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Por Juan Terranova
Omar Genovese administra el blog http://omargenovese.wordpress.com, también conocido como “El Fantasma”, desde principios del año 2006 y es editor del sitio http://www.nacionapache.com.ar/. Su novela Marfil, breviario de un cineasta puede leerse en http://marfilbreviario.wordpress.com/
¿Alguna vez te entrevistaron antes?
Nunca. Y creo que no hubo motivo para ello. ¿Lo hay en éste momento? Me permito suponer que sí, del momento que aparecen tus interrogantes y semejante conjunto adquiere entidad para la difusión. La entrevista es un género complicado, tal vez el más difícil del periodismo. Pero, ¿una revista cultural-digital ejerce el periodismo? Ahí surge la diferencia entre intervención (como propagación) y operación mediática. La bibliografía argentina es rica en entrevistas, con muchísimas condensadas en libros como ocurrió con Borges quien, además, fijó el precedente de forma, acorralando a los que sobreviven a su sombra: la entrevista es un espacio donde el intelectual debe florearse, mostrar el plus cultural que lo diferencia. En términos políticos, Borges fijó agenda, modelo y referencia: a una pregunta vaciada en la retórica oponía el ingenio emanador de ácido que malograba el intento periodístico, al turbio manejo de las interpretaciones en el interrogante les ponía freno con una máxima devastadora. Creo que ahí es donde se daba el gusto de mostrar autoridad, mientras que como conferencista ponía por delante la amabilidad presencial de los escuchas y era agradecido, dejándose en manos del interés ajeno a sabiendas de la empatía que generaba. En la entrevista también está en juego la forma de la voz que en su resonar cautiva e intima. Cuando el entrevistador logra plasmar tal detalle estamos ante un buen producto de interés, existe conjunción, proximidad y mirada crítica del que entrevista. Incluso, cuando el que interroga desaparece (y el lector queda atrapado en el discurso de las respuestas) es cuando el enriquecimiento de los dos partícipes se hace vívido, y aparece la personalidad del sujeto. Ahora, ocurren cosas muy graciosas con los reportajes (y me focalizo en los de escritores o intelectuales del campo cultural) y es la suposición generalizada de que lo que uno enuncia en ése instante tiene trascendencia. Incluso, por el sólo motivo de ser entrevistado (no importa en carácter de qué), el emisor cree en la posibilidad de la trascendencia en la historia (pensemos en la historia literaria argentina), y entonces “posa”, toma un rictus de severidad que no condice con lo que escribió. Quiero decir, a veces los reportajes son mejores que la obra que motivó el evento, ¿no? Y, mal que le pese, creo que Aira es víctima de esa situación borgeana. Siempre resulta más cautivante su oralidad que la materialización del estilo en la ficción, es más agudo como crítico o teórico que como novelista. Me gusta suponer y ponerme disfraces, como hacía Buñuel: ¿qué diría Borges de Aira? Y también caigo en la red del ingenio que florece: “Bueno, Aira es un muchacho muy voluntarioso, pero comete un pecado de exceso: sus novelas son cuentos que reniegan de la brevedad.” ¿Cuánto ha publicado? ¿Cuarenta novelas? Bien, es el tipo de escritor al que se puede aplicar el sistema de publicación de Reader’s Digest, en donde una suma de fragmentos (una selección editorializada) daba la idea general sobre lo que narraba el supuesto libro de referencia. Claro que, en su caso, el resultado sería terrible: a cada novela correspondería no más de media página. Y ahí está el sistema de reconocimiento haciendo crisis, “¿publicaron las obras completas? Sí. ¿Y cuántos tomos abarca? Veinticuatro páginas incluyendo tapas, menos que una revista.” Pero eso también habla de la escolarización de la definición de escritor, ¿no? El periodismo abusa de ello y le cae al sujeto dándole un aura de unicidad irrepetible, y bien, de ahí ciertos tropiezos que dejan al descubierto máscara e impostura. Borges desplegó esa estela de fundamentalismo emanador que, por comparación, suena como modelo y alarma. Y tengo un ejemplo bien fresco. En la revista Viva de ayer aparece un breve reportaje a cierto autor argentino (médico) que se dice admirador de Wilbur Smith. Cuando el periodista le pregunta sobre Aira, sobre lo que leyó —al menos de literatura argentina—, el tipo reconoce su ignorancia, que no ha leído. Y ahí uno comprende por qué, ni bien comienza a expresarse afirma muy suelto: yo quiero entretener. Es la continuidad de la premisa “composición tema la vaca”. Imagina un destinatario, el lector cautivo de sus limitaciones, aquél que ve en la lectura una forma de pasar el tiempo, vegetar en la lectura. Porque eso es el leer utilitario: pasar la hoja, un rito de la repetición. De otra manera resulta irrisoria la introducción del diaro en la docencia argentina, como referente de lectura; y ello se debe a una noción instalada de que la forma de desarrollar la lectura comprensiva viene adherida a la lectura de una noticia. También, convengamos, que la noción “lectura comprensiva” es carcelera de un sentido único o única forma en que se debe leer. La lectura es mucho más que comprensiva, o la comprensión es una faceta de un objeto cuya geometría la literatura se encarga de multiplicar. Bien, la apuesta de ése autor tampoco es inocente. Hace diez días, merodeando la redacción de un diario, un editor –entre la sorpresa y la ofensa– exhibe ante mí una “carpeta de prensa” del tipo. Dentro de ella, al mejor estilo carpeta de crédito o prontuario, figuran fotocopias de reportajes, desde medios impresos a página de internet. Una secuencia de la resonancia mediática, pero, eso sí, en las primeras páginas consta el currículum y, marcadas en resaltador, fotocopias de las primeras posiciones en ciertos rankings de ventas, donde sus libros figuraban primeros. Ahora, ¿qué hace el sujeto al enviar semejante prolegómeno? Dice: soy importante, merezco figurar, ser reporteado. Y en todas las páginas siguientes aparecen sus fotos. Siempre viste igual, mezcla de explorador inglés con instructor de scouts, pero con una mochila muy de turismo aventura. Siempre con la mochila, una y otra vez. ¿Qué lleva en la mochila? ¿Por qué entrevistar a alguien que se disfraza de tortuga para vender libros? En esa banalidad se diluye el discurso, el autor refiere en sí a una idea de lo que es “ser escritor”, y lo que sustenta o argumenta es lo estadístico, no una idea de la literatura. Tal vez por eso me causa rechazo que ciertos escritores profesionales reclamen de la academia un reconocimiento. Sea por el honoris causa o por convertirse en lectura obligada del alumnado, atizbo atrás de eso una apuesta por la estadística de ventas, esa cosa de poner el carro delante del caballo, o privilegiar el compromiso con el editor por delante de la obra, ser con él un agradecido de por vida por la publicación, ser un sumiso bifronte. ¿Hay una ética previa en tu blog o la escritura se va armando como una posición defensiva, en la trinchera del día a día?
