Héctor Correa
I
Amanece dorado el infinito trino
detiene la sombra su oscuro andar
es el múltiple grito, la inconmovible esencia,
que irrumpe en la noche, el vacío, la soledad.
Son tus ojos, tu llanto,
que detienen el tiempo,
del sereno lago y el cerro tenaz,
son tus gráciles manos, tu piel y tu rostro,
que pregonan…
el firmamento y el mar.
Cómo quisiera acariciarte mi estrella,
sentir tu latido, tu suave titilar,
observar tu vibrar, tu dulce palpitar,
aguzar en tu oído el murmullo sensual.
Mi ojo parpadeó un instante,
el rayo atravesó el cristalino ópalo,
y el canto se inscrustó en tus labios,
llamándote… me hizo morir…
aún más.
II
CANCIÓN SERRANA
A Diana
Quieta sombra esparce el verde aromo,
el amarillo trino inquieta la sensible rama,
lenta la nube acaricia la quebrada roca,
y el junco inclina su acuosa vara.
Pensando en eso ¡ah! Cálida y humana,
Amé tu cuerpo en la inmensidad que emana
de la persistente cumbre
de la tenue ladera
de la tenaz vertiente
y la canción arcana.
III
Cúmulo zumbido arrastra el verde aromo,
Verde pradera, antigua roca,
Terso trino de agrestes aleteos
Inundan el entorno…
Y me gusta el dual arroyo,
Y el pedregoso sendero,
La vasta ladera y la ancestral copla añosa.
Brilla la lágrima no de tristeza
Cuando el rayo amarillo se incrusta
En el amoroso tronco…
Creo pensar que el persistente sollozo
Piensa en vos mientras fecunda el manto
Y el pájaro su canto.
Quiebra la hondonada el celeste sobre lo escabroso,
Emerge la piedra su filoso tiempo,
De olvidados espíritus,
De recónditos lugares,
Por donde pasa el quejumbroso arroyo.
Creo recordar mirando el umbroso cerro,
La aplomada cuadrícula,
Y la bruñida tijereta,
Que la falla irrumpe
Por sobre la inmemorial colina,
Mientras sostenidos coros de inasibles vientos
Inclinan tenebrosas corrientes
De indescifrables pensamientos.
Todo es tiempo, arcaica espera,
La suave cumbre, el cristalino surco,
La tumultuosa canción del aleteo continuo,
Por sobre el pétreo submundo
De la madre tierra.
Y el perenne mensaje
De rojos y rosados bloques,
Contienen el vital ensamble…
Del paisaje,
El hombre y el ancestro.
IV
DEL OTRO LADO DEL VIENTO
Del otro lado del viento
la tierra exhala un perfume
de hondas raíces de tiempo
y parvas almas infaustas
Del otro lado del viento
existen otras tierras y otras almas,
dicen algunos viajeros
con ojos de cielo y pampa
Del otro lado del viento
el mar se torna un espejo
la aurora se funde en la estrella
y la nube gira cristalina
Dicen otros que
Del otro lado del viento
hay un silencioso e inmemorial combate:
la garra filosa, el amarillo pico,
la gris pezuña y el blanco plumaje
Del otro lado del viento
hablan otros
de una antigua roca,
una vertiente cantora,
y un añoso eucalipto
Pero otros,
Del otro lado del viento
no mencionan la huella,
de leve contorno
de esas almas infaustas
Son
Del otro lado del viento
ligeros esbozos, sutiles recintos,
frágiles perfiles…
de humanas intenciones y
desdichados destinos.
V
Por qué negar el cristalino canto,
el azulino trino y el ondular del viento,
por qué negar los acerados encuentros
de la ancestral marea y los recodos yertos.
Por qué negar de la cantora ave su esbelto
vuelo y su altivo porte, su curvo pico y plumaje presto
para el raudo asalto
del horizonte…
que un día fue nuestro.
Por qué negar la serrana sombra
que con suave brillo inclinó el espacio,
acarició el topacio…
y cobijó tu encanto.
Por qué negar el bramador arroyo,
la grácil silueta y arrolladora cumbre,
que rige y convoca… tu tibia lumbre.
Por qué negar la rapidez del río,
el torrentoso cauce, la flecha que un día
cruzó con salitral encanto tu vida, mi vida…
un canto.
Por qué negar de la rosada ave, el ulular del ala
sobre la gigante ola,
o la tumultuosa nube de nuestro lago,
que fue nuestro si… y lo perdí inclemente,
como un siniestro cuento de un demente.
Por qué negar, entonces, por qué negar,
si todo existe y esta ahí,
como la sensitiva ave y la sensible serranía,
el conmovible río y la verdosa pradera.
Por qué negar, mujer, si
te pierdo y te perdí…
todo a nuestro alrededor se difumó…
y nada de lo nuestro al fin quedó.
VI
a los González, carrusel
¿Oyes? -le preguntó el abuelo a Leandro-,
el rechinar del engrasado buje,
y el bruñido empalme que gira
en la iluminada tarde,
que colorea las sólidas fauces y
los centelleantes ojos
sobre tornasolados hocicos…
¿Sientes? el equino movimiento
de la rígida crin, y el enhiesto
semblante del burlado cerdo,
que atraviesa el suave subir y bajar
sobre el bruñido empalme que gira, gira,
y aún hoy gira sin cesar…
VII
NUESTROS LUGARES
Azul, verde, me dijo
la tierra se abre y ríe, también dijo
un surco dejó, un surco de plata, y dijo
que el llamado dejó el espacio
y cruzó, rosa, negro, rojo, mis hijos
Curvó sobre el ala un tenso grito,
era el humedal llamando en el gris silencio,
un sardónico y único mensaje
invadió, repentino, el inquietante instante,
saltó, se mostró impactante,
y aquietó, de repente, el manso estanque.
Una flecha negra se abalanzó sobre el celeste,
aguda se impulsó y pronto estuvo
sobre la calma superficie sostuvo
una pluma de tierno y dulce manto
De pronto sonó un zancudo chasquido
de largas y salitrales voces,
largo tentáculo, desmesurado pico,
escondióse en la emplumada y densa rosa,
era la diosa de la innombrable sal
y el encuentro de la espesura, y la fosa
Un inconstante rayo filtró el denso encanto
donde se une y se funde el calmo canto,
de la silenciosa bruma y del agrisado sol,
que se oculta, que se inquieta
y que me hizo amarte tanto
Oye, volvió y me dijo,
de nuevo ahí está el mar,
las olas, y la espuma,
el caracol y la gaviota
que se lanza pronta,
no la pierdas, es tuya, no la pierdas,
y voló hasta el infinito...
VIII
Observa el pájaro estrecho
sobre el acero hacia el verde,
vuela, gira…
mientras la sombra del cerro
tenue sombra todavía
se inclina hacia el naciente
y va muriendo ensombrecida.
Y vuelve a mirar, tensa, incólume,
la ondulada colina.
Otea voladora, corva curva
(y la oscuridad sigue invadiendo),
el gris se mezcla de negro
en una delicada pluma,
de fino brillo y grácil vuelo,
sobre la cresta olvidada.
Mira el cauteloso entorno,
sabe de arcaicas historias,
su giro, pertinaz y esbelto
busca raíces…
el sagaz encuentro.
Sabe de pedregosos acoples,
de roturas más allá del tiempo,
su pico ha escarbado roca, tierra,
temblores, quebrantamientos.
Posa el ojo exacto,
volátil flecha y arco,
acaricia el núcleo inmemorial,
ocasos y nacimientos.
Pretérito es su escrutar,
tenaz su vuelo eventual,
si pudiera acaso hurgar,
descubriría lo eterno.
IX
SOLEDAD
Triste ha sido este último encuentro,
las hojas temblaron al escuchar nuestros pasos,
el postrero trino calló ensombrecido,
el tiempo aciago dominó sin hablar.
Nadie sintió caer el lamento
ni el árbol, ni el cemento,
ni la tenue sombra,
ni el pálido firmamento.
Un cristalino silencio de vagas miradas
invadió la fría calma, y
brotó de nuestro aliento
un tenue estremecimiento de breve sombra todavía.
Todo fue vano pensamos
todo fue triste coreamos,
tus ojos, apenados, mis brazos
atribulados…
con ellos cerqué tu sombra,
quise encerrar tus lamentos,
con furia apreté mis dientes…
mientras la tarde de otoño,
criaba espejos, fantasmas, y
agrietaba tu rostro.
Las hojas siguieron cayendo,
el ocre invadió la meseta,
ibas perdiendo tu gesto
de mujer con dueño y amo.
El gris penetró el entorno,
todo iba terminando,
nadie creyó aquel día
ni en tu voz, ni en tus ojos
ni en tu encanto.
X
Suave se inclina el destello
sobre el mar que grita y gime
corre azorada la sombra,
tu sombra ya inasible.
Te busco en el frágil otoño,
luminosas nervaduras cubren el manto
de débiles amarillos e inestables opacos,
no los he visto, no los he conocido y
surgen ignotos,
y se rompen en mil invisibles surcos
de incógnitos e inexplorados senderos
ya recorridos, ya transitados, ya surcados.
He querido romper
he querido quebrar
he querido quebrantar
la sólida roca
de tu transitada vida.
Me gustan tus sueños
quiero que sigan rompiendo
la sal de las brisas y el compacto médano.
El viento, dejará su frío andar
de marino azul y gélido sonido
para tornarse tibio rojizo de
invisibles pájaros sonoros y
rosado plumaje.
Oscura piel de soles recorrida,
tibia mirada y cálidas palabras,
vacilante andar de huesos derrochados,
fe y esperanza, me dijo su voz entrecortada.
XI
Un arco iris surcó el espacio
y la acerada cresta le arrebató.
De la infinita línea el celeste encanto,
de la garbosa gaviota la ensoñación.
Blanco y negro, simple vuelo,
detiene el tiempo, mata lo secular,
su grito rompe fronteras
rompe bronces
rompe aceros
rompe madera
rompe también el sedal.
De pronto quiebran la nube,
grises flechas cortan el vendaval,
el triste y altivo eucalipto gime, llora,
agacha su porte fantasmal,
cae vencido, se levanta, tiembla, se estremece,
inclina su infausta imagen, no doblega su espectral faz.
A lo lejos, allá a lo lejos,
un agrisado hilo cruza el temporal,
fractura la débil mancha
del rosáceo horizontal.
El pico llama a la aurora
la aurora navega sensual,
la pluma gira voluptuosa y
melancólica cae al mar.
Navega ciudad fraguada de
arena, sal y tamariscal,
los vientos te han estregado,
el sur te ha dado
el color de lo inmemorial.
Ya no eres, nunca fuiste,
creo que nunca serás.