Actividad reciente del sitio

LSD.Como Descubri El Acido, Y Que Paso Despues.

 

LSD

Cómo descubrí el ácido y qué

pasó después en el mundo

Albert Hofmann


Título original:

LSD – Mein Sorgenkind

Ernst Klett, Stuttgart, 1979

 


PRÓLOGO

Hay experiencias sobre las que la mayoría de las

personas no se atreve a hablar, porque no caben en

la realidad cotidiana y se sustraen a una explicación

racional. No nos estamos refiriendo a acontecimientos

especiales del mundo exterior, sino a procesos de

nuestro interior, que en general se menosprecian

como meras ilusiones y se desplazan de la memoria.

La imagen familiar del entorno sufre una súbita transformación

extraña, feliz o aterradora, aparece bajo

una luz diferente, adquiere un significado especial.

Una experiencia de esa índole puede rozarnos apenas,

como una brisa, o grabársenos profundamente.

De mi niñez conservo en la memoria con especial

vivacidad uno de estos encantamientos. Era una mañana

de mayo. Ya no recuerdo el año, pero aún puedo

indicar exactamente en qué sitio del camino del

bosque del monte Martin al norte de Baden (Suiza)

se produjo. Paseaba yo por el bosque reverdecido, y

el sol de la mañana se filtraba por entre las copas

de los árboles. Los pájaros llenaban el aire con sus

cantos. De pronto, todo se apareció en una luz desacostumbradamente

clara. ¿Era que jamás había mirado

bien, y estaba viendo sólo ahora el bosque pri-

maveral tal como era en realidad? El paisaje resplandecía

con una belleza que llegaba al alma de un

modo muy particular, elocuente, como si quisiera incluirme

en su hermosura. Atravesome una indescriptible

sensación de felicidad, pertenencia y dichosa

seguridad.

No sé cuánto tiempo duró el hechizo, pero recuerdo

los pensamientos que me ocuparon cuando el

estado de transfiguración fue cediendo lentamente y

continué caminando. ¿Por qué no se prolongaba el

instante de dicha, si había revelado una realidad convincente

a través de una experiencia inmediata y profunda?

Mi alegría desbordante me impulsaba a comunicarle

a alguien mi experiencia, pero ¿cómo podría

hacerlo, si sentí de inmediato que no hallaba palabras

para lo que había observado? Me parecía raro

que, siendo un niño, hubiera visto algo tan maravilloso

que los mayores evidentemente no percibían,

pues jamás se lo había oído mencionar.

En mi niñez tuve posteriormente algunas más de

tales experiencias felices durante mis caminatas por

bosques y praderas. Ellas fueron las que determinaron

mi concepto del mundo en sus rasgos fundamentales,

al darme la certeza de que existe una realidad

oculta a la mirada cotidiana, insondable y llena de

vida. En aquel tiempo me preguntaba a menudo si

tal vez más adelante, cuando fuera un adulto, sería

capaz de transmitirles estas experiencias a otras personas,

y si podría representar lo observado como poeta

o como pintor. Pero no sentía vocación por la

poesía o la pintura, y por tanto me parecía que acabaría

guardando aquellas experiencias que tanto habían

significado para mí.

De modo inesperado, pero seguramente no casual,

sólo en la mitad de mi vida se dio una conexión entre

mi actividad profesional y la observación visionaria

de mi niñez.

Quería obtener una comprensión de la estructura

y la naturaleza de la materia; por eso estudié química.

Dado que ya desde mi niñez me había sentido

estrechamente vinculado al mundo de las plantas, elegí

como campo de actividad la investigación de las

sustancias contenidas en las plantas medicinales. Allí

me encontré con sustancias psicoactivas, generadoras

de alucinaciones, y que en determinadas condiciones

pueden provocar estados visionarios parecidos a las

experiencias espontáneas antes descritas. La más importante

de estas sustancias alucinógenas se ha hecho

famosa con el nombre de LSD. Algunos alucinógenos

ingresaron, como sustancias activas de interés científico,

a la investigación médica, la biología y la psiquiatría,

y alcanzaron también una amplia difusión

en la escena de las drogas, sobre todo el LSD.

Al estudiar la bibliografía conectada con estos

trabajos, llegué a conocer la gran importancia general

de la contemplación visionaria. Ocupa un lugar

importante, no sólo en la historia de las religiones y

en la mística, sino también en el proceso creador del

arte, la literatura y la ciencia. Investigaciones recientes

han demostrado que muchas personas suelen tener

experiencias visionarias en la vida cotidiana, pero que

generalmente no reconocen su sentido ni su valor.

Experiencias místicas como las que tuve en mi infancia

no parecen ser nada extrañas.

El conocimiento visionario de una realidad más

profunda y abarcadora que la que corresponde a

nuestra conciencia racional cotidiana hoy día se persigue

por diversas vías, y no sólo por parte de adherentes

a corrientes religiosas orientales, sino también

por representantes de la psiquiatría tradicional, que

incluyen este tipo de experiencia totalizadora como

elemento curativo fundamental en su terapia.

Comparto la opinión de muchos contemporáneos

de que la crisis espiritual en todos los ámbitos de

vida de nuestro mundo industrial occidental sólo podrá

superarse si sustituimos el concepto materialista

en el que están divorciados el hombre y su medio,

por la conciencia de una realidad totalizadora que incluya

también el yo que la percibe, y en la que el

hombre reconozca que él, la naturaleza viva y toda la

creación forman una unidad.

Por consiguiente, todos los medios y vías que puedan

contribuir a una modificación tan fundamental

de la experiencia de la realidad merecen una consideración

seria. A estas vías pertenecen, en primer lugar,

los diversos métodos de la meditación en el marco

religioso o secular cuyo objetivo sea inducir una experiencia

mística totalizadora y generar así una conciencia

profundizada de la realidad. Otro camino importante,

aunque todavía discutido, es la utilización

de los psicofármacos alucinógenos que modifican la

conciencia. El LSD, por ejemplo, puede servir de recurso

psicoanalítico y psicoterapéutico para que el

paciente adquiera conciencia de sus problemas en su

verdadera significación.

A diferencia de las experiencias visionarias espontáneas,

el provocar planificadamente experiencias

místicas totalizadoras, sobre todo mediante LSD y

otros alucinógenos derivados, conlleva peligros que no

debemos subestimar, si no se tiene en cuenta el efecto

específico que producen estas sustancias que pueden

influir en la esencia más íntima del ser humano.

La historia del LSD hasta nuestros días muestra de

sobra qué consecuencias catastróficas puede tener su

uso cuando se menosprecia sus efectos profundos y

se confunde esta sustancia activa con un estimulante.

Es necesaria una preparación especial, interior y exterior,

para que un ensayo con LSD se convierta en

una experiencia razonable. La aplicación equivocada

y abusiva han convertido para mí, el LSD en el hijo

de mis desvelos.

En este libro quiero dar un cuadro detallado del

LSD, de su origen, sus efectos y posibilidades de aplicación,

y alertar sobre los peligros que entraña un

empleo que no tome en cuenta los efectos tan singulares

de esta sustancia. Creo que si se lograra aprovechar

mejor, en la práctica médica y en conexión

con la meditación, la capacidad del LSD para provocar,

en condiciones adecuadas, experiencias visionarias,

podría transformarse de niño terrible en niño

prodigio.

1

Cómo nació el LSD

Dans les champs de l’observation le hasard

ne favorise que les esprits préparés

.* LOUIS PASTEUR

 

Una y otra vez se dice y escribe que el descubrimiento

del LSD fue casual. Ello es cierto sólo en parte,

pues se lo elaboró en el marco de una investigación

planificada, y tan sólo más tarde intervino el

azar: cuando el LSD ya tenía cinco años experimenté

sus efectos en carne propia... mejor dicho, en espíritu

propio.

Si recorro en el pensamiento mi trayectoria profesional,

para averiguar todas las decisiones y todos los

acontecimientos que dirigieron finalmente mi actividad

a ese terreno de investigación en el que sinteticé

el LSD, ello me lleva hasta la elección del lugar de

trabajo al concluir mis estudios de química: si en

algún momento hubiera tomado otra decisión, muy

probablemente jamás se habría creado esa sustancia

* (En los campos de observación el azar no favorece más que a

las mentes preparadas.)

activa que con el nombre de LSD adquirió fama universal.

Al narrar la historia del nacimiento del LSD,

debo hacer, por tanto, una breve referencia a mi

carrera de químico, a la que se halla indisolublemente

ligada.

Tras la conclusión de mis estudios de química en

la universidad de Zurich, ingresé en la primavera de

1929 en el laboratorio de investigación químico–farmacéutica

de la empresa Sandoz de Basilea, como

colaborador del profesor Dr. Arthur Stoll, fundador

y director de la sección farmacéutica. Elegí este puesto

de trabajo porque aquí se me ofrecía la oportunidad

de ocuparme en sustancias naturales. Por eso

también deseché las ofertas de otras dos empresas de

la industria química de Basilea que se dedicaban a la

síntesis química.

Primeros trabajos químicos

Mi preferencia por la química de los reinos animal

y vegetal había ya determinado el tema de mi tesis

doctoral, dirigida por el profesor Paul Karrer. Mediante

el jugo gástrico del caracol común había logrado

por vez primera la descomposición enzimática

de la quitina, la materia esquelética que forma la

caparazón, las alas y pinzas de los insectos, los cangrejos

y otros animales inferiores. A partir del producto

de escisión obtenido en la desintegración, un

azúcar nitrogenado, podía deducirse la estructura química

de la quitina, que es análoga a la de la celulosa,

la materia esquelética vegetal. Este importante resultado

de la investigación, que duró sólo tres meses,

condujo a una tesis doctoral calificada con «sobresaliente

».

Cuando ingresé en la empresa Sandoz, la plantilla

de la sección químico–farmacéutica era aún muy mo-

desta. Había cuatro licenciados en química en la

sección investigación y tres en la producción.

En el laboratorio de Stoll encontré una actividad

que, como químico investigador, me satisfacía mucho.

El profesor Stoll se había planteado el objetivo

de aislar, con métodos cuidadosos, los principios activos

indemnes de plantas medicinales probadas, y de

presentarlos en forma pura. Ello es especialmente

conveniente en el caso de plantas medicinales cuyas

sustancias activas se descomponen fácilmente y cuyo

contenido de sustancias activas está sometido a grandes

fluctuaciones, lo cual se contradice con una dosificación

exacta. Si en cambio se tiene la sustancia

activa en forma pura, está dada la condición para la

producción de un preparado farmacéutico estable y

exactamente dosificable con la balanza. A partir de

tales consideraciones, Stoll había iniciado el análisis

de drogas vegetales bien conocidas y valiosas como el

digital (

Digitalis .), la escila (Scilla maritima.) y el cornezuelo

de centeno (

Secale cornutum.), pero hasta entonces

sólo habían encontrado una aplicación restringida

en la medicina, debido a su fácil descomposición

y a su dosificación insegura.

Los primeros años de mi actividad en el laboratorio

Sandoz estuvieron dedicados casi exclusivamente

a la investigación de las sustancias activas de la escila.

Quien me introdujo en este campo fue el Dr. Walter

Kreis, uno de los primeros colaboradores del profesor

Stoll. Existían ya en forma pura los componentes

activos más importantes de la escila. El Dr. Kreis,

con una extraordinaria pericia experimental, había

llevado a cabo el aislamiento, así como la representación

pura, de las sustancias contenidas en la

digitalis lanata.

Las sustancias activas de la escila pertenecen al

grupo de los glicósidos (sustancias sacaríferas) cardioactivas,

y sirven, igual que las del digital, para el

tratamiento del debilitamiento del miocardio. Los glicósidos

cardíacos son sustancias altamente activas.

Sus dosis terapéutica (curativa) y tóxica (venenosa)

están tan próximas, que es muy importante una dosificación

exacta con la ayuda de las sustancias puras.

Al comienzo de mis investigaciones, Sandoz había

introducido en la terapia un preparado farmacéutico

que contenía glicósidos de la escila, pero la estructura

química de estas sustancias activas era aún totalmente

desconocida a excepción de la parte del azúcar.

Mi principal contribución en la investigación de

la escila, en la que participé con gran entusiasmo,

consistía en el esclarecimiento de la estructura química

de la sustancia fundamental de los glicósidos

de la escila, de lo cual surgió, por una parte, la diferencia

respecto de los glicósidos del digital, y, por

otra, el parentesco estructural estrecho con las sustancias

tóxicas de las glándulas cutáneas de los sapos.

Estos trabajos concluyeron, por el momento, en 1935.

A la búsqueda de un nuevo campo de actividades

pedí al Dr. Stoll autorización para retomar las investigaciones

sobre los alcaloides del cornezuelo de centeno,

que él había iniciado en 1917 y que ya en 1918

habían llevado a aislar la ergotamina. La ergotamina,

descubierta por Stoll, fue el primer alcaloide obtenido

en forma químicamente pura a partir del cornezuelo

de centeno. Pese a que la ergotamina ocupó muy pronto

un sitio destacado entre los medicamentos, con su

aplicación hemostática en los partos y como medicamento

contra la migraña, la investigación química del

cornezuelo de centeno se había detenido, en los laboratorios

Sandoz, después de la obtención de la ergotamina

pura y de su fórmula química aditiva. Pero

en el interín, durante la década del treinta, unos laboratorios

ingleses y americanos habían comenzado a

determinar la estructura química de alcaloides del

cornezuelo de centeno. Se había descubierto allí ade-

más un nuevo alcaloide soluble en agua, que podía

aislarse también de la lejía madre de la fabricación

de ergotamina. Por eso juzgué que había llegado el

momento de retomar el procesamiento químico de los

alcaloides del cornezuelo de centeno, si Sandoz no

quería correr el peligro de perder su puesto destacado

en el sector de los medicamentos, que ya entonces

era muy importante.

El profesor Stoll estuvo de acuerdo con mi pedido,

pero observó: «Le prevengo contra las dificultades

con que se encontrará al trabajar con alcaloides

del cornezuelo de centeno. Se trata de sustancias sumamente

delicadas, de fácil descomposición y, en

cuanto a estabilidad se refiere, muy distintas de los

que usted ha trabajado en el terreno del glicósido

cardíaco. Pero si así lo desea, inténtelo».

Así quedó sellado el sino y tema principal de toda

mi carrera profesional. Aún hoy recuerdo exactamente

la sensación que me invadió, una sensación de esperanza

y confianza en la suerte del creador en mis planeadas

investigaciones de los alcaloides del cornezuelo

de centeno, hasta entonces poco explorados.

El cornezuelo de centeno

Aquí vienen a cuento unos datos retrospectivos

sobre esta seta.

1 El cornezuelo es producido por una

seta inferior (

Claviceps purpurea.), que prolifera sobre

todo en el centeno, pero también en otros cereales y

en gramíneas silvestres. Los granos atacados por esta

1. Quien esté interesado en el cornezuelo de centeno puede

consultar la monografía de G. Barger,

Ergot and Ergotism (Gurney

and Jackson, London, 1931), y la de A. Hofmann,

Los alcaloides del

cornezuelo de centeno

(F. Enke, Stuttgart, 1964). En el primero de

estos libros la historia de esta droga halla su descripción clásica;

en el segundo, el aspecto químico ocupa el primer plano.

seta evolucionan transformándose en conos entre marrón

claro y marrón–violeta, combados (esclerótidos),

que se abren paso en las espeltas en vez de un grano

normal. Desde el punto de vista botánico, el cornezuelo

de centeno es un micelio duradero, la forma de

invernada de la seta. Oficialmente, es decir, para fines

curativos, se emplea el citado cornezuelo del centeno

(

Secale cornutum.).

Su historia es una de las más fascinantes del mundo

de las drogas. En el transcurso del tiempo, su

papel e importancia han ido invirtiéndose: temido

al comienzo como portador de veneno, se transformó,

con el correr del tiempo, en un rico filón de valiosos

medicamentos.

El cornezuelo ingresa en la historia en la Alta Edad

Media, como causa de envenenamientos masivos que

se presentan a modo de epidemia y durante los cuales

mueren cada vez miles de personas. El mal, cuya

conexión con el cornezuelo no se descubrió durante

mucho tiempo, aparecía bajo dos formas características:

como peste gangrenosa (

ergotismus gangraenosus.)

y como peste convulsiva (

ergotismus convulsivus.).

A la forma gangrenosa del ergotismo se referían

denominaciones de la enfermedad del tipo de

mal des ardents, ignis sacer, fuego sacro. El santo patrono

de los enfermos de estos males era San Antonio, y

fue la orden de los antonianos, sobre todo, la que se

ocupó de cuidarlos. En la mayoría de los países europeos

y también en determinadas zonas de Rusia se

consigna la aparición epidémica de envenenamientos

por el cornezuelo hasta nuestra época. Con el mejoramiento

de la agricultura, y después de haberse comprobado

en el siglo XVII que la causa del ergotismo

era el pan que contenía cornezuelo, fueron disminuyendo

cada vez más la frecuencia y el alcance de las

epidemias. La última gran epidemia afectó en los

años 1926/27 a determinadas regiones del sur de

Rusia.

2

La primera mención de una aplicación medicinal

del cornezuelo —como ocitócico— se encuentra en el

herbario del médico municipal de Francfort Adam

Lonitzer (Lonicerus) del año 1582. Pese a que las comadronas,

según se desprende del herbario, habían

usado desde siempre el cornezuelo como ocitócico,

esta droga sólo ingresó en la medicina oficial en 1908,

merced a un trabajo de John Stearns, un médico americano,

llamado «Account of the

pulvis parturiens, a

Remedy for Quickenning Child–birth».

* Sin embargo,

la aplicación del cornezuelo como ocitócico no satisfizo

las expectativas. Ya muy temprano se reconoció

el gran peligro para el niño, debido sobre todo a la

dosificación poco segura y demasiado alta, lo cual

llevaba a espasmos del útero. Desde entonces, la aplicación

del cornezuelo en obstetricia se limitó a la

cohibición de las hemorragias posteriores al parto.

Después de la inclusión del cornezuelo en diversos

libros de medicamentos en la primera mitad del siglo

XIX comenzaron también los primeros trabajos

químicos para aislar las sustancias activas de esta

droga. Los numerosos científicos que se ocuparon de

este problema durante los primeros cien años de su

investigación no lograron identificar los verdaderos

vehículos de la acción terapéutica. Sólo los ingleses

G. Barger y F. H. Carr aislaron en 1907 un preparado de

alcaloides eficaz pero no uniforme, según pude demostrar

35 años después. Lo llamaron ergotoxina, por-

2. La intoxicación masiva en la ciudad francesa meridional de

Pont–St. Esprit en el año 1961, que en muchas publicaciones se

atribuyó a pan que contenía cornezuelo de centeno, no tenía, sin

embargo, nada que ver con ergotismo. Se trataba más bien de una

intoxicación provocada por un compuesto orgánico de mercurio,

empleado para la desinfección de cereales de simiente.

* Informe sobre la vulva de las parturientas, un remedio para

acelerar los nacimientos.

que presentaba más los efectos tóxicos que los terapéuticos

del cornezuelo. De todos modos, el farmacólogo

H. H. Dale descubrió ya en la ergotoxina que, al

lado del efecto contractor del útero, ejercía una acción

importante para la aplicación terapéutica de ciertos

alcaloides del cornezuelo, antagónica a la adrenalina,

sobre el sistema neurovegetativo. Sólo con el ya citado

aislamiento de la ergotamina por A. Stoll, un

alcaloide del cornezuelo ingresó en la medicina y halló

amplia aplicación.

A comienzos de la década del treinta se inició una

nueva fase en la investigación del cornezuelo, cuando,

según lo mencionado, laboratorios ingleses y americanos

empezaron a averiguar la estructura química

de alcaloides del cornezuelo. A través de la disociación

química, W. A. Jacobs y L. C. Craig, del Rockefeller

Institute de Nueva York, lograron aislar y caracterizar

el componente fundamental común a todos

los alcaloides del cornezuelo. Lo llamaron

ácido lisérgico.

Más tarde marcó un progreso importante, en

sentido tanto químico cuanto médico, el aislamiento

del principio hemostático del cornezuelo que actúa

específicamente sobre el útero. La publicaron simultáneamente

cuatro institutos independientes entre sí,

entre ellos el Laboratorio Sandoz. Se trataba de un

alcaloide con una estructura relativamente simple, al

que A. Stoll y E. Burckhardt denominaron ergobasina

(sinónimos: ergometrina, ergonovina). En la desintegración

química de la ergobasina, W. A. Jacobs

y L. C. Craig obtuvieron como productos de desdoblamiento

ácido lisérgico y el aminoalcohol propanolamina.

La primera tarea que me planteé en mi nuevo

campo de actividades fue ligar químicamente las dos

componentes de la ergobasina, es decir, el ácido lisérgico

y la propanolamina, para obtener el alcaloide

por vía sintética (

cf. esquema última página).

El ácido lisérgico necesario para estos ensayos

debía obtenerse a partir de la ecisión de algún otro

alcaloide del cornezuelo. Dado que el único alcaloide

puro disponible era la ergotamina, la cual era ya producida

por kilogramos en la sección farmacéutica, quise

emplearlo como sustancia de partida para mis ensayos.

Cuando le pedí al Dr. Stoll que firmara mi pedido

interno de 0,5 gramos de ergotamina de la producción

de cornezuelo, se apersonó en el laboratorio.

Muy irritado me reprendió: «Si quiere trabajar con

alcaloides del cornezuelo, tiene que familiarizarse con

los métodos de la microquímica. No es posible que

gaste una cantidad tan grande de mi preciosa ergotamina

para sus ensayos». (Microquímica = investigación

química en cantidades mínimas de sustancia.)

En la sección de producción de cornezuelo, además

del cornezuelo de procedencia suiza, del que se obtenía

la ergotamina, también se extraía cornezuelo portugués,

del que se desprendía un preparado de alcaloide

amorfo que equivalía a la ya citada ergotoxina,

producida por vez primera por Barger y Carr. Este

material inicial poco valioso fue el que empleé entonces

para la obtención de ácido lisérgico. Por cierto,

este alcaloide adquirido de la fabricación debía someterse

a nuevos procesos de purificación, antes de que

fuera apto para su desdoblamiento en ácido lisérgico.

En estos procesos de purificación realicé algunas observaciones

que insinuaban que la ergotoxina podría

no ser un alcaloide uniforme, sino una mezcla de

varios alcaloides. Más adelante volveré a hablar de

las consecuencias trascendentales de estas observaciones.

Me parece conveniente hacer aquí unos comentarios

sobre las circunstancias y los métodos de trabajo

de entonces. Tal vez sean interesantes para la actual

generación de químicos investigadores en la industria,

que están acostumbrados a otras condiciones.

Se era muy ahorrativo. Los laboratorios individuales

se consideraban un lujo no defendible. Durante

los seis primeros años de mi actividad en Sandoz

compartí el laboratorio con dos colegas. Los tres académicos,

con un asistente cada uno, trabajando en

la misma sala en tres campos diferentes: el Dr. Kreis

en glicósidos cardíacos, el Dr. Wiedeman, quien había

ingresado en Sandoz poco después que yo, en la clorofila,

el pigmento de las hojas, y yo, finalmente, en

alcaloides del cornezuelo. El laboratorio tenía dos

«capillas» (recintos con extractores), cuya ventilación

mediante llamas de gas era muy poco eficaz. Cuando

manifestamos el deseo de sustituirlas por ventiladores,

el jefe lo rechazó argumentando que en el laboratorio

de Willstätter este tipo de ventilación había

sido suficiente.

En Berlín y Munich el profesor Stoll había sido

asistente del profesor Willstätter, un químico de fama

mundial galardonado con el Premio Nobel, durante

los últimos años de la Primera Guerra Mundial. Con

él había llevado a cabo las investigaciones fundamentales

sobre la clorofila y la asimilación del ácido

carbónico. Apenas había discusión científica en la que

Stoll no citara a su venerado Willstätter y su actividad

en el laboratorio de éste.

Los métodos de trabajo de los que disponían los

químicos en el terreno de la química orgánica a principios

de los años treinta seguían siendo esencialmente

los mismos que había aplicado Justus von Liebig

cien años antes. El progreso más importante alcanzado

desde entonces fue la introducción del microanálisis

por B. Pregl, que permite averiguar la composición

elemental de un compuesto con sólo unos

miligramos de sustancia, mientras que antes se necesitaban

algunos decigramos. Todos los demás métodos

físico–químicos de los que disponen los químicos

hoy en día y que han transformado y agilizado su

labor, aumentado su eficacia y creado posibilidades

totalmente nuevas, sobre todo en la dilucidación de

estructuras, todavía no existían.

Para las investigaciones sobre los glicósidos de la

escila y los primeros trabajos en el campo del cornezuelo

aún apliqué los viejos métodos separativos y de

purificación de la época de Liebig: extracción, precipitación

y cristalización fraccionadas, etc. En investigaciones

posteriores me fue de gran utilidad la introducción

de la cromatografía de columna, el primer paso importante

en la moderna técnica de laboratorio. Para

las determinaciones estructurales, que hoy día pueden

realizarse rápida y elegantemente con métodos espectroscópicos

y análisis estructural con rayos X, sólo

se disponía de los viejos y laboriosos métodos de la

desintegración y derivación química en los primeros

trabajos fundamentales sobre el cornezuelo.

El ácido lisérgico y sus compuestos

El ácido lisérgico demostró ser una sustancia de

fácil descomposición, y su combinación con restos

alcalinos ofrecía dificultades. Finalmente encontré en

el método conocido como síntesis de Curtius un procedimiento

que permitía combinar el ácido lisérgico

con restos básicos.

Con este método produje una gran cantidad de

compuestos de ácido lisérgico. Al combinar el ácido

lisérgico con el aminoalcohol propanolamina surgió un

compuesto idéntico a la ergobasina, el alcaloide natural

del cornezuelo. Había tenido éxito, pues, la primera

síntesis parcial de un alcaloide del cornezuelo (síntesis

parcial es una producción artificial en la que se emplea,

sin embargo, un componente natural; en este caso el

ácido lisérgico). No sólo tenía un interés científico como

confirmación de la estructura química de la ergobasina,

sino también una importancia práctica, puesto

que el factor específico contractor del útero y hemostático,

la ergobasina, se encuentra en el cornezuelo

sólo en cantidad muy pequeña. Con esta síntesis parcial,

se posibilitó transformar los otros alcaloides, presentes

en abundancia en el cornezuelo, en la ergobasina,

valiosa para la obstetricia.

Después de este primer éxito en el terreno del cornezuelo,

mis investigaciones continuaron en dos direcciones.

Primero intenté mejorar las propiedades farmacológicas

de la ergobasina modificando su parte

de aminoalcohol. Junto con uno de mis colegas, el

Dr. J. Peyer, desarrollamos un procedimiento para la

producción racional de propanolamina y de otros

aminoalcoholes. El reemplazo de la propanolamina

contenida en la ergobasina por el aminoalcohol butanolamina

dio efectivamente una sustancia activa que

superaba el alcaloide natural en sus propiedades terapéuticas.

Esta ergobasina mejorada, con el nombre de

marca «Methergin», ha hallado una aplicación universal

como citócico y hemostático, y es hoy día el medicamento

más importante para esta indicación obstétrica.

Además introduje mi método de síntesis para producir

nuevos compuestos del ácido lisérgico, en los

que lo principal no era su efecto sobre el útero, pero

de los que, por su estructura química, podían esperarse

otras propiedades farmacológicas interesantes.

La sustancia n.° 25 en la serie de estos derivados sintéticos

del ácido lisérgico, la dietilamida del ácido

lisérgico (

N. d. T.: en alemán, L.ysergs .äured.iäthylamid),

que para el uso del laboratorio abrevié LSD–25, la sinteticé

por primera vez en 1938. Había planificado la

síntesis de este compuesto con la intención de obtener

un estimulante para la circulación y la respiración

(analéptico). Se podían esperar esas cualidades

estimulantes de la dietilamida del ácido lisérgico, porque

su estructura química presentaba similitudes con

la dietilamida del ácido nicotínico («coramina»), un

analéptico ya conocido en aquel entonces. Al probar

el LSD–25 en la sección farmacológica de Sandoz, cuyo

director era el profesor Ernst Rothlin, se comprobó

un fuerte efecto sobre el útero, con aproximadamente

un 70

.% de la actividad de la ergobasina. Por lo demás

se consignó en el informe que los animales de

prueba se intranquilizaron con la narcosis. Pero la

sustancia no despertó un interés ulterior entre nuestros

farmacólogos y médicos; por eso se dejaron de

lado otros ensayos.

Durante cinco años reinó el más absoluto silencio

en torno al LSD–25. En el interín, mis trabajos en el

terreno del cornezuelo de centeno prosiguieron en otra

dirección. Al purificar la ergotoxina, el material de

partida para el ácido lisérgico, tuve, como ya he

dicho, la impresión de que este preparado de alcaloides

no podía ser uniforme, sino que tenía que

ser una mezcla de diversas sustancias. Las dudas sobre

la uniformidad de la ergotoxina se acentuaron

cuando una hidrogenación dio dos productos claramente

distintos, mientras que en las mismas condiciones

el alcaloide ergotamina daba un solo producto

hidrogenado. Unos prolongados ensayos sistemáticos

para descomponer la sospechada mezcla de ergotoxina

finalmente dieron resultado, cuando logré

descomponer este preparado de alcaloides en tres componentes

uniformes. Uno de los tres alcaloides químicamente

uniformes resultó ser idéntico a un alcaloide

aislado poco antes en la sección de producción;

A. Stoll y E. Burckhardt lo habían llamado ergocristuia.

Los otros dos alcaloides eran nuevos. Uno de

ellos lo llamé ergocornina, y al otro, que había quedado

mucho tiempo en las aguamadres, lo designé

ergocriptina (

Kryptos = oculto). Más tarde se comprobó

que la ergocriptina se presenta en dos isómeros

estructurales, que se distinguen como alfa y beta

ergocriptina.

La solución del problema de la ergotoxina no sólo

tenía un interés científico, sino que también tuvo consecuencias

prácticas. De allí surgió un medicamento

valioso. Los tres alcaloides hidrogenados de la ergotoxina:

la dihidro–ergocristina, la dihidro–ergocriptina

y la dihidro–ergocornina, que produje en el curso de

esta investigación, evidenciaron interesantes propiedades

medicinales durante la prueba en la sección

farmacológica del profesor Rothlin. Con estas tres

sustancias activas se desarrolló el preparado farmacéutico

«hidergina», un medicamento para fomentar

la irrigación periférica y cerebral y mejorar las funciones

cerebrales en la lucha contra los trastornos

de la vejez. La hidergina ha respondido a las expectativas

como medicamento eficaz para esta indicación

geriátrica. Hoy día ocupa el primer puesto en las ventas

de los productos farmacéuticos de Sandoz.

Asimismo ha ingresado en el tesoro de medicamentos

la dihidro–ergotamina, que había sintetizado también

en el marco de estas investigaciones. Con el

nombre de marca «Dihydergot» se lo emplea como

estabilizador de la circulación y la presión sanguínea.

Mientras que hoy en día la investigación de proyectos

importantes se realiza casi exclusivamente como

trabajo en grupo,

teamwork, estas investigaciones sobre

los alcaloides del cornezuelo aún las realicé yo

solo. También siguieron en mis manos los pasos químicos

posteriores del desarrollo hasta el preparado

de venta en el mercado, es decir, la producción de cantidades

mayores de sustancia para las pruebas químicas

y finalmente la elaboración de los primeros procedimientos

para la producción masiva de «Methergin»,

«Hydergin» y «Dihydergot». Ello regía también para

el control analítico en el desarrollo de las primeras

formas galénicas de estos tres preparados, las ampollas,

las soluciones para instilar y los comprimidos.

Mis colaboradores eran, en aquella época, un laborante

y un ayudante de laboratorio, y luego una laborante

y un técnico químico adicionales.

El descubrimiento de los efectos psíquicos del LSD

Todos los fructíferos trabajos, aquí sólo brevemente

reseñados, que surgieron a partir de la solución

del problema de la ergotoxina, de todos modos no me

hicieron olvidar por completo la sustancia LSD–25. Un

extraño presentimiento de que esta sustancia podría

poseer otras cualidades que las comprobadas en la

primera investigación me motivaron a volver a producir

LSD–25 cinco años después de su primera síntesis

para enviarlo nuevamente a la sección farmacológica

a fin de que se realizara una comprobación ampliada.

Esto era inusual, porque las sustancias de ensayo

normalmente se excluían definitivamente del programa

de investigaciones si no se evaluaban como

interesantes en la sección farmacológica.

En la primavera de 1943, pues, repetí la síntesis

de LSD–25. Igual que la primera vez, se trataba sólo

de la obtención de unas décimas de gramo de este

compuesto.

En la fase final de la síntesis, al purificar y cristalizar

la diamida del ácido lisérgico en forma de tartrato

me perturbaron en mi trabajo unas sensaciones

muy extrañas. Extraigo la descripción de este incidente

del informe que le envié entonces al profesor

Stoll.

El viernes pasado, 16 de abril de 1943, tuve que

interrumpir a media tarde mi trabajo en el laboratorio

y marcharme a casa, pues me asaltó una

extraña intranquilidad acompañada de una ligera

sensación de mareo. En casa me acosté y caí en

un estado de embriaguez no desagradable, que se

caracterizó por una fantasía sumamente animada.

En un estado de semipenumbra y con los ojos

cerrados (la luz del día me resultaba desagradablemente

chillona) me penetraban sin cesar unas

imágenes fantásticas de una plasticidad extraordinaria

y con un juego de colores intenso, caleidoscópico.

Unas dos horas después este estado desapareció.

La manera y el curso de estas apariciones misteriosas

me hicieron sospechar una acción tóxica externa,

y supuse que tenía que ver con la sustancia con

la que acababa de trabajar, el tartrato de la dietilamida

del ácido lisérgico. En verdad no lograba imaginarme

cómo podría haber resorbido algo de esta

sustancia, dado que estaba acostumbrado a trabajar

con minuciosa pulcritud, pues era conocida la toxicidad

de las sustancias del cornezuelo. Pero quizás un

poco de la solución de LSD había tocado de todos

modos a la punta de mis dedos al recristalizarla, y

un mínimo de sustancia había sido reabsorbida por la

piel. Si la causa del incidente había sido el LSD, debía

tratarse de una sustancia que ya en cantidades mínimas

era muy activa. Para ir al fondo de la cuestión

me decidí por el autoensayo. Quería ser prudente, por

lo cual comencé la serie de ensayos en proyecto con

la dosis más pequeña de la que, comparada con la

eficacia de los alcaloides de cornezuelo conocidos, podía

esperarse aún algún efecto, a saber, con 0,25 mg

(mg = miligramos = milésimas de gramo) de tartrato

de dietilamida de ácido lisérgico.

Autoensayos

19.IV/16.20: toma de 0,5 cm

3 de una solución acuosa

al 1/2 por mil de solución de tartrato de dietilamida

peroral. Disuelta en unos 10 cm

3 de agua insípida.

17.00: comienzo del mareo, sensación de miedo. Perturbaciones

en la visión. Parálisis con risa compulsiva.

Añadido el 21.IV:

Con velomotor a casa. Desde las 18 hs. hasta

aproximadamente las 20 hs.: punto más grave

de la crisis (

cf. informe especial).

Escribir las últimas palabras me costó un ingente

esfuerzo. Ya ahora sabía perfectamente que el LSD

había sido la causa de la extraña experiencia del viernes

anterior, pues los cambios de sensaciones y vivencias

eran del mismo tipo que entonces, sólo que mucho

más profundos. Ya me costaba muchísimo hablar

claramente, y le pedí a mi laborante, que estaba enterada

del autoensayo, que me acompañara a casa.

En el viaje en bicicleta —en aquel momento no podía

conseguirse un coche; en la época de posguerra

los automóviles estaban reservados a unos pocos privilegiados—

mi estado adoptó unas formas amenazadoras.

Todo se tambaleaba en mi campo visual, y

estaba distorsionado como en un espejo alabeado.

También tuve la sensación de que la bicicleta no se

movía. Luego mi asistente me dijo que habíamos viajado

muy deprisa. Pese a todo llegué a casa sano y

salvo y con un último esfuerzo le pedí a mi acompañante

que llamara a nuestro médico de cabecera y

les pidiera leche a los vecinos.

A pesar de mi estado de confusión embriagada,

por momentos podía pensar clara y objetivamente:

leche como desintoxicante no específico.

El mareo y la sensación de desmayo de a ratos se

volvieron tan fuertes, que ya no podía mantenerme

en pie y tuve que acostarme en un sofá. Mi entorno

se había transformado ahora de modo aterrador. Todo

lo que había en la habitación estaba girando, y los

objetos y muebles familiares adoptaron formas grotescas

y generalmente amenazadoras. Se movían sin

cesar, como animados, llenos de un desasosiego interior.

Apenas reconocí a la vecina que me trajo leche

—en el curso de la noche bebí más de dos litros. No

era ya la señora R., sino una bruja malvada y artera

con una mueca de colores. Pero aún peores que estas

mudanzas del mundo exterior eran los cambios que

sentía en mí mismo, en mi íntima naturaleza. Todos

los esfuerzos de mi voluntad de detener el derrumbe

del mundo externo y la disolución de mi yo parecían

infructuosos. En mí había penetrado un demonio y se

había apoderado de mi cuerpo, mis sentidos y el

alma. Me levanté y grité para liberarme de él, pero

luego volví a hundirme impotente en el sofá. La sustancia

con la que había querido experimentar me había

vencido. Ella era el demonio que triunfaba haciendo

escarnio de mi voluntad. Me cogió un miedo terrible

de haber enloquecido. Me había metido en otro

mundo, en otro cuarto con otro tiempo. Mi cuerpo

me parecía insensible, sin vida, extraño. ¿Estaba muriendo?

¿Era el tránsito? Por momentos creía estar

fuera de mi cuerpo y reconocía claramente, como un

observador externo, toda la tragedia de mi situación.

Morir sin despedirme de mi familia... mi mujer había

viajado ese día con nuestros tres hijos a visitar a sus

padres en Lucerna. ¿Entendería alguna vez que yo no

había actuado irreflexiva, irresponsablemente, sino

que había experimentado con suma prudencia y que

de ningún modo podía preverse semejante desenlace?

No sólo el hecho de que una familia joven iba a perder

prematuramente a su padre, sino también la idea

de tener que interrumpir antes de tiempo mi labor de

investigador, que tanto me significaba, en medio de un

desarrollo fructífero, promisorio e incompleto, aumentaban

mi miedo y mi desesperación. Llena de amarga

ironía se entrecruzaba la reflexión de que era esta

dietilamida del ácido lisérgico que yo había puesto

en el mundo la que ahora me obligaba a abandonarlo

prematuramente.

Cuando llegó el médico yo había superado el punto

más alto de la crisis. Mi laborante le explicó mi autoensayo,

pues yo mismo aún no estaba en condiciones

de formular una oración coherente. Después de haber

intentado señalarle mi estado físico presuntamente

amenazado de muerte, el médico meneó desconcertado

la cabeza, porque fuera de unas pupilas

muy dilatadas no pudo comprobar síntomas anormales.

El pulso, la presión sanguínea y la respiración

eran normales. Por eso tampoco me suministró medicamentos,

me llevó al dormitorio y se quedó observándome

al lado de la cama. Lentamente volvía yo

ahora de un mundo ingentemente extraño a mi realidad

cotidiana familiar. El susto fue cediendo y dio

paso a una sensación de felicidad y agradecimiento

crecientes a medida que retornaban un sentir y pensar

normales y creía la certeza de que había escapado

definitivamente del peligro de la locura.

Ahora comencé a gozar poco a poco del inaudito

juego de colores y formas que se prolongaba tras mis

ojos cerrados. Me penetraban unas formaciones coloridas,

fantásticas, que cambiaban como un calidoscopio,

en círculos y espirales que se abrían y volvían

a cerrarse, chisporroteando en fontanas de colores,

reordenándose y entrecruzándose en un flujo incesante.

Lo más extraño era que todas las percepciones

acústicas, como el ruido de un picaporte o un automóvil

que pasaba, se transformaban en sensaciones

ópticas. Cada sonido generaba su correspondiente ima-

gen en forma y color, una imagen viva y cambiante.

A la noche regresó mi esposa de Lucerna. Se le

había comunicado por teléfono que yo había sufrido

un misterioso colapso. Dejó a nuestros hijos con

los abuelos. En el interín me había recuperado al

punto de poder contarle lo sucedido.

Luego me dormí exhausto y desperté a la mañana

siguiente reanimado y con la cabeza despejada, aunque

físicamente aún un poco cansado. Me recorrió

una sensación de bienestar y nueva vida. El desayuno

tenía un sabor buenísimo, un verdadero goce.

Cuando más tarde salí al jardín, en el que ahora,

después de una lluvia primaveral, brillaba el sol,

todo centelleaba y refulgía en una luz viva. El mundo

parecía recién creado. Todos mis sentidos vibraban

en un estado de máxima sensibilidad que se

mantuvo todo el día.

Este autoensayo mostró que el LSD–25 era una

sustancia psicoactiva con propiedades extraordinarias.

Que yo sepa, no se conocía aún ninguna sustancia

que con una dosis tan baja provocara efectos

psíquicos tan profundos y generara cambios tan dramáticos

en la experiencia del mundo externo e interno

y en la conciencia humana.

Me parecía asimismo muy importante el hecho de

que pudiera recordar todos los detalles de lo vivenciado

en el delirio del LSD. La única explicación

posible era que, pese a la perturbación intensa de la

imagen normal del mundo, la conciencia capaz de

registrar no se anulaba ni siquiera en el punto culminante

de la experiencia del LSD. Además, durante

todo el tiempo del ensayo había sido consciente de

estar en medio del experimento, sin que, sin embargo,

hubiera podido espantar el mundo del LSD

a partir del reconocimiento de mi situación y por

más que esforzara mi voluntad. Lo vivía, en su realidad

terrorífica, como totalmente real, aterradora,

porque la imagen de la otra, la familiar realidad

cotidiana, había sido plenamente conservada en la

conciencia.

Lo que también me sorprendió fue la propiedad

del LSD de provocar un estado de embriaguez tan

abarcador e intenso sin dejar resaca. Al contrario:

al día siguiente me sentí —como lo he descrito—

en una excelente disposición física y psíquica.

Era consciente de que la nueva sustancia activa

LSD, con semejantes propiedades, tenía que ser útil

en farmacología, en neurología y sobre todo en psiquiatría,

y despertar el interés de los especialistas.

Pero lo que no podía imaginarme entonces era que

la nueva sustancia se usaría fuera del campo de la

medicina, como estupefaciente en la escena de las

drogas. Como en mi primer autoensayo había vivido

el LSD de manera terroríficamente demoníaca, no

podía siquiera sospechar que esta sustancia hallaría

una aplicación como estimulante, por así decirlo.

También reconocí sólo después de otros ensayos,

llevados a cabo con dosis mucho menores y bajo

otras condiciones, la significativa relación entre la

embriaguez del LSD y la experiencia visionaria espontánea.

