Son muchas y profundas las razones que hacen aconsejable y deseable un proyecto de estas características.
A/ Nos vamos haciendo mayores, y somos conscientes de que tarde o temprano vamos a sufrir varios o todos los inconvenientes que acompañan al envejecimiento.
Ö Unos períodos de dependencia parcial –accidente doméstico, operación, pequeña enfermedad, etc. – que, progresivamente, serán más prolongados y profundos.
Ö El incremento de la soledad social y/o emocional que acompaña a una buena parte de la población de edad avanzada.
Ö Una soledad derivada de la pérdida de las personas más cercanas, del debilitamiento de los lazos sociales que entraña la jubilación; las crecientes dificultades materiales para alentar y mantener aficiones, tareas o proyectos comunes con quienes hasta estos momentos han constituido el entorno social de cada cual; o las dificultades físicas y anímicas para alimentar esas relaciones (desplazamientos, diferentes entornos, necesidades afectivas o condiciones materiales y económicas).
B/ La degradación paulatina de la atención institucional
o Una atención institucional, ya de por sí escasa e insuficiente, y que se dirige consciente y planificadamente hacia la atención domiciliaria.
o Una atención actual, que prima lo asistencial por encima de la convivencia, la comunicación y el envejecimiento activo y compartido.
o Que en definitiva, amén de agrupar a gente con dependencias severas, desconocidas entre sí, no resuelve la soledad –por muy rodeados que se esté de personas en similar situación-, ni faculta, ni facilita la vida activa y el tomar las decisiones y responsabilidades en nuestras propias manos.
C/ En tercer lugar, y quizás lo más importante, porque queremos planificar el mejor modo de tener esa vida activa, compartida en todo aquello que deseemos y con quienes deseemos, sin obligarnos más allá de nuestra voluntad.