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Por Francisco Marzioni
1. Desde el momento en que Catalina decía por TN que 2012 es una película “que no hay que ver”, supe que la nueva de Roland Emmerich -los nostalgiosos lo recordarán por Soldado Universal- la iba a romper. Fui a verla en Rosario, al Cine Monumental, una sala que sobrevivió al fin del mundo de la década del noventa. Los asientos son duros y tienen el tapizado gastado. La pantalla es más grande que los cines de shopping. Un grupo de adolescentes grita y se ríe atrás. Se trata del fin del mundo, señores, de la mano del director especializado en destruirlo todo. Roland, en ti confiamos.
2. Empieza bien: el sol, esa estufa que funciona en base a explosiones nucleares, en primer plano. Pum, pum pum. La explosión más grande de la historia del universo se produce justo en el primer minuto. En la Tierra, un geólogo hindú condenado a morir desde el primer minuto, le muestra a otro geólogo, un norteamericano que se llama Adrian Helmsley, la verdad de la milanesa: esa explosión nos va a matar a todos. Hasta ahora, todo parece un thriller científico que pueden encontrarse saldeado en cualquier canje.
3. Entonces aparece Jackson Curtis. Como muchos personajes cinematográficos, Curtis es escritor. Tiene una novela editada que se llama “Adiós, Atlantis”, con una tirada de menos de quinientas copias. Ése es nuestro héroe. ¿Por qué el capo de la película emblema del cine pochoclo es un escritor? ¿Será un tic narcisista del guionista? ¿O algo se puede rascar de todo eso? Para los estándares norteamericanos, Curtis es un fracasado. Para los argentinos, también. Maneja una limusina para un millonario ruso. Y eso no estaría nada mal, si no fuera un pretencioso que quiere “vivir de la literatura”, sea lo que sea que signifique tal cosa. Me recuerda a otros escritores que conozco: sirviendo a millonarios y soñando con la gloria académica.
4. Stephen King ya lo hizo. Muchas de sus historias tienen a un escritor como protagonista. La que más me gusta es La ventana secreta, donde ya no hay sólo un escritor en primer plano. En la historia que David Koepp puso en la pantalla y protagoniza Johnny Deep, el escritor está aislado hasta que llega su contraparte: un lector. La tensión entre ambos es el motor de la historia. Y algo parecido pasa con 2012, porque también hay un lector. Adrian Helmsley, el geólogo que se parece a Obama, tiene un bolso con más libros que ropa y se chamuya a la hija del Presidente de los Estados Unidos diciéndole que en la facultad leyó 2000 libros y nunca tuvo novia. Mis amigos lectores aparecen en mi mente, saludándome.
5. Entonces: fuimos a ver el fin del mundo. Y ahí estamos, con la literatura otra vez. Tenemos un escritor apenas édito. Y un ávido lector, ambos motorizan la salvación del mundo. Me sigue pareciendo la fantasía del guionista hecha realidad. Pienso en un tipo de 32 años, encorvado sobre una latop vieja, en un monoambiente que da al Hollywood Bulevard. En calzoncillos, mira por la ventana de vez en cuando. Reescribe el guión que le pasó la producción de la película. Le saca diálogos trillados y escribe otros más trillados. Ese guionista, que vive de agarrar guiones y retocarlos, nació en Wisconsin y se mudó a L.A. hace un año, soñando con ser Charlie Kauffman. Se fuma un pucho y piensa que si el héroe es arquitecto, capaz que la peli garpa más. Pero total, el cheque lo va a recibir igual, y el problema será del siguiente perdedor que le toque reescribir el guión. Se pone a laburar en eso, le cambia “arquitecto” por “escritor” con el ctrl-B y piensa que seguro con esto le agrega unas páginas más y lo cobra más caro.
6. El escritor y el lector van por caminos diferentes. El escritor intenta salvar su propio culo, el de sus hijos y la mina que le gusta. El lector intenta salvar la humanidad. Entonces, ¿por qué es más prestigioso ser escritor que lector? No importa que Borges haya repetido una y mil veces que a él lo enrogullecian los libros que había leído. Nadie te da becas por leer, ni nadie te hace entrevistas, ni te invitan a las cenas de fin de año de las editoriales. En 2012 queda claro: el escritor no hace más que salvar a los suyos, a su pequeña nada. El lector lee la realidad, lee las pantallas con gráficos que dicen que todo se va a la mierda. El lector entiende, y actúa en consecuencia. El escritor actúa de forma inconciente, sigue su instinto, no logra mucho con eso. Está más preocupado por la mina que le gusta que por otra cosa. Hasta que se encuentra al crítico literario.