Al día siguiente escribí el ya mencionado informe

al profesor Stoll sobre mis extraordinarias experiencias

con la sustancia LSD–25; le envié una copia al

director de la sección farmacológica, profesor Rothlin.

Como no cabía esperarlo de otro modo, mi informe

causó primero una extrañeza incrédula. En

seguida me telefonearon desde la dirección; el profesor

Stoll preguntaba: «¿Está seguro de no haber

cometido un error en la balanza? ¿Es realmente correcta

la indicación de la dosis?». El profesor Rothlin

formuló la misma pregunta. Pero yo estaba seguro,

pues había pesado y dosificado con mis propias manos.

Las dudas expresadas estaban justificadas en

la medida en que hasta ese momento no se conocía

ninguna sustancia que en fracciones de milésimas de

gramo surtiera el más mínimo efecto psíquico. Parecía

casi increíble una sustancia activa de tamaña

potencia.

El propio profesor Rothlin y dos de sus colaboradores

fueron los primeros que repitieron mi autoensayo,

aunque sólo con un tercio de la dosis que yo

había empleado. Pero aún así los efectos fueron

sumamente impresionantes y fantásticos. Todas las

dudas respecto de mi informe quedaron disipadas.

2

LSD en la experimentación animal

y en la investigación biológica

Tras el descubrimiento de sus insólitos efectos

psíquicos, la sustancia LSD–25, que cinco años antes,

después de unas primeras pruebas en experimentos

animales, había sido excluida de una investigación

ulterior, fue reincluida en la serie de preparados medicinales

experimentales. La mayoría de los ensayos

fundamentales con animales los realizó, en la sección

farmacológica de Sandoz, dirigida por Rothlin,

el Dr. Aurelio Cerletti, a quien debe considerarse el

pionero de la investigación farmacológica del LSD.

Antes de que pueda experimentarse una nueva

sustancia activa en ensayos clínicos sistemáticos aplicados

al hombre, hay que averiguar, mediante pruebas

farmacológicas, datos detallados sobre sus efectos

principales y secundarios, su absorción en el organismo,

su excreción y, sobre todo, su tolerancia,

respectivamente su toxicidad, en la experimentación

animal.

Aquí sólo se comentarán los hallazgos más importantes

y comprensibles también para el lego en

medicina obtenidos en los experimentos animales.

Excedería con mucho el marco de este libro mencio-

nar todos los resultados de los muchos centenares

de investigaciones farmacológicas que se realizaron

en todo el mundo a continuación de los trabajos

sobre el LSD de los Laboratorios Sandoz.

Los experimentos animales no informan mucho

acerca de las modificaciones psíquicas ocasionadas

por el LSD, porque éstas casi no se pueden comprobar

en los animales inferiores y en modo restringido

en los más evolucionados. El LSD desplegaba sus

efectos sobre todo en el dominio de las funciones

psíquicas y espirituales superiores y en las más altas

de todas. Así es comprensible que puedan esperarse

reacciones específicas al LSD en animales superiores.

No pueden comprobarse cambios psíquicos sutiles

en el animal, pues, aunque se hayan producido, el

animal no puede expresarlos. Sólo pueden reconocerse

perturbaciones psíquicas relativamente masivas,

que se expresan en una conducta distinta del

animal de experimentación. Para ello hacen falta

dosis que también en animales superiores, como gatos,

perros y monos, son muy superiores a la dosis

del LSD activa en el hombre.

Mientras que en el ratón sólo pueden comprobarse

perturbaciones en la motilidad y cambios en la conducta

de lamido, en el gato, además de síntomas

vegetativos, como pelos erizados y la presencia de alucinaciones.

Los animales miran fijamente y atemorizados,

y contrariamente al proverbio [alemán] de

que «el gato nunca deja de cazar ratones», no sólo

deja de hacerlo sino que hasta les teme. También en

perros sometidos al LSD es de suponer que se producen

alucinaciones. Muy sensible es la reacción de

una comunidad de chimpancés en una jaula cuando

un miembro de la familia toma LSD. Aunque en el

propio animal no puedan comprobarse cambios, toda

la jaula se alborota, porque el chimpancé con LSD

aparentemente deja de cumplir con precisión las leyes

del muy sutil orden jerárquico familiar. Entre las especies

animales extravagantes en las que se probó el

LSD citemos únicamente los peces de colores y las

arañas. En los peces de acuario se observan extrañas

posiciones de natación, y en las arañas se pueden

comprobar cambios provocados por el LSD en la

construcción de la telaraña. Con dosis óptimas muy

bajas las telarañas se construyen aún más regulares

y exactas que las normales; pero con dosis más altas,

las arañas tejen mal y rudimentariamente.

¿Cuan venenoso es el LSD?

La toxicidad del LSD se averiguó con distintas

especies animales. Una medida para la toxicidad de

una sustancia es la LD

50, esto es, la dosis letal media,

es decir, la dosis a la que muere el 50

.% de los animales

tratados. En general varía mucho según la especie

animal, y así también ocurre con LSD. Para el

ratón la LD50 es de 50–60 mg/kg i.v., es decir, 50–60 milésimas

de gramo por cada kilogramo de peso del animal,

al inyectar la solución de LSD en una vena.

En la rata la LD

50 desciende a 16,5 mg/kg y en el

conejo a 0,3 mg/kg. Un elefante al que se le dieron

0,297g de LSD murió después de pocos minutos.

Suponiendo que este animal pesaba 5.000 kg, la dosis

mortal resulta ser de 0,06 miligramos por kilogramo

de peso. Como se trata de un caso particular, este

valor no es comparable, pero puede concluirse que

el mayor animal terrestre es relativamente muy sensible

al LSD, pues la dosis letal para el elefante debe

de ser mil veces menor que la del ratón. La mayoría

de los animales con dosis letales de LSD muere de

parálisis respiratoria.

Las dosis pequeñas que llevan a los animales a la

muerte pueden crear la impresión de que el LSD es

una sustancia muy venenosa. Pero si se compara la

dosis mortal para los animales con la dosis activa en

el hombre, que es de 0,003 a 0,001 miligramos por

kilogramo de peso, resulta una excelente tolerancia

para el LSD. Sólo una sobredosis 300–600 veces mayor

de LSD, comparada con la dosis letal para el conejo,

o unas 50.000–100.000 veces mayor que la dosis tóxica

para el ratón, tendrían consecuencias mortales en el

hombre. Estas comparaciones de tolerancia, sin embargo,

hay que entenderlas sólo en sentido dimensional,

pues la amplitud terapéutica —así se designa la

diferencia entre la dosis activa y la mortal— debería

determinarse en una misma especie. Pero este proceder

aquí no es posible, porque no se conoce la dosis

de LSD que es mortal para el hombre. Por lo que sé,

aún no se han conocidos muertes como consecuencia

directa de un envenenamiento por LSD. Sí se han presentado

numerosos casos de incidentes con desenlace

mortal a continuación de ingestiones de LSD, pero

se trataba de desgracias, también de suicidios, que

deben atribuirse al estado de turbación producido por

la embriaguez del LSD. La peligrosidad del LSD no

reside en su toxicidad, sino en la imposibilidad de

prever sus efectos psíquicos.

Hace algunos años se publicaron en la bibliografía

científica y también en la prensa general unos informes

según los cuales el LSD habría provocado daño

a los cromosomas, es decir, en la sustancia que determina

los caracteres hereditarios. Pero estos hallazgos

se habían establecido únicamente en casos individuales.

Amplias investigaciones posteriores con un número

grande, estadísticamente significativo de casos

demostraron, empero, que no existe una relación entre

las anomalías cromosomáticas y la medicación con

LSD. Lo mismo vale para los informes sobre malformaciones

fetales, presuntamente generadas por LSD.

Es posible, en cambio, que en la experimentación animal

unas dosis excesivas de LSD, que están muy por

encima de las que se aplican al ser humano, generen

malformaciones de los fetos. Pero esto se corresponde

con condiciones en las que también provocan tales

daños las sustancias activas inocuas.

El examen de informes sobre malformaciones en

el hombre ha evidenciado que tampoco aquí existe

una relación entre el consumo de LSD y tales perjuicios.

Si esa relación entre el consumo y efectos perniciosos

existiera, tendría que haberse manifestado

hace tiempo, puesto que han ingerido LSD ya varios

millones de personas.

El LSD se resorbe fácil y completamente en el tubo

digestivo. Por tanto, salvo fines especiales, no es necesario

inyectar el LSD. Con LSD marcado radioactivamente

se pudo comprobar en experimentos con ratones

que, salvo un resto pequeño, el LSD administrado

por vía endovenosa desaparece muy pronto del torrente

circulatorio, para distribuirse en todo el organismo.

Sorprendentemente la concentración más baja

se encuentra en el cerebro. Aquí se concentra en determinados

centros del cerebro intermedio, que tiene

un papel en la regulación de la vida afectiva. Estos

hallazgos dan indicios sobre la localización de determinadas

funciones psíquicas en el cerebro.

La concentración de LSD en los diversos órganos

alcanza sus máximos unos diez a quince minutos después

de la inyección; luego decae rápidamente. Una

excepción la constituye el intestino delgado, en el que

la concentración alcanza su máximo a las dos horas.

La eliminación del LSD se produce en su mayor parte,

en un 80

.%, por el hígado y la bilis a través del

intestino. El producto excretado contiene un 1

.% al

10

.% de LSD inalterado; el resto está compuesto por

diversos productos de transformación.

Dado que los efectos psíquicos del LSD siguen

cuando ya no se puede verificar su presencia en el

organismo, debe suponerse que ya no actúa como tal,

sino que pone en movimiento determinados mecanismos

bioquímicos, neurofisiológicos y psíquicos que

llevan al estado de embriaguez, y que luego continúan

sin sustancia activa.

El LSD estimula centros del sistema nervioso simpático

en el cerebro intermedio, lo cual conduce a la

dilatación de pupilas, al incremento de la temperatura

corporal y el aumento del nivel de glucemia. Ya

se mencionó el efecto contractor del útero de LSD.

Una propiedad farmacológica particularmente interesante

del LSD, descubierta por J. H. Gaddum en

Inglaterra, es su efecto bloqueador de la serotonina.

La serotonina es una sustancia activa natural que

aparece en diversos órganos del organismo de animales

de sangre caliente. Está concentrada en el cerebro

intermedio y tiene un papel importante en la transmisión

de estímulos en ciertos nervios y con ello en

la bioquímica de las funciones psíquicas. Durante un

tiempo se atribuyeron los efectos psíquicos del LSD

a la perturbación de las funciones naturales de la

serotonina. Pero pronto se mostró que también ciertos

derivados del LSD, unos compuestos en los que

la estructura química del LSD está apenas modificada,

y que no presentan propiedades alucinógenas, impiden

los efectos de la serotonina tanto o más que

el LSD puro. Por lo tanto, el efecto bloqueador de la

serotonina por parte del LSD no basta para explicar

sus propiedades alucinógenas.

El LSD también influye en funciones neurofisiológicas

conectadas con la dopamina, una sustancia de

tipo hormonal igualmente natural. La mayoría de los

centros cerebrales que responden a la dopamina se

activan con el LSD; otros se ven amortiguados.

Todavía no se conocen los mecanismos bioquímicos

a través de los cuales el LSD desarrolla sus efectos

psíquicos. Investigaciones sobre la interrelación

entre el LSD y factores cerebrales como la serotonina

y la dopamina son ejemplos de cómo el LSD puede

servir de instrumento para estudiar los procesos bioquímicos

que están en la base de las funciones psíquicas.

3

Derivados químicos del LSD

Cuando en la investigación farmacéutico–química

se descubre una nueva sustancia activa, sea por aislamiento

de una droga vegetal o de órganos animales,

sea por síntesis, como en el caso del LSD, el químico,

mediante modificaciones de su molécula, intenta crear

nuevos compuestos que tengan un efecto similar y

en lo posible mejor, u otras cualidades activas valiosas.

Se habla entonces de la derivación química de

este tipo de sustancia activa. En la abrumadora mayoría

de las, digamos, veinte mil sustancias nuevas que

se crean anualmente en los laboratorios de investigación

farmacéutico–química de todo el mundo, se trata

de tales productos derivados de relativamente pocos

tipos de sustancias activas. El hallazgo de una sustancia

realmente nueva en cuanto a estructura química

y efecto farmacológico se refiere es un raro golpe de

fortuna.

Poco después del descubrimiento de los efectos

psíquicos del LSD me asignaron dos colaboradores,

con los que pude llevar a cabo la derivación química

del LSD y otras investigaciones en el terreno de los

alcaloides del cornezuelo sobre una base más amplia.

Con el Dr. Theodor Petrzilka continuamos los trabajos

sobre la estructura química de los alcaloides del

cornezuelo del tipo péptido, a los que pertenecían la

ergotamina y los alcaloides del grupo de la ergotoxina.

Junto con el Dr. Franz Troxler fabricamos un gran número

de derivados químicos del LSD, e intentamos

obtener una mayor comprensión de la estructura del

ácido lisérgico —para el cual investigadores americanos

habían ya propuesto una fórmula estructural.

En 1949 logramos corregir esa fórmula e indicar la

estructura válida de esta piedra fundamental de los

alcaloides del cornezuelo y, por ende, del LSD.

Las investigaciones de los alcaloides péptidos del

cornezuelo llevaron a las fórmulas estructurales completas

de estas sustancias; las publicamos en 1951.

Su corrección fue confirmada por la síntesis total

de la ergotamina que pudo realizarse diez años después

junto a dos colaboradores más jóvenes, los doctores

Albert J. Frey y Hans Ott. Más tarde, esta síntesis

fue evolucionando hasta transformarse en un

procedimiento a escala industrial; el mérito de esta

evolución le corresponde sobre todo al Dr. Paul A.

Stadler. La preparación sintética de los alcaloides

péptidos del cornezuelo usando ácido lisérgico, que

se obtiene de soluciones de cultivos especiales de la

seta del cornezuelo, tiene una gran importancia económica.

Con este procedimiento pueden fabricarse las

sustancias de partida para los medicamentos Hydergin

y Dihydergot de manera racional.

Volvamos a las modificaciones químicas del LSD.

Ninguno de los muchos derivados del ácido lisérgico

emparentados con el LSD y preparados a partir de

1945 en colaboración con el Dr. Troxler era más activo

como alucinógeno que el LSD. Ya los parientes más

cercanos resultaban mucho menos activos en este respecto.

Hay cuatro posibilidades de ordenamiento especial

de los átomos en la molécula de LSD. En el lenguaje

profesional se las distingue con el prefijo

iso- y las letras D– y L–. Además del LSD, que debería designarse

más precisamente como D–dietilamida del

ácido lisérgico, preparé y autoensayé asimismo las

otras tres formas espaciales del LSD: la D–dietilamida

del ácido lisérgico (iso–LSD), la L–dietilamida del ácido

lisérgico (L–LSD) y la L–isodietilamida del ácido

lisérgico (L–iso–LSD). Hasta una dosis de 0,5 mg, es

decir una cantidad veinte veces mayor que la dosis

de LSD aún claramente activa, estos tres isómeros

no presentaban efecto psíquico alguno.

Una sustancia muy cercana al LSD, la monoetilamida

del ácido lisérgico (LAE–23), en el que el resto

de dietilamida del LSD uno de los grupos etilo está

sustituido por un átomo de hidrógeno, resultó ser

diez veces menos psicoactiva que el LSD. También

es cualitativamente distinto el efecto alucinógeno de

esta sustancia: se caracteriza por un componente narcótico.

Este efecto es aún más pronunciado en la amida

del ácido lisérgico (LA–111), en el que ambos grupos

etilo del LSD están sustituidos por átomos de hidrógeno.

Estos efectos de LA–111 y la LAE–32, que comprobé

en autoensayos, fueron confirmados más tarde

en exámenes clínicos.

La amida del ácido lisérgico, que habíamos sintetizado

artificialmente para estas investigaciones, la reencontramos

quince años después como sustancia activa

natural presente en el ololiuqui, la droga mágica

mejicana. En una sección posterior trataré más extensamente

este descubrimiento sorprendente.

Los resultados de la derivación química del LSD

fueron valiosos para la investigación farmacológica

al hallarse derivados que eran apenas o nada alucinógenos,

y que en cambio presentaban intensificados

otros efectos del LSD. Uno de ellos es un efecto bloqueador

de la neurohormona serotonina, que señalábamos

al discutir las propiedades farmacológicas del

LSD. Como la serotonina cumple un papel en los

procesos alérgico–inflamatorios y también en el origen

de la migraña, una sustancia específicamente bloqueadora

de la serotonina era muy importante para la

investigación médica. Por eso buscamos sistemáticamente

los derivados del LSD no alucinógenos pero con

la mayor eficacia posible como inhibidores de la serotonina.

La primera sustancia activa de esa índole que

hallamos fue el bromo–LSD, que se ha difundido en

la investigación médico–biológica con la designación

de BOL–148. A continuación y en el marco de nuestras

investigaciones sobre antagonistas de la serotonina,

el Dr. Troxler creó unos compuestos aún más fuertes

y específicos. El más eficaz ingresó en el mercado de

medicamentos con el nombre de marca de «Deseril»

(en el ámbito angloparlante con el de «Sansert») para

el tratamiento a intervalos de la migraña.

4

La aplicación de LSD en psiquiatría

La primera investigación sistemática del LSD en el

ser humano fue realizada por el Dr. med. Werner A.

Stoll, un hijo del profesor Arthur Stoll, en la clínica

psiquiátrica de la universidad de Zurich y publicada

en 1947 en el

Schweizer Archiv für Neurologie und

Psychiatrie

(Archivo Suizo de Neurología y Psiquiatría)

bajo el título de «La dietilamida del ácido lisérgico,

un

phantasticum del grupo del cornezuelo de

centeno».

La prueba se realizó tanto con personas sanas

cuanto con esquizofrénicas. Las dosis eran mucho menores

que en mi autoensayo con 0,25 mg de tartrato

de LSD; se emplearon sólo 0,02–0,13 mg. Los sentimientos

durante la embriaguez de LSD fueron aquí

predominantemente eufóricos, mientras que en mí, a

consecuencia de la sobredosis, se habían caracterizado

por graves síntomas secundarios y temor al desenlace

incierto.

En esta publicación fundamental ya se describían

científicamente todos los síntomas de la embriaguez

lisérgica y se caracterizaba la nueva sustancia activa

como un

phantasticum. La cuestión de la acción terapéutica

del LSD quedaba en suspenso. Se destacaba,

en cambio, la elevadísima eficacia del LSD, que se

mueve en dimensiones como las que se suponen para

unas sustancias —traza que están presentes en el organismo

y son las causantes de determinadas enfermedades

mentales. Dada la enorme eficacia del LSD,

esta primera publicación ya tomaba en consideración,

asimismo, la posibilidad de aplicarlo como instrumento

de investigación psiquiátrica.

El primer autoensayo de un psiquiatra

En su publicación, W. A. Stoll dio también una

amplia descripción de su propia experiencia con LSD.

Como se trata de la primera publicación del autoensayo

de un psiquiatra, y muestra muchos rasgos

característicos de la embriaguez del LSD, conviene

reproducirla aquí, un poco abreviada. Le agradezco

a su autor el permitir la reproducción de su informe.

A las 8.00 horas ingerí 60 (0,06 miligramos)

de LSD. Unos 20 minutos más tarde se presentaron

los primeros síntomas: pesadez en los

miembros, suaves indicios atáxicos. Comenzó una

fase subjetivamente muy desagradable de malestar

generalizado, paralela a la hipotensión objetivamente

medida...

Luego se presentó cierta euforia, que sin embargo

me parecía menor que en un ensayo anterior.

Aumentó la ataxia; caminé con largos pasos

«navegando» por la habitación. Me sentí un poco

mejor, pero preferí acostarme.

Después de dejar la habitación a oscuras (experimento

de oscuridad), se presentó —en medida

creciente— una experiencia desconocida de

inimaginable intensidad. Se caracterizaba por

una increíble variedad de alucinaciones ópticas,

que surgían y desaparecían muy rápidamente,

para dar paso a formaciones nuevas. Era un alzarse,

circular, burbujear, chisporrotear, llover,

cruzarse y entrelazarse en un torrente incesante.

El movimiento parecía fluir hacia mí predominantemente

desde el centro o la esquina inferior

izquierda de la imagen. Cuando se dibujaba

una forma en el centro, simultáneamente el resto

del campo visual estaba lleno de un sinnúmero

de esas imágenes. Todas eran coloridas;

predominaban el rojo brillante, el amarillo y el

verde.

Nunca lograba detenerme en una imagen.

Cuando el director del ensayo remarcaba mi

vasta fantasía, la riqueza de mis indicaciones,

no podía menos que sonreírme compasivamente.

Sabía que podía fijar sólo una fracción de las

imágenes, y mucho menos darles un nombre.

Tenía que obligarme a describir. La caza de

colores y formas, para los que conceptos como

fuegos artificiales o calidoscopio eran pobres y

nunca suficientes, despertó en mí la creciente

necesidad de profundizar en este mundo extraño

y fascinante; la superabundancia me llevaba

a dejar actuar esta riqueza inimaginable sobre

mí sin más ni más.

Al principio las alucinaciones eran del todo

elementales: rayos, haces de rayos, lluvia, aros,

torbellinos, moños,

sprays, nubes, etc., etc. Luego

aparecieron también imágenes más organizadas:

arcos, series de arcos, mares de techos, paisajes

desérticos, terrazas, fuegos con llamas, cielos

estrellados de una belleza insospechada.

Entre estas formaciones organizadas reaparecían

también las elementales que habían prevalecido

al comienzo. En particular recuerdo las

siguientes imágenes:

Una fila de elevados arcos góticos, un coro

inmenso, sin que se vieran las partes de abajo.

Un paisaje de rascacielos, como se lo conoce

de la entrada al puerto de Nueva York;

torres apiladas una detrás de otra y una al lado

de otra, con innumerables series de ventanas.

Nuevamente faltaba la base.

Un sistema de mástiles y cuerdas, que me

recordaba una reproducción de pinturas (el interior

de una tienda de circo) vista el día anterior.

Un cielo de atardecer con un azul increíblemente

suave sobre los techos oscuros de una

ciudad española. Sentí una extraña expectativa,

estaba contento y notablemente dispuesto a las

aventuras. De pronto las estrellas resplandecieron,

se acumularon y se convirtieron en una densa

lluvia de estrellas y chispas que fluía hacia

mí. La ciudad y el cielo habían desaparecido.

Estaba en un jardín; a través de una reja

oscura veía caer refulgentes luces rojas, amarillas

y verdes. Era una experiencia indescriptiblemente

gozosa.

Lo esencial era que todas las imágenes estaban

construidas por incalculables repeticiones

de los mismos elementos: muchas chispas, muchos

círculos, muchos arcos, muchas ventanas,

muchos fuegos, etc. Nunca vi algo solo, sino

siempre lo mismo infinitas veces repetido.

Me sentí identificado con todos los románticos

y fantaseadores, pensé en E.T.A. Hoffman,

vi al Malstrom de Poe, pese a que en su momento

esa descripción me había parecido exagerada.

A menudo parecía hallarme en las cimas de la

vivencia artística, me abandonaba al goce de los

colores del altar de Isenheim y sentía lo dichoso

y sublime de una visión artística. También debo

de haber hablado repetidas veces de arte moderno;

pensaba en cuadros abstractos que de

pronto parecía comprender. Luego, las impresiones

eran extremadamente cursis, tanto por sus

formas cuanto por su combinación de colores.

Me vinieron a la mente las decoraciones más

baratas y horribles de lámparas y cojines de

sofá. El ritmo de pensamientos se aceleró. Pero

no me parecía tan veloz que el director del ensayo

no pudiera seguirme. A partir del puro

intelecto por cierto sabía que lo estaba apurando.

Al principio se me ocurrían rápidamente

denominaciones adecuadas. Con la creciente aceleración

del movimiento se fue haciendo imposible

terminar de pensar una idea. Muchas oraciones

las debo de haber comenzado solamente...

En general fracasaba el intento de concentrarme

en determinadas imágenes. Incluso se

presentaban cuadros en cierto sentido contradictorios:

en vez de una iglesia, rascacielos; en

vez de una cadena montañosa, un vasto desierto.

Creo haber calculado bien el tiempo transcurrido.

No fui muy crítico al respecto, puesto

que esta cuestión no me interesaba en lo más

mínimo.

El estado de ánimo era de una euforia consciente.

Gozaba con la situación, estaba contento

y participaba muy activamente en lo que me

sucedía. De a ratos abría los ojos. La tenue luz

roja resultaba mucho más misteriosa que de

costumbre. El director del ensayo, que escribía

sin cesar, me parecía muy lejano. A menudo

tenía sensaciones físicas peculiares. Creía, por

ejemplo, que mis manos descansaban sobre algún

cuerpo; pero no estaba seguro de que fuera

el mío.

Terminado este primer ensayo de oscuridad

comencé a caminar por el cuarto. Mi andar era

vacilante y volví a sentirme peor. Tenía frío y le

agradecí al director que me envolviera en una

manta. Me sentía abandonado, no afeitado y sin

lavar. El cuarto parecía ajeno y lejano. Luego

me senté en la silla del laboratorio, y pensaba

continuamente que estaba sentado como un pájaro

en una estaca.

El director del ensayo recalcó mi mal aspecto.

Parecía extrañamente delicado. Yo mismo tenía

manos pequeñas y sutiles. Cuando me las lavé,

ello ocurrió lejos de mí, en algún sitio abajo a

la derecha. Era dudoso que fueran las mías, pero

ello carecía de importancia.

En el paisaje que me era bien conocido parecía

haber cambiado una cantidad de cosas. Al

lado de lo alucinado pude ver al principio también

lo real. Luego eso ya no fue posible, aunque

seguía sabiendo que la realidad era distinta...

Un cuartel y el garage situado delante a la

izquierda de pronto se convirtió en un paisaje

de ruinas derribadas a cañonazos. Vi escombros

de paredes y vigas salientes, sin duda desencadenados

por el recuerdo de las acciones de guerra

habidas en esta zona.

En el campo regular, extenso, veía sin cesar

unas figuras que traté de dibujar, sin poder superar

los primeros trazos burdos. Era una ornamentación

inmensamente rica, en flujo continuo.

Sentí recordar todo tipo de culturas extrañas,

vi motivos mejicanos, hindúes. Entre un enrejado

de maderitas y enredaderas aparecían pequeñas

muecas, ídolos, máscaras, entre los que

curiosamente de pronto se mezclaban «Manöggel

» (hombrecillos de cuentos) infantiles. El ritmo

era ahora menor que durante el ensayo de

oscuridad.

La euforia se había perdido; me deprimí, lo

cual se mostró especialmente en un segundo ensayo

de oscuridad. Mientras que en el primer

ensayo de oscuridad las alucinaciones se habían

sucedido con la mayor velocidad en colores claros

y luminosos, ahora predominaban el azul,

el violeta, el verde oscuro. El movimiento de

las figuras mayores era más lento, más suave,

más tranquilo, si bien sus contornos estaban

formados por una llovizna de «puntos elementales

» que giraban y fluían a gran velocidad.

Mientras que en el primer ensayo de oscuridad

el movimiento a menudo se dirigía hacia mí,

ahora a menudo se alejaba de mí, hacia el centro

del cuadro, donde se dibujaba una abertura

succionadora. Veía grutas con paredes fantásticamente

derrubiadas y cuevas de estalactitas y

estalagmitas, y me acordé del libro infantil «En

el reino maravilloso del rey de la montaña». Se

combaban tranquilos sistemas de arcos. A la derecha

apareció una serie de techos de cobertizos

y pensé en una cabalgata vespertina durante el

servicio militar. Se trataba significativamente de

un cabalgar a casa. Allí no había nada de gana

de partir ni de sed de aventuras. Me sentía protegido,

envuelto en maternidad, estaba tranquilo.

Las alucinaciones ya no eran excitantes, sino

suaves y amansadoras. Un poco más tarde tuve

la sensación de poseer yo mismo fuerza maternal;

sentía cariño, deseos de ayudar y hablaba

de manera muy sentimental y cursi sobre la

ética médica. Así lo reconocí y pude dejar de

hacerlo.

Pero el estado de ánimo depresivo continuó.

Repetidas veces intenté ver cuadros claros y alegres.

Era imposible; surgían únicamente formaciones

oscuras, azules y verdes. Quería imaginarme

fuegos lucientes como en el primer ensayo

de oscuridad. Y vi fuegos: pero eran holocaustos

en la almena de un castillo nocturno en una

pradera otoñal. Una vez logré divisar un grupo

luminoso de chispas que se elevaba; pero a media

altura se convirtió en un grupo de pavones oscuros

que pasaba tranquilamente. Durante el ensayo

estuve muy impresionado de que mi estado

de ánimo guardara una interrelación tan estrecha

e inquebrantable con el tipo de alucinaciones.

Durante el segundo ensayo de oscuridad observé

que los ruidos casuales y luego también

los emitidos adrede por el director del ensayo

producían modificaciones sincrónicas de las impresiones

ópticas (sinestesias). Asimismo, una

presión ejercida sobre el globo ocular provocaba

cambios en la visión.

Hacia fines del segundo ensayo de oscuridad

me fijé en fantasías sexuales, que estaban, sin

embargo, ausentes por completo. No podía sentir

deseo sexual alguno. Quise imaginarme una

mujer; sólo apareció una escultura abstracta

moderno–primitiva, que no producía ningún efecto

erótico y cuyas formas fueron asumidas y reemplazadas

inmediatamente por círculos y lazos

movedizos.

Tras concluir el segundo ensayo de oscuridad

me sentí obnubilado y con malestar físico. Transpiraba,

estaba cansado. Gracias a Dios, no necesitaba

ir hasta la cantina para comer. La laborante

que nos trajo la comida me pareció pequeña

y lejana, dotada de la misma y extraña delicadeza

que el director del ensayo...

Hacia las 15 horas me sentí mejor, de modo

que el director pudo continuar con sus tareas.

Con dificultades, comencé a estar en condiciones

de redactar yo mismo el protocolo. Estaba

sentado a la mesa, quería leer, pero no podía

concentrarme. Me sentía como un personaje de

cuadros surrealistas, cuyos miembros no están

unidos al cuerpo, sino que están sólo pintados

a su lado...

Estaba deprimido, y por interés pensé en la

posibilidad de mi suicidio. Con algún susto comprobé

que tales pensamientos me resultaban extrañamente

familiares. Me parecía peculiarmente

comprensible que un individuo depresivo se suicide...

En el camino a casa y a la noche volví a estar

eufórico y pleno de los acontecimientos de la

mañana. Sin saberlo, lo experimentado me había

causado una impresión indeleble. Me parecía

que un período completo de mi vida se había

concentrado en unas pocas horas. Me seducía

repetir el intento.

Al día siguiente mi pensar y actuar fue incitante,

me costaba un gran esfuerzo concentrarme,

todo me daba igual... Este estado voluble,

levemente ensoñado, continuó por la tarde.

Tenía dificultades para informar más o menos

ordenadamente acerca de una tarea simple. Crecía

un cansancio general y la sensación de que

volvía a situarme en la realidad.

Al segundo día después del ensayo mi naturaleza

era indecisa... Depresión suave pero clara

durante toda la semana, cuya relación con el

LSD, desde luego, era sólo mediata.

Los efectos psíquicos del LSD

El cuadro de acción del LSD, tal como se ofrecía

después de estas primeras investigaciones, no era nuevo

para la ciencia. Concordaba en gran medida con

57

el de la mescalina, un alcaloide ya investigado a comienzos

de siglo. La mescalina es la sustancia psicoactiva

contenida en el cactus mejicano

Lophophora

Williamsii

(sinónimo: Anhalonium Lewinii. ). Ya en

época precolombina, y aún hoy día, los indios comen

este cactus como droga sagrada en el marco de ceremonias

religiosas. En su monografía «Phantastica»

(Edit. Georg Stilke, Berlín, 1924), L. Lewin ha descrito

ampliamente la historia de esta droga que los

aztecas designaban peyotl. El alcaloide mescalina fue

aislado por A. Heffter a partir del cactus en 1896, y

en 1919 E. Späth elucidó su estructura química y la

sintetizó. Era el primer alucinógeno o

phantasticum

(como Lewin designó este tipo de sustancia activa) en

forma de sustancia pura, con el que podían estudiarse

modificaciones químicamente provocadas de las

percepciones sensoriales, alucinaciones y cambios en

la conciencia. En los años veinte se realizaron vastos

experimentos con animales y ensayos con seres humanos,

sobre los que K. Beringer dio una visión de conjunto

en su escrito

Der Meskalinrausch (La embriaguez

de mescalina), Edit. Julius Springer, Berlín, 1927.

Dado que estas investigaciones no mostraban una

aplicabilidad terapéutica de la mescalina, esta sustancia

activa dejó de suscitar interés.

Con el descubrimiento del LSD la investigación de

los alucinógenos cobró nuevo impulso. Lo novedoso

del LSD frente a la mescalina era la elevada eficacia,

que se movía en otro orden. A la dosis activa de

0,2–0,5

.g. de mescalina se contrapone la de 0,00002–

0,0001

.g de LSD, es decir que el LSD es 5.000–10.000 veces

más activo que la mescalina.

Esta actividad tan elevada del LSD entre los psicofármacos

no sólo tiene una importancia cuantitativa,

sino que es también una característica cualitativa de

esta sustancia, porque en ella se expresa una acción

muy específica, es decir, dirigida, sobre la psique hu-

58

mana. También puede deducirse de esto que el LSD

ataca centros capitales de regulación de las funciones

psíquicas y espirituales.

Los efectos psíquicos del LSD, generados por cantidades

tan ínfimas de sustancia, son demasiado significativos

y multiformes para que puedan explicarse

a través de cambios tóxicos de las funciones cerebrales.

Si sólo se tratara de un efecto tóxico en el cerebro,

las experiencias con LSD no tendrían una importancia

psicológica y psiquiátrica, sino sólo psicopatológica.

Más bien deben de cumplir un papel las modificaciones

en la conductibilidad de los nervios y la

influencia en la actividad de las sinapsis, que han sido

demostradas experimentalmente. De este modo podría

lograrse también una influencia sobre el sistema sumamente

complejo de conexiones transversales y sinapsis

entre los miles de millones de células cerebrales

en el que se fundan las actividades psíquicas

y espirituales superiores. Habrá que investigar en esta

dirección para explicar el profundo efecto del LSD.

De las cualidades de acción del LSD resultaban

numerosas posibilidades de aplicación médico–psiquiátrica,

ya señaladas por W. A. Stoll en su citado estudio

fundamental. Por eso, Sandoz puso la nueva sustancia

activa a disposición de los institutos de investigación

y del cuerpo médico, en forma de preparado

experimental con el nombre de marca de «Delysid»

(del alemán,

D–Ly.sergsäürediäthylamid.) que yo había

propuesto. El prospecto adjunto describía esas posibilidades

de aplicación y daba las medidas de precaución

correspondientes.

La aplicación del LSD para el relajamiento anímico

en la psicoterapia analítica se basa sobre todo en los

efectos consignados a continuación.

En la embriaguez lisérgica la imagen cotidiana del

mundo experimenta una profunda transformación y

sacudida. Con esto se puede conectar una relajación

o incluso supresión de la barrera yo/tú. Ambas sirven

para que los pacientes que estén empantanados

en una problemática egocéntrica puedan desprenderse

de su fijación y su aislamiento, establecer así un mejor

contacto con el médico y ser más abiertos a la

influencia psicoterapéutica. En el mismo sentido se

traduce una mayor influenciabilidad bajo los efectos

del LSD.

Otra característica importante, psicoterapéuticamente

valiosa de la embriaguez del LSD, consiste en que

los contenidos de experiencias olvidadas o reprimidas

a menudo vuelven a la conciencia. Si se trata de

los acontecimientos traumáticos buscados en el psicoanálisis

bajo la influencia del LSD, se revivieron

recuerdos incluso de la primera infancia. No se trata

aquí de un recordar común, sino de un verdadero revivir,

réminiscence, sino de réviviscence, como

lo ha formulado el psiquiatra francés Jean Delay.

El LSD no actúa como un verdadero medicamento,

sino que cumple el papel de un recurso medicamentoso

en el marco de un tratamiento psicoanalítico y

psicoterapéutico, capaz de dar una mayor eficacia y

una menor duración a dicho tratamiento. Con esta

función se lo aplica de dos formas distintas.

Uno de los procedimientos, desarrollado en clínicas

europeas y conocido como terapia psicolítica, se

caracteriza por la administración de dosis medias de

LSD durante varios días de tratamiento separados por

intervalos. Las experiencias de LSD se elaboran en la

posterior conversación de grupo y en una terapia

de expresión a través del dibujo y la pintura. El término

«terapia psicolítica» (

psycholytic therapy. ) fue

acuñado por Ronald A. Sandison, terapeuta inglés de

la corriente de Jung y pionero de la investigación clínica

del LSD. La raíz

lysis indica la disolución de tensiones

o conflictos en la psique humana.

En el segundo procedimiento, la terapia preferida

en los EE. UU., después de la correspondiente preparación

espiritual intensa del paciente se le administra

una dosis única, muy fuerte (0,3–0,6 miligramos) de

LSD. En este método, designado «terapia psicodélica»

(

psychedelic therapy. ), se trata de desencadenar mediante

una reacción de shock de LSD una experiencia

místico–religiosa. Ésta ha de servir en el tratamiento

psicoterapéutico subsiguiente como punto de partida

para una reestructuración y cura de la personalidad

del paciente. La denominación de

psychedelic, que

puede traducirse como «descubridor o revelador del

alma», fue introducida por Humphry Osmond, un pionero

de la investigación del LSD en los Estados Unidos.

El aprovechamiento del LSD como recurso medicamentoso

en psicoanálisis y psicoterapia se basa en

efectos opuestos a los que provocan los psicofármacos

del tipo de los tranquilizantes. Mientras que éstos

más bien tapan los problemas y conflictos del paciente,

de modo que parezcan menos graves e importantes,

el LSD, por el contrario, los pone al descubierto;

el paciente los vive con mayor intensidad, con lo cual

los conoce con mayor nitidez y se tornan más accesibles

al tratamiento psicoterapéutico.

La utilidad práctica y el éxito del apoyo medicamentoso

del psicoanálisis y la psicoterapia mediante

el LSD aún son materia de discusión entre los círculos

profesionales. Pero lo mismo vale para otros procedimientos

empleados en psiquiatría, como el electroshock,

la insulinoterapia o la psicoquirurgia, cuya

aplicación encierra, además, un riesgo mucho mayor

que la de LSD. El empleo de LSD en condiciones

apropiadas puede considerarse prácticamente inocuo.

Numerosos psiquiatras piensan que la rápida vuelta

a la conciencia de experiencias olvidadas o reprimidas,

que ha podido observarse a menudo como

resultado de la acción del LSD, no es una ventaja

sino una desventaja. Opinan que no alcanza el tiempo

necesario para la elaboración psicoterapéutica, y

que en consecuencia el efecto curativo es menos duradero

que con una lenta concienciación de las vivencias

traumáticas y su tratamiento escalonado.

Tanto la terapia psicolítica cuanto, y especialmente,

la psicodélica, exigen una preparación a fondo

del paciente para la experiencia de LSD; no debe

atemorizarse con lo desacostumbrado, extraño. También

es importante la selección de los pacientes, puesto

que no todas las clases de perturbaciones psíquicas

responden igual de bien a estos tratamientos.

Por lo tanto, una aplicación exitosa del psicoanálisis

y la psicoterapia apoyados por el LSD presupone

unos conocimientos y unas experiencias especiales.

Éstas incluyen también autoensayos del psiquiatra,

cuya utilidad había señalado ya W. A. Stoll. La

experiencia personal le permite al médico formarse

una idea inmediata de los extraños mundos de la

embriaguez del LSD, y tan sólo eso le posibilita comprender

verdaderamente estos fenómenos en sus pacientes,

interpretarlos con un análisis correcto y aprovecharlos

plenamente.

Los pioneros en el empleo de LSD como auxiliar

medicamentoso en psicoanálisis y psicoterapia que

merecen citarse en primer lugar son A. K. Busch y

W. C. Johnson, S. Cohen y B. Eisner, H. A. Abramson,

H. Osmond, A. Hoffer, en los Estados Unidos;

R. A. Sandison, en Inglaterra; W. Frederking, H. Leuner,

en Alemania; G. Roubicek y St. Grof en Checoslovaquia.

La segunda indicación del prospecto de Sandoz

sobre Delysid para el LSD se refiere a su aplicación

en exámenes experimentales sobre la naturaleza de

la psicosis. Se basa en el hecho de que los estados

psíquicos excepcionales creados experimentalmente

con LSD en personas sanas se parecen a algunas ma-

nifestaciones en ciertas enfermedades mentales. Sin

embargo, la opinión sustentada en algunas partes al

comienzo de la investigación del LSD, de que en la

embriaguez de LSD se estaba en presencia de una

suerte de «psicosis modelo», se fue dejando de lado,

porque unas amplias investigaciones comparativas dieron

como resultado que existen diferencias sustanciales

entre las formas en que se manifiestan las psicosis

y la experiencia de LSD. Con todo, el modelo

de LSD permite estudiar desviaciones del estado psíquico

y mental normal y las modificaciones bioquímicas

y electrofisiológicas que suponen. Posiblemente así

podamos formarnos una idea más acabada de la naturaleza

de las psicosis. Según algunas teorías, determinadas

enfermedades mentales podrían estar provocadas

por productos psicotóxicos finales del metabolismo,

que ya en cantidades mínimas pueden modificar

la función de las células del cerebro. En el LSD

se ha encontrado una sustancia que no aparece en el

organismo humano, pero cuya existencia y acción muestran

que podría haber productos finales anormales

del metabolismo que provoquen perturbaciones mentales

aunque no haya más que trazas de estos productos.

Con ello, la concepción de la génesis bioquímica

de determinadas enfermedades mentales ha encontrado

un nuevo apoyo, y se ha visto estimulada

la investigación en este sentido.

Una aplicación medicinal de LSD, que toca los fundamentos

de la ética médica, es su administración a

moribundos. Se basa en observaciones realizadas en

clínicas americanas: muestran que los dolores muy

fuertes de enfermos de cáncer que ya no respondían a

analgésicos convencionales, eran atenuados o eliminados

totalmente por el LSD. Es posible que no se trate

aquí de una acción analgésica en el verdadero sentido.

La desaparición del dolor debe producirse más

bien porque el paciente sometido a la influencia del

LSD se separa psíquicamente de su cuerpo hasta tal

punto que el dolor físico ya no penetra en su conciencia.

También en esta aplicación del LSD son decisivos

para el éxito del tratamiento la preparación y el

esclarecimiento del paciente respecto del tipo de experiencias

y de transformaciones que le aguardan. En

muchos casos fue también benéfica la conducción de

los pensamientos hacia cuestiones religiosas, realizada

por un sacerdote o por un psicoterapeuta. Hay

numerosos informes sobre pacientes quienes liberados

del dolor en su lecho de muerte, fueron partícipes de

una comprensión profunda de la vida y de la muerte,

en el éxtasis provocado por el LSD. Luego, reconciliados

con su destino, aguardaron su última hora terrenal

sin temor y en paz.