Nunca pensé en eso, así, como lo planteás, al menos. Pero son interesantes las nociones de territorio, campo de batalla, armado, defensa, trinchera. Porque en tu pregunta está la aproximación a una ética como andamio de ideas, que permite toma de posición y sustento ante las distintas improntas intelectuales. Y hay que reconocer que el blog es un territorio de expectativas autosuficientes, allí se plantean todo tipo de artilugios, inquietudes, dudas, conjeturas, estilos, mansedumbres e irritaciones. Es algo así como la posibilidad de un universo discursivo constante, porque saca de contexto a las expresiones, pone al descarne la textualidad y el significado. En términos literarios es El Matadero constante: siempre hay uno que se sacrifica por el bien común, el bien del discurrir. Y allí es donde aparecen las ideas, la intervención de los lectores, otros escritores, sujetos discursivos que tejen relaciones e intercambios en un tiempo que parece real, pero no lo es. Es notable que refieran al blog como un recurso tecnológico que adviene a la temporalidad, a lo actual, cuando eso es una trampa, pequeña, pero trampa al fin. La única referencia temporal es la continuidad, la extensión y debate en la extensión hacia otros espacios, puertas que abren puertas. Pero los blogs están ahí: llega el lector y tiene toda la extensión de la confrontación ante la voluntad de lectura. Hay testimonio por encima de la fecha, no sé si vigencia en algunos temas, en otros es difícil la permanencia. Por ejemplo, el tema de la Biblioteca Nacional. Pasaron dos años y el debate se diluyó, cayó en su verdadera dimensión e importancia: la sociedad argentina tiene poca afición por la preservación de las palabras. Vuelvo sobre la pregunta, mil disculpas: hay sí una cuestión defensiva, pero de qué, por qué, con qué objeto. Y ahí aparece la ética pero desde el lugar de las ideas que sustentan las propias lecturas, preferencias para ser exactos. Eso es también una forma de defender y respetar la dedicación a la lectura, agradecer a esos escritores que me brindaron la posibilidad de disfrutar de su estilo, hay una cuestión de fidelidad principista, ¿no? Sin exagerar, al leer uno es cautivo del acto mismo de leer, existe un goce, una iluminación en ciertos aspectos intelectuales que –necesariamente– nos lleva a otras páginas. En ese carácter tributario y reproductivo está fundada ésa supuesta ética (y digo supuesta porque no tengo certeza de que así sea). Al asumir lo leído como constitutivo del sujeto que uno es cuando escribe, bien, ahí está el territorio como pasado o trayectoria. En honor a ello se constituye esa guerra de trincheras que es el (¿cómo llamarlo?) “estado crítico constante” en los blogs. Oliverio Coelho tiene una opinión un poco más arriesgada, él cree que la crítica hizo crisis con el blog, incluso, de manera generosa, me adjudica cierta cuestión territorial por un género donde la visión del arte puede articularse pluralmente, desde la ironía hasta la erudición. Después está el pelotudeo ansiolítico de siempre, el de las impostaciones baratas: aquellos estrábicos que leen en el otro la devolución de una afrenta. Pero ahí podemos hablar de qué personaje crea la discursividad en un blog y si ése sujeto discursivo se ajusta con alguna idea del arte fuera de la consulta a Google o Wikipedia. Porque en el medio se creó una especie de saber innato instrumental, que hace centro en aquél concepto de escolaridad enumerativa. Por lo tanto, en forma de teorema y demostración, se crea la ilusión del paper propio, sobre lo que sea, cómo sea, amparado en el hipervínculo y el desarrollo de dos o tres nociones en apariencia atinentes para, por ejemplo, validar un concepto general como “la literatura que hago está en la tradición argentina”. O prefigurarse crítico narrando la historia general de una novela para luego sonsacar sus “momentos altos” y “momentos bajos”. ¿Hay un momento en la novela? ¿De qué momento se hablaría entonces? ¿De un momento cinético? ¿De un momento mnemotécnico y de otro que reclama el olvido? Bueno, así, más o menos, funciona mi escritura en el blog. Sobre una visión que se revuelve en los significados e implicancias. En eso soy rebelde, irreverente, maleducado. Y ahí, creo, aparece la ética que vos marcás, la ética de un margen irrespetuoso, que renuncia a lo sacro y recurrente. Hay un diseño que el marxismo utilizó en su tarea educativa, y tipográficamente se definía como “margen leninista”. Lenin obligaba a imprimir los libelos “educativos” para la formación de cuadros revolucionarios con un margen amplio a la derecha o izquierda del texto a leer. Era un margen donde el militante tenía que anotar sus dudas, inquietudes, aquello que no comprendía, para luego consultar al educador y así aclarar (¿clarificar sería el término?). La practicidad del margen leninista es lo que tiene el blog, pero con la duda respecto a los dogmas y estructuras dominantes. Y ahí viene el único aporte interesante de la discursividad política argentina de los últimos veinte años: la duda es la jactancia de los intelectuales. Expresión de un coronel mediocre, comprado por más de dos millones de dólares a favor de una reforma constitucional. Es el cenit, el resumen o machete de un razonamiento primitivo y poderoso: la arrogancia del saber es peligrosa. Bien, el blog es ése margen arrogante y peligroso. ¿La lucidez siempre está asociada a la negatividad?
