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Por Javier Szlifman
José Jacobo Perdomo viajaba en bicicleta el pasado 24 de septiembre por San Pedro Sula, una ciudad del norte de Honduras. Al pasar una patrulla policial, el joven les gritó “golositas” a los uniformados que allí viajaban. Un agente descendió del vehículo y le respondió con un disparo que le causó la muerte. Perdomo quedó tendido en el suelo junto con los botines de fútbol que llevaba consigo. Nunca llegó al partido que iba a disputar. En la calle, en los despachos oficiales y en los estadios, el fútbol tuvo un papel protagónico en la vida de los hondureños desde que se produjo el golpe de estado el pasado 28 de junio.
El 14 de octubre, el mismo día que la Selección Argentina derrotaba a Uruguay en Montevideo y conseguía su clasificación al Mundial, Honduras le ganó 1 a 0 a El Salvador como visitante y se aseguró un lugar en Sudáfrica 2010. Los futbolistas hondureños fueron apoyados por miles de compatriotas llegados en micros fletados por el gobierno de facto y estarán en un Copa del Mundo por primera vez desde 1982. Tras el triunfo conseguido en San Salvador, miles de personas se acercaron hasta el aeropuerto internacional Toncontín de Tegucigalpa para recibir a los deportistas, convertidos en nuevos héroes nacionales. "No me esperaba esto. Es impresionante" alcanzó a decir el colombiano Reinaldo Rueda, entrenador de la selección. “¡Viva Honduras, bendito sea Dios que nos dio esta oportunidad de celebrar!”, afirmó el presidente de facto Roberto Micheletti en cadena nacional. El mandatario declaró que el día siguiente sería feriado para permitir la celebración y así fue como miles de hondureños salieron a las calles a festejar.
Los medios reprodujeron incansablemente la alegría popular que se vivió por conseguir el boleto a Sudáfrica. Un policía, Fausto Castillo, comentó que “después de tantas semanas soportando sol y gases lacrimógenos en las manifestaciones callejeras, esta es la recompensa: mi equipo llegó al Mundial". Gerson Mendoza, estudiante de dieciocho años, dijo: “Aquí en la calle hay de todo: golpistas y de la resistencia, pero todos somos Honduras”. Otro aficionado, Daniel Oquelí, manifestó que “esta es la clave para salir de la crisis política luego del golpe de Estado”. De nuevo en su patria tras la clasificación, los jugadores, el técnico y los dirigentes de la Federación fueron llevados desde el aeropuerto directamente hasta la presidencia, donde Micheletti ofreció un acto de recibimiento público y un almuerzo junto a funcionarios de su Gobierno.
Sin embargo, no todos los futbolistas parecen sentirse cómodos al lado del presidente de facto. “Yo siempre he dicho que tengo dos ídolos, mi hijo y Manuel Zelaya” declaró Flor, la madre de Amado Guevara, capitán y figura del equipo nacional. Es por eso que Flor le entregó a la hija del presidente una camiseta autografiada por su primogénito. “Sé quiénes son los jugadores que están en la resistencia contra el golpe, conozco a sus familias. Muchos no pudieron manifestarse como lo está haciendo Amado Guevara, que ha demostrado solidaridad con el presidente”, declaró Hortensia Zelaya. Pocas horas después, algunos medios difundieron declaraciones de Amado Guevara, quien se despegaba de los dichos de su propia madre y saludaba públicamente al presidente Micheletti.
La Federación Nacional Autónoma de Fútbol de Honduras (FENAFUTH) tampoco fue ajena a los conflictos políticos. Leonardo Callejas, actual presidente de la FENAFUTH, fue presidente del país entre 1990 y 1994 por el Partido Nacional. Hace un tiempo, nombró al derrocado Zelaya, del Partido Liberal, "Presidente de honor" de la selección nacional. Tiempo después, su partido apoyó el golpe de estado que derrocó al presidente democrático. Con Micheletti en el poder, el secretario de la Federación, Alfredo Hawitt, declaró: "El orden constitucional ha vuelto a normalizarse y tenemos a un nuevo presidente legalmente establecido". Esta no es la primera vez que el fútbol y el poder político de Honduras se dan la mano.
En 1969, una serie de enfrentamientos deportivos devino en una disputa con armas de fuego que sería conocida como la “Guerra del Fútbol”. En ese entonces, Honduras y El Salvador disputaban mano a mano su clasificación al Mundial de México ´70. En el primer encuentro, los hondureños se impusieron por 1 a 0 en Tegucigalpa. Allí, los jugadores salvadoreños fueron muy maltratados. En la revancha, los futbolistas hondureños sufrieron el acoso de los locales. Fue tal el hostigamiento, que un miembro de la delegación murió por las piedras que llovían sobre el hotel que alojaba a la selección de Honduras. Custodiados por el Ejército, los hondureños fueron hasta el estadio, donde El Salvador se impuso por 3 a 0. En el partido final, disputado en México, los salvadoreños se impusieron por 3-2 y se clasificaron al Mundial.
Como bien relató el corresponsal polaco Ryszard Kapuscinski, el fútbol fue utilizado como una excusa por las clases terratenientes de los dos países para dirimir sus disputas históricas. Años atrás, miles de salvadoreños habían migrado hacia Honduras en busca de tierras para trabajar. Pero una reforma agraria del gobierno de Tegucigalpa devolvió los terrenos en manos de los extranjeros a los nativos. El gobierno salvadoreño se negó a recibir a sus compatriotas que habían perdido sus campos en el vecino país por miedo a que generaran una revuelta. Así fue como una pequeña nación como El Salvador invadió Honduras, seis veces más grande en superficie. Tras seis días de conflicto, más de 4.000 civiles muertos y más de 15.000 heridos, se firmó un alto el fuego.
El pasado 14 de octubre, los hondureños pudieron vengar la derrota deportiva de 1969 ante El Salvador. Hoy, en medio de conflictos sociales y políticos entre los partidarios de Zelaya y los seguidores de Micheletti, el deporte fue por unos días un espacio donde los hondureños pudieron llegar a un acuerdo y encolumnarse detrás de un objetivo común. El fútbol es un hecho social tan potente que por sí solo permite un acuerdo entre los que piensan diferente e irradia esperanzas de soluciones a situaciones que le son ajenas. En estos días, el Congreso de Honduras debate el acuerdo alcanzado entre Zelaya y Micheletti para que el presidente depuesto retorne al poder y puedan celebrarse las elecciones del próximo 29 de noviembre. Si eso se concreta, será un paso adelante para un país con más de siete millones de habitantes, donde el 70% vive en la pobreza, el 10% acapara la mitad de la riqueza y la tercera parte de su territorio está concesionado a empresas mineras. Eso no se puede solucionar con un partido de fútbol. Sin embargo, el deporte no es ajeno a su contexto. Ya lo escribió alguna vez la ensayista Beatriz Sarlo: “En el estallido de identidades que algunos llaman posmodernidad, el fútbol opera como aglutinante: es fácil, universal y televisivo. No es la nación, sino su supervivencia pulsátil. O, quizás, la forma en que la nación incluye a quienes, de otro modo, abandona”. |
