Placer alienado en la comunidad organizada

 

 

 

Por Victoria Nacucchio y Hernán Alvarenga

 

I. El paco y el humo

  

Tengo ganas de meterme las manos

En la boca y morder hasta sangrarme.

Sería una forma original de realizarme

Y distraer, de paso, a los presuntos sanos

 

Pessoa

 

Algo ocurre. Algo tiene que pasar para que alguien llegue a su casa y en horario central se dedique a ver la pantomima sobre el Paco. Por algún motivo alguien puede quedar boquiabierto, en el sillón, mirando sin lograr entender lo que sucede y sentirse, de todas formas, atraído por ello. Y si ese ojo que mira, fuese desnudado, si se le quitaran sus trajes y telas de clase, de sexo, de género, de edad, si pudiera quedar puro ojo, entonces, ¿qué sería lo que está viendo? ¿Dónde es que se lo seduce? Porque no se produce ni un cambio, ni acarrea ninguna actividad, por fuera de esa espectacularización. Y si no hay producción, ni puesta en abismo, solo consumo, ¿qué es lo que se viene a cubrir? Es claro que una de las formas de representación –no olvidemos que hoy en la forma de representación se esconde la forma de construcción de infinitas otredades, tantas como sean necesarias- se fundamenta en lo imprevisto: alcanza con repasar mentalmente todas las categorías que aparecen en torno a la juventud, salvo la de “juventud” que no tiene lugar, de ella no se habla en ningún momento, no se la nombra, queda fuera del campo social.

 

Se siente como si la muerte estuviera cercando, se la siente subir desde bien abajo y rebalsarse sobre sí misma. Y el movimiento siempre es el mismo, todo irrumpe, como aparecido de la nada, nos encontramos frente a las ruinas. Cuerpos y más cuerpos, atravesados por el dolor, carne con un poco de sufrimiento cruzan por la representación, a veces bajo la máscara de los buenos pero abandonados, otras la de reventados y villanos. Acaso en cuanto al Paco uno se preguntaría: ¿Por qué se dan con eso? Qué ganas hay que tener, habiendo tantas drogas, de usar esa, de pararse frente a la realidad que la droga construye, ese velo que permite un refugio, un escape; pero ahora ya no más, sino que por lo contrario uno imagina que allí se levanta un muro de horror, un paseo por la angustia y los mayores miedos de un sujeto que ya ha sido abandonado. Tal vez se vincule con el hecho de cómo sentir en un lugar en el que sentir ha quedado relegado constantemente, que ese sujeto pueda flanquear la abyección, el surco profundo que hay en su escisión, en la imposibilidad de sentir placer a la que se lo ha llevado, que ante esa disyuntiva opte por una experiencia visceral que no le permitiría claudicar. Pero eso no puede ser la razón de todo, porque para poder instaurarse el consumo de Paco, primero hubo que saldar otras cuestiones, como por ejemplo explicitar a su comprador que no estaba procesado a partir de la pasta base, que no era tan porquería. Claro que resulta más sencillo y revitalizador optar por un consumidor que elige meterse eso, a afrontar que en realidad hay un mercado que lo regula, en el cual participa la sociedad en su conjunto. Si hay una certeza sobre el Paco y la participación del cuerpo social, es esta: ya llegará el film, ese que nos haga pensar qué estamos haciendo con este individuo, uno bien emotivo, que nos dé la congoja necesaria para demostrarnos a nosotros mismos que todavía sentimos y que podemos colocarnos en el lugar del otro, que tenga ese pequeño golpe bajo que deja los ojos vidriosos, pero por sobre todo, que sea esperanzadora, que todavía hay una luz al final de esto y que el paquero pueda volver a insertarse allí donde previamente había sido desencajado. Ahora bien, si el Paco está entre nosotros desde 2001, ¿porque todavía no lo tenemos circulando como mercancía por nuestras pantallas de cine? Tal vez porque en el sentido experimental nadie esté dispuesto a fumar eso para saber de qué se trata tal como se ha hecho con otro tipo de adicciones que sí tienen su representación adecuada; tal vez por pudor, porque en torno a la verosimilitud con lo irreversible del Paco cueste no caer en lo grotesco en la construcción de ese engaño que habitualmente y en otros casos tan bien funciona: la del esfuerzo y la meritocracia que salva a uno y ajusticia por montones. Tal vez porque la paradoja sea esta: el Paco es un excelente productor de esquizos, por lo que parece difícil encontrar un happyending. Por ahora el lugar del Paco es ser noticia, nunca arte.

