– ¿Escribiendo libros busca el éxito? – El “éxito” o buena acogida que tenga un modo de pensar cuando se propone, es, de hecho, un considerando que influye fuertemente en la decisión de aceptarlo, en algunos. Pero el éxito no es para mí el criterio; pues –incluso en el supuesto de que ese éxito no sea bastardo– (por ejemplo, no obedezca a simple propaganda...), en la base de tal éxito está la razón del mismo. Y esta razón será el criterio para aceptar tal modo de pensar, no el el éxito consiguiente. El éxito, para mí, no es criterio de verdad. – ¿Cuál es su criterio? – La evidencia para mí ES el criterio supremo; la verdad es un imperativo absoluto. No vale eso del discurso sobre el discurso ni el discurso sobre las apariencias ni los discursos sobre las falsas realidades del gran teatro del mundo. Por cierto, la afirmación de que “la evidencia es el criterio supremo” lo que necesita es, más que ser probada –ni indirectamente, siquiera– es ser entendida. Y lo necesita porque la palabra “evidencia” parece habitualmente una especie de jeroglífico en tantas manipulaciones del lenguaje interesadas. Un Presidente de éxito, a quienes no admiten las masacres de los abortorios ni que sus hijos sean adoctrinados en tales prácticas, responde: “que ganen las elecciones y cambien las leyes”. Ni el éxito ni la ley de la fuerza son criterios para tener la verdad. No a la ciencia sin conciencia. La verdad ética sólo es otro nombre de la verdad (la cual presento en el libro sobre el tabernáculo inviolable de la conciencia titulado Derechos y deberes de una conciencia libre, encriptitulado provisionalmente Carta a Pepito Grillo). – En su libro Conocer la verdad presenta la figura del conocimiento, ¿qué procedimiento de presentación utiliza para presentarla? – ¿Que de qué procedimiento echo mano para presentar a alguien la realidad del objeto del que trata el libro? Pues el procedimiento que sigo es hacerle reflexionar a ese alguien sobre la lengua (lenguaje) que usa. Lo explico brevemente a continuación. La eficacia del análisis del uso que se hace del lenguaje en orden a presentar la realidad y la figura del conocimiento, se basa en que, cuando se habla o se escribe, se puede sacar la propia interioridad. Es cierto que la propia interioridad, en persona, no sale nunca fuera, a la exterioridad (como sale el grano de la avellana cuando se casca, o como sale el libro desencriptado cuando se saca de la cripta). De modo que, propiamente, el objeto interno nunca se transforma en objeto externo. Pero pasa de una interioridad a otra gracias al poder significativo del lenguaje. Pasa, pues, de una interioridad a otra gracias al poder de evocarlo que tenemos a mano utilizando el lenguaje libremente. Pues bien, gracias a la función evocadora del lenguaje, mediante la cual presentamos a otros (a otra interioridad) nuestra interioridad, los otros que me oyen o me leen tienen acceso a ella recorriendo al revés la misma ruta o via lucis de clarificación. El “habla” (uso personal que se hace de una lengua), que es vehículo de evocación de la propia interioridad a otros, es la puerta por la que otros penetran en nuestra interioridad. Es clara la diferencia evocativa entre el sistema de apertura de los actores y el de Jesucristo, Palabra y Puerta in aeternum. – ¿Y si el plan sale mal? – No tengo otro plan. La fuerza de la verdad que ES Jesucristo tuvo éxito desde la cruz: la resurrección es evidentemente el punto final. – ¿Ha venido a salvar a Rambo o a salvarles de él? – Personalmente recomiendo una película muy real, La Pasión de Cristo, de Mel Gibson. – Sigamos con el libro. – Pues así es cómo mi libro puede penetrar en nuestra interioridad. Y, en su propósito de hacernos ver que el conocimiento es un hecho, y qué hecho es entre los que tengamos dentro, guiarnos y orientarnos dentro de ella, presentándonos rincones de la misma que quizás no habíamos advertido, hechos que hasta quizás habíamos negado o cuya figura no presentaba ante nosotros perfiles nítidos, como puede ocurrir con lo que llamamos “conocimiento”. – Quiero referirme ahora a una dificultad con que me encuentro pensando sobre el conocimiento que es objeto de su libro, y el que dice que hay y nos descubre en la interioridad de cada uno de nosotros. Veamos. Resulta que –como es natural– el conocimiento que es objeto de su libro parece que es “el conocimiento” en general. Ahora bien, lo que descubrimos en la interioridad de nosotros mismos como hechos de conciencia, no es precisamente el “conocimiento” en general, sino conocimientos particulares. Supongamos, por ejemplo, que al ir leyendo yo su libro, me paro un rato y comienzo a hablar de la ley del aborto; y después de haber hablado yo detalladamente de la ley del aborto, me obligue a mí mismo a reconocer que conozco la ley del aborto. O, con otro ejemplo, que habiendo oído hablar a otro sobre la educación para la ciudadanía, me obligue a mí mismo a reconocer que conozco tal adoctrinamiento. Y ocurre que su libro parece ser que no trata de ese conocimiento tal de la ley del aborto, ni de ese otro que es el conocimiento o adoctrinamiento de la educación para la ciudadanía; sino que su objeto es “el conocimiento”. Parece, pues, que, por el procedimiento indicado, con su libro no alcanzaría a presentar propiamente su objeto, sino, simplemente muestras o casos particulares del mismo. – Respondo: Hay que tener en cuenta los dos momentos por los que pasará mi tarea de la presentación del conocimiento. 1*. El de la presentación del conocimiento como un hecho real a nuestro interior. En este punto, lo que presenta el libro, son, ciertamente, muestras o casos particulares; aunque le es indiferente qué casos particulares son los que descubre en nosotros mismos. Cada uno tenemos nuestro equipo de conocimientos, pero lo interesante en mi libro es hacernos reconocer que, los que tenemos, que son hechos que hay en nuestro interior. 2*. El de la configuración exacta del conocimiento a partir de esos hechos reconocidos. En este punto o momento de mi tarea, mi libro nos guía u orienta para que nosotros mismos nos configuremos la imagen general de “el conocimiento” teniendo como punto de referencia los hechos que hemos reconocido como muestras del mismo. Así es cómo se logra, al final, presentarnos su objeto: el conocimiento. – ¿Todo conocimiento entra por los sentidos? – De momento digo que sí. Al final también diré que sí. – ¿Eso del objeto tiene que ver con la objeción? – No. La objeción de conciencia es el derecho de una persona libre a no colaborar con lo que considera un mal. Ciencia sin conciencia no. Aquí intento tratar del objeto del conocimiento.
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