El perro comienza a perseguirse la cola

Gorka Lasa

"Las evidencias reconocidas no son tales necesariamente; sólo la mente no conforme discierne que las evidencias recibidas son ilusorias, y percibe evidencias respecto de las que la mayoría son ciegos."
Edgar Morin


097rEs un hecho cotidiano, encontrarse a personas debatiendo sobre el sinnúmero de temas dispares que atañen a la vida del hombre; desde la política a la ciencia, las argumentaciones religiosas, la familia, el trabajo, la educación y una plétora de etcéteras. Algunas veces estos intercambios comunicativos son realmente enriquecedores, y en otras ocasiones, francamente no.

Lo que no es muy perceptible y requiere un poco mas de observación, es el hecho de que todos estos sujetos, en sus distintos discursos y opiniones, revelan, conscientes o no, distintos niveles de comprensión y profundidad en los argumentos del mensaje o diálogo escogido. He aquí, una de las razones primarias de las aparentes discrepancias argumentativas, de las tensiones y densidades explicativas que aquejan a los intercambios comunicacionales humanos. Pues cada sujeto, como es lógico, defiende expone y debate, en proporción equivalente a la profundidad, compenetración y lucidez que tenga sobre el tema en que se asienta su discurso.

Cuándo en el tema debatido no existe una verdadera dialéctica, un lenguaje común, una cultura referencial análoga, que por lo menos regule las modulaciones del argumento, se dan entonces los problemas de comunicación parcializada y reduccionista, recurso de la razón para lograr un consenso artificial, que solo refleja la fragmentada postura del principio al cual acomete. Se generan así, sin quererlo, distorsionadas reflexiones de un mismo sistema ideológico o concepto, asumido este, desde niveles distintos de razón y lógica, literalmente, realidades distintas.

Lo que resalto como crucial de esta idea, es que, si el sujeto no es consciente de esto, casi siempre asumirá su postura como absoluta o personalmente verdadera, de ahí la ferocidad con que se la defiende. Pues, el sujeto tiene la razón, (su razón), y dice la verdad, (su verdad), y por lo tanto, ésta es solo proporcional al estado de revelación que de esa verdad tenga el sujeto. La explicación es bastante sencilla aunque no muy fácilmente aprensible. Quiero decir; no todos los sujetos presentan iguales gamas, no todas las ondas vibraban en la misma frecuencia, que es lo mismo que decir que, no todos los abordajes figuran una visión o lenguaje común.

La plataforma paradigmática sobre la que se cimienta la idea de lo “real” que se posee hasta el momento de ser diferenciada, o contrastada si se quiere, por el argumento en debate, es asumida como absoluta y final por el emisor, esto inhabilita al sujeto a precisar el grado de coherencia en que se encuentra y por ende es incapaz de verse a si mismo, y como podría ser de otra manera, ya que es el si mismo del sujeto, precisamente, el que percibe la realidad, y acepta como “verdad” lo que sabe hasta el momento de la enunciación, proyectado como argumento y comunicación.

¿Quién sino el yo-ego, ve el mundo y lo define? ¿Quién sino el yo-ego, asume la postura, estructura la razón y defiende el argumento?

Aquí acontece el terrible apego a la ilusoria realidad de lo supuestamente evidente, de la que nos advierte la filosofía budista con especial énfasis. La necesidad aparentemente absoluta del sujeto, es decir, la mente-ego del sujeto, condicionado por “su” realidad percibida, avocada esta a sustentar el estado de lo evidente, obliga al sujeto a validar lo existente como prueba irrefutable de lo "real" y asiento pre-asumido del yo-ego, aunque la propia naturaleza de lo percibido sea "irreal" o parcial en la mayoría de los casos, no importa, la tensión de su potencia dual es suficiente para la veleta del yo-ego, desencadenando así, la voluntad y la acción, la razón humana.

La mente se mueve sobre la ola de su percepción, es decir, procede en el mundo a medida que este se le revela a sus sentidos y comprensión, y esta, a su vez, valida la existencia del sujeto, el cual procede entonces a definir lo “real” o “verdadero” y a luchar por la reafirmación de lo que cree observado y evidente.

De esta manera, lo existencial se vuelve rígido y dependiente de su lógica acumulativa, la trampa del tiempo está servida, el sujeto lucha por lo “verdadero” sin darse cuanta que su “verdad” está en constante cambio, impermanente y quántica, se le escapa de las manos cual arena; así queda atrapado el ser en la noche de los sentidos, e irónicamente, ¡con toda la lógica y veracidad!. El sujeto se apega a la razón temporal y se convierte en el rey de lo evidente, lo evolutivo se estanca, y el perro comienza a perseguirse la cola.

Gorka Lasa Tribaldos.
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