Historia del Dogma Trinitario 


Una tesis dogmática 

 

1.-  Introducción:  La admirable Revelación de Dios al hombre, manifestada en su plenitud en Jesucristo,  el Verbo hecho carne, hizo que los hombres y mujeres creyentes conocieran, creyeran y comprendieran cada vez  mejor las profundidades del misterio revelado.  Este misterio  en su núcleo más íntimo nos dice que Dios es trinidad, comunidad de amor,  pero encontrar la forma de expresarlo no fue un proceso fácil para quienes debieron enfrentar, como pioneros en la fe, esta tarea.  Esta tesis tratará acerca del desarrollo dogmático de la fe en la trinidad a través de la historia,  desde los primeros esbozos neotestamentarios hasta  las formas más acabadas del Magisterio,  de manera que podamos tener un panorama breve del desarrollo histórico de este artículo nuclear de  nuestra fe.

 

2.  La Trinidad predicada, creída y celebrada.  Los primeros cristianos, al aceptar el mensaje de Cristo, van, lentamente, desarrollando los diversos contenidos que ello implica.  En lo relativo a Dios sabemos , por el testimonio bíblico, que las comunidades fueron incorporando  como parte esencial de su fe el hecho de que, aún siendo Dios uno,  era innegable que la figura del Hijo y del Espíritu  podían ser considerados Dios junto con el Padre.  Si bien no podemos asegurar la plena conciencia de una trinidad en la mente de estos cristianos,  si encontramos que en su formulación y expresión de la fe ésta es patente.  De hecho,   en los relatos kerygmáticos,  siempre aparece este elemento como esencial,  así en Hch.  2, 32 (en boca de Pedro)  encontramos:  “A este Jesús Dios lo resucitó…”,    que era el primer elemento del Kerygma (la resurrección del Hijo).  En Rom.  1, 3-4 leemos:  “acerca de Su Hijo,  nacido del linaje de David según la carne, constituído Hijo de Dios  con poder, según el Espíritu de santidad por su resurrección de entre los muertos…”  en que se relaciona  la resurrección, la filiación y el poderío de Dios  en el Hijo,  incorporando ya el Espíritu.  O la sencilla expresión de Fil. 2, 11  “Cristo Jesús es el Señor”  muestra de una fe que, sin sistematizarse ni enfrentar aún algunos de los conflictos  que posteriormente deberán enfrentar los creyentes, va siendo proclamada como parte esencial de la predicación[1].     Esta fe se va transformando  en pequeñas fórmulas que se repiten  constantemente, y que hablan de su uso y aceptación:  “gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Rom.  1, 7; 2Cor. 1, 2; Ef. 1, 2);  “la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2Cor. 13, 13),  son oraciones q            ue hablan del Padre y del Hijo o del Padre, el Hijo y el Espíritu, sin intención de definir, sino simplemente brotando de una fe predicada y creída.  Con la transmisión de la fe se van institucionalizando ciertas fórmulas que dan cuenta de un uso más litúrgico (de celebraciones esenciales como el bautismo o la eucaristía)  que, a modo de fórmulas bautismales o himnos litúrgicos, hacen su aparición en el texto neotestamentario.  Así tenemos el texto de Mt. 28, 19 “Id pues y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”; que da cuenta de una fe vivida, creída y celebrada en medio de las comunidades[2]

 

3.-  Desarrollo del Dogma Trinitario.   La fe de los primeros cristianos, a medida que fue abriéndose a nuevos mundos, debió ir enfrentando  nuevos problemas y situaciones, las que,  de cierta forma, obligan  al esfuerzo a de precisar en qué creemos y por qué creemos.  Se podría decir que es precisamente esta adversidad la que hace progresar la historia del dogma.  El  primeros de los problemas a los que se vio enfrentada la fe trinitaria fue el gnosticismo,  corriente sincretista  cuyos orígenes no  son  muy bien determinados, pero de quienes tenemos claras noticias de su institución y difusión en el Imperio Romano del S. II d. C.[3].  El sistema gnóstico,  fruto de una especulación compleja,  tiene dos raíces ideológicas:  por un lado el conocimiento (gnosis)  como vía exclusiva de salvación (“saber quiénes somos”) y por otro la do la calificación de la materia como mala (y no digna de la divinidad).  Estas ideas desembocan en un sistema atractivo para la época que, al mezclarse con las ideas cristianas,    da un lugar (no adecuado) al Verbo (intermedio) , una explicación (defectuosa)   de la encarnación y una respuesta  a grandes interrogantes de la existencia.  La visión  gnóstica termina fraccionando la historia de la Salvación (con la propuesta de un Dios creador malo y un Dios redentor bueno),  disminuyendo la divinidad  del Verbo encarnado y separando alos hombre (y su posibilidad de salvación)  en tres categorías (los somáticos, los psíquicos y los pneumáticos).  A sus principales representantes (Marción, Valentín)  quien se encarga de responder es San Ireneo,  dando orígen a un desarrollo reflexivo e intelectual del dogma “  a la especulación  gnóstica  opone la fe en un Dios que  se autora libremente en la creación y en la historia mediante su  palabra y su sabiduría.  En vez de jerarquías intradivinas,  enseña el eterno anclaje de la Palabra y del Espíritu en la  esencia de Dios.  En vez de la irreconciliable  contradicción entre Dios y el mundo, habla de una creación hecha por Dios y buena.  En vez de separar esencialmente el cuerpo y el alma,  enseña la íntima unión de ambos,  que la de la imagen de Dios en el hombre”[4],  armoniza también  el AT con el NT  en un desarrollo en que el AT  anuncia y preparar lo que el NT,  en Cristo,  explica plenamente.

