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Por Celia Dosio
Primero, me encuentro con L. en la estación Caballito. Después, el viaje es hasta Morón. Son las once de la mañana del viernes 9 de octubre. Llegamos temprano. Veo estacionado un micro escolar y tiemblo. No pregunté lo suficiente sobre las condiciones del viaje. No llego a Tucumán sin asiento reclinable. Alivio, fue un equívoco. El micro real me parece hermoso. Estoy por viajar a Tucumán en un micro del Partido Encuentro por la Democracia y la Equidad (EDE) para participar del XXIV Encuentro Nacional de Mujeres. Antes de salir, nos vamos a tomar un café. Charlamos para hacer tiempo. Hay chicas de distintas procedencias. Una mujer de Capital cuenta que viene del PC, que ahora hace territorio en el EDE. También nos cuenta que tiene un Instituto de Belleza y que es profesora de Historia. Y yo siento que mi vida es esquizo. Nos vamos juntando: juventud, otras localidades, todas en la plaza del Paseo de las Artes de Morón. Frente al micro, mucho entusiasmo, banderas, risas, ansiedad. No sabemos si subir o no. Nos viene a despedir gente de la intendencia de Morón. Entre las personas que voy conociendo me saluda un chico, muy formal pero carismático, vestido con traje. “Lucas”, se presenta y pienso en mi sobrino. Supongo que será el novio de alguna de las chicas. Cuando nos sacamos una foto todas juntas, lo llaman. L. me cuenta que es Lucas Ghi, el sucesor de Sabbatella en la gestión de Morón. Nació en 1980. Despliegan la bandera para la marcha. Es violeta y tiene la consigna “Todas transformando la política para decidir con equidad”. Se respira un aire a viaje de egresados, chicas entusiastas y viejas simpáticas, buena onda en todos lados. Somos casi cincuenta mujeres. Tardamos una hora más en salir. Se hacen las dos de la tarde. Esperamos unos volantes que tienen que venir de la imprenta. Impaciencia. Los volantes no llegan a tiempo. Salimos. Emoción. Paramos en la esquina, una de las chicas perdió su celular en la plaza. Salida en falso. Vuelta a empezar. Después sí, un micro de larga distancia lleno de mujeres. Edades distintas, ondas distintas, pertenencias distintas pero una misma necesidad: el celular. Tres horas en la ruta 9. Vemos pasar colectivos que llevan gente a la marcha por la ley de medios. Primera parada en las afueras de Rosario. El baño se complica. Colapsan las instalaciones, algo que será frecuente durante todo el viaje. Tomamos por asalto el baño de varones. Un empleado trata, sin convicción, de argumentar sobre el derecho de los hombres. Se equivocó de público. Peleamos aguerrida e innecesariamente. De a poco, vamos conociéndonos entre nosotras. La mayoría es estudiante de ciencias políticas o sociología. Mucho Walsh, mucho Galeano, lecturas que se repiten de un asiento a otro. También varias revistas femeninas, de decoración, incluso una Elle. Me sorprende que traigan justo esa, la más conservadora. Hubiera preferido una Cosmo o una Para Ti. Yo intento leer mi libro de crónicas. Cada tanto suenan distintos ringtones, músicas de todo tipo. El llamado que actualiza el lazo afectivo con lo dejado en Buenos Aires. Definitivamente, el celular será un objeto importante en este viaje. Extraño mi mate. Opté por viajar liviana. Error. Me acerco con mal disimulada abstinencia a cualquier asiento donde vea que están cebando mate. Pasa otro micro con un equipo de fútbol. Son adolescentes. Se sorprenden al ver que somos todas mujeres. Algunas les gritan cosas, impunidad y deseo desatado. Otras se ríen. Eso alcanza para que empecemos a hablar de amor. Las chicas de juventud juegan “A las Mafias”. Un juego de roles ocultos donde “el Pueblo”, con su héroe “El Che”, tienen que salvarse del ataque de “las Mafias”. Sospechas argumentadas y asambleas de votación generan diálogos inverosímiles. En las tres rondas que observé, las mafias ganaron siempre. Segunda parada entre Santa Fe y Santiago del Estero, el Parador Posta 34. Se ven otros micros llenos de mujeres. Los baños se atestan. Hace calor, agradable y húmedo. Aprovechamos para tomar una cerveza en la vereda. Será otra de las constantes del viaje. Siento el cansancio. Hay buen clima pero ya hacemos poco esfuerzo para charlar. Solamente nos reímos de las actitudes adolescentes de una cincuentona. L. es más formal, se toma a sí misma con seriedad. Hablamos de su experiencia, de su militancia. Me abro a códigos nuevos. Me gusta no conocer a nadie, ni que nadie me conozca, que no tenga preconceptos sobre mí o mi familia. Me muevo con libertad. Me sorprende no sentir ansiedad. No dudo de mis ganas de participar o ni me siento sapo de otro pozo, como había pensado. Ser mujer no es garantía de reflexión, compromiso, voluntad de cambio de una realidad. Yo participo del Encuentro en tanto mujer, digo, no tengo experiencia en militancia. Mi acercamiento a la política es tardío. Creo también que hay temas que suelen estar en la agenda de género que necesitan una respuesta urgente, que requieren de una voluntad política de la que lamentablemente carecen: la violencia familiar, la cantidad de muertes por abortos clandestinos, la trata para prostitución, la discriminación… De vuelta en el micro, entre sueños escucho que se aprobó la ley de Medios. Creo que estoy soñando. Desconfío. Un mensaje de texto a esta hora no puede ser verdad. Escatimo