Gorka Lasa
Panamá domingo 17 de mayo de 2009, a las pocas horas de muerto el poeta uruguayo Mario Benedetti.
El testigo de uno mismo. ¡Ay! Mario, compañero, te nos caíste de viejo, se secó la vieja sabia que te quemaba por dentro y, en la esquina de tu barrio, el de afuera y el de adentro, de tu calle, lo sembrado quedó en poema y lamento. Aquí quedamos de pie, de pie como fue tu cuento y en la otra orilla, aguardamos el día de los intentos. ¿Qué nos traerán los vientos en ese día de encuentros?, ¿la justicia ya anhelada?, ¿la justicia de los muertos?, esa que nos robo el ciego, esa que yace enterrada, en una fosa común, para que no sea llorada, para ser olvido y viento. Pero los poetas no olvidan, ellos resisten por dentro y cantan a sus iguales con el hambre de universos. Resisten en las trincheras de los mismos de otros tiempos, pues igual es el mensaje, aunque se mude de templos. La verdad es la causa, el ideal sacramento y los que luchan sin ella es como si ya hubieran muerto. Después de exilar tu carne, ahora te nos vas de nuevo, esta vez a las montañas donde aun resiste el cielo, en esta guerra de perros tú supiste ser guerrero, y en la calle, codo a codo, fuiste mucho más que sueños. Enterrarán tu cuerpo ya ebrio de tanta estrofa, y de tus alas de garza subastarán la derrota, pero en el bosque secreto, allí, hablaremos de nuevo, te rendiré tributo con los otros argonautas y seguiremos camino con espadas y palabras, con poemas, con grillos, con albas y emboscadas. Pues ya tú marcaste sendero, el manual, la resistencia, pues en el corazón nos arde el dolor de la impaciencia. ¡Ay! Mario, maestro, mira que quedamos pocos resistiendo a los que matan y mienten viendo a los ojos. Resistiendo a los traidores pues, en lo incierto, jugamos el juego de los ardores, de los cantos perdidos de aluviones, el alma echa jirones, de fuego arde la frente, el espíritu contrito y la rebelión en el vientre. Tantas cicatrices vanas, tantas noches de delirios, tanta poesía dejaste, que podemos hacer barcos con las palabras que amaste, y de capitanes pondremos a los poetas que envidio, y cruzaremos los mares y volaremos los siglos y de una noche de estrellas agotaremos el vino. ¡Ay! Mario, hasta aquí llegaste peregrino, a tu tiempo y tu destino, con chacolí y cafecito, con tempestades y fríos, con tu luz y con vilariño, de Madrid a Montevideo, de Buenos Aires a Cuba, y de tus libros al mío. ¡Ay! Mario, compañero, te nos caíste de viejo, se secó la vieja sabia que te quemaba por dentro. Ese amor de la alegría, ese amor de los tormentos.
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