Las experiencias habidas hasta ahora en el terreno

de la administración de LSD a enfermos de muerte

se recopilaron en el libro

The Human encounter with

Death

, de St. Grof y J. Halifax (E. P. Dutton, Nueva

York, 1977).

* Junto a E. Kart, S. Cohen y W. A. Pahnke,

estos autores son algunos de los pioneros de esta aplicación

del LSD.

La última publicación detallada acerca del empleo

del LSD en psiquiatría, en la que se procede a una

interpretación crítica de la experiencia del LSD a la

luz de las concepciones de Freud y Jung, así como los

del análisis del «Dasein» (existencia), pertenece también

al psiquiatra checo St. Grof, emigrado a los

EE.UU.:

Realms of the Human Unconscious. Observations

from LSD Research

(El inconsciente humano.

Observaciones sobre los estudios con LSD) (The Viking

Press, Nueva York, 1975).

* El encuentro del hombre en la muerte.

5

De medicamento a droga narcótica

En los primeros años después de descubrirlo, el

LSD me proporcionó alegrías y satisfacciones, como

las siente el químico farmacéutico cuando se perfila

la posibilidad de que una sustancia por él creada se

convierta en un medicamento valioso. Pues la creación

de nuevos remedios es el objetivo de su actividad de

investigador; en ella reside el sentido de su trabajo.

Experimentos no médicos

Esta alegría por la paternidad del LSD se vio empañada

cuando, después de más de diez años de investigación

científica y aplicación médica no turbada, el

LSD fue arrastrado a la poderosa ola de toxicomanía

que comenzó a extenderse hacia fines de la década

de los cincuenta en el mundo occidental y sobre todo

en los EE. UU. El LSD hizo una carrera increíblemente

rápida en su nuevo papel de estupefaciente.

Durante un tiempo fue la droga número uno, al menos

en lo que a publicidad respecta. Cuanto más se

extendía su aplicación como estupefaciente y crecía

así el número de los incidentes causados por un uso

irreflexivo, no controlado por médicos, tanto más el

LSD se convertía para mí y para la empresa Sandoz

en el hijo de nuestros desvelos.

Era obvio que una sustancia con efectos tan fantásticos

sobre la percepción sensorial y sobre la experiencia

del mundo exterior e interior, despertaría también

el interés de círculos ajenos a la ciencia medicinal.

Pero jamás hubiera esperado que el LSD, que

—con su acción profunda tan imprevisible e inquietante—

no tiene de ningún modo el carácter de estimulante,

encontraría una aplicación mundial como estupefaciente.

Me había imaginado que fuera de la

medicina se interesarían por el LSD los filósofos, los

artistas, pintores y escritores, pero no amplios grupos

de legos. Después de las publicaciones científicas

sobre la mescalina, que habían aparecido a comienzos

de siglo, y cuyos efectos psíquicos son, como ya hemos

dicho, cualitativamente parecidos a los del LSD,

la aplicación de esta sustancia activa siguió restringida

a la medicina y a experimentos en círculos artísticos

y literarios; lo mismo había esperado para el

LSD. Efectivamente, los primeros autoensayos no médicos

fueron realizados por escritores, pintores, músicos

y personas interesadas en las ciencias del espíritu.

Se informó sobre sesiones de LSD que habían

inducido experiencias estéticas fuera de lo común y

nuevas comprensiones de la naturaleza de procesos

creativos. En sus obras, los artistas se veían influenciados

de forma no convencional. Se desarrolló un

género artístico especial, que se ha hecho famoso con

el nombre de arte psicodélico. Este nombre comprende

creaciones surgidas bajo la influencia de LSD y

otras drogas psicodélicas, en las que la droga actuaba

como estimulante y fuente de inspiración. La publicación

capital en este terreno es el libro de Robert E. L.

Masters y Jean Houston:

Psychedelic Art (Arte psicodélico),

Balance, House, 1968. Las obras de arte psicodélicas

no se crearon durante la acción de la droga,

sino sólo después, influenciadas por lo experimentado.

Mientras dura el estado de embriaguez, la actividad

artística es difícil o incluso imposible. La afluencia

de imágenes es demasiado rápida y cambiante para

poder retenerse y elaborarse. Un espectáculo arrollador

paraliza la actividad. Por tanto, las producciones

realizadas durante la embriaguez de LSD ofrecen en

general un carácter rudimentario y no merecen tomarse

en cuenta por su valor artístico, sino que más

bien deben ser consideradas una especie de psicogramas

que proporcionan una introspección en las

estructuras anímicas profundas del artista, activadas

y llevadas a la conciencia por el LSD. Ello también

lo mostró expresivamente una amplia investigación

posterior del psiquiatra muniqués Richard P. Hartmann,

en la que participaron treinta pintores conocidos.

Publicó los resultados en su libro

Malerei aus

Bereichen des Unbewussten. Künstler experimentieren

unter LSD

(Pintura del ámbito de lo inconsciente.

Artistas experimentan bajo el LSD), Ed. M. DuMont

Schauberg, Colonia, 1974. Los experimentos con LSD

permitieron ganar conocimientos novedosos y valiosos

para la psicología y psicopatología de determinadas

corrientes artísticas.

Los experimentos con LSD también dieron nuevos

impulsos a la investigación de experiencias religiosas

y místicas. Teólogos y filósofos discutían la cuestión

de si las experiencias que a menudo aparecían en las

sesiones de LSD eran auténticas, es decir, equiparables

a las experiencias e iluminaciones místico–religiosas

espontáneas.

Esta fase no médica, pero seria, de la investigación

médica, fue pasando a principios de los años

sesenta cada vez más a un segundo plano, cuando el

LSD, en el curso de la ola de toxicomanía estadounidense,

se difundió con velocidad epidémica como

estupefaciente sensacional en todas las capas de la

población. El rápido aumento del consumo de drogas,

que se inició alrededor de veinte años atrás en

los Estados Unidos, no fue, sin embargo, una consecuencia

del descubrimiento del LSD, según lo aseveraban

a menudo observadores superficiales, sino que

tiene profundas causas sociológicas. Son éstas: el

materialismo, el alejamiento de la naturaleza a consecuencia

de la industrialización y la vida urbana, la

insuficiente satisfacción en la actividad profesional

en un mundo del trabajo mecanizado y desalmado,

el aburrimiento y la falta de objetivos en una sociedad

de bienestar saturada, y la falta de un motivo vital

religioso, protector y coherente como concepción de

mundo.

Los drogadictos consideraron que la aparición del

LSD precisamente en aquel momento era una suerte

de lance de fortuna; desde su perspectiva, la droga

llegó justo a tiempo para ayudar al hombre que debe

sufrir las condiciones actuales. No es casual que el

LSD circulara como estupefaciente primeramente en

los Estados Unidos, el país en el que la industrialización,

la tecnificación, incluso la agrícola, y la urbanización

están más avanzadas. Son los mismos factores

que llevaron al surgimiento y a la difusión del

movimiento hippie, que se desarrolló al mismo tiempo

que el del LSD; son inseparables uno de otro.

Valdría la pena investigar hasta qué punto el consumo

de drogas ha fomentado el movimiento hippie y viceversa.

El paso del LSD de la medicina y psiquiatría a la

escena de las drogas fue iniciado e impulsado por

publicaciones sobre sensacionales experimentos que seguramente

se realizaron en clínicas psiquiátricas y en

universidades, pero sobre los que luego no se informó

en revistas especializadas, sino, con grandes titulares,

en diarios y revistas de difusión general. Hubo perio-

distas que se prestaron a ser conejitos de Indias, como

por ejemplo Sidney Katz, quien realizó un experimento

con LSD en el Hospital de Saskatchewan, Canadá,

bajo la supervisión de renombrados psiquiatras. Pero

luego publicó sus experiencias, no en una revista médica,

sino con fotos a todo color y fantasiosa minuciosidad

en su revista

Mac Lean’s Canada National Magazine,

bajo el título de «Mis doce horas de loco».

La muy difundida revista alemana

Quick publicó en

su número 12 del 21 de marzo de 1954 un reportaje

sensacionalista sobre «Un osado experimento científico

» del pintor Wilfred Zeller, quien había ingerido

«unas pocas gotas de ácido lisérgico» en la clínica

psiquiátrica de la Universidad de Viena. De entre las

numerosas publicaciones que hicieron una eficaz propaganda

del LSD para legos, citemos por último un

artículo amplio e ilustrado, publicado en la revista

norteamericana

Look de setiembre de 1959 con el título

de «The curious story behind the new Cary

Grant»,

* que debe haber contribuido singularmente

a la difusión del consumo de LSD. En una renombrada

clínica de California, al actor Cary Grant se le

había administrado LSD en el marco de un tratamiento

psicoterapéutico. Cary Grant le informó a la periodista

de

Look, que toda su vida había estado buscando

la paz interior. El yoga, el hipnotismo y el misticismo,

sin embargo, no se la habían convertido en

un hombre nuevo y seguro de sí mismo que ahora,

tras tres fracasos matrimoniales, creía que podría

amar de verdad y hacer feliz a una mujer.

Sin embargo, lo que más contribuyó a la transformación

del LSD de medicamento en estupefaciente

fueron las actividades del Dr. Timothy Leary y de su

entonces colega en la Universidad de Harvard, Cambridge

(EE. UU.), Dr. Richard Alpert. En un capítulo

* La extraña historia detrás del nuevo Gary Grant.

posterior hablaré más extensamente acerca del «apóstol

del LSD» y cofundador del movimiento

hippie,

Leary, y sobre mi encuentro con él. En los Estados

Unidos también se publicaron libros en los que se

informaba detalladamente acerca de los efectos fantásticos

del LSD. Citemos aquí únicamente a dos de

entre los más importantes:

Exploring Inner Space

(Explorando el espacio interior), de Jane Dunlap (Harcourt,

Brace and World, Inc., Nueva York, 1961), y

My Self and I

(Yo y yo misma), de Constance A. Newland

(N. A. L. Signet Books, Nueva York, 1963). Pese

a que en ambos casos el LSD se tomaba en el marco

de un tratamiento psiquiátrico, se trataba de libros de

divulgación que se convirtieron en

best–sellers. En su

libro, que la editorial elogiaba en los siguientes términos:

«el testimonio íntimo y franco del audaz experimento

de una mujer con la más novedosa droga

psiquiátrica, el LSD–25», Constance A. Newland relataba

con íntima meticulosidad cómo se había curado

su frigidez. Es fácil imaginarse la cantidad de personas

que querían probar el remedio mágico en su

propio cuerpo, después de semejantes confesiones. La

opinión errónea, fomentada por aquellos libros, de

que bastaría con ingerir LSD para provocar efectos

y cambios mágicos en uno mismo, llevó en poco tiempo

a una amplia difusión de la autoexperimentación

con la nueva droga.

Desde luego, también se publicaron libros objetivos,

esclarecedores, sobre el LSD y su problemática,

como el excelente escrito del psiquiatra Dr. Sidney

Cohen,

The Beyond Within (El más allá interior), Atheneum,

Nueva York, 1967, en el que se remarcan claramente

los peligros de un empleo irreflexivo. Mas

no pudieron contener la epidemia de LSD.

Como tales ensayos se realizaban a menudo sin

conocerse el efecto profundo, inquietante e impredecible

del LSD, y sin vigilancia médica, no pocas veces

terminaban mal. Con el consumo creciente de LSD

en el ámbito de las drogas, se multiplicaron estos

horror trips

, experimentos con LSD que conducían a

estados de confusión y pánico, y que conllevaban

frecuentes desgracias y hasta crímenes.

El rápido incremento del consumo no medicinal

del LSD a comienzos de los años sesenta debe atribuirse

en parte al hecho de que las leyes sobre estupefacientes

entonces vigentes no incluían el LSD en

la mayoría de los Estados. Por este motivo, muchos

drogadictos cambiaban otros estupefacientes por el

LSD, una sustancia que todavía no era ilegal. Asimismo,

en 1963 caducaron las últimas patentes de

Sandoz para la fabricación de LSD, con lo cual quedaba

eliminada otra traba para su producción ilegal.

Para nuestra empresa la difusión de LSD es la escena

de las drogas implicó una sobrecarga de trabajo

pesada e infecunda. Laboratorios estatales de verificación

y autoridades sanitarias nos pedían datos sobre

las propiedades químicas y farmacológicas del LSD,

sobre su estabilidad y toxicidad, métodos de análisis

para constatar su presencia en muestras de drogas

incautadas y en el cuerpo humano, en la sangre y la

orina. Se sumó, además, una voluminosa correspondencia

relacionada con preguntas de todo el mundo

sobre accidentes, intoxicaciones, actos criminales, etc.,

en el caso de abuso de LSD. Todo ello significó un

manejo amplio, desagradable y no rentable, del que

la dirección de Sandoz tomó displicente conocimiento.

Así fue como un día el profesor Stoll, entonces director

general de la empresa, me dijo con un tono de

reproche: «Quisiera que usted nunca hubiera inventado

el LSD».

En aquella época yo mismo solía dudar de si las

valiosas cualidades farmacológicas y psíquicas del LSD

compensarían sus peligros y los daños causados por

su abuso. ¿Se convertirá el LSD en una bendición o

en una maldición para la humanidad? Esto me lo preguntaba

a menudo cuando me preocupaba por este

hijo de mis desvelos. Mis otros preparados: Methergin,

Dihydergot y Hydergin, no causaban tales dificultades.

No son hijos problemáticos; no tienen propiedades

extravagantes que conduzcan al abuso, y se han

convertido felizmente en medicamentos valiosos.

En los años 1964–66 la publicidad en torno al LSD

alcanzó su punto culminante, en lo que se refiere tanto

a descripciones entusiastas de fanáticos de las drogas

y de hippies sobre la acción mágica del LSD,

cuanto a informes sobre desgracias, colapsos psíquicos,

acciones criminales, homicidios y suicidios bajo

los efectos de LSD. Reinaba una verdadera histeria

de LSD.

Sandoz congela la entrega

En vista de esta situación, la dirección comercial

de Sandoz se vio obligada a asumir una posición pública

frente al problema del LSD y a dar a conocer las

medidas tomadas al respecto. El comunicado de prensa

de la empresa emitido en abril de 1966 rezaba así:

Hace pocos días la División Farmacéutica de

Sandoz Inc. de los Estados Unidos dio un comunicado

de prensa, según el cual se congela

de inmediato toda entrega ulterior de la dietilamida

del ácido lisérgico, el llamado LSD–25,

utilizado sobre todo con fines de investigación,

así como del preparado psilocybina. Pero esta

decisión no afecta sólo a los Estados Unidos,

sino que Sandoz la ha tomado también para

todos los demás países, incluida Suiza. Pese a

que jamás hemos comercializado el LSD–25, descubierto

en nuestros laboratorios en 1943, ni

la psilocybina, también aislada por primera vez

en los Laboratorios Sandoz en 1958 a partir de

una seta mejicana, las circunstancias especiales

que han motivado nuestra medida exigen

una explicación complementaria.

El LSD y la psilocybina son preparados del

grupo de los llamados

phantastica o sustancias

alucinógenas, es decir, preparados que actúan

ante todo sobre la percepción sensorial. Para

la moderna investigación psiquiátrica y psicofarmacológica

sobre todo el LSD tuvo una especial

significación, porque ya en dosis mínimas

provoca efectos psíquicos. Durante muchos años,

Sandoz proporcionó gratuitamente este preparado

y el menos activo psilocybina a investigadores

calificados en laboratorios y clínicas en

todo el mundo. Gracias a medidas de seguridad

autoimpuestas y muy severas fue posible evitar

un abuso de estas sustancias por parte de

personas no competentes. Pero lamentablemente

en los últimos tiempos, sobre todo entre jóvenes

de otros países, se ha vuelto notable un

creciente abuso de drogas alucinógenas. El agravamiento

de esta situación debe atribuirse, y no

en última instancia, a que una avalancha de

artículos en la prensa sensacionalista ha despertado

entre el público lego a través de descripciones

distorsionadas un interés insano por el

LSD y otras sustancias alucinógenas. El hecho

decisivo es, sin embargo, que recientemente ciertos

productos de base para la fabricación de

LSD se han vuelto asequibles para todos en el

mercado de sustancias químicas, de modo que

la producción también se ha vuelto posible para

círculos irresponsables e interesados en el contrabando

y el mercado negro de estas sustancias.

Además, en 1963 caducó la última patente

de Sandoz para el LSD. Pese a la seguridad de

que gracias a nuestras medidas muy restrictivas

no ingresó prácticamente nada de LSD y

psilocybina fabricada por Sandoz en los canales

del mercado negro, en vista del nuevo estado

de cosas hemos llegado a la convicción de

que no podemos seguir asumiendo la responsabilidad

de la distribución y cesión de estas sustancias.

Será obligación de las autoridades competentes

adoptar medidas adecuadas para el

control de la producción y distribución de sustancias

alucinógenas, para asegurar que, por

una parte, se preserven legítimos intereses de

investigación y, por otra, se evite su empleo

abusivo.

Durante un tiempo, quedó totalmente congelado el

suministro de LSD y psilocybina por parte de nuestra

empresa. Después que la mayoría de los Estados hubo

promulgado severas normas sobre la tenencia, distribución

y utilización de los alucinógenos, los médicos,

las clínicas psiquiátricas y los institutos de investigación

que presentaban una autorización especial de parte

de las respectivas autoridades sanitarias para trabajar

con estas sustancias, podían volver a ser abastecidos

de LSD y psilocybina. En los Estados Unidos

fue el NIMH

(National Institute of Mental Health) el

que asumió la distribución de estas sustancias activas

a entes con la licencia correspondiente.

Pero todas estas medidas legales y administrativas

tuvieron poca influencia sobre el consumo de LSD en

el sector de los estupefacientes, y en cambio trabaron,

y siguen trabando, la aplicación médico–psiquiátrica y

la investigación de LSD en biología y neurología, porque

muchos investigadores temen la guerra de papeles

aneja a la autorización para el empleo de LSD. La

mala reputación adquirida por el LSD —se llegó a

designarla «droga de la locura» e «invento satánico»—

a consecuencia del abuso en la escena de las drogas y

las consecuentes desgracias y crímenes es otro motivo

más para que numerosos médicos no lo empleen en

su práctica psiquiátrica.

En el curso de los últimos años se ha calmado el

tráfago publicitario en torno al LSD, y ha también

disminuido el consumo de LSD como estupefaciente,

según podría concluirse de la menor frecuencia de

noticias sobre accidentes y otros sucesos lamentables

después de ingestiones de la droga. Con todo, la disminución

en el número de incidentes podría no sólo

darse a consecuencia de un retroceso en el consumo

de LSD, sino que posiblemente pueda atribuirse también

al hecho de que los consumidores del LSD con

el tiempo están más al tanto de los especiales efectos

y peligros del LSD y actúen, por ende, con mayor

cautela. Lo seguro es que el LSD, que durante un

tiempo pasó por ser el estupefaciente más importante

del mundo occidental, sobre todo en los Estados Unidos,

ha cedido ese papel dirigente a otras drogas, al

hashish y a la heroína y la anfetamina, las cuales

generan toxicomanía y arruinan también la salud física.

Sobre todo las últimas constituyen hoy día un

preocupante problema sociológico y de salud pública.

6

Peligros de los ensayos no médicos de LSD

Mientras que la aplicación profesional de LSD en

psiquiatría no encierra prácticamente ningún riesgo,

la ingestión de esta sustancia activa fuera del marco

medicinal, sin una supervisión médica, es muy peligrosa.

Estos peligros radican, por una parte, en circunstancias

externas relacionadas con el consumo ilegal

de drogas, y por otra, en la peculiaridad de los

efectos psíquicos del LSD.

Los que abogan por un consumo no controlado,

libre, de LSD y otros alucinógenos, fundamentan su

postura en que este tipo de drogas no genera adicción,

y en que con un consumo moderado hasta ahora

no ha podido demostrarse que los alucinógenos hayan

ocasionado perjuicios a la salud. Ambas afirmaciones

son ciertas. Jamás ha podido observarse que ni siquiera

con un consumo frecuente y prolongado de

LSD se generara una verdadera manía, que se caracteriza

porque al quitarse la sustancia aparecen perturbaciones

psíquicas y a menudo también disfuncionamientos

físicos graves. No se conocen aún daños orgánicos

ni casos fatales como consecuencia directa de

una intoxicación de LSD. Como se ha puntualizado

en el capítulo «LSD en el ensayo con animales y en la

investigación biológica», el LSD es, en efecto, una

sustancia relativamente poco tóxica en comparación

con su efectividad psíquica extremadamente elevada.

Reacciones psicóticas

Pero el LSD, al igual que los demás alucinógenos,

ofrece otro tipo de peligros. Mientras que en los estupefacientes

que crean toxicomanía, en los opiáceos,

las anfetaminas, etc., los perjuicios psíquicos y físicos

aparecen sólo con su uso crónico, el LSD es peligroso

en cada ensayo singular, pues pueden aparecer delirios

graves. Estos incidentes pueden evitarse en gran

medida con una preparación interna y externa adecuada

de los experimentos, pero no excluirse con

seguridad. Las crisis de LSD semejan ataques psicóticos

con carácter maníaco o depresivo.

En un estado maníaco, hiperactivo, el sentimiento

de omnipotencia o de invulnerabilidad puede acarrear

accidentes graves. Así ha sucedido cuando un embriagado

se colocaba en su delirio delante de un automóvil

en marcha por creerse invulnerable, o saltaba

por la ventana pensando que podía volar. El número

de tales accidentes de LSD no es tan grande como

podría creerse por las noticias infladas por los medios

de comunicación sensacionalistas. De todos modos, deben

servir de advertencias serias.

En cambio no debe de ser cierto un informe que

circuló en 1966 por todo el mundo, sobre un crimen

cometido presuntamente bajo la influencia de LSD.

El asesino, un joven neoyorquino, había asesinado

a su suegra, y al ser detenido inmediatamente después

del homicidio declaró no saber nada de nada;

desde hacía tres días se encontraría en un viaje de

LSD. Pero aun con la dosis más elevada un delirio

de LSD no dura más de doce horas, y la ingestión

habitual lleva a la tolerancia, es decir que dosis ulte-

riores no son efectivas. Además, la embriaguez del

LSD se caracteriza porque uno recuerda exactamente

lo experimentado. Posiblemente el asesino esperaba

que se le concedieran circunstancias atenuantes por

enajenación mental.

El peligro de desencadenar una reacción psicótica

es especialmente grande cuando se le suministra LSD

a una persona sin su conocimiento. Eso lo mostró ya

aquel incidente producido poco después del descubrimiento

del LSD durante las primeras investigaciones

de la nueva sustancia activa en la clínica psiquiátrica

de la Universidad de Zurich. Un médico joven, al que

sus colegas le habían puesto, en son de broma, un

poco de LSD en el café, quería nadar en pleno invierno,

a veinte grados bajo cero, en el lago de Zurich.

Hubo que impedírselo por la fuerza. Hasta entonces

no se tenía conciencia de la gravedad de semejantes

bromas.

Una naturaleza distinta la presentan los peligros

cuando el delirio desencadenado por el LSD no es de

carácter maníaco, sino depresivo. En estos casos, las

visiones aterradoras, el miedo mortal o el miedo a

estar o volverse loco pueden llevar a peligrosos colapsos

psíquicos y al suicidio. Aquí, el viaje de LSD se

convierte en

horror trip (viaje horroroso).

Causó especial sensación el caso de aquel Dr. Olson,

a quien, a principios de los años cincuenta, en el

marco de experimentos con drogas en el ejército de

los Estados Unidos, se le había suministrado LSD

sin que él lo supiera, y que luego se suicidó saltando

por la ventana. En aquel entonces a su familia le

resultó inexplicable cómo este hombre tranquilo y

equilibrado había podido cometer semejante acción.

Sólo quince años más tarde, cuando se publicaron

las cartas secretas sobre aquellos experimentos, la

familia se enteró de las verdaderas circunstancias. El

entonces presidente de los Estados Unidos, Gerald

Ford, le expresó públicamente las condolencias de la

nación.

Las condiciones para un curso positivo de un experimento

con LSD, en el que la probabilidad de un descarrilamiento

psicótico sea reducida, se hallan por un

lado en el individuo, y por otro lado en el marco externo

del experimento. En el uso lingüístico inglés

los factores internos, personales, se denominan

set ,

y las circunstancias externas,

setting.

La belleza de un cuarto o de un lugar al aire libre

se vivencian con especial profundidad con la sensibilización

que provoca el LSD, y contribuyen determinantemente

al desenlace del experimento. Asimismo

forman parte del

setting las personas presentes, su

aspecto, sus rasgos de carácter. Igualmente significativo

es el medio acústico. Unos ruidos en sí inocuos

pueden convertirse en una tortura, y viceversa una

bella música en una experiencia dichosa. En experimentos

de LSD en un entorno desagradable o ruidoso

es muy grande el peligro de un curso negativo de la

experiencia, con posibilidad de crisis psicóticas. El

mundo actual, con sus máquinas y aparatos, ofrece

todo tipo de escenarios y ruidos que con una sensibilidad

aumentada pueden muy bien generar el pánico.

Tan o más importante que el marco externo es el

estado anímico del sujeto, su disposición en ese momento,

su actitud ante la experiencia de las drogas

y sus expectativas concomitantes. También pueden

entrar en acción dichas o miedos inconscientes. El

LSD tiende a intensificar el estado psíquico en que

uno se encuentra. Un sentimiento de alegría puede

crecer hasta la dicha suprema, una depresión puede

ahondarse hasta la desesperación. Por consiguiente,

el LSD es el recurso menos idóneo para ayudar a

superar una fase depresiva. Tomar LSD en una situación

perturbada, infeliz o incluso en un estado de

angustia es peligroso, y crece la probabilidad de que

el experimento termine con un colapso psíquico.

Hay que desaconsejar por completo los experimentos

de LSD con personas que tengan una estructura

de personalidad inestable y tendente a reacciones psicóticas.

Aquí un shock de LSD puede generar un perjuicio

anímico duradero, al desencadenar una psicosis

latente.

Debemos considerar también como inestable, en el

sentido de no madurada, la vida anímica de personas

muy jóvenes. En todos los casos, el shock de una

corriente de sensaciones tan fuerte como la generada

por el LSD hace peligrar el psico–organismo sensible

y todavía en su fase de desarrollo. Incluso en el caso

de una aplicación médica de LSD en el marco de tratamientos

psicoanalíticos o psicoterapéuticos en jóvenes

menores de dieciocho años, los círculos profesionales

han expresado sus prevenciones, a mi juicio,

justificadas. Entre los jóvenes suele faltar aún esa

relación estable y firme con la realidad, necesaria

para integrar la vivencia dramática de nuevas dimensiones

de la realidad racionalmente en la imagen del

mundo. En vez de llevar a una ampliación y profundización

de la conciencia de realidad, aquella experiencia

contribuirá más bien a una inseguridad y una

sensación de estar perdido en los adolescentes. La

frescura de las percepciones sensoriales y la capacidad

aún irrestricta de vivenciar cosas nuevas motivan

que en la juventud las experiencias visionarias espontáneas

sean mucho más frecuentes que en la edad

madura, de modo que también por este motivo debería

impedirse el empleo de estimulantes psíquicos

entre los jóvenes.

Aun en personas adultas y sanas y siguiéndose

todas las medidas preparatorias y protectivas discutidas,

un experimento con LSD puede malograrse y

desencadenar reacciones psicóticas. Por eso debe recomendarse

fervientemente una supervisión médica incluso

en los experimentos no médicos. Ello incluye el

chequeo previo. El médico no necesita estar presente

durante la experiencia, pero debería contarse con la

posibilidad de una rápida asistencia médica.

Las psicosis agudas de LSD pueden interrumpirse

rápida y seguramente y controlarse mediante la inyección

de cloropromazina u otro tranquilizante de este

tipo.

La presencia de una persona de confianza, que pueda

pedir auxilio médico en caso de necesidad, es una

medida de seguridad incluso por motivos psicológicos.

Pese a que la embriaguez de LSD se caracteriza

en general por una inmersión en el mundo interior

propio, de todos modos suele surgir, sobre todo en

fases depresivas, una profunda necesidad de contacto

humano.

El LSD en el mercado negro

Hay otro tipo de peligros en el consumo no medicinal

de LSD. Nos referimos al hecho de que la mayor

parte del LSD que se consume en la escena de las

drogas es de origen desconocido. Los preparados de

LSD del mercado negro son de poca confianza, tanto

en lo que se refiere a la calidad cuanto en su dosificación.

Pocas veces contienen la cantidad declarada:

en general tienen menos LSD, a veces nada, pero en

ocasiones demasiado, y es frecuente que se vendan

como LSD otras drogas o incluso materias tóxicas.

Así lo pudimos comprobar en nuestro laboratorio al

analizar un gran número de pruebas de LSD provenientes

del mercado negro. Coinciden con las experiencias

de las oficinas estatales de control.

La inseguridad de las indicaciones en el mercado

negro de drogas puede llevar a sobredosis peligrosas.

A menudo han sido sobredosis la causa probada de

experimentos malogrados, en los que se llegó a graves

colapsos psíquicos y físicos. Pero jamás se han

confirmado las noticias sobre presuntas intoxicaciones

mortales con LSD. Los exámenes rigurosos de

estos casos siempre han confirmado que las causas

eran otras.

Un ejemplo de cuan peligroso puede ser el LSD

del mercado negro es el caso siguiente. En 1970, la

Brigada de Investigación Criminal de la ciudad de

Basilea nos pidió que analizáramos un polvo de una

droga que presuntamente era LSD. Provenía de un

joven que había ingresado en el hospital con pronóstico

reservado. Su amigo, quien también había ingerido

este preparado, había muerto por los efectos del

mismo. El resultado del análisis fue que el polvo no

contenía LSD, sino estricnina, un alcaloide muy venenoso.

El motivo por el que los preparados de LSD del

mercado negro en general contienen menos LSD que

la cantidad indicada, y a menudo carecen de LSD, se

debe —cuando no se trata de una falsificación intencional—

a la facilidad con que esta sustancia se descompone.

El LSD es muy alterable al aire y muy

fotosensitivo. El oxígeno del aire lo destruye por oxidación;

la incidencia de luz lo convierte en una sustancia

no activa. Ya la síntesis exige tenerlo en cuenta;

tanto más, la fabricación de preparados estables y

almacenables. La afirmación de que el LSD sea fácil

de fabricar, y de que todo estudiante de química en

un laboratorio medianamente bien equipado esté en

condiciones de sintetizarlo, es falsa. Por cierto, se han

publicado instrucciones para la síntesis accesibles a

cualquiera. Sobre la base de estas instrucciones detalladas,

cualquier químico puede realizar la síntesis,

con tal de disponer de ácido lisérgico puro, que antes

se conseguía libremente en el mercado, pero que hoy

día está sometido a las mismas normas legales que

el LSD. Pero para aislar el LSD de una solución de

reacción de forma pura, cristalizada, y fabricar preparados

estables, se necesitan —a causa de la mencionada

descomponibilidad de esta sustancia— instalaciones

especiales y una experiencia que no es fácil de

adquirirse.

El LSD sólo es conservable indefinidamente en ampollas

del todo exentas de oxígeno y protegidas de la

luz. Este tipo de ampollas, que contienen 0,1 miligramos

de LSD en forma de tartrato en un centímetro

cúbico de solución acuosa, es producida por la empresa

Sandoz para la investigación biológica y la aplicación

medicinal. El LSD en comprimidos preparados

con las correspondientes sustancias de repleción que

lo protegen contra la oxidación tiene una estabilidad,

aunque no indefinida, sí más duradera. En cambio

los preparados de LSD que suelen ofrecerse en el

mercado negro —por ejemplo, el LSD diseminado en

cuadradillos de azúcar o en papel secante— se descomponen

en el curso de semanas o de pocos meses.

En una sustancia tan activa, la dosificación correcta

tiene máxima importancia. Aquí tiene especial vigencia

el lema de Paracelso, de que es la dosis la que

determina que una sustancia sea un remedio o un

veneno. Pero en los preparados del mercado negro,

cuyo contenido de sustancia activa no está asegurado

de ninguna manera, esa dosificación acertada es imposible

de lograr. Por lo tanto, uno de los mayores

peligros de los ensayos no medicinales de LSD reside

en la aplicación de tales preparados de proveniencia

desconocida.

7

El caso del Dr. Leary

La difusión del consumo ilegal de LSD en los Estados

Unidos cobró un especial vigor a consecuencia de

las actividades del Dr. Timothy Leary, conocido mundialmente

como el «apóstol de las drogas». En 1960,

durante unas vacaciones en Méjico, Leary había probado

las legendarias «setas sagradas» que le había

comprado a un curandero. En la embriaguez de las

setas llegó a un estado de éxtasis místico, al que designó

como la experiencia religiosa más profunda de

su vida. A partir de aquel momento el Dr. Leary, que

era aún profesor adjunto de psicología en la famosa

Universidad de Harvard en Cambridge (EE.

UU.), se

dedicó por completo a la investigación del efecto y

de las posibilidades de aplicación de las drogas psicodélicas.

Junto con su colega el Dr. Richard Alpert comenzó

a llevar a cabo en la universidad diversos proyectos

de estudio en los que empleó LSD y psilocybina,

la sustancia activa de las «setas sagradas» mejicanas

que nosotros entretanto habíamos aislado.

Con una metodología científica se examinaron allí

la reintegración social de presidiarios, la generación

de experiencias religioso–místicas de teólogos y sacerdotes,

y el fomento de la creatividad de artistas y

escritores mediante LSD y psilocybina. En estas investigaciones

participaron también de vez en cuando

personalidades como Aldous Huxley, Arhtur Koestler

y Allen Ginsberg. Se concedió especial importancia a

la cuestión de en qué medida la preparación anímica

y las expectativas del analizando, además del marco

externo del experimento, pueden influir sobre el rumbo

y el carácter del estado de embriaguez psicodélica.

En enero de 1963, Leary me envió un informe

exhaustivo sobre estos estudios, en los que transmitía

con palabras de entusiasmo los resultados positivos

obtenidos y expresaba su creencia en la utilidad y las

prometedoras posibilidades de estas sustancias activas.

A la vez, la empresa Sandoz recibió un pedido

de envío de 100 g de LSD–25 y de 25 kg de psilocybina,

firmado por la Universidad de Harvard, Department

of Social Relations, Dr. Timothy Leary. La demanda

de cantidades tan enormes (que corresponden a un

millón de dosis de LSD y a 2,5 millones de dosis de

psilocybina) se justificaba con la planeada extensión

de las investigaciones a estudios de los tejidos, órganos

y animales. Hicimos depender el envío de esas

sustancias de la presentación de una licencia de importación

de parte de las autoridades sanitarias de los

Estados Unidos. A vuelta de correo obtuvimos el pedido

de envío por las mencionadas cantidades de LSD

y psilocybina junto con un cheque de diez mil dólares

de primer pago... pero sin la licencia de importación

demandada. Este pedido Leary ya no lo firmaba

como integrante de la Universidad de Harvard,

sino como presidente de una organización nueva fundada

por él mismo, la IFIF (International Federation

for Internal Freedom). Cuando además nuestra consulta

con el decano correspondiente de la Universidad

de Harvard dio por resultado que las autoridades universitarias

no autorizaban la prosecución de los proyectos

de investigación de Leary y Alpert, anulamos

nuestra oferta y retornamos los diez mil dólares.

Poco después, Leary y Alpert fueron exonerados

del cuerpo docente de la Universidad de Harvard,

porque las investigaciones, que al comienzo se habían

desarrollado dentro de un marco científico, habían

perdido ese carácter. Las series de tests se habían

transformado en

parties de LSD. Cada vez más estudiantes

se afanaban por ser voluntarios en estos experimentos,

que se convirtieron en una juerga universitaria:

el LSD como billete para un viaje emocionante

a nuevos mundos de la experiencia anímica y

física. El

trip de LSD se convirtió, entre la juventud

universitaria, en la moda más emocionante y novedosa,

que se extendió rápidamente desde Harvard a

las demás universidades del país. Sin duda contribuyó

decisivamente a esta difusión la doctrina de Leary,

de que el LSD no sólo sirve para hallar lo divino y

descubrirse a sí mismo, sino que es además el más

potente afrodisíaco que la humanidad haya conocido.

En una posterior entrevista concedida a la revista

mensual «Playboy», Leary declaraba que la intensificación

de la vivencia sexual y del orgasmo mediante

el LSD habría sido uno de los motivos principales del

boom

del LSD.

Después de su exoneración de la Universidad de

Harvard, Leary se transformó por completo de profesor

de psicología en mesías del movimiento psicodélico.

Él y sus amigos del IFIF fundaron un centro

de investigación psicodélica en medio de un paisaje

hermoso en Zihuatanejo, Méjico. Yo mismo recibí una

invitación personal del Dr. Leary para participar en

un curso de planificación

top level de drogas psicodélicas,

que debía iniciarse allí en agosto de 1963. Me

habría gustado aceptar esta generosa invitación, que

incluía viáticos y alojamiento gratuito, para conocer

con mis propios ojos los métodos, el funcionamiento

y toda la atmósfera de un centro de investigación psicodélica

de esa índole, sobre lo cual ya en aquel entonces

circulaban unos informes contradictorios y en

parte muy extraños. Lamentablemente mis compromisos

laborales me impidieron viajar a Méjico.

El centro de investigación de Zihuatanejo no tuvo

larga vida. El gobierno mejicano desterró a Leary y

a sus seguidores. Sin embargo Leary, que ahora no

era sólo el mesías, sino además el mártir del movimiento

psicodélico, recibió pronto la ayuda del joven

millonario neoyorquino Williamin Hitchcock, quien

puso a su disposición una mansión señorial en su gran

propiedad rural en Millbrook, Nueva York, para que

fuera el nuevo hogar y cuartel general del ex–profesor.

Millbrook fue también la sede de una fundación para

un modo de vida psicodélico, trascendente: la

Castalia Foundation.

En un viaje a la India, Leary se convirtió en 1965

al hinduismo. Al año siguiente fundó una comunidad

religiosa, la

League for Spiritual Discovery, cuyas iniciales

son la abreviatura LSD.

El llamamiento de Leary a la juventud, que resumió

en su famoso lema:

turn on–tune in drop out!,*

se convirtió en un dogma central del movimiento

hippie. Leary es uno de los padres fundadores del

culto hippie. Sobre todo el último de estos tres mandamientos,

el

drop out, la incitación a abandonar la

vida burguesa, volverle la espalda a la sociedad, renunciar

a la escuela, al estudio, a la profesión, y dedicarse

por completo al universo interior, al estudio

del sistema nervioso, después de haberse en–tren–ado

con LSD... esta exhortación superaba los ámbitos psicológico

y religioso, y tenía una significación social y

política. Resulta, pues, comprensible que Leary no

* Encendeos, sintonizaos por dentro y dejarlo todo (en inglés en

el original).

sólo se convirtiera en

enfant terrible de las universidades

y de sus colegas académicos de la psicología y

psiquiatría, sino que también provocara la irritación

de las autoridades políticas. Por eso lo vigiló la policía;

luego se lo persiguió y finalmente se lo encarceló.

Las severas penas —diez años de prisión impuestos

por un tribunal tejano y otros diez por uno mejicano,

por tenencia de LSD y marihuana, y la condena de

treinta años (luego anulada) por contrabando de marihuana—

muestran que el castigo de estas faltas era

sólo un pretexto para poner a buen recaudo al seductor

y amotinador de la juventud, a quien no podía

perseguirse de otro modo. En la noche del 13 al 14 de

setiembre de 1970 Leary logró huir de la cárcel californiana

de San Luis Obispo. Pasando por Argelia,

donde se contactó con Eldridge Cleaver, uno de los

dirigentes del movimiento

Black Panthers que vivía

allí en el exilio, Leary llegó a Suiza; aquí solicitó asilo

político.

Encuentro con Timothy Leary

Leary vivía con su esposa Rosemary en Villars–sur–

Ollon, un lugar de veraneo en el Valais. Por mediación

del Dr. Mastronardi, el abogado del Dr. Leary,

se arregló un encuentro conmigo. El 3 de setiembre

de 1971 me encontré con él en el bar de la estación

ferroviaria de Lausanne. El saludo, bajo el signo de la

comunidad de destino debida al LSD, fue cordial. De

mediana estatura, delgado, flexible, movedizo, la cara

enmarcada por cabello castaño, entrecano, levemente

ondulado, de aspecto juvenil, con ojos claros y sonrientes...

Leary parecía más bien un campeón de tenis

que un antiguo docente de Harvard. Viajamos en

coche a Buchillons, donde en el cenador del restaurante

A la Grande Forêt

, con pescado y una botella

de vino blanco, se inició el diálogo entre el padre y el

apóstol del LSD.

Le dije que lamentaba que las promisorias investigaciones

con LSD y psilocybina en la Universidad de

Harvard hubieran tomado un rumbo que hacía imposible

su prosecución en el marco académico.

El reproche más serio que le formulé a Leary se

refirió, sin embargo, a la propagación de LSD entre

los jóvenes. Leary no intentó refutar mis opiniones

acerca de los peligros especiales de LSD para la juventud.

Con todo, opinó que mi reproche de haber

seducido a personas inmaduras al consumo de drogas

no estaba justificado, porque los

teenager estadounidenses

se podrían equiparar a europeos adultos en lo

que respecta a información y experiencia vital exterior.

Alcanzarían muy tempranamente un estado de

madurez, pero también un simultáneo estado de saturación

y de estancamiento espiritual. Por eso consideraba

que la experiencia de LSD también tenía sentido

y era útil y enriquecedora para esas personas

relativamente jóvenes.

Luego le critiqué a Leary en esta conversación la

gran publicidad que les daba a sus experimentos con

LSD y psilocybina, al invitar a periodistas de diarios

y revistas, movilizar a la radio y la televisión y hacerles

informar al gran público. Lo que allí importaba

no era la información objetiva sino el éxito publicitario.

Leary defendió esta exagerada actividad publicitaria

argumentando que era su papel providencial

hacer conocer el LSD en todo el mundo. Ello habría

tenido efectos tan positivos sobre todo en la generación

joven de la sociedad norteamericana, que no debían

entrar en cuenta los pequeños perjuicios y los

lamentables incidentes causados por un empleo equivocado

del LSD.

En esta conversación pude comprobar que se es

injusto si se califica a Leary sin más ni más como

apóstol de las drogas. Leary distinguía severamente

las drogas psicodélicas —LSD, psilocybina, mescalina,

hashish—, de cuyos efectos beneficiosos estaba convencido,

de los estupefacientes conducentes a la toxicomanía:

morfina, heroína, etc., y alertaba repetidamente

contra el uso de estos últimos.