Hay varios componentes en tu pregunta. Primero, la suposición de que soy un tipo lúcido, y luego, que dicha lucidez se expresa en la negación. En general trato de eludir las afirmaciones que contienen “creo”, prefiero las vaguedades en torno al sentir, a la percepción, en cierta forma para relativizar el grado de verdad de lo que afirmo. Resulta chocante la división territorial en base a la clasificación entomológica: ésta idea del mundo es la de un coleóptero, aquella la de una hormiga carnívora, aquél otro piensa como mantis religiosa. Es que toda estructura supone un estado irreversible del mundo, cierta forma para asirlo, razonamiento que supone imposible cualquier cambio, u otra visión, ya sea por la diversidad o confrontación. El método del no, es más una prueba de resistencia. Si una afirmación generaliza, contextualiza, pone en escena, prioriza un gesto estético, o tan sólo valida como incuestionable una verdad, ahí surge la sospecha. ¿Qué pasa si niego e invierto el razonamiento? ¿Y si dudo del asidero histórico o referencial de lo dicho? Eso no entraña ninguna verdad posterior, todo lo contrario, hay una especie de vacío tras cualquier teoría, caso contrario el emisor pertenece a un ámbito de fe incuestionable, por encima de lo doctrinario. Por eso es que el término lucidez me da un escozor particular. Si uno es lúcido debe iluminar pero a la vez debe cargarse de alguna luz, algo así como ser boya en la neblina, especie de señal para dar sentido espacial a los que van por el lado del error. Ahora, ¿cuál es el error? ¿Lo hay? Me gusta el ejercicio intelectual de pensar en que no hay forma de esclavizar la mirada, que todo intento muestra la falla por contener y digerir al otro. De hecho, si nos manejamos en el ámbito de la escritura, detesto el pensamiento único divinizador. Qué adorable, lo re-quiero a ése escritor, qué bárbaro. Esa frivolización del elogio contemporizador es más o menos la momificación del pensamiento único. Sería una etapa superior a la del lector que pasa la hoja, que se pierde en el tiempo que pierde. El me-re-gustó es algo dramático, muestra el primer filtro de estupidización alienante que tiene su énclave en los medios de difusión, y agradece su origen en el efecto colateral del marketing cultural, casi imposición deliberada y articulada de lo que se conoce como gusto. Hay quien lo llama boca-a-boca: no sé, pero me atrapó. Nadie sabe, y quedan cautivos. Bien, ahí es donde siempre actuó la ignorancia, generando falacias y menoscabando las expresiones capaces de cuestionar el origen de semejante poder de veto. Muchas veces me pregunto si el éxito pertenece al campo del arte. Y la respuesta surge sola: el arte pervive, genera manifestaciones a través de los fracasos, allí está el denominador común. Publicar un post denostando cierta posición estética también habla de un rotundo fracaso cultural, ¿por qué una mínima fracción discursiva puede generar reacción, debate, o al menos la advertencia de falsarios en obra? Tal vez en la experiencia social argentina, la crisis contrayéndose y tomando más territorio todo el tiempo, se formó un ámbito propicio para los impostores (serían falsos profetas, por dar un tono bíblico). Hoy, pensar en un Masotta contemporáneo resulta imposible. Incluso, pensar en la posibilidad de un Borges ingresa en el ámbito del deseo trunco. Cierta izquierda carga las tintas en el vacío cultural debido a la represión, al corte de época, pero el argumento resulta insuficiente. Parece más interesante pensarlo en términos de diáspora y pérdida de articulación del discurso que, por machaque mecánico del terror, derivó en cierta despolitización aparente (o en una politización negativa). Basta leer el reclamo de Grüner a Del Barco: el psicoanálisis lacaniano estuvo lejos de ser un refugio para la negación del terror, es más, creo que operó en las antípodas. Sitio, en sus primeros dos o tres años, fue un verdadero faro en contra de la animalización del pensamiento, oposición intelectual a la primitivización a raíz del original 1 a 1 que generó aires de libertad a-ideológica, sin memoria, vaciada de ese todo que eran las ausencias sin posibilidad de cuerpo. Avisado de semejantes negaciones, confío en el ensayo sobre los argumentos, derivando, tratando de errar por ahí, pero sin pretensiones de boya o semáforo. ¿Escribirías por dinero con derechos y deberes en un medio periodístico?