7. Se llama Charlie Frost y lo interpreta Woody Harrelson. Vive en un remolque, tiene una barba larga, y la ropa sucia, harapienta. Su biblioteca arde en libros de conspiraciones y toda clase basura. Es el que lo vio todo, lo sabe todo, lo leyó todo, y tiene la conspiración re clara. Habla todo el día por radio, y nadie escucha. El escritor lo encuentra y se convierte en su único oyente. Curtis sabe que está loco, pero lo escucha igual. El crítico literario le revela la gran verdad, que obtuvo luego de años de leer y reseñar pacientemente la ficción universal. El crítico literario, por el final de la secuencia, se aísla en un extenso valle y transmite el fin del mundo para un auditorio inexistente. Cuando ve venir la gigantesca ola que se lo va a llevar, decide quedarse ahí y morir. Feliz por haber tenido razón. Feliz por haberlo sabido todo antes que nadie. El crítico literario tiene una muerte veloz, y será olvidado por todos. Pero él se va pensando que todos lo aclaman.
8. Un rato antes, el escritor y el lector se encuentran. El lector le dice que lo admira, el escritor recibiría sus halagos. Mucho después de eso, el escritor le pide un favor. No me extrañó para nada.
9. ¿Y el fin del mundo? Bien, hay tres naves. En el interior parece un set de Star Trek, con soldados mirando pantallas, y lucecitas que se encienden y se apagan como un árbol de navidad. Las computadoras generan gráficos 3D al instante de todo lo que pasa. El fin del mundo es tal y como lo imaginó tu papá ese domingo de 1987 en que estaba haciendo un asado y por la radio transmitían un Boca-San Lorenzo.
10. Esas naves no la hizo la literatura. Ni el escritor ni el lector tienen las posibilidades de salvar al mundo. El primero apenas si se puede salvar el culo corriendo como loco por todos lados, y al otro, los 2000 libros no le sirven para nada, apenas si se puede chamuyar una mina con eso. Al mundo, amigos, lo salva la política. Cuando el lector se une al gobierno de los Estados Unidos, la cosa cambia. Aparece la guita, los recursos. Aparecen las naves, los millones, los científicos. El poder. Al escritor lo hacen a un lado, no le regalan tickets para salvarse del fin del mundo. Lo siento, querido, vos sabés bien que a las cenas con pato a la naranja de plato central no ibas a estar invitado, y menos con una novelita de quinientas páginas. Cuando el lector reclama y grita no puede ser que el escritor se vaya a morir en el fin del mundo, a nadie le importa un carajo.
11. Cuando aparece la política, se pone bueno. Un funcionario al mando de todo dice que ellos buscan perpetuar la especie, pero lo que buscan eternizar es el sistema. Lo quieren llevar al presidente en la nave, y que siga siendo el presidente. Y que los demás sigan siendo ciudadanos. El capitalismo define quién vive y quién muere. El político escribe una nueva ficción, en una novela que costará cientos de billones de dólares. El mundo se cae a pedazos, y el funcionario del gobierno de los Estados Unidos escribe el mañana con la guita de los grandes magnates y los gobiernos del mundo, con las estructuras políticas, con las herramientas de ministros y legisladores. El lector, entonces, se horroriza. Él tiene su bolso lleno de libros.
12. Pero por el final, toda esta dinámica se cofunde. Se arma un bardo y ganan los buenos. Al escritor lo citan en un discurso por cadena nacional y se vuelve famoso. Todos lo aplauden porque, además, el escritor es re Bruce Willis. Roland Emmerich lo hizo de nuevo.
13. A la salida del cine, le cuento a mi compañera todo lo que vi. Le dije “¿viste que los escritores también podemos salvar el mundo?”. Ella me miró tiernamente. “Sí, pero también pueden manejar limusinas”, me contestó. Yo me propuse, antes de terminar el verano, sacar el registro.
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