Este encuentro personal con Leary me dejó la impresión

de una personalidad afable, convencida de su

misión, que defiende sus opiniones a veces bromeando,

pero sin transigir y que, trasuntado por la fe en

los efectos mágicos de las drogas psicodélicas y del

optimismo resultante, navega entre nubes y tiende a

subestimar o incluso a no ver las dificultades prácticas,

los hechos desagradables y los peligros. Esta despreocupación

Leary también la evidenciaba frente a

las acusaciones y peligros que afectaban a su propia

persona, como lo muestra patentemente su vida en

los años siguientes.

Durante su estancia en Suiza volví a ver a Leary

casualmente en febrero de 1972 en Basilea, con motivo

de una visita a la casa de Michael Horowitz, el

curador de la

Fitz Hugh Ludlow Memorial Library,

una biblioteca de Chicago especializada en literatura

sobre drogas. Viajamos juntos a mi casa en el campo,

donde proseguimos nuestra conversación de setiembre.

Leary parecía haber cambiado. Se mostraba inquieto

y distraído, de modo que en esta oportunidad

no se dio un diálogo productivo. Éste fue mi último

encuentro con el Dr. Leary.

Abandonó Suiza a fin de año con su nuevo amor

Joanna Harcourt–Smith, tras haberse separado de su

esposa Rosemary. Después de una breve estancia en

Austria, donde Leary participó en una película esclarecedora

sobre la heroína, Leary siguió viaje con su

amiga a Afganistán. En el aeropuerto de Kabul fue

detenido por agentes del servicio secreto norteamericano

y llevado de nuevo a California a la cárcel de

San Luis Obispo.

Después que ya no se hablaba de Leary, reapareció

su nombre en los diarios en el verano de 1975. Leary

habría conseguido que lo pusieran en libertad antes

de tiempo. Pero fue liberado sólo en la primavera de

1976. Sus amigos me contaron que estaba ocupándose

ahora en problemas psicológicos de la navegación espacial

y en la investigación de las correspondencias

cósmicas del sistema nervioso humano en el espacio

interestelar, es decir, en problemas cuyo estudio seguramente

ya no le acarreará problemas con las autoridades.

8

Viajes al cosmos del alma

De este modo tituló el estudioso del Islam Dr. Rudolf

Gelpke su informe sobre sus autoensayos con

LSD y psilocybina, publicado en la revista «Antaios»

(cuaderno de enero de 1962), y así también podrían

designarse las siguientes descripciones de experiencias

con LSD. La expresión está bien elegida, porque

el espacio interior del alma es igual de infinito y enigmático

que el espacio cósmico exterior, y porque tanto

los cosmonautas del espacio exterior cuanto los del

interior no pueden permanecer allí, sino que tienen

que regresar a la tierra, a la conciencia cotidiana.

Además, ambos viajes exigen una buena preparación,

para que puedan desarrollarse con un mínimo de peligro

y convertirse en una empresa realmente enriquecedora.

Los informes siguientes pretenden mostrar cuan

distintas pueden ser las experiencias de la embriaguez

provocada por el LSD. La selección de los informes

también estuvo determinada por la motivación que

guiaba los ensayos. Se trata en todos los casos de informes

de personas que no probaron el LSD simplemente

por curiosidad o como estimulante extraño, sino

que experimentaron con LSD porque buscaban posi-

bilidades de ensanchar las vivencias del mundo interior

y exterior, de abrir con esta droga/llave nuevas

«puertas de percepción» (William Blake,

Doors of perception.),

o, si conservamos el símil de Gelpke, de superar

el espacio y el tiempo y llegar así a nuevas perspectivas

y conocimientos en el cosmos del alma.

Los dos primeros protocolos de experimentos que

se publican a continuación están extraídos del informe

de Rudolf Gelpke citado al comienzo del capítulo.

Danza de las almas al viento

(0,075 mg de LSD,

23 de junio de 1961, 13’00 horas).

Después de haber ingerido esta dosis, que

puede considerarse una dosis media, charlé muy

animadamente hasta las 14 horas con un colega.

Después me dirigí solo a la librería Werthmüller

(de Basilea), donde la droga comenzó a actuar

con toda claridad. Lo percibí sobre todo porque

dejaba de interesarme el contenido de los libros

que revolvía tranquilamente en el fondo de la

tienda, mientras que se ponían de relieve detalles

casuales que parecían adquirir especial significación...

Después de apenas diez minutos

me descubrió una pareja amiga, y tuve que dejarme

arrastrar a una conversación, lo cual no

me resultaba nada agradable, pero tampoco verdaderamente

molesto. Escuchaba la conversación

(y también a mí mismo) «como de lejos». Las

cosas de las que se hablaba (se trataba de cuentos

persas que había traducido) «pertenecían a

otro mundo»: a un mundo sobre el que podía

opinar (puesto que hasta poco tiempo antes lo

había habitado yo mismo y recordaba sus «reglas

de juego»!), pero con el que ya no estaba

relacionado en el terreno de los sentimientos.

Mi interés por ese mundo se había extinguido...

pero no podía dejar traslucirlo.

Después de que hube logrado despedirme seguí

callejeando hasta la plaza del mercado. No

tenía «visiones»; veía y oía todo como de costumbre,

y sin embargo todo había cambiado de

un modo inexplicable; había «paredes invisibles

de vidrio» por todas partes. A cada paso que

daba me comportaba más como un autómata.

Sobre todo me llamaba la atención el hecho de

que parecía estar perdiendo más y más el dominio

de mis músculos faciales; estaba convencido

de que mi rostro carecía de toda expresión

y de que estaba vacío, laxo y rígido como una

máscara. Sólo podía seguir caminando y moviéndome

porque recordaba qué y cómo lo había

hecho «en otros tiempos». Pero a medida que

el recuerdo se alejaba, me volvía cada vez más

inseguro. Recuerdo que de algún modo me estorbaban

mis propias manos: las metía en los bolsillos,

las dejaba bambolearse, las cruzaba en la

espalda... como objetos molestos que uno tiene

que llevar consigo y no sabe bien dónde colocarlos.

Así me sucedía con todo mi cuerpo. Ya

no sabía para qué servía ni qué hacer con él.

Había perdido toda capacidad de decisión; tenía

que reconstruir las decisiones trabajosamente

por el rodeo del «recuerdo de cómo lo hacía

antes»; así me sucedió también con el breve

camino desde la plaza del mercado hasta mi casa,

adonde llegué a las 15’10 horas.

Hasta ese momento no había tenido la sensación

de estar embriagado ni mucho menos. Lo

que experimentaba era más bien una paulatina

extinción espiritual. No tiene nada de terrible;

pero puedo imaginarme que en la fase de transición

de ciertas enfermedades mentales —claro

que distribuido a lo largo de períodos más prolongados—

ocurre un proceso parecido: mientras

siga habiendo un recuerdo a la anterior existencia

propia en el mundo humano, el enfermo

que ha perdido los puntos de contacto con ese

mundo aún puede orientarse (mal o bien) en el

mismo; pero luego, cuando los recuerdos van evanesciendo

y finalmente desaparecen, pierde esa

capacidad por completo.

Poco después de haber entrado a mi habitación,

la «insensibilidad vidriosa» desapareció.

Me senté mirando una ventana y quedé fascinado

de inmediato: las hojas de la ventana estaban

abiertas de par en par, mientras que las

cortinas de tul transparentes estaban cerradas,

y ahora una suave brisa jugueteaba con estos

velos y con las siluetas de las plantas de las

macetas y las enredaderas en la cornisa; la luz

del sol dibujaba estas figuras en las cortinas ondulantes.

Este espectáculo me cautivó por entero.

Me «hundí» en él, y ya no veía más que este

suave e incesante ondear y mecerse de las sombras

de las plantas en el sol y el viento. Sabía

«de qué» se trataba, pero le busqué un nombre,

una fórmula, la «palabra mágica» que yo conocía

—y la encontré: DANZA DE LA MUERTE,

DANZA DE LAS ALMAS... Esto era lo que me

mostraban el viento y la luz en el velo de tul.

¿Era terrible? ¿Tenía yo miedo? Quizás... al

comienzo. Pero luego me invadió una gran placidez,

y oí la música del silencio, y también mi

alma bailaba con las sombras redimidas al son

de la flauta del viento. Sí, ya comprendía: ésta

es la cortina y ella misma, esta cortina, ES este

arcano, eso «último» que esconde. ¿Por qué, entonces,

desgarrarla? Quien lo hace, sólo se desgarra

a sí mismo. Porque «detrás», detrás de la

cortina, no hay «nada»...

Pólipo de la profundidad

(0,150 mg de LSD,

15 de abril de 1961, 9’15 horas).

Comienzo del efecto ya después de unos treinta

minutos con fuerte excitación, temblor en las

manos, escalofríos en la piel, gusto a metal en

el paladar.

10’00: «El entorno de la habitación se transforma

en ondas fosforescentes, que

parten de mis pies y recorren también

mi cuerpo. La piel —y sobre

todo los dedos de los pies— están

como eléctricamente cargados; una excitación

aún creciente sin cesar impide

todo pensamiento claro...».

10’20: «No hallo palabras para describir mi

estado actual. Es como si “otro”, una

persona totalmente ajena a mí, se apoderara

de mí parte por parte. Tengo

enormes dificultades para escribir

(¿estoy «reprimido» o «deprimido»?

¡No lo sé!)».

Este proceso inquietante de una creciente

autoalienación me causaba un sentimiento de impotencia,

de estar desvalido sin remedio. Hacia

las 10’30 horas vi con los ojos cerrados innumerables

hilos que se entrelazaban sobre un fondo

rojo. Un cielo plomizo parecía oprimir todas las

cosas; yo mismo sentía mi ego comprimido dentro

de sí y me parecía ser un enano apergaminado...

Poco antes de las 13 horas huí de la

compañía de nuestro atelier, con su atmósfera

cada vez más oprimente, en la que no hacíamos

más que impedirnos mutuamente el desarrollo

pleno de nuestra embriaguez. Me senté en el

suelo de un pequeño cuarto vacío, con la espalda

apoyada en la pared; a través de la única

ventana enfrente de mí veía una porción de cielo

nuboso gris–blanco. Esto, como en general todo

lo que me rodeaba, en este momento me parecía

desconsoladoramente normal. Estaba deprimido

y me sentía tan feo y odioso que no habría osado

(como efectivamente lo evité por la fuerza

varias veces aquel día) mirarme en un espejo u

observar el rostro de otra persona. Anhelaba que

esta embriaguez finalizara de una buena vez; pero

todavía tenía todo mi cuerpo en su poder. Creí

sentir muy dentro de mí su pesada carga, y cómo

rodeaba mis miembros con cien tentáculos de

pólipo... sí, verdaderamente experimentaba este

contacto que me electrizaba con un ritmo misterioso

como el de un ser real, invisible, pero

trágicamente omnipresente, al que le hablaba en

alta voz, lo insultaba, le rogaba y lo desafiaba a

un combate cuerpo a cuerpo... «No es más que

la proyección de lo malo dentro de ti», me aseguraba

otra voz, «es el monstruo de tu alma».

Este reconocimiento fue como un destello de

espada. Me atravesó con un filo redentor. Los

brazos del pólipo me soltaron —como cortados—

y simultáneamente el gris del cielo, que

hasta ahora había sido tan lúgubre y opaco, refulgía

a través de la ventana abierta como agua

iluminada por el sol. Cuando lo miré tan fascinado,

se convirtió (para mí) en agua verdadera:

se me ocurrió que era una fuente subterránea

que de pronto había estallado y que ahora rebullía,

hacia mí, que quería convertirse en un río,

un lago, un mar, con millones y millones de gotas;

y en cada una de estas gotas estaba bailoteando

la luz... Cuando el cuarto, la ventana y el

cielo habían vuelto a mi conciencia (eran las

13’25 horas), la embriaguez todavía no había terminado,

pero sus secuelas, que me duraron dos

horas, se parecieron mucho al arco iris que sigue

a la tormenta.

El sentir que el medio en el que uno se encuentra

se vuelve extraño, del mismo modo que el propio

cuerpo, así como la sensación de que un ser extraño,

un demonio, se apodere de uno, descritos por Gelpke

en los dos experimentos anteriores, son ambos característicos

de la embriaguez del LSD. Por grandes que

sean las diferencias y variantes de la experiencia

del LSD, aquéllos se citan en la mayor parte de los

protocolos de experimentos. Ya en mi primer autoensayo,

como se pudo leer, describí la toma de posesión

por parte del demonio del LSD como una experiencia

inquietante. En aquel experimento mi miedo

y terror fueron especialmente intensos, porque todavía

no existía la experiencia de que el demonio luego

suelta a sus víctimas.

El baile de las garzas

Erwin Jaeckle publicó un significativo autoensayo

con LSD en una edición particular cuidadosamente

presentada: «Schicksalsrune in Orakel, Traum und

Trance» («Runa del destino en el oráculo, el sueño

y el trance»), Arben–Press, Arbon, 1969. Este ensayo

se realizó el 2 de diciembre de 1966; fue supervisado

por Rudolf Gelpke, quien levantó un protocolo textual.

Luego, Jaeckle lo describió y comentó a partir

de lo que recordaba.

Como creía vivir dentro del círculo mágico,

inicié el experimento con desenfadada naturalidad.

No lo temía. Pero desconfiaba de mi propia

persona, conocía mis imprevisibles estallidos

y catástrofes y temía, por tanto, a ese otro

dentro de mí; tenía recelos a encontrarme con

él. Por eso le di las llaves de mi coche a mi

mentor y estaba dispuesto a echarle el cerrojo

a mi colección de espadas japonesas.

Dos horas después del ingreso en el dominio

común, una hora después del comienzo del ensayo,

se incrementó mi cansancio a medida que

iba distendiéndome. Sólo cambiaba la voz. Me

parecía ronca, sin resonancia, como las voces

en un paisaje nevado. Esto pasó. El pulso estaba

ligeramente acelerado. Dos horas después del inicio

del experimento se redujo a 64 pulsaciones.

Ahora me sentía más liviano, casi sin peso, y podría

haber escalado sin problemas la escarpada

cuesta del castillo de la ciudad. También entre

las paredes se caminaba verdaderamente ingrávido.

Las sombras en los rincones y debajo de

la lámpara se volvieron de color azul humo. La

carne estaba flotando, ingrávida, el cuerpo lleno

de poros era ubicuo, ya no era cuerpo, ni aquí

ni allí. El salón de fiestas del señor de pendón

y caldera

3 comienza a respirar aquí y acullá.

Las cosas respiran. Hacia donde miraba con voluntad,

el objeto se tornaba cotidiano y sin participación,

pero contra los contornos del campo

visual las cosas respiraban cada una como movidas

en ondas el aliento

único que las abrazaba

a todas ellas. Los colores florecieron, se volvieron

más íntimos, elevados, y el gran cuadro

3. El cuarto en la antigua casa

Zur schwarzen Tulpe («El tulipán

negro»), en Stein–am–Rhein, en el que tuvo lugar el experimento.

mural del arca adquirió tridimensionalidad. Podría

haberme deshecho dentro de él. Pero no

tenía necesidades. Acostado boca arriba, no veía

ningún motivo para moverme. Se desmintieron

todos los temores. Estaba conforme conmigo,

quería simplemente estar sin intención alguna.

Muy abiertos como estaban mis sentidos, me revelaban

que cada cosa contiene una letra de acróstico

de la única buena sabiduría universal, y que

lo que, por tanto, debía hacerse era encontrarlo

y erigirlo en muchas, en todas las cosas de la

unidad del poema universal. Esto lo experimenté

como un sentimiento de amor unitivo. No era

pensado. De esta índole debe de haber sido también

el sentido de la divisa que había formulado

poco tiempo ha en latín y en forma de acróstico,

relativa a un aforismo alemán de la «Pequeña

Escuela del Hablar y el Callar»:

amor maximus

amor rei est.

Le llamé la atención al respecto a

mi acompañante, se lo hice apuntar, porque quería

incluirlo. Así él participaba del acróstico universal.

Busqué su letra. Tenía que hacerlo efectivo.

Eso excluye el odio. El odio limita. Mi experiencia

era ilimitada. En esta etapa del ensayo

busqué la palabra correcta; pero la palabra exacta

no incluía, excluía, la inexacta se volvía banal.

Las vivencias del ensayo sólo podía formularlas

en alto alemán. Por eso me movía a todas horas

dentro del ámbito de la lengua escrita. Examiné

mis hallazgos. Estaba desilusionado cuando las

definiciones fracasaban, lo intentaba de nuevo,

apasionadamente, recomenzando una y otra vez,

saltando con gritos socarrones al rincón, girando,

riendo, porque lo sabía pero no hallaba la

palabra. La risa testimoniaba el acuerdo con la

inteligencia. Este acuerdo era completamente modesto.

Sabía que no vale la pena levantar la

mano. Al contrario: el ocio estaba más cerca

de la sabiduría. Pues la voluntad ensombrece

la inteligencia. Se le ilumina a quien no tiene

voluntad. Me sorprendí en el hecho de que la

pasión por las palabras parecía contradecir lo

anterior. Pero la palabra buscada carecía de

toda intención. Debía estar ahí, no actuar. No

había embriaguez, sino lúcido automatismo de

las fuerzas mentales. Las fuerzas mentales estaban

en los poros, no en el cerebro. Luego

supe que el acróstico universal se constituirá

sólo en muchos, en todos los poemas. Prometí

realizar también en el futuro la excursión infinita

hacia la palabra. Se trata del Eros del egocentrismo.

Estaba seguro de mis fuerzas en el

futuro, aunque me doliera el plexo solar. Me

dolía. No estaba acostado, no sentía el lecho, me

aseguraba con las manos del basto cielorraso,

gozaba con su superficie, comprendía la cosa

con los dedos, la construía con los sentidos

aguzados.

Luego llegaron las garzas al artesonado color

oro de miel. Balanceándose como flores. Dos de

ellas. Una me miraba, me observaba. La miré

detenidamente. Veía la huella de la rama en la

madera. Pero la mirada continuó. Las garzas

tenían su florida conversación danzante. En silencio.

Las comprendía. Todo era comprensión.

También ellas participaban del ritmo universal

fluyente, estaban comprendidas en él fluctuando

a modo de algas. Les sonreí, le confirmé a

mi mentor que sabía de su realidad ficticia, pero

les guiñaba un ojo. De todos modos. ¿Cuáles

son las realidades? Carente de necesidades como

estaba, la pregunta quedó sin contestarse. Sólo

contaba la armonía. La armonía con las garzas,

cuyos picos en alto se tocaban sublimes, y la

armonía con la voz tranquila e interesada de

mi acompañante, en la que yo también estaba

encerrado cuando se me acercaba. Bajo la creciente

armonía el color dorado del techo de

madera fulguraba íntimo, pero supraterrenal

como el sol. Cuando la luz se desplomaba, el

cuarto volvía a acercarse, casi hostil, frío, pero

yo permanecía dispuesto a volar. Cuando el

cielorraso volvía a florecer, yo sabía la palabra

que había estado buscando. No la decía,

porque la había comido. Estaba en el pulso, en

el aliento, en el aliento de las cosas en la periferia

del campo visual, y no era más que un

gran ritmo. Lo definí en contradicción con cualquier

metro. Una y otra vez salían brillantes

los colores del fresco del arca y se difundían

en el cuarto, se extinguían, se convertían en

cuadro. Corpóreos eran de otra realidad. Los colores

tenían dimensiones. Los bordes eran transparentes.

El descenso fue infinitamente plano,

retenido por breves subidas, descendía cayendo.

Ascenso y caída eran luminosamente verdaderos,

relumbrantes, se extinguían. El artesonado

comenzó a combarse. Los cuadrados estaban

ahora limitados por arcos, un maravilloso panal

referido uniformemente al centro de una esfera

que estaba debajo de mí. Mi peso era igual a

la succión de la luz. Por lo tanto, yo era ingrávido.

Si al comienzo del ensayo miraba una hoja

blanca, se volvía azul de niebla matinal, luego

rojo de alborada. Al final y dominantemente

color malva. Pero ahora todo el universo resplandecía

íntimamente dorado de miel. Era el

cielorraso. Pero el cielorraso no era. Este resplandor

era de tipo supraterrenal, pero muy

presente. Estaba.

Así llegué sin apearme. Aún durante el desayuno,

durante la tarde, cuando viajé en coche

a Schaffhausen y regresé a Stein am Rhein no

me había apeado. Llegué bien.

Las experiencias del ascenso se repitieron

especularmente en el descenso: la liviandad para

caminar, la libertad para respirar, la ronquera

de la voz. Pero los sentidos estaban depurados.

Eso siguió. Sigue. El mundo es ahora distinto.

Más colorido en la armonía. Tiene una dimensión

más. Su plasticidad es acendrada.

Me puse contento porque no se presentaron

las figuras de mis temidas amenazas. Fui un

buen camarada para mí. Seguiré siendo un buen

camarada para mí. El experimento me brinda

una elevada autoafirmación. Me dio confianza,

libertad y disposición. Me llevé a mí —a saber,

al mejor— en el descenso, me entiendo con él,

le sonrío porque hemos estado allí, porque estamos

enlazados en el acróstico, lo llevamos con

nosotros. No se trataba de perturbaciones de

la conciencia, sino de la realización de la conciencia,

de la comunidad universal, del aliento

único al que pertenecemos. Por eso los ruidos

eran exactos, nítidos. En su presencia peculiar

anunciaban su testimonio de ubicuidad. Lo mismo

hacían los colores. Cuando resplandecían

significaban la luz que los llenaba, no el color.

También el color. Ambos eran una misma cosa.

Un triunfo de la seguridad más presente. Por

eso yo conocía el curso exacto del tiempo, que

estallaba una y otra vez en —intemporales—

infinitudes. El tiempo tenía simultáneamente un

paso extensivo y una infinitud intensiva. Por

ello también los pensamientos saltaban aquí y

allá. Pues allá y aquí estaban en el centro. Esto

no puede perderse. Me pareció una circunstan-

cia feliz el hecho de que todo el ensayo se desarrollara

en un clima tan alegre. Pocas veces

me he reído tanto y tan de corazón. Me reía

toda vez que me sentía unido a las cosas, cuando

sin palabras me sentía existir. Cada risa sostenía

en su armonía toda la sabiduría universal.

Rimaba con el acróstico, era

risa celestial.

El informe del experimento de Erwin Jaeckle se

caracteriza porque en su calidad de escritor y poeta

logra expresar muchas alternativas de la experiencia

del LSD que a la mayoría de los viajeros de LSD les

parecen «innenarrables» o «indescriptibles». Su filosofía

personal ingresa en sus imágenes de LSD, se

hace visible en ellas. Este ensayo muestra también

hasta qué punto la personalidad del experimentador

coloca su impronta en la embriaguez de LSD.

La experiencia de LSD de un pintor

A un tipo de experiencias de LSD totalmente distintas

pertenecen las experiencias que se describen en

el siguiente informe perteneciente a un pintor. Vino

a verme porque quería saber cómo había que asumir

e interpretar lo vivido bajo los efectos del LSD. Temía

que la profunda mudanza que se había dado en su

vida a consecuencia de un experimento con LSD pudiera

basarse en una mera ilusión. Mi explicación de

que, en tanto agente bioquímico, el LSD sólo había

desencadenado, pero no creado, sus visiones, y que

éstas provenían de su fuero interno, le dio confianza

en el sentido de su transformación.

...Viajé, pues, con Eva a un solitario valle

de montaña. Allí arriba, en la naturaleza, debe

de ser hermoso estar con Eva. Ella era joven

y atractiva. Veinte años mayor que ella, me encontraba

en el medio de mi vida. Pese a experiencias

penosas que había hecho hasta ese momento

a consecuencia de escapadas eróticas,

pese al dolor y las decepciones que había inferido

a los que me habían querido y creído en

mí, me sentía atraído con una fuerza irresistible

a esta aventura, a Eva, a su juventud.

Estaba a merced de esta muchacha. Nuestra

relación sólo comenzaba, pero sentía esos poderes

seductores con más fuerza que en cualquier

otra situación anterior. Sabía que no podría

resistir mucho tiempo más. Por segunda vez en

mi vida estaba dispuesto a abandonar a mi familia,

renunciar a mi empleo y quemar todas las

naves. Quería entregarme con desenfreno a esta

embriaguez voluptuosa con Eva. Ella era la vida,

la juventud. Una vez más, me decía una voz interior,

una vez más beber la copa del goce y de la

vida hasta la última gota, hasta la muerte y la

destrucción. Y que después me llevara el diablo.

Aunque hacía tiempo que había abolido a Dios y

al diablo. Esos eran para mí tan sólo inventos

humanos utilizados por una minoría atea y sin

escrúpulos para sojuzgar y explotar a una mayoría

creyente e ingenua. No quería tener nada que

ver con esa moral social mendaz. Quería gozar,

gozar sin consideraciones

—et aprés nous le déluge.

*

«Qué me importa mi mujer, qué me importa

mi hijo— déjalos mendigar, si tienen hambre

»

N. del. T.: dos versos de un popular poema

de Heinrich Heine). También la institución matrimonial

me parecía una mentira social. El matrimonio

de mis padres y los de mis conocidos me

parecían confirmarlo de sobra. Seguían juntos

* Después de mi el diluvio. (En francés en el original.)

porque era más cómodo; se habían acostumbrado

a la idea, y: «si no fuera por los niños...». Bajo

la cobertura de un buen matrimonio la gente se

torturaba anímicamente hasta tener exantemas y

úlceras, o cada cual seguía su propio camino. La

idea de poder amar durante toda una vida a una

sola mujer hacía revolverse todo dentro de mí.

Me parecía directamente repugnante y antinatural.

Ese era mi estado de ánimo aquella tarde

funesta de verano a orillas del lago.

A las siete de la tarde ambos tomamos una

dosis bastante fuerte de LSD, alrededor de 0,1 miligramos.

Luego paseamos por la orilla del lago

y nos sentamos a descansar. Tiramos piedras al

agua y observamos las ondas que se formaban.

Comenzamos a notar una leve intranquilidad.

Hacia las ocho fuimos al restaurante y pedimos

té y sandwiches. Había allí algunos comensales

que se contaban chistes y se reían en alta voz.

Nos guiñaban los ojos, que tenían un brillo extraño.

Nos sentimos ajenos y lejanos y teníamos la

impresión de que se nos notaría algo. Afuera

estaba oscureciendo lentamente. Sin muchas ganas

decidimos ir a nuestra habitación en el hotel.

Una calle no iluminada llevaba a lo largo del

negro lago hasta la alejada hospedería. Cuando

abrí la luz, la escalera de granito por la que se

iba de la calle hasta la casa parecía lanzar un

destello con cada paso que dábamos. Eva se

estremeció asustada. «Diabólico», se me cruzó

por la cabeza, y de pronto el susto se apoderó

de mí, y yo sabía: la cosa acaba mal. A lo lejos,

en el pueblo, un reloj daba las nueve.

Apenas llegados a nuestro cuarto, Eva se tiró

en la cama y me miró con los ojos desorbitados.

Hacer el amor, ni pensarlo. Me senté en el borde

de la cama y sostuve con mis manos las de Eva.

Luego llegó el espanto: nos abismamos en un

horror indescriptible que no entendíamos ninguno

de los dos.

Mírame a los ojos, mírame, la conjuraba a

Eva, pero una y otra vez su mirada me era arrebatada;

luego ella gritó aterrorizada y tembló

con todo su cuerpo. No había salida. Afuera había

ahora noche cerrada y el lago profundo, negro.

En la hospedería se habían apagado todas

las luces: la gente debía de haberse ido a dormir.

Qué nos habrían dicho. Tal vez habrían

avisado a la policía, y entonces todo iba a ser

peor. Un escándalo por drogas... pensamientos

insoportablemente atormentadores.

Ya no podíamos movernos del lugar. Allí estábamos

encerrados por cuatro paredes de madera,

cuyas ensambladuras despedían un resplandor

infernal. La situación era cada vez más insufrible.

De pronto se abrió la puerta y entró «algo

terrible». Eva gritó a voz en cuello y se ocultó

debajo de la manta. Otro grito. El horror era

aun mucho peor debajo de la manta. ¡Mírame a

los ojos! —le grité, pero ella agitaba sus ojos de

un lado al otro, como enloquecida. Está enloqueciendo,

pensé aterrorizado. En mi desesperación

le así de los pelos, de modo que no pudiera apartar

su cara de mí. En sus ojos vi una angustia

terrible. Todo nuestro entorno era hostil y amenazador,

como si nos quisiera asaltar en el instante

siguiente. Tienes que proteger a Eva, tienes

que hacerla llegar hasta la mañana, entonces el

efecto cejará —me decía. Pero luego volvía a

hundirme en un espanto sin límites. No había

ya ni razón ni tiempo; parecía que este estado

no acabaría jamás.

Los objetos del cuarto se habían convertido

en muecas vivientes; todo sonreía burlonamente.

Los zapatos de Eva, a rayas amarillas y negras,

que me habían parecido tan excitantes, los vi

arrastrarse por el piso como dos avispas grandes

y malignas. El grifo del agua sobre la pila

se convirtió en una cabeza de dragón, cuyos ojos

me observaban malvados. Recordé mi nombre,

Jorge, y de pronto me sentí el caballero Jorge

que debía combatir por Eva.

Los gritos de Eva me apartaron de estos pensamientos.

Se agarró de mí bañada en sudor y

temblando. Tengo sed, suspiró. Con un gran esfuerzo,

sin soltarle la mano, logré alcanzarle un

vaso de agua. Pero el agua parecía viscosa y formaba

hilos, era venenosa, y no pudimos calmar

nuestra sed. Los dos veladores brillaban con un

resplandor extraño, con una luz infernal. El reloj

dio las doce.

Esto es el infierno, pensé. No deben de existir

ni el diablo ni los demonios pequeños..., pero

los sentíamos dentro de nosotros, llenaban el

espacio y nos martirizaban con un espanto inimaginable.

¿Ilusión, o no? ¿Alucinaciones, proyecciones?

Preguntas sin importancia frente a la

realidad, la angustia dentro de nuestro cuerpo

y que nos agitaba: la angustia, ella era lo único

que había. Recordé algunos pasajes del libro «Las

Puertas de la Percepción», y me calmaron durante

un instante. Miré a Eva, a ese ser lloriqueante,

espantado, en su tormento, y sentí un

hondo arrepentimiento y compasión. Se me había

vuelto extraña; apenas la reconocía. Alrededor

del cuello llevaba una fina cadena dorada con

el medallón de María, madre de Dios. Era un

regalo de su hermano menor. Sentí que de ese

collar partía una radiación bondadosa y tranquilizadora,

relacionada con el amor puro. Pero luego

volvió a estallar el horror, como para nues-

tro aniquilamiento definitivo. Necesité toda mi

fuerza para sostener a Eva. Delante de la puerta

oía el fuerte y siniestro tic–tac del contador eléctrico,

como si quisiera darme en el instante siguiente

una noticia muy importante, mala, destructiva.

De todos los rincones e intersticios volvió

a salir burla, escarnio y maldad. De pronto,

en medio de este suplicio, percibí a lo lejos el

sonar de cencerros como una música maravillosa,

alentadora. Pero pronto se hundieron en

el silencio y volvieron a estallar la angustia y el

terror. Del mismo modo que un náufrago espera

el madero salvador deseé que las vacas se acercaran

de nuevo a la casa. Pero todo siguió en

silencio, y el tic–tac y zumbido amenazador del

contador revoloteaba alrededor de nosotros como

un insecto invisible y maléfico.

Por fin amaneció. Con gran alivio comprobé

que penetraba la luz a través de las persianas.

Ahora podía dejar a Eva librada a sí misma; se

había tranquilizado. Agotada cerró los ojos y se

durmió. Conmocionado y con una profunda tristeza,

yo seguía sentado en el borde de la cama.

Había perdido mi orgullo y mi altivez; de mí

quedaba un puñado de miseria. Me miré en el

espejo y me asusté: había envejecido diez años

esa noche. Deprimido fijé mi vista en la luz

del velador con su fea pantalla de hilos de

plástico. De pronto la luz pareció adquirir mayor

intensidad, y en los hilos de plástico todo

comenzó a brillar y centellear; relumbraba

como diamantes y piedras preciosas en todos los

colores, y dentro de mí surgió un sentimiento

avasallador de felicidad. Súbitamente desaparecieron

la lámpara, la habitación y Eva, y me

encontraba en un paisaje maravilloso, fantástico.

Se lo podía comparar con el interior de una gigantesca

nave de iglesia gótica, con infinitas columnas

y arcos ojivales. Pero éstos no eran de

piedra, sino de cristal. Columnas de cristal azuladas,

amarillentas, lechosas y transparentes me

rodeaban como árboles en un bosque ralo. Sus

puntas y arcos se perdían en las alturas. Una luz

clara apareció delante de mi ojo interno y desde

la luz me habló una voz maravillosa y suave. No

la oía con mi oído externo, sino que la percibía

como pensamientos claros que surgen dentro de

uno mismo.

Reconocí que en los horrores de la noche pasada

había vivido mi propio estado: la egolatría.

Mi egoísmo me había separado de los hombres

y llevado a la soledad interior. Me había amado

sólo a mí mismo, no al prójimo, sino al goce

que podía proporcionarme. El mundo había existido

únicamente para satisfacer mis ambiciones.

Me había vuelto duro, frío y cínico. Eso, pues,

había significado el infierno: egolatría y falta de

amor. Por eso todo me había parecido extraño y

ajeno, tan burlón y amenazador. Deshaciéndome

en lágrimas me enseñaron que el verdadero amor

significa la renuncia al egocentrismo, y que no

es el deseo, sino el amor desinteresado el que

construye el puente al corazón del prójimo. Ondas

de un indecible sentimiento de felicidad inundaron

mi cuerpo. Había experimentado la gracia

de Dios. Pero ¿cómo era posible que resplandecía

sobre mí justamente desde esta pantalla barata?

—La voz interior contestó: Dios está en

todo.

La experiencia a orillas del lago me ha dado

la certeza de que fuera del perecedero mundo

material existe una realidad espiritual eterna, que

es nuestra verdadera patria. Ahora estoy en el

camino del retorno.

Para Eva todo había sido una pesadilla. Nos

separamos poco tiempo después.

Un alegre cántico del ser

Los apuntes siguientes, de un agente de publicidad

de 25 años de edad, pertenecen al libro n.° 627

de la Editorial Ullstein, «LSD — Die Wunderdroge»

(«LSD — la droga maravillosa») de John Cashman.

La hemos incluido en la presente selección de informes

sobre el LSD, porque la secuencia de máxima

felicidad después de visiones de terror, que se expresa

en la vivencia de muerte y resurrección aquí

descrita, es típica del desarrollo de muchos experimentos

con LSD.

Mi primera experiencia con LSD se desarrolló

en la casa de un amigo que me sirvió de guía.

El ambiente me resultaba familiar, la atmósfera

era cómoda y relajada. Tomé dos ampollas de

LSD (200 microgramos), mezcladas con medio

vaso de agua pura. El efecto de la droga duró

casi once horas, a partir del sábado a las 20 hs.

hasta poco antes de las 7 hs. de la mañana siguiente.

Desde luego, no tengo posibilidades de

comparación... pero estoy convencido de que ningún

santo ha tenido visiones más sublimes o hermosas

ni vivido un estado más dichoso de trascendencia

que yo. Mi talento para comunicarles

estas maravillas a otros es muy reducido; soy

incapaz de hacerlo. Tendrá que bastar un bosquejo

casero, mientras que en realidad haría

falta la rica paleta de un gran pintor. Debo disculparme

por el intento de expresar con débiles

palabras la experiencia más impresionante de mi

vida. Mi aire de superioridad al ver la falta de

recursos de otros para explicarme sus propias

visiones celestiales se ha convertido en la sonrisa

sabia del conspirador —las experiencias comunes

no necesitan palabras.

Mi primer pensamiento después de haber bebido

el LSD fue que la droga no tiene ningún

efecto. Me habían asegurado que unos treinta

minutos después se presentarían los primeros

síntomas: una comezón en la piel. No sentí comezón

alguna. Formulé una observación al respecto,

pero me contestaron que aguardara tranquilo

el curso de los acontecimientos. Como no

tenía nada mejor que hacer, miré fijamente el

dial iluminado de la radio y meneé la cabeza al

compás de una canción de moda que desconocía.

Creo que pasaron unos minutos antes de que

notara que la luz del dial variaba sus colores

como un calidoscopio. Veía colores rojos y amarillos

claros que acompañaban a los tonos agudos,

y púrpura y violeta con los tonos graves.

Me reí. No tenía idea de cuándo había comenzado

el juego de colores. Sólo sabía que ahora

era un acontecimiento. Cerré los ojos, pero los

tonos de colores no desaparecieron. Estaba dominado

por el extraordinario poder lumínico de

los colores. Quería hablar, explicar lo que veía,

describir los colores vibrantes, brillantes. Pero

luego eso no me parecía tan importante. Mientras

lo observaba, unos colores radiantes inundaban

el cuarto y se disponían en capas horizontales

al ritmo de la música. De pronto fui

consciente de que los colores eran la música,

pero este descubrimiento no pareció sorprenderme.

Quise hablar de la música de colores, pero

no pude proferir palabra alguna, sino sólo un

balbuceo monosilábico, mientras que atravesaban

mi conciencia con la velocidad de la luz unas

impresiones polisilábicas. Entraron en movimiento

las dimensiones del cuarto, se modificaban

continuamente, se desplazaron primero formando

un rombo tembloroso, luego se dilataron en

un óvalo, como si alguien inflara la habitación

con aire hasta que las paredes amenazaran con

estallar. Me costaba concentrarme en los objetos.

Se derretían en una nada turbia o salían volando

al espacio; hacían excursiones en cámara lenta

que me interesaban sobremanera. Quería mirar

el reloj, pero las manecillas huían de mi mirada.

Quería preguntar la hora, pero no lo hice. Estaba

demasiado fascinado con lo que veía y oía:

sonidos alegres y armónicos... caras únicas.

Estaba fascinado. No tengo idea de cuánto

duró este éxtasis. Sólo sé que lo siguiente fue el

huevo.

El huevo —grande, palpitante, verde brillante—

ya estaba allí antes de que lo descubriera.

Sentí

que estaba. Estaba suspendido en medio

del cuarto. Yo estaba embelesado con su tremenda

belleza, pero temía que pudiera caerse al

suelo y romperse. Pero antes que pudiera completar

este pensamiento el huevo se disolvió

y descubrió una gran flor colorida. Jamás había

visto una flor así. Pétalos de increíble delicadeza

se abrían en el espacio y esparcían los colores

más hermosos en todas las direcciones. Sentía

los colores y los oía cuando acariciaban mi cuerpo,

frescos y tibios, sonantes y aflautados.

El primer sentimiento de miedo sobrevino

después, cuando el centro de la flor fue comiéndose

lentamente los pétalos. Era negro y brillante

y parecía estar formado por las espaldas de innumerables

hormigas. Se comía los pétalos con

una lentitud torturadora. Quise gritar que lo dejara

o se apresurara. Me daba pena ver extin-

guirse lentamente estos hermosos pétalos, como

si los devorara una enfermedad insidiosa. Luego,

en una iluminación repentina, reconocí con espanto

que esta cosa negra estaba deglutiéndome

a mí. ¡Yo era la flor, y éste algo extraño y reptante

estaba devorándome! Grité o chillé; no lo

recuerdo exactamente. La angustia y el asco desplazaron

todo lo demás. Oí que mi guía decía:

«Tranquilo, acompáñame, no te apoyes, acompáñame

». Intenté seguir su consejo, pero esta asquerosa

cosa negra me causaba tal repugnancia

que grité: «¡No puedo! ¡Por Dios, ayúdame!». La

voz me calmó y consoló: «Déjalo llegar. Todo

está bien. No tengas miedo. Acompáñame y no

te resistas».

Sentí que me disolvía en esta horrible aparición.

Mi cuerpo se derretía en olas, se unía con

el núcleo de este algo negro, y mi espíritu era

liberado del yo, de la vida e incluso de la muerte.

En un único momento de claridad total reconocí

que era inmortal. Pregunté: «¿Estoy muerto?».

Pero esta pregunta no tenía sentido. De pronto

hubo luz radiante y la belleza resplandeciente

de la unidad. Todo estaba lleno de esta luz, luz

blanca de una claridad indescriptible. Yo estaba

muerto, y había nacido, y todo era un encanto

puro y sagrado. Mis pulmones estallaban en el

alegre cántico del ser. Era unidad y vida, y el

amor sagrado que llenaba mi ser era ilimitado.

Mi conciencia era aguda y universal. Vi a Dios y

al diablo y a todos los santos, y reconocí la

verdad. Sentí que salía volando al cosmos, ingrávido

y sin ataduras, liberado, para bañarme en

el resplandor bienaventurado de las apariciones

celestiales.

Quería dar gritos de júbilo, cantar acerca de

la nueva vida y el sentimiento y la forma. Sabía

y entendía todo lo que puede saberse y entenderse.

Era inmortal, más sabio que la sabiduría y

capaz del amor que supera a todo amor. Cada

uno de los átomos de mi cuerpo y de mi alma

había visto y sentido a Dios. El mundo era calidez

y bondad. No había tiempo ni lugar ni yo.

Sólo existía la armonía cósmica. Todo estaba en

la luz blanca. Con cada fibra de mi ser sabía que

esto era así.

Incorporé esta iluminación dentro de mí y me

entregué a ella por completo. Cuando comenzó

a empalidecer me sentí impelido a retenerla, y

me resistí obstinado a la invasión de la realidad

de espacio y tiempo. Para mí las realidades de

nuestra limitada existencia ya no eran válidas.

Había visto las verdades últimas, y no podrían

subsistir otras frente a ellas. Mientras me retornaban

lentamente al reino despótico de los relojes,

agendas y pequeñas maldades, intenté informar

sobre mi viaje, mi iluminación, el susto,

la belleza, todo. Debo de haber balbuceado como

un demente. Mis pensamientos se arremolinaban

con una velocidad impresionante, y mis palabras

no lograban guardar el paso. Mi guía sonrió y

dijo que había comprendido.

La selección anterior de informes sobre «viajes al

cosmos del alma», por variadas que sean las experiencias

que abarca, no permite dar una imagen completa

de toda la amplia gama de reacciones ante el

LSD, y que incluye desde sublimes experiencias espirituales,

religiosas y místicas hasta graves perturbaciones

psicosomáticas. Así se han descrito casos de

sesiones con LSD, en las que la estimulación de la

fantasía y de la experiencia visionaria, tal como se

expresa en los protocolos e informes sobre el LSD

aquí presentados, quedó totalmente ausente y la per-

sona en ensayo se encontró todo el tiempo en un

estado de horrible malestar físico y psíquico, o tuvo

incluso la sensación de estar gravemente enferma.

También son contradictorios los informes sobre

la influencia que el LSD ejerce sobre la vivencia sexual.