Eso sería una forma de ingreso al mundo de la escritura profesional, donde el mandante impone una agenda nutrida pero poco nutritiva. Sinceramente, nunca lo pensé. Lo escrito en el blog está en el ejercicio mismo, carece de carácter documental o didáctico, tampoco dice si sería eficaz pensando sobre cómo cambiaron los gestos de la gente para detener a un taxi. En sí, ejercí la escritura en el marketing, bajo los efectos sedáceos de la comunicación corporativa. Una especie de expresión anodina sobre conceptos abstractos para elogiar un producto o servicio. Hasta inventé reportajes a gerentes generales que nunca conocí. O figuras retóricas en torno a la importancia de un lanzamiento empresarial. De ahí a bajar línea editorial a través de una nota hay una distancia que nunca crucé, no sé si por suerte para el periodismo o para mí, creo que ambas partes salieron beneficiadas. Apenas escribí un puñado de reseñas de libros, una nota sobre Eisenstein, pero no más. Sí me han ofrecido ser lector editorial, pero horriblemente pago, razón que fomentó más aún la lectura preferencial, lejos del original y el informe de práctica. Pero es difícil eludir las coincidencias. En caso de un ofrecimiento rentado debería expresar mis reparos al editor que me convoque, pero no creo que admitiera cierta independencia de criterio. Y vamos a otro ejemplo. En Crítica Digital apareció un elogio a cierto grupo musical denominado Potemkin (nombre atractivo, y recuerdo a los misteriosos Cuentos Borgeanos que, honestamente, merecían la más grande indiferencia), y fui a la página de referencia, donde se escuchan cinco o seis canciones. Bien, si el editor entiende que el cantante debe ser reemplazado por uno verdadero, ahí comenzamos una especie de entendimiento. Me ocurrieron cosas un poco más patéticas. Que un editor observara ciertos reparos con el estilo: mirá, no escribas tan difícil, tratá de ser más llano. Pensé en enviarle una receta de cocina, pero preferí la omisión presencial, adelgazar hasta ser olvidado, como salida decorosa. Ya que lo nombrás, ¿cuál es tu relación con el psicoanálisis? Una vez alguien me dijo que te analisaste o te analizás con Jorge Chamorro.
¿Cómo? Esto es muy gracioso. Quiere decir que un lector adhiere rasgos biográficos a la lectura de ése personaje que expone preferencias en un blog, que puede ser una fracción de mí, o fruto del ejercicio de la lectura que hago al escribir allí. Y después, va y genera un rumor, que es una forma íntima de la verdad revelada: quien escucha, además de copartícipe, se convierte en depositario de un plus, de un algo que lo hace conocer ése más allá de mí, con un valor mágico como el del mal de ojo. O sea, parece, que estoy en manos de un alguien que sabe algo que los demás no, incluyéndome en esa ignorancia. Tuve dos o tres acercamientos a lo que se llamaba terapia. En la adolescencia, y luego a los veinte, pero sin continuidad ni efectos que justificaran seguir la disciplina de dar vuelta el propio discurso. Creo que muy temprano en la vida entendí cuál era el sentido de lo incurable, y semejante frustración no hizo más que focalizarme en la lectura, tal vez para revalorizar la noción de intimidad, y que hay cuestiones que siempre serán interrogantes con múltiples respuestas, que las acciones, la vida misma, ponen en escena o entierran en un arcón aquello que ya fracasó en el acto mismo de surgir como engendro. Puede elucubrarse que escapo de lo que habla en mí, pero no, todo lo contrario, estoy atrapado en esa red, y lo que trato es de ser amable con los demás. Por pudor, como gentileza, en El Fantasma la noción del que escribe como vívido, yoico, impúdico, que se muestra para ser observado como en un Big Brother (que es la idea sobre el blog más generalizada y a la vez de fácil digestión) creo que no está. Sí está el mandato, la sangre, desde un inicio: está el nombre, la firma sin ningún valor, no soy una figurita o el valor simbólico de una moneda, que es otra forma de definir al sujeto que escribe. Porque, ¿existe ése sujeto? El Fantasma está escrito desde el borramiento del que enuncia como estratagema, y creo que tengo un motivo suficiente: estoy horrorizado de lo humano. De lo que tengo como herencia y de lo que es capaz la especie humana. Entonces, ¿para qué escribir sobre lo íntimo? ¿Es relevante? ¿Eso produce capitalización en la simpatía entre los lectores? ¿Es necesario el reconocimiento por contar cuáles son tus preferencias sexuales o qué te pareció el círculo de roedores en un evento cultural sacándose fotitos? Y ahí caigo en la definición de campo de trabajo (qué feo, busquemos otra), mejor: espacio de confrontación. Bueno, Piro dice que mi ejercicio provocador pasa por buscar enemigos y desenmascarar ciertas ideas a través de masacrarlos analíticamente. Yo digo que es un método, pero también pienso que ciertos sujetos (¿utilizamos el eufemismo?) “culturales” se constituyen y sobrexponen porque no tienen nada más que la impostura, el rol, la representación constante. Una poeta amiga, Inés Pereira, señala que esa actitud es una forma de ocultamiento de la falta: ideas. Convengamos que uno vive en un espacio social, que tiene contacto con la gente, trabaja, habla, circula, intercambia; pero hay un algo que está para ciertos ámbitos correspondientes. Hay temas que se pueden hablar con determinadas personas y otras no, se debe ser sumamente cuidadoso. Y otros temas, directamente, quedan