 

            Pero otros problemas  se van produciendo fruto de la expansión de la fe.  Enre los siglos II y III dC. aceptar la fe trinitaria complica  a algunos pues ven la dificultad de no lograr  armonizar un Padre Creador en igualdad de categoría  con un Hijo o un Espíritu.  Es la llamada crisisis monarquiaza, en donde el esfuerzo por preservar la fe  en el único Dios  desemboca en dos vertientes:  Una más propia del ambiente judío, que plantea que el Hijo es  una divinidad sometida al Padre (y por tanto menor -  Subordinacionismo.  A esta línea de pensamiento pertenecen los Ebionitas)  y otra,  más propia del ambiente heleno,  en que el Hijo es una “prósopa” (máscara,  careta personas)  del mismo Dios que en otro tiempo se manifiesta  como Padre o como Espíritu (Modalismo,  propuesto por Noeto, Praxeas y Sabelio,  aunque cada uno con sus particularidades.  Una de estas es el Patripassionismo, que plantea que, por esta dinàmica, en la cruz quien sufre y muere es el Padre).  Tertuliano, conciente del riesgo que supone  la visión de los Moralistas,  recurre a un término claro que reemplace a “prósopa” (palabra griega) y utiliza “persona” (palabra latina), que tiene un carácter mucho más específico y menos aparente en la época que “prósopa”. El afirma claramente que en Dios hay “tres personae una substantia[5]

 

            El problema central radica en encontrar un lenguaje adecuado que, por un lado,  exponga  una teología clara,  pero que por otro sea convincente.  La profundización cristológica va obligando a nuevas respuestas,  y es así como, en el siglo IV dC.  nos encontramos  con la crisis arriana.  En Arrio hay un deseo  honesto  de conciliar  al único Dios  con el sistema filosófico Neo Platónico, lo que da como consecuencia  que el Verbo (Cristo)  se ve como la primera de las criaturas, por lo tanto generado,  que por su perfección  merece ser elevado  a la categoría divina.  Con esto se logra rechazar el riesgo  modalista (el Padre no sería igual al Hijo), pero produce un problema nuevo:  el Hijo no sería de la misma sustancia del Padre (y por lo tanto no sería Dios).  Pero el sistema es coherente,  recurre a una filosofía extendida y, siendo subordinacionista en su esencia,  no es modalista.  Estas razones,  junto con la contumacia de Arrio,  hacen que la doctrina se exteienda  hasta casi alcanzar la mitad de la Iglesia.  La solución, apoyada por Alejandro de Alejandría (obispo responsable de Arrio)  y Atanasio (teólogo y compañero de Alejandro)    va por la vía más compleja:  se convoca a un Concilio (patrocinado por el Emperado Constantino) para resolver la cuestión.  El Concilio de Nicea (325)  rechaza el error de Arrio, y lo hace con declaraciones que van abriendo  nuevas perspectivas (a la vez que da pie a nuevos problemas):  “Más a los que afirman:  hubo un tiempo en que no fue y que antes de ser engendrado no fue, y que fue hecho de la nada, o los  que dicen que es de otra hispóstasis o de otra sustancia o que el Hijo de Dios es cambiable o mudable, lo anatematiza la Iglesia Católica”   La declaración cierra el problema  arriano declarando  la verdadera condición del Hijo (el credo niceno   declara al Hijo  “gennethenta ou poiethenta”[6])  y declarando su igualdad con el Padre (“omoousion too patri”)[7].  El problema  es que la fórmula utiliza como  sinónimas las palabras hipóstasis y ousía,  al tiempo que no es clara en su afirmación  de la divinidad del Espíritu Santo,  lo que da origen a la disputa de los Macedonianos y los Trópicos, que consideran al Espíritu Santo una divinidad de diferente categoría (algunos lo consideran una criatura  superior a los ángeles, pero al servicio del Verbo)  que  no puede ser cosustancial al Padre y al Hijo, aún cuando adhieren a la fe nicena (que es la fe de la Iglesia).  Harán falta nuevos aportes (como el de los Padres capadocios)  que permitan precisar aún más las interrogantes surgidas.