Dado que el estímulo de todas las percepciones sensoriales

es un rasgo esencial de los efectos del LSD,

la embriaguez de los sentidos del acto sexual puede

sufrir una intensificación insospechada. Pero también

se han descrito casos en los que el LSD no condujo

al esperado paraíso erótico, sino a un purgatorio o

incluso al infierno de una terrible extinción de toda

sensación y al vacío mortal.

Sólo en el LSD y los alucinógenos emparentados

con él se encuentra tal variedad y contraste en las

reacciones frente a una droga. La explicación de este

hecho se encuentra en la complejidad y variabilidad

de la estructura profunda anímico–espiritual del hombre,

en la que el LSD logra penetrar y llevarla en la

experiencia a la imagen.

9

Los parientes mejicanos del LSD

Hacia fines de 1956 una noticia de un diario me

despertó un especial interés. Unos investigadores norteamericanos

habían encontrado entre los indios del

sur de Méjico unas setas que se comen durante ceremonias

religiosas y generan un estado de embriaguez

acompañado de alucinaciones.

La seta sagrada teonanacatl

No se conocía entonces ninguna otra droga que

provocara alucinaciones, como el LSD, salvo el cactus

de la mescalina, que también existía en Méjico. Por

eso me habría gustado contactarme con estos investigadores,

para llegar a conocer esas setas en mayor

detalle. Pero en aquel breve artículo periodístico faltaban

nombres y direcciones, de modo que me fue

imposible obtener más información. De todos modos

seguí pensando en las setas misteriosas, cuya investigación

química hubiera sido una tarea seductora.

Estaba de por medio el LSD, como se comprobó

luego, cuando al año siguiente estas setas hallaron el

camino a mi laboratorio sin que yo interviniera.

Por mediación del Dr. J. Durant, el entonces director

de la filial de Sandoz en París, llegó a la dirección

de investigaciones farmacológicas de Basilea, la pregunta

del profesor Bleim, director del

Laboratoire

de Cryptogamie

del Museum National d’Histoire Naturelle

de París, de si teníamos interés en llevar a

cabo el estudio químico de las setas alucinógenas mejicanas.

Con gran alegría me declaré dispuesto a emprender

esta tarea en mi sección, es decir, en los laboratorios

de investigación de sustancias naturales. Así

quedaba establecida la conexión con los emocionantes

estudios de las setas mágicas mejicanas, cuyos aspectos

etnomicológicos y botánicos se habían ya examinado

científicamente en su mayor parte.

La existencia de estas setas mágicas constituyó durante

mucho tiempo un enigma. La historia de su redescubrimiento

se describe en

Mushrooms, Russia and

History

. * (Pantheon Books, Nueva York, 1957), la obra

clásica de la etnomicología en dos volúmenes muy

bien presentados. Es una versión de primera mano,

pues sus autores, el matrimonio de investigadores

Valentina Pavlovna y R. Gordon Wasson tuvieron una

participación decisiva en este redescubrimiento. La siguiente

exposición de la historia de estas setas está

extraída de la publicación de los Wasson.

Los primeros testimonios escritos sobre el empleo

de setas embriagadoras en ocasiones festivas o en el

marco de ceremonias religiosas y prácticas de curaciones

mágicas se encuentra ya entre los cronistas y

naturalistas españoles del siglo XVI, que llegaron al

país poco después que Hernán Cortés conquistara

Méjico. El testimonio más importante es el del franciscano

Bernardino de Sahagún, quien, en su famosa

Historia General de las Cosas de Nueva España

, escrita

entre 1529 y 1590, cita repetidas veces las setas

* Setas, Rusia y la Historia.

mágicas y describe sus efectos y su empleo. Así describe,

por ejemplo, cómo unos comerciantes celebraron

la vuelta de un exitoso viaje de negocios con una

fiesta de setas.

En la reunión festiva, mientras tocaban las

flautas, comían setas. No ingerían otra comida;

durante toda la noche sólo bebían chocolate.

Comían las setas con miel. Cuando las setas

comenzaron a dar efecto, se bailó y lloró...

Unos veían en sus visiones, cómo morían en la

guerra... otros, cómo los devoraban las fieras

feroces... los terceros, que se enriquecían y podían

comprarse esclavos... los cuartos, cómo

cometían adulterios y luego eran lapidados y

les rompían el cráneo... los quintos, cómo se

ahogaban en el agua... los sextos, cómo encontraban

la paz en la muerte... otros más allá,

cómo se caían del tejado y morían... Todas estas

cosas veían. Cuando disminuyó el efecto de las

setas se reunieron y se narraron unos a otros

lo que habían visto en sus visiones.

En un escrito de la misma época un dominico, fray

Diego Duran, relata que en las grandes fiestas de la

subida al trono de Montezuma II, el famoso emperador

azteca, en 1502, se consumieron setas embriagadoras.

Un pasaje de una crónica de don Jacinto de la

Serna, del siglo XVII, señala la utilización de estas

setas en el marco religioso:

Y lo que sucedió fue que llegó al pueblo un

indio de Tenango, llamado Juan Chichitón...

Traía setas que había juntado en las montañas;

con ellas realizó un culto a los ídolos... En una

casa, en la que se habían reunido para celebrar

a un santo, toda la noche se tocó el teponastli

(instrumento musical azteca) y se cantó... Después

de medianoche, Juan Chichitón, que oficiaba

de sacerdote en este ritual, les dio de comer

setas a todos los presentes a modo de comunión,

y bebieron pulque... de modo que todos perdieron

la razón, que era una vergüenza.

En náhuatl, el idioma de los aztecas, estas setas

se llamaban «teo–nanacatl», lo cual puede traducirse

como «seta divina».

Hay indicios de que el uso ritual de estas setas

comienza en lejanos tiempos pre–colombinos. En Guatemala,

El Salvador y las linderas regiones montañosas

de Méjico se han encontrado las llamadas piedras

de setas. Trátase de esculturas de piedra con

forma de hongo con sombrerete, en cuyo tallo está

esculpido el rostro o la figura de un Dios o un demonio

animal. La mayoría tiene una altura de unos

treinta centímetros. Los arqueólogos fechan los ejemplares

más antiguos en el siglo V a. C. Una de estas

piedras, del período maya clásico temprano (300 a. C-

600 d. C.) se conserva en el Museo Rietberg de

Zurich.

Si la idea de R. G. Wasson es cierta —y hay para

ello argumentos convincentes—, de que hay una conexión

entre estas piedras de setas y el teonanacatl,

esto implica que el culto de las setas, el empleo mágico–

medicinal y religioso–ceremonial de las setas mágicas

tiene más de dos mil años de antigüedad.

Los efectos embriagadores generadores de visiones

y alucinaciones de estos hongos les parecían obra del

diablo a los misioneros cristianos. Por eso intentaron

cortar de raíz este uso. Pero lo lograron sólo en parte,

pues hasta el día de hoy los indios siguen empleando

la seta sagrada teonanacatl en secreto.

Curiosamente, durante los siglos siguientes no se

prestó atención a los informes de las antiguas crónicas

sobre el empleo de hongos mágicos, tal vez porque

se los consideraba producto de fantasías de una

época supersticiosa.

El conocimiento de la existencia de las «setas sagradas

» amenazó con perderse definitivamente cuando

en 1915 un prestigioso botánico americano, el

doctor W. E. Safford, en una conferencia ante la

Sociedad Botánica de Washington y en una publicación

científica planteó la tesis de que jamás había

existido algo así como hongos mágicos; los cronistas

españoles habrían confundido el cactus de la

mescalina con una seta. De todos modos, esta afirmación,

aunque falsa, de Safford dirigió la atención

del mundo de la ciencia hacia el enigma de las setas

misteriosas.

Fue el médico mejicano Dr. Blas Pablo Reko

quien se opuso el primero públicamente a la afirmación

de Safford. Había encontrado indicios de

que en lejanas zonas de las montañas del sur mejicano

se seguirían empleando hoy día setas en ceremonias

médico–religiosas. Pero sólo en los años 1936–

1938 el antropólogo Robert J. Weitlaner y el doctor

Richard E. Schultes, un botánico de la Universidad

de Harvard, hallaron verdaderamente tales setas en

aquella región, y en 1938 un grupo de jóvenes antropólogos

norteamericanos dirigidos por Jean B. Johnson

pudo asistir por primera vez a una secreta ceremonia

nocturna con setas. Sucedió en Huantla de

Jiménez, el pueblo principal del país de los mazatecas,

en la provincia de Oaxaca. Pero los científicos

fueron sólo espectadores; todavía no pudieron probarlas.

Johnson publicó la experiencia en una revista

sueca («Ethnological Studies», 9, 1939).

Luego hubo otro intervalo en el estudio de los

hongos mágicos. Estalló la Segunda Guerra Mundial.

Schultes, por encargo del gobierno americano, tuvo

que dedicarse a la obtención de caucho en la zona

del Amazonas, y Johnson cayó como soldado en el

desembarco de los aliados en el norte de África.

Después fueron aficionados a la investigación, el ya

citado matrimonio Dra. Valentina Pavlovna y R. Wasson,

los que retomaron el problema desde la perspectiva

etnográfica. R. G. Wasson era banquero, vicepresidente

de la Banca Morgan Co. en Nueva York.

Su esposa, muerta en 1958, era pediatra. Los Wasson

prosiguieron el estudio en 1953, en el punto en que

quince años antes J. B. Johnson y otros habían comprobado

la supervivencia del antiguo culto indígena

de las setas, es decir, en la localidad mazateca de

Huautla de Jiménez. Les proporcionó allí informaciones

especialmente valiosas una misionera norteamericana

que trabajaba allí desde hacía muchos años.

Eunice Victoria Pike, miembro de los Wycliffe Bible

Translators,

* gracias a su conocimiento del idioma

indígena y su asistencia espiritual a la población,

conocía más que nadie la significación de las setas

mágicas. Durante varias estancias prolongadas en

Huautla y alrededores los Wasson pudieron estudiar

en detalle el empleo actual de las setas y compararlo

con las descripciones de las antiguas crónicas. Resultó

que la creencia en las «setas mágicas» está aún muy

difundida en aquella zona. Pero ante los extranjeros,

los indios lo mantenían en secreto. Requirió, pues,

mucho tacto y habilidad ganarse la confianza de la

población indígena y llegar a conocer esta esfera íntima.

En la forma actual del culto de la seta las viejas

creencias y tradiciones religiosas se mezclan con ideas

y terminología cristianas. Así se habla con frecuencia

de las setas como de la sangre de Cristo, pues crecerían

sólo donde hubiera caído una gota de sangre de

* Traductores bíblicos Wycliffe.

Cristo en la tierra. Según otra concepción estos hongos

brotan donde una gota de la saliva de la boca de

Cristo haya humedecido el suelo, y por eso es el propio

Cristo quien habla a través de los hongos.

La ceremonia se desarrolla en forma de una consulta.

El que busca un consejo, o un enfermo, o su

familia, consultan, pagando por ello, a un «sabio» o

a una «sabia», también llamados «curandero» o «curandera

» (

N. del T.: en castellano en el original). El

sentido de «curandero» es el de un sacerdote que cura,

pues su función es tanto la de un médico cuanto la

de un sacerdote; ambos son muy difíciles de encontrar

en esas lejanas regiones. En la lengua mazateca

parece faltar una palabra que corresponda exactamente

a la de «curandero». Se lo llama

co–ta–ci–ne, «el que

sabe». Es quien come la seta en el marco de una ceremonia

siempre nocturna. A las demás personas presentes

también se les da setas, pero al curandero siempre

le corresponde una ración mucho mayor. La acción

tiene lugar entre oraciones y conjuros. Antes de

consumirlas, las setas se ahuman brevemente sobre

una pila en la que se quema copal (una resina parecida

al incienso). En la oscuridad total, a veces a la

luz de una vela, los demás asistentes yacen tranquilos

en sus esteras de paja. El curandero reza y canta en

cuclillas o sentado delante de una suerte de altar,

en el que se encuentra un crucifijo o una estampa de

santo y otros objetos de culto. Bajo la influencia de

las setas sagradas ingresa en un estado visionario,

del que participan, en mayor o menor medida, los

asistentes pasivos. En el canto monótono del curandero

el hongo teonanacatl da sus respuestas a las

preguntas formuladas. Dice si la persona enferma morirá

o sanará, y qué hierbas la curarán; descubre

quién ha matado a cierto hombre o quién ha robado

un caballo; o da a conocer cómo está el pariente que

se encuentra lejos, etc.

La ceremonia de las setas no sólo cumple la función

de una consulta; para los indios tiene también,

en muchos sentidos, un significado parecido al de la

Última Cena para los cristianos creyentes. De muchas

observaciones de los indígenas se podía inferir que

Dios les ha regalado la seta sagrada porque son pobres

y carecen de médicos y medicamentos, y también porque

no saben leer; sobre todo, porque no pueden leer

la Biblia, por lo cual Dios les habla directamente a

través de la seta. La misionera Eunice V. Pike señaló

precisamente las dificultades para explicar el mensaje

cristiano, las Escrituras, a un pueblo que cree poseer

medios —las setas sagradas— que le revelan la voluntad

divina de modo inmediato, patente; es más: le

permiten —así cree— mirar adentro del cielo y entrar

en contacto directo con Dios.

La veneración de los indios se muestra también en

el hecho de que creen que sólo una persona «pura»

puede comer las setas sagradas sin perjuicio. «Puro»

significa aquí pureza para la ceremonia, lo cual incluye

la abstinencia sexual cuando menos cinco días

antes y cinco después de la ceremonia. También hay

que cumplir determinadas normas durante la cosecha.

Si no se observan, los hongos pueden volver loco y

hasta matar a quien los ingiera.

Los Wasson habían emprendido su primera expedición

al país de los mazatecas en 1953, pero sólo en

1955 lograron disipar hasta tal punto el temor y las

reticencias de sus nuevos amigos mazatecas como

para que se les permitiera participar activamente en

una ceremonia de setas. R. Gordon Wasson y su acompañante,

el fotógrafo Alan Richardson, a fines de junio

de ese año pudieron comer setas sagradas durante una

ceremonia nocturna. Fueron así probablemente los primeros

extranjeros, los primeros blancos, que pudieron

comer el teonanacatl.

En el segundo volumen de

Mushroom, Russia and

History

, Wasson describe entusiasmado cómo la seta

se apoderó totalmente de él, pese a que había intentado

combatir sus efectos, para poder seguir siendo

un observador objetivo. Primero vio modelos geométricos

de colores, que luego adoptaban un carácter

arquitectónico. Siguieron visiones de maravillosas galerías

con columnas, palacios de una armonía y belleza

sobrenaturales, adornados con piedras preciosas,

carros triunfales tirados por seres fabulosos, como

sólo se conocen en la mitología, y paisajes con un

brillo de cuento de hadas. Desprendida del cuerpo,

el alma estaba suspendida intemporalmente en un reino

de fantasía con imágenes de una realidad superior

y un significado más profundo que el del mundo cotidiano.

Parecía querer revelarse la causa última, lo inefable,

pero la última puerta no se abría.

Esa experiencia fue para Wasson la demostración

definitiva de que las fuerzas mágicas que se adscribían

a los hongos existían realmente y no eran mera

superstición.

Para que las setas fueran examinadas científicamente,

Wasson ya antes se había contactado con el

citado micólogo, profesor Roger Heim, en París. Heim

acompañó a los Wasson en ulteriores expediciones al

país de los mazatecas y llevó a cabo la determinación

biológica de los hongos sagrados. Se trataba de agáricos

de la familia de los

trophariaceae.; era alrededor

de una docena de especies que aún no habían sido

científicamente descritas, y que pertenecían en su mayor

parte a la clase

psilocybe. El profesor Heim logró

cultivar algunas variedades en su laboratorio. Resultó

especialmente apto para el cultivo artificial el hongo

psilocybe mexicana Heim.

A la par de estos trabajos botánicos se realizaron

investigaciones químicas, con el objeto de extraer el

principio alucinógeno activo de las setas y sintetizarlo

de forma químicamente pura. Dichas investigaciones

se llevaron a cabo a instancias del profesor Heim en

el laboratorio químico del

Muséum National d’Histoire

Naturelle

de París, y en los Estados Unidos había

grupos de trabajo que se ocupaban de este problema

en los laboratorios de investigación de las dos grandes

fábricas farmacéuticas Merck y Smith, Kline &

French. Los laboratorios americanos habían obtenido

las setas en parte de R. G. Wasson, en parte las habían

hecho recoger ellos mismos en la Sierra Mazateca.

Al no dar resultados los análisis químicos parisienses

y estadounidenses, el profesor Heim, como hemos

expuesto al principio del capítulo, llegó a nuestra

empresa a partir de la consideración de que nuestras

experiencias con el LSD, cuyos efectos eran similares

a los de las setas, podrían ser provechosas. Fue, pues,

el LSD quien le marcó al

teonanacatl el camino a nuestros

laboratorios.

En aquel entonces yo era el director de la división

sustancias naturales de los laboratorios de investigación

farmacéutico–química, y quise asignarle el examen

de las setas milagrosas a uno de mis colaboradores.

Pero él no mostró muchas ganas de asumir esta

tarea, porque se sabía que el LSD y todo lo relacionado

con él no era un tema visto con buenos ojos por

la dirección general de Sandoz. Como no se puede dar

la orden de tener el entusiasmo necesario para un

trabajo exitoso, pero yo lo tenía, decidí realizar yo

mismo la investigación.

Para el comienzo del análisis químico disponíamos

de unos cien gramos de hongos disecados del tipo

psilocybe

mexicana

, que el profesor Heim había cultivado

en su laboratorio. En las extracciones y ensayos de

aislamiento me ayudó mi laborante Hans Tscherter,

quien, en el curso de nuestra tarea en común de varías

décadas, se había convertido en un colaborador sumamente

eficiente y totalmente familiarizado con mi método

de trabajo. Como no había ningún punto de refe-

rencia sobre las propiedades químicas de la sustancia

activa buscada, había que realizar los ensayos de aislamiento

sobre la base del efecto de los extractos.

Pero ninguno de los diversos extractos mostró un

efecto farmacológico claro, ni en perros ni en ratones,

del que podría haberse concluido la presencia del principio

alucinógeno. Surgieron dudas acerca de si los

hongos cultivados y disecados en París eran todavía

eficaces. Esto sólo podía establecerse con un ensayo

en el hombre. Como en el caso del LSD, me decidí a

hacerlo yo mismo, dado que no es posible que un

investigador transmita un autoensayo a otra persona,

si lo necesita para sus propias investigaciones y además

encierra determinados riesgos.

En este experimento comí 32 ejemplares disecados

de

psilocybe mexicana, que en conjunto pesaban 2,4 g.

Esta cantidad correspondía, según las indicaciones de

Wasson y Heim, a una dosis media de las empleadas

por los curanderos. Las setas desarrollaron un fuerte

efecto psíquico, como lo muestra el siguiente extracto

del protocolo del experimento:

Después de media hora el mundo exterior

comenzó a transformarse de modo peregrino.

Todo adquirió un carácter mejicano. Como yo

era plenamente consciente de que podía fantasear

estas escenas mejicanas debido a mi conocimiento

del origen mejicano de las setas, intenté

conscientemente ver mi medio ambiente

tal cual lo conocía de todos los días. Pero todos

mis esfuerzos por ver las cosas con sus formas

y colores habituales fracasaron. Con los ojos

abiertos o cerrados veía únicamente motivos y

colores indígenas. Cuando el médico que controlaba

el ensayo se inclinó por encima de mí

para medir la presión sanguínea, se convirtió

en un inmolador azteca, y no me habría sor-

prendido de que blandiera un cuchillo de obsidiana.

Pese a la seriedad de la situación me

divirtió ver que la cara teutónica de mi colega

había adquirido una expresión netamente india.

En el punto álgido de la embriaguez, unos noventa

minutos tras la ingestión de las setas, el

aflujo de las imágenes internas —en general

eran motivos abstractos de forma y color rápidamente

cambiantes— se hizo tan enorme, que

temí ser arrastrado a ese vórtice de formas y

colores y disolverme en él. El sueño finalizó

unas horas más tarde. Subjetivamente no podría

haber indicado cuánto había durado este estado

vivido de modo totalmente atemporal. Sentí el

reingreso a la realidad acostumbrada como un

retorno feliz de un mundo extraño, vivido totalmente

como real, al viejo hogar familiar.

Este autoensayo mostró una vez más que el hombre

es mucho más sensible a las sustancias psicoactivas

que el animal. La misma comprobación, según

lo señalábamos, la habíamos hecho ya en las investigaciones

con LSD en el experimento animal. La

causa de la aparente ineficacia de nuestros extractos

aplicados a ratones y perros no radicaba, pues,

en la falta de actividad de las setas, sino en la baja

capacidad de reacción de los animales ante esas sustancias

activas.

Psilocybina y psilocina

Puesto que el experimento con el ser humano era

el único test disponible para descubrir cuáles fracciones

de extractos eran las activas, no quedaba otro

remedio que realizar los experimentos en nosotros

mismos, si queríamos proseguir con el trabajo y obtener

un resultado exitoso. Como en el autoensayo

recién descrito se había obtenido una reacción fuerte,

de varias horas de duración, con 2,4 gramos, de

allí en adelante utilizamos pruebas de fracciones que

correspondían sólo a un tercio de esta cantidad, es

decir, a 0,8 gramos de setas disecadas. Si contenían

el principio activo, ejercían un efecto suave y que

reducía poco tiempo la capacidad de trabajo, pero

lo suficientemente nítido para poder distinguir las

fracciones vacías de las que contenían la sustancia

activa. En estas series de tests participaron otros

colaboradores y varios colegas.

Con la ayuda de este test confiable en el ser humano

se pudo entonces aislar el principio activo,

concentrarlo y llevar a un estado químicamente puro

mediante la aplicación de los más modernos métodos

separativos. Se obtuvieron así dos sustancias nuevas

en forma de cristales incoloros; las llamé psilocybina

y psilocina.

En conjunto con el profesor Heim y mis colegas

Dr. A. Brack y Dr. H. Kobel, quienes habían conseguido

cantidades mayores de material de setas para

estas investigaciones, después de haber podido mejorar

sustancialmente el cultivo de las setas en el

laboratorio, estos resultados se publicaron en marzo

de 1958 en la revista

Experientia.

En la fase siguiente de esta investigación, es decir,

en el establecimiento de la estructura química de la

psilocybina y la psilocina y la posterior síntesis de

estos compuestos, participaron mis colaboradores de

entonces, los doctores A. J. Frey, H. Ott, Th. Petrzilka

y F. Troxler. La estructura química de estas sustancias

activas merece una consideración especial en varios

sentidos (véanse fórmulas en la última página).

La psilocybina y la psilocina pertenecen, igual que

el LSD, a la clase de sustancias de combinaciones

del indol, que aparece en el reino animal y vegetal

y es biológicamente importante. Unas características

químicas especiales, comunes a ambas sustancias de

las setas y al LSD, muestran que no sólo existe un

parentesco en lo que respecta a sus efectos físicos,

sino que también sus estructuras químicas presentan

afinidades notables. La psilocybina es el éster

del ácido fosfórico de la psilocina y como tal el primero

y hasta ahora único compuesto de indol que

contenga ácido fosfórico encontrado en la naturaleza.

El resto de ácido fosfórico no contribuye al efecto,

pues la psilocina, que no contiene ácido fosfórico,

es igual de activo que la psilocybina, pero vuelve

más estable la molécula. Mientras que el oxígeno del

aire destruye rápidamente la psilocina, la psilocybina

es una sustancia estable.

La psilocybina y la psilocina poseen también una

estructura química muy parecida a la del factor cerebral

serotonina. Como ya lo hemos expuesto en el

capítulo sobre el LSD en el experimento animal y

en la investigación biológica, la serotonina tiene una

gran importancia en la química de las funciones cerebrales.

Las dos sustancias de las setas, igual que

el LSD, bloquean en el experimento farmacológico

los efectos de la serotonina en diversos órganos. También

otras propiedades farmacológicas de la psilocybina

y la psilocina son parecidas a las del LSD. La

diferencia principal reside en la eficacia cuantitativa,

tanto en el experimento animal cuanto en los seres

humanos. La dosis activa media de psilocybina o psilocina

en el hombre es de diez miligramos (0,01 gramos),

con lo cual estas sustancias son unas cien veces

menos activas que el LSD, en el que 0,1 miligramos

constituyen una dosis fuerte. Además, la duración

del efecto de las sustancias de las setas es menor

que la del LSD: es de cuatro a seis horas, mientras

que en el LSD es de unas ocho a doce horas.

La síntesis total de la psilocybina y la psilocina,

es decir, su fabricación artificial sin auxilio de la

seta, pudo convertirse en un procedimiento técnico

que permite producir estas sustancias a gran escala.

Su obtención sintética es más racional y más barata

que la extracción de las setas.

Con el aislamiento y la síntesis de los principios

activos se había logrado deshechizar las setas milagrosas.

Las sustancias, cuyos efectos maravillosos hicieron

creer a los indios durante miles de años que

vivía un dios en la seta, han sido elucidados en su

estructura química y pueden producirse artificialmente

en un matraz de vidrio.

¿En qué consiste el progreso del conocimiento

que ha aportado aquí la investigación científica? En

realidad sólo en el hecho de que el enigma de los

efectos mágicos del teonanacatl ha sido reducido al

enigma de los efectos de dos sustancias cristalizadas,

pues la ciencia tampoco puede explicar, sino sólo

describir estos efectos.

El parentesco de los efectos psíquicos de la psilocybina

con los del LSD, su carácter visionario–alucinante,

se puede ver en el protocolo de un ensayo

de psilocybina de Rudolf Gelpke, extraído de su publicación

ya citada en la revista «Antaios», que reproducimos

a continuación:

Donde el tiempo se detiene

(10 mg de psilocybina,

6 de abril de 1961, 10’20 horas).

Efectos que aparecen después de unos veinte

minutos: alegría, necesidad de hablar, sensación

de mareo débil pero agradable y «respiración

gozosamente profunda».

10’50 hs.: ¡Fuerte mareo!, ya no me puedo concentrar.

..

10’55 hs.: Excitado; intensidad de los colores;

todo entre rosado y rojo.

11’05 hs.: El mundo se concentra hacia el centro

de la mesa. Colores muy intensos.

11’10 hs.: Estar escindido, inaudito, ¿cómo se

puede describir esta sensación de

vida? Ondas, diversos yoes, tengo que

contenerme.

Inmediatamente después de esta anotación me

dirigí de la mesa, donde había desayunado con el

Dr. H. y nuestras respectivas esposas, al aire

libre, y me acosté en el césped. La embriaguez

se acercaba rápidamente a su punto máximo. Pese

a que me había propuesto firmemente tomar notas

todo el tiempo, ahora eso me parecía una

pérdida de tiempo, el movimiento de la escritura

terriblemente lento y paupérrimas las posibilidades

expresivas de la lengua... comparadas con

la marea de vivencias interiores que me inundaba

y amenazaba con hacerme estallar. Cien años,

me parecía, no alcanzarían para describir la plétora

de vivencias de un solo minuto. Al principio

todavía había impresiones ópticas en un primer

plano: vi encantado la sucesión ilimitada de las

filas de árboles del bosque cercano; luego, los

jirones de nubes en el cielo soleado, que de pronto

se alzaban con silenciosa y arrebatadora majestad

en una superposición de miles de capas

—cielo sobre cielo— y esperaba que allí arriba

ocurriera en el próximo instante algo ingente,

inaudito, nunca visto —¿veré a un Dios?— pero

todo quedó en la espera, el presagio, el «en el

umbral hacia el sentimiento último»... Luego me

alejé (la proximidad de los demás me molestaba)

y me acosté en un rincón del jardín, encima de

un montón de maderas calentadas por el sol...

Mis dedos acariciaban estas maderas con una

ternura desbordante, sensual de manera animal.

A la vez me abismé hacia dentro; era un máximo

absoluto: me atravesó una sensación de dicha,

una felicidad exenta de deseos. Me encontraba,

detrás de mis párpados cerrados, en un vacío

lleno de ornamentos de color rojo ladrillo y, simultáneamente,

en el «centro del universo de la

completa calma del viento». Yo sabía: todo estaba

bien; la causa y el origen de todo estaba bien.

Pero en ese mismo momento comprendí también

el dolor y el asco, los malos humores y malentendidos

de la vida común: allí uno nunca está

«entero», sino dividido, fraccionado y escindido

en los minúsculos añicos de los segundos, minutos,

horas, días, semanas, meses y años; allí uno

es esclavo del Moloc tiempo, que te come de a

trocitos; uno está condenado a balbucear, a la

chapuza y a las obras incompletas. Allí, en la

cotidianeidad de la humana existencia, hay que

arrastrar consigo lo perfecto y absoluto, lo simultáneo

de todas las cosas, el Nu eterno de la

Edad de Oro, esta causa primera del Ser —que

ha existido siempre y siempre existirá—, como

una espina dolorosa profundamente clavada en

el alma, como una advertencia de la pretensión

jamás satisfecha, como un espejismo del paraíso

perdido y prometido, a través de este sueño

de fiebre, el «presente», de un «pasado» ensombrecido

a un «futuro» en tinieblas. Lo comprendí.

Esta embriaguez era un vuelo espacial, no del

hombre externo, sino del interno, y yo experimentaba

la realidad durante un momento desde un

punto de mira que está en algún lugar fuera de

la fuerza de gravedad del tiempo.

Cuando volví a sentir esta fuerza de gravedad,

fui lo suficientemente infantil para querer postergar

el regreso, ingiriendo a las 11’45 hs. una

nueva dosis de 6 mg de psilocybina y otros 4 mg

a las 14’30 hs. El efecto fue insignificante y no

merece citarse.

En esta serie de experimentos con LSD y psilocybina

participó también en tres autoensayos la señora

Li Gelpke, que realizó un dibujo en tinta china, de

33 x 51 cm. Li Gelpke escribió al respecto:

Nada de lo que hay en el dibujo está realizado

conscientemente. Mientras lo hacía, el recuerdo

(de lo vivido bajo la influencia de la psilocybina)

había vuelto a la realidad y me guiaba en

cada trazo. Por eso, la imagen tiene tantas capas

como este recuerdo, y la figura que está abajo a

la derecha es la prisionera de su sueño... Cuando

unas semanas más tarde llegaron a mis manos

unos libros sobre arte mejicano, reencontré allí

los motivos de mis visiones... con repentino susto.

La aparición de motivos mejicanos en la embriaguez

de psilocybina la comprobé yo también, como

lo he señalado, en mi primer autoensayo con las setas

disecadas llamadas psilocybe mexicana. Este fenómeno

también le ha llamado la atención a R. Wasson.

Partiendo de estas observaciones ha formulado la presunción

de que el antiguo arte mexicano podría haber

sido influido por imágenes visionarias como las que

aparecen en la embriaguez de setas.

La «enredadera mágica» ololiuqui

Después de que en un tiempo relativamente breve

se había logrado resolver el enigma de la seta sagrada

teonanacatl

, me interesé por el problema de otra droga

mágica mejicana cuya composición química se ignoraba:

el

ololiuqui. Ololiuqui es la designación azteca

de la semilla de ciertas convulvuláceas que se usaban,

igual que el

peyotl (cactus de la mescalina) y las setas

teonanacatl, en época precolombina en ceremonias religiosas

y prácticas de curas mágicas por parte de los

aztecas y otros pueblos vecinos. Aún hoy determinadas

tribus emplean el

ololiuqui. : los zapotecas, chinantecas,

mazatecas y mixtecas, que en las apartadas montañas

del sur de Méjico llevaban hasta hace poco

tiempo una existencia bastante aislada y poco influida

por el cristianismo.

El director del

Harvard Botanical Museum de Cambridge

(EE. UU.), Dr. R. Evans Schultes, publicó en

1941 un excelente estudio de los aspectos históricos,

etnológicos y botánicos del ololiuqui. Se titula: «A

Contribuition to our Knowledge of

Rivea corymbosa.

The Narcotic Ololiuqui of the Aztecs».

* Los siguientes

datos sobre la historia del

ololiuqui provienen principalmente

de esta monografía de Schultes.

Los primeros apuntes sobre esta droga se encuentran

entre los cronistas españoles del siglo XVI que

también citan el

peyotl y el teonanacatl. Así el franciscano

fray Bernardino de Sahagún escribe, en su ya

citada y famosa crónica titulada

Historia General de

las Cosas de Nueva España

, sobre los efectos milagrosos

del

ololiuqui. :

Hay una hierba que se llama

coatl xoxouhqui (serpiente

verde), que da una semilla que se llama

ololiuqui.

Esta semilla aturde y confunde los sentidos;

se la toma como brebaje mágico...

Otra información sobre esta semilla nos la da el

médico Francisco Hernández, a quien Felipe II envió

a Méjico para que estudiara allí, entre 1570 y

1575, los medicamentos de los indígenas. En el capítulo

«Sobre el ololiuqui» de su obra monumental, pu-

* Una contribución a nuestro conocimiento de

Rivea corymbosa,

el ololiuqui narcótico de los aztecas.

blicada en Roma en 1651 con el título de

Rerum Medicarum

Novae Hispaniae Tresaurus Seu Plantarum,

Animalium, Mineralium Mexicanorum Historia

, da una

descripción detallada y la primera ilustración del

ololiuqui.

Un extracto del texto latino que acompaña a la

ilustración dice así:

El

ololiuqui, que otros llaman coaxihuitl o

hierba de la serpiente, es una enredadera con

hojas tenues, verdes, en forma de corazón... las

flores son blancas, de tamaño medio... las semillas

redondas... Cuando los sacerdotes de los indios

quieren tratar con los dioses y obtener respuestas

de ellos, comen de esta planta para embriagarse.

Entonces se les aparecen miles de formaciones

fantásticas y demonios...

Pese a esta descripción relativamente buena, la

identificación botánica del

ololiuqui como semilla

de la

rivea corymbosa Hall. f. motivó numerosas

discusiones entre los profesionales y hoy día se propone

como designación botánica correcta

turbina

corymbosa

(L.) Raf.

Cuando en 1959 me decidí a intentar aislar el

principio activo del ololiuqui había un solo informe

sobre trabajos químicos con la semilla de la

turbina

corymbosa.

Pertenecía al farmacólogo C. G. Santesson

de Escotolmo, y era de 1937. Pero Santesson no

había logrado aislar una sustancia activa en su forma

pura.

Sobre la eficacia del

ololiuqui se habían publicado

hallazgos contradictorios. En 1955, el psiquiatra

H. Osmond realizó autoensayos con las semillas

de la

turbina corymbosa. Tras la ingestión de 60–100

semillas entró en un estado de apatía y vacío, acompañado

de alta sensibilidad visual. Cuatro horas después

siguió un período con una sensación de rela-

jamiento y bienestar, que se mantuvo un buen rato.

Esto se contradecía con los resultados que publicó

V. J. Kinross–Wright en 1958 en Inglaterra, según los

cuales ocho voluntarios, que habían ingerido hasta

125 semillas, no sintieron efecto alguno.

Por mediación de R. Gordon Wasson obtuve dos

muestras de semillas de ololiuqui. En la carta con que

acompañaba las muestras, Wasson me escribía el 6

de agosto de 1959 desde México–City:

Le envío aquí un pequeño paquete con semillas.

Según creo, se trata de

rivea corymbosa,

conocida también como

ololiuqui, el famoso estupefaciente

de los aztecas. En Huautla se la

denomina

semilla de la Virgen. Como verá el

paquete contiene dos botellitas con semillas que

me dieron en Huautla, y un recipiente más grande

con semillas que me dio Francisco Ortega, un

indio zapoteca, que las había recogido él mismo

de las plantas de la localidad zapoteca de San

Bartolo Yautepec...

Las semillas redondas, de color marrón claro, provenientes

de Huautla, resultaron ser efectivamente

rivea corymbosa

(sinónimo: turbina corymbosa.) en

su identificación botánica, mientras que las semillas

negras y angulosas de San Bartolo Yautepec fueron

identificadas como

ipomoea violacea.

Mientras que la

turbina corymbosa se desarrolla

sólo en climas tropicales o subtropicales, la

ipomoea

violacea

se encuentra también en zonas templadas

como planta de adorno y está difundida en toda la

superficie del planeta. Se trata de la enredadera,

que con sus campanillas en distintas variedades, con

cálices azules o a rayas azules y rojas, engalanan

nuestros jardines.

Además del ololiuqui original, es decir, además

de las semillas de la

turbina corymbosa, que denominan

badoh

, los zapotecas emplean también el badoh

negro

, las semillas de la ipomoea violacea. Esta

observación la realizó T. MacDougall, quien nos hizo

llegar un segundo envío, más abundante, de estas

últimas semillas.

En la investigación química de la droga

ololiuqui

participó mi aplicado ayudante de laboratorio Hans

Tscherter, con quien ya había llevado a cabo el aislamiento

de las sustancias activas de las setas. Establecimos

la hipótesis de trabajo de que los principios

activos de las semillas de

ololiuqui podían pertenecer

a la misma clase de sustancia química que el

LSD, la psilocybina y la psilocina, es decir, a los compuestos

de indol. En vista del gran número de otros

grupos de sustancias que podían ser sustancias activas

del

ololiuqui del mismo modo que los indoles,

la probabilidad de que esta suposición fuera acertada

era muy reducida. Pero se podía comprobar con mucha

facilidad. Pues la presencia de compuestos del

indol se puede constatar simple y velozmente con

reacciones de coloración. Con determinado reactivo,

ya la presencia de trazas de sustancias de indol dan

una solución de un intenso color azul. Tuvimos suerte

con nuestra hipótesis. Los extractos de las semillas

de

ololiuqui produjeron el color azul característico

de los indoles. Con la ayuda de este test de coloración,

al poco tiempo logramos aislar las sustancias

de indol de las semillas y obtenerlas de forma químicamente

pura. Su identificación nos llevó a un

resultado sorprendente. Lo que encontramos al comienzo

nos pareció increíble. Sólo después de una

repetición y un examen muy cuidadoso de los pasos

realizados cedió la desconfianza a nuestros propios

hallazgos: los principios activos de la vieja droga

mágica mexicana

ololiuqui resultaron idénticos a sustancias

que ya había en mi laboratorio, a saber, a

alcaloides que habíamos obtenido en el curso de las

investigaciones precedentes sobre el cornezuelo de

centeno. Eran los alcaloides que nos habían costado

décadas de análisis, en parte aislados como tales

drogas del cornezuelo, en parte obtenidos por transformación

química de sustancias del mismo.

Comprobamos que las sustancias activas principales

del ololiuqui son la amida del ácido lisérgico,

la hidroxietilamida y otros alcaloides químicamente

muy emparentados con éstos (ver fórmulas última

página). Entre ellos se encontraba también el alcaloide

ergobasina, cuya síntesis había constituido el

punto de partida de mis investigaciones sobre alcaloides

del cornezuelo de centeno. La sustancia activa

del

ololiuqui llamada la amida del ácido lisérgico

está químicamente muy emparentada con la dietilamida

del ácido lisérgico (LSD), como puede indicarlo

su designación incluso a los que no sean químicos.

La amida del ácido lisérgico había sido descrita

por vez primera por los químicos ingleses S. Smith

y G. M. Timmis, como producto de desdoblamiento

de los alcaloides del cornezuelo de centeno, y yo ya

había sintetizado esta sustancia en el marco de las

investigaciones de las que surgió el LSD. Sin embargo,

entonces nadie sospechaba que este compuesto

sintetizado en la retorta habría de encontrarse veinte

años después como sustancia activa natural en

una vieja droga mágica mejicana.

Después del descubrimiento de los efectos psíquicos

del LSD había probado también la amida del

ácido lisérgico mediante un autoensayo y comprobé

que, aunque sólo en una dosis diez a veinte veces

mayor que el LSD, también genera un estado onírico.

Este estado se caracterizaba por un sentimiento

de vacío espiritual y de irrealidad y sinsentido

del mundo exterior, una mayor sensibilidad auditiva

y un cansancio físico no desagradable que terminaba

en sueño. El psiquiatra Dr. H. Solms confirmó este

cuadro de acción de LA 111, como se llamaba la amida

del ácido lisérgico en su forma de preparado

experimental, mediante una investigación sistemática.

Al presentar en otoño de 1960 los hallazgos de

nuestras investigaciones del ololiuqui en el congreso

de sustancias naturales de la Unión Internacional

para Química Pura y Aplicada (IUPAC), mis colegas

profesionales reaccionaron con escepticismo. En las

discusiones que siguieron a mi exposición se expresó

la sospecha de que en mi laboratorio, en el que

tanto se trabajaba con derivados del ácido lisérgico,

se podrían haber contaminado involuntariamente los

extractos del

ololiuqui con trazas de estos compuestos.

Las dudas provenían de la presencia de alcaloides

del cornezuelo de centeno, que hasta entonces se conocían

sólo como sustancias contenidas en setas inferiores,

en plantas superiores de la familia de las

convolvuláceas, se contradecía con la experiencia, según

la cual determinadas sustancias son típicas de

una familia de plantas determinada y están restringidas

a ésta. Efectivamente, la presencia de un grupo

de sustancias características, en este caso, los alcaloides

del cornezuelo de centeno, en dos secciones

del reino vegetal muy distantes en cuanto a su desarrollo,

es una excepción muy rara.

Sin embargo, nuestros resultados fueron confirmados

cuando diversos laboratorios en los Estados

Unidos, Alemania y Holanda verificaron nuestras investigaciones

de las semillas del

ololiuqui. El escepticismo

llegó tan lejos que se consideró la posibilidad

de que las semillas podrían estar infectadas

con setas que producían alcaloides, aunque luego

esta hipótesis se dejó de lado tras los primeros experimentos.

Pese a que sólo se habían publicado en revistas

especializadas, estos trabajos sobre las sustancias activas

de las semillas del

ololiuqui tuvieron consecuencias

inesperadas. Dos empresas mayoristas holandesas

de semillas nos comunicaron que sus ventas

de semillas de

ipomoea violacea, la enredadera

azul tan decorativa, se habían incrementado notablemente

en los últimos tiempos. Además, había aparecido

una clientela desacostumbrada. Se habían enterado

de que la gran demanda estaba relacionada con

investigaciones de estas semillas en nuestros laboratorios,

y deseaban una información más detallada.

Resultó que la nueva clientela provenía de círculos

de hippies y otros sectores interesados en drogas

alucinógenas. Se creía haber encontrado en las semillas

del

ololiuqui un sustituto del LSD, que era cada

vez más difícilmente asequible.

Pero el

boom de las semillas de campanillas duró

relativamente poco tiempo, aparentemente como consecuencia

de las experiencias no muy buenas que se

hicieron con este estupefaciente nuevo y a la vez

antiquísimo en el mundo de las drogas. Las semillas

de

ololiuqui, que se ingieren aplastadas y mezcladas

con agua, leche u otra bebida, tienen un sabor muy

malo y no se digieren bien. Además, los efectos químicos

del

ololiuqui son, de todos modos, distintos

de los del LSD, al estar menos acentuado el componente

eufórico y alucinógeno, y dominar en general

los sentimientos de un vacío espiritual y a menudo

de angustia y depresión. Es igualmente indeseable

en un estupefaciente el efecto de laxitud y cansancio.

