La Tercera

La violenta tensión del centralismo literario

 
 

 

Por Francisco Marzioni

 

Por un lado está Buenos Aires. Fundada dos veces en la plenitud de la invasión española, su existencia fue el resultado de sangrientas emboscadas indígenas, de intrépidas expediciones y avanzadas militares, en una búsqueda irrefrenable de lo mítico: la ciudad del Rey Blanco. Enfrente, los pequeños poblados del interior argentino, una vasta tierra de límites imprecisos donde cada pueblo fue creado en silencio, sin actas, ni espadas, ni grandes nombres en su historia. Ningún rey en sus mitos, la mayoría de sus padres, apenas empleados de la Corona Española. O corruptos terratenientes con poco vuelo.

 

Esa tensión es tan violenta como el contraste de las imágenes, y atraviesa toda la historia argentina. Y cuando decimos historia, no trazamos la línea de tiza en el pizarrón del Doc Brown, sino más bien cocinamos una súper-lasagna con capas de diferentes grosores y texturas, expandidas a lo largo y a lo alto. La tradición filomarxista que caracteriza al pensamiento académico humanísitico rodea una y otra vez el debate, elude los ricos componentes culturales de la regionalidad, las diferentes dinámicas socio-políticas que atraviesan a las clases sociales de cada región del país, de cada provincia, de cada pequeña parcela de argentinidad, ya sea en el desierto, la pampa o las sierras.

 

La literatura no está ajena a esta tradición. El snobismo que caracteriza al campo literario llegó inclusive a enterrar la posibilidad de una novela que narre al interior silencioso. Dicen que fue Cortázar el que dijo que la novela es un género exclusivo de las ciudades puertos. Y ya sabemos, la novela garpa. La novela es la literatura, así, con negrita. Negar la novela es condena perpetua a la marginalidad.

 

La novela que niega la frase atribuída a Cortázar se llama El Colectivo, y la escribió una cordobesa, que se llama Eugenia Almeida. En la tapa de la reedición de Edhasa (la primera vez se publicó en 2005) puede verse un colectivo de diseño setentoso cruzando a toda velocidad una calle de tierra. A los costados del camino, pastura, alambrado y sierra. La foto tiene un tono azul melancólico. La novela, una prosa silenciosa y minimalista. El argumento, pocos elementos. En un pueblo del interior, el único colectivo que se usa para llegar o irse deja de parar. La barrera de tren se baja hasta nuevo aviso. Se bloquean las vías con vagones detenidos. El Colectivo es una crónica del fade out del pueblo que protagoniza el cuento, que desaparece bajo el oscuro manto del centralismo. Es lo contrario a una road novel: los caminos se vuelven inaccesibles, y la dinámica se detiene. Los elementos quedan fijos, fotografiados para siempre. Más efectivo que un tratado de ingeniería, la novela de Almeida explica cómo la conectividad en materia de caminos y ferrocarriles puede cambiar por completo el entramado social de nuestra cultura.

 

Mientras lo leí, no dejé de pensar en una clase de Geografía. En el secundario nos explicaron las características de la red ferroviaria nacional. La profesora dijo que era una metáfora del papel que cumplía el país en el modelo agroexportador. Le llaman “sistema radial”, y desde Buenos Aires se irradian vías a todo el país, pero no se conectan entre sí. Como un telúrico asterisco de infinitas líneas. Entonces, para ir de Salta a Santa Cruz, primero hay que ir a Buenos Aires. Y el concepto atraviesa todo: la política, la cultura, las artes. Eso explicaba mi profesora, en una tarde de calor, mientras yo leía cuentos de Cortázar y quería estar en París, porque la tensión genera contradicciones, y los que vivimos en el interior también nos enamoramos del centralismo. Alguien preguntó si nadie se había dado cuenta en toda la historia que esa red, extendida en el tiempo sin cambios, era nociva para el desarrollo del país. Ella respondió que sí, pero que a nadie la había importado demasiado.

 

El Colectivo dialoga con el país de mi profesora de Geografía. No se limita a exponerlo, también lo tensiona. Almeida tiene dudas, y las convierte en personajes. Tiene serias diferencias con esa cultura, y las transforma en diálogos entre patrón y peón. Revela las miserias que disfrutan los ciudadanos de ese país marginal, excluído por el centralismo. Ese conservadurismo que tanto rechazo genera al iluminismo de Buenos Aires, Almeida no lo festeja. Y precisamente por eso, porque no es complaciente, El Colectivo hace la diferencia, y sumando su simbólico argumento, se convierte en uno de los análisis sobre la tensión del federalismo más inteligentes posibles, porque no es sectorial, ni está interesado en bajar línea. La tensa cuerda de guitarra que tiene al centralismo en el puente y al federalismo en el clavijero, Almeida la pulsa sin pausa, hasta conseguir la cansina música del interior argentino.

 

 

 

 

 

Para ver y escuchar http://www.cuentomilibro.com/entrevista.asp?id=89