para que aparezcan con la inestabilidad de un explosivo. La vida es eso, tiene que existir la incertidumbre, la física de lo probable. No es vida estar contracturado a la espera de un síntoma, eso sería una esclavitud respecto al ombligo, a veces el psicoanálisis genera una reacción físico-social en el analizado que lo hace trasladar ese desmadre de autoconsciencia en los demás. Y eso, me hincha las pelotas. Uf, digo, otro más que tira la valija para que se la lleven. Viste que en una reunión empiezan de a poco, en breves dosis, como probando a ver quién pone la orejita, y entonces comienza la catarata, cuando forma un pequeño círculo, el tipo se expone con cierta falsa valentía. Esa representación habla de dos cosas: una, que el análisis implanta un sistema en el analizado que se retroalimenta en la enunciación constante; y otra, que es una poco sutil forma del marketing de lo que Lacan llamaba la lista del asno (derivada del juego lingüístico con el término analista en francés). Asnos: los pacientes, la lista: referida a esos mismos que deben pagar por ser escuchados, a saber, los rentistas, inquilinos temporales de la inteligencia habilitada para focalizar los significados y significantes. ¿Es una crítica al psicoanálisis? Puede ser, pero reconozco ser un atento lector de los textos que ha generado. En Argentina, Masotta, Ritvo, Levin, Jinkis, Gusmán (también novelista), Alcalde, y en alguna instancia Chitarroni, tributaron ciertas derivas lacanianas. He leído a Lacan, con el límite infranqueable de la traducción, con la pérdida en el juego del lenguaje y la cita erudita, y aún así, me fascina esa estructura lógica que bordea por todas las áreas del conocimiento, incluso es admirable la recurrencia alimentaria que hace Lacan en las ciencias duras (desde la matemática a la física, a la geometría), a la manera de Newton, en ése andamiaje que se expresa como estilo, creó una forma del lenguaje para expresar ideas que devienen teoría. Newton encontró en lo que se denominaría análisis matemático el recurso de exposición. Eso es atractivo, al punto que a veces creo que Lacan es un paso, un salto más bien, en la evolución del saber, como a su manera lo fueron Borges, Joyce, Freud, Eisenstein, Barthes, Wittgenstein, Tarkovsky, y tantos otros que nos llegan por distintos caminos. Ésa es mi relación con el psicoanálisis, tal vez una relación en la que se mezclan asombro, respeto, crítica y desazón. Porque hay un momento en que la objetivación que hace de su materia funda cierta autorreferencialidad que ahoga (como en el ejemplo sintomático del analizado en intercambio social), y hasta creo que angustia. Y como definió Fassbinder con un título: la angustia corroe el alma. Lacan llegó a la muerte con el habla negada, mudo por completo. Masotta también. Qué perdida, qué fracaso... Ahora, me queda algo en el buche (siguiendo la línea, estoy atragantado con un decir), y es algo referido a Osvaldo Lamborghini que Luis Gusmán (al que admiro tanto por El Frasquito como por En el corazón de junio) escribió en un ensayo para Y todo el resto es literatura publicado por Interzona. Y antes que algún bobo ingenioso se suba al caballo con un chiste, aclaro: no soy la viudita lacaniana de Osvaldo. ¿Está? Porque parece que si uno piensa, o focaliza una serie de ideas en un autor, en seguida te ponen el manto de piedad o la camiseta con el nombre, alimentando ese circo sin público que es la mesa de billar de la circulación del supuesto prestigio. Vuelvo, en ese artículo Gusmán cuenta su versión de cómo era Lamborghini, cuál era su operación como autor, incluso se compara con él, desde un lugar poco feliz: dice algo así como que Lamborghini no soportó que El Frasquito tuviera más reconocimiento que El Fiord. Luego, más luego, hace una observación muy inteligente, que no condice con el tono general del artículo, hasta parece que fuera una falla que supera al rencor que transmite: observa en Lamborghini un “horror intelectual”, y deja entender que tal vez ése fue el lastre de su ruina. Que eso lo malogró como escritor. Bien, a la inversa, creo que Gusmán se malogró con ese texto a modo de ensayo. Trata de desacralizar al mito y se perjudica: a mí me dejó la sensación de una intensa miserabilidad ególatra, nimia, y hasta infantil. No sé, ofende el respeto que se ganó entre los lectores, como un acto desagradecido, poco generoso. Entonces, ¿podemos pensar que el blog expone algo innecesario, nucleico y personal? Tanto como ese artículo. Si Gusmán abre un blog, en algún punto, estoy seguro, se le sale la cadena y escribe eso mismo, tal vez en otro tono, pero revelando la serie de reclamos al pasado. Estaba en él, ése libro (que viene a instalar una especie de vindicación teórico-académica de un escritor) fue la excusa para sanearse, limpiarse de lo lamborghiano. ¿No es un síntoma? Aira blandió la espada, Gusmán la escoba. Y en el medio, ¿quién está más muerto? Gusmán escribió un libro sobre epitafios, un artefacto maravilloso sobre la lengua en el abismo de la culminación del otro. Pero voy a las consecuencias (una palabra lleva a la otra, decía Lamborghini, y ése es el epitafio que escribió a todos sus deudos) toda la admiración y respeto que despertaba en mí la inhabilitó con un exceso. Se ve que a Gusmán le pesaba mucho ésa otra mochila, y la pregunta del millón, ahora que está tan liviano, ¿a dónde cree que va?
¿Qué hacías antes de hacer el blog?