Todos estos motivos deben de haber contribuido

a que haya disminuido el interés por las semillas de

las enredaderas en la escena de las drogas.

Hasta ahora se han realizado sólo pocas investigaciones

para determinar si las sustancias activas del

ololiuqui

pueden encontrar una aplicación útil en la

medicina. A mi juicio habría que aclarar sobre todo,

si el efecto fuertemente sedante, narcótico, de determinadas

sustancias del

ololiuqui, o de derivados químicos

de las mismas, puede usarse con fines terapéuticos.

Con las investigaciones sobre el

ololiuqui, mis

trabajos en el terreno de las drogas alucinógenas

quedaban redondeados de manera bonita. Formaban

ahora un círculo, podría decirse, un círculo mágico:

el punto de partida fueron las investigaciones sobre

la fabricación de amidas del ácido lisérgico del tipo

del alcaloide natural del cornezuelo de centeno, la

ergobasina. De allí llevaron a la síntesis de la dietilamida

del ácido lisérgico, el LSD. Los trabajos con

la sustancia activa alucinógena LSD condujeron al

análisis de las setas milagrosas alucinógenas

teonanacatl,

de las que se aislaron como principios activos

la psilocybina y la psilocina. El ocuparme en la droga

mágica mejicana

teononacatl me llevó al examen

de una segunda droga mágica de Méjico, el ololiuqui.

En el ololiuqui se reencontraron como sustancias

activas alucinógenas unas amidas del ácido lisérgico

y entre ellas la ergobasina, con lo cual se cerró el

círculo mágico.

10

La búsqueda de la planta mágica

Ska María Pastora

Gordon Wasson, con quien mantenía relaciones

amistosas desde las investigaciones sobre las setas

mágicas mejicanas, nos invitó a mi esposa y a mí

en el otoño de 1962 para que participásemos en una

expedición a Méjico. El objetivo de la empresa era

la búsqueda de otra planta mágica mejicana.

En sus viajes a través de las montañas del sur

de Méjico, Wasson se había enterado de que los mazatecas

aplicaban en prácticas religioso–medicinales

el jugo exprimido de las hojas de una planta, llamadas

hojas de la Pastora

u hojas de María Pastora, y,

en mazateca,

Ska Pastora o Ska María Pastora. Su

empleo era parecido al de las setas del teonanacatl

y al de las semillas del ololiuqui.

Se trataba de averiguar, pues, de qué planta provenían

estas «hojas de la Pastora María», y de determinar

botánicamente esta planta. Además teníamos

la intención de reunir, si era posible, una cantidad

suficiente de material de estas plantas para posibilitar

una investigación química de las sustancias activas

alucinógenas que contenían.

Paseo a lomo de mula a través de

la montaña mejicana

Con este fin mi esposa y yo volamos el 26 de septiembre

de 1962 a Ciudad de Méjico, donde nos encontramos

con Gordon Wasson. Éste ya había hecho

todos los preparativos para la expedición, de modo

que al día subsiguiente ya pudimos iniciar el viaje

hacia el sur. Se había unido a la excursión la señora

Irmgard Johnson–Weitlaner, la viuda de Jean B. Johnson,

uno de los pioneros del estudio etnográfico de

las setas mágicas mejicanas, muerto en el desembarco

de los aliados en Africa del Norte. Su padre,

Robert J. Weitlaner, había emigrado de Austria a

Méjico y colaborado en el redescubrimiento del culto

de las setas. La señora de Johnson trabajaba como

experta en textiles indígenas en el Museo Etnológico

Nacional de Ciudad de Méjico.

Después de un viaje de dos horas en un landrover

espacioso a través de la meseta, pasando al lado

del Popocatepetl nevado, por Puebla, bajando al valle

de Orizaba con su hermosa vegetación tropical, luego

con una balsa cruzando el Popoloapán (río de las

mariposas), siguiendo por la antigua guarnición azteca

de Tuxtepec, llegamos al punto de partida de

nuestra expedición, el pueblo mazateca Jalapa de

Díaz, situado en una colina.

A nuestra llegada a la plaza del mercado en el

centro de la población dispersada a lo lejos en el

desierto, hubo un agolpamiento. Hombres viejos y

jóvenes, que habían estado sentados o de pie en tabernas

semiabiertas y en tiendas de ventas, se acercaron

desconfiados, pero curiosos, a nuestro landrover,

la mayoría de ellos descalzo, pero todos con

sombrero. No se veían mujeres ni muchachas. Uno

de los hombres nos dio a entender que lo siguiéramos.

Nos condujo hasta la casa del presidente del

146

lugar, un mestizo obeso que tenía su despacho en

una casa de una planta con techo de chapa ondulada.

Gordon le mostró nuestros pases del gobierno

civil y militar de Oaxaca, en los que se explicaba

que nuestra estancia respondía a fines científicos. El

presidente, que probablemente no sabía leer, estaba

visiblemente impresionado por los documentos de gran

tamaño, provistos de sellos oficiales. Nos hizo asignar

un alojamiento en un espacioso granero.

Di una vuelta por el pueblo. Casi fantasmales se

alzaban las ruinas de una iglesia grande, antaño seguramente

muy hermosa, de la época colonial, en la

parte del pueblo que se elevaba sobre una ladera.

Ahora vi también mujeres que, con sus vestidos largos,

blancos, con bordados rojos, y con sus trenzas

de pelo negro azulado, asomaban temerosas de sus

chozas para observar a los extraños.

Nos dieron de comer en casa de una vieja mazateca,

que comandaba a una joven cocinera y a dos

ayudantes. Vivía en una de las típicas chozas mazatecas.

Se trata de construcciones rectangulares simples

con tejados a dos aguas de paja y muros de pilares

de madera enfilados, sin ventanas; los huecos

entre los pilares ofrecen suficientes posibilidades de

mirar hacia afuera. En el centro de la choza, en el

suelo de barro apisonado, se encuentra un hogar

abierto, construido con barro disecado o con piedras

y elevado. El humo sale por grandes aberturas en

las paredes debajo de ambas cumbreras. Como lechos

usan unas esteras de librillo que se encuentran

en un rincón o a lo largo de las paredes. La choza se

comparte con los animales caseros, con cerdos negros,

pavos y pollos. Nos dieron de comer pollo

frito, habas negras y, en vez de pan, una tortilla de

harina de maíz. Bebimos cerveza y tequila, un aguardiente

de agaves.

A la madrugada siguiente se formó nuestro grupo

para la cabalgata a través de la Sierra Mazateca. De

la caballeriza del pueblo se habían alquilado mulas

junto con un grupo de acompañantes. Guadalupe,

el mazateca que conocía los caminos, asumió la conducción

en el animal de guía. Gordon, Irmgard, mi

esposa y yo fuimos en el medio, montados en nuestras

mulas. El final de la columna la formaban Teodosio

y Pedro, llamado Chico, dos muchachos que

iban a pie al lado de las dos mulas que llevaban

nuestro equipaje.

Pasó un rato hasta que pudimos acostumbrarnos

a las duras sillas de madera. Pero luego esta forma

de transporte resultó la mejor manera de viajar que

he conocido. Las mulas seguían al animal guía una

tras otra con paso regular. No necesitaban ninguna

indicación por parte del jinete. Con una habilidad

sorprendente elegían los mejores pasos del sendero

mal transitable, en parte rocoso, en parte pantanoso,

y que a veces cruzaba arroyos y seguía por laderas

escarpadas. Liberados de toda preocupación por

el camino podíamos dedicar toda nuestra atención

a la belleza del paisaje y de la vegetación tropical:

selva virgen con árboles gigantescos rodeados de lianas,

luego claros con arboledas de plátanos o plantaciones

de café entre grupos de árboles aislados,

flores a la vera del camino, sobre las que bailoteaban

unas mariposas bellísimas. Hacía mucho calor

y el aire estaba húmedo. Ya subiendo, ya bajando,

nuestro camino siguió a lo largo del ancho lecho

del río Santo Domingo valle arriba. De pronto, un

fuerte chaparrón tropical, del cual nos protegieron

muy bien los largos y amplios ponchos de hule de

que nos había provisto Gordon. Nuestra compañía

india se protegió del chaparrón con hojas enormes

con forma de corazón, que cortaron velozmente

en la orilla del camino. Teodosio y Chico parecían

grandes langostas verdes cuando corrían cubiertos

con hojas al lado de sus mulas.

Ya comenzaba a oscurecer cuando llegamos a la

primera población, a la finca «La Providencia». El

patrón, don Joaquín García, cabeza de una familia

numerosa, nos recibió hospitalario y digno.

Gordon y yo colocamos nuestros sacos de dormir

al aire libre debajo del sobretecho. A la mañana siguiente

me desperté cuando un cerdo gruñó sobre

mi cara.

Después de otro día de viaje en los lomos de nuestras

fieles mulas llegamos al poblado mazateca de

Ayautla, muy repartido en la ladera de una colina.

En el camino me habían deleitado en los matorrales

los cálices azules de la enredadera

ipomoea violacea,

la planta madre de las negras semillas de ololiuqui.

Aquí crece salvajemente, mientras que en nuestros

jardines se la conoce sólo como planta de adorno.

En Ayautla nos quedamos varios días. Nos alojábamos

en la casa de doña Donata Sosa de García.

Doña Donata llevaba la voz cantante en una gran

familia, y también se le sometía su enfermizo esposo.

Además dirigía las plantaciones de café de la región.

En un edificio vecino estaba el sitio de recolección

de los granos de café recién cosechados. Era un cuadro

bonito ver a las jóvenes indias con sus vestidos

claros, adornados con bordados de colores, cuando

regresaban al anochecer de la cosecha llevando los

sacos de café en la espalda y sujetados con cintas en

la frente.

A la noche, a la luz de la vela, doña Donata, que

además del mazateca hablaba el castellano, nos contaba

de la vida en el pueblo. En cada una de esas

chozas, que parecían tan tranquilas, se había desarrollado

ya una tragedia. En la casa de al lado, que ahora

está vacía, vivía un hombre que había asesinado

a su mujer y que ahora cumple cadena perpetua. Un

yerno de doña Donata, que tenía una relación con

otra mujer, había sido asesinado por celos. El presidente

de Ayautla, un joven mestizo hercúleo, ante

quien nos habíamos presentado a la mañana, sólo se

atreve a andar el corto trecho de su choza a su «oficina

» en la casa comunal con techo acanalado en

compañía de dos hombres fuertemente armados. Tiene

miedo de que lo fusilen, pues exige pagos ilegales.

Gracias a las buenas relaciones de doña Donata

obtuvimos de una anciana las primeras muestras

de la planta buscada, unas hojas de la Pastora. Pero

como faltaban las flores y las raíces, no era todavía

un material adecuado para la determinación botánica.

Tampoco tuvieron éxito nuestros esfuerzos en

averiguar dónde crecía esta planta y cómo se utilizaba

en esta región.

Después de dos días de cabalgata, habiendo pernoctado

en el pueblecito de montaña San Miguel

Huautla, situado a gran altura, llegamos a Río Santiago.

Aquí se nos agregó doña Herlinda Martínez Cid,

una maestra de Huautla de Jiménez. Había venido a

caballo por invitación de Gordon Wasson, quien la

conocía de sus expediciones anteriores, para que actuara

de intérprete mazateco–castellana. Además podía

ayudarnos a iniciar contactos con curanderos y

curanderas que utilizaran las hojas de la Pastora, por

intermedio de sus numerosos parientes repartidos en

esa región. Debido a nuestro retraso en llegar a Río

Santiago, doña Herlinda, que conocía los peligros

de la zona, había estado preocupada por nosotros

y temido que pudiéramos habernos despeñado o haber

sido asaltados por ladrones.

Nuestra estación siguiente fue San José Tenango,

situado en un valle profundo; un poblado en medio

de vegetación tropical, con naranjos, limoneros y

platanares. Aquí, de nuevo el típico cuadro de pueblo:

en el centro una plaza de mercado con una igle-

sia semiderruida de la época colonial, dos o tres

tabernas, una tienda de ramos generales y cobertizos

para caballos y mulas.

En la ladera del monte descubrimos en la densa

selva virgen una fuente, cuya hermosa agua fresca

invitaba a bañarse en una piscina natural en las

rocas. Fue un goce inolvidable, después de tantos

días sin poder lavarnos con comodidad. En esta gruta

vi por primera vez a un colibrí en medio de la

naturaleza, una joya que centelleaba con un azul

verdoso metálico y mariposeaba entre las flores de

las lianas que formaban el techo de hojas.

Con la ayuda de las relaciones de parentesco de

doña Herlinda se produjo el contacto con curanderos,

por ejemplo, con don Sabino. Pero éste, por

motivos poco claros, se negó a recibirnos para una

consulta de las hojas. Una curandera vieja, muy respetable,

con un vestido mazateca de una belleza fuera

de lo común, quien respondía al nombre de Natividad

Rosa, nos regaló todo un ramo de ejemplares

en flor de la planta buscada, pero tampoco ella aceptó

realizar la ceremonia con las hojas para nosotros.

Alegó que estaba demasiado vieja para el esfuerzo

del viaje mágico, en el que habría que recorrer largos

caminos a determinados sitios: a un manantial

en el que las mujeres sabias reúnen sus fuerzas, a

un lago en el que cantan los gorriones y en el que

las cosas obtienen su nombre. Natividad Rosa tampoco

nos reveló dónde había recogido las hojas. Dijo

que crecían en un valle boscoso muy, muy lejano; y

que, donde quitaba una planta, ponía un grano de

café en la tierra, como agradecimiento a los dioses.

Teníamos ahora plantas enteras, con flores y raíces,

adecuadas para la determinación botánica. Se

trataba evidentemente de un representante de la especie

salvia

, pariente del conocido amaro. Esta planta

tiene flores azules coronadas por un casco blanco,

ordenadas en una espiga de unos 20 a 30 centímetros

de largo y cuyo pedúnculo acaba azul.

Al día siguiente Natividad Rosa nos trajo toda

una cesta llena de hojas, por las que se hizo pagar

cincuenta pesos. El negocio parecía haberse difundido,

pues otras dos mujeres nos trajeron ahora más

hojas. Como sabíamos que en la ceremonia se bebe

el jugo exprimido de las hojas y que, por tanto, es

éste el que debe de contener el principio activo, exprimimos

las hojas secas en un mortero y las estrujamos

luego sobre un paño. El jugo, diluido con

alcohol como conservante, lo colocamos en botellas,

para que se lo pudiera analizar más adelante en el

laboratorio de Basilea. En esta tarea nos ayudó una

niña india, acostumbrada a usar el

metate o mortero

de piedra con el que los indios muelen el maíz desde

tiempos inmemoriales.

Una ceremonia de salvia

El día antes de partir, cuando ya habíamos abandonado

la esperanza de poder asistir a una ceremonia,

pudo establecerse un contacto con una curandera

que estaba dispuesta «a servirnos». Un hombre

de confianza de la parentela de Herminda, que había

promovido este contacto, nos llevó al caer la noche

por un sendero secreto a la choza de la curandera,

situada más arriba del poblado en la ladera de la

montaña. Nadie del pueblo debía vernos o enterarse

de que éramos recibidos en esa choza solitaria. Evidentemente

se consideraba una tradición punible hacer

participar a extraños, a blancos, de los usos y

costumbres sagrados. Ese debe de haber sido también

el verdadero motivo por el que los demás curanderos

se habían negado a permitirnos el acceso

a una ceremonia con las hojas de María Pastora.

Durante nuestro ascenso nos acompañaron en la oscuridad

unos extraños cantos de pájaros y ladridos de

perros por todas partes.

La curandera Consuela García, una mujer de unos

cuarenta años, descalza como todas las indias en esta

zona, nos hizo entrar recelosa en su choza y en seguida

obstruyó la entrada con pesados maderos. Nos

mandó acostarnos en las esteras de librillo en el suelo

de barro apisonado. Herlinda traducía las instrucciones

de Consuela, que sólo hablaba mazateca. En

una mesa, en la que además de todo tipo de trastos

había también algunas estampas de santos, la curandera

encendió una vela. Luego comenzó a maniobrar

silenciosa y diligente. De pronto hubo unos ruidos

extraños y un traqueteo en el cuarto... ¿Había algún

extraño oculto en la choza, cuyas dimensiones y ángulos

no podían reconocerse a la luz de la vela? Visiblemente

intranquila, Consuela recorrió el recinto con

la vela. Pero parecían haber sido únicamente ratas

que cometían sus abusos. A continuación la curandera

encendió una fuente de copal, una resina parecida

al incienso, cuyo aroma pronto llenó todo el

ambiente. Luego preparó prolijamente el filtro mágico.

Consuela preguntó quiénes de nosotros queríamos

beber con ella. Gordon levantó la mano. Yo no

podía participar, porque padecía un fuerte malestar

estomacal. Me reemplazó mi esposa. La curandera

preparó para sí misma seis pares de hojas. El mismo

número le asignó a Gordon. Anita recibió tres pares.

Igual que con las setas, las dosis siempre se dan de

a pares, lo cual debe de tener un significado mágico.

Las hojas fueron estrujadas con el

metate y luego

exprimidas a través de un colador fino; el jugo caía

en un vaso. Luego se enjuagaron el

metate y el contenido

del colador con agua. Finalmente las copas

llenas fueron ahumadas con un gran ceremonial sobre

la pila de copal. Consuelo, antes de alcanzarles

sus vasos a Anita y a Gordon, les preguntó si creían

en la verdad y en el carácter sagrado de la ceremonia.

Después que lo hubieron confirmado y bebido

solemnemente el filtro muy amargo, se apagó la vela.

Acostados en las esteras de librillo, a oscuras, aguardábamos

los efectos.

Unos veinte minutos más tarde Anita me susurró

que veía extrañas formaciones con un borde claro.

También Gordon sentía el efecto de la droga. De la

oscuridad resonaba la voz de la curandera, mitad hablando,

mitad cantando. Herlinda tradujo al castellano:

si creíamos en la santidad de los ritos y en

la sangre de Cristo. Después de nuestro «creemos»

prosiguió la ceremonia. La curandera encendió la

vela, la colocó en el suelo delante del «altar», cantó

y rezó oraciones o fórmulas mágicas, colocó la vela

nuevamente debajo de las estampas de santos. De

nuevo, oscuridad y silencio. Luego comenzó la verdadera

consulta. Consuela nos preguntó cuáles eran

nuestros deseos. Gordon quiso saber cómo estaba su

hija, que poco antes de que él viajara había debido

ser internada en una clínica de Nueva York (su hija

estaba por tener un niño, pero la internación había

sido prematura). Obtuvo la respuesta tranquilizadora

de que la madre y el niño se encontraban bien. Nuevos

cantos y oraciones y manipulaciones con la vela

en el «altar» y en el suelo sobre la pila de sahumerio.

Al terminar la ceremonia, la curandera nos invitó

a descansar un rato más en nuestras esteras de librillo.

De pronto estalló una tormenta. A través de

las rendijas de las paredes de maderos la luz de los

relámpagos resplandecía en la oscuridad de la choza,

acompañada de pavorosos truenos, mientras un aguacero

tropical golpeaba con furia en el techo. Consuelo

expresó su preocupación de que no pudiéramos abandonar

su choza en la oscuridad, sin ser vistos. Pero

la tormenta se calmó antes de la madrugada, y ba-

jamos al valle con la luz de nuestras linternas haciendo

el menor ruido posible para llegar a nuestra

barraca de chapa ondulada. Los habitantes del poblado

no nos notaron, aunque los perros siguieron ladrando

por doquier.

La participación en esta ceremonia fue el punto

culminante de nuestra expedición. Nos confirmó que

los indios utilizaban las hojas de la Pastora con el

mismo fin y en el mismo marco ceremonial que el

teonanacatl, las setas sagradas. Además teníamos ahora

las suficientes plantas auténticas no sólo para la

determinación botánica, sino también para el planeado

análisis químico. El estado de embriaguez que

habían experimentado Gordon Wasson y mi esposa

con las hojas, había sido poco profundo y de corta

duración, pero su carácter era indiscutiblemente alucinógeno.

A la mañana siguiente, después de esta noche llena

de aventuras, nos despedimos de San José Tenango.

El guía Guadalupe y los muchachos Teodosio

y Pedro aparecieron con las mulas delante de

nuestra barraca a la hora establecida. Pronto habíamos

hecho nuestros paquetes y comido, y luego nuestro

grupo comenzó a moverse nuevamente valle arriba

a través del paisaje feraz y resplandeciente de sol

después del chubasco nocturno. Pasamos por Santiago

y llegamos al atardecer a nuestra última estación

en el país de los mazatecas, a su pueblo principal

Huautla de Jiménez.

Desde aquí habíamos previsto el regreso a Ciudad

de Méjico en automóvil. Con una última cena conjunta

en la entonces única posada de Huautla, llamada

Rosaura, nos despedimos de nuestra escolta

india y de las buenas mulas que nos habían llevado

tan segura y agradablemente a través de la Sierra

Mazateca.

Al día siguiente ofrecimos nuestros respetos a la

curandera María Sabina, que se había hecho famosa

por las publicaciones de Wasson. Había sido en su

choza donde en 1955 Gordon Wasson había probado

las setas sagradas en el marco de una ceremonia

nocturna, seguramente el primer hombre blanco que

lo hacía. Gordon y María Sabina se saludaron cordialmente

como viejos amigos. La curandera vivía alejada

en la cuesta de la montaña por arriba de Huautla.

La casa en la que había tenido lugar la sesión

histórica con Gordon Wasson había sido incendiada,

probablemente por habitantes enfurecidos o por un

colega envidioso porque ella había revelado el secreto

del

teonanacatl a un extraño. En la choza nueva

en la que nos encontrábamos ahora reinaba un

desorden inimaginable, probablemente igual que el

que había habido en su choza anterior. Iban corriendo

niños semidesnudos, pollos y cerdos por la casa.

La vieja curandera tenía un rostro inteligente y con

expresiones sumamente cambiantes. Se notó que le

impresionó nuestra afirmación de que habíamos logrado

retener el espíritu de las setas en pastillas, y

de inmediato se declaró dispuesta a «servirnos» con

estas pastillas, es decir, a concedernos una consulta.

Combinamos que ésta tendría lugar a la noche siguiente

en la casa de doña Herlinda.

En el curso del día di un paseo por Huautla de

Jiménez, que se extiende a lo largo de una calle principal

en la ladera de la montaña. Luego acompañé

a Gordon en su visita al

Instituto Nacional Indigenista.

Esta organización estatal tiene la tarea de estudiar

los problemas de la población nativa, es decir,

de los indios, y ayudarles a resolverlos. Su director

nos informó sobre las dificultades que había en ese

momento en el sector de la política del café. El presidente

de Huautla quien, en colaboración con el Instituto

Nacional Indigenista, había intentado lograr

un precio más ventajoso para los productores indios

de café mediante la supresión de la intermediación,

había sido asesinado en junio de ese año. Su cadáver

había sido mutilado.

En nuestro paseo llegamos también a la iglesia

catedral, de la que salía canto gregoriano. El anciano

padre Aragón, con quien Gordon había hecho amistad

en sus estancias anteriores, nos invitó a beber

una copa de tequila en la sacristía.

Una ceremonia de setas

Cuando volvimos a la casa de Herlinda, ya había

llegado María Sabina con una compañía numerosa:

con sus dos bonitas hijas Apolonia y Aurora, dos

curanderas novicias, y con una sobrina; todas ellas

además venían con niños. Cuando el niño de Apolonia

se ponía a llorar, ella le daba el pecho una y

otra vez. Al final apareció también el viejo curandero

don Aurelio, un hombre imponente, tuerto, con

un

serape (abrigo) con dibujos negros y blancos. En

la veranda sirvieron cacao y pasteles dulces. Recordé

el informe de una antigua crónica, en la que se cuenta

que antes de la ingestión de teonanacatl se bebía

chocolatl.

Al anochecer nos dirigimos todos a la habitación

en la que iba a tener lugar la ceremonia. Se cerró la

habitación bloqueando la puerta con la única tabla

de madera que había. Se dejó sin cerrojo únicamente

una salida de emergencia hacia el jardín trasero

para las necesidades inevitables. Ya era cerca de la

medianoche cuando comenzó la ceremonia. Hasta ese

momento toda la gente había estado aguardando los

acontecimientos por venir, durmiendo o expectante

en las esteras repartidas en el suelo en medio de la

oscuridad. De cuando en cuando María Sabina arrojaba

un trozo de copal a la brasa de una pila de

cuarto se volvía un poco más soportable. Por intermedio

de Herlinda, que de nuevo participaba como

intérprete, le había dicho a la curandera que cada

píldora contenía el espíritu de dos pares de setas (eran

comprimidos con 5,0 miligramos de psilocybina sintética).

Cuando llegó el momento, María Sabina repartió

—previa ahumación solemne— pares de pastillas a

los adultos presentes. Ella misma cogió dos pares, que

correspondían a 20 mg de psilocybina. Les dio la

misma dosis a su hija Apolonia, que también debía

oficiar de curandera, y a don Aurelio. A Aurora le

dio un par, igual que a Gordon, mientras que mi esposa

e Irmgard tomaron cada una una sola pastilla.

A mí una de las niñas, una muchacha de unos

diez años, me había preparado, según las instrucciones

de María Sabina, el jugo prensado de cinco pares de

hojas frescas de María Pastora. Quería yo recuperar

esta experiencia que se me había escapado en San

José Tenango. Dicen que la pócima es especialmente

eficaz cuando la prepara un niño inocente. La copa

con el jugo también fue ahumada, y María Sabina

y don Aurelio pronunciaron unas palabras antes de

dármela.

Todos estos preparativos y la ceremonia misma

transcurrieron de un modo muy parecido al de la

consulta a la curandera Consuela García en San José

Tenango.

Una vez repartida la droga y apagada la vela en el

«altar», se esperó el efecto a oscuras.

Apenas transcurrida media hora, la curandera comenzó

a murmurar; también sus hijas y don Aurelio

se intranquilizaron. Herlinda tradujo y nos explicó

lo que pasaba. María Sabina había dicho que a

las píldoras les faltaba el espíritu de la seta. Comenté

la situación con Gordon, quien yacía a mi lado. Nos

resultaba obvio que la resorción de la sustancia acti-

va de las pastillas, que tienen que disolverse en el

estómago, tarda más que cuando se mastican las

setas, con lo cual una parte de la sustancia activa se

asimila a través de la mucosa bucal. Pero ¿cómo podíamos

presentar en semejante situación una explicación

científica? En vez de explicar, decidimos actuar.

Repartimos píldoras adicionales. Las dos curanderas

y el curandero recibieron cada uno un par

más. Ahora habían ingerido una dosis total de 30 mg

de psilocybina.

Unos diez minutos después comenzó a desplegarse

efectivamente el espíritu de la pastilla; su acción se

prolongó hasta la madrugada. Las oraciones y el canto

de María Sabina era contestados apasionadamente

por sus hijas y por don Aurelio, con su voz grave.

Los quejidos lánguidos y voluptuosos de Apolonia

y Aurora daban la impresión de que la experiencia

religiosa de las jóvenes durante la embriaguez estaba

conectada con sensaciones sexo–sensuales.

En el centro de la ceremonia se produjo la pregunta

de María Sabina respecto de nuestra consulta.

Gordon volvió a inquirir sobre la salud de su hija

y su nieto. Obtuvo la misma respuesta positiva que

la de la curandera Consuela. Efectivamente, madre

e hijo se encontraban bien cuando Gordon regresó

a Nueva York, lo cual, desde luego, no constituye

ninguna demostración de los poderes proféticos de

las dos curanderas.

Probablemente a consecuencia de los efectos de

las hojas, un rato me encontré en un estado de hipersensibilidad

y de un experimentar con intensidad

las cosas, pero sin que estuviera acompañado por

alucinaciones. Anita, Irmgard y Gordon vivieron un

estado de embriaguez eufórica, codeterminada por

la atmósfera extraña y mística. Mi esposa se quedó

impresionada con la visión de muy determinados

dibujos de líneas extrañas.

Más sorprendida y turbada estuvo, cuando vio

luego estas mismas figuras en los ricos adornos sobre

el altar de una antigua iglesia cerca de Puebla. Ello

ocurrió durante el regreso a Ciudad de Méjico, cuando

visitamos iglesias de la época colonial. Estas iglesias

son especialmente interesantes desde una perspectiva

histórico–cultural, porque los artesanos y artistas

indios que colaboraron en su construcción introdujeron

de contrabando elementos estilísticos indios.

Sobre una posible influencia del arte indio en

América Central debido a las visiones de la embriaguez

de psilocybina, Klaus Thomas, en su libro «Die

künstlich gesteurte Seele» («El alma artificialmente

dirigida»), Edit. Ferdinand Enke, Stuttgart, 1970, escribe:

«Una mera comparación, desde el punto de

vista de la historia del arte, de las antiguas y nuevas

creaciones artísticas de los indios, ha de convencer

al observador desprejuiciado... de su coincidencia

con las imágenes, formas y colores de una embriaguez

de psilocybina». Esta relación podrían indicarla

también el carácter mejicano de las escenas que vi en

mi primer ensayo con

psilocybe mexicana disecada,

así como el dibujo de Li Gelpke después de una embriaguez

de psilocybina.

Al clarear la mañana, cuando nos despedimos de

María Sabina y su clan, la curandera señaló que las

píldoras tenían la misma fuerza que las setas, y que

no había ninguna diferencia. Esto fue una confirmación,

y del sector más competente en la materia, de

que la psilocybina sintética es idéntica al producto

natural. Como regalo de despedida la dejé a María

Sabina un frasquito con pastillas de psilocybina. A lo

cual le declaró radiante a nuestra intérprete Herlinda,

que ahora podría atender consultas también en

los períodos en los que no hubiera setas.

¿Cómo debemos evaluar el comportamiento de la

curandera María Sabina, que le permitió el acceso

160

a la ceremonia secreta a un extraño, al hombre blanco,

y le hizo probar la seta sagrada?

Es meritorio que con ello haya abierto las puertas

a la investigación del culto de la seta mejicana

en su forma actual y al estudio botánico y químico

científico de las setas sagradas. De allí ha surgido

una sustancia activa valiosa, la psilocybina. Sin esta

ayuda, quizás, o muy probablemente, este saber antiquísimo

y las experiencias ocultas en estas prácticas

secretas habrían desaparecido en la civilización occidental

sin dejar rastros ni dar frutos al progreso que

iba penetrando.

Desde otro punto de mira, la conducta de esta

curandera puede considerarse una profanación de

usos y costumbres sagradas, incluso una traición.

Una parte de sus compatriotas tuvo esa opinión, lo

cual se tradujo en acciones de venganza y, como

decíamos, en el incendio de su choza.

La profanación del culto de las setas no se detuvo

en la investigación científica. Las publicaciones

sobre las setas mágicas produjeron una invasión

de hippies y drogadictos al país de los mazatecas.

Muchos extranjeros se comportaron muy mal y algunos

incluso de forma criminal. Otra consecuencia desagradable

fue el surgimiento de un verdadero turismo

a Huautla de Jiménez, con lo cual se destruyó

en gran medida el carácter original y primitivo del

pueblo.

Estas comprobaciones y consideraciones rigen para

la mayoría de las investigaciones etnográficas. Dondequiera

que los investigadores y científicos busquen

y esclarezcan los restos cada vez más escasos de antiguos

usos y costumbres, se pierde su originalidad.

Esta pérdida se ve únicamente compensada hasta

cierto punto, cuando el resultado de la investigación

constituye una ganancia cultural duradera.

De Huautla de Jiménez fuimos primero en un

viaje en camión sumamente peligroso a Teotitlan,

por un camino parcialmente desmoronado. De allí

seguimos a Ciudad de Méjico en un cómodo viaje en

automóvil. Así llegamos al punto de partida de nuestra

expedición, en la que perdí algunos kilogramos

de peso, pero gané experiencias y conocimientos imponderables.

La determinación botánica de las muestras de hojas

de la Pastora en el Instituto Botánico de la Universidad

de Harvard en Cambridge (Estados Unidos),

llevada a cabo por Carl Epling y Carlos D. Játiva

dio por resultado que se trataba de una variedad

no descrita hasta entonces de la especie

salvia ,

y que estos autores denominaron

salvia divinorum.

La investigación química del jugo exprimido de la

salvia mágica en el laboratorio de Basilea no tuvo

éxito. El principio psicoactivo de esta droga parece

ser una sustancia poco estable, pues al probar el

jugo, que habíamos traído de Méjico conservado en

alcohol, en un autoensayo, ya no produjo ningún

efecto.

En la que respecta a la naturaleza química de

las sustancias activas, el problema de la planta mágica

Ska María Pastora

aún aguarda su solución.

11

La irradiación de Ernst Jünger

En este libro he descrito hasta ahora sobre todo

mi trabajo científico y hechos conectados con mi actividad

laboral. Sin embargo, la naturaleza misma de

este trabajo tuvo repercusiones en mi propia vida y

seguramente también en mi personalidad, tal vez

porque me relacionó con contemporáneos interesantes

e importantes. He mencionado ya a algunos de

ellos: Timothy Leary, Rudolf Gelpke, Gordon Wasson.

En las páginas siguientes quiero abandonar la

discreción del científico y narrar encuentros que devinieron

significativos para mí y me impulsaron al

dominio de los problemas que me planteaban las

sustancias por mí descubiertas.

Primeros contactos con Ernst Jünger

«Irradiación» es un término que expresa muy bien

la manera en que influyeron en mí la obra literaria

y la personalidad de Ernst Jünger. A través de su

modo de mirar, que capta estereoscópicamente la

superficie y la profundidad de las cosas, el mundo

adquirió para mí un brillo nuevo y translúcido. Esto

ocurrió mucho tiempo antes del descubrimiento del

LSD, y antes de que, en conexión con drogas alucinógenas,

me relacionara personalmente con este autor.

Desde hace cuarenta años releo una y otra vez el

libro de Jünger

Das abendeuerliche Herz. * en su primera

y segunda versión. Aquí se me descubrió la

belleza y magia de la prosa de Jünger: descripciones

de flores, sueños, paseos solitarios, pensamientos sobre

el azar, la suerte, los colores y otros temas que

guardan una relación inmediata con nuestra vida personal.

En cada página se volvía visible lo maravilloso

de la creación y se tocaba lo único e imperecedero

que hay en cada ser humano, a través de la

descripción precisa de la superficie y el traslucir de

las profundidades. Ningún otro poeta me ha abierto

tanto los ojos.

También se hablaba de drogas en

Das abenteuerliche

Herz.

Pero pasaron muchos años antes que, después

del descubrimiento de los efectos psíquicos del

LSD, comenzara a interesarme especialmente por este

tema.

Mi relación epistolar con Ernst Jünger tampoco

nació bajo el signo de las drogas, sino que le escribí

una vez como lector agradecido para su cumpleaños.

Bottmingen, 29 de marzo de 1947

Estimado Sr. Jünger:

Desde hace muchos años me considero ricamente

obsequiado por usted. Por eso le quería

enviar hoy para su cumpleaños un pote de miel.

Pero esta alegría no me fue posible, porque mi

pedido de exportación ha sido rechazado en

Berna.

El envío no estaba pensado como un saludo

* El corazón aventurero.

de un país en el que todavía manan leche y miel,

sino más bien como resonancia a las frases mágicas

de su libro

Auf den Marmorklippen. * en las

que se habla de las «zumbadoras doradas»...

El libro aquí mencionado se publicó en 1939, poco

antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Auf den Marmorklippen

no sólo es una obra maestra

de la prosa alemana; también es significativa

porque allí la figura del tirano y los horrores de la

guerra y de las noches de bombardeos se anticipan

en poética visión.

En el curso de nuestra correspondencia Ernst

Jünger también se informó sobre mis trabajos relativos

al LSD, de los que se había enterado gracias

a un amigo. Le envié entonces las publicaciones correspondientes,

a las que se refirió con el comentario

siguiente:

Kirchhorst, 3–3–1948

... junto con los dos textos sobre su nuevo

phantasticum.

De verdad parece haber ingresado usted

allí en campos en los que se esconde más

de un misterio.

Su envío llegó junto con una nueva traducción

de las

Confesiones de un comedor de opio.

El autor me escribe que lo motivó la lectura de

Das abenteuerliche Herz.

En lo que a mí respecta, he tenido los estudios

prácticos hace tiempo. Se trata de experimentos

en los que, tarde o temprano, se ingresa

en ámbitos bastante peligrosos y uno puede estar

contento si sale más o menos bien librado.

Lo que me ocupaba sobre todo era la rela-

* En los picos mamóreos.

ción de estas sustancias con la producción. Pero

hice la experiencia de que el trabajo creador

exige una conciencia despierta, y que ésta se

debilita cuando está bajo el influjo de las drogas.

La concepción es, en cambio, significativa,

y se alcanzan penetraciones que de otro modo

no deben de ser posibles. Entre estas penetraciones

sitúo también el bello estudio que Maupassant

escribió sobre el éter. Dicho sea de paso,

también con fiebre he tenido la impresión de que

se descubren nuevos paisajes y nuevos archipiélagos,

una música nueva que se vuelve totalmente

evidente cuando aparece la «aduana».

4 Para la

descripción geográfica, en cambio, hay que estar

plenamente consciente. Lo que para el artista es

la producción, es la curación para el médico.

Por eso también debe de bastarle que ingrese

algunas veces en los ámbitos, atravesando el

papel pintado, que nuestros sentidos han tejido.

De paso, creo percibir en nuestra época no tanto

una tendencia a los

phantastica que a los

energetica

, entre los que se halla el pervitin, que

incluso los ejércitos entregaron a sus aviadores

y a otros combatientes. A mi juicio el té es un

phantasticum

, el café un energeticum... por eso,

el té posee un rango de sensibilidad artística incomparablemente

mayor. Con el café me doy

cuenta de que destruye la tenue red de luz y sombras,

las dudas fructíferas que se presentan mientras

se escribe una oración. Uno aplasta sus inhibiciones.

Con el té, por el contrario, los pensamientos

se van engarzando de modo genuino.

En cuanto a mis «estudios», tenía un manuscrito

al respecto, pero lo he quemado. Mis excur-

4. «An der Zollstation» (En la aduana), título de una sección

de

Das abeuteuerliche Herz (El corazón aventurero), 2° edición.

siones finalizaron en el hashish, que lleva a estados

muy agradables, pero también a estados maníacos,

a la tiranía oriental...

Poco después, por una carta de Ernst Jünger, me

enteré de que en su novela

Heliópolis, en la que estaba

trabajando, había insertado una digresión sobre

drogas. Sobre un investigador de drogas que aparecía

allí, Jünger me escribió:

... Entre las excursiones a los mundos geográficos

y metafísicos que intento describir allí,

hay también la de un hombre netamente sedentario,

quien explora los archipiélagos allende los

mares recorridos, usando como medio de transporte

las drogas. Doy extractos de sus diarios de

navegación. Desde luego, no puedo permitir que

este Colón del globo interno termine bien... muere

intoxicado.

Avis au lecteur.*

El libro, que se publicó al año siguiente, lleva el

subtítulo de

Ojeada retrospectiva de una ciudad, una

ciudad del futuro, en el que la tecnología y las armas

del presente estaban aun más desarrolladas en sentido

mágico, y en la que tienen lugar luchas por el

poder entre un tecnócrata demoníaco y una fuerza

conservadora. En la figura de Antonio Peri, Jünger

describe al citado investigador de las drogas, quien

moraba en el casco antiguo de la ciudad de Heliópolis.

... Cazaba sueños, como otros cazan mariposas

con redes. Los domingos y días festivos no viajaba

a las islas ni visitaba las tabernas en la

playa de Pagos. Se encerraba en su gabinete para

* Advertencia al lector. (En francés en el original.)

relizar sus excursiones a las regiones oníricas.

Decía que todos los países e islas desconocidas

estaban entretejidas en el papel pintado. Las drogas

le servían de llave para ingresar en las cámaras

y cuevas de este mundo. Con el correr de

los años había obtenido grandes conocimientos,

y llevaba también un diario de navegación sobre

sus viajes. En este gabinete había también una

pequeña biblioteca; los libros eran herbarios e

informes medicinales, pero también obras de poetas

y magos. Antonio solía leerlos mientras se

desarrollaba el efecto de las drogas... En el universo

de su cerebro emprendía viajes de descubrimientos...

En el centro de esta biblioteca, saqueada por los

sicarios del gobernador al detener a Antonio Peri,

estaban

... los grandes animadores del siglo XIX: de Quincey,

E. Th. A. Hoffmann, Poe y Baudelaire. Pero

otros llevaban más atrás, a herbarios, escritos

de magia negra y demonologías del mundo medieval.

Se agrupaban alrededor de los nombres

de San Alberto Magno, Ramon Llull y Agrippa

ab Nettesheym... Al lado se encontraba el infolio

de Wierus

De Praestigiis Daemonum y las muy

extrañas compilaciones del médico Wekkerus,

editadas en Basilea en 1582...

En otra parte de su colección, Antonio Peri parecía

haber fijado su vista sobre todo

en antiguas farmacologías, libros de recetas y de

medicamentos, y haber ido a la caza de separatas

de revistas y anales. Se encontraron, entre

otros, un antiguo mamotreto de psicólogos de

Heidelberg sobre el extracto del botón de mescal,

y un trabajo de Hofmann–Bottmingen sobre los

phantastica

del cornezuelo de centeno...

El mismo año en que se publicó

Heliópolis conocí

a su autor personalmente.

El primer viaje

Dos años después, a principios de febrero de 1951,

se produjo la gran aventura, una experiencia de LSD

con Ernst Jünger. Como en ese momento sólo había

informes sobre experimentos con LSD en conexión con

problemas psiquiátricos, este ensayo me interesaba

sobremanera, porque aquí se ofrecía la oportunidad

de observar los efectos del LSD, en un marco no médico,

en un hombre dotado de una gran sensibilidad

artística. Eso fue aún antes de que Aldous Huxley

comenzara a experimentar desde la misma perspectiva

con la mescalina, sobre lo cual informó posteriormente

en sus libros

The Doors of Perception («Las

puertas de la percepción») y

Heaven and Hell («El

Cielo y el Infierno).

Para que en caso de necesidad pudiéramos gozar

de asistencia médica, le pedí a mi amigo, el médico

y farmacólogo profesor Heribert Konzett, que participara

en nuestra empresa. El ensayo tuvo lugar a las

diez de la mañana en la sala de nuestra casa en Bottmingen.

Como no podía preverse la reacción de una

persona tan sensible como Ernst Jünger, para este

primer ensayo se eligió precautoriamente una dosis

baja, de sólo 0,05 miligramos. El experimento no condujo,

en consecuencia, a grandes profundidades.