alegría para cuando esté más lúcida. Llegamos a Tucumán a las seis de la mañana. No hay parte del cuerpo que no me duela: el cuello y la cintura, lo peor. Vemos amanecer desde el micro. Por las calles, chicos vuelven de bailar. Me siento de mil años, mi cuerpo ya no soporta ni un viaje tan largo ni una noche en vela. Casas lindas, barrios residenciales, mucho calor. A casi una hora de la ciudad, al pie del cerro, camino de tierra. La Residencia se llama CEDAR (centro deportivo de alto rendimiento). Coincidimos con una reunión de Testigos de Jehová. Vemos los trajes de domingo, las mujeres muy arregladas, las niñas con peinados esmerados y nos da recelo. Escucho repetir casi como una leyenda urbana que las chicas de otras agrupaciones nos envidian las comodidades: camas y ducha caliente. No es poca cosa. Pero el centro tiene más: televisión, dos computadoras con conexión a Internet, aire acondicionado, pileta. Nos repartimos en dos habitaciones enormes con camas cuchetas de hierro. Las mujeres más grandes reclaman las camas inferiores: las dificultades para subir, el temor a caer. Las bromas de rigor sobre el ambiente carcelario. Otras se quejan de que estamos lejos de la ciudad. Aprovecho para darme una ducha. La estética de club deportivo no conoce fronteras: ladrillos a la vista, azulejos de vestuario, acumulación de pelo y jabón en los desagües. Los enchufes para cargar la batería del celular son más codiciados que un inodoro limpio. Ya falta poco para la apertura del Encuentro. Pronto la energía va a cambiar, en vez de ser hacia adentro del EDE se dirigirá a los talleres.
Acto de Apertura. La inauguración es en el club Tucumán Central ante más de ocho mil personas. Ahí mismo se realizan las inscripciones y acreditaciones a taller para las participantes. Caminamos con nuestras banderas. Muchos micros estacionados en las calles, mujeres de todo el país, algunas cantan. A la entrada del estadio de fútbol se arma una pequeña feria. Venden objetos varios del Noroeste, choripanes, banderas. Pasan unas chicas vendiendo la bandera Huipala, dicen que significa la unión de clases de Evo. L. compra una a cinco pesos. Atrás nuestro vienen las chicas de Pan y Rosas, del PTS. Son las que generan más ruido. Van cantando y bailando. Anacronismo y cumbia. Cuánta energía. Hace mucho calor y estamos amontonadas. Es difícil entrar, los vendedores dejan un espacio muy pequeño. Es un cuello de botella que habilita empujones y quejas. Hay tanta gente que tenemos miedo de perdernos. La cancha de fútbol donde nos vamos reuniendo no tiene césped. Mis pies, hinchados por el viaje, desnudos por las ojotas, ahora también están insoportablemente sucios por la tierra. Lamento no haberme puesto algo más fresco. El jean se me pega al cuerpo y parece atraer todos los rayos del sol del mediodía. Algunas chicas consiguieron pañuelos verdes del Encuentro. Tienen la leyenda: “Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito”. Estoy de acuerdo con la consigna “educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir”. Pero no consigo pañuelo. Opto por comprarme un sombrero. Lo elijo verde. Tengo miedo a insolarme. Pasan las mujeres de la Comisión Interna de la ex Terrabusi y son aplaudidas. Hasta ahora no había seguido el conflicto y no me había enterado de que la huelga la iniciaron mujeres durante el problema de la gripe A. “A pesar de todo les hicimos el Encuentro” será el leit-motif. Parece que desde el gobierno provincial y la Iglesia católica bajaron una fuerte oposición a la realización. Los medios locales se plegaron. Leo que de la señal de cable CCC (Circuitos de Cables Cerrados) se informó la llegada de “catorce mil abortistas”, añadiendo que en la ciudad se vivía un clima de “gran violencia” y que deseaban que no se “produzcan los hechos de violencia que se vienen sucediendo en los últimos encuentros de este tipo”. Desde el escenario, después de cantar el himno nacional argentino, la comisión organizadora lee el discurso de bienvenida. Escucho que desde el escenario sostienen: “Aunque tenemos una presidente mujer, nuestros derechos han retrocedido”. Palabras que llegan sueltas, palabras que escucharé muchas veces en estos días, se demoran enunciadas arrastrando cada erre: crisis, pobreza, división de la Iglesia y el Estado, femicidio. Dan cifras sobre la cantidad de abortos que se hacen en Argentina. Es una cifra impresionante que no alcanzo a retener. También afirman que es la primera causa de muerte entre las mujeres. El calor, al mediodía, ya es insoportable. Mis tobillos bajan rectos como los de un elefante. Tengo que anotarme en alguno de los talleres. No sé si quiero ir a Cultura o al de Mujeres y Medios. Leo el temario a discutir. Supongo que si uno no me gusta, puedo pasarme al otro. Tal vez el de Medios sea todo sobre la ley, me gustaría hablar de alguna de las cosas que discutimos con las arañas de la célula. No sé si será el lugar indicado. Me anoto en Cultura, aunque con dudas. No tengo ganas de escuchar lugares comunes sobre la importancia del “Arte”, así con mayúscula. El acto concluye con un espectáculo musical a cargo de las representantes de comunidades indígenas del Norte Argentino. Para ese entonces el calor es tal que, sin culpa, preferimos volver al aire acondicionado del micro.
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