Trabajaba en diseño, recién mudado a la nueva casa, con varios ambientes, donde pude instalar la computadora y todos los periféricos en un espacio aislado, como un laboratorio. Para esa época estaba en el tema de catálogos industriales para repuestos de automotores, diseño de film para envase de galletitas, buscando nombres para productos, rediseñando logos, haciendo nuevos. A eso lo llaman imagen corporativa o de producto, yo lo defino de otra forma: pasar de la teoría de la ganancia al producto generador de la misma. Hay algo extraño en eso de discutir con los clientes, presentar planes, bocetos, ideas, y acordar por cómo será el resultado. Luego, cuando ves la forma en lo real, medís el valor de lo pactado y te das cuenta que también fuiste estafado. Nunca te pagan lo que realmente vale, pero creo que a todo el mundo le pasa lo mismo. Trabajás más en despejar el camino para concretar algo que en hacerlo. El trabajo intelectual, en alguna medida creativo, tiene una resistencia antagónica con los intereses en juego. El capitalista, el industrial o como le dicen ahora, el CEO, cree que negando provoca mayor esfuerzo, dedicación, pero logra todo lo contrario: satura, rompe las pelotas como si fuera una ex mujer. Entonces, las relaciones con el cliente, ése limbo de intercambio enriquecedor, se convierte en un pequeño infierno a escala de una relación de pareja mal llevada. Lo bueno, en ese ámbito, es ser gurú, ser un indiscutible. Pero para eso tenés que quemar ciertas naves, ponerte un traje de once varas que aprieta hasta la asfixia y la desesperación. Bien, en esa época volví a tener contacto con Piro, después de ocho años de burn out. Y fue él mismo que me convenció e inauguró el primer blog, que por prueba y error, por gusto y regusto, terminó en El Fantasma. Digo terminó porque no tengo ninguna intención de cambio, abandono o transformación. Ya es eso, a su manera, independiente de lo que haga o deje de hacer por fuera de lo virtual. Es una pizarra de notas, de vínculos, que tiene su rutina de lectura.
¿Cuánto tiempo pasás frente a la pantalla?
Bueno, a eso quería llegar. Cuánto sacrifico de mi existencia en tamaña empresa. Nada que ver. Tengo un régimen un poco estricto, rutinario, que pasa por despertar temprano, desayunar leyendo y actualizando el blog. Luego viene el aislamiento para escribir, desenroscar el frasco del registro de la novela que está en gateras. Tirar el pigmento en la pantalla y a perderse en eso. En sí, por el blog (incluyendo Nación Apache) estoy entre una y tres horas, depende de la densidad de la temática. Una a la mañana, una al mediodía y media hora a la noche para leer el correo. Pero a la noche también leo noticias, artículos políticos, porque estoy trabajando en marketing político. Cosa que me lleva a reuniones extenuantes, donde las dudas superan cualquier probabilidad. En ese sector social existe una puesta en escena muy voraz, cambiante, en donde la demanda está en cierta habilidad para medir los pasos, vínculos, estrategias de acercamiento. Pero prefiero no hablar de eso, ya bastante me habla cuando estoy ahí, intermediando. Y es interesante, tengo una cierta posición distante con los hombres de la política, creo que sirve como arma de defensa y puesta en situación de lo que realmente ocurre. En ese escenario, representación y fantasía crean un estado de ilusión peligroso. Eso sí, la ambición humana aparece descarada, nunca vi nada igual. Si lo tomo con un poco de humor, supongo que ahí hay algo de cómo funciona el baño de mujeres en una fiesta cargada de hormonas en pugna. El sentido de territorialidad, de poder liso y llano, mete miedo. No entiendo (y eso que Feiling se aproximó bastante al motor mismo de tal fascinación en Un poeta nacional) cómo puede ser admirado un político por los intelectuales. Creo que la esperanza de los votantes excede cualquier posibilidad o promesa en lo real, y eso empapa el razonamiento, pone pátinas, atonta, de otra manera sería imposible la filiación política, responder con pleitesía a un sujeto que dice tener un mandato. Interesante lo del “marketing político”. No sé con qué políticos te juntás, pero esto último que decís sobre el poder es justo lo que el poder, en estos tiempos de derecha liberal, quiere que pensemos de él: “los políticos” son un grupo indiferenciado, la política no puede ser noble, la moneda de cambio es el miedo, o el soborno. ¿Cómo sería, según esta perspectiva, el político al cuál le darías tu apoyo activo, no sólo tu voto?
