Gorka Lasa ¡Ah, qué grandiosa sensación esta de poder caminar por los eternos hielos y dejar que mi vista se pierda en el horizonte crepuscular de esta desolada región! Aquellas solitarias islas, lamentos blancos en la distancia, aquellos azules glaciares llorando su neblina de frío y siglos. Al llamado lejano, mi alma se ve arrastrada por los vientos australes. Mítico ensueño que genera en mi imaginación el gran continente antártico. Belleza misteriosa e intimidante de la vastedad casi mágica que envuelve la solitaria magnanimidad del hielo indomable. Dispensador de lo extremo, reino de la tozudez y la temeridad. Último bastión de especies que, a duras penas, logran hacer de estas gélidas latitudes su santuario. Antártica, peregrinaje a la esencia salvaje de lo que somos como seres humanos. Historia oculta bajo los hielos eternos. Mares y glaciares donde alguna vez navegaron aventureros, balleneros y exploradores en sus solitarias travesías, sueños que horadaron los hielos perpetuos. ¡Es increíble, estoy caminando sobre los hielos! junto a las sombras de Ernest Shackleton, Roald Amundsen y tantos otros buscadores del recio espíritu humano! Cuando desperté, de mi gélido sueño, la húmeda mañana ya imperaba en mi habitación, el calor era insoportable y los mosquitos del infierno me desayunaban sin ascos. Recordatorios inclementes de mi ecuatorial Panamá. Extraño, siempre en el verano sueño con los hielos, ¿será que mi alma también siente calor?
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