La fase inicial se caracterizó por la intensificación

de las vivencias estéticas. Unas rosas rojo–violetas

adquirieron una luminosidad insospechada y relumbraron

con un brillo significativo. El concierto para

flauta y arpa de Mozart fue sentido en su belleza

supraterrenal como música celestial. Con sorpresa compartida

observamos los velos de humo que ascendían

con la facilidad de pensamientos de un palillo

de incienso japonés. Cuando la embriaguez se profundizó

y cesó la conversación, llegamos a ensoñaciones

fantásticas mientras seguíamos sentados en

nuestros sillones con los ojos cerrados. Jünger gozó

del policromatismo de cuadros orientales; yo estaba

de viaje con tribus beréberes de África del Norte, vi

caravanas de colores y oasis frondosos. Konzett, cuyos

rasgos me parecían transfigurados a lo Buda,

vivía un hábito de intemporalidad, la liberación del

pasado y el futuro y la felicidad de un pleno seraquí–

y–ahora.

El regreso de la situación de conciencia alterada

se vio acompañada de una fuerte sensación de frío.

Viajeros con frío, nos envolvimos en mantas para

aterrizar. La llegada al ser familiar fue celebrada

con una buena cena, en la que el vino borgoña corrió

en abundancia.

Esta excursión se caracterizó por la comunidad y

el paralelismo de lo vivido, cosa que sentimos como

muy feliz. Los tres nos habíamos acercado a la puerta

de la experiencia mística del ser; pero no llegó a

abrirse. La dosis había sido demasiado pequeña. Desconocedor

de este motivo, Ernst Jünger, quien con

mescalina en dosis altas había llegado a experiencias

mucho más profundas, me observó: «Comparado con

el tigre mescalina, su LSD no es más que un gatito».

Después de experimentos con dosis elevadas de LSD

se retractó de este juicio.

Jünger elaboró literariamente el mencionado espectáculo

de los «palitos de incienso» en su narración

Besuch auf Godenholm

.* en la que intervienen experiencias

profundas de la embriaguez de las drogas:

* Una rosita a Godenholm.

... Como solía hacerlo para purificar el aire,

Schwartzenberg quemaba una varilla de incienso.

Un hilo azul se elevaba desde el borde del

candelero. Moltner lo miró primero con sorpresa,

luego con deleite, como si le hubiera tocado

en suerte un nuevo poder visual. En este poder

se descubría los juegos de este humo aromático,

que se elevaba en un tallo delgado, y luego se

ramificaba en una tenue copa. Era como si lo

hubiera creado su imaginación... Un pálido tejido

de lirio marino en profundidades que apenas

temblaban con los golpes de la rompiente.

El tiempo era activo en esa formación: la había

estriado, arremolinado, caracolado, como si monedas

imaginadas fueran apilándose de prisa. La

multiplicidad del espacio se revelaba en la estructura

fibrosa, en los nervios que tensaban el hilo

en número ingente y se desplegaban en las alturas.

Ahora una brisa tocaba la visión y la giraba

ágilmente alrededor de un eje, como una bailarina.

Moltner lanzó un grito de sorpresa. Los rayos

y las rejas de la flor mágica convergían hacia

nuevas llanuras, en nuevos campos. Miríadas de

moléculas se doblegaban ante la armonía. Aquí

las leyes no se cumplían ya bajo el velo de la

aparición; la tela era tan sutil e ingrávida, que

la reflejaba abierta. Cuan fácil y compulsivo era

todo esto. Los números, pesos y medidas sobresalían

de la materia. Se despojaron de sus vestimentas.

Ni una diosa podía manifestarse más

osada y libremente al iniciado. Las pirámides,

con su gravedad, no alcanzaban esta revelación.

Este brillo era pitagórico...

Ningún espectáculo lo había tocado jamás con

semejante hechizo...

Esta vivencia en el ámbito estético, como se la

describe aquí en el ejemplo de la contemplación del

velo de humo azul, es típica de la fase inicial de la

embriaguez de LSD, antes que surjan modificaciones

más profundas de la conciencia.

En los años siguientes solía visitar a Ernst Jünger

en Wilflingen, a donde se había trasladado de Ravensburgo,

o nos encontrábamos en Suiza, en mi casa en

Bottmingen (cerca de Basilea) o en Bündnerland. La

común experiencia de LSD había estrechado nuestras

relaciones. En conversaciones y en nuestra correspondencia

las drogas y sus problemas anejos eran el

tema principal, sin que de momento volviéramos a

los experimentos prácticos.

Intercambiamos bibliografía sobre drogas. Así,

Jünger me dejó para mi biblioteca sobre drogas la

monografía rara y valiosa del Dr. Ernst barón de Bibra,

«Die Narkotischen Genussmittel und der Mensch»

(«Los estimulantes narcóticos y el hombre»), impresa

en Nuremberg en 1855. Este libro es una obra pionera

y clásica de la literatura sobre drogas, una

fuente de primer orden, sobre todo en lo que se

refiere a la historia de las drogas. Lo que Bibra reúne

bajo la denominación de «estimulantes narcóticos

», no son sólo sustancias como el opio y el estramonio,

sino también el café, el tabaco, el

kath, que

no se incluyen en el concepto actual de «narcóticos»,

igual que las drogas coca, oronja falsa y hashish,

también descritas por este autor.

Son notables y tan actuales como entonces las

consideraciones generales sobre las drogas formuladas

por Bibra hace más de cien años:

... El individuo aislado que ha tomado demasiado

hashish y ahora corre enfurecido por las

calles asaltando a cualquiera con quien se encuentre,

no cuenta frente al gran número de los

que, después de comer, pasan unas horas felices

y agradables con una dosis prudente, y el número

de los que son capaces de superar las más duras

tareas gracias a la coca, los que así, quizá, se

han salvado de la muerte por inanición, supera

con mucho el número de los pocos coqueros que

han socavado su salud con un uso inmoderado.

Del mismo modo sólo una mal aplicada hipocresía

puede condenar la copa quitapenas del viejo

padre Noé, porque algunos borrachos no sepan

medirse...

Yo a Jünger le contaba siempre cosas actuales y

amenas en el terreno de las drogas, como por ejemplo

en mi carta de septiembre de 1955:

... La semana pasada han llegado los primeros

200 g de una nueva droga cuya investigación

quiero iniciar. Se trata de las semillas de una

mimosa (

Piptadenia peregrina Benth.), que los indios

del Orinoco utilizan como estimulante. Las

semillas se trituran, se fermentan y luego se mezclan

con la harina de conchas de caracoles quemados.

Los indios aspiran este polvo con un hueso

de pájaro hueco y ahorquillado, como ya lo

relata Alexander von Humboldt (

Viaje a las regiones

equinocciales del Nuevo Continente

, libro 8,

capítulo 24). Sobre todo la tribu guerrera de los

otomacos emplea esta droga llamada

niopo, yupa,

nopo

o cojoba, hasta el día de hoy en gran escala.

En la monografía de P. J. Gumilla, S. J., (

El Orinoco

Ilustrado

, 1741), se dice: «Los otomacos

aspiraban el polvo antes de entrar en guerra con

los caribes, pues en tiempos antiguos hubo guerras

salvajes entre estas tribus... Esta droga los

enloquecía por completo, y empuñan furiosos las

armas. Y si las mujeres no fueran tan hábiles

para retenerlos y atarlos, a diario cometerían terribles

destrozos. Es un vicio terrible... Otras

tribus, de buen natural y más pacíficas, que también

aspiran la yupa, no se enfurecen como los

otomacos, quienes por esta droga se autolaceraban

hasta sangrar y marchaban frenéticos al combate

».

Tengo curiosidad por saber cómo actuaría el

niopo sobre uno de nosotros. Si alguna vez pudiéramos

organizar una sesión de niopo, de ningún

modo deberíamos alejar a nuestras esposas

como en la ensoñación preprimaveral (me refiero

a la sesión de LSD de febrero de 1951), para que,

llegado el caso, puedan atarnos...

El análisis químico de esta droga llevó a aislar

sustancias activas que, como los alcaloides del cornezuelo

de centeno y la psilocybina, pertenecen al grupo

de los alcaloides del indol, pero que ya estaban descritas

en la bibliografía especializada, por lo cual no

siguieron analizándose en los laboratorios Sandoz. Los

efectos fantásticos arriba reseñados parecen darse sólo

cuando se utiliza el niopo aspirándolo; además dependen,

sin duda, del carácter psíquico de las tribus

indias en cuestión.

Problemática de las drogas

En el siguiente intercambio epistolar se trataron

problemas fundamentales de las drogas.

Bottmingen, 16–XII–1961

Por una parte tendría muchas ganas de seguir

investigando personalmente la aplicación de

las sustancias activas alucinógenas como drogas

mágicas en otros ámbitos, además de realizar su

estudio científico, químico–farmacológico...

Por otra parte debo confesar que me ocupa

mucho la cuestión principal de si el empleo de

este tipo de drogas, es decir, de sustancias que

tienen efectos tan profundos, no constituye de por

sí un cruce de frontera ilícito. Mientras se ofrezca

a nuestras vivencias, mediante alguna sustancia

o método, sólo algún aspecto nuevo y adicional

de la realidad, seguramente nada cabe objetar

a tales medios; al contrario, pues el vivenciar

y conocer más facetas de

la realidad nos la vuelve

más real. Pero se plantea la cuestión de si las

drogas puestas aquí en tela de juicio y que tienen

efectos muy profundos efectivamente sólo nos

abren una ventana adicional a nuestros sentidos

y sensaciones, o si el propio observador, su naturaleza

más íntima, sufren alteraciones. Esto último

significaría que se altera algo que a mi juicio

debería quedar siempre ileso. Mi insistencia se

refiere a la cuestión de si nuestra naturaleza más

íntima es verdaderamente inatacable y no puede

ser lesionada por lo que ocurra en sus cáscaras

materiales, físico–químicas, biológicas y psíquicas...

o si la materia bajo la forma de estas drogas

desarrolla una potencia que puede atacar el

centro espiritual de la personalidad, la mismidad.

Ello se podría explicar con que la acción de

las drogas mágicas tenga lugar en una superficie

límite, en la que la materia se continúa en el

espíritu y viceversa, y con que estas sustancias

mágicas sean ellas mismas puntos de fractura

en el reino infinito de lo material, en los que la

profundidad de la materia, su parentesco con

el espíritu, se revelen de un modo especialmente

evidente. Esto podría expresarse con la siguiente

variación de una conocida poesía de Goethe:

Si la cualidad del ojo no fuera la del sol,

el sol jamás podría verlo;

si en la materia no estuviera la fuerza del espíritu,

¿cómo podría la materia enajenar el espíritu?

Esto correspondería a puntos de fractura que

forman las sustancias radiactivas en el sistema

periódico de los elementos, en los que el tránsito

de la materia a la energía se vuelve manifiesto.

Por cierto, también en el aprovechamiento de la

energía atómica se plantea la cuestión de un cruce

ilícito de frontera.

Otro razonamiento que me intranquiliza es

el que se refiere al libre albedrío en relación

con la influenciabilidad de las más elevadas funciones

mentales por trazas de una sustancia.

Las sustancias activas altamente psicotrópicas,

como el LSD y la psilocybina, tienen en su

estructura química un parentesco muy estrecho

con sustancias que existen en el cuerpo, que se

presentan en el sistema nervioso central y cumplen

un papel importante en la regulación de sus

funciones. Es dable pensar, por tanto, que por

alguna perturbación en el metabolismo se forme,

en vez de la neurohormona normal, algún

compuesto del tipo del LSD o de la psilocybina,

que pueda modificar y determinar el carácter de

la personalidad, su visión del mundo y su actuar.

Una traza de una sustancia, cuya formación o

no–formación no podemos determinar con nuestra

voluntad, puede forjar nuestro destino. Tales

consideraciones bioquímicas podrían haber llevado

a la frase que Gottfried Benn cita en su

ensayo

Provoziertes Leben («Vida Provocada»):

¡Dios es una sustancia, una droga!

A la inversa es un hecho demostrado que los

pensamientos y sentimientos hacen que en nues-

tro organismo se formen o se liberen sustancias

como la adrenalina, que a su vez determinan las

funciones del sistema nervioso. Puede suponerse,

por consiguiente, que nuestro organismo material

puede verse influenciado y formado por nuestro

espíritu del mismo modo que nuestro quimismo

lo hace con nuestra naturaleza espiritual.

Cuál es el factor primario, supongo que podrá

resolverse tan pronto como el problema de quién

fue primero, el huevo o la gallina.

Pese a mi intranquilidad respecto de los peligros

principales que entraña la aplicación de

sustancias alucinógenas, he proseguido la investigación

de los principios activos de la enredadera

mágica mejicana sobre la que alguna vez

le escribí brevemente. En las semillas de esta

planta que los antiguos aztecas denominaban

ololiuqui

hemos encontrado sustancias activas

que son derivados del ácido lisérgico muy emparentados

con el LSD. Fue un hallazgo casi increíble.

Desde siempre me han entusiasmado las enredaderas.

Fueron las primeras flores que cultivé

yo mismo en mi jardincito cuando niño.

Hace poco leí en un escrito de D. T. Suzuki

sobre «El Zen y la cultura del Japón», que allí

la enredadera tiene un papel muy importante entre

los amantes de las flores, en la literatura y

en el arte. Su breve esplendor le ha servido de

rico estímulo a la fantasía japonesa. Suzuki cita,

entre otros, un terceto de la poetisa Chiyo (1702–

1775), que una mañana fue a buscar agua en la

casa de sus vecinos, porque...

Mi tina está apresada

por una enredadera,

por eso pido agua.

La enredadera muestra, pues, ambos caminos

posibles de cómo influir en el ser de espíritu

y cuerpo llamado hombre: en Méjico despliega

sus efectos químicos como droga mágica,

y en el Japón actúa desde el plano espiritual a

través de la belleza de sus cálices.

Jünger me contestó el 27 de diciembre de 1961:

... le agradezco su extensa carta del 16 de diciembre.

He meditado sobre la cuestión central

y seguramente me ocuparé en ella con motivo

de la revisión de

An der Zeitmauer.* Allí insinué

que tanto en el terreno de la física cuanto en el

de la biología estamos comenzando a desarrollar

procedimientos que ya no pueden tomarse como

progresos en el sentido tradicional, pues intervienen

en la evolución y van más allá del desarrollo

de la especie. Sin embargo, vuelvo el guante

al suponer que es una nueva era de la Tierra

la que comienza a actuar sobre la evolución de

los tipos. Nuestra ciencia, con sus teorías e inventos,

no es, por tanto, la causa, sino una de

las consecuencias de la evolución. Han sido tocados

simultáneamente los animales, las plantas,

la atmósfera y la superficie del planeta. No recorremos

puntos de un segmento, sino una línea...

De todos modos, el riesgo que usted señala es

digno de considerarse. Pero existe en toda la línea

de nuestra existencia. El denominador común

aparece a veces aquí, otras allí.

Al mencionar la radiactividad usted emplea

la expresión «punto de fractura». Los puntos de

fractura no son sólo yacimientos, sino también

discontinuidades. Comparada con el efecto de las

* En el muro del tiempo.

radiaciones, la acción de las drogas mágicas es

más genuina y mucho menos grave. Trasciende

lo humano, pero de manera clásica. Gurdjeff ha

visto algunas cuestiones al respecto. El vino ya

ha modificado numerosas cosas, ha conducido a

nuevos dioses y a una nueva humanidad. Pero

el vino guarda con estas drogas la misma relación

que la física clásica con la moderna. Estas

cosas sólo deberían probarse en círculos restringidos.

No puedo adherirme al pensamiento de

Huxley de que aquí se podría dar a las masas

posibilidades de trascendencia. Pues no se trata

de ficciones consoladoras, sino de realidades, si

tomamos la cuestión en serio. Y para ello bastan

pocos contactos para colocar vías y cables.

Esto trasciende incluso la teología y pertenece al

capítulo de la teogonía, en cuanto pertenece necesariamente

al ingreso en una nueva casa en

sentido astrológico. Por ahora nos podemos contentar

con esta conclusión, y sobre todo deberíamos

ser cuidadosos con las denominaciones.

También le agradezco mucho la bonita fotografía

de la enredadera azul. Parece ser la misma

que cultivo año tras año en mi jardín. No

sabía que posee poderes específicos; pero eso

seguramente ocurre con todas las plantas. En la

mayoría de ellas no conocemos la clave. Además,

debe de haber un punto central, a partir

del cual se vuelvan significativas no sólo el quimismo,

la estructura, el color, sino todas las

propiedades...

Experimentos con psilocybina

Estas discusiones teóricas sobre las drogas mágicas

se completaron con experiencias prácticas. Una

de ellas, que sirvió para comparar el LSD con la psilocybina,

tuvo lugar en la primavera de 1962. La ocasión

propicia se presentó en la casa de los Jünger,

en la antigua superintendencia de montes y plantíos

del castillo de Stauffenberg en Wilflingen. En este

simposio de setas participaron también mis ya mencionados

amigos Konzett y Gelpke.

En las antiguas crónicas se describe que los aztecas

bebían

chocolatl antes de comer el teonanacatl.

Del mismo modo y para animarnos, la señora Liselotte

Jünger nos sirvió chocolate caliente. Luego abandonó

a los cuatro hombres a su suerte.

Nos hallábamos en un cuarto aristocrático con un

techo de madera oscura, una estufa de cerámica blanca

y muebles de estilo. En las paredes había viejos

grabados franceses, y un hermoso ramo de tulipanes

engalanaba la mesa. Jünger vestía un traje largo, amplio,

a rayas azules y semejante a un caftán, que había

traído de Egipto; Konzett ostentaba un vestido mandarín

con bordaduras de colores; Gelpke y yo nos habíamos

puesto batas de casa. Lo cotidiano debía quedar

de lado también en las exterioridades.

Tomamos la droga poco antes de la puesta de sol,

no las setas, sino su principio activo, veinte miligramos

de psilocybina por persona. Ello equivalía a unas

dos terceras partes de la dosis muy fuerte que solía

ingerir la curandera María Sabina en forma de setas.

Una hora después yo todavía no sentía ningún efecto,

mientras que mis colegas ya habían iniciado un

vigoroso viaje a la profundidad. Tenía la esperanza

de que pudiera revivir en la embriaguez de las setas

ciertas imágenes de mi niñez que me han quedado en

la memoria como experiencias dichosas: el prado con

margaritas, levemente onduladas por el viento de comienzos

del verano, el rosal en la hora del crepúsculo

después de la tormenta, los gladiolos azules sobre el

muro de la viña. En vez de estas imágenes hermosas

de los paisajes terruñeros aparecieron unas escenas

muy extrañas cuando las setas finalmente comenzaron a

actuar. Semiadormecido me hundí más y atravesé ciudades

abandonadas con carácter mejicano y una belleza

exótica pero muerta. Asustado intenté aferrarme a la

superficie y concentrarme despierto en el mundo exterior,

en el entorno. Lo lograba de a ratos. Luego vi a

Jünger paseando por el cuarto; era un gigante, un

mago poderoso y enorme. Konzelt en su bata de seda

brillante me parecía un peligroso payaso chino. También

Gelpke me resultaba siniestro, alto, delgado, enigmático.

Más me hundía en la embriaguez, más extraño se

volvía todo. Yo mismo me resultaba extraño. Inquietante,

frío, sin sentido, yermo: así era cada sitio que

atravesaba, sumergido en una luz muerta cuando cerraba

los ojos. Vaciado de sentido, fantasmagórico,

me parecía el entorno cuando los abría e intentaba

aferrarme al mundo exterior. El vacío total amenazaba

arrastrarme a la nada absoluta. Recuerdo que cuando

Gelpke pasó al lado de mi sillón, me así de su

brazo para no hundirme en la oscura nada. Tuve un

miedo mortal y una añoranza infinita de regresar a

la realidad del mundo de los hombres. Por fin fui retornando

lentamente al cuarto. Vi y oí disertar ininterrumpidamente

al gran mago con una voz clara y

potente, sobre Schopenhauer, Kant, Hegel y la vieja

Gea, la madrecita. También Konzett y Gelpke habían

vuelto hacía tiempo totalmente a la tierra, en la que

ahora lograba reasentarme a duras penas.

Para mí este ingreso en el mundo de las setas había

sido una prueba, una confrontación con un mundo

muerto y con el vacío. El ensayo no había seguido el

curso esperado. Pero también el encuentro con la

nada es beneficioso. Luego resulta tanto más maravilloso

el hecho de que exista la creación.

Ya era después de medianoche cuando nos senta-

mos a la mesa que había puesto la señora de Jünger

en el piso de arriba. Celebramos el regreso con una

excelente cena y música de Mozart. La charla sobre

nuestras experiencias duró hasta la madrugada.

En 1970 se publicó el libro

Annäherungen, Drogen

und Rausch

(«Acercamientos, drogas y embriaguez»)

de Ernst Jünger en la Editorial Ernst Klett de Stuttgart.

En su capítulo «Un simposio con setas», Jünger

describió sus experiencias de aquella noche. He aquí

un extracto:

Como de costumbre, transcurrió media hora

o un poco más en silencio. Luego se presentaron

los primeros síntomas: las flores en la mesa comenzaron

a relumbrar y a desprender relámpagos.

Había terminado la jornada; afuera se estaba

barriendo la calle, como todos los fines de

semana. El barrido penetraba lacerante en el

silencio. Este rascar y barrer, a veces también

un arañar, alborotar y martillar, tiene motivos

casuales y es a la vez sintomático como uno de

los signos que anuncian una enfermedad. También

tiene siempre un papel en la historia de los

exorcismos...

Ahora comenzó a actuar la seta; el ramo primaveral

brillaba más intensamente, esa no era

una luz natural. En los rincones se movían sombras,

como si buscaran una forma. Me sentí oprimido

y tuve frío, pese al calor que irradiaban los

azulejos. Me acosté en el sofá y me eché la manta

sobre la cara. Todo era piel y era tocado, también

la retina: allí el contacto se convertía en

luz. Esta luz era polícroma; se ordenaba en cordeles

que se balanceaban suavemente, y en hilos

de abalorios de entradas orientales. Forman puertas,

como las que se atraviesan en los sueños,

cortinas de la lujuria y el peligro. El viento las

mueve como un vestido. También se caen de los

cintos de las bailarinas, se abren y se cierran al

compás de sus caderas, y de las perlas manan

tonos sutilísimos hacia los sentidos aguzados. El

tintineo de los aros de plata en los grillos y muñecas

es ya demasiado fuerte. Hay olor a transpiración,

a sangre, a tabaco, a orines cortadas,

a aceite de rosas barato. Quién sabe qué estarán

haciendo en los corrales.

Debió de haber sido un enorme palacio mauritano,

un lugar malo. Con este salón de baile se

conectaban cuartos laterales, series de habitaciones

que llegan hasta el subsuelo. Y por todas

partes las cortinas con su centelleo, su relumbrar...

brillo radiactivo. El goteo de instrumentos

de vidrio con su seducción, su requiebro sensual:

«¿Quieres, niño majo, venir conmigo?». Ya

terminaba, ya recomenzaba, más confianzudo, insistente,

casi seguro de la aprobación.

Ahora venían cosas modeladas: collages históricos,

la voz humana, el cantar del cucú. ¿Era

la puta de Santa Lucía, la que colgaba sus pechos

por la ventana? Luego la paga había desaparecido

como por arte de birlibirloque. Salomé

danzaba; el collar de ámbar chisporroteaba y al

balancearse erigía los pezones. ¿Hay algo que no

se haga por su Juan? Maldito sea, eso era una

obscenidad que no provenía de mí; había atravesado

la cortina.

Las serpientes estaban llenas de heces, apenas

vivas reptaban perezosas por los felpudos.

Estaban tachonadas de añicos de brillante. Otras

asomaban del cielorraso con ojos rojos y verdes.

Todo rielaba y chispeaba como minúsculas hoces

filosas. Luego el silencio, y una nueva oferta,

más impertinente. Me tenían en sus manos. «Entonces

nos comprendíamos de inmediato.»

Madame atravesó la cortina; estaba ocupada;

pasó a mi lado sin mirarme. Vi las botas con

los tacones rojos. Unas ligas ataban los gordos

muslos en la mitad; la carne colgaba por encima.

Los pechos inmensos, el delta oscuro del

Amazonas, papagayos, pirañas, piedras semipreciosas

por doquier.

Ahora ella entraba a la cocina, ¿o había más

sótanos aquí? Ya no podía distinguirse el brillar

y el murmurar, el susurrar y el rielar; era como

si se concentrara, con gran júbilo, expectante.

Hacía un calor insufrible; quité la manta. La

habitación estaba apenas iluminada; el farmacólogo

estaba de pie junto a la ventana, con una

bata blanca de mandarín, que hace poco me había

servido en Rottweil en el baile de carnaval.

El orientalista estaba sentado al lado de la estufa

de cerámica; suspiraba como si tuviera pesadillas.

Me daba cuenta: había sido una hornada,

y pronto volvería a comenzar. El tiempo todavía

no estaba cumplido. A la madrecita la había

visto anteriormente. Pero también los excrementos

son tierra y, como el oro, se cuenta entre

las metamorfosis. Con eso hay que contentarse,

mientras no se salga del acercamiento.

Esas fueron las setas. El grano oscuro que

brota de la era encierra más luz, y más aún el

verde zumo de los suculentos en las ardientes

pendientes de Méjico...

El viaje había salido mal... quizá debía probar

más setas. Pero ya volvía el murmurar y cuchichear,

los relámpagos y destellos. El hombre

arrastraba el pescado detrás de sí. Una vez dado

el motivo, se registra como en el cilindro: la

nueva hornada, el nuevo giro repite la melodía.

El juego no abandona la mala racha.

No sé cuántas veces se repitió, ni quiero desarrollarlo.

Hay cosas que uno prefiere guardarse

para sí. De todos modos había pasado la medianoche...

Subimos; estaba puesta la mesa. Los sentidos

todavía estaban aguzados y abiertos: «Las puertas

de la percepción». El vino rojo de la jarra

derramaba luz, y un anillo de espuma se rompía

contra el borde. Escuchamos un concierto para

flauta. Los demás no habían tenido más suerte.

«Qué agradable, volver a estar entre los hombres.

» Así se expresó Albert Hoffmann...

El orientalista, en cambio, había estado en

Samarcanda, donde Timur descansa en el ataúd

de nefrita. Había seguido al cortejo triunfal a

través de ciudades cuyo regalo de bodas a la

entrada era una caldera llena de ojos. Allí había

estado parado largo tiempo ante una de las pirámides

de calaveras erigidas para atemorizar al

pueblo, y en la masa de cabezas cortadas había

reconocido también la suya, que tenía incrustaciones

de piedras.

El farmacólogo señaló: «Ahora comprendo

por qué estaba usted sentado en el sillón sin su

cabeza; ya me sorprendía; no puedo haberme

equivocado». Me pregunto si no debiera tachar

este detalle, porque cumple con los requisitos

de los cuentos de aparecidos.

A los cuatro, la sustancia de las setas no nos había

llevado a alturas luminosas, sino a regiones subterráneas.

Parece que en la mayoría de los casos la

embriaguez de psilocybina tiene un carácter más tétrico

que la de LSD. La influencia que ejercen estas

sustancias activas sin duda varían de persona en persona.

En mi caso hubo más luz en los experimentos

con LSD que en los ensayos con la seta, como lo

apunta también Ernst Jünger para su caso en el informe

citado.

Otra experiencia con LSD

La siguiente y última irrupción en el cosmos interior

en compañía de Ernst Jünger, esta vez de nuevo

con LSD, nos alejó mucho de la conciencia cotidiana.

Se convirtió en una «aproximación» significativa

a la última puerta. Según Ernst Jünger, ésta

sólo se nos abrirá en el Gran Tránsito de la vida a

las regiones del más allá.

Este último ensayo común tuvo nuevamente por

escenario la superintendencia de bosques de Wilflingen

en febrero de 1970. Esta vez sólo estábamos él

y yo. Jünger tomó 0,5, y yo 0,10 miligramos de LSD.

Luego publicó el «diario de navegación», las notas

que tomó durante el experimento, sin comentario en

Annäherungen.

Son escasas e, igual que las mías, le

dicen muy poco al lector.

El ensayo duró desde la mañana, después del desayuno,

hasta el anochecer. El concierto para flauta

y arpa de Mozart, que siempre me hace muy feliz y

que resonó al comienzo del ensayo, esta vez lo viví

extrañamente como «el mero girar de figuras de porcelana

». Luego la embriaguez condujo rápidamente

a simas silenciosas. Cuando quise describirle a Jünger

las desconcertantes modificaciones que había experimentado

mi conciencia, no logré avanzar más de

dos o tres palabras, por lo falsas e inadecuadas a la

vivencia que me parecían. Sentí que provenían de

un mundo infinitamente lejano que se había vuelto

extraño, por lo cual renuncié a mi propósito sonriendo

sin esperanzas. Evidentemente, a Jünger le sucedía

lo mismo; pero no necesitábamos del lenguaje;

bastaba una mirada para obtener un entendimiento

sin palabras. Sin embargo, pude vertir en el papel

algunos fragmentos de oraciones. Muy al comienzo:

«nuestra barca se mueve mucho». Luego, al contemplar

los libros de lujosa encuadernación en la biblioteca:

«como el oro rojo empuja de dentro hacia

fuera — transpirando áureo resplandor». Afuera comenzaba

a nevar. En la calle pasaban niños con

máscaras y carros de carnaval tirados por tractores.

Al mirar a través de la ventana al jardín, en el que

había copos de nieve, sobre el alto muro de circunvalación

aparecieron máscaras de colores embutidas

en un tono azul que daba una dicha infinita: «un

jardín de Breughel — vivo

con y en las cosas». Más

tarde: «Este tiempo — no hay conexión con el mundo

vivido». Hacia el final, el reconocimiento consolador:

«Hasta ahora, confirmado en mi camino». Esta

vez, el LSD había llevado a una aproximación feliz.

12

Encuentro con Aldous Huxley

Hacia mediados de la década de los cincuenta se

publicaron dos libros de Aldous Huxley,

The Doors

of Perception

(«Las puertas de la percepción») y

Heaven and Hell

(«Cielo e Infierno»), en los que se

ocupa sobre todo en el estado de embriaguez provocado

por las drogas alucinógenas. Allí se describen

magistralmente los cambios en las percepciones

sensoriales y en la conciencia, que el autor experimentó

en un autoensayo con mescalina. Para Huxley

el experimento con mescalina se convirtió en una

experiencia visionaria. Vio las cosas desde otro punto

de mira: le revelaron su ser propio e intemporal,

que queda oculto a la mirada cotidiana.

Ambos libros contienen consideraciones fundamentales

sobre la naturaleza de la experiencia visionaria

y la importancia de este tipo de captación del mundo

en la historia de la cultura, en la formación de los

mitos y de las religiones en el proceso artístico–creador.

Huxley ve el valor de las drogas alucinógenas

en el hecho de que permiten que personas que no

posean el don de la contemplación visionaria espontánea,

propia de los místicos, los santos y los grandes

artistas, puedan experimentar ellos mismos estos

extraordinarios estados de la conciencia. Esto, opina

Huxley, llevaría a una comprensión más profunda

de los contenidos religiosos o místicos y a una experiencia

novedosa de las grandes obras de arte. Estas

drogas son para él las llaves que permiten abrir nuevas

puertas de la percepción, llaves químicas que

coexisten con otros «abridores de puertas» consagrados

pero más laboriosos, como la meditación, el

aislamiento y el ayuno, o como ciertos ejercicios de

yoga.

En aquel entonces yo ya conocía la obra anterior

de este importante escritor. Dicho sea de paso, ya

en su novela ficción

Brave New World, publicada

en 1932, cumplía un papel importante una droga psicotrópica

que coloca a las personas en un estado

eufórico y a la que llama «soma». En los dos nuevos

escritos del autor hallé una interpretación significativa

de la experiencia inducida por drogas y obtuve

así una introspección más profunda de mis propios

ensayos con LSD.

Por eso me vi agradablemente sorprendido al recibir

en una mañana de agosto de 1961 en el laboratorio

una llamada telefónica de Aldous Huxley. Estaba

de paso en Zurich con su esposa. Nos invitó a mí

y a mi esposa para un

lunch en el Hotel Sonnenberg.

Un

gentleman, con una fresia amarilla en el ojal,

un personaje alto, noble, que irradiaba bondad —así

lo recuerdo en nuestro primer encuentro—. La conversación

giró sobre todo en torno al problema de

las drogas mágicas. Tanto Huxley como su esposa,

Laura Huxley Archera, habían tenido experiencias con

LSD y con psilocybina. Huxley habría preferido no

llamar «drogas» (

drugs.) a estas sustancias y a la mescalina,

porque en el uso lingüístico inglés, igual que

en el alemán, la palabra «droga» está desacreditada

y porque era importante diferenciar también en el

terreno de la lengua a este tipo de sustancias activas

de las otras drogas. Creía que en la actual fase del

desarrollo de la humanidad, a los agentes que producen

una experiencia visionaria les cabe una gran importancia.

No le parecía que tuvieran mucho sentido

los ensayos en condiciones de laboratorio, porque, con

la receptividad y sensibilidad tan aumentada para las

impresiones externas, el ambiente tendría una importancia

decisiva. Al hablar de la tierra natal de mi esposa,

la zona montañosa de Bündner, le recomendó

ingerir LSD en una pradera de los Alpes y mirar luego

dentro del cáliz azul de una genciana para contemplar

allí el milagro de la creación.

Al despedirnos, Huxley me dejó como recuerdo

una copia en cinta de su conferencia «

Visionary Experience

.

», que había dado una semana antes en un congreso

internacional para psicología aplicada en Copenhague.

En esta conferencia habló sobre la naturaleza

y la significación de la experiencia visionaria,

contraponiendo este tipo de visión del mundo a la

captación verbal e intelectual de la realidad como su

complemento necesario.

Al año siguiente se publicó un nuevo libro de Aldous

Huxley, el último, la novela

Island. En ella se

narra el intento de fusionar en la utópica isla de Pala

las conquistas de las ciencias naturales y de la civilización

técnica con la sabiduría oriental en una nueva

cultura, en la que razón y mística estén unidas

fructíferamente. En la vida de la población de Pala

tiene un papel importante una droga mágica que se

obtiene de una seta, la medicina

moksha (=.redención,

liberación). Su aplicación se limita a etapas decisivas

de la vida. Los jóvenes de Pala la reciben en

los ritos iniciáticos; se la dan al héroe de la novela

en una crisis vital en el marco de una conversación

psicoterapéutica con una persona anímicamente cercana

a él; y a un moribundo le alivia el abandono del

cuerpo terrenal y el tránsito al otro ser.

En nuestra conversación en Zurich, Huxley me

había dicho que volvería a tratar el problema de las

drogas psicodélicas en su nueva novela. Ahora me envió

un ejemplar de

Island con la siguiente dedicatoria

manuscrita: «Al Dr. Albert Hofmann, descubridor

de la medicina

moksha, de Aldous Huxley».

Las esperanzas puestas por Aldous Huxley en las

drogas psicodélicas como auxiliar para provocar experiencias

visionarias, y lo que habría que hacer con

éstas en la vida cotidiana, se desprende de su carta

del 29 de febrero de 1962, en la que me escribía...

... I have good hopes that this and similar

work will result in the development of a real

Natural History of visionary experience, in all

its variations, determined by differences of physique,

temperament and profession, and at the

same time of a technique of «Applied Mysticims»

— a technique for helping individuals to get

the most out of their trascendental experience

and to make use of the insights from the «Other

World». (Meister Eckhart wrote that «What is

taken in by contemplation must be given out in

love».) Essentially this is what must be developed

— the art of givin out in love and intelligence

what is taken in from vision and the experience

of self–transcendence and solidaritty with the

Universe...

5

5. Tengo la esperanza de que éste y otros trabajos similares

den como resultado el desarrollo de una verdadera Historia Natural

de la experiencia visionaria, en todas sus variaciones, determinada

por diferencias físicas, de temperamento y profesión, y al

mismo tiempo, una técnica de «misticismo aplicado» —una técnica

para ayudar a los individuos a obtener lo mejor de sus experiencias

trascendentales y a aprovechar el uso de las visiones del

«Otro Mundo» en los asuntos de «Este Mundo» (Meister Eckhart

escribió «lo que se obtiene en la contemplación debe ser devuelto

en el amor»). Esto es, en esencia, lo que debe desarrollarse —el

arte de dar en amor e inteligencia lo que se obtiene de la visión y

la experiencia de la auto–trascendencia y la solidaridad con el

Universo...

A fines del verano de 1963 me vi varias veces con

Aldous Huxley en el congreso anual de la

Academia

Mundial de Artes y Ciencias

(WAAS) en Estocolmo.

Eran sus propuestas y aportes a la discusión en las

sesiones de la academia los que, por forma y contenido,

marcaron el curso de las tratativas.

El plan de fundación de la WAAS era hacer elaborar

problemas mundiales por los especialistas más

competentes en una asociación independiente de posturas

ideológicas y religiosas desde un punto de vista

supranacional, universal, y poner a disposición de los

gobiernos responsables y de los organismos ejecutores

los resultados, propuestas e ideas bajo la forma

de publicaciones adecuadas.

El congreso anterior al de 1965 se había ocupado

en la explosión demográfica y el agotamiento de las

reservas de materias primas y recursos alimentarios

de la Tierra. Las investigaciones y propuestas correspondientes

se compendiaron en el volumen II de la

WAAS bajo el título de

The Population Crisis and the

Use of World Resources.

* Una década antes de que el

control de la natalidad, la protección del medio ambiente

y la crisis energética se convirtieran en tópicos,

en la WAAS se señalaron estos problemas mundiales

y se proporcionaron propuestas de solución

a los poderosos de esta Tierra. La evolución catastrófica

en los campos mencionados revela la discrepancia

trágica entre el reconocer, el querer y el poder.

En el congreso de Estocolmo Aldous Huxley propuso,

como continuación y completación del tema

World Resources

(recursos mundiales), atacar el problema

de los

Human Resources (recursos humanos),

la investigación y exploración de las capacidades ocultas

y desaprovechadas del ser humano. Una humanidad

con capacidades mentales más desarrolladas, con

* La crisis de la población y el uso de los recursos mundiales.

una conciencia más amplia de los milagros inasibles

del ser, debería poder reconocer y observar mejor

las bases biológicas y materiales de su existencia en

esta Tierra. Por eso —decía Huxley— tendría una

gran importancia en la evolución el desarrollar la

capacidad de experimentar la realidad de manera

directa, sin las distorsiones que producen las palabras

y los conceptos, a través de los sentimientos,

sobre todo en el nombre occidental con su racionalismo

hipertrofiado. Entre otros, Huxley consideraba

que las drogas psicodélicas podrían ser un auxiliar

para la educación en este sentido. El psiquiatra doctor

Humphry Osmond, quien también participaba en

el congreso y había acuñado el término

psychedelic

(=

.que despliega el alma), lo apoyó con un informe

sobre las posibilidades de una aplicación adecuada

de las drogas psicodélicas.

El congreso de Estocolmo fue mi último encuentro

con Aldous Huxley. Su aspecto ya estaba marcado

por su grave enfermedad, pero su irradiación espiritual

seguía inalterada.

Aldous Huxley murió el 22 de noviembre del mismo

año, el día que fue asesinado el presidente Kennedy.

La señora Laura Huxley me envió una copia de

su carta a Julian y Juliette Huxley, en la que informaba

a su cuñado y a su cuñada sobre el último día

de su esposo. Los médicos le habían anticipado un

final dramático, porque en el cáncer de las vías respiratorias

que Huxley padecía, la fase final suele conllevar

espasmos y sofocos. Pero él falleció tranquilo.

A la mañana, cuando estaba ya tan débil que no

podía hablar, había escrito en un papel: «LSD —

inténtalo — intramuscular — 100 mmg». La señora

de Huxley entendió a qué se refería y le practicó ella

misma la inyección, haciendo caso omiso de los escrúpulos

del médico presente... le dio la medicina

moksha.

13

Correspondencia con el médico–poeta

Walter Vogt

Entre los contactos personales que le debo al LSD

se encuentra también mi amistad con el médico, psiquiatra

y escritor Dr. Walter Vogt. Como lo mostrará

el siguiente extracto de nuestro intercambio epistolar,

no eran tanto los aspectos medicinales del LSD

que le interesaban al médico, sino más bien los efectos

psicológicos profundos y modificaciones de la conciencia

que ocupaban al poeta, los que constituían

el tema de nuestra correspondencia.

Muri/Berna, 22–11–70

Querido y apreciado señor Hofmann:

Esta noche he soñado que una familia amiga

me había invitado a tomar el té en una confitería

en Roma. Esta familia conocía también al

papa, quien estaba sentado con nosotros a la

misma mesa tomando el té. Estaba vestido todo

de blanco y tenía asimismo una mitra blanca.

Estaba sentado en paz y callaba.

Y de pronto se me ocurrió enviarle mi

Vogel

auf den Tisch

(«Pájaro en la mesa») —como tarjeta

de visita, si le parece—, un libro que ha

quedado un poco apócrifo, de lo cual,

réflexion

faite

,* ni siquiera me lamento, pese a que el

traductor italiano esté convencido de que es mi

mejor libro (por cierto, el papa también es italiano.

So it goes

...**).

Tal vez le interese la obrita. La escribió en

1966 un autor que entonces no tenía la menor

experiencia con sustancias psicodélicas, y que no

comprendía los informes sobre experimentos médicos

con estas drogas. Esto último apenas se ha

modificado, sólo que la incomprensión tiene ahora

otro origen.

Supongo que su descubrimiento ocasiona un

hiato en mi obra (qué gran palabra), no precisamente

una

Saulus–to–Paulus Conversion, como

dice Roland Fischer... a saber: lo que escribo

se vuelve más realista o en todo caso, menos

expresivo. De cualquier forma no habría logrado

sin, el

cool realismo de mi pieza de TV Spiele

der Macht

(«Juegos del poder»). Así lo atestiguan

las distintas versiones, si es que siguen tiradas

en algún sitio.

Si tuviera interés y tiempo para un encuentro,

me gustaría mucho encontrarme alguna vez con

usted para conversar.

..............

W .V.

Burg i. L., 28-11-70

Querido señor Vogt:

El hecho de que el pájaro que vino volando

a mi mesa, haya encontrado el camino hasta

* Pensándolo bien. (En francés en el original.)

** Así va... (En inglés en el original.)

aquí, se lo debo una vez más al poder mágico

del LSD, en última instancia. Pronto podría escribir

un libro sobre todas las consecuencias que

me acarreó aquel experimento de 1943.

A. H.

13–3–71

Querido señor Hofmann:

Incluyo una crítica de las

Annäherungen de

Jünger, publicada en el diario; presumo que le

interesará...

.............

También a mí me parece que alucinar–soñar–

escribir se oponen cada cual a la conciencia diurna

y son funciones complementarias entre sí.

Claro que puedo hablar únicamente de mí a ese

respecto. En otras personas puede ser diferente;

es bastante difícil hablar con otros sobre estas

cosas, porque en realidad a menudo se hablan

idiomas distintos...

...Dado que usted colecciona autógrafos y me

brinda el honor de incluir una de mis cartas en

su colección, le adjunto el manuscrito de mi

«testamento» en el que juega un papel su descubrimiento,

«el único invento

alegre del siglo XX»...