Esto es lo que tiene de aguerrido la entrevista, la posibilidad de pensar las contradicciones. En términos reales, tengo una relación profesional de asesoramiento con una persona que –con nombre político histórico, quiero decir, con un valor simbólico a cuestas– tiene verdaderas pretensiones de operar en política, acceder a un cargo legislativo, desarrollar una carrera continua en ése ámbito. Hice un análisis de campo de sus materiales innatos, cuáles eran las posibles proyecciones en los distintos perfiles ideológicos, cuál su impronta y preferencia. Bien, a partir de allí determinamos cuáles son las operatorias de la puesta en juego, posibles alianzas. ¿Cómo denominar el objeto de estudio? Tal vez se trata de pensar en un producto dinámico, ligado al interés básico de ascender y perdurar. Dicho así suena salvaje, pero bien, éso es el marketing, algo frío y estadístico, en pos de lograr un resultado: posición, circulación y ganancia. El marco es una estructura corporativa con ciertas prebendas y códigos no escritos. Negar eso sería como negar, por ejemplo, cómo se entablan las relaciones de poder dentro de una barrabrava, detrás de qué variantes. Eso no significa que sea la realidad objetiva de la lucha política en los distintos recintos, es la realidad de mi sujeto de trabajo en el caso, acotada a su fin. Aclaro esto porque según tu apreciación el escepticismo parece más fruto de mi visión que de lo real, donde sí es funcional a ése discurso en el que la democracia latinoamericana (con todos sus defectos) parece ser el verdadero enemigo. Lo que se destaca en todo esto es una distancia entre el concepto de masa y la verdadera acción política devenida de ese poder. La cuota de poder que detentan los políticos en el modelo democrático de América Latina es cuestionada con dos términos altamente nocivos para el tejido social: demagogia y perpetuación. Ni bien un gobierno toma medidas de índole proteccionista, para afirmar un piso económico e implementar medidas para paliar la pobreza estructural, bien, ahí aparece la oposición mostrando el paper imperial en contra de toda colectivización o revalorización de la fuente de trabajo. Porque hay que convenir algo, la desertización por la tala de árboles tiene su mayor expresión en la tala de manos: hoy, la fuerza de trabajo no tiene la figura en el obrero, el proletario, sino en la esclavitud y la pérdida de los oficios, del aprendizaje. Hoy, la pauperización del continente es máxima expresión de la acción imperial, y cualquier gobierno democrático tiene, desde su toma del poder, una agenda de apremios determinada por 20, 30, 50, 80 años de políticas afines al endeudamiento externo, donde lo producido es una descapitalización de cada país en manos de la concentración del poder económico en una ínfima minoría. Esto tampoco implica justificar los escasos resultados efectivos de la acción política coyuntural de cada gobierno, quiero decir: si tenés el poder debés ejercer la autoridad, poner objetivos claros y precisos, pasa que los opositores manejan una chequera funcional al despojo, ¿no?, y toda acción se ve minimizada por la explosión de una burbuja especulativa mundial y regional, que viene a pedir repuestos a la periferia para seguir funcionando como tal, como ilusión de bienestar. En ese punto, la democracia se muestra como un sistema laberíntico que apenas avanza unos metros comparada con el trayecto de sus clientes comerciales, como un sistema esclavo para esclavos. Pero ahí entra la verdadera visión escéptica, personal, en donde tallan mis preferencias libertarias. La opción de pensar una sociedad sin centralización, cooperativa, formando comunas basadas en un ideal de desarrollo humano equitativo e integrador, como último y único camino a tomar, es algo que me atrae y hasta creo que puede ser viable. Está bien, ¿y mientras tanto? Hay que marcar premisas, como, en primer término, no ser funcional al terror, al miedo. Y ahí es donde reclamo a la clase política que haga su propia agenda, no que tome nota del dictado de ésa falsedad que llaman nacionalismo. Pasa que la condición en que se encuentra el país es mucho más que catastrófica, con casi un tercio de la población pobre, ya no hay exclusión sino omisión. Además de estar fuera, al pobre se le suma el efecto de un sistema de ignorancias. Y en ése sistema funciona la criminalización de la víctima, algo tan común a la sociedad policial que se articula desde la dictadura. Si la clase política criminaliza a la víctima de un sistema corrupto, la sociedad se polariza aún más, generando una espiral de desmembramiento que viene muy bien a la depredación hormiga de los recursos. Por ejemplo, el tema de la 125, además de una burda lucha de intereses, puso al descubierto cómo funciona la ignorancia en desmedro de los empobrecidos, pero también ambos actores de la puja (gobierno-terratenientes) nunca discutieron el modelo agrícola de exportación de minerales vía producidos de la siembra directa. Eso estaba fuera de agenda: lo que se discutió fue algo primario, no la obediencia productiva en función al despojo de la tierra. Incluso, mi opinión puede estar lejos de ser acertada, pero veo ahí una especie de riesgo: si la tierra ya no tiene valor, ¿qué vamos a reformar? ¿Qué economía puede sostener a los habitantes? ¿Cuál será el alimento? ¿Ensalada de yuyos secos? Es el riesgo Somalía, Haití, ¿no?, una vez saqueado el país se convierte en letrina. Luego, viene la primitivización y masacre por los espacios de supervivencia, para verificar que las víctimas históricas son un continuo. Y ahí talla la historia, porque cada democracia tiene su degollador profesional, aquél capaz de imponer el orden a base de sangre, cortar cabezas, implantar silencio. No olvidemos que la geografía democrática de la cuenca del Plata marcó las fronteras de las naciones con una masacre: 1.300.000 paraguayos; se masacró a la población de un país que era autónomo, pujante, totalmente inadecuado al modelo de país colonialista servil. Y no sólo eso, se asesinaron tanto hombres como niños, cortando la posibilidad de una fuerza de choque en el futuro cercano. En el mismo plan sistemático ocurrió la violación de las mujeres, como hace el león que asume el poder en la manada, para cortar un lazo y generar otro en la continuidad de su propia estirpe. Creo que esa afirmación de las naciones –a través de la destrucción de un pueblo– es la raíz, sino la sombra, que asola nuestra impronta política: el método de sumisión para las masas. No digo que se repita la escena, sino que la han