Encuentro de mujeres (parte 2)

 
 
  

Por Celia Dosio

Almorzamos pizza mala y cerveza Norte. Hace más calor. Me siento adormecida y empachada. Se acerca la hora de separarse. Nos vamos repartiendo según nuestros intereses en los diferentes talleres. L. y C. van al de mujeres y partidos políticos. Está bueno ir acompañada. Se aprovecha más la experiencia. Otras chicas van a los de desempleo, salud, derechos humanos, terapias alternativas, movimientos barriales. Me toca ir a la Universidad Tecnológica. Una manzana dedicada a las ciencias duras que ahora está cooptada por mujeres. El edificio es parecido a cualquier otro de cualquier universidad del país. Una toldería a la entrada. Artesanías en plata, anillos y cosas de Bolivia para llevar de recuerdo. Carteles. Las de Pan y Rosas cantan en el hall central. Otras muchas están sentadas en las escalinatas de la entrada. Yo busco el aula. Tercer piso por escalera, ventiladores, pizarrón y bancos con pupitre fijo. Todavía se están dictando algunos cursos. Los pocos hombres que pueblan esta facultad miran más con recelo que con curiosidad este aluvión femenino. Fórmulas exóticas quedan olvidadas en los pizarrones. Los enigmas que encierran no serán develados hasta el martes, cuando Tucumán vuelva a su provinciana cotidianidad.

Tardo en encontrar el aula de mi taller. Como hay muchas inscriptas, la idea es subdividirnos en varios grupos. La sala se va poblando. Llegamos a ser sesenta sentadas y otras más en el piso. La puerta rechina de manera horrible. Eso dificulta escuchar las presentaciones. Una mujer abre su bolso buscando algo, se acerca a las bisagras y las aceita. Aplauso general. La mayoría de las mujeres del taller de cultura están ligadas a la plástica. Yo hablo brevemente con una chica que se dedica a la música. La coordinadora lee el temario. Trato de convencerme de que tomé la decisión correcta. Empieza la discusión sobre el Bicentenario. Está dada en términos sencillos. “La cultura la hacemos todos.” Estoy tensa. No deja de entrar y salir gente. Me impaciento. Seguro me estoy perdiendo una discusión buenísima en otro lado. Con la impunidad que me da no conocer a nadie, junto mis cosas, mi botella de dos litros de agua mineral y cruzo el aula para la salida. Me voy a buscar algún taller de medios.

A muchas nos pasó que generamos tantas expectativas en la discusión previa a los talleres que todo nos parece poco. Contacto a un grupo de chicas que están por formar una nueva comisión de medios y me sumo. Somos pocas, tengo fe de que va a ser más interesante. Nos presentamos. Queda como coordinadora una mujer que participó en la organización del Encuentro de Neuquén. Tiene un programa de radio. Se suma un par de estudiantes de comunicación, nadie de gráfica, muchas mujeres de radios comunitarias. Llegan dos chicas del Plenario de Trabajadoras. Una de ellas es de comunicación, la otra es de ciencias políticas. Vienen con sus urnas para recaudar fondos, sus panfletos y sus discursos listos a ser bajados sin mediaciones a la comisión. Me pone nerviosa, me irrita, me da bronca que seamos tan blandas. Una mujer se presenta como del PC y las corta en seco. La coordinadora va otorgando ordenadamente la palabra, todas pueden hablar. Otra chica que huyó conmigo de Cultura pide la palabra y apunta a ambos frentes: no da que me aparateen el taller y tampoco que anden chapeando, dice. Acá venimos como mujeres, punto. Me da ansiedad, no termino de entender qué pasa, cómo intervenir. Lo hago de manera torpe y a destiempo. Me importa menos que cero que se discuta en esos términos, lo siento una pérdida de tiempo. Como las chicas del PO trajeron lo de Terrabusi, otra señora propone pensar cómo tomaron los medios el conflicto, que se hable de eso. Por otra parte, me altera escuchar la queja y crítica despiadada a todo. Es muy difícil discutir cuando las cosas son a todo o nada. Me propongo no irritarme ante exageraciones o puerilidades. A veces lo logro. Una de las chicas se pregunta cuál es la forma de manejarse en el taller y el porqué de la importancia del género en la militancia de base. Me sorprende encontrar resistencia a pensarse como feministas. Incluso la perspectiva de género parece un lujo frente a los problemas que proponen.

Hay un accionar que lleva el nombre de “romper el encuentro”. Es cuando alguna organización impone o baja un discurso unívoco en los talleres. Cuando es así, se imposibilita el diálogo y deja de tener sentido. Hay algunos blancos preferidos: talleres sobre el aborto, derechos humanos y salud. Ahí se ven grupos organizados de fanáticas en contra del aborto. Suelen tener mucha difusión, generan roces, hacen escándalo. También están los talleres de política partidaria donde las distintas organizaciones tratan de imponer sus ideas, pasan panfletos, consignas, venden diarios. No reconozco los discursos de troskas, chinas, pecés o cualquier otra. Si siento que cuando me hablan es muy de manual, pierdo interés y me desconecto. Debe ser algún tipo de afasia. Al no escucharlos, no podría reproducir ninguno de esos discursos. Sólo veo a la misma militante que conocí en la carrera, que habla de la misma manera, se viste de la misma manera, cree en las mismas cosas. Pero pasaron diez años desde que terminé mis estudios. Cursé durante el menemismo. Cambiaron muchas cosas desde entonces. Este es otro momento del país. Me desconcierta que no se lea esa diferencia. Una señora de mi taller lo resume candorosa y brillantemente: “Es como si yo aprovechara para hacer circular la revista Tsu –la de venta de cosméticos– en el taller”. Y después insiste: “No es el lugar, querida, no es el lugar”.  

Me encuentro con L., C. y A. para cenar. Ellas estuvieron juntas en el mismo taller. Intercambiamos experiencias, anécdotas y me dan una clase de política territorial. Siento mucho respeto por la experiencia adquirida en su militancia. Varias veces me piden disculpas. “Esto es lo feo de la política” dicen culposas cuando hablan de decisiones pragmáticas que las exceden y deben acatar. Pienso que si esto fuera realmente lo feo de la política, estaríamos salvados. Me siento fuera de todo. Los sobreentendidos son los más difíciles de completar. Las cosas concretas que discuten tienen para mí un grado de abstracción altísimo. Soy un extraterrestre. No conozco nada de lo que me nombran.

En la plaza, esperamos que el micro nos lleve de regreso al CEDAR. Se hizo tarde, estoy muy cansada. S. me señala los carteles en los árboles: “Vida”. En singular. Hablamos del aborto. Algunos balcones tienen la bandera papal, otros colgaron un cartel de un bebé rosadito con la leyenda: “Vivir, el primer derecho humano”. Me sorprende que se hable tanto de la vida cuando se consiente que mueran miles de mujeres en abortos clandestinos.

Parece que la discusión sobre el aborto terminó en un taller a golpes de puño entre católicas y las de Pan y Rosas. Hubo también una marcha del PTS. Varias chicas me cuentan de agresiones de todo tipo. Relatan cosas que a fuerza de repetirse se van haciendo cada vez más épicas. Parece que en algunos talleres se sintió la impronta programática y eso anula la discusión.

Nos estamos conociendo entre nosotras. Es notable la necesidad de intercambiar historias de militancia, procedencia, experiencias previas. Sobre todo entre las más grandes. De oídas, me llega la charla de almohada. Antes de dormir, estas mujeres se cuentan bajito cómo vivieron los años más difíciles de la dictadura. Todas perdieron a alguien. Yo, bicho raro, escucho y me conmuevo.

Segundo día de talleres. El consenso es un arma de doble filo. En los discursos hay implícitos, se da por sentado un punto de partida común que sé es irreal. Arengas que empiezan con “estamos todas de acuerdo…”. Me molesta la sospecha permanente y la insatisfacción supuestamente crítica como forma de construcción de un discurso político. Me corren por izquierda. Una preocupación que ronda el taller es el tema de “dar la voz”. ¿Se van a escuchar estas voces? Algunas hablan de la necesidad de un posicionamiento. “No tenemos que olvidar cuál es nuestro objetivo: que todos los medios sean de los trabajadores. El resto son migajas.”

Otra chica cuenta la experiencia de Oaxaca, cuando en el 2006, durante una revuelta unas mujeres tomaron los medios de comunicación. No sé cómo plantear o proponer o expresar mis ideas. Al contrario de ellas, no sé bien con quiénes estoy hablando. El taller se divide entre chicas militantes, estudiantes de comunicación y mujeres que tienen radios comunitarias. Y yo.

Una mujer pide la palabra. Se presenta en quichua. Habla y luego se traduce. Cuenta que tiene una radio comunitaria en Santiago del Estero, que es la primera vez que va a otro taller que no sea el de pueblos originarios. Nos habla de la asimetría en que se mueve. Que la radio tiene cuarenta años pero no es noticia. Una chica colombiana nos cuenta sobre Minga, la red colombiana. Al mediodía me junto con las chicas para turistear. Paseamos por la Casita de Tucumán y la peatonal. Tomamos helado. Nos perdemos y los tucumanos se hacen los simpáticos con las porteñas.

El encuentro de la tarde está dedicado a la redacción de las conclusiones. Hablamos en el taller sobre la marcha y se hace referencia a peleas de años anteriores. Forcejeos sobre quién debería encabezar la marcha y con qué bandera. Es necesario redactar un documento que incluya la voz de todas.  Es una de las prerrogativas del Encuentro. La redacción de las conclusiones debe dar cuenta de todas las posiciones. El documento que resulte de este taller se va a recopilar con los de los otros grupos. El lunes, después de elegir la sede del próximo encuentro, se leerán en voz alta y finalmente se publicarán y distribuirán al año siguiente.

Voy con mucho recelo. No sé qué se va a escribir de lo que hablamos. Me sorprende que a partir de posiciones tan extremas podamos construir juntas un mismo texto. Prima el consenso. Todo empieza a tener sentido ahora: el Encuentro de Mujeres, haber venido hasta acá, haber escuchado. Es el momento más rico del taller donde discutimos verdaderamente sobre género y medios, donde surgen propuestas concretas y posibles. Aun cuando hay exageraciones como cuando la chica de Pan y Rosas objeta que se ponga la palabra “democracia” en las conclusiones. Pero creo que en líneas generales, todas quedamos satisfechas. Me fugo de los últimos minutos del taller. Tengo miedo de no encontrarme con las chicas del EDE. A medida que me acerco se escucha el revuelo, y eso que todavía estoy a varias cuadras del punto de encuentro fijado para marchar. 

A medida que me voy acercando a la plaza Urquiza se ven columnas avanzando. Mucha gente. Banderas. Calor. Camino entre los diferentes grupos, cruzo muchas banderas, bombos. Acelero el paso, no veo a las chicas del partido por ningún lado, me desespero. El clima es festivo pero concentrado. Supongo que hay muchas en mi situación, entre la salida de los talleres y agruparse para marchar. Es fácil perderse. Un mar de mujeres, banderas y consignas. Veo a dos de las chicas del partido que tienen una bandera. Me aferro a ellas devotamente. Perdidas, damos corriendo la vuelta completa a la plaza. Me acerco a cuanta bandera violeta veo, un color bastante trendy entre la militancia de género. Finalmente encontramos a nuestras compañeras. Ayudadas por los celulares, nos reunimos todas. Estamos encolumnadas. Vamos a salir. 

Me encajan una bandera. Soy alta. Decido dejar a un costado mi timidez. En la marcha están previstos distintos “escarches”, paradas donde arrecian los cantos y manifestaciones. Serán respetados con la seriedad y protocolo de un Via Crucis laico. Primero en la policía. Algunos canas de civil se asoman y nos miran pasar con desprecio. No me figuro qué pueden pensar de nosotras. Me entero que ese fue un centro de detención durante la dictadura. Me gusta pasar por ahí y gritar un poco. No es anónimo. Hay caras que nos enfrentan. Voy entendiendo más de qué se trata esta marcha.

Llegamos a la Iglesia San Francisco. Vallado alto y algunos hombres se forman custodiando sus monumentos. Chicos, adolescentes, todos varones. “… A pesar de todo, les hicimos el Encuentro…” Mi cuerpo, junto al de miles de mujeres, al manifestarse adquiere un nuevo estatuto político. Siento el cambio. Soy católica, de colegio y de tradición pero puesta a elegir, no dudo en pasar por la calle y ser parte de esta marcha. Me parece hipócrita que hablen de “Vida”, así, con mayúscula y nieguen hasta el uso de preservativos. No me gustan esas caras fanatizadas, rezando compulsivamente, sosteniendo fotos de bebés sonrosados. No les creo. 

Cuando pasamos frente a la Catedral, el clima es peor. Más oscuro. Más de La Inquisición. Las estatuas de los santos han sido protegidas por bolsas de plástico transparente. El látex sí se usa para esto. Qué irónico. Las vallas son sostenidas por un cordón humano de hombres. Varones, jóvenes, blancos y católicos. Las campanas suenan como una provocación queriendo aplacar la fuerza de la calle. Logran el efecto contrario, que cantemos más fuerte. Los varones rezan como poseídos, los ojos entrecerrados, moviendo en letanía las cabezas. Las escalinatas están repletas de oradores. Cuánto más alejados están de nosotras, más fanáticos resultan. Gritan, elevan crucifijos en plan exorcizante. Nunca entenderán que no se trata de ellos, pero es tan fuerte su provocación que invitan a los excesos. Lamento que se de en estos términos, en el fondo un mezquino medir fuerzas, algo que podría evitar que tantas mujeres mueran cada día.

Veo esas caras, chicos que podrían ser mis sobrinos, creyendo que están del lado del “bien”. ¿Qué pasaría si alguno de ellos dejara embarazada a su novia? Las manifestantes gritan y tiran pintura. “Si el papa fuera mujer, el aborto sería ley. Quiero ponerme un forro y con alegría poder coger” cantan mientras los fanáticos rezan.

Pasamos también frente a la casa de Marita Verón (www.casoveron.org.ar). Me conmueve la historia de esta chica víctima de la trata para prostitución. Hace años está desaparecida y su madre, buscándola, ha liberado a diecinueve chicas en situación de esclavitud. Estas cosas rara vez alcanzan estatuto público, no forman parte de la agenda. Pienso en todos los hombres que conozco. Entre la prostitución y la trata hay un paso que se llena con hipocresía. Me sale el juicio moral.

¿Qué pasaría si hombres de todo el país, en calidad simplemente de varones, se reunieran durante tres días para discutir qué piensan de la violencia, del aborto, del machismo, de la homosexualidad, de la prostitución, de la trata, del lugar de las mujeres, de los problemas que tienen que resolver día a día como personas, como políticos, como trabajadores? Más tarde se lo voy a preguntar a mis amigos que me van a contestar con evasivas y con chistes. Para después descartar de lleno mi propuesta: “Los problemas de los hombres son los de todos”. 

Pasamos por el Hospital Central, lugar donde desapareció Marita. “Dale alegría a mi corazón, Marita no te olvidamos al menos hoy. Y ya verán, las chicas que se llevaron regresarán. Y sí señor, los culpables de la trata al paredón…” También pasamos por la Casa de Gobierno de Tucumán. Terminamos en la Maternidad. Ya es de noche, estamos cansadas. Nos llegan dichos de incidentes en la Catedral, suenan inverosímiles.

Después, agotadas, a comer y emprender la vuelta al CEDAR. En la plaza el clima está enrarecido. Se ha organizado una contramarcha en repudio al Encuentro. Velas, cruces y mucha presencia policial. Nosotras en plan turista nos alejamos cautelosamente. Entramos en una feria de artículos regionales que queda al lado de la casita de Tucumán. Hay un karaoke improvisado. Un animador le da el micrófono a una mujer que aúlla “Carito”. Le huimos más rápido que a los fanáticos. La violencia tiene más facetas de las que pensamos.

El lunes llegamos tarde a la votación. El próximo Encuentro será en la ciudad de Paraná. Luego escucho parte de las conclusiones de uno de los talleres. El sol cae a pleno sobre nosotras y ya queremos emprender la vuelta a casa.

Ya en Buenos Aires, días después, me llega un mail fowardeado. Una de las tantas cadenas dudosas y cursis que mandan amigos bienintencionados. Esas cuyo asunto es del tipo: “URGENTE, Virus” o “no dejes de verlo” o “REALIDAD JAJAJ” y que yo sistemáticamente deleteo sin siquiera curiosear un poco. Sin embargo, me llama la atención y en vez de hacer lo de siempre y borrarlo sin compasión, abro el archivo “Esto pasó en Tucumán¡¡¡” (sic) y me encuentro con un powerpoint sobre el Encuentro de Mujeres. Acabo de volver de Tucumán, fue una experiencia movilizante y vital. Quiero saber más. Veo que el documento se llama “derecho a la vida”.  No hay que ser un genio para intuir qué posición va a sostener. Es incluso peor de lo que pensaba. La retórica de la denuncia, uso abusivo de la indignación irónica, el repudio por los excesos de la marcha. La otra mitad de la presentación está poblada de bebés rubicundos y plegarias a la Virgen María. Me irrita el maniqueísmo y lo burdo de la argumentación. La supuesta autora de ese texto dice sentirse “avergonzada como mujer”. Nos trata de “salvajes que sólo trajeron odio y violencia porque defendían algo que no tiene fundamento”. En la vereda del “bien”, ubica su orgullosa mirada en resaltar “la actuación de chicos, chicas, ancianos, familias enteras que defendieron sus creencias con entereza y altivez. Sin caer en la violencia”.

Los Encuentros llevan ya veinticuatro años con la idea de que mujeres de todo el país se junten a charlar sobre cuestiones que las movilizan personal y políticamente. El hecho de que se haya cubierto de manera tan sesgada, cargando las tintas en los exabruptos en torno a la despenalización del aborto, me entristece.