todo desde el principio y no incurrirá en contradicciones más
adelante. Además, en una herramienta afín a está, podrá describir los
principales lugares donde se desarrollará la historia.
-
El diario y
el cuaderno del escritor: esta es una herramienta para que los escritores vayan
registrando cualquier ocurrencia que tengan y que les garantiza que estarán
todas en un mismo lugar, en un mismo archivo. Además si el escritor desea
escribir un diario personal a la vez que escribe su obra, o si desea registrar
los pormenores de su trabajo creativo.
-
Si el
escritor padece de constantes bloqueos o si desea hacer ejercicios espontáneos
de escritura, el programa le ofrece un tema (e incluso un cronómetro por si
también desea controlar el tiempo que se tarda escribiendo) para que se
ejercite o recupere la fluidez. Ofrece algunas ideas tontas (o inteligentes,
depende del tratamiento que les dé el escritor) como: describa la casa de sus
abuelos, o el personaje principal quiere hacer algo pero el otro personaje se
lo impide, etc.
-
Si la obra
es grande y hay demasiados personajes (como en Guerra y paz donde hay más de 1000 personajes) probablemente el
escritor necesitará una muy buena ayuda para escoger los nombres. Este programa
le ofrece un gran listado (lamentablemente todos en inglés) por si lo quiere
escoger a su gusto o de manera aleatoria si no quiere preocuparse por escoger.
Por ejemplo: Aaron, abdul, Adalberto, Adam, Alberto, etc; y femeninos como:
Abbey, Abby, Abigail, Ada, Adelia, y una larga lista hasta la z.
El programa está en inglés y cuesta 65 dólares y 34
para estudiantes. Se puede obtener una versión de prueba del programa en:
http://www.writerscafe.co.uk
Vale la pena preguntarse si un escritor necesita de
esta herramienta para escribir. A mi juicio no la necesita. A la hora de
escribir lo menos importante son las herramientas con las que cuenta a su
alrededor, puesto que sólo necesita una dosis suficiente de talento. Esta
herramienta puede ser útil y, desde luego, presenta algunas ventajas
considerables para organizar el trabajo y hacer una planeación detallada cuando
se trata de una obra de grandes dimensiones. Además tengo la convicción que
ninguna obra de ficción mejorará o empeorará si usa o no Writer’s Café.
FUENTES:
- “Charles Bukowski me escupió en la cara”: título original Charles
Bukowski spit on my face, en Drinking with
Bukowski. New York: Thunder's Mouth Press, 2000.
- “El mago y la olla saltarina”: título original “The Wizard and the Hopping
Pot”, en “The Tales the Beedle the Bard” de J. K. Rowling.
- “Tripas”: título original “Guts” de Chuck
Palahniuk, publicado
en la revista playboy en marzo 2004.
- La
imagen de la rata fue generosamente copiada del libro Firmin de Sam Savage.