refinado. A nivel mundial, el horror tiene su máxima expresión tecnológica en el bombardeo, en esa ejecución distante, donde los asesinados son inaudibles, también invisibles, y el soldado hace la operación siniestra del autómata, del alienado al punto que no se ve a sí como un psicópata integrado a un mecanismo sino como un operador especializado de un sistema de armas. Tan horroroso fue el incendio de Dresde como el borramiento de Hiroshima. Y en ninguno de los dos casos hay justificativo más que el emergente de esa síntesis del sistema político-militar. ¿Venganza? ¿Es el motor de la historia humana? ¿Qué venganza se está actuando en Argentina? ¿Por qué? En la respuesta llegué a un punto donde reingresa tu pregunta: no hay modelo de político que pueda imaginar. Sí pienso en un grupo de seres atentos a los riesgos del poder como institución, al abismo que se instala si se ven como vanguardia iluminada o ilustrada, a que dicha fuerza debe tener un objetivo distinto que la guerra o el sometimiento de sus pares, pero también especulo si ésa no es una forma de exigir que se erradique la política tal como la conocemos. Pienso en un cambio por otros sectores, con otras normas a partir de un objetivo consensuado: por ejemplo, para terminar con el hambre como pandemia no se puede alimentar un aparato de privilegios. Sería predicar la bondad sin pensar en que se cometen otro tipo de delitos no punibles por la ley democrática y que forman parte del juego institucional de los poderes. Delitos cuya influencia ética entorpece cualquier salida hacia una realidad humana equitativa, digna. Por eso he dejado de votar, no hay molde, ni afición. Sí respeto que la mayoría se equivoque en las urnas, y lo prefiero a que sientan algo de poder quemando bibliotecas, y me preocupa mucho que no empiecen por quemar la mía. Además, y es un sentimiento personal, creo que ningún intelectual ha tenido una feliz relación con el poder, incluso, creo que fueron enceguecidos por ciertas formas de autoridad inexcusables. Y el amplio espectro de infectados va de Neruda a Brecht, de Céline a Upton Sinclair, de Riefensthal a Chaplin, o de Green a Heidegger, incluyendo a Kundera, como novedad incipiente. En nuestras pampas tenemos una larga lista, pero traigo el de un escritor malogrado en la noción de sacrificio: Rodolfo Walsh. Hace tiempo traté con una periodista que no sólo lo conoció en persona, también intentó reconstruir una especie de biografía de su trayectoria en la clandestinidad –creo que nunca tomó forma de libro–. Ella notó cierto denominador común, un rasgo afín a la personalidad de Walsh, y era una tendencia a las armas; parece que no sólo era aficionado a ellas, sino que tenía una profunda afinidad a la portación, al uso de armas, también le gustaba exhibirlas. Lo visitaba y siempre había una a la vista. Le pregunté si eso era durante su etapa activa en Montoneros. No, me contesta, mucho antes, sentía admiración por las armas, desde chico. Ahí fue que la mujer postuló su teoría: en algún momento, hubiese o no lucha política armada –como si Walsh portara el estigma grabado en la frente–, su vida tenía un destino de violencia. Siempre tomé distancia de esas expresiones (creo que la periodista fue honesta en su apreciación), pero también pienso en que ése argumento pone una veladura sobre su intencionalidad política, sobre lo que creyó justo para sacrificarlo todo. Sospecho que la voluntad individual conjugada en la lucha política es una especie de cristalización demoníaca que la cultura occidental agita como espanto, entonces abrir juicio sobre Walsh, sobre su actitud individual, íntima, es un poco osado, sería apoyar una demonización. No así sobre las consecuencias de tal puesta en juego, en desmedro de una obra en ejecución: tengo la triste sensación que Walsh llevó su escritura a un límite con lo real donde tuvo que sacrificarla. O fue llevado por la condición política a confrontar en ese camino, pero es ahí donde intuyo que ningún objetivo político supera al valor de una existencia. Parece que me pongo sencillo y sentimental, puede ser, ha desaparecido y muerto mucha gente a nuestro alrededor, no podés sustraerte a lo ocurrido. Incluso, desarrollé un cierto asco por las armas. Cuando hice el servicio militar tuve la desgracia de tratar con oficiales y suboficiales operativos de grupos de tareas, o vinculados indirectamente a su funcionamiento. En la escala subhumana, de existir una, clasificarían muy por debajo del detritus. Y con la anécdota termino ésta perorata extensa. Había un subteniente recién egresado del Colegio Militar de la Nación, un pendejo de bigotitos rubios, chiquito, flaquito, de ojos azules germánicos: Schmidt. Como Ulrico, el cronista germano en el Río de la Plata. Nosotros, ya soldados viejos, teníamos cierta permisividad ganada en la rutina, donde la autoridad se va deshaciendo de los formalismos. Nada de saludo uno, nada de vestirse como un soldadito de juguete, en fin, eras más un obrero multiuso uniformado que otra cosa. De alguna manera, Schmidt estaba inhabilitado para mandar, no sólo porque no le dábamos pelota, sino porque el funcionamiento de la verticalidad y correspondencias marcan territorios intocables en el mapa militar del día a día. Entonces, el soldado tal, como le paseaba el perro al comandante de la unidad, era un privilegiado. Schmidt se moría por mandonear, hacer sentir su estrellita de oficial, ejercer todo ese poder que emanaba su uniforme verde y botines resplandecientes, por eso se tocaba la cintura, acariciaba la culata de la 11,25. El tipo merodeaba por donde andábamos pero distante, observaba de lejos, sólo eso. Recuerdo que La Chola, al mediodía, cuando le dábamos de comer a los perros vagos con las sobras de la comida de la soldadesca, me dijo que le resultaba sospechoso el oficialito. Fue ahí que se puso a jugar con una perrita gris, muy bonita y cariñosa, le tiraba un pan y lo traía. Bien, ésa tarde, no lejos de donde cortábamos el pasto con otros pibes, vimos a Schmidt sonreírnos mientras llamaba a la perrita, que lo seguía muy inocente hacia un lugar detrás del galpón de los camiones. Escuchamos el disparo. Tuvimos que taclear a La Chola, agarrarlo entre cuatro, gritando. Una vez que se calmó fuimos a ver y encontramos a la perra partida a la mitad por el disparo, aún boqueando, buscando aire sin queja. Bien, ésa es la situación a la que me remite la noción de arma: a una forma del poder, y por supuesto, a lo que todos suponen como naturaleza humana.
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