 

Si de todas formas es noticia, lo es para alguien. Hay un ojo allí que la absorbe sin cuestionar mediaciones, sustituyendo así la experiencia cotidiana por la edición mediática, que incluye el Paco entre un especial sobre boliches del conurbano y un powerpoint de medidas contra la inseguridad. Que redunda en el pragmatismo de quien debe lidiar con consecuencias y funciona bajo el imperativo de jamás preguntar por las causas. El Paco queda reducido a un relato totalmente desarraigado de su origen, siempre mediado por el afán hipocondríaco de que ocurra lo peor. Se hace de ellos –los adictos- una espuma que viene subiendo y que si no se detiene a tiempo va a mojar los piecitos de la clase media y hasta se sueña con una ola que podría empaparla. Y la cuestión se plantea del siguiente modo: una persona fuma Paco porque de algún modo sueña con convertirse en ese ser sin dientes, sin carne, sin piel, sin fuerza, forjando una comunidad de muchos sin. Y uno se pregunta: por algún motivo es posible que se instaure permanentemente la estigmatización (podríamos decir flagelo) sobre la problemática y que en ningún momento aparezca el esfuerzo de analizar la situación desprejuiciadamente. Por algo alguien es capaz de plantearse que el Paco es la droga o la droga es el Paco y colocar al adicto al Paco como un mero drogadicto que requiere de un adecuado tratamiento de desintoxicación y un plan de reinserción social que, por supuesto, es responsabilidad del estado. La respuesta es relativamente obvia, por un simple acto de proyección. Sin embargo, la clase media incurre en un mecanismo típicamente derrideano de sacralización de conceptos, a los que se llegó de manera totalmente profana, y en los que se decide imprimir el sello de lo indecible para mantener en la mística y en el ámbito de lo privado el gesto más acabado de una condición de clase. En este sentido se trata de una proyección absolutamente cruzada (otra vez) por el tabú impuesto a las causas. La droga es veneno porque se interpone en una escalada al éxito social y material, mientras esto no sucede es llamada psicofármaco o psicotrópico, o shopping o workaholic. Remitir estas adicciones (que sí, son adicciones y no hace falta redundar en ejemplos de sus efectos nocivos mentales y físicos) a un origen espurio requeriría de un trabajo de crítica sobre creencias demasiado instaladas en la idiosincrasia de la clase media. Una crítica que, no hace falta decirlo, condena a quien la realiza a los márgenes del sistema productivo. La sacralización, la castración, entonces, opera al punto de escindir al mismo sujeto que juzga al paquero en dos dimensiones que nos hacen reir: individuo y mundo. Una peligrosa escisión nacida de una abstracción que lleva al pensamiento de que el individuo es creado por algo externo al individuo y al mundo. Así sentado en el sillón del living frente a la tele hay un individuo (tantos como miles) que espera el momento en que se le va a contar acerca del mundo y de otro individuo al que se lo llama paquero, sin poder encontrar los lazos de filiación que realmente los unen. Ese vínculo roto aparece como el origen del individuo y las integraciones al grupo social son representadas desde él. Un largo suspiro de calma sobreviene en esa ilusión, pero es entonces que se está frente a un gran inconveniente: nos calzamos los rollers y, junto con los paqueros, vamos todos en pendiente hacia la psicosis. Nadie puede reconocerse en el lugar que ocupa y todos se desentienden de sus acciones. Se sabe, eso de la ausencia y la diferencia… y si no se llega a saber, tampoco es tan interesante, pero resulta fundamental comprender cómo sistemáticamente vuelve a operar del mismo modo. Una filosofía de vida, o ideología, que le dicen. Porque si el deseo de la droga existe, lo hace en una necesidad de reconciliar al individuo con esa otra realidad que permanece escindida en él y en la actividad de producción, esto es, el placer. Pero la clase media sólo codifica: yo no me drogo, la droga es mala. O: yo me drogo, pero sé contenerme.