 

            Posterior a Nicea las posturas se dividen y relativizan respecto del dogma. Por un lado tenemos a quienes , comprendiendo el sentido esencial de la declaración nicena, afirman la cosustancialidad del Verbo  respecto del Padre, pero por otro lado están  quieenes, viendo el riesgo de modalismo  en la declaración del Hijo como “Omoousios”, afirman la “semejanza”   sustancial entre las dos personas (aplican el término  “Omoiousios”  para explciar esta relación)  Por otro lado también están quienes, al no ve la relación del Espíritu Santo con la Trinidad,  lo reposicionan como criatura (los ya vistos macedonianos, pneumatómacos y Trópicos).  Asimismo  la equiparación de los conceptos  “ousía” e “hypóstasis”  junto con la ambigüedad de significación de “prósopon” (como sinónimo del latín “persona”)  producen nuevos problemas.    La convocación  a un nuevo Concilio en el año 381 (Constantinopla I)  arrojará algunas luces ante el problema:  El credo Constantinopolitano  se basa en el Niceno, peor especifica  la divinidad del Espíritu Santo.   Reafirma la  divinidad cosustancial del Hijo (gennethenta ou poiethenta omoousion too patri[8]) y, si bien no afirma cosustancialidad  del Espíritu, sí le atribuye  las cualidades divinas (“Señor y vivificante, que procede del Padre,  que juntamente con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado”[9])  Recién Constantinopla II (553 dC.) dará con una fórmula aceptada tanto por los padres latinos como por los griegos en que se salvan las diferencias idiomáticas y se obtiene una declaración acabada de la Trinidad:  “Si alguno no confiesa una sola naturaleza  o sustancia del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y una sola virtud y potestad,  Trinidad  cosustancial , una sola divinidad, adorada en tres hipóstasis o personas;  ese tal sea anatema”[10]. 

 

            Importantes en esta fórmula son la definición terminológica de fisis como sinónima de ousía (lo que permite una mejor comprensión) y de prósopo como sinónimo de hypóstasis (que toma significado de persona y no sólo de máscara, por asimilación a la traducción latina de persona).  La declaración central “Trinidad cosustancial”  cierra toda posibilidad de confusión  respecto de la divinidad absoluta de alguna de las personas de la Santísima Trinidad.

 

            El problema posterior surge de la comprensión correcta de la teología de Espíritu Santo,  ya que entre Oriente y Occidente se produce la dispouta sobre la procedencia  del Espíritu Santo.  El credo de Constantinopla I declara que el Espíritu Santo “procede del Padre”, pero en Occidente, con el tiempo, se comprende y acepta que “procede del Padre y del Hijo”.  Las luchas políticas y de poder, más las malas relaciones entre Oriente  y Occidente,  hacen que éste problema, en vez de ser solucionado, se agrave.  Oriente defiende la única fontaneidad del Padre (origen sin origen), Occidente  defiende el dato bíblico según el cual el Espíritu es “dado por el Hijo” (como se advierte en Jn. 15, 26; 16, 14 y otros)  En este período, confundiéndose con la lucha dogmática, se separa la Iglesia de Oriente de la de Occidente (Cisma de Miguel Cerulario 1054).  El Concilio II de Lyon (1274), primero, y el de Florencia (1438 – 1448) , después, buscan  una  solución de consenso declarando “El Espíritu Santo, cuanto es o tiene, lo tiene juntamente del Padre y del Hijo.  Más el Padre y el Hijo no son dos principios del Espíritu Santo, sino un solo principio” (Dz 704).  Aún así la separación persiste, ya que la adición de la expresión griega “filioque” incomoda a los orientales.  En los últimos años en este problema se ha progresado  y, para explicar el origen del que procede el Espíritu Santo de manera que se sitúe en una fe ortodoxa común, se ha declarado  “El Espíritu Santo  toma su origen de sólo el Padre de manera principal, propia e inmediata…  este origen del Espíritu Santo  a partir de sólo el Padre como principio de toda la Trinidad  es llamado ekpoeusis por la tradición griega.  La doctrina del Filioque  debe ser comprendia y presentada por la Iglesia Católica de manera tal que no pueda dar la apariencia de contradecir la monarquía del Padre”[11].

 

            Problemas modernos que han surgido han sido fruto del excesivo deseo de aplicar la única razón aún sobre el dato revelado, ignorando a aquél y dando como resultado concepciones erradas, como son el “Triteísmo” de Roscelín (1120)  y dos contestaciones que son reediciones de problemas anteriores:  el Conceptualismo (neo modalismo)  y el Realismo (neo triteísmo). Mención aparte merece Joaquín de Fiore quien, junto con denunciar el supuesto error de Pedro Lombardo (“una esencia  divina distinta de las tres personas  que constituiría una especie de cuaternidad de Dios”)  y permitir refutarlo, cae en el exceso de identificar  Historia con Trinidad, terminando de hacer que el Padre tenga una etapa histórica (el Antiguo Testamento), el Hijo otra (el Nuevo Testamento)  y el Espíritu otra (el tiempo de la Iglesia),  no dejando claro si  estamos ante un nuevo modalismo o ante una sucesión de dioses (neo triteísmo).  El concilio Laeteranense IV (1215)   contesta y rechaza ambos errores.

 

4.-  Nuevas perspectivas, nuevos aportes.   Posteriormente el dogma trinitario ha buscado ser mejor comprendido y explicado, junto con ser defendido de algunas concepciones  erradas del mundo y de la historia,  como sucede con el Vaticano I, que contesta  al Panteísmo  (“todo es Dios”) y al materialismo (“sólo existe lo material”)  que desvirtúan la imagen de Dios   sembrando la confusión.  El Concilio Vaticano II, si bien no anatematiza ni contesta ninguna  corriente adversa, se encuentra plenamente embebido por el Espíritu trinitario de la fe de la Iglesia,  al punto que este  Concilio, eminentemente pastoral, podría tener como trasfondo la afirmación “La Iglesia brota de la Trinidad”.   Otros aportes los tenemos en Barth, Rahner y von Baltasar, destacándose este último por la instauración de su conocido axioma “La trinidad económica es la trinidad inmanente y viceversa[12]”, dando inicio a un nuevo impulso del que beben Forte,  Durwell, Schoonenberg, Bourrassa y otros.

 

5.-  Conclusión.  EL breve recorrido por la historia del dogma nos permite comprender el gran esfuerzo  de diversos hombres que,  buscando hacer comprensible su fe, deben explicar aquello que creen, creando y adaptando  lenguajes extrabíblicos que les permitan  presentar ante otros, y especificar hacia sí mismo, aquello que siempre predicamos, creímos y celebramos.  Este esfuerzo de tanto años requiere ciertamente nuevas profundizaciones, pero  lo esencial de la fe trinitaria ya lo tenemos:  Dios en su misterio de comunidad de amor, es uno y trino,  Dios plenamente en apertura  hacia el hombre manifestado en sus tres personas.



[1] Otros textos son Hch.  5, 30-32;  Ef. 2, 18; Rom. 5, 5-8; 1Jn. 4, 9-14; Hb. 9, 14; Jn. 19, 30;  Lc. 1, 35; Mt.. 1, 20-21.

[2] Hay muchos otros textos que se pueden mencionar en esto:  Ef. 3, 14, 17; 5, 18.20;  2Tes. 2, 13-14;  Rom. 15, 30.

[3] Si se quiere tener alguna referencia el Gnosticismo, como corriente,  se expande con la misma ambigüedad de origen y  propuesta que el New Age en nuestros días.

[4] El texto está tomado de ZAÑARTU S.  Historia del dogma trinitario hasta San Agustín,  PUC 1998.  En www.puc.cl/facteo/apuntes/TrininAgust2.pdf.    Página 19

[5] “Una sola substancia en tres personas”

[6] “Engendrado, no hecho”

[7] “De la misma ousía del Padre”

[8] “Engendrado, no hecho,  de la misma ousía que el Padre”

[9] DS. 150 (Dz 86)

[10] DS. 421 (Dz 213)

[11] Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos,  citado en ZAÑARTU S.  Historia del dogma trinitario hasta San Agustín,  PUC 1998.  En www.puc.cl/facteo/apuntes/TrininAgust2.pdf.    Página 43.

[12] Citado por primera vez en MS II, página 278.