Un hombre con camisa

 
 
 
Por S.D

 

Los ojos cerrados no los abre ni un duchazo de agua medio fría. Son las 8 AM y no hay tiempo ni para desayunar, hay que ponerse las medias, los zapatos, la camisa y largarse antes de que se haga demasiado tarde. El despertador falló o falló la voluntad, en todo caso es lo mismo, lo que importa es que no hay tiempo para distraerse. La mañana está como sumergida, se ve borrosa, no se pueden sacar fotos nítidas, el ojo no llega a distinguir formas, es pura y borrascosa mañana. Cae sobre los hombres: es un estado de lucidez deslucido. Todo funciona en paz, no hay predisposición para la sorpresa, sólo pensamiento colgado y profundo: el sueño del dormilón.
 
¿La corbata? Espera a bajarse del bondi para ponérsela, hacerlo antes sería un pecado, ¿a quién le gusta regalar un minuto de libertad? Mastica un Beldent de menta para ganar buen aliento y se prende un pucho mientras tanto. El perfume del tabaco y la menta empiezan a transformarlo en un Hombre, en el fondo busca dejar de ser un bebé con olor a bebé. Camina con rumbo cierto, sabe a dónde va, o cree saberlo, mejor dicho no se lo puede ni imaginar, pero aun así hace el esfuerzo de imaginarlo, pero se asusta cuando llega a algún resultado. En la calle ve a muchos distintos, Florida a las 9AM es un hormiguero en el que alguna mano maldita, algún travieso o algún hijo de puta a echado sal a borbotones. ¿Dónde está el bufón que se ríe de quienes estamos en Florida con camisa a las 9 AM?
 
Ya no es un estudiante ni un viajero ni un universitario, hace tiempo que guardó el buzo de egresados en el placard, la guía de Sudamérica en el estante de arriba de la biblioteca y el título en el lugar de las cosas inservibles. Estamos hablando del tipo que resistió todo lo que pudo hasta no poder más, aquel a quien finalmente, a su pesar, le llegó la hora de ponerse los mocasines y salir a trabajar. Es el trabajador del primer día: tiene pelaje de holgazán y catadura de vago, la espalda recta. Nunca entregó lechita al tambo donde se acumula la plusvalía del mundo. Siempre prefirió la nata inútil que produce el plus de goce. En resumen es un legítimo “squenun”.
 

 Pero no queda otra, finalmente le llegó la hora de laburar y hoy es su primer día de oficina. Está atemorizado. No sabe cómo comportarse, qué hacer, qué decir, cómo saludar. Se siente como una planta de interior expuesta al sol y al viento, como un cangrejito en la mano de un niño aburrido, como un ring de celular sonando en el cine.

Sólo puede especular, no tiene un cajón propio donde se traspapelan anteriores experiencias laborales. Nunca fue canillita, ni camarero, ni piletero, ni trabajó en locutorios como si lo hicieron conocidos. Pero el trabajo es algo así como París, no hace falta tocar tierra para poder trazar los lugares comunes por donde transitar. París no es un feliz paralelo, Turquía por ahí. Igual se puede imaginar todo el thriller diario: A) un clarín por favor B) Un café con leche con medialunas, si esa, la promo dos C) Hola Alberto, ¿qué tal? D) Sí, para mañana lo termino, no te hagas problema f) buen finde, nos vemos el lunes.
 

Se figura hablando en la oficina de noticias de interés general, de la espuma de TN, puras palabrerías, pura coyuntura baladí. De eso se morfa, con eso se vive, así se hacen amigos en el trabajo. Especula y no le queda otra.

Ya se siente frito el pobre, de ahora en más la semana se cae como un helado al piso. El tiempo pasa lento de lunes a viernes y rápido el fin de semana. El reloj ya no juega a favor del ocio. Se paso al otro bando, al de los de los de cuellito blanco y gemelos en los puños.
 
Pero trabajador de primer día, vamos, no se me amargue por tener que abandonar la barra de Moe y a los borrachines patéticos que duermen sobre ella. Es hora de armarse un porvenir, ya está grande para fantasear con que se puede vivir sin sudar la frente.
 

Pero… ¿qué es ese ruido? ¿Quién está ahí junto a su roñosa banqueta intentando convencerlo de lo contrario? Ah, pero si es el Sócrates de la época, contra él si que no se puede argumentar sin caer en el fracaso, mejor tirar la toalla. Es el mejor holgazán, destacado haragán. Es Barney y su tremendo eructo. La potencia que se pone en juego en ese expelo regado de alcohol bloquea las chimenea del lucro y la productividad, es aún más poderosa de la que alguna vez desató Bartlebly con su preferiría no hacerlo.