W .V.

el último testamento del dr. walter vogt de 1969

no quiero un entierro especial

sólo muchas orquídeas caras y obscenas

innúmeros pajarillos con nombres de colores

no danzas desnudas

pero

vestidos psicodélicos

197

altavoces en todas las esquinas y

nada más que el último disco de los beatles

1

cienmilmillones de veces

y

do what you like

.2

en una cinta sinfín

y nada más

que un cristo popular con una

aureola de oro legítimo

y un querido cortejo fúnebre

que se llene de ácido

3

till they go to heaven

.4

one two three four five six seven

quizás nos encontremos allí

Dedicado cordialmente al

Dr. Albert Hofmann, en

el comienzo de la primavera

de 1971.

29–3–71

Querido señor Vogt:

Usted me ha agraciado nuevamente con una

bella carta y con un autógrafo espléndido, el

testamento de 1969...

............

Unos sueños muy extraños de estas últimas

semanas me motivan a examinar una conexión

entre la composición (química) de la cena y la

calidad de los sueños. Al fin y al cabo, el LSD

también es algo que se come...

A. H.

1.

Abbey Road.

2.

«Blind Faith».

3.

Ácido = LSD.

4.

De «Abbey Road», lado 2.

4–5–71

Querido señor Hofmann:

.............

La cuestión del LSD parece avanzar. Ahora

queremos constituir en el policlínico un «grupo

de autoexperimentación», sin ambiciosos programas

de investigación, lo cual me parece muy

prudente...

.............

Espero que el año que viene pueda tomarme

medio año, entre el policlínico, para dedicarlo

íntegramente a la literatura. A toda costa debería

escribir mis obras principales, sobre todo una

cosa más larga en prosa, de la que tengo unos

vagos perfiles... En ella su descubrimiento tendrá

un papel importante...

.............

W .V.

5–9–71

Querido señor Hofmann:

Durante el fin de semana a orillas del lago

Murten

6 pensé a menudo en usted —radiantes

días otoñales— ayer sábado, con una tableta de

aspirina (por cefalea o gripe débil) sufrí un

flashback

muy extraño, como con mescalina (que tuve

una única vez, y muy poca)...

He leído un divertido escrito de Wasson sobre

hongos: divide a la gente en micófila y micófoba...

En el bosque de su región debe de haber

ahora bonitas oronjas falsas. ¿No deberíamos

intentar?...

W .V.

6. Aquel domingo yo (A. H.) estaba volando en el globo de mi

amigo E. I., quien me había llevado como pasajero, por encima

del lago Murten.

7–9–71

Querido señor Hofmann:

Debo escribirle brevemente, qué hice debajo

de su globo en el puentecillo soleado: por fin

escribí unas notas sobre nuestra visita en Villarssur–

Olons (en casa del Dr. Leary); luego cruzó

el lago una barca de

hippies, de fabricación casera,

como de una película de Fellini. La dibujé

y encima pinté su globo...

W .V.

15–4–72

Querido señor Vogt:

Su obra en la TV,

Spiele der Macht, me ha

impresionado sobremanera...

Lo felicito por esta pieza excelente, que lleva

a la conciencia ciertos daños psíquicos; es decir

que, a su manera, también es «ampliadora de

la conciencia», con lo cual puede resultar terapéutica

en un sentido más elevado, igual que

la tragedia antigua.

A. H.

19–5–73

Querido señor Vogt:

He leído ya tres veces su prédica de lego, la

descripción e interpretación de su

trip del Sinaí...7

d

7. Walter Vogt:

Mein Sinai–Trip. Eine Laienpredigt (Mi trip

del Sinaí. Una prédica del lego). Editorial der Arche, Zürich, 1972.

Este escrito contiene el texto de una prédica de lego, que W. V. dio

el 14 de noviembre de 1971 por invitación del pastor Christoph

Mohl en la iglesia protestante de Vaduz (Liechtenstein), en el marco

de una serie de prédicas de escritores; la acompaña un epílogo del

autor y del pastor que lo había invitado.

Se trata de la descripción e interpretación de una experiencia

estático–religiosa provocada por LSD, que el autor quiere «colocar

en una analogía lejana, superficial, si se quiere, del gran

trip del Sinaí

¿Verdad que era un trip de

LSD...? Ha sido un

acto de valentía elegir como tema de una prédica,

aunque fuera una prédica de lego, un acontecimiento

tan sospechoso como lo es una experiencia

de drogas.

Sin embargo, en el fondo las cuestiones que

plantean las drogas alucinógenas pertenecen a

la Iglesia, en primer lugar a la Iglesia, pues son

drogas sagradas (el

peyotl , el teonanacatl , el ololiuqui,

con los que el LSD guarda un estrechísimo

parentesco químico–estructural y de modo de

acción).

Estoy completamente de acuerdo con lo que

dice en la introducción respecto de la actual religiosidad

eclesiástica. Los tres estados de la conciencia

(el estado despierto de un trabajo y un

cumplimiento del deber ininterrumpidos, la embriaguez

alcohólica, el sueño), la distinción entre

las dos fases de la embriaguez psicodélica (la

primera fase, la cima del trip, en la que se vive

en dominios cósmicos, o en la sumersión en el

propio cuerpo, dentro del cual está todo lo que

existe; y la segunda fase, que puede designarse

la fase de una comprensión más elevada de los

símbolos), y la referencia a lo abierto del estado

de conciencia causado por alucinógenos... todas

éstas son observaciones de fundamental importancia

para juzgar la embriaguez provocada por

los alucinógenos.

La adquisición principal que obtuve con mis

experimentos de LSD en el terreno de los conocimientos

fue la vivencia del entrelazamiento indisoluble

de lo físico y lo psíquico. «Cristo en

de Moisés». No es sólo la «atmósfera de patriarcas» que trasuntan

estas descripciones, sino referencias más profundas, que deben

leerse más bien entre líneas, las que constituyen esta lejana analogía.

la materia» (Theilhard de Chardin). ¿También

usted ha llegado sólo a través de sus experiencias

con drogas a la conclusión de que debemos

descender «en la carne que somos» para las nuevas

profecías?

Una crítica a su prédica: usted hace decir a

Timothy Leary la «experiencia más profunda que

existe: “el reino de los cielos está dentro de ti”».

Esta oración, citada sin indicar la prioridad,

podría interpretarse como si no se conociera una

o, mejor dicho,

la verdad central del cristianismo.

Una de sus observaciones que merece ser universalmente

tomada en cuenta es la de que «no

hay una experiencia religiosa no–estática»...

El próximo lunes a la noche me entrevistarán

en la televisión suiza (sobre el LSD y las drogas

mágicas mejicanas, en el programa «De primera

mano»). Estoy curioso por saber qué tipo de

preguntas harán los señores...

A. H.

24–5–73

Querido señor Hofmann:

..............

Desde luego que se trataba de LSD — sólo

que no quería escribirlo con todas las letras, en

realidad no sé muy bien por qué... El hecho de

que presente al buen Leary, que entretanto me

parece un poco pasado de droga, como testigo

principal, sólo puede explicarse por el momento

del discurso o prédica...

Debo reconocer que efectivamente fue sólo

el LSD el que me llevó a la conclusión de que

debemos descender «a la carne que somos» —

aún la estoy masticando, tal vez incluso me llegó

«demasiado tarde», pese a que comparto cada

vez más su opinión de que el LSD debería ser

tabú para los jóvenes (tabú, no prohibido, esa es

la diferencia...).

..............

La frase que le gusta, «no hay una experiencia

religiosa no–estática», parece no haber gustado

tanto a otros, por ejemplo a mi (casi único)

amigo literario y pastor–lírico Kurt Marti... Pero

de todos modos no estamos de acuerdo en casi

nada, y sin embargo, cuando nos llamamos de

vez en cuando y concertamos pequeñas acciones,

debemos de ser la más pequeña mini–mafia de

Suiza...

W .V.

13–4–74

Querido señor Vogt:

Anoche hemos seguido con viva atención su

pieza de TV

Pilatus vor dem schweigenden Christus

(«Pilato ante el Cristo silente»).

... como representación de la relación originaria

hombre/Dios: el hombre, que se presenta

ante Dios con sus preguntas más difíciles y al

final tiene que contestarlas él mismo, porque

Dios calla. No las contesta con

palabras. Las

respuestas están contenidas en el libro de su

creación (a la que pertenece el propio hombre

interrogante). Las

verdaderas ciencias naturales

= desciframiento de este texto.

A. H.

11–5–74

Querido señor Hofmann:

.............

... En el entresueño he compuesto un «poema»;

creo que enviárselo es una frescura que puedo

permitirme. Primero se lo quise mandar a Leary,

pero

this would make no sense. *

Leary encarcelado

Gelpke muerto

Curas en asilos

¿Es ésta su psicodélica

revolución?

¿Habíamos tomado en

serio algo

con que sólo se debe jugar

o

al contrario...?

W .V.

Esta pregunta en la poesía de Vogt —¿habíamos

tomado en serio algo con que sólo debe jugarse, o al

contrario?— resume en una fórmula escueta y eficaz

la ambivalencia fundamental de los que nos ocupamos

en drogas psicotrópicas.

* Esto no tendrá sentido. (En inglés en el original.)

14

Visitas de todo el mundo

Las múltiples irradiaciones del LSD me pusieron

en contacto con las más diversas personas y los más

variados grupos. En el terreno científico fueron colegas,

químicos, además de farmacólogos, médicos,

micólogos, con los que me encontré en universidades,

congresos, conferencias, o con los que me relacioné

a través de publicaciones. En el campo literario–

filosófico se produjeron contactos con escritores;

sobre las relaciones más significativas para mí

en este respecto he escrito en los capítulos anteriores.

El LSD también me llevó a una colorida serie

de encuentros personales con figuras del mundo de

las drogas y círculos

hippies , que quiero describir

aquí brevemente.

La mayor parte de estos visitantes provenían de

los Estados Unidos. En general se trataba de jóvenes,

a menudo en viaje al Lejano Oriente, a la búsqueda

de sabiduría oriental o de un gurú; o esperaban conseguir

allí las drogas con más facilidad. Su destino

solía ser también Praga, porque entonces se podía

conseguir allí con facilidad LSD de buena calidad.

Una vez que estaban en Europa querían aprovechar

la oportunidad para conocer al «padre del LSD»,

«el nombre del famoso

trip de LSD en bicicleta».

Pero tuve también visitas con intenciones más serias.

Querían informar sobre sus propias experiencias con

LSD y discutir en la fuente, por así decirlo, sobre

su sentido o su importancia. Raras veces el verdadero

fin de su visita se reveló como la intención de

conseguir LSD; este deseo solían formularlo en los

términos de que les gustaría experimentar alguna

vez con la sustancia pura sin lugar a dudas, con el

LSD original.

También llegaban visitas de Suiza y otros países

europeos; eran de carácter muy diverso y formulaban

los más variados deseos. En los últimos tiempos

estos encuentros son menos frecuentes, lo que puede

tener que ver con el paso del LSD a un segundo plano

en el mundo de las drogas. Cada vez que me fue

posible he recibido a tales visitas o concurrido a una

cita establecida. Lo he considerado un deber que

surgió para mí a partir de mi papel en la historia

del LSD y he intentado ayudar esclareciendo y aconsejando.

A veces no se llegaba a una verdadera conversación.

Por ejemplo con un joven que llegó un día con

su motocicleta. Era tan tímido que no me quedó

clara la intención de su visita. Me miraba fijamente,

como preguntándose: el hombre que ha descubierto

algo tan impresionante como el LSD, ¿puede tener

un aspecto tan común y corriente? Con él, igual que

con otros visitantes parecidos, tuve la sensación de

que en mi presencia se resolviera de algún modo

el enigma del LSD.

De un carácter muy distinto fueron encuentros

como con un joven de Toronto. Me invitó a comer

a un restaurante exclusivo. Tenía un aspecto imponente;

era alto, delgado, comerciante, dueño de una

importante empresa industrial en Canadá, un espíritu

brillante. Me agradeció la creación del LSD, que

según él le había dado a su vida otra orientación:

había sido un

businessman cien por cien, totalmente

materialista; el LSD le había abierto los ojos para

los dominios espirituales de la vida, había despertado

su sentido del arte, de la literatura y de la filosofía,

y desde entonces se ocupaba intensivamente en

cuestiones religiosas y metafísicas. Ahora quería hacer

acceder a su joven mujer a la experiencia del

LSD en un marco adecuado y esperaba también en

ella una mudanza bienhechora similar.

Menos profundos, pero liberadores y afortunados

fueron los efectos de experimentos con LSD sobre

los que me informó un joven danés con mucho humor

y fantasía. Venía de California, donde había

sido doméstico en casa de Henry Miller en Big Sur.

Se marchó a Francia con el plan de comprar allí

una casa campestre semi–destruida que quería arreglar

(era carpintero). Le pedí que me consiguiera un

autógrafo de su antiguo empleador para mi colección

y, efectivamente, después de un tiempo obtuve un

escrito original —en ambos sentidos— de Henry

Miller.

Me visitó una mujer joven para contarme sus

experiencias con LSD, que habían sido muy importantes

para su evolución interior. Siendo una

teenager

superficial, dedicada a la diversión y de la que

los padres se preocupaban poco, comenzó a tomar

LSD por curiosidad y sed de aventuras. Durante tres

años emprendió muchos viajes con LSD. Éstos la

llevaron a una profundización extraña hasta para

ella misma. Comenzó a buscar el sentido más profundo

de su existencia, el cual, según decía, finalmente

se le reveló. Luego reconoció que el LSD no

podía hacerla avanzar más, y pudo dejar la droga

de lado sin dificultades ni un gran esfuerzo de voluntad.

Ahora estaba en condiciones de seguir moldeándose

sin auxiliares artificiales. Era ahora una

persona feliz e íntimamente consolidada.

Esta joven me contó su historia porque suponía

que a menudo era atacado por personas que sólo

veían unilateralmente los daños que el LSD ocasiona

a veces entre los jóvenes. El motivo inmediato de

su visita había sido una conversación escuchada por

casualidad en un viaje en tren. Un hombre hablaba

mal de mí porque lo sublevaba la manera en que yo

había tomado posición ante el problema del LSD en

un reportaje periodístico. A su juicio, debería de

haber rechazado de plano el LSD como obra del

diablo y reconocer públicamente mi culpa.

Nunca he visto directamente a personas con un

delirio de LSD que hubieran justificado una condena

tan apasionada. Tales casos, que debían atribuirse

a un consumo de LSD en condiciones irresponsables,

a sobredosis o a una disposición psicótica, en general

terminaban en la clínica o en la estación de policía.

Siempre se les brindaba una gran publicidad.

Una visita que recuerdo como ejemplo de consecuencias

trágicas del LSD fue la de una joven americana.

Fue durante la pausa de mediodía que solía

pasar en mi oficina estrictamente enclaustrado, sin

visitas y con la secretaría cerrada. De pronto alguien

golpeó discreta pero insistentemente mi puerta, hasta

que por fin la abrí. Apenas daba crédito a mis

ojos: delante de mí había una joven hermosa, rubia,

de grandes ojos azules, con un largo vestido hippie,

una cinta en la frente y sandalias. «Soy Jane, vengo

de Nueva York. ¿Es usted el Dr. Hofmann?» Un poco

desconcertado le pregunté cómo había logrado atravesar

los dos controles, a la entrada del área de

fábrica y la portería, porque a las visitas sólo se

las dejaba entrar después de una consulta telefónica,

y esta hija de las flores debería haber llamado

especialmente la atención.

I am an angel and can

pass everywhere

(soy un ángel y puedo pasar por

cualquier parte). Venía con una misión elevada, me

explicó después. Tenía que salvar a su país, a los

Estados Unidos, indicándole el camino correcto en

primer lugar al presidente (entonces L. B. Johnson).

Eso sólo podía ocurrir motivándolo a ingerir LSD.

Así se le ocurrirían las ideas adecuadas para sacar

al país de la guerra y de las dificultades internas.

Ella había acudido a mí para que le ayudara a realizar

su misión de darle LSD al presidente. Su nombre

—Jane— Juana, ya lo decía: era la Juana de Arco

de los Estados Unidos. No sé si pudieron convencerla

mis argumentos, formulados con toda consideración

por su celo sagrado, de por qué su plan, por

causas psicológicas y técnicas, internas y externas,

no tenía ninguna posibilidad de éxito. Se marchó

decepcionada y triste. Unos días después me llamó

por teléfono. Me pidió que le ayudara, porque sus

recursos económicos estaban agotados. La llevé a la

casa de un amigo en Zurich, donde podía vivir y conseguir

un trabajo. Jane era maestra y además pianista

de bar y cantante. Durante un tiempo tocó y cantó

en un restaurante elegante de Zurich. Los comensales

burgueses no deben de haber tenido idea de qué

clase de ángel estaba sentado al piano con un vestido

negro de noche y los animaba con una música sensitiva

y una voz dulce y sensual. Muy pocos deben de

haber prestado atención a la letra de los

songs.; en

su mayor parte eran canciones hippies, y en algunas

se alababan ocultamente las drogas. La

tournée de

Zurich no duró mucho tiempo; unas pocas semanas

después mi amigo me informó que Jane había desaparecido

súbitamente. Tres meses más tarde recibió

un saludo en una postal desde Israel. Allí habían internado

a Jane en una clínica psiquiátrica.

209

Para finalizar quiero relatar un encuentro en el

que el LSD sólo cumplió un papel indirecto. La señorita

H. S., secretaria de dirección en un hospital, me

pidió una entrevista personal por escrito. Vino a la

hora del té. Explicó su visita con que había encontrado

en un informe sobre una experiencia con LSD

la descripción de un estado que había vivido siendo

una joven, y que seguía intranquilizándola; pensaba

que tal vez podría ayudarle a comprender aquella

experiencia.

Había participado como aprendiza comercial en

una excursión de la empresa. Pernoctaron en un hotel

en la montaña. H. S. se despertó muy temprano y

abandonó sola la casa para contemplar la salida

del sol.

Cuando las montañas comenzaron a relumbrar

en el mar de rayos, la atravesó una sensación de

dicha desconocida, que aún duraba al encontrarse

con los demás participantes de la excursión en la

capilla para el servicio religioso matutino. Durante

la misa todo se le apareció con un brillo supraterrenal,

y la sensación de dicha creció tanto, que tuvo

que llorar en alta voz. La llevaron al hotel y la trataron

como a una enferma de los nervios.

Esta experiencia determinó en gran medida su

vida posterior. La misma H. S. temía no ser del todo

normal. Por una parte tenía miedo de lo que le habían

explicado como depresión nerviosa y por otra

añoraba una repetición de aquel estado. Internamente

escindida, llevaba una vida inestable. Consciente

o inconscientemente buscaba en sus frecuentes cambios

de puesto de trabajo y en relaciones personales

poco duraderas aquella feliz contemplación del mundo,

que le había proporcionado tanta dicha una vez.

Pude calmar a mi visitante; lo que había vivido

entonces no había sido un proceso psicopatológico

ni una depresión nerviosa. Lo que muchas personas

tratan de alcanzar mediante el LSD: la contemplación

visionaria de una realidad más profunda, le había

sido concedido espontáneamente como gracia. Le recomendé

el libro de Aldous Huxley

La filosofía eter-

na

, en el que se recogen testimonios de una visión

iluminada de todos los tiempos y culturas. Huxley

escribe que no sólo los místicos y los santos, sino

también muchas más personas de lo que habitualmente

se supone, experimentan tales instantes de

dicha, pero que la mayoría de ellas no reconoce su

significación y los reprimen porque no caben en el

mundo de la razón cotidiana, en vez de considerarlos

como lo que son, momentos providenciales.

15

LSD: vivencias y realidad

Un hombre, en la vida,

¿qué más puede ganar

si se le revela

Dios–Naturaleza?

(G

OETHE)

A menudo se me pregunta qué es lo que más me

ha impresionado en mis experimentos con LSD, y si

a través de estas experiencias he llegado a nuevos

conocimientos.

Distintas realidades

Lo más importante fue para mí el reconocimiento,

confirmado por todos mis experimentos con LSD,

que lo que de común se denomina «realidad», incluida

la realidad de la propia persona, de ningún

modo es algo fijo, sino algo de múltiple significación,

y que no existe una realidad, sino varias; cada una de

ellas encierra una distinta conciencia del yo.

A esta conclusión también puede llegarse a través

de consideraciones científicas. El problema de

la realidad es y ha sido desde siempre una demanda

capital de la filosofía. Pero es una diferencia fundamental

la de si uno se enfrenta con este problema

racionalmente, con el método de pensamiento de la

filosofía, o si se impone emocionalmente a través

de una experiencia existencial. El primer ensayo con

LSD fue tan estremecedor y atemorizador, porque

se disolvieron la realidad cotidiana y el yo que la

experimentaba, que hasta ahora había tomado por

los únicos verdaderos, y un yo extraño vivía una realidad

extraña, distinta. También surgió la pregunta

por ese yo superior, que, intocado por estas modificaciones

exteriores e interiores, lograba registrar

esta otra realidad.

La realidad es impensable sin un sujeto que la

experimente, sin un yo. Es el producto del mundo

exterior, del «emisor» y de un «receptor», de un yo

en cuya mismidad más íntima se vuelven conscientes

las irradiaciones del mundo exterior registradas

por las antenas de los órganos sensoriales. Si falta

uno de los polos no se concreta ninguna realidad,

no resuena música de radio, la pantalla queda vacía.

Si se entiende la realidad como el producto del

emisor y el receptor, se puede explicar el ingreso a

otra realidad bajo el influjo del LSD diciendo que

el cerebro, sede del receptor, es modificada bioquímicamente.

Con ello el receptor es sintonizado en

otra longitud de ondas que la que corresponde a la

realidad cotidiana. Como a la infinita variedad y versatilidad

de la creación corresponden infinitas longitudes

de onda distintas, según la sintonía del receptor

pueden ingresar infinitas realidades distintas

—que incluyen el yo correspondiente— en la conciencia.

Estas realidades o, mejor dicho, estos diversos

estratos de

la realidad no son mutuamente

excluyentes; son complementarios y juntos forman

una parte de la realidad universal, intemporal, tras-

cendente en la que también está inscrito el núcleo

inatacable de la conciencia del yo que registra las

modificaciones del propio yo.

En la capacidad de sintonizar el receptor «yo»

en otras longitudes de onda y así provocar modificaciones

en la conciencia de realidad reside la verdadera

significación del LSD y de los alucinógenos con

él emparentados. Esta capacidad de hacer surgir nuevas

imágenes de la realidad, esta potencia verdaderamente

cosmogónica, vuelve también comprensible

la adoración y el culto de las plantas alucinógenas

como drogas sagradas.

¿En qué reside la diferencia esencial y característica

entre la realidad cotidiana y las imágenes del

mundo experimentables en la embriaguez de LSD?

En el estado normal de la conciencia, en la realidad

cotidiana, el yo y el mundo exterior están separados;

uno se enfrenta al mundo exterior; éste se ha

convertido en objeto. En la embriaguez de LSD desaparecen

en mayor o menor medida, las fronteras

entre el yo que experimenta y el mundo exterior,

según la profundidad de la embriaguez. Tiene lugar

un acoplamiento regenerativo entre el emisor y el

receptor. Una parte del yo pasa al mundo exterior,

a las cosas; éstas comienzan a vivir, adquieren un

sentido distinto, más profundo. Ello puede sentirse

como una transformación feliz, pero también como

un cambio demoníaco, que conlleva una pérdida del

yo familiar e infunde terror. En el caso feliz el nuevo

yo se siente dichosamente unido a las cosas del mundo

exterior y por tanto también al prójimo. Esta

experiencia puede crecer hasta el sentimiento de que

el yo y la creación constituyen una unidad. Este

estado, que en condiciones favorables puede ser provocado

por el LSD u otro alucinógeno del grupo de

las drogas sagradas mejicanas, está emparentado con

la iluminación religiosa espontánea, con la unión mís-

tica. En ambos estados, que muchas veces duran

sólo un instante atemporal, se experimenta una realidad

iluminada por un resplandor de la realidad

trascendente. Pero que la iluminación mística y las

experiencias visionarias inducidas por drogas no pueden

ser igualadas sin más ni más, lo ha elaborado

R. C. Zaehner con toda claridad en su libro

Mystik

religiös und profan

(«Mística religiosa y profana»),

Editorial Ernst Klett, Stuttgart, 1957.

En su trabajo

Provoziertes Leben («Vida provocada

»), publicado en Limes, Wiesbaden, en 1949, Gottfried

Benn habla de «la catástrofe esquizoide, la neurosis

del destino occidental». Allí escribe:

En el sur de nuestro continente comenzó a

formarse el concepto de la realidad. Lo formaron

determinantemente el principio helénico–

europeo de lo agonal, de la superación mediante

el trabajo, la astucia, la perfidia, los dones,

la violencia, en Grecia en la figura de la areté,

en la Europa tardía en la figura del darwinismo

y del superhombre. El yo sobresalía, aplastaba,

luchaba, y para ello necesitaba recursos, materia,

poder. Se enfrentaba a la materia de otro

modo, se alejaba de ella en el plano de los sentimientos,

pero se le acercaba en lo formal. La

dividía, la probaba y escogía: arma, objeto de

cambio, precio de rescate. La explicaba aislándola,

la expresaba con fórmulas, arrancaba trozos

de ella, la repartía. Era una concepción que

pesaba como fatalidad sobre Occidente, una concepción

contra la cual luchaba sin poder asirla,

a la que ofreció holocaustos en hecatombes de

sangre y suerte, y cuyas tensiones y rupturas

no lograban acrisolar ya ninguna mirada natural

ni conocimiento metódico alguno en la tranquilidad

esencial de la unidad de las formas pre-

lógicas del ser... Por el contrario, cada vez se

manifestaba más claramente el carácter cataclismático

de este concepto... Un Estado, un orden

social, una moral pública, para los que la vida

sea sólo vida aprovechable económicamente, y

que no permite valer el mundo de la vida provocada,

no puede enfrentarse a sus destrucciones.

Una comunidad cuya higiene y cuyo cultivo

de la raza se base como un ritual moderno en

las vacías experiencias biológico–estadísticas,

nunca puede sino defender el punto de vista

exterior de las masas, por el cual puede hacer

guerras interminables, pues para ella la realidad

son las materias primas, pero su trasfondo

metafísico le queda vedado.

Como Gottfried Benn lo ha formulado en estas

oraciones, la historia espiritual europea ha sido determinada

decisivamente por una conciencia de realidad

que separa el yo del mundo. La experiencia

del mundo como un objeto al que uno se enfrenta

ha llevado al desarrollo de la moderna ciencia natural

y de la técnica. Con su ayuda el hombre ha sojuzgado

la tierra. Nosotros saqueamos la tierra, y a los

maravillosos logros de la civilización técnica se le

opone una destrucción catastrófica del medio ambiente.

Este espíritu contradictorio ha avanzado hasta

el interior de la materia, hasta el núcleo atómico

y su escisión, y ha conquistado energías que amenazan

la vida de todo el planeta.

Si el hombre no se hubiera separado de su medio

ambiente, sino que lo hubiera experimentado como

parte de la naturaleza viva y de la creación, este

abuso del conocimiento y el saber habría sido imposible.

Aunque hoy día se intente reparar los daños

mediante medidas de protección del medio ambiente,

todos estos esfuerzos no serán más que parches su-

perficiales y sin esperanza, si no se produce una curación

de —empleando palabras de Benn— la «neurosis

de destino occidental». La curación significaría:

vivencia existencial de una realidad más profunda

que incluya al yo.

El medio ambiente muerto, creado por la mano

del hombre, de nuestras metrópolis y zonas industriales

dificulta esta vivencia. Aquí directamente se

impone por la fuerza el contraste entre el yo y el

mundo exterior. Sobrevienen sentimientos de alienación,

soledad y amenaza. Ellos son los que modelan

la conciencia cotidiana en la sociedad industrial de

Occidente; prevalecen también en todos los sitios en

los cuales se difunda la civilización técnica, y determinan

en gran medida el arte y la literatura actuales.

El peligro de que se desarrolle una experiencia

escindida de la realidad es menor en un medio natural.

En el campo y en el bosque, y en el mundo

animal que allí se guarece, ya en cada jardín, se

hace visible una realidad que es infinitamente más

real, antigua, profunda y maravillosa que todo lo

creado por la mano del hombre, y que perdurará

cuando el mundo muerto de las máquinas y el cemento

armado haya desaparecido y se haya derrumbado

y oxidado. En el germinar, crecer, florecer,

tener frutos, morir y rebrotar de las plantas, en su

ligazón con el sol, cuya luz son capaces de transformar

bajo la forma de compuestos orgánicos en energía

químicamente ligada, de la cual luego se forma

todo lo que vive en nuestra tierra... en esta naturaleza

de las plantas se revela la misma fuerza vital

misteriosa, inagotable, eterna, que nos ha creado también

a nosotros y luego nos vuelve a su seno, en el

que estamos protegidos y unidos con todo lo viviente.

No se trata aquí de un sentimentalismo en torno

a la naturaleza, de una «vuelta a la naturaleza» en

el sentido de Rosseau. Esa corriente romántica, que

buscaba los idilios en la naturaleza, también se explica,

en realidad, a partir del sentimiento del hombre

de haber estado separado de la naturaleza. Lo

que hoy día hace falta es un revivir elemental de la

unidad de todo lo viviente, una conciencia universal

de la realidad, que cada vez surge menos espontáneamente,

a medida que la flora y fauna originales

tienen que ceder ante un mundo técnico muerto.

Misterios y mito

El concepto de la realidad como un mundo externo

confrontado, enfrentado al hombre, comenzó a

formarse, como dice Benn, en el sur de nuestro continente,

en la antigüedad griega. Ya entonces los

hombres conocían el dolor conectado con una conciencia

de la realidad de esa índole, una conciencia

escindida. El genio griego intentó la curación, completando

la imagen apolínea del mundo que surge

de esa escisión sujeto/objeto, rica en figuras, colores

y sensaciones, pero también dolorosa, con el

mundo dionisíaco de las experiencias, en el que esta

escisión está suprimida en la embriaguez estática.

Nietzsche escribe en

El nacimiento de la tragedia.:

Por la influencia de la bebida narcótica, de

la que hablan todos los hombres y pueblos primitivos

en sus himnos, o en el vigoroso acercarse

de la primavera, que penetra sensualmente

toda la naturaleza, se despiertan aquellas emociones

dionisíacas, en cuya elevación lo subjetivo

desaparece en el completo olvido de sí mismo...

Bajo la magia de lo dionisíaco no sólo

vuelve a cerrarse la unión entre hombre y hombre;

también la naturaleza enajenada, hostil o

sojuzgada celebra su fiesta de reconciliación con

su hijo perdido, el hombre.

Con las celebraciones y fiestas en honor del dios

Dionisio estaban estrechamente relacionados los misterios

de Eleusis, que se celebraron durante casi dos

mil años, desde aproximadamente el año 1500 a. C.

hasta el siglo IV d. C. en cada otoño. Habían sido donados

por la diosa agrícola Deméter como agradecimiento

por el redescubrimiento de su hija Perséfone,

a la que había robado Hades, el dios del averno. Otro

regalo de agradecimiento fue la espiga de cereal, entregada

por ambas diosas a Triptolemo, el primer

sumo sacerdote de Eleusis. Le enseñaron el cultivo

de los cereales, que luego difundió por toda la tierra.

Pero Perséfone no podía quedarse siempre con su

madre porque, en contra de la indicación de los dioses

supremos, había aceptado comida de Hades. Como

castigo debía pasar una parte del año en el averno.

Durante ese tiempo, en la tierra imperaba el invierno,

las plantas morían y se retiraban al reino de la tierra,

para luego despertar a nueva vida en primavera, con

el viaje de Perséfone a la superficie.

Sin embargo, el mito de Deméter, Perséfone, Hades

y los otros dioses que participaban en el drama

era sólo el marco exterior de lo que ocurría. El momento

culminante de la celebración anual lo constituía

la ceremonia iniciática nocturna. A los iniciados

les estaba prohibido, so pena de muerte, revelar lo

que habían averiguado y visto en la cámara más sagrada

e interna del templo, en el Telesterion (meta).

Jamás lo hizo ninguno de los innumerables hombres

que fueron iniciados en el secreto de Eleusis. Entre

los iniciados se cuentan Pausanias, Platón, emperadores

romanos como Adriano y Marco Aurelio y muchos

otros hombres famosos de la antigüedad. La iniciación

debe de haber sido una iluminación, una contemplación

visionaria de una realidad más profunda, una

mirada a la eterna causa de la creación. Ello puede

inferirse de las observaciones de los iniciados acerca

del valor y la importancia de lo visto. Así se dice en

un himno homérico: «¡Bienaventurado el hombre en

tierras, que haya visto eso! Quien no ha sido iniciado

en los sagrados misterios, quien no ha participado

en ellos, será un muerto en una oscuridad sepulcral».

Píndaro habla de la bendición de Eleusis en los siguientes

términos: «Bienaventurado quien, después

de haber visto esto, inicia el viaje hacia las regiones

inferiores. Conoce el final de la vida y su comienzo

dado por Zeus». Cicerón, otro famoso iniciado, testimonia

igualmente qué esplendor arrojó Eleusis sobre

su vida: «Allí no sólo hemos obtenido el motivo para

vivir con alegría, sino también la causa de que muramos

con una esperanza mejor».

¿Cómo puede convertirse en una experiencia tan

consoladora, como lo testimonian los informes citados,

la representación mitológica de un acontecer tan

evidente, que se desarrolla todos los años ante nuestros

ojos: la semilla que se hunde en la tierra y muere

allí para dejar surgir a la luz una nueva planta,

nueva vida? Cuenta la tradición que antes de la última

ceremonia se daba una pócima, el

kykeon, a los iniciandos.

También se sabe que el extracto de cebada

y menta eran componentes del kykeon. Estudiosos

de las religiones e investigadores de los mitos sostienen

la opinión de que el kykeon contenía una droga

alucinógena; por ejemplo Karl Kerényi de cuyo libro

sobre los misterios de Eleusis están extraídos los datos

citados, y con el que estuve en contacto en relación

con el estudio de la bebida misteriosa.

8 Ello haría

comprensible la experiencia estático–visionaria del mito

8. En la edición inglesa de

Eleusis (Schocken Books, Nueva

York, 1977), Kerényi hace referencia a este trabajo en conjunto.

La posibilidad de que el

kykeon contuviera un preparado del cornezuelo

de centeno se plantea en la publicación

The Road to Eleusis

(Harcourt Brace Jovanovich, Inc., Nueva York, 1978) de R. Gordon

Wasson, Albert Hofmann y Carl A. P. Ruck.

de Demeter-–Persefone como símbolo del ciclo de la

vida y de la muerte en una realidad intemporal que

abarque a ambas.

Cuando el rey godo Alarico irrumpió en el año

396 d. C. en Grecia desde el norte y destruyó los

santuarios de Eleusis, ello no fue sólo el final de un

centro religioso, sino que significó también el ocaso

definitivo del mundo antiguo. Con los monjes que

acompañaban a Alarico, el cristianismo entró en Grecia.

Es invalorable la importancia histórico–cultural de

los misterios de Eleusis y su influencia en la historia

espiritual europea. Aquí el hombre que sufría y

estaba escindido por su espíritu racional y objetivador,

encontró la curación en una experiencia mística

totalizadora, que lo hacía creer en la inmortalidad en

un ser eterno.

En el cristianismo primitivo esta creencia perduró,

aunque con otros símbolos. Se encuentra como promesa

incluso en algunos pasajes de los Evangelios, en

su forma más pura en el Evangelio según San Juan,

capítulo catorce, 16–20. Al despedirse de sus discípulos,

Jesús les dice:

Y yo rogaré al padre, y él os dará otro asistente

para que esté con vosotros para siempre:

el Espíritu de la verdad

, a quien el mundo no

puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Pero

vosotros lo conocéis porque mora con vosotros y

estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; volveré

a vosotros; dentro de poco el mundo ya no

me verá; pero vosotros sí me veréis porque yo

vivo y también vosotros viviréis.

Aquel día comprenderéis

que yo estoy en mi Padre y vosotros

en mí y yo en vosotros.

Esta promesa constituye el núcleo de mi fe cristiana

y de mi vocación para la investigación cientí-

fica: que a través del espíritu de la verdad llegaremos

al conocimiento de la creación y con ello al reconocimiento

de nuestra unidad con la verdad más profunda

y universal, con Dios.

Pero el cristianismo eclesiástico, determinado por

el dualismo creador/criatura, con su religiosidad ajena

a la naturaleza, ha extinguido en gran parte el

legado eleusino–dionisíaco de la antigüedad. En el ámbito

de la fe cristiana sólo unas pocas personas agraciadas

testimoniaron una realidad confortante, intemporal,

experimentada en la vivencia visionaria espontánea,

a la que en la antigüedad tuvo acceso la élite

de innumerables generaciones a través de la iniciación

en Eleusis. Evidentemente, la unión mística de

los santos católicos y la contemplación visionaria,

como la describen representantes de la mística cristiana,

Jakob Boehme, Meister Eckhardt, Angelus Silesius,

Thomas Traherne, William Blake y otros en sus

escritos, tienen una naturaleza similar a la iluminación

de parada a los iniciados en los misterios eleusinos.

La importancia fundamental que una experiencia

mística totalizadora tiene para la curación de un hombre

que padece una imagen de mundo unilateralmente

racional y materialista hoy día es puesta en primer

plano no sólo por los adherentes a corrientes religiosas

orientales como la del budismo zen, sino también

por representantes destacados de la psiquiatría clásica.

Hagamos referencia solamente a los libros del

psiquiatra Balthasar Staehelin de Basilea, que ejerce

en Zurich:

Haben und Sein (1969), Die Welt als Du

(1970),

Urvertrauen und zweite Wirklichkeit (1973),

Der finale Mensch

(1976), todos publicados por TVZ

(Editorial Teológica de Zurich).

9 Muchos otros auto-

9. «Tener y Ser» (1969), «El mundo como tú» (1970), «Confianza

primera y segunda realidad» (1973), «El hombre final» (1976).

res se ocupan en la misma problemática. Hoy día una

especie de «metamedicina», «metapsicología» y «metapsiquiatría

» comienza a incluir lo metafísico en el hombre,

que se revela en la experiencia de una realidad

más profunda y superadora del dualismo, como elemento

fundamental en su práctica terapéutica.

Aun más significativo es el hecho de que no sólo

círculos médicos, sino sectores cada vez más amplios

de nuestra sociedad consideren que la superación del

concepto dualista del mundo es la premisa y la base

para la curación y la renovación espiritual de la civilización

y cultura occidentales.

La meditación en sus diversas formas es hoy el

camino principal para el reconocimiento de la realidad

más profunda y abarcadora, en la que también

está incluido el hombre que la experimenta. La principal

diferencia entre la meditación y la oración tradicional

fundada en el dualismo creador/criatura, reside

en que la primera aspira a una superación de la

barrera yo–tú a través de una fusión de objeto y sujeto,

de emisor y receptor, de realidad objetiva y yo.

Este saber que capta la realidad objetiva y se

extiende cada vez más, no necesita, empero, desacralizar.

Al contrario: con tal de profundizar lo suficiente,

choca inevitablemente con la causa primera e

inexplicable de la creación, con el milagro, con el

misterio —en el microcosmos del átomo, en el macrocosmos

de las galaxias espirales, en la semilla de la

planta, en el cuerpo y en el alma humanos— con lo

divino.

La meditación comienza en aquella profundidad de

la realidad objetiva, hasta la que han llegado el saber

y el conocimiento objetivos. Por tanto, la meditación

no significa un rechazo de la realidad objetiva, sino

que, por el contrario, consiste en una penetración más

profunda y cognoscitiva; no es la huida a un mundo

onírico imaginario, sino que busca su verdad más

abrumadora a través de una observación simultánea y

estereoscópica de la superficie y la profundidad de

la realidad objetiva.

De ello tendría que surgir una nueva conciencia

de realidad. Ésta podría convertirse en el fundamento

de una nueva religiosidad, que no se basara en la creencia

en los dogmas de las diversas religiones, sino en

el conocer a través del «Espíritu de la verdad». Me

refiero a un conocer, un leer y entender del texto de

primera mano «del libro que ha escrito el dedo de

Dios» (Paracelso): de la creación.

La mudanza de la imagen de mundo objetiva en

una conciencia de realidad más profunda y por tanto,

religiosa, puede desarrollarse por etapas mediante una

práctica prolongada de la meditación. Pero también

puede ocurrir como iluminación repentina, en una

contemplación visionaria; en ese caso sus efectos son

especialmente profundos y felices. Pero, como escribe

Balthasar Staehelin, una experiencia mística totalizadora

de tal índole «no se puede forzar ni siquiera a

través de décadas de meditación». Tampoco se le concede

a cualquiera, pese a que la capacidad de la vivencia

mística forma parte de la naturaleza de la espiritualidad

humana.

Sin embargo, en Eleusis se le podía conferir a cada

uno de los innumerables hombres iniciados en los misterios

sagrados la contemplación mística, la experiencia

sanadora y confortante en el sitio previsto, a la

hora señalada. Esto podría explicarse con el uso de

una droga alucinógena, como lo suponen, según hemos

señalado ya, determinados estudiosos de la religión.

El efecto característico de los alucinógenos, a

saber, la supresión de las barreras entre el yo que

experimenta y el mundo exterior en una experiencia

estático–emocional, habría posibilitado provocar, con

el concurso de una droga de esa índole y después de

la correspondiente preparación interior y exterior,

como se la lograba en Eleusis de modo perfecto, una

experiencia totalizadora de forma, por así decirlo,

programática.

La meditación es la preparación para el mismo

objetivo ambicionado y alcanzado en los misterios

eleusinos. Es dable pensar que en el futuro el LSD se

puede aplicar más frecuentemente, para provocar una

iluminación que corone la meditación.

En la posibilidad de apoyar con una sustancia la

meditación dirigida a la experiencia mística de una

realidad a la vez más elevada y más profunda, veo

la verdadera importancia del LSD. Una aplicación de

este cariz se corresponde por completo con la naturaleza

y el tipo de acción del LSD como droga sagrada.

Esquema de las fórmulas

Lysergsäure = ácido lisérgico

Propanolamin = propanolamina

Diäthylamin = dietilamina

Lysergsäure–propanolamid = propanolamida del ácido

lisérgico

Ergobasin = ergobasina

Coramin = coramina

Lysergsäure–diäthylamid = dietilamida del ácido lisérgico

LSD = LSD

Ololiuqui–Wirkstoffe = sustancias activas del ololiuqui

Lysergsäure–amid = amida del ácido lisérgico

Lysergsäure–hydroxyäthylamid = hidroxietilamida del

ácido lisérgico

Teonanacatl–Wirkstoffe = sustancias activas del teonanacatl

Psilocybin = psilocybina

Psilocin = psilocina

Serotonin = serotonina

Neurohormon = neurohormona

Hirn–Wirkstoff = sustancia activa del cerebro