Entrevista a Michel Maffesoli

 

 

Por Hernán Vanoli

 

Acusado por muchos de autor celebratorio del capitalismo y todos sus males, no se puede negar que el sociólogo francés Michel Maffesoli (65) haya sido, en cierto punto, un visionario. El tiempo de las tribus, su libro de 1988, anticipó muchas de las tendencias al interior de las culturas juveniles y sus modos de aparición urbana, que se vieron alimentadas y reformuladas por la siempre relativa masificación del uso de internet. Lo que sigue es una breve charla que tuvimos con él en las oficinas de FLACSO, a propósito de su visita a la Argentina para la presentación de su nuevo libro El reencantamiento del mundo. Una ética para nuestro tiempo, de muy buena –y argentina- traducción de la editorial Dedalus. 

 

En algunos casos, su descripción de las tribus urbanas las hace aparecer como armónicas, muy ligadas a las modas y a lo estético. Sin embargo, la historia reciente, y particularmente en Argentina con los mediáticos emos y floggers, se pudo ver que también hay un espacio para la violencia y el enfrentamiento.

 

Lo que me interesa es la dimensión tribal en las megalópolis, y no particularmente una u otra tribu urbana. En las junglas de cemento, las tribus se organizan para luchar contra la adversidad, tienen una función de solidaridad. Por un lado va haber tribus que son amables, que está todo bien, en la relación del uno con el otro. Pero también va a haber tribus violentas, y que generen violencia en la sociedad. No hay que tenerle miedo a la violencia. El problema de la sociedad es que ha intentado de dejar de lado a la violencia, mientras que la violencia es fundante. Lo interesante sería pensar cómo vamos a encontrar formas pasables de violencia, cómo la podemos hacer entrar en homeostasis. Tenemos una sociedad totalmente aséptica, y cada vez se le hace más difícil resistir las formas de violencia. El estado te prohíbe fumar, circular por ciertas zonas, etcétera. Lo que hay es una asepsia que es mucho más peligrosa que la violencia. En las sociedades equilibradas, se logra una cierta forma de ritualización de la violencia. Aunque no conozco muy bien el asunto de los emos y los floggers, la cuestión me remite a las peleas de barrio, entre chicos. Antes que nada tenemos que aceptar que somos animales, y esa violencia tiene que salir. La violencia es útil si se la sabe ritualizar.

 

En El reencantamiento del mundo, su último libro, usted utiliza una metáfora que habla de Internet como la nueva “comunidad de los santos”. Su mirada, en ese sentido, es positiva con respecto a los usos que los jóvenes hacen de Internet. ¿Por qué le parece que ciertos intelectuales mantienen tanta desconfianza con respecto al fenómeno?

 

Creo que hay, tradicionalmente, una consideración de Internet, al menos en Francia, como una forma de no relación. Los intelectuales tienen miedo de Internet, más que nada los viejos. Esto es una tradición adorniana, pero más que eso judeocristiana. Incluso mi amigo Baudrillard tiene un poco de miedo de la técnica. El intelectual es el especialista en el contenido, y tiene miedo del continente. Además, su matriz de pensamiento es fálica mientras que Internet es matricial, es la vagina. Los intelectuales tienen miedo de la vagina. En las discusiones sobre Internet no hay contenidos, se mezcla todo. No hay argumentación, demostraciones, nada. Yo la veo como una manera de entrar en contacto, de tocar al otro. Por más que esa tocada sea virtual. Es una masturbación: para masturbarse hay que contarse historias, generar imágenes, y hacerte la película, en realidad hay que entrar en contacto con el otro. Además, muchas veces ese contacto deviene real. Pero no se puede reducir entre lo real y lo irreal. Para lo real hay que considerar lo irreal, los fantasmas. Internet favorece la fantasmagoría. Es una estampida de lo real, enriquece lo real como se enriquece al uranio.

 

Entonces la desconfianza sería una cuestión generacional...

 

Principalmente, es un problema generacional. Los investigadores jóvenes, de menos de 30 años, viven en Internet, están a su altura. Conozco a un investigador que hizo un trabajo sobre la circunnavegación, sobre como la modernidad empieza con la circunnavegación. Y justamente Internet sería una circunnavegación que habilita la creación de un nuevo mundo, el nuevo mundo posmoderno.

 

Las tendencias a nivel general que aparecen en su libro son la juvenilización y, en cierto punto, la feminización de la sociedad, con ciertos guiños a la animalización, y esto es leído en términos positivos. ¿Qué rol jugaría lo político y la participación ciudadana en este escenario?

 

Lo político está tomando otras figuras. Ya no es la figura programática, racional, revolucionaria, o conservadora. La metier de lo político era el proyecto, pero en el presente se ven pocos proyectos. Lo que yo veo son expresiones de rebelión, revueltas explosivas. No tienen que ver con la larga duración, el largo plazo. La movilización es algo fuerte, que mañana va a terminar, y pasado mañana habrá otra. Yo considero a eso una transfiguración de la política. Lo que aparece de fondo es una civilidad ecológica, y el predominio cada vez mayor de lo doméstico y lo proxémico. A esto es imposible comprenderlo a través de los viejos paradigmas de la modernidad: ciudadano, democracia, partidos...

 

¿Eso no sería leerlo sólo en términos reactivos, de abandono de lo público, sin mirar las rearticulaciones?

 

Acá sigo a Hakim Bey, un activista norteamericano que escribió sobre las zonas de autonomía temporal. Se crean pequeñas zonas de autonomía, transitorias, porque el poder vuelve. Son utopías intersticiales, momentáneas.

 

En sus libros, muchas veces, hay una confrontación algo soterrada con los términos de Pierre Bourdieu: la noción de habitus, por ejemplo, lo que entiende por ontogénesis y filogénesis…

 

No quiero hablar mal de los muertos. (Risas). No es un pensamiento interesante. ... Diré una maldad, para empezar. En el 68’, Bourdieu hacía una carrera universitaria y no participó en absoluto a la efervescencia política. Hay que trabajar, decía, incluso se oponía. Después, por un mecanismo psicológico, quiso compensar, entonces se volvió marxista a contrapelo, cuando era profesor en el Collège de France. Luego, no hizo más que retomar los verdaderos análisis de Adorno: la televisión, la dominación masculina. Yo prefiero leer a Adorno, porque es un pensador fuerte. Bourdieu es el Canada Dry de Adorno. Yo prefiero beber buen alcohol